De los nombre de Cristo: Tomo 3, Cordero

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De cómo Cristo es llamado Cordero, y por qué le conviene este nombre

El nombre de Cordero, de que tengo de decir, es nombre tan notorio de Cristo, que es excusado probarlo. Que ¿quién no oye cada día en la misa lo que refiere el Evangelio haberle dicho el Bautista: «Éste es el Cordero de Dios, que lleva sobre sí los pecados del mundo?»

Mas si esto es fácil y claro, no lo es lo que encierra en sí toda la razón de este nombre, sino escondido y misterioso, mas muy digno de luz. Porque Cordero, pasándolo a Cristo, dice tres cosas: mansedumbre de condición, y pureza e inocencia de vida, y satisfacción de sacrificio y ofrenda, como San Pedro juntó casi en este propósito hablando de Cristo: «El que, dice, no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; que, siendo maldecido, no maldecía, y, padeciendo, no amenazaba; antes se entregaba al que juzgaba injustamente; el que llevó a la cruz sobre sí nuestros pecados.» Cosas que encierran otras muchas en sí y en que Cristo se señaló y aventajó por maravillosa manera.

Y digamos por sí de todas tres.

Pues, cuanto a lo primero, Cordero dice mansedumbre, y esto se nos viene a los ojos luego que oímos Cordero, y con ello la mucha razón con que de Cristo se dice, por el extremo de mansedumbre que tiene, así en el trato como en el sufrimiento; así en lo que por nosotros sufrió como en lo que cada día nos sufre.

Del trato, Isaías decía: «No será bullicioso ni inquieto ni causador de alboroto.» Y Él de sí mismo: «Aprended de mí, que soy manso, y de corazón humilde.» Y respondió bien con las palabras la blandura de su acogimiento con todos los que se llegaron a Él por gozarle cuando vivió nuestra vida: con los humildes, humilde; con los más despreciados y más bajos, más amoroso; y con los pecadores que se conocían, dulcísimo. La mansedumbre de este Cordero salvó a la mujer adúltera que la ley condenaba, y, cuando se la puso en su presencia la malicia de los fariseos y le consultó de la pena, no parece que le cupo en la boca palabra de muerte, y tomó ocasión para absolverla el faltarle acusador, pudiendo sólo Él ser acusador y juez y testigo. La misma mansedumbre admitió a la mujer pecadora, hizo que se dejase tocar de una infame, y consintió que le lavasen sus lágrimas, y dio limpieza a los cabellos que le limpiaban sus pies. Esa misma puso en su presencia los niños que sus discípulos apartaban de ella, y, siendo quien era, dio oídos a las largas razones de la samaritana, y fue causa que no desechase de sí a ninguno, ni se cansase de tratar con los hombres, siendo Él quien era, y siendo su trato de ellos tan pesado y tan impertinente como sabemos.

Mas ¿qué maravilla que no se enfadase entonces, cuando vivía en el suelo, el que ahora en el cielo, donde vive tan exento de nuestras miserias y declarado por Rey universal de todas las cosas, tiene por bueno de venirse en el Sacramento a vivir con nosotros, y lleva con mansedumbre verse rodeado de mil impertinencias y vilezas de hombres, y no hay aldea de tan pocos vecinos adonde no sea casi como uno de sus vecinos en su iglesia nuestro Cordero, blando, manso, sufrido a todos los estados?

Y aunque leemos en el Evangelio que castigó Cristo a algunas personas con palabras, como a San Pedro una vez, y muchas a los fariseos, y con las manos también, como cuando hirió con el azote a los que hacían mercado en su templo; mas en ninguna encendió su corazón en fiereza ni mostró semblante bravo, sino en todas, con serenidad de rostro, conservó el sosiego de mansedumbre, desechando la culpa y no desdiciendo de su gravedad afable y dulce. Que como en la divinidad, sin moverse, lo mueve todo, y sin recibir alteración, riñe y corrige; y, durando en quietud y sosiego, lo castiga y altera, así en la humanidad, que como más se le allega, así es la criatura que más se le parece, nunca turbó la dulzura de su ánimo manso el hacer en los otros lo que el desconcierto de sus razones o de sus obras pedía; y reprendió sin pasión, y castigó sin enojo, y fue aun en el reñir un ejemplo de amor.¿Qué dice la Esposa?: « Su garganta suavísima, y amable todo Él y todas las cosas.»

-Y aquella voz - dijo Sabino aquí-, ¿paréceos, Marcelo, que será muy amable: «ld, malditos de mi Padre, al fuego eterno aparejado para el demonio»? ¿O será voz que se podrá decir sin braveza u oír sin espanto? Y si tan manso es el trato todo de Cristo, ¿qué le queda para ser León, como en la Escritura se dice?

-Bien decís -respondió Marcelo-. Mas en lo primero, creo yo muy bien que les será muy espantable a los malos aquella tan horrible sentencia, y que el parecer ante el juez, y el rostro y el mirar del juez les será de increíble tormento. Mas también habéis de entender que será sin alteración del alma de Cristo, sino que, manso en sí, bramará en los oídos de aquéllos, y, dulce en sí mismo y en su rostro, les encandilará con terriblez y fiereza los ojos. Y, a la verdad, lo que más me declara el infinito mal de la obstinación del pecado es ver que trae a la mansedumbre y al amor y a la dulzura de Cristo a términos de decir tal sentencia, y que pone en aquella boca palabras de tanto amargor; y que quien se hizo hombre por los hombres y padeció lo que padeció por salvarlos, y el que dice que su deleite es su trato, y el que, vivo y muerto, mortal y glorioso, ni piensa ni trata sino de su reposo y salud, y el que todo cuanto es, ordena a su bien, los pueda apartar de sí con voz tan horrible; y que la pura fuerza de aquella no curable maldad mudará la voz al Cordero. Y siendo lo ordinario de Dios con los malos esconderles su cara, que es alzar la vista de su favor, y dejarlos para que sus designios con sus manos los labren, conforme a lo que decía el Profeta: «Ascondiste de nosotros tu cara, y con la mano de nuestra maldad nos quebrantaste», aquí el celo del castigo merecido le hace que la descubra, y que tome la espada en la mano y en la boca tan amarga y espantable sentencia.

