Decamerón: Jornada 2

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SEGUNDA JORNADA[editar]

INTRODUCCIÓN[editar]

Ya había el sol llevado a todas partes el nuevo día con su luz y los pájaros daban de ello testimonio a los oídos cantando placenteros versos sobre las verdes ramas, cuando todas las jóvenes y los tres jóvenes, habiéndose levantado, se entraron por los jardines y, hollando con lento paso las hierbas húmedas de rocío, haciéndose bellas guirnaldas acá y allá, recreándose durante largo rato estuvieron. Y tal como habían hecho el día anterior hicieron el presente: habiendo comido con la fresca, luego de haber bailado alguna danza se fueron a descansar y, levantándose de la siesta después de la hora de nona, como le plugo a su reina, venidos al fresco pradecillo, se sentaron en torno a ella. Y ella, que era hermosa y de muy amable aspecto, coronada con su guirnalda de laurel, después de estar callada un poco y de mirar a la cara a toda su compañía, mandó a Neifile que a las futuras historias diese, con una, principio; y ella, sin poner ninguna excusa, así, alegre, empezó a hablar

NOVELA PRIMERA[editar]

Martellino, fingiéndose tullido, simula curarse sobre la tumba de San Arrigo y, conocido su engaño, es apaleado; y después de ser apresado y estar en peligro de ser colgado, logra por fin escaparse.

Muchas veces sucede, carísimas señoras, que aquel que se ingenia en burlarse de otro, y máximamente de las cosas que deben reverenciarse, se ha encontrado sólo con las burlas y a veces con daño de sí mismo; por lo que, para obedecer el mandato de la reina y dar principio con una historia mía al asunto propuesto, entiendo contaros lo que, primero desdichadamente y después (fuera de toda su esperanza) muy felizmente, sucedió a un conciudadano nuestro.

Había, no hace todavía mucho tiempo, un tudesco en Treviso llamado Arrigo que, siendo hombre pobre, servía como porteador a sueldo a quien se lo solicitaba y, a pesar de ello, era tenido por todos como hombre de santísima y buena vida. Por lo cual, fuese verdad o no, sucedió al morir él, según afirman los trevisanos, que a la hora de su muerte, todas las campanas de la iglesia mayor de Treviso empezaron a sonar sin que nadie las tocase. Lo que, tenido por milagro, todos decían que este Arrigo era santo ; y corriendo toda la gente de la ciudad a la casa en que yacía su cuerpo, lo llevaron a guisa de cuerpo santo a la iglesia mayor, llevando allí cojos, tullidos y ciegos y demás impedidos de cualquiera enfermedad o defecto, como si todos debieran sanar al tocar aquel cuerpo. En tanto tumulto y movimiento de gente sucedió que a Treviso llegaron tres de nuestros conciudadanos, de los cuales uno se llamaba Stecchi, otro Martellino y el tercero Marchese , hombres que, yendo por las cortes de los señores, divertían a la concurrencia distorsionándose y remedando a cualquiera con muecas extrañas. Los cuales, no habiendo estado nunca allí, se maravillaron de ver correr a todos y, oído el motivo de aquello, sintieron deseos de ir a ver y, dejadas sus cosas en un albergue, dijo Marchese:

-Queremos ir a ver este santo, pero en cuanto a mí, no veo cómo podamos llegar hasta él, porque he oído que la plaza está llena de tudescos y de otra gente armada que el señor de esta tierra, para que no haya alboroto, hace estar allí, y además de esto, la iglesia, por lo que se dice, está tan llena de gente que nadie más puede entrar.

Martellino, entonces, que deseaba ver aquello, dijo:

-Que no se quede por eso, que de llegar hasta el cuerpo santo yo encontraré bien el modo. Dijo Marchese:

-¿Cómo?

Repuso Martellino:

-Te lo diré: yo me contorsionaré como un tullido y tú por un lado y Stecchi por el otro, como si no pudiese andar, me vendréis sosteniendo, haciendo como que me queréis llevar allí para que el santo me cure: no habrá nadie que, al vernos, no nos haga sitio y nos deje pasar. A Marchese y a Stecchi les gustó el truco y, sin tardanza, saliendo del albergue, llegados los tres a un lugar solitario, Martellino se retorció las manos de tal manera, los dedos y los brazos y las piernas, y además de ello la boca y los ojos y todo el rostro, que era cosa horrible de ver; no habría habido nadie que lo hubiese visto que no hubiese pensado que estaba paralítico y tullido. Y sujetado de esta manera, entre Marchese y Stecchi, se enderezaron hacia la iglesia, con aspecto lleno de piedad, pidiendo humildemente y por amor de Dios a todos los que estaban delante de ellos que les hiciesen sitio, lo que fácilmente obtenían; y en breve, respetados por todos y todo el mundo gritando: «¡Haced sitio, haced sitio!», llegaron allí donde estaba el cuerpo de San Arrigo y, por algunos gentileshombres que estaban a su alrededor, fue Martellino prestamente alzado y puesto sobre el cuerpo para que mediante aquello pudiera alcanzar la gracia de la salud.

Martellino, como toda la gente estaba mirando lo que pasaba con él, comenzó, como quien lo sabía hacer muy bien, a fingir que uno de sus dedos se estiraba, y luego la mano, y luego el brazo, y así todo entero llegar a estirarse. Lo que, viéndolo la gente, tan gran ruido en alabanza de San Arrigo hacían que un trueno no habría podido oírse. Había por acaso un florentino cerca que conocía muy bien a Martellino, pero que por estar así contorsionado cuando fue llevado allí no lo había reconocido. El cual, viéndolo enderezado, lo reconoció y súbitamente empezó a reírse y a decir: -¡Señor, haz que le duela! ¿Quién no hubiera creído al verlo venir que de verdad fuese un lisiado? Oyeron estas palabras unos trevisanos que, incontinenti, le preguntaron: -¡Cómo! ¿No era éste tullido?

A lo que el florentino repuso:

-¡No lo quiera Dios! Siempre ha sido tan derecho como nosotros, pero sabe mejor que nadie, como habéis podido ver, hacer estas burlas de contorsionarse en las posturas que quiere. Como hubieron oído esto, no necesitaron otra cosa: por la fuerza se abrieron paso y empezaron a gritar: -¡Coged preso a ese traidor que se burla de Dios y de los santos, que no siendo tullido ha venido aquí para escarnecer a nuestro santo y a nosotros haciéndose el tullido! Y, diciendo esto, le echaron las manos encima y lo hicieron bajar de donde estaba, y cogiéndole por los pelos y desgarrándole todos los vestidos empezaron a darle puñetazos y puntapiés, y no se consideraba hombre quien no corría a hacer lo mismo. Martellino gritaba: -¡Piedad, por Dios!

Y se defendía cuanto podía, pero no le servía de nada: las patadas que le daban se multiplicaban a cada momento. Viendo lo cual, Stecchi y Marchese empezaron a decirse que la cosa se ponía mal; y temiendo por sí mismos, no se atrevían a ayudarlo, gritando junto con los otros que le matasen, aunque pensando sin embargo cómo podrían arrancarlo de manos del pueblo. Que le hubiera matado con toda certeza si no hubiera habido un expediente que Marchese tomó súbitamente: que, estando allí fuera toda la guardia de la señoría, Marchese, lo antes que pudo se fue al que estaba en representación del corregidor y le dijo: -¡Piedad, por Dios! Hay aquí algún malvado que me ha quitado la bolsa con sus buenos cien florines de oro; os ruego que lo prendáis para que pueda recuperar lo mío. Súbitamente, al oír esto, una docena de soldados corrieron a donde el mísero Martellino era trasquilado sin tijeras y, abriéndose paso entre la muchedumbre con las mayores fatigas del mundo, todo apaleado y todo roto se lo quitaron de entre las manos y lo llevaron al palacio del corregidor, adonde, siguiéndole muchos que se sentían escarnecidos por él, y habiendo oído que había sido preso por descuidero, no pareciéndoles hallar más justo título para traerle desgracia, empezaron a decir todos que les había dado el tirón también a sus bolsas. Oyendo todo lo cual, el juez del corregidor, que era un hombre rudo, llevándoselo prestamente aparte le empezó a interrogar.

Pero Martellino contestaba bromeando, como si nada fuese aquella prisión; por lo que el juez, alterado, haciéndolo atar con la cuerda le hizo dar unos buenos saltos, con ánimo de hacerle confesar lo que decían para después ahorcarlo. Pero luego que se vio con los pies en el suelo, preguntándole el juez si era verdad lo que contra él decían, no valiéndole decir no, dijo: -Señor mío, estoy presto a confesaros la verdad, pero haced que cada uno de los que me acusan diga dónde y cuándo les he quitado la bolsa, y os diré lo que yo he hecho y lo que no. Dijo el juez:

-Que me place.

Y haciendo llamar a unos cuantos, uno decía que se la había quitado hace ocho días, el otro que seis, el otro que cuatro, y algunos decían que aquel mismo día. Oyendo lo cual, Martellino dijo: -Señor mío, todos estos mienten con toda su boca: y de que yo digo la verdad os puedo dar esta prueba, que nunca había estado en esta ciudad y que no estoy en ella sino desde hace poco; y al llegar, por mi desventura, fui a ver a este cuerpo santo, donde me han trasquilado todo cuanto veis; y que esto que digo es cierto os lo puede aclarar el oficial del señor que registró mi entrada, y su libro y también mi posadero. Por lo que, si halláis cierto lo que os digo, no queráis a ejemplo de esos hombres malvados destrozarme y matarme.

Mientras las cosas estaban en estos términos, Marchese y Stecchi, que habían oído que el juez del corregidor procedía contra él sañudamente, y que ya le había dado tortura, temieron mucho, diciéndose: -Mal nos hemos industriado; le hemos sacado de la sartén para echarlo en el fuego. Por lo que, moviéndose con toda presteza, buscando a su posadero, le contaron todo lo que les había sucedido; de lo que, riéndose éste, les llevó a ver a un Sandro Agolanti que vivía en Treviso y tenía gran influencia con el señor, y contándole todo por su orden, le rogó que con ellos interviniera en las hazañas de Martellino, y así se hizo. Y los que fueron a buscarlo le encontraron todavía en camisa delante del juez y todo desmayado y muy temeroso porque el juez no quería oír nada en su descargo, sino que, como por acaso tuviese algún odio contra los florentinos, estaba completamente dispuesto a hacerlo ahorcar y en ninguna guisa quería devolverlo al señor, hasta que fue obligado a hacerlo contra su voluntad. Y cuando estuvo ante él, y le hubo dicho todas las cosas por su orden, pidió que como suma gracia le dejase irse porque, hasta que en Florencia no estuviese, siempre le parecería tener la soga al cuello. El señor rió grandemente de semejante aventura y, dándoles un traje por hombre, sobrepasando la esperanza que los tres tenían de salir con bien de tal peligro, sanos y salvos se volvieron a su casa.

NOVELA SEGUNDA[editar]

Rinaldo de Asti, robado, va a parar a Castel Guiglielmo y es albergado por una señora viuda, y, desagraviado de sus males, sano y salvo vuelve a su casa.

De las desventuras de Martellino contadas por Neifile rieron las damas desmedidamente, y sobre todo entre los jóvenes Filostrato, a quien, como estaba sentado junto a Neifile, mandó la reina que la siguiese en el novelar; y sin esperar, comenzó:

Bellas señoras, me siento inclinado a contaros una historia sobre cosas católicas entremezcladas con calamidades y con amores, la cual será por ventura útil haberla oído, especialmente a quienes por los peligrosos caminos del amor son caminantes, de los cuales quien no haya rezado el padrenuestro de San Julián muchas veces, aunque tenga buena cama, se hospeda mal. Había, pues, en tiempos del marqués Azzo de Ferrara un mercader llamado Rinaldo de Asti que, por sus negocios, había ido a Bolonia; a los que habiendo provisto y volviendo a casa, le sucedió que, habiendo salido de Ferrara y caminando hacia Verona, se topó con unos que parecían mercaderes y eran unos malhechores y hombres de mala vida y condición y, discurriendo con ellos, siguió incautamente en su compañía.

Éstos, viéndole mercader y juzgando que debía llevar dineros, deliberaron entre sí que a la primera ocasión le robarían, y por ello, para que no sintiera ninguna sospecha, como hombres humildes y de buena condición, sólo de cosas honradas y de lealtad iban hablando con él, haciéndose todo lo que podían y sabían humildes y benignos a sus ojos, por lo que él reputaba por gran ventura haberlos encontrado ya que iba solo con su criado y su caballo. Y así caminando, de una cosa en otra, como suele pasar en las conversaciones, llegaron a discurrir sobre las oraciones que los hombres dirigen a Dios. Y uno de los malhechores, que eran tres, dijo a Rinaldo:

-Y vos, gentilhombre, ¿qué oración acostumbráis a rezar cuando vais de camino? A lo que Rinaldo repuso:

-En verdad yo soy hombre asaz ignorante y rústico, y pocas oraciones tengo a mano como que vivo a la antigua y cuento dos sueldos por veinticuatro dineros , pero no por ello he dejado de tener por costumbre al ir de camino rezar por la mañana, cuando salgo del albergue, un padrenuestro y un avemaría por el alma del padre y de la madre de San Julián, después de lo que pido a Dios y a él que la noche siguiente me deparen buen albergue. Y ya muchas veces me he visto, yendo de camino, en grandes peligros, y escapando a todos los cuales, he estado la noche siguiente en un buen lugar y bien albergado; por lo que tengo firme fe en que San Julián, en cuyo honor lo digo, me haya conseguido de Dios esta gracia; no me parece que podría andar bien el día, ni llegar bien la noche siguiente, si no lo hubiese rezado por la mañana.

A lo cual, el que le había preguntado dijo:

-Y hoy de mañana, ¿lo habéis dicho?

A lo que Rinaldo respondió:

-Ciertamente.

Entonces aquél, que ya sabía lo que iba a sucederle, dijo para si- «Falta te hará, porque, si no fallamos, vas a albergarte mal según me parece». Y luego le dijo:

-Yo también he viajado mucho y nunca lo he rezado, aunque lo haya oído a muchos recomendar, y nunca me ha sucedido que por ello dejase de albergarme bien; y esta noche por ventura podréis ver quién se albergará mejor, o vos que lo habéis dicho o yo que no lo he dicho. Bien es verdad que yo en su lugar digo el Dirupisti o la Intemerata o el De Profundis que son, según una abuela mía solía decirme, de grandísima virtud.

Y hablando así de varias cosas y continuando su camino, y esperando lugar y ocasión para su mal propósito, sucedió que, siendo ya tarde, del otro lado de Castel Guiglielmo, al vadear un río aquellos tres, viendo la hora tardía y el lugar solitario y oculto, lo asaltaron y lo robaron, y dejándolo a pie y en camisa, yéndose, le dijeron:

-Anda y mira a ver si tu San Julián te da esta noche buen albergue, que el nuestro bien nos lo dará. Y, vadeando el río, se fueron. El criado de Rinaldo, viendo que lo asaltaban, como vil, no hizo nada por ayudarle, sino que dando la vuelta al caballo sobre el que estaba, no se detuvo hasta estar en Castel Guiglielmo, y entrando allí, siendo ya tarde, sin ninguna dificultad encontró albergue. Rinaldo, que se había quedado en camisa y descalzo, siendo grande el frío y nevando todavía mucho, no sabiendo qué hacerse, viendo llegada ya la noche, temblando y castañeteándole los dientes, empezó a mirar alrededor en busca de algún refugio donde pudiese estar durante la noche sin morirse de frío; pero no viendo ninguno porque no hacía mucho que había habido guerra en aquella comarca y todo había ardido, empujado por el frío, se enderezó, trotando, hacia Castel Guiglielmo, no sabiendo sin embargo que su criado hubiese huido allí o a ningún otro sitio, y pensando que si pudiera entrar allí, algún socorro le mandaría Dios.

Pero la noche cerrada le cogió cerca de una milla alejado del burgo, por lo que llegó allí tan tarde que, estando las puertas cerradas y los puentes levantados, no pudo entrar dentro. Por lo cual, llorando doliente y desconsoladamente, miraba alrededor dónde podría ponerse que al menos no le nevase encima; y por azar vio una casa sobre las murallas del burgo algo saliente hacia afuera, bajo cuyo saledizo pensó quedarse hasta que fuese de día; y yéndose allí y habiendo encontrado una puerta bajo aquel saledizo, como estaba cerrada, reuniendo a su pie alguna paja que por allí cerca había, triste y doliente se quedó, muchas veces quejándose a San Julián, diciéndole que no era digno de la fe que había puesto en él. Pero San Julián, que le quería bien, sin mucha tardanza le deparó un buen albergue. Había en este burgo una señora viuda, bellísima de cuerpo como la que más, a quien el marqués Azzo amaba tanto como a su vida y aquí a su disposición la hacía estar. Y vivía la dicha señora en aquella casa bajo cuyo saledizo Rinaldo se habla ido a refugiar. Y el día anterior por acaso había el marqués venido aquí para yacer por la noche con ella, y en su casa misma secretamente había mandado prepararle un baño y suntuosamente una cena.

Y estando todo presto, y nada sino la llegada del marqués esperando ella, sucedió que un criado llegó a la puerta que traía nuevas al marqués por las cuales tuvo que ponerse en camino súbitamente; por lo cual, mandando decir a la señora que no lo esperase, se marchó prestamente. Con lo que la mujer, un tanto desconsolada, no sabiendo qué hacer, deliberó meterse en el baño preparado para el marqués y después cenar e irse a la cama; y así, se metió en el baño. Estaba este baño cerca de la puerta donde el pobre Rinaldo estaba acostado fuera de la ciudad; por lo que, estando la señora en el baño, sintió el llanto y la tiritona de Rinaldo, que parecía haberse convertido en cigüeña. Y llamando a su criada, le dijo: -Vete abajo y mira fuera de los muros al pie de esa puerta quién hay allí, y quién es y lo que hace. La criada fue y, ayudándola la claridad del aire, vio al que en camisa y descalzo estaba allí, como se ha dicho, y todo tiritando; por lo que le preguntó quién era. Y Rinaldo, temblando tanto que apenas podía articular palabra, quién fuese y cómo y por qué estaba allí, lo más breve que pudo le dijo y luego lastímeramente comenzó a rogarle que, si fuese posible, no lo dejase allí morirse de frío durante la noche. La criada, sintiéndose compadecida, volvió a la señora y todo le dijo; y ella, también sintiendo piedad, se acordó que tenía la llave de aquella puerta, que algunas veces servía a las ocultas entradas del marqués, y dijo:

-Ve y ábrele sin hacer ruido; aquí está esta cena que no habría quien la comiese, y para poderlo albergar hay de sobra.

La criada, habiendo alabado mucho la humanidad de la señora, fue y le abrió; y habiéndolo hecho entrar, viéndolo casi yerto, le dijo la señora:

-Pronto, buen hombre, entra en aquel baño, que todavía está caliente. Y él, sin esperar más invitaciones, lo hizo de buena gana, y todo reconfortado con aquel calor, de la muerte a la vida le pareció haber vuelto. La señora le hizo preparar ropas que habían sido de su marido, muerto poco tiempo antes, y cuando las hubo vestido parecían hechas a su medida; y esperando qué le mandaba la señora, empezó a dar gracias a Dios y a San Julián que de una noche tan mala como la que le esperaba le habían librado y a buen albergue, por lo que parecía, conducido. Después de esto, la señora, algo descansada, habiendo ordenado hacer un grandísimo fuego en la chimenea de uno de sus salones, se vino allí y preguntó qué era de aquel buen hombre. A lo que la criada respondió: -Señora mía, se ha vestido y es un buen mozo y parece persona de bien y de buenas maneras. -Ve, entonces -dijo la señora-, y llámalo, y dile que se venga aquí al fuego, y así cenará, que sé que no ha cenado.

Rinaldo, entrando en el salón y viendo a la señora y pareciéndole principal, la saludó reverentemente y las mayores gracias que supo le dio por el beneficio que le había hecho. La señora lo vio y lo escuchó, y pareciéndole lo que la criada le había dicho, lo recibió alegremente y con ella familiarmente le hizo sentarse al fuego y le preguntó sobre la desventura que le había conducido allí, y Rinaldo le narró todas las cosas por su orden. Había la señora, por la llegada del criado de Rinaldo al castillo, oído algo de ello por lo que enteramente creyó en lo que él le contaba, y también le dijo lo que de su criado sabía y cómo fácilmente podría encontrarlo a la mañana siguiente.

Pero luego que la mesa fue puesta como la señora quiso, Rinaldo con ella, lavadas las manos, se puso a cenar. Él era alto de estatura, y hermoso y agradable de rostro y de maneras asaz loables y graciosas, y joven de mediana edad; y la señora, habiéndole ya muchas veces puesto los ojos encima y apreciándolo mucho, y ya, por el marqués que con ella debía venir a acostarse teniendo el apetito concupiscente despierto en la mente, después de la cena, levantándose de la mesa, con su criada se aconsejó si le parecía bien que ella, puesto que el marqués la había burlado, usase de aquel bien que la fortuna le había enviado. La criada, conociendo el deseo de su señora, cuanto supo y pudo la animó a seguirlo; por lo que la señora, volviendo al fuego donde había dejado solo a Rinaldo, empezando a mirarlo amorosamente, le dijo: -¡Ah, Rinaldo!, ¿por qué estáis tan pensativo? ¿No creéis poder resarciros de un caballo y de unos cuantos paños que habéis perdido? Confortaos, poneos alegre, estáis en vuestra casa; y más quiero deciros: que, viéndoos con esas ropas encima, que fueron de mi difunto marido, pareciéndome vos él mismo, me han venido esta noche más de cien veces deseos de abrazaros y de besaros, y si no hubiera temido desagradaros por cierto que lo habría hecho.

Rinaldo, oyendo estas palabras y viendo el relampaguear de los ojos de la mujer, como quien no era un mentecato, se fue a su encuentro con los brazos abiertos y dijo: -Señora mía, pensando que por vos puedo siempre decir que estoy vivo, y mirando aquello de donde me sacasteis, gran vileza sería la mía si yo todo lo que pudiera seros agradable no me ingeniase en hacer; y así, contentad vuestro deseo de abrazarme y besarme, que yo os abrazaré y os besaré más que a gusto. Después de esto no necesitaron más palabras. La mujer, que ardía toda en amoroso deseo, prestamente se le echó en los brazos; y después que mil veces, estrechándolo deseosamente, le hubo besado y otras tantas fue besada por él, levantándose de allí se fueron a la alcoba y sin esperar, acostándose, plenamente y muchas veces, hasta que vino el día, sus deseos cumplieron. Pero luego que empezó a salir la aurora, como plugo a la señora, levantándose, para que aquello no pudiera ser sospechado por nadie, dándole algunas ropas asaz mezquinas y llenándole la bolsa de dineros, rogándole que todo aquello tuviese secreto, habiéndole enseñado primero qué camino debiese seguir para llegar dentro a buscar a su criado, por aquella portezuela por donde había entrado le hizo salir. Él, al aclararse el día, dando muestras de venir de más lejos, abiertas las puertas, entró en aquel burgo y encontró a su criado; por lo que, vistiéndose con ropas suyas que en el equipaje tenía, y pensando en montarse en el caballo del criado, casi por milagro divino sucedió que los tres malhechores que la noche anterior le habían robado, por otra maldad hecha después, apresados, fueron llevados a aquel castillo y, por su misma confesión, le fue restituido el caballo, los paños y los dineros y no perdió más que un par de ligas de las medías de las que no sabían los malhechores qué habían hecho. Por lo cual Rinaldo, dándole gracias a Dios y a San Julián, montó a caballo, y sano y salvo volvió a su casa; y a los tres malhechores, al día siguiente, los llevaron a agitar los pies en el aire.

NOVELA TERCERA[editar]

Tres jóvenes, malgastando sus bienes, se empobrecen; y un sobrino suyo, que al volver a casa desesperado tiene como compañero de camino a un abad, encuentra que éste es la hija del rey de Inglaterra, la cual le toma por marido y repara los descalabros de sus tíos restituyéndoles en su buen estado.

Fueron oídas con admiración las aventuras de Rinaldo de Asti por las señoras y los jóvenes y alabada su devoción, y dadas gracias a Dios y a San Julián que le habían prestado socorro en su mayor necesidad, y no fue por ello (aunque esto se dijese medio a escondidas) reputada por necia la señora que había sabido coger el bien que Dios le había mandado a casa. Y mientras que sobre la buena noche que aquél había pasado se razonaba entre sonrisas maliciosas, Pampínea, que se veía al lado de Filostrato, apercibiéndose, así como sucedió, que a ella le tocaba la vez, recogiéndose en sí misma, empezó a pensar en lo que debía contar; y luego del mandato de la reina, no menos atrevida que alegre empezó a hablar así: Valerosas señoras, cuanto más se habla de los hechos de la fortuna, tanto mas, a quien quiere bien mirar sus casos, queda por contar; y de ello nadie debe maravillarse si discretamente piensa que todas las cosas que nosotros neciamente nuestras llamamos están en sus manos y por consiguiente, por ella, según su oculto juicio, sin ninguna pausa, de uno en otro y de otro en uno sucesivamente sin ningún orden conocido por nosotros son cambiadas. Lo que, aunque con plena fidelidad, en todas las cosas y todo el día se muestre, y además haya sido antes mostrado en algunas historias, no dejaré (ya que place a nuestra reina que de ello se hable), tal vez no sin utilidad de los oyentes, de añadir a las contadas una historia más, que pienso que deberá agradaros.

Hubo en nuestra ciudad un caballero cuyo nombre era micer Tebaldo, el cual, según quieren algunos, fue de los Lamberti y otros afirman haber sido de los Agolanti, fundándose tal vez, más que en otra cosa, en el oficio que sus hijos después de él han hecho, conforme al que siempre los Agolanti han hecho y hacen . Pero dejando a un lado a cuál de las dos casas perteneciese, digo que fue éste en sus tiempos riquísimo caballero y tuvo tres hijos, el primero de los cuales tuvo por nombre Lamberto, el segundo Tebaldo y el tercero Agolante, ya hermosos y corteses jóvenes, aunque el mayor no llegase a dieciocho años, cuando este riquísimo micer Tebaldo vino a morir, y a ellos, como a sus herederos legítimos, todos sus bienes muebles e inmuebles dejó.

Los cuales, viéndose quedar riquísimos en campesinos y en posesiones, sin ningún otro gobierno sino su propio placer, sin ningún freno ni contención empezaron a gastar teniendo numerosísimos criados y muchos y buenos caballos y perros y aves y continuamente huéspedes, dando y justando y haciendo no solamente lo que a gentileshombres corresponde, sino también aquello que en su apetito juvenil les venía en gana hacer. Y no habían llevado mucho tiempo tal vida cuando el tesoro dejado por el padre disminuyó y no bastándoles para los comenzados gastos sus rentas, comenzaron a empeñar y a vender las posesiones; y hoy una, mañana otra vendiendo, apenas se dieron cuenta cuando se vieron venidos a la nada y se abrieron a la pobreza sus ojos, que la riqueza había tenido cerrados. Por lo cual Lamberto, llamando un día a los otros dos, les dijo cuán grande había sido la honorabilidad del padre y cuánta la suya, y cuánta su riqueza y cuál la pobreza a la que por su desordenado gastar habían venido; y lo mejor que supo, antes de que más aparente fuese su miseria, les animó a vender con él mismo lo poco que les quedaba y a irse; y así lo hicieron.

Y sin despedirse ni hacer ninguna pompa, salidos de Florencia, no se detuvieron hasta que estuvieron en Inglaterra, y allí, tomando una casita en Londres, haciendo pequeñísimos gastos, duramente comenzaron a prestar a usura; y tan favorable les fue la fortuna en este lugar que en pocos años una grandísima cantidad de dineros ganaron. Por lo cual, con ellos, sucesivamente uno u otro volviendo a Florencia, gran parte de sus posesiones volvieron a comprar y muchas otras compraron además de aquéllas, y tomaron mujer; y, para continuar prestando en Inglaterra, a atender sus negocios mandaron a un joven sobrino suyo que tenía por nombre Alessandro, y ellos tres en Florencia, habiendo olvidado a qué partido les había llevado el desmedido gasto otras veces, a pesar de que con familia todos habían venido, más que nunca excesivamente gastaban y tenían sumo crédito con todos los mercaderes y por cualquier cantidad grande de dinero.

