Emilio: Libro IV

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¡Qué rápidamente pasamos por la tierra! El primer cuarto de la vida desaparece antes de que conozcamos el uso de la vida; el último cuarto se va después de haber dejado de gozarla. Primero no sabemos vivir, pronto ya no podremos, y del intervalo que separa estos dos extremos inútiles, los tres cuartos del tiempo restante se los llevan el sueño, el trabajo, el dolor, la sujeción y toda clase de penalidades. La vida es corta, no sólo por lo poco que dura, sino porque de este poco apenas hay momento en el que gocemos de ella. La hora de la muerte tiene de bello el estar alejada de la del nacimiento, y la vida es siempre muy corta cuando este espacio está mal llenado.

Nosotros nacemos, por así decirlo, en dos fases: la una para existir y la otra para vivir; la una por el espacio y la otra por el sexo. Estos que miran a la hembra como a un hombre imperfecto sin duda están equivocados, pero la analogía exterior es para ellos. Hasta la edad núbil los niños de los dos sexos no tienen nada aparente que les distinga; el mismo semblante, la misma figura, el mismo color...; en todo son iguales. Criaturas son los chicos y criaturas son las chicas; un mismo nombre califica a seres tan semejantes. Los varones a quienes impiden el ulterior desarrollo del sexo, conservan toda su vida esta conformidad y siempre son criaturas adultas, y las mujeres que no la pierden parece que bajo muchos aspectos nunca sean otra cosa, pero el hombre, en general, no está hecho para quedarse siempre en la infancia. Se sale de ella en el tiempo prescrito por la naturaleza, y este momento de crisis, aunque sea corto, tiene grandes influencias.

Como el bramido del mar precede desde lejos a la tempestad, esta tempestuosa revolución es anunciada por el murmullo de las nacientes pasiones, y una fermentación sorda advierte la proximidad del peligro. Una mutación en el humor, frecuentes enfados, una continua agitación de espíritu hacen casi indisciplinable al niño. Sordo a la voz que oía con docilidad, es el león con calentura; desconoce al que le guía y ya no quiere ser gobernado.

A los signos morales de un humor que se altera se unen cambios sensibles en su exterior. Su fisonomía se desenvuelve y se imprime en ella su sello característico; el vello escaso y suave que crece bajo sus mejillas toma consistencia, su voz cambia o mejor es otra; no es niño ni hombre y no puede tomar el habla de uno ni de otro. Sus ojos, que son los órganos del alma y que hasta ahora nada nos decían, toman su expresión y su lengua, los anima un ardor naciente y todavía reina la santa inocencia en sus vivas miradas, pero ya han perdido su primera sencillez, y se da cuenta de que pueden decir mucho; empieza a saber lo que siente, y está inquieto sin motivos para estarlo. Todo esto puede venir despacio, y todavía dejarle tiempo, pero si es muy impaciente en su viveza, si se convierte en furia su arrebato, si de un instante a otro se enternece y se irrita, si llora sin causa, si cuando se arrima a los objetos empiezan a serle peligrosos, si se agita su pulso y sus ojos se inflaman, si se estremece cuando la mano de una mujer toca la suya, si se turba ante ella y se intimida, Ulises, cuerdo Ulises, mira por ti; están abiertos los odres que guardaba cerrados con tanto afán y ya están sueltos los vientos; no abandones ningún momento el timón, o todo se ha perdido.

Este es el segundo nacimiento de que he hablado; aquí nace de verdad el hombre a la vida, y ya nada humano está fuera de él. Hasta este momento nuestros afanes no han sido otra cosa que juegos de niños, y es ahora cuando adquieren verdadera importancia. Esta época, en que se concluyen las educaciones ordinarias, es propiamente aquella en que ha de empezar la nuestra, pero para exponer bien este nuevo plan, debemos tomar desde más alto el estado de las cosas relacionadas con él.

Nuestras pasiones son los principales instrumentos de nuestra conservación, porque el intentar después destruirlas es una empresa tan vana como ridícula, pues es censurar la naturaleza y pretender reformar la obra de Dios. Si Dios le dijese al hombre que aniquilase las pasiones que le da, querría Dios y no querría, y se contradeciría a sí mismo. Jamás dictó un precepto tan desatinado, y no hay escrita ninguna cosa semejante dentro del corazón humano; lo que Dios quiere que haga un hombre, no hace que otro hombre se lo diga; se lo dice él mismo, y lo escribe en lo más íntimo de su corazón.

Tendría por loco a quien quisiera estorbar que naciesen las pasiones, casi por tan loco como el que quisiese aniquilarlas, y, ciertamente, me habrían entendido muy mal los que creyesen que semejante proyecto hubiera sido el mío hasta aquí.

Pero, ¿razonaría bien quien dedujese, porque es natural al hombre tener pasiones, que son naturales todas las que sentimos en nosotros y observamos en los demás? Natural es su fuente, es verdad, pero corre engrandecida por mil raudales extraños, y es un caudaloso río que sin cesar se enriquece con nuevas aguas y en las que apenas se encontrarían algunas gotas de las primitivas. Nuestras pasiones naturales son muy limitadas, son instrumentos de nuestra libertad que coadyuvan a nuestra conservación; todas las que nos esclavizan y nos destruyen, no nos las da la naturaleza; nos las apropiamos nosotros en detrimento suyo.

La fuente de nuestras pasiones, el origen y principio de todas las demás, la única que nace con el hombre y mientras vive nunca le abandona, es el amor de si mismo: pasión primitiva, innata, anterior a cualquier otra, de la cual se derivan en cierto modo y a manera de modificaciones todas las demás. Todas son en este sentido, si queremos, naturales. Pero la mayor parte de estas modificaciones tienen causas extrañas, sin las cuales nunca existirían, y estas modificaciones, lejos de sernos provechosas, nos son perjudiciales, pues mudan su primer objetivo y luchan con su principio; entonces se encuentra el hombre fuera de la naturaleza y se pone en contradicción consigo mismo.

Siempre es bueno el amor propio, pero debe estar conforme al orden. Encargado cada uno de su propia conservación, su más importante y primera solicitud debe ser el velarla continuamente, pero, ¿cómo ha de estar siempre en vela si no le mueve el más vivo interés?

Es preciso, pues, que nos amemos para conservarnos, y que nos amemos más que todas las cosas, y por consecuencia inmediata de este mismo afecto, amamos lo que nos conserva. Todo niño se aficiona a su nodriza, y Rómulo se debió de aficionar a la loba que le daba el pecho. Esta afición es el principio simplemente maquinal. A todo individuo le atrae lo que favorece su bienestar, y repele lo que le perjudica; esto no es más que un instinto ciego. Lo que transforma en afecto este instinto, en amor la afición, la aversión en odio, es la clara intención de perjudicarnos o sernos útil. Nada se apasiona con los seres insensibles que siguen el impulso que les han dado, pero aquellos de quienes esperamos daño o beneficio por su disposición interna, por su voluntad; los que vemos que libremente obran en nuestro favor o en contra nuestra, nos inspiran afectos análogos a los que nos manifiestan. Buscamos los que nos sirven, pero amamos los que nos quieren servir; huimos de lo que nos perjudica, pero aborrecemos lo que quiere hacernos daño.

