El Regionalismo

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El Regionalismo
de Francisco Seco de Lucena


Introducción.

Señores: El recuerdo con que hubo de honrarme la Junta directiva de esta Cámara de Comercio, al tratar de la organización de sus conferencias para el presente curso, y el ruego de vuestro dignísimo presidente, mi antiguo y buen amigo D. Juan Echevarría, fueron para mí al mismo tiempo que justa causa de gratitud por la distinción de que me hacíais objeto, no sólo por la natural desconfianza en las propias fuerzas para ocupar dignamente esta cátedra, que han enaltecido con los primores de su elocuencia muchos y buenos oradores granadinos; sino también y principalmente, (toda vez que para disculpar las torpezas de mi palabra, contaba de antemano con vuestra benévola atención), por lo difícil de hallar un tema apropiado para despertar vuestro interés, y dar a mi discurso, ya que no otro mérito, el de una relativa novedad, fuera de las candentes cuestiones de la política, que el reglamento de la Cámara prohíbe traer al campo neutral de estas conferencias. En esta perplejidad me hallaba cuando leí la noticia de haberse celebrado en la Coruña un meeting regionalista, en el cual se formularon conclusiones para pedir al poder público la autonomía regional; y este meeting y tales solicitudes de la región gallega que afirmaba con su actitud la existencia de su personalidad, ponen de nuevo sobre el tapete de la crítica la debatida cuestión del regionalismo, y la dan el interés de la oportunidad, aparte del que ya tiene por sí misma esa aspiración, innata a todos los territorios poseedores de una individualidad bien definida en la geografía y en la historia nacionales, y que es, desde hace mucho tiempo, bandera que sostienen con el mayor entusiasmo elementos tan importantes de la patria española como el país vasco-navarro, Aragón, Cataluña, Valencia y Galicia.

El regionalismo es un tema siempre importante al que se añade hoy el interés de actualidad que le prestan esas manifestaciones de la opinión cada día más fuertes y robustas; por eso determiné someterlo a vuestra consideración en mi conferencia; y además porque si en todas partes la idea regionalista bien entendida y aplicada, puede contribuir al engrandecimiento de las entidades territoriales que forman la patria, y por consiguiente al engrandecimiento de la patria misma, en Granada como en ningún otro país puede dar frutos de próspera bienandanza el despertar del espíritu regionalista; porque difícilmente podrá encontrarse un territorio que tenga los rasgos de su personalidad tan enérgicamente marcados, como este conjunto de las cuatro provincias que formaron el reino de Granada en tiempo de los moros; que fueron para ellos alegría de sus ojos mientras dominaron en este paraíso, y tradición de padres a hijos trasmitida en los arenales del África entre los descendientes de aquellos vencidos de Granada, que en día de amargura infinita para el Islam, y para la Religión y la patria de excelsa gloria, salían abatidos de la ciudad de sus amores, dejando a sus espaldas la Media Luna a los pies de la Cruz, y la Cruz redentora, erguida y triunfante sobre la torre de la Vela.


Concepto del regionalismo

¿Qué es el regionalismo? En diferentes sentidos se ha tomado esta palabra según los distintos criterios sustentados por los escritores que han debatido la ardua cuestión. Según el concepto que han formado de la unidad nacional, según que el unitarismo centralizador y la idea de un poder absorbente que excluya toda otra especie, no ya de soberanía, sino aún de vida, ha sido la norma suprema de criterio adoptada, o según que ha podido más en ellos la afección a la tierra nativa, siempre digna de especial predilección, aunque nunca deba ser esta más grande que la inspirada por la nacionalidad, así también se ha hecho variar el significado de esa voz regionalismo, presentándola unos y otros, ora como doctrina revolucionaria, separatista y disolvente, ora como medio único de reconstituir las patrias, inacabables y legendarias energías, que hoy aparecen como apagadas y adormecidas, sobre todo en determinadas esferas de nuestra vida nacional.

