El ojo de Argón

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[editar] Notas sobre derechos de autor y traducción

Creado originalmente por Jim Theis (1953-2002). Ganador del “Premio Jay T. Rikosh a la ‘Excelencia’ “.

El texto original en inglés puede encontrarse difundido por internet. Los derechos de autor sobre la obra se han perdido tras el fallecimiento del autor sin herederos de los mismos. Traducido al español por José Beltrán Escavy y publicado aquí con su permiso expreso.

[editar] El ojo de Argón (traducción al español)

—Por Jim Theis—

Publicado por primera vez en el fanzine Osfan #10, 1970


- 1 -

La senda gastada por el tiempo serpenteaba hacia los climas polvorientos de las tierras resacas que dominan grandes porciones del Imperio Norgoliano. Huellas de cascos de edad inmemorial y cubiertas por las movedizas arenas del tiempo brillaban apagadas contra la corteza terrestre salpicada de polvo. El sol incansable lanzaba sus abrasadores rayos de incandencencia desde lo alto, a mitad de su revolución diaria. Pequeños roedores correteaban, ocupados con los logros diarios de sus vidas miserables. El polvo se esparcía sobre tres monturas esforzadas en nubes cegadoras que llevaban las pestadas cargas de sus esforzados supervisores.

-¡Prepárate a abrazar a tus creadores en los antros estigios del infierno, bárbaro! –jadeó el primer soldado.

-¡Sólo después de que hayas besado a la rauda montura de la muerte, miserable! –devolvió Grignr.

Una hoja zumbante de brillante acero ribeteó desde el enorme escudo esmaltado de piel del barbaro mientras su vibrante brazo derecho empujaba hacia delante, enviando una hoja forrada de acero hasta la empuñadura en los órganos vitales del soldado. El destripado mercenario cayó desde su silla y se derrumbó hacia la pampa polvorienta, regando el polvo reseco con las gotas carmesíes del fluído vital que se le escapaba.

El bárbaro entusiasmado se giró, con su penacho de brillante pelo rojo moviéndose robusto en las húmedas corrientes de aire mientras se enfrentaba al ataque del compañero de armas del soldado derrotado.

-¡Maldito seas, bárbaro! –chilló el soldado cuando observó a su camarada en la muerte.

Una brillante cimitarra asestó un pesado golpe contra el yelmo puntiagudo del renegado, haciendo bajar una pesada nube sobre el cerebro ofuscado del Ecordión. Sacudiéndose los efectos del tremendo golpe sobre su cabeza, Grignr descargó su filo manchado de escarlata contra la tosca albarda del soldado, resonando inofensivamente a la izquierda de su oponente. La montura del soldado relinchó cuando hizo retroceder a su caballo frente a la hoja inflexible del bárbaro. Grignr espeleó su montura mientras el grito de batalla de su raza criada en las estepas resonaba en sus pulmones chirriantes. Una hoja giró y rebotó inofensiva contra el escudo del poderoso ladrón mientras su brazo derecho giraba y cortaba hacia arriba, enviando un pie de acero cegador que desgarró el garganchón expuesto del Simariano. Un gorgoteo jadeante de la boca convulsa del soldado mientras se desplomaba en la arena dorada a sus pies, y se retorcía agonizante en su lecho de muerte.

Los orbes verde esmeralda de Grignr miraban deseosos al soldado que se estremecía ante su turbulenta montura vaya. Su voz despectiva reverberaba sobre la forma moribunda con tonos de burlona diversión:

-Los perros de ciudad deberíais aprender a no enemistaros con vuestros superiores. –Arreando a su cansada cabalgadura, grignr continuó con su viaje a la ciudad Noregoliana de Gorzam, esperando descubrir vino, mujeres y aventura que hiciera hervir la sangre indómita que transcurría por sus salvajes venas.

Grignr se vio impuesto el viaje a Gorzom cuando los soldados de Crin fueron lanzados tras él por una concubina infiel que había cortejado. Sus actividades escandalosas por toda la ciudad Simariana habían desencadenado masas de caos y desorden entre sus refinados patricios, llevándoles a fijar una pesada recompensa sobre su cabeza.

Consiguió escapar en el último momento por la puerta trasera de la posada donde había estado trasegando cuando un pelotón de soldados se aballanzó sobre él. Tras derramar una fuente de sangre del líder de los mercenarios mientras descuartizaba uno de los brazos de los oficiales, se retiró hacia su cabalgadura para dirigirse hacia Gorzom, donde se rumoreaba que había muchas riquezas por saquear, y muchas jóvenes furcias para cualquier hombre que tuviera las agallas de robarlas.


- 2 -

Llegado a Gorzom tras el anochecher,grignr bajó por una calleja miserable, reteniendo su caballo ante una taberna mal avenida. El gigante pelirrojo se introdujo en la apenas iluminada hostería que apestaba a malos olores, y vino barato. El aire estaba cargado de humo axfisiante que vomitaban antorchasmoribundas encajadas dentro de las paredes de adobe delantro. Las mesas estaban cargadas con grupos de ladrones borrachos, y matones, jugando a los dados, o haciendo el amor con amables prostitutas.

Fijándose en una delgada hembra acuclillada sola en un banco cercano, Grignr se adelantó con intención de ocupar sanamente su tiempo. Las vacilantes antorchas lanzaban extraños haces de luminiscencia que danzaban sobre la puta medio desnuda de su elección, las cordadas orquídeas trenzadas de su pelo meciéndose grácilmente sobre su nariz flexible y opaca, mientras llevaba una jarra a medio beber a sus labios rojo pálido.

Mirando hacia arriba, la atractiva complexión se fijó en el rudo gigante que rápidamente se aproximaba. Un leve brillo centelleó en el par de óvalos azul oscuro de la hembra amorosa cuando hizo un gesto hacia Grignr, incitándole a que la acompañara. El bárbaro se sentó sobre un taburete al lado de la furcia, exponiendo su cuerpo, desnudo excepto por un taparrabos que blandía un largo espadón de acero, un férreo yelmo de combate espirulado, y una sandalias de grueso cuero, a su vista.

-¿Necesitas pasar un rato, bárbaro –preguntó la hembra?

-Sólo si algo que merezca la pena ofrecer se pone a mi alcance –dijo Grignr, mientras sus manos se deslizaban para abrazar a la tentadora hembra, que le recibía de abierta buena gana.

-¿De dónde vienes bárbaro, y por qué te llaman? –Jadeó la furcia complaciente, mientras Grignr avasallaba sus labios con el toque ardiente de su boca en llamas.

El titán obnubilado ignoró las preguntas de la hembra inquisidora, tirando de ella hacia sí y aplastando sus pezones caídos contra su pecho lleno de deseo. Ella se dejó llevar sin resistencia, enroscando sus suaves brazos alrededor de la rugosa pielbroncínea de los omóplatos nervudos de Grignr, mientras éste acariciaba con sus manos encallecidas sus bustos firmes y protuberantes.

-Haces bien el amor furcia –admitió Grignr mientras alcanzaba la jarra de vino potente que su adlátere había estado tragando.

Un pie volador alcanzó la jarra que Grignr había cogido, desparramando su contenido rojo sangre sobre un creciente centelleante; enlazando lenguas de brillante llama anaranjada sobre el suelo pisado.

-Apártate bufón, la furcia me pertenece; —balbuceó un soldado borracho, demasiado consumido por las influencias de su viril brebaje como para darse cuenta del superior tamaño de su adversario.

Grignr saltó aglimente desde la sorprendida hembra, su cara iluminada con una ferocidad roja cenicienta, y sus ojos fijos con un fuego salvaje e incendiario hacia el soldado tambaleante.

-¡Al infierno contigo, fanfarrón! –aulló el airado Ecordión mientras alzaba su espadón hábilmente afilado.

El vacilante soldado fue torpemente a por la empuñadura de su colgante espada, pero antes de que sus manos pudieran siquiera tocar el mango de roble un relámpago plateado ya cortaba el aire viciado. Los tendones del brazo derecho del salvajes se hinchaban desde la brillante tez broncínea mientras su hoja mordía profundamente el cuello del soldado, separando la confusa cabeza de su insensato torturador.

Con un ruido nauseabundo el óvalo cercenado cayó al suelo, mientras el torso segregado del bovino antagonista de Grignr se tambaleaba y luego se derrumbaba en un charco de turbulento carmesí.

En la confusión los camaradas del soldado se enfrentaron a Grignr con sables desenvainados, dirigidos hacia la despectiva máscara de este últimos.

-¡Ese putón debiera haber escogido a su presa con más cuidado! –Rugió el vencedor con un gruñido de barítono burlón, mientras limpiaba su hoja chorreante en la forma postrada, y la devolvía a su vaina.

-Ese idiota hubiera debido mostrar más prudencia, sin embargo lamentarás tus acciones mientras te pudres en los calabozos. –Declaró uno de los compañeros del soldado desplomado.

La mano de Grignr comenzó a extraer su hoja de su alojamiento encuerado, pero retrasó el movimiento frente a las hojas que ondeaban ante su cara.

