Colón y la historia póstuma
|
Es posible que, a causa de ello, haya lagunas de contenido o deficiencias de formato. Por favor, antes de realizar correcciones mayores o reescrituras, contacta con Shooke en su página de discusión o en la página de discusión del artículo. |
DE LORGUES, LEÍDO ANTE LA REAL ACADEMIA DE
LA HISTORIA, EN JUNTA EXTRAORDINARIA
Allá por los años de 1840, con motivo de la entrada en el sacro Colegio romano de aquel varón destinado á regir, andando el tiempo, la nave apostólica, con el nombre de Pío IX, escribió el Sr. Roselly de Lorgues, á guisa de testimonio satisfactorio, un libro titulado La Cruz en los dos Mundos, discurriendo acerca de la belleza moral del Almirante de las Indias Cristóbal Colón, cuyo carácter especial de santidad, con ingrata indiferencia de los católicos, andaba, á su parecer, oscurecido. Había en este libro galanura de estilo, valentía de concepción y novedad de asunto; condiciones á propósito para darle la notoriedad que alcanzó, traducido á varias lenguas, y por consecuencia de la aceptación, se avivó en el autor el deseo de amplificar el pensamiento, probando la misión providencial que ejerció el Revelador del Nuevo Mundo, Héroe apostólico, Mensajero del Evangelio, Vencedor de la mar tenebrosa, Instalador del signo sagrado, Cristiano incomparable, etc.
Sin rechazar la idea, juzgó, ya Pontífice Pío IX, necesaria ante todo una historia completa y auténtica de Colón en que, dando de lado á la pasión y á la rutina, apareciera tal como realmente fué; obra inmediatamente emprendida por Roselly de Lorgues, y sin largo detenimiento acabada, con la doble dicha de conquistar el favor del público, que así lo proclamó la prensa, acreditándolo sucesivas ediciones y traducciones rápidamente extendidas por Europa y América, sin escasear, en cuanto hubiera de contribuir á la belleza externa del libro, recurso alguno industrial ó artístico, por complemento del mérito literario.
En concepto de personas eminentes, eclesiásticas sobre todo, Roselly, restaurador de la fama de Colón, lo presentaba ante la sociedad moderna tan hermosamente retratado, que era fuerza reconocer en las vicisitudes de su vida algo no visto ni entendido en el transcurso de tres siglos; algo que escapa á la penetración vulgar y aun á la crítica orgullosa de la ciencia mundana; algo que sólo distinguen los ojos iluminados por la fe católica; inapreciable galardón para el autor, que lo recibió aún más alto del Padre Santo, con felicitación escrita en Breve expreso, y alta distinción personal.
A favor de las luces descubiertas, debía de ser ya evidente que Colón procedió en su empresa auxiliado de la Santa Sede, y sostenido principalmente por el clero, surcando el mar con el propósito de poner nuevos pueblos bajo el reinado de Cristo, no con el de añadir tierras nuevas á la corona de España; pero el empeño, muy adelantado en honra de la religión y gloria de Italia, no estaba, sin embargo, concluido.
Contando con la bondadosa acogida de Pío IX, volvió á Roma el Conde de Roselly en 1865, por dar á viva voz mayor efecto á la súplica respetuosa de introducción á la causa de beatificación del Embajador de Dios en las tierras del Occidente, encareciendo cuanto era de esperar que el primer Papa que las había hollado, atravesando el Atlántico, se constituyera en celador de los títulos que á su descubridor deben la gratitud y la admiración de los católicos. Esto era ya mucho pedir, vista la imposibilidad de ajustar la introducción con las reglas establecidas en la materia; el Padre Santo hubo de declararlo sin embajes; no obstante, como nada impidiera la demanda, dejando que la opinión pública se formara libremente, á las repetidas instancias del solicitante acordó autorización para iniciar aquélla, en la inteligencia de que Tentare non nocet.
Alcanzó por entonces el Conde preponderantes protectores de su idea en el Cardenal Donnet, Arzobispo de Burdeos, y en Mons. Andrea Charvaz, Arzobispo de Génova. El primero, usando el titulo de Metropolitano de las posesiones francesas del Océano; en concepto el segundo de Prelado en la ciudad que dió cuna al Navegante de Dios, dirigieron á Su Santidad cartas encomiásticas de petición, circulándolas impresas por sus respectivas diócesis, de cuyos límites salieron á los del mundo católico. Por otro lado el Conde, como postulador natural y de derecho en la causa, se dirigió á otros Obispos en Memoria escrita en francés y en italiano, dando por admitido el interés universal de llevarla á buen término, y la Providencia—no cabe otra suposición—vino á ponerle en contacto inmediato con Cardenales, Patriarcas y otros Príncipes de la Iglesia ó Ministros del Señor, domiciliados en los diversos estados de América, en China, el Japón, la India, Polinesia, Grecia, Turquía, ó en más apartados lugares in partibus infidelium, reunidos en el Concilio del Vaticano el año 1870. Aprovechando tan rara asamblea, fué redactada en latín una postulación que había de dirigirse colectivamente al Pontífice, suplicando por vía de excepción el proceso del Revelador del globo, sin perjuicio de hacer la moción pública en una de las sesiones del Concilio. El Conde de Roselly, infatigable en su piadosa tarea, trazó para ilustración de los Obispos un nuevo libro, en que, bajo el título de El Embajador de Dios bosquejaba los rasgos principales de la vida cristiana de Colón, explicando el carácter sobrehumano de la misión que cumplía; vocación, noviciado, grado heróico á que llevó la práctica de la prudencia, justicia, fortaleza, templanza, pobreza, castidad, humildad; de todas las virtudes; milagros en vida y muerte y misteriosas afinidades entre la resurrección de su gloria y el pontificado de Pío IX, único Papa que haya puesto los pies en el Nuevo Mundo.
Desgraciadamente interrumpieron el Concilio con dispersión de sus miembros, los acontecimientos políticos; pasó á mejor vida el Padre Santo que lo había convocado; complicaciones inesperadas embarazaron el progreso de la postulación. ¡Ay, que el mundo fué entregado á las disputas de los hombres!
Se había despertado con la publicidad de tantos escritos el deseo de penetrar lo que hizo Cristóbal Colón, universalmente glorificado como navegante, por sus descubrimientos, para merecer el dictado de Servidor extraordinario de Dios; se leían y comentaban los libros del Conde de Roselly, multiplicando las ediciones la demanda; y entre los lectores no pocos hallaban reparo á las proposiciones sentadas como axiomáticas. La historia misma del Revelador de la integridad del globo, que el Conde—padre al fin de sus obras,—estimaba dechado perfecto, no escapaba á la severidad de la crítica, empeñada en demostrar cuán ajeno es el libro á las declaraciones de haber sido redactado con celo escrupuloso de la verdad; de estar fundada cada aserción en documentos originales; de ajustarse más bien que á las formas de narración ordinaria á las de un proceso rigoroso. Y lo que es de observar, no procedían las más graves censuras de críticos recusables por exageración de opiniones ó intolerancia de doctrinas, frente á las de las escuelas católicas; no, que en el seno propio del catolicismo, literatos eminentes, críticos reputados, y aun sacerdotes, entendieron haber sido llevado por un celo, si loable en origen, aventurado al fin, el señor Conde de Roselly de Lorgues.
Terrible desencanto diera oposición tan seria á persona menos encariñada de la idea, ó poco firme en las convicciones; mas el Postulador no es de los que sin lucha ceden; al contrario, si en el alma sintió la amargura del antagonismo, enardecida por la magnitud misma de los obstáculos interpuestos al fin de la labor de tantos años, se revolvió airado contra la negación, despreciándola en aquellos que no creen en lo sobrenatural, por incapaces de comprender el espíritu de El mensajero de la Paz; recusando la autoridad, la penetración ó las miras de otros, aunque creyentes, y enristrando con todos, seguro de anonadarlos sin dificultad, en el palenque que mantenía resuelto y fuerte. Cristóbal Colón, servidor de Dios, su apostolado, su santidad, segunda edición ampliada de El embajador de Dios; Los dos atahudes, y principalmente Satanás contra Cristóbal Colón ó pretendida caída del servidor de Dios, son libros sucesivos de controversia en que, á diferencia de los de propaganda, ha esgrimido las armas de más duro temple, disparando sobre los adversarios indignación y menosprecio, hasta el momento de ceñirse de propia mano el laurel que consideró ganado.
El canto de la victoria llena el último, mejor dicho, el más reciente de los libros escritos por el Conde de Roselly, fresca todavía la tinta de los caracteres que lo titulan Historia póstuma de Cristóbal Colón.1 En este libro se compendian los trabajos todos del incansable adalid, á la vez que se encierra la quinta esencia de su pensamiento: uno tras otro aparecen maltratados y caídos cuantos enemigos encontró en la triunfante carrera.
Año dichoso el de 1885, que ha registrado el fin de la lucha. El Conde cuelga las armas en la panoplia nobilísima que sus antepasados le legaron; no han de servirle más, aunque los imperturbables adversarios pretendan por cualquier medio que vuelva á la arena: el vencimiento es eterno.
La exposición anterior, de todo punto necesaria como principio de análisis, está formada con presencia de las obras del Conde de Roselly de Lorgues; el resumen, con las declaraciones de triunfo y reposo, interpreta fielmente sus propias palabras, dando á conocer, si hay certeza en el adagio «el estilo es el hombre,» el desenfado de su carácter.
Pero el estilo en la Historia póstuma de Colón difiere mucho del que luce en la Historia primitiva: en ésta, engendro con razón predilecto del autor, si la pasión se hace ver, aparece entre las galas del arte del buen decir disimulada; historia novelesca ó novela histórica, ofrece el atractivo de los adornos con que una imaginación rica en fantasía sabe componer la marcha de los sucesos. El Conde describe el abordaje en el mar tenebroso , cuando la gente expedicionaria, sobrecogida del pavor de lo incomensurable, se subleva; el combate del Enviado de la salvación con un mónstruo horrible, que resulta ser lagarto inofensivo; el palacio encantado de Anacaona, templo del buen gusto, museo de curiosidades y obras maestras del arte de Quisqueya; recinto de la poesía y de la música, donde la bella reina, flor de oro, inspirada creadora de baladas y areitos, aunque nueva Cleópatra en los encantos, sufre desdén y muerte del feroz Comendador de Lares, con colorido deslumbrador muy semejante al que, para la última escena, ha inspirado la musa criolla;2 que no en vano mereció el autor del Cardenal Donnet el concepto envidiable de literato entre los más ilustres de Francia, cuando apareció este libro de agradable pasatiempo.
La Historia póstuma, de índole distinta, mereciera buscando título adecuado al objetivo, el de Refutación universal á los que han escrito de Colón, con el cual desde luego se daría á entender que el texto sustituye con el enojo ordinario de los libros de polémica al más libre vagar de la pluma en los puramente imaginativos. Sin embargo, ni el título lo modificado, ni la persuasión de que una cosa es tratar de celajes purpurinos, de aves canoras y árboles seculares, y otra exponer con claridad y raciocinio seguro por qué cuantos osaron tomar en mientes el nombre del Demostrador de la creación, ciegos esclavos del error, no han vislumbrado lo evidente á los ojos del Conde de Roselly, prevendrían el ánimo á la sorpresa, al asombro más bien que con la lectura de obra tan original recibe.
El calor de la argumentación, la pasión que guiada por el despecho campea incisiva sin disfraz ni miramiento, la genialidad intolerante, la frase que, si de algún tiempo á esta parte se ha visto estampada en cierto género de literatura, no había sido admitida todavía por escritores cultos; el método confuso, irregular y fatigoso, dando al libro singularidad extraña, determinan por paralelo con el otro un abismo de infranqueable profundidad.
Verdad es que entre las dos obras discurridas por el admirador de Colón media intervalo de tiempo cercano á medio siglo, intervalo capaz de minar las facultades más felices, no estando reparadas al abrigo de la razón y la prudencia. Verdad asimismo que el prejuicio es á la inteligencia lo que los vidrios de color á los ojos, y que no se persigue por vida una idea sin que á cualquier otra se sobreponga. Por ello acaso tenga explicación el arrojo con que penetra el Conde en asuntos delicadísimos de suyo, sin conocer los anales, las costumbres ni el país á que afectan, como el empeño de comentar documentos redactados en idioma que no entiende.
Más raros efectos de alucinación se han visto que el de estigmatizar á una nación por el pecado de acoger benévolamente al desconocido que venía cansado de ofrecer de corte en corte el mundo que nadie quería, y de poner á su disposición naves, hombres, dinero, autoridad, prestigio para el comienzo de empresa temeraria, con el resultado doblemente pecaminoso de asentar en el nuevo continente, á la par del habla y las costumbres, la civilización.
Ello es que el autor de la Historia de Colón, al pretender mostrar el héroe apostólico como instrumento de la Providencia, señalando los misteriosos indicios del augusto mandato que nadie había observado en medio de las agitaciones del mundo; queriendo hacer la historia verdadera y definitiva, por tanto, de su trabajosa vida, no ha empleado la fatiga del registro de archivos y protocolos en busca de documentos desconocidos, ni con acudir á las fuentes de cronistas contemporáneos españoles como más puras, se ha satisfecho; antes estimó que, desautorizándolos á todos, había de prevalecer su criterio inspirado, sin necesidad de prueba ó fundamento. Sacó de cualquiera de ellos la parte que convenía al plan madurado; tergiversó las contrarias; truncó, adulteró ó compuso á su antojo los textos; guardó estudiado silencio respecto de los que no admitían retoque, cortando, cual otro Alejandro, nudos dificultosos que no era capaz de desatar, y por incidente tomó de autores extraños—sin perjuicio de recargar con la condenación por herejes el injurioso desdén á todos aplicado,—especies utilizables, no de otro modo que la abeja industriosa pasa por ventura sobre la rosa y el clavel, posándose en las rústicas flores del cardo y el brezo.
Un compatriota del señor Conde notó ya hace tiempo que así se escribe la historia... á las veces; sírvale de juez, juntamente con nuestro P. Mariana, más antiguo en expresar por aforismo semejante que en las cuentas de la historia no ha de asentarse partida sin quitanza.3
Presentada España en las páginas de la Historia póstuma, á manera de escenario de cuadros vivos, para que el fondo oscuro no distraiga la vista y destaque sutilmente el contorno de las figuras expuestas, la de la reina Doña Isabel la Católica, como secundaria, queda por favor en la penumbra, y dominada por D. Fernando que, en atención á la penuria del Erario castellano, consiente en adelantar los fondos necesarios á la expedición, á reserva de exigir el reembolso, reina y no gobierna, como sumisa esposa, no siendo de utilidad por tanto la simpatía que ha sabido inspirarle el Mensajero de la Cruz. Es el rey de Aragón el que elige y presenta á cuantos funcionarios han de entender en los negocios de Indias; en su presencia se postra la nobleza; ni existe más ley que su voluntad, ni otra regla que su capricho; el fruncir del entrecejo basta para que sean adivinados y cumplidos sus deseos por la turba de ministros, prelados y caballeros de la corte.