Y a lo segundo del León, que, Sabino, dijistes, habéis de entender que, como Cristo lo es, no contradice, antes se compadece bien con él, ser para con nosotros Cordero. Porque llámase Cristo y es León por lo que a nuestro bien y defensa toca, por lo que hace con los demonios enemigos nuestros y por la manera como defiende a los suyos. Que, en lo primero, para librarnos de sus manos, les quitó el mando y derrocóles de su tiranía usurpada; y asolóles los templos e hizo que los blasfemasen los que poco antes los adoraban y servían, y bajó a sus reinos oscuros y quebrantóles las cárceles y sacóles mil prisioneros; y entonces y ahora y siempre se les muestra fiero, y los vence y les quita de las uñas la presa. A que mira San Juan para llamarle León, cuando dice: «Venció el león de Judá.»

Y en lo segundo, así como nadie se atreve a sacar de las uñas del león lo que prende, así no es poderoso ninguno a quitarle a Cristo de su mano los suyos. ¡Tanta es la fuerza de su firme querer! «Mis ovejas, dice Él, ninguno me las sacará de las manos.» E Isaías en el mismo propósito: «Porque dice el Señor: Así como cuando brama el león y el cachorro del león sobre su presa, no teme para dejarla; si le sobreviene multitud de, pastores, a sus voces no teme ni a su muchedumbre se espanta; así el Señor descenderá y peleará sobre el monte de Sión, sobre el collado suyo.» Así que ser Cristo León le viene de ser para nosotros amoroso y manso Cordero; y porque nos ama y sufre con amor y mansedumbre infinita, por eso se muestra fiero con los que nos dañan, y los desama y maltrata. Y así, cuando a aquéllos no sufre, nos sufre; y cuando es con ellos fiero, con nosotros es manso.

Y hay algunos que son mansos para llevar las importunidades ajenas, pero no para sufrir sus descomedimientos; y otros que, si sufren malas palabras, no sufren que les pongan las manos; mas Cristo, como en todo, así en esto perfecto Cordero, no solamente llevó con mansedumbre nuestro trato importuno, mas también sufrió con igualdad nuestro atrevimiento injurioso. «Como Cordero dice Isaías, delante del que le trasquila.»

¿Qué no sufrió de los hombres por amor de los hombres? ¿De qué injuria no hicieron experiencia en Él los que vivían por Él? Con palabras le trataron descomedidas, con testimonios falsísimos; pusieron sus manos sacrílegas en su divina persona; añadieron a las bofetadas azotes, y a los azotes espinas, y a las espinas clavos y cruz dolorosa, y, como a porfía, probaron en hacerle mal sus descomulgados ingenios y fuerzas. Mas ni la injuria mudó la voluntad, ni la paciencia y mansedumbre hizo mella el dolor. Y si, como dice San Agustín, mi Padre, es manso el que da vado a los hechos malvados y que no resiste al mal que le hacen, antes le vence con el bien, Cristo, sin duda, es el extremo de mansedumbre. Porque ¿contra quién se hicieron tantos hechos malvados?, ¿o en cúyo daño se esforzó más la maldad?, ¿o quién le hizo menos resistencia que Cristo, o la venció con retorno de beneficios mayores? Pues a los que le huyen busca, y a los que le aborrecen abraza, y a los que le afrentan y dan dolorosa muerte, con esa misma muerte los santifica, los lava con esa misma sangre que enemigamente le sacan. Y es puntualmente en este nuestro Cordero, lo que en el Cordero antiguo, que de él tuvo figura, que todos le comían y despedazaban y con todo él se mantenían: la carne y las entrañas y la cabeza y los pies. Porque no hubo cosa en nuestro Bien adonde no llegase el cuchillo y el diente: al costado, a los pies, a las manos, a la sagrada cabeza, a los oídos y a los ojos, y a la boca con gusto amarguísimo; y pasó a las entrañas el mal, y afligió por mil maneras su ánima santa, y le tragó con la honra la vida.

Mas con cuanto hizo, nunca pudo hacer que no fuese Cordero, y no Cordero solamente, sino provechoso Cordero, no solamente sufrido y manso, sino, en eso mismo que tan mansa e igualmente sufría, bienhechor utilísimo. Siempre le espinamos nosotros, y siempre Él trabaja por traernos a fruto. Y como Dios, en el Profeta de sí mismo dice: «Adán es mi ejemplo desde mi mocedad.» Porque como en la manera que fue por Dios sentenciado y mandado que Adán trabajase y labrase la tierra, y la tierra labrada y trabajada le fructificase abrojos y espinas, así con su mansedumbre nos sufre y nos torna a labrar, aunque le fructifiquemos ingratitud.

Y no sólo en cuanto anduvo en el suelo, mas ahora en el cielo, glorioso y Emperador sobre todo y Señor universal declarado, nos ve que despreciamos su sangre y que, cuanto es por nosotros, hacemos sus trabajos inútiles y pisamos, como el Apóstol dice, su riquísima satisfacción y pasión, y nos sufre con paciencia, y nos aguarda con sufrimiento, y nos llama y despierta y solicita con mansedumbre y amor entrañable.