-Aparta la mano de la empuñadura, bárbarbo, o encontrarás un pie de acero enfundado en tu molleja.

Grignr sopesó su posición observando su dilema, traslocual aceptó el consejo del soldado como única elección lógica. Intentar salir de su actual problema por la fuerza sólo garantizaba la muerte segura. No tenía intención de provocar su propia defunción si se presentaba un camino alternativo. La voluntad de necesitar su propia vida le forzaba a ceder ante fuerzas superiores con la esperanza de un momento de descuido más adelante por parte de sus captores en el que pudiera efectuar un medio de huída más plausible.

-Podéis detener vuestras armas, iré sin resistencia.

-Tu decisión es sabia, pero quizás hubiera sido mejor para tí si hubieras forzado tu muerte. –La boca del soldado se torció en una mueca sádica de alegría significativa mientras obligaba a caminar a su prisionero con la punta de su espada.

Tras un período indiscriminado de marcha por callejuelas furtivas y calles débilmente iluminadas por la luna, la procesión confrontó un enorme serrallo. El área del palacio estaba rodeada de una reja de hierro, con un lujuriante jardín por todos lados.

Dejaron entrar al grupo por la entrada dorada y Grignr fueguiado por un camino de piedra bordeado de lozana vegetación lujuriantemente remarcada por los vacilantes rayos de la luna. Tras llegar al palacio hicieron pasar al grupo, y tras varios minutos de explicación, los llevaron por diversos pasillos en zigzag hasta una cámara ricamente tapizada.

Enfrentado al grupo había un hombre bajo y rechoncho sentado en un trono dorado. Tapices de seda azul real ricamente colgada cubrían todas las paredes de la cámara, mientras que los escalones que llevaban al trono estaban forrados de marfil blanco brillante. El hombre del trono tenía a una furcia desnuda sentada en cada brazo, y un consejero de confianza sentado en su espalda. En cada esqwina de la sala había un guardia en posición de firmes, con picas enhiestas agarradas en las manos, cotas de mallas doradas adornando sus torosos y yelmos barrados que emitían plumas escarlata que envolvían sus cabezas. El hombre se alzó desde su trono al pederastal que le rodeaba. Un lujoso manto turqueso colgaba suelto de su cuerpo bulgar.

Los soldados que rodeaban a Grignr cayeron de rodillas con las cabezas inclinadas hasta la albañilería de piedra del suelo en temerosa dignidad de su señor, sobarano.

-¡Explicad el propósito de esta intrusión en mi château!

-Vuestra sirenidad, resplendente de noble grandeza, hemos traído a este paleto ante vos (el soldado señaló a Grignr) para compensar o vuestra sabidería omnisapiente en un juicio sobre su destino.

-¡De rodillas, miserable, y rinde homenaje a tu soberano! –ordenó a Grignr el noble regordete.

-¡Por la barba hosca de Mrifk, Grignr no se arrodilla ante nadie! –gruñó el enorme bárbaro.

-¡Te atreves a blasfemar así ante mí! Desde luego eres valiente, forastero, pero tu valor huele a estupidez.

-Y yo creo que tú eres el único estúpido aquí, sentado en tu trono pomposo, mejorando los rollos de tocino de tu tripa en medio de tanto lujo elaboradoy… —el soldado junto a Grignr le pegó violentamente en la cara con el plano de la espada, cortando sus duras palabras y haciendo caer su aporreado yelmo sobre el enladrillado con un tañido y un eco.

Súbitamente la cara redonda y carrilluda del noble panzón se ruborizó pálida, y luego se iluminó pastosa hasta un lustroso rojo cereza radiante. Sus labios temblaron de rabia maliciosa, mientras emitía un galimatías sibilante ahogado. Sus grasas se estremecieron como un barreño de gelatina volcado, y luego se comprimieron cuando encogió la tripa intentando esconder su blandura.

El príncipe recobró su sangre frita y habló a los soldados que rodeaban a Grignr, su cara conformada en una fea expresión de humor sádico.

-Llevaos a este hereje maleducado a la bóveda del penar, y aseguraos de que su agonía sea larga y prolongada antes de que la muerte lo libere.

-Como deseéis, sire, vuestra orden será seguida inmediatamente, –dijo el soldado a la derecha de Grignr mientras miraba a la cara aparentemente impávida del bárbaro.

El consejero sentado en la espalda del noble se levantó lentamente y avanzó al lado de su amo, indicando con un gesto a las furcias que a había a su lado sentadas para que se eliminaran. Bajó la cabeza y susurró al noble.

-Eminencia, el castigo que habéis decretado causará gran sufrimiento a esta escoria, pero durará poco y le dejará ir a una tierra más allá de los sufrimientos del cuerpo humano. Por qué no ablandarle en uno de los calabozos inferiores durante unos días y luego enviarle a trabajos forzados de por vida a una de vuestras minas subterráneas. Para alguien como él, una vida en el encierro de los pozos estigios será un tormento infinitamente más apropiado y duradero.

El noble acunó su colgante papada en los pliegues de su rebosante palma, meditando un momento sobre la racionalidad de las palabras del ministro, alzó sus peludas cejas castañas y se giró hacia el consejero con los ojos brillantes.

-…Como siempre, Agafnd, hablas con gran sabiduría. Tus palabras resuenan con gran conocimiento respecto a la naturaleza de alguien como él –dijo, el rey. El noble se giró hacia el prisionero con un brillo notable reflejado en sus ojos de rana, y sus labios contorsionados en una sonrisa grasienta. –He decidido anular mi decreto anterior. El prisionero será llevado a uno de los calabozos subterráneos de palacio. Allí se quedará hasta que haya decidido que se ha ablandado bastante, y entonces se le permitirá pasar el resto de sus días trabajando en una de mis minas.

Oyendo esto, Grignr comprendió que su destino era mucho menos piadoso que la muerte para alguien como él, acostumbrado a vagabundear por el campo a voluntad. Una vida de confinamiento sería más que lo que su mente y su cuerpo podrían resistir. Ese tipo de vida sería inconmensurablemente peor que la muerte.

-Nunca entenderé vuestra retorcida civilización. ¡Simplemente defiendo mi honor y me condena a encierro de por vida un cerdo que se sienta en su real culo cortejando putas, y que nada sabe de los asuntos del país que se imagina gobernar! –Sermonea Grignr?

-¡Basta! ¡Lleváos a este putón antes de que pierda el control!

Viendo el peligro de su posición, Grignr buscó una apertura. Lanzando la prudencia a Eolo, embistió contra el soldado a su izquierda cogiéndole la espada, y saltando al pederastal que sostenía al príncipe antes de que los sorprendidos guardias pudieran recuperar su compostura. Agafnd saltó Grignr y su señor, pero encontró la hoja de una espada que permeó la longitud de sus costillas antes de que pudiera libertar su arma.

El consejero cayó de rodillas mientras Grignr extraía su hoja carmesí del tórax de Agafnd. El gordo príncipe permaneció de pie, ondulante, con un miedo insuperable ante el filo del cometa de ardiente melena, con sus rollos de grasa gelatinosa pulsando aquí y allá agitados en fluído terror.

-¿Dónde están ahora vuestro poder y sabiduría, magjestad? –gruñó Grignr.

El príncipe se puso rígido cuando Grignr le discernió morando sobre su hombro. Se guró para observar la causa de la atención del noble, alzó la espada sobre su cabeza, y se preparó para descargar un peligroso tajo descendiente, pero no pudo pues el asta de una pica ribeteada de acero se encontró con su cráneo desprotegido. Entonces, negrura y soledad. Silencio envolvente y paz eterna reino suprema.

-¡Ante mí, bufón! ¡Ante mí como siempre! Ja, Ja Ja, Jaaaa…, –se carcajeó noblemente.


- 3 -

La conciencia volvió a Grignr en estanques estigmáticos mientras su mente se libraba gradualmente de las telarañas que ocupaban sus rincones más íntimos, pero la nube estigia de ébano acarbonado permanecía. Un escudo incompatible de negrura, mejorado por la lúgubre aucencia de sonido.

El cerebro aturdido de Grignr estaba sacudido por el choque del golpe que había recibido en la base del cráneo. Lentamente los acontecimientos que le habían llevado a este atolladero se filtraron de vuelta hasta él. Debatió con la noción de que estaba muerto y había descendido o se había hundido, una cosa o la otra, a la tierra en sombras más allá de la la aparatura de la tumba, pero rechazó esta hipótesis cuando su memoría cribó de vuelta a su alcance. Este no era el país de los muertos, era algo infinitamente más precario que cualquier oferta de la tumba. La muerte prometía una infinidad de paz, no la miseria finita de una vida inactiva de tortura confinada, por siempre oculta a los haces portadores de vida del amado sol naciente. El orbe que hasta entonces había dado por supuesto, pero que ahora deseaba más que ninguna otra cosa. Verse negado para siempre nuevos vistazos de las cumbres nevadas del país que lo vió nacer, nunca poder experimentar la emoción de saquear tierras sin explorar más allá de la cresta de un horizonte ensangrentado, y quizá lo peor de todo la negativa a volver a encontrar la lujuriante excitación de acariciar las curvas desnudas del cuerpo de una flexible y goven furcia.