En este marco de las prendas que adornaron á los Reyes Católicos y del estado general de la monarquía española en los momentos de unificación, desarrolla el Conde de Roselly el artificio pictórico de su invención peregrina, contradiciendo en ocasiones lo que expuso en la Historia primitiva, y lo que es más de notar, desdiciendo dentro de la póstuma, por capítulos, lo afirmado en los anteriores, contingencia natural en el que se arriesga á caminar por terreno movedizo inexplorado.
Tan poco ha procurado conocer los hombres y las cosas de España, que se maravilla del encabezamiento de una Provisión Real, juzgándolo singular y expreso, como fórmula solemne de carácter filosófico y casi religioso; los actos de los tribunales no menos le sorprenden, ajeno á los procedimientos y las leyes; no llega á comprender la aplicación del título castizo, el primero y el que con más empeño por inmediato solicitó el héroe de sus pensamientos, hablando de Don Contreras, Don Moscoso y aun de Don Fitz-James, bien que en apellidos no es más feliz, ni en citas ó notas castellanas, estropeadas en la transcripción de su mano. Samaño, Gracias de Cespédes, Isaga, Taso de la Vega, Alvar Núñez, con poca gracia apodado Tête de vache,4 pueden servir de muestra; pero más de notar es que no tropezando en la corte de los Reyes Católicos con noble, religioso ó caballero que se libre de difamación, por rareza designa entre los más dignos á Luis de Santangel, cristiano nuevo, prestamista de oficio, penitenciado por la Inquisición, que en realidad fué el que adelantó, con su interés, la suma necesaria para el apresto de las carabelas.
Dos veces ha ofrecido á la Academia de la Historia el Conde de Roselly ocasión de cumplir los fines de instituto, examinando las novísimas aserciones estampadas en sus obras con relación á sucesos ocurridos en España. En la primera fué necesario impugnar los graves errores sustentados en apoyo del acto extraordinario verificado en Santo Domingo con propósito de proclamar el hallazgo de los verdaderos restos de Colón, formulando un informe oficial que ha pasado al dominio público.5 La segunda, fué privadamente enderezada á la investigación del desembarco en Tierra firme del Almirante de las Indias, y al desagravio de Martín Alonso Pinzón, malamente tratado por el Conde historiador 6 y en una y otra ocasión se circunscribió la tarea á la rectificación de las apreciaciones infundadas , manteniendo la justa nombradía del Descubridor de las Indias Occidentales, y reforzando el pedestal glorioso en que la veneración nacional le tiene colocado, en la inteligencia de que «la humanidad nunca tendrá sobrada gratitud, ni sobrada admiración, para el que rompió el velo que envolvía medio mundo,» si bien contra las exageraciones presumía: «Si la Providencia, que con peso y medida ordenó la rotación de los astros, como la existencia de los infusorios, predestinó á Colón para tal obra, la Providencia le condujo á Palos, poniendo en su camino otro hombre, complemento de las cualidades y de las condiciones de su sér; otro hombre necesario de todo punto á la realización del portentoso descubrimiento, por base de su gloria y sostén de su grandeza.7»
Ahora, en la imprescindible cuanto penosa necesidad de entender otra vez en lo que publica el restaurador de la fama colombina, exigiendo la cortesía española que sin observaciones no pase la titulada Historia póstuma, no variará punto la resolución del que por su cuenta las apunta, respecto á la memoria honrosa del Almirante, ni siquiera de lo que atañe á su personalidad, siempre que no resulte perjuicio de tercero. Aun en tal caso, no ha de hacer uso de testimonio que no sea con anterioridad notorio, y si en remota extremidad algo aparece—no en contra de la fama y gloria mundanal, que éstas se encuentran á salvo de toda discusión,—empeciendo el carácter de santidad pretendido, sea á cargo de quien lo motiva con insistentes provocaciones.
La España católica en modo alguno se opone á que El Maestro de los navegantes alcance en los altares, si lo mereció, y así lo declara quien puede, el lugar que se destina á los que define como bienaventurados; muy al contrario, se honrará con la beatificación, porque no obstante el criterio singularísimo del Conde de Roselly de Lorgues, cualquiera que fuera el pueblo que dió cuna al Descubridor, naturalizado en España y al servicio de España, cuanto le ensalce ha de honrar á esta tierra, patria de sus hijos, heredera de sus timbres y sitio de reposo de sus huesos. Un insigne vate lo dijo8 cuando la ciudad de Génova erigía la remembranza artística que le ha dedicado:
|
”A tu memoria el genovés levanta |
El objeto del presente escrito no es, pues, otro que amparar los fueros de la verdad, dado que no presuma el señor Conde de Roselly monopolizarla.
Las vicisitudes póstumas de Cristóbal Colón habían sido referidas por el Barón Van Brocken,9 antes que ocurriera al Conde de Roselly darles tamaña importancia, sin duda por no haber entendido aquel escritor que los modernos hubieran desfigurado al héroe del Nuevo Mundo, midiendo su grandeza por la propia pequeñez. Para el Conde es cosa averiguada haberse preparado sistemáticamente con rara sagacidad durante la vida del Almirante, el inicuo silencio que había de enterrar su fama con su cuerpo, y empieza por la demostración la última de sus historias, intentándola á favor del juicio del Rey de Aragón D. Fernando, harto más severo que en la historia primitiva, con no ser allí blando.
Sabiendo poco del carácter altivo de aquella Reina y Señora que mandó arrancar las armas de Aragón puestas en la fábrica de la Cartuja de Miraflores, al lado de las de Castilla, supone el Conde haber sugerido á su marido el recelo envidioso de la ovación hecha por la ciudad de Barcelona al que traía las primicias del Mundo Occidental, el plan de anularlo por medio de una administración marítima, en que se estrellaran todos sus propósitos. Si en cabeza de cada oficina había un insubordinado ó un denunciador que sembrara obstáculos y dilaciones, de nada servirían los elementos de colonización que con admirable profundidad preparaba el Virrey de las Indias, y así lo hizo D. Fernando, buscando por director é instrumento principal á D. Juan de Fonseca, arcediano de Sevilla, hombre de habilidad satánica, tan á propósito para adivinar la animosidad oculta de su amo, que antes de emprender Colón el segundo viaje, teníale preparado un semillero de calumniadores para que en todas gerarquías y clases encontrara insolencia, desprestigio y ofensa personal. Nada se omitió en el cuidado de elección de agentes; por Comandante militar se puso á sus órdenes á Pedro Margarit, que había de dar á los soldados el ejemplo de la indisciplina y la deserción; por Vicario apostólico al benedictino Bernardo Buil, sin empacho en alcanzar el cargo, por sustitución que hizo sacrilegamente el Rey en el nombre del celoso Franciscano que había designado Su Santidad, y esto para que el P. Buil impulsara á los descontentos y los rebeldes, y se uniera á los fugitivos; por Delegado de Hacienda iba Bernal Díaz, llevando fraguada la conspiración antes de embarcarse, y al mismo tenor los subalternos, cuya audacia activaría la certeza de la impunidad, acrecentando su rencor la rectitud del Virrey, incapaz de tolerar fraudes, simulaciones y enjuagues.
A vuelta de este viaje se multiplicó la tropa de los detractores con el contingente dado por las familias de los hidalgos, cuya pereza, desvergüenza y rapiña había refrenado el Almirante. Lejos de conmover la opinión la gloria de los nuevos descubrimientos, no se oían más que imprecaciones contra la dilapidación de las rentas del reino en empresa tan poco provechosa, y aún fué mayor el descontento con las disposiciones de la tercera expedición, por resultado de la cual pasó á la Española el Comendador Bobadilla, ganso jubilado,10 corto de vista y largo de manos, inmejorable agente del Rey Fernando, en prevención de cualquier acto brutal en que fundar la autoridad de los hechos consumados.
El disgusto de la Reina revocó la designación, desaprobando el indigno tratamiento del Almirante, mas no por ello cejó en su empeño D. Fernando; con ayuda de Fonseca, no tardó en hallar personaje roñoso y santurrón, de exterior grave y política melosa, llamado Nicolás de Ovando,11 contra el que nada había que objetar en público, ocultas las condiciones de execrable sicofanta, propias á la relegación de las instrucciones ostensibles, y cumplimiento de las reservadas, no á otro fin dispuestas que privar á Colón de lo que produjeran sus derechos; de negarle todo recurso, obligándole por hambre á rescindir las capitulaciones mediante indemnización. Como la firmeza del Almirante, inquebrantable en el infortunio, tanto como modesto en la prosperidad, contrarrestaba el cálculo odioso de Fernando dicho el Católico, pensó mejor el asunto, ideando su habilidad diabólica la atracción de asociados y cómplices. A medida que ardoroso el sostenedor de la Fe, acrecentaba la esfera del dominio español, navegando á los sesenta y seis años de edad, enfermo y valetudinario, el Rey constituía con el nombre de Casa de la Contratación de las Indias, un verdadero Ministerio de Ultramar, estableciendo además Consejo Supremo de las Indias, sin que para nada interviniera Colón en las decisiones. Los que componían ambos Cuerpos, con espléndida retribución, pertenecían ó habían pertenecido á la casa del Rey: allí estaba el indigno Obispo Fonseca, con su alter ego Lope de Conchillos; allí sus hechuras, para ordenar y decidir sin apelación cuanto concernía á la paz ó la guerra, navegación y comercio, justicia civil ó criminal; proponer al Monarca las personas que habían de servir los empleos ó disfrutar los beneficios. Y como progresivamente aumentaron, con el desarrollo de la colonización, los agentes de la autoridad real, entre ellos, sus familias, los miembros del Consejo soberano, árbitros de tantos destinos, y cuantos los codiciaban, se formó naturalmente lazo solidario, apretado por la expoliación de los derechos del Almirante y la repartición de sus despojos.
Vanamente al saber D. Cristóbal que, á pretexto de atender á las necesidades religiosas de la isla Española, se trataba de crear arzobispado con dos sufragáneos, rogó se detuvieran las nominaciones hasta la llegada de las propuestas; con desdeñoso silencio se le dio á entender el caso que se hacia de sus reclamaciones.
Quedaban, pues, afianzados de otro modo los hilos de la trama de D. Fernando con esta poderosa organización, influida en los más insignificantes pormenores por su voluntad, permitiéndole acometer á la víctima por el flanco de la inanición, que antes encontró fortalecido. El sistema ahora se dirigió á privar insensiblemente al descubridor del libre ejercicio y aun del título de su virreinado, sin necesidad de modificar el texto de las capitulaciones solemnemente suscritas y selladas. Los dictados de almirante y gobernador podían dejársele sin inconveniente, pues que sólo al primero, impuesto por la energía de Colón contra la resistencia del rey, las observaciones del Consejo y la oposición del orgullo castellano, como condición esencial de su empresa, pertenecían los derechos del diezmo y octavo, llamados á sumar con el tiempo cifras colosales. Don Fernando pensaba aplicar á la corona ese manantial de riqueza, reduciendo á letra muerta los asientos completamente inútiles, no reconociendo su vigor el poder ejecutivo.
A partir de la idea, aunque en las cartas que personalmente escribía Doña Isabel, no omitiera nunca el título de Virrey, los oficios de la marina, como si obedecieran previa consigna, no volvieron á nombrar á Colón más que almirante de las Indias, estuviera ó no relacionado el asunto con la mar, significándose en el particular los despachos redactados en la secretaría particular del rey, que jamás empleaban el primero. Así, como suele suceder, llegó la costumbre á imponerse á pesar de las observaciones del interesado, á quien no se ocultaban los manejos de su embozado enemigo. Sencillo como la paloma, recelaba, sin embargo, que el olvido de las promesas reales llegara al extremo de arrebatarle con violencia los títulos originales de los privilegios, ante cuya posibilidad quiso prepararse, guardándolos en una caja de corcho impermeable, que pudiera arrojarse al fondo de la cisterna del Monasterio de las Cuevas, en Sevilla,12 y remitiendo copias á Nicolás Oderigo, embajador de la república de Génova, sin perjuicio de proseguir la reclamación insistente de su virreinato. Pero la muerte de su protectora vino á dejarle sin apoyo en el foco de la enemistad. Escribió cartas que no tuvieron respuesta; redactó memorias que demostraban los medios de corregir la mala administración en Indias, perdiendo su tiempo; ni con los viajes en pos de la corte, doliente y postrado como estaba, ni por intermedio de su hijo, alcanzó que el silencio se rompiera en atención suya. En Segovia se presentó virrey al monarca, que lo recibió almirante, hablando de la gota é indicándole remedios, cortés, pero friamente, porque calculaba los pocos días de vida que quedaban al anciano agobiado por el sufrimiento y la fatiga, y esperaba aún de la miseria la renuncia de títulos y privilegios, á cambio de renta fija y estado en Castilla, de inmediato y cómodo goce. La oferta fué última vez rechazada, yendo á poco el servidor de Dios á recibir en el cielo recompensa de sus trabajos en la tierra.
Muy oportunamente viene el recuerdo del fin lamentable de Cristóbal Colón, para hacer pausa en el drama fantástico del Conde de Roselly, tomadas, aquí y allá, de sus capítulos, las aseveraciones que principalmente requieren observación, según quedan expuestas en breve compendio. No hay reglas que fijen método determinado de refutación en casos parecidos, siendo arbitrario y libre el desempeño; pero recomendándose en todos casos el adagio de convenir siempre empezar por el principio, lo natural es reconocer los cimientos sobre que está construida la fortaleza aparente de la Historia póstuma.
Si en vez de entretenerse el Conde, contando en las cédulas reales que ha visto publicadas, cuántas veces se aplica al Descubridor el título de Virrey, y cuántas el de Almirante, hubiera dedicado ese tiempo ala lectura de las Capitulaciones firmadas en Santa Fe á 17 de Abril de 1492, observara no estar en lo cierto en cuanto afirma que el proponente solicitaba ante todo, y sobre todo, el título aquel, como condición indispensable y sine qua non, para emprender su viaje. Primeramente, pedía á los Reyes que le hicieran Almirante de las tierras que se descubrieran, con todas aquellas preeminencias y prerrogativas que tenía el Almirante de Castilla, poniendo en segundo lugar el nombramiento de Visorrey y Gobernador general de las mismas, y en tercero que le acordaran el diezmo y octavo de las mercaderías y beneficios de cualquier especie, dentro de los limites de su almirantazgo, quitadas las costas, á las cuales había de acudir por su cuenta con la octava parte.