El primer sentimiento de un niño es amarse a sí mismo, y el segundo, que deriva del primero, es amar a los que le rodean, porque en el estado de debilidad en que se encuentra sólo conoce las personas por la asistencia y los cuidados que recibe. El apego que primero tiene a su nodriza y a su niñera no es más que hábito; las busca porque las necesita y porque se encuentra bien con ellas; es más conocimiento que benevolencia. Hace falta mucho tiempo para que comprenda que no sólo le son útiles, sino que quieren serlo, y entonces es cuando comienza a amarlas.

Por consiguiente un niño se inclina naturalmente a la benevolencia, porque ve que todo cuanto se aproxima a él tiende a asistirle, y de esta observación saca la costumbre de un afecto propicio a su especie, pero a medida que extiende sus relaciones, sus necesidades, sus dependencias activas o pasivas, se despierta el afecto de sus relaciones con otro, y produce el de las obligaciones y preferencias. Entonces el niño se vuelve imperioso, celoso, engañador y vengativo. Si le obligan a que obedezca, como no ve la utilidad de lo que le mandan, lo atribuye al capricho, a la intención de atormentarle, y se enfurece. Si le obedecen a él, tan pronto como se le resisten en cualquier cosa, lo considera una rebeldía, una intención maligna, y aporrea la silla o la mesa porque le han desobedecido. El amor de sí mismo, que solamente se refiere a nosotros, queda satisfecho cuando se hallan complacidas nuestras verdaderas necesidades, pero el amor propio que se compara, jamás está contento ni puede estarlo, puesto que como nos prefiere este afecto a los demás, también exige que nos prefieran los demás a ellos, lo cual no es posible. De este modo nacen del amor propio los irascibles y rencorosos, de tal forma que lo que hace al hombre esencialmente bueno es tener pocas necesidades y compararse poco con los demás, y lo que le convierte en malo es tener muchas necesidades y someterse mucho a la opinión. Es fácil ver por este principio el modo cómo se pueden encaminar hacia lo bueno o lo malo todas las pasiones de los niños y de los hombres. Es verdad que no siendo posible vivir siempre de una forma solitaria, con dificultad vivirán siempre buenos, y por necesidad crecerá esta dificultad al aumentarse sus relaciones, y particularmente en esto los riesgos de la sociedad hacen que nos sean más indispensables la diligencia y el arte para librar al corazón humano de la depravación que nace de sus nuevas necesidades.

El estudio conveniente para el hombre es el de sus relaciones; mientras sólo es conocido por su ser físico, se debe estudiar en sus relaciones con las cosas; cuando comienza a sentir su ser moral, precisa que se le estudie en sus relaciones con los hombres, en el empleo de su vida, empezando desde el punto a que ya hemos llegado.

Tan pronto como el hombre tiene necesidad de una compañera, deja de ser un ser aislado y su corazón ya no está solo. Nacen todas sus relaciones con su especie y todas las afecciones de su alma, y pronto su primera pasión hace que fermenten las demás.

La inclinación del instinto es indeterminada; un sexo se siente atraído por el otro, y esto es un proceso natural. La elección, las preferencias, el cariño personal, son producto de las luces, de las preocupaciones y de la costumbre; se necesitan conocimientos y tiempo para hacernos aptos para el amor, pues solamente después de juzgar amamos, y no preferimos hasta haber comparado. Sin que pensemos en ello, se forman estos juicios, pero no por eso dejan de ser menos reales. Digan lo que quieran, los hombres siempre honrarán el amor verdadero, puesto que si les descarrían sus arrebatos y no se excluyen del pecho que lo siente condiciones odiosas, o a veces las engendra, también tiene otras apreciables, sin las cuales el amante no sería capaz de serlo. Esta elección, aunque se diga que es opuesta a la razón, proviene de ella. Al amor le pintan ciego porque tiene ojos más penetrantes que los nuestros y ve relaciones que no podemos distinguir. Toda mujer sería igualmente buena para quien no tuviese ninguna idea del mérito ni de la belleza, y la más próxima sería la más amable. El amor de la naturaleza, lejos de venir, es, por el contrario, el freno y la regla de sus inclinaciones, y fuera del objeto amado, nada es un sexo con respecto al otro.

La preferencia que uno da, quiere obtenerla; el amar debe ser mutuo. Para ser amado es preciso hacerse amable; para ser preferido, es necesario hacerse más amable que ningún otro, cuando menos a los ojos del objeto amado. De aquí la primera contemplación de sus semejantes, las primeras comparaciones con ellos, la emulación, las rivalidades y los celos. Ya lleno el pecho de un afecto que rebosa, siente deseos de verterse fuera, y pronto de la necesidad de una dama nace la de un amigo. El que siente los gratos afectos de sentirse amado desearía que todo el mundo le amará, y cuando todos aspiran a preferencias, no puede evitarse que muchos queden mal satisfechos. Con el amor y la amistad nacen las disensiones, los odios y las maldades. Encima de tantas pasiones diversas me doy cuenta de que la opinión se erige un trono incontrastable, y que los estúpidos mortales, siervos de su imperio, fundan su propia existencia en juicios ajenos.

Ampliad estas ideas y veréis de dónde le proviene a nuestro amor propio la forma que le es natural, y cómo, dejando de ser un afecto absoluto, el amor a sí mismo se convierte en altivez en los espíritus fuertes y en vanidad en los apocados, y en todos se alimenta a costa del prójimo. Esta especie de pasiones, careciendo de germen en el corazón de los niños, no pueden brotar por sí solas; somos nosotros los que las plantamos, pues jamás tienen raíces en ellos, como no sea por nuestra culpa. Mas no sucede lo mismo en el corazón del joven; hágase lo que se quiera, contra nuestra voluntad nacerán en él. Entonces, aún estamos a tiempo para variar de método.

Comencemos con algunas reflexiones importantes acerca del estado crítico que aquí se trata. La naturaleza no ha determinado de tal forma que el tránsito de la infancia a la pubertad no varíe en los individuos según sus temperamentos, y en los pueblos según los climas. Todos saben las diferencias que se observan en esta parte en los países fríos y en los cálidos, y cada uno ve que se forman los temperamentos ardientes antes que los demás, pero en cuanto a sus causas es fácil engañarse, atribuyendo con frecuencia a lo físico lo que se debe imputar a lo moral, y este es uno de los abusos más frecuentes de la filosofía de nuestro siglo. Son lentas y tardías las instrucciones de la naturaleza, y las de los hombres casi son siempre prematuras. En el primer caso los sentidos despiertan la imaginación; en el segundo, la imaginación despierta los sentidos y les da una precoz actividad, que no puede menos de enervar y debilitar primero a los individuos y más tarde a la especie. Más cierta y más general observación que la de la eficacia de los climas, es que siempre es más temprana la pubertad y la potencia del sexo en los pueblos instruidos y cultos que en los ignorantes y bárbaros [1]. Los niños poseen una rara sagacidad para distinguir por medio de los melindrosos adornos de la decencia las malas costumbres que encubren. El apurado estilo que les dictan, las lecciones de honestidad que les dan, el velo misterioso que afectan correr ante sus ojos con el cebo que incita su curiosidad. Por la forma como obran con ellos, se deduce lo que fingen ocultarles, y eso es lo que quieren aprender, y de todas las instrucciones que les dan, esa es la que más aprovechan.