Los cuales gastos unos cuantos años ayudó a sostener la moneda que les mandaba Alessandro, que se había puesto a prestar a barones sobre sus castillos y otras rentas suyas, los cuales con grandes rendimientos bien le respondían. Y mientras así los tres hermanos abundantemente gastaban y cuando les faltaba dinero lo tomaban en préstamo, teniendo siempre su esperanza en Inglaterra, sucedió que, contra la opinión de todos, comenzó en Inglaterra una guerra entre el rey y un hijo suyo por la cual se dividió toda la isla , y quién apoyaba a uno y quién al otro: por la cual cosa fueron todos los castillos de los barones quitados a Alessandro y no había ninguna otra renta que de algo le respondiese. Y esperándose que cualquier día entre el hijo y el padre debía hacerse la paz y por consiguiente todas las cosas restituidas a Alessandro, rendimientos y capital, Alessandro de la isla no se iba, y los tres hermanos, que en Florencia estaban, en nada sus gastos grandísimos limitaban, tomando prestado más cada día. Pero luego de que en muchos años ningún efecto se vio seguir a la esperanza tenida, los tres hermanos no sólo el crédito perdieron sino que, queriendo aquellos a quienes debían ser pagados, fueron súbitamente presos; y no bastando sus posesiones para pagar, por lo que faltaba quedaron en prisión, y de sus mujeres y los hijos pequeños quién se fue al campo y quién aquí y quién allá con bastante pobres avíos, no sabiendo ya qué debiesen esperar sino mísera vida siempre.

Alessandro, que en Inglaterra la paz muchos años esperado había, viendo que no llegaba y pareciéndole que se quedaba allí no menos con peligro de su vida que en vano, habiendo deliberado volver a Italia solo, se puso en camino. Y por acaso, al salir de Brujas, vio que salía igualmente un abad blanco acompañado de muchos monjes y con muchos criados y precedido de gran equipaje; junto al cual venían dos caballeros viejos y parientes del rey, a los cuales; como a conocidos, acercándose Alessandro, por ellos en su compañía fue de buena gana recibido. Caminando, pues, Alessandro con ellos, graciosamente les preguntó quiénes fuesen los monjes que con tanto séquito cabalgaban delante y a dónde iban. A lo que uno de los caballeros repuso:

-Este que cabalga delante es un joven pariente nuestro, recientemente elegido abad de una de las mayores abadías de Inglaterra; y porque es más joven de lo que las leyes mandan para tal dignidad, vamos nosotros con él a Roma a impetrar del santo padre que, a pesar de su tierna edad, lo dispense y luego en la dignidad lo confirme: porque esto no se puede tratar con nadie más. Caminando, pues, el novel abad ora delante de sus criados ora junto a ellos, así como vemos que hacen todos los días por los caminos los señores, le sucedió ver a Alessandro junto a él al caminar, el cual era asaz joven, en la persona y en el rostro hermosísimo y, cuanto cualquiera podía serlo, cortés y agradable y de buenas maneras; el cual maravillosamente le gustó a primera vista más que nada le había gustado nunca, y llamándolo junto a sí, con él empezó a conversar placenteramente y a preguntarle quién era, de dónde venía y adónde iba. A lo cual Alessandro todo sobre su condición francamente dijo y satisfizo sus preguntas, y él mismo a su servicio, aunque poco pudiese, se ofreció. El abad, oyendo su conversar bello y ordenado y más detalladamente considerando sus maneras, y pensando para sí que a pesar de que su oficio había sido servil, era gentilhombre, más en su agrado se encendió; y ya lleno de compasión por sus desgracias, asaz familiarmente le confortó y le dijo que tuviera buena esperanza porque, si hombre de pro era, aún Dios le repondría en donde la fortuna le había arrojado y aún más arriba; y le rogó que, puesto que hacia Toscana iba, quisiera quedarse en su compañía, como fuese que él también allí iba. Alessandro le dio gracias por el consuelo y le dijo que estaba pronto a todos sus mandatos. Caminando, pues, el abad, en cuyo pecho se revolvían extrañas cosas sobre el visto Alessandro, sucedió que después de algunos días llegaron a una villa que no estaba demasiado ricamente provista de albergues, y queriendo allí albergar al abad, Alessandro en casa de un posadero que le era muy conocido le hizo desmontar y le hizo preparar una alcoba en el lugar menos incómodo de la casa. Y, convertido ya casi en mayordomo del abad, como quien estaba muy avezado a ello, como mejor pudo alojando por la villa a todo el séquito, quién aquí y quién allí, habiendo ya cenado el abad y ya siendo noche cerrada, y todos los hombres idos a dormir, Alessandro preguntó al posadero dónde podría dormir él. A lo que el posadero le respondió: -En verdad que no lo sé; ves que todo está lleno, y puedes ver a mis criados dormir en los bancos, pero en la alcoba del abad hay unos arcones a los que te puedo llevar y poner encima algún colchón y allí, si te parece bien, como mejor puedas acuéstate esta noche.

A lo que Alessandro dijo:

-¿Cómo voy a ir a la alcoba del abad, que sabes que es pequeña y por su estrechez no ha podido acostarse allí ninguno de sus monjes? Si yo me hubiera dado cuenta de ello cuando se corrieron las cortinas habría hecho dormir sobre los arcones a sus monjes y yo me habría quedado donde los monjes duermen. A lo que el posadero dijo:

-Pero así está el asunto, y puedes, si quieres, estar allí lo mejor del mundo; el abad duerme y las cortinas están corridas, yo te traeré sin hacer ruido una manta, ve a dormir. Alessandro viendo que esto podía hacerse sin ninguna molestia para el abad, dio su acuerdo, y lo más calladamente que pudo se acomodó allí. El abad, que no dormía, sino que pensaba vehementemente en sus extraños deseos, oía lo que el posadero y Alessandro hablaban, y también había oído dónde se había acostado Alessandro; por lo que entre sí, muy contento, empezó a decir: -Dios ha mandado ocasión a mis deseos; si no la aprovecho, por acaso no volverá en mucho tiempo. Y decidiéndose del todo a aprovecharla, pareciéndole todo reposado en el albergue, con baja voz llamó a Alessandro y le dijo que se acostase junto a él; el cual, luego de muchas negativas, desnudándose se acostó allí. El abad, poniéndole la mano en el pecho le empezó a tocar no de otra manera que suelen hacer las deseosas jóvenes a sus amantes; de lo que Alessandro se maravilló mucho, y dudó si el abad, impulsado por deshonesto amor, se movía a tocarlo de aquella manera. La cual duda, o por presumirla o por algún gesto que Alessandro hiciese, súbitamente conoció el abad, y sonrió: y prontamente quitándose una camisa que llevaba encima tomó la mano de Alessandro y se la puso sobre el pecho diciéndole: -Alessandro, arroja fuera tus pensamientos necios, y buscando aquí, conoce lo que escondo. Alessandro, puesta la mano sobre el pecho del abad, encontró dos teticas redondas y firmes y delicadas, no de otro modo que si hubieran sido de marfil; encontradas las cuales y conocido en seguida que éste era mujer, sin esperar otra invitación, abrazándola prontamente la quería besar, cuando ella le dijo: -Antes de que te acerques, escucha lo que quiero decirte. Como puedes conocer, soy mujer y no hombre; y, doncella, me partí de mi casa y al papa iba a que me diera marido: o por tu ventura o por mi desdicha, al verte el otro día, así me hizo arder por ti Amor como mujer no hubo nunca que tanto amase a un hombre; y por ello he deliberado quererte por marido antes que a ningún otro. Si no me quieres por mujer, salte de aquí en seguida y vuelve a tu sitio.

Alessandro, aunque no la conocía, considerando la compañía que llevaba, estimó que debía ser noble y rica, y hermosísima la veía; por lo que, sin demasiado largo pensamiento, repuso que, si le placía aquello, a él mucho le agradaba. Ella entonces, levantándose y sentándose sobre la cama, delante de una tablilla donde estaba la efigie de Nuestro Señor, poniéndole en la mano un anillo, se hizo desposar por él y después, abrazados juntos, con gran placer de cada una de las partes, cuanto quedaba de aquella noche se solazaron.

Y conviniendo entre ellos el modo y la manera para los hechos futuros, al venir el día, Alessandro por el mismo lugar de la alcoba saliendo que había entrado, sin saber ninguno dónde hubiese dormido durante la noche, alegre sobremanera, con el abad y con su compañía se puso en camino, y luego de muchas jornadas llegaron a Roma. Y allí, después de que algunos días se hubieron quedado, el abad con los dos caballeros y con Alessandro, sin nadie más, entraron a ver al papa; y hecha la debida reverencia, así comenzó a hablar el abad:

-Santo padre, así como vos mejor que nadie debéis saber, todos los que iban y honestamente quieren vivir deben, en cuanto pueden, huir toda ocasión que a obrar de otro modo pudiese conducirles; lo cual para que yo, que honestamente vivir deseo, pudiese hacer cumplidamente, en el hábito en que me veis escapada secretamente con grandísima parte de los tesoros del rey de Inglaterra, mi padre, el cual al rey de Escocia, señor viejísimo, siendo yo joven como me veis, me quería dar por mujer, para venir aquí, a fin de que vuestra santidad me diese marido, me puse en camino. Y no me hizo tanto huir la vejez del rey de Escocia cuanto el temor de hacer, por la fragilidad de mi juventud, si con él fuese casada, algo que fuese contra las divinas leyes y contra el honor de la sangre real de mi padre. Y así dispuesta viniendo, Dios, el cual sólo óptimamente conoce lo que cada uno ha menester, creo que por su misericordia, a aquel a quien a Él placía que fuese mi marido me puso delante de los ojos: y aquél fue este joven -y mostró a Alessandro que vos veis junto a mí, cuyas costumbres y mérito son dignos de cualquier gran señora, aunque quizá la nobleza de su sangre no sea tan clara como es la real. A él, pues, he tomado y a él quiero, y no tendré nunca a nadie más, parézcale lo que le parezca de ello a mi padre o a los demás, por lo que la principal razón que me movió ha desaparecido; pero me complació completar el camino, tanto por visitar los santos lugares y dignos de reverencia, de los cuales está llena esta ciudad, como a vuestra santidad, y también para que por vos el matrimonio contraído entre Alessandro y yo solamente en la presencia de Dios, hiciera yo público ante la vuestra y consiguientemente ante la presencia de los demás hombres. Por lo que humildemente os ruego que aquello que a Dios y a mí ha placido os sea grato y que me deis vuestra bendición, para que con ella, como con mayor certidumbre del placer de Aquel del cual sois vicario, podamos juntos, a honor de Dios y vuestro, vivir y finalmente morir.

Maravillóse Alessandro oyendo que su mujer era hija del rey de Inglaterra, y se llenó de extraordinaria alegría oculta; pero más se maravillaron los dos caballeros y tanto se enojaron que si en otra parte y no delante del papa hubieran estado, habrían a Alessandro y tal vez a la mujer hecho alguna villanía. Por otra parte, el papa se maravilló mucho tanto del hábito de la mujer como de su elección; pero sabiendo que no se podía dar vuelta atrás, quiso satisfacer su ruego y primeramente consolando a los caballeros, a quienes sabía airados, y poniéndolos en buena paz con la señora y con Alessandro, dio órdenes para hacer lo que hubiera menester. Y el día fijado por él siendo llegado, ante todos los cardenales y otros muchos grandes hombres de pro, los cuales invitados a una grandísima fiesta preparada por él habían venido, hizo venir a la señora regiamente vestida, la cual tan hermosa y atrayente parecía que merecidamente era por todos alabada, y del mismo modo Alessandro espléndidamente vestido, en apariencia y en modales nada parecía un joven que a usura hubiese prestado sino más bien de sangre real, y por los dos caballeros muy honrado; y aquí de nuevo hizo celebrar solemnemente los esponsales, y luego, hechas bien y magníficamente las bodas, con su bendición los despidió. Plugo a Alessandro, y también a la señora, al partir de Roma venir a Florencia donde ya había llegado la fama de la noticia; y allí, recibidos por los ciudadanos con sumo honor, hizo la señora liberar a los tres hermanos, habiendo hecho primero pagar a todo el mundo y devolverles sus posesiones a ellos y sus mujeres. Por lo cual, con buenos deseos de todos, Alessandro con su mujer, llevándose consigo a Agolante, se fue de Florencia y llegados a París, honorablemente fueron recibidos por el rey. De allí se fueron los dos caballeros a Inglaterra, y tanto se afanaron con el rey que les devolvió su gracia y con grandísima fiesta recibió a ella y a su yerno; al cual poco después hizo caballero y le dio el condado de Cornualles. Y él fue tan capaz, y tanto supo hacer que reconcilió al hijo con el padre, de lo que se siguió gran bien a la isla y se ganó el amor y la gracia de todos los del país y Agolante recobró todo lo que le debían enteramente, y rico sobremanera se volvió a Florencia, habiéndolo primero armado caballero el conde Alessandro. El conde, luego, con su mujer gloriosamente vivió, y según lo que algunos dicen, con su juicio y valor y la ayuda del suegro conquistó luego Escocia de la que fue coronado rey.

NOVELA CUARTA[editar]

Landolfo Rúfolo, empobrecido, se hace corsario y, preso por los genoveses, naufraga y se salva sobre una arqueta llena de joyas preciosísimas, y recogido en Corfú por una mujer, rico vuelve a su casa.

Laureta estaba sentada junto a Pampínea; y viéndola llegar al triunfal final de su historia, sin esperar otra cosa empezó a hablar de esta guisa:

Graciosísimas damas, ninguna obra de la fortuna, según mi juicio, puede verse mayor que ver a alguien desde la extrema miseria al estado real elevarse, como la historia de Pampínea nos ha mostrado que sucedió a su Alessandro. Y por ello, a cualquiera que sobre la propuesta materia de aquí en adelante novelare, le será necesario contar algo más acá de estos límites y no me avergonzaré yo de contar una historia que, aunque contenga mayores miserias, no tenga tan espléndido desenlace. Bien sé que, teniendo aquélla presente, será la mía escuchada con menor diligencia; pero como no puedo hacer de otro modo, seré disculpada por ello.

Se cree que el litoral desde Reggio a Caeta es la parte más deleitosa de Italia; en la cual, junto a Salerno hay un acantilado que avanza sobre el mar al que los habitantes llaman la costa de Amalfi, llena de pequeñas ciudades, de jardines y de fuentes, y de hombres ricos y emprendedores en empresas mercantiles tanto como ningunos otros. Entre las cuales ciudadecillas hay una llamada Ravello en la que, si hoy hay hombres ricos, había hace tiempo uno que fue riquísimo, llamado Landolfo Rúfolo; al cual, no bastándole su riqueza, deseando duplicarla, estuvo a punto de perderse con toda ella a sí mismo. Este, pues, así como suele ser el uso de los mercaderes, hechos sus cálculos, compró un grandísimo barco y con sus dineros lo cargó todo de varias mercancías y anduvo con él a Chipre.

Allí, con aquella misma calidad de mercancías que él había llevado, encontró que habían llegado otros barcos; por la cual razón no solamente tuvo que vender a bajo precio aquello que llevado había, sino que, para colocar sus cosas, tuvo casi que tirar algunas; con lo que cerca estuvo de arruinarse. Y sintiendo por ello grandísima pesadumbre, no sabiendo qué hacerse y viéndose de hombre riquísimo en breve tiempo convertido en casi pobre, decidió o morir o robando resarcirse de sus males, para que allí de donde rico había partido no fuese a volver pobre.

Y encontrando un comprador de su gran barco, con aquellos dineros y con los otros que le había valido su mercancía, compró un barquito ligero para piratear, y con todas las cosas necesarias a tal servicio lo armó y lo guarneció óptimamente, y se dio a apropiarse las cosas de los demás, y máximamente de los turcos. En cuya tarea le fue la fortuna mucho más benévola que le había sido en comerciar. Quizás en un solo año robó y prendió tantos barcos de turcos que se encontró con que no sólo había vuelto a ganar lo suyo que había perdido en el comercio, sino que con mucho lo había duplicado. Por lo cual, enseñado por el dolor de la primera pérdida, conociendo que tenía bastante, para no caer en la segunda, se aconsejó a sí mismo que aquello que tenía, sin querer más, debía bastarle, y por ello se dispuso a volver con ello a su casa: y temeroso del comercio no se molestó en invertir de otra manera sus dineros sino que en aquel barquito con el cual los había ganado, haciendo los remos a la mar, emprendió el regreso.

Y ya al Archipiélago llegado, levantóse por la noche un siroco que no solamente era contrario a su ruta sino que hacía una mar gruesísima y su pequeño barco no hubiera podido soportarlo, y en un entrante del mar que tenía una islita, de aquel viento al cubierto se recogió, proponiéndose allí esperarlo mejor.

En la cual caleta, estando poco rato, dos grandes cocas de genoveses que venían de Constantinopla, para huir de lo mismo que Landolfo huido había, llegaron con trabajo; y sus gentes, visto el barquichuelo y cortándole el camino para poder irse, oyendo de quién era y ya por la fama sabiéndole riquísimo, como hombres que eran naturalmente deseosos de pecunia y rapaces, a tomarlo se dispusieron. Y, haciendo bajar a tierra parte de sus gentes, con ballestas y bien armadas, las hicieron ir a lugar tal que del barquichuelo ninguna persona, si no quería ser asaeteada, podía descender; y ellos haciéndose remolcar por las chalupas y ayudados por el mar, se acostaron al pequeño barco de Landolfo, y con poco trabajo en poco tiempo, con toda su chusma y sin perder un solo hombre, se apoderaron de él a mansalva; y haciendo venir a Landolfo sobre una de las dos cocas y cogiendo todo lo que había en el barquichuelo, lo hundieron, apresándole a él, cubierto sólo de un pobre justillo. Al día siguiente, habiendo mudado el viento, las naves viniendo hacia Poniente, izaron las velas, y todo aquel día prósperamente vinieron su camino; pero al caer la tarde se levantó un viento tempestuoso, que haciendo las olas altísimas separó a una coca de la otra. Y por la fuerza de este viento sucedió que aquella en que iba el mísero y pobre Landolfo, con grandísimo ímpetu cerca de la isla de Cefalonia chocó contra un arrecife y no de otra manera que un vidrio golpeado contra un muro se abrió toda y se hizo pedazos; por lo que los desdichados miserables que en ella estaban, estando ya el mar todo lleno de mercancías que flotaban y de cajones y de tablas, como en casos semejantes suele suceder, aun cuando oscurísima la noche estuviese y el mar gruesísimo e hinchado, nadando quienes sabían nadar, empezaron a asirse a las cosas que por azar se les paraban delante.

Entre los cuales el mísero Landolfo, aun cuando el día anterior había llamado a la muerte muchas veces, prefiriendo quererla mejor que retornar a casa pobre como se veía, al verla cerca tuvo miedo de ella; y como los demás, al venirle a las manos una tabla se asió a ella, por si Dios, retardando él el ahogarse, le mandase alguna ayuda en su salvación: y a caballo de aquélla como mejor podía, viéndose arrastrado por el mar y el viento ora acá ora allá se sostuvo hasta el clarear del día. Venido el cual, mirando en torno, ninguna cosa sino nubes y mar veía y un cofre que, flotando sobre las olas del mar, a veces con grandísimo temor suyo se le acercaba: temiendo que aquel cofre le golpease de modo que lo ahogara, y siempre que junto a él venía, cuanto podía, con la mano, aunque pocas fuerzas le quedaran, lo alejaba. Pero como quiera que fuesen las cosas sucedió que, desencadenándose de súbito en el aire un nudo de viento y habiendo penetrado en el mar, en aquel cofre un golpe tan fuerte dio, y el cofre en la tabla sobre la que Landolfo estaba, que, volcada por la fuerza, soltándola Landolfo fue bajo las olas y volvió arriba nadando, más por el miedo que por las fuerzas ayudado, y vio muy alejada de él la tabla; por lo que, temiendo no poder llegar a ella, se acercó al cofre, que estaba bastante cerca, y puesto el pecho sobre su tapa, como mejor podía con los brazos la conducía derecha. Y de esta manera, arrojado por el mar ora aquí ora allí, sin comer, como quien no tiene qué, y bebiendo más de lo que habría querido, sin saber dónde estuviese ni ver otra cosa que olas, permaneció todo aquel día y noche siguiente. Y al día siguiente, o por placer de Dios o porque la fuerza del viento así lo hiciera, éste, convertido en una esponja, agarrándose fuerte con ambas manos a los bordillos del cofre a guisa de lo que vemos hacer a quienes están por ahogarse cuando cogen alguna cosa, llegó a la playa de la isla de Corfú, donde una pobre mujercita lavaba y pulía por acaso sus cacharros con la arena y el agua salada. La cual, al verle avecinarse, no distinguiendo en él forma alguna, temiendo y gritando retrocedió. Él no podía hablar y poco veía, y por ello nada le dijo; pero mandándolo hacia la tierra el mar, ella apercibió la forma del cofre, y mirando después más fijamente y viendo distinguió primeramente los mismos brazos sobre el cofre, y luego reconoció la cara y ser lo que era se imaginó. Por lo que, a compasión movida, adentróse un tanto por el mar que estaba ya tranquilo y, agarrándolo por los cabellos, con todo el cofre lo arrastró a tierra, y allí con trabajo las manos del cofre desenganchándole, y puesto éste al cuidado de una hija suya que con ella estaba, lo llevó a tierra como a un niño pequeño y, poniéndolo en un baño caliente, tanto lo refregó y lavó con el agua caliente, que volvió a él el perdido calor y algunas de las fuerzas desaparecidas; y cuando le pareció oportuno le atendió y con algo de buen vino y de confituras le reconfortó, y algunos días lo tuvo lo mejor que pudo hasta que él, recuperadas las fuerzas, se dio cuenta de dónde estaba.

Por lo que a la buena mujer le pareció deber devolverle su cofre, que ella había salvado, y decirle que en adelante se buscase su ventura; y así lo hizo. Él, que de ningún cofre se acordaba, lo cogió sin embargo, visto que se lo daba la buena mujer, pensando que no debía valer tan poco que no le sirviese para los gastos de algún día; y al encontrarlo muy ligero, asaz menguó su esperanza. Pero no por ello, no estando en casa la buena mujer, dejó de desclavarlo para ver lo que habla dentro, y encontró en el muchas piedras preciosas, engarzadas y sueltas, de las que algo entendía. Y viendo las cuales y conociéndolas de gran valor, alabando a Dios que aún no había querido abandonarle, todo se reconfortó; pero como quien en poco tiempo había sido fieramente asaeteado por la fortuna dos veces, temiendo la tercera, pensó que le convenía tener mucha cautela para poder llevar aquellas cosas a su casa; por lo que en algunos harapos, como mejor pudo, envolviéndolas, dijo a la buena mujer que no necesitaba ya el cofre, pero que, si le placía, le diera un saco y se quedase con él.

La buena mujer lo hizo de buena gana; y él, dándole las mayores gracias que podía por el beneficio recibido de ella, guardándose el saco en el regazo, de ella se separó; y subido a una barca, pasó a Brindisi y desde allí, de costa en costa se dirigió a Trani, donde, encontrando a unos ciudadanos suyos que eran pañeros, como por amor de Dios le vistieron, habiéndoles contado antes todas sus aventuras, salvo la del cofre; y además prestándole caballo y dándole compañía hasta Ravello donde para siempre decía querer volver, le enviaron.

Aquí, pareciéndole estar seguro, dándole gracias a Dios que lo había guiado allí, desató su saquito, y con más diligencia buscando todo que nunca había hecho antes, se encontró que tenía tantas y tales piedras que, vendiéndolas a su precio y aun a menos, era dos veces más rico que cuando se había ido. Y encontrando el modo de despachar sus piedras, hasta Corfú mandó una buena cantidad de dineros, por valerlos el servicio recibido, a la buena mujer que lo había sacado del mar; y lo mismo hizo a Trani a quienes le habían dado de vestir; y lo restante, sin querer comerciar ya más, lo retuvo y honorablemente vivió hasta el fin.


NOVELA QUINTA[editar]

A Andreuccio de Perusa, llegado a Nápoles a comprar caballos, le suceden en una noche tres graves desventuras, y salvándose de todas, se vuelve a casa con un rubí.

Las piedras preciosas encontradas por Landolfo -empezó Fiameta, a quien le tocaba la vez de novelar- me han traído a la memoria una historia que no contiene menos peligros que la narrada por Laureta, pero es diferente de ella en que aquéllos tal vez en varios años y éstos en el espacio de una noche se sucedieron, como vais a oír.

Hubo, según he oído, en Perusa, un joven cuyo nombre era Andreuccio de Prieto, tratante en caballos, el cual, habiendo oído que en Nápoles se compraban caballos a buen precio, metiéndose en la bolsa quinientos florines de oro, no habiendo nunca salido de su tierra, con otros mercaderes allá se fue; donde, llegado un domingo al atardecer e informado por su posadero, a la mañana siguiente bajó al mercado, y muchos vio y muchos le pluguieron y entró en tratos sobre muchos, pero no pudiendo concertarse sobre ninguno, para mostrar que a comprar había ido, como rudo y poco cauto, muchas veces en presencia de quien iba y de quien venia sacó fuera la bolsa donde tenía los florines. Y estando en estos tratos, habiendo mostrado su bolsa, sucedió que una joven siciliana bellísima, pero dispuesta por pequeño precio a complacer a cualquier hombre, sin que él la viera pasó cerca de él y vio su bolsa, y súbitamente se dijo:

-¿Quién estaría mejor que yo si aquellos dineros fuesen míos? -y siguió adelante. Y estaba con esta joven una vieja igualmente siciliana la cual, al ver a Andreuccio, dejando seguir la joven, afectuosamente corrió a abrazarlo; lo que viendo la joven, sin decir nada, aparte la empezó a esperar. Andreuccio volviéndose hacia la vieja la conoció y le hizo grandes fiestas prometiéndole ella venir a su posada, y sin quedarse allí más, se fue, y Andreuccio volvió a sus tratos; pero nada compró por la mañana. La joven, que primero la bolsa de Andreuccio y luego la familiaridad de su vieja con él había visto, por probar si había modo de que ella pudiese hacerse con aquellos dineros, o todos o en parte, cautamente empezó a preguntarle quién fuese él y de dónde, y qué hacía aquí y cómo le conocía. Y ella, todo con todo detalle de los asuntos de Andreuccio le dijo, como con poca diferencia lo hubiera dicho él mismo, como quien largamente en Sicilia con el padre de éste y luego en Perusa había estado, e igualmente le contó dónde paraba y por qué había venido.

La joven, plenamente informada del linaje de él y de los nombres, para proveer a su apetito, con aguda malicia, fundó sobre ello su plan; y, volviéndose a casa, dio a la vieja trabajo para todo el día para que no pudiese volver a Andreuccio; y tomando una criadita suya a quien había enseñado muy bien a tales servicios, hacia el anochecer la mandó a la posada donde Andreuccio paraba. Y llegada allí, por acaso a él mismo, y solo, encontró a la puerta, y le preguntó por él mismo; a lo cual, diciéndole él que él era, ella llevándolo aparte, le dijo:

-Señor mío, una noble dama de esta tierra, si os pluguiese, querría hablar con vos. Y él, al oírla, considerándose bien y pareciéndole ser un buen mozo, pensó que aquella tal dama debía estar enamorada de él, como si otro mejor mozo que él no se encontrase entonces en Nápoles, y prontamente repuso que estaba dispuesto y le preguntó dónde y cuándo aquella dama quería hablarle. A lo que la criadita respondió:

-Señor, cuando os plaza venir, os espera en su casa.

Andreuccio, prestamente y sin decir nada en la posada, dijo: -Pues vamos, ve delante; yo iré tras de ti.

Con lo que la criadita a casa de aquélla le condujo, que vivía en un barrio llamado Malpertuggio que cuán honesto barrio era, su nombre mismo lo demuestra. Pero él, no sabiéndolo ni sospechándolo, creyéndose que iba a un honestísimo lugar y a una señora honrada, sin precauciones, entrada la criadita delante, entró en su casa; y al subir las escaleras, habiendo ya la criadita a su señora llamado y dicho: «¡Aquí está Andreuccio!», la vio arriba de la escalera asomarse y esperarlo. Y ella era todavía bastante joven, alta de estatura y con hermosísimo rostro, vestida y adornada asaz honradamente. Y al aproximarse a ella Andreuccio, bajó tres escalones a su encuentro con los brazos abiertos y echándosele al cuello un rato lo estuvo abrazando sin decir nada, como si una invencible ternura le impidiese hacerlo; después, derramando lágrimas le besó en la frente, y con voz algo rota dijo: -¡Oh, Andreuccio mío, sé bien venido!

Éste, maravillándose de caricias tan tiernas, todo estupefacto repuso: -¡Señora, bien hallada seáis!