El genovés sabía, por consiguiente, de las cosas de España, bastante más que el Conde, su defensor póstumo. Por Visorrey ó Virrey—Prorex,— se entendía y sigue comprendiendo, el que gobierna en nombre del Rey, título no distinto en atribuciones y honras al de Gobernador general, ni tampoco en ovenciones ó salario, según enseñan ejemplares numerosos. España tuvo virreyes en Cataluña, Valencia, Navarra, Nápoles, Sicilia, Perú, Nueva España, y Gobernadores generales en Flandes, en Milán, en Filipinas, sin que unos fueran superiores á los otros, ni gozaran, en las relaciones con la corona, de otra distinción que la que naciera de la mayor extensión ó importancia de las jurisdicciones. La dignidad de Almirante, tal como Colón la pretendía, traía consigo Grandeza de España y derechos y emolumentos fijos de mucha cuantía. D. Martín Fernández de Navarrete, para inteligencia de lo que esta dignidad significaba, publicó un apéndice de documentos,13 y en el segundo informe á esta Academia, antes citado, se insertó el Arancel de los derechos que percibía el Almirante de Indias.14 Las cláusulas del diezmo y del octavo nada tienen que ver con uno ni con otro título; eran condiciones del contrato entre partes, que así podían aumentar la entidad como disminuirla ó eliminarla del todo de común acuerdo.
Dando los Reyes Católicos á Colón en despachos, provisiones y cartas el dictado de Almirante; recibiéndole como á Almirante en la Cámara, le dispensaban por tanto la mayor de las honras palaciegas, y por ello escribía uno de los muchos admiradores entusiastas que el Descubridor tiene en España, no conocidos del póstumo encomiador, que la merced de los monarcas no se limitó á mandar cubrir en su presencia al marino, como Grande, sino que le dió asiento á su lado como Príncipe.15
Con mejor deseo de investigación pudiera observar el Conde de Roselly que en las Cédulas ó instrucciones que ha visto y cita, el de Almirante se antepone siempre al de Virrey; esto aparte de haber varios otros posteriores en fecha, en que la nominación de Virrey se continúa,16 anteponiéndolo el interesado mismo, como es de presumir, y sin presunción consta en esta cláusula de la institución de mayorazgo:
«Don Diego mi hijo, ó cualquier otro que heredase este mayorazgo, firme de mi firma, la cual ahora acostumbro, que es una X con una S encima, y una M con una A romana y encima de ella una S, y después una Y griega con una S encima, con las rayas y vírgulas, como yo ahora fago;17 y no escribirá sino Almirante, puesto que otros títulos el Rey le diere ó ganare; esto se entiende en la firma y no en su dictado, que podrá escribir todos sus títulos como le pluguiere: solamente en la firma escribirá Almirante.»
De manera que el castillo fundado sobre los planes con habilidad diabólica tramados por el Rey perverso, resulta ser de material tan frágil que cae al soplo, y es lo peor que consigo arrastra la poética decisión en el Mensajero de la Providencia de negarse á todo trance á rasgar el velo del mar tenebroso sin la condición del Virreinato, que era la parte de Dios, la más alta dignidad posible después de la Corona; que asegurando la ejecución del ardiente deseo de su existencia, había de permitirle, por si ó por sus sucesores, capitalizar las sumas necesarias al rescate del Santo Sepulcro ó á su liberación por las armas.
Para que la cristiandad lograra, en el apogeo del poderío otomano, lo que en su aurora no mereció por la acción de San Luis, rey de Francia, poca cosa fuera el título más encumbrado; no pudiendo acordar á Colón el de vice-Dios, tan ineficaz como el de vice-rey de las Indias, hubiera sido el de Rey de Jerusalén.
Si por este lado no se comprueba el maquiavelismo de D. Fernando, tampoco resulta acreditado en la formación del semillero de calumniadores, á cuyo frente puso Doña Isabel, y no él, al arcediano de Sevilla. Todos los cronistas españoles convienen en la declaración de haber existido entre D. Juan de Fonseca y el Almirante antipatía muy cercana á la enemistad. El P. Fray Bartolomé de las Casas, autor contemporáneo que preferentemente hemos de seguir por la respetabilidad de su carácter, por el crédito que en el mundo tienen las obras que á su pluma dictó la fervorosa caridad, y, sobre todo, por ser de los raros escritores de acá no tildados por el Conde de sañuda prevención contra El Revelador del nuevo hemisferio, más que cualquiera otro, recalca la animosidad del Ordenador de las flotas, escudo de aquéllos que perseguía el virrey en la isla Española, sin dejar de declarar con imparcialidad que, si el primero en las obras dejaba entender la mala voluntad, el otro no la ocultaba en obras ni en palabras, permitiéndose harto picantes alusiones públicas.18 Fonseca, aparte de esto, era hombre activo, inteligente, enérgico, organizador en verdad del servicio nuevo y complicado que exigían las flotas de Indias, luchando con la mayor de las dificultades, que consistía en la pobreza de la nación, esquilmada en la guerra de tantos siglos contra la morisma.
El mérito de Fonseca no padece con la calificación de covachuelista que le aplica el Conde; en otras no es bueno profundizar, porque si bien algunos prelados anteponían al nombre adjetivo de humildad, y la misma Santa Teresa se firmaba indina sierva de Jesús, no suena lo mismo la indignidad confesada que la atribuida por persona de la grey católica, y al fin, bien considerado el asunto, no estaba el propuesto Patriarca de las Indias19 en el Consejo supremo, tan apartado de sus ovejas, como otros muchos de aquellos tiempos y los sucesivos, en que por todas partes solían cambiar la mitra por la celada, acaudillando tropas y aun naves, como lo hizo, á costa nuestra, M. Henry d'Escoubleau de Sourdís, famoso antecesor en la Sede, del Cardenal Donnet.
Mientras disponía Fonseca la nota de diez y siete naos y carabelas con que se había de emprender el segundo viaje, Colón, colmado de agasajos y mercedes personales, obtenía cuantas quiso pedir para sus hijos, hermanos, amigos y criados,20 amén del nuevo título de Capitán general de la Armada,21 y de sobrecarta confirmando el privilegio de los diez mil mrs. ofrecidos por los Reyes al que primero viera tierra, como estímulo á la vigilancia de los marineros; privilegio que también quiso para si Colón sobre los demás, obteniéndolo con notoria injusticia,22 y destinándolo para alimentos de Beatriz Enríques.23 De toda la turba de calumniadores, insubordinados y díscolos enumerada por el Conde de Roselly, sólo consta que faltara al acatamiento Juan de Soria, de quien el Almirante se quejó, satisfaciéndole los Reyes en carta expresa y reprendiendo en otras cuatro con severidad y apercibimiento al funcionario omiso, aunque era secretario del Príncipe D. Juan, lugarteniente24 de los contadores mayores y persona de la mayor confianza.
Mosén Pedro Margarit fué aquel sufrido soldado que se mantuvo en la fortaleza de Santo Tomás, en el Cibao, hasta ver consumida de necesidad su gente, y el que, llevándole dos tórtolas vivas, como más enfermo y débil, las echó á volar, contestando á los oferdantes: «que pues le habían acompañado hasta entonces en la hambre y los trabajos, en ella y ellos quería su compañía.»25 De esta manera, y entendiendo constantemente en hacer amigos del Virrey á los descontentos,26 daba los ejemplos de indisciplina Margarit.27
No será raro que el Conde de Roselly haya sido inducido en error por Washington Irving, que con varios otros escritores antes que él, censuró por desertores á D. Pedro Margarit y á Fr. Bernal Buil, el primer general y el primer apóstol del Nuevo Mundo;28 como quiera, es mucho más grave la sacrilega suplantación que le imputa, no acompañando pruebas del hecho, pues las hay en contrario de que aceptó con repugnancia como pesada carga la misión importante que llevaba á las Indias, con autorización plena del Papa y del Rey para regresar cuando lo estimase conveniente. Colón encontró en el Nuncio apostólico un obstáculo; y á las observaciones, requerimientos y entredichos que le puso, protegiendo la libertad de los indios, respondió privando á él y á los demás sacerdotes de sustento.29 Vínose á España huyendo del escándalo, no de la mortificación, como consta, con gran copia de documentos, en monografía del R. P. Fita, que desautoriza y contesta las aseveraciones inexactas del Conde de Roselly de Lorgues.30
La conspiración de Bernal Díaz de Pisa, tenía por fin la vuelta á Castilla,31 deseo general de cuantos españoles se encontraban bajo el mando del Virrey primero de aquellas regiones,
Y esto consistía en que el ilustre navegante, docto en las teorías, y animado sin duda del mejor deseo, no supo nunca granjearse la estimación, ni menos el afecto de los que le servían, por falta del don de mando; causa eficacísima de más natural admisión, si no estuviera comprobada, que la de suponer á cuantos tuvo al lado, nobles ó plebeyos, sacerdotes, militares, marineros, ministros de justicia, factores y domésticos, sin excepción malvados.
El testimonio del P. Las Casas, es de gran autoridad, por haber tenido en sus manos los papeles del Almirante, y tratado á sus hermanos; al hijo D. Diego; á la Virreina, mujer de éste; á Pedro de Arana, Diego Méndez, Francisco de Peñalosa, Alonso de Vallejo, Andrés Morales, Vicente Yáñez Pinzón, Fonseca, Deza y tantos otros, amigos ó contrarios del Descubridor, que figuran en la historia, así en Castilla como en Indias. En la relación de los sucesos que trazó en edad avanzada, retirado ya del mundo y muertas las personas de que hablaba, más que otro sentimiento hacia el que halló la tierra firme indiana, se descubren siempre los de admiración y respeto: también él lo estima agente providencial, pero como hombre sujeto á las debilidades de la materia, y señala, por efectos de la flaqueza, yerros y desaciertos, sin pensar que eclipsen la grandeza de las condiciones buenas, ni menos que afecten, contándolos, á la gloria reconocida y proclamada.
En este concepto solo, consigna que en los dos años que gobernó la isla Española D. Cristóbal Colón, por la dureza, injusticia y mal tratamiento se hizo aborrecer de todos los españoles, que clamaban ante los Reyes, acusándole de cruel, odioso y de toda gobernación indigno,32 y que de los indios, en estos dos años de 1494 á 1496, pereció la tercera parte de la población á causa de sus medidas;33 porque temiendo que los Reyes se cansasen de gastar más de lo que sacaban de provecho, promovió guerra á los caciques, tomando mucha gente á vida para venderla en Castilla por esclavos,34 á cuyo fin también comisionó á Ojeda para prender con ardid y deslealtad al rey Caonabo.35 Acúsale, no sólo de la muerte de los indios principales,36 mas también de las penas que á los otros imponía por faltas leves, como la de cortar las orejas y las narices;37 le afea el invento del arma espantable de aquellos lebreles ferocísimos amaestrados, que en soltándolos contra los cuerpos desnudos, en una hora hacía cada uno á cien indios pedazos;38 censura asimismo la resolución de que todos los indios de catorce años arriba dieran de tres en tres meses por tributo el hueco de un cascabel lleno de oro, y sólo el rey Maniacaotex había de dar cada mes una media calabaza que pesaba tres marcos;39 dice que invención suya fué también la de los repartimientos y encomiendas; esa polilla que había de devastar y consumir las Indias;40 y que por estos yerros, por estos excesos, parece que permitió Dios las revueltas, para afligir al Almirante y á sus hermanos, por la injusticia, injurias, daños y crueldad que habían cometido.41
Aquí tiene el señor Conde de Roselly, ad ovo «los horrores cometidos por la ignorancia, la violencia, la fiebre de oro de los conquistadores castellanos;» los horrores que no ha visto, ni había para qué, en los Capitanes alemanes de los Welsares, que asentaron con el Emperador la conquista de Venezuela, ni en cualquiera otra parte del mundo por entonces, quedando estereotipada sólo para los españoles la frase, aunque no hizo para ellos la suya Montaigne al escribir: «En estos tiempos, el que no es más que parricida ó sacrilego, es hombre de bien y de honra.»42
Dedúcese no menos claramente de las acusaciones del P. Las Casas, porque Margarit, Buil, Bernal Díaz, procuraban alejarse de semejantes escenas, y porque llegaban sin cesar á la Corte lamentos, quejas y suplicaciones de los infelices que, sin autoridad para tanto, sufrían miseria extremada sobre humillación, allí donde se les ofreció riqueza y bienestar.43
Al fin determinaron los Reyes enviar á su repostero Juan de Aguado, y éste aguó los placeres y prosperidad del almirante, al decir del mismo Las Casas. Bien que, en su opinión, las quejas de los españoles por maltratamiento fueran exageradas;44 con todo, la información del repostero le hizo recelar que aumentando el efecto de las que habrían dado verbalmente Buil y Margarit, torcieran la inclinación de los monarcas, y decidió, en consecuencia, venir á Castilla á refutarlas, como lo hizo, en buen hora. De los papeles de Aguado muy poco se airaron aquellos señores;45 antes mostraron alegría, clemencia y benignidad al Virrey, haciéndole mucha honra y mandándole dar memoriales de cuanto necesitara en la prosecución de los descubrimientos.46 Confirmaron además todos los privilegios, acrecentando los de beneficio del diezmo y octavo; le acordaron franquicia de derechos de exportación de granos y mercancías; hiciéronle otras mercedes; cuantas pidió, autorizándole para repartir tierras; le exceptuaron del pago de la octava parte de cuanto se había gastado en expediciones y colonización hasta aquella fecha, pago que no estaba en aptitud de hacer, por ser tan poca la utilidad conseguida, añadiendo la donación graciosa en la isla Española de 50 leguas de tierra de E. á O. y 25 de N. á S., con título de Duque ó Marqués, á su elección, merced la última que suplicó se le permitiese no aceptar, por temor á la murmuración.47
Si á esto se llama ingratitud, ¿á dónde llegará el agradecimiento?