Consultad la experiencia y comprenderéis hasta qué punto acelera este desatinado método la obra de la naturaleza y estraga el temperamento. Esta es una de las causas principales de que degeneren las castas en las ciudades. Los jóvenes, exhaustos muy pronto, se quedan pequeños, endebles, mal formados, envejecen en vez de crecer, del mismo modo que se agota y muere antes del otoño la vid que forzaron a dar fruto en la primavera.

Hay que haber vivido en pueblos rudos y sencillos para saber hasta qué edad puede una venturosa ignorancia prolongar la inocencia de los años. Un espectáculo que causa risa y ternura es ver a ambos sexos entregados a la confianza de su corazón, en la flor de la edad y la hermosura, persistiendo en los cándidos juegos de la infancia y con la misma familiaridad expresar la pureza de sus deleites. Por último, cuando esta amable mocedad se casa, los esposos, que mutuamente entregan el uno al otro sus primicias, se quieren más entre sí, y una porción de hijos sanos y robustos son la prenda de una unión que nada puede alterar y el fruto de la cordura de sus primeros años. Si la edad en que adquiere el hombre la conciencia de su sexo varía más que por efecto de la educación por la acción de la naturaleza, se deduce que puede acelerarse o retardar esta edad según como se haya educado de niño, y si gana o pierde consistencia el cuerpo en proporción a lo que se retarde o se acelere este progreso, también se comprende que, cuanto más se retarde, mayor fuerza y vigor adquirirá. Todavía sólo hablo de los efectos simplemente físicos; pronto veremos que los resultados no se limitan a los señalados.

De estas reflexiones pienso si es una solución que convenga dar luz a los niños desde temprano acerca de los objetos de su curiosidad, o si vale más mantenerlos con modestos errores. Yo creo que no es conveniente ni lo uno ni lo otro. Primeramente, no se les ocurre esta curiosidad sin haber dado motivos para ella, y por lo tanto hay que evitar que se les ocurra esa idea. En segundo lugar, las-cuestiones que uno no está obligado a resolver no exigen que engañemos al que nos las propone; es mejor el silencio que responderle con una mentira. Esta ley extrañará poco si hemos tenido cuidado de habituarle en las cosas intrascendentes. Por último, si decidimos contestarle, debe ser con la mayor sencillez, sin misterio, sin indecisión y sin sonreírle. Es mucho menos peligroso satisfacer la curiosidad del niño que incitarla.

Vuestras contestaciones deben ser siempre graves, cortas, resueltas, y que no parezca nunca que vaciláis. No es necesario añadir que deben ser verdaderas, pues es imposible enseñar a los niños el peligro de que mientan a los hombres sin que sientan los hombres el riesgo más grave de mentir a los niños. Una sola mentira del maestro que él descubra, dará para siempre al traste con todo el fruto de la educación.

En ciertas materias, lo que más convendría a los niños sería una absoluta ignorancia, pero deben saber pronto lo que no es posible esconderle siempre. Es preciso que no se despierte de ninguna manera su curiosidad o que se la satisfagan antes de la edad en que no carece de peligro. En este sentido, depende mucho vuestra conducta con vuestro alumno de su particular situación, de las sociedades que frecuenta, de las circunstancias en que comprendáis que podrá hallarse... Aquí importa no dejar nada a la casualidad, y si no estáis seguro de lograr que hasta los dieciséis años no sepa la diferencia de los sexos,' enseñádsela antes que cumpla los diez.

No me gusta que adopten con los niños un lenguaje muy depurado, ni que haya largos circunloquios por no querer llamar las cosas por su verdadero nombre. En estas materias, las buenas costumbres siempre tienen mucha sencillez, pero coaccionada la imaginación lo que se hace es viciar el oído y continuamente hay que aclarar lo que se ha querido decir. Los términos toscos no tienen consecuencias, pero de lo que debemos huir es de las ideas lascivas.

Aunque el pudor sea natural en la especie humana, los niños no lo conocen. Con el conocimiento del mal nace el pudor. ¿Pero cómo han de acusarlo si no tienen ni deben tener ese conocimientos Darles lecciones de pudor y honestidad es enseñarles que hay cosas feas y deshonestas e inspirarles un secreto deseo de saberlas. Tarde o temprano logran su objetivo, y la primera chispa que enciende la imaginación acelera de un modo infalible el incendio de los sentidos. Quien se sonroja ya tiene culpa, pues la verdadera inocencia no se avergüenza de nada.

Los niños no tienen los mismos deseos que los hombres, pero están expuestos como ellos a la suciedad que repugna a los sentidos; de esta sola sujeción pueden tomar las mismas lecciones de bien parecer. Seguid el espíritu de la naturaleza, que colocando en el mismo lugar los órganos de los secretos deleites y de las asquerosas necesidades, nos inspira las mismas atenciones en edades distintas, aquí por una idea y allá por otra, por la modestia al hombre, por la limpieza al niño.

No veo más que un medio eficaz para que los niños conserven su inocencia, y consiste en que todos los que le rodean le amen y respeten, sin lo cual todo el recato que con ellos se sigue tarde o temprano se desmiente; una sonrisa, una mirada intencionada, un ademán furtivo, les advierten que algo trataban de callarles, y para entenderlo les basta ver que han querido escondérselo. Las cautas expresiones y los rodeos que emplean entre sí los mayores, al suponer que los niños no comprenden lo que dicen, incurren en un reprobable sistema, pero cuando respetamos su ingenuidad usamos el lenguaje que más les instruya. Hay cierto candoroso lenguaje que es el más apropiado para la inocencia y le place, siendo el mejor estilo para desviar al niño de una curiosidad peligrosa. Hablándole de todo con sencillez no cae en la sospecha de que hay misterios de por medio. Uniendo a las palabras indebidas las ideas desagradables que enuncian, empieza a alterarse el primer fuego de la imaginación; no le prohibimos que las pronuncie, pero sin que él se dé cuenta le repugna recordarlas. ¡Y de cuántos embrollos saca esta sencilla libertad a los que entendiéndola en su debido sentido siempre dicen lo que conviene y cómo lo sienten!

¿Cómo se hacen los niños? Ese es un tema delicado que asalta naturalmente a los muchachos, y que una indiscreta o evasiva respuesta alguna vez decide de sus costumbres y su salud para toda su vida. La solución más cómoda que una madre imagina para sortearlo sin engañar a su hijo es hacerle callar. Eso estaría bien si le tuvieran acostumbrado a no contestarle, por lo que no sospecharía que había misterio en el silencio de ahora. Pero raras veces se limita a eso la madre. «Es el secreto de las personas casadas, le dirá; los niños no han de ser tan curiosos.» Eso es muy bueno para que salga la madre del paso, pero sepa ella que contra esa evasiva el niño no parará de indagar hasta descubrir el secreto de las personas casadas, y no tardará en saberlo.

