El libro del caballero Zifar: Los hechos de Roboán

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Los hechos de Roboán [editar]

«Ciertas», dijo Roboán, «así lo quiera, ca lo que Dios comienza nos por acabado lo debemos tener; ca Él nunca comenzó a hacer merced así como vos veis; no hay caso por que debemos dudar que Él no lleve y dé cima a todos; y por amor de Dios os pido, señor, por merced, que me queráis perdonar y enviar y que no me detengáis, ca el corazón me da que muy aína oiréis nuevas de mí». «Ciertas», dijo el Rey, «hijo, no me detendré, mas bien es que lo será tu madre, ca cierto soy que tomará en ello gran pesar». «Señor», dijo Roboán, «conhortadla vos con vuestras buenas palabras, así como soy cierto que lo sabréis hacer, y sacadla de pesar y traedla a placer». «Ciertas», dijo el Rey, «así lo haré cuanto yo pudiere; ca mi voluntad es que hagas lo que pusiste en tu corazón, ca creo que buen propósito de honra es que demandas, y cierto soy que, si bien lo siguieres y no te enojares, que acabarás tu demanda con la merced de Dios; ca todo hombre que alguna cosa quiere acabar, tan bien en honra como en al que hacerse puede, habiendo con qué seguirla, y fuere en pos ella y no se enojare, acabarla ha ciertamente. Y por ende dicen que aquel que es guiado a quien Dios quiere guiar».

Y luego el Rey envió por la Reina que viniese y donde ellos estaban, y ella fue y venida luego, y asentose en una silla luego que estaba en par del Rey, y el Rey le dijo: «Reina, yo he estado con vuestros hijos así como buen maestro con los discípulos que ama y ha sabor de enseñarlos y aconsejarlos y castigarlos porque siempre hiciesen lo mejor y más a su honra. Y en cuanto he yo en ellos enmendado, como buenos discípulos que han sabor de bien hacer, aprendieron su lección, y creo que si hombres hubiese en el mundo que obraren bien de costumbres y de caballerías, que estos serán de los mejores. Y Reina, decíroslo he en qué lo entiendo; porque Roboán, que es el menor, así paró mientes en las cosas y en los castigos que yo les daba, y así los guardaban en el arca del su corazón, que no se puede detener que no pidiese merced que le hiciese algo, que le diese trescientos caballeros con que fuese probar el mundo y ganar honra; ca el corazón le daba que ganaría honra así como nos, con la merced de Dios, o por ventura mayor». Y ciertas, bien así como lo dijo, así me vino a corazón que podía ser verdad. Y Reina, véngaseos en mente que antes que saliésemos de nuestra tierra os dije el propósito en que yo estaba, y que quería seguir lo que había comenzado, y que no lo dijésemos a ninguno ca nos lo tendrían a locura. Y vos respondístesme así: que si locura o cordura, que luego me lo oyerais decir, os subió al corazón que podría ser verdad, y aconsejástesme así: que saliésemos luego de la nuestra tierra; e hicímoslo así, y Dios por la su gran merced, después de grandes pesares y trabajos, guiemos y endrecemos así como veis. Y ciertas, Reina, eso mismo podría acaecer en el propósito de Roboán».

«A Dios digo verdad», dijo la Reina, «que eso mismo me aconteció ahora en este propósito de Roboán; ca me semeja que de todo en todo que ha de ser un gran emperador». Pero llorando de los ojos muy fuertemente, dijo así: «Señor, comoquiera que estas cosas vengan a hombre a corazón, y cuido que será mejor, si la vuestra merced fuese, que fincase aquí convusco y con su hermano, y que le hicieseis mucha merced y lo heredaseis muy bien, que asaz habéis en qué, loado sea Dios, y que no se fuese tan aína, siquiera por haber nos alguna consolación y placer de la soledad en que fincamos en todo este tiempo, cada uno a su parte, y pues Dios nos quiso ayudar por la su merced, no nos queramos departir.»

«Señora», dijo Roboán, «¿no es mejor ir aína a la honra que tarde? Y pues vos, que sois mi madre y mi señora, que me lo debíais allegar, vos me lo queréis detardar, ciertas, fuerte palabra es de madre a hijo». «¡Ay, mío hijo Roboán!», dijo la Reina, «mientras en esta honra dure en que estoy, si no la quise para vos más que vos mismo». «Pues, ¿por qué me lo queréis destorbar?», dijo Roboán. «No quiero»; dijo la Reina, «mas nunca a tal hora iréis que las telas del mi corazón no llevéis convusco, y fincaré triste y cuitada pensando siempre en vos; y mal pecado, no hallaré quien me conhorte ni quien me diga nuevas de vos en cómo os va, y esta será mi cuita y mi quebranto mientras no os viere». «Señora», dijo Roboán, «tomad muy buen conhorte, ca yo he tomado por mío guardador y por mío defendedor a Nuestro Señor Dios, que es poderoso de lo hacer, y con gran fucia y con la su gran ayuda, yo haré tales obras por que los mis hechos os traerán las nuevas de mí y os serán conhorte». «Pues así es», dijo la Reina, «y al Rey vuestro padre place, comenzad vuestro camino en el nombre de Dios cuando vos quisiereis».

Otro día de gran mañana, por la gran acucia de Roboán, dieron cien acémilas cargadas de oro y de plata, y mandáronle que escogiese trescientos caballeros de los mejores que él halle en toda su mesnada del Rey; y él escogió aquellos que entendía que más le cumplían. Y entre los cuales escogió un caballero, vasallo del Rey, de muy buen seso y de muy buen consejo, caballero que decían Garbel. Y no quiso dejar al caballero Amigo, ca ciertamente es mucho entendido y buen servidor y de gran esfuerzo. Y dioles a los caballeros todo lo que habían mester, tan bien para sus casas como para aguisarse, y dioles plazo de ocho días a que fuesen aguisados, y despidieron del Rey y de la Reina y fuéronse. Pero que al despedir hubo y muy grandes lloros, que no había ninguno en la ciudad que pudiese estar que no llorase, y decían mal del Rey porque le aconsejaba ir, pero no destorbar, pues comenzado lo había. Y verdaderamente así lo amaban todos y lo preciaban en sus corazones por las buenas costumbres y los buenos hechos de caballeros que en él había, les parecía que el reino fincaba desamparado.

Y por doquier que iba por el reino lo salían a recibir con grandes alegrías, haciéndole mucha honra y convidando cada uno a porfía, cuidándole detener, y por ventura en la detenencia que se arrepentiría de esto que había comenzado. Y cuando al departir, viendo que al no podía ser sino aquello que había comenzado, toda la alegría se les tornó en lloro y en llanto; y así salió del reino de su padre. Y por cualquier reino que iba recibíanlo muy bien, y los reyes hacían algo de lo suyo y trababan con él que fincase con ellos, y que partirían con él muy de buenamente lo que hubiese; y él agradecióselo e íbase. Ca de tal donaire era él y aquella gente que llevaba, que los de las otras ciudades y villas que lo oían habían muy gran sabor de verlo; y cuando llegaba cerraban todas las tiendas de los menestrales, bien así como si su señor y llegase. Pero que los caballeros mancebos que con él iban no querían estar de vagar, ca los unos lanzaban y los otros andaban por el campo a escudo y a lanza haciendo sus demandas.

Y el que mejor hacía esto entre ellos todos era el infante Roboán cuando lo comenzaba; ca este era el mejor acostumbrado caballero mancebo que hombre en el mundo supiese; ca era muy apuesto en sí, y de muy buen donaire, y de muy buena palabra, y de buen recibir, y jugador de tablas y de ajedrez, y muy buen cazador de toda ave mejor que otro hombre, decidor de buenos retraires, de guisa que cuando iba camino todos habían sabor de acompañarlo por oír lo que decía, partidor de su haber muy francamente y donde convenía, verdadero en su palabra, sabedor en los hechos de dar buen consejo cuando se lo demandaban, no atreviendo mucho en su seso cuando consejo de otro hubiese mester, buen caballero de sus armas con esfuerzo y no con atrevimiento, honrador de dueñas y de doncellas.

Bien dice el cuento que si hombre quisiese contar todas las buenas costumbres y los bienes que eran en este caballero, que no lo podría escribir todo en un día. Y bien semeja que las hadas que le hadaron que no fueron de las escasas, mas de las más largas y más abundadas de las buenas costumbres.

Así que era arredrado Roboán de la tierra del Rey su padre mil jornadas, eran entrados en otra tierra de otro lenguaje que no semejaba a la suya, de guisa que no se podían entender sino en pocas palabras; pero que le traía sus trujamanes consigo por las tierras por donde iba, en manera que lo recibían muy bien y le hacían gran honra; ca él así traía su compaña castigada que a hombre del mundo no hacía enojo.

Tanto anduvieron que hubieron a llegar al reino de Pandulfa, donde era señora la infante Seringa, que heredó el reino de su padre porque no hubo hijo sino a ella. Y porque era mujer, los reyes sus vecinos de enderredor hacíanle mucho mal y tomábanse su tierra, no catando mesura, la que todo hombre debe catar contra las dueñas. Y cuando Roboán llegó a la ciudad de la infante Seringa, este fue muy bien recibido y luego fue a la Infante a ver. Y ella se levantó a él y recibiole muy bien, haciéndole gran honra más que a otros hacía cuando venían a ella. Y ella le preguntó: «Amigo, ¿sois caballero?» «Señora», dijo él, «sí». «¿Y sois hijo de Rey?», dijo ella. «Sí», dijo él. «¡Loado sea Dios que lo tuvo por bien!» «¿Y sois casado?», dijo la Infante. «Ciertas no», dijo Roboán. «¿Y de cuál tierra sois?», dijo ella. «Del reino de Mentón», dijo él, «si lo oístes decir». «Sí oí», dijo ella, «pero creo que sea muy lejos». «Ciertas», dijo Roboán, «bien hay de aquí allá ciento y treinta jornadas». «¿Mucho habéis lazrado?», dijo la Infante. «No es lacerio», dijo él, «al hombre cuando anda a su voluntad». «¿Cómo?», dijo la Infante, «¿por vuestro talante os vinistes a esta tierra, ca no por cosas que hubieseis de recaudar?». «Por mío talante», dijo él, «y recaudaré lo que Dios quisiere y no al». «Dios os deje recaudar aquello», dijo ella, «que vuestra honra fuese». «¡Amén!», dijo él.

La Infante fue y muy pagada de él y rogole que fuese su huésped, y que le haría todo el algo y toda la honra que pudiese. Y él otorgóselo, ca nunca fue demandado a dueña ni a doncella de cosa que le dijese que hacedera fuese, y levantose delante ella donde estaba asentado, para irse.

Y una dueña viuda muy hermosa que había nombre la dueña Gallarda, comoquiera que era atrevida en su hablar, cuidando que se quería ir el Infante, dijo así: «Señor Infante, ¿ir os queréis sin os despedir de nos?» «Porque no me quiero ir», dijo él, «no me despido de vos ni de los otros. Y comoquiera que de los otros me despidiese, de vos no me podía despedir maguer quisiese». «Ay, señor», dijo ella, «¿tan en poco me tenéis?». «No creo», dijo él, «que hombre en poco tiene a quien salvó si de él no se puede partir». Y fuese luego con su gente para su posada.

La Infante comenzó a hablar con sus dueñas y con sus doncellas y díjoles así: «¿Vistes un caballero tan mancebo y tan apuesto ni de tan buen donaire, y de tan buena palabra, y tan apercibido en las sus respuestas que ha de dar?». «Ciertas, señora», dijo la Gallarda, «en cuanto oí de él ahora seméjame de muy buen entendimiento, y de palabra sosegada, y muy placentero a los que lo oyen». «¿Cómo?», dijo la Infante, «¿así os pagastes de él por lo que os dijo?». «Ciertas, señora», dijo la dueña, «mucho me pago de él por cuanto le oí decir; y bien os digo, señora, que me placería que nos viniese ver, porque pudiese con él hablar y saber si es tal como parece. Y prométoos, señora, que si conmigo habla, que yo lo pruebe en razonando con él, diciendo algunas palabras de algún poco de enojo, y veré si dirá alguna palabra errada». «Dueña», dijo la Infante, «no os atreváis en el vuestro buen decir, ni queráis probar los hombres ni afincarlos más de cuanto debéis, ca por ventura cuidaréis probar y probaros han». «Ciertas, señora, salga a lo que salir pudiere, que yo a hacerlo he, no por al sino porque le quiero muy gran bien, y por haber razón de hablar con él». «Dé Dios buena ventura», dijo la Infante, «a todos aquellos que bien le quieren». «Amén», dijeron todos.

La Infante mandó luego de él pensar muy bien, y darle todas las cosas que hubo mester; y podríalo muy bien hacer, ca era muy rica y muy abundada y abastada, y sin la renta que había cada año del reino, que hubo después que el Rey su padre murió, hubo todo el tesoro, que fue muy grande a maravilla. Y ella era de buena previsión, y sabía muy bien guardar lo que había. Y ciertas, mucho era de loar cuando bien se mantuvo después de la muerte de su padre, cuando bien mantuvo su reino, sino por los malos vecinos que le corrían la tierra y le hacían mal en ella; y no por al sino porque no quería casar con los que ellos querían, no siendo de tal lugar como ella, ni habiendo tan gran poder.