Dijeron los unitaristas, que como buenos partidarios de una idea exclusiva se empeñan en negar la realidad cuando esta no es en absoluto conforme con sus preconcebidas entelequias, que la obra de recabar para las regiones su vida propia y personal dentro del organismo de la nación, era una empresa de locos y de malos patriotas; que con ella solo se pretendía la destrucción de lo que costó tanto trabajo y tanta sangre edificar en siete siglos de luchas épicas; y que el sistema regionalista no produciría otros frutos que la anarquía territorial, la división de la patria en pequeños estados inhábiles para proseguir la historia de España, y en último término feudatarios del extranjero. Desde la iracunda acusación de traidores fulminada contra los regionalistas, hasta las armas del ridículo, con todas se ha combatido esta idea que no solo alienta y vive en España, sino que es profesada y se practica sin que por ello sufra menoscabo la integridad de las naciones, en muchas de las más importantes de Europa. Y tanto se extremó el ataque contra una idea que no se había comprendido bien, que aquel exceso produjo en cierto grupo de regionalistas una violenta excitación que les aferró más a sus ideales, y oponiendo exclusivismo a exclusivismo, obraron en forma exagerada sobre el pavés de su entusiasmo la idea regional, dijeron que en ella se encontraba la única medicina para todas las dolencias de la patria, y algunos, confundiendo en la violencia de su protesta, al centralismo y todos los males que de él se originan, con la nacionalidad, llegaron a pedir la separación completa. Entonces fue cuando se lanzó al campo de la prensa y al palenque de la discusión esa desdichada frase la patria chica en oposición a la patria grande, sin comprender los que tal pugna establecieron que incurrían en el peor de los contrasentidos y en el más craso de los errores; contrasentido y error combatidos elocuentemente por un ilustre regionalista, D. Víctor Balaguer, cuando en la memorable fiesta de nuestros Juegos Florares exclamaba:

«No hay patria grande, ni patria chica. Patria solo existe una, y esta siempre es grande. La patria es como la madre, única, una, sola; no se parte ni se divide. Lo que hay es que una cosa es la patria y otra el hogar; una cosa es la nación y otra es la familia. Donde está el hogar, la familia, la casa en que hemos nacido, el templo en que hemos orado, la tierra en que han vivido y en que descansan nuestros padres, esta es la región. Las regiones que, juntas forman el gran centro de la nacionalidad, el blasón que las representa, la bandera que sobre ellas flota, la gloria que a todas une, los intereses de todos por todos defendidos, esta es la nación, esta es la patria.»

Admirable distinción, señores, que enseña enumerando sus elementos, el concepto verdad del regionalismo sin exageraciones de secta siempre perjudiciales y peligrosas. De acuerdo con esta sana doctrina que es la que profesan el mayor número de catalanes, aragoneses, vascos y gallegos, entre quienes cuenta el núcleo de sus huestes, el regionalismo puede considerarse bajo dos aspectos: como aspiración legítima de las regiones españolas a que les sea reconocida la personalidad que realmente tienen y han demostrado en el transcurso de la Historia, y como protesta contra la absorbente centralización que mata las iniciativas y liga los movimientos de los pueblos aniquilando de esta suerte las energías y la fuerza de la patria; contra esa centralización que es planta exótica, en el libre suelo de España al que la importó una dinastía extranjera que marca el principio de la decadencia española como la unión de Aragón y Castilla, señala con la Toma de Granada y con los viajes de Colón el apogeo de nuestra gloria; contra esa centralización absurda que ha vivido alimentada del abuso de los poderes y de la ignorancia del pueblo; y que hoy, después de un siglo entero de luchas y de martirios por la conquista de la libertad se muestra más vigorosa y fuerte que nunca, al amparo de esa vergonzante oligarquía, forma única del poder en esos tiempos, que extiende a todas las esferas de la vida nacional y a todas las manifestaciones del trabajo su acción nociva; que diciéndose servidora de la soberanía nacional falsea la voluntad del pueblo; que organiza el Estado sobre farsa de tal magnitud como este sufragio al que se añade a manera de ignominioso inri el mote de universal; y que ha sustituido el antiguo poder del los Reyes absolutos con la tiranía de tres odiosas Majestades: Su M. el ministro, responsable ante unas Cámaras que por ser sus hechuras ninguna responsabilidad han de exigirle; S. M. el diputado cunero que muchas veces no sabe encontrar en el mapa el distrito que representa, y S. M. el cacique señor feudal de zaragüelles o capote, que atrincherado en la protección oficial puede disponer a su antojo de haciendas y de vidas, y dormir tranquilo, seguro de que con él no rezan las responsabilidades enumeradas en el Código.


Las regiones.