Ciertamente—en algo había de acertar el Conde historiador,—la opinión pública no era para el Almirante tan entusiasta como la de Sus Altezas; habían circulado las noticias de su proceder juntamente con la de las miserias y trabajos con tan negra pintura, que no había quien voluntariamente quisiera embarcar á sus órdenes en la flota, siendo preciso para disponerla acudir al indulto de criminales y á la remesa de sentenciados por la justicia;48 pero esto mismo realza la estimación, el aprecio y el favor que los Reyes dispensaban al Descubridor, no dependiendo de su voluntad el incidente de Jimeno de Bribriesca, respecto del cual hay también que rectificar las apreciaciones erróneas del conde Roselly de Lorgues.49
Instalado otra vez en la Española el Virrey, como siempre pensara en suplir los gastos que se hacían, allende los tributos y repartimientos, calculó que la principal granjeria podría salir de los indios, escribiéndoselo á los soberanos en términos que conviene transcribir, toda vez que ni lo hace ni lo mienta el Conde de Roselly. Decía:50
«De acá se pueden, con el nombre de la Santísima Trinidad, enviar todos los esclavos que se pudiesen vender, y brasil, de los cuales, si la información que yo tengo es cierta, me dicen que se podrán vender 4.000, y que, á poco valer valdrán 20 cuentos, y 4.000 quintales de brasil, que pueden valer otro tanto, y el gasto puede ser aquí seis cuentos; asi que, á prima haz, buenos serian 40 cuentos, si esto saliese así. Y cierto la razón que dan á ello parece auténtica, porque en Castilla y Portugal y Aragón y Italia y Sicilia y las islas de Portugal y Aragón y las Canarias gastan muchos esclavos, y creo de Guinea ya no vengan tantos; y que viniesen, uno de estos vale por tres, según se ve, é yo, estos días que fui á las islas de Cabo Verde, de donde la gente dellas tienen gran trato en los esclavos, y de continuo envían navios á los rescatar, y están á la puerta, yo vi que por el más ruin demandaban 8.000 mrs.; y éstos, como dije, para tener en cuenta, y aquéllos no para que se vean. Del brasil dicen que en Castilla, Aragón, Genova y Venecia hay grande suma, en Francia y en Inglaterra; así que destas dos cosas, según su parecer, se pueden sacar estos 40 cuentos, si no hubiese falta de navios que viniesen por esto, los cuales creo, con el ayuda de Nuestro Señor, que no habrá, si una vez se ceban en este viaje... así que aquí hay estos esclavos, y brasil, que parece cosa viva y aun oro si place á Aquél que lo dio y lo dará cuando viere que convenga... Así no falta para haber la renta que encima dije, salvo que vengan navios muchos para llevar estas cosas que dije, y yo creo que presto será la gente de la mar cebados en ello, que agora los Maestres y marineros van todos ricos y con intención de volver luego y llevar los esclavos á 1.500 mrs. la pieza, y darles de comer, y la paga sea de los mesmos, de los primeros dineros que dellos salieren; y bien que mueran agora, así no será siempre desta manera, que así hacían los negros y los canarios á la primera, y aún aventajen estos, que uno que escape no lo venderá su dueño por dinero que le den.»
Con esta carta despachó cinco navios cargados de esclavos,51 que fué lo mismo que despachar su sentencia, porque poseída de indignación la Reina52 por estas y otras cosas, proveyó de quitarle la gobernación enviando sustituto.
No hay escritor español que deje de reprobar el acto abusivo y odioso del Comendador Francisco de Bobadilla, al usar con el Almirante de rigor injustificado. Ponerle grillos como á un criminal ordinario equivalía á signar auto de significación apasionada para su entidad jurídica, y sin embargo, en esa decisión que ha dado á poetas y pintores asunto en que fantasear,53 obraba el juez á impulsos de la conciencia, con vista de las diligencias y acusaciones de la mayoría de la población y dentro de las instrucciones que le ordenaban prender los cuerpos y secuestrar los bienes de los culpables en las alteraciones de la isla.54 Que no ocurrió á los Reyes comprender en la orden al delegado de su autoridad, es indudable; pero fuera bueno conocer las razones en que el Comendador fundó la resolución de comprenderle. Oviedo declara que fué hombre honesto y religioso;55 Herrera encarece sus dotes de mando, haciendo constar que así como el Almirante y sus hermanos salieron de la isla, cesaron las revueltas y el descontento, estableciéndose el orden y el imperio de la ley, con tranquilidad y contento de todos.56
Se ha tildado de parciales á estos historiadores, y aun al P. Las Casas, por la pasión con que defendía la causa de los indios y la exagerada energía de sus declamaciones, se tiene por sospechoso; empero quedan otros testimonios en que cabe investigar la disposición de los ánimos con todas las garantías requeridas por un juicio recto. En la flota que condujo al Comendador Bobadilla, fueron á la Española cuatro religiosos de la orden de San Francisco, elegidos por el Arzobispo de Toledo, Jiménez de Cisneros, grande amigo y protector de Colón, entre los más virtuosos y aptos para la evangelización de los indios. De estos frailes, el uno, Fr. Juan de Leudelle, no era español, había nacido en Picardía; ni él ni los otros conocían al Almirante, ni tenían intereses ó afecciones en el Nuevo Mundo; pues bien, al llegar allí encontraron en tan grave situación la colonia, que estimaron de necesidad que viniera inmediatamente uno de ellos, Fr. Francisco Ruiz, secretario del Arzobispo, más adelante Obispo de Ávila á dar cuenta verbal, escribiendo los otros tres cartas de creencia, no anotadas en la historia del P. Marcelino de Civezza,57 imitador del Conde de Roselly, acusador como él del Vicario Buil, de Margarit, de el infame Bobadilla, etc., aunque cita la cédula del Rey D. Fernando, encargando que los religiosos destinados á la Española fueran doctos y ejemplares;58 no aludidas tampoco por el referido Conde, y que venían á decir:59
El P. Ledeulle; que, según informaba el Comendador, el Almirante y sus hermanos se habían querido alzar y ponerse en defensa, juntando indios y cristianos, y que el primero había expresado á uno de los frailes compañeros importársele poco para sus fines lo que tuviera en mientes el Arzobispo de Toledo.
Fr. Juan de Robles; que habían tenido gran trabajo en echar de la isla á los señores (Colones), los cuales se pusieron en se haber de defender, sino que Dios no les dejó salir con su mal propósito; así rogaba al Arzobispo, por amor de Jesucristo, trabajara como el Almirante, ni cosa suya, volviera más á aquella tierra, porque se destruiría todo y no quedaría cristiano ni religioso.
Fr. Juan de Trasierra, dando gracias á Dios por haber salido aquella tierra del poderío del Rey Faraón, suplicaba al Arzobispo hiciera que ni él ni ninguno de su nación fuera á las islas.
Los tres rogaban por separado se diera crédito á lo que diría Fr. Francisco Ruiz, y acompañaban relación de las cosas que se ofrecían, tocantes al provecho de la conversión de las ánimas, comenzando asi:
«Primeramente: que si sus Altezas quieren servir mucho á nuestro Señor y que la conversión de las ánimas se haga, en ninguna manera permitan que el Almirante ni cosa suya á esta isla vuelva á la haber de gobernar, porque se destruiría todo y ningún cristiano ni religioso en ella quedaría.»
¿Creerá el Conde de Roselly que de la orden seráfica; de la orden Colombina por excelencia, hayan podido salir semejantes documentos?
El P. Las Casas reconoció siempre en el Virrey, como queda dicho, buena intención para con Dios y con los Reyes; y aunque no lo tenia por Santo, creía de buena fe haberle escogido la Providencia para una de las Divinas hazañas de los tiempos,60 constituyendo á los castellanos por ministros, mediante la luz evangélica,61 apreciaciones poco satisfactorias para el Conde, regenerador de su fama; como leer siquiera las de los franciscanos, que apellidan Rey Faraón á el Embajador de Dios.
Dicho sea en alabanza de los Reyes Católicos; estas cartas, no más que la información de Fr. Francisco Ruiz62 y el proceso de Bobadilla, desviaron el afecto que al Almirante tenían. Mostrando mucho pesar de que viniese preso, proveyeron luego que le soltasen, escribiéndole que compareciera en la Corte, para cuyo viaje le enviaban 2.000 ducados; le hicieron benigno recibimiento, satisfaciéndole de palabra y por escrito;63 destituyeron á Bobadilla, encargando al sucesor que fueran devueltos á Don Cristóbal Colón los objetos é intereses que le habían sido tomados, reintegrando su valor de los caudales de la corona ó de los de Bobadilla, según correspondiera; que en exacto cumplimiento de las capitulaciones se le acudiera con el décimo y el octavo, según instrucciones directas; que tuviera en la isla persona que le representara y recibiera lo que hubiera de haber.64 Porque se mostraba agraviado de las licencias acordadas á varias personas para descubrir, se le aseguró que no habían sido dadas en su perjuicio, dictando provisión para que nadie en lo sucesivo pudiera ir á descubrir ni á lo descubierto sin licencia Real ó del Almirante;65 todo ello sin más descargo ó defensa de sus actos que las afirmaciones de no ser posible dar principio ni orden á un Nuevo Mundo sin aspereza y rigor, como lo acreditaba la memoria de la fundación de Roma; lo que pasó entre Rómulo y Remo66 y la que tornaba á hacer con juramento de que puso más diligencia en servir á sus Altezas que no á ganar el Paraíso,67 por lo que el Obispo de Chiapa escribía: «Ciertamente, para la Alteza que tenían y acostumbrada gravedad y autoridad de que los reyes de Castilla solían y suelen, con sus súbditos, aunque sean los de mayores estados, usar, grande humanidad y favores usaban con el Almirante, y no sin razón, pues nunca algún otro tal servicio hizo, chico ni grande á sus Reyes, jamás.»
Por su parte, apuntaba Fr. Juan de Victoria:68 «Este año de 1499 enviaron muchas quejas los españoles á los Reyes Católicos contra Cristóbal Colón y sus hermianos, habiéndose apartado de obediencia Roldán Ximénez, alcalde mayor de Colón, porque no los podían sufrir, según eran soberbios y de áspero gobierno. Quejóse también Colón, y así enviaron los Reyes con sus poderes á Francisco de Bobadilla, Comendador de Calatrava, para que supiese la verdad y hiciese justicia, el cual hizo su información en la isla de Santo Domingo; prendió á los Colones y echó en grillos y envió á España en sendas carabelas. Dieron sus descargos, acusándoles que cogían para sí lo que á los Reyes se debía, y escondían el descubrimiento de perlas y otras cosas. Privaron los Reyes al Cristóbal Colón del gobierno de Indias, aunque lloró mucho, y así estuvo tres años en España sin dejarle tornar á Indias.»
Todavía repitieron los Reyes á Nicolás de Ovando las órdenes de acudir al Almirante en la Española, con todo lo que le correspondiese, recomendando mucho el cumplimiento, y aunque hicieron oídos sordos á la petición insistente de ser reintegrado en el gobierno, para proseguir descubrimientos, acordaron cuanto quiso,69 si bien con orden terminante de no tocar á la ida en la isla Española,70 orden que no cumplió, exponiéndose á que le negara el permiso de desembarco el Comendador de Lares cumpliendo las suyas.71
Por esta negativa, que estima arbitraria é inhumana, como hija de la enemistad, el Conde de Roselly de Lorgues, da suelta á su pintoresco lenguaje, apellidándole hombre de pater-noster, adulador, sanguinario, y multiplica las pruebas de apasionado prejuicio, desentendiéndose de los datos que dejáronlos coetáneos. Oviedo escribe que nunca hombre en Indias le hizo ventaja, pues tuvo todas las partes que mucho deben estimar los que gobiernan gente... y salió de la tierra con mucho sentimiento de todos, porque era muy gran varón de república y muy recto;72 Herrera hace grandes elogios de sus prendas y gobierno, consignando que no permitió la entrada de esclavos negros en la isla, que ya por entonces se pretendía;73 Las Casas no lo ensalza menos, considerándolo varón prudentísimo y digno de gobernar mucha gente; honestísimo en su persona, en obras y palabras; amigo de justicia; de codicia y avaricia muy grande enemigo, y no pareció faltarle humildad, que es esmalte de las virtudes,74 siendo común la opinión de que, bajo su mando, gozó la Española de paz y tranquilidad, avanzando á grandes pasos en población, agricultura, industria y comercio.
¿Dónde habrá aprendido el Conde de Roselly que en esta coyuntura de progreso se falsificaron las cuentas, defraudando al Almirante, y que á las reclamaciones de Alonso Sánchez de Carvajal, su apoderado, se contestó con amenazas, obligándole á salir de la Española, temiendo por la libertad ó por la vida? ¿Cómo se estampan estas cosas sabiendo ó debiendo saber que no llevando comprobación tienen su nombre en el Diccionario?75
No menos convendría saber; ¿cómo se dice que el Almirante fué ajeno á los acuerdos del Consejo de Indias, siendo, como era natural, de los primeros Consejeros nombrados?76 Cuando al señor Conde conviene, bien se cuida de poner por adarga de sus palabras: «El historiógrafo real, Antonio de Herrera, goza de autoridad incontestable; se le ha denominado príncipe de los historiadores del Nuevo Mundo, y cuando declara una cosa, no cabe poner en duda su afirmación.»77 ¿Por qué omite en este caso su parecer?
A fe que ahora nos ha de servir con oportunidad, al regresar Colón del cuarto viaje, máxime conformando, como conforma, con el P. Las Casas. El Rey, dicen le recibió en Segovia con semblante alegre, dándole seguridad del propósito en que estaba de cumplir cuanto le pertenecía por sus privilegios, y aun de su propia y real hacienda le quería hacer mercedes. Favorecióle también mucho el Arzobispo de Toledo, D. Fr. Francisco Jiménez, fraile de San Francisco y otras personas principales en la corte.78
De manera que ni se encontró solo, ni pobre, ni en medio de enemigos; lejos de ello, se empezó por entonces á tratar del casamiento de su hijo D. Diego con Doña María de Toledo, sobrina del Rey, lo que no ofrece indicio de desgracia, y al propósito dice uno de sus parciales,79 que hablando del matrimonio, como alguno de la corte preguntara si el Almirante iba á tejer su linaje, aludiendo al oficio de tejedor de lana que tuvo en la juventud, respondió con la altanería de su genio, que después que Dios crió á los hombres, no conocía otro mejor que él para origen de una familia, porque había hecho más que ninguno.
Hay que decirlo todo, cuando voluntariamente se forman los propósitos anunciados por el Conde de Roselly, de servir á la verdad y escribir historia. En Segovia se obstinaba Colón por volver á gobernar las Indias, ó porque fuera á gobernarlas su hijo, y habiendo dado tan mala cuenta en dos ensayos, el Rey, sin negativa absoluta, no lo acordaba, mostrándose dispuesto á complacerle en todo lo demás, sometiéndolo al árbitro que el mismo Almirante designase; mas precisamente era todo esto en lo que menos pensaba, pues respondió al Rey que en lo tocante á hacienda y rentas podían señalarse letrados, pero en lo de la gobernación no; queriendo asentar que esto se le debía sin género de duda.80
Por encima de la inconveniencia palaciega de la importunidad, parece que no dejó de perjudicarle por entonces la petición insistente de castigos á Ovando, á Roldan, á los Porras, y á otros menos significados81 y en efecto, se advierte que de once cartas dirigidas á su hijo D. Diego, que publicó Navarrete,82 siete van encaminadas á reclamar contra ellos, como si hubieran sido escritas para desautorizar á su futuro encomiador Condal, lo mismo que aquélla que envió á Ovando, asegurándole veía su firma como si fuera la de sus hijos, y deseaba ver presto otra que en vez de El Comendador dijera El Maestre,83 y la que tratando de D. Juan de Fonseca, reza: «Si el señor Obispo de Palencia es venido ó viene, dile cuánto me ha placido de su prosperidad; y que si yo voy allá, que he de posar con su merced aunque él non quiera, y que habemos de volver al primero amor fraterno, y que non lo poderá negar, porque mi servicio le fará que sea ansí. »84
Lástima que no haya llegado á manos del señor Conde cierto libro del milanés Gregorio Leti, porque hubiera dado mayor interés teatral al primer capítulo del suyo, con sólo transcribir este párrafo:
«A la vuelta de la Española, fué aprisionado Cristóbal Colón, y en la misma cárcel perdió la vida al cabo de seis años de severa reclusión, diciendo algunos que murió de tósigo.»85
Prosiguiendo la leyenda del Rey D. Fernando, traza el Conde de Roselly de Lorgues rasgos que merecen traducción esmerada porque pierda menos, que siempre ha de perder algo, su hermoso estilo.