Después que el infante Roboán hubo comido, cabalgó con toda su gente y fueron andar por la ciudad. Y verdaderamente así placía a todos los de la ciudad con él como si fuese señor del reino. Y todos a una voz decían que Dios le diese su bendición, ca mucho lo merecía. De que hubo andado una pieza por la ciudad, fuese para casa de la Infante. Y cuando a ella dijeron que el Infante venía, plúgole muy de corazón, y mandó que acogiesen a él y a toda su compaña. Y la Infante estaba en el gran palacio que el Rey su padre mandara hacer, muy bien acompañada de muchas dueñas y doncellas, más de cuantas halló Roboán cuando la vino ver en la mañana. Y cuando llegó Roboán, asentose delante ella y comenzaron a hablar muchas de cosas. Y en hablando entró el conde Rubén, tío de la Infante, y Roboán se levantó a él, y le acogió muy bien, y preguntole si quería hablar con la Infante en puridad, que los dejaría. «Ciertas», dijo el Conde, «señor, sí he, mas no quiero que la habla sea sin vos, ca, mal pecado, lo que he yo a decir no es puridad». Y dijo así: «Señora, ha mester que paréis mientes en estas nuevas que ahora llegaron.» «¿Y qué nuevas son estas?», dijo la Infante. «Señora», dijo el Conde, «el rey de Guimalet ha entrado en vuestra tierra, y la corre y la quema, y os ha tomado seis castillos y dos villas, y dijo que no holgará hasta que todo el reino vuestro corriese; y porque ha mester que toméis y consejo con vuestra gente, y que enviéis y que habléis con ellos, y aguiséis que este daño y este mal no vaya más adelante». «Conde», dijo la Infante, «mandadlo vos hacer, ca vos sabéis que cuando mi padre murió en vuestra encomienda me dejó, ca yo mujer soy, y no he de meter las manos; y como vos tuviereis por bien de ordenarlo, así tengo yo por bien que se haga».

El Conde movió estas palabras a la Infante a sabiendas ante el infante Roboán con muy gran sabiduría, ca era hombre de buen entendimiento y probara muchas cosas, y movía esto teniendo que por ventura el infante Roboán se moviera ayudar a la Infante con aquella buena gente que tenía. La Infante se comenzó mucho a quejar, y dijo: «¡Ay, Nuestro Señor Dios!, ¿por qué quisiste que yo naciese pues que yo no me puedo defender de aquellos que mal me hacen? Ciertas, mejor fuera en yo no ser nacida y ser este lugar de otro que supiese pasar a los hechos y a lo defender.» El Infante, cuando la oyó quejar, fue movido a gran piedad, y pesole mucho con la soberbia que le hacían, y díjole así: «Señora, ¿enviástesle nunca a decir a este rey que vos este mal hace que no os lo hiciese?» «Ciertas», dijo la Infante, «sí; envié muchas vegadas mas nunca de él buena respuesta pude haber». «Ciertas», dijo Roboán, «no es hombre en el que buena respuesta no ha; antes cuido que es diablo lleno de soberbia, ca el soberbio nunca sabe bien responder. Y no cuido que tal rey como este que vos decís mucho dure en su honra, ca Dios no sufre las soberbias, antes las quebranta y las abaja a tierra, así como hará aqueste rey». «Yo fío de la su merced, si no se repiente y no se parte de esta locura y esta soberbia, ca mucho mal me ha hecho en el reino muy gran tiempo ha, desde que murió el Rey mi padre». El infante Roboán se tornó contra el Conde y dijo así: «Conde, mandadme dar un escudero que vaya con un mi caballero que yo le daré, y que le muestre la carrera y la tierra, y yo enviaré a rogar aquel rey que por la su mesura, mientras yo aquí fuere en el vuestro reino, que soy hombre extraño, que por honra de mí que no os haga mal ninguno, y yo cuido que querrá ser mesurado y que lo querrá hacer». «Muy de buenamente», dijo el Conde. «Luego os daré el escudero que vaya con vuestro caballero y lo guíe por toda la tierra de la Infante y le haga dar lo que mester hubiere hasta que llegue al Rey.»

Y entonces Roboán mandó llamar al caballero Amigo, y mandole que llevase una carta al rey de Guimalet, y que le dijese de su parte que le rogaba mucho, así como a rey en quien debía tener mesura, que por amor del que es hombre extraño no quisiese hacer mal en el reino de Pandulfa mientras él y fuese, y que se lo agradecería mucho; y si por ventura no lo quisiese hacer y dijese contra él alguna cosa desaguisada o alguna palabra soberbiosa, que lo desafiase de su parte.

El caballero Amigo tomó la carta del infante Roboán, y cabalgó luego con el escudero, y el Conde salió con ellos por los castigar en cómo hiciesen. La Infante agradeció mucho a Roboán lo que hacía por ella, y rogó a todos los caballeros y a las dueñas y doncellas que estaban y, que se lo ayudasen a agradecer. Todos se lo agradecieron sino la dueña Gallarda, que dijo así: «¡Ay, hijo de rey!, ¿cómo os puedo yo agradecer ninguna cosa, teniéndome hoy tan en poco como me tuviste?» «Ciertas, señora», dijo Roboán, «no creo que bien me entendistes, ca si bien me entendierais cuáles fueron las palabras y el entendimiento de ellas, no me juzgaríais, pero yo iré hablar convusco y hacéroslo he entender; ca aquel que de una vegada no aprende lo que hombre dice, conviene que de otra vegada se lo repita».

«Ciertas», dijo la Infante, «mucho me place que vayáis hablar con cual vos quisiereis; ca cierta soy que de vos no oirá sino bien». Y levantose Roboán y fue asentarse con aquella dueña, y díjole así: «Señora, mucho debéis agradecer a Dios cuanto bien y cuanta merced os hizo, ca yo mucho se lo agradezco porque os hizo una de las más hermosas dueñas del mundo, y más lozana de corazón, y la de mejor donaire, y la de mejor palabra, y la de mejor recibir, y la más apuesta en todos sus hechos. Y bien semeja que Dios cuando os hacía muy de vagar estaba, y tantas buenas condiciones puso en vos de hermosura y de bondad que no creo que en mujer de este mundo las pudiese hombre hallar.» La dueña quísolo mover a saña por ver si diría alguna palabra errada, no porque ella entendiese y viese que podría de él decir muchas cosas buenas, así como en él las había. «Ciertas, hijo de rey», dijo ella, «no sé qué diga en vos; ca si supiese, lo diría muy de grado».

Cuando esto oyó el infante Roboán, pesole de corazón y tuvo que era alguna dueña torpe, y díjole así: «Señora, ¿no sabéis qué digáis en mí? Yo os enseñaré, pues vos no sabéis, ca el que nada no sabe conviene que aprenda.» «Ciertas», dijo la dueña, «si de la segunda escatima mejor no nos guardamos que de esta, no podemos bien escapar de esta palabra; ca ya la primera tenemos». «Señora», dijo Roboán, «no es mal que oiga quien decir quiere, y que le responda según dijere». «Pues enseñadme», dijo ella. «Pláceme», dijo él. «Mentid como yo mentí, y hallaréis qué digáis cuanto vos quisiereis».

La dueña, cuando oyó esta palabra tan cargada de escatima, dio un gran grito el más fuerte del mundo, de guisa que todos cuantos y estaban se maravillaron. «Dueña», dijo la Infante, «¿qué fue eso?». «Señora», dijo la dueña, «en fuerte punto nació quien con este hombre habla, sino en cordura; ca tal respuesta me dio a una liviandad que había pensado, que no fuera mester de oírla por gran cosa». Y dijo la Infante: «¿No os dije yo que por ventura querríais probar y que os probarían? Bendito sea hijo de rey que da respuesta que le merece la dueña.»

Y el infante Roboán se tornó a hablar con la dueña como un poco sañudo, y dijo así: «Señora, mucho me placería que fueseis guardada en las cosas que hubieseis a decir, y que no quisieseis decir tanto como decís, ni rieseis de ninguno; ca me semeja que habéis muy gran sabor de departir en haciendas de los hombres, lo que no cae bien a hombre bueno, cuanto más a dueña. Y no puede ser que los hombres no departan en vuestra hacienda, pues sabor habéis de departir en las ajenas. Y por ende dicen que la picaza en la puente de todos ríe, y todos ríen de su frente. Ciertas, muy gran derecho es que quien de todos se ríe, que rían todos de él. Y creo que esto os viene de muy gran vileza de corazón y de muy gran atrevimiento que tomáis en la vuestra palabra; y verdad es que si ninguna dueña vi en ningún tiempo que de buenas palabras fuese, vos aquella sois. Comoquiera que algunos hombres quiere Dios poner este don, que sea de buena palabra, a las vegadas mejor les es el oír que no mucho querer decir; ca en oyendo hombre puede mucho aprender, onde diciendo puede errar. Y señora, estas palabras os digo atreviéndome en la vuestra merced y queriéndoos muy gran bien, ca a la hora que vos yo vi, siempre me pagué de los bienes que Dios en vos puso, en hermosura y en sosiego y en buena palabra. Y por ende querría que fueseis en todas cosas la más guardada que pudiese ser; pero, señora, si yo os erré en atreverme a vos decir estas cosas que vos ahora dije, ruégoos que me perdonéis, ca con buen talante que vos yo he me esforcé a decíroslo, y no os encubrí lo que yo entendía por vos apercibir.»

«Señor», dijo la dueña, «yo no podría agradecer a Dios cuanta merced me hizo oyendo en este día, ni podríaos servir la mesura que en mí quisistes mostrar en me querer castigar y adoctrinar; ca nunca hallé hombre que tanta merced me hiciese en esta razón como vos. Y bien creed que de aquí adelante seré castigada, ca bien veo que no conviene a ningún hombre tomar gran atrevimiento de hablar, mayormente a dueña; ca el mucho hablar no puede ser sin yerro. Y vos veréis que os daría yo a entender que hicistes una discípula, y que hube sabor de aprender todo lo que dijistes. Y comoquiera que otro servicio no os puedo hacer, siempre rogaré a Dios por la vuestra vida y por la vuestra salud». «Dios os lo agradezca», dijo Roboán, «ca no me semeja que gané poco contra Dios por dar respuesta, y no muy mesurada». «Por Dios», dijo la dueña, «¿fue respuesta? Más fue juicio derecho; ca con aquella encubierta que yo cuidé engañar, me engañaste; y según dice el verbo, que tal para la manganilla que se cae en ella de golilla». «Ciertas», dijo Roboán, «señora, mucho me place de cuanto oyó, y tengo que empleé bien el mío conocer; que bien creo que si vos tal no fueseis como yo pensé luego que os vi, no me responderíais a todas cosas».

Y que esto fue Roboán muy alegre y muy pagado. Ciertas, no obraron poco las palabras de Roboán ni fueron de poca virtud, ca esta fue después la mejor guardada dueña en su palabra y la más sosegada, y de mejor vida luego en aquel reino. Ciertas mester sería un Infante como este en todo tiempo en las casas de las reinas y de las dueñas de gran lugar que casas tienen, que cuando él se asentase con dueñas o con doncellas, que las sus palabras obrasen así como las de este Infante, y fuesen de tan gran virtud para que siempre hiciesen bien y guardasen su honra. Mas, ¡mal pecado!, en algunos acontece que en lugar de castigarlas y de adoctrinarlas en bien, que las meten en bullicio de decir más de cuanto debían; y aun parientes y ha que no catan de ello ni de ellas, que las imponen en estas cosas, y tales y ha de ellas que las aprenden de grado y repiten muy bien la lección que oyeron. Ciertas, bienaventurada es la que entre ellas se esmera para decir y para hacer siempre lo mejor, y se guarda de malos corredores, y no caer ni escuchar a todas cuantas cosas le quieren decir; ca quien mucho quiere escuchar, mucho ha de oír, y por ventura de su daño y de su deshonra; y pues de grado lo quiso oír, por fuerza lo ha de sufrir, maguer entienda que contra sí sean dichas las palabras; ca conviene que lo sufra, pues le plugo de hablar en ello. Pero debe fincar envergoñada si buen entendimiento Dios le quiso dar para entender, y débese castigar para adelante. Y la que de buena ventura es, en lo que ve pasar por los otros se debe castigar; onde dice el sabio que bienaventurado es el que se escarmienta en los peligros ajenos, mas, ¡mal pecado!, no cree más que el peligro ni daño el que pasa por los otros, mas el que nos habemos a pasar y a sufrir. Ciertas, esto es mengua de entendimiento, ca debemos entender que el peligro y el daño que pasa por uno puede pasar por otro, ca las cosas de este mundo comunales son, y la que hoy es en vos, cras es en otro, si no fuese hombre de tan buen entendimiento que se sepa guardar de los peligros. Onde todo hombre debe tomar ejemplo en los otros antes que en sí, mayormente en las cosas peligrosas y dañosas; ca cuando las en sí toma, no puede fincar sin daño, y no lo tienen los hombres por de buen entendimiento. Y guárdeos Dios a todos, ca aquel es guardado que Dios quiere guardar. Pero con todo esto conviene a hombre que se trabaje y se guarde, y Dios le guardará; y por ende dicen que quien se guarda, Dios le guarda.