Y a la verdad, porque es tan amoroso, por eso es tan manso, y porque es excesivo el amor, por eso es la mansedumbre en exceso. Porque la caridad, como el Apóstol dice, de su natural es sufrida, y así conservan una regla y guardan una medida misma el querer y el sufrir. De manera que, cuando no hubiera otro camino, por este solo del amor entendiéramos la grandeza de la mansedumbre de Cristo; porque cuanto nos quiere bien, tanto se ha con nosotros mansa y sufridamente; y quiérenos cuanto ve que su Padre nos quiere, el cual nos ama por tan rara y maravillosa manera, que dio por nuestra salud la vida de su unigénito Hijo. Que, como el Apóstol dice: «Así amó al mundo Dios, que dio su Hijo unigénito, para que no perezca quien creyere en Él.» Porque dar aquí es entregar a la muerte. Y en otro lugar: «Quien no perdonó a su Hijo propio, antes le entregó por nosotros, ¿qué cosa, de cuantas hay, dejó de darnos con Él?»

Así que es sin medida el amor que Cristo nos tiene, y por el mismo caso la mansedumbre es sin medida, porque corren a las parejas lo amoroso y lo manso. Aunque, si no lo fuera así, ¿cómo pudiera ser tan universal Señor y tan grande? Porque un señorío y una alteza de gobierno semejante a la suya, si cayera, o en un ánimo bravo, o mal sufrido y colérico, intolerable fuera, porque todo lo asolara en un punto. Y así la misma naturaleza de las cosas pide y la razón del gobierno y mando, que cuanto uno es mayor señor y gobierna a más gentes, y se encarga de más negocios y oficios, tanto sea más sufrido y más manso. Por donde la Divinidad, universal emperatriz de las cosas, sufre y espera y es mansa, lo que no se puede encarecer con palabras. Y así ella usó de muchas, cuando quiso declarar esta su condición a Moisés, que le dijo: «Soy piadoso, misericordioso, sufrido, de larguísima espera, muy ancho de narices y que extiendo por mil generaciones mi bien.» Y del mismo Moisés, que fue su lugarteniente, y cabeza puesta por Él sobre todo su pueblo, se escribe que fue mansísimo sobre todos los de su tiempo. Por manera que la razón convence que Cristo tiene mansedumbre de Cordero infinita: lo uno, porque es su poderío infinito, y lo otro, porque se parece a Dios más que otra criatura ninguna, y así le imita y retrata en esta virtud, como en las demás, sobre todos.

Y si es Cordero por la mansedumbre, ¿cuán justamente lo será por la inocencia y pureza? Que es lo segundo de tres cosas que decir propuse.

Que dice San Pedro «Redimidos, no con oro y plata que se corrompe, sino con la sangre sin mancilla del Cordero inocente.» Que en el fin porque lo dice, declara y engrandece la suma inocencia de este Cordero nuestro. Porque lo que pretende es persuadirnos que estimemos nuestra redención y que, cuando ninguna otra cosa nos mueva, a lo menos, por haber sido comprados con una vida tan justa y lavados del pecado con una sangre tan pura, porque tal vida no haya padecido sin fruto, y tal sangre no se derrame de balde, y tal inocencia y pureza, ofrecida por nosotros a Dios, no carezca de efecto, nos aprovechemos de Él y nos conservemos en Él y, después de redimidos, no queramos ser siervos. Dice Santiago que «es perfecto el que no tropieza en las palabras y lengua». Pues de nuestro Cordero dirá que «ni hizo pecado, ni en su boca fue hallado engaño», como dice San Pedro. Cierta cosa es que lo que Dios en sus criaturas ama y precia más es santidad y pureza, porque el ser puro uno es andar ajustado con la ley que le pone Dios y con aquello que su naturaleza le pide, y eso mismo es la verdad de las cosas, decir cada uno con lo que es y responder el ser con las obras. Y lo que Dios manda, eso ama; y porque de ello se contenta, lo manda; y al que es el ser mismo, ninguna cosa le es más agradable o conforme a lo que con su ser responde, que es lo verdadero y lo cierto, porque lo falso y engañoso no es. Por manera que la pureza es verdad de ser y de ley, y la verdad es lo que más agrada al que es puro ser.

Pues si Dios se agrada más de la humanidad santa de Cristo, concluido queda que es más santa y pura que todas las criaturas, y que se aventaja en esto a todas tanto, cuantas son y cuan grandes son las ventajas con que de Dios es amada. ¿Qué? ¿No es ella el Hijo de su amor, que Dios llama, y en él de quien únicamente se complace, como certificó a los discípulos en el monte, y el Amado, por cuyo amor y para cuyo servicio hizo lo visible y lo invisible que crió? Luego, si va fuera de toda comparación el amor, no la puede haber en la santidad y pureza, ni hay lengua que la declare ni entendimiento que comprenda lo que es.