Mas volvamos a nuestro tema. Decía que el regionalismo tiene una existencia real y efectiva, que es una aspiración legítima de las regiones a que se les reconozca su propia individualidad; y considerado en este sentido vemos que el regionalismo es justo pues nada hay más justo que lo que tiene por base la verdad. España en su ser integral como nación nos ofrece un ejemplo maravilloso de harmonía; la variedad dentro de la unidad se observa bien y perfectamente definida; todas las regiones son España; pero todas ellas tienen impreso el sello característico de su personalidad que las individualiza de manera admirable, no solo en cuanto se refiere a sus territorios respectivos sino también por lo que hace a los hombres que los habitan. Así el astur amante de las montañas de su país, fuertes y duras como el espíritu de la raza que puebla sus valles; el gallego que lleva siempre grabada en la retina la imagen de sus húmedos bosques y de sus rías azuladas, y en suyos oídos vibran constantemente los lamentos de la gaita; el catalán bajo cuyo carácter altivo y brusco late un corazón generoso y noble, como en el corazón del abrupto Monserrat se guarda la efigie de la Virgen milagrosa; el vasco por cuyos labios vaga todavía la dura estrofa en que cantaron los bardos euskaldunes la hecatombe de Roncesvalles; el castellano heredero de cien héroes; el hijo de Aragón creyente y animoso; el andaluz, alegre como su cielo, con la luz del sol meridional metida en su cerebro de artista, y la sangre bullidora como los mostos dorados que fermentan en las bodegas de la tierra baja; todos ellos, astures, galaicos, catalanes, castellanos, aragoneses y andaluces, con sus defectos y sus buenas cualidades, no forman más que un solo tipo, el tipo español en el que se confunden todos, como se confunden las enseñas regionales en la bandera roja y amarilla; y todos convergen a un fin común, la glorificación de España, como convergen al sol todos los mundos de nuestro sistema planetario, y se vuelven a Dios todos los espíritus.


El regionalismo en la Historia.

Y no solo es una verdad de actual evidencia esa personalidad propia de nuestras regiones. En el transcurso de los tiempos sin dejar su carácter genuinamente español que es el punto de contacto común, supieron todas ellas crearse una vida independiente y hacerse una historia en cada una distinta aunque en todas gloriosa para formar, uniéndolas, ese gran monumento de la humanidad que constituye la historia de España. La región asturiana cuyas luchas por la primitiva independencia retardan durante siglos la clausura del templo de Jano, coloca la primera piedra de nuestra nacionalidad a la que ofrece cuna y refugio en Covadonga. La monarquía aragonesa, cuya organización esencialmente democrática con sus Cortes y su Justicia, es el asombro de los historiadores, produce héroes como el caballeresco y legendario D. Pedro el de Muret, ensalzado por los poetas de Provenza y Cataluña como flor y espejo de hidalguía, y como D. Jaime el Conquistador que hace cristianas a Valencia y Mallorca llenando con su nombre un siglo; y en los principios del siglo actual cuando los vicios y torpezas de un privado entregan a la patria en manos de Napoleón, aquellas Cortes famosas, muertas a mano airada por los Austrias, vuelven a la vida evocadas por el ínclito Palafox que reúne a los cuatro estamentos o brazos, para acordar en la memorable legislatura que solo duró un día la guerra al extranjero, y organizar aquella lucha titánica que renueva en la inmortal Zaragoza los laureles siempre frescos de Sagunto y Numancia. Cataluña, taller de España, heraldo de nuestro progreso, la que mostró al Mundo en su exposición universal de 1888 el florecimiento de nuestras industrias y de nuestras artes, es también tierra de héroes como los Vifredos y los Berengueres y los Moncadas; su espíritu expansivo, heredado de los helenos que afincaron en sus costas, la hace en la Edad Media señora del Mar latino, sembrado por doquier, como de boyas luminosas, del recuerdo de sus hazañas; y Roger de Flor realiza con sus almogávares la expedición al Oriente que hace feudatario de Cataluña al viejo imperio de los Paleólogos, y Roger de Lauría es al frente de la flota catalana rey del mar y da a su patria la hegemonía sobre todas las naciones marítimas de su tiempo.