«Ahora, dice, nos vemos obligados á la acusación pública y directa de este soberano, cuyo título de Católico le ha protegido contra la severidad de la historia. Como su grandeza nos parece usurpada, procediendo de sutilezas, disimulo y astucias diplomáticas, y por otra parte, ese título fué debido únicamente á la heroica virtud de su inmortal compañera la Reina Isabel, en calidad de consorte, no vacilamos en entregar al Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/70 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/71 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/72 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/73 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/74 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/75 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/76 á sus descendientes, reconociendo «que ayudaron á poner el Nuevo Continente debajo del yugo y dominio de la Corona real, poniendo muchas veces sus personas á todo riesgo y peligro,»96 honra y pro les dé el escudo concedido de las tres carabelas y las tres manos que señalan la tierra.
D. Fernando de Aragón continúa practicando su malévola política. Es el Conde de Roselly quien habla.
Pasados los días que se consagran al duelo, suplicó D. Diego Colón al Rey le diera posesión de los derechos de su padre con el gobierno de las Indias en su calidad de Virrey y Gobernador general hereditario, sin obtener, por de pronto, otra cosa que la promesa de mirar en asunto de tamaña importancia, y una carta ordenando al Comendador Ovando la remesa del mueblaje97 que perteneció á su padre, papel desdeñoso, no distinto del que pudiera dictarse en favor de un mozo de mulas,98 y cuyo laconismo atestiguaba Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/80 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/81 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/82 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/83 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/84 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/85 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/86 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/87 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/88 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/89 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/90 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/91 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/92 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/93 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/94 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/95 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/96 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/97 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/98 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/99 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/100 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/101 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/102 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/103 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/104 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/105 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/106 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/107 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/108 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/109 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/110 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/111 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/112 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/113 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/114 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/115 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/116 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/117 de conducir á un convenio menos favorable. El Conde de Roselly lo tiene dicho: por ley general de la fisiología y de la historia, los sucesos tienden á concluir como han empezado;130 por ley mecánica, las cosas caen del lado á que se inclinan.
En Real cédula de Diciembre de 1523, contestando á las representaciones de la Audiencia de Santo Domingo, se decía: que habiendo venido á España el Almirante Don Diego, era de esperar que todo entraría en sosiego y reformación.131
La inspiración del Conde de Roselly al tratar de D. Luis Colón, se debe más á Talía que á Melpómene, por lo que parece. ¡Pobre joven! exclama; consigue ir á la Española en calidad de gobernador general; pero en la corte se había formado definitivamente la resolución de hacer insostenible su cargo, extirpando de una vez la raza extranjera de los Colones, antes que á pretexto de sus derechos arraigase. Se le suscitaban continuos embarazos; se censuraba su pretendida inexperiencia; se condenaban sus actos; todos los registros se tocaron hasta alcanzar la renuncia de los derechos heredados, con rentas que pasarían de quinientos millones al año, por los títulos de Duque de Veragua y Marqués de Jamaica sostenidos con limosna ruin.
¿Qué había de hacer contra la voluntad del Emperador? ¿Quién le protegería en ocasión en que el nombre del Revelador de la Creación servía de contrariedad y embarazo? Si hubiera invocado la gloria inmortal del Mensajero del Evangelio, le mirara la gente con asombro, si no con lástima. No había calculado mal el viejo Fernando: la celebridad de Colón se había desvanecido por de pronto, y á nadie chocaba la expoliación de su descendencia. Si por merced poco costosa acordaba el Emperador á D. Luis el patronato de la Capilla mayor de la catedral de Santo Domingo, para dar definitiva sepultura al Adorador del Verbo rebajaba tan mezquino favor, reservando el frontón alto de la dicha Capilla para la colocación de las armas reales é imperiales.
Ya que le fuera vedado ir á la conquista de tierras nuevas, acudió el impetuoso Almirante D. Luis á la de los corazones femeniles. Primeramente se casó, sin dar importancia á la oposición formal de la Virreina, con una criolla de Santo Domingo llamada María de Orozco; después, hastiado de la dicha, alegó nulidades y contrajo segunda unión con Doña María Mosquera. Lo que pasó no se sabe ni lo dice ningún documento; solamente se vislumbra que D. Luis tu- vo escrúpulos acerca de la validez del segundo matrimonio, y mientras consultaba cuál de las dos mujeres era la legitima esposa, por salir de dudas casó con Doña Ana de Castro, hija de la Condesa de Lemos. En esto le fué declarado que el primer enlace verificado sin el consentimiento materno era nulo, y el segundo no parecía legal; y estimando que tanto pudiera decirse del tercero, dio la mano á Doña María Luisa Carvajal, cuarta señora de su albedrío.
Empero menos sufrida que las otras. Doña María Mosquera dio el escándalo de acudir á los tribunales, que abrieron el proceso, pidiendo detención preventiva del cuerpo. Abandonado entonces el desgraciado amador, sin que la Virreina, el Emperador ni nadie le protegiera, fueron los jueces inexorables. En él no se vió más que un Colón.
Ciertamente merecieron castigo los excesos conyugales de D. Luis; pudiera habérsele alejado de la corte, internándolo algún tiempo, por servir de atenuante la buena fe con que había procedido; pues bien, la sentencia le condenó á diez años de destierro en África, con prisión en la fortaleza de Orán, y esto no es todo; se agravó la penalidad con mandato tan arbitrario como inicuo: había de pagar de su bolsillo diez guardas de á caballo, sin que él pudiera ejercitarse en la equitación. Así pasando días, mesesy años en el encierro, sin que por la falta de salud siquiera se dulcificara la sentencia, consintiéndole respirar el aire puro del campo: murió el 3 de Febrero de 1572.
Tanto es difícil considerar seriamente el capítulo de culpas del eterno D. Fernando, del Emperador, sus consejeros, jueces, cortesanos, y en general de la nación española, que abandona por el pecado venial de poligamia á la tercera víctima de su saña colombina, al nieto de el Embajador de Dios, que pasara sin mención, si entre las cómicas consideraciones del Conde de Roselly no se mezclaran los tiros que su sistemática pasión endereza sin tregua ni descanso á la dignidad nacional. Hay, pues, necesidad de preguntarle: ¿qué fué de la gloria eterna que adjudicaba á la lealtad castellana por el integérrimo proceder de la magistratura, al ventilar las demandas cuantiosas contra la corona? ¿Eran otros los jueces, otras las leyes, otras las influencias, ó cree que al nombre de Colón se debía la impunidad de los delitos, como el derecho de mantener sus pretensiones por las armas, según inconsideradamente ha escrito?
La pena de costear cierto número de lanzas en los presidios de Africa, que se impuso á D. Luis, no era arbitraria ó inicua; decirlo equivale á confesar la falta de diligencia, la ligereza ó la poca aprensión con que el Conde se arroja á historiar sucesos sin estudiarlos. Esa pena era general para la nobleza, y la sufrieron antes y después que el tercer Colón muchos titulados y caballeros, estimándola en su objeto; no por cierto el de seguridad de la persona condenada, sino el de contribución en la guerra contra los moros que asediaban de continuo las plazas. Y baste de la vida de D. Luis, poco ejemplar en actos independientes del amor, y poco digno también de los timbres de su abolengo.
Al llegar á la Española escribió al Emperador, muy reconocido por la cédula que le nombraba Capitán general de la isla, expresando que nunca otra cosa había deseado ni deseaba que servir á su Majestad.132 En otras hacía alarde de decisión y de propósitos de agrandar los descubrimientos, olvidándolas pronto por los actos que escandalizaron á sus gobernados.133
Los pleitos y tratos de transacción sirvieron para acreditar su veleidad, suscribiendo un día condiciones que negaba al otro, y exigiendo al fin las que daban á la cesión de sus derechos un color más oscuro que las lentejas del plato de Esaú. Sobre el título de Duque, el oficio y derechos de Almirantazgo, veinticinco leguas cuadradas en Veragua con jurisdicción civil y criminal alta y baja, mero mixto imperio perpetuo; alguacilazgo mayor de Santo Domingo, su Audiencia real, y todos sus pueblos; tierras, labranzas y pastos que tuvo D. Cristóbal y sus hermanos; rentas independientes á su madre y hermanas; la isla de Jamaica con marquesado; horca y picota donde ejecutar sus sentencias; sobre todo esto obtuvo de merced otras cosas ya publicadas.134 Algunas permutó y cambió sucesivamente por licencias para introducir en las Indias 1.900 esclavos negros.135
Ya se extinguió la línea directa de El Mensajero de la Salvación; ya puede entrar de lleno el señor Conde de Roselly de Lorgues en el terreno de investigación de lo hecho por el pueblo ingrato, que tuvo ante su vista al hombre grande.
Desterrada su memoria por el desdén de la corte y la ignorancia del vulgo, puede deducirse el caso que se haría de sus autógrafos, libros, memorias, relaciones. El Gobierno de España no creyó valían la pena de conservarlos, llevando el abandono á punto que, cuando Muñoz, González y Navarrete quisieron reunir los primeros elementos de Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/126 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/127 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/128 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/129 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/130 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/131 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/132 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/133 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/134 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/135 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/136 Vida de su Padre porque juzgara imprudencia ó temeridad darla á la estampa. Sábese que también esta obra estaba en poder de su casquivano sobrino 140 y es de presumir obtuviera licencia para imprimirla semejante á la que queda transcrita; pero siendo Don Luis más aficionado á las doncellas que á los libros — y pruébalo la biblioteca colombina, que puso á riesgo de perderse, — siendo, como antes se ha dicho, el verdadero enemigo del brillo de su linaje, hundió en el pozo del olvido las lamentadas páginas escritas con harto trabajo.
Inmensa labor ha tenido el Conde de Roselly en la rebusca de la literatura europea, entresacando, leyendo y clasificando las obras dedicadas á el Cristiano incomparable. La primera impresión que de ellas recibe es, que los autores españoles, no comprendiendo la grandeza de la misión del héroe, no habiendo nunca intentado su biografía, siguiendo dóciles la inspiración del maquiavélico Fernando, son responsables, ya que no directos causantes de los errores esparcidos por el mundo. Las Casas, Bernáldez, Pedro Mártir, Mata, Cieza, Jerez, Palencia, Bernal Diaz del Castillo, Garcilaso, Colmenar, etc., no eran en lo relativo á Colón más que el eco de la Corte y del Consejo soberano de las Indias, que iba á repercutir Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/140 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/141 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/142 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/143 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/144 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/145 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/146 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/147 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/148 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/149 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/150 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/151 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/152 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/153 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/154 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/155 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/156 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/157
Por qué refutó como falta de verdad Don Martín Fernández de Navarrete la noticia de haberse casado en España Cristóbal Colón, se ha de ver, si no satisface la cláusula expresa del testamento y codicilo.
El cronista Herrera la estampó incidentalmente sin darle importancia, y por él hubo un historiador local, no conocido del Conde de Roselly, de asentar lo siguiente:
«Colón casó segunda vez en Córdoba, donde fué vecino seis años, con una señora de esta ciudad, llamada Doña Beatriz Enríquez de Arana, de linaje de hijosdalgo de esta ciudad, descendientes de Vizcaya, é de ella tuvo á D. Fernando Colón, caballero de grande entendimiento, valor, virtud y grandes letras.»154
Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/160 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/161 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/162 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/163 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/164 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/165 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/166 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/167
Desde que apareció la extensa biografía escrita por Washington Irving, declarada obra clásica por los adversarios de Roma, empieza época nueva en la historia postuma de Cristóbal Colón. El protestantismo lo monopoliza, considerándolo propiedad suya; toma al Demostrador de la Creación como cosa perdida; hace balance de su saber, autopsia de su conciencia, análisis de su genio, recreándose en disfrazar sus concepciones. Se le ve laborar acumulando aserciones calumniosas ó interpretaciones ofensivas, oscureciendo la personalidad providencial del Héroe de los mares, coronando la obra comenzada en Piamonte, seguida en Génova, y por Génova acreditada en España. Spotorno había acusado á Colón de concubinario Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/170 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/171 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/172 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/173 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/174 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/175 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/176 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/177 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/178 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/179
De no recibirse en la república de las letras por postulados los escritos del Postulador de el cristiano incomparable, se ha seguido la publicación de objeciones que no ha visto el Conde de Roselly, con la calma del que confía en la firmeza de sus razonamientos, antes por el lenguaje destemplado con que quiere confundir á sus impugnadores, y el vano empeño de sostener que ofende al catolicismo el que no reciba desde luego á Colón por bienaventurado, perjudica tanto la causa del Descubridor, como el concepto que su propio juicio había merecido al público antes de dejarlo extraviar por la exaltación.
Se ha visto el poco miramiento con que habla de personajes históricos, considerados Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/182 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/183 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/184 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/185 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/186 la pluma, pues dice que la lectura de su Historia de Colón decidió al Rey Carlos Alberto á erigir el monumento que Génova dedicó á la memoria de el Revelador del Universo, y causó igual efecto en el Perú, dando origen al pensamiento de una estatua magnífica, efecto natural, toda vez que sus obras exhalan necesariamente aroma de santidad; se modifican y afirman las convicciones con su lectura, y el nimbo celeste con que ha ceñido la frente del Adorador del Verbo lo hace visible en todo el mundo.
Llega en la revista de los sucesos el momento solemne en que la ciudad del Ozama saludó regocijada, con el estampido de los cañones y el clamor de las campanas, el hallazgo tan feliz como inesperado de los restos verdaderos del insigne Descubridor. Es acaecimiento que recuerdan todos por reciente y discutido, pero que el Postulador narra con la novedad de su fecundo ingenio, dentro de la preocupación de su objetivo, empezando por tanto el capitulo con advertencia de haber acudido España á procrear el error, queriendo persuadir al mundo entero que las cenizas de Colón estaban realmente en la isla de Cuba protegidas por su gloriosa bandera. Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/190 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/191 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/192 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/193 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/194 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/195 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/196 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/197 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/198 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/199 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/200 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/201
Se va acercando el centenario cuarto del que fué Donador del Continente nuevo y Amplificador de la Creación: brava oportunidad de hablar algo del porvenir, habiendo hablado tanto del pasado y el presente. El señor Conde de Roselly lo hace.
En todas partes de ambos mundos se piensa solemnizar con brillo sin precedentes la fecha eternamente memorable del 12 de Octubre de 1492. Aún España sale de su entorpecimiento, poseída de un repentino fervor que la incita á reivindicar para ella sola, como su propiedad legitima, á el Revelador del Globo: todo lo que se refiere á Colón parece serle personal.