Bien se ve que no tiene su grandeza medida, en la vecindad que con Dios tiene, o por decir verdad, en la unidad o en el lazo estrecho de unión con que Dios consigo mismo le enlaza. Que si es más claro lo que al sol se avecina más ¿qué resplandores no tendrá de santidad y virtud el que está y estuvo desde su principio, y estará para siempre, lanzado y como sumido en el abismo de esa misma luz y pureza? En las otras cosas resplandece Dios, mas con la humanidad que decimos está unido personalmente; las otras lléganse a Él, mas ésta tiénela lanzada en el seno; en las otras reverbera este sol, mas en ésta hace un sol de su luz. En el sol, dice, puso su morada, porque la luz de Dios puso en la humanidad de Cristo su asiento, con que quedó en puro sol transformada. Las otras centellean hermosas, ésta es de resplandor un tesoro; a las otras les adviene la pureza y la inocencia de fuera, ésta tiene la fuente y el abismo de ella en sí misma; finalmente, las otras reciben y mendigan virtud, ésta, riquísima de santidad en sí, la derrama en las otras. Y pues todo lo santo y lo inocente y lo puro nace de la santidad y pureza de Cristo, y cuanto de este bien las criaturas poseen es partecilla que Cristo les comunica, claro es, no solamente ser más santo, más inocente, más puro que todas juntas, sino también ser la santidad y la pureza y la inocencia de todas, y, por la misma razón, la fuente y el abismo de toda la pureza e inocencia.

Pero apuremos más aquesta razón, para mayor claridad y evidencia. Cristo es universal principio de santidad y virtud de donde nace toda la que hay en las criaturas santas, y bastante para santificar todas las criadas, y otras infinitas que fuese Dios continuamente criando. Y, ni más ni menos, es la víctima y sacrificio aceptable y suficiente a satisfacer por todos los pecados del mundo, y de otros mundos sin número. Luego fuerza es decir que ni hay grado de santidad ni manera de ella, que no le haya en el alma de Cristo; ni menos pecado, ni forma, ni rastro, de que del todo Cristo no carezca. Y fuerza es también decir que todas las bondades, todas las perfecciones, todas las buenas maneras y gracias que se esparcen y podrían esparcir en infinitas criaturas que hubiesen, están ayuntadas y amontonadas y unidas, sin medida ni cuenta, en el manantial de ellas, que es Cristo, y que no se aparta tanto el ser del no ser, ni se aleja tanto de las tinieblas la luz, cuanto de Él mismo toda especie, todo género, todo principio, toda imaginación de pecado, hecho o por hacer, o en alguna manera posible, está apartado y lejísimo. Porque necesario es, y la ley no mudable de la naturaleza lo pide, que quien cría santidades, las tenga, y quien quita los pecados, ni los tenga ni pueda tenerlos. Que como la naturaleza a los ojos, para que pudiese recibir los colores, cría limpios de todos ellos; y el gusto, si de suyo tuviese algún sabor infundido, no percibiría todas las diferencias del gusto, así no pudiera ser Cristo universal principio de limpieza y justicia, si no se alejara de Él todo asomo de culpa, y si no atesorara en sí toda la razón de justicia y limpieza.

Que porque había que quitar en nosotros los hechos malos que oscurecen el alma, no puede haber en Él ningún hecho desconcertado y oscuro. Y porque había de borrar en nuestras almas los malos deseos, no pudo haber en la suya deseo que no fuese del cielo. Y porque reducía a orden y a buen concierto nuestra imaginación varia y nuestro entendimiento turbado, el suyo fue un cielo sereno, lleno de concierto y de luz. Y porque había de corregir nuestra voluntad malsana y enferma, era necesario que la suya fuese una ley de justicia y salud. Y porque reducía a templanza nuestros encendidos y furiosos sentidos, fueron necesariamente los suyos la misma moderación y templanza. Y porque había de poner freno y desarraigar finalmente del todo nuestras malas inclinaciones, no pudo haber en Él ni movimiento ni inclinación que no fuese justicia. Y porque era limpieza y perdón general del pecado primero, no hubo ni pudo haber, ni en su principio ni en su nacimiento, ni en el discurso de sus obras y vida, ni en su alma, ni en sus sentidos y cuerpo, alguna culpa, ni su culpa de Él ni sus reliquias y rastros. Y porque, a la postre, y en la nueva resurrección de la carne, la virtud eficaz de su gracia había de hacer no pecables los hombres, forzoso fue que Cristo no sólo careciese de toda culpa, mas que fuese desde su principio impecable. Y porque tenía en sí bien y remedio para todos los pecados, y para en todos los tiempos, y para en todos los hombres, no sólo en todos los que son justos, mas en todos los demás que no lo son, y lo podrían ser si quisiesen, no sólo en los que nacerán en el mundo, mas en todos los que podrían nacer en otros mundos sin cuento, convino y fue menester que todos los géneros y especies del mal actual -lo de original, lo de imaginación, lo del hecho, lo que es y lo que camina a que sea, lo que será y lo que pudiera ser por el tiempo, lo que pecan los que son y lo que los pasados pecaron, los pecados venideros y los que, si infinitos hombres nacieran, pudieran suceder y venir; finalmente, todo ser, todo asomo, toda sombra de maldad o malicia- estuviese tan lejos de Él, cuanto las tinieblas de la luz, la verdad de la mentira, de la enfermedad la medicina, están lejos.

Y convino que fuese un tesoro de inocencia y limpieza, porque era y había de ser el único manantial de ella, riquísimo. Y, como en el sol, por más que penetréis por su cuerpo, no veréis sino una apurada pureza de resplandor y de lumbre, porque es de las luces y resplandores la fuente, así en este Sol de justicia, de donde manó todo lo que es rectitud y verdad, no hallaréis, por más que lo divida y penetre el ingenio, por más que desmenuce sus partes, por más agudamente que las examine y las mire, sino una sencillez pura y una rectitud sencilla, una pureza limpia, que siempre está bullendo en pureza, una bondad perfecta entrañada en cuerpo y en alma, y en todas las potencias de ambos, en los tuétanos de ellos, que por todos ellos lanza rayos de sí. Porque veamos cada parte de Cristo, y veremos cómo cada una de ellas no sólo está bañada en la limpieza que digo, mas sirve para ella y la ayuda.

