Decamerón: Jornada 1

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PRIMERA JORNADA[editar]

NOVELA PRIMERA[editar]

Conviene, carísimas señoras, que a todo lo que el hombre hace le dé principio con el nombre de Aquél que fue de todos hacedor; por lo que, debiendo yo el primero dar comienzo a nuestro novelar, entiendo comenzar con uno de sus maravillosos hechos para que, oyéndolo, nuestra esperanza en él como en cosa inmutable se afirme, y siempre sea por nosotros alabado su nombre. Manifiesta cosa es que, como las cosas temporales son todas transitorias y mortales, están en sí y por fuera de sí llenas de dolor, de angustia y de fatiga, y sujetas a infinitos peligros; a los cuales no podremos nosotros sin algún error, los que vivimos mezclados con ellas y somos parte de ellas, resistir ni hacerles frente, si la especial gracia de Dios no nos presta fuerza y prudencia. La cual, a nosotros y en nosotros no es de creer que descienda por mérito alguno nuestro, sino por su propia benignidad movida y por las plegarias impetradas de aquellos que, como lo somos nosotros, fueron mortales y, habiendo seguido bien sus gustos mientras tuvieron vida, ahora se han transformado con él en eternos y bienaventurados; a los cuales nosotros mismos, como a procuradores informados por experiencia de nuestra fragilidad, y tal vez no atreviéndonos a mostrar nuestras plegarias ante la vista de tan grande juez, les rogamos por las cosas que juzgamos oportunas. Y aún más en Él, lleno de piadosa liberalidad hacia nosotros, señalemos que, no pudiendo la agudeza de los ojos mortales traspasar en modo alguno el secreto de la divina mente, a veces sucede que, engañados por la opinión, hacemos procuradores ante su majestad a gentes que han sido arrojadas por Ella al eterno exilio; y no por ello Aquél a quien ninguna cosa es oculta (mirando más a la pureza del orante que a su ignorancia o al exilio de aquél a quien le ruega) como si fuese bienaventurado ante sus ojos, deja de escuchar a quienes le ruegan. Lo que podrá aparecer manifiestamente en la novela que entiendo contar: manifiestamente, digo, no el juicio de Dios sino el seguido por los hombres. Se dice, pues, que habiéndose Musciatto Franzesi convertido, de riquísimo y gran mercader en Francia, en caballero, y debiendo venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra, hermano del rey de Francia, que fue llamado y solicitado por el papa Bonifacio, dándose cuenta de que sus negocios estaban, como muchas veces lo están los de los mercaderes, muy intrincados acá y allá, y que no se podían de ligero ni súbitamente desintrincar, pensó encomendarlos a varias personas, y para todos encontró cómo; fuera de que le quedó la duda de a quién dejar pudiese capaz de rescatar los créditos hechos a varios borgoñones. Y la razón de la duda era saber que los borgoñones son litigiosos y de mala condición y desleales, y a él no le venía a la cabeza quién pudiese haber tan malvado en quien pudiera tener alguna confianza para que pudiese oponerse a su perversidad. Y después de haber estado pensando largamente en este asunto, le vino a la memoria un seor Cepparello de Prato que muchas veces se hospedaba en su casa de París, que porque era pequeño de persona y muy acicalado, no sabiendo los franceses qué quería decir Cepparello, y creyendo que vendría a decir capelo, es decir, guirnalda, como en su romance, porque era pequeño como decimos, no Chapelo, sino Ciappelletto le llamaban: y por Ciappelletto era conocido en todas partes, donde pocos como Cepparello le conocían. Era este Ciappelletto de esta vida: siendo notario, sentía grandísima vergüenza si alguno de sus instrumentos (aunque fuesen pocos) no fuera falso; de los cuales hubiera hecho tantos como le hubiesen pedido gratuitamente, y con mejor gana que alguno de otra clase muy bien pagado. Declaraba en falso con sumo gusto, tanto si se le pedía como si no; y dándose en aquellos tiempos en Francia grandísima fe a los juramentos, no preocupándose por hacerlos falsos, vencía malvadamente en tantas causas cuantas le pidiesen que jurara decir verdad por su fe. Tenía otra clase de placeres (y mucho se empeñaba en ello) en suscitar entre amigos y parientes y cualesquiera otras personas, males y enemistades y escándalos, de los cuales cuantos mayores males veía seguirse, tanta mayor alegría sentía. Si se le invitaba a algún homicidio o a cualquier otro acto criminal, sin negarse nunca, de buena gana iba y muchas veces se encontró gustosamente hiriendo y matando hombres con las propias manos. Gran blasfemador era contra Dios y los santos, y por cualquier cosa pequeña, como que era iracundo más que ningún otro. A la iglesia no iba jamás, y a todos sus sacramentos como a cosa vil escarnecía con abominables palabras; y por el contrario las tabernas y los otros lugares deshonestos visitaba de buena gana y los frecuentaba. A las mujeres era tan aficionado como lo son los perros al bastón, con su contrario más que ningún otro hombre flaco se deleitaba. Habría hurtado y robado con la misma conciencia con que oraría un santo varón. Golosísimo y gran bebedor hasta a veces sentir repugnantes náuseas; era solemne jugador con dados trucados.

Mas ¿por qué me alargo en tantas palabras? Era el peor hombre, tal vez, que nunca hubiese nacido. Y su maldad largo tiempo la sostuvo el poder y la autoridad de micer Musciatto, por quien muchas veces no sólo de las personas privadas a quienes con frecuencia injuriaba sino también de la justicia, a la que siempre lo hacía, fue protegido.

Venido, pues, este seor Cepparello a la memoria de micer Musciatto, que conocía óptimamente su vida, pensó el dicho micer Musciatto que éste era el que necesitaba la maldad de los borgoñones; por lo que, llamándole, le dijo así:

-Señor Ciappelletto, como sabes, estoy por retirarme del todo de aquí y, teniendo entre otros que entenderme con los borgoñones, hombres llenos de engaño, no sé quién pueda dejar más apropiado que tú para rescatar de ellos mis bienes; y por ello, como tú al presente nada estás haciendo, si quieres ocuparte de esto entiendo conseguirte el favor de la corte y darte aquella parte de lo que rescates que sea conveniente.

Señor Cepparello, que se veía desocupado y mal provisto de bienes mundanos y veía que se iba quien su sostén y auxilio había sido durante mucho tiempo, sin ningún titubeo y como empujado por la necesidad se decidió sin dilación alguna, como obligado por la necesidad y dijo que quería hacerlo de buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo, recibidos por seor Ciappelletto los poderes y las cartas credenciales del rey, partido micer Musciatto, se fue a Borgoña donde casi nadie le conocía: y allí de modo extraño a su naturaleza, benigna y mansamente empezó a rescatar y hacer aquello a lo que había ido, como si reservase la ira para el final. Y haciéndolo así, hospedándose en la casa de dos hermanos florentinos que prestaban con usura y por amor de micer Musciatto le honraban mucho, sucedió que enfermó, con lo que los dos hermanos hicieron prestamente venir médicos y criados para que le sirviesen en cualquier cosa necesaria para recuperar la salud.

Pero toda ayuda era vana porque el buen hombre, que era ya viejo y había vivido desordenadamente, según decían los médicos iba de día en día de mal en peor como quien tiene un mal de muerte; de lo que los dos hermanos mucho se dolían y un día, muy cerca de la alcoba en que seor Ciappelletto yacía enfermo, comenzaron a razonar entre ellos.

-¿Qué haremos de éste? -decía el uno al otro-. Estamos por su causa en una situación pésima porque echarlo fuera de nuestra casa tan enfermo nos traería gran tacha y sería signo manifiesto de poco juicio al ver la gente que primero lo habíamos recibido y después hecho servir y medicar tan solícitamente para ahora, sin que haya podido hacer nada que pudiera ofendernos, echarlo fuera de nuestra casa tan súbitamente, y enfermo de muerte. Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querrá confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia y, muriendo sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir su cuerpo y será arrojado a los fosos como un perro. Y si por el contrario se confiesa, sus pecados son tantos y tan horribles que no los habrá semejantes y ningún fraile o cura querrá ni podrá absolverle; por lo que, no absuelto, será también arrojado a los fosos como un perro. Y si esto sucede, el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio (que les parece inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo) como por el deseo que tiene de robarnos, viéndolo, se amotinará y gritará: «Estos perros lombardos a los que la iglesia no quiere recibir no pueden sufrirse más», y correrán en busca de nuestras arcas y tal vez no solamente nos roben los haberes sino que pueden quitarnos también la vida; por lo que de cualquiera guisa estamos mal si éste se muere.

Señor Ciappelletto, que, decimos, yacía allí cerca de donde éstos estaban hablando, teniendo el oído fino, como la mayoría de las veces pasa a los enfermos, oyó lo que estaban diciendo y los hizo llamar y les dijo:

-No quiero que temáis por mí ni tengáis miedo de recibir por mi causa algún daño; he oído lo que habéis estado hablando de mí y estoy certísimo de que sucedería como decís si así como pensáis anduvieran las cosas; pero andarán de otra manera. He hecho, viviendo, tantas injurias al Señor Dios que por hacerle una más a la hora de la muerte poco se dará. Y por ello, procurad hacer venir un fraile santo y valioso lo más que podáis, si hay alguno que lo sea, y dejadme hacer, que yo concertaré firmemente vuestros asuntos y los míos de tal manera que resulten bien y estéis contentos.

Los dos hermanos, aunque no sintieron por esto mucha esperanza, no dejaron de ir a un convento de frailes y pidieron que algún hombre santo y sabio escuchase la confesión de un lombardo que estaba enfermo en su casa; y les fue dado un fraile anciano de santa y de buena vida, y gran maestro de la Escritura y hombre muy venerable, a quien todos los ciudadanos tenían en grandísima y especial devoción, y lo llevaron con ellos. El cual, llegado a la cámara donde el señor Ciappelletto yacía, y sentándose a su lado, empezó primero a confortarle benignamente y le preguntó luego que cuánto tiempo hacía que no se había confesado. A lo que el seor Ciappelletto, que nunca se había confesado, respondió:

-Padre mío, mi costumbre es de confesarme todas las semanas al menos una vez; sin lo que son bastantes las que me confieso más; y la verdad es que, desde que he enfermado, que son casi ocho días, no me he confesado, tanto es el malestar que con la enfermedad he tenido.

Dijo entonces el fraile:

-Hijo mío, bien has hecho, y así debes hacer de ahora en adelante; y veo que si tan frecuentemente te confiesas, poco trabajo tendré en escucharte y preguntarte.