Y desí levantose Roboán de cerca de la dueña y despidiose de la Infante, y fuese a su albergada. Y la Infante y las dueñas y doncellas fincaron departiendo mucho en él, loando mucho las buenas costumbres que en él había. La dueña Gallarda dijo así: «Señora, qué bien andante sería la dueña que este hombre hubiese por señor, y cuánto bienaventurada sería nacida del vientre de la su madre.» La Infante tuviera que por aquella dueña era decidor que dijera estas palabras por ella, y enrubeció; y dijo: «Dueña, dejemos ahora esto estar, que aquella habría la honra la que de buena ventura fuere y Dios se la quisiere dar». Ciertas, todos pararon mientes a las palabras que dijo la Infante en cómo se mudó la color, y bien tuvieron que por aquellas señales que no se despagaba de él. Y ciertamente en el bejaire del hombre se entiende muchas vegadas lo que tiene en el corazón.

Y el infante Roboán moró en aquella ciudad hasta que vino el caballero Amigo con la respuesta del rey Guimalet. Y estando Roboán hablando con la Infante en solas, pero no palabras ledas, mas muy apuestas y muy sin villanía y sin torpedad, llegó el Conde a la Infante y dijo así: «Señora, son aquellos el caballero y el escudero que envió el infante Roboán al rey de Guimalet.» «Y venga luego», dijo el infante Roboán, «y oiremos la respuesta que nos envía.» Luego el caballero Amigo vino antes la Infante y ante Roboán, y dijo así: «Señora, si no que sería mal mandadero, me callaría yo o no diría la respuesta que me dio el rey de Guimalet; ca, así Dios me valga, del día en que nací nunca vi un rey tan desmesurado ni de tan mala parte, ni que tan mal oyese mandaderos de otro, ni que mala respuesta les diese ni soberbiamente.» «¡Ay, caballero Amigo!», dijo el infante Roboán, «así Dios te dé la su gracia y la mía, que me digas verdad de todo cuanto te dijo, y no mengües ende ninguna cosa». «Por Dios, señor», dijo el caballero Amigo, «sí diré; ca antes que de él me partiese me hizo hacer hombrenaje que os dijese el su mandato cumplidamente; y porque dudé un poco de hacer hombrenaje, mandábame cortar la cabeza». «Ciertas, caballero Amigo», dijo el infante Roboán, «bien estáis, ya que habéis pasado el su miedo». Dijo el caballero Amigo: «Bien creed, señor, que aún cuido que delante de él estoy.» «Perded el miedo», dijo el Infante, «ca perderlo solíais vos en tales cosas como estas». «Aún fío por Dios», dijo el caballero Amigo, «que le veré yo en tal lugar que habrá él tan gran miedo de mí como yo de él.» «Podría ser», dijo el Infante, «pero decidme la respuesta, y veré si es tan sin mesura como vos decís».

«Señor», dijo el caballero Amigo, «luego que llegué finqué los hinojos ante él, y díjele de cómo le enviabais saludar y dile la carta vuestra; y él no me respondió ninguna cosa, mas tomola y leyola. Y cuando la hubo leída dijo así: "Maravíllome de ti en cómo fuiste osado de venir ante mí con tal mandado, y tengo por muy loco y por muy atrevido a aquel que acá te envió, en quererme enviar decir por su carta que por honra de él que es hombre extraño, que yo que dejase de hacer mi pro y de ganar cuanto ganar pudiese". Y yo díjele que no era ganancia lo que se ganaba con pecado. Y por esta palabra que le dije queríame mandar matar, pero tornose de aquel propósito malo en que era y díjome así: "Sobre el hombrenaje que me hiciste, te mando que digas a aquel loco atrevido que acá te envió, que por deshonra de él de estos seis días quemaré las puertas de la ciudad donde él está, y los entraré por fuerza, y a él castigaré con esta mi espada, de guisa que nunca él cometerá otra cosa como esta". Y yo pedile por merced, pues esto me mandaba decir a vos, que me asegurase, y que le diría lo que me mandabais decir. Y él asegurome y mandome que le dijese lo que quisiese, y yo díjele que, pues tan brava respuesta os enviaba, que le desafiabais. Y él respondió así: "Ve tu vía, sandio, y dile que no ha por qué me amenazar, a quien le quiere ir cortar la cabeza"».

«Ciertas, caballero, muy bien compusistes vuestro mandado, y agradézcooslo; pero me semeja que es hombre de muy mala respuesta ese rey, y soberbio, así como la Infante me dijo este otro día. Y aún quiera Dios que de esta soberbia se arrepienta, y el arrepentir que no le pueda tener pro». «Así plega a Dios», dijo la Infante.

«Señora», dijo Roboán, «cuando llegare la vuestra gente, acordad quién tenéis por bien de darnos por caudillo, por quien catemos; ca yo seré con ellos muy de grado en vuestro servicio». «Muchas gracias», dijo la Infante, «ca cierta soy que de tal lugar sois y de tal sangre, que en todo cuanto pudiereis acorreréis a toda dueña y a toda doncella que en cuita fuese, mayormente a huérfana, así como yo finqué sin padre y sin madre y sin ningún acorro del mundo, salvo ende la merced de Dios y el servicio bueno y leal que me hacen nuestros vasallos, y la vuestra ayuda, que me sobrevino ahora por la vuestra mesura; lo que os agradezca Dios, ca yo no os lo podría agradecer tan cumplidamente como vos lo merecéis». «Señora», dijo Roboán, «¿qué caballería puede ser entre caballeros hijosdalgo y ciudadanos de buena caballería?» «Hasta diez mil». «Por Dios, señora», dijo Roboán, «muy buena caballería tenéis para os defender de todos aquellos que mal os quisieren hacer. Señora», dijo Roboán, «¿serán aína aquí estos caballeros?». «De aquí ocho días», dijo la Infante, «o antes». «Ciertas, señora», dijo Roboán, «me placería mucho que fuese ya ahí, y que os librasen de estos vuestros enemigos y fincaseis en paz; y yo iría librar aquello por que vine». «¿Cómo?», dijo la Infante, «¿no me dijistes que por vuestro talante erais en estas tierras venido, y no por recaudar otra cosa?». «Señora», dijo el Infante, «verdad es, y aun eso mismo os digo, que por mío talante vine y no por librar otra cosa, sino aquello que Dios quisiere, ca cuando yo salí de mi tierra, a Él tomé por criador y endrezador de mi hacienda, y pero no quiero al ni demando sino aquello que Él quisiere». «Muy dudoso es esta vuestra demanda», dijo la Infante. «Ciertas, señora», dijo Roboán, «no es dudoso lo que se hace en fucia y en esperanza de Dios, antes es muy cierta, y a los que son antes no quería decir ni espaladinar por lo que viniera». No le quiso más afincar sobre ello, ca no debe ninguno saber más de la puridad del hombre de cuanto quisiere el señor de ella.

Y antes de los ocho días acabados, fue toda la caballería de la Infante con ella, todos muy aguisados y de un corazón para servicio de su señora y para acaloñar el mal y la deshonra que les hacían, y todos en uno acordaron con la Infante, pues entre ellos no había hombre de tan alto lugar como el infante Roboán, que era hijo de rey, y él por la mesura tenía por aguisado de ser en servicio de la Infanta, que lo hiciesen caudillo de la hueste y se guiasen todos por él.

Y otro día en la mañana hicieron todos alarde en un gran campo fuera de la ciudad, y hallaron que eran diez mil y setecientos caballeros muy bien aguisados y de buena caballería, y con los trescientos caballeros del infante Roboán hiciéronse once mil caballeros. Y como hombres que habían voluntad de hacer el bien y de vengar la deshonra que la Infanta recibía del rey de Guimalet, no se quisieron detener, y por consejo del infante Roboán movieron luego, así como se estaban armados.

Y el rey de Guimalet era ya entrado en el reino de Pandulfa bien seis jornadas, con quince mil caballeros, y andaban los unos departidos por la una parte y los otros por la otra, quemando y estragando la tierra. Y de esto hubo mandado el infante Roboán por las espías que allá envió. Y cuando fueron cerca del rey de Guimalet cuanto a cuatro leguas, así los quiso Dios guiar que no se encontraron con ningunos de la compaña del rey de Guimalet, y acordó el Infante con toda su gente de irse derechos contra el Rey; que si la cabeza derribasen una vez, y desbaratasen su gente, no tendrían uno con otro, y así los podrían vencer mucho mejor.

Y cuando el Rey supo que era cerca de la hueste de la infanta Seringa, vio que no podría tan aína por su gente enviar, que estaba derramada, y mandó que se armasen todos aquellos que estaban con él, que eran hasta ocho mil caballeros, y movieron luego contra los otros. Y viéronlos que no venían más lejos que media legua, y y comenzaron los de una parte y de la otra a parar sus haces; y tan quedos iban los unos contra los otros que semejaba que iban en procesión. Y cierto, grande fue la duda de la una parte y de la otra; ca todos eran muy buenos caballeros y bien aguisados. Y al rey de Guimalet íbansele llegando cuando ciento, cuando doscientos caballeros. Y el infante Roboán, cuando aquello vio, dijo a los suyos: «Amigos, cuanto más nos detenemos, tanto más de nuestro daño hacemos; ca a la otra parte crece todavía gente y nos no tenemos esperanza que nos venga acorro de ninguna parte, salvo de Dios tan solamente y la verdad que tenemos. Y vayámoslos herir, ca vencerlos hemos.» «Pues enderezad en el nombre de Dios», dijeron los otros, «ca nos os seguiremos». «Pues, amigos», dijo el infante Roboán, «así habéis de hacer que cuando yo dijere "¡Pandulfa por la infanta Seringa!", que vayáis herir muy de recio, ca yo seré el primero que tendré ojo al Rey señaladamente; ca aquella es la estaca que nos habemos de arrancar, si Dios merced nos quisiere hacer».

Y movieron luego contra ellos, y cuando fueron tan cerca que semejaba que las puntas de las lanzas de la una parte y de la otra se querían juntar en uno, dio una gran voz el infante Roboán, y dijo: «¡Pandulfa por la infanta Seringa!», y fuéronlos herir de recio, de guisa que hicieron muy gran portillo en las haces del Rey, y la batalla fue muy herida de la una parte y de la otra; ca duró desde hora de tercia hasta hora de vísperas. Y y le mataron el caballo al infante Roboán y estuvo en el campo gran rato apeado, defendiéndose con una espada. Pero no se partieron de él doscientos escuderos hijosdalgo a pie que con él llevara, y los más eran de los que trajo de su tierra, y pugnaban por defender a su señor muy de recio; de guisa que no llegaba caballero y que no le mataban el caballo, y de que caía del caballo metíanle las lanzas so las faldas y matábanlo. De guisa que había aderredor del Infante bien quinientos caballeros muertos, de manera que semejaban un gran muro tras que se podían bien defender.

Y estando en esto asomó el caballero Amigo, que andaba hiriendo en la gente del Rey, y haciendo extraños golpes con la espada, y llegó y donde estaba el infante Roboán, pero que no sabía que y estaba el Infante de pie. Y así como lo vio el Infante, llamolo y dijo: «Caballero Amigo, acórreme con ese tu caballo.» «Por cierto, gran derecho es», dijo él, «ca vos me lo distes, y aunque no me lo hubieseis dado, tenido soy de acorreros con él» Y dejose caer del caballo en tierra y acorriole con él, ca era muy ligero y bien armado, y cabalgaron en él al Infante. Y luego vieron en el campo que andaban muchos caballos sin señores, y los escuderos fueron tomar uno y diéronlo al caballero Amigo, y ayudáronlo a cabalgar en él. Y él y el Infante movieron luego contra los otros, llamando a altas voces: «¡Pandulfa por la infanta Seringa!», conhortando y esforzando a los suyos; ca porque no oían la voz del Infante rato había, andaban desmayados, ca cuidaban que era muerto o preso. Y tan de recio los hería el Infante, y tan fuertes golpes hacía con la espada, que todos huían de él como de mala cosa, ca cuidaba el que con él se encontraba que no había al sino morir. Y encontrose con el hijo del rey de Guimalet, que andaba en un caballo bien grande y bien armado, y conociolo en las sobreseñales por lo que le habían dicho de él, y díjole así: «¡Ay, hijo del Rey, desmesurado y soberbio! Apercíbete, ca yo soy el Infante al que amenazó tu padre para cortarle la cabeza. Y bien creo, si con él me encuentro, que tan locamente ni tan atrevidamente no querrá hablar contra mí como a un caballero habló que yo le envié.» «Ve tu vía», dijo el hijo del Rey: «ca no eres tú hombre para decir al Rey mi padre ninguna cosa, ni él para responderte. Ca tú eres hombre extraño y no sabemos quién eres. Ca mala venida hiciste a esta tierra, ca mejor hicieras de holgar en la tuya».