Ella, después, tomándole de la mano le llevó abajo a su salón y desde allí, sin nada más decir, con él entró en su cámara, la cual a rosas, a flores de azahar y a otros olores olía toda, y allí vio un bellísimo lecho encortinado y muchos paños colgados de los travesaños según la costumbre de allí, y otros muy bellos y ricos arreos; por las cuales cosas, como inexperto que era, firmemente creyó que ella no era menos que gran señora. Y sentándose sobre un arca que estaba al pie de su lecho, así empezó a hablarle: -Andreuccio, estoy segura de que te maravillas de las caricias que te hago y de mis lágrimas, como quien no me conoce y por ventura nunca me oíste recordar: pero pronto oirás algo que tal vez te haga maravillarte más, como es que yo soy tu hermana; y te digo que, pues que Dios me ha hecho tan grande gracia que antes de mi muerte haya visto a alguno de mis hermanos, aunque deseo veros a todos, no me moriré en hora que, consolada, no muera. Y si esto tal vez nunca lo has oído, te lo voy a decir. Pietro, padre mío y tuyo, como creo que habrás podido saber, vivió largamente en Palermo, y por su bondad y agrado fue y todavía es por quienes le conocieron amado; pero entre otros que mucho le amaron, mi madre, que fue una mujer noble y entonces era viuda, fue quien más le amó, tanto, que depuesto el temor a su padre, a sus hermanos y su honor, de tal guisa se familiarizó con él que nací yo, y estoy aquí como me ves. Después, llegada la ocasión a Pietro de irse de Palermo y volver a Perusa, a mi, siendo muy niña, me dejó con mi madre, y nunca más, por lo que yo sé, ni de mí ni de ella se acordó: por lo que yo, si mi padre no fuera, mucho le reprobaría, teniendo en cuenta la ingratitud suya hacia mi madre mostrada, y no menos el amor que a mí, como a su hija no nacida de criada ni de vil mujer, debía tener; y que ella, sin saber de otra manera quién fuese él, movida por fidelísimo amor puso sus cosas y ella misma en sus manos. Pero ¿qué? Las cosas mal hechas y pasadas ha mucho tiempo son más fáciles de reprochar que de enmendar; así fueron las cosas sin embargo. Él me dejó en Palermo siendo niña donde, crecida casi como soy, mi madre, que era muy rica, me dio por mujer a uno de Agrigento, gentilhombre y honrado, que por amor de mi madre y de mí vino a vivir en Palermo; y allí, como muy güelfo, comenzó a concertar algún trato con nuestro rey Carlos . Lo que, sabido del rey Federico , antes de que pudiese llevarse a cabo, fue motivo de hacerle huir de Sicilia cuando yo esperaba ser la mayor señora que hubiera en aquella isla donde, tomadas las pocas cosas que podíamos tomar (digo pocas con respecto a las muchas que teníamos), dejadas las tierras y los palacios en esta tierra nos refugiamos, donde al rey Carlos hacia nosotros encontramos tan agradecido que, reparados en parte los daños que por él recibido habíamos, nos ha dado posesiones y casas, y da continuamente a mi marido, y a tu cuñado que es, buenos gajes, tal como podrás ver: y de esta manera estoy aquí donde yo, por la buena gracia de Dios y no tuya, dulce hermano mío, te veo. Y dicho así, empezó a abrazarlo otra vez, y otra vez llorando tiernamente, le besó en la frente. Andreuccio, oyendo esta fábula tan ordenada y tan compuestamente contada por aquella a la que en ningún momento moría la palabra entre los dientes ni le balbuceaba la lengua, acordándose ser verdad que su padre había estado en Palermo, y por sí mismo conociendo las costumbres de los jóvenes, que de buen agrado aman en la juventud, y viendo las tiernas lágrimas, el abrazarle y los honestos besos, tuvo aquello que ésta decía por más que verdadero. Y después que calló, le repuso: -Señora, no os debe parecer gran cosa que me maraville; porque en verdad, sea que mi padre, por lo que lo hiciese, de vuestra madre y de vos no hablase nunca, o sea que, si habló de ello a mi conocimiento no haya venido, yo por mí tal conocimiento tenía de vos como si no hubieseis existido; y me es tanto más grato aquí haber encontrado a mi hermana cuanto más solo estoy aquí y menos lo esperaba. Y en verdad no conozco a nadie de tan alta posición a quien no debieseis ser querida, y menos a mí que soy un pequeño mercader. Pero una cosa quiero que me aclaréis: ¿cómo supisteis que estaba aquí? A lo que respondió ella:

-Esta mañana me lo hizo saber una pobre mujer que mucho me visita porque con nuestro padre, por lo que ella me dice, largamente en Palermo y en Perusa estuvo: y si no fuera que me parecía más honesto que tú vinieses a mí a tu casa que no yo fuese a ti a la de otros, hace mucho rato que yo hubiera ido a ti. Después de estas palabras, empezó ella a preguntar separadamente sobre todos los parientes, por su nombre; y sobre todos le contestó Andreuccio, creyendo por esto más todavía lo que menos le convenía creer. Habiendo sido la conversación larga y el calor grande, hizo ella venir vino de Grecia y dulces e hizo dar de beber a Andreuccio; el cual, luego de esto, queriéndose ir porque era la hora de la cena, en ninguna guisa lo sufrió ella, sino que poniendo semblante de enojarse mucho, abrazándole le dijo: -¡Ay, triste de mí!, que asaz claro conozco que te soy poco querida. ¿Cómo va a pensarse que estés con una hermana tuya nunca vista por ti, y en su casa, donde al venir aquí debías haberte albergado, y quieras salir de ella para ir a cenar a la posada? En verdad que cenarás conmigo: y aunque mi marido no esté aquí, de lo que mucho me pesa, yo sabré bien, como mujer, hacerte los honores. A lo que Andreuccio, no sabiendo qué otra cosa responder, dijo: -Vos me sois querida como debe serlo una hermana, pero si no me voy seré esperado durante toda la noche para cenar y cometeré una villanía.

Y ella entonces dijo:

-Alabado sea Dios, ¿no tengo yo en casa por quien mandar a decir que no seas esperado? Y aún harías mayor cortesía, y tu deber, en mandar a decir a tus compañeros que viniesen a cenar, y luego, si quisieras irte, podríais todos iros en compañía.

Andreuccio respondió que de sus compañeros no quería nada por aquella noche, pero que, pues ello le agradaba, dispusiese de él a su gusto. Ella entonces hizo semblante de mandar a decir a la posada que no le esperasen para la cena; y luego, después de muchos otros razonamientos, sentándose a cenar y espléndidamente servidos de muchos manjares, astutamente la hizo durar hasta la noche cerrada: y habiéndose levantado de la mesa, y Andreuccio queriéndose ir, ella dijo que en ninguna guisa lo sufriría porque Nápoles no era una ciudad para andar por la calle de noche, y máxime un forastero, y que lo mismo que había mandado a decir que no le esperasen a cenar, lo mismo había hecho con el albergue. El, creyendo esto, y agradándole, engañado por la falsa confianza, quedarse con ella, se quedó. Fue, pues, después de la cena, la conversación mucha y larga, y no mantenida sin razón: y habiendo ya pasado parte de la noche, ella, dejando a Andreuccio dormir en su alcoba con un muchachito que le ayudase si necesitaba algo, con sus mujeres se fue a otra cámara. Y era el calor grande; por lo cual Andreuccio, al ver que se quedaba solo, prontamente se quedó en justillo y se quitó las calzas y las puso en la cabecera de la cama; y siéndole menester la natural costumbre de tener que disponer del superfluo peso del vientre, dónde se hacía aquello preguntó al muchachito, quien en un rincón de la alcoba le mostró una puerta, y dijo: -Id ahí adentro.

Andreuccio, que había pasado dentro con seguridad, fue por acaso a poner el pie sobre una tabla la cual, de la parte opuesta desclavada de la viga sobre la que estaba, volcándose esta tabla, junto a él se fue de allí para abajo: y tanto lo amó Dios que ningún mal se hizo en la caída, aun cayendo de bastante altura; pero todo en la porquería de la cual estaba lleno el lugar se ensució. El cual lugar, para que mejor entendáis lo que se ha dicho y lo que sigue, cómo era os lo diré. Era un callejón estrecho como muchas veces lo vemos entre dos casas: sobre dos pequeños travesaños, tendidos de una a la otra casa, se habían clavado algunas tablas y puesto el sitio donde sentarse; de las cuales tablas, aquella con la que él cayó era una. Encontrándose, pues, allá abajo en el callejón Andreuccio, quejándose del caso comenzó a llamar al muchacho: pero el muchacho, al sentirlo caer corrió a decirlo a su señora, la cual, corriendo a su alcoba, prontamente miró si sus ropas estaban allí y encontradas las ropas y con ellas los dineros, los cuales, por desconfianza tontamente llevaba encima, teniendo ya aquello a lo que ella, de Palermo, haciéndose la hermana de un perusino, había tendido la trampa, no preocupándose de él, prontamente fue a cerrar la puerta por la que él había salido cuando cayó.

Andreuccio, no respondiéndole el muchacho, comenzó a llamar más fuerte, pero sin servir de nada; por lo que, ya sospechando y tarde empezando a darse cuenta del engaño, súbito subiéndose sobre una pared baja que aquel callejón separaba de la calle y bajando a la calle, a la puerta de la casa, que muy bien reconoció, se fue y allí en vano llamó largamente, y mucho la sacudió y golpeó. Sobre lo que, llorando como quien clara veía su desventura, empezó a decir:

-¡Ay de mí, triste!, ¡en qué poco tiempo he perdido quinientos florines y una hermana! Y después de muchas otras palabras, de nuevo comenzó a golpear la puerta y a gritar; y tanto lo hizo que muchos de los vecinos circundantes, habiéndose despertado, no pudiendo sufrir la molestia, se levantaron, y una de las domésticas de la mujer, que parecía medio dormida, asomándose a la ventana, reprobatoriamente dijo:

-¿Quién da golpes abajo?

-¡Oh! -dijo Andreuccio-, ¿y no me conoces? Soy Andreuccio, hermano de la señora Flordelís. A lo que ella respondió:

-Buen hombre, si has bebido de más ve a dormirte y vuelve por la mañana; no sé qué Andreuccio ni qué burlas son esas que dices: vete en buena hora y déjame dormir, si te place. -¿Cómo? -dijo Andreuccio-, ¿no sabes lo que digo? Sí lo sabes bien; pero si así son los parentescos de Sicilia, que en tan poco tiempo se olvidan, devuélveme al menos mis ropas que he dejado ahí, y me iré con Dios de buena gana.

A lo que ella, casi riéndose, dijo:

-Buen hombre, me parece que estás soñando.

Y el decir esto y el meterse dentro y cerrar la ventana fue todo uno. Por lo que la gran ira de Andreuccio, ya segurísimo de sus males, con la aflicción estuvo a punto de convertirse en furor, y con la fuerza se propuso reclamar aquello que con las palabras recuperar no podía, por lo que, para empezar, cogiendo una gran piedra, con mucho mayores golpes que antes, furiosamente comenzó a golpear la puerta. Por lo cual, muchos de los vecinos antes despertados y levantados, creyendo que fuese algún importuno que aquellas palabras fingiese para molestar a aquella buena mujer , fastidiados por el golpear que armaba, asomados a la ventana no de otra manera que a un perro forastero todos los del barrio le ladran detrás, empezaron a decir:

-Es gran villanía venir a estas horas a casa de las buenas mujeres a decir estas burlas; ¡bah!, vete con Dios, buen hombre; déjanos dormir si te place; y si algo tienes que tratar con ella vuelve mañana y no nos des este fastidio esta noche.

Con las cuales palabras tal vez tranquilizado uno que había dentro de la casa, alcahuete de la buena mujer, y a quien él no había visto ni oído, se asomó a la ventana y con una gran voz gruesa, horrible y fiera dijo:

-¿Quién está ahí abajo?

Andreuccio, levantando la cabeza a aquella voz, vio uno que, por lo poco que pudo comprender, parecía tener que ser un pez gordo, con una barba negra y espesa en la cara, y como si de la cama o de un profundo sueño se levantase, bostezaba y refregaba los ojos. A lo que él, no sin miedo, repuso: -Yo soy un hermano de la señora de ahí dentro.

Pero aquél no esperó a que Andreuccio terminase la respuesta sino que, más recio que antes, dijo: -¡No sé qué me detiene que no bajo y te doy de bastonazos mientras vea que te estás moviendo, asno molesto y borracho que debes ser, que esta noche no nos vas a dejar dormir a nadie! Y volviéndose adentro, cerró la ventana. Algunos de los vecinos, que mejor conocían la condición de aquél, en voz baja decían a Andreuccio:

-Por Dios, buen hombre, ve con Dios; no quieras que esta noche te mate éste; vete por tu bien. Por lo que Andreuccio, espantado de la voz de aquél y de la vista, y empujado por los consejos de aquéllos, que le parecía que hablaban movidos por la caridad, afligido cuanto más pudo estarlo nadie y desesperando de recuperar sus dineros, hacia aquella parte por donde de día había seguido a la criadita, sin saber dónde ir, tomó el camino para volver a la posada.

Y disgustándose a sí mismo por el mal olor que de él mismo le llegaba, deseoso de llegar hasta el mar para lavarse, torció a mano izquierda y se puso a bajar por una calle llamada la Ruga Catalana; y andando hacia lo alto de la ciudad, vio que por acaso venían hacia él dos con una linterna en la mano, los cuales, temiendo que fuesen de la guardia de la corte u otros hombres a hacer el mal dispuestos, por huirlos, en una casucha de la cual se vio cerca, cautamente se escondió. Pero éstos, como si a aquel mismo lugar fuesen enviados, dejando en el suelo algunas herramientas que traía, con el otro empezó a mirarlas, hablando de varias cosas sobre ellas. Y mientras hablaban dijo uno:

-¿Qué quiere decir esto? Siento el mayor hedor que me parece haber sentido nunca. Y esto dicho, alzando un tanto la linterna, vieron al desdichado de Andreuccio y estupefactos preguntaron:

-¿Quién está ahí?

Andreuccio se callaba; pero ellos, acercándose con la luz, le preguntaron que qué cosa tan asquerosa estaba haciendo allí, a los que Andreuccio, lo que le había sucedido les contó por entero. Ellos, imaginándose dónde le podía haber pasado aquello, dijeron entre sí: -Verdaderamente en casa del matón de Buottafuoco ha sido eso. Y volviéndose a él, le dijo uno:

-Buen hombre, aunque hayas perdido tus dineros, tienes mucho que dar gracias a Dios de que te sucediera caerte y no poder volver a entrar en la casa; porque, si no te hubieras caído, está seguro de que, al haberte dormido, te habrían matado y habrías perdido la vida con los dineros. ¿Pero de qué sirve ya lamentarse? No podrías recuperar un dinero como que hay estrellas en el cielo: y bien podrían matarte si aquél oye que dices una palabra de todo esto.

Y dicho esto, hablando entre sí un momento, le dijeron:

-Mira, nos ha dado compasión de ti, y por ello, si quieres venir con nosotros a hacer una cosa que vamos a hacer, parece muy cierto que la parte que te toque será del valor de mucho más de lo que has perdido.

Andreuccio, como desesperado, repuso que estaba pronto. Había sido sepultado aquel día un arzobispo de Nápoles, llamado micer Filippo Minútolo , y había sido sepultado con riquísimos ornamentos y con un rubí en el dedo que valía más de quinientos florines de oro, y que éstos querían ir a robar; y así se lo dijeron a Andreuccio, con lo que Andreuccio, más codicioso que bien aconsejado, con ellos se puso en camino. Y andando hacia la iglesia mayor, y Andreuccio hediendo muchísimo, dijo uno: -¿No podríamos hallar el modo de que éste se lavase un poco donde sea, para que no hediese tan fieramente?

Dijo el otro:

-Sí, estamos cerca de un pozo en el que siempre suele estar la polea y un gran cubo; vamos allá y lo lavaremos en un momento.

Llegados a este pozo, encontraron que la soga estaba, pero que se habían llevado el cubo; por lo que juntos deliberaron atarlo a la cuerda y bajarlo al pozo, y que él allí abajo se lavase, y cuando estuviese lavado tirase de la soga y ellos le subirían; y así lo hicieron. Sucedió que, habiéndolo bajado al pozo, algunos de los guardias de la señoría (o por el calor o porque habían corrido detrás de alguien) teniendo sed, a aquel pozo vinieron a beber; los que, al ver a aquellos dos incontinenti se dieron a la fuga, no habiéndolos visto los guardias que venían a beber.

Y estando ya en el fondo del pozo Andreuccio lavado, meneó la soga. Ellos, con sed, dejando en el suelo sus escudos y sus armas y sus túnicas, empezaron a tirar de la cuerda, creyendo que estaba colgado de ella el cubo lleno de agua. Cuando Andreuccio se vio del brocal del pozo cerca, soltando la soga, con las manos se echó sobre aquél; lo cual, viéndolo aquéllos, cogidos de miedo súbito, sin más soltaron la soga y se dieron a huir lo más deprisa que podían. De lo que Andreuccio se maravilló mucho, y si no se hubiera sujetado bien, habría otra vez caído al fondo, tal vez no sin gran daño suyo o muerte: pero salió de allí y, encontradas aquellas armas que sabía que sus compañeros no habían llevado, todavía más comenzó a maravillarse.

Pero temeroso y no sabiendo de qué, lamentándose de su fortuna, sin nada tocar, deliberó irse; y andaba sin saber adónde. Andando así, vino a toparse con aquellos sus dos compañeros, que venían a sacarlo del pozo; y, al verle, maravillándose mucho, le preguntaron quién del pozo le había sacado. Andreuccio respondió que no lo sabía y les contó ordenadamente cómo había sucedido y lo que había encontrado fuera del pozo. Por lo que ellos, dándose cuenta de lo que había sido, riendo le contaron por qué habían huido y quiénes eran aquellos que le habían sacado. Y sin más palabras, siendo ya medianoche, se fueron a la iglesia mayor, y en ella muy fácilmente entraron, y fueron al sepulcro, el cual era de mármol y muy grande; y con un hierro que llevaba la losa, que era pesadísima, la levantaron tanto cuanto era necesario para que un hombre pudiese entrar dentro, y la apuntalaron. Y hecho esto, empezó uno a decir:

-¿Quién entrará dentro?

A lo que el otro respondió:

-Yo no.

-Ni yo -dijo aquél-, pero que entre Andreuccio.

-Eso no lo haré yo -dijo Andreuccio.

Hacia el cual aquéllos, ambos a dos vueltos, dijeron:

-¿Cómo que no entrarás? A fe de Dios, si no entras te daremos tantos golpes con uno de estos hierros en la cabeza que te haremos caer muerto.

Andreuccio, sintiendo miedo, entró, y al entrar pensó:

«Ésos me hacen entrar para engañarme porque cuando les haya dado todo, mientras esté tratando de salir de la sepultura se irán a sus asuntos y me quedaré sin nada». Y por ello pensó quedarse ya con su parte; y acordándose del precioso anillo del que les había oído hablar, cuando ya hubo bajado se lo sacó del dedo al arzobispo y se lo puso él; y luego, dándoles el báculo y la mitra y los guantes, y quitándole hasta la camisa, todo se lo dio, diciendo que no había nada más. Ellos, afirmando que debía estar el anillo, le dijeron que buscase por todas partes; pero él, respondiendo que no lo encontraba y fingiendo buscarlo, un rato les tuvo esperando. Ellos que, por otra parte, eran tan maliciosos como él, diciéndole que siguiera buscando bien, en el momento oportuno, quitaron el puntal que sostenía la losa y, huyendo, a él dentro del sepulcro lo dejaron encerrado. Oyendo lo cual lo que sintió Andreuccio cualquiera puede imaginarlo. Trató muchas veces con la cabeza y con los hombros de ver si podía alzar la losa, pero se cansaba en vano; por lo que, de gran valor vencido, perdiendo el conocimiento, cayó sobre el muerto cuerpo del arzobispo; y quien lo hubiese visto entonces malamente hubiera sabido quién estaba más muerto, el arzobispo o él. Pero luego que hubo vuelto en sí, empezó a llorar sin tino, viéndose allí sin duda a uno de dos fines tener que llegar: o en aquel sepulcro, no viniendo nadie a abrirlo, de hambre y de hedores entre los gusanos del cuerpo muerto tener que morir, o viniendo alguien y encontrándolo dentro, tener que ser colgado como ladrón. Y en tales pensamientos y muy acongojado estando, sintió por la iglesia andar gentes y hablar muchas personas, las cuales, como pensaba, andaban a hacer lo que él con sus compañeros habían ya hecho; por lo que mucho le aumentó el miedo.

Pero luego de que aquéllos tuvieron el sepulcro abierto y apuntalado, cayeron en la discusión de quién debiese entrar, y ninguno quería hacerlo; pero luego de larga disputa un cura dijo: -¿Qué miedo tenéis? ¿Creéis que va a comeros? Los muertos no se comen a los hombres; yo entraré dentro, yo.

Y así dicho, puesto el pecho sobre el borde del sepulcro, volvió la cabeza hacia afuera y echó dentro las piernas para tirarse al fondo.

Andreuccio, viendo esto, poniéndose en pie, cogió al cura por una de las piernas y fingió querer tirar de él hacia abajo. Lo que sintiendo el cura, dio un grito grandísimo y rápidamente del arca se tiró afuera: de lo cual, espantados todos los otros, dejando el sepulcro abierto, no de otra manera se dieron a la fuga que si fuesen perseguidos por cien mil diablos. Lo que viendo Andreuccio, alegre contra lo que esperaba, súbitamente se arrojó fuera y por donde había venido salió de la iglesia. Y aproximándose ya el día, con aquel anillo en el dedo andando a la aventura, llegó al mar y de allí se enderezó a su posada, donde a sus compañeros y al posadero encontró, que habían estado toda la noche preocupados por lo que podría haber sido de él. A los cuales contándoles lo que le había sucedido, pareció por el consejo de su posadero que él incontinenti debía irse de Nápoles; la cual cosa hizo prestamente y se volvió a Perusa, habiendo invertido lo suyo en un anillo cuando a lo que había ido era a comprar caballos.

NOVELA SEXTA[editar]

Madama Beritola, con dos cabritillos en una isla encontrada, habiendo perdido dos hijos, se va de allí a Lunigiana,, allí, uno de los hijos va a servir a su señor y con la hija de éste se acuesta, y es puesto en prisión; Sicilia rebelada contra el rey Carlos, y reconocido el hijo por la madre, se casa con la hija de su señor y encuentra a su hermano, y vuelven a tener una alta posición .

Habían las señoras al igual que los jóvenes reído mucho de los casos de Andreuccio por Fiameta narrados, cuando Emilia, advirtiendo la historia terminada, por mandato de la reina así comenzó: Graves cosas y dolorosas son los movimientos varios de la fortuna, sobre los cuales (porque cuantas veces alguna cosa se dice, tantas hay un despertar de nuestras mentes, que fácilmente se adormecen con sus halagos) juzgo que no desagrade tener que oír tanto a los felices como a los desgraciados, por cuanto a los primeros hace precavidos y a los segundos consuela. Y por ello, aunque grandes cosas hayan sido dichas antes, entiendo contaros una historia no menos verdadera que piadosa, la cual, aunque alegre fin tuviese, fue tanta y tan larga su amargura, que apenas puedo creer que alguna vez la dulcificase la alegría que la siguió:

Carísimas señoras, debéis saber que después de la muerte de Federico II el emperador, fue coronado rey de Sicilia Manfredo , junto al cual en grandísima privanza estuvo un hombre noble de Nápoles llamado Arrighetto Capece, el cual tenía por mujer a una hermosa y noble dama igualmente napolitana llamada madama Beritola Caracciola . El cual Arrighetto, teniendo el gobierno de la isla en las manos, oyendo que el rey Carlos primero había vencido en Benevento y matado a Manfredo, y que todo el reino se volvía a él, teniendo poca confianza en la escasa lealtad de los sicilianos no queriendo convertirse en súbdito del enemigo de su señor, se preparaba huir. Pero conocido esto por los sicilianos, súbitamente él y muchos otro amigos y servidores del rey Manfredo fueron entregados como prisionero al rey Carlos, y el dominio de la isla después.

Madama Beritola, en tan gran mudanza de las cosas, no sabiendo que fuese de Arrighetto y siempre temiendo lo que había sucedido, por temor a ser ultrajada, dejadas todas sus cosas, con un hijo suyo de edad de unos ocho años llamado Giuffredi, y preñada y pobre, montando en una barquichuela, huyó a Lípari, y allí parió otro hijo varón al que llamó el Expulsado; y tomada una nodriza, con todos en un barquichuelo montó para volverse a Nápoles con sus parientes. Pero de otra manera sucedió que como pensaba; porque por la fuerza del viento el barco, que a Nápoles ir debía, fue transportado a la isla de Ponza, donde, entrados en una pequeña caleta, se pusieron a esperar oportunidad para su viaje. Madama Beritola, tomando tierra en la isla como los demás, y en ella un lugar solitario y remoto encontrado, allí a dolerse por su Arrighetto se retiró sola. Y haciendo lo mismo todos los días, sucedió que, estando ella ocupada en su aflicción, sin que nadie, ni marinero ni otro, se diese cuenta, llegó una galera de corsarios, quienes a todos capturaron a mansalva y se fueron.

Madama Beritola, terminado su diario lamento, volviendo a la playa para ver de nuevo a sus hijos, como acostumbraba hacer, a nadie encontró allí, de lo que se maravilló primero, y luego, súbitamente sospechando lo que había sucedido, los ojos hacia el mar dirigió y vio la galera, todavía no muy alejada, que remolcaba al barquichuelo, por lo que óptimamente conoció que, al igual que al marido, había perdido a los hijos; y pobre y sola y abandonada, sin saber dónde a nadie pudiese encontrar jamás, viéndose allí, desmayada, llamando al marido y a los hijos, cayó sobre la playa. No había aquí quien con agua fría o con otro medio a las desmayadas fuerzas llamase, por lo que a su albedrío pudieron los espíritus andar vagando por donde quisieron ; pero después de que en el mísero cuerpo las partidas fuerzas junto con las lágrimas y el llanto volvieron, largamente llamó a los hijos y mucho por todas las cavernas los anduvo buscando. Pero luego que conoció que se fatigaba inútilmente y vio caer la noche, esperando y no sabiendo qué, por sí misma se preocupó un tanto y, yéndose de la playa, a aquella caverna donde acostumbraba a llorar y a dolerse volvió. Y luego de que la noche con mucho miedo y con incalculable dolor fue pasada y el nuevo día venido, y ya pasada la hora de tercia, como la noche antes cenado no había, obligada por el hambre, se dio a pacer la hierba; y paciendo como pudo, llorando, a diversos pensamientos sobre su futura vida se entregó. Y mientras estaba en ellos, vio venir una cabrilla y entrar allí cerca en una caverna, y luego de un poco salir de ella e irse por el bosque; por lo que, levantándose, allí entró donde había salido la cabrilla, y vio dos cabritillos tal vez nacidos el mismo día, los cuales le parecieron la cosa más dulce del mundo y la más graciosa; y no habiéndosele todavía del reciente parto retirado la leche del pecho, los cogió tiernamente y se los puso al pecho.