Dijo señor Ciappelletto:

-Señor fraile, no digáis eso; yo no me he confesado nunca tantas veces ni con tanta frecuencia que no quisiera hacer siempre confesión general de todos los pecados que pudiera recordar desde el día en que nací hasta el que me haya confesado; y por ello os ruego, mi buen padre, que me preguntéis tan menudamente de todas las cosas como si nunca me hubiera confesado, y no tengáis compasión porque esté enfermo, que más quiero disgustar a estas carnes mías que, excusándolas, hacer cosa que pudiese resultar en perdición de mi alma, que mi Salvador rescató con su preciosa sangre.

Estas palabras gustaron mucho al santo varón y le parecieron señal de una mente bien dispuesta; y luego que al seor Ciappelletto hubo alabado mucho esta práctica, empezó a preguntarle si había alguna vez pecado lujuriosamente con alguna mujer. A lo que señor Ciappelletto respondió suspirando:

-Padre, en esto me avergüenzo de decir la verdad temiendo pecar de vanagloria.

A lo que el santo fraile dijo:

-Dila con tranquilidad, que por decir la verdad ni en la confesión ni en otro caso nunca se ha pecado.

Dijo entonces seor Ciappelletto:

-Ya que lo queréis así, os lo diré: soy tan virgen como salí del cuerpo de mi madre.

-¡Oh, bendito seas de Dios! -dijo el fraile-, ¡qué bien has hecho! Y al hacerlo has tenido tanto más mérito cuando, si hubieras querido, tenías más libertad de hacer lo contrario que tenemos nosotros y todos los otros que están constreñidos por alguna regla.

Y luego de esto, le preguntó si había desagradado a Dios con el pecado de la gula. A lo que, suspirando mucho, seor Ciappelletto contestó que sí y muchas veces; porque, como fuese que él, además de los ayunos de la cuaresma que las personas devotas hacen durante el año, todas las semanas tuviera la costumbre de ayunar a pan y agua al menos tres días, se había bebido el agua con tanto deleite y tanto gusto y especialmente cuando había sufrido alguna fatiga por rezar o ir en peregrinación, como los grandes bebedores hacen con el vino. Y muchas veces había deseado comer aquellas ensaladas de hierbas que hacen las mujeres cuando van al campo, y algunas veces le había parecido mejor comer que le parecía que debiese parecerle a quien ayuna por devoción como él ayunaba. A lo que el fraile dijo:

-Hijo mío, estos pecados son naturales y son asaz leves, y por ello no quiero que te apesadumbres la conciencia más de lo necesario. A todos los hombres sucede que les parezca bueno comer después de largo ayuno, y, después del cansancio, beber.

-¡Oh! -dijo señor Ciappelletto-, padre mío, no me digáis esto por confortarme; bien sabéis que yo sé que las cosas que se hacen en servicio de Dios deben hacerse limpiamente y sin ninguna mancha en el ánimo: y quien lo hace de otra manera, peca.

El fraile, contentísimo, dijo:

-Y yo estoy contento de que así lo entiendas en tu ánimo, y mucho me place tu pura y buena conciencia. Pero dime, ¿has pecado de avaricia deseando más de lo conveniente y teniendo lo que no debieras tener?

A lo que seor Ciappelletto dijo:

-Padre mío, no querría que sospechaseis de mí porque estoy en casa de estos usureros: yo no tengo parte aquí sino que había venido con la intención de amonestarles y reprenderles y arrancarles a este abominable oficio; y creo que habría podido hacerlo si Dios no me hubiese visitado de esta manera. Pero debéis de saber que mi padre me dejó rico, y de sus haberes, cuando murió, di la mayor parte por Dios; y luego, por sustentar mi vida y poder ayudar a los pobres de Cristo, he hecho mis pequeños mercadeos y he deseado tener ganancias de ellos, y siempre con los pobres de Dios lo que he ganado lo he partido por medio, dedicando mi mitad a mis necesidades, dándole a ellos la otra mitad; y en ello me ha ayudado tan bien mi Creador que siempre de bien en mejor han ido mis negocios.

-Has hecho bien -dijo el fraile-, pero ¿con cuánta frecuencia te has dejado llevar por la ira?

-¡Oh! -dijo seor Ciappelletto-, eso os digo que muchas veces lo he hecho. ¿Y quién podría contenerse viendo todo el día a los hombres haciendo cosas sucias, no observar los mandamientos de Dios, no temer sus juicios? Han sido muchas veces al día las que he querido estar mejor muerto que vivo al ver a los jóvenes ir tras vanidades y oyéndolos jurar y perjurar, ir a las tabernas, no visitar las iglesias y seguir más las vías del mundo que las de Dios.

Dijo entonces el fraile:

-Hijo mío, ésta es una ira buena y yo en cuanto a mí no sabría imponerte por ella penitencia. Pero ¿por acaso no te habrá podido inducir la ira a cometer algún homicidio o a decir villanías de alguien o a hacer alguna otra injuria?

A lo que el seor Ciappelletto respondió:

-¡Ay de mí, señor!, vos que me parecéis hombre de Dios, ¿cómo decís estas palabras? Si yo hubiera podido tener aún un pequeño pensamiento de hacer alguna de estas cosas, ¿creéis que crea que Dios me hubiese sostenido tanto? Eso son cosas que hacen los asesinos y los criminales, de los que, siempre que alguno he visto, he dicho siempre: «Ve con Dios que te convierta».

Entonces dijo el fraile:

-Ahora dime, hijo mío, que bendito seas de Dios, ¿alguna vez has dicho algún falso testimonio contra alguien, o dicho mal de alguien o quitado a alguien cosas sin consentimiento de su dueño?

-Ya, señor, sí -repuso seor Ciappelletto- que he dicho mal de otro, porque tuve un vecino que con la mayor sinrazón del mundo no hacía más que golpear a su mujer tanto que una vez hablé mal de él a los parientes de la mujer, tan gran piedad sentí por aquella pobrecilla que él, cada vez que había bebido de más, zurraba como Dios os diga.

Dijo entonces el fraile:

-Ahora bien, tú me has dicho que has sido mercader: ¿has engañado alguna vez a alguien como hacen los mercaderes?

-Por mi fe -dijo señor Ciappelletto-, señor, sí, pero no sé quiénes eran: sino que habiéndome dado uno dineros que me debía por un paño que le había vendido, y yo puéstolos en un cofre sin contarlos, vine a ver después de un mes que eran cuatro reales más de lo que debía ser por lo que, no habiéndolo vuelto a ver y habiéndolos conservado un año para devolvérselos, los di por amor de Dios.

Dijo el fraile:

-Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacer lo que hiciste.

Y después de esto preguntole el santo fraile sobre muchas otras cosas, sobre las cuales dio respuesta en la misma manera. Y queriendo él proceder ya a la absolución, dijo seor Ciappelletto:

-Señor mío, tengo todavía algún pecado que aún no os he dicho.

El fraile le preguntó cuál, y dijo:

-Me acuerdo que hice a mi criado, un sábado después de nona, barrer la casa y no tuve al santo día del domingo la reverencia que debía.

-¡Oh! -dijo el fraile-, hijo mío, ésa es cosa leve.

-No -dijo seor Ciappelletto-, no he dicho nada leve, que el domingo mucho hay que honrar porque en un día así resucitó de la muerte a la vida Nuestro Señor.

Dijo entonces el fraile:

-¿Alguna cosa más has hecho?

-Señor mío, sí -respondió seor Ciappelletto-, que yo, no dándome cuenta, escupí una vez en la iglesia de Dios.

El fraile se echó a reír, y dijo:

-Hijo mío, ésa no es cosa de preocupación: nosotros, que somos religiosos, todo el día escupimos en ella.

Dijo entonces seor Ciappelletto:

-Y hacéis gran villanía, porque nada conviene tener tan limpio como el santo templo, en el que se rinde sacrificio a Dios.

Y en breve, de tales hechos le dijo muchos, y por último empezó a suspirar y a llorar mucho, como quien lo sabía hacer demasiado bien cuando quería. Dijo el santo fraile:

-Hijo mío, ¿qué te pasa?

Repuso señor Ciappelletto:

-¡Ay de mí, señor! Que me ha quedado un pecado del que nunca me he confesado, tan grande vergüenza me da decirlo, y cada vez que lo recuerdo lloro como veis, y me parece muy cierto que Dios nunca tendrá misericordia de mí por este pecado.

Entonces el santo fraile dijo:

-¡Bah, hijo! ¿Qué estás diciendo? Si todos los pecados que han hecho todos los hombres del mundo, y que deban hacer todos los hombres mientras el mundo dure, fuesen todos en un hombre solo, y éste estuviese arrepentido y contrito como te veo, tanta es la benignidad y la misericordia de Dios que, confesándose éste, se los perdonaría liberalmente; así, dilo con confianza.

Dijo entonces seor Ciappelletto, todavía llorando mucho:

-¡Ay de mí, padre mío! El mío es demasiado grande pecado, y apenas puedo creer, si vuestras plegarias no me ayudan, que me pueda ser por Dios perdonado.

A lo que le dijo el fraile:

-Dilo con confianza, que yo te prometo pedir a Dios por ti.

Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo decía y el fraile le animaba a decirlo. Pero luego de que seor Ciappelletto llorando un buen rato hubo tenido así suspenso al fraile, lanzó un gran suspiro y dijo:

-Padre mío, pues que me prometéis rogar a Dios por mí, os lo diré: sabed que, cuando era pequeñito, maldije una vez a mi madre.

Y dicho esto, empezó de nuevo a llorar fuertemente. Dijo el fraile:

-¡Ah, hijo mío! ¿Y eso te parece tan gran pecado? Oh, los hombres blasfemamos contra Dios todo el día y si Él perdona de buen grado a quien se arrepiente de haber blasfemado, ¿no crees que vaya a perdonarte esto? No llores, consuélate, que por seguro si hubieses sido uno de aquellos que le pusieron en la cruz, teniendo la contrición que te veo, te perdonaría Él.

Dijo entonces seor Ciappelletto:

-¡Ay de mí, padre mío! ¿Qué decís? La dulce madre mía que me llevó en su cuerpo nueve meses día y noche, y me llevó en brazos más de cien veces. ¡Mucho mal hice al maldecirla, y pecado muy grande es; y si no rogáis a Dios por mí, no me será perdonado!

Viendo el fraile que nada le quedaba por decir al seor Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición teniéndolo por hombre santísimo, como quien totalmente creía ser cierto lo que seor Ciappelletto había dicho: ¿y quién no lo hubiera creído viendo a un hombre en peligro de muerte confesándose decir tales cosas? Y después, luego de todo esto, le dijo:

-Señor Ciappelletto, con la ayuda de Dios estaréis pronto sano; pero si sucediese que Dios a vuestra bendita y bien dispuesta alma llamase a sí, ¿os placería que vuestro cuerpo fuese sepultado en nuestro convento?