Entonces enderezaron el uno contra el otro, y diéronse grandes golpes con las espadas, y tan gran golpe le dio el hijo del Rey al infante Roboán encima del yelmo, que le atronó la cabeza y le hizo fincar las manos sobre la cerviz del caballo; pero que no perdió la espada, antes cobró luego esfuerzo y fuese contra el hijo del Rey y diole tan gran golpe sobre el brazo derecho con la espada que le cortó las guarniciones maguer fuertes, y cortole del hombro un gran pedazo, de guisa que le hubiera todo el hombro de cortar. Y los escuderos del Infante matáronle luego el caballo, y cayó en tierra, y mandó el Infante que se apartasen con él cincuenta escuderos y que lo guardasen muy bien. Y el Infante fue buscar al Rey por ver si se podría encontrar con él, y el caballero Amigo que iba con él díjole: «Señor, yo veo al Rey.» «¿Y cuál es?», dijo el Infante. «Aquel es», dijo el caballero Amigo, «el más grande que está en aquel tropel». «Bien parece rey», dijo el Infante, «sobre los otros, pero que me conviene de llegar a él por conocerlo, y él que me conozca». Y él comenzó decir a altas voces: «¡Pandulfa por la infanta Seringa!» Y cuando los suyos lo oyeron fueron luego con él, ca así lo hacían cuando le oían nombrar a la Infanta. Y halló un caballero de los suyos que tenía aún su lanza y había cortado de ella bien un tercio y hería con ella a sobremano, y pidiósela el Infante, y él diósela luego. Y mandó al caballero Amigo que le fuese decir en cómo él se iba para él, y que lo saliese a recibir si quisiese.

Y el Rey, cuando vio al caballero Amigo y le dijo el mandado, apartose luego fuera de los suyos un poco, y díjole el Rey: «¿Eres tú el caballero que viniste a mí la otra vegada?» «Sí», dijo el caballero Amigo, «mas lleve el diablo el miedo que ahora os he, así como os había entonces cuando me mandabais cortar la cabeza». «Venga ese infante que tú dices acá», dijo el Rey. «Si no, yo iré a él». «No habéis por qué», dijo el caballero Amigo, «ca este es que vos veis aquí delante». Y tan aína como el caballero Amigo llegó al Rey, tan aína fue el Infante con él, y díjole así: «Rey soberbio y desmesurado, ¿no hubiste mesura ni vergüenza de enviarme tan brava respuesta y tan loca como me enviaste? Y bien creo que esta soberbia tan grande que tú traes que te echará en mal lugar, ca aun yo te perdonaría la soberbia que me enviaste decir, si te quisieses partir de esta locura en que andas y tornases a la infanta Seringa todo lo suyo». Dijo el Rey: «Téngote por necio, infante, en decir que tú perdonarás a mí la locura que tú hiciste en enviarme tú decir que yo que dejase por ti de hacer mi pro.» «Libremos lo que habemos de librar», dijo el Infante, «ca no es bueno de despender el día en palabras, y mayormente con hombre en que no ha mesura ni se quiere acoger a razón. Encúbrete, rey soberbio», dijo el Infante, «ca yo contigo soy». Y puso la lanza so el brazo y fuelo herir, y diole tan gran golpe que le pasó el escudo, pero por las armas que tenía muy buenas no le empeció, mas dio con el Rey en tierra. Y los caballeros de la una parte y de la otra estaban quedos por mandado de sus señores, y volviéronse luego todos, los unos por defender a su señor que tenían en tierra, y los otros por matarlo o por prenderlo. Heríanse muy de recio, de guisa que de la una parte y de la otra caían muchos muertos en tierra, y heridos, ca bien semejaba que los unos de los otros no habían piedad ninguna, tan fuertemente se herían y mataban. Y un caballero de los del Rey descendió de su caballo y diolo a su señor y acorriolo con él, pero que el caballero duró poco en el campo, que luego fue muerto. Y el Rey no tuvo más ojo por aquella batalla, y desde que subió en el caballo y vio todos los más de los suyos heridos y muertos en el campo, fincó las espuelas al caballo y huyó, y aquellos suyos en pos de él.

Mas el infante Roboán que era de gran corazón, no los dejaba ir en salvo, antes iba en pos de ellos matando e hiriendo y prendiendo, de guisa que los del Rey, entre muertos y heridos y presos, fueron de seis mil arriba, y los del infante Roboán fueron ocho caballeros; pero los caballeros que más hacían en aquella batalla y los que más derribaron fueron los del infante Roboán, ca eran muy buenos caballeros y muy probados, ca se habían acertado en muchos buenos hechos y en otras buenas batallas, y por eso se los dio el rey de Mentón su padre cuando se partió de él.

El infante Roboán con su gente se tornó y donde tenía sus tiendas el Rey, y hallaron y muy gran tesoro. Y arrancaron las tiendas y tomaron al hijo del Rey, que estaba herido, y a todos los otros que estaban presos y heridos, y fuéronse para la infante Seringa. Y mientras el infante Roboán y la su gente estaban en la hacienda, la infante Seringa estaba muy cuitada y con gran recelo; pero que todos estaban en la iglesia de Santa María haciendo oración y rogando a Nuestro Señor Dios que ayudase a los suyos y los guardase de manos de sus enemigos. Y ellas estando en esto, llegó un escudero a la Infante y díjole: «Señora, dadme albricias.» «Sí haré», dijo la Infante, «si buenas nuevas me traes». «Dígoos, señora», dijo el escudero, «que el infante Roboán, vuestro servidor, venció la batalla a guisa de muy buen caballero y muy esforzado, y tráeos preso al hijo del Rey, pero herido en el hombro diestro. Y tráeos más entre muertos y heridos y presos, que fincaron en el campo, que no los pueden traer muy muchos. Y trae otrosí gran tesoro que hallaron en el real del Rey; ca bien fueron seis mil caballeros y más de los del Rey entre muertos y presos y heridos».

«¡Ay, escudero, por amor de Dios», dijo la Infanta, «que me digas verdad! ¿Si es herido el infante Roboán?». «Dígoos, señora, que no, comoquiera que le mataron el caballo y fincó apeado en el campo, defendiéndose a guisa de muy buen caballero un gran rato, con doscientos hijosdalgo que tenía consigo, a pie, que lo sirvieron y lo guardaron muy lealmente.» «Por Dios, escudero», dijo la Infanta, «vos seáis bien venido. Y prométoos de dar luego caballo y armas, y de mandaros hacer caballero y de casaros bien y de heredaros bien». Y luego en pos de este llegaron otros por ganar albricias, mas hallaron a este que las había ganado. Pero con todo esto la Infanta no dejaba de hacer merced a todos aquellos que estas nuevas le traían.

Y cuando el infante Roboán y la otra gente llegaron a la villa, la Infanta salió con todas las dueñas y doncellas fuera de la ciudad a una iglesia que estaba cerca de la villa, y esperáronlos y, haciendo todos los de la ciudad muy grandes alegrías. Y cuando llegaron los de la hueste, dijo el infante Roboán a un escudero que le tirase las espuelas. «Señor», dijo el Conde, «no es uso de esta nuestra tierra de tirar las espuelas». «Conde», dijo el Infante, «yo no sé qué uso es este de esta vuestra tierra, mas ningún caballero no debe entrar a ver dueñas con espuelas, según el uso de la nuestra». Y luego le tiraron las espuelas, y descabalgó, y fue a ver la Infanta.

«¡Bendito sea el nombre de Dios», dijo la Infanta, «que os veo vivo y sano y alegre!». «Señora», dijo el Infante, «no lo yerra el que a Dios se acomienda, y porque yo me acomendé a Dios halleme ende bien; ca Él fue el mi amparador y mi defendedor en esta lid, en querer que el campo fuese en nos, por la nuestra ventura». «Yo no se lo podría agradecer», dijo la Infanta, «ni a vos cuanto habéis hecho por mí». Entonces cabalgó la Infanta, y tomola el Infante por la rienda y llevola a su palacio. Y desí fuese el Infante y todos los otros a sus posadas a desarmarse y a holgar, ca mucho lo habían menester. Y la Infanta hizo pensar muy bien del infante Roboán, y mandáronle hacer baños, ca estaba muy quebrantado de los golpes que recibió sobre las armas, y del cansancio. Y él hízolo así, pero con buen corazón mostraba que no daba nada por ello, ni por el afán que había pasado.

Y a cabo de los tres días fue a ver a la Infanta, y llevó consigo al hijo del rey de Guimalet, y díjole: «Señora, esta joya os traigo; ca por este tengo que debéis cobrar todo lo que os tomó el rey de Guimalet su padre, y os debe dar gran partida de la su tierra. Y mandadlo muy bien guardar, y no se lo deis hasta que os cumpla todo esto que yo os digo. Y bien creo que lo hará, ca él no ha otro hijo sino este, y si él muriese, sin este hijo fincaría el reino en contienda; por que soy cierto y seguro que os dará por él todo lo vuestro y muy buena partida de lo suyo. Y aquellos otros caballeros que tenéis presos, que son mil y doscientos, mandadlos tomar y guardar, ca cada uno os dará por sí muy gran haber por que los saquéis de la prisión, ca así me lo enviaron decir con sus mandaderos».

Entonces dijo la Infanta: «Yo no sé cómo os agradezca cuánto bien habéis hecho y hacéis a mí y a todo el mi reino, por que os ruego que escojáis en este mi reino villas y castillos y aldeas cuales vos quisiereis; ca no será tan cara la cosa en todo el mi reino que vos queráis que no os sea otorgada.» «Señora», dijo el Infante, «muchas gracias; ca no me cumplen ahora villas ni castillos, sino tan solamente la vuestra gracia que me deis licencia para que me vaya».

«Ay, amigo señor», dijo la Infanta, «no sea tan aína la vuestra ida, por el amor de Dios, ca bien ciertamente creed que si os vais de aquí, que luego me vendrán a estragar el rey de Guimalet y el rey de Brez su suegro, ca es casado con su hija». Y el infante Roboán paró mientes en aquella palabra tan halaguera que le dijo la Infanta; ca cuando le llamó «amigo señor», semejole una palabra tan pesada que así se le asentó en el corazón. Y como él estaba fuera de su seso, embermeció todo muy fuertemente y no le pudo responder ninguna cosa. Y el conde Rubén, tío y vasallo de la Infante, que estaba y con ellos, paró mientes a las palabras que la Infante dijera al infante Roboán, y de cómo se le demudó la color que no le pudo dar respuesta, y entendió que amor crecía entre ellos. Y llegose a la Infanta y díjole a la oreja: «Señora, no podría estar que no os dijese aquello que pienso, ca será vuestra honra, y es esto: tengo, si vos quisiereis y el Infante quisiere buen casamiento, sería a honra de vos y defendimiento del vuestro reino que os casaseis con él; ca ciertamente uno es de los mejores caballeros de este mundo, y pues hijo es de rey y así lo semeja en todos los sus hechos, no le habéis qué decir.» Y la Infanta se paró tan colorada como la rosa, y díjole: «¡Ay, conde, y cómo me habéis muerto!» «¿Y por qué, señora?», dijo el Conde, «¿porque hablo en vuestro pro y en vuestra honra». «Yo así lo creo como vos lo decís», dijo ella, «mas no os podría yo ahora responder». «Pues pensad en ello», dijo el Conde, «y después yo recudiré a vos». «Bien es», dijo la Infanta.

Y mientras ellos estaban hablando en su puridad, el infante Roboán estaba como traspuesto, pensando en aquella palabra. Ca tuvo que se lo dijera con gran amor, o porque lo había menester en aquel tiempo. Pero cuando vio que se le movió la color cuando el Conde hablaba con ella en puridad, tuvo que de todo en todo con gran amor le dijera aquella palabra, y cuidó que el Conde la reprehendía de ello. Y Roboán se tornó contra la Infanta y díjole: «Señora, a lo que me dijistes que no me vaya de aquí tan aína por recelo que habéis de aquellos reyes, prométoos que no me parta de aquí hasta que yo os deje todo el vuestro reino sosegado; ca, pues comenzado lo he, conviéneme de acabarlo, ca nunca comencé con la merced de Dios cosa que no acabase». «Dios os deje acabar», dijo la Infanta, «todas aquellas cosas que comenzareis». «¡Amén!», dijo Roboán. «Y yo amén digo», dijo la Infanta. «Pues por amén no lo perdamos», dijeron todos.

Díjole Roboán: «Señora, mandadme dar un escudero que guíe a un mi caballero que quiero enviar al rey de Brez. Y según nos respondiere así le responderemos.» Y el Infante mandó llamar al caballero Amigo, y cuando vino díjole así: «Caballero Amigo, vos sois de los primeros caballeros que yo hube por vasallos, y servistes al Rey mío padre y a mí muy lealmente, por que soy tenido de haceros merced y cuanto bien yo pudiere. Y comoquiera que gran afán hayáis pasado conmigo, quiero que toméis por la Infanta que y está un poco de trabajo.» Y esto le dijo el Infante pensando que no querría ir por él por lo que le aconteciera con el otro rey.

«Señor», dijo el caballero Amigo, «hacerlo he de grado, y serviré a la Infanta en cuanto ella me mandare». «Pues id ahora», dijo el Infante, «con esta mi mandadería al rey de Brez, y decidle así de mi parte al Rey: que le ruego yo que no quiera hacer mal ni daño alguno en la tierra de la infanta Seringa, y que si algún mal ha y hecho, que lo quiera enmendar, y que dé tregua a ella y a toda su tierra por sesenta años. Y si no lo quisiere hacer u os diere mala respuesta, así como os dio el rey de Guimalet su yerno, desafiadlo por mí y veníos luego». «Y vendré», dijo el caballero Amigo, «si me dieren vagar. Pero tanto os digo, que si no lo hubiese prometido a la Infanta, que yo no fuese allá, ca me semeja que vos tenéis embargado conmigo y os querríais desembargar de mí; ca no os cumplió el peligro que pasé con el rey de Guimalet, y enviaisme a este otro que es tan malo y tan desmesurado como el otro, y más habiendo aquí tantos buenos caballeros y tan entendidos como vos habéis para enviarlos, y que recaudarán el vuestro mandado mucho mejor que yo».

