El contrato social
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El contrato social
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Índice
- Capítulo I - Asunto de este primer libro
- Capítulo II - De las primeras sociedades
- Capítulo III - Del derecho del más fuerte
- Capítulo IV - De la esclavitud
- Capítulo V - Que es preciso retroceder siempre hasta una primera convención
- Capítulo VI - Del pacto social
- Capítulo VII - Del soberano
- Capítulo VIII - Del estado civil
- Capítulo IX - Del dominio real
- Libro Segundo
- Capítulo I - La soberanía es inalienable
- Capítulo II - La soberanía es indivisible
- Capítulo III - ¿Puede errar la voluntad general?
- Capítulo IV - Límites del poder soberano
- Capítulo V - El derecho de vida y de muerte
- Capítulo VI - La ley
- Capítulo VII - El legislador
- Capítulo VIII - El pueblo
- Capítulo IX - Continuación
- Capítulo X - Continuación
- Capítulo XI - Los diversos sistemas de legislación
- Capítulo XII - División de las leyes
- Capítulo I - El gobierno en general
- Capítulo II - El principio que constituye las diversas formas de gobierno
- Capítulo III - División de los gobiernos
- Capítulo IV - La democracia
- Capítulo V - La aristocracia
- Capítulo VI - La monarquía
- Capítulo VII - Los gobiernos mixtos
- Capítulo VIII - No conviene a todos los países cualquier forma de gobierno
- Capítulo IX - Los signos de un buen gobierno
- Capítulo X - El abuso del gobierno y su inclinación a degenerar
- Capítulo XI - La muerte del cuerpo político
- Capítulo XII - Cómo se mantiene la autoridad soberana
- Capítulo XIII - Continuación
- Capítulo XIV - Continuación
- Capítulo XV - Los diputados o representantes
- Capítulo XVI - La institución del gobierno no es un contrato
- Capítulo XVII - La institución del gobierno
- Capítulo XVIII - Medio de prevenir las usurpaciones del gobierno
- Libro Cuarto
- Capítulo I - La voluntad general es indestructible
- Capítulo II - Los sufragios
- Capítulo III - Las elecciones
- Capítulo IV - Los comicios romanos
- Capítulo V - El tribunado
- Capítulo VI - La dictadura
- Capítulo VII - La censura
- Capítulo VIII - La religión civil
- Capítulo IX - Conclusión