En Galicia, Compostela comparte con Roma por guardar el sepulcro del Apóstol la veneración del Orbe Católico; una gallega, María Pita, derrota a los ingleses sobre los muros de la Coruña; y de la Universidad compostelana se forma aquella legión sagrada que con el nombre de batallón literario se cubre de gloria en cien hechos de armas atestiguados por la venerada bandera, que acribillada a balazos se guarda como reliquia inestimable en el centro universitario de Santiago. Castilla, patria del Cid, tierra hidalga por excelencia, cuna de Isabel la Católica, tiene la gloria de conseguir con Aragón la unidad política de España; alienta después a aquellos Padilla, Bravo, Maldonado y el obispo Acuña, paladines de la libertad frente al soberbio poder de Carlos de Austria, y da en 1808 el fiero grito de Independencia, lanzando a su heroico pueblo, con rugidos de león sobre los cañones de Murat. Y Andalucía, la hermosa Andalucía, la que fue mora siete siglos, es al entrar en la unidad de la patria y en la unidad de la fe, la que hace posible la empresa de Colón, y la que le despide en Huelva para el Nuevo Mundo; y es también la que en Cádiz nutre toda la vida nacional en la suprema crisis de principio de este siglo, y proclama la primera constitución española, afirmando la existencia de la nación entre las angustias de un cerco, sin hacer caso de las bombas francesas, con estoicismo sublime y soberano.


El regionalismo no es político.

Demostrada la justicia de las aspiraciones regionalistas, y probado con los hechos que este espíritu individual y propio de la regiones, lejos de ir contra la unidad de la patria contribuye a ella, es el que la ha forjado, y el que ha sabido sacarla a salvo de las tragedias históricas, añadiré ahora que el regionalismo, tal y como debe ser entendido rectamente, es demasiado grande para que pueda encerrarse en los estrechos moldes de un determinado sistema político. Es regionalismo no es político: se lleva en el alma con el cariño el hogar y se traduce a la vida externa con las producciones literarias y con la administración por región de sus intereses propios, excepto en aquella parte que por referirse al supremo interés nacional deba depender de centro común. La forma práctica del regionalismo es la descentralización administrativa, y esta descentralización es compatible con todas las formas de gobierno, desde las monarquías absolutas hasta las federaciones republicanas, según nos lo demuestran en el terreno de los hechos Suiza y los Estados Unidos, Austria con Hungría, Suecia con Noruega y el imperio moscovita con Finlandia.


La centralización.

La centralización ha matado en las regiones de España, si se exceptúa Cataluña a quien defienden sus condiciones industriales y marítimas, las energías regionales; cantando la unidad que es hermosa y grande, los poderes centrales han equivocado el camino llevándonos a una desesperante uniformidad; han reunido en sus manos todos los resortes de la política y la administración acostumbrando a los españoles y sobre todo a los andaluces, que todavía tenemos en las venas mucho de fatalismo musulmán, a desconfiar de nuestras fuerzas, a esperarlo todo del Gobierno, y a dormirnos tranquilos cara a sol aguardando que la felicidad venga a despertarnos tocándonos con su varita mágica, mientras nuestro comercio decae y se aniquila por falta de vías de transporte, nuestra agricultura se echa en brazos de la rutina, retrocediendo de cómo la dejaron los árabes, y nuestras quejas, cuando son formuladas, se pierden en el vacío toda vez que nadie se encarga de transmitirlas a poder público; pues este en su solicitud por los pueblos quiere ahorrarles hasta la molestia de designar sus mandatarios aún después de introducido en nuestras corrompidas costumbres el maravilloso artificio del sufragio que tiene la virtud de colocar en todo caso, de manera absoluta y unánime la opinión pública al lado del que manda.

Esos excesos de la centralización han dado pretexto a los regionalistas exaltados, cuyas exageraciones en sentido separatista debemos rechazar como españoles; pero también estamos obligados a cumplir los que con este nombre nos honramos un sagrado deber compartiendo el amor a España con el de la tierra en que nacimos. Se dice, y es una gran verdad, que la virtud privada es el fundamento y la base de la virtud cívica; que no puede ser buen ciudadano el que es mal hijo o mal padre; pues de la propia manera no puede ser buen español el castellano que no ame a Castilla, el catalán que no ame a Cataluña, o el granadino que no ame a Granada. En esta gradación de los efectos que la naturaleza siempre sabia hace germinar en el corazón del hombre, estriba la esencia del regionalismo.


La región granadina.

Haciendo ahora aplicación de la doctrina expuesta al antiguo reino de Granada, a la región que un distinguido literato granadino llamó con notable acierto la región de sudeste, veamos como en ella hace falta más que en ninguna otra que despierte y dé muestras de vida el espíritu regional.