«Ay, caballero Amigo», dijo la Infante, «por la fe que vos debéis a Dios y al Infante vuestro señor que aquí está, y por el mi amor, que hagáis este camino donde el Infante os envía; ca yo fío por Dios que recaudaréis por lo que vais muy bien, y vendréis muy bien andante, y seros ha prez y honra entre todos los otros». «Gran merced», dijo el caballero Amigo, «ca pues prometídooslo he iré esta vegada, ca no pueda al hacer». «Caballero Amigo», dijo el infante Roboán, «nunca os vi cobarde en ninguna cosa que hubieseis de hacer sino en esto». «Señor», dijo el caballero Amigo, «un halago os debo; pero sabe Dios que este esfuerzo que lo dejaría ahora si ser pudiese sin mala estanza, pero a hacer es esta ida maguer agra, pues lo prometí». Y tomó una carta de creencia que le dio el Infante para el rey de Brez, y fuese con el escudero que le dieron que lo guiase.

Y cuando llegó al Rey, hallolo en una ciudad muy apuesta y muy viciosa a la cual dicen Requisita, y estaban con él la Reina su mujer y dos hijos suyos pequeños, y muchos caballeros derredor de ellos. Y cuando le dijeron que un caballero venía con mandado del infante Roboán, mandole entrar luego. Y el caballero Amigo entró y fincó los hinojos delante del Rey y díjole así: «Señor, el infante Roboán, hijo del muy noble rey de Mentón, que es ahora con la infanta Seringa, te envía mucho saludar y envíate esta carta conmigo.» Y el Rey tomó la carta y diola a un obispo su canciller que era y con él, que la leyese y le dijese que se contenía en ella. Y el obispo la leyó y díjole que era carta de creencia, en que le enviaba rogar el infante Roboán que creyese aquel caballero de lo que le dijese de su parte. «Amigo», díjole el Rey, «dime lo que quisieres, ca yo te oiré de grado». «Señor», dijo el caballero Amigo, «el infante Roboán te envía rogar que por la tu mesura y por la honra de él, que no quieras hacer mal en el reino de Pandulfa, donde es señora la infante Seringa, y que si algún mal has hecho tú o tu gente, que lo quieras hacer enmendar, y que le quieras dar tregua y seguranza por sesenta años de no hacer mal ninguno a ningún lugar de su reino, por dicho ni por hecho ni por consejo; y que él te lo agradecerá muy mucho, por que será tenido en pugnar de crecer tu honra en cuanto él pudiere».

«Caballero», dijo el Rey, «¿y qué tierra es Mentón donde es este infante tu señor?». «Señor», dijo el caballero Amigo, «el reino de Mentón es muy grande y muy rico y muy vicioso». «Y pues ¿cómo salió de allá este infante», dijo el Rey, «y dejó tan buena tierra y se vino a esta tierra extraña?». «Señor», dijo el caballero Amigo, «no salió de su tierra por ninguna mengua que hubiese, mas por probar las cosas del mundo y por ganar prez de caballería». «¿Y con qué se mantiene», dijo el Rey, «en esta tierra?». Dijo el caballero Amigo: «Señor, con el tesoro muy grande que le dio su padre, que fueron ciento acémilas cargadas de oro y de plata, y trescientos caballeros de buena caballería muy bien aguisados, que no le fallecen de ellos sino ocho que murieron en aquella batalla que hubo con el rey de Guimalet.» «¡Ay, caballero, así Dios te dé buena ventura! Dime si te acertaste tú en aquella batalla.» «Señor», dijo el caballero Amigo, «sí acerté». «¿Y fue bien herida?», dijo el Rey. «Señor», dijo el caballero Amigo, «bien puedes entender que fue bien herida, cuando fueron de la parte del Rey, entre presos y heridos y muertos, bien seis mil caballeros». «¿Y pues esto cómo pudo ser», dijo el Rey, «que de los del Infante no muriesen más de ocho?» «Pues, señor, no murieron más de los del Infante de los trescientos caballeros, mas de la gente de la infante Seringa, entre los muertos y los heridos, bien fueron dos mil.» «Y este tu señor, ¿de qué edad es?», dijo el Rey. «Pequeño es de días», dijo el caballero Amigo, «que aún ahora le vienen las barbas». «Gran hecho acometió», dijo el Rey, «para ser de tan pocos días, en lidiar con tan poderoso rey como es el rey de Guimalet, y vencerlo». «Señor, no te maravilles», dijo el caballero Amigo, «ca en otros grandes hechos se ha ya probado, y en los hechos parece que quiere semejar a su padre». «¿Y cómo?», dijo el Rey, «¿tan buen caballero de armas es su padre?» «Señor», dijo el caballero Amigo, «el mejor caballero de armas es que sea en todo el mundo. Y es rey de virtud, ca muchos milagros ha demostrado Nuestro Señor por él en hecho de armas». «¿Y has de decir más», dijo el Rey, «de parte de tu señor?». «Si la respuesta fuere buena», dijo el caballero Amigo, «no he más que decir». «Y si no fuere buena», dijo el Rey, «¿qué es lo que querrá hacer?». «Lo que Dios quisiere», dijo el caballero Amigo, «y no al». «Pues dígote que no te quiero dar respuesta», dijo el Rey, «ca tu señor no es tal hombre para que yo le deba responder». «Rey señor», dijo el caballero Amigo, «pues que así es, pídote por merced que me quieras asegurar, y yo decirte he el mandado de mi señor todo cumplidamente». «Yo te aseguro», dijo el Rey. «Señor», dijo el caballero Amigo, «ca no quieres cumplir el su ruego que te envía rogar, lo que tú debías hacer por ti mismo, catando mesura, y porque lo tienes en tan poco, yo te desafío en su nombre por él». «Caballero», dijo el Rey, «en poco tiene este tu señor a los reyes, pues que tan ligero los envía desafiar. Pero apártate allá», dijo el Rey, «y nos habremos nuestro acuerdo sobre ello».

Dijo luego el Rey a aquellos que estaban y con él, que le dijesen lo que les semejaba en este hecho. Y el obispo su canciller le respondió y dijo así: «Señor, quien la baraja puede excusar, bien barata en huir de ella; ca a las vegadas el que más y cuida ganar, ese finca con daño y con pérdida; y por ende tengo que sería bien que os partieseis de este ruido de aqueste hombre, ca no tiene cosa en esta tierra de que se duela, y no dudará de meterse a todos los hechos en que piense ganar prez y honra de caballería; y porque esta buena andanza hubo con el rey de Guimalet, otras querrá acometer y probar sin duda ninguna. Ca el que una vegada bien andante es, crécele el corazón y esfuérzase para ir en pos de las otras buenas andanzas.» «Verdad es», dijo el Rey, «eso que vos ahora decís, mas tanto va el cántaro a la fuente hasta que deja allá el asa o la frente; y este infante tantos hechos querrá acometer hasta que en él alguno habrá de caer o de perecer; pero, obispo», dijo el Rey, «téngome por bien aconsejado de vos, ca pues que en paz estamos, no debemos buscar baraja con ninguno, y tengo por bien que cumplamos el su ruego, ca nos no hicimos mal ninguno en el reino de Pandulfa, ni tenemos de ella nada por que le hayamos de hacer enmienda ninguna. Mandadle hacer mis cartas de cómo le prometo el seguro de no hacer mal ninguno en el reino de Pandulfa, y que doy tregua a la infanta y a su reino por sesenta años, y dad las cartas a ese caballero, y váyase luego a buena ventura».

Y el obispo hizo luego las cartas y diolas al caballero Amigo, y díjole que se despidiese luego del Rey. Y el caballero Amigo hízolo así. Y antes que el caballero llegase a la Infanta, vinieron caballeros del rey de Guimalet con pleitesía a la infante Seringa, que le tornaría las villas y los castillos que le había tomado, y que le diese su hijo que le tenía preso. Y la Infanta respondioles que no haría cosa ninguna a menos de su consejo del infante Roboán; ca pues que por él hubiera esta buena andanza, que no tenía por bien que ninguna cosa se ordenase ni se hiciese al sino como él lo mandase. Y los mandaderos del rey de Guimalet le pidieron por merced que enviase luego por él, y ella hízolo luego llamar.

El infante Roboán cabalgó luego y vínose para la Infanta, y díjole: «Señora, ¿quién son aquellos caballeros extraños?» Y ella le dijo que eran mensajeros del rey de Guimalet. «¿Y qué es lo que quieren?», dijo el infante Roboán. «Yo os lo diré», dijo la Infanta. «Ellos vienen con pleitesía de partes del rey de Guimalet que yo le dé su hijo y que me dará las villas y los castillos que me tiene tomados.» «Señora», dijo el infante Roboán, «no se dará por tan poco, de mi grado». «¿Y pues qué os semeja?», dijo la Infante. «Señora», dijo Roboán, «yo os lo diré. A mí me hicieron entender que el rey de Guimalet que tiene dos villas muy buenas y seis castillos que entran dentro en vuestro reino, y que de y recibís siempre mucho mal». «Verdad es», dijo la Infante, «mas aquellas dos villas son las mejores que él ha en su reino, y no creo que me las querrá dar». «¿No?», dijo el Infante. «Sed segura, señora, que él os las dará, o él verá mal gozo de su hijo.» «Pues habladlo vos con ellos», dijo la Infanta. Dijo Roboán: «Muy de grado.» Y llamó luego a los caballeros y apartose con ellos y díjoles: «Amigos, ¿qué es lo que demandáis o queréis que haga la Infanta?» «Señor», dijeron ellos, «bien creemos que la Infanta os lo dijo, pero lo que nos le demandamos es esto: que nos dé al hijo del Rey que tiene aquí preso, y que le haremos luego dar las villas y los castillos que el Rey le había tomado». «Amigos», dijo Roboán, «mal mercaría la Infanta». «¿Y cómo mercaría mal?», dijeron los otros. «Yo os lo diré», dijo el Infante. «Vos sabéis bien que el rey de Guimalet tiene gran pecado de todo cuanto tomó a la Infanta, contra Dios y contra su alma, y de buen derecho débeselo todo tornar, con todo lo que ende llevó, ca con ella no había enemistad ninguna ni demanda por que él debiese hacer esto de derecho, ni envió mostrar razón ninguna, por que le quería correr su tierra ni se la tomar; mas siendo ella segura y toda la su tierra, y no recelándose de él, entrole las villas y los castillos como aquellos que no se guardaban de ninguno y querían vivir en paz.»

«Señor», dijo un caballero de los del rey de Guimalet, «estas cosas que vos decís no se guardan entre los reyes, mas el que menos puede lazra, y el que más lleva más». A eso dijo el Infante: «Entre los malos reyes no se guardan estas cosas, ca entre los buenos todas se guardan muy bien; ca no haría mal uno a otro por ninguna manera, a menos de mostrar si había alguna querella de él, que se la enmendase, y si no se la quisiese enmendar, enviarlo a desafiar así como es costumbre de hijosdalgo. Y si de otra guisa lo hace, puédelo retar y decirle mal por todas las cortes de los reyes. Y por ende digo que no mercaría bien la Infanta en querer pleitear por lo suyo, que de derecho le debe tornar; mas el Infante hijo del Rey fue muy bien ganado y preso en buena guerra; onde quien lo quisiere, sed ende bien ciertos que dará antes por el bien lo que vale.» «¿Y qué es lo que bien vale?», dijeron los otros. «Yo os lo diré», dijo el Infante, «que dé por sí tanto como vale, o más, y creo que para bien pleitear el Rey y la Infanta, las dos villas y seis castillos que ha el Rey, que entran por el reino de la Infante, y todo lo al que le ha tomado, que se lo diese, y demás que le asegurase y que le hiciese hombrenaje con cincuenta de los mejores de su reino que no le hiciese ningún daño en ningún tiempo por sí ni por su consejo, y si otro alguno le quisiese hacer mal, que él que fuese en su ayuda».

«Señor», dijeron los otros, «fuertes cosas demandáis, y no hay cosa en el mundo por que el Rey lo hiciese». Y en esto mentían ellos, ca dice el cuento que el Rey les mandara y les diera poder de pleitear siquiera por la mitad de su reino, en tal que él cobrase a su hijo, ca lo amaba más que a sí mismo. Y el Infante les dijo: «Quien no da lo que vale, no toma lo que desea. Y si él ama a su hijo y lo quiere ver vivo, conviénele que haga todo esto, ca no ha cosa del mundo por que de esto me sacasen, pues que dicho lo he; ca mucho pensé en ello antes que os lo dijese, y no hallé otra carrera por donde mejor se pudiese librar, a honra de la Infanta, sino esta.» «Señor», dijeron los otros, «tened por bien que nos apartemos, y hablaremos sobre ello, y después responderos hemos lo que nos semejare que se podrá y hacer». «Bien es», dijo el Infante. Y ellos se apartaron y Roboán se fue para la Infanta.