Permítanme relatar una respuesta muy distinta que oí a la misma pregunta, y que me sorprendió más porque salió de una mujer tan modesta en sus razones como en sus modales, pero cuando era en beneficio de su hijo y de la virtud, sabía sobreponerse a las posibles habladurías de las comadres. Hacía poco tiempo que el niño había echado al orinar una piedrecilla que le había lesionado la uretra, pero había olvidado aquel percance. «Mamá, preguntó el pequeño muy tímidamente, ¿cómo se hacen los niños?» «Hijo, le contestó la madre sin vacilar, las mujeres los orinan con dolores que a veces les cuestan la vida.» Que se burlen los locos, que se escandalicen los necios, pero que averigüen los sabios si encontrarán respuesta más juiciosa y que vaya mejor a su fin.

En primer lugar la idea de una necesidad natural y conocida del niño aparta de su imaginación la de una operación misteriosa, y las ideas accesorias de dolor y muerte la envuelven en un velo de tristeza que contiene la imaginación y reprime la curiosidad; el espíritu se ocupa en las consecuencias del parto y no en sus causas. Las enfermedades de la naturaleza humana, objeto de repulsión, las imágenes del sufrimiento son las aclaraciones a que conduce esta respuesta si la repugnancia que inspira deja que el niño las pregunte. ¿Por dónde abrirán paso, ante la inquietud de nacientes deseos, diálogos dirigidos de esta forma? No obstante, ved que no se ha falseado la verdad ni ha sido necesario engañar al alumno en vez de instruirle.

Vuestros niños leen, y en sus lecturas aprenden conocimientos que si no leyesen no aprenderían. Si estudian, se inflama y aguza la imaginación con el silencio de su cuarto de estudio. Si viven en el mundo, oyen un extraño lenguaje y ven ejemplos que les sorprenden, y tanto les han repetido que eran hombres que todo lo que después hacen los hombres ellos intentan remedarlo; es preciso que les sirvan de pauta las acciones ajenas toda vez que le valen para que no le reproche el juicio ajeno. Los criados que dependen de ellos les halagan a costa de las buenas costumbres, las nodrizas descaradas les dicen cuando sólo tienen cuatro años indecencias que la más cínica no se atrevería a decirles si tuvieran quince. Ellas olvidan pronto lo que han dicho, pero ellos no olvidan lo que oyeron. Las conversaciones indecentes abren el camino del libertinaje, el criado bribón hace al niño disoluto, y el secreto del uno es la garantía del secreto del otro.

El niño educado conforme a su edad, está solo; no conoce otras aficiones que las del hábito, quiere a su hermana lo mismo que a su reloj y como a su perro o su amigo. No siente nada referente al sexo; para él son igualmente extraños el hombre y la mujer; nada de lo que dicen o hacen le afecta, y ni lo ve ni lo oye, o no pone ninguna atención; no le interesan sus ejemplos ni sus razonamientos y nada de ellos le impresiona. Con este método no le inculco un error artificioso, y le dejo en la ignorancia de la naturaleza. Ya llegará el tiempo en que la misma naturaleza despertará a su alumno, y entonces le ha puesto en estado de aprovecharse sin peligro de las lecciones que le da. Este es el principio; no es del caso circunstanciar las reglas, y pueden servir de ejemplo los medios que he propuesto para alcanzar otros objetivos.

¿Queréis poner orden y regla en las pasiones nacientes? Ensanchad el tiempo durante el cual se desarrollan con el fin de que vayan situándose a medida que van naciendo. Entonces no las coordina el hombre, sino la naturaleza, y vuestra tarea se limita a dejarla que ponga en orden su trabajo. Si vuestro alumno estuviera solo, no habría nada que hacer, pero inflama su imaginación todo lo que le rodea. Se ve arrastrado por el torrente de las preocupaciones, y para retenerle es necesario empujarle en un sentido contrario; que el sentimiento refrene la imaginación y que la razón silencie la opinión de los hombres. La sensibilidad es el manantial de todas las pasiones, y la imaginación determina su corriente. Todo ser que siente sus relaciones debe conmoverse cuando se alteran, y cuando imagina cree que las que imagina se adaptan mejor a su naturaleza. Los errores de la imaginación son los que transforman en vicios las pasiones de los seres limitados, incluso las de los ángeles, si es que los hay, pues para que supiesen qué clase de relaciones se adaptan mejor a su naturaleza deberían conocer las de todos los seres.

He aquí, pues, el compendio de la sabiduría humana con respecto a las pasiones: conocer las verdaderas relaciones del hombre tanto en la especie como en el individuo y coordinar, de conformidad con estas relaciones, todos los afectos del alma.

¿Pero es dueño el hombre de coordinar sus afectos según sean unas u otras relaciones? Sin duda alguna es dueño de dirigir su imaginación hacia tal o cual objeto, o de imponerle tal o cual costumbre. Además, aquí no tratamos de lo que un hombre pueda hacer por sí mismo, sino de lo que podemos hacer con nuestro alumno, eligiendo las circunstancias para mantenerle en el orden natural, es decir de qué modo puede salir de él.

Mientras su sensibilidad permanece limitada a sí mismo, no hay nada inmoral en sus acciones; sólo cuando empiezan a extenderse fuera de él, toma primero los afectos y después las nociones del bien y del mal, que le constituyen verdaderamente hombre y parte integrante de su especie. Desde luego que es preciso parar en este primer punto nuestras observaciones, las cuales son dificultosas, puesto que para realizarlas hay que desechar los ejemplos que tenemos a la vista y buscar los sucesivos desarrollos conforme al orden natural.

Un niño amoldado, culto, civilizado, que sólo espera la potencia para poner en práctica las instrucciones que ha recibido, nunca se engaña acerca del instante en que le llega esa potencia. En vez de esperarla la acelera, excita en su sangre una fermentación precoz, y mucho antes de sentir deseos sabe cuál debe ser el objetivo de ellos. La naturaleza no le excita, sino que él la fuerza, y nada tiene que enseñarle cuando le hace hombre, puesto que ya lo era por el pensamiento mucho antes de serlo en realidad.

Más lentos y más graduados son los pasos de la naturaleza. Poco a poco se inflama la sangre, se elaboran los espíritus y se forma el temperamento. El inteligente jefe que dirige la fábrica está atento para perfeccionar todos sus instrumentos antes de ponerlos en acción; precede a los primeros deseos una larga inquietud pensando en lo imprevisto y trata de atar todos los cabos. Se agita y fermenta la sangre; procura cierta abundancia de vida a su alrededor. Los ojos se animan y recorren los demás seres; el joven empieza a interesarse por los que tiene cerca y a sentir que no fue formado para vivir solo; de esta forma se abre el corazón a los afectos humanos y se hace capaz de sentir cariño.