En Cristo consideramos cuerpo y consideramos alma; y en su alma podemos considerar lo que es en sí para el cuerpo, y los dones que tiene en sí por gracia de Dios, y el estar unida con la propia persona del Verbo.

Y cuanto a lo primero del cuerpo, como unos cuerpos sean de su mismo natural más bien inclinados que otros, según sus composturas y formas diferentes, y según la templanza diferente de sus humores (que unos son de suyo coléricos, otros mansos, otros alegres y otros tristes, unos honestos y vergonzosos, otros poco honestos y mal inclinados, modestos unos y humildes, otros soberbios y altivos), cosa fuera de toda duda es que el cuerpo de Cristo, de su misma cosecha, era de inclinaciones excelentes, y en todas ellas fue loable, honesto, hermoso y excelente. Que se convence, así de la materia de que se compuso como del artífice que le fabricó.

Porque la materia fue la misma pureza de la sangre santísima de la Virgen, criada y encerrada en sus limpias entrañas. De la cual habemos de entender que, aun en la ley de sangre, fue la más apurada, y la más delgada y más limpia, y más apta para criarla, y más ajena de todo afecto bruto, y de más buenas calidades de todas. Porque, allende de lo que el alma puede obrar y obra en los humores del cuerpo, que sin duda los altera y califica según sus afectos, y que, por esta parte, el alma santísima de la Virgen hacía santidad en su sangre, y sus inclinaciones celestiales de ella, y los bienes del cielo sin cuento que en sí tenía la espiritualizaban y santificaban en una cierta manera, así que, allende de esto, de suyo era la flor de la sangre, quiero decir, la sangre más ajena de las condiciones groseras del cuerpo, y más adelgazada en pureza que en género de sangre, después de la de su Hijo, jamás hubo en la tierra.

Porque se ha de entender que todas las santificaciones y purificaciones y limpiezas de la ley de Moisés, el comer estos manjares y no aquéllos, los lavatorios, los ayunos, el tener en cuenta en los días, todo se ordenó para que adelgazando y desnudando de sus afectos brutos la sangre y los cuerpos, y de unos en otros apurándose siempre más, como en el arte del destilar acontece, viniese últimamente una doncella a hacer una sangre virginal por todo extremo limpísima, que fuese material del cuerpo, purísimo sobre todo extremo, de Cristo. Y todo aquel artificio viejo y antiguo fue como un destilatorio que, de un licor puro sacando otro más puro, por medio de fuego y vasos diferentes, llegue a la sutileza y pureza postrera.

Así que la sangre de la Virgen fue la flor de la sangre, de que se compuso todo el cuerpo de Cristo. Por donde, aun en ley de cuerpo y por parte de su misma materia, fue inclinado al bien perfectamente y del todo. Y no sólo esta sangre virginal le compuso mientras estuvo en el vientre sagrado, mas, después que salió de él, le mantuvo, vuelta en leche en los pechos santísimos. De donde la divina Virgen, aplicando a ellos a su Hijo de nuevo, y enclavando en Él los ojos y mirándole, y siendo mirada de él, dulcemente encendida o, a la verdad, abrasada en nuevo y castísimo amor, se la daba, si decir se puede, más santa y más pura. Y como se encontraban por los ojos las dos almas bellísimas, y se trocaban los espíritus que hacen paso por ellos con los del Hijo, deificada la Madre más, daba al Hijo más deificada su leche. Y como en la Divinidad nace luz del Padre, que es luz, así también cuanto a lo que toca a su cuerpo, nace, de pureza, pureza.

Y si esto es cuanto a la materia de que se compone, ¿qué podremos decir por parte del Artífice que le compuso? Porque, como los otros cuerpos humanos los componga la virtud del varón, que la madre con su calor contiene en su vientre, en este edificio del santísimo cuerpo de Cristo, el Espíritu Santo hizo las veces de esta virtud, y formó por su mano Él, y sin que interviniese otro ninguno, este cuerpo. Y si son perfectas todas las obras que Dios hace por sí, ésta que hizo para sí, ¿qué será? Y si el vino que hizo en las bodas fue vino bonísimo, porque sin medio de otra causa le hizo del agua Dios por su poder, a quien toda la materia, por indispuesta que sea, obedece enteramente sin resistencia, ¿qué pureza, qué limpieza, qué santidad tendrá el cuerpo que fabricó el infinitamente Santo, de materia tan santa?

Cierto es que le amasó con todo el extremo de limpieza posible, quiero decir, que le compuso, por una parte, tan ajeno de toda inclinación o principio o estreno de vicio, cuanto es ajena de las tinieblas la luz; y, por otra, tan hábil, tan dispuesto, tan hecho, tan de sí inclinado a todo lo bueno, lo honesto, lo decente, lo virtuoso, lo heroico y divino, cuanto, sin dejar de ser cuerpo en todo género de pasibilidad, se sufría.

Y de esto mismo se ve cuánto era, de su cosecha, pura su alma, y de su natural inclinada a toda excelencia de bien, que es la otra fuente de esta inocencia y limpieza de que platicamos ahora. Porque, como sabéis, Juliano, en la filosofía cierta, las almas de los hombres, aunque sean de una especie todas, pero son más perfectas en sí y en su sustancia unas que otras, por ser de su natural hechas para ser formas de cuerpos, y para vivir en ellos, y obrar por ellos, y darles a ellos el obrar y el vivir. Que como no son todos los cuerpos hábiles en una misma manera para recibir este influjo y acto del alma, así las almas no son todas de igual virtud y fuerza para ejecutar esta obra, sino medida cada una para el cuerpo que la naturaleza le da.