Los cuales, no rehusando el servicio, así mamaban de ella como hubiesen hecho de su madre, y de entonces en adelante entre la madre y ella ninguna distinción hicieron; por lo que, pareciéndole a la noble señora haber en el desierto lugar alguna compañía encontrado, pastando hierbas y bebiendo agua y tantas veces llorando cuantas del marido y de los hijos y de su pretérita vida se acordaba, allí a vivir y a morir se había dispuesto, no menos familiar con la cabrilla vuelta que con los hijos. Y, viviendo así, la noble señora en fiera convertida, sucedió que, después de algunos meses, por fortuna llegó también un barquito de pisanos allí donde ella había llegado antes, y se quedó varios días. Había en aquel barco un hombre noble llamado Currado de los marqueses de Malaspina con una mujer suya valerosa y santa; y venían en peregrinación de todos los santos lugares que hay en el reino de Apulia y a su casa volvían. El cual, por entretener el aburrimiento, junto con su mujer y con algunos servidores y con sus perros, un día a bajar a la isla se puso; y no muy lejano del lugar donde estaba madama Beritola, empezaron los perros de Currado a seguir a los dos cabritillos, los cuales, ya grandecitos, andaban paciendo; los cuales cabritillos, perseguidos por los perros, a ninguna parte huyeron sino a la caverna donde estaba madama Beritola. La cual, viendo esto, poniéndose en pie y cogiendo un bastón, hizo retroceder a los perros; y allí Currado y su mujer, que a sus perros seguían, llegando, viéndola morena y delgada y peluda como se había puesto, se maravillaron, y ella mucho más que ellos. Pero luego de que a sus ruegos hubo Currado sujetado a sus perros, después de muchas súplicas le hicieron que dijese quién era y qué hacía aquí, la cual enteramente toda su condición y todas sus desventuras y su rigurosa resolución les comunicó. Lo que, oyendo Currado, que muy bien a Arrighetto Capece conocido había, lloró de compasión y con muchas palabras se ingenió en apartarla de decisión tan rigurosa, ofreciéndola llevarla a su casa o tenerla consigo con el mismo honor que a su hermana, y que allí se quedase hasta que Dios más alegre fortuna le deparara. A cuyas ofertas no plegándose la señora, Currado dejó con ella a su mujer y le dijo que mandase traer aquí de qué comer, y a ella, que estaba en harapos, con alguno de sus vestidos vistiese, e hiciese todo para llevarla con ellos. Quedándose con ella la noble señora, habiendo primero con madama Beritola llorado mucho de sus infortunios, hechos venir vestidos y viandas, con la mayor fatiga del mundo a tomarlos y a comer la indujo: y por fin, luego de muchos ruegos, afirmando ella nunca querer ir a donde conocida fuera, la indujo a irse con ellos a Lunigiana junto con los dos cabritillos y con la cabrilla, la que en aquel entretanto había vuelto y no sin gran maravilla de la noble señora le había hecho grandísimas fiestas. Y así, venido el buen tiempo, madama Beritola con Currado y con su mujer en su barco montó, y junto con ellos la cabrilla y los dos cabritillos; por los cuales no sabiendo todos su nombre, fue Cabrilla llamada; y, con buen viento, pronto llegaron hasta la desembocadura del Magra, donde bajándose, a sus castillos subieron. Allí, junto a la mujer de Currado, madama Beritola, en trajes de viuda, como una damisela suya, honesta y humilde y obediente estuvo, siempre a sus cabritillos teniendo amor y haciéndoles alimentar. Los corsarios que habían en Ponza tomado el barco en que madama Beritola había venido dejándola a ella como a quien no habían visto, con toda la demás gente se fueron a Génova; y allí dividida la presa entre los amos de la galera, tocó por ventura, entre otras cosas, en suerte a un micer Guasparrino de Oria la nodriza de madama Beritola y los dos niños con ella; el cual, a ella junto con los dos niños mandó a su casa para tenerlos como siervos en los trabajos de la casa.

La nodriza, sobremanera afligida por la pérdida de su ama y por la mísera fortuna en la que veía haber caído a los dos niños, lloró amargamente; pero después que vio que las lágrimas de nada servían y que ella era sierva junto con ellos, aunque pobre mujer fuese, era sin embargo sabia y sagaz; por lo que, consolándose lo mejor que pudo, y mirando a donde habían llegado, pensó que si los dos niños eran reconocidos, por acaso podrían con facilidad recibir molestias , y además de ello, esperando que, cuando fuese podría cambiar la fortuna y ellos podrían, si vivos estuvieran, al perdido estado volver, pensó no descubrir a nadie quiénes fueran, si no veía que fuese oportuno: y a todos decía (los que le habían preguntado por ello) que eran sus hijos. Y al mayor, no Giuffredi, sino Giannotto de Prócida llamaba; al menor no se preocupó de cambiarle el nombre; y con suma diligencia enseñó a Giuffredi por qué le había cambiado el nombre y en qué peligro podía estar si fuera reconocido, y esto no una vez sino muchas y con frecuencia le recordaba: lo que el muchacho, que era buen entendedor, según la enseñanza de la sabia nodriza óptimamente hacía.

Se quedaron, pues, mal vestidos y peor calzados, ocupados en todos los trabajos viles, junto con la nodriza, pacientemente muchos años los dos muchachos en casa de micer Guasparrino. Pero Giannotto, ya de edad de dieciséis años, teniendo mayor ánimo del que pertenecía a un siervo, desdeñando la vileza de la condición servil, subiendo a unas galeras que iban a Alejandría, del servicio de micer Guasparrino se fue y anduvo en muchos lugares, sin poder mejorar en nada. Al final después de unos tres o cuatro años de haberse ido de casa de micer Guasparrino, siendo un buen mozo y habiéndose hecho grande de estatura, y habiendo oído que su padre, al que creía muerto, estaba todavía vivo aunque en cautividad tenido por el rey Carlos, casi desesperando de la fortuna, andando vagabundo, llegó a Lunigiana, y allí entró por acaso como criado de Currado Malaspina sirviéndole con diligencia y agrado. Y como raras veces a su madre, que con la señora de Currado estaba, viese, ninguna la conoció, ni ella a él: tanto la edad al uno y al otro, de lo que solían ser cuando se vieron por última vez, había transformado. Estando, pues, Giannotto al servicio de Currado, sucedió que una hija de Currado cuyo nombre era Spina, que había enviudado de Niccolb de Grignano, volvió a casa del padre; la cual, siendo muy bella y agradable y joven de poco más de dieciséis años, por ventura le echó los ojos encima a Giannotto y él a ella, y ardentísimamente el uno del otro se enamoraron. El cual amor no estuvo largamente sin efecto, y muchos meses pasaron antes de que nadie se apercibiese; por lo cual, ellos, demasiado seguros, comenzaron a actuar de manera menos discreta que la que para tales hechos se requería. Y yendo un día por un hermoso bosque de muchos árboles, la joven junto con Giannotto, dejando a toda la demás compañía, se fueron delante, y pareciéndoles que habían dejado muy lejos a los demás, en un lugar deleitoso y lleno de hierbas y flores, y rodeado de árboles, descansando, a tomar el amoroso placer el uno del otro empezaron. Y cuando ya habían estado juntos largo tiempo, que el gran deleite les hizo encontrar muy breve, en esto por la madre de la joven primero, y luego por Currado, fueron alcanzados. El cual, afligido sobremanera al ver esto, sin nada decir del porqué, a los dos hizo coger por tres de sus servidores y a un castillo suyo llevarlos atados; y de ira y de disgusto gimiendo andaba, dispuesto a hacerles vilmente morir.

La madre de la joven, aunque muy enojada estuviese y digna reputase a su hija por su falta de cualquier cruel penitencia, habiendo por algunas palabras de Currado comprendido cuál era su intención respecto a los culpables, no pudiendo soportar aquello, apresurándose alcanzó al airado marido y comenzó a rogarle que quisiese agradarla no corriendo furiosamente a convertirse en su vejez en homicida de su hija y a mancharse las manos con la sangre de un criado suyo, y que encontrase otra manera de satisfacer su ira, así como hacerles encarcelar y en la prisión penar y llorar por el pecado cometido. Y tanto estas y otras palabras le estuvo diciendo la santa mujer que apartó de su ánimo el propósito de matarlos; y mandó que en distintos lugares cada uno de ellos fuese encarcelado, y allí guardado bien, y con poca comida y muchas incomodidades mantenidos hasta que decidiese hacer otra cosa de ellos; y así se hizo. Y cuál fuese su vida en cautiverio y en continuas lágrimas y en más largos ayunos de los que serían menester, cualquiera puede pensarlo. Llevando, pues, Giannotto y Spina una vida tan dolorosa, y habiendo ya un año sin acordarse Currado de ellos pasado, sucedió que el rey Pedro de Aragón, por un acuerdo con micer Gian de Prócida, sublevó a la isla de Sicilia y la quitó al rey Carlos ; por lo que Currado, como gibelino, hizo una gran fiesta. De la que oyendo hablar Giannotto a alguno de aquellos que le custodiaban, dio un gran suspiro y dijo:

-¡Ay, triste de mí!, ¡que hace hoy ya catorce años que ando arrastrándome por el mundo, no esperando otra cosa que ésta, y ahora que es venida, y para que ya no espere tener ningún bien, me ha encontrado en prisión, de la que nunca sino muerto espero salir!

-¿Y qué? -dijo el carcelero-. ¿Qué te importa a ti lo que hagan los altísimos reyes? ¿Qué tienes tú que hacer en Sicilia?

A lo que Giannotto dijo:

-Parece que se me rompe el corazón acordándome de lo que mi padre tuvo que hacer allí, el cual, aunque yo niño chico era cuando huí de allí, aún me acuerdo que lo vi señor en vida del rey Manfredo. Siguió el carcelero:

-¿Y quién fue tu padre?

-Mi padre -dijo Giannotto- puedo ya asaz seguramente manifestarlo pues que me veo a cubierto del peligro que temía descubriéndolo, se llamó y se llama aún, si vive, Arrighetto Capece, y yo no Giannotto sino Giuffredi me llamo; y nada dudo, si de aquí saliera, que volviendo a Sicilia, no tuviese allí todavía una altísima posición.

El buen hombre, sin más decir, en cuanto hubo lugar todo se lo contó a Currado. Lo que oyendo Currado, aunque mostró no preocuparse del prisionero, se fue a ver a madama Beritola y placenteramente le preguntó si había tenido algún hijo de Arrighetto que se llamase Giuffredi. La señora, llorando, respondió que, si el mayor de los dos suyos que había tenido estuviera vivo, así se llamaría y sería de edad de veintidós años. Oyendo esto, Currado pensó que podía de una vez hacer una gran misericordia y borrar su vergüenza y la de su hija dándosela a aquél por mujer; y por ello, haciendo venir secretamente a Giannotto, le examinó detalladamente sobre toda su pasada vida. Y hallando abundancia de indicios manifiestos de que verdaderamente era Giuffredi, hijo de Arrighetto, le dijo: -Giannotto, sabes cuán grande y cuál ha sido la ofensa que me has hecho en mi propia hija cuando, habiéndote yo tratado bien y amistosamente, como debe hacerse con los servidores, debías mi honor y el de mis cosas siempre buscar y servir; y muchos serían los que si tú les hubieras hecho lo que a mí me hiciste, con vituperio te habrían hecho morir, lo que mi piedad no sufrió. Ahora, puesto que así como me dices eres hijo de un hombre noble y de una noble señora, quiero a tus angustias, si tú lo quieres, poner fin y quitarte de la miseria y del cautiverio en los que estás, y al mismo tiempo tu honor y el mío reintegrar a su debido sitio. Como sabes, Spina, a quien con amorosa (aunque poco conveniente para ti y para ella) amistad tomaste, es viuda, y su dote es grande y buena; cuáles sean las costumbres de su padre y de su madre las conoces, de tu presente estado nada digo. Por lo que, cuando quieras, estoy dispuesto a que, ya que deshonestamente fue tu amiga se convierta honestamente en tu mujer, y que a guisa de hijo mío aquí conmigo y con ella cuanto te plazca vivas.

Había la prisión macerado las carnes de Giannotto, pero el generoso ánimo propio de su origen no había disminuido nada en él, ni tampoco el verdadero amor que tenía a su mujer; y aunque fervientemente desease lo que Currado le ofrecía y lo viese a su alcance, en nada atenuó lo que la grandeza de su ánimo le mostraba tener que decir, y repuso:

-Currado, ni avidez de señorío ni deseo de dineros ni alguna otra razón me hizo nunca contra tu vida y tus cosas obrar como traidor. Amé a tu hija y la amo y la amaré siempre, porque la reputo digna de mi amor; y si yo con ella me conduje menos que honestamente según la opinión de los vulgares, aquel pecado cometí que siempre lleva aparejada la juventud, y que si se quisiera hacer desaparecer habría que hacer desaparecer a la juventud, y éste, si los viejos se quisieran acordar de haber sido jóvenes y los defectos de los demás midiesen con los suyos, no sería tenido por grave como lo es por ti y por otros muchos; y como amigo, no como enemigo, lo cometí. Lo que me ofreces hacer, siempre lo deseé, y si hubiera creído que me habría podido ser concedido, largo tiempo hace que lo habría pedido; y tanto más caro me será ahora cuando la esperanza de ello es menor. Si no tienes en el ánimo lo que tus palabras demuestran, no me alimentes con vanas esperanzas; hazme volver a la prisión, y hazme allí afligir cuanto te plazca, que mientras ame a Spina te amaré a ti por amor suyo, hagas lo que hagas, y te tendré reverencia. Currado, habiéndole oído, se maravilló y le tuvo por de gran ánimo y reputó a su amor como ardiente, y más lo quiso: por ello, poniéndose en pie, lo abrazó y lo besó, y sin poner más dilación a la cosa, mandó que aquí fuese Spina traída secretamente. Ella en la prisión se había puesto delgada y pálida y débil, y otra mujer distinta de la que solía y parecía ser, y del mismo modo Giannotto otro hombre; los cuales, en presencia de Currado, con consentimiento mutuo contrajeron los esponsales según nuestra costumbre. Y luego que pasaron algunos días sin que nadie se enterase de lo que pasado había y les hubo proporcionado todo aquello que necesitaban y les placía, pareciéndole tiempo de hacer alegrarse a las dos madres, llamando a su mujer y a la Cabrilla así les dijo:

-¿Qué diríais, señora, si yo os devolviera a vuestro hijo mayor casado con una de mis hijas? A lo que la Cabrilla respondió:

-No podría deciros sino que, si pudiese estaros más obligada de lo que os estoy, tanto más os estaría cuanto vos una cosa que me es querida más que yo misma me devolveríais; y devolviéndomela en la guisa que decís, algo haríais de volver a mí mi perdida esperanza. Y llorando, se calló. Entonces dijo Currado a su mujer:

-¿Y a ti qué te parecería, mujer, si te diese un tal yerno? A lo que la señora respondió:

-No uno de ellos, que son nobles, sino cualquier miserable si a vos os pluguiese, me placería. Entonces dijo Currado:

-Espero dentro de pocos días haceros alegrar por ello.

Y viendo ya a los dos jóvenes vueltos a su anterior aspecto, vistiéndolos honradamente, preguntó a Giuffredi:

-¿Qué te gustaría más, además de la alegría que tienes, si vieses aquí a tu madre? A lo que Giuffredi respondió:

-No me es posible creer que los dolores de sus desventurados accidentes la hayan dejado viva: pero si así fuese, sumamente me gustaría, como a quien aún, con su consejo, creería que podría recobrar en Sicilia gran parte de mis bienes.

Entonces Currado hizo venir allí a la una y la otra señora. Las dos hicieron maravillosas fiestas a la recién casada, maravillándose no poco de la inspiración a que podía deberse que Currado hubiese llegado a ser tan benigno que hubiese hecho su pariente a Giannotto; al cual, madama Beritola, por las palabras oídas a Currado, empezó a mirar, y, por oculta virtud, se despertó en ella algún recuerdo de las pueriles facciones del rostro de su hijo, sin esperar otra demostración, con los brazos abiertos se le echó al cuello, ni el desbordante amor y la alegría materna le permitieron poder decir palabra alguna, sino que la privaron de toda virtud sensitiva hasta tal punto que como muerta cayó en los brazos del hijo. El cual, aunque mucho se maravillase de haberla visto muchas veces antes en aquel mismo castillo sin nunca reconocerla, no dejó de conocer incontinenti el aroma materno y reprochándose su pretérito descuido, recibiéndola en sus brazos llorando, tiernamente la besó. Pero luego de que madama Beritola, piadosamente ayudada por la mujer de Currado y por Spina y con agua fría y con otras artes suyas le devolvieron las desmayadas fuerzas empezó de nuevo a abrazar al hijo con muchas lágrimas y muchas dulces palabras; y llena de piedad materna mil veces más le besó, y él y a ella reverentemente mucho la miró y la abrazó. Pero después de que los honestos y alegres agasajos se repitieron tres o cuatro veces, no sin contento y placer de los circunstantes, y el uno hubo al otro narrado sus desventuras, habiendo ya Currado a sus amigos comunicado, con gran placer de todos, el nuevo parentesco por él contraído, y ordenando una hermosa y magnífica fiesta le dijo Giuffredi: -Currado, me habéis contentado con muchas cosas y largamente habéis honrado a mi madre: ahora, para que nada, en lo que podáis, quede por hacer, os ruego que a mi madre, a mis invitados y a mí alegréis con la presencia de mi hermano, que como siervo tiene en su casa micer Guasparrino de Oria, quien, como ya os he dicho, de él y de mí se apoderó pirateando y luego, que mandéis a Sicilia para que se informe plenamente de las condiciones y del estado del país, y averigüe lo que ha sido de Arrighetto, mi padre, si está vivo o muerto, y si está vivo, en qué estado; y plenamente informado de todo, vuelva a nosotros. Plugo a Currado la petición de Giuffredi, y sin tardanza alguna a discretísimas personas mandó a Génova y a Sicilia. El que fue a Génova, hallado micer Guasparrino, de parte de Currado le rogó vehementemente que al Expulsado y a su nodriza le enviase, contándole lo que Currado había hecho con Giuffredi y con su madre. A lo que Micer Guasparrino se maravilló mucho oyéndolo, y dijo: -Es verdad que haré por Currado cualquier cosa que esté en mi poder que le agrade; y ciertamente he tenido en casa, desde hace catorce años, al muchacho que me pides y a su madre, los cuales te enviaré de buena gana; pero le dirás de mi parte que cuide de no haber creído demasiado o de no creer las fábulas de Giannotto, que dices que hoy se hace llamar Giuffredi, porque es mucho más malo de lo que él piensa. Y dicho esto, haciendo honrar al valiente hombre, hizo llamar a la nodriza en secreto, y cautamente la interrogó sobre aquel asunto. La cual, habiendo oído la rebelión de Sicilia y oyendo que Arrighetto estaba vivo, desechando el miedo que hasta entonces había tenido, ordenadamente le contó todo y le mostró las razones por las que aquella manera de conducirse había seguido. Micer Guasparrino, viendo que las cosas dichas por la nodriza con las del embajador de Currado se convenían óptimamente, empezó a dar fe a las palabras; y de una manera y de otra, como hombre astutísimo que era, haciendo averiguaciones sobre este asunto y cada vez encontrando más cosas que más le hacían creer en ello, avergonzándose del vil trato que le había dado al muchacho, para enmendarlo, teniendo una bella hija de once años de edad, sabiendo quién Arrighetto había sido y era, con una gran dote se la dio por mujer, y luego de una gran fiesta, con el muchacho y con la hija y con el embajador de Currado y con la nodriza, subiendo a una galera bien armada, se vino a Lérici; donde recibido por Currado, con toda su compañía se fue a un castillo de Currado no muy alejado de allí, donde estaba preparada una gran fiesta.

Qué fiestas hizo la madre al volver a ver a su hijo, cuáles las de los dos hermanos, cuál la de los tres a la fiel nodriza, cuál la hecha por todos a micer Guasparrino y a su hija, y por él a todos, y de todos juntos con Currado y su mujer y con sus hijos y sus amigos, no se podría explicar con palabras, ni con pluma escribir; por lo que a vosotras, señoras, os dejo que lo imaginéis. Para lo cual, para que fuese completa, quiso Dios, generosísimo donante cuando empieza, hacer llegar las alegres nuevas de la vida y el buen estado de Arrighetto Capece.

Por lo que, siendo grande la fiesta y los convidados, las mujeres y los hombres estando a la mesa todavía al primer plato, llegó aquel que había sido enviado a Sicilia, y entre otras cosas contó de Arrighetto, que, estando en Catania encarcelado por el rey Carlos, cuando se levantó contra el rey la revuelta en aquella tierra, el pueblo enfurecido corrió a la cárcel y, matando a los guardias, le habían sacado de allí, y como a capital enemigo del rey Carlos lo habían hecho su capitán y le habían seguido en expulsar y matar a los franceses; por la cual cosa, se había hecho sumamente grato al rey Pedro, quien todos sus bienes y todo su honor le había restituido, por lo que estaba en grande y buena posición; añadiendo que a él le había recibido con sumo honor y había hecho indecibles fiestas por las noticias de su mujer y del hijo, de los cuales después de su prisión nada había sabido, y además de ello, mandaba a por ellos una saetía con algunos gentileshombres, que venían detrás.

Fue con gran alegría y fiesta éste recibido; y prontamente Currado con algunos de sus amigos salieron al encuentro de los gentileshombres que a por madama Beritola y por Giuffredi venían, y recibidos alegremente, a su banquete, que todavía no estaba mediado, les introdujo. Allí a la señora y a Giuffredi y además de a ellos a todos los otros con tanta alegría los vieron, que nunca mayor fue oída; y ellos, antes de sentarse a comer, de parte de Arrighetto saludaron y agradecieron como mejor supieron y pudieron a Currado y a su mujer por el honor hecho a su mujer y a su hijo, y a Arrighetto y a cualquier cosa que por medio de él se pudiese hacer pusieron a su disposición. Luego, volviéndose a micer Guasparrino, cuyos favores eran inesperados, dijeron que estaban certísimos de que, en cuanto lo que habían hecho por el Expulsado supiese Arrighetto, gracias semejantes y mayores le daría. Después de lo cual, muy contentos, en el banquete de las recién casadas y con los recién casados comieron. Y no sólo aquel día festejó Currado al yerno y a sus otros parientes amigos, sino muchos otros; y después que hubieron cesado los festejos, pareciéndole a madama Beritola y a Giuffredi y a los demás que tenían que irse, con muchas lágrimas de Currado y de su mujer y de micer Guasparrino subiendo a la saetía, llevándose consigo a Spina, se fueron. Y teniendo próspero el viento, pronto llegaron a Sicilia, donde con tan gran fiesta por Arrighetto (todos por igual, los hijos y las mujeres) fueron en Palermo recibidos que decir no se podría; y allí se cree que mucho tiempo todos vivieron feliz mente, y reconocidos por el beneficio recibido, en amistad con Dios Nuestro Señor.

NOVELA SÉPTIMA[editar]

El sultán de Babilonia manda a una hija suya como mujer al rey del Algarbe, la cual, por diversas desventuras, en el espacio de cuatro años llega a las manos de nueve hombres en diversos lugares, por último, restituida al padre como doncella, vuelve de su lado al rey del Algarbe como mujer, como primero iba .

Tal vez no se habría extendido mucho más la historia de Emilia sin que la compasión sentida por las jóvenes por los casos de madama Beritola no les hubiera conducido a derramar lágrimas. Pero luego de que a aquélla se puso fin, plugo a la reina que Pánfilo siguiera, contando la suya; por lo cual él, que obedientísimo era, comenzó:

Difícilmente, amables señoras, puede ser conocido por nosotros lo que nos conviene, por lo que, como muchas veces se ha podido ver, ha habido muchos que, estimando que si se hicieran ricos podrían vivir sin preocupación y seguros, lo pidieron a Dios no sólo con oraciones sino con obras, no rehusando ningún trabajo ni peligro para buscar conseguirlo: y cuando lo hubieron logrado, encontraron que por deseo de tan gran herencia fueron a matarles quienes antes de que se hubieran enriquecido deseaban su vida. Otros, de bajo estado subidos a las alturas de los reinos por medio de mil peligrosas batallas, por medio de la sangre de sus hermanos y de sus amigos, creyendo estar en ellas la suma felicidad, además de los infinitos cuidados y temores de que llenas las vieron y sintieron, conocieron (no sin su muerte) que en el oro de las mesas reales se bebía el veneno . Muchos hubo que la fuerza corporal y la belleza, y ciertos ornamentos con apetito ardentísimo desearon, y no se percataron de haber deseado mal hasta que aquellas cosas no les fueron ocasión de muerte o de dolorosa vida.

Y para no hablar por separado de todos los humanos deseos, afirmo que ninguno hay que con completa precaución, como por seguro de los azares de la fortuna pueda ser elegido por los vivos; por lo que, si queremos obrar rectamente, a tomar y poseer deberíamos disponernos lo que nos diese Aquél que sólo lo que nos hace falta conoce y nos puede dar. Pero si los hombres pecan por desear varias cosas, vosotras, graciosas señoras, sobremanera pecáis por una, que es por desear ser hermosas, hasta el punto de que, no bastándoos los encantos que por la naturaleza os son concedidos, aún con maravilloso arte buscáis acrecentarlos, y me place contaros cuán desventuradamente fue hermosa una sarracena que, en unos cuatro años, tuvo, por su hermosura, que contraer nuevas bodas nueve veces. Ya ha pasado mucho tiempo desde que hubo un sultán en Babilonia que tuvo por nombre Beminedab, al que en sus días bastantes cosas de acuerdo con su gusto sucedieron. Tenía éste, entre sus muchos hijos varones y hembras, una hija llamada Alatiel que, por lo que todos los que la veían decían, era la mujer más hermosa que se viera en aquellos tiempos en el mundo; y porque en una gran derrota que había causado a una gran multitud de árabes que le habían caído encima, le había maravillosamente ayudado el rey del Algarbe , a éste, habiéndosela pedido él como gracia especial, la había dado por mujer; y con honrada compañía de hombres y de mujeres y con muchos nobles y ricos arneses la hizo montar en una nave bien armada y bien provista, y mandándosela, la encomendó a Dios. Los marineros, cuando vieron el tiempo propicio, dieron al viento las velas y del puerto de Alejandría partieron y muchos días navegaron felizmente; y ya habiendo pasado Cerdeña, pareciéndoles que estaban cerca del fin de su camino, se levantaron súbitamente un día contrarios vientos, los cuales, siendo todos sobremanera impetuosos, tanto azotaron a la nave donde iba la señora y los marineros que muchas veces se tuvieron por perdidos. Pero, como hombres valientes, poniendo en obra toda arte y toda fuerza, siendo combatidos por el infinito mar, resistieron durante dos días; y empezando ya la tercera noche desde que la tempestad había comenzado, y no cesando ésta sino creciendo continuamente, no sabiendo dónde estaban ni pudiendo por cálculo marinesco comprenderlo ni por la vista, porque oscurísimo de nubes y de tenebrosa noche estaba el cielo, estando no mucho más allá de Mallorca, sintieron que se resquebrajaba la nave. Por lo cual, no viendo remedio para su salvación, teniendo en el pensamiento cada cual a sí mismo y no a los demás, arrojaron a la mar una chalupa, y confiando más en ella que en la resquebrajada nave, allí se arrojaron los patrones, y después de ellos unos y otros de cuantos hombres había en la nave (aunque los que primero habían bajado a la chalupa con los cuchillos en la mano trataron de impedírselo) se arrojaron, y creyendo huir de la muerte dieron con ella de cabeza: porque no pudiendo con aquel mal tiempo bastar para tantos, hundiéndose la chalupa, todos perecieron.

Y la nave, que por impetuoso viento era empujada, aunque resquebrajada estuviese y ya casi llena de agua -no habiéndose quedado en ella nadie más que la señora y sus mujeres, y todas por la tempestad del mar y por el miedo vencidas, yacían en ella como muertas- corriendo velocísimamente, fue a vararse en una playa de la isla de Mallorca, con tanto y tan gran ímpetu que se hundió casi entera en la arena, a un tiro de piedra de la orilla aproximadamente; y allí, batida por el mar, sin poder ser movida por el viento, se quedó durante la noche. Llegado el día claro y algo apaciguada la tempestad, la señora, que estaba medio muerta, alzó la cabeza y, tan débilmente como estaba empezó a llamar ora a uno ora a otro de su servidumbre, pero en vano llamaba: los llamados estaban demasiado lejos.

Por lo que, no oyéndose responder por nadie ni viendo a nadie, se maravilló mucho y empezó a tener grandísimo miedo; y como mejor pudo levantándose, a las damas que eran de su compañía y a las otras mujeres vio yacer, y a una ahora y a otra después sacudiendo, luego de mucho llamar a pocas encontró que tuvieran vida, como que por graves angustias de estómago y por miedo se habían muerto: por lo que el miedo de la señora se hizo mayor. Pero no obstante, apretándole la necesidad de decidir algo, puesto que allí sola se veía (no conociendo ni sabiendo dónde estuviera), tanto animó a las que vivas estaban que las hizo levantarse; y encontrando que ellas no sabían dónde los hombres se hubiesen ido, y viendo la nave varada en tierra y llena de agua, junto con ellas dolorosamente comenzó a llorar. Y llegó la hora de nona antes de que a nadie vieran, por la orilla o en otra parte, a quien pudiesen provocar piedad y les diese ayuda.