Este era sin duda uno de los ocultos pozos del Infierno escondidos en las profundidades íntimas del despreciable interior del palacio. Una cámara de temible ébano diseñada para llevar a los bordes de la locura las mentes de los desgraciadamente condenados, a través de la inepta soledad de un limbo de silencio fatal e inapetente.


-3 ½-

Un apretado círculo elíptico de antorchas enviaba sus temblorosos haces danzando mórbidamente sobre la lisa superficie de un haltar rectangular y bordeado. Formas expertamente cinceladas de gárgolas grotescas gratificaban el borde oblicuo que protuberaba a todo lo largo del terrible orificio de la muerte, por siempre mirando hacia adelante en la nada y en completa ignorancia de los ritos sangrientos que tenían lugar en su presencia. Manchas marrones desconchadas decoraban la superficie dorada del borde que rodeaba el haltar, que se inclinaba hacia una pequeña ranura en la esquina inferior derecha del altar. La ranura estaba situada sobre un barreño bastamente conformado que tenía varios cálices de malla de plata suspendidos de los lados. Colgaba delborde un mazo dorado, cuyo mango estaba grabado con imágenes de caras contorsionadas y marcado con surcos en su extremo para poder cogerlo mejor. La cabeza del mazo era algo mayor que un puño cerrado y tenía la forma de una masa lisa ovoide.

Circundando el altar de mármol había una congregación de chamanes obscenos. Cantos misteriosos de eras olvidadas, cuyo origen se remontaba a eones desconocidos de antes de la memoria del hombre, estaban siendo pronunciados desde los rincones enterrados de los profundos plumones de los acólitos. Las coronillas de los arrugados y afeitados cueros cabelludos de lis Sacerdotes estaban pringados con glóbulos generosos de pintura naranja, mientras anillos dorados se proyectaban desde los lóbulos de sus rosadas orejas. Ornados mantos de lugoso satén púrpura encerraban sus torsos orondos, atados alrededor de sus cinturas con riendas de seda plateada sujetas con medallones de ébano en forma de cráneos deformes y misántropos. Colgando del cuello llevaban medallones de froma ovalada sujetos por delgadas cadenas doradas que en sus centros mostraban robíes rojo sangre que parecían fetiches oculares carmesí. Sus pies desnudos estaban cubiertos por zapatillas de grueso fieltro rojo con pinchos dorados que se proyectaban desde la punta.

Situado frente al altar, y directamente adyacente al barreño de cobre había un enorme ídolo de jade; un busto odioso y deformo de la deidad pagana de los chamanes. El ídolo verde brillante estaba colocado en postura sedente sobre un trono dorado y lleno de grabados alzado sobre un pederastal redondo y chapado en marfol; su brazos hinchados y manos palmeadas descansaban en los brazos acolchados de su sillon. Su cabeza estaba rodeada de anillos serpentinos que colgaban sobre sus orejas oblongas, que se afilaban hasta acabar en puntas huecas. Su nariz era una masa informe y triangular, hundida a los lados con enormes agujeros tirantes. Dramática, bajo las narices, había una boca contorsionada, de labios peludos, que transmitía la impresión de una mueca sádica y bebeante.

Al pie de la deidad pagana había una hembra delgada y pálida, desnuda excepto por un arnés dorado y enjoyado que cubría sus enormes y extruídos pechos, soportando largos lacitos de plata que le llegaban a la ingle, de pie frente al campo blanco perla con escalofríos notables que viajaban arriba y abajo a todo lo largo de su cuerpo exquisitamente moldeado. Sus labios delicados temblaban bajo unas manos suaves y estrechas mientras intentaba esconderse de la mirada penetrante del ídolo ambivalente.

Mirándola directamente estaba la cara pétra y ciclópea de la hinchada deidad. En una única órbita oblinga brillaba una centelleante y multifocética esmeralda escarlata, una gema brillante que parecía poseer vida propia. Una piedra luminosa e invaluable, capaz de dominar la economía de un imperio conquistador… El ojo de Argón.


- 4 -

Todo conocimiento de la medida del tiempo había abandonado a Grignr. Cuando a una persona le quitan el sol, la luna y las estrellas, pierde todo concepto del tiempo tal y como antes lo comprendía. Parecía como si hubieran pasado años, si el tiempo lo hubieran estado midiendo en términos de miseria y angustia mental, pero estimó que su estancia había sido de tan sólo unos pocos días. Ha dormido tres veces y le habían dado de comer cinco veces desde su despertar en la cripta. Sin embargo, cuando los actos del cuerpo se ven restringidos sus necesidades también se ven afectadas. Los requisitos de nutrición y sopor son directamente proporcionales a las funciones que el cuerpo ha realizado, de forma que si un Grignr libre y activo puede tener hambre cada seis horas y contemplar un deseo de dormir cada quince, en su presente condición puede encontrar la necesidad de comer cada diez horas, y la de dormir cada veinte. Todos los métodos de los que antes dependía se habían extinguido en este pozo miserable. Por consiguiente, podía haber sido prisionero durante diez minutos o diez años, no lo sabía, y ello resultó en una emoción descorazonadora en lo más profundo de su ser.

La comida, si es que las masas mohosas de gachas fétidas podían verse honradas hasta tal punto, se la traían dos guardias que abrían un portal en lo más alto de su celda y se la tiraban en boles de madera, recuperando los bolos de agua y alimento de su comida anterior al mismo tiempo, tras lo cual volvían a echar los cerrojos del pestillo de hierro y regresaban a sus deberes. Como no tenía otro medio de nutrirse, Grignr se veía obligado a comer el bodrio contaminado para evitar las dolores del hambre, aunque, mientras se lo metía en la boca con sus dedos sucios y se forzaba a hacerlo pasar por su garganta, imaginaba que era lo que los perros de guardia de los diversos segmentos del palacio habían rechazado.

Había poco en su celda bacía que pudiera ocupar su cuerpo o su mente. Había medido el largo y el ancho de su encierro con sus pasos una y otra vez, y comprobado todas las losas de granito que conformaban las paredes de la prisión con loa esperanza de encontrar un pasaje oculto que le llevara a la libertad, todo lo cual fue inútil a menos que no fuera para mantenerle ocupado y distraer su mente de pensamientos que le llevaran a imaginarse lo que el creía que iba a ser su futuro. Había memorizado el número de pasos que había de un extremo a otro de la celda, y sabía el número exacto de losas que formaban el terrible calabozo. Numorosos planes fueron introducidos y subsecuentemente descartados cuando le socorrieron proporcionándole medios de escape que no garantizaban ni la menor probabilidad de éxito.

La angustia aumentaba a medida que sus medios de entretenimiento se veían agotados rápidamente. De pronto, y sin tiempo, se viodistraido de sus contemplaciones al detectar un débil ruido de rascaduras en el extremo opuesto de la cripta. El sonido parecía producido por algo que estaba intentando arañar los bloques de grantito de los que estaba formado el suelo, el ruido arenoso de algo como las garras de un animal.

Grignr palpó su camino gradualmente hasta el otro extremo de la bóveda, buscando su camino con cuidado poniendo las manos por delante. Cuando llegó a pocos centímetros de la pared, un chillido ruidoso y penetrante, y el ruido de patitas que salían corriendo reverberó en las paredes de la cámara toscamente tallada.

Grignr se echó las manos a la cara para protegerse y se lanzó hacia atrás sobre tu trasero. Una forma peluda saltó sobre su hirsuto pecho, enterrando sus garras en su carne mientras sus dientes blancos mordían el aire hacia su garganta;su aliento agrio y fétido qwemaba las dilatadas narices del combulso bárbaro. Grignr luchó con los enérgicos músculos flexores del cuerpo repugnante de una emorme rata amaronada, tratando de mantener sus dientes como navajas alejados de su jugosa yugular, mientras sus grisáceos y saltones órganos de la vista estaban fijos en las ardientes esmeraldas de su presa.

Sujetando al roedor por su delgado y rugiente estómago con ambas manos Grignr se lo arrancó de su desgarrado y carmesí pecho, sacando pequeños pedazos de carne despellejada de su tórax en el movimiento entre las escuálidas garras negras de la bestia famélica. Sujetando al roedor con los brazos estirados, colocó su manodiestra sobre su cara efervescente, contrayendo sus dedos en un puño cual tornillo sobre la cabeza temblorosa. Manteniendo a la rata sujeta, grignr flexionó sus brazos estirados mientras giraba lentamente su mano derecha en el sentido de las agujas del reloj y su meno izquierda en el sentido contrario. El roedor soltó un chillida torturado, haciendo correr lo escarlata cuando hundió violentamente sus colmillos espumosos en la palma sudorosa del bárbaro, provocando que su cara se contorsionara en una horrible mueca mientras maldecía por lo vajo.

Con un gran crujido la cabeza roedoril se separó de su tembloroso torso, lanzando un chorro de vísceras carmesíes, y dejando un rastro pegajoso de vértebras separadas, tráquea partida, esófago y yugular, hueso hioide dislocado, pellejo purpúreo estirado y vil, y músculos plenos de sangre.