De manera que, cual es la hechura y compostura y habilidad de los cuerpos, tal es la fuerza y poderío natural para ellos del alma, y según lo que en cada cuerpo y por el cuerpo puede ser hecho, así cría Dios hecha y trazada y ajustada cada alma. Que estaría como violentada si fuese al revés. Y si tuviese más virtud de informar y dar ser de lo que el cuerpo, según su disposición, sufre ser informado, no sería nudo natural y suave el del alma y del cuerpo, ni sería su casa del alma la carne fabricada por Dios para su perfección y descanso, sino cárcel para tormento y mazmorra. Y como el artífice que encierra en oro alguna piedra preciosa la conforma a su engaste, así Dios labra las ánimas y los cuerpos de manera que sean conformes, y no encierra ni engasta ni enlaza en un cuerpo duro, y que no puede ser reducido a alguna obra, un alma muy virtuosa y muy eficaz para ella, sino, pues los casa, aparéalos, y pues quiere que vivan juntos, ordena cómo vivan en paz. Y como vemos en la lista de todo lo que tiene sentido, y en todos sus grados, que, según la dureza mayor o menor de la materia que los compone, y según que está organizada y como amasada mejor, así tienen unos animales naturalmente ánima de más alto y perfecto sentido (que de suyo y en sí misma la ánima de la concha es más torpe que la del pez, y el ánima de las aves es de más sentido que las de los que viven en el agua; y, en la tierra, la de las culebras es superior al gusano, y la del perro a los topos, y la de los caballos al buey, y la de los simios a todos), y pues vemos en una especie de cuerpos humanos tantas y tan notables diferencias de humores, de complexiones, de hechuras, que, con ser de una especie todos, no parecen ser de una masa, justamente diremos, y será muy conforme a razón, que sus almas, por aquella parte que mira a los cuerpos, están hechas en diferencias diversas, y que son de un grado en espíritu, y más o menos perfectas en razón de ser formas.

Pues si hay este respecto y condición en las almas, la de Cristo, fabricada de Dios para ser la del más perfecto cuerpo, y mas dispuesto y más hábil para toda manera de bien que jamás se compuso, forzosamente diremos que de suyo y de su naturaleza misma está dotada sobre todas las otras de maravillosa virtud y fuerza para toda santidad y grandeza, y que no hubo género ni especie de obras, o morales o naturales, perfectas y hermosas, a que, así como su cuerpo de Cristo era hábil, así no fuese de suyo valerosa su alma. Y como su cuerpo estaba dispuesto y fue sujeto naturalmente apto para todo valor, así su alma por la natural perfección y vigor que tenía, aspiró siempre a todo lo excelente y perfecto.

Y como aquel cuerpo era de suyo honestísimo y templado de pureza y limpieza, así el alma que se crió para él era de su cosecha esforzada a lo honesto. Y como la compostura del cuerpo era para mansedumbre dispuesta, así el alma de su misma hechura era mansa y humilde. Y como el cuerpo por el concierto de sus humores era hecho para gravedad y mesura, así el alma de suyo era alta y gravísima. Y como de sus calidades era hábil el cuerpo para lo fuerte y constante, así el alma de su vigor natural era hábil para lo generoso y valiente. Y finalmente, como el cuerpo era hecho para instrumento de todo bien, así el alma tuvo natural habilidad para ser ejecutora de toda grandeza, esto es, tuvo lo sumo en la perfección de toda la latitud de su especie.

Y si, por su natural hechura, era aquesta sacratísima alma tan alta y tan hermosa, tan vigorosa y tan buena, ¿qué podremos decir de ella con lo que en ella la gracia sobrepone y añade? Que si es condición de los bienes del cielo, cualesquiera que ellos sean, mejorar aun en lo natural su sujeto, y la semilla de la gracia, en la buena tierra puesta, da ciento por uno, en naturales no sólo tan corregidos, sino tan perfectos de suyo y tan santos, ¿qué hará tanta gracia? Porque ni hay virtud heroica, ni excelencia divina, ni belleza de cielo, ni dones y grandezas de espíritu, ni ornamento admirable y nunca visto, que no resida en su alma y no viva en ella sin medida ni tasa.

Que, como San Juan dice: «No le dio Dios con mano limitada su espíritu.»Y como el Apóstol dice: «Mora en Él la plenitud de la Divinidad toda.» E Isaías: «Y reposará sobre Él el espíritu del Señor.» Y en el Salmo: «Tu Dios te ungió, oh Dios, con unción de alegría sobre todos tus particioneros.» Y con grande razón puso más en Él que juntos en todos, pues eran particioneros suyos, esto es, pues había de venir por Él a ellos, y habían de ser ricos de sus migajas y sobras. Porque la gracia y la virtud divina que el alma de Cristo atesora, no sólo era mayor en grandeza que las virtudes y gracias finitas, y hechas una, de todos los que han sido justos, y son ahora y serán adelante, mas es fuente de donde manaron ellas, que no se disminuye enviándolas, y que tiene manantiales tan no agotables y ricos, que en infinitos hombres más, y en infinitos mundos que hubiese, podría derramar en todos y sobre todos excelencia de virtud y justicia, como un abismo verdadero de bien.

