Canción a la rosa

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Canción a la rosa
de Vicente Wenceslao Querol



Cuenta una vieja fábula que, cuando el Señor quiso
poblar de humanos seres el nuevo Paraíso,
aún virgen de dolor,
puso en las manos trémulas de la primera esposa
el capullo entreabierto de la primera rosa,
símbolo del amor.

Joya por los celestes artífices labrada,
y para la que dieron sus luces la alborada,
su blanca espuma el mar,
los invisibles ángeles las gasas de sus velos
y el aire los perfumes y aromas de los cielos
robados al pasar.

Para las ricas tintas de sus brillantes hojas
vinieron del Ocaso las llamaradas rojas,
de Oriente el arrebol;
pidiéronle al rocío sus perlas por tesoro,
y formaron los pétalos de su corola de oro
con los rayos del sol.

De entonces que la rosa, de la materia oscura,
fue la transfigurada esencia ardiente y pura
que sube a lo ideal,
y en el humilde arbusto sobre la frágil rama
brilló con hojas tenues, como la casta llama
de un alma virginal.

De entonces que es la rosa como el sagrado emblema
de toda ambicionada felicidad suprema,
de todo inmenso bien;
adorno en los festines, ofrenda en los altares,
corona con que el vate por premio a sus cantares
ciñe la noble sien.

Recuerdo de lejana felicidad perdida,
prenda de un juramento de amores que no olvida
ninguno de los dos.
¿Quién sabe las historias de dichas o de angustias
que guardan de una rosa las pobres hojas mustias
que el viento lleva en pos?

¿Quién sabe los misterios de una existencia breve?
¿Por qué la engendra y mata el mismo soplo leve
de la brisa fugaz?
¿Por qué es la obra más frágil de Dios y la más bella?
¿Por qué es la imagen triste de ese placer sin huella
de la ilusión falaz?

Algo esa flor purísima de incomprensible esconde,
como un reflejo vago de aquella patria en donde
reside el sumo bien:
no se engendró en el barro la incorruptible esencia
que en su divino cáliz aún guarda la inocencia
perdida del Edén.

Por eso en fiel memoria de aquella edad primera,
cuando renace espléndida la verde primavera
vuelve esa flor gentil,
como el eterno símbolo de aquel amor profundo
que renueva el consorcio del cielo con el mundo
a cada mes de abril.


ENVÍO
Niña feliz que duermes bajo el materno arrullo,
como en jardín cerrado tiernísimo capullo
dormido en un rosal,
cuando esas flores mires abrirse en tus ventanas
piensa que son las rosas las cándidas hermanas
de tu alma celestial.