Tirando el cuerpo roto al suelo, Grignr sacudió sus manos cubiertas de sangre y las limpió contra su muslo hasta secarlas, luego se secó la sangre que le había salpicado la cara desde los ojos. Sentándose otra vez en el suelo irregular, se preparó para reparar sus melancólicas meditaciones. Se dijo que mientras el vendaval de la vida soplara por sus pulmones, aún no se había perdido la esperanza; se dijo eso, pero le costó comprenderlo dado su tétrico entorno. Pero aún estaba vivo, sus visibles tendones al máximo de la maravilla, su mente luchando y flotando en un pantanal de impresionante excelencia de pensamiento. Un plan tras otro pasaba por su mente en energética contemplación.

Y entonces le vino. No sabía si habían pasado minutos o días de pensamiento solitario, pero al final se topó con un plan que consideró que tenía un ligero margen de plausibilidad.

Podía morir en el intento, pero sabía que no se rendiría sin una última lucha sangrienta. No era un plan infalible, pero generó una reserva de renovada energía turbulenta en su alma sobreexcitada, aunque podría perecer en la ejecución de su huída, aún así huiría de la vida de tormento infinito quele esperaba. En cualquier caso no le daría al orgulloso príncipe la socorrida venganza que su mente sádica tanto deseaba.

Los guardias pronto vendrían para llevarle a las temibles minas subterráneas del príncipe, dándole la deseada oportunidad de ejecutar su plan recién formulado. Tanteando el basto suelo Grignr finalmente halló su herramienta en un charco de sangre coagulada; el cadáver del roedor decapitado; la herramienta que había producido la misma cochambre ha la que le habían, sentenciado. Cuando llegara el momento de actuar tendría que estar preparado, así que se preparó a descuartizar la masa pegajosa en terrible silencio, buscando al tacto la palanca que le libertaría.


- 5 -

-Al altar y acabando, furcia; –orden­ó un cham­án tembloroso mientras le daba a la hembra una dura mirada acompañada de unos labios arrugados en una alegre sonrisa de placer.

La chica empezó a sollozar lenta y constantemente, inclinándose agitada sobre sus rodillas y apartándose penosamente del sacerdote con ambos brazos enroscados cual serpientes alrededor de la espinilla de jade jade que se alzaba ante su figura apenas vestida. Su cara estaba inflamada y roja por el salado flujo de lágrimas que chorreaba de sus ojos vidriosamente dilatados.

Con pasos cortos y pesados el sacerdote se acercó a la hembra, sin desviar su mirada penetrante de sus temblorosas y juveniles facciones. Parándose ante la aterrorizada chica proyectó su brazo hacia fuera y le hizo un gesto para que se levantara con un movimiento ascendente de su mano. los gemidos de la chica aumentaron ligeramente y se hundió más hacia el suelo en vez de ascender. Las antorchas vacilantes perfilaron su atlético cuerpo con un brillo extrañamente ornado mientras lanzaba una sombra fantasmal que bailaba en horrendas olas de esplendor sobre la pulida y desgastada blancura del altar marmóreamente esculpido.

Los labios del chamán se arrugaron aún más atrás, exponiendo una serie de molares ennegrecidos y putrefactos que transformaron su perezosa sonrisa en un amplio y grasiento arco de sádica alegría y alternativamente interpuso en la hembra una fuerte sensación de náusea que revolvía el estómago.

-Como desees, hembra; –fanfarroneó el aumentado sacerdote mientras se doblaba por la cintura, proyectando sus simiescos brazos hacia delante, y agarró los delgados brazos de la hembra con sus puños redondos y peludos. Con un impulso hacia adentro de sus bíceps hizo que la chica temblorosa se incorporara brutalmente y ahogó sus mejillas húmedas y saladas con el toque mohoso de sus labios rojos, apagados y decrépidos.

El hedor vil del cálido aliendo fétido del chamán a brumó a la hembra nauseosa con un mareo profundo que partía el alma, haciéndola echar la cabeza hacia atrás y regurgitar un chorro pegajoso y creciente de plasta blanconaranja sobre la túnica púrpura ricamente tejida del acólito entusiasmado.

Los labios del sacerdote temblaron de rabia maliciosa mientras separaba sus garras encallecidas de los brazos de la chica y las reemplazaba con el alrededor de su cuello ondulante, sacudiéndola violentamente de acá para allá.

La chica boqueó un quejido torturado desde sus pulmones bloqueados, sus ojos azul mar saltando de sus húmedas órbitas. Doblando su pie derecho hacia atrás, lo disparó desesperadamente hacia fuera con la fuerza de un demonio poseso, alojando su pie ensandaliado directamente entre los testículos del chamán.

El sorprendido sacerdote soltó su aplastante presa, arrugando su cuerpo por la cintura supervisando su tripa introspectivamente; abierto de par en par cual abismo sin fondo. Su cara se ruborizó con un matiz de carmesí rojo-rosado, los párpados aleteando al máximo con los ojos protuberando ciegamente desde sus órbitas hasta sus perímetros extremos, mientras sus labios temblaban sin control para permitir que una convulsión agónica surgiera mientras su aliento escapaba desde sus pulmones en llamas. Sus manos bajaron para sujetar su glándula urinaria mientras sus rodillas se tambaleaban rápidamente durante unos segundos y luego se derrumbaban, haciendo que el chamán fracturado cayera al pavimento de granito en una masa ovoide que giraba indefensa en su agonía.

Los aullidos patéticos del chamán que se arrastraba en su triste miseria sobre el pavimento de granito hecho a mano y pulido tras innumerables horas de arduo sudor y trabajo, con icor que fluía de entre sus manos apretadas, atrajo la atención purturbada de sus camaradas de entre sus fétidas lulaciones. Las acciones de esta furcia rebelde expresaban definitivamente un sacriligio inaudito. Nunca antes en un laberinto perdido de eones sin nombre se había atrevido una elegida a demostrar semejante blasfemia en la cara de la deidad idólica del culto.

La chica se hizo un ovillo de terror irracional, indefensa ante la rabia de los acólitos blasonados; su cara tachonada de orquídeas apretada entre sus hinchados senos mientras cerraba fuertemente sus curvas pestanas esperando abrirlas y encontrarse a sí misma despertando de una pesadilla mórbida. pero la mano del destino no le decretó tal merced, pues la antagónica jauría de chamanes lujuriosos que convergía tensa sobre su forma postrada estaba totalmente entrelazada con la terrible red de la realidad.

Temblando bajo el húmedo toque de los chamanes que luchaban con su flexible forma, con manos que tiraban de sus delgados brazos y piernas en todas direcciones, su cuerpo desnudo siendo molestado en mitad de un laberinto de manchas anaranjadas, satin púrpura y cráneos destrozados, ensombrecido todo por un tétrico brillo carmesí; su cabeza confusa giró y se sumergió en una niebla de ébano envolvente mientras caía bajo la sábana protectora de la inconsciencia, hacia una tierra pocífica y resignada.


- 6 -

-Coge esta cuerda –dijo el primer soldado, -y sal de tu agujero, putón. Se requiere tu presencia en un infierno aún más profundo.

Grignr se llevó la mano derecha a la ingle, escondiendo un pequeño objeto opaco entre los pliegues del tanga que llevaba alrededor de su cintura. Pozos de salmuera crecían en los ojos de jade bizqueantes y fríos de Grignr, que, acostumbrados a la penumbra de los pozos estigios de ébano que le rodeaban, se veían cegados y abrumados por la vacilante brillantez que lanzaba la antorcha de resina del segundo soldado.

Fuertemente sujeta por la mano derecha del segundo soldado, frente a la antorcha intermitente, había una enorme hacha de doble filo, con un gran manjo de roble liado con cuero que traspasaba el centro de la hoja de hierro del arma. Adornando el torso de ambos centinelas habían albardas delgadas pero resistentes, cuyas pecheras estaban tejidas con apretadas hebras trenzadas con plata reforzada. Los pies de los soldados estaban cubiertos por sandalias de grueso cuero, que subían por sus espinillas hasta cinco centímetros por debajo de las rodillas. Sus cinturas estaban envueltas con fajas de satén, con delgados puñales que de ellas colgaban, cuyas empuñaduras estaban incrustadas con gemas escarlata. En las coronillas de sus cabezas, y llegando hasta la mitad de sus frentes, había pulidos morriones de cobre. Pinchos de plata cortos y que apuntaban hacia arriba adornaban la parte infoerior de cada yelmo en espiral, mientras que un bulto dorado subía por la parte superior de cada uno. Bajo la barbilla, alrededor del cuello, y cubriendo los hombros colgaban capas de satín color púrpura real, que fluían hasta la mitad de los pies de los soldados.

mano sobre mano, con los pies apoyados contra las humedas paredes de su encierro, el enorme Grignr ascendió desde las mohosas pofundidades del abismo perdido. Sus miembros hinchados, tiesos debidos al aburrimiento de una inactividad intemporal, combinada con la asmosfera cargada y las protuberacias del granito irregular contra su cuerpo, deseaban acción. La oportunidad se presentaba de aceitar sus articulaciones oxidadas, y de aguzar sus sentidos embotados.