Y los caballeros, de que hubieron habido su acuerdo, viniéronse para el Infante y dijéronle: «Señor, ¿queréis que hablemos con vos aparte?» «¿Y cómo?», dijo Roboán, «¿es cosa que no debe saber la Infanta?» Dijeron ellos: «No, ca por ella ha todo de pasar.» «Pues bien es», dijo Roboán, «que me lo digáis delante de ella». «Señor», dijeron ellos, «si de aquello que nos demandáis nos quisiereis dejar alguna cosa, bien creemos que se haría». «Amigos», dijo el Infante, «no nos queráis probar por palabra, ca no se puede dejar ninguna cosa de aquello que es hablado». «Pues que así es», dijeron ellos, «hágase en buen hora, ca nos traemos aquí poder de obligar al Rey, en todo cuanto nos hiciéremos». Y desí diéronle luego la carta de obligamiento, y luego hicieron las otras cartas que eran menester para este hecho, las más firmes y mejor notadas que pudieron. Y luego fueron los caballeros con el conde Rubén a entregarle las villas y los castillos, tan bien de los que tenía tomados el Rey a la Infanta como de los otros del Rey. Y fue a recibir el hombrenaje del Rey y de los cincuenta hombres buenos, entre condes y ricos hombres, que lo habían de hacer con él para guardar la tierra de la Infanta y de no hacer y ningún mal, y para ser en su ayuda si menester fuese, en tal manera que si el Rey lo hiciese o le falleciese en cualquiera de estas cosas, que los condes y los ricos hombres que fuesen tenidos de ayudar a la Infante contra el Rey y de hacerle guerra por ella.

Y desde que todas estas cosas fueron hechas y fue entregado el conde Rubén de las villas y de los castillos, vínose luego para la Infanta. Y el Conde le dijo: «Señora, vos entregada sois de las villas y de los castillos, y la vuestra gente tienen las fortalezas.» Y diole las cartas del hombrenaje que le hicieron el Rey y los otros ricos hombres, y pidiole por merced que entregase a los caballeros el hijo del Rey, ca derecho era, pues que ella tenía todo lo suyo. «Mucho me place», dijo la Infanta, y mandó traer al hijo del Rey. Y trajéronlo y sacáronlo de las otras prisiones, que no lo tenían en mal recaudo. Y un caballero del rey de Guimalet que y estaba dijo al infante Roboán: «Señor, ¿conoceisme?» «No os conozco», dijo el Infante, «pero seméjame que os vi, mas no sé en qué lugar». «Señor», dijo él, «entre todos los del mundo os conocería, ca en todos los mis días no se me olvidará la pescozada que me distes». «¿Y cómo?», dijo el Infante, «¿armeos caballero?» «Sí», dijo el otro, «con la vuestra espada muy tajante, cuando me distes este golpe que tengo aquí en la frente; ca no me valió la capellina ni otra armadura que trajese, de tal guisa que andabais bravo y fuerte en aquella lid, ca no había ninguno de los de la parte del Rey que os osase esperar, antes huía de vos así como de la muerte». «Por Dios, caballero, si así es», dijo el Infante, «pésame mucho, ca ante vos quisiera dar algo de lo mío que no que recibieseis mal de mí; ca todo caballero más lo querría por amigo que no por enemigo». «¿Y cómo?», dijo él, «¿vuestro enemigo he yo de ser por esto? No lo quiera Dios, ca bien creed, señor, que de mejor mente os serviría ahora que antes que fuese herido, por las buenas caballerías que vi en vos; que no creo que en todo el mundo hay mejor caballero de armas que vos».

«Por Dios», dijo el hijo del rey de Guimalet, «el que mejor lo conoció en aquella lid y más paró mientes en aquellos hechos, yo fui; ca después que él a mí hirió y me priso y me hizo apartar de la hueste a cincuenta escuderos que me guardasen, veía por ojo toda la hueste, y veía a cada uno como hacía, mas no había ninguno que tantas vegadas pasase la hueste del un cabo al otro, derribando e hiriendo y matando, ca no había y tropel por espeso que fuese, que él no le hendiese. Y cuando él decía: "Pandulfa por la infante Seringa", todos los suyos recudían a él». Y como otro que se llama a deshonra, dijo el hijo del Rey: «Yo nunca salga de esta prisión en que estoy, pues vencido y preso había de ser, si no me tengo por honrado por ser preso y vencido de tan buen caballero de armas como es este.»

«Dejemos estar estas nuevas», dijo el infante Roboán, «ca si yo tan buen caballero fuese como vos decís, mucho lo agradecería yo a Dios». Y cierto con estas palabras que decían mucho placía a la infanta Seringa, y bien daba a entender que gran placer recibía; ca nunca partía los ojos de él, riéndose amorosamente, y decía: «Viva el infante Roboán por todos los mis días, ca mucha merced me ha hecho Dios por él». «Por Dios, señora», dijo el hijo del rey de Guimalet, «aún no sabéis bien cuánta merced os hizo Dios por la su venida, así como yo lo sé, ca ciertamente creed que el Rey mío padre y el rey de Brez mi abuelo os habían de entrar por dos partes a correr el reino y tomaros las villas y los castillos, hasta que no os dejasen ninguna cosa». «¿Y esto por qué?», dijo la Infanta. «Por voluntad y por sabor que tenían de haceros mal en el vuestro señorío», dijo él. «¿Y merecíales yo por qué», dijo la Infanta, «o aquellos donde yo vengo?». «No, señora, que yo sepa.» «Gran pecado hacían», dijo la Infanta, «y Dios me defenderá de ellos por la su merced». «Señora», dijo Roboán, «cesen de aquí adelante estas palabras; ca Dios, que os defendió del uno os defenderá del otro, si mal os quisieren hacer. Y mandad tirar las prisiones al hijo del Rey, y enviadlo; ca tiempo es ya que os desembarguéis de estas cosas, y pensemos en al». Y la Infanta hizo tirar las prisiones al hijo del Rey y enviolo con aquellos caballeros que tenía presos; ca dieron por sí doscientas vegadas mil marcos de oro, y de esto hubo la Infante cien vegadas mil y el infante Roboán lo al, comoquiera que la Infanta no quería de ello ninguna cosa; ca antes tenía por bien que fincase todo en Roboán, como aquel que lo ganara muy bien por su buen esfuerzo y por la su buena caballería.

Y todo el otro tesoro, que fue muy grande, que hallaron en el campo cuando el Rey fue vencido, fue partido a los condes y a los caballeros que se acertaron en la lid, de lo cual fueron todos bien entregados y muy pagados de cuanto Roboán hizo y de cómo lo partió muy bien entre ellos, catando a cada uno cuanto valía y como lo merecía; de guisa que no fue ninguno con querella. Y y cobraron gran corazón para servir a su señora la Infanta, y fueron a ella y pidiéronle por merced que no los quisiese excusar ni dejar, ca ellos aparejados eran para servirla y defenderla de todos aquellos que mal le quisiesen hacer, y aun si ella quisiese, que irían de buenamente a las tierras de los otros a ganar algo o a lo que ella mandase, y que pondrían los cuerpos para acabarlo.

«Deos Dios mucha buena ventura», dijo la Infanta, «ca cierta soy de la vuestra verdad y de la vuestra lealtad, que os pararíais siempre a todas las cosas que al mío servicio fuesen». Y ellos despidiéronse de ella y fuéronse cada uno para sus lugares.

El infante Roboán, cuando supo que se habían despedido los caballeros para irse, fuese para la Infanta y díjole: «Señora, ¿y no sabéis cómo habéis enviado vuestro mandado al rey de Brez? ¿Y si por ventura no quisiese cumplir lo que le enviamos rogar? ¿Y no es mejor, pues aquí tenéis esta caballería, que movamos luego contra él?» «Mejor será», dijo la Infanta, «si ellos quisieren, mas creo que porque están cansados y quebrantados de esta lid, que querrán ir a refrescar para venirse luego si mester fuere».

El Infante comenzó a reír mucho, y dijo: «Por Dios, señora, los cansados y los quebrantados los que fincaron en el campo son; ca estos fincaron alegres y bien andantes, y no podría mejor refrescar en la su tierra, ni tan bien como en esta lo refrescaron; ca ahora están ellos frescos y avivados en las armas para hacer bien. Y mandadlos esperar, que de aquí a tercer día cuido que habremos el mandado del rey de Brez.» «Bien es», dijo la Infante, «y mandóselo así». Y ellos hiciéronlo muy de grado.

La Infante no quiso olvidar lo que había dicho el conde Rubén en razón de ella y del Infante, y envió por él y díjole en su verdad: «Conde, ¿qué es lo que dijistes el otro día que queríais hablar conmigo en razón del Infante? Ciertas, no se me viene en mente, por la prisa grande en que estamos.» «Aína se os olvidó», dijo el Conde, «siendo la vuestra honra, y bien creo que si de la mía os hablara que más aína lo olvidarais». «Decid», dijo la Infante, «lo que queráis decir, por amor de Dios, y no me enojéis, ca no soy tan olvidadiza como vos me decís, comoquiera que esto se me acaeció, o por ventura que no lo oí bien». «Señora», dijo el Conde, «repetíroslo he otra vegada, y aprendedlo mejor que no en la primera. Señora, lo que os dije entonces eso os digo ahora, que pues vos a casar habéis, el mejor casamiento yo sé ahora y más a vuestra honra, este infante Roboán era». «Ende», dijo la Infante, «yo en vos pongo todo el mi hecho y la mi hacienda, que uno sois de los de mi reino en que yo más fío y que más precio; y pues lo comenzastes, llevadlo adelante, ca a mí no cae hablar en tal razón como esta».

El Conde se fue luego para el infante Roboán y díjole que quería hablar con él aparte. Y el Infante se apartó con él a una cámara muy de grado, y el Conde le dijo: «Señor, comoquiera que vos no me hablastes en ello ni me rogastes, queriendo vuestro bien y vuestra honra pensé en una cosa cual os ahora diré: si os quisiereis casar con la infante Seringa, trabajarme yo de hablar en ello muy de buenamente.» «Conde», dijo el infante Roboán, «muchas gracias, que cierto soy de vos que por la vuestra mesura querríais mi bien y mi honra; ca ciertas para muy mayor hombre de mayor estado sería muy bueno este casamiento; mas tal es la mi hacienda que yo no he de casar hasta que vayamos adelante donde he a ir y ordene Dios de mí lo que quisiere». Y por amor de Dios, conde, no os trabajéis en este hecho, ca a mí sería gran vergüenza en decir de no, y ella no fincaría honrada, lo que me pesaría muy de corazón. Ciertamente la quiero muy gran bien y préciola y ámola muy verdaderamente, queriéndola guardar su pro y su honra, y no de otra guisa». «¿Pues no hablaré en ello?», dijo el Conde. «No», dijo el Infante, «ruégooslo yo». El Conde se fue luego para la Infante y díjole todas las palabras que Roboán le dijera. Y cuando la Infante lo oyó, parose muy amarilla y comenzó a tristecer de guisa que hubiera a caer en tierra, si no por el Conde, que la tuvo por el brazo. «Señora», dijo el Conde, «no toméis muy gran pesar por ello, ca lo que vuestro hubiere de ser ninguno no os lo puede toller, y por ventura habréis otro mejor casamiento si este no hubiereis». «No me desfucio de ello», dijo la Infante, «de la merced de Dios, ca como ahora dijo de no, aún por aventura dirá que le place. Y ciertas, conde, quiero que sepáis una cosa, que muy enteramente tenía por este casamiento, si ser pudiese, y cuido, según el corazón me dice, que se hará. Y de ninguna cosa no me pesa sino que cuidaría que de mi parte fue comenzado, y por ventura que me preciará menos por ello». «Señora», dijo el Conde, «yo muy bien os guardé en este lugar, ca lo que yo le dije no se lo dije sino dando a entender que quería el su bien, y aconsejándole que lo quisiese, y cuando yo supiese su voluntad, que me trabajaría en ello». «Muy bien lo hiciste»; dijo la Infante, «y no le habléis más en ello, y haga Dios lo que le tuviere por bien».

Ellos estando en esto entró el escudero que había enviado con el caballero Amigo con mandado del Infante al rey de Brez. «¿Y recaudó por lo que fue?», dijo la Infante. «Por Dios, señora», dijo el escudero, «sí, muy bien, a guisa de buen caballero y bien razonado, según veréis por las cartas y el recaudo que trae». Entonces llegó el caballero Amigo ante la Infante. «Por Dios, caballero Amigo, mucho me place», dijo la Infante, «porque os veo venir bien andante». «¿Y en qué lo veis vos?», dijo el caballero Amigo. «¿En qué?», dijo la Infante, «en veniros muy alegre y en mejor continente que no a la ida cuando de aquí os partistes». «Señora», dijo el caballero Amigo, «pues Dios tan buen entendimiento os quiso dar de conocer las cosas escondidas, entended esto que ahora os diré: que yo creo que Dios nunca tanto bien hizo a una señora como hizo a vos, por la conocencia del Infante mío señor; ca según yo aprise en la corte del rey de Brez, no eran tan pocos aquellos que vos mal cuidaban hacer, y habían ya partido el vuestro reino entre sí». «¿Y cuáles eran esos?», dijo la Infante. «Señora», dijo el caballero Amigo, «el rey de Guimalet y el rey de Libia; pero pues habéis el rey de Brez, no habéis por qué recelaros del rey de Libia, ca el rey de Brez el ruego que le envió hacer el infante Roboán, por estas cartas lo podéis ver que vos aquí traigo». La Infante recibió las cartas y mandolas leer, y hallaron que la seguranza y la tregua del rey de Brez fuera muy hecho, y que mejor no se pudiera hacer por ninguna manera ni más a pro ni a honra de la Infante.

