Antes, ahora y después: 04
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III - LA HIJA
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| Antes, ahora y después | Ramón de Mesonero Romanos |
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Ya la notoriedad es el más noble
atributo del vicio, y nuestras Julias,
más que ser malas, quieren parecerlo.
Dicho se está lo importante a par que difícil del acierto en la educación de una mujer. Hemos visto en el ejemplo anterior las consecuencias de la excesiva suspicacia paterna y de la opresión conyugal; pero antes de decidirnos por el opuesto término, bueno será fijar la vista en sus naturales inconvenientes. Y las siguientes líneas van a ofrecernos una prueba más de que así es de temer en la mujer el extremado rigor y la absoluta ignorancia, como la falsa ilustración y una completa libertad.
Hemos dejado a Margarita en aquel momento en que colocada por su matrimonio en una situación nueva, podía tomar su rumbo propio, y reducir a la práctica el resultado de su educación y sus principios.
Poco queda que adivinar cuáles serían éstos, si traemos a la memoria el ejemplo de la mamá, y las apasionadas exageraciones que no podría menos de escuchar de su boca, contra la rígida severidad de sus padres y de su esposo. Añádase a esto el continuo roce con lo más disipado y bullicioso de la sociedad, las conversaciones halagüeñas de los amantes, las pérfidas confianzas de las amigas, y la indiscreta lectura de todo género de libros; porque ya por entonces las jóvenes, a vuelta de las Veladas de la Quinta y la Pamela Andrews, solían leer la Presidenta de Turbel, y la Julia de Rousseau.
Por fortuna el carácter de Margarita era naturalmente inclinado a lo bueno, y ni las lecturas, ni el ejemplo, pudieron llegar a corromper su corazón hasta el extremo que era de temer; sin embargo, la adulación continuada hubo de imprimirla cierto sentimiento de superioridad y de orgullo, que veía celebrado con el título de «amable coquetería»; la irreflexión propia de su edad y de sus escasos conocimientos pudo a veces ofuscarla contra su propio interés; y esta misma veleidad y esta misma irreflexión fueron las que la guiaron, cuando desdeñando otros partidos más convenientes, dio la preferencia al joven que al fin llegó a llamarla su esposa.
Era éste, a decir verdad, lo que se llama en el mundo una conquista brillante, muy a propósito para lisonjear el amor propio de Margarita. Joven, buen mozo, alegre, disipador, sombra fatal de todos los maridos, grata ilusión de todas las mujeres, cierto que ni por su escasa fortuna, ni por sus ningunos estudios, ni por su carácter inconstante y altivo, parecía llamado a conquistar entre los demás hombres una elevada posición social, y que hubiera representado un papel nada airoso en un tribunal o en una academia; pero en cambio ¿quién podía disputarle la ventaja en un estrado de damas, siendo el objeto de su admiración, o cabalgando a la portezuela de un coche sobre un soberbio alazán? Estas circunstancias unidas a su buen decir, sus estudiados transportes, y su tierna solicitud, fueron más que suficientes para dominar un corazón infantil, y alejar de él toda idea de calculada reflexión.
Pudo, en fin, Margarita ostentar sujeto al carro de su triunfo aquel bello adalid, objeto de la envidia de sus celosas compañeras; pudo al fin pasear el Prado colgada de su brazo, llamarse con su apellido, y darle de paso a conocer a él mismo la superioridad a que le había elevado, y el respeto y el amor que le exigía en justa retribución.
Las primeras semanas no tuvo, por cierto, motivo alguno de queja de parte de su esposo, antes bien calculando por ellas, no podía menos de prometerse una existencia de contentos y de paz. Siguiendo en un todo las máximas de la moda, ella era la que recibía las visitas, ella la que ofrecía la casa, ella la que reñía a los criados, ella la que disponía los bailes, ella la que presentaba al esposo a la concurrencia, ella, en fin, la que dominaba en aquella voluntad en otro tiempo tan altiva.
Entre tanto la suya se conservaba perfectamente libre, sin que ninguna observación, ni la más mínima queja vinieran a turbar aquella aparente felicidad. Margarita (en uso de los derechos que nuestra moderna sociedad concede tan oportunamente a una mujer casada) pudo desde el siguiente día de su matrimonio entrar y salir cuando la acomodaba, recorrer las calles sin compañía, visitar las tiendas, pasear con las amigas a larga distancia del marido; pudo conversar con todo el mundo con mayor familiaridad y descoco, y dar a sus discursos cierto colorido más expresivo y malicioso; ningún capricho de la moda, ninguna extravagancia del lujo estaban ya vedadas a la que podía titularse señora de su casa; y cuando a vuelta de pocas semanas advirtió o creyó advertir los primeros síntomas de su futura maternidad... ¡oh! entonces ya no hubo género de impertinencia que no estuviese en el orden, capricho que no se convirtiese en necesidad.
Llegó, en fin, después de nueve meses de sustos y sinsabores, el suspirado momento del parto... ¡Santo Dios! todo el colegio de San Carlos era poco para semejante lance... pero en fin, la naturaleza, que sabe más que cien doctores, no quiso que éstos se llevasen la gloria de aquel triunfo, y antes que ellos acudiesen a estorbarla, salió a luz un primoroso pimpollo de muchacho, que fue recibido con sendas aclamaciones de toda la familia; y reconocido y bien manoseado por una vecina vieja, se vio saludado por ella con aquel apóstrofe de costumbre: -«Clavadito al padre, bendígale Dios.»