Llegada nona, por azar volviendo de una tierra suya pasó por allí un gentilhombre cuyo nombre era Pericón de Visalgo, con muchos servidores a caballo; el cual, viendo la nave, súbitamente se imaginó lo que era y mandó a uno de los sirvientes que sin tardanza procurase subir a ella y le contase lo que hubiera. El sirviente, aunque haciéndolo con dificultad, allí subió y encontró a la noble joven, con aquella poca compañía que tenía, bajo el pico de la proa de la nave, toda tímida escondida. Y ellas, al verlo, llorando pidieron misericordia muchas veces, pero apercibiéndose de que no eran entendidas y de que ellas no le entendían, por señas se ingeniaron en demostrarle su desgracia. El sirviente, como mejor pudo mirando todas las cosas, contó a Pericón lo que allí había, el cual prontamente hizo traer a las mujeres y las más preciosas cosas que allí había y que pudieron coger, y con ellas se fue a un castillo suyo; y allí con víveres y con reposo reconfortadas las señoras, comprendió, por los ricos arneses, que la mujer que había encontrado debía ser una grande y noble señora, y a ella la conoció prestamente al ver los honores que veía a las otras hacerle a ella sola. Y aunque pálida y asaz desarreglada en su persona por las fatigas del mar estuviese entonces la mujer, sin embargo sus facciones le parecieron bellísimas a Pericón, por lo cual deliberó súbitamente que si no tuviera marido la querría por mujer, y si por mujer no pudiese tenerla, la querría tener por amiga.

Era Pericón hombre de fiero aspecto y muy robusto; y habiendo durante algunos días a la señora hecho servir óptimamente, y por ello estando ésta toda reconfortada, viéndola él sobremanera hermosísima, afligido desmedidamente por no poder entenderla ni ella a él, y así no poder saber quién fuera, pero no por ello menos desmesuradamente prendado de su belleza, con obras amables y amorosas se ingenió en inducirla a cumplir su placer sin oponerse. Pero era en vano: ella rehusaba del todo sus familiaridades, y mientras tanto más se inflamaba el ardor de Pericón. Lo que, viéndolo la mujer, y ya durante algunos días estando allí y dándose cuenta por las costumbres de que entre cristianos estaba, y en lugar donde, si hubiera sabido hacerlo, el darse a conocer de poca cosa le servía, pensando que a la larga o por la fuerza o por amor tendría que llegar a satisfacer los gustos de Pericón, se propuso con grandeza de ánimo hollar la miseria de su fortuna, y a sus mujeres, que más de tres no le habían quedado, mandó que a nadie manifestasen quiénes eran, salvo si en algún lugar se encontrasen donde conocieran que podrían encontrar una ayuda manifiesta a su libertad; además de esto, animándolas sumamente a conservar su castidad, afirmando haberse ella propuesto que nunca nadie gozaría de ella sino su marido. Sus mujeres la alabaron por ello, y le dijeron que observarían en lo que pudieran su mandato.

Pericón, inflamándose más de día en día, y tanto más cuanto más cerca veía la cosa deseada y muchas veces negada, y viendo que sus lisonjas no le valían, preparó el ingenio y el arte, reservándose la fuerza para el final. Y habiéndose dado cuenta alguna vez que a la señora le gustaba el vino, como a quien no estaba acostumbrada a beber, porque su ley se lo vedaba, con él, como ministro de Venus pensó que podía conseguirla, y, aparentando no preocuparse de que ella se mostrase esquiva, hizo una noche a modo de solemne fiesta una magnífica cena, a la que vino la señora; y en ella, siendo por muchas cosas alegrada la cena, ordenó al que la servía que con varios vinos mezclados le diese de beber. Lo que él hizo óptimamente; y ella, que de aquello no se guardaba, atraída por el agrado de la bebida, más tomó de lo que habría requerido su honestidad; por lo que, olvidando todas las advertencias pasadas, se puso alegre, y viendo a algunas mujeres bailar a la moda de Mallorca, ella a la manera alejandrina bailó. Lo que, viendo Pericón, estar cerca le pareció de lo que deseaba, y continuando la cena con más abundancia de comidas y de bebidas, por gran espacio durante la noche la prolongó. Por último, partiendo los convidados, solo con la señora entró en su alcoba; la cual, más caliente por el vino que templada por la honestidad, como si Pericón hubiese sido una de sus mujeres, sin ninguna contención de vergüenza desnudándose en presencia de él, se metió en la cama. Pericón no dudó en seguirla sino que, apagando todas las luces, prestamente de la otra parte se echó junto a ella, y cogiéndola en brazos sin ninguna resistencia, con ella empezó amorosamente a solazarse. Lo que cuando ella lo hubo probado, no habiendo sabido nunca antes con qué cuerpo embisten los hombres, casi arrepentida de no haber accedido antes a las lisonjas de Pericón, sin esperar a ser invitada a tan dulces noches, muchas veces se invitaba ella misma, no con palabras, con las que no se sabía hacer entender, sino con obras. A este gran placer de Pericón y de ella, no estando la fortuna contenta con haberla hecho de mujer de un rey convertirse en amiga de un castellano, opuso una amistad más cruel.

Tenía Pericón un hermano de veinticinco años de edad, bello y fresco como una rosa, cuyo nombre era Marato; el cual, habiéndola visto y habiéndole agradado sumamente, pareciéndole, según por sus actos podía comprender, que gozaba de su gracia, y estimando que lo que él deseaba nada se lo vedaba sino la continua guardia que de ella hacía Pericón, dio en un cruel pensamiento: y al pensamiento siguió sin tregua el criminal efecto. Estaba entonces, por acaso, en el puerto de la ciudad, una nave cargada de mercancía para ir a Clarentza, en Romania , de la que eran patrones dos jóvenes genoveses, y tenía ya la vela izada para irse en cuanto buen viento soplase; con los cuales concertándose Marato, arregló cómo la siguiente noche fuese recibido con la mujer. Y hecho esto, al hacerse de noche, a casa de Pericón, quien de él nada se guardaba, secretamente fue con algunos de sus fidelísimos compañeros, a los cuales había pedido ayuda para lo que pensaba hacer, y en la casa, según lo que habían acordado, se escondió. Y luego que fue pasada parte de la noche, habiendo abierto a sus compañeros, allá donde Pericón con la mujer dormía se fue, y abriéndola, a Pericón mataron mientras dormía y a la mujer, despierta y gimiente, amenazándola con la muerte si hacía algún ruido, se llevaron; y con gran cantidad de las cosas más preciosas de Pericón, sin que nadie les hubiera oído, prestamente se fueron al puerto, y allí sin tardanza subieron a la nave Marato y la mujer, y sus compañeros se dieron la vuelta.

Los marineros, teniendo viento favorable y fresco, se hicieron a la mar. La mujer, amargamente de su primera desgracia y de ésta se dolió mucho; pero Marato, con el San-Crescencio-en-mano que Dios le había dado empezó a consolarla de tal manera que ella, ya familiarizándose con él, olvidó a Pericón; y ya le parecía hallarse bien cuando la fortuna le aparejó nuevas tristezas, como si no estuviese contenta con las pasadas. Porque, siendo ella hermosísima de aspecto, como ya hemos dicho muchas veces, y de maneras muy dignas de alabanza, tan ardientemente de ella los dos patrones de la nave se enamoraron que, olvidándose de cualquier otra cosa, solamente a servirla y a agradarla se aplicaban, teniendo cuidado siempre de que Marato no se apercibiese de su intención. Y habiéndose dado cuenta el uno de aquel amor del otro, sobre aquello tuvieron juntos una secreta conversación y convinieron en adquirir aquel amor común, como si Amor debiese sufrir lo mismo que se hace con las mercancías y las ganancias. Y viéndola muy guardada por Marato, y por ello impedido su propósito, yendo un día la nave con vela velocísima, y Marato estando sobre la popa y mirando al mar, no sospechando nada de ellos, se fueron a él de común acuerdo y, cogiéndolo prestamente por detrás lo arrojaron al mar; y estuvieron más de una milla alejados antes de que nadie se hubiera dado cuenta de que Marato había caído al mar; lo que oyendo la mujer y no viendo manera de poderlo recobrar, nuevo duelo empezó a hacer en la nave. Y a su consuelo los dos amantes vinieron incontinenti, y con dulces palabras y grandísimas promesas, aunque ella poco los entendiese, a ella, que no tanto por el perdido Marato como por su desventura lloraba, se ingeniaban en tranquilizar. Y luego de largas consideraciones una y otra vez dirigidas a ella, pareciéndoles que la habían consolado, vino la hora de discutir entre sí cuál de ellos la fuera a llevar primero a la cama. Y queriendo cada uno ser el primero y no pudiendo en aquello llegar a ningún acuerdo entre ambos, primero con palabras graves y duras empezaron un altercado y encendiéndose en ira con ellas, echando mano a los cuchillos, furiosamente se echaron uno sobre el otro; y muchos golpes, no pudiendo los que en la nave estaban separarlos, se dieron uno al otro, de los que uno cayó muerto incontinenti, y el otro en muchas partes de su cuerpo gravemente herido, quedó con vida; lo que desagradó mucho a la mujer, como a quien allí sola, sin ayuda ni consejo alguno se veía, y mucho temía que contra ella se volviese la ira de los parientes y de los amigos de los dos patrones; pero los ruegos del herido y la pronta llegada a Clarentza del peligro de muerte la libraron. Donde junto con el herido descendió a tierra, y estando con él en un albergue, súbitamente corrió la fama de su gran belleza por la ciudad, y a los oídos del príncipe de Morea , que entonces estaba en Clarentza, llegó: por lo que quiso verla, y viéndola, y más de lo que la fama decía pareciéndole hermosa, tan ardientemente se enamoró de ella que en otra cosa no podía pensar. Y habiendo oído en qué guisa había llegado allí, se propuso conseguirla para él, y buscándole las vueltas y sabiéndolo los parientes del herido, sin esperar más se la mandaron prestamente; lo que al príncipe fue sumamente grato y otro tanto a la mujer, porque fuera de un gran peligro le pareció estar. El príncipe, viéndola además de por la belleza adornada con trajes reales, no pudiendo de otra manera saber quién fuese ella, estimó que sería noble señora, y por lo tanto su amor por ella se redobló; y teniéndola muy honradamente, no a guisa de amiga sino como a su propia mujer la trataba. Lo que, considerando la mujer los pasados males y pareciéndole bastante bien estar, tan consolada y alegre estaba mientras sus encantos florecían que de nada más parecía que hubiera que hablar en Romania. Por lo cual, al duque de Atenas, joven y bello y arrogante en su persona, amigo y pariente del príncipe, le dieron ganas de verla: y haciendo como que venía a visitarle, como acostumbraba a hacer de vez en cuando, con buena y honorable compañía se vino a Clarentza, donde fue honradamente recibido con gran fiesta. Después, luego de algunos días, venidos a hablar de los encantos de aquella mujer, preguntó al duque si eran cosa tan admirable como se decía; a lo que el príncipe respondió: -Mucho más; pero de ello no mis palabras sino tus ojos quiero que den fe. A lo que, invitando al duque el príncipe, juntos fueron allá donde ella estaba; la cual, muy cortésmente y con alegre rostro, habiendo antes sabido su venida, les recibió. Y habiéndola hecho sentar entre ellos, no se pudo de hablar con ella tomar ningún agrado porque poco o nada de aquella lengua entendía; por lo que cada uno la miraba como a cosa maravillosa, y mayormente el duque, el cual apenas podía creer que fuese cosa mortal, y sin darse cuenta, al mirarla, con el amoroso veneno que con los ojos bebía, creyendo que su gusto satisfacía mirándola, se enviscó a sí mismo, enamorándose de ella ardentísimamente. Y luego que de ella, junto con el príncipe, se hubo partido y tuvo espacio de poder pensar por sí solo, juzgaba al príncipe más feliz que a nadie teniendo una cosa tan bella a su disposición; y luego de muchos y diversos pensamientos, pesando más su fogoso amor que su honra, determinó, sucediera lo que fuese, privar al príncipe de aquella felicidad y hacerse feliz con ella a sí mismo si pudiese. Y, teniendo en el ánimo apresurarse, dejando toda razón y toda justicia aparte, a los engaños dispuso todo su pensamiento; y un día, según el malvado plan establecido por él, junto con un secretísimo camarero del príncipe que tenía por nombre Ciuriaci, secretísimamente todos sus caballos y sus cosas hizo preparar para irse, y viniendo la noche, junto con un compañero, todos armados, llevado fue por el dicho Ciuriaci a la alcoba del príncipe silenciosamente. Al que vio que, por el gran calor que hacía, mientras dormía la mujer, él todo desnudo estaba a una ventana abierta al puerto, tomando un vientecillo que de aquella parte venía; por la cual cosa, habiendo a su compañero antes informado de lo que tenía que hacer, silenciosamente fue por la cámara hasta la ventana, y allí con un cuchillo hiriendo al príncipe en los riñones, lo traspasó de una a otra parte, y cogiéndolo prestamente, lo arrojó por la ventana abajo.

Estaba el palacio sobre el mar y muy alto, y aquella ventana a la que estaba entonces el príncipe daba sobre algunas casas que habían sido derribadas por el ímpetu del mar, a las cuales raras veces o nunca alguien iba; por lo que sucedió, tal como el duque lo había previsto, que la caída del cuerpo del príncipe ni fue ni pudo ser oída por nadie. El compañero del duque, viendo que aquello estaba hecho, rápidamente un cabestro que llevaba para aquello, fingiendo hacer caricias a Ciuriaci, se lo echó a la garganta y tiró de manera que Ciuriaci no pudo hacer ningún ruido; y reuniéndose con él el duque, lo estrangularon, y adonde el príncipe arrojado había, lo arrojaron. Y hecho esto, manifiestamente conociendo que no habían sido oídos ni por la mujer ni por nadie, tomó el duque una luz en la mano y la levantó sobre la cama, y silenciosamente a la mujer toda, que profundamente dormía, descubrió; y mirándola entera la apreció sumamente, y si vestida le había gustado sobre toda comparación le gustó desnuda. Por lo que, inflamándose en mayor deseo, no espantado por el reciente pecado por él cometido, con las manos todavía sangrientas, junto a ella se acostó y con ella toda soñolienta, y creyendo que el príncipe fuese, yació. Pero luego de que algún tiempo con grandísimo placer estuvo con ella, levantándose y haciendo venir allí a algunos de sus compañeros, hizo coger a la mujer de manera que no pudiera hacer ruido, y por una puerta falsa, por donde entrado había él, llevándola y poniéndola a caballo, lo más silenciosamente que pudo, con todos los suyos se puso en camino y se volvió a Atenas. Pero como tenía mujer, no en Atenas sino en un bellísimo lugar suyo que un poco a las afueras de la ciudad tenía junto al mar, dejó a la más dolorosa de las mujeres, teniéndola allí ocultamente y haciéndola honradamente, de cuanto necesitaba, servir.

Habían a la mañana siguiente los cortesanos del príncipe esperado hasta la hora de nona a que el príncipe se levantase; pero no oyendo nada, empujando las puertas de la cámara que solamente estaban entornadas, y no encontrando allí a nadie, pensando que ocultamente se hubiera ido a alguna parte para estarse algunos días a su gusto con aquella su hermosa mujer, más no se preocuparon. Y así las cosas, sucedió que al día siguiente, un loco, entrando entre las ruinas donde estaban el cuerpo del príncipe y el de Ciuriaci, por el cabestro arrastró afuera a Ciuriaci, y lo iba arrastrando tras él. El cual, no sin maravilla fue reconocido por muchos, que con lisonjas haciéndose llevar por el loco allí de donde lo había arrastrado, allí, con grandísimo dolor de toda la ciudad, encontraron el del príncipe, y honrosamente lo sepultaron; e investigando sobre los autores de tan grande delito, y viendo que el duque de Atenas no estaba, sino que se había ido furtivamente, estimaron, como era, que él debía haber hecho aquello y llevádose a la mujer. Por lo que prestamente sustituyendo a su príncipe con un hermano del muerto, le incitaron con todo su poder a la venganza; el cual, por muchas otras cosas confirmado después haber sido tal como lo habían imaginado, llamando en su ayuda a amigos y parientes y servidores de diversas partes, prontamente reunió una grande y buena y poderosa hueste, y a hacer la guerra al duque de Atenas se enderezó. El duque, oyendo estas cosas, en su defensa semejantemente aparejó todo su ejército, y vinieron en su ayuda muchos señores, entre los cuales, enviados por el emperador de Constantinopla, estaban Costanzo su hijo y Manovello su sobrino con buenas y grandes gentes, los cuales fueron recibidos honradamente por el duque, y más por la duquesa, porque era su hermana. Aprestándose las cosas para la guerra más de día en día, la duquesa, en tiempo oportuno, a ambos a dos hizo venir a su cámara, y allí con lágrimas bastantes y con muchas palabras toda la historia les contó, mostrándoles las razones de la guerra y la ofensa hecha contra ella por el duque con la mujer a la que creía tener ocultamente; y doliéndose mucho de aquello, les rogó que al honor del duque y al consuelo de ella ofreciesen la reparación que pensasen mejor. Sabían los jóvenes cómo había sido todo aquel hecho y, por ello, sin preguntar demasiado, confortaron a la duquesa lo mejor que supieron y la llenaron de buena esperanza, e informados por ella de dónde estaba la mujer, se fueron.

Y habiendo muchas veces oído hablar de la mujer como maravillosa, desearon verla y al duque pidieron que se la enseñase; el cual, mal recordando lo que al príncipe había sucedido por habérsela enseñado a él, prometió hacerlo: y hecho aparejar en un bellísimo jardín, en el lugar donde estaba la mujer, un magnífico almuerzo, a la mañana siguiente, a ellos con algunos otros compañeros a comer con ella los llevó. Y estando sentado Costanzo con ella, la comenzó a mirar lleno de maravilla, diciéndose que nunca había visto nada tan hermoso, y que ciertamente por excusado podía tenerse al duque y a cualquiera que para tener una cosa tan hermosa cometiese traición o cualquier otra acción deshonesta: y una vez y otra mirándola, y celebrándola cada vez más, no de otra manera le sucedió a él lo que le había sucedido al duque. Por lo que, yéndose enamorado de ella, abandonado todo el pensamiento de guerra, se dio a pensar cómo se la podría quitar al duque, óptimamente a todos celando su amor. Pero mientras él se inflamaba en este fuego, llegó el tiempo de salir contra el príncipe que ya a las tierras del duque se acercaba; por lo que el duque y Costanzo y todos los otros, según el plan hecho en Atenas saliendo, fueron a contender a ciertas fronteras, para que más adelante no pudiera venir el príncipe. Y deteniéndose allí muchos días, teniendo siempre Costanzo en el ánimo y en el pensamiento a aquella mujer, imaginando que, ahora que el duque no estaba junto a ella, muy bien podría venir a cabo de su placer, por tener una razón para volver a Atenas se fingió muy indispuesto en su persona; por lo que, con permiso del duque, delegado todo su poder en Manovello, a Atenas se vino junto a la hermana, y allí, luego de algunos días, haciéndola hablar sobre la ofensa que del duque le parecía recibir por la mujer que tenía, le dijo que, si ella quería, él la ayudaría bien en aquello, haciendo de allí donde estaba sacarla y llevársela. La duquesa, juzgando que Costanzo por su amor y no por el de la mujer lo hacía, dijo que le placía mucho siempre que se hiciese de manera que el duque nunca supiese que ella hubiera consentido en esto. Lo que Costanzo plenamente le prometió; por lo que la duquesa consintió en que él como mejor le pareciese hiciera.

Costanzo, ocultamente, hizo armar una barca ligera, y aquella noche la mandó cerca del jardín donde vivía la mujer, informados los suyos que en ella estaban de lo que habían de hacer, y junto con otros fue al palacio donde estaba la mujer, donde por aquellos que allí al servicio de ella estaban fue alegremente recibido, y también por la mujer; y con ésta, acompañada por sus servidores y por los compañeros de Costanzo, como quisieron, fueron al jardín. Y como si a la mujer de parte del duque quisiera hablarle, con ella, hacia una puerta que salía al mar, solo se fue; a la cual, estando ya abierta por uno de sus compañeros, y allí con la señal convenida llamada la barca, haciéndola coger prestamente y poner en la barca, volviéndose a sus criados, les dijo:

-Nadie se mueva ni diga palabra, si no quiere morir, porque entiendo no robar al duque su mujer sino llevarme la vergüenza que le hace a mi hermana.

A esto nadie se atrevió a responder; por lo que Costanzo, con los suyos en la barca montado y acercándose a la mujer que lloraba, mandó que diesen los remos al agua y se fueran; los cuales, no bogando sino volando, casi al alba del día siguiente llegaron a Egina. Bajando aquí a tierra y descansando Costanzo con la mujer, que su desventurada hermosura lloraba, se solazó; y luego, volviéndose a subir a la barca, en pocos días llegaron a Quíos, y allí, por temor a la reprensión de su padre y para que la mujer robada no le fuese quitada, plugo a Costanzo como en seguro lugar quedarse; donde muchos días la mujer lloró su desventura, pero luego, consolada por Costanzo, como las otras veces había hecho, empezó a tomar el gusto a lo que la fortuna le deparaba.

Mientras estas cosas andaban de tal guisa, Osbech, entonces rey de los turcos, que estaba en continua guerra con el emperador, en aquel tiempo vino por acaso a Esmirna, y oyendo allí cómo Costanzo en lasciva vida, con una mujer suya a quien robado había, sin ninguna precaución estaba en Quíos, yendo allí con unos barquichuelos armados una noche y ocultamente con su gente entrando en la ciudad, a muchos cogió en sus camas antes de que se diesen cuenta de que los enemigos habían llegado; y por último a algunos que, despertándose, habían corrido a las armas, los mataron, y, prendiendo fuego a toda la ciudad, el botín y los prisioneros puestos en las naves, hacia Esmirna se volvieron. Llegados allí, encontrando Osbech, que era hombre joven, al revisar el botín, a la hermosa mujer, y conociendo que aquélla era la que con Costanzo había sido cogida durmiendo en la cama, se puso sumamente contento al verla; y sin tardanza la hizo su mujer y celebró las bodas, y con ella se acostó contento muchos meses.

El emperador, que antes de que estas cosas sucedieran había tenido tratos con Basano, rey de Capadocia, para que contra Osbech bajase por una parte con sus fuerzas y él con las suyas le asaltara por la otra, y no había podido cumplirlo aún plenamente porque algunas cosas que Basano pedía, como menos convenientes no había podido hacerlas, oyendo lo que a su hijo había sucedido, triste se puso sobremanera y sin tardanza lo que el rey de Capadocia le pedía hizo, y él cuanto más pudo solicitó que descendiese contra Osbech, aparejándose él de la otra parte a irle encima. Osbech, al saber esto, reunido su ejército, antes de ser cogido en medio por los dos poderosísimos señores, fue contra el rey de Capadocia, dejando en Esmirna al cuidado de un fiel familiar y amigo a su bella mujer; y con el rey de Capadocia enfrentándose después de algún tiempo combatió y fue muerto en la batalla y su ejército vencido y dispersado. Por lo que Basano, victorioso, se puso libremente a venir hacia Esmirna; y al venir, toda la gente como a vencedor le obedecía. El familiar de Osbech, cuyo nombre era Antíoco, a cargo de quien había quedado la hermosa mujer, por templado que fuese, viéndola tan bella, sin observar a su amigo y señor lealtad, de ella se enamoró; y sabiendo su lengua (lo que mucho le agradaba, como a quien varios años a guisa de sorda y de muda había tenido que vivir, por no haberla entendido nadie y ella no haber entendido a nadie), incitado por el amor, comenzó a tomar tanta familiaridad con ella en pocos días que, no después de mucho, no teniendo consideración a su señor que en armas y en guerra estaba, hicieron su trato no solamente en amistoso sino en amoroso transformarse, tomando el uno del otro bajo las sábanas maravilloso placer. Pero oyendo que Osbech estaba vencido y muerto, y que Basano venía pillando todo, tomaron juntos por partido no esperarlo allí sino que cogiendo grandísima parte de las cosas más preciosas que allí tenía Osbech, juntos y escondidamente, se fueron a Rodas; y no habían vivido allí mucho tiempo cuando Antíoco enfermó de muerte. Estando con el cual por acaso un mercader chipriota muy amado por él y sumamente su amigo, sintiéndose llegar a su fin, pensó que le dejaría a él sus cosas y su querida mujer. Y ya próximo a la muerte, a ambos llamó, diciéndoles así:

-Veo que desfallezco sin remedio; lo que me duele, porque nunca tanto me gustó vivir como ahora me gustaba. Y cierto es que de una cosa muero contentísimo, porque, teniendo que morir, me veo morir en los brazos de las dos personas a quienes amo más que a ninguna otra que haya en el mundo, esto es en los tuyos, carísimo amigo, y en los de esta mujer a quien más que a mí mismo he amado desde que la conocí. Es verdad que doloroso me es saber que se queda forastera y sin ayuda ni consejo, al morirme yo; y más doloroso me sería todavía si no te viese a ti que creo que cuidado de ella tendrás por mi amor como lo tendrías de mi mismo; y por ello, cuanto más puedo te ruego que, si me muero, que mis cosas y ella queden a tu cuidado, y de las unas y de la otra haz lo que creas que sirva de consuelo a mi alma. Y a ti, queridísima mujer, te ruego que después de mi muerte no me olvides, para que yo allá pueda envanecerme de que soy amado aquí por la más hermosa mujer que nunca fue formada por la naturaleza. Si de estas dos cosas me dieseis segura esperanza, sin ninguna duda me iré consolado. El amigo mercader y semejantemente la mujer, al oír estas palabras, lloraban; y habiendo callado él, le confortaron y le prometieron por su honor hacer lo que les pedía, si sucediera que él muriese; y poco después murió y por ellos fue hecho sepultar honorablemente. Después, luego de pocos días, habiendo el mercader chipriota todos sus negocios en Rodas despachado y queriendo volverse a Chipre en una coca de catalanes que allí había, preguntó a la hermosa mujer que qué quería hacer, como fuera que a él le convenía volverse a Chipre.

La mujer repuso que con él, si le pluguiera, iría de buena gana, esperando que por el amor de Antíoco sería tratada y mirada por él como una hermana. El mercader repuso que de lo que a ella gustase estaría contento: y, para de cualquier ofensa que pudiese sobrevenirle antes de que a Chipre llegasen, defenderla, dijo que era su mujer. Y subido a la nave, habiéndoles dado un camarote en la popa, para que las obras no pareciesen contrarias a las palabras, con ella en una litera bastante pequeña dormía. Por lo que sucedió lo que ni por el uno ni por el otro había sido acordado al partir de Rodas; es decir que, incitándoles la oscuridad y la comodidad y el calor de la cama, cuyas fuerzas no son pequeñas, olvidada la amistad y el amor por Antíoco muerto, atraídos por igual apetito, empezando a hurgonearse el uno al otro, antes de que a Pafos llegasen, de donde era el chipriota, se habían hecho parientes; y llegados a Pafos, mucho tiempo estuvo con el mercader.

Sucedió por acaso que a Pafos llegó por algún asunto suyo un gentilhombre cuyo nombre era Antígono, cuyos años eran muchos pero cuyo juicio era mayor, y pocas las riquezas, porque habiéndose en muchas cosas mezclado al servicio del rey de Chipre, la fortuna le había sido contraria. El cual, pasando un día por delante de la casa donde la hermosa mujer vivía, habiendo el mercader chipriota ido con su mercancía a Armenia, le sucedió por ventura ver a una ventana de su casa a esta mujer; a quien, como era hermosísima, empezó a mirar fijamente, y empezó a querer acordarse de haberla visto otras veces, pero dónde de ninguna manera acordarse podía.

La hermosa mujer, que mucho tiempo habla sido juguete de la fortuna, acercándose al término en que sus males debían hallar fin, al ver a Antígono se acordó de haberlo visto en Alejandría al servicio de su padre, en no baja condición; por lo cual, concibiendo súbita esperanza de poder aún volver al estado real con sus consejos, no sintiendo a su mercader, lo antes que pudo hizo llamar a Antígono. Al cual, venido a ella, tímidamente preguntó si él fuese Antígono de Famagusta, como creía. Antígono repuso que sí, y además de ello dijo:

-Señora, a mí me parece conoceros, pero por nada puedo acordarme de dónde; por lo que os ruego, si no os es enojoso, que a la memoria me traigáis quién sois. La mujer, oyendo que era él, llorando fuertemente le echó los brazos al cuello, y, luego de un poco, a él, que mucho se maravillaba, le preguntó si nunca en Alejandría la había visto. Cuya pregunta oyendo Antígono reconoció incontinenti que era aquélla Alatiel la hija del sultán que muerta en el mar se creía que había sido, y quiso hacerle la reverencia debida; pero ella no lo sufrió, y le rogó que con ella se sentase un poco. Lo que, hecho por Antígono, le preguntó reverentemente cómo y cuándo y de dónde había venido aquí, como fuera que en toda la tierra de Egipto se tuviese por cierto que se había ahogado en el mar, hacía ya algunos años. A lo que dijo la mujer:

-Bien querría que hubiera sido así más que haber tenido la vida que he tenido, y creo que mi padre querría lo mismo, si alguna vez lo supiera.

