A la antigua

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A la antigua
de Evaristo Carriego



¡Oh, señora: gentil dama de mis noches!, 
!oh, señora, mi señora, yo le ruego 
que abandone esa romántica novela: 
orgullosa favorita de sus dedos! 


Que abandone sus historias de aventuras 
donde hay citas, donde hay dueñas y escuderos, 
callejuelas y sombríos embozados 
y tizonas y amorosos devaneos; 


acechanzas del camino y estocadas 
de cadetes o gallardos mosqueteros, 
y amador noble y rendido de su reina, 
algún Buckingham lujoso y altanero. 


Que abandone, le repito, su romance, 
su romance mentiroso, pues confieso 
que me enoja la atención que le dispensa, 
con agravio de mis quejas y mis celos. 


De mis celos, sí, lo digo, tal me tienen 
las hazañas del cuitado caballero, 
a quien sueña usted, señora, contemplando 
sus balcones, con la escala de Romeo. 


¡Oh, señora, mí señora!, son las doce... 
¿Hasta cuándo piensa usted seguir leyendo? 
¡Hay valor en su tenaz indiferencia 
que no teme los peligros del silencio!... 


Son las doce: ya se aprontan los aleves, 
los galantes forajidos de los besos, 
a cruzar la callejuela de unos labios 
donde anoche asesinaron al Ensueño... 


¡Ay, entonces, de las bocas asaltadas 
por los rojos embozados del Deseo! 
¡Ay de usted, señora mía, si la encuentran!... 
¡Que la salve su hazañoso caballero! 
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