El sí de las niñas: 47
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Escena octava 3 47
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| DON DIEGO |
Ve aquí los frutos de la educación. Esto es lo
que se llama criar bien a una niña: enseñarla a
que desmienta y oculte las pasiones más
inocentes con una pérfida disimulación. Las
juzgan honestas luego que las ven instruidas en
el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el
temperamento, la edad ni el genio no han de
tener influencia alguna en sus inclinaciones, o
en que su voluntad ha de torcerse al capricho de
quien las gobierna. Todo se las permite, menos
la sinceridad. Con tal que no digan lo que
sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más
desean, con tal que se presten a pronunciar,
cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego,
origen de tantos escándalos, ya están bien
criadas, y se llama excelente educación la que
inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio
de un esclavo.
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| DOÑA FRANCISCA |
Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de
nosotras, eso aprendemos en la escuela que se
nos da... Pero el motivo de mi aflicción es
mucho más grande.
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| DON DIEGO |
Sea cual fuere, hija mía, es menester que usted
se anime... Si la ve a usted su madre de esa
manera, ¿qué ha de decir?... Mire usted que ya
parece que se ha levantado.
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| DOÑA FRANCISCA |
¡Dios mío!
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| DON DIEGO |
Si, Paquita; conviene mucho que usted vuelva
un poco sobre sí... No abandonarse tanto...
Confianza en Dios... Vamos, que no siempre
nuestras desgracias son tan grandes como la
imaginación las pinta... ¡Mire usted qué
desorden éste! ¡Qué agitación! ¡Qué lágrimas!
Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así...
con cierta serenidad y...? ¿Eh?
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| DOÑA FRANCISCA |
Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi
madre. Si usted no me defiende, ¿a quién he de
volver los ojos? ¿Quién tendrá compasión de
esta desdichada?
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| DON DIEGO |
Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es
posible que yo la abandonase.... ¡criatura!..., en
la situación dolorosa en que la veo?
(Asiéndola de las manos.)
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| DOÑA FRANCISCA |
¿De veras?
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| DON DIEGO |
Mal conoce usted mi corazón.
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| DOÑA FRANCISCA |
Bien le conozco.
(Quiere arrodillarse; DON DIEGO se lo estorba,
y ambos se levantan.)
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| DON DIEGO |
¿Qué hace usted, niña?
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| DOÑA FRANCISCA |
Yo no sé... ¡Qué poco merece toda esa bondad
una mujer tan ingrata para con usted!... No,
ingrata no: infeliz... ¡Ay, qué infeliz soy, señor
don Diego!
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| DON DIEGO |
Yo bien sé que usted agradece como puede el
amor que la tengo... Lo demás todo ha sido...,
¿qué sé yo?..., una equivocación mía, y no otra
cosa... Pero usted, ¡inocente!, usted no ha tenido
la culpa.
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| DOÑA FRANCISCA |
Vamos... ¿No viene usted?
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| DON DIEGO |
Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré por
allá.
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| DOÑA FRANCISCA |
Vaya usted presto.
(Encaminándose al cuarto de DOÑA IRENE, vuelve y se despide
de DON DIEGO besándole las manos.)
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| DON DIEGO |
Sí, presto iré.
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