Y dicho así, volvió a llorar maravillosamente; por lo que Antígono le dijo: -Señora, no os desconsoléis antes que sea necesario; si os place, contadme vuestras desventuras y qué vida habéis tenido; por ventura vuestros asuntos podrán encaminarse de manera que les encontremos, con ayuda de Dios, buena solución.

-Antígono -dijo la hermosa mujer-, me pareció al verte ver a mi padre, y movida por el amor y la ternura que a él le he tenido, pudiéndome ocultar me manifesté a ti, y a pocas personas me habría podido suceder haber visto de que tan contenta fuese cuanto estoy de haberte, antes que a ningún otro, visto y reconocido; y por ello, lo que en mi mala fortuna siempre he tenido escondido, a ti como a padre te lo descubriré. Si ves, después de que oído lo hayas, que puedas de algún modo a mi debida condición hacerme volver, te ruego que lo pongas en obra; si no lo ves, te ruego que jamás a nadie digas que me has visto o que nada has oído de mí.

Y dicho esto, siempre llorando, lo que sucedido le había desde que naufragó en Mallorca hasta aquel punto le contó; de lo que Antígono, movido a piedad, empezó a llorar, y luego de que por un rato hubo pensado, dijo:

-Señora, puesto que oculto ha estado en vuestros infortunios quién seáis, sin falta os devolveré más querida que nunca a vuestro padre, y luego como mujer al rey del Algarbe. Y preguntado por ella que cómo, ordenadamente lo que había de hacer le enseñó; y para que ninguna otra fuese a sobrevenir si se demoraba, en el mismo momento volvió Antígono a Famagusta y se fue al rey, al que dijo:

-Señor mío, si os place, podéis al mismo tiempo haceros grandísimo honor a vos, y a mí (que soy pobre por vos) gran provecho sin que os cueste mucho.

El rey le preguntó cómo. Antígono entonces dijo:

-A Pafos ha llegado la hermosa joven hija del sultán, de la que ha corrido tanto la fama de que se había ahogado; y, por preservar su honestidad, grandísimas privaciones ha sufrido largamente, y al presente se encuentra en pobre estado y desea volver a su padre. Si a vos os pluguiera mandársela bajo mi custodia, sería un gran honor para vos, y un gran bien para mí; y no creo que nunca tal servicio se le olvidase al sultán.

El rey, movido por real magnanimidad, súbitamente repuso que le placía: y honrosamente enviando a por ella, a Fainagusta la hizo venir, donde por él y por la reina con indecible fiesta y con magnífico honor fue recibida; a la cual, después, por el rey y la reina siéndole preguntadas sus desventuras, según los consejos dados por Antígono repuso y contó todo. Y pocos días después, pidiéndolo ella, el rey, con buena y honorable compañía de hombres y de mujeres, bajo la custodia de Antígono la devolvió al sultán; por el cual si fue celebrada su vuelta nadie lo pregunte, y lo mismo la de Antígono con toda su compañía. La que, luego de que reposó algo, quiso el sultán saber cómo estaba viva, y dónde se había detenido tanto tiempo sin nunca haberle hecho nada saber sobre su condición.

La joven, que óptimamente las enseñanzas de Antígono había aprendido, a su padre así comenzó a hablar:

-Padre mío, sería el vigésimo día después que partí de vuestro lado cuando, por fiera tempestad nuestra nave resquebrajada, encalló en ciertas playas allá en Occidente, cerca de un lugar llamado Aguasmuertas, una noche, y lo que de los hombres que en nuestra nave iban sucediese no lo sé ni lo supe nunca; de cuanto me acuerdo es de que, llegado el día y yo casi de la muerte a la vida volviendo, habiendo sido ya la rota nave vista por los campesinos, corrieron a robarla de toda la comarca, y yo con dos de mis mujeres primero sobre la orilla puestas fuimos, e incontinenti cogidas por los jóvenes que, quién por aquí con una y quién por ahí con otra, empezaron a huir. Qué fue de ellas no lo supe nunca; pero habiéndome a mí, que me resistía, cogido entre dos jóvenes y arrastrándome por los cabellos, llorando yo fuertemente, sucedió que, pasando los que me arrastraban un camino para entrar en un grandísimo bosque, cuatro hombres en aquel momento pasaban por allí a caballo, a los cuales, como vieron los que me arrastraban, soltándome, prestamente se dieron a la fuga. Los cuatro hombres, que por su semblante me parecían de autoridad, visto aquello, corrieron a donde yo estaba y mucho me preguntaron, y yo mucho dije, pero ni por ellos fui entendida ni a ellos los entendí. Ellos, luego de larga consulta, subiéndome a uno de sus caballos, me llevaron a un monasterio de mujeres según su ley religiosa, y yo, por lo que les dijeran, fui allí benignísimamente recibida y siempre honrada, y con gran devoción junto con ellas he servido desde entonces a san Crescencio-en-la-cueva, a quien las mujeres de aquel país mucho aman. Pero luego de que algún tiempo estuve con ellas, y ya habiendo algo aprendido de su lengua, preguntándome quién yo fuese y de dónde, y sabiendo yo dónde estaba y temiendo, si dijese la verdad, ser perseguida como enemiga de su ley, repuse que era hija de un gran gentilhombre de Chipre, el cual habiéndome mandado a Creta para casarme, por azar allí habíamos sido llevados y naufragamos. Y muchas veces en muchas cosas, por miedo a lo peor, observé sus costumbres; y preguntándome la mayor de aquellas señoras, a la que llamaban «abadesa», si a Chipre me gustaría volver, contesté que nada deseaba tanto; pero ella, solícita de mi honor, nunca me quiso confiar a nadie que hacia Chipre viniera sino, hace unos dos meses, cuando llegados allí ciertos hombres buenos de Francia con sus mujeres, entre los cuales algún pariente tenía la abadesa, y oyendo ella que a Jerusalén iban a visitar el sepulcro donde aquel a quien tienen por Dios fue enterrado después de que fue matado por los judíos, a ellos me encomendó, y les rogó que en Chipre quisieran entregarme a mi padre. Cuánto estos gentileshombres me honraron y alegremente me recibieron junto con sus mujeres, larga historia sería de contar. Subidos, pues, en una nave, luego de muchos días llegamos a Pafos; y allí viéndome llegar, sin conocerme nadie ni sabiendo qué debía decir a los gentileshombres que a mi padre me querían entregar, según les había sido impuesto por la venerable señora, me aparejó Dios, a quien tal vez daba lástima de mí, sobre la orilla a Antígono en la misma hora que nosotros en Pafos bajábamos; al que llamé prestamente y en nuestra lengua, para no ser entendida por los gentileshombres ni las señoras, le dije que como hija me recibiera. Él me entendió enseguida; y haciéndome gran fiesta, a aquellos gentileshombres y a aquellas señoras según sus pobres posibilidades honró, y me llevó al rey de Chipre, el cual con qué honor me recibió y aquí a vos me ha enviado nunca podría yo contar. Si algo por decir queda, Antígono, que muchas veces me ha oído esta mi peripecia, lo cuente. Antígono, entonces, volviéndose al sultán, dijo:

-Señor mío, ordenadísimamente, tal como me lo ha contado muchas veces y como aquellos gentileshombres con los que vino me contaron, os lo ha contado; solamente una parte ha dejado por deciros, que estimo que, porque bien no le está decirlo a ella, lo haya hecho: y ello es cuánto aquellos gentileshombres y señoras con quienes vino hablaron de la honesta vida que con las señoras religiosas había llevado y de su virtud y de sus loables costumbres, y de las lágrimas y del llanto que hicieron las señoras y los gentileshombres cuando, restituyéndola a mí, se separaron de ella. De las cuales cosas si yo quisiera enteramente decir lo que ellos me dijeron, no el presente día sino la noche siguiente no nos bastaría; tanto solamente creo que basta que, según sus palabras mostraban y aun aquello que yo he podido ver, os podéis gloriar de tener la más hermosa hija y la más honrada y la más valerosa que ningún otro señor que hoy lleve corona.

Estas cosas celebró el sultán maravillosamente y muchas veces rogó a Dios que le concediese gracia para poder dignas recompensas conceder a cualquiera que hubiera honrado a su hija, y máximamente al rey de Chipre por quien honradamente le había sido devuelta; y luego de algunos días, habiendo hecho preparar grandísimos dones para Antígono, le dio licencia de volverse a Chipre, dándole al rey con cartas y con embajadores especiales grandísimas gracias por lo que había hecho a la hija. Y después de esto, queriendo que lo que comenzado había sido tuviese lugar, es decir, que ella fuese la mujer del rey del Algarbe, a éste todo hizo saber enteramente, escribiéndole además de ello que, si le pluguiera tenerla, a por ella mandase. Mucho celebró esto el rey del Algarbe y, mandando honorablemente a por ella, alegremente la recibió. Y ella, que con otros ocho hombres unas diez mil veces se había acostado, a su lado se acostó como doncella, y le hizo creer que lo era, y, reina, con él alegremente mucho tiempo vivió después. Y por ello se dice: «Boca besada no pierde fortuna, que se renueva como la luna».

NOVELA OCTAVA[editar]

El conde de Amberes, acusado en falso, va al exilio; deja a dos hijos suyos en diversos lugares de Inglaterra y él, al volver de Escocia , sin ser conocido, los encuentra en buen estado; entra como palafrenero en el ejército del rey de Francia y, reconocida su inocencia, es restablecido en su primer estado.

Mucho suspiraron las señoras por las diversas desventuras de la hermosa mujer: pero ¿quién sabe qué razón movía los suspiros? Tal vez las había que no menos por anhelo de tan frecuentes nupcias que por lástima de ella suspiraban. Pero dejando esto por el momento presente, habiéndose alguna reído por las últimas palabras dichas por Pánfilo, y viendo por ellas la reina que su novela había terminado, vuelta hacia Elisa, le impuso que continuara el orden con una de las suyas; la cual, alegremente haciéndolo, comenzó Amplísimo campo es este por el cual hoy nos estamos paseando, y no hay nadie que, no una justa sino diez pudiese contender en él asaz fácilmente pues tan abundante lo ha hecho la fortuna en sus extraños y dolorosos casos; y por ello, viniendo de ellos, que infinitos son, a contar alguno, digo que: Al ser el imperio de Roma de los franceses a los tudescos transportado , nació entre una nación y la otra grandísima enemistad y acerba y continua guerra, por la cual, tanto para defender su país como para atacar a los otros, el rey de Francia y un hijo suyo, con toda la fuerza de su reino y junto con los amigos y parientes con quienes hacer lo pudieron, organizaron un grandísimo ejército para ir contra los enemigos; y antes de que a ello procedieran, para no dejar el reino sin gobierno, sabiendo que Gualterio, conde de Amberes, era un hombre noble y sabio y muy fiel amigo y servidor suyo, y que aunque también era conocedor del arte de la guerra les parecía a ellos más apto para las cosas delicadas que para las fatigosas, a él en el lugar de ellos dejaron como vicario general sobre todo el gobierno del reino de Francia, y se fueron a sus campañas.

Comenzó, pues, Gualterio con juicio y con orden el oficio encomendado, siempre en todas las cosas con la reina y con su nuera consultando; y aunque bajo su custodia y jurisdicción hubiesen sido dejadas, no menos como a sus señoras y principales en lo que podía las honraba. Era el dicho Gualterio hermosísimo de cuerpo y de edad de unos cuarenta años, y tan amable y cortés cuanto más pudiese serlo hombre noble, y además de todo esto, era el más galante y el más delicado caballero que en aquel tiempo se conociese, y el que más adornado iba.

Ahora, sucedió que, estando el rey de Francia y su hijo en la guerra ya dicha, habiendo muerto la mujer de Gualterio y habiéndole dejado con un hijo varón y una hija, niños pequeños, y sin nadie más, frecuentando él la corte de las dichas señoras y hablando con ellas frecuentemente de las necesidades del reino, la mujer del hijo del rey puso en él sus ojos y con grandísimo afecto considerando su persona y sus costumbres, con oculto amor fervientemente se inflamó por él; y viéndose joven y fresca y a él sin mujer, pensó que sería fácil realizar su deseo. Y pensando que ninguna cosa se oponía a aquello sino la vergüenza de manifestárselo, se dispuso del todo a desecharla de sí, y estando un día sola y pareciéndole oportuno, como si otras cosas con él hablar quisiese, mandó a por él. El conde, cuyo pensamiento estaba muy lejos del de la señora, sin ninguna dilación se fue a donde ella; y sentándose, como ella quiso, con ella sobre una cama, en una cámara los dos solos, habiéndola ya el conde preguntado sobre la razón por la que le hubiese hecho venir, y ella callando, finalmente, empujada por el amor, toda roja de vergüenza, casi llorando y temblando toda, con palabras entrecortadas, así comenzó a decir: -Carísimo y dulce amigo y señor mío, vos podéis, como hombre sabio, fácilmente conocer cuánta sea la fragilidad de los hombres y de las mujeres, y por diversas razones más en una que en otra; por lo que debidamente, ante un justo juez, un mismo pecado en diversa cualidad de personas no debe recibir la misma pena. ¿Y quién sería quien dijese que no debiese ser mucho más reprensible un pobre hombre o una pobre mujer que con su trabajo tuviesen que ganar lo que necesitasen para vivir, si fuesen por el amor estimulados y lo siguiesen, que una señora rica y ociosa y a quien nada que agradase a sus deseos faltara? Creo ciertamente que nadie. Por la razón que juzgo que grandísima parte de excusa deban prestar las dichas cosas de aquella que las posee, si por ventura se deja llevar a amar; y lo restante debe tenerlo el haber elegido a un sabio y valeroso amador, si lo ha hecho así aquella que ama. Las cuales cosas, como quiera que ambas según mi parecer, se dan en mí, y además de ellas otras más que a amar deben inducirme, como es mi juventud y el alejamiento de mi marido, deben ahora venir en mi ayuda a la defensa de mi fogoso amor ante vuestra consideración; y si pueden lo que en la presencia de los sabios deben poder, os ruego que consejo y ayuda en lo que os pida me prestéis. Es verdad que, por el alejamiento de mi marido no pudiendo yo a los estímulos de la carne ni a la fuerza del amor oponerme (los cuales son de tanto poder, que a los fortísimos hombres, no ya a las tiernas mujeres, han vencido muchas veces y vencen todos los días), estando yo en las comodidades y los ocios en que me veis, a secundar los placeres de amor y a enamorarme me he dejado llevar: y como tal cosa, si sabida fuese, yo sepa que no es honesta, no menos, siendo y estando escondida en nada la juzgo ser deshonesta, pues me ha sido Amor tan complaciente que no solamente no me ha quitado el debido juicio al elegir el amante sino que mucho me ha dado, mostrándome que sois digno vos de ser amado por una mujer tal como yo; que, si no me engaño, os reputo por el más hermoso, el más amable y más galante y el más sabio caballero que en el reino de Francia pueda encontrarse; y tal como yo puedo decir que sin marido me veo, vos también sin mujer. Por lo que yo os ruego, por tan grande amor como es el que os tengo, que no me neguéis el vuestro y que se acreciente con mi juventud, la cual verdaderamente, como el hielo al fuego, se consume por vos. Al llegar a estas palabras le acometieron tan abundantemente las lágrimas que ella, que todavía más ruegos intentaba interponer, no tuvo más poder para hablar, sino que bajado el rostro y abatida, llorando, en el seno del conde dejó caer la cabeza. El conde, que lealísimo caballero era, con gravísima reprimenda empezó a reprender un tan loco amor y a rechazarla porque ya al cuello quería echársele, y con juramentos a afirmar que primero sufriría él ser descuartizado que tal cosa contra el honor de su señor ni en sí mismo ni en otro consintiera. Lo que oyendo la señora, súbitamente olvidado el amor y en fiero furor encendida dijo: -¿Será, pues, ruin caballero, de esta guisa escarnecido por vos mi deseo? No plazca a Dios, puesto que queréis hacerme morir, que yo morir arrojar del mundo no os haga. Y diciendo así, al punto se echó las manos a los cabellos, enmarañándoselos y descomponiéndoselos todos, y después de haberse desgarrado las vestiduras en el pecho, comenzó a gritar fuerte: -¡Ayuda, ayuda, que el conde de Amberes quiere forzarme!

El conde, viendo esto, y temiendo mucho más la envidia de los cortesanos que a su conciencia, y temiendo que aquélla fuese a dar más fe a la maldad de la señora que a su inocencia, se levantó y lo más aprisa que pudo, de la cámara y del palacio salió y escapó a su casa, donde, sin tomar otro consejo, puso a sus hijos a caballo y montándose él también, lo más aprisa que pudo se fue hacia Calais. Al ruido de la señora corrieron muchos, los cuales, viéndola y oyendo la razón de sus gritos, no solamente por aquello dieron fe a sus palabras, sino que añadieron que la galanura y la adornada manera del conde había sido por él largamente buscada para poder llegar a aquello. Se corrió, pues, con furia a los palacios del conde para arrestarlo; pero no encontrándole a él, primero los saquearon todos y luego hasta los cimientos los hicieron derribar.

La noticia, tan torpe como se contaba, llegó en las huestes al rey y al hijo, los cuales, muy airados, a perpetuo exilio a él y a sus descendientes condenaron, grandísimos dones prometiendo a quien vivo o muerto se lo llevase. El conde, pesaroso de que, de inocente, al huir, se había hecho culpable, llegado sin darse a conocer o ser conocido, con sus hijos a Calais, prestamente pasó a Inglaterra y en pobres vestidos fue hacia Londres, donde antes de entrar, con muchas palabras adoctrinó a los dos pequeños hijos suyos, y máximamente en dos cosas: primera, que pacientemente soportasen el estado pobre al que sin culpa de ellos la fortuna, junto con él, les había llevado, y luego que con toda prudencia se guardasen de manifestar a nadie de dónde eran ni hijos de quién, si amaban la vida.

Era el hijo, llamado Luigi, de unos nueve años, y la hija, que tenía por nombre Violante , tenía unos siete, los cuales, según lo que permitía su tierna edad, muy bien comprendieron la lección del padre, y en las obras lo mostraron después. Y para que aquello mejor pudiese hacerse le pareció deber cambiarles los nombres; y lo hizo así, y llamó al varón Perotto y Giannetta a la niña; y llegados a Londres con pobres vestidos, del modo que vemos hacer a los pordioseros franceses, se dieron a andar pidiendo limosna. Y estando por acaso en tal ocupación una mañana en una iglesia, sucedió que una gran dama, que era mujer de uno de los mariscales del rey de Inglaterra, al salir de la iglesia, vio al conde y a sus dos hijitos que limosna pedían, al que preguntó de dónde era y si suyos eran aquellos dos niños. A quien repuso que él era de Picardía y que, por un delito de un hijo mayor, había tenido que hacerse vagabundo con aquellos dos, que suyos eran. La dama, que era piadosa, puso los ojos en la muchacha y le gustó mucho porque hermosa y gentil y agraciada era, y dijo:

-Buen hombre, si te contentase dejar aquí conmigo a esta hijita tuya, porque buen aspecto tiene, la enseñaré de buena gana, y si se hace mujer virtuosa la casaré en el tiempo que sea conveniente de manera que estará bien.

Al conde mucho le plugo esta petición, y prestamente repuso que sí, y con lágrimas se la dio y recomendó mucho. Y habiendo así colocado a la hija y sabiendo bien a quién, deliberó no quedarse allí, y pidiendo limosna atravesó la isla y con Perotto llegó a Gales no sin gran fatiga, como quien a andar a pie no está acostumbrado. Allí había otro de los mariscales del rey, que gran estado y muchos servidores tenía, en cuya corte el conde alguna vez, él y el hijo, para tener de qué comer, mucho se detenían. Y estando en ella algún hijo del dicho mariscal y otros muchachos de gente noble, y jugando a algunos juegos de muchachos como de correr y de saltar, Perotto comenzó a mezclarse con ellos y a hacerlo tan diestramente, o más, que cualquiera de los otros hiciese alguna de las pruebas que entre ellos se hacían. Lo que viendo alguna vez el mariscal, y gustándole mucho la manera y los modos del muchacho, preguntó que quién fuese. Le fue dicho que era hijo de un pobre hombre que alguna vez por limosna venia allá adentro. Al cual el mariscal se lo hizo pedir y el conde, como quien a Dios otra cosa no rogaba, libremente se lo concedió, por mucho disgusto que le causase separarse de él. Teniendo, pues, el conde el hijo y la hija colocados, pensó que más no quería quedarse en Inglaterra sino que como mejor pudo se pasó a Irlanda, y llegado a Stanford, con un caballero de un conde campesino se colocó como criado, todas aquellas cosas haciendo que a un criado o a un palafrenero pueden convenir; y allí sin ser nunca por nadie conocido, con asaz disgusto y fatiga se quedó largo tiempo.

Violante, llamada Giannetta, con la noble señora en Londres fue creciendo en años y en persona y en belleza, y en tanto favor de la señora y de su marido y de cualquiera otro de la casa y de quienquiera que la conociese, que era cosa maravillosa de ver; y no había nadie que sus costumbres y sus maneras mirase que no dijese que debía ser digna de todo grandísimo bien y honor. Por la cual cosa, la noble señora que la había recibido de su padre, sin haber podido nunca saber quién era él de otra manera que por lo que él decía, se había propuesto casarla honradamente según la condición de que estimaba que era. Pero Dios, justo protector de los méritos de los demás, sabiendo que era mujer noble, y llevaba sin culpa la penitencia del pecado ajeno, lo dispuso de otra manera: y para que a manos de un hombre vil no viniese la noble joven, debe creerse que, lo que sucedió, Él por su misericordia lo permitió. Tenía la noble señora con la que Giannetta vivía un único hijo de su marido a quien ella y el padre sumamente amaban, tanto porque era su hijo como porque por virtud y méritos lo valía, como quien más que nadie cortés y valeroso y arrogante y hermoso de cuerpo era. El cual, teniendo unos seis años más que Giannetta y viéndola hermosísima y graciosa, tanto se enamoró de ella que más allá de ella nada veía. Y porque imaginaba que debía ser de baja condición, no solamente no osaba pedirla a su padre y a su madre por mujer, sino que temiendo ser reprendido por haberse puesto a amar bajamente, cuanto podía su amor tenía escondido. Por la cual cosa, mucho más que si descubierto lo hubiera, lo estimulaba; y ocurrió que por exceso de angustia enfermó, y gravemente. Habiendo sido llamados varios médicos a su cuidado, y habiendo un signo y otro observado en él y no pudiendo su enfermedad conocer, todos juntos desesperaban de su salvación; por lo que el padre y la madre del joven tenían tanto dolor y melancolía que mayor no habría podido tenerse; y muchas veces con piadosos ruegos le preguntaban la razón de su mal, a los que o suspiros por respuesta daba o que todo se sentía desfallecer. Sucedió un día que, estando sentado junto a él un médico asaz joven, pero en ciencia muy profundo, y teniéndole cogido por el brazo en aquella parte donde buscan el pulso, Giannetta, que, por respeto por la madre, solícitamente le servía, por alguna razón entró en la cámara en la que el joven estaba echado. A la cual, cuando el joven vio, sin ninguna palabra o ademán hacer, sintió con más fuerza en el corazón el amoroso ardor, por lo que el pulso más fuerte comenzó a latirle de lo acostumbrado; lo que el médico sintió incontinenti y maravillóse, y estuvo quedo por ver cuánto aquel latir durase . Al salir Giannetta de la cámara el latir se calmó: por lo que le pareció al médico haber entendido algo de la razón de la enfermedad del joven; y poco después, como si algo quisiera preguntar a Giannetta, siempre teniendo al enfermo por el brazo, la hizo llamar. A lo que ella vino incontinenti; no había entrado en la cámara cuando el latir del pulso volvió al joven, y partida ella, cesó. Con lo que, pareciendo al médico tener plena certeza, levantóse y llevando aparte al padre y a la madre del joven, les dijo: -La salud de vuestro hijo no en los remedios de los médicos sino en las manos de Giannetta está, a la cual, tal como he conocido manifiestamente por ciertos signos, el joven ama ardientemente aunque ella no se haya dado cuenta por lo que yo veo. Sabéis ya lo que tenéis que hacer si su vida os es querida. El noble señor y su mujer, oyendo esto, se pusieron contentos en cuanto algún modo se encontraba para su salvación, aunque mucho les pesase que lo que temían fuera aquello, esto es, tener que dar a Giannetta a su hijo por esposa. Ellos, pues, partido el médico, se fueron al enfermo, y díjole la señora así: -Hijo mío, no habría yo creído nunca que me escondieses algún deseo tuyo, y especialmente viéndote, por no tenerlo, desfallecer, por lo que debías estar cierto, y debes, que nada hay que por contentarte hacer pudiese, aunque menos que honesto fuera, que como por mí misma no lo hiciese; pero pues que lo has hecho así ha sucedido que Nuestro Señor se ha compadecido de ti más que tú mismo, y para que de esta enfermedad no te mueras me ha mostrado la razón de tu mal, que no es otra cosa que un excesivo amor que sientes por alguna joven, sea quien sea ella. Y en verdad, de manifestar esto no deberías avergonzarte porque tu edad lo pide, y si no estuvieras enamorado yo te tendría en bastante poco. Por lo que, hijo mío, no te escondas de mí sino que con confianza descúbreme todo tu deseo, y la melancolía y el pensamiento que tienes y del que esta enfermedad procede, arrójalos fuera, y consuélate y persuádete de que nada habrá por satisfacción tuya, que tú me impongas, que yo no haga si está en mi poder, como quien más te ama que a la vida mía. Desecha la vergüenza y el temor, y dime si puedo por tu amor hacer algo; y si no encuentras que sea solícita en ello y logre tal efecto tenme por la más cruel madre que ha parido un hijo. El joven, oyendo las palabras de la madre, primero se avergonzó; luego, pensando que nadie mejor que ella podría satisfacer su placer, desechada la vergüenza, le dijo así: -Madama, nada me ha hecho teneros escondido mi amor sino haberme apercibido de que la mayoría de las personas, después de que entran en años, de haber sido jóvenes no quieren acordarse. Pero pues que en esto os veo discreta, no solamente no negaré que es verdad aquello de que os habéis apercibido, sino que os haré manifiesto de quién; con tal condición de que el efecto siga a vuestra promesa en todo cuanto esté en vuestro poder y así podréis sanarme.

A lo que la señora, confiando demasiado en que debía suceder en la forma en que ella misma pensaba, libremente repuso que con confianza su pecho le abriese, que ella sin tardanza alguna se pondría a actuar para que él su placer tuviera.

-Madama -dijo entonces el joven-, la alta hermosura y las loables maneras de nuestra Giannetta y el no poder manifestárselo ni hacerla apiadarse de mi amor y el no haber osado jamás manifestarlo a nadie me han conducido donde me veis: y si lo que me habéis prometido de un modo u otro no se sigue, estaos por segura de que mi vida será breve.

La señora, a quien más parecía momento aquel de consuelo que de reprensiones, sonriendo dijo: -¡Ay, hijo mío!, ¿así que por esto te has dejado enfermar? Consuélate y déjame a mí hacer, pues curado serás.

El joven, lleno de esperanza, en brevísimo tiempo mostró signos de grandísima mejoría, por lo que la señora, muy contenta, se dispuso a intentar el modo en que pudiera cumplirse lo que prometido le había; y llamando un día a Giannetta, con bromas y asaz discretamente le preguntó si tenía algún amador. Giannetta, toda colorada, repuso:

-Madama, a una doncella pobre y echada de su casa, como soy yo, y que está al servicio ajeno, como hago yo, no se le pide ni le está bien servir a Amor.

A lo que la señora dijo:

-Pues si no lo tenéis, queremos daros uno, con el que contenta viváis y más os deleitéis con vuestra beldad, porque no es conveniente que tan hermosa damisela como vos sois esté sin amante. A lo que Giannetta repuso:

-Madama, vos sacándome de la pobreza de mi padre, me habéis criado como hija, y por ello debo hacer todo vuestro gusto; pero no os complaceré en esto, creyendo que me hago bien. Si os place darme marido, a él entiendo amar pero no a otro; porque si de la herencia de mis abuelos nada me ha quedado sino la honra, entiendo guardarla y observarla cuanto mi vida dure. Estas palabras parecieron a la señora muy contrarias a lo que quería conseguir para cumplir la promesa hecha a su hijo, aunque, como mujer discreta, mucho estimase en su interior a la doncella; y dijo: -Cómo, Giannetta, si monseñor el rey, que es joven caballero, y tú eres hermosísima doncella, buscase en tu amor algún placer, ¿se lo negarías?