El primer sentimiento de que un joven es susceptible, cultivado con esmero, no es el amor, sino la amistad. El primer acto de su naciente imaginación consiste en manifestarle que tiene semejantes, y antes que el sexo le mueva lo realiza la especie. Esta es otra utilidad que se saca de prolongar la inocencia; aprovecharse de la naciente sensibilidad con el fin de sembrar en el corazón del joven las primeras semillas de la humanidad. Este beneficio es tanto más hermoso porque es el único tiempo de la vida en que las mismas solicitudes pueden coger óptimos frutos.

Siempre he visto que los jóvenes estragados desde su temprana edad, y abandonados a las mujeres y a la vida disoluta, eran inhumanos y crueles, impacientes, vengativos y furiosos dada la fogosidad de su temperamento; llena su imaginación de un solo objeto, se negaba a todo lo demás; no conocían compasión ni misericordia y para el más trivial de sus deleites habrían sacrificado padre, madre y el universo entero. Por el contrario, el joven educado con una feliz sencillez, los primeros movimientos de la naturaleza le incitan a las tiernas y afectuosas pasiones; su sensible corazón se conmueve con las penas de sus semejantes, tiene una gran alegría cuando vuelve a ver a su camarada, sus brazos saben estrecharlo con lazos de cariño y sus ojos saben derramar lágrimas de ternura; si desagrada, siente vergüenza, y si ofende, desconsuelo. Si el ardor de una sangre que se inflama le hace vivaz, arrebatado, colérico, descubre después de un instante toda la bondad de su corazón en la lealtad de su arrepentimiento, y llora y gime por la herida que ha causado; querría rescatar a precio de su sangre la que ha vertido; se apaga su furia y su altivez y se humilla ante la conciencia de su falta. ¿Ha sido él el ofendido? En el ímpetu de su furia, una excusa, una palabra le desarma; perdona los agravios ajenos con tan buena voluntad como repara los suyos. La adolescencia no es la edad de la venganza, ni de la enemistad, sino de la conmiseración, de la clemencia y la generosidad. Lo sostengo, y no creo que la experiencia me desmienta. Un niño que no es de mala índole, y que ha mantenido su inocencia hasta los veinte años, a esta edad es el más espléndido, el mejor, el más amante, y el más amable de los hombres. Creo que nunca os lo han dicho. Educados nuestros filósofos en la corrupción de los colegios, están muy lejos de saber esto.

La debilidad del hombre es lo que hace que sea sociable; nuestras comunes miserias son las que excitan nuestros corazones al ser humanos, y nada le deberíamos si no fuéramos hombres. Todo afecto es signo de insuficiencia; si cada uno de nosotros no tuviera necesidad de los demás, jamás pensaría en unirse a ellos. Así, pues, de nuestra misma dolencia nace nuestra frágil dicha. Un ser auténticamente feliz es un ser solitario; sólo Dios disfruta de una felicidad absoluta, ¿pero quién de nosotros se forma idea de ella? Si cualquier ser imperfecto se pudiera bastar a sí mismo, ¿de qué disfrutaría? Estaría solo y sería miserable. Yo no comprendo que el que nada necesita pueda amar algo, ni que el que no ama nada pueda ser feliz.

De aquí se deduce que nos aficionamos a nuestros semejantes, no ya por el sentimiento de sus gustos, sino por el de sus penas, porque en ellas vemos mejor la identidad de nuestra naturaleza y la garantía del afecto que nos profesan. Si nuestras necesidades comunes nos unen por interés, nuestras miserias comunes nos unen por afecto. El aspecto de un hombre feliz inspira a los demás menos amor que envidia; de buen grado le acusaríamos de usurpar un derecho que no tiene, gozando de una felicidad exclusiva, pues nuestro amor propio también sufre al hacernos ver que ese hombre no nos necesita. ¿Pero quién no se apiada del desdichado que ve sufrir? ¿Quién no le quisiera librar de sus males si fuera suficiente un deseo? La imaginación más nos hace colocar en el puesto del miserable que en el del hombre feliz, y sentimos que el primero nos afecta más que el último. Dulce es la piedad, porque identificándonos con el que padece, sentimos, no obstante, el consuelo de no sufrir como él, y amarga es la envidia, porque el aspecto de un hombre feliz se convierte en una tortura y le desconsuela la mente ajena. El uno parece que nos exime de los males que sufre, y el otro nos priva de los bienes que disfruta.

Así, pues, si deseáis excitar y mantener en el corazón de un joven los primeros movimientos de la naciente sensibilidad y encaminar su carácter hacia la beneficencia y la bondad, no hagáis germinar en él el orgullo, la vanidad y la envidia con la engañosa imagen de la felicidad humana; no le mostréis la pompa de las cortes, el fausto de los palacios, los atractivos de los espectáculos; no le llevéis a las tertulias y a las brillantes asambleas, no le mostréis lo exterior de la alta sociedad hasta que le hayáis puesto en estado de que la aprecie por sí mismo. Enseñarle el mundo antes de que conozca a los hombres, no es formarle, sino corromperle, y no es instruirle, sino engañarle.

Los hombres no son, por naturaleza, ni reyes, ni potentados, ni cortesanos, ni ricos. Todos nacieron desnudos y pobres, sujetos todos a las miserias de la vida, a los pesares, a los males, a las necesidades, a toda clase de dolores; en fin, condenados a muerte. Esto sí que es propio del hombre y de lo que no está exento ningún mortal. Comenzad, pues, estudiando en la naturaleza humana lo que de ella es más inseparable, lo que mejor constituye la humanidad.

A los dieciséis años el adolescente ya sabe qué es padecer, porque ya ha padecido, pero apenas sabe que también padecen otros seres, pues verlo sin sentirlo no es saberlo, y, como he repetido infinidad de veces, el niño que no imagina lo que sufren los demás, no conoce otros males que los suyos. Pero cuando el primer desarrollo enciende en él el fuego de la imaginación, comienza a sufrir con sus dolores. Entonces la triste pintura de la humanidad doliente debe despertar en su pecho la primera ternura.

Si no es fácil notar este momento en vuestros hijos, ¿de quién os quejáis? Les enseñáis, muy pronto a fingir afectos, y hacéis que hablen su idioma, y como siempre os expresáis en el mismo estilo, vuelven contra vosotros mismos vuestras lecciones, sin dejaros ningún medio para distinguir cuando cesan de mentir y comienzan a sentir lo que dicen. Pero observad a mi Emilio: desde que le conduzco, no ha sentido ni mentido nunca. Antes de saber qué es amar, a nadie le ha dicho «yo te amo»; no le han dictado la forma de comportarse cuando entra en la habitación de su padre, su madre o su ayo enfermo; no le han enseñado el arte de aparentar la tristeza que no sentía. No ha fingido que lloraba la muerte de nadie, porque ignora qué es morir. La misma insensibilidad que hay en su corazón la tiene también en sus modales. Indiferente para todo, menos para sí, como todos los niños, por nadie se toma interés, y lo que le distingue de los demás es que no aparenta que se lo toma, y no es falso como ellos.