Madrid toma la iniciativa, combinando fiestas que solemnicen el recuerdo secular Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/204 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/205 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/206 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/207 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/208 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/209 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/210 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/211 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/212 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/213 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/214 Jerez de la Frontera, que dijo la primera misa.216
Hay que repetir por final,217 que al censurar la tendencia que nos lleva por el camino de los clásicos griegos, á convertir á los héroes en semidioses; al reconocer que Colón, grande hombre, pero hombre al fin, estuvo sujeto á las flaquezas humanas, al dominio de las pasiones de que no han estado exentos los varones más claros, en nada se rebaja ni menoscaba la gloria, el prestigio y el concepto que á la historia merece.218
Sirvan estas breves observaciones de respuesta al libro del señor Conde de Roselly.
1 Histoire Posthume de Christophe Colomb, par le C.te Roselly de Lorgues. — París. Librairie Academique Dichér. Emile Perrin, Libraire Editeur, 1885. — En 8.° mayor, 457 págs.
2 Güell y Renté, Leyendas Americanas; Anacaona. Leggende Americane di Don José Güell y Renté, tradotte dallo spagnuolo da Salvatore Constanzo. — Parigi, Stamperia Jules Claye, 1859. — En 8.°
3 «Nuestro siglo, discutidor y algún tanto escéptico, gusta, sobre todo, de ver los documentos y comprobantes en que se funda la historia, y en verdad que es plausible este deseo, pues la nimia confianza y buena fe han hecho no pocas veces correr las mentiras y ficciones al par de las verdades. En esta suposición, por laudable que sea el mérito de los que escriben nuevas biografías de nuestros hombres célebres, viene á ser muy superior y aún más importante la tarea de publicar los documentos inéditos en que se fundan aquéllas.» D. Pascual de Gayangos.
4 Cabeza de Vaca es uno de los más antiguos é ilustres linajes de Castilla.
5 Los restos de Colón. Informe de la Real Academia de la Historia al Gobierno de S. M. sobre el supuesto hallazgo de los verdaderos restos de Cristóbal Colón en la iglesia Catedral de Santo Domingo, Publicado por el Ministerio de Fomento. — Madrid. Imp. de Tello, 1879.— En 8.°
6 Colón y Pinzón. Informe relativo á los pormenores de descubrimiento del Nuevo Mundo, presentado á la Real Academia de la Historia por el capitán de navío Cesáreo Fernández Duro, académico numerario. — Madrid, Imp. de Tello, 1883, — En 4.°
7 Colón y Pinzón, pág. 166.
8 Narciso de Foxá, Canto épico al descubrimiento de América por Cristóbal Colón. — Madrid, 1849.
9 Des vicissitudes posthumes de Christophe Colómb. — París, 1865.
10 Butor émérite.
11 Atermoyeur et papelard; homme de patenôtres et de lésine. — Hist posth., pág. 17.
12 El Conde traduce Chartreuse des Grottes.
13 Colección de viajes y descubrimientos, tomo I, págs. 353 á 429.
14 Colón y Pinzón, pág. 26.
15 D. Francisco Medina Nuncibay, Genealogía de la casa de Portugal.
16 Entre ellos dos que tienen fecha de 22 de Julio de 1497, aumentando las regalías de almirantazgo, y facultándole para repartir tierras en la isla Española. Hay copias en la Academia de la Hist., Colecc. Vargas Ponce, tomo 54.
17 En carta de D. Nicolás de Azara á Don Juan Bautista Muñoz, de Roma, á 12 de Febrero de 1784, remitiendo copia de una letra de Colón, decía: «Usted repare en el modo de firmar, medio en latín, medio en griego, que huele á la pedantería de aquel siglo.»
18 Hist. de Indias, lib. I, cap. CLVII. La antipatía entre ambos personajes dio origen á una Real cédula expedida el 5 de Mayo de 1595, que muestra el alto grado de consideración de los Reyes por el Almirante. Encargaban al Obispo que hablara al hermano de D. Cristóbal, procurando darle todo contentamiento, y que escribiera al Almirante lo que le pareciera para apartar cualquiera resentimiento que con él tuviese. Está publicada en la Colección de documentos inéditos de Indias. — Tomo XXX, página 351.
19 En carta del Rey D. Fernando dirigida al embajador de Roma y fechada en Valladolid á 26 de Julio de 1513, hacía la propuesta, ensalzando las virtudes y merecimientos de Fonseca. No se sabe si el Papa acordó la petición, estando en duda la fecha de creación del Patriarcado de las Indias. Del asunto ha tratado el Sr. D. Vicente de la Fuente en su Hist, eclesiástica de España; segunda edición. —Madrid, 1875.
20A suplicación del Almirante se envió al Consejo de la Inquisición cédula fechada á 30 de Mayo de 1493, ordenando que los bienes muebles y raices que fueron de Bartolomé de Sevilla, vecino de Huelva, se pusieran en secuestración de Miguel de Muliarte, vecino de la ciudad de Sevilla, y de Violante Muñiz, su mujer, para que los tuviesen hasta que la causa fuera determinada. Por otras cédulas se autorizaba la ida y vuelta á la isla Española del mismo Muliarte, concuñado de Colón. Hay copias en la Colección Vargas Ponce, tomo 54.
21 Navarrete, Colección de Viajes, tomo II, pág. 62.
22 Pruébase en el informe citado, Colón y Pinzón, págs. 144 á 147.
23 Dióse la sobrecarta de privilegio en Valladolid á 8 de Noviembre de 1493. Francisco de Bobadilla la mandó pregonar en Córdoba y se pregonó los días 7 y 10 de Mayo, según testimonio de escribano. Hay copia en la Colección Vargas Ponce, tomo citado, y sábese que percibía dicha cantidad Beatriz Enríquez, porque así lo declaró el Almirante en la Memoria que dejó á su hijo D. Diego al emprender el tercer viaje. El primer albalá se halla en la Colección de Viajes de Navarrete, tomo II, pág. 46.
24 La misma Colección y tomo, págs. 89, 91, 93 y 95.
25 Oviedo, Hist. general y natural de las Indias, tomo I, lib. II, cap. XIII.
26 Oviedo, Hist. general y natural de las Indias, tomo I, lib. II, cap. XIII.
27 El P. Fidel Fita, Los Reys d'Aragó y la Seu de Girona. — Barcelona, 1876.
28 The first Apostle and the first general of the new World. Life and voyages of Christ. Colón. VIII, 2.
El Sr. D. Pascual de Gayangos posee un códice curioso titulado: Crónica de los Reyes Don Fernando y Doña Isabel, Reyes de Castilla y de Aragón, compuesta por Alonso Estanques, cosmógrafo mayor, y dedicada al príncipe D. Felipe (el Hermoso); en ella se trata, naturalmente, de los viajes de Colón, y á propósito del segundo dice:
«Vinieron allí [á Cádiz] muchos religiosos y personas de Santa vida y letras, entre los cuales vino un fraile de la orden de San Benito, que llamaban Fray Buil, natural de Cataluña, el cual traía poder plenísimo del Papa para la administración de la iglesia en aquellas partes, como perlado y cabeza de los religiosos que allí pasasen para el servicio del culto divino y conversión de los indios.»
29 Oviedo, Las Casas. El referido cronista Estanques, escribe: «Vino el Almirante ala Española... y venido procuró de hacer justicia de algunos que le parecían culpados, mostrando más riguridad de lo que solía, por do era culpado de algunos de crudo, principalmente de Fray Buil, que, como tengo dicho, llevaba las veces del Papa, el cual, como Don Cristóval Colón hacía algunas cosas de justicia que á él no le pareciesen justas, le iba á la mano y ponía luego entredicho y hacía cesar el oficio divino, y á esta causa el Almirante mandaba que no se le diese ración á Fray Buil ni á los de su casa, y por muchas veces que los hiciesen amigos, nunca aprovechaba nada, porque siempre que el Almirante tornaba á hacer justicia, luego aquel fraile le iba á la mano y así tornaban á lo primero, de lo cual fueron informados los Reyes Católicos, aunque de diferentes maneras, y procuraron por quietar aquellas diferencias.»
30 Fray Bernal Buyl ó el primer Apóstol del Nuevo Mundo, Colección de documentos raros é inéditos relativos á este varón ilustre, por el P. Fidel Fita y Colomé, individuo de número de la Real Academia de la Historia. — Madrid, 1884. — En 4.°, 96 páginas.
31 Herrera, Dec. I.
32 Las Casas, Hist. de Indias, lib. I, capítulo XCII.
33 Las Casas, Hist, de Indias, lib. I, capítulo CVI.
34 Idem id., cap. CII, y Herrera, Dec. I, lib. III, cap. II.
35 Idem id., cap XCII. En las instrucciones dadas por Colón á Margarit había ya ordenado la prisión cautelosa de Caonabo. Colección de viajes de Navarrete, tomo II, pág. 110.
36 Las Casas, Hist, de Indias, lib. I, capítulo XCIII.
37 En las instrucciones dadas á Margarit, ordenaba Colón tales amputaciones á los indios, porque son miembros que no podían esconder. Colección de viajes de Navarrete, tomo II, página 110. Las Casas, Hist, de Indias, lib. I, capítulo XCIII.
38 Las Casas, cap. CIV.
39 Idem, cap. CV. También lo escribe Herrera.
40 Idem, cap. CLI y CLV. Herrera, Dec. I, lib. III, cap. XIII.
41 Hist, de Indias, lib. I, cap. XCII.—Comentando las acusaciones, dice Navarrete (Colecc. de Viajes. Introducción, pág. lxxxvi): «Tales son algunas pinceladas con que retrata Casas la conducta humana, prudente y desinteresada de Colón, pintura que podrá ser exagerada, pero no inventada ni falsa, estando conforme con la que hicieron otros escritores coetáneos, de donde la tomaron Solórzano, en su Política indiana; Nuix, en sus Reflexiones imparciales; y lo que es más, acorde también con varias disposiciones y rasgos del Almirante, que podrán advertirse en los documentos que se publican... ¡Y qué! ¿menguará por esto la gloria del gran Colón como descubridor de un Nuevo Mundo? No por cierto; sus defectos fueron propios de la condición y fragilidad humana, adquiridos tal vez en su educación, en su carrera y en su país, donde el tráfico y la navegación formaban el principal ramo de la riqueza pública y privada. Alejandro, dominado de la cólera y después de la superstición; Alcibiades, lleno de admirables prendas y de infames vicios; César, reuniendo á cualidades eminentes una ambición desordenada por el mando universal, que era su ídolo, según la expresión de Cicerón, no dejan de presentarse en las plumas de Plutarco y de Cornelio Nepote, como hombres dignos de ser admirados por todos los siglos. Pero si la verdad obligó á estos historiadores á no disimular tales defectos, para ejemplo y corrección de sus semejantes, también supieron aprovechar estas sombras para dar mayor realce y brillo á sus pinturas, que no quieren ó no saben imitar los modernos, acaso por carecer de la integridad, rectitud y demás virtudes que caracterizaban á los que en la antigüedad escribían como maestros de la moral pública.»
42 «Qui n'est que parricida en nos jours et sacrilège, il est homme de bien et d'honenr.» Montaigne, Essais, lib. II.
Es achaque ordinario juzgar por lo que se tiene á la vista de lo ocurrido en edades remotas, sin fijarse en la modificación progresiva que han ido sufriendo ideas y costumbres. Cristóbal Colón impuso la pena de cortar la lengua á los marineros de sus carabelas que se atrevieran á decir que Cuba no era principio de las Indias asiáticas, y que de allí se podía ir por tierra á España. (Navarrete, Viajes, tomo II, pág. 145.) Los mismos marineros, como en general la gente de la Española, se quejaron de la tiranía, soberbia y crueldad de Colón; mas para juzgarlo con precisión, ha de recordarse que en España penaba por entonces la ley, por hurto, con el cercén de las orejas, y por blasfemia, con atravesar la lengua con hierro enrojecido. En cuanto al estado de guerra, sería fácil citar en toda Europa actos de ferocidad que dejan muy atrás el empleo de los perros como arma, y al de los tormentos, cuando la justicia universal los mantenía en ]os procedimientos judiciales. Robespierre y Marat, en época tan posterior, hacen olvidar con las suyas cuanto de otras crueldades se diga.
43El P. Juan de Victoria, que con el título de Catálogo de los Reyes godos de España escribió en el siglo xvi unos anales que se conservan en la Biblioteca nacional, inéditos, en el capítulo De los Reyes Católicos y cosas de estos años trata de Colón, como se irá viendo; del segundo viaje escribe: «Este año enviaron los Reyes una armada de 18 naos y carabelas al descubrimiento del Nuevo Mundo, que halló Colón, con 1.500 hombres con 12 eclesiásticos y Fr. Boyl, monje Benito catalán por Vicario del Papa, con muchos instrumentos que allá no había, y oficiales, y partió Colón con esta armada de Cádiz á 25 de Setiembre de 1493 y llegó á Puerto Plata en la Española, donde halló muertos los españoles que dejó, por robos y tiranías que hacían. Fundó Colón la ciudad Isabela, del nombre de la Reina Católica, y luego comenzaron á desacatarse algunos contra Colón, y más contra sus hermanos Bartolomé y Diego, y hizo justicia de los más culpados.»
44 Hist. de Indias, lib. I, cap. CVII.
45 Idem, cap. CXII. Según Estanques, no por su placer, sino por orden terminante de los Reyes, vino Colón á España, lo cual él sintió mucho. «El Almirante les fué á besar las manos, y ellos hubieron mucho placer con él, y le consolaron mucho diciéndole que sus cosas se harían bien, y que entre tanto estuviese en España algunos días mientras se informaban de lo que había pasado en la isla Española, para proveer lo que más fuese su servicio.»
46 Idem id.
47 Las cédulas de estas mercedes se hallan en la Colección de Navarrete. Las Casas las cita, con algunas más. Estanques asienta que, «Después de haber informado los Reyes Católicos, muy por menudo, de las cosas que decían del Almirante, quisieron también oille á él para ver lo que decía, el cual los informó muy por menudo y les dio sus disculpas lo mejor que pudo, y sus Altezas, teniendo respeto así á lo poco que contra él se hablaba, como á sus grandes servicios, no sólo le perdonaron, pero aun le dieron licencia para que se volviese á su gobernación, confirmándole de nuevo su privilegio de Almirante y Gobernador y Capitán general de las islas y tierras descubiertas y por descubrir en aquellos mares, para sí y para sus herederos y sucesores, haciendo por su respeto, Adelantado de aquellas islas y tierras á D. Bartolomé Colón, su hermano, y dieron poder al Almirante para que pudiera hacer mayorazgo en D. Diego Colón, su hijo, ó en otro cualquier hijo que tuviese, ó en pariente, ó en otra cualquier persona que quisiere; también se le dieron para repartir todas las tierras de la isla Española, con sus montes y ríos, á los moradores estantes en ella, ó que de ahí en adelante estuviesen, para que las tales tierras fuesen suyas propias y de sus herederos, dándole sobre todo una instrucción de lo que había de hacer... mandándole que sobre todo tuviese especial cuidado en la conversión de los indios á nuestra santa fe católica, trayéndolos primeramente á toda paz y quietud... y á suplicación suya le concedieron cosas para aumento y ennoblecimiento de aquellas islas y de las tierras que más se descubriesen, y fué que pudiese hacer moneda de oro en las islas españolas, y que lleve todos los aparejos para la hacer...