Y ella súbitamente le respondió:

-Forzarme podría el rey, pero nunca con mi consentimiento, sino lo que fuera honesto, podría tener. La dama, comprendiendo cuál fuese su ánimo, dejó de hablar y pensó ponerla a prueba; y le dijo a su hijo que, en cuanto estuviera curado, la haría ir con él a una cámara y que él se ingeniase en conseguir de ella su placer, diciendo que le parecía deshonesto, a guisa de alcahueta, hablar por el hijo y rogar a su doncella. Con lo que el joven no estuvo contento en ninguna guisa y de súbito empeoró gravemente; lo que viendo la señora, manifestó su intención a Giannetta pero, encontrándola más constante que nunca, contando a su marido lo que había hecho, aunque duro les pareciese, de mutuo consentimiento deliberaron dársela por esposa, queriendo mejor a su hijo vivo con mujer que no le correspondía que muerto sin ninguna; y así, luego de muchas historias, lo hicieron. Con lo que Giannetta estuvo muy contenta y con piadoso corazón agradeció a Dios que no la había olvidado; pero, con todo, no dijo nunca que era sino hija de un picardo. El joven curó y celebró las nupcias más contento que ningún otro hombre, y empezó a darse buena vida con ella.

Perotto, que se había quedado en Gales con el mariscal del rey de Inglaterra, igualmente creciendo halló la gracia de su señor y se hizo hermosísimo de persona y gallardo cuanto cualquiera otro que hubiese en la isla, tanto que ni en los torneos ni en las justas ni en cualquier otro hecho de armas había nadie en el país que valiese lo que él; por lo que por todos, que le llamaban Perotto el picardo, era conocido y famoso. Y así como Dios no había olvidado a su hermana, así demostró igualmente tenerlo a él en el pensamiento; porque, sobrevenida en aquella comarca una pestilente mortandad, a la mitad de la gente se llevó consigo, sin contar que grandísima parte de los que quedaron huyeron, por miedo, a otras comarcas, por lo que el país todo parecía abandonado.

En la cual mortandad el mariscal su señor y su mujer y un hijo suyo y otros muchos hermanos y sobrinos y parientes todos murieron, y no quedó sino una doncella ya en edad de casarse, y con algunos otros servidores Perotto. Al cual, cesada un tanto la pestilencia, la doncella, porque era hombre honrado y valeroso, con placer y con el consejo de algunos campesinos que habían quedado vivos, por marido lo tomó, y de todo aquello que a ella por herencia le había correspondido, le hizo señor; y poco tiempo pasó hasta que, enterándose el rey de Inglaterra de que el mariscal había muerto, y conociendo el valor de Perotto el picardo, en el lugar del que muerto había lo puso y lo hizo mariscal suyo. Y así, en breve, fue de los dos hijos del conde de Amberes, dejados por él como perdidos. Ya había pasado el año decimoctavo desde que el conde de Amberes, huyendo, se había ido de París cuando, habitante de Irlanda él, habiendo, en una vida asaz mísera, sufrido muchas cosas, viéndose ya viejo, le vino el deseo de saber, si pudiese, lo que hubiera sucedido con sus hijos. Por lo que, por completo en el aspecto que soler tenía viéndose cambiado, y sintiéndose por el mucho ejercicio más fuerte de cuerpo de lo que era cuando joven viviendo en el ocio, partió, asaz pobre y mal vestido, de donde largamente había estado y se fue a Inglaterra y allá donde a Perotto había dejado se fue, y encontró que éste era mariscal y gran señor, y lo vio sano y fuerte y hermoso en su aspecto; lo que le agradó mucho, pero no quiso darse a conocer hasta que hubiera sabido qué había sido de Giannetta. Por lo que, poniéndose en camino, no descansó hasta llegar a Londres; y allí preguntando cautamente por la señora a quien había dejado su hija por su estado, encontró a Giannetta mujer del hijo, lo que mucho le plugo; y todas sus adversidades pretéritas reputó por pequeñas puesto que vivos había encontrado a sus hijos y en buen estado. Y deseoso de poderla ver empezó, como pobre, a acercarse junto a su casa, donde, viéndole un día Giachetto Lamiens, que así se llamaba el marido de Giannetta, teniendo compasión de él porque pobre y viejo lo vio, mandó a uno de los sirvientes que a su casa lo llevase y le hiciera dar de comer por Dios; lo que el sirviente hizo de buena gana.

Había Giannetta tenido ya de Giachetto varios hijos, de los que el mayor no tenía más de ocho años, y eran los más hermosos y los más graciosos niños del mundo; los cuales, como vieron comer al conde, todos juntos se le pusieron en derredor y empezaron a hacerle fiestas, como si por oculta virtud hubiesen conocido que aquél era su abuelo. El cual, sabiendo que eran sus nietos, empezó a demostrarles amor y a hacerles caricias; por lo que los niños de él no querían separarse, por mucho que quien atienda a su vigilancia les llamase. Por lo que Giannetta, oyéndolo, salió de una cámara y vino allí donde el conde, amenazándoles con pegarlos si lo que su maestro quería no hiciesen. Los niños empezaron a llorar y a decir que querían quedarse con aquel hombre honrado, que les quería más que su maestro; de lo que la señora y el conde se rieron. Se había levantado el conde, no a guisa de padre sino de mendigo, para saludar a la hija como a señora y un maravilloso placer al verla había sentido en el alma. Pero ella ni entonces ni después le conoció en nada, porque sobremanera estaba cambiado de lo que ser solía, como quien viejo y canoso y barbudo estaba, y magro y moreno vuelto, y más otra persona parecía que el conde. Y viendo la señora que los niños no querían separarse de él, sino que al quererlos separar lloraban, dijo al maestro que un rato los dejase quedarse. Estando, pues, los niños con el hombre honrado, sucedió que el padre de Giachetto volvió, y por el maestro se enteró de aquello; por lo que, como despreciaba a Giannetta, dijo:

-Dejadlos con la mala ventura que Dios les dé, que son imagen de donde han nacido: por su madre descienden de vagabundos y no hay que maravillarse si con los vagabundos les gusta estar. Estas palabras escuchó el conde, y mucho le dolieron; pero encogiéndose de hombros sufrió aquella injuria como muchas otras había sufrido. Giachetto, que oído había las fiestas que los hijos hacían al hombre honrado, es decir al conde, aunque le desagradó, tanto les amaba que, antes de verlos llorar mandó que si el hombre honrado quisiera quedarse para hacer algún servicio, que fuese recibido. El cual respondió que se quedaba de buena gana pero que otra cosa no sabía hacer sino cuidar caballos, a lo que toda su vida estaba acostumbrado. Dándole, pues, un caballo, cuando lo había atendido, se ponía a jugar con los niños. Mientras la fortuna de esta guisa que se ha contado conducía al conde de Amberes y a sus hijos, sucedió que el rey de Francia, concertadas muchas treguas con los alemanes, murió, y en su lugar fue coronado el hijo de quien era mujer aquélla por quien el conde había sido perseguido. Éste, habiendo expirado la última tregua con los tudescos, comenzó de nuevo muy cruda guerra; en cuya ayuda, como de nuevo pariente, el rey de Inglaterra mandó mucha gente bajo las órdenes de Perotto su mariscal y de Giachetto Lamiens, hijo del otro mariscal: con el cual, el hombre honrado, es decir el conde, fue, y sin ser reconocido por nadie se quedó en el ejército por largo espacio como palafrenero, y allí, como hombre de pro, con consejos y obras, más de lo que le correspondía prestó ayuda. Sucedió durante la guerra que la reina de Francia enfermó gravemente; y conociendo ella misma que iba a morir, arrepentida de todos sus pecados se confesó devotamente con el arzobispo de Rouen, que por todos era tenido por hombre bueno y santísimo, y entre los demás pecados le contó el gran daño que por su culpa había sufrido el conde de Amberes. Y no solamente se contentó con decirlo, sino que delante de muchos otros hombres de pro contó todo como había sucedido, rogándoles que con el rey intercediesen para que al conde, si estaba vivo, y si no a alguno de sus hijos se les restituyese en su estado; y mucho después, ya finada su vida, honrosamente fue sepultada.

Y contándole al rey su confesión, después de algunos dolorosos suspiros por las injurias hechas sin razón al valeroso hombre, le movió a hacer publicar por todo el ejército, y además en otras muchas partes, el bando de que a quien sobre el conde de Amberes o alguno de sus hijos le diese noticias, maravillosamente por cada uno sería recompensado, porque él lo tenía por inocente de aquello que le había hecho expatriarse por la confesión hecha por la reina y entendía restituirle en el estado que tenía y aún en mayor. Las cuales cosas oyendo el conde transformado en palafrenero y comprendiendo que eran verdad, súbitamente fue a Giachetto y le rogó que con él y con Perotto fuese porque quería mostrarles lo que el rey andaba buscando. Reunidos, pues, los tres, dijo el conde a Perotto, que ya tenía el pensamiento en descubrirse:

-Perotto, Giachetto que aquí está tiene a tu hermana por mujer; y nunca tuvo ninguna dote; y por ello, para que tu hermana no esté sin dote, entiendo que sea él y no otro quien obtenga el beneficio que el rey promete que es tan grande, por ti, y te declare como hijo del conde de Amberes, y por Violante, tu hermana y su mujer, y por mi, que el conde de Amberes y vuestro padre soy. Perotto, oyendo esto y mirándole fijamente, enseguida lo reconoció, y llorando se arrojó a sus pies y lo abrazó diciendo:

-¡Padre mío, seáis muy bien venido!

Giachetto, oyendo primero lo que había dicho el conde y viendo luego lo que Perotto hacía, fue acometido en un punto por tanta maravilla y tanta alegría que apenas sabía qué se debía hacer; pero dando fe a las palabras y avergonzándose mucho de las palabras injuriosas que había usado con el conde palafrenero, llorando se dejó caer a sus pies y humildemente de todas las ofensas pasadas le pidió perdón; lo que el conde, muy benignamente, levantándolo en pie, le concedió. Y luego de que los varios casos de cada uno se hubieron contado los tres, y habiendo llorado y habiéndose regocijado mucho juntos, queriendo Perotto y Giachetto vestir al conde, de ninguna manera lo sufrió, sino que quiso que, teniendo primero Giachetto la seguridad de obtener la recompensa prometida, tal como estaba y en aquel hábito de palafrenero, para hacerlo más avergonzarse, se lo llevase. Giachetto, pues, con el conde y con Perotto se presentó al rey y ofreció llevarle al conde y a su hijo si, según el bando publicado, quisiera recompensarle. El rey prestamente hizo traer una maravillosa recompensa ante los ojos de Giachetto y mandó que se la llevase si con verdad le mostraba, como prometía, al conde y a sus hijos. Giachetto entonces, retrocediendo y haciendo poner delante de él al conde su palafrenero y a Perotto dijo:

-Monseñor, he aquí al padre y al hijo; la hija, que es mi mujer y no está aquí, pronto vendrá con la ayuda de Dios.

El rey, oyendo aquello, miró al conde, y por muy cambiado que estuviera de lo que ser solía, sin embargo luego de haberlo mirado un tanto lo reconoció, y con lágrimas en los ojos a él, que arrodillado estaba, le hizo poner en pie y lo abrazó y lo besó, y amigablemente recibió a Perotto; y mandó que incontinenti el conde con vestidos, servidores y caballos y arneses fuese convenientemente provisto, según requería su nobleza; la cual cosa inmediatamente fue hecha. Además de esto, mucho honró el rey a Giachetto y quiso saber todo sobre sus aventuras pretéritas. Y cuando Giachetto tomó las altas recompensas por haber mostrado al conde y a sus hijos, le dijo el conde: -Toma estos dones de la magnificencia de monseñor el rey, y acuérdate de decir a tu padre que tus hijos, nietos suyos y míos, no son por su madre nacidos de vagabundo. Giachetto tomó los dones e hizo venir a París a su mujer y a su suegra; vino la mujer de Perotto; y allí en grandísima fiesta estuvieron con el conde, al cual el rey había restituido todos sus bienes y le había hecho más de lo que antes fuese; después, cada uno con su venia se volvió a su casa, y él hasta la muerte vivió en París con más honor que nunca.

NOVELA NOVENA[editar]

Bernabó de Génova, engañado por Ambruogiuolo, pierde lo suyo y manda matar a su mujer, inocente; ésta se salva y, en hábito de hombre, sirve al sultán; encuentra al engañador y conduce a Bernabó a Alejandría donde, castigado el engañador, volviendo a tomar hábito de mujer, con el marido y ricos vuelven a Génova .

Habiendo Elisa con su lastímera historia cumplido su deber, la reina Filomena, que hermosa y alta de estatura era, más que ninguna otra amable y sonriente de rostro, recogiéndose en sí misma dijo: -El pacto hecho con Dioneo debe ser respetado y, así, no quedando más que él y que yo por novelar, diré yo mi historia primero y él, como lo pidió por merced, será el último que la diga. Y dicho esto, así comenzó:

Se suele decir frecuentemente entre la gente común el proverbio de que el burlador es a su vez burlado; lo que no parece que pueda demostrarse que es verdad mediante ninguna explicación sino por los casos que suceden. Y por ello, sin abandonar el asunto propuesto, me ha venido el deseo de demostraros al mismo tiempo que esto es tal como se dice; y no os será desagradable haberlo oído, para que de los engañadores os sepáis guardar.

Había en París, en un albergue, unos cuantos importantísimos mercaderes italianos, cuál por un asunto cuál por otro, según lo que es su costumbre; y habiendo cenado una noche todos alegremente, empezaron a hablar de distintas cosas, y pasando de una conversación en otra, llegaron a hablar de sus mujeres, a quienes en sus casas habían dejado; y bromeando comenzó a decir uno: -Yo no sé lo que hará la mía, pero sí sé bien que, cuando aquí se me pone por delante alguna jovencilla que me plazca, dejo a un lado el amor que tengo a mi mujer y gozo de ella el placer que puedo. Otro repuso:

-Y yo lo mismo hago, porque si creo que mi mujer alguna aventura tiene, la tiene, y si no lo creo, también la tiene; y por ello, lo que se hace que se haga: lo que el burro da contra la pared, eso recibe. El tercero llegó, hablando, a la mismísima opinión: y, en breve, todos parecía que estuviesen de acuerdo en que las mujeres por ellos dejadas no perdían el tiempo. Uno solamente, que tenía por nombre Bernabó Lomellin de Génova, dijo lo contrario, afirmando que él, por especial gracia de Dios, tenía por esposa a la mujer más cumplida en todas aquellas virtudes que mujer o aun caballero, en gran parte, o doncella puede tener, que tal vez en Italia no hubiera otra igual: porque era hermosa de cuerpo y todavía bastante joven, y diestra y fuerte, y nada había que fuese propio de mujer, como bordar labores de seda y cosas semejantes, que no hiciese mejor que ninguna. Además de esto no había escudero, o servidor si queremos llamarlo así, que pudiera encontrarse que mejor o más diestramente sirviese a la mesa de un señor de lo que ella servía, como que era muy cortés, muy sabía y discreta. Junto a esto, alabó que sabía montar a caballo, gobernar un halcón, leer y escribir y contar una historia mejor que si fuese un mercader; y de esto, luego de otras muchas alabanzas, llegó a lo que se hablaba allí, afirmando con juramento que ninguna más honesta ni más casta se podía encontrar que ella; por lo cual creía él que, si diez años o siempre estuviese fuera de casa, ella no se entendería con otro hombre en tales asuntos. Había entre estos mercaderes que así hablaban un joven mercader llamado Ambruogiuolo de Piacenza, el cual a esta última alabanza que Bernabó había hecho de su mujer empezó a dar las mayores risotadas del mundo, y jactándose le preguntó si el emperador le había concedido aquel privilegio sobre todos los demás hombres. Bernabó, un tanto airadillo, dijo que no el emperador sino Dios, quien tenía algo más de poder que el emperador, le había concedido aquella gracia. Entonces dijo Ambruogiuolo: -Bernabó, yo no dudo que no creas decir verdad, pero a lo que me parece, has mirado poco la naturaleza de las cosas, porque si la hubieses mirado, no te creo de tan torpe ingenio que no hubieses conocido en ella cosas que te harían hablar más cautamente sobre este asunto. Y para que no creas que nosotros, que muy libremente hemos hablado de nuestras mujeres, creamos tener otra mujer o hecha de otra manera que tú, sino que hemos hablado así movidos por una natural sagacidad, quiero hablar un poco contigo sobre esta materia. Siempre he entendido que el hombre es el animal más noble que fue creado por Dios entre los mortales, y luego la mujer; pero el hombre, tal como generalmente se cree y ve en las obras, es más perfecto y teniendo más perfección, sin falta debe tener mayor firmeza, y la tiene por lo que universalmente las mujeres son más volubles, y el porqué se podría por muchas razones naturales demostrar; que al presente entiendo dejar a un lado. Si el hombre, que es de mayor firmeza, no puede ser que no condescienda, no digamos a una que se lo ruegue, sino a no desear a alguna que a él le plazca, y además de desearla a hacer todo lo que pueda para poder estar con ella, y ello no una vez al mes sino mil al día le sucede, ¿qué esperas que una mujer, naturalmente voluble, pueda hacer ante los ruegos, las adulaciones y mil otras maneras que use un hombre entendido que la ame? ¿Crees que pueda contenerse? Ciertamente, aunque lo afirmes no creo que lo creas; y tú mismo dices que tu esposa es mujer y que es de carne y hueso como son las otras. Por lo que, si es así, aquellos mismos deseos deben ser los suyos y las mismas fuerzas que tienen las otras para resistir a los naturales apetitos; por lo que es posible, aunque sea honestísima, que haga lo que hacen las demás: y no es posible negar nada tan absolutamente ni afirmar su contrario como tú lo haces.

A lo que Bernabó repuso y dijo:

-Yo soy mercader y no filósofo, y como mercader responderé; y digo que sé que lo que dices les puede suceder a las necias, en las que no hay ningún pudor; pero que aquellas que sabias son tienen tanta solicitud por su honor que se hacen más fuertes que los hombres, que no se preocupan de él, para guardarlo, y de éstas es la mía.

Dijo entonces Ambruogiuolo:

-Verdaderamente si por cada vez que cediesen en tales asuntos les creciese un cuerno en la frente, que diese testimonio de lo que habían hecho creo yo que pocas habría que cediesen, pero como el cuerno no nace, no se les nota a las que son discretas ni pisada ni huella y la vergüenza y en deshonor no están sino en las cosas manifiestas; por lo que, cuando pueden ocultamente las hacen, o las dejan por necedad. Y ten esto por cierto; que sólo es casta la que no fue por nadie rogada, o si rogó ella, la que no fue escuchada. Y aunque yo conozca por naturales y diversas razones que las cosas son así, no hablaría tan cumplidamente como lo hago si no hubiese muchas veces y a muchas puesto a prueba; y te digo que si yo estuviese junto a esa tu santísima esposa, creo que en poco espacio de tiempo la llevaría a lo que ya he llevado a otras. Bernabó, airado, repuso:

-El contender con palabras podría extenderse demasiado: tú dirías y yo diría, y al final no serviría de nada. Pero puesto que dices que todas son tan plegables y que tu ingenio es tanto, para que te asegures de la honestidad de mi mujer estoy dispuesto a que me corten la cabeza si jamás a algo que te plazca en tal asunto puedas conducirla; y si no puedes no quiero sino que pierdas mil florines de oro. Ambruogiuolo, ya calentado sobre el asunto, repuso:

-Bernabó, no sé qué iba a hacer con tu sangre si te ganase; pero si quieres tener una prueba de lo que te he explicado, apuesta cinco mil florines de oro de los tuyos, que deben serte menos queridos que la cabeza, contra mil de los míos, y aunque no pongas ningún límite, quiero obligarme a ir a Génova y antes de tres meses luego de que me haya ido, haber hecho mi voluntad con tu mujer, y en señal de ello traer conmigo algunas de sus cosas más queridas, y tales y tantos indicios que tú mismo confieses que es verdad, a condición de que me des tu palabra de no venir a Génova antes de este límite ni escribirle nada sobre este asunto.

Bernabó dijo que le placía mucho; y aunque los otros mercaderes que allí estaban se ingeniasen en estorbar aquel hecho, conociendo que gran mal podía nacer de él, estaban sin embargo tan encendidos los ánimos de los dos mercaderes que, contra la voluntad de los otros, por buenos escritos con sus propias manos se comprometieron el uno con el otro. Y hecho el compromiso, Bernabó se quedó y Ambruogiuolo lo antes que pudo se vino a Génova.

Y quedándose allí algunos días y con mucha cautela informándose del nombre del barrio y de las costumbres de la señora, aquello y más oyó que le había oído a Bernabó; por lo que le pareció haber emprendido necia empresa. Pero sin embargo, habiendo conocido a una pobre mujer que mucho iba a su casa y a la que la señora quería mucho, no pudiéndola inducir a otra cosa, la corrompió con dineros y por ella, dentro de un arca construida para su propósito, se hizo llevar no solamente a la casa sino también a la alcoba de la noble señora: y allí, como si a alguna parte quisiese irse la buena mujer, según las órdenes dadas por Ambruogiuolo, le pidió que la guardase algunos días. Quedándose, pues, el arca en la cámara y llegada la noche, cuando Ambruogiuolo pensó que la señora dormía, abriéndola con ciertos instrumentos que llevaba, salió a la alcoba silenciosamente, en la que había una luz encendida; por lo cual la situación de la cámara, las pinturas y todas las demás cosas notables que en ella había empezó a mirar y a guardar en su memoria. Luego, aproximándose a la cama y viendo que la señora y una muchachita que con ella estaba dormían profundamente, despacio la descubrió toda y vio que era tan hermosa desnuda como vestida, y ninguna señal para poder contarla le vio fuera de una que tenía en la teta izquierda, que era un lunar alrededor del cual había algunos pelillos rubios como el oro; y visto esto, calladamente la volvió a tapar, aunque, viéndola tan hermosa, las ganas le dieron de aventurar su vida y acostársele al lado.

Pero como había oído que era tan rigurosa y agreste en aquellos asuntos no se arriesgó y, quedándose la mayor parte de la noche por la alcoba a su gusto, una bolsa y una saya sacó de un cofre suyo, y unos anillos y un cinturón, y poniendo todo aquello en su arca, él también se metió en ella, y la cerró como estaba antes: y lo mismo hizo dos noches sin que la señora se diera cuenta de nada. Llegado el tercer día, según la orden dada, la buena mujer volvió a por su arca, y se la llevó allí de donde la había traído; saliendo de la cual Ambruogiuolo y contentando a la mujer según le había prometido, lo antes que pudo con aquellas cosas se volvió a París antes del término que se había puesto. Allí, llamando a los mercaderes que habían estado presentes a las palabras y a las apuestas, estando presente Bernabó dijo que había ganado la apuesta que había hecho, puesto que había logrado aquello de lo que se había gloriado: y de que ello era verdad, primeramente dibujó la forma de la alcoba y las pinturas que en ella había, y luego mostró las cosas de ella que se había llevado consigo, afirmando que se las había dado. Confesó Bernabó que tal era la cámara como decía y que, además, reconocía que aquellas cosas verdaderamente habían sido de su mujer; pero dijo que había podido por algunos de los criados de la casa saber las características de la alcoba y del mismo modo haber conseguido las cosas; por lo que, si no decía nada más, no le parecía que aquello bastase para darse por ganador. Por lo que Ambruogiuolo dijo: -En verdad que esto debía bastar; pero como quieres que diga algo más, lo diré. Te digo que la señora Zinevra, tu mujer, tiene debajo de la teta izquierda un lunar grandecillo, alrededor del cual hay unos pelillos rubios como el oro.

Cuando Bernabó oyó esto, le pareció que le habían hundido un cuchillo en el corazón, tal dolor sintió, y con el rostro demudado, aún sin decir palabra, dio señales asaz manifiestas de ser verdad lo que Ambruogiuolo decía; y después de un poco dijo:

-Señores, lo que dice Ambruogiuolo es verdad, y por ello, habiendo ganado, que venga cuando le plazca y será pagado.

Y así fue al día siguiente Ambruogiuolo enteramente pagado: y Bernabó, saliendo de París, con crueles designios contra su mujer, hacia Génova se vino. Y acercándose allí, no quiso entrar en ella sino que se quedó a unas veinte millas en una de sus posesiones; y a un servidor suyo, de quien mucho se fiaba, con dos caballos y con sus cartas mandó a Génova, escribiéndole a la señora que había vuelto y que viniera a su encuentro: al cual servidor secretamente le ordenó que, cuando estuviese con la señora en el lugar que mejor le pareciese, sin falta la matase y volviese a donde estaba él. Llegado, pues, el servidor a Génova y entregadas las cartas y hecha su embajada, fue por la señora con gran fiesta recibido; y ella a la mañana siguiente, montando con el servidor a caballo, hacia su posesión se puso en camino; y caminando juntos y hablando de diversas cosas, llegaron a un valle muy profundo y solitario y rodeado por altas rocas y árboles; el cual, pareciéndole al servidor un lugar donde podía con seguridad cumplir el mandato de su señor, sacando fuera el cuchillo y cogiendo a la señora por el brazo dijo:

-Señora, encomendad vuestra alma a Dios, que, sin proseguir adelante, es necesario que muráis. La señora, viendo el cuchillo y oyendo las palabras, toda espantada, dijo: -¡Merced, por Dios! Antes de que me mates dime en qué te he ofendido para que debas matarme. -Señora -dijo el servidor-, a mí no me habéis ofendido en nada: pero en qué hayáis ofendido a vuestro marido yo no lo sé, sino que él me mandó que, sin teneros ninguna misericordia, en este camino os matase: y si no lo hiciera me amenazó con hacerme colgar. Sabéis bien qué obligado le estoy y que a cualquier cosa que él me ordene no puedo decirle que no: sabe Dios que por vos siento compasión, pero no puedo hacer otra cosa.

A lo que la señora, llorando, dijo:

-¡Ay, merced por Dios!, no quieras convertirte en homicida de quien no te ofendió por servir a otro. Dios, que todo lo sabe, sabe que no hice nunca nada por lo cual deba recibir tal pago de mi marido. Pero dejemos ahora esto; puedes, si quieres, a la vez agradar a Dios, a tu señor y a mí de esta manera: que cojas estas ropas mías, y dame solamente tu jubón y una capa, y con ellas vuelve a tu señor y el mío y dile que me has matado; y te juro por la salvación que me hayas dado que me alejaré y me iré a algún lugar donde nunca ni a ti ni a él en estas comarcas llegará noticia de mí. El servidor, que contra su gusto la mataba, fácilmente se compadeció; por lo que, tomando sus paños y dándole un juboncillo suyo y una capa con capuchón, y dejándole algunos dineros que ella tenía, rogándole que de aquellas comarcas se alejase, la dejó en el valle a pie y se fue a donde su señor, al que dijo que no solamente su orden había sido cumplida sino que el cuerpo de ella muerto había arrojado a algunos lobos. Bernabó, luego de algún tiempo, se volvió a Génova y, cuando se supo lo que había hecho, muy recriminado fue.

La señora, quedándose sola y desconsolada, al venir la noche, disimulándose lo mejor que pudo fue a una aldehuela vecina de allí, y allí, comprándole a una vieja lo que necesitaba, arregló el jubón a su medida, y lo acortó, y se hizo con su camisa un par de calzas y cortándose los cabellos y disfrazándose toda de marinero, hacia el mar se fue, donde por ventura encontró a un noble catalán cuyo nombre era señer en Cararh, que de una nave suya, que estaba algo alejada de allí, había bajado a Alba a refrescarse en una fuente; con el cual, entrando en conversación, se contrató por servidor, y subió con él a la nave, haciéndose llamar Sicurán de Finale. Allí, con mejores paños vestido con atavío de gentilhombre, lo empezó a servir tan bien y tan capazmente que sobremanera le agradó.