Se preparó, encarando al segundo soldado. La estatura del centinela se veía grandemente exagerada bajo el brillo falaz del vacilante farol en su puño derecho. Sus ojos estaban abiertos de par en par con atención vidriosa, aumentada en siniestra intensidad por su nariz de halcón yla palidez amarillenta de sus mejillas.

-Las manos a la espalda –dijo el segundo soldado mientras levantaba el hacha sobre su hombro derecho mirándola dubitativo. –Vamos a atarte las muñecas para impedir que te escapes. Asegúrate de que el nudo sea fuerte, Broig, no queremos que nuestro huésped se quede sin nuestra guía.

Broig cogió la muñeca izquierda de Grignr y fue a por la muñeca derecha del bárbaro. Grignr soltó su brazo derecho y se girró para enfrentarse a Broig, metien la mano derecha bajo su taparrabos. El centinela echó mano a su faja para desenvainar la daga, pero retrocedió sin llegar a sus intenciones cuando el brazo derecho de Grignr barrió su laringe. El soldado quedó laxo, con los ojos saltando y rodando tras sus párpados convulsos, y un profundo verdugón en la garganta lacerada. Sin quedarse a observar el resultado de sus esfuerzos, Grignr se dejó caer de rodillas. El hacha del segundo soldado cortó el aire sobre la cabeza de Grignr con llamaredas de ferocidad plateada, cortando varios rizos escarlata de su cabellera. Deteniéndose en el estómago de su compañero, la hoja de hierro arrasó la cota de malla y la carne, esparciendo un torrente de entrañas encarnecidas sobre el pavimento de granito.

Antes de que el centinela pudiera extraer el hacha del cadáver de su camarada, se topó con las enormes manos de Grignr pegadas a su garganta, arrancando la vida de sus pulmones atascados. Con un gruñido dedicado, el Ecordión flexionó sus bíceps ampliamente cordados, obligando a caer de rodillas al soldado de severa faz. El centinela hundió su puño derecho en la cara de Grignr, hundiendo sus sucias uñas en la carne del bárbaro. Expulsando una maldición de entre sus crujientes muelas, grignr echó todo su peso hacia ademante, lanzando al soldado asediado sobre su espalda. Los brazos del centinela se derrumbaron sobre su ingle; ojos saltones mirando ciegos desde una cara hinchada rojo cereza.

Poniéndose de pie, Grignr se sacudió la sangre de los ojos, agitando su melena roja y hosca cual incendio forestal mecido por la brisa nocturna. Inclinándose sobre el cadáver esp esparcido del primer soldado, Grignr recogió un pequeño objeto blanco de un charco de sangre a medio coagular. Bufando alegremente, volvió a esconder el objeto bajo su taparrabos; la pelvis tediosamente afilada del roedor roto. Dirigiendo su atención al segundo soldado, Grignr se puso a la tarea de cubrir sus miembros. Para moverse libremente por los tenebrosos pasillos del castillo, le sería necesario llevar el grotesco uniforme de sus mercenarios.

Usando el silencio y la cautela adquiridos durante las salvajes escaladas de su infancia, Grignr se mueve furtivamente por pasillos retorcidos, y escaleras de caracol, iluminando su camino con la antorcha que confiscó al guarda eliminado. Sabiendo donde le llevan sus pasos, Grignr camina sin rumbo en busca de una salida que le saque de los confines umbrosos del castillo. La sangre indómita que corre por sus venas sueña con la libertad impoluta de las lívidas tierras salvajes.

Llegado a una bifurcación en el pasillo por el que biajaba, voces acompañadas de pasos metálicos llegaron a sus sensibles oídos desde el corredor izquierdo. Deseoso de evitar contactos, Grignr se lanzó por el derecho. Si le cuestionaran por su presencia, su acento bárbaro revelaría su identidad, aparte de que su uniforme no era el de los mercenarios del castillo.

En duro silencio Grignr caminó por el corredor apenas iluminado; una pantera acechante que se adentraba cuidadosa sobre pies acolchados. Tras un período interminable de vagar por aburridos pasillos, sin nada que rompiera la monotonía de las frías y grises paredes, Grignr descubrió una pequeña escalera en espiral. Bajando por las arqueadas losas de granito hacia su trasero, Grignr se enfrentó a un corto paseillo que le llevaba hacia un gran portal de madera.

Deteniéndose ante el inminente portal portal, Grignr colocas su velluda cabeza de lado contra la barrera. Detectando sólo silencio en el interior, agarró el aro metélico que había en la puerta; sus brazos brotaron con el esfuerzo tremendo de unos músculos sobrehumanos, pero la puerta no se movió. Recuperando el hacha de donde la había dejado, bajo su faja, la levantó en sus poderosas manos con un gruñido antropoide, y hundiendo el filo ennegrecido en el hueco entre el portal y el marco metálico. Apoyando su pie derecho calzado con sandalia contra la ruda pared, los dientes apretados, Grignr apolancó el astil de roble, usándolo como herramienta con la que abrir la barrera. La empuñadura envuelta en cuero se combó hasta el límite, pero el enorme portal acabó abriéndose con el crujido de un cerrojo roto y bisagras oxidadas.

Contemplando la sala polvorienta bajo el brillo melancólico de su vacilante farol, Grignr observó evidencias de que el lugar no era sino un almacén olvidado. Diversos artículos necesarios para el mantenimiento de un castillo estaban amontonados en pilas caóticas a intervalos infrecuentes contra la pared opuesta a la mirta los ada penetrante del bárbaro. Utilizando pasos largos y saltarines, Grignr se dirigió hasta los montones de suministros para ver si contenían en su interior algún artículo de valor.

Detectando un débil crujido metálico, Grignr se lanzó hacia la izquierda con la velocidad de una cobra que ataca, aterrizando brutalmente sobre su espalda; hacha y antorcha aterrizando en un pantano de chispas y llama. Un panel de olmo había saltado desde el suelo, cayendo contra el suelo roto en una lluvia de chispas naranjas y amarillas que rociaron la cara sorprendida de Grignr. Poniéndose vacilantemente de pie, el Ecordión, medio atontado, miró el horripilante brazo mortal que había activado sin proponérselo. –Mrifk!

Si no hubiera sido por sus excelentes órganos de audición y sus reflejos rápidos como el acero, Grignr estaría ahora tanteando su camino por los pozos oscuros de la Parca. Se había topado con una trampa antigua y olvidada; un error que habría hecho problemática la longevidad de alguien menos ágil que él. Un mecanismo, similar en tipo al de una catapulta en miniatura estaba escondido entre dos secciones del suelo de granito. El brazo del dispositivo medía cuatro pies de largo, y disfrutaba de clavos afilados como cuchillas a intervalos regulares por toda su superficie con los que empalar el cuerpo infortunado de su supuesta víctima. Grignr había pisado el dispositivo escondido que soltaba un pequeño cerrojo metálico bajo las dos secciones de granito, haciéndolas caer hacia dentro, y así soltando el brazo de muerte que sujetaban.

En parte por curiosidad, y en parte por un temor desordenado a acabar hecho un alfiletero en caso de que hubiera una segunda trampa, Grignr metió la antorcha en el hueco del suelo. El brillo reveló el suelo de una segunda cámara, siete pies por debajo. Tirando la antorcha por la apertura, Grignr agarró el lateral de una losa adyacente, dejándose caer.

Mirando a su alrededor, Grignr descubrió que había descendido al mausoleo de palacio. Criptas rectangulares de piedra ocupaban el suelo a intervalos regulares. Las partes superiores de las mismas estaban cubiertas con gruesas capas de oro virgen, mientras que los lados estaban chapados de marfil blanco; en tiempos brillante, pero ahora mustio y mohoso con el paso de los rayos de la omniocupante madre tiempo. En la cabeza de cada sarcófago, en plata empañada, se veía una carósime escultura de su putrefacto habitante.

Una atmósfera pesada pervadía el aire de la cámara el cual, sellado en el lugar durante un período de tiempo desconocido, se había vuelto cargado y maloliente. Interpuesto entre la brisa paralizada estaba el hedor repugnante de la carne que lentamente se enmohecía, y que se esparcía lenta pero constantemente a través de ínfimas grietas en las numerosas criptas. Como los cadáveres estaban embalsamados, se descomponían mucho más despacio de lo normal, pero el olor nauseabundo no era menos repelente.

Alzándose sobre la cabeza de Grignr estaba la trampa que había activado. El mecanismo de la catapulta en miniatura estaba cubierto de moho y telarañas, pero a pesar de todas esas reliquias de la antigüedad, su eficacia permanecía indestructible. A la derecha de la trampa había una pequeña escalera que llevaba a una hornacina en el techo; una entrada escondida al mausoleo del que la catapulta era guardián silencioso e incansable.

Trepando por el lateral del mecanismo, Grignr se puso a la tarea de volver a dejarlo armado. En c caso de que organizaran una búsqueda, convendría no dejar evidencias de su presencia a ojos vagabundos. Además, podría servir para reducir el tamaño de una fuerza enemiga.