Granada posee riquezas naturales, elementos de vida como ningún país del mundo, y es pobre; su cielo es alegre, sus campos fertilísimos, sus habitantes trabajadores, industriosos y como pocos inteligentes; en su sierra espejo del sol, se juntan con imponderables y sublimes bellezas, el tesoro de sus nieves que da eterno verdor a la Vega y las riquezas de sus entrañas criaderos de valiosos metales. Granada podía sustentar doble número de habitantes de los que hoy tiene, y sin embargo en muchos de sus pueblos domina como tiránica señora la miseria. Granada sobre quien vertió Dios su sonrisa y sobre cuyo suelo dejó el genio humano grabada su huela con las grandiosas maravillas del arte, Granada que debía ser emporio de grandeza, arrastra una vida triste, y lánguida, está postrada y decadente. ¿Por qué? Porque sus hijos no han desplegado aún sus iniciativas en pro de ella, porque la santa semilla del regionalismo, la semilla del amor a Granada, tendrá, sí, yo no lo pongo en duda, hondas raíces en nuestro corazones pero no se ha mostrado aún a la luz del sol como árbol frondoso de sazonado y dulce fruto.

Los antiguos caballeros de aventuras, los que sin otros elementos que su limpio escudo y su espada querían conquistarse un nombre, buscaban ante todo el ideal, y como el ideal en que aquel tiempo era el culto de la mujer, comenzaban por elegir una dama a la que consagraban su pensamiento y su brazo. Los granadinos, con genio y condiciones sobradas para ocupar en la vida nacional un puesto importantísimo, no nos hemos propuesto el ideal, no hemos elegido nuestra dama; y sin embargo la tenemos hermosa como ninguna, como ninguna agradecida y amante, en este vergel florido de Granada que se toca la frente con brumas del Veleta y descansa los pies en el tapiz primoroso de los campos.


Nuestra decadencia.

La verdadera causa de nuestra decadencia solo debe ser atribuida a la falta de amor al país nativo, y a las cosas de la tierra, afección que constituye el secreto de la fuerza y de la prosperidad de Cataluña. A los granadinos nos falta esa cohesión, ese espíritu de unidad que hace posibles las más difíciles empresas y allana todos los obstáculos con su fuerza invencible y poderosísima; no apreciamos en lo que vale, lo que cerca tenemos, y seducidos por el brillo de oropeles y relumbrones, engañados con el reclamo traidor de unos esplendores que no existen, ansiamos gozar la vida de Madrid y se da el extraño fenómeno de que viviendo bien en Granada deseemos ir a pasarlo mal en el ambiente falso y corrompido de un centro de luchas políticas, en las que no es por cierto el supremo fin del interés patrio lo que se persigue; padecemos la funesta manía del absentismo, y de este morbo social resultan los mayores males que nos afligen. El vértigo de las grandezas se apodera a veces de nuestra juventud, el torbellino de la corte arrastra a muchos granadinos, y nos resta energías, actividades provechosas, talentos que en Granada hubieran tenido mejor empleo y que las más veces naufragan en el oleaje cortesano, y van a aumentar las falanges de pretendientes y empleomaníacos que tanto nutre sus filas de gente provinciana a quienes desengañó Madrid inutilizándola para siempre, gentes desdichadas para quienes parecen escritos aquellos versos del famoso poeta:

«Fabio, las esperanzas cortesanas prisiones son do el ambicioso muere.»