Sucedió a no mucho tiempo de entonces que este catalán con su carga navegó a Alejandría y llevó al sultán ciertos halcones peregrinos, y se los regaló; y habiéndole el sultán invitado a comer alguna vez y vistas las maneras de Sicurán que siempre a atenderle iba, y agradándole, se lo pidió al catalán, y éste, aunque duro le pareció, se lo dejó. Sicurán en poco tiempo no menos la gracia y el amor del sultán conquistó, con su esmero, que lo había hecho los del catalán; por lo que con el paso del tiempo sucedió que, debiéndose hacer en cierta época del año una gran reunión de mercaderes cristianos y sarracenos, a manera de feria, en Acre , que estaba bajo la señoría del sultán, y para que los mercaderes y las mercancías seguras estuvieran, siempre había acostumbrado el sultán a mandar allí, además de sus otros oficiales, algunos de sus dignatarios con gente que atendiese a la guardia; para cuya necesidad, llegado el tiempo, deliberó mandar a Sicurán, el cual ya sabía la lengua óptimamente, y así lo hizo. Venido, pues, Sicurán a Acre como señor y capitán de la guardia de los mercaderes y las mercancías, y desempeñando allí bien y solícitamente lo que pertenecía a su oficio, y andando dando vueltas vigilando, y viendo a muchos mercaderes sicilianos y pisanos y genoveses y venecianos y otros italianos, con ellos de buen grado se entretenía, recordando su tierra. Ahora, sucedió una vez que, habiendo él un día descabalgado en un depósito de mercaderes venecianos, vio entre otras joyas una bolsa y un cinturón que enseguida reconoció como que habían sido suyos, y se maravilló; pero sin hacer ningún gesto, amablemente preguntó de quién eran y si se vendían. Había venido allí Ambruogiuolo de Piacenza con muchas mercancías en una nave de venecianos; el cual, al oír que el capitán de la guardia preguntaba de quién eran, dio unos pasos adelante y, riendo, dijo:

-Micer, las cosas son mías, y no las vendo, pero si os agradan os las daré con gusto. Sicurán, viéndole reír, sospechó que le hubiese reconocido en algún gesto; pero, poniendo serio rostro, dijo:

-Te ríes tal vez porque me ves a mí, hombre de armas, andar preguntando sobre estas cosas femeninas. Dijo Ambruogiuolo:

-Micer, no me río de eso sino que me río del modo en que las conseguí. A lo que Sicurán dijo:

-¡Ah, así Dios te dé buena ventura, si no te desagrada, di cómo las conseguiste! -Micer -dijo Ambruogiuolo-, me las dio con alguna otra cosa una noble señora de Génova llamada señora Zinevra, mujer de Bernabó Lomellin, una noche que me acosté con ella, y me rogó que por su amor las guardase. Ahora, me río porque me he acordado de la necedad de Bernabó, que fue de tanta locura que apostó cinco mil florines de oro contra mil a que su mujer no se rendía a mi voluntad; lo que hice yo y vencí la apuesta; y él, a quien más por su brutalidad debía castigarse que a ella por haber hecho lo que todas las mujeres hacen, volviendo de París a Génova, según lo he oído, la hizo matar. Sicurán, al oír esto, pronto comprendió cuál había sido la razón de la ira de Bernabó contra ella y claramente conoció que éste era el causante de todo su mal; y determinó en su interior no dejarlo seguir impune. Hizo ver, pues, Sicurán haber gustado mucho de esta historia y arteramente trabó con él una estrecha familiaridad, tanto que, por sus consejos, Ambruogiuolo, terminada la feria, con él y con todas sus cosas se fue a Alejandría, donde Sicurán le hizo hacer un depósito y le entregó bastantes de sus dineros; por lo que él, viéndose sacar gran provecho, se quedaba de buena gana. Sicurán, preocupado por demostrar su inocencia a Bernabó, no descansó hasta que, con ayuda de algunos grandes mercaderes genoveses que en Alejandría estaban, encontrando raras razones, le hizo venir; y estando éste en asaz pobre estado, por algún amigo suyo le hizo recibir ocultamente hasta el momento que le pareciese oportuno para hacer lo que hacer entendía. Había ya Sicurán hecho contar a Ambruogiuolo la historia delante del sultán, y hecho que el sultán gustase de ella; pero luego que vio aquí a Bernabó, pensando que no había que dar largas a la tarea, buscando el momento oportuno, pidió al sultán que llamase a Ambruogiuolo y a Bernabó, y que en presencia de Bernabó, si no podía hacerse fácilmente, con severidad se arrancase a Ambruogiuolo la verdad de cómo había sido aquello de lo que él se jactaba de la mujer de Bernabó.

Por la cual cosa, Ambruogiuolo y Bernabó venidos, el sultán en presencia de muchos, con severo rostro, a Ambruogiuolo mandó que dijese la verdad de cómo había ganado a Bernabó cinco mil florines de oro; y estaba presente allí Sicurán, en el que Ambruogiuolo más confiaba, y él con rostro mucho más airado le amenazaba con gravísimos tormentos si no la decía. Por lo que Ambruogiuolo, espantado por una parte y otra, y obligado, en presencia de Bernabó y de muchos otros, no esperando más castigo que 1a devolución de los cinco mil florines de oro y de las cosas, claramente cómo había sido el asunto todo lo contó. Y habiéndolo contado Ambruogiuolo, Sicurán, como delegado del sultán en aquello, volviéndose a Bernabó dijo:

-¿Y tú, qué le hiciste por esta mentira a tu mujer?

A lo que Bernabó repuso:

-Yo, llevado de la ira por la pérdida de mis dineros y de la vergüenza por el deshonor que me parecía haber recibido de mi mujer, hice que un servidor mío la matara, y según lo que él me contó, pronto fue devorada por muchos lobos.

Dichas todas estas cosas en presencia del sultán y por él oídas y entendidas todas, no sabiendo él todavía a dónde Sicurán (que esto le había pedido y ordenado) quisiese llegar, le dijo Sicurán: -Señor mío, asaz claramente podéis conocer cuánto aquella buena señora pueda gloriarse del amante y del marido; porque el amante en un punto la priva del honor manchando con mentiras su fama y aparta de ella al marido; y el marido, más crédulo de las falsedades ajenas que de la verdad que él por larga experiencia podía conocer, la hace matar y comer por los lobos y además de esto, es tanto el cariño y el amor que el amigo y el marido 1e tienen que, estando largo tiempo con ella, ninguno la conoce. Pero porque vos óptimamente conocéis lo que cada uno de éstos ha merecido, si queréis por una especial gracia, concederme que castiguéis al engañador y perdonéis al engañado, la haré que venga ante vuestra presencia. El sultán, dispuesto en este asunto a complacer a Sicurán en todo, dijo que le placía y que hiciese venir a la mujer. Se maravillaba mucho Bernabó, que firmemente la creía muerta; y Ambruogiuolo, ya adivino de su mal, de más tenía miedo que de pagar dineros y no sabía si esperar o si temer más que la señora viniese, pero con gran maravilla su venida esperaba. Hecha, pues, la concesión por el sultán a Sicurán, éste, llorando y arrojándose de rodillas ante el sultán, en un punto abandonó la masculina voz y el querer parecer varón, y dijo:

-Señor mío, yo soy la mísera y desventurada Zinevra, que seis años llevo rodando disfrazada de hombre por el mundo, por este traidor Ambruogiuolo falsamente y criminalmente infamada, y por este cruel e inicuo hombre entregada a la muerte a manos de su criado y a ser comida por los lobos. Y rasgándose los vestidos y mostrando el pecho, que era mujer al sultán y a todos los demás hizo evidente; volviéndose luego a Ambruogiuolo, preguntándole con injurias cuándo, según se jactaba, se había acostado con ella. El cual, ya reconociéndola y mudo de vergüenza, no decía nada. El sultán, que siempre por hombre la había tenido, viendo y oyendo esto, tanto se maravilló que más creía ser sueño que verdad aquello que oía y veía. Pero después que el asombro pasó, conociendo la verdad, con suma alabanza la vida y la constancia y las costumbres y la virtud de Zinevra, hasta entonces llamada Sicurán, loó. Y haciéndole traer riquísimas vestiduras femeninas y damas que le hicieran compañía según la petición hecha por ella, a Bernabó perdonó la merecida muerte; el cual, reconociéndola, a los pies se le arrojó llorando y le pidió perdón, lo que ella, aunque mal fuese digno de él, benignamente le concedió, y le hizo levantarse tiernamente abrazándolo como a su marido.

El sultán después mandó que incontinenti Ambruogiuolo en algún lugar de la ciudad fuese atado al sol a un palo y untado de miel, y que de allí nunca, hasta que por sí mismo cayese, fuese quitado; y así se hizo. Después de esto, mandó que lo que había sido de Ambruogiuolo fuese dado a la señora, que no era tan poco que no valiera más de diez mil doblas : y él, haciendo preparar una hermosísima fiesta, en ella a Bernabó como a marido de la señora Zinevra, y a la señora Zinevra como valerosísima mujer honró, y le dio, tanto en joyas como en vajilla de oro y de plata como en dineros, tanto que valió más de otras diez mil doblas.

Y haciendo preparar un barco para ellos, luego que terminó la fiesta que les hacía, les dio licencia para poder volver a Génova si quisieran; adonde riquísimos y con gran alegría volvieron, y con sumo honor fueron recibidos y especialmente la señora Zinevra, a quien todos creían muerta; y siempre de gran virtud y en mucho, mientras vivió, fue reputada. Ambruogiuolo, el mismo día que fue atado al palo y untado de miel, con grandísima angustia suya por las moscas y por las avispas y por los tábanos, en los que aquel país es muy abundante, fue no solamente muerto sino devorado hasta los huesos; los que, blancos y colgando de sus tendones, por mucho tiempo después, sin ser movidos de allí, de su maldad fueron testimonio a cualquiera que los veía. Y así el burlador fue burlado.

NOVELA DÉCIMA[editar]

Paganín de Mónaco roba la mujer a micer Ricciardo de Chínzica, el cual, sabiendo dónde está ella, va y se hace amigo de Paganín; le pide que se la devuelva y él, si ella quiere, se lo concede, ella no quiere volver con él, y muerto micer Ricciardo, se casa con Paganín.

Todos los de la honrada compañía alabaron por buena la historia contada por su reina, y mayormente Dioneo, el único a quien faltaba novelar por la presente jornada; el cual, luego de hacer muchas alabanzas de ella, dijo:

Hermosas señoras, una parte de la historia de la reina me ha hecho mudar la opinión de contar una que tenía en el ánimo a decir otra: y es la bestialidad de Bernabó (aunque terminase bien) y de todos los demás que se dan a creer lo que él mostraba que creía: es decir, que ellos, yendo por el mundo con ésta y con aquélla ahora una vez y ahora otra solazándose, se imaginan que las mujeres dejadas en casa se estén de brazos cruzados, como si no supiésemos, quienes entre ellas nacemos y crecemos y estamos, qué es lo que les gusta. Y contándola os mostraré cuál sea la estupidez de estos tales, y cuánto mayor sea la de quienes, estimándose más poderosos que la naturaleza, se persuaden (con fantásticos razonamientos) de poder hacer lo que no pueden y se esfuerzan por traer a otro a lo que ellos son, no sufriéndolo la naturaleza de quien es arrastrado.

Hubo, pues, un juez en Pisa, más que de fuerza corporal dotado de ingenio, cuyo nombre fue micer Ricciardo de Chínzica, el cual, creyendo tal vez satisfacer a su mujer con las mismas obras que hacía para sus estudios, siendo muy rico, con no poca solicitud buscó a una mujer hermosa y joven por esposa, cuando de lo uno y lo otro, si hubiese sabido aconsejarse él mismo como hacía a los demás, debía huir. Y lo consiguió, porque micer Lotto Gualandi le dio por mujer a una hija suya cuyo nombre era Bartolomea, una de las más hermosas y vanidosas jóvenes de Pisa, aun cuando allí haya pocas que no parezcan lagartijas gusaneras . A la cual, el juez, llevándola con grandísima fiesta a su casa, y celebrando unas bodas hermosas y magníficas, acertó la primera noche a tocarla una vez para consumar el matrimonio, y poco faltó para que hiciera tablas; el cual, luego por la mañana, como quien era magro y seco y de poco espíritu, tuvo que confortarse con garnacha y con dulces, y con otros remedios volverse a la vida.

Pues este señor juez, habiendo aprendido a estimar mejor sus fuerzas que antes, empezó a enseñarle a ella un calendario bueno para los niños que aprenden a leer, y quizás hecho en Rávena ; porque, según le enseñaba, no había día en que no tan sólo una fiesta sino muchas se celebrasen; en reverencia de las cuales, por diversas razones le enseñaba que el hombre y la mujer debían abstenerse de tales ayuntamientos, añadiendo a ellos los ayunos y las cuatro témporas y vigilias de los apóstoles y de mil otros santos, y viernes y sábados, y el domingo del Señor, y toda la Cuaresma, y ciertas fases de la luna y otras muchas excepciones, pensando tal vez que tanto convenía descansar de las mujeres en la cama como descansos él se tomaba al pleitear sus causas. Y esta costumbre, no sin gran melancolía de la mujer, a quien tal vez tocaba una vez al mes, y apenas, por mucho tiempo mantuvo; siempre guardándola mucho, para que ningún otro fuera a enseñarle los días laborables tan bien como él le había enseñado las fiestas. Sucedió que, haciendo mucho calor, a micer Ricciardo le dieron ganas de ir a recrearse a una posesión suya muy hermosa cercana a Montenero, y allí, para tomar el aire, quedarse algunos días. Y llevó consigo a su hermosa mujer, y estando allí, por entretenerla un poco, mandó un día salir de pesca; y en dos barquillas, él en una con los pescadores y ella en otra con las otras mujeres, fueron a mirar y, sintiéndose a gusto, se adentraron en el mar unas cuantas millas casi sin darse cuenta. Y mientras estaban atentos mirando, de improviso una galera de Paganín de Mónaco, entonces muy famoso corsario, apareció, y vistas las barcas, se enderezó a ellas; y no pudieron tan pronto huir que Paganín no llegase a aquella en que iban las mujeres, en la cual viendo a la hermosa señora, sin querer otra cosa, viéndolo micer Ricciardo que estaba ya en tierra, subiéndola a ella a su galera, se fue. Viendo lo cual micer el juez, que era tan celoso que temía al aire mismo, no hay que preguntar si le pesó. Sin provecho se quejó, en Pisa y en otras partes, de la maldad de los corsarios, sin saber quién le había quitado a la mujer o dónde la había llevado. A Paganín, al verla tan hermosa, le pareció que había hecho un buen negocio; y no teniendo mujer pensó quedarse con ella siempre, y como lloraba mucho empezó a consolarla dulcemente. Y, venida la noche, habiéndosele a él el calendario caído de las manos y salido de la memoria cualquier fiesta o feria, empezó a consolarla con los hechos, pareciéndole que de poco habían servido las palabras durante el día; y de tal modo la consoló que, antes de que llegasen a Mónaco, el juez y sus leyes se le habían ido de la memoria y empezó a vivir con Paganín lo más alegremente del mundo; el cual, llevándola a Mónaco, además de los consuelos que de día y de noche le daba, honradamente como a su mujer la tenía. Después de cierto tiempo, llegando a los oídos de micer Ricciardo dónde estaba su mujer, con ardentísimo deseo, pensando que nadie sabía verdaderamente hacer lo que se necesitaba para aquello, se dispuso a ir él mismo, dispuesto a gastar en el rescate cualquier cantidad de dineros; y haciéndose a la mar, se fue a Mónaco, y allí la vio y ella a él, la cual por la tarde se lo dijo a Paganín e informó de sus intenciones. A la mañana siguiente, micer Ricciardo, viendo a Paganín, se acercó a él y estableció con él en un momento gran familiaridad y amistad, fingiendo Paganín no reconocerlo y esperando a ver a dónde quería llegar. Por lo que, cuando pareció oportuno a micer Ricciardo, como mejor supo y del modo más amable, descubrió la razón por la que había venido, rogándole que tomase lo que pluguiera y le devolviese a la mujer. A quien Paganín, con alegre rostro, repuso:

-Micer, sois bien venido; y respondiéndoos brevemente, os digo: es verdad que tengo en casa a una joven que no sé si es vuestra mujer o de algún otro, porque a vos no os conozco, ni a ella tampoco sino en tanto en cuanto, conmigo ha estado algún tiempo. Si sois vos su marido, como decís, yo, como parecéis gentilhombre amable, os llevaré donde ella, y estoy seguro de que os reconocerá. Si ella dice que es como decís, y quiere irse con vos, por amor de vuestra amabilidad, me daréis de rescate por ella lo que vos mismo queráis; si no fuera así, haríais una villanía en querérmela quitar porque yo soy joven y puedo tanto como otro tener una mujer, y especialmente ella que es la más agradable que he visto nunca. Dijo entonces micer Ricciardo:

-Por cierto que es mi mujer, y si me llevas donde ella esté, lo verás pronto: se me echará al cuello incontinenti; y por ello te pido que no sea de otra manera que como tú has pensado. -Pues entonces -dijo Paganín- vamos.

Fueron, pues, a la casa de Paganín y, estando ella en una cámara suya, Paganín la hizo llamar; y ella, vestida y dispuesta, salió de una cámara y vino a donde micer Ricciardo con Paganín estaba, e hizo tanto caso a micer Ricciardo como lo hubiera hecho a cualquier otro forastero que con Paganín hubiera venido a su casa. Lo que viendo el juez, que esperaba ser recibido por ella con grandísima fiesta, se maravilló fuertemente, y empezó a decirse:

«Tal vez la melancolía y el largo dolor que he pasado desde que la perdí me ha desfigurado tanto que no me reconoce».

Por lo que le dijo:

-Señora, caro me cuesta haberte llevado a pescar, porque un dolor semejante no sentí nunca al que he tenido desde que te perdí, y tú no pareces reconocerme, pues tan hurañamente me diriges la palabra. ¿No ves que soy tu micer Ricciardo, venido aquí a pagarle lo que quiera a este gentilhombre en cuya casa estamos, para recuperarte y llevarte conmigo; y él, su merced, por lo que quiera darle te devuelve a mí? La mujer, volviéndose a él, sonriéndose una pizquita, dijo: -Micer, ¿me lo decís a mí? Mirad que no me hayáis tomado por otra porque yo no me acuerdo de haberos visto nunca.

Dijo micer Ricciardo:

-Mira lo que dices: mírame bien; si bien te acuerdas bien verás que soy tu micer Ricciardo de Chínzica. La señora dijo:

-Micer, perdonadme: puede que no sea a mí tan honesto miraros mucho como os imagináis, pero os he mirado lo bastante para saber que nunca jamás os he visto. Imaginóse micer Ricciardo que hacía esto de no querer confesar en su presencia reconocerlo por temor a Paganín por lo que, luego de algún tanto, pidió por merced a Paganín que le dejase hablar en una cámara a solas con ella. Paganín dijo que le placía a cambio de que no la besase contra su voluntad, y mandó a la mujer que fuese con él a la alcoba y escuchase lo que quisiera decirle, y le respondiera como quisiese. Yéndose, pues, a la alcoba solos la señora y micer Ricciardo, en cuanto se sentaron, empezó micer Ricciardo a decir:

-¡Ah!, corazón de mi cuerpo, dulce alma mía, esperanza mía, ¿no reconoces a tu Ricciardo que te ama más que a sí mismo? ¿Cómo puede ser? ¿Estoy tan desfigurado? ¡Ah!, bellos ojos míos, mírame un poco. La mujer se echó a reír y sin dejarlo seguir, dijo:

-Bien sabéis que no soy tan desmemoriada que no sepa que sois micer Ricciardo de Chínzica, mi marido; pero mientras estuve con vos mostrasteis conocerme muy mal, porque si erais sabio o lo sois, como queréis que de vos se piense, debíais haber tenido el conocimiento de ver que yo era joven y fresca y gallarda, y saber por consiguiente lo que las mujeres jóvenes piden (aunque no lo digan por vergüenza) además de vestir y comer; y lo que hacíais en eso bien lo sabéis. Y si os gustaba más el estudio de las leyes que la mujer, no debíais haberla tomado; aunque a mí me parezca que nunca fuisteis juez sino un pregonero de ferias y fiestas, tan bien os las sabíais, y de ayunos y de vigilias. Y os digo que si tantas fiestas hubierais hecho guardar a los labradores que labraban vuestras tierras como hacíais guardar al que tenía que labrar mi pequeño huertecillo, nunca hubieseis recogido un grano de trigo. Me he doblegado a quien Dios ha querido, como piadoso defensor de mi juventud, con quien me quedo en esta alcoba, donde no se sabe lo que son las fiestas, digo aquellas que vos, más devoto de Dios que de servir a las damas, tantas celebrabais; y nunca por esta puerta entraron sábados ni domingos ni vigilia ni cuatro témporas ni cuaresma, que es tan larga, sino que de día y de noche se trabaja y se bate la lana; y desde que esta noche tocaron maitines, bien sé cómo anduvo el asunto más de una vez. Y, así, entiendo quedarme con él y trabajar mientras sea joven, y las fiestas y las peregrinaciones y los ayunos esperar a hacerlos cuando sea vieja; y vos idos con buena ventura lo más pronto que podáis y, sin mí, guardad cuantas fiestas gustéis. Micer Ricciardo, oyendo estas palabras, sufría un dolor insoportable, dijo, luego que vio que callaba: -¡Ah, dulce alma mía!, ¿qué palabras son las que me has dicho? ¿Pues no miras el honor de tus parientes y el tuyo? ¿Quieres de ahora en adelante quedarte aquí de barragana con éste, y en pecado mortal, en lugar de en Pisa ser mi mujer? Éste, cuando le hayas hartado, con gran vituperio tuyo te echará a la calle; yo te tendré siempre amor y siempre, aunque yo no lo quisiera, serías el ama de mi casa. ¿Debes por este apetito desordenado y deshonesto abandonar tu honor y a mí que te amo más que a mi vida? ¡Ah, esperanza mía!, no digáis eso, dignaos venir conmigo: yo de aquí en adelante, puesto que conozco tu deseo, me esforzaré; pero, dulce bien mío, cambia de opinión y vente conmigo, que no he tenido ningún bien desde que me fuiste arrebatada.

Y la mujer le respondió:

-Por mi honor no creo que nadie, ahora que ya nada puede hacerse, se preocupe más que yo: ¡ojalá se hubieran preocupado mis parientes cuando me entregaron a vos! Y si ellos no lo hicieron por el mío, no entiendo yo hacerlo ahora por el de ellos; y si ahora estoy en pecado mortero, alguna vez estaré en pecado macero: no os preocupéis más por mí. Y os digo más, que aquí me parece ser la mujer de Paganín y en Pisa me parecía ser vuestra barragana, pensando que según las fases de la luna y las escuadras geométricas debíamos vos y yo ayuntar los planetas, mientras que Paganín toda la noche me tiene en brazos y me aprieta y me muerde, ¡y cómo me cuida dígalo Dios por mí! Decís aún que os esforzaréis: ¿y en qué?, ¿en empatar en tres bazas y levantarla a palos ? ¡Ya veo que os habéis hecho un caballero de pro desde que no os he visto! Andad y esforzaos por vivir: que me parece que estáis a pensión, tan flacucho y delgado me parecéis. Y aún os digo más: que cuando éste me deje, a lo que no me parece dispuesto, sea donde sea donde tenga que estar, no entiendo volver nunca con vos que, exprimiéndoos todo no podría hacerse con vos ni una escudilla de salsa, porque con grandísimo daño mío e interés y réditos allí estuve una vez; por lo que en otra parte buscaré mi pitanza. Lo que os digo es que no habrá fiesta ni vigilia donde entiendo quedarme; y por ello, lo antes que podáis, andaos con Dios, si no, gritaré que queréis forzarme. Micer Ricciardo, viéndose en mal trance y aun conociendo entonces su locura al elegir mujer joven estando desmadejado, doliente y triste, salió de la alcoba y dijo a Paganín muchas palabras que de nada le valieron. Y por último, sin haber conseguido nada, dejada la mujer, se volvió a Pisa, y en tal locura dio por el dolor que, yendo por Pisa, a quien le saludaba o le preguntaba algo, no respondía nada más que: -¡El mal foro no quiere fiestas !

Y luego de no mucho tiempo murió; de lo que enterándose Paganín, y sabiendo el amor que la mujer le tenía, la desposó como su legítima esposa, y sin nunca guardar fiestas ni vigilias o hacer ayunos, trabajaron mientras las piernas les sostuvieron y bien se divirtieron. Por lo cual, queridas señoras mías, me parece que el señor Bernabó disputando con Ambruogiuolo quisiese apartar la cabra del monte. Esta historia hizo reír tanto a toda la compañía que no había nadie a quien no le doliesen las mandíbulas; y de común consentimiento todas las mujeres dijeron que Dioneo llevaba razón y que Bernabó había sido un animal. Pero luego que terminó la historia y las risas callaron, habiendo mirado la reina que la hora era ya tardía y que todos habían novelado, y el fin de su señorío había llegado, según el orden comenzado, quitándose la guirnalda de la cabeza, sobre la cabeza la puso de Neifile, diciendo con alegre gesto:

-Ya, cara compañera, sea tuyo el gobierno de este pequeño pueblo -y volvió a sentarse. Neifile se ruborizó un poco con el recibido honor, y su rostro parecía una fresca rosa de abril o de mayo tal como se muestra al clarear el día, con los ojos anhelantes y chispeantes (no de otro modo que una matutina estrella) un poco bajos. Pero luego que el cortés murmullo de los circunstantes (en el que su disposición favorable a la reina mostraban alegremente) se reposó y que ella recuperó el ánimo, sentándose un poco más alto de lo que acostumbraba, dijo:

-Puesto que así es que vuestra reina soy, no alejándome de la costumbre seguida por aquellas que antes de mí lo han sido, cuyo gobierno habéis alabado obedeciéndolo, os haré manifiesto en pocas palabras mi parecer; que si por vuestra opinión es estimado, seguiremos. Como sabéis, mañana es viernes y el día siguiente sábado, días que, por las comidas que se acostumbran en ellos, son un tanto enojosos a la mayoría de la gente; sin decir que, el viernes, atendiendo a que en él Aquel que por nuestra vida murió, sufrió pasión, es digno de reverencia; por lo que justa cosa y muy honesta reputaría que, en honor de Dios, más con oraciones que con historias nos entretuviésemos. Y el sábado es costumbre de las mujeres lavarse la cabeza y quitarse todo el polvo, toda la suciedad que por el trabajo de la semana anterior se hubiese cogido; y también muchos acostumbran a ayunar en reverencia a la Virgen madre del Hijo de Dios, y de ahí en adelante, en honor del domingo siguiente, descansar de cualquier trabajo; por lo que, no pudiendo tan plenamente en esos días seguir el orden en el vivir que hemos adoptado, también estimo que estaría bien que esos días depongamos las historias. Luego, como habremos estado aquí cuatro días, si queremos evitar que llegue la gente nueva, juzgo oportuno mudarnos de aquí e irnos a otra parte; y dónde ya lo he pensado y provisto. Allí, cuando estemos reunidos el domingo después de dormir, como hemos tenido hoy mucho tiempo para razonar conversando, tanto porque tendréis más tiempo para pensar como porque será mejor que se limite un poco la libertad en novelar y que se hable de uno de los muchos casos de la fortuna, he pensado que sea sobre quien alguna cosa muy deseada haya conseguido con industria o una pérdida recuperado. Sobre lo cual, piense cada uno en decir algo que a la compañía pueda ser útil o al menos deleitable, siempre con la salvedad del privilegio de Dioneo. Todo el mundo alabó lo dicho y lo imaginado por la reina, y así establecieron que fuese. La cual, después de esto, haciendo llamar a su senescal, dónde debía poner la mesa por la tarde le dijo, y todo lo que luego debía hacer en todo el tiempo de su señorío plenamente le expuso; y hecho así, poniéndose en pie con su compañía, les dio licencia para hacer lo que a cada uno más gustase. Tomaron, pues, las señoras y los hombres el camino de un jardincillo, y allí, luego de que un tanto se hubieron entretenido, venida la hora de la cena, con fiesta y con placer cenaron; y levantándose de allí, según plugo a la reina, conduciendo Emilia la carola, la siguiente canción de Pampínea, que los demás coreaban, se cantó:

¿Quién podría cantar en lugar mío
que tengo y gozo todo cuanto ansío?
Ven, pues, Amor, razón de mi ventura,
de la esperanza y de toda alegría,
ven conmigo a cantar
no de suspiros, penas y amargura,
que ahora me es dulce lo que fue agonía,
sino de este brillar
del fuego en cuyas llamas quiero estar
adorándote a ti como a dios mío.
Tú ante los ojos me trajiste, Amor,
cuando en tu fuego ardí por vez primera,
a uno de tal talante
que en beldad y osadía, y en valor,
otro mejor jamás se encontraría,
ni aún otro semejante;
y tanto me inflamó que en este instante
feliz te estoy cantando, señor mío.
Y este que es para mí sumo placer
y que me quiere cuanto yo le quiero
Amor, por tu merced,
por lo que en este mundo mi querer
tengo y gozar de paz en otro espero;
y pues le guardo fe
que aun a su reino Dios, que esto lo ve,
por su bondad nos llevará confío .

Después de ésta, otras muchas se cantaron y se bailaron muchas danzas y se tocaron distintas músicas; pero juzgando la reina que era tiempo de tener que irse a descansar, con las antorchas por delante cada uno a su cámara se fueron, y durante los dos días siguientes atendiendo a aquellas cosa que la reina había hablado, esperando con deseo la llegada del domingo.

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