Y como este mundo criado, así en lo que se nos viene a los ojos como en lo que nos encubre su vista, está variado y lleno de todo género y de toda especie y diferencias de bienes, así esta divina alma, para quien y para cuyo servicio esta máquina universal fue criada, y que es, sin ninguna duda, mejor que ella y más perfecta, en sí abraza y contiene lo bueno todo, lo perfecto, lo hermoso, lo excelente y lo heroico, lo admirable y divino. Y como el divino Verbo es una imagen del Padre viva y expresa, que contiene en sí cuantas perfecciones Dios tiene, así esta alma soberana que, como a Él más cercana y enlazada con Él, y que, no sólo de continuo, mas tan de cerca le mira y se remira en Él, y se espeja, y, recibiendo en sí sus resplandores divinos, se fecunda y figura y viste, y engrandece y embellece con ellos, y traspasa a sí sus rayos cuanto es a la criatura posible, y le, remeda y se asemeja, y le retrae tan al vivo que, después de Él, que es la imagen cabal, no hay imagen de Dios como el alma de Cristo. Y los querubines más altos, y todos juntos y hechos uno los ángeles, son rascuños imperfectos, y sombras oscurísimas, y verdaderamente tinieblas en su comparación.

¿Qué diré, pues, de lo que se añade y sigue a esto, que es el lazo que con el Verbo divino tiene, y la personal unión? Que ella sola, cuando todo lo demás faltara, es justicia y riqueza inmensa. Porque ayuntándose el Verbo con aquella dichosa alma, y por ella también con el cuerpo, así la penetra toda y embebe en sí mismo, que con suma verdad no sólo mora Dios en Él, mas es Dios aquel hombre, y tiene aquella alma en sí todo cuanto Dios es: su ser, su saber, su bondad, su poder. Y no solamente en sí lo tiene, mas tan enlazado y tan estrechamente unido consigo mismo, que ni puede desprenderse de Él o desenlazarse, ni es posible que, mientras de Él presa estuviere, o con Él unida en la manera que digo, no viva y se conserve en suma perfección de justicia. Que, como el hierro que la fragua enciende, penetrado y poseído del fuego, y que parece otro fuego, siempre que está en la hornaza es y parece así, y, si de ella no pudiese salir, no tendría, ni tener podría, ni otro parecer ni otro ser, así lanzada toda aquella feliz humanidad y sumida en el abismo de Dios, y poseída enteramente y penetrada por todos sus poros de aquel fuego divino, y firmado con no mudable ley que ha de ser así siempre, es un hombre que es Dios, y un hombre que será Dios cuanto Dios fuere; y cuanto está lejos de no lo ser, tanto está apartada de no tener en su alma toda inocencia y rectitud y justicia.

Que como ella es medianera entre Dios y su cuerpo (porque con él se ayunta Dios por medio del alma) y como los medios comunican siempre con los extremos y tienen algo de la naturaleza de ambos, por eso el alma de Cristo que, como forma de la carne, dice con ella y se le avecina y allega, como mente criada para unirse y enlazarse con Dios, y para recibir en sí y derivar de sí en su cuerpo, así natural como místico, los influjos de la divinidad, fue necesario que se asemejase a Dios, y se levantase en bondad y justicia más ella sola que juntas las criaturas. Y convino que fuese un espejo de bien, y un dechado de aquella suma bondad, y un sol encendido y lleno de aquel sol de justicia, y una luz de luz, y un resplandor de resplandor, y un piélago de bellezas cebado de un abismo bellísimo. Y rodeado y enriquecido con toda aquesta hermosura, y justicia y inocencia y mansedumbre, nuestro santo Cordero como tal, y para serlo cabalmente y del todo, se hizo nuestro único y perfecto sacrificio, aceptando y padeciendo, por darnos justicia y vida, muerte afrentosa en la cruz. En que se ofrece a la lengua infinito; mas digamos sólo el cómo fue sacrificio, y la forma de esta expiación. Que cuando San Juan de este Cordero dice que «quita los pecados del mundo», no solamente dice que los quita, sino que, según la fuerza de la propia palabra, así los quita de nosotros, que los carga sobre sí mismo y les hace como suyos, para ser Él castigado por ellos y que quedásemos libres. De manera que cuanto al cómo fue sacrificio, decimos que lo fue no solamente padeciendo por nuestros pecados, sino tomando primero a nosotros y a nuestros pecados en sí, y juntándolos consigo y cargándose de ellos, para que, padeciendo Él, padeciesen los que con Él estaban juntos, y fuesen allí castigados. En que es gran maravilla que, si padeciéramos en nosotros mismos, doliéranos mucho y valiéranos poco. Y más: como acaece a los árboles que son sin fruto en el suelo do nacen, y trasplantados de él fructifican, así nosotros, traspasados en Cristo, morimos sin pena, y fuenos fructuosa la muerte. Que la maldad de nuestra culpa había pasado tan adelante en nosotros, y extendídose y cundido tanto en el alma, que lo tenía estéril todo y inútil, y no se quitaba la culpa sino pagando la pena, y la pena era muerte.

De manera que, por una parte, nos convenía morir, y por otra, siendo nuestra, era inútil la muerte. Y así fue necesario no sólo que otro muriese, sino también que muriésemos nosotros en otro que fuese tal y tan justo que, por ser en él, tuviese tanto valor nuestra muerte, que nos acarrease la vida. Y como esto era necesario, así fue lo primero que hizo el Cordero en sí, para ser propiamente nuestro sacrificio. Que, como en la ley vieja, sobre la cabeza de aquel animal con que limpiaba sus pecados el pueblo, en nombre de él ponía las manos el sacerdote y decía que cargaba en ella todo lo que su gente pecaba, así Él, porque era también sacerdote, puso sobre sí mismo las culpas y las personas culpadas, y las ayuntó con su alma, como en lo pasado se dijo por una manera de unión espiritual e inefable con que suele Dios juntar muchos en uno, de que los hombres espirituales tienen mucha noticia. Con la cual unión encerró Dios en la humanidad de su Hijo a los que, según su ser natural, estaban de ella muy fuera, y los hizo tan unos con Él, que se comunicaron entre sí y a veces, sus males y sus bienes y sus condiciones; y, muriendo Él, morimos de fuerza nosotros; y, padeciendo el Cordero, padecimos en Él y pagamos la pena que debíamos por nuestros pecados. Los cuales pecados, juntándonos Cristo consigo por la manera que he dicho, los hizo como suyos propios, según que en el Salmo dice: «Cuán lejos de mi salud las voces de mis delitos.» Que llama delitos suyos los nuestros, porque, de hecho, así a ellos como a los autores de ello, tenía sobre los hombros puestos, y tan allegados a sí mismo y tan juntos, que se le pegaron las culpas de ellos, y le sujetaron al azote y al castigo y a la sentencia contra ellos dada por la justicia divina. Y pudo tener en Él asiento lo que no podía ser hecho ni obrado por Él. En que se consideran con nueva maravilla dos cosas: la fuerza del amor y la grandeza de la pena y dolor. El amor, que pudo en un sujeto juntar los extremos de justicia y de culpa; la pena, que nacería en un alma tan limpia cuando se vio, no solamente vecina, sino tan por suya tanta culpa y torpeza. Que sin duda, si bien se considera, veremos ser ésta una de las mayores penas de Cristo, y, si no me engaño, de dos causas que le pusieron en agonía y en sudor de sangre en el huerto, fue ésta la una.

Porque, dejando aparte el ejército de dolores que se le puso delante, y la fuerza que en vencerlos puso, de que dijimos arriba, ¿qué sentimiento sería -¡qué digo, sentimiento!-, qué congoja, qué ansia, qué basca cuando el que es en sí la misma santidad y limpieza, y el que conoce la fealdad del pecado cuanto conocida ser puede, y el que la aborrece y desama cuanto ama su justicia y cuanto a Dios mismo, a quien ama con amor infinito, vio que tanta muchedumbre de culpas (cuantas son todas las que desde el principio hasta el fin cometen los hombres), tan graves, tan enormes, tan feas, y con tantos modos y figuras torpes y horribles, se le entraban por su casa y se le avecinaban al alma, y la cercaban y rodeaban y cargaban sobre ella, y verdaderamente se le apegaban y hacían como suyas, sin serlo ni haberlo podido ser?

¡Qué agonía y qué tormento tan grande, quien aborreció tanto este mal, y quien veía a los ojos cuánto de Dios aborrecido era y huido, verse de él tan cargado; y verse leproso el que en ese mismo tiempo era la salud de la lepra; y como vestido de injusticia y maldad el que en ese mismo tiempo es justicia; y herido y azotado y como desechado de Dios, el que en esa misma hora sanaba las heridas nuestras, y era el descanso del Padre! Así que fue caso de terrible congoja el unir consigo Cristo, purísimo, inocentísimo y justísimo, tantos pecadores y culpas, y el vestirse tal rey, de tanta dignidad, de nuestra vejez y vileza.

Y eso mismo que fue hacerse Cordero de sacrificio, y poner en sí las condiciones y cualidades debidas al Cordero que, sacrificado, limpiaba, fue en cierta manera un gran sacrificio. Y disponiéndose para ser sacrificado, se sacrificaba de hecho con el fuego de la congoja que de tan contrarios extremos en su alma nacía; y, antes de subir a la cruz, le era cruz esa misma carga que para subir a ella sobre sus hombros ponía. Y subido y enclavado en ella, no le rasgaban tanto ni lastimaban sus tiernas carnes los clavos, cuanto le traspasaban con pena el corazón la muchedumbre de malvados y de maldades que ayuntados consigo y sobre sus hombros tenía; y le era menos tormento el desatarse su cuerpo que el ayuntarse en el mismo templo de la santidad tanta y tan grande torpeza. A la cual, por una parte, su santa ánima la abrazaba y recogía en sí para deshacerse por el infinito amor que nos tiene; y, por otra, esquivaba y rehuía su vecindad y su vista, movido de su infinita limpieza, y así peleaba y agonizaba y ardía, como sacrificio aceptísimo; y en el fuego de su pena consumía eso mismo que con su vecindad le penaba, así como lavaba con la sangre que por tantos vertía esas mismas mancillas que la vertían, a que, como si fueran propias, dio entrada y asiento en su casa. De suerte que, ardiendo Él, ardieron en Él nuestras culpas, y bañándose su cuerpo de sangre, se bañaron en sangre los pecadores, y muriendo el Cordero, todos los que estaban en Él, por la misma razón, pagaron lo que el rigor de la ley requería. Que como fue justo que la comida de Adán, porque en sí nos tenía, fuese comida nuestra, y que su pecado fuese nuestro pecado, y que, emponzoñándose él, nos emponzoñásemos todos, así fue justísimo que, ardiendo en la ara de la cruz y sacrificándose este dulce Cordero, en quien estaban encerrados y como hechos uno todos los suyos, cuanto es de su parte quedasen abrasados todos y limpios.

De lo cual, Juliano, veréis con cuánta razón se llama Cristo Cordero, que fue lo que al principio declarar propuse. Y según lo mucho que hay que decir, he declarado algún tanto. Pasemos, si os parece, al nombre de Amado, que, pues tan agradable le fue a Dios el sacrificio de nuestro santo Cordero, sin duda fue amado y lo es por extraordinaria manera.

Viendo Marcelo que daban muestras los dos de gustar que pasase adelante, cobrando un poco de aliento, prosiguió diciendo:

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Hijo de Dios (III) Dedicatoria del Maestro Amado