A lo que seor Ciappelletto repuso:

-Señor, sí, que no querría estar en otro sitio, puesto que vos me habéis prometido rogar a Dios por mí, además de que yo he tenido siempre una especial devoción por vuestra orden; y por ello os ruego que, en cuanto estéis en vuestro convento, haced que venga a mí aquel veracísimo cuerpo de Cristo que vos por la mañana consagráis en el altar, porque aunque no sea digno, entiendo comulgarlo con vuestra licencia, y después la santa y última unción para que, si he vivido como pecador, al menos muera como cristiano.

El santo hombre dijo que mucho le agradaba y él decía bien, y que haría que de inmediato le fuese llevado; y así fue.

Los dos hermanos, que temían mucho que seor Ciappelletto les engañase, se habían puesto junto a un tabique que dividía la alcoba donde seor Ciappelletto yacía de otra y, escuchando, fácilmente oían y entendían lo que seor Ciappelletto al fraile decía; y sentían algunas veces tales ganas de reír, al oír las cosas que le confesaba haber hecho, que casi estallaban, y se decían uno al otro: ¿qué hombre es éste, al que ni vejez ni enfermedad ni temor de la muerte a que se ve tan vecino, ni aún de Dios, ante cuyo juicio espera tener que estar de aquí a poco, han podido apartarle de su maldad, ni hacer que quiera dejar de morir como ha vivido? Pero viendo que había dicho que sí, que recibiría la sepultura en la iglesia, de nada de lo otro se preocuparon. Seor Ciappelletto comulgó poco después y, empeorando sin remedio, recibió la última unción; y poco después del crepúsculo, el mismo día que había hecho su buena confesión, murió. Por lo que los dos hermanos, disponiendo de lo que era de él para que fuese honradamente sepultado y mandándolo decir al convento, y que viniesen por la noche a velarle según era costumbre y por la mañana a por el cuerpo, dispusieron todas las cosas oportunas para el caso. El santo fraile que lo había confesado, al oír que había finado, fue a buscar al prior del convento, y habiendo hecho tocar a capítulo, a los frailes reunidos mostró que seor Ciappelletto había sido un hombre santo según él lo había podido entender de su confesión; y esperando que por él el Señor Dios mostrase muchos milagros, les persuadió a que con grandísima reverencia y devoción recibiesen aquel cuerpo. Con las cuales cosas el prior y los frailes, crédulos, estuvieron de acuerdo: y por la noche, yendo todos allí donde yacía el cuerpo de seor Ciappelletto, le hicieron una grande y solemne vigilia, y por la mañana, vestidos todos con albas y capas pluviales, con los libros en la mano y las cruces delante, cantando, fueron a por este cuerpo y con grandísima fiesta y solemnidad se lo llevaron a su iglesia, siguiéndoles el pueblo todo de la ciudad, hombres y mujeres; y, habiéndolo puesto en la iglesia, subiendo al púlpito, el santo fraile que lo había confesado empezó sobre él y su vida, sobre sus ayunos, su virginidad, su simplicidad e inocencia y santidad, a predicar maravillosas cosas, entre otras contando lo que seor Ciappelletto como su mayor pecado, llorando, le había confesado, y cómo él apenas le había podido meter en la cabeza que Dios quisiera perdonárselo, tras de lo que se volvió a reprender al pueblo que le escuchaba, diciendo:

-Y vosotros, malditos de Dios, por cualquier brizna de paja en que tropezáis, blasfemáis de Dios y de su Madre y de toda la corte celestial.

Y además de éstas, muchas otras cosas dijo sobre su lealtad y su pureza, y, en breve, con sus palabras, a las que la gente de la comarca daba completa fe, hasta tal punto lo metió en la cabeza y en la devoción de todos los que allí estaban que, después de terminado el oficio, entre los mayores apretujones del mundo todos fueron a besarle los pies y las manos, y le desgarraron todos los paños que llevaba encima, teniéndose por bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera tener: y convino que todo el día fuese conservado así, para que por todos pudiese ser visto y visitado. Luego, la noche siguiente, en una urna de mármol fue honrosamente sepultado en una capilla, y enseguida al día siguiente empezaron las gentes a ir allí y a encender candelas y a venerarlo, y seguidamente a hacer promesas y a colgar exvotos de cera según la promesa hecha. Y tanto creció la fama de su santidad y la devoción en que se le tenía que no había nadie que estuviera en alguna adversidad que hiciese promesas a otro santo que a él, y lo llamaron y lo llaman San Ciappelletto, y afirman que Dios ha mostrado muchos milagros por él y los muestra todavía a quien devotamente se lo implora. Así pues, vivió y murió el seor Cepparello de Prato y llegó a ser santo, como habéis oído; y no quiero negar que sea posible que sea un bienaventurado en la presencia de Dios porque, aunque su vida fue criminal y malvada, pudo en su último extremo haber hecho un acto de contrición de manera que Dios tuviera misericordia de él y lo recibiese en su reino; pero como esto es cosa oculta, razono sobre lo que es aparente y digo que más debe encontrarse condenado entre las manos del diablo que en el paraíso. Y si así es, grandísima hemos de reconocer que es la benignidad de Dios para con nosotros, que no mira nuestro error sino la pureza de la fe, y al tomar nosotros de mediador a un enemigo suyo, creyéndolo amigo, nos escucha, como si a alguien verdaderamente santo recurriésemos como a mediador de su gracia. Y por ello, para que por su gracia en la adversidad presente y en esta compañía tan alegre seamos conservados sanos y salvos, alabando su nombre en el que la hemos comenzado, teniéndole reverencia, a él acudiremos en nuestras necesidades, segurísimos de ser escuchados.

Y aquí, calló.

NOVELA SEGUNDA[editar]

El judío Abraham, animado por Giannotto de Civigní , va a la corte de Roma y, vista la maldad de los clérigos, vuelve a París y se hace cristiano.

La novela de Pánfilo fue en parte reída y en todo celebrada por las mujeres, y habiendo sido atentamente escuchada y llegado a su fin, como estaba sentada junto a él Neifile, le mandó la reina que, contando una, siguiese el orden del comenzado entretenimiento. Y ella, como quien no menos de corteses maneras que de belleza estaba adornada, alegremente repuso que de buena gana, y comenzó de esta guisa: Mostrado nos ha Pánfilo con su novelar la benignidad de Dios que no mira nuestros errores cuando proceden de algo que no nos es posible ver; y yo, con el mío, entiendo mostraros cuánto esta misma benignidad, soportando pacientemente los defectos de quienes deben dar de ella verdadero testimonio con obras y palabras y hacen lo contrario, es por ello mismo argumento de infalible verdad para que los que creemos sigamos con más firmeza de ánimo.

Tal como yo, graciosas señoras, he oído decir, hubo en París un gran mercader y hombre bueno que fue llamado Giannotto de Civigní, lealísimo y recto y gran negociante en el rango de la pañería; y tenía íntima amistad con un riquísimo hombre judío llamado Abraham, que era también mercader y hombre harto recto y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empezó a tener gran lástima de que el alma de un hombre tan valioso y sabio y bueno fuese a su perdición por falta de fe, y por ello amistosamente le empezó a rogar que dejase los errores de la fe judaica y se volviese a la verdad cristiana, a la que como santa y buena podía ver siempre aumentar y prosperar, mientras la suya, por el contrario, podía distinguir cómo disminuía y se reducía a la nada. El judío contestaba que ninguna creía ni santa ni buena fuera de la judaica, y que en ella había nacido y en ella entendía vivir y morir; ni habría nada que nunca de aquello le hiciese moverse. Giannotto no cesó por esto de, pasados algunos días, repetirle semejantes palabras, mostrándole, tan burdamente como la mayoría de los mercaderes pueden hacerlo, por qué razones nuestra religión era mejor que la judaica.

Y aunque el judío fuese en la ley judaica gran maestro, no obstante, ya que la amistad grande que tenía con Giannotto le moviese, o tal vez que las palabras que el Espíritu Santo ponía en la lengua del hombre simple lo hiciesen, al judío empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto; pero obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto él seguía pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo, hasta que el judío, vencido por tan continuas instancias, dijo: -Ya, Giannotto, a ti te gusta que me haga cristiano; y yo estoy dispuesto a hacerlo, tan ciertamente que quiero primero ir a Roma y ver allí al que tú dices que es el vicario de Dios en la tierra, y considerar sus modos y sus costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y si me parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos comprender que vuestra fe sea mejor que la mía, como te has ingeniado en demostrarme, haré aquello que te he dicho: y si no fuese así, me quedaré siendo judío como soy. Cuando Giannotto oyó esto, se puso en su interior desmedidamente triste, diciendo para sí mismo: «Perdido he los esfuerzos que me parecía haber empleado óptimamente, creyéndome haber convertido a éste; porque si va a la corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los clérigos, no es que de judío vaya a hacerse cristiano, sino que si se hubiese hecho cristiano, sin falta volvería judío». Y volviéndose a Abraham dijo:

-Ah, amigo mío, ¿por qué quieres pasar ese trabajo y tan grandes gastos como serán ir de aquí a Roma? Sin contar con que, tanto por mar como por tierra, para un hombre rico como eres tú todo está lleno de peligros. ¿No crees que encontrarás aquí quien te bautice? Y si por ventura tienes algunas dudas sobre la fe que te muestro, ¿hay mayores maestros y hombres más sabios allí que aquí para poderte esclarecer todo lo que quieras o preguntes? Por todo lo cual, en mi parecer esta idea tuya está de sobra. Piensa que tales son allí los prelados como aquí los has podido ver y los ves; y tanto mejores cuanto que aquéllos están más cerca del pastor principal. Y por ello esa fatiga, según mi consejo, te servirá en otra ocasión para obtener algún perdón, en lo que yo por ventura te haré compañía.

A lo que respondió el judío:

-Yo creo, Giannotto, que será como me cuentas, pero por resumirte en una muchas palabras, estoy del todo dispuesto, si quieres que haga lo que me has rogado tanto, a irme, y de otro modo no haré nada nunca. Giannotto, viendo su voluntad, dijo:

-¡Vete con buena ventura! -y pensó para sí que nunca se haría cristiano cuando hubiese visto la corte de Roma; pero como nada se perdía, se calló.