Al siguiente día se celebró el bateo con toda solemnidad, y ya de antemano habían mediado acaloradas disputas sobre el nombre que le pondrían al muchacho; volviéronse a renovar aquella noche, y toda ella la pasaron el papá y la mamá haciendo calendarios, pues que el común ya no sirve sino para gentes añejas de suyo, retrógradas y sin pizca de ilustración. Bien hubiera querido el papá, a quien alguna cosa se le alcanzaba de historia, haber impuesto al joven infante algún nombre sonoro y de esperanzas, como Escipión o Epaminondas, mas por qué tanto la mamá aborrecía de muerte a griegos y romanos, y estaba más bien por los Ernestos y los Maclovios, y otros nombres así, cantábiles, mantecosos y que naturalmente llevan consigo mayor sentimentalismo e idealidad. Y como en casos semejantes la influencia femenil raya en su mayor altura, no hay necesidad de decir más, sino que Margarita consiguió su deseo, y que el chico fue inaugurado con el fantástico nombre de Arturo.
El amor maternal es un sentimiento tan grato de la naturaleza que cuesta mucho trabajo a la sociedad el contrariarlo; así que nuestra joven mamá en los primeros momentos de su entusiasmo, casi estuvo determinada a criar por sí misma a su hijo, y como que sentía una nueva existencia al aplicarle a su seno y comunicarle su propio vivir; pero la moda, esta deidad altiva, que no sufre contradicción alguna de parte de sus adoradores, acechaba el combate interior de aquella alma agitada, y apareciendo repentinamente sobre el lecho, mostró a su esclava la seductora faz, y con voz fuerte y apasionada: -«¿Qué vas a hacer (la dijo), joven deidad, a quien yo me complazco en presentar por modelo a mis numerosos adoradores? ¿Vas a renunciar a tu libre existencia, vas a trocar tus galas y tus tocados, tus fiestas y diversiones, por esa ocupación material y mecánica, que ofuscando tu esplendor presente, compromete también las esperanzas de tu porvenir? ¿Ignoras los sinsabores y privaciones que te aguardan, ignoras el ridículo que la sociedad te promete, ignoras, en fin, que tu propio esposo acaso no sabrá conciliar con tu esplendor ese que tú llamas imperioso deber, y acaso viendo marchitarse tus gracias?...»
-«No digas más», prorrumpió agitada Margarita, «no digas más»; y la voz de la naturaleza se ahogó en su pecho, y el eco de la moda resonó en los más recónditos secretos de su corazón.
Impulsada por este movimiento, tira del cordón de la campanilla, llama a su esposo, el cual sonríe a la propuesta, y conferencia con ella sobre la elección de madre para su hijo. Cien groseras aldeanas del valle de Pas vienen a ofrecerse para este objeto; el facultativo elige la más sana y robusta; pero la mamá no sirve a medias a la moda, y escoge la más linda y esbelta; al momento truécase su grosero zagalejo en ricos manteos de alepín y terciopelo con franja de oro; su escaso alimento, en mil refinados caprichos y voluntariosos antojos, y cargada con la dulce esperanza de una elegante familia, puede pasearla libremente por calles y paseos, retozar con sus paisanos en la Virgen del Puerto, y disputar con sus compañeras en la plazuela de Santa Cruz.
De esta manera pudo ser madre Margarita, y multiplicar en pocos años su descendencia, llenando la casa de Carolinas y Rugeros, Amalteas y Pharamundos, con otros nombres así, desenterrados de la edad media, que daban a la familia todo el colorido de una leyenda del siglo X. Y hasta en esto se parecía la casa a los dramas modernos, en que no había unidad de acción; porque el papá, la mamá y los niños formaban cada uno la suya aparte, tan independiente y sin relación, que sería de todo punto imposible el seguir simultáneamente su marcha.
Porque si nos empeñásemos en seguir al papá, le veríamos ya desdeñando la compañía de su esposa como cosa plebeya y anticuada, abandonar día y noche su casa, correr con otros calaveras los bailes y tertulias, sostener la mesa del juego, proseguir sus conquistas, entablar y dirigir partidas de caza y viajes al extranjero, y afectar con su esposa una elegante cortesanía; entrar a visitarla de ceremonia, y rara vez, o saludarla cortésmente en el paseo, o subir a su palco en el entreacto de la ópera.
La esposa por su lado nos ofreciera un espectáculo no menos digno de observar; ocupada gran parte de la mañana en debatir con la modista sobre la forma de las mangas o el color del sombrerillo, entregada después en manos de su peluquero mientras hojeaba con interés el Courrier des Salons o el último cuento filosófico de Balzac, el resto del día lo empleaba en recibir las visitas de aparato, en murmurar con las amigas de las otras amigas, en escuchar los amorosos suspiros de los apasionados, y aunque riendo de ellos en el fondo de su corazón, ostentarlos a su lado en el paseo, en la tertulia, en el teatro; y vivir, en fin, únicamente para el mundo exterior, representando no sin trabajo el difícil papel de dama a la moda.
Fina y delicada es la observación que nuestro buen Jovellanos consiguió en el bellísimo terceto que arriba queda citado: la moda y los preceptos del gran mundo obligan a muchas mujeres a aparentar lo que no son, al paso que el orgullo y el amor a la independencia suelen a veces ser los escudos de la virtud, si es que sea virtud aquella tan disfrazada que procura ocultarse a los ojos del mundo, y fingir abiertamente un contrario sistema. Grande error es en la mujer no tomar en cuenta las apariencias, pues las más veces suele juzgarse por éstas, y como no todos leen en el interior de su corazón, no todos llegan a distinguir la realidad de la ilusión, la consecuencia del vicio, de la que sólo es nacida del imperio de la moda. Y aunque se me moteje de la manía de estampar citas, no quiero dejar de hacerlo aquí con unos bellísimos versos de Tirso de Molina que expresan este pensamiento.
mucho más pierde que gana
pues son como la campana,
que se estiman por el son.