Y el infante Roboán habiendo muy gran sabor de irse: «Y pues buen sosiego tenéis la vuestra tierra, no habéis por qué detenerme.» «Amigo señor», dijo la Infante, «si buen sosiego y ha, por vos y por vuestro buen esfuerzo es; y sabe Dios que si os pudiese detener a vuestra honra que lo haría muy de grado. Pero antes hablaré convusco algunas cosas que tengo que hablar». «Señora», dijo el Infante, «tan apercibida y tan guardada sois en todas cosas que no podríais errar en ninguna manera en lo que hubieseis a decir y a hacer».

Otro día en la mañana, cuando vino el infante Roboán a despedirse de ella, dijo la Infante: «Sed aquí ahora y rédrense los otros, y yo hablaré convusco lo que os diré que tenía de hablar.» Y todos los otros se tiraron afuera, pero que paraban mientes a los gestos y a los ademanes que hacían, ca bien entendían que entre ellos había muy gran amor, comoquiera que ellos se encubrían lo más que podían y no se querían descubrir el uno al otro el amor grande que había entre ellos. Pero la Infante, viendo que por el infante Roboán había el su reino bien asosegado y fincaba honrada entre ellos, que sería la más bien andante y la más recelada señora que en todo el mundo habría, con el buen entendimiento y con el buen esfuerzo y con la buena ventura de este Infante, no se pudo sufrir, y no con maldad, ca de muy buena vida era y de buen entendimiento, mas cuidándole vencer con buenas palabras porque el casamiento se hiciese; y díjole así: «Señor, el vuestro buen donaire, y la vuestra buena ventura, y el vuestro buen entendimiento, y la honra que me habéis hecho en dejarme muy rica y muy recelada de todos los mis vecinos, y muy honrada, me hace decir esto que vos ahora diré, y con gran amor ruégoos que me perdonéis lo que os diré, y no tengáis que por otra razón de maldad ni de encubierta os lo digo, mas por razón de ser más amparada, si Dios lo quisiere allegar. Y porque no sé si algunos de mis reinos a qué placería, o por ventura si querrían que se llegase este pleito, no me quise descubrir a ninguno y quíseme atrever ante la vuestra mesura, que si no se hiciese que fuese callado entre nos; ca ciertamente, si otros fuesen en el hecho no podría ser puridad; ca dicen que lo que saben tres, sábelo toda res. Y lo que vos he a decir, comoquiera que lo digo con gran vergüenza, es esto: que si el vuestro casamiento y el mío quisiese Dios allegar, que me placería mucho. Y no hemos a decir, ca a hombre de buen entendimiento pocas palabras cumplen.» Desí abajó los ojos la Infante y púsolos en tierra, y no lo pudo catar con gran vergüenza que hubo de lo que había dicho.

«Señora», dijo el Infante, «yo no os puedo agradecer ni servir cuánto bien y cuánta merced me habéis hecho hoy en este día, y cuánta mesura me mostrastes en querer que yo sepa de vos el amor verdadero que me habéis, y en quererme hacer saber toda vuestra hacienda y vuestra voluntad. Y pues yo agradecer no os lo puedo ni servir así como yo querría, pido por merced a Nuestro Señor Dios que Él os lo agradezca, y os dé buena cima a lo que deseáis, con vuestra honra. Pero digo que sepáis de mí tanto: que del día en que nací hasta el día de hoy nunca supe amor de mujer, y convusco, ca una sois de las señoras que yo más amo y más precio en mi corazón, por la gran bondad, y el gran entendimiento, y la gran mesura, y el gran sosiego que en vos es. Y comoquiera que me ahora quiero ir, pídoos por merced que me queráis atender un año, salvo ende si hallareis vuestra honra, si Dios os lo quisiese dar.» «Amigo señor», dijo la Infante, «yo no sé cómo Dios querrá ordenar de mí, mas yo atenderos he a la mi ventura de estos tres años, si vida hubiere». «Señora», dijo el Infante, «agradézcooslo». Y quísole besar las manos y los pies, y ella no quiso dar, antes le dijo a un tiempo vendrá que ella se los besaría a él. Y levantáronse luego amos a dos y el Infante se despidió de ella y de todos los otros hombres buenos que y eran en el palacio con el Infante.

Dice el cuento que nunca tan gran pesar hombre vio como el que hubieron todos aquellos que y estaban con la Infante; ca cuando él partió de su padre y de su madre y de su hermano Garfín y de todos los otros de la su tierra, comoquiera que gran pesar y gran tristeza y hubo, no pudo ser igual de esta; ca pero no se mesaban, ni se arrastraban, ni daban voces, a todos semejaba que le quebraran por los corazones, dando suspiros y llorando muy fuerte y poniendo las manos sobre los ojos. Y eso mismo hacía el infante Roboán y toda la su gente, ca tan hechos eran con todos los de aquella tierra, que no se podían de ellos partir sino con gran pesar. Y este reino de Pandulfa es en la Asia la Mayor, y es muy viciosa tierra y muy rica, y por toda la mayor partida de ella pasa el río de Tigris, que es uno de los cuatro ríos de paraíso terrenal, así como adelante oiréis donde habla de ellos.

El Infante con toda su gente fueron andando, y salieron del reino de Pandulfa tanto que llegaron al condado de Turbia, y hallaron en una ciudad al Conde, que saliolos a recibir y que le hizo mucha honra y mucho placer, y convidó al Infante por ocho días que fuese su huésped. Pero con este conde no se aseguraba en la su gente, porque lo querían muy mal y no sin razón; ca él les había desaforado en muchas guisas, a los unos despechando y a los otros desterrando, en guisa que no había ninguno en todo el su señorío en quien no tangiese este mal y estos desafueros que el Conde había hecho.

Y este conde, cuando vio al Infante en su lugar con tan gran gente y tan buena, plúgole muy de corazón y díjole: «Señor, muy gran merced me hizo Dios por la vuestra venida a esta tierra; ca tengo que doliéndose de mí os envió para ayudarme contra estos mis vasallos del mío condado, que me tienen muy gran tuerto, y puédolos castigar, pues vos aquí sois, si bien me ayudarais.» «Ciertas, conde», dijo el Infante, «ayudaros he muy de buenamente contra todos aquellos que vos tuerto hicieren, si no os lo quisieren enmendar; pero saber quiero de vos qué tuerto os tienen; ca no querría que de mí ni de otro mal recibiesen el que no mereció por qué». «Sabed, señor», dijo el Conde, «que no lo habéis por qué demandar, ca los mayores traidores son que nunca fueron vasallos a señor». «Conviene», dijo el Infante, «saber de hecho, ca gran pecado sería de hacer mal a quien no lo merece, y conviene que sepamos cuáles son aquellos que lo merecen, y apartémoslos de los otros que no lo merecen; y así los podemos más aína matar y estragar; ca cuantos de ellos apartaremos tanto menguará del su poder y acrecentaría el vuestro». «Señor», dijo el Conde, «no os trabajéis en eso, ca todos lo merecen». «¿Todos?», dijo el Infante. «Esto no puede ser sino por una de dos razones, o que vos fueseis crudo contra ellos y no perdonastes a ninguno, o que todos ellos son falsos y traidores por natura. Y si vos queréis que os ayude en este hecho, decidme la verdad y no me escondáis ende ninguna cosa; ca si tuerto tuvieseis y me lo encubrieseis, por ventura sería vuestro el daño y mío, y fincaríamos con gran deshonra, ca Dios no mantiene el campo sino aquel que sabe que tiene verdad y derecho».

Cuando el Conde vio que el Infante con buen entendimiento podría saber la verdad y no le encubriría por ninguna manera, tuvo por bien de decirle por qué hubiera malquerencia con toda la gente de su tierra. «Señor», dijo el Conde, «la verdad de este hecho en cómo pasó entre mí y la mi gente es de esta guisa que vos ahora diré; ca ciertamente fue contra ellos muy crudo en muchas cosas, desaforándolos y matándolos sin ser oídos, y desheredándolos y desterrándolos sin razón, de guisa que no hay ninguno, mal pecado, por de gran estado que sea ni de pequeño, a quien no tengan estos males y desafueros que les he hechos; en manera que no hay ninguno en el mi señorío de que no recele. Y por ende con la vuestra ayuda querríame desembargar de este hecho y de este recelo; ca de que ellos fuesen muertos y estragados, podría yo pasar mi vida sin miedo y sin recelo ninguno». «Por Dios, conde», dijo el Infante, «si así pasó como vos decís, fuera muy gran mal; ca no sería así, sino hacer un mal sobre otro a quien no lo merece. Y habiéndoles hecho tantos males y tantos desafueros como vos decís, ¿en lugar de arrepentiros del mal que les hiciereis y demandarles perdón, tenéis por aguisado de hacerles aún mayor mal? Ciertas, si en campo hubiéramos entrado con ellos sobre tal razón, ellos fincaran bien andantes, y nos mal andantes y con gran derecho». «Pues, señor», dijo el Conde, «¿qué es lo que y puedo hacer? Pídoos por merced que me aconsejéis, ca esta mi vida no es vida, antes me es par de muerte». «Yo os lo diré», dijo el Infante. «Conviéneos que hagáis en este vuestro hecho como hizo un rey por consejo de su mujer la Reina, que cayó en tal caso y en tal yerro como este.» «¿Y cómo fue eso?», dijo el Conde. «Yo os lo diré», dijo el Infante.

Un rey era contra sus pueblos, así como vos, en desaforándolos y matándolos y desheredándolos crudamente y sin piedad ninguna, de guisa que todos andaban catando manera que le pudiesen matar. Y por ende siempre había de andar armado de día y de noche, que nunca se desarmaba, que no había ninguno, ni aun en su posada, de quien se fiase; así que una noche fuese a casa de la Reina su mujer, y echose en la cama bien así armado. Como a la Reina pesó mucho, como aquella que se dolía de la su vida muy fuerte y muy lazrada que el Rey hacía, y no se lo pudo sufrir el corazón, díjole así: «Señor, pídoos por merced y por mesura que vos, que me queráis decir qué es la razón porque esta tan fuerte vida pasáis; si lo tenéis en penitencia, o si lo hacéis por recelo de algún peligro.» «Ciertas», dijo el Rey, «bien os lo diría si entendiese que consejo alguno me podríais y poner; mas, ¡mal pecado!, no cuido que se ponga y consejo ninguno». «Señor, no decís bien»; dijo la Reina, «ca no ha cosa en el mundo por desesperada que sea, que Dios no pueda poner remedio». «Pues así es», dijo el Rey, «sabed que quiero que lo sepáis. Antes que convusco casase, y después, nunca quedé de hacer muchos males y muchos desafueros y crueldades a todos los de mi tierra, de guisa que por los males que yo les hice, no me aseguro en ninguno de ellos, antes tengo que me matarían muy de buenamente si pudiesen. Y por ende he de andar armado por guardarme de su mal».

«Señor», dijo la Reina, «por el mío consejo vos haréis como hacen los buenos físicos a los dolientes que tienen en guarda; que les mandan luego que tengan dieta, y desí mándanles comer buenas viandas y sanas, y si ven que la enfermedad es tan fuerte y tan desesperada que no puede poner consejo por ninguna sabiduría de física que ellos sepan, mándanles que coman todas las cosas que quisieren, tan bien de las contrarias como de las otras. Y a las vegadas con el contrario guarecen los enfermos de las enfermedades grandes que han. Y pues este vuestro mal y vuestro recelo tan grande y tan desesperado es que no cuidáis ende ser guarido en ningún tiempo, tengo que os conviene de hacer el contrario de lo que hicistes hasta aquí, y por ventura que seréis librado de este recelo, queriéndoos Dios hacer merced».

«¿Y cómo podría ser eso?», dijo el Rey. «Ciertas, señor, yo os lo diré», dijo la Reina; «que hagáis llegar todos; los conocéis los males y desafueros que les hicistes, y que les roguéis muy humildosamente que os perdonen, llorando de los ojos y dando a entender que os pesa de corazón por cuanto mal les hicistes; y por ventura que lo querrán hacer, doliéndose de vos. Y ciertas, no veo otra carrera para vos salir de este peligro en que sois». «Bien creed», dijo el Rey, «que es buen consejo, y quiérolo hacer; ca más querría ya la muerte que no esta vida que he». Y luego envió por todos los de su tierra que fuesen con él en un lugar suyo muy vicioso y muy abundado. Y fueron todos con él ayuntados el día que les mandó. Y el Rey mandó poner su silla en medio del campo, y puso la corona en la cabeza, y díjoles así: «Amigos, hasta aquí fui vuestro rey y usé del poder del reino como no debía, no catando mesura ni piedad contra vos, haciéndoos muchos desafueros: los unos matando sin ser oídos, los otros despechando y desterrando sin razón y sin derecho, y no queriendo catar ni conocer los servicios grandes que me hicistes; y por ende me tengo por muy pecador, que hice gran yerro a Dios y a vos, y recelándome de vos por los grandes males que os hice, hube siempre de andar armado de día y de noche. Y conociendo mío pecado y mío yerro, déjoos la corona del reino.» Y tolliola de la cabeza, y púsola en tierra ante sí, y tollió el bacinete de la cabeza y desarmose de las armas que tenía y fincó en gambax, y dijo: «Amigos, por mesura, que hagáis de mí lo que vos quisiereis.»