El judío montó a caballo y lo antes que pudo se fue a la corte de Roma, donde al llegar fue por sus judíos honradamente recibido; y viviendo allí, sin decir a ninguno por qué hubiese ido, cautamente empezó a fijarse en las maneras del papa y de los cardenales y de los otros prelados y de todos los cortesanos; y entre lo que él mismo observó, como hombre muy sagaz que era, y lo que también algunos le informaron, encontró que todos, del mayor al menor, generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no sólo en la natural sino también en la sodomítica, sin ningún freno de remordimiento o de vergüenza, tanto que el poder de las meretrices y de los garzones al impetrar cualquier cosa grande no era poder pequeño. Además de esto, universalmente golosos, bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a guisa de animales brutos, además de la lujuria) que otros conoció abiertamente que eran; y mirando más allá, los vio tan avaros y deseosos de dinero que por igual la sangre humana (también la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificios o a beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con ellas más comercio y empleando a más corredores de mercancías que había en París en la pañería o ningún otro negocio, y habiendo a la simonía manifiesta puesto el nombre de «mediación» y a la gula el de «manutención», corno si Dios, no ya el significado de los vocablos, sino la intención de los pésimos ánimos no conociese y a guisa de los hombres se dejase engañar por el nombre de las cosas. Las cuales, junto con otras muchas que deben callarse, desagradaron sumamente al judío, como a hombre que era sobrio y modesto, y pareciéndole haber visto bastante, se propuso retornar a París; y así lo hizo. Adonde, al saber Giannotto que había venido, esperando cualquier cosa menos que se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes fiestas; y después que hubo reposado algunos días, Giannotto le preguntó lo que pensaba del santo padre y de los cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el judío respondió prestamente:

-Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna otra cosa me pareció ver en ningún clérigo, sino lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas semejantes y peores, si peores puede haberlas; me pareció ver en tanto favor de todos, que tengo aquélla por fragua más de operaciones diabólicas que divinas. Y según yo estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan sino que vuestra religión aumenta y más luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de más verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido y duro como era yo a tus consejos y no quería hacerme cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejaré de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia; y allí según las costumbres debidas en vuestra santa fe me haré bautizar. Giannotto, que esperaba una conclusión exactamente contraria a ésta, al oírle decir esto fue el hombre más contento que ha habido jamás: y a Nuestra Señora de París yendo con él, pidió a los clérigos de allí dentro que diesen a Abraham el bautismo. Y ellos, oyendo que él lo demandaba, lo hicieron prontamente; y Giannotto lo llevó a la pila sacra y lo llamó Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en nuestra fe, la que aprendió prontamente; y fue luego hombre bueno y valioso y de santa vida.

NOVELA TERCERA[editar]

El judío Melquisidech con una historia sobre tres anillos se salva de una peligrosa trampa que le había tendido Saladino.

Después de que, alabada por todos la historia de Neifile, calló ésta, como gustó a la reina, Filomena empezó a hablar así:

La historia contada por Neifile me trae a la memoria un peligroso caso sucedido a un judío; y porque ya se ha hablado tan bien de Dios y de la verdad de nuestra fe, descender ahora a los sucesos y los actos de los hombres no se deberá hallar mal, y vendré a narrárosla para que, oída, tal vez más cautas os volváis en las respuestas a las preguntas que puedan haceros.

Debéis saber, amorosas compañeras, que así como la necedad muchas veces aparta a alguien de un feliz estado y lo pone en grandísima miseria, así aparta la prudencia al sabio de peligros gravísimos y lo pone en grande y seguro reposo. Y cuán verdad sea que la necedad conduce del buen estado a la miseria, se ve en muchos ejemplos que no está ahora en nuestro ánimo contar, considerando que todo el día aparecen mil ejemplos manifiestos; pero que la prudencia sea ocasión de consuelo, como he dicho, os mostraré brevemente con un cuentecillo.


El judío, que verdaderamente era un hombre sabio, advirtió demasiado bien que Saladino buscaba cogerlo en sus palabras para moverle alguna cuestión, y pensó que no podía alabar a una de las tres más que a las otras sin que Saladino saliese con su empeño; por lo que, como a quien le parecía tener necesidad de una respuesta por la que no pudiesen llevarle preso, aguzado el ingenio, le vino pronto a la mente lo que debía decir; y dijo:

-Señor mío, la cuestión que me proponéis es fina, y para poder deciros lo que pienso de ella querría contaros el cuentecillo que vais a oír. Si no me equivoco, me acuerdo de haber oído decir muchas veces que hubo una vez un hombre grande y rico que, entre las otras joyas más caras que tenía en su tesoro, tenía un anillo bellísimo y precioso al que, queriendo hace honor por su valor y su belleza y dejarlo perpetuamente a sus descendientes ordenó que aquel de sus hijos a quien, habiéndoselo dejado él, le fuese encontrado aquel anillo, que se entendiese que él era su heredero y debiese ser por todos los demás honrado y reverenciado como a mayorazgo, ya que a quien fue dejado por éste guardó el mismo orden con sus descendiente e hizo tal como había hecho su predecesor. Y, en resumen, este anillo anduvo de mano en mano de muchos sucesores y últimamente llegó a las mano de uno que tenía tres hijos hermosos y virtuosos y muy obedientes al padre por lo que amaba a los tres por igual. Y los jóvenes, que conocían la costumbre del anillo, deseoso cada uno de ser el más honrado entre los suyos, cada uno por sí, como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya viejo, que cuando sintiese llegar la muerte, a él le dejase el anillo. El honrado hombre, que por igual amaba a todos, no sabía él mismo elegir a cuál debiese dejárselo y pensó, habiéndoselo prometido a todos, en satisfacer a los tres: y secretamente a un buen orfebre le encargó otros dos, los cuales fueron tan semejantes al primero que el mismo que los había hecho hacer apenas distinguía cuál fuese el verdadero; y sintiendo llegar la muerte, secretamente dio el suyo a cada uno de sus hijos. Los cuales, después de la muerte del padre, queriendo cada uno posesionarse de la herencia y el honor, y negándoselo el uno al otro, como testimonio de hacerlo con todo derecho, cada uno mostró su anillo; y encontrados los anillos tan iguales el uno al otro que cuál fuese el verdadero no sabía distinguirse, se quedó pendiente la cuestión de quién fuese el verdadero heredero del padre, y sigue pendiente todavía. Y lo mismo os digo, señor mío, de las tres leyes dadas a los tres pueblos por Dios padre sobre las que me propusisteis una cuestión: cada uno su herencia, su verdadera ley y sus mandamientos cree rectamente tener y cumplir, pero de quién la tenga, como de los anillos, todavía está pendiente la cuestión. Conoció Saladino que éste había sabido salir óptimamente del lazo que le había tendido y por ello se dispuso a manifestarle sus necesidades y ver si quería servirle; y así lo hizo, manifestándole lo que había tenido en el ánimo hacerle si él tan discretamente como lo había hecho no le hubiera respondido. El judío le sirvió libremente con toda la cantidad que Saladino le pidió y luego Saladino se la restituyó enteramente, y además de ello le dio grandísimos dones y siempre por amigo suyo lo tuvo y en grande y honrado estado lo conservó junto a él.


NOVELA CUARTA[editar]

Un monje, caído en pecado digno de castigo gravísimo, se libra de la pena reprendiendo discretamente a su abad de aquella misma culpa .

Ya se calla Filomena, liberada de su historia, cuando Dioneo, que junto a ella estaba sentado, sin esperar de la reina otro mandato, conociendo ya por el orden comenzado que a él le tocaba tener que hablar, de tal guisa comenzó a decir:

Amorosas señoras, si he entendido bien la intención de todas, estamos aquí para complacernos a nosotros mismos novelando, y por ello, tan sólo porque contra esto no se vaya, estimo que a cada uno debe serle lícito (y así dijo nuestra reina, hace poco, que era) contar aquella historia que más crea que pueda divertir; por lo que, habiendo escuchado cómo por los buenos consejos de Giannotto de Civigní salvó su alma el judío Abraham y cómo por su prudencia defendió Melquisidech sus riquezas de las asechanzas de Saladino, sin esperar que me reprendáis, entiendo contar brevemente con qué destreza libró su cuerpo un monje de gravísimo castigo.

Hubo en Lunigiana, pueblo no muy lejano de éste, un monasterio más copioso en santidad y en monjes de lo que lo es hoy, en el que, entre otros, había un monje joven cuyo vigor y vivacidad ni los ayunos ni las vigilias podían macerar. El cual, por acaso, un día hacia el mediodía, cuando los otros monjes dormían todos, habiendo salido solo por los alrededores de su iglesia, que estaba en un lugar asaz solitario, alcanzó a ver a una jovencita harto hermosa, hija tal vez de alguno de los labradores de la comarca, que andaba por los campos cogiendo ciertas hierbas: no bien la había visto cuando fue fieramente asaltado por la concupiscencia carnal.

Por lo que, avecinándose, con ella trabó conversación y tanto anduvo de una palabra en otra que se puso de acuerdo con ella y se la llevó a su celda sin que nadie se apercibiese. Y mientras él, transportado por el excesivo deseo, menos cautamente jugueteaba con ella, sucedió que el abad, levantándose de dormir y pasando silenciosamente por delante de su celda, oyó el alboroto que hacían los dos juntos; y para conocer mejor las voces se acercó quedamente a la puerta de la celda a escuchar y claramente conoció que dentro había una mujer, y estuvo tentado a hacerse abrir; luego pensó que convendría tratar aquello de otra manera y, vuelto a su alcoba, esperó a que el monje saliera fuera. El monje, aunque con grandísimo placer y deleite estuviera ocupado con aquella joven, no dejaba sin embargo de estar temeroso y, pareciéndole haber oído algún arrastrar de pies por el dormitorio, acercó el ojo a un pequeño agujero y vio clarísimamente al abad escuchándole y comprendió muy bien que el abad había podido oír que la joven estaba en su celda. De lo que, sabiendo que de ello debía seguirle un gran castigo, se sintió desmesuradamente pesaroso; pero sin querer mostrar a la joven nada de su desazón, rápidamente imaginó muchas cosas buscando hallar alguna que le fuera salutífera. Y se le ocurrió una nueva malicia (que el fin imaginado por él consiguió certeramente) y fingiendo que le parecía haber estado bastante con aquella joven le dijo:

-Voy a salir a buscar la manera en que salgas de aquí dentro sin ser vista, y para ello quédate en silencio hasta que vuelva.

Y saliendo y cerrando la celda con llave, se fue directamente a la cámara del abad, y dándosela, tal como todos los monjes hacían cuando salían, le dijo con rostro tranquilo: -Señor, yo no pude esta mañana traer toda la leña que había cortado, y por ello, con vuestra licencia, quiero ir al bosque y traerla.

El abad, para poder informarse más plenamente de la falta cometida por él, pensando que no se había dado cuenta de que había sido visto, se alegró con tal ocasión y de buena gana tomó la llave y semejantemente le dio licencia. Y después de verlo irse empezó a pensar qué era mejor hacer: o en presencia de todos los monjes abrir la celda de aquél y hacerles ver su falta para que no hubiese ocasión de que murmurasen contra él cuando castigase al monje, o primero oír de él cómo había sido aquel asunto. Y pensando para sí que aquélla podría ser tal mujer o hija de tal hombre a quien él no quisiera hacer pasar la vergüenza de mostrarla a todos los monjes, pensó que primero vería quién era y tomaría después partido; y quedamente yendo a la celda, la abrió, entró dentro, y volvió a cerrar la puerta. La joven, viendo venir al abad, palideció toda, y temblando empezó a llorar de vergüenza. El señor abad, que le había echado la vista encima y la veía hermosa y fresca, aunque él fuese viejo, sintió súbitamente no menos abrasadores los estímulos de la carne que los había sentido su joven monje, y para sí empezó a decir:

«Bah, ¿por qué no tomar yo del placer cuanto pueda, si el desagrado y el dolor aunque no los quiera, me están esperando? Ésta es una hermosa joven, y está aquí donde nadie en el mundo lo sabe; si la puedo traer a hacer mi gusto no sé por qué no habría de hacerlo. ¿Quién va a saberlo? Nadie lo sabrá nunca, y el pecado tapado está medio perdonado. Un caso así no me sucederá tal vez nunca más. Pienso que es de sabios tomar el bien que Dios nos manda».