Bajando de su atalaya, Grignr se vió sorprendido por un débil grito ahogado de desesperación horrorizada. Su pelo entró en erección en grupos desorganizados por todo su cuero cabelludo. Mientras un frío le bailaba por toda la médula espinal. Ninguna barrera moral/mortal, humana o de otro tipo, era capaz de excitar la paralizante sensación de miedo en el alma ardiente de Grignr. Pero se veía domeñado por las fuerzas del temor instintivo del bárbaro ante lo sobrenatural. Sus tendones poderosos siempre le habían ayudado a dominar cualquier enemigo tangible., pero lo intangible era algo distante y terrible. Historias oscuras y aterradoras que pasaban de boca a boca sobre las fogatas de los campamentos y los odres de vino más de una vez habían conseguido helar hasta el centro la médula de sus huesos duros y cimbreños.

Y sin embargo ese grito parecía tener una cualidad extrañamente humana, no como lo que Grignr imaginaba que podría provenir de los pulmones de un demonio o un espíritu, haciendo que Grignr se acercara con pasos cortos y nerviosos hacia el sarcófago del que emanaba el sonido. Apretando los dientes en un intento de calmar sus nervios excitados, Grignr corrió la losa grabada de la cripta con un agudo chirrido de piedra sobre piedra. Otro largo grito de angustia infestada de terror recibió al bárbaro, amañando su mente como el aullido agudo de una banshea demente; atravesando las fibras más íntimas de su supersticioso cerebro con asombro y miedo miedo primitivos.

Inclinándose para curiosear los contenidos de la tumba, la nariz del brillante Ecordión se vio incinerada por el devastador aroma de un cadáver putrefacto, tiempo ha encerrado y fermentando; el mismo olor pútrido que permeaba toda la sala, aunque multiplicado en una dosis mucho más concentrada. El saco arrugado y correoso de huesos polvorientos y carne reseca no ofreció resistencia; permaneció en su actitud de perpetuo centinela, vigilando su oscura morada con órbitas vacías.

¡Los gritos torturados no provenían de la tumba, sino de alguna oculta profundidad inferior! Sacando el cadáver pestoso de su lugar de descanso, Grignr lo tiró al suelo en un montón roto y caótico. A un lado del fondo de la cripta había sujeta una serie de minúsculas bisagras que corrían paralelas al lado opuesto de una protuberancia como una barandilla convexa; colocada para que pareciera como si fuera parte de la superficie interior del sarcófago.

Alzando la losa sobre sus bisagras de bronce, desde tiempo ha oculta a las miradas humanas, Grignr percibió una escena que hizo que su sangre hirviera de forma no muy diferente a la de la lava ardiente y fundida. Justo bajo él una hembra gimiente yacía extendida sobre un altar de mármol de pulida superficie. Una jauría de chamanes de faz grasenta se arremolinaba en torno a ella en una apretada formación circular. Acuclillado sobre la chica había un sacerdote alto y barrigudo; su cara dominada por una mueca horrible y boquiabierta de sádica alegría. Suspendido de la apretada mano derecha del acólito había un mazo con una cabeza oval grabada, que agitaba amenazador sobre la cara en sombras de la chica; un galimatías incoherente fluía de sus labios gruesos y sonrientes.

Viéndose ante la curvácea y amorfa hembra estirada ante sus ojos boquiabiertos; con el deseo universal de la naturaleza haciendo una petición de desespero en su alma al rojo blanco; Grignr actuó de la única manera que podía percibir. Soltando un grito de batalla ronco que partía las cuerdas vocales, Grignr se lanzó en mitad de los sorprendidos chamanes; brillante antorcha en la mano izquierda yhacha giratoria en la derecha.

Un sacerdote delgado con la cara como un cráneo que se hallaba del otro lado del altar se echó la mano a la garganta, tosiendo furiosamente en un intento de coger aliento. Tambaleándose de un lado para otro, el acólito cayó de cabeza contra la base de un enorme ídolo de jade. Retorciéndose en agonía contra la imagen odiosa y con los labios cubiertos de espuma, el sacerdote se sacudía indefenso –víctima de un ataque epiléptico.

Sorprendidos por la alucinante aparición del bárbaro, el ataque crónico de su compañero, y el temor de que Grignr fuera la vanguardia de una fuerza dedicada a la causa de la destrucción de su culto degenerado, los shamanes perdieron momentáneamente la compostura. Dejándose llevar por un inconsiderado pandemonium, los sacerdotes fueron presa fácil del arco de muerte carmesí y destrucción avasalladora de Grignr.

El acólito que estaba llevando a cabo el sacrificio se llevó un golpe malévolo en el estómago; sus manos agarraron fútilmente intestinos y columna vertebral mientras se derrumbaba sobre el altar. Los sacerdotes desor anizados se tambaleaban y se derrumbaban con los cráneos partidos, los miembros descuartizados, y las entrañas destripadas ante el ataque imparable del Ecordión rabioso. Los aulidos de los mutilados y los moribundos reverberaban en las paredes de la pequeña sala; un coro de desesperación invernal; con el suelo de granito rojo de sangre. La sala entera estaba cubierta por el calor de la carnicería salvaje mientras Grignr se refocilaba en las garras de una sed de sangre bestial y primitiva.

Al final todo acabó silencioso salvo por los apagados gemidos de los chamanes descendientes y el aliento de Grignr, acompañado de varias maldiciones escogidas. El pozo estaba seco. Ya no quedaban más corderos que sacrificar.

Habiendo desmontado la arrasadora cabalgadura de la muerte de Grignr, ello dejaba al bárbaro libre para explotar otras actividades. Sobre su cabeza se alzaba la imagen deforme de la deidad aborrecible del culto ---Argón. El tamaño fantástico del ídolo considerando que estaba hecho enteramente de jade puro era bastante como para hacer que los sentidos de cualquier hombre se sobresaltaran, pero no era ése el caso para el gigante. apenas había prestado atención a este increíble hecho, fijando todo su interés en la joya que asomaba por la única órbita del ídolo; sus focetas emitían rayos cegadores de belleza hipnótica. Después de todo, un hombre no puede escaparse de un palacio bien custodiado cargando con el intenso peso de una estatua, y eso siempre que pueda levantar el ídolo, lo cual estaba fuera del alcance de los poderes de Grignr. Por otro lado, la joya, gigantesca como era, no presentaría problemas de ningún tipo.

–Ayúdame… Por favor… Puedo hacer que te valga la pena, –gimió una voz débil y cubierta de angustia que subió por los hombros de Grignr mientras arrancaba la apagada esmeralda roja por sus raíces. Girándose, Grignr vio la hembra que le había llevado a ese baño de sangre y a quien prácticamente había olvidado en el calor de la batalla.

–¡Tú! –exclamó el Ecordión con tono complacido. –Pensaba que no volvería a verte después de la taberna, pero en verdad veo que me equivocaba. –Grignr avanzó hacia el abrazo de la mirada acariciante de la hembra, cortando las cadenas doradas que la mantenían cautiva sobre la pulida superficie del altar de caliza ornamental. Mientras Grignr levantaba a la chica del altar, sus brazos se enlazaban diestramente a su cuello; suaves y delicados contra el rudo exterior de Grignr.

–¿Te regocija el que nos hayamos encontrado de nuevo? –Grignr respondió a esta pregunta con un simple gruñido suspirante, devolviendo el abrazo de la damisela cuyos labios delicados cubrió con las rugosas protrusiones de sus fauces malolientes.

–Salgamos de esta cámara maldita –dijo Grignr mientras ponía a la hembra sobre sus pies. La chica se mareó un momento, haciendo que Grignr le diera soporte hasta que pudiera recuperar el equilibrio. –¿Eres capaz de encontrar la salida por los malditos pasillos de este castillo? ¡Mrifk! Todos los corredores de este apestoso lugar son idénticos.

–Sí. Fui eslava durante un tiempo del príncipe Agaphim. Su toque pegajoso me hacía correr un amargo resquemor por todo el vientre, pero mis esfuerzos recibieron recompensa. Conseguí gustarle a ese cerdo, con lo cual me dejó moverme en libertad por el palacio. Así fue como conseguí escapar por la puerta oeste. Su confianza acabó por darle una puñalada en las costillas. –Añadió la muchacha, inconcotrolamente.

–¿Qué hacías en la taberna do te descubrí? –preguntó Grignr mientras levantaba a la chica por la trampilla que llevaba al mausoleo.

–Intentaba esconderme de los guardias de palacio que me estaban buscando. La taberna no era frecuentada por los guardias de palacio y mi identidad era desconocida para los soldados de a pie. Pero el escándalo que causaste provocó que los guardias fueran a la taberna, y se me llevaron poco después de que te trajeran al palacio.

–¿Con qué nombre te conocen, hembra?

–Carthena, hija de Minkardos, duque de Barwego, cuyas tierras lindan con el extremo noroeste de Gorzom. Me dieron como homenaje a Agaphim en su trigésimo octavo aniversario. –Susurró la fémina!