«Todas estas mercedes hicieron los Reyes Católicos deste viaje á D. Cristóval Colón, con otras muchas que por la prolijidad aquí no se ponen.»
48 Navarrete, Colección de Viajes, y Las Casas, cap. CXXV. No puede menos de notarse que al tiempo que nadie quería ir voluntariamente á las órdenes de Colón, Guerra, Bastidas, Vicente Yáñez Pinzón y los demás descubridores tenían de sobra gente voluntaria.
49 El P. Las Casas y Herrera refieren la ocurrencia. Creyó el Almirante que Gimeno ponía de industria impedimentos á su partida, y por ventura en palabras se señalaba. Aguardó al día de dar la vela, y arrebatando al dicho oficial le dio muchas coces ó remesones, por manera que lo trató mal, de que los Reyes se indignaron.
50 Las Casas anota que poseía trasunto de esta carta escrito de la mano del Almirante, cap. CLI.
51 En uno de estos navíos hizo viaje el padre de Fr. Bartolomé de las Casas, Hist. de Indias, lib. I, cap. CLI.
52 Herrera, Dec. I, lib. III, cap. VII. Las Casas, cap. CXXVI y CLXII. Dice éste: «Por esta causa, no fué en mano de los Reyes, los cuales, sin duda como agradecidos príncipes, le amaban, sino por voluntad y disposición divina, que el regimiento de este orbe, que muy bien al principio merecido tenía, le quitaron de las manos.»
M. W. Desborough Cooley, Hist. genérale des voyages de decouvertes maritimes et continentales, lib. IV, chap. I, forma idéntico juicio diciendo: «Cuando Fernando é Isabel privaron á Colón del gobierno de la Española, no atendían á otro móvil que el de retirarle un poder que era incapaz de ejercer.»
Conforme en la apreciación, escribió D. Jacobo de la Pezuela, Hist, de la Isla de Cuba, edición de 1868, tomo I, pág. 74: «Cristóval Colón, tan admirable cosmógrafo y descubridor como desacertado gobernante, había irreflexivamente impuesto sobre los indígenas de la Española durísimos tributos personales en oro, en algodón y otros artículos. Los había además repartido como esclavos, y aun embarcado muchos para venderlos en Sevilla; exceso que la Reina Católica desaprobó, mandando que los restituyesen á su tierra.»
Los Reyes ordenaron por cédula dada en Sevilla á 20 de Junio de 1500, que los indios que vinieron y se vendieron por mandado del Almirante, se pusieran en libertad, y fueran restituidos á los paises de su naturaleza.
|
53 Siempre que llego al solitario templo, |
(Narciso de Foxá, Canto épico al descubrimiento de América por Cristóbal Colón. — Madrid, 1849.)
54 Las órdenes é instrucciones dadas al Comendador Bobadilla para averiguar qué personas se habían levantado contra la justicia y proceder contra ellas según derecho; para tomar la gobernación de las Indias y entregarse de las fortalezas, casas, navios, armas, pertrechos y otras cosas de sus Altezas, están publicadas últimamente (1882) en el tomo XXXVIII de la Colección de documentos inéditos de Indias.
55 Oviedo, Hist. general y natural, lib. III, cap. VI.
56 Las Casas, lib. II, cap. I.
El juicio de Navarrete, que no ha comprendido el Conde de Roselly y que ofrece gran interés, es como sigue:
«El establecimiento de la isla Española llegó al estado más deplorable en 1498. Las noticias opuestas y contradictorias que recibían los Reyes sobre el origen y causas de aquellos disturbios, les pusieron en gran conflicto. El Almirante se quejaba de Roldán y sus secuaces, y éstos acusaban al Almirante y á su hermano el Adelantado de hombres nuevos que no sabían gobernar á gente de honra, de tiranos y crueles. Semejantes y peores acusaciones repetían los descontentos que se presentaban en la Corte, y esto no pudo menos de infundir sospechas que acrecentarían los émulos del Almirante. (Muñoz, Hist. del Nuevo Mundo, lib. VII, inédito.) Las ponderaciones sobre la riqueza de la isla se desvanecían en los efectos; la falta de noticias por algunos meses, originaba cuidados; la esclavitud impuesta á los indios por Colón arbitrariamente, y la venta que por su mandado se hizo de ellos en Andalucía, irritó sumamente el piadoso ánimo de la benigna Reina (Remesal, Hist. de Chiapay de Guatemala, lib. II, cap. X): la privación de mantenimiento á los que cometían cualquier delito, pareció á los reyes una pena igual á la de muerte; la creación de Adelantado de las Indias que hizo el Almirante en su hermano Bartolomé, sin anuencia de la Corte, se creyó una usurpación de la autoridad real, á la que compete únicamente la institución de tan altas dignidades. Estas y otras razones semejantes, y en especial las expuestas por el Almirante contra los revoltosos, motivaron la resolución de enviar á la Española un juez superior con plenas facultades para conocer de todo lo pasado y castigar á los delincuentes...
»No podemos menos de decidirnos á creer que las prendas y calidad de Bobadilla eran muy apreciadas de unos príncipes tan justificados como conocedores de las personas, y que el Almirante había dado algún motivo para que, temporalmente al menos, se le privase de su gobierno. Apoya esta sospecha el cronista Oviedo cuando dice, que las más verdaderas causas de la deposición ó prisión del Almirante quedábanse ocultas, porque el Rey é la Reina quisieron más verle enmendado que maltratado. Aunque las cédulas y provisiones reales se expidieron en 21 de Marzo, 21 y 26 de Mayo de 1499, todavía no se despachó al Comendador hasta Mayo del año siguiente; tal vez porque los Reyes, siempre atentos á Colón, aguardaban mejores nuevas de la Española, que les evitasen el sinsabor de una providencia que tomaban, al parecer, en fuerza de importunaciones. Llegaron dos navios entrado ya el año 1500 con los procuradores de ambos partidos; el Almirante enviaba procesos legales y relaciones más autorizadas; pero no llegaban á los oidos de los Reyes tan animadas como las quejas que de su rigor, de su injusticia, de su ambición y de otros delitos daban á viva voz una multitud de gentes venidas de Indias, que al mismo tiempo pedían sus sueldos atrasados, el premio de sus servicios, el resarcimiento de sus daños, y todos justicia contra el extranjero, que creían ser el origen y causa de sus males. Vez hubo de juntarse en el patio de la Alhambra de Granada cincuenta de estos quejosos, rodear al Rey y molestarle con incesantes clamores, llegando su osadía hasta insultar con dicterios á los hijos del Almirante que servían en Palacio (D. Hernando Colón, Hist. del Almirante, cap. 85). Tantas y tales quejas obligaron á los Reyes á procurar inquirir la verdad y administrar justicia, y así despacharon al fin á Bobadilla, que salió hacia mitad de Julio y llegó á la Española á 23 de Agosto de 1500, cuando ya estaba casi extinguida la rebelión y el remedio era por consiguiente intempestivo y aun perjudicial. Los mal contentos se aprovecharon de esta coyuntura, y Bobadilla, creyéndose de ligero, ó provocado de ambición, procedió con menos cordura ó prudencia, y con menos consideración que la que debía á los respetos del Almirante y sus hermanos, de cuya casa y de cuanto tenía se apoderó y sirvió como de cosa propia.» Colección de Viajes, Introdiicción, páginas xcvii-c.
Añadiremos lo escrito por el cronista Estanques, que Navarrete no conoció:
«Siendo los Católicos Reyes informados, así de muchos casos que D. Bartolomé Colón había hecho en el tiempo de su gobernación, como otros que el Almirante hacía, envió á la isla Española un caballero de la orden de Calatrava, dicho Francisco de Bobadilla, como juez de residencia, el cual hizo cierto proceso contra el Almirante y sus hermanos, á los cuales, como hallase culpados, los hizo prender y embarcar en dos carabelas, y en grillos los hizo enviar á España, mandándolos entregar al Corregidor de Cádiz hasta que sus Altezas enviasen á mandar lo que fuesen servidos de ellos, y envió asimesmo á sus Altezas el proceso que contra ellos había hecho, los cuales, como supiesen que estaban en Cádiz y en prisiones, enviaron luego á mandar que los soltasen, y que ellos se viniesen á la corte, y el Almirante vino á besar las manos de sus Altezas, dándoles sus disculpas lo mejor quel pudo, y ellos le oyeron muy bien y consolaron con tales palabras que quedó algo contento, y mandaron luego que le acudiesen con sus rentas y derechos que tenían en las islas , porque se los habían embargado y detenido cuando fué preso, y siempre, y cuando estuvo, fué tratado de sus Altezas muy honradamente, porque sus buenos servicios lo merecían.
»Sus Altezas enviaron á llamar á Francisco de Bobadilla que viniese á España, dándose por bien servidos del del tiempo que allí estuvo, y así partió Fr. Nicolás de Ovando... pensando que el Almirante D. Cristóbal Colón podría tener alguna queja por haber dado ocasión á que se pensase que del no habían sido bien servidos, le mandaron llamar ante sí y le dijeron como ellos habían enviado al Comendador Ovando á la isla Española por gobernador, porque los cristianos que había en ella estaban todos muy indinados contra él, y que estaban informados que decían que si allá tornara á volver, que le habían de matar, y que ellos le querían quitar de aquellas contiendas, porque sería mal ejemplo á los indios; que á esta causa no se había de ocupar en cosas de gobernación, sino servirse de su persona en cosas más arduas y donde Dios fuese más servido y sus reinos más acrecentados; por tanto que le mandaban y encargaban diese cabo á lo que tan buen principio había dado, que era descubrir en aquellos mares otras islas ó tierras firmes de que se tenía noticia, dándole sus disculpas en lo de la prisión, diciendo que tuviese por cierto haberles pesado mucho de ella, y que bien había él conocido, pues en sabiendo, como supieron, lo habían mandado remediar, y que él bien vía el favor que siempre le habían dado y la voluntad que ellos tenían de lo honrar y hacer merced, lo cual tenían siempre, y que tuviese por cierto que las que le habían hecho le serían guardadas enteramente, y que si quería confirmación de ellas se la darían, y á su hijo D. Diego mandarían poner en la posesión de ello, todo lo cual y otras muchas cosas dijeron sus Altezas á D. Cristóbal Colón, y él les besó las manos por la merced que le hacían en conocer que siempre les había sido buen servidor y fiel criado, y que en lo demás que le mandaban, que él estaba presto de lo hacer, con lo demás que sus Altezas fuesen servidos de mandalle, porque no había cosa que él más desease en la vida, que servir á sus Altezas, los cuales le agradecieron su buena voluntad, y le mandaron que se aparejase luego, porque en ello les haría mucho servicio, y él así lo hizo, suplicando á sus Altezas le mandasen proveer ciertas cosas que él dio con un memorial, las cuales le fueron proveídas, y entre ellas fué que fuese con él D. Hernando su hijo y dos personas que supiesen arábigo, de quien se pensaba aprovechar, y mandáronle dar sus Altezas una carta para el Comendador Nicolás de Ovando, mandándole que hiciese volver al Almirante todo el oro y plata y joyas y otros bienes muebles y raices y bastimentos de pan y vino y libros y escrituras que el Comendador Francisco de Bobadilla le había tomado á él y á sus hermanos, y le hizo merced que pudiese traer de la isla Española cada un año ciento y once quintales de brasil, por razón de la décima parte que había de haber de los mil quintales de brasil que se habían de sacar cado año para el arrendamiento que tenían hecho con ciertos mercaderes; mandaron asimesmo al gobernador que hiciese añadir á las personas que el Almirante pusiese en la dicha isla, con los derechos de Almirantazgo, por razón de su oficio, y asimesmo le enviaron á mandar que hiciese guardar y guardase todos los privilegios y mercedes que habían hecho al dicho Almirante.»
57 Storia universale delle Missioni Francescane, del P. Marcellino da Civezza.— Prato, 1881.
58 Otra carta posterior de la Emperatriz, haciendo la misma recomendación, se ha publicado en la Colecc. de docum. inéd, para la Hist de Esp., tomo II, pág. 379.
59 Cartas dirigidas al Cardenal Cisneros por los primeros franciscanos que fueron á América. Octubre de 1500. Colecc, de mss. conservados en la biblioteca de la Universidad Central. Boletín histórico.—Madrid, 1880, pág. 43.
60 Hist. de Indias, lib. I, cap. II.
61 Idem, cap. XXVIII.
62 Algunos han dicho que Fr. Francisco Ruiz era sobrino del Cardenal; D. Vicente de la Fuente lo duda, en la ilustración que puso á las Cartas de los secretarios del Cardenal Cisneros (Madrid, 1875). Fr. Francisco Ruiz, dice, de humilde origen, natural de Toledo, salió aventajado en letras, y Cisneros le tomó por compañero y secretario en el convento de Santa María de Jesús, de Alcalá. El Rey católico le presentó para Obispo de Ciudad-Rodrigo, desde cuya iglesia pasó á la de Avila en 1514. El pensamiento del Cardenal en sus últimos días era retirarse á la soledad del priorato de San Yuste, tan luego como llegara el Rey Don Carlos, dejando á Fr, Francisco Ruiz de administrador del arzobispado de Toledo, con permiso del Papa; mas no logró este fin. El Papa Adriano llevó á Roma en su viaje al secretario Ruiz, y al regreso murió en Toledo el año 1528.
63 Carta de los Reyes, fecha 14 de Marzo de 1502. Cópiala Las Casas, libro I, capítulo CLXXXIII.
64 Colecc. Navarrete, tomo II, pág. 275»
65 Colección de viajes de Navarrete, tomo II, pág. 257, y Colección de documentos inéditos de Indias, tomo XXXVIII, pág. 161. Porque Francisco Riverol y Juan Sánchez enviaron sin licencia dos carabelas, en Real cédula dada en Granada á 4 de Febrero de 1501, se mandó al Asistente de Sevilla que los prendiera, con embargo de bienes, hasta la cantidad de 200.000 mrs. que costaría la habilitación de tres buques que fueran en busca de dichas carabelas. El mismo tomo de la última Colección, pág. 464.