Y así diciendo, y habiendo del todo cambiado el propósito que allí le había llevado, acercándose más a la joven, suavemente comenzó a consolarla y a rogarle que no llorase; y de una palabra en otra yendo, llegó a manifestarle su deseo. La joven, que no era de hierro ni de diamante, con bastante facilidad se plegó a los gustos del abad: el cual, después de abrazarla y besarla muchas veces, subiéndose a la cama del monje, y en consideración tal vez del grave peso de su dignidad y la tierna edad de la joven, temiendo tal vez ofenderla con demasiada gravedad, no se puso sobre el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su pecho y por largo espacio se solazó con ella.

El monje, que había fingido irse al bosque, habiéndose ocultado en el dormitorio, como vio al abad solo entrar en su celda, casi por completo tranquilizado, juzgó que su estratagema debía surtir efecto; y, viéndole encerrarse dentro, lo tuvo por certísimo. Y saliendo de donde estaba, calladamente fue hasta un agujero por donde lo que el abad hizo o dijo lo oyó y lo vio. Pareciéndole al abad que se había demorado bastante con la jovencita, encerrándola en la celda, se volvió a su alcoba; y luego de algún tiempo, oyendo al monje y creyendo que volvía del bosque, pensó en reprenderlo duramente y hacerlo encarcelar para poseer él solo la ganada presa; y haciéndolo llamar, duramente y con mala cara le reprendió, y mandó que lo llevaran a la cárcel. El monje prestísimamente respondió:

-Señor, yo no he estado todavía tanto en la orden de San Benito que pueda haber aprendido todas sus reglas; y vos aún no me habíais mostrado que los monjes deben acordar tanta preeminencia a las mujeres como a los ayunos y las vigilias; pero ahora que me lo habéis mostrado, os prometo, si me perdonáis esta vez, no pecar más por esto y hacer siempre como os he visto a vos. El abad, que era hombre avisado, entendió prestamente que aquél no sólo sabía su hecho sino que lo había visto, por lo que, sintiendo remordimientos de su misma culpa, se avergonzó de hacerle al monje lo que él también había merecido; y perdonándole e imponiéndole silencio sobre lo que había visto, con toda discreción sacaron a la jovencita de allí, y aún debe creerse que más veces la hicieron volver.

NOVELA QUINTA[editar]

La marquesa de Monferrato con una invitación a comer gallinas y con unas discretas palabras reprime el loco amor del rey de Francia.

La historia contada por Dioneo hirió primero de alguna vergüenza el corazón de las damas que la escuchaban y dio de ello señal el honesto rubor que apareció en sus rostros; mas luego, mirándose unas a otras, pudiendo apenas contener la risa, la escucharon sonriendo. Y llegado el final, después de haberle reprendido con algunas dulces palabras, queriendo mostrar que historias semejantes no debían contarse delante de mujeres, la reina, vuelta hacia Fiameta (que junto a él estaba sentada en la hierba), le mandó que continuase el orden establecido, y ella galanamente y con alegre rostro, mirándola, comenzó: Tanto porque me complace que hayamos entrado a demostrar con las historias cuánta es la fuerza de las respuestas agudas y prontas, como porque tan gran cordura es en el hombre amar siempre a mujeres de linaje más alto que el suyo como es en las mujeres grandísima precaución saber guardarse de caer en el amor de un hombre de mayor posición que la suya, me ha venido al ánimo, hermosas señoras, mostraros, en la historia que me toca contar, cómo una noble dueña supo con palabras y obras guardarse de esto y evitar otras cosas.

Había el marqués de Monferrato, hombre de alto valor, gonfalonero de la Iglesia, pasado a ultramar en una expedición general hecha por los cristianos a mano armada ; y hablándose de su valor en la corte de Felipe el Tuerto , que se preparaba a ir desde Francia en aquella misma expedición, fue dicho por un caballero que no había bajo las estrellas otra pareja semejante a la del marqués y su mujer: porque cuanto destacaba en todas las virtudes el marqués entre los caballeros, tanto era la mujer entre las demás mujeres hermosísima y valerosa. Las cuales palabras entraron de tal modo en el ánimo del rey de Francia que, sin haberla visto nunca, comenzó a amarla ardientemente, y se propuso no hacerse a la mar, en la expedición en que iba, sino en Génova para que, yendo por tierra, pudiese tener un motivo razonable para ir a ver a la marquesa, pensando que, no estando el marqués, podría suceder que viniese a tener efecto su deseo. Y según lo había pensado mandó que fuese puesto en ejecución; por lo que, enviando delante a todos los hombres, él con poca compañía y de hombres nobles, se puso en camino, y acercándose a la tierra del marqués, mandó decir a la señora con anticipación de un día que a la mañana siguiente le esperase a almorzar. La señora, sabia y precavida, repuso alegremente que aquél era un favor superior a cualquier otro y que fuese bien venido.

Y enseguida se puso a pensar qué querría decir que un tal rey, no estando su marido, viniese a visitarla; y no la engañó en esto la sospecha de que la fama de su hermosura lo atrajese. Pero no menos como mujer de pro se dispuso a honrarlo, y haciendo llamar a todos los hombres buenos que allí habían quedado, dio con su consejo las órdenes oportunas para todos los preparativos: pero la comida y los manjares quiso prepararlos ella misma. Y sin demora hizo reunir cuantas gallinas había en la comarca, y tan sólo con ellas indicó a sus cocineros que preparasen varios platos para el convite real. Vino, pues, el rey el día dicho y fue recibido por la señora con gran fiesta y honor; y a él, más de lo que había imaginado por las palabras del caballero, al mirarla le pareció hermosa y valerosa y cortés, y se maravilló grandemente y mucho la estimó, encendiéndose tanto más en su deseo cuanto más sobrepasaba la señora la estima que él había tenido de ella. Y luego de algún reposo tomado en cámaras adornadísimas con todo lo que es necesario para recibir a tal rey, venida la hora del almuerzo, el rey y la marquesa se sentaron a una mesa, y los demás según su condición fueron en otras mesas honrados. Aquí, siendo el rey servido sucesivamente con muchos platos y vinos óptimos y preciosos, y además de ello mirando de vez en cuando con deleite a la hermosísima marquesa, gran placer tenía. Pero llegando un plato tras el otro, comenzó el rey a maravillarse un tanto advirtiendo que, por muy diversos que fueran los guisos, no lo eran tanto que no fuesen todos hechos de gallina. Y como supiese el rey que el lugar donde estaba era tal que debía haber abundancia de variados animales salvajes, y que con haberle avisado de su venida había dado a la señora espacio suficiente para poder mandar a cazarlos, como mucho de esto se maravillase, no quiso tomar ocasión de hacerla hablar de otra cosa sino de sus gallinas; y con alegre rostro se volvió hacia ella y le dijo:

-Dama, ¿nacen en este país solamente gallinas sin ningún gallo? La marquesa, que entendió óptimamente la pregunta, pareciéndole que según su deseo Nuestro Señor la había mandado momento oportuno para poder mostrar su intención, hacia el rey que le preguntaba resueltamente vuelta, repuso:

-No, monseñor; pero las mujeres, aunque en vestidos y en honores algo varíen de las otras, todas sin embargo son igual aquí que en cualquier parte.

El rey, oídas estas palabras, bien entendió la razón de la invitación a gallinas y la virtud que escondían aquellas palabras y comprendió que en vano se gastarían las palabras con tal mujer y que no era el caso de usar la fuerza; por lo que, así como imprudentemente se había encendido en su amor, así era sabio apagar por su honor el mal concebido fuego. Y sin bromear más, temeroso de sus respuestas, almorzó fuera de toda esperanza, y terminado el almuerzo, le pareció que con el pronto partir disimularía su deshonesta venida, y agradeciéndole por haberle honrado, encomendándolo ella a Dios, se fue a Génova.

NOVELA SEXTA[editar]

Un Hombre de talento confunde con una acertada frase la malvada hipocresía de los religiosos.

Emilia, que estaba sentada junto a Fiameta, habiendo sido ya alabado por todas el valor y la cortés reprensión hecha por la marquesa al rey de Francia, como agradó a su reina, comenzó a decir con animosa franqueza:

Yo tampoco callaré una lección que dio un buen hombre laico a un religioso avaro con una agudeza no menos divertida que digna de loa.

Hubo, pues, queridos jóvenes, no hace mucho tiempo, en nuestra ciudad, un fraile menor, inquisidor de la depravación herética que, por mucho que se ingeniase en parecer santo y tierno amante de la fe cristiana (como todos hacen), no era menos buen investigador de quien tenía la bolsa llena que de quien sintiera tibieza en la fe. Y llevado por su solicitud encontró por acaso un buen hombre, bastante más rico en dineros que en juicio, el cual no ya por falta de fe sino hablando simplemente, tal vez con el vino o por la alegría de la abundancia calentado, había llegado a decir un día a la compañía con quien estaba que tenía un vino tan bueno que de él bebería Cristo. Lo que, siéndole contado al inquisidor y entendiendo éste que sus haberes eran grandes y que tenía bien abultada la bolsa, cum gladiis et fustibus corrió impetuosísimamente a echarle encima una gravísima acusación, entendiendo no que de ella debiese resultar un alivio a la incredulidad del procesado sino una afluencia de florines a su mano, como sucedió. Y, haciéndolo llamar, le preguntó si era verdad lo que le había dicho contra él. El buen hombre contestó que sí, y le dijo el modo. A lo que el inquisidor santísimo y devoto de San Juán Barba de Oro dijo: -¿De modo que has hecho a Cristo bebedor y aficionado a los buenos vinos, como si fuese Cinciglione o algún otro de vosotros, bebedores borrachos y tabernarios, y ahora, hablando humildemente, ¿quieres hacer ver que es una cosa sin importancia? No es como te parece; has merecido el fuego por ello, si es que queremos comportarnos contigo como debemos. Y con éstas y con otras bastantes palabras, con rostro amenazador, como si aquél hubiese sido un epicúreo negando la eternidad del alma, le hablaba; y, en resumen, tanto lo asustó, que el buen hombre, por algunos intermediarios, le hizo con una buena cantidad de la grasa de San Juan Barba de Oro ungir las manos (lo que mucho mejora la enfermedad de la pestilente avaricia de los clérigos, y especialmente de los frailes menores que no osan tocar el dinero) para que se condujese con él misericordiosamente. La cual unción, aunque Galeno no habla de ella como muy eficaz en ninguna parte de sus libros, tanto le aprovechó, que el fuego que le amenazaba se permutó en una cruz: y como si hubiera de ir a la expedición de ultramar, para hacer una bella bandera, se la puso amarilla sobre lo negro. Y además de esto, recibidos ya los dineros, le retuvo junto a sí unos días más, poniéndole por penitencia que todas las mañanas oyese una misa en Santa Cruz y que a la hora de comer se presentase delante de él, y que lo restante del día podía hacer lo que más le gustase.