–¡Y me llaman bárbaro! –¡Gruñó Grignr en tono disgustado!

–¡Sí! Nuestra civilización puede llegar a ser retorcida y perversa, pero cómo es que te llaman. –Inquirió, bustosa?

–Grignr de Ecordia.

–Ah, he oído hablar vagamente de Ecordia. Es el país montañoso al este del Imperio Norgoliano. He oído a Agaphim maldecir a tu país más de una vez cuando sus tropas se veían derrotadas en montañas y gargantas desconocidas.

–Sí. Mi pueblo no está viciado por lujos y abalorios inútiles. Permanecen fieros e inconquistables en sus climas nativos. –Tras llegar al panel oculto al final de la escalinata, Grignr se vió incapaz de hacerlo funcionar. ¡Sus más feroces tirones eran como piedrecillas contra bruñida armadura! Carthena apretó un pequeño símbolo incluído entre la elaborada decoración del panel, traslo cual se deslizó lentamente en un hueco de la pared.

–¿Cómo acabaste en manos de esos chamanes locos? –Inquirió Grignr mientras llevaba a Carthena entre las pilas de basura a la izquierda de la trampa.

–Por orden de Agaphim me arrojaron en una celda escondida para esperar a que pasara sentencia. De algún modo los sacerdotes de Argón se hicieron con las llaves. Mataron al guardia que estaba sobre mí y me raptaron hasta la sala en la que te encontraste con ese sacrificio demoncio. Su culto infernal exige un sacrificio cada tres lunas en cada revolución por los cielos. Se vieron sorprendidos por tu aparición no anunciada por miedo de que Agaphim te hubiera enviado. El príncipe los habría enviado a las torturas más espantosas si hubiera descubierto su infidelidad a Sargón, su deidad bastarda. Muchos de los participantes del ritual eran altos nobles y grandes consejeros del palacio interior; la ira despiadada de Agaphim no habría tenido paralelo.

–¡Ya no tienen nada que temer de Agaphim! –Aulló Grignr en un profundo tono de regocijo; una mueca alegre sobre su cara. –Ya me he encargado de que se libren de su venganza.

Alucinado por el grácil andar y conversación de Carthena Grignr no tomó nota de los pasos que se acercaban rápidamente tras él. Cuando echaba a un lado el portal arqueado que unía la sala con los pasillos de más allá, un grito demente que hervía la sangre reverberó desde sus tímpanos. Usando en aparencia la velocidad del pensamiento, Grignr giró para enfrentarse a su desconocido enemigo. Con ojos boquiabiertos y boca extendida, Grignr alzó el hacha sobre su hosca cera; pero era demasiado tarde.


- 7 -

Con rodillas convulsas y cabeza mareada, el sacerdote que había sucumbido a un ataque epulpético se alzó sobre pies inseguros. Mientras representaba su convulsión agónica y asfoxiante, el chamán había sido dejado de lado por Grignr. El bárbaro había confundido el ataque con los estertores del acólito, permitiendo que el sacerdote evitara su hoja penetrante. La vista que se presentaba ante los ojos inflamados del sacadores casi sirvió para estirarlo por el suelo una vez más. El sacrificante sentaba en horrible y sanguinolento silencio a su alrededor, roto sólo por los gañidos y aullidos ocasionales de sus compañeros mutilados y descuartizados. Sobre su cabeza se alzaba el ídolo espantoso, cuya órbita vacía atraía la mirada fudiosa y furicunda del chamán.

Sus ojos se convirtieron en una mirada de piedra cuando comprendió el robo y la blasfemia. Debido a su gran susceptibilidad tras el ataque, el sacerdote acabó transformado en un maniático imparable dedicado a la vendanza. Con labios temblorosos y espumeantes, el acólito sacó una cimitarra de aspecto cruel y enjoyada empuñadura de su faja de plata y huyó por la apertura del techo murmurando un galimatías ceremonial apenas perceptible.


-7 ½-

La cimitarra barrió un arco hacia la cabeza de Grignr en un borrón de movimiento. Con el Hacha sobre la cabeza, Grignr se preparó a detener el golpe, mientras contemplaba con perplejidad boquiabierta. De pronto resonó un fuerte crujido tras el chamán espumeante. La cimitarra, a medio camino en su barrido fatal, cayó de una mano temblorosa y enervada, tintineando inofensiva sobre el pedregal. Su aullido interrumpido con un gorgoteo burbujeante y boquirrojo, el acólito lacerado se tambaleó bajo la presión de la catapulta liberada. Tras un momento de lucha impotente, el chamán se derrumbó extendido boca abajo en un charco creciente de sanjre y entrañas, su túnica de púrpura real mezclándose adecuadamente con los torrentes turbulentos de carmesí.

–¡Mrifk! Pensé que había matado al último de esos perros; –murmuró Grignr en un estado medio apático.

–No, Grignr. Sin duda te descuidaste mientras dabas rienda suelta a tu pasión. Pero no nos entretengamos más, en caso de que cansemos al destino. Los caminos que llevan a la libertad pronto estarán cerrados. Los gritos del maldito sin duda habrán atraído atención. –Musitó la chica.

–¿En qué dirección proseguiremos nuestra huída?

–Subiendo por esas escaleras y bajando un poco por el pasillo se halla una entrada escondida que lleva a un túnel apenas usado por otros que no sean el príncipe, y que nadie conoce como no sea la realeza de palacio. Lo usa sobre todo el príncipe cuando quiere salir del palacio en secreto. No siempre le interesa al Príncipe salir de su château a la vista del público. Aún cuando lleve a sus guardias, a menudo le tiran piedras y fruta podrida. La gente común poco le quiere.., –discurseó la damanocturna!

–Es sorprendente que hayan dejado que un cerdo como él se convierta en su líder. Me hubiera imaginado que el pueblo se alzaría y lo crucificaría como el perro que es.

–Ay, Grignr, no es tan simple como eso. Agaphim paga bien a sus soldados. Mientras les dé un salario adecuado, llevarán a cabo sus malditod deseos. Los bastos implementos de la ciudadanía no podrían resistir el ataque de hojas forjadas y armadura protectora; irían a un matadero. –dijo Carthena a un Grignr confuso pero airado mientras culminaban la escalera.

–¿Pero cómo pueden vivir bajo semejante opresión? Antes morir bajo el filo de la espada que vivir bajo el mando de un perro. –Añadió Grignr mientras la pareja bajaba por la sala en dirección opuesta a la que Grignr había tomado para venir.

–Pero no todos los hombres nacen del mismo molde del que tú estás hecho, eligen vivir como son para salvar sus sucios cuellos del hacha del verdugón. –devolvió Carthena en tono disgustado mientras echaba una mirada aprociativa a la enorme figura a su lado cuyo brazo izquierdo estaba hábilmente enroscado a su cintura; la antorcha lentamente evanescente lanzaba sus imágenes en haces intermitentes mientras colgaba de la mano izquierda de Grignr.

Al final Carthena llegó frente al panel, escondido entre losas de granito, y sólo distinguible por la antorcha chamuscada que se encontraba encima.

–Mientras giro la antorcha, empuja el panel hacia dentro. –Carthena indicó el panel al que se refería y giró la antorcha hacia la izquierda. Grignr empujó con su hombro derecho contra el paredón, concentrando la fuerza de su masa en su contra. La losa giró gradualmente hacia dentro con un ligero crujido. Carthena se acuclilló bajo los brazos nervudos de Grignr y gateó en el pasadizo que se abría. Grignr la siguió tras volver a colocar la losa en su lugar.

Ante la pareja se extendía un túnel oscuro y zigzagueante, con telarañas en techo y paredes y un limo pegajoso y de dudoso aspecto que corría perezoso por el suelo. A la derecha de Grignr, colgando de la pared, había un cadáver medio mohoso, con los brazos grisáceos y flatulentos sujetos a la pared con manillas de hierro oxidadas. Carthena se echó en brazos de Grignr ante el espectáculo de la mueca fija en una espantosa sonrisa distorsionada que le miraba horriblemente desde unas órbitas vacías.

–Este espacio lo debe usar Agaphim como cámara de torturas. Me pregunto cuántos de sus enemigos deben haber desaparecido en estos antros para nunca más volver a salir. –Se preguntó la bestia enorme.

–Huyamos antes de que nos encontremos en las horrendas garras de Agaphim. ¡La salida no puede estar muy lejos! –Dijo Carthena con un ligero sollozo en su voz, mientras se hundía en el abrazo envolvente de Grignr.

–Sí; será mejor que dejemos este pasillo lo antes posible. Pero ¿por qué te asustas tanto ante la vista de la muerte? ¡Mrift! Has visto mucha muerte hoy sin exhibir estas emociones. –exclamó Grignr mientras guiaba a la temblorosa Carthena por los oscuros confines del lugar.

–El hombre que colgaba de la pared ers Doyanta. Cometió la locura de mostrar afecto por mí delante de Agaphim… ¡nunca quiso hacer daño con sus acciones! –en este momento Carthena estalló en sollozos lentos y continuos, ahojando su voz con suspiros desgarrados. –¡Nunca hubo nada entre nosotros, pero Agaphim le hizo esto! ¡Oh, qué bestia! ¡Que los demonios de las cavernas más profundas del Infierno le arranquen la carne a tiras por este acto despiadado! –rezó Carthena.

