El sí de las niñas: 14
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Escena octava I 14
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DOÑA FRANCISCA, RITA
| RITA |
¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios! ¡Don
Félix aquí! Sí, la quiere, bien se conoce...
(Sale CALAMOCHA del cuarto de DON CARLOS
y se va por la puerta del foro.)
¡Oh! Por más que
digan, los hay muy finos, y entonces, ¿qué ha de
hacer una?... Quererlos, no tiene remedio,
quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le
vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no
sería una lástima que...? Ella es.
(Sale DOÑA FRANCISCA.)
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| DOÑA FRANCISCA |
¡Ay, Rita!
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| RITA |
¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?
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| DOÑA FRANCISCA |
¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre...
Empeñada está en que he de querer mucho a ese
hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me
mandaría cosas imposibles... Y que es tan
bueno, y que es rico, y que me irá tan bien con
él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado
picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no
miento ni sé fingir, por eso me llaman picarona.
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| RITA |
Señorita, por Dios, no se aflija usted.
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| DOÑA FRANCISCA |
Ya, como tú no la has oído... Y dice que don
Diego se queja de que yo no le digo nada...
Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora
mostrarme contenta delante de él, que no lo
estoy por cierto, y reírme y hablar niñerías... Y
todo por dar gusto a mi madre, que si no... Pero
bien sabe la Virgen que no me sale del corazón.
(Se va oscureciendo lentamente el teatro.)
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| RITA |
Vaya, vamos, que no hay motivo todavía para
tanta angustia... ¡Quién sabe!... ¿No se acuerda
usted ya de aquel día de asueto que tuvimos el
año pasado en la casa de campo del intendente?
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| DOÑA FRANCISCA |
¡Ay! ¿Cómo puedo olvidarlo?... Pero, ¿qué me
vas a contar?
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| RITA |
Quiero decir que aquel caballero que vimos allí
con aquella cruz verde tan galán, tan fino...
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| DOÑA FRANCISCA |
¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?
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| RITA |
Que nos fue acompañando hasta la ciudad...
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| DOÑA FRANCISCA |
Y bien... Y luego volvió, y le vi, por mi
desgracia, muchas veces... Mal aconsejada de ti.
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| RITA |
¿Por qué, señora?... ¿A quién dimos escándalo?
Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el
convento. Él no entró jamás por las puertas, y
cuando de noche hablaba con usted, mediaba
entre los dos una distancia tan grande, que usted
la maldijo no pocas veces... Pero esto no es del
caso. Lo que voy a decir es que un amante como
aquél no es posible que se olvide tan presto de
su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto
hemos leído a hurtadillas en las novelas no
equivale a lo que hemos visto en él... ¿Se
acuerda usted de aquellas tres palmadas que se
oían entre once y doce de la noche, de aquella
sonora punteada con tanta delicadeza y
expresión?
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