Y, haciendo el dicho hombre estas cosas diligentemente, sucedió que una de las mañanas oyó en misa un evangelio en el que se cantaban estas palabras: «Recibiréis ciento por uno y recibiréis la vida eterna», que retuvo firmemente en la memoria; y según la obligación impuesta, viniendo a la hora de comer ante el inquisidor, lo encontró almorzando. El inquisidor le preguntó si había oído misa aquella mañana y él, prontamente, le respondió:

-Sí, señor mío.

A lo que el inquisidor dijo:

-¿Has oído, en ella, alguna cosa de la que dudes o quieras preguntarme? -En verdad -repuso el buen hombre- de nada de lo que he oído dudo, y todo firmemente lo creo verdadero; y algo he oído que me ha hecho y me hace tener de vos y de los otros frailes grandísima compasión, pensando en el mal estado en que vais a estar allá en la otra vida. Dijo entonces el inquisidor:

-¿Y qué es lo que te ha movido a tener esta compasión de nosotros? El buen hombre respondió:

-Señor mío, fueron aquellas palabras del Evangelio que dicen: «Recibiréis el ciento por uno». A lo que el inquisidor dijo:

-Así es; pero ¿por qué te han conmovido estas palabras?

-Señor mío -dijo el buen hombre-, yo os lo diré. Desde que vengo aquí, he visto todos los días dar aquí afuera a muchos pobres a veces uno y otras dos calderos de sopa, que se os quita a vos y a los frailes de vuestro convento como superflua; por lo que si por cada uno os van a dar ciento en el más allá tanta tendréis que allí dentro todos vais a ahogaros.

Y como todos los que estaban sentados a la mesa del inquisidor se echaran a reír, el inquisidor, sintiendo que se transparentaba la hipocresía de sus sopicaldos, se enojó todo, y si no fuese porque ya se le reprochaba lo que le había hecho, otra acusación le habría echado encima por lo que con aquel chiste había reprobado a él y a sus holgazanes invitados; y, con ira, le ordenó que hiciese lo que más le gustara sin ponérsele más delante.

NOVELA SÉPTIMA[editar]

Bergamino, con una historia sobre Primasso y el abad de Cligny, reprende donosamente la rara avaricia en que cayó el señor Cane della Scala .


Movió la donosura de Emilia y su novela a la reina y a todos los demás a reír y encomiar la insólita amonestación hecha al cruzado, pero después de que las risas se apaciguaron y se tranquilizaron todos, Filostrato, a quien tocaba novelar, empezó a hablar de esta guisa: Buena cosa es, valerosas señoras, acertar en un blanco que nunca se mueve; pero raya en lo maravilloso cuando un arquero da súbitamente en alguna cosa no usada que aparece de pronto. La viciosa y sucia vida de los clérigos, en muchas cosas firme blanco de maldad, sin demasiada dificultad da que hablar, que amonestar y que reprender a quienquiera que desee hacerlo: y por ello, aunque bien hizo el hombre valiente que la hipócrita caridad de los frailes que dan a los pobres lo que convendría dar a los puercos o tirarlo, echó en cara al inquisidor, bastante más estimo que ha de alabarse aquel del cual debo hablar (llevándome a ello la precedente historia), quien al señor Cane della Scala, magnífico señor, de una súbita y desusada avaricia aparecida en él, reprendió con una ingeniosa historia, representando en otros lo que sobre él y sobre sí mismo quería decir; la cual es ésta:

Así como lo extiende su fama por todo el mundo, el señor Cane della Scala, a quien en hartas cosas fue favorable la fortuna, fue uno de los más notables y magníficos señores del emperador Federico II de los que se tuviese noticia en Italia. El cual, habiendo dispuesto hacer una notable y maravillosa fiesta en Verona, a la que muchas gentes y de diversas partes habían venido, y sobre todo hombres de corte de toda clase, de súbito, fuese cual fuese la razón, se retrajo de ello y recompensó con algo a los que habían venido y les dio licencia. Sólo uno llamado Bergamino , hablador agudo y florido más de lo que puede creer quien no lo ha oído, como no se le había dado nada ni se le había despedido, se quedó, esperando que no sin alguna utilidad futura para él se había hecho aquello. Pero se le había puesto en el pensamiento al señor Cane que cualquier cosa que diese a éste era peor que perderla o que arrojarla al fuego: y no por ello le decía o hacía decir cosa alguna. Bergamino, después de algunos días, viendo que no le llamaban ni le solicitaban para nada que fuese propio de su oficio, y además de ello que se estaba arruinando en el albergue con sus caballos y sus criados, empezó a desazonarse; pero sin embargo esperaba, no pareciéndole bien irse.

Y habiendo llevado consigo tres trajes buenos y ricos que le habían sido dados por otros señores, para comparecer honradamente en la fiesta, queriendo pagar a su huésped, primeramente le dio uno y luego, demorándose todavía mucho más, se vio en necesidad, si quería estar más con su huésped, de darle el segundo; y empezó a comer del tercero, dispuesto a quedarse a ver qué pasaba cuanto le durase aquél, e irse luego. Ahora, mientras comía del tercer traje sucedió que, estando almorzando el señor Cane , llegó un día ante él con aspecto muy entristecido; lo que al ver el señor Cane, más por escarnecerlo que por tomar deleite de algún dicho suyo, dijo:

-Bergamino, ¿qué te pasa? ¡Estás tan triste! Cuéntanos alguna cosa. Bergamino, entonces, sin pararse un punto a pensar, como si mucho tiempo pensado lo hubiera, súbitamente acomodándola a su caso, contó esta historia:

-Señor mío, debéis saber que Primasso fue un gran entendido en gramática, y fue, más que cualquier otro, grande e improvisado versificador; las cuales cosas le hicieron tan notable y tan famoso que, aunque en persona no fuese conocido en todas partes, por nombre y por fama no había casi nadie que no supiese quién era Primasso. Ahora bien, sucedió que encontrándose él una vez en París en pobre estado, como lo estaba la mayor parte del tiempo, porque su mérito poco era estimado por los que son poderosos, oyó hablar de un abad de Cligny, que se cree que sea el prelado más rico en riquezas propias que tenga la Iglesia de Dios, del papa para abajo; y oyó decir de él maravillosas y magníficas cosas de que siempre tenía reunida su corte y nunca había negado, a cualquiera que anduviese allá donde él estaba ni de comer ni de beber, si llegaba a pedirlo cuando el abad estaba comiendo. Lo que, oyendo Primasso, como hombre que se complacía en ver a los hombres y señores valiosos, deliberó ir a ver la magnificencia de este abad y preguntó cuán cerca de París vivía. A lo que le fue contestado que a unas seis millas en una de sus posesiones; adonde Primasso pensó poder llegar, poniéndose en camino de mañana a buena hora, a la hora de comer.

Haciéndose, pues, enseñar el camino, no encontrando a nadie que fuese allí, temió que por desgracia pudiera extraviarse e ir a parar en parte donde no encontraría de comer tan pronto; por lo que, por si ello ocurriera, para no padecer penuria de comida, pensó en llevar tres panes, considerando que agua, que le gustaba poco, encontraría de beber en cualquier parte. Y metiéndoselos en el seno, tomó el camino y tuvo tanta suerte que antes de la hora de comer llegó a donde estaba el abad. Y, entrado dentro, estuvo mirando por todas partes y vista la gran multitud de las mesas puestas y el gran aparato de la cocina y las demás cosas preparadas para almorzar, se dijo a sí mismo: «Verdaderamente éste es tan magnífico como se dice». Y estando a todas estas cosas atento, el senescal del abad, porque era hora de comer mandó que se diese agua a las manos; Y, dada el agua, sentó a todos a la mesa. Y sucedió por ventura que Primasso fue puesto precisamente enfrente de la puerta de la cámara por donde el abad debía salir para venir al comedor. Era costumbre en aquella corte que sobre las mesas ni vino, ni pan, ni nada de comer o de beber se ponía nunca si primero no había venido el abad a sentarse a la mesa. Habiendo, pues, el senescal puesto las mesas, hizo decir al abad que, cuando le pluguiese, la comida estaba presta. El abad hizo abrir la cámara para venir a la sala, y al venir miró hacia adelante, y por ventura el primer hombre en quien puso los ojos fue Primasso, que bastante pobre estaba de arreos y a quien él no conocía en persona; y al verlo, incontinenti le vino al ánimo un pensamiento mezquino y que nunca había tenido, y se dijo: «¡Mira a quién doy a comer lo mío!».

Y, volviéndose dentro, mandó que cerrasen la cámara y preguntó a los que estaban con él si alguno de ellos conocía a aquel bellaco que frente a la puerta de su cámara se sentaba a la mesa. Todos contestaron que no. Primasso, que tenía ganas de comer como quien había caminado y no estaba acostumbrado a ayunar, habiendo ya esperado un rato y viendo que el abad no venía, se sacó del seno uno de los tres panes que había llevado y empezó a comérselo. El abad, después que pasó algún tanto, mandó a uno de sus familiares que mirase si se había ido este Primasso. El familiar respondió: -No, mi señor, sino que come pan, lo que muestra que lo ha traído consigo. Dijo entonces el abad:

-Pues que coma de lo suyo, si tiene, que del nuestro no comerá hoy. Habría querido el abad que Primasso se hubiese ido por sí mismo, porque despedirlo no le parecía bien. Primasso, como se había comido un pan y el abad no venía, empezó a comer el segundo, lo que igualmente fue dicho al abad, que había mandado mirar si se había ido. Por último, no viniendo el abad, Primasso, comido el segundo, empezó a comer el tercero, lo que también dijeron al abad. El cual empezó a pensar y a decirse:

«Ah, ¿qué novedad es esta que me ha venido hoy al ánimo?, ¿qué avaricia?, ¿qué encono?, ¿y por causa de quién? Yo he dado de comer de lo mío, desde hace muchos años, a quien lo ha querido comer, sin mirar si gentilhombre o villano, pobre o rico, mercader o tendero, haya sido; y con mis ojos lo he visto despedazar a infinitos bellacos y nunca al ánimo me vino este pensamiento que por éste me ha venido hoy; no me debe de haber atacado tan firmemente la avaricia por un hombre de poco: algún gran personaje debe ser este que me parece bellaco, pues que así se me ha embotado el ánimo para honrarlo». Y, dicho así, quiso saber quién era: y vino a saber que era Primasso, que había venido aquí a ver lo que había oído de su magnificencia. Y como el abad le conocía por su fama hacía mucho tiempo como hombre sabio, se avergonzó y, deseoso de enmienda, de muchas maneras se ingenió en honrarlo. Y después de comer, como convenía al valor de Primasso, le hizo vestir noblemente, y dándole dineros y un palafrén, dejó a su arbitrio irse o quedarse; de lo que, contento Primasso, habiéndole dado las gracias mayores que pudo, a París, de donde había salido a pie, volvió a caballo. El señor Cane, que era buen entendedor, sin ninguna otra explicación entendió óptimamente lo que quería decir Bergamino, y sonriendo le dijo:

-Bergamino, asaz finamente has mostrado tus agravios, tu virtud y mi avaricia y lo que de mí deseas; y en verdad nunca sino ahora contigo he sido asaltado por la avaricia, pero la arrojaré de mí con aquel bastón que tú mismo has inventado.

