El sí de las niñas: 49
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Escena décima 1 49
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DON DIEGO, DON CARLOS
| DON DIEGO |
Venga usted acá, señorito, venga usted... ¿En
dónde has estado desde que no nos vemos?
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| DON CARLOS |
En el mesón de afuera.
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| DON DIEGO |
Y no has salido de allí en toda la noche, ¿eh?
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| DON CARLOS |
Sí, señor, entré en la ciudad y...
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| DON DIEGO |
¿A qué?... Siéntese usted.
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| DON CARLOS |
Tenía precisión de hablar con un sujeto...
(Siéntase.)
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| DON DIEGO |
¡Precisión!
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| DON CARLOS |
Sí, señor... le debo muchas atenciones, y no era
posible volverme a Zaragoza sin estar primero
con él.
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| DON DIEGO |
Ya. En habiendo tantas obligaciones de por
medio... Pero venirle a ver a las tres de la
mañana, me parece mucho desacuerdo... ¿Por
qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de
tener... Con este papel que le hubieras enviado
en mejor ocasión, no había necesidad de hacerle
trasnochar, ni molestar a nadie.
(Dándole el papel que tiraron a la ventana. DON CARLOS, luego
que le reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de irse.)
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| DON CARLOS |
Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama?
¿Por qué no me permite seguir mi camino, y se
evitaría una contestación de la cual ni usted ni
yo quedaremos contentos?
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| DON DIEGO |
Quiere saber su tío de usted lo que hay en esto,
y quiere que usted se lo diga.
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| DON CARLOS |
¿Para qué saber más?
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| DON DIEGO |
Porque yo lo quiero y lo mando. ¡Oiga!
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| DON CARLOS |
Bien está.
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| DON DIEGO |
Siéntate ahí... (Siéntase DON CARLOS.) ¿En
dónde has conocido a esta niña?... ¿Qué amor es
éste? ¿Qué circunstancias han ocurrido?... ¿Qué
obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo
la viste?
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| DON CARLOS |
Volviéndome a Zaragoza el año pasado, llegué a
Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el
intendente, en cuya casa de campo nos apeamos,
se empeñó en que había de quedarme allí todo
aquel día, por ser cumpleaños de su parienta,
prometiéndome que al siguiente me dejaría
proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas
hallé a doña Paquita, a quien la señora había
sacado aquel día del convento para que se
esparciese un poco... Yo no sé qué vi en ella,
que excitó en mí una inquietud, un deseo
constante, irresistible, de mirarla, de oírla, de
hallarme a su lado, de hablar con ella, de
hacerme agradable a sus ojos... El intendente
dijo entre otras cosas... burlándose... que yo era
muy enamorado, y le ocurrió fingir que me
llamaba don Félix de Toledo, nombre que dio
Calderón a algunos amantes de sus comedias.
Yo sostuve esta ficción, porque desde luego
concebí la idea de permanecer algún tiempo en
aquella ciudad, evitando que llegase a noticia de
usted... Observé que doña Paquita me trató con
un agrado particular, y cuando por la noche nos
separamos, yo me quedé lleno de vanidad y de
esperanzas, viéndome preferido a todos los
concurrentes de aquel día, que fueron muchos.
En fin... Pero no quisiera ofender a usted
refiriéndole...
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