Y esto decía llorando de los ojos muy fuertemente, y eso mismo la Reina su mujer y sus hijos que eran con él. Y cuando los de la tierra vieron que tan bien se arrepentía del yerro en que cayera y tan simplemente demandaba perdón, dejáronse caer todos a sus pies llorando con él, y pidiéronle por merced que no los quisiese decir tan fuertes palabras como les decía, ca los quebrantaba los corazones; mas que fincase con su reino, que ellos le perdonaban cuanto mal de él recibieron. Y así fue después muy buen rey y muy amado de todos los de la tierra; ca fue muy justiciero y guardador de su reino.

«Cuando convenía a vos, conde, que hagáis eso mismo que aquel rey hizo, y fío por la merced de Dios, que Él os endrezará haber amor de la vuestra gente, así como hizo aquel rey.» «Por Dios, señor», dijo el Conde, «dada me habéis la vida, y quiero hacer lo que me aconsejáis, ca me semeja que esto es lo mejor; y aunque me maten, en demandándoles perdón, tengo que Dios habrá merced a la mi alma». «Conde», dijo el Infante, «no temáis, ca si vos y muriereis haciendo esto que vos yo aconsejo, no moriréis solo, ca sobre tal razón como esta seré yo con vos muy de grado en defenderos cuanto yo pudiere; ca pues vos hacerles queréis enmienda y no lo quisieren recibir, ellos tendrán tuerto y no vos; ca del su derecho harán tuerto, y Dios ayudarnos ha y destorbará a ellos, porque nos tememos por nos verdad y razón, y ellos no por sí, sino mentira y soberbia».

Entonces envió el Conde por todos los de su tierra, diciendo que había de hablar con ellos cosas que eran a pro de ellos y de la tierra, y luego fueron con él a una ciudad buena. Y cuando vieron la caballería que tenía de gente extraña, preguntaron qué gente eran, y dijéronles que era un hijo de un rey que era de luengas tierras, y que andaba probando cosas del mundo y haciendo buenas caballerías para ganar prez. Y preguntaron si era amigo del Conde, y dijéronles que sí. «¿Y es hombre», dijeron ellos, «a quien plega con la verdad y con el bien y le pese con el mal?». «Ciertas», dijeron ellos, «sí». «Bien es», dijeron ellos, «pues el Infante tan buen hombre es, bien creemos que él sacará al Conde de esta crueldad que hace contra nos». Los otros le respondieron que fueseis de él bien seguros, y que así lo haría. Y así fincaron los de la tierra ya conhortados, y bien semeja que entre el Conde y ellos partido era el miedo; ca tan gran miedo había el Conde a ellos como ellos al Conde. Desí el Conde mandó hacer su estrado en un gran campo muy bueno que dicen el Campo de la Verdad, y fueron y todos llegados. El Conde asentose en el estrado, armado así como siempre andaba, y el Infante de la otra parte y la Condesa de la otra, y sus hijuelos delante. Y levantose el Conde y díjoles en cómo les había errado en muchas maneras, y pidioles merced muy humildosamente que le quisiesen perdonar, ca no quería con ellos vivir sino como buen señor con buenos vasallos; y desarmose y fincó los hinojos ante ellos, llorando de los ojos y rogándoles que le perdonasen. Y sobre esto levantose el infante Roboán, ca ellos estaban muy duros y no querían responder nada, y díjoles. «Amigos, no querría que fueseis tales como los mozos de poco entendimiento, que los ruegan muchas vegadas con su pro, y ellos con mal recaudo dicen que no quieren, y después querrían que los rogasen otra vez, que lo recibirían de grado, y si no los quieren rogar fíncanse en su daño; por que no ha mester que estéis callados, antes lo debierais mucho agradecer a Dios porque tan buenamente os viene a esto que os dice.» «Señor», dijo uno de ellos, «muy de buenamente lo haremos, sino que tenemos que nos trae con engaño para nos hacer más mal andantes». «No lo creáis», dijo el Infante; «antes os lo jurará sobre Santos Evangelios, y os hará hombrenaje, y os asegurará ante mí. Y si vos de ello falleciere, yo os lo prometo que seré convusco contra él». Y ellos le pidieron por merced que recibiese del Conde hombrenaje, y él hízolo así, y perdonáronle, y fincó en paz y en buen andanza con sus vasallos, y mantuvo siempre en sus fueros y en justicia. Y otro día despidiose el Infante del Conde y de todos los buenos hombres que y eran.

Dice el cuento que el infante Roboán endrezó su camino para donde Dios le guiase; pero que demandó al Conde qué tierra hallaría adelante. Y él le dijo que a treinta jornadas de y que entraría en tierra del Emperador de Triguiada, muy poderoso y muy honrado, que había cuarenta reyes por vasallos, y que era hombre mancebo y alegre y de buen solaz, y que le placía mucho con hombre de tierra extraña, si era de buen lugar.

El Infante fuese para aquel imperio, y luego que llegó a la tierra de los reyes dijéronle que no le consentirían que entrase más adelante hasta que lo hiciesen saber al Emperador, ca así lo habían por costumbre; pero que le darían todas las cosas que hubiese mester hasta que hubiesen mandado del Emperador. Enviaron luego los mandaderos, y cuando el Emperador supo que un infante, hijo del rey de Mentón, llegara a su señorío y traía consigo buena caballería y apuesta, plúgole mucho y mandó que le guiasen por toda su tierra, y que le diesen todas las cosas que mester hubiese y le hiciesen cuanta honra pudiesen. Y si el Emperador bien lo mandó hacer, todos los reyes y las gentes por donde pasaba se lo hacían muy de grado y muy cumplidamente ca mucho lo merecía; ca tan apuesto y tan de buen donaire lo hiciera Dios, que todos cuantos le veían tomaban muy gran placer con su vista, y hacían por él muy grandes alegrías.

Y cuando llegó al Emperador, y hallolo que andaba por los campos, ribera de un río y muy grande que ha nombre Tigris; y descendió del caballo, y dos reyes que eran con el Emperador, por hacer honra al Infante, descendieron a él, y fuese para el Emperador y fincó los hinojos y humillose, así como le aconsejaron aquellos dos reyes que iban con él. Y el Emperador mostró muy gran placer con él y mandole que cabalgase. Y desde que cabalgó, llamolo el Emperador y preguntole si era caballero. Díjole que sí. Y preguntole quién lo hiciera caballero, y díjole que su padre el rey de Mentón. «Ciertas», dijo el Emperador, «si doble caballería pudiese haber el caballero», que él lo hiciera caballero otra vegada. «Señor», dijo el Infante, «¿qué es lo que pierde el caballero si de otro mayor caballero puede recibir otra caballería?». «Yo os lo diré», dijo el Emperador, «que no puede ser, por el uno contra el otro, que no le estuviese mal, pues caballería había recibido de él». «¿Y no veis vos», dijo el Infante, «que nunca yo he ser contra el Rey mi padre, ni contra vos por él, ca él no me lo mandaría ni me lo aconsejaría que yo falleciese en lo que hacer debiese?». «Bien lo creo», dijo el Emperador, «mas hay otra cosa más grave a que tendrían los hombres ojo: que pues dos caballerías había recibido, que hiciese por dos caballeros». «Y ciertas», dijo el Infante, «bien se puede hacer esto, con la merced de Dios, ca queriendo hombre tomar a Dios por su compañero en los sus hechos, hacer puede por dos caballeros y más, con la su ayuda». «Ciertas», dijo el Emperador, «conviene que yo haga caballero a este infante, y no lo erraremos, ca cuido que de una guisa lo hacen en su tierra y de otra guisa aquí».

Y preguntole el Emperador de cómo le hicieron caballero, y él dijo que tuvo vigilia en la iglesia de Santa María una noche en pie, que nunca se asentara, y otro día en la mañana, que fuera y el Rey a oír misa, y la misa dicha que llegara el Rey al altar y que le diera una pescozada, y que le ciñó el espada, y que se la desciñó su hermano mayor. «Ahora os digo», dijo el Emperador, «que puede recibir otra caballería de mí, ca gran departimiento ha de la costumbre de su tierra a la nuestra». «En el nombre de Dios», dijeron los reyes, «hacedlo caballero; que fiamos por Dios que por cuanto en él vemos y entendemos, que tomaréis buen esfuerzo».

Entonces mandó el Emperador que comiesen con él los reyes y el Infante y todos los otros caballeros, y fuéronse para la villa. El Emperador comió en una mesa y los reyes en otra, y toda la caballería por el palacio muy ordenadamente y muy bien. Y después que hubieron comido, mandó el Emperador que vistiesen al Infante de unos paños muy nobles que le dio, y que fuesen hacer sus alegrías así como era costumbre de la tierra, e hiciéronlo así; ca los dos reyes iban con él, el uno de la una parte y el otro de la otra parte, por toda la villa. Y todas las doncellas estaban a sus puertas, y según su costumbre lo habían de abrazar y de besar cada una de ellas, y decíanle así: «¡Dios te dé buena ventura en caballería y hágate tal como aquel que te lo dio, o mejor!» Cuando estas palabras oyó decir el Infante, membrósele de lo que le dijera su madre cuando de ella se partió, que el corazón le daba que sería emperador, y creciole el corazón por hacer bien.

Y otro día en la mañana fue el Emperador a la iglesia de San Juan donde velaba el Infante, y oyó misa y sacolo a la puerta de la iglesia a una gran pila de porfirio que estaba llena de agua caliente, e hiciéronle desnudar so unos paños muy nobles de oro, y metiéronlo en la pila; y dábale el agua hasta en los pechos. Y andaban en derredor de la pila cantando todas las doncellas, diciendo: «Viva este novel a servicio de Dios y honra de su señor y de sí mismo.» Y traían una lanza con un pendón grande, y una espada desnuda, y una camisa grande de sirgo y de aljófar, y una guirnalda de oro muy grande, de piedras preciosas. Y la camisa vistiósela una doncella muy hermosa y muy hijadalgo, a quien cupo la suerte que se la vistiese. Y desde que se la vistió, besolo y díjole: «¡Dios te vista de la su gracia!», y partiose dende, ca así lo habían por costumbre. Y desí vino el un rey y diole la lanza con el pendón, y díjole: «¡Ensalce Dios la tu honra todavía!», y besole en la boca y partiose dende. Y vino el otro rey y ciñole el espada y díjole: «¡Dios te defienda con el su gran poder y ninguno no te empezca!» Y desí vino el Emperador, y púsole la guirnalda en la cabeza, y díjole: «Hónrete Dios con la su bendición, y te mantenga siempre acreditamiento de tu honra todavía.» Y desí vino el Arzobispo y díjole: «¡Bendígate el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, que son tres personas y un Dios!» Y entonces el Emperador mandó que le vistiesen de otros paños muy nobles, y ciñole el espada y cabalgaron, y fuéronse para casa del Emperador, y el Infante trayendo el espada desnuda en la una mano y el pendón en la otra mano con la lanza, y la guirnalda en la cabeza. Y desí se asentaron a la mesa; tenía un caballero delante el espada desnuda, y el otro la lanza con el pendón, hasta que comieron. Y después cabalgaron y diéronle el espada y la lanza, y así anduvo por la villa aquel día.

Y otro día comenzaron los caballeros del Infante de alanzar y bohordar según su costumbre, de que fue el Emperador muy pagado, y todos los otros, en manera que no fincó dueña ni doncella que y no fuese. Y el Emperador mandó al Infante que hiciese él lo que sabía; ca costumbre era de la tierra que el caballero novel, que otro día que recibiese caballería, que tuviese armas. Y él cabalgó en un caballo muy bueno que traía, y lanzó y bohordó, y anduvo por el campo con los suyos haciendo sus demandas, y bien semejaba hijo de rey entre los otros; que comoquiera que muchos había entre ellos que lo hacían muy bien, no había ninguno que lo semejase en tan bien hacerlo como el Infante. Y todos los que y eran con el Emperador andaban haciendo sus trebejos, según el uso de la tierra, en un gran campo ribera del río de Tigris.

Este imperio de Triguida tomó el nombre de este río Tigris, que es uno de los cuatro ríos que salen del paraíso terrenal. El uno ha nombre Sisón, y el otro Gigón, y el otro Tigris y el otro Éufrates; onde dice el Génesis que en el paraíso terrenal sale un río para regar la huerta, y apartose en cuatro lugares, y son aquellos los cuatro ríos que nacen del paraíso terrenal. Y cuando salen del paraíso van escondidos so tierra, y parece cada uno y donde nace, así como ahora oiréis. Dicen que Sisón corre por las tierras de India, y a semejante que nace del monte que ha nombre Ortubres, y corre contra oriente, y cae en la mar; y Gigón es el río que dicen Nirojanda, y va por tierra de oriente, y escóndese so tierra, y nace del monte Ablan, a que dicen en hebraico Reblantar Mar, y después se mete en la tierra, y desí sale y cerca toda la tierra Etiopía, y corre por seis lugares, y cae en el mar que es cerca de Alejandría.