El médico de su honra Acto 1: 10
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| REY: |
Está muy bien;
y pues sé quién sois, hagamos
los dos un concierto.
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| COQUÍN: |
¿Y es?
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| REY: |
¿Hacer reír profesáis?
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| COQUÍN: |
Es verdad.
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| REY: |
Pues cada vez
que me hiciéredes reír,
cien escudos os daré;
y si no me hubieres hecho
reír en término de un mes,
os han de sacar los dientes.
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| COQUÍN: |
Testigo falso me hacéis,
y es ilícito contrato
de inorme lesión.
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| REY: |
¿Por qué?
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| COQUÍN: |
Porque quedaré lisiado
si le aceto, ¿no se ve?
Dicen, cuando uno se ríe
que enseña los dientes; pues
enseñarlos yo llorando,
será reírme al revés.
Dicen que sois tan severo,
que a todos dientes hacéis;
¿qué os hice yo, que a mí solo
deshacérmelos queréis?
Pero vengo en el partido;
que porque ahora me dejéis
ir libre, no le rehúso,
pues por lo menos un mes
me hallo aquí como en la calle
de vida; y al cabo de él
no es mucho que tome postas
en mi boca la vejez;
y así voy a examinarme
de cosquillas. ¡Voto a diez,
que os habéis de reír! Adiós,
y veámonos después.
Vase COQUÍN y salen don ENRIQUE,
don GUTIERRE, don DIEGO y don ARIAS,
y toda la compañía
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| ENRIQUE: |
Déme vuestra majestad
la mano.
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| REY: |
Vengáis con bien,
Enrique. ¿Cómo os sentís?
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| ENRIQUE: |
Más, señor, el susto fue
que el golpe. Estoy bueno.
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| GUTIERRE: |
A mí
vuestra majestad me de
la mano, si mi humildad
merece tan alto bien,
porque el suelo que pisáis
es soberano dosel
que ilumina de los vientos
uno y otro rosicler;
y vengáis con la salud
que este reino ha menester,
para que os adore España,
coronado de laurel.
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| REY: |
De vos, don Gutierre Alfonso...
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| GUTIERRE: |
¿Las espaldas me volvéis?
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| REY: |
...grande querellas me dan.
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| GUTIERRE: |
Injustas deben de ser.
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| REY; |
¿Quién es, decidme, Leonor,
una principal mujer
de Sevilla?
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| GUTIERRE: |
Una señora,
bella, ilustre y noble es,
de lo mejor de esta tierra.
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| REY: |
¿Qué obligación la tenéis,
a que habéis correspondido
necio, ingrato y descortés?
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| GUTIERRE: |
No os he de mentir en nada,
que el hombre, señor, de bien
no sabe mentir jamás,
y más delante del rey.
Servíla, y mi intento entonces
casarme con ella fue,
si no mudara las cosas
de los tiempos el vaivén.
Visitéla, entré en su casa
públicamente; si bien
no le debo a su opinión
de una mano el interés.
Viéndome desobligado,
pude mudarme después;
y así, libre de este amor,
en Sevilla me casé
con doña Mencía de Acuña,
dama principal, con quien
vivo, fuera de Sevilla,
una casa de placer.
Leonor, mal aconsejada
--que no la aconseja bien
quien destruye su opinión--,
pleitos intentó poner
a mi desposorio, donde
el más riguroso juez
no halló causa contra mí,
aunque ella dice que fue
diligencia del favor.
¡Mirad vos a qué mujer
hermosa favor faltara,
si le hubiera menester!
Con este engaño pretende,
puesto que vos lo sabéis,
valerse de vos; y así,
yo me pongo a vuestros pies,
donde a la justicia vuestra
dará la espada mi fe,
y mi lealtad la cabeza.
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