El médico de su honra Acto 1: 2
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| DIEGO: |
En las casas de los nobles
tiene tan divino imperio
la sangre del rey, que ha dado
en la vuestra atrevimiento
para entrar de esta manera.
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| MENCÍA: |
(¿Qué es esto que miro? ¡Ay cielos!)
Aparte
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| DIEGO: |
El infante don Enrique,
hermano del rey don Pedro,
a vuestras puertas cayó.
y llega aquí medio muerto.
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| MENCÍA: |
¡Válgame Dios, qué desdicha!
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| ARIAS: |
Decidnos a qué aposento
podrá retirarse, en tanto
que vuelva al primero aliento
su vida. ¿Pero qué miro?
¡Señora!
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| MENCÍA: |
¡Don Arias!
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| ARIAS: |
Creo
que es sueño fingido cuanto
estoy escuchando y viendo.
Que el infante don Enrique,
más amante que primero,
vuelva a Sevilla, y te halle
con tan infeliz encuentro,
¿puede ser verdad?
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| MENCÍA: |
Sí es;
¡y ojalá que fuera sueño!
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| ARIAS: |
Pues, ¿qué haces aquí?
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| MENCÍA: |
De espacio
lo sabrás; que ahora no es tiempo
sino sólo de acudir
a la vida de tu dueño.
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| ARIAS: |
¿Quién le dijera que así
llegara a verte?
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| MENCÍA: |
Silencio,
que importa mucho, don Arias.
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| ARIAS: |
¿Por qué?
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| MENCÍA: |
Va mi honor en ello.
Entrad en ese retiro,
donde está un catre cubierto
de un cuero turco y de flores;
y en él, aunque humilde lecho,
podrá descansar. Jacinta,
saca tú ropa al momento,
aguas y olores que sean
dignos de tan alto empleo.
Vase JACINTA
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| ARIAS: |
Los dos, mientras se adereza,
aquí al infante dejemos,
y a su remedio acudamos,
si hay en desdichas remedio.
Vanse don ARIAS y don DIEGO
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| MENCÍA: |
Ya se fueron, ya he quedado
sola. ¡Oh quién pudiera, ah cielos,
con licencia de su honor
hacer aquí sentimientos!
¡Oh quién pudiera dar voces,
y romper con el silencio
cárceles de nieve, donde
está aprisionado el fuego,
que ya, resuelto en cenizas,
es ruina que está diciendo:
"Aquí fue amor"! Mas ¿qué digo?
¿Qué es esto, cielos, qué es esto?
Yo soy quien soy. Vuelva el aire
los repetidos acentos
que llevó; porque aun perdidos,
no es bien que publiquen ellos
lo que yo debo callar,
porque ya, con más acuerdo,
ni para sentir soy mía;
y solamente me huelgo
de tener hoy que sentir,
por tener en mis deseos
que vencer; pues no hay virtud
sin experiencia. Perfeto
está el oro en el crisol,
el imán en el acero,
el diamante en el diamante,
los metales en el fuego;
y así mi honor en sí mismo
se acrisola, cuando llego
a vencerme, pues no fuera
sin experiencias perfecto.
¡Piedad, divinos cielos!
¡Viva callando, pues callando muero!
¡Enrique! ¡Señor!
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