66 Medina Nuncibay, Genealogía de la casa de Portugal.
67 Estas son sus palabras, escribe Las Casas, lib. I, cap. CXXXVII.
68 De los Reyes Católicos y cosas de estos años. Ms. Bibl. nac.
69 Navarrete, Las Casas, Oviedo, Herrera; Castellanos lo expresa en esta forma:
|
Dióles libres sus bienes y sus rentas, |
70 Colección Vargas Ponce: también le co- pió Las Casas.
71 Oviedo, Herrera, Las Casas.
72 Hist. general y natural, lib. III, cap. XII.
73 Dec. I, lib. IV, cap. XI, y lib. V, capítulos I, II y XII.
74 Lib. II, cap. III.
75 En la Colección de documentos inéditos de Indias pueden verse los que hacen al caso, á saber:
1495. Mayo 5 y Junio 1.°—Reales cédulas ordenando que no se pida cuenta del oro traído de Indias por D. Diego Colón, hermano del Almirante, porque sus Altezas le hacen merced de lo que sea: tomo XXX, págs. 350 y 355.
1501. Setiembre 16.—Instrucciones al Comendador Nicolás de Ovando para el gobierno de las Indias: tomo 31, pág. 13.
1501. Setiembre 20.—Otras instrucciones al mismo: tomo 31, pág. 50.
1501. Setiembre 27.—Lo que se ha de hacer en las cosas de Hacienda tocantes á Don Cristóbal Colón, consignando la determinación de los Reyes de que no se exija al Almirante la parte que debe sufragar en los gastos, y que perciba sin embargo la que le está concedida en los beneficios: tomo 31, pág. 72.
1501. Setiembre 27.—Que se restituya á D. Cristóbal Colón todo lo que le hubiese tomado el Comendador Bobadilla: tomo 31, página 88.
1501. Setiembre 27.—Otras sobre mercaderías y su pago.
1503. Marzo 20 y 29.—Instrucciones para el gobernador y oficiales reales sobre el gobierno de Indias: tomo 31, pág. 156.
1504. Junio 18.—Real cédula expedida á los oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla, á petición del Almirante, para que se haga cuenta de las cosas que vengan de Indias y se le pague lo que le corresponda, por no tener persona en la isla Española que lo haga: tomo 31, pág. 240.
1504. Noviembre 20.—A los oficiales de la Casa de Contratación, que se junten con el Almirante y liquiden la cuenta de los navios que llevó en el viaje postrero para saber lo que debe de haber: tomo 31, pág. 273.
1505. Febrero 28.—A los mismos oficiales, con pormenores de la referida liquidación: tomo 31, pág. 279.
1505. Abril 11.—A Gonzalo Gómez de Puerto, que se paguen al Almirante 2.500 ducados de lo que se le debe del postrer viaje que hizo: tomo 31, pág. 288.
1505. Agosto 25.—A los oficiales de la Casa de Contratación mandando pagar á la gente que fué con el Almirante al último viaje, según la nómina que se acompaña: tomo 31, pág. 344.
1505. Setiembre 16.—Orden para tomar residencia á Francisco Roldan: tomo 31, página 358.
1505. Noviembre 2.—Segunda nómina de pago de la gente que fué con el Almirante al último viaje: tomo 31, pág. 362.
Las instrucciones secretas del Comendador Nicolás de Ovando á que tanta importancia concede el Conde de Roselly de Lorgues, no hacen mención siquiera de Colón; van únicamente encaminadas al acrecentamiento de las rentas reales, y porque sea conocida la sin razón del historiador, se transcriben íntegras, como sigue:
El Rey é la Reyna.—Fray Niculás de Ovando, Comendador de Lares, nuestro Gobernador de las Indias:
Por nuestras ordenanzas é instrucciones que vos mandamos enviar, firmadas de nuestros nombres, veréis lo que en las cosas en ellas contenidas mandamos proveer é pagar; aquellas son de calidad que se pueden é deben publicar, é hay otras cosas de nuestro servicio que es razón que sean secretas, é que solamente lo sepáis vos é non otras personas, sobre las cosas siguientes:
Primeramente: Nos faced saber qué derechos vos parece que se deben señalar á las gentes é señorío de las villas que allí están pobladas é se poblaren, é faced arancel dello, mirando mucho que sea moderadamente fecho; é enviadle acá para que Nos le mandemos ver é proveer como fuéremos servidos, é entretanto faced que se guarde allá el arancel que ansí ficiéredes.
Item. Nos faced saber si será bien que de vuestro alcalde apelen para vos, é si converná de vos inviar otro letrado, para que juntamente con él desaminéis las cabsas en grado de apelación.
Item. Nos faced saber las debdas que allá se deben por Nos á cualesquier personas, é de qué se les deben, é cómo é porqué cabsa non se les ha pagado, para que Nos mandemos proveer lo que en ello fuere justicia.
Item. Faced que á cada una de la población que ficiéredes se les señalen algunos heredamientos para propios, porque cada lugar tenga propios é rentas para sus nescesidades, é non se fagan de facer repartimientos sobre los vecinos de ellos.
Item. Proveeréis de personas fiables para que sean veedores de las minas, é del oro que de ellas se cogiere é sacare, porque non se pueda encubrir cosa alguna dello, conforme á la instrucción que llevastes.
Item. Trabajad que algunas de las poblaciones de indios que vos mandamos facer, se fagan cerca de las dichas minas donde se falla el oro, porque faya logar de se coger más.
Item. Vos informaréis qué forma se dará para que de aquí en adelante los vecinos de las dichas islas Nos paguen alcabala de las cosas que vendieren é trataren, para que por Nós visto, proveamos sobre ello lo que convenga.
Item. Nos informad si será bien que se ponga algún derecho sobre el oro que se cogiere.
Item. Nos informad si se porná algún derecho sobre la labranza é crianza de los vecinos de las dichas islas, é cuánto se debe poner.
Item. Si se porná algunos derechos sobre los pescados que pescaren, é cuánto, é cómo se porná.
Item. Si habrá derechos de carga y descarga conforme á los que se llevan en estos Nuestros reinos ó como vos paresciere que se deba facer.
Item. Procuraréis poner buen recabdo en las salinas de las islas é de facer arrendar como más cumpla á nuestro servicio; é de proveer como la dicha sal se coja é traiga á los logares de la dicha isla, á la menor costa que se pueda; é informar Nos qué cosa lleva el Fator de la dicha sal, é á cómo se vende, é si comen los indios della, é en qué comarca son las salinas.
Item. Procuraréis de poner mucho recabdo en el Brasil é en las Perlas é en todas las otras cosas de provecho de las dichas islas, é informaros héis de la forma que se podrá tener para que Nos seamos más aprovechados de todo ello. Escrebírnoslo todo por extenso para que lo mandemos proveer como compla á Nuestro servicio.
Item. Porque somos informados que en esas islas hay muchos moradores para criar, seda, procuraréis de poner buen recabdo en ello, é trabajaréis con los vecinos desa isla labren seda para que se faga el ensayo, é informarnos héis á cómo sale la onza della, é lo que vos paresciere, para que Nós mandemos proveer como compla á nuestro servicio.
Item. Habemos sido informados que en esas islas se criarían partes para los paños, é por que esto es cosa de que se puede rescebir mucho provecho. Nos vos mandamos que fagáis facer el ensayo dello para proveer como se ha, é Nos informéis de lo que sobrello vos paresciere que se deba poner.
Ansimismo hemos sido informados que en esas islas hay Rumía é muy buenas Coriales, cosa provechosa para los paños; informarnos héis dello é en qué parte la hay, é si hay mucha cantidad é facérnoslo héis saber para que vos inviernos mandar lo que sobrello fagáis.
Por ende, de todas las cosas susodichas Nos inviad la relación largamente con vuestro parescer cerca de cada cosa, porque Nós lo mandemos ver é proveervos cerca dello lo que fagáis.
E porque en los capítulos de las ordenanzas inviamos á mandar algunas cosas que complen para la manera del venir é regimiento de los indios, las cuales cosas, aunque sean buenas, por ser nuevas á ellos podría ser que por agora non viniesen á ello con buena voluntad, ó que se les faga agravio, habéis de tener todas las maneras é templanzas que podiere ser por atraer los dichos indios á ello de su gana é voluntad, ó con la menos premisa que podría ser, porque no tomen resabios de cosa alguna dellos. En los juntar todos habéis de tener el cuidado é diligencia que vos confiamos. Dada por Mí, la Reina, en la villa de Alcalá de Henares, á 20 días de Marzo del nascimiento de Nuestro Señor Xesucristo, de 1503 años, é por Mí, el Rey, en la cibdad de Cartagena, á 29 de Marzo del dicho año de 1503.—Yo el Rey.—Yo la Reyna.—Por mandado del Rey é de la Reyna, Joan López.—Colecc. de docum. inéd. de Indias, tomo 31, pág. 174.
Existe otro documento expedido por el Rey á 15 de Abril de 1505, mandando retener la parte de las rentas del Almirante, que sirviera mejor á los propósitos del Conde, á no saberse que fué dictado á petición de los acreedores del Descubridor. Dice así:
El Rey. Comendador mayor de Alcántara, mi gobernador de las islas é tierra firme del mar Océano: Yo vos mando que todos los maravedís que hobiere de haber el Almirante D. Cristóbal Colón de su decena parte de las rentas é provechos de la isla Española, lo inviéis en secreto á los mis oficiales de la Casa de Contratación de las Indias, que residen en Sevilla, para que de allí se paguen algunas debdas é cosas quel dicho Almirante es á cargo á algunas personas é navíos; lo cual faced complir cada é cuando el dicho Almirante hobiere de haber algo de lo susodicho, fasta que veáis mi mandamiento en contrario. Fecha en la cibdad de Toro á 15 de Abril de 1505 años.—Yo el Rey.—Colección de documentos inéditos de Indias, tomo XXXI, pág. 290.
De las peticiones particulares en este sentido hay una en la Academia de la Historia, Colección Muñoz, tomo 90, pág. 104, cédula dirigida á los oficiales de la Casa de Contratación en esta forma :
«Juan de Oquina, vecino de la villa de Guetaria, dice que en 501 fletó una nao al Almirante difunto, poniendo por maestre della á Juan Pérez de Balda, el mozo, vecino de dicha villa; que el Almirante se obligó á darle de flete 7.000 mrs. al mes, y luego se la quedó apreciándola en 45.000 mrs. valiendo más de 300 ducados; pero que ni los 45.000 había cobrado, y pide se los pague el Almirante. Informáos, y hallando ser así, pagad dichos mrs. de cualesquiera bienes del Almirante que ahí vinieren.»
El tomo XXXIX de la referida Colección de documentos contiene varios otros que conviene leer.
76En la Colección Vargas Ponce hay dos reales cédulas, fechadas á 23 de Diciembre de 1497, que empiezan así: «D. Cristóbal Colón, Almirante del mar Océano, de nuestro Consejo...»
77Hist. Posth., pág. 274.
78Herrera, Dec. I, lib. VI, cap. XIV; Las Casas, lib. II, cap XXXVII.
79Medina Nuncibay, Genealogía de la Casa de Portugal.
80Las Casas, lib. II, cap. XXXVII.
81Herrera, Dec. I, lib. VI, cap. XIV.
82Colecc. de Viajes, tomo I.
83Las Casas, lib. II, cap. XXXVI.
84Colecc. Navarrete, tomo I, pág. 350.
85 Gregorio Leti, Vita di Don Pietro Girón, Amsterdam, 1869. Añade que no sirvió al Almirante la decidida protección que le dispensaban los Girones, los cuales le honraron después de muerto.
86 Fourbe.
87 Ferdinand d'Aragon se flattait de tromper la posterité, ainsi qu'il avait escamoté l'opinion des peuples, pipé les diplomates, triché les princes, berné le rois, tenté de duper méme le Souverain Pontife (et il y est parvenu dans une certaine mesure). Hist. posth., pág. 44.
88 Nous allons, signaler cette Altesse menteuse et voleuse, cet escroc régnant, ce monarque parjure et sacrilège... Ibid.
89 Deserteur, voleur et faussaire. Hist. posth., pág. 84.
90 Tratando el P. Fray Pedro Simón de los nombres del Continente occidental, en su Historia de la Conquista de Tierra-firme, impresa en Cuenca en 1626, expresa haberse denominado Nuevo Mundo, por lo que Aristóteles, Séneca y otros filósofos de la antigüedad habían escrito; Indias, por haberlo llamado así Cristóbal Colón, Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/253 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/254 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/255 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/256 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/257 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/258 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/259 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/260 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/261 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/262 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/263 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/264 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/265 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/266 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/267 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/268 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/269 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/270 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/271 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/272 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/273 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/274 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/275 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/276 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/277 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/278 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/279 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/280 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/281 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/282 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/283 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/284 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/285 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/286 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/287 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/288 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/289 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/290 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/291 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/292 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/293 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/294 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/295 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/296 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/297 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/298 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/299 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/300 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/301 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/302 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/303 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/304 Página:Colón y la Historia póstuma.djvu/305 218 ..................................
Y en éxtasis profundo
¡Bendije de Colón la eterna gloria!
No puede marchitarse la memoria
De aquél que al mundo regaló otro mundo.
| Págs. | |
| I. — Antecedentes. — Obras del Conde de Roselly de Lorgues. | 5 |
| II. — La historia primitiva y la historia póstuma de Colón. | 15 |
| III. — Concepto del Rey D. Fernando. — Persecución del Descubridor hasta su muerte. — Preeminencias del Almirante y del Virrey. — Lo que dicen respetables autoridades del proceder de Colón. — Por qué fué desposeído del gobierno de la Española. — Pobreza exagerada. | 27 |
| IV. — Acusación del Rey D. Fernando. — Su plan de oscurecer la memoria de Colón, dando otro nombre al Nuevo Mundo. — Tradición de Alonso Sánchez de Huelva. — Los Pinzones. | 65 |
| V. — D. Diego Colón, segundo Almirante de Indias. — Sus condiciones personales. — Sus pretensiones. — Quejas de su gobierno. — Pleitos. — Integridad de los jueces. — Política de los Reyes de España. | 75 |
| VI. — D. Luis Colón, tercer Almirante de Indias. — Escándalos. — Destierro á Orán. — Pleitos. — Transacciones. | 115 |
| VII. — Autógrafos de Cristóbal Colón. — Historiadores de Indias. — Fernández de Oviedo. — Herrera. — Censura de sus obras. — Licencia para imprimir el libro del primer Almirante. — El de D. Fernando. | 121 |
| VIII. — Historiadores y biógrafos. — D. Martín Fernández de Navarrete. | 135
|
| IX. — Beatriz Enríquez de Arana, madre de D. Fernando Colón. | 152 |
| X. — Conocimientos de Colón. — Elementos marítimos de España en el siglo xv. | 165 |
| XI. — Bibliógrafos. — Académicos de Génova. — Juicio que merecen al Conde de Roselly. — Juicio de sí mismo. | 177 |
| XII. — Descubrimiento de los verdaderos restos de Colón en Santo Domingo.— Lección de Historia patria á la Real Academia de la Historia. — Un libro de Mons. Roque Cocchia. — Ingratitud de España. | 185 |
| XIII. — Centenario del descubrimiento del Nuevo Mundo. — Lo que se piensa y lo que se debe hacer. | 199 |
| Notas. | 213 |