Esa manía funesta retira también de la circulación capitales que aquí debieran invertirse y producir, disminuye nuestras fuerzas, nos desune, y hace cada día mayor nuestra ruina. ¡Cuán feliz, cuán próspera sería Granada si todos sus hijos trabajaran unidos por cuantos medios estén a su alcance en pro de ella, unos con su actividad, otros con su talento, el rico dedicando sus capitales a la industria, y todos poniendo al servicio del interés común una firme y decidida voluntad! No seríamos entonce un pueblo pobre del que impunemente abusan los gobiernos y al que sin protesta se despeja, sino que haríamos de Granada una fuerza viva, una población floreciente, no solo consagrada a los recuerdos sino también, y sin que por ello hayamos de desconocer nuestro abolengo histórico, una ciudad que mire al porvenir y se labre con su trabajo en el presente, el pedestal de sus futuras prosperidades. Granada entonces sería verdaderamente libre y feliz; entonces no se daría el caso tristísimo de que las aguas puras cristalinas y frescas de nuestros montes, lleguen a los depósitos para el abasto potable convertidas en disolución venenosa que asesina lentamente a nuestro pueblo; no veríamos este vergonzoso espectáculo que ofrece nuestra provincia, sin comunicación posible entre sus distintas zonas por falta de caminos, y por lo tanto sin tráfico alguno que les dé vida; no habríamos perdido todas las prerrogativas y todos los prestigios que alevosamente ha ido arrancando a la corona de Granada el alto caciquismo, hasta dejarla reducida a la triste y mísera condición en que hoy la vemos; no tendría que abandonarse a la Hacienda el número terriblemente crecido de fincas agrícolas y urbanas que dejan en manos del fisco el labrador arruinado, y el propietario a quien la miseria general hiere de modo indirecto, aunque no por eso menos hondo, en sus intereses; no veríamos como se va extinguiendo el comercio granadino que arrastra una vida penosísima porque la incomunicación en que a esta provincia se tiene le cierra todo mercado, ni se impondría la clausura de nuestras fábricas como estuvo a punto de ocurrir con las de azúcar de la Vega y ha ocurrido con las productoras de alcohol; ni serían por último posibles esas burlas sangrientas que frecuentemente tenemos que devorar en silencio los granadinos y como ejemplo de las cuales bastará citar la triste historia del ferro-carril de Murcia; historia que representa el Calvario de una región importantísima digna de protección y de respeto, cuyos intereses y porvenir se sacrifican del modo más inicuo al interés de una compañía que ha logrado encontrar en las esferas del poder central manto protector para todos sus abusos.


Porvenir de Granada.

Pues bien, todos estos males puede curarlos el despertar de la opinión regionalista que se proponga sacudir el yugo que nos sujeta, buscando fuerza y poder en la unión de los granadinos por el vínculo santo del amor a Granada. Si esto se consiguiera, como es mi deseo, como es seguramente el de todos los que me escuchan, ¡ah señores! ¡cómo cambiaría nuestra suerte! Granada volvería a ser lo que fue, y lo que nunca debió dejar de ser: la espléndida sultana cuyo prendido daba ocupación a 50.000 telares de seda, y en un porvenir próximo podríamos saludar a nuestra tierra con la admiración que en los historiadores y en los poetas produce siempre el nombre de Granada, a la que todos ellos cantan un himno de gloria, en el que ha escrito las mejores estrofas nuestro insigne Castelar que la saluda en estas frases hermosísimas con que concluiré mi discurso:

«El edén que a los suyos el Profeta reservara, carece de la frescura en los valles, de las formas en los montes, de la belleza en los cielos, que tiene nuestra feliz Granada. Inútilmente querrá saber lo que es música suave, quien no haya escuchado las cadencias del Genil, por la Vega, entre los cañaverales; lo que es luz pura quien no haya visto el día reluciendo en Sierra Nevada; lo que es oro nativo quien no haya recogido las arenas del Darro! ¡Cuántas veces por sus colinas, al rumor de las fuentes que se desatan en arroyos y a la sombra de los álamos que se elevan al cielo, desde el pintado mirador de un ajimez moruno he visto aquí las cien rojas torres de la Alhambra, surgiendo del follaje y dibujando sus barbacanas en los horizontes! Allá las galerías del Generalife con sus azulejos parecidos a piedras preciosas y sus tejas relucientes como el oro puro, destacándose entre los sicomoros y las palmas y teniendo los mirtos y laureles por alfombra y los olorosos jazmines y los trepadores rosales por corona; acullá los barrios del Albaicín con sus patios misteriosos engarzados en una orla de oscuros áloes y claros nopales, entre cuyas pencas espinosas levantan sus ramos y sus flores las poéticas adelfas!... Por todas partes los matices y los reflejos, y los iris de horizontes cuya luz da pródigamente a todas las cosas entonaciones tales que creéis hallaros en los senos de un mundo ideado por la imaginación y teñido de fantásticos colores… Así muchas veces heme puesto a contemplar la ciudad, y viendo los muros que tiran a sombríos y las tierras que tiran a rosadas, con coronas de almenas destacándose en el azul claro de los cielos, y circuidas de florido ramaje y cortadas por surtidores que me parecían movibles columnas de cristal de roca, he comprendido los calificativos dados a la ciudad por los poetas árabes, cuando la llamaban Granada de rubíes, nido de palomas, taza de jacintos y amatistas, luna llena, oriente del sol, puerta del paraíso, templo del amor, peana del Eterno

He dicho.