–Detecto que sientes por este individuo más de lo que quieres decir… pero ya es suficiente. Hablaremos de este asunto cuando estemos libres para hacerlo. –con esto, Grignr puso a la llorosa hembra de pie y caminó por el pasillo, suportando el peso de Carthena con su potente brazo izquierdo.

En ese momento una débil luz se filtró por el túnel, lanzando un resplandor rojizo sobre las paredes mohosas del claustrofóbico pasillo. Carthena había dejado de sollozar y recuperado su compostura.

–El túnel debe estar acabándose. Los rayos de la luz del sol están empezando a filtrarse…

Grignr aplicó la mano derecha sobre la boca de Carthena y con una ligera lucha la metió entre las sombras a la derecha del camino, mientras al mismo tiempo aplicaba esta antorcha bajo una piedra que asomaba para ahogar sus rayos vacilantes.

–Silencio; oigo pasos que se acercan por el túnel –gruñó Grignr en tono susurrante.

–Lo que oyes son los caballos que hay en el corral al otro lado del túnel. Es señal de que nos acercamos a nuestra meta. –indicó Carthena!

–¡Lo que oyes es menos de lo que oigo! Oigo pasos que vienen hacia nosotros. Silénciate para que sepamos con quién vamos a entrar en contacto. Dudo que nadie haya pensado en registrar este pasadizo para buscarnos. La ventaja de la sorpresa estará de nuestro lado. –advirtió Grignr.

Carthena echó los ojos hacia abajo y dejó de perseguir más intentos de conversación, hábito irritante en el que había logrado gran habilidad. Dos figuras se presentaron ante la pareja, tomando la curva del túnel. Estaban vestidos con ricas sedas lujuriosas y en conversación inane, ignorantes de sus enemigos agazapados que les esperaban emboscados más avante.

–…en estos momentos ese perro bárbaro se retuerce bajo el látigo, sire. Ya no causará más molestias.

–Sí, y así será con todos los que se crucen en el camino del elegido de Sargón. –dijo el segundo hombre.

–Pero los campesinos están dando muestras de descontento. Se quejan de que no pueden alimentar a sus familias por culpa de los impuestos que les ponéis.

–¡Enseñaré a esos putones lo que es humildad! Ordena un aumento inmediato de los impuestos. Se atreven a cuestionar mi autoridad soberana. Jaaaa, pronto sabrán lo que es opresión verdadera. Me…

Una masa sombrerada saltó de tras un promuntorio mientras descargaba un hacha de doble filo a la velocidad del pensamiento. Uno de los nobles se derrumbó sin vida al suelo, con el cráneo partido hasta los dientes.

Grignr suspiró mientras observaba la cara bisecada y fija en su despectiva agonía de la muerte. ¡Era Agafnd! El compañero del muerto, habiéndose recuperado del choque, desenfundó una daga de enjoyada empuñadura de entre los pliegues de su túnica y se abalanzó contra la espalda del bárbaro. Grignr se volvió al sonido que tras él había y dejó caer su carmínea hacha una vez más. Su antagonista se tiró aullando en un riachuelo de agua estancada y verdosa, agarrando el muñón sanguinolento que había sido una muñeca. Grignr alzó el hacha sobre su cabeza y se preparó para acabar su trabajo incompleto, pero se vio impedido en su progreso por un aullido frenético detrás suyo.

Carthena saltó hacia la cabeza de la figura temblorosa, hundiendo la antorcha humeante en la cara agónica. Los gritos aumentaron su horrorosa intensidad, ahogados por el siseo de la carne chamuscada, y se apagaron gradualmente hasta que el hombre se vio reducido a una masa burbujeante de carne temblorosa e insensata.

Grignr avanza hacia Carthena con cierta aprensión ante el aroma pútrido de carne carbonizada que se alzaba en nubes de espesa contaminación blanquecina por la sala. Carthena se tambaleaba ligeramente, mirando sin ver su horrendo trabajo.

–Tuve que hacerlo… Era Agaphim… Tuve que… –Exclamó!

–Sargón debería cuidar mejor de sus hombres de confianza. –añadió Grignr con una sonrisa sardónica en sus labios. –Pero al infierno Sargón, que este hedor me incomoda. –Con esto, Grignr agarró a Carthena por la cintura y la llevó por la caverna hasta el exterior.

Una bola de rojo feroz se alzaba entre las nieblas del horizonte oriental, disipando las tinieblas tenebrosas de la noche. Ante la pareja se extendía un coral que contenía dos yeguas pastando. Grignr metió la mano en una bolsa de cuero que colgaba a su lado y sacó la centelleante esmeralda roja que había obtenido del ídolo hinchado.

–Nos las arreglaremos bien con este abalorio, ¡eh!

Carthena observó la gema boquiabierta y aterrada.

–¡El Ojo de Argón! ¡Oh! ¡Kalla!. –En ese momento, la gema empezó a brillar cegadora, y chorreó por entre los dedos de Grignr como limo rojo y pegajoso. Grignr saltó hacia atrás, empujando a Carthena detrás suyo. Las gotas de limo convergieron lentamente hasta unirse en una masa pulsante y gelatinosa. Una sola apertura traspasó el conjunto, formando unas fauces como de sanguijuela.

Entonces la odiosa violación de la naturaleza fluyó hacia Grignr dejando tras de sí un rastro de mucosidad verdosa. La apertura se movía repetidamente emitiendo un horrible ruido de succión.

Grignr abrió las piernas en postura de batalla, preparando sus temblorosos tendones para una batalla a muerte con una cosa que no sabía cómo combatir. Cartena se agarró con los brazos alrededor del cuello de su protector, temblando, mientras murmuraba “¡Mátalo! ¡Mátalo!”

La cosa estaba casi encima de Grignr cuando enterró su hacha en las horrendas fauces, pero pasó a través de la masa informe y rebotó contra el suelo. Grignr volvió a levantar el hacha, cubierta de una capa verde-amarillenta de limo. La cosa parecía no verse afectada por el hecho, y empezó a subirle por la pierna. Los pelos de la nuca se le erizaron ante el contacto pegajoso de la masa de la cosa. El rudo de suición se hizo más fuerte y Grignr sintió que la sangre dejaba su cuerpo. Con cada siseo de horrible absorción la cosa aumentaba de tamaño.

Grignr sacudió el pie frenéticamente intentando sacarse el ser de encima, pero estaba agarrado como una sanguijuela, alimentándose de su fluído vital en rápida disminución. La cosa pegajosa seguía succionand ; ya había crecido hasta el tamaño de la pierna de Grignr con su festín vampírico.

Grignr empezó a tambalearse bajo el ente informe, la cara blanca como la tiza y los músculos titubeantes testigos de su pérdida de sangre. Carthena se dejó caer de Grignr, en un desmayo como la muerte, con un grito que helaba el carazón en sus labios rojos como rubís. En total desesperación Grignr agarró la antorcha humeante del suelo y la hundió en la boca apestosa del engendro, que se estremeció. Grignr sintió que la oscuridad descendía sobre sus ojos, pero aguantó mientras su vitalidad se desvanecía rápidamente. Podía sentir cómo iba soltando el abrazi de la cosa mientras un gorgoteo odioso surgía de las fauces convulsas. La masa gelatinosa empezó a hervir como un caldero de alquitrán mientras toda su forma temblaba.


<La copia disponible acababa aquí – En el año 2005 se redescubrió el final>


Con un golpe húmedo la cosa cayó al suelo, evaporándose en una espesa nube escarlata hasta que recuperó su tamaño original. Permaneció así durante un momento mientras las fauces succionantes tomaban la forma de un ojo protuberante cuya pupila parecía desesperarse ante la historia de la creación. Cómo una masa informe se había arrastrado desde las arenas movedizas de los pozos estigmáticos del tiempo, para acabar degenerándose en una lepra de pasión avariciosa. En ese momento fugaz el terrible misterio de la vida se reveló ante la mirada encadenada de Grignr.

La mirada del ojo se convirtió en una repentina súplica de piedad, una súplica por la humanidad al completo. Entonces la masa empezó a sacudirse en violentas convulsiones; el ojo estalló en mil fragmentos insignificantes y se evaporó en filamentos retorcidos de niebla escarlata. El suelo mismo bajo la cosa empezó a vibrar y la tragó con un regüeldo.

El ser había desaparecido para siempre. Todo lo que quedaba era una mancha sobre la faz de la Tierra, manchando las cosas. Sacudiendo la cabeza y su melena peluda para aclarar los fragmentos confusos de su mente, Grignr se echó a la hembra exánime al hombro. Montando una de las yeguas descontentas, y llevándose a la otra; el bárbaro cansado y marcado trrotó lentamente hacia el horizonte hasta convertirse en un pequeño punto en un canpo filtrado de niebla azulada y turbulenta, dejando a los Nobles, soldados y campesinos para que se buscaran a otro monarca. ¡Larga veda al Rey!


FIN

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