Emilio, habiendo reflexionado poco acerca de los seres sensibles, sabrá tarde lo que es sufrir y morir. Comenzarán los lamentos y los gritos a agitar sus entrañas, la vista de la sangre que se derrama le hará volver los ojos, le harán padecer las convulsiones de un animal moribundo antes que sepa de dónde le vienen estos nuevos sentimientos. Si hubiera permanecido bárbaro y estúpido no los tendría, y si fuese más instruido sabría cuál es su fuente. Ha comparado demasiadas ideas para no sentir nada, y no las suficientes para comprender lo que siente.

Así nace la piedad, primer sentimiento relativo que mueve al corazón humano, según el orden de la naturaleza. Para volverse piadoso y sensible, es necesario que el niño sepa que hay seres semejantes a él, que sufren lo que ha sufrido, que sientan los dolores que ha sentido, y otros de los que debe tener idea de que también puede sentirlos. Y en efecto, ¿cómo nos dejamos mover por la compasión si no es trasladándonos fuera de nosotros, identificándonos con el ser que sufre, dejando, por decirlo así, nuestro ser por tomar el suyo? Sólo en cuanto pensamos que él sufre, sufrimos nosotros, y sufrimos en él, no en nosotros. De modo que ninguno se vuelve sensible hasta que se anima su imaginación y comienza a trasladarle fuera de sí mismo.

¿Qué debemos hacer, en consecuencia, para excitar y mantener esta naciente sensibilidad y para guiarla y seguirla en su natural declive, sino ofrecerle al joven objetos propios para que pueda actuar la fuerza expansiva de su corazón, que le dilaten y le extiendan por los demás seres, que hagan que en todas partes se encuentre fuera de sí, desviar con cuidado los que le sujetan, le reconcentran y ponen tirante el resorte del yo humano? Quiero decir, en términos más claros, excitar en él

la bondad, la humanidad, la conmiseración, la beneficencia, todas las atractivas y dulces pasiones que naturalmente placen a los hombres, e impedir que nazcan la envidia, la codicia, el rencor, todas las pasiones repulsivas y crueles que no sólo anulan sino que también destruyen la sensibilidad y son el tormento de quien las sufre.

Creo que puedo resumir todas las reflexiones precedentes en dos o tres máximas precisas, claras y fáciles de comprender.

MÁXIMA PRIMERA

No es propiedad del corazón humano ocupar la plaza de los que son más felices que nosotros, pero sí en el de los que merecen ser compadecidos.

Si se hallan excepciones a esta máxima, son más aparentes que reales. Entonces, que nadie usurpe el lugar del rico o del potentado con quien se une, y aún cuando sea sincera esta intimidad, no hace otra cosa que apropiarse de una parte de su bienestar. Algunas veces es amado aquél en su desgracia, pero mientras sigue en la prosperidad no tiene otro amigo verdadero quien sin dejarse llevar por las apariencias, no obstante su prosperidad, más le compadece que le envidia.

La felicidad de ciertos estados de la vida pastoral nos conmueve, por ejemplo. La envidia no envenena el encanto de contemplar felices estas buenas gentes y nos interesa verdaderamente. ¿Por qué? Porque reconocemos que somos árbitros de bajar a este estado de inocencia y serenidad que únicamente nos despierta ideas agradables, y para poder disfrutarle, con querer basta. Siempre complace ver sus recursos, contemplar su propio caudal, aun cuando no se quiera hacer uso de él.

De aquí se deduce que para inclinar a un joven a que sea humano, en vez de hacer que contemple admirado el brillante destino de los demás, hay que hacérselo ver bajo su aspecto triste, y de este modo hacérselo temer. Luego, por una evidente consecuencia, él mismo se debe abrir un camino para su felicidad, sin seguir las huellas de nadie.

MÁXIMA SEGUNDA

Únicamente se compadecen en otro aquellos males de los cuales uno no se considera exento.

Non ignara mali, miseris succurrere disco.

No conozco nada tan hermoso, tan profundo, conmovedor y verdadero como este verso.

¿Por qué no tienen compasión los reyes de sus vasallos? Porque saben que nunca han de ser súbditos. ¿Por qué son tan duros los ricos con los pobres? Porque no tienen miedo de llegar a serlo. ¿Por qué desprecia tanto la nobleza a la plebe? Porque nunca un noble será plebeyo. ¿Por qué generalmente los turcos son más humanos, más hospitalarios que nosotros? Porque como en su gobierno totalmente arbitrario la fortuna y el poder de los particulares son siempre precarios e inseguros, no contemplan el abatimiento y la miseria como un estado que les sea extraño [2]. Mañana puede ser uno lo que hoy es aquél a quien favorece. Esta reflexión, que continuamente se repite en las novelas orientales, les comunica no sé qué ternura que no halla el lector en todos los arreglos de nuestra seca moral.

Pues no acostumbréis a vuestro alumno a que desde el pináculo de su gloria contemple las penas de los afligidos, los afanes de los miserables, ni esperéis enseñarle a que se compadezca si los mira como ajenos. Debéis hacerle comprender que la suerte de estos desventurados puede ser la suya, que todos sus males se pueden repetir en él, que existen mil casos inevitables y no previstos que le pueden sumir en el mismo estado de un momento a otro. Debéis enseñarle a que no mire como estable su cuna, la salud ni las riquezas; hacedle ver todas las vicisitudes de la fortuna, mostradle ejemplos, siempre demasiado frecuentes, que de puestos más encumbrados que el suyo han caído en el abismo más hondo muchos desgraciados; importa muy poco que haya sido por su culpa o no, puesto que ahora no se trata de eso, ya que él no sabe todavía qué cosa es culpa. No excedáis jamás la esfera de sus conocimientos, ni le iluminéis con otras luces que las proporcionadas a su capacidad; no necesita saber mucho para comprender que no le puede asegurar la prudencia humana si dentro de una hora ha de estar vivo o muerto, si antes de que sea de noche el dolor nefrítico no le hará crujir los dientes, si dentro de un mes ha de ser rico o pobre, si dentro de un año estará remando y sufriendo el látigo en una galera argelina. Y todo esto no se lo digáis con frialdad, como si le enseñaseis la doctrina cristiana; debe ver y sentir las calamidades humanas; es preciso remover y atemorizar su imaginación con los peligros que continuamente rodean a todo mortal; debe contemplar en torno suyo abiertas todas estas insondables simas v buscar vuestro amparo al oíros describirlas con el miedo de despeñarse en sus abismos. De este modo le haremos tímido y medroso, diréis. Luego lo veremos, mas por ahora empecemos haciéndole humano, que es lo que más nos importa.

MÁXIMA TERCERA

La compasión que tenemos del mal ajeno no se mal por la cantidad de este mal, sino por el sentimiento que atribuimos a los que lo padecen.

Compadecemos a un desdichado tanto como él se cree merecedor creemos que de compasión. Es mas limitado de lo que parece el sentimiento físico de nuestros males, pero por lo que somos verdaderamente dignos de lástima es por el recuerdo que su continuidad nos hace sentir y por la imaginación que los extiende hasta el tiempo venidero. Yo pienso que es una de las causas que nos endurecen con los males de los animales más que con los de los hombres, aunque nos debiera identificar con ellos la común sensibilidad. No nos dolemos de un caballo que está en su caballeriza porque no pensamos que mientras se come el pienso recuerde los palos que ha recibido ni piense en las fatigas que le esperan. No nos dolemos tampoco de un carnero que vemos paciendo aunque sepamos que en breve ha de ser de ollado, puesto que pensamos que no prevé su suerte, este modo nos vamos endureciendo por extensión sobre el destino de los hombres, y los ricos se consuelan del mal que hacen a los jóvenes, y los suponen tan necios que consideran que no sienten el dolor. Yo, generalmente, estimo lo que cada uno aprecia la felicidad de sus semejantes por la atención que les presta. Es un hecho natural el dar poco valor a la dicha de las personas que uno no considera. No es de extrañar que los políticos traten con tanto desdén al pueblo, ni que la mayor parte de los filósofos supongan perverso al hombre.

Lo que compone el linaje humano es el pueblo; lo que no es pueblo es tan poco que ni vale la pena tenerlo en cuenta. El hombre es el mismo en todas las condiciones, y si es así, las que más suman son las que mayor respeto merecen. A los ojos de un pensador desaparecen todas las distinciones civiles; las mismas pasiones, los mismos sentimientos ve en un sujeto ilustre que en un rústico; solamente distingue el estilo y un colorido con más o menos adornos; si los separa alguna diferencia esencial es en detrimento de los más disimulados. La plebe se muestra tal como es, y no es amable, pero es forzoso que los hombres decentes se disfracen, pues si se dejasen ver tal como son causarían horror.

Según dicen nuestros sabios hay la misma dosis de pena y de bienestar en todas las condiciones. Una máxima tan absurda como imposible de sostener, porque si todos somos felices en un mismo grado, ¿qué necesidad tengo yo de incomodarme por nadie? Que se quede cada uno como está. Maltraten al esclavo, perezcan el enfermo y el desvalido puesto que nada consiguen con mudar de estado. Hacen una enumeración de las penas del rico y manifiestan la vaciedad de sus placeres. ¡Qué sofisma tan torpe! Las penas del rico no provienen de su estado, sino de sí mismo, que abusa de su condición. Aunque fuera todavía más desventurado que el pobre, no sería digno de compasión, puesto que todos sus males provienen de su actuación y el ser feliz está en su mano, pero las penalidades del miserable le vienen de las cosas, del rigor con que la suerte le trata. No existe ninguna costumbre capaz de quitarle el sentimiento físico de la fatiga, del desfallecimiento y del hambre; ni el entendimiento recto ni la sabiduría son suficientes para eximirle de los males de su estado. ¿Qué adelanta Epicteto con prever que su amo le va a romper una pierna? ¿Deja de rompérsela por eso?

Con su mal se une el de la previsión. Aunque la plebe tan inteligente como estúpida la suponemos, ¿qué otra cosa pudiera ser distinta de lo que es? ¿Qué otra cosa pudiera hacer que lo que hace? Realizad un estudio sobre las personas de esta clase y os daréis cuenta de que con otras formas poseen tanta perspicacia y más razón que vosotros. Debéis respetar a vuestra especie; considerad que de un modo esencial consta de la colección de pueblos, y que aun cuando se quitaran de ellos todos los reyes y todos los filósofos, poco se notaría su falta y no iría peor el mundo. En una palabra, enseñad a vuestro alumno a amar a todos los hombres, hasta a los que lo desdeñen; procurad que no se limite a ninguna clase, sino que se encuentre en todas; hablad en su presencia con ternura del género humano y a veces con lástima, pero nunca con desprecio. Hombre, no deshonres al hombre.

Por éstas y otras semejantes veredas, bien opuestas a las trilladas, es conveniente introducirse en el corazón del adolescente para excitar en él los primeros movimientos de la naturaleza, para desenvolvérselo y dilatársele respecto a sus semejantes. También importa mucho que con estos movimientos vaya mezclado cuanto menos interés personal sea posible, especialmente ni vanidad, ni emulación, ni vanagloria ninguna de aquellos afectos que nos obligan a compararnos con los demás, puesto que nunca se verifican estas comparaciones sin cierta impresión contra aquellos que, aunque no sea más que en nuestra estimación propia, nos disputan la preferencia. Entonces es obligado cegarse o enojarse, ser tonto o perverso, y por lo tanto debemos evitar esta alternativa. Dicen que tarde o temprano se han de encender estas peligrosas pasiones, aunque sea a pesar nuestro. Esto no lo niego, ya que cada cosa tiene su tiempo y lugar; solamente digo que no debemos contribuir a su nacimiento.

Este es el espíritu del método que conviene prescribir. Aquí son inútiles los ejemplos detallados, porque empieza ya la división casi infinita de caracteres, y cada ejemplo que yo diese tal vez no convendría uno entre cien mil. A esta edad empieza también en el maestro hábil la verdadera función de observador y de filósofo, que sabe el arte de sondear los corazones mientras se afana en formarlos. Mientras todavía no piense en disfrazarse, puesto que aún no lo ha aprendido el joven, a cada objeto que le presentan se advierte en su ademán, en sus ojos, en sus acciones, la impresión que le produce; en su semblante se leen todos los movimientos de su alma, y observándolos se consigue preverlos y finalmente dirigirlos.

Puede verse que generalmente la sangre, las heridas, los gritos, los gemidos, el aparato de las operaciones dolorosas, y todo cuanto transmite a los sentidos objetos que sufren, sobrecoge más pronto y de modo general a todos los hombres. Como la idea de destrucción es más compleja, no produce la misma impresión; más tarde y con menos vigor surge la idea de la muerte, pero porque nadie ha hecho la experiencia -de morir es preciso haber visto cadáveres para sentir las congojas de los agonizantes. Pero cuando ya se ha formado bien en nuestro ánimo esta imagen, no existe espectáculo más horrible a nuestros ojos, sea a causa de la idea que entonces presenta a los sentidos, o porque sabiendo que es inevitable este instante para todos, uno se siente más vivamente alterado con una situación de la cual está seguro que no podrá menos de ser la suya algún día.

Estas impresiones diversas tienen sus modificaciones y sus grados, que dependen del carácter particular de cada individuo y de sus anteriores costumbres, pero son universales y nadie está totalmente exento de ellas. Hay unas que son más tardías y menos generales, más propias de los animales sensibles; éstas son las que se reciben de las penas morales, de los dolores internos, de las aflicciones, de las largas pesadumbres y de la tristeza. Hay hombres que por los gritos y llantos se conmueven, pero nunca les hicieron ni suspiros los sordos e intensos sollozos de un pecho castigado por el sufrimiento, ni nunca un andar vencido, un rostro enfermizo, unos ojos que sólo ven a través de sus lágrimas... Para ellos las penas del alma nada significan, nada siente la suya, no esperéis más que un rigor inflexible, dureza de corazón y crueldad. Podrán ser íntegros y justos, pero nunca clementes, generosos y piadosos. Digo que podrán ser ,justos, si es posible que lo sea el hombre que carece de misericordia.

Sin embargo, no os apresuréis a juzgar a los jóvenes por esta regla, especialmente a los que educados como deben serlo no tienen ninguna idea de las penas morales que nunca han sufrido, porque repito que sólo pueden compadecer los males que conocen, y esta aparente insensibilidad, que procede de la ignorancia, se convierte en ternura tan pronto como empiezan a sentir que en la vida humana se dan mil sufrimientos que no conocían. En lo que se refiere a mi Emilio, debido que en su niñez haya tenido sencillez y recto discerní miento, estoy seguro de que tendrá sensibilidad y alma cuando sea mayor, porque la verdad de los afectos tiene una conexión íntima con las ideas justas.

¿Pero por qué hemos de recordarlo aquí? Habrá más de un lector que me reprochará que yo olvido mi resolución primera y que he permitido a mi alumno unta constante felicidad. A los desgraciados, agonizantes espectáculos de miseria y dolor, qué felicidad, qué deleites para un corazón que empieza a vivir. Su triste instructor, que le dedicaba tan plácida educación, sólo lo ha hecho nacer para que sufra. Ante esto dirán: «¿Y qué me importa?». Hacerle feliz es lo que yo he prometido, y no que sólo lo pareciese. ¿Es culpa mía si engañados siempre por las apariencias creéis que es realidad?

Consideremos a los jóvenes cuando han terminado su primera educación y entran en el mundo por dos puertas opuestas. El uno se encarama al Olimpo de repente y se introduce en la sociedad irás lucida, le llevan a la corte, a las casas de los ricos y de las bellas damas. Supongo que en todas partes lo obsequian, pero no me fijo en el efecto que estos agasajos imprimen en su corazón, y quiero que los resista. Los deleites vuelan hacia su encuentro, cada día le divierten objetos nuevos y se entrega a todo con un interés que cautiva.. Veis que está atento, diligente y curioso; os impresiona su admiración, la situación de su alma, creéis que goza y yo creo que sufre.

¿Qué es lo primero que ve al abrir los ojos? Una serie de pretendidos bienes que no conocía, cuya mayor parte sólo están a su disposición un instante, y parece que se le muestran para que le cause más desconsuelo su privación. Si se pasea en un palacio, su inquieta curiosidad hace que se enoje en su interior debido a que no es como ese palacio la casa de sus padres. Todas sus preguntas inducen a entender que de un modo continuo se compara con el amo de esta casa, y todo lo que le demuestra su inferioridad irrita y aumenta su vanidad. Si ve un joven mejor vestido que él, observo que murmura de la avaricia de sus padres. ¿Lleva él ropa de mayor precio? Tiene el sentimiento de ver que otro le eclipsa por su cuna o por su ingenio, y que sus ropas desmerecen al lado de un vestido de paño común. ¿Es él solo quien brilla en una tertulia? ¿Se pone de puntillas para que le vean mejor? ¿Quién no siente una secreta disposición a censurar el afán de un mozuelo presumido? Pronto se confabula todo; le inquietan las miradas de un hombre grave, no tardan en llegar a sus oídos las burlas de un burlón mordaz, y aunque sólo uno le desdeñase, el menosprecio de éste envenenaría al momento los aplausos de los demás.

Podemos concedérselo todo, no le regateemos el mérito ni las gracias; que sea buen mozo, agudo, amable, obsequiado por las mujeres, pero como le obsequian antes de que él las quiera, más fácil será que enloquezca que no que se enamore; tendrá aventuras, pero no ardor ni pasión para disfrutar de ellas. Siempre adivinados sus deseos, sin tener nunca tiempo para que lleguen los deleites, sólo siente el freno, y el sexo destinado a hacer feliz al suyo le harta y fastidia antes de conocerlo; si sigue tratándolo no es más que por vanidad, y aun cuando sintiese verdadera afición, no sería el único joven, el único brillante, el único amable, ni serán siempre sus amadas prodigios de fidelidad.

No digo nada de los chismes alevosos, las insolencias y todo género de pesares imprescindibles en una vida semejante. La experiencia del mundo le fastidia y sólo habla de los quebrantos relacionados con la primera ilusión.

Qué contraste para el que, aislado al lado de su familia y entre sus amigos, ve que él es el único objeto de todas sus atenciones, se mete de repente en un orden de cosas en el que se le tiene en tan poco y se encuentra como oprimido en una esfera extraña, él que por tanto tiempo fue el centro de la suya. ¡Cuántas afrentas, cuántos desaires ha de sufrir antes de que supere entre los extraños las preocupaciones de su mucha valía, que le inspiraron y le alimentaron los suyos! Cuando era niño, todo se le sometía, todo le llegaba conforme a su voluntad; joven, tiene que ceder a todo el mundo, y si se descuida un poco y conserva sus antiguos modales, ¡con qué duras lecciones se va a encontrar! El hábito de alcanzar con facilidad el objeto de sus deseos le incita a desear mucho, lo que es causa de privaciones continuas. Todo lo que es de su agrado le absorbe, lo que tienen los otros quisiera tenerlo él, lo codicia todo, a todo el mundo envidia y en todas partes quisiera dominar porque le roe la vanidad; en su corazón se engendran el rencor y los celos; de común acuerdo toman vuelo todas las voraces pasiones, la agitación le acompaña y le sigue todas las noches a su morada, en la que entra descontento de sí mismo y de los demás. Se duerme con cien vanos proyectos, desasosegado con mil fantasías, y hasta en sus sueños le retrata su soberbia los ilusorios bienes, cuyo deseo le acongoja y que no ha de poseer en su vida. Este es vuestro alumno. Veamos el mío.

Si un asunto triste es el primer espectáculo que le impresiona, en cuanto vuelva en sí lo primero que siente le produce contento. Al darse cuenta del número de males de que está exento siente que es más feliz de lo que creía. Participa de las penas de sus semejantes, pero esta participación es voluntaria y suave. A un mismo tiempo disfruta de la compasión que siente por sus males y de la dicha que disfrutan; se encuentra en aquel estado de fuerza que nos lleva más allá de nosotros y hace que coloquemos en otra parte la superflua actividad para nuestro bienestar. Sin duda, para dolerse del mal ajeno, es preciso conocerlo, pero no sentirlo. Quien ha padecido o teme padecer se duele de los que padecen, pero el que está padeciendo sólo se duele de sí mismo. Pero cuando están todos sujetos a las miserias de la vida, se deduce que debe ser muy suave la conmiseración, porque se manifiesta en favor nuestro, y, por él contrario, siempre es desventurado un hombre duro, pues su corazón no le deja ninguna sensibilidad sobrante que pueda conceder a los duelos ajenos.

Juzgamos demasiado sobre la felicidad por sus apariencias; la suponemos donde menos la hay, la buscamos donde no puede estar, pues la alegría es una señal muy equívoca de la dicha. Muchas veces un hombre alegre es un desgraciado que procura confundir a los demás y engañarse a sí mismo. Estas personas tan risueñas, tan despejadas, tan serenas entre una concurrencia, casi todas son tristes y regañonas en su casa, y sus criados pagan la diversión con que han distraído a sus amistades. El verdadero contento no es alegre ni bullicioso; celoso de tan suave afecto