El sí de las niñas: 50

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El sí de las niñas - Acto tercero none



DON DIEGO Prosigue.


DON CARLOS Supe que era hija de una señora de Madrid,

viuda y pobre, pero de gente muy honrada... Fue
necesario fiar de mi amigo los proyectos de
amor que me obligaban a quedarme en su
compañía; y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos,
halló disculpas, las más ingeniosas, para que
ninguno de su familia extrañara mi detención.
Como su casa de campo está inmediata a la
ciudad, fácilmente iba y venía de noche... Logré
que doña Paquita leyese algunas cartas mías; y
con las pocas respuestas que de ellas tuve, acabé
de precipitarme en una pasión que mientras viva
me hará infeliz.

DON DIEGO Vaya... Vamos, sigue adelante.


DON CARLOS Mi asistente (que como usted sabe, es hombre

de travesura, y conoce el mundo), con mil
artificios que a cada paso le ocurrían, facilitó
los muchos estorbos que al principio
hallábamos... La seña era dar tres palmadas, a
las cuales respondían con otras tres desde una
ventanilla que daba al corral de las monjas.
Hablábamos todas las noches, muy a deshora,
con el recato y las precauciones que ya se dejan
entender... Siempre fui para ella don Félix de
Toledo, oficial de un regimiento, estimado de
mis jefes y hombre de honor. Nunca la dije más,
ni la hablé de mis parientes ni de mis
esperanzas, ni la di a entender que casándose
conmigo podría aspirar a mejor fortuna; porque
ni me convenía nombrarle a usted, ni quise
exponerla a que las miras de interés, y no el
amor, la inclinasen a favorecerme. De cada vez
la hallé más fina, más hermosa, más digna de
ser adorada... Cerca de tres meses me detuve
allí; pero al fin era necesario separarnos, y una
noche funesta me despedí, la dejé rendida a un
desmayo mortal, y me fui, ciego de amor,
adonde mi obligación me llamaba... Sus cartas
consolaron por algún tiempo mi ausencia triste,
y en una que recibí pocos días ha, me dijo cómo
su madre trataba de casarla, que primero
perdería la vida que dar su mano a otro que a
mí; me acordaba mis juramentos, me exhortaba
a cumplirlos... Monté a caballo, corrí
precipitado el camino, llegué a Guadalajara, no
la encontré, vine aquí... Lo demás bien lo sabe
usted, no hay para qué decírselo.

DON DIEGO ¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?


DON CARLOS Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor,

pasar a Madrid, verle a usted, echarme a sus
pies, referirle todo lo ocurrido, y pedirle, no
riquezas, ni herencias, ni protecciones, ni... eso
no... Sólo su consentimiento y su bendición para
verificar un enlace tan suspirado, en que ella y
yo fundábamos toda nuestra felicidad.


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El sí de las niñas del Leandro Fernández de Moratín

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