Y haciendo pagar al huésped de Bergamino, le hizo restituir los tres trajes, y a él, vestido nobilísimamente con un rico traje suyo, dándole dineros y un palafrén, dejó por aquella vez en libertad de quedarse o de irse.

NOVELA OCTAVA[editar]

Don Guiglielmo Borsiere, con discretas palabras, reprende la avaricia del señor Herminio de los Grimaldi.

Se sentaba junto a Filostrato Laureta, la cual, después de que hubo oído alabar el ingenio de Bergamino y advirtiendo que le correspondía a ella contar alguna cosa, sin esperar ningún mandato, placenteramente empezó a hablar así.

La novela precedente, queridas compañeras, me induce a contar cómo un hombre bueno, también cortesano y no sin fruto, reprendió la codicia de un mercader riquísimo; y ésta, aunque se asemeje al argumento de la pasada, no deberá por eso seros menos gustosa, pensando que va a acabar bien. Hubo, pues, en Génova, ya hace mucho tiempo, un gentilhombre llamado señor Herminio de los Grimaldi que, según era estimado por todos, por sus grandísimas posesiones y dineros superaba con mucho la riqueza de cualquier otro ciudadano riquísimo de quien entonces se supiera en Italia; y tanto como superaba en riqueza a cualquier itálico que fuese, tanto en avaricia y miseria sobresalía sobre cualquier miserable y avaro que hubiese en el mundo : por lo que no solamente para honrar a otros tenía la bolsa cerrada, sino en las cosas necesarias a su propia persona, contra la costumbre general de los genoveses que acostumbran a vestir noblemente, mantenía él, por no gastar, privaciones grandísimas, y del mismo modo en el comer y el beber. Por lo que merecidamente su apellido de Grimaldi le había sido quitado y nadie le llamaba otra cosa que Herminio Avaricia. Sucedió que en este tiempo en que él, no gastando, multiplicaba lo suyo, llegó a Génova un valeroso hombre de corte , cortés y buen decidor, llamado Guiglielmo Borsiere , en nada semejante a los de hoy que, no sin gran vergüenza de las corruptas y vituperables costumbres de quienes quieren hoy ser llamados y reputados por nobles y por señores, parecen más bien asnos educados en la torpeza de toda la maldad de los hombres más viles que en las cortes. Y mientras en otros tiempos solía ser su ocupación y consagrarse su cuidado a concertar paces donde la guerra o las ofensas hubiesen nacido entre hombres nobles, o a concertar matrimonios, parentescos y amistad, y con palabras buenas y discretas recrear los ánimos de los fatigados y solazar las cortes, y con agrias reprensiones, como si fuesen padres, corregir los defectos de los malos, y todo esto por premios asaz ligeros; hoy en contar mal de unos a otros, en sembrar cizaña, en decir maldades e ignominias y, lo que es peor, en hacerlas en presencia de los hombres, en echarse en cara los males, las vergüenzas y las tristezas, verdaderas y no verdaderas, unos a otros, y con falsos halagos hacer volver los ánimos nobles a las cosas viles y malvadas, se ingenian en consumir su tiempo.

Y más es tenido en amor y más honrado y exaltado con premios altísimos por los señores miserables y descorteses aquel que más abominables palabras dice o acciones comete: gran vergüenza y digna de reprobación del mundo presente y prueba muy evidente de que las virtudes, volando de aquí abajo, nos han abandonado en las heces del vicio a los míseros vivientes. Pero, volviendo a lo que comenzado había, de lo que el justo enojo me ha apartado más de lo que pensaba, digo que el ya dicho Guiglielmo fue honrado y de buena gana recibido por todos los hombres nobles de Génova y que, habiéndose quedado algunos días en la ciudad y habiendo oído muchas cosas sobre la miseria y la avaricia del señor Herminio, lo quiso ver. El señor Herminio había ya oído que este Guiglielmo Borsiere era hombre honrado y habiendo aún en él, por avaro que fuese, alguna chispita de cortesía, con palabras asaz amistosas y con alegre gesto le recibió y entró con él en muchos y variados razonamientos, y conversando le llevó consigo, junto con otros genoveses que con él estaban, a una casa nueva suya que había mandado hacer muy hermosa; y después de habérsela mostrado toda, dijo: -Ah, señor Guiglielmo, vos que habéis visto y oído tantas cosas, ¿me sabríais mostrar alguna cosa que nunca haya sido vista, que yo pudiese mandar pintar en la sala de esta casa mía? A lo que Guiglielmo, oyendo su modo de hablar poco discreto, repuso: -Señor, algo que nunca se haya visto no creeréis que yo pueda mostraros, si no son estornudos y otras cosas semejantes; pero si os place, bien os enseñaré una cosa que vos no creo que hayáis visto nunca. El señor Herminio dijo:

-Ah, os lo ruego, decidme cuál es -no esperando que él iba a contestarle lo que le contestó. A lo que Guiglielmo entonces contestó prestamente:

-Mandad pintar la Cortesía.

Al oír el señor Herminio estas palabras se sintió invadido por una vergüenza tan grande que tuvo fuerza para hacerle cambiar el ánimo a todo lo contrario de lo que hasta aquel momento había sido, y dijo: -Señor Guiglielmo, la haré pintar de manera que nunca ni vos ni otro con razón podáis decirme que no la haya visto y conocido.

Y de entonces en adelante (con tal virtud fueron dichas las palabras de Guiglielmo) fue el más liberal y más generoso gentilhombre y el que honró a los forasteros y a los ciudadanos más que ningún otro que hubiera en Génova en su tiempo.

NOVELA NOVENA[editar]

El rey de Chipre , reprendido por una dama de Gascuña, de cobarde se transforma en valeroso.

Para Elisa quedaba el último mandato de la reina; y ella, sin esperarlo, festivamente comenzó: Jóvenes señoras, ha sucedido muchas veces que aquello que varias reprensiones y muchos castigos impuestos a alguno no han podido enseñarle, unas palabras (muchas veces dichas por acaso), no ex propósito, lo han logrado. Lo que bien aparece en la novela contada por Laureta, y yo, además, con otra muy breve entiendo demostraros porque, como sea que las cosas buenas siempre pueden servir de algo, deben seguirse con ánimo atento, sea quien sea quien las dice. Digo, pues, que en tiempos del primer rey de Chipre, después de la conquista de los Santos Lugares hecha por Godofredo de Bouillón , sucedió que una noble señora de Gascuña fue en peregrinación al Sepulcro, y volviendo de allí, llegada a Chipre, por algunos hombres criminales fue villanamente ultrajada; de lo que ella, doliéndose sin hallar consuelo, pensó ir a reclamar al rey; pero alguien le dijo que se cansaría en balde porque él era de una vida tan abúlica y tan apocada que, no es que no vengase con su justicia los ultrajes de otros, sino que soportaba infinitos a él hechos con vituperable vileza, mientras que quien sufría algún agravio lo desahogaba haciéndole alguna afrenta o vergüenza. Oyendo lo cual la dama, desesperando de la venganza, para tener algún consuelo en su dolor, se propuso reprender la miseria del dicho rey; y yéndose llorando ante él, dijo:

-Señor, no vengo a tu presencia porque espere venganza de la injuria que me ha sido hecha; sino que en satisfacción de ella te ruego que me enseñes cómo sufres las que entiendo te son hechas, para que, aprendiendo de ti, pueda soportar la mía pacientemente, la cual, sábelo Dios de buena gana te daría puesto que eres tan buen portador de ellas.

El rey, que hasta entonces había sido lento y perezoso, como si se despertase de un sueño, empezando por la injuria hecha a aquella señora, que vengó duramente, se hizo severísimo de allí en adelante persecutor de cualquiera que cometiese alguna cosa contra el honor de su corona.

NOVELA DÉCIMA[editar]

El maestro Alberto de Bolonia hace discretamente avergonzar a una señora que quería avergonzarle a él por estar enamorado de ella.


Quedaba, al callarse Elisa, el último trabajo del novelar a la reina, la cual, con femenina gracia empezando a hablar, dijo:

Nobles jóvenes, como en las claras noches son las estrellas adorno del cielo y en la primavera las flores de los verdes prados, así lo son las frases ingeniosas de las loables costumbres y las conversaciones placenteras; las cuales, porque son breves, convienen mucho más a las mujeres que a los hombres, porque más de las mujeres que de los hombres desdice el hablar mucho y largo (cuando pueda pasarse sin ello), a pesar de que hoy pocas o ninguna mujer puede que se entienda en agudezas o que, si las oyese, supiera contestarlas: y vergüenza general es para nosotras y para cuantas están vivas. Porque aquella virtud que estuvo en el ánimo de nuestras antepasadas, las modernas la han convertido en adornos del cuerpo, y la que se ve sobre las espaldas los paños más abigarrados y variegados y con más adornos, se cree que debe ser tenida en mucho más y mucho más que otras honrada, no pensando que si en lugar de sobre las espaldas sobre los lomos los llevase, un asno llevaría más que alguna de ellas: y no por ello habría que honrarle más que a un asno.

Me avergüenza decirlo porque no puedo nada decir de las demás que contra mí no diga: ésas tan aderezadas, tan pintadas, tan abigarradas, o como estatuas de mármol mudas e insensibles están o, así responden, si se les dirige la palabra, que mucho mejor fuera que se hubiesen callado; y nos hacen creer que de pureza de ánimo proceda el no saber conversar entre señoras y con los hombres corteses, y a su gazmoñería le han dado nombre de honestidad como si ninguna señora honesta hubiera sino aquella que con la camarera o con la lavandera o con su cocinera hable; porque si la naturaleza lo hubiera querido como ellas quieren hacerlo creer, de otra manera les hubiera limitado la charla. La verdad es que, como en las demás cosas, en ésta hay que mirar el tiempo y el modo y con quién se habla, porque a veces sucede que, creyendo alguna mujer o algún hombre con alguna frasécula aguda hacer sonrojar a otro, no habiendo bien medido sus fuerzas con las de quien sea, aquel rubor que sobre otro ha querido arrojar contra sí mismo lo ha sentido volverse.

Por lo cual, para que sepáis guardaros y para que no se os pueda aplicar a vosotras aquel proverbio que comúnmente se dice por todas partes de que las mujeres en todo cogen lo peor siempre, esta última novela de las de hoy, que me toca decir, quiero que os adiestre, para que así como en nobleza de ánimo estáis separadas de las demás, así también por la excelencia de las maneras separadas de las demás os mostréis. No han pasado todavía muchos años desde que en Bolonia hubo un grandísimo médico y de clara fama en todo el mundo, y tal vez vive todavía, cuyo nombre fue maestro Alberto ; el cual, siendo ya viejo de cerca de setenta años, tanta fue la nobleza de su espíritu que, habiéndosele ya del cuerpo partido casi todo el calor natural, no se rehusó a recibir las amorosas llamas habiendo visto en una fiesta a una bellísima señora viuda llamada, según dicen algunos, doña Malgherida de los Ghisolieri; y agradándole sobremanera, no de otro modo que un jovencillo las recibió en su maduro pecho, hasta tal punto que no le parecía bien descansar de noche si el día anterior no hubiese visto el hermoso y delicado rostro de la bella señora. Y por ello, empezó a frecuentar, a pie o a caballo según lo que más a mano le venía, la calle donde estaba la casa de esta señora.

Por lo cual, ella y muchas otras señoras se apercibieron de la razón de su pasar y muchas veces hicieron bromas entre ellas al ver a un hombre tan viejo, de años y de juicio, enamorado, como si creyeran que esta pasión tan placentera del amor solamente en los necios ánimos de los jóvenes y no en otra parte entrase y permaneciese. Por lo que, continuando el pasar del maestro Alberto, sucedió que un día de fiesta, estando esta señora con otras muchas señoras sentada delante de su puerta, y habiendo visto de lejos venir al maestro Alberto hacia ellas, todas con ella se propusieron recibirlo y honrarle y luego gastarle bromas por este su enamoramiento; y así lo hicieron.

Por lo que, levantándose todas e invitado él, le condujeron a un fresco patio donde mandaron traer finísimos vinos y dulces; y al final, con palabras ingeniosas y corteses le preguntaron cómo podía ser aquello de estar él enamorado de esta hermosa señora sabiendo que era amada de muchos hermosos, nobles y corteses jóvenes.

El maestro, sintiéndose gentilmente embromado, puso alegre gesto y respondió: -Señora, que yo ame no debe maravillar a ningún sabio, y especialmente a vos, porque os lo merecéis. Y aunque a los hombres viejos les haya quitado la naturaleza las fuerzas que se requieren para los ejercicios amorosos, no les ha quitado la buena voluntad ni el conocer lo que deba ser amado, sino que naturalmente lo conocen mejor porque tienen más conocimiento que los jóvenes. La esperanza que me mueve a amaros, yo viejo a vos amada de muchos jóvenes, es ésta: muchas veces he estado en sitios donde he visto a las mujeres merendando y comiendo altramuces y puerros; y aunque en los puerros nada es bueno, es menos malo y más agradable a la boca la cabeza, pero vosotras, generalmente guiadas por equivocado gusto, os quedáis con la cabeza en la mano y os coméis las hojas, que no sólo no valen nada sino que son de mal sabor. ¿Y qué sé yo, señora, si al elegir los amantes no hacéis lo mismo? Y si lo hicieseis, yo sería el que sería elegido por vos, y los otros despedidos.

La noble señora, juntamente con las otras, avergonzándose un tanto, dijo: -Maestro, asaz bien y cortésmente nos habéis reprendido de nuestra presuntuosa empresa; con todo, vuestro amor me es caro, como de hombre sabio y de pro debe serlo, y por ello, salvaguardando mi honestidad, como a cosa vuestra mandadme todos vuestros gustos con confianza. El maestro, levantándose con sus compañeros, agradeció a la señora y despidiéndose de ella riendo y con fiesta, se fue. Así, la señora, no mirando de quién se chanceaba, creyendo vencer fue vencida; de lo que vosotras, si sois prudentes, óptimamente os guardaréis.


Ya estaba el sol inclinado hacia el ocaso y disminuido en gran parte el calor, cuando las narraciones de las jóvenes y de los jóvenes llegaron a su fin; por lo cual, su reina placenteramente dijo: -Ahora ya, queridas compañeras, nada queda a mi gobierno durante la presente jornada sino daros una nueva reina que, en la venidera, según su juicio, su vida y la nuestra disponga para una honesta recreación, y mientras el día dure de aquí hasta la noche (porque quien no se toma algún tiempo por delante no parece que bien pueda prepararse para el porvenir) y para que aquello que la nueva reina delibere que sea oportuno para mañana pueda disponerse, a esta hora me parece que deben empezar las jornadas siguientes. Y por ello, en reverencia a Aquel por quien todas las cosas viven y es nuestro consuelo, en esta segunda jornada Filomena, joven discretísima, como reina guiará nuestro reino. Y dicho esto, poniéndose en pie y quitándose la guirnalda de laurel, con reverencia a ella se la puso, y ella primero y después todas las demás y semejantemente los jóvenes la saludaron como a reina, y a su señorío con complacencia se sometieron. Filomena, un tanto sonrojada de vergüenza, viéndose coronada en aquel reino y acordándose de las palabras poco antes dichas por Pampínea, para no parecer gazmoña, recobrada la osadía, primeramente confirmó los cargos dados por Pampínea y dispuso lo que para la mañana siguiente y para la futura cena debía hacerse y quedándose aquí donde estaban, empezó a hablar así.

-Carísimas compañeras , aunque Pampínea, por su cortesía más que por mi virtud, me haya hecho reina de todos vosotros, no me siento yo dispuesta a seguir solamente mi juicio sobre la forma de nuestro vivir, sino el vuestro junto con el mío, y para que lo que a mí me parece hacer sepáis, y por consiguiente añadir y disminuir podáis a vuestro gusto, con pocas palabras entiendo mostrároslo. Si hoy he reparado bien, los modos seguidos por Pampínea me parece que han sido todos igualmente loables y deleitosos; y por ello, hasta que, o por demasiada repetición o por otra razón, no nos causen tedio, no pienso cambiarlos. Habiendo ya, pues, comenzado las órdenes de lo que hayamos de hacer, levantándonos de aquí, nos iremos a pasear un rato, y cuando el sol esté poniéndose cenaremos con la fresca y, luego de algunas cancioncillas y otros entretenimientos, bien será que nos vayamos a dormir. Mañana, levantándonos con la fresca, semejantemente iremos a solazarnos a alguna parte como a cada uno le sea más agradable hacer, y como hoy hemos hecho, igual a la hora debida volveremos a comer; bailaremos, y cuando nos levantemos de la siesta, aquí donde hoy hemos estado volveremos a novelar, en lo que me parece haber grandísimo placer y utilidad a un tiempo. Y lo que Pampínea no ha podido hacer, por haber sido ya tarde elegida para el gobierno, quiero comenzar a hacerlo, es decir, a restringir dentro de algunos límites aquello sobre lo cual debamos novelar y decíroslo anticipadamente para que cada uno tenga tiempo de poder pensar en alguna buena historia sobre el asunto propuesto para poderla contar; el cual, si os place, sea esta vez que, puesto que desde el principio del mundo los hombres han sido empujados por la fortuna a casos diversos, y lo serán hasta el fin, todos debemos contar algo sobre ello: sobre alguien que, perseguido por diversas contrariedades, haya llegado contra toda esperanza a buen fin. Las mujeres y los hombres, todos por igual, alabaron esta orden y aprobaron que se siguiese; solamente Dioneo, todos los otros habiendo callado ya, dijo:

-Señora mía, como todos éstos han dicho, también digo yo que es sumamente placentera y encomiable la orden por vos dada; pero como gracia especial os pido un don, que quiero que me sea confirmado mientras nuestra compañía dure, y es éste: que yo no sea obligado por esta ley de tener que contar una historia según un asunto propuesto si no quiero, sino sobre aquello que más me guste contarlo. Y para que nadie piense que quiero esta gracia como hombre que no tenga a mano historias, desde ahora me contentaré con ser él último que la cuente.

La reina, que lo conocía como hombre divertido y festivo, comprendió justamente que no lo pedía sino por poder a la compañía alegrar con alguna historia divertida si estuviesen cansados de tanta narración, y con consentimiento de los demás, alegremente le concedió la gracia; y levantándose todos, hacia un arroyo de agua clarísima que de un montecillo descendía a un valle sombreado con muchos árboles, entre piedras lisas y verdes hierbecillas, con despacioso paso se fueron. Allí descalzos y metiendo los brazos desnudos en el agua, empezaron a divertirse entre ellos de varias maneras. Y al acercarse la hora de la cena volvieron hacia la villa y cenaron con gusto; después de la cena, hechos traer los instrumentos, mandó la reina que se iniciase una danza, y conduciéndola Laureta, que Emilia cantase una canción, acompañada por el laúd de Dioneo. Por cuya orden, Laureta, prestamente, comenzó una danza y la dirigió, cantando Emilia amorosamente la siguiente canción:

Tanto me satisface mi hermosura
que en otro amor jamás
ni pensaré ni buscaré ternura.
En ella veo siempre en el espejo
el bien que satisface el intelecto
y ni accidente nuevo o pensar viejo
el bien me quitará que me es dilecto
pues ¿qué otro amable objeto
podré mirar jamás
que dé a mi corazón nueva ternura?
No se escapa este bien cuando deseo,
por sentir un consuelo, contemplarlo,
pues mi placer secunda, y mi recreo
de tan suave manera, que expresarlo
no podría, ni podría experimentarlo
ningún mortal jamás
que no hubiese abrasado tal ternura.
Y yo, que a cada instante más me enciendo,
cuanto más en él fijo la mirada,
toda me doy a él, toda me ofrendo
gustando ya de su promesa amada;
y tanto gozo espero a mi llegada
junto a él, que jamás
ha sentido aquí nadie tal ternura.

Terminada esta balada, que todos habían coreado alegremente, aunque a muchos les hiciese cavilar su letra, luego de algunas carolas, habiendo pasado ya una partecilla de la breve noche, plugo a la reina dar fin a la primera jornada, y mandando encender las antorchas, ordenó que todos se fuesen a descansar hasta la mañana siguiente; por lo que, cada uno, volviéndose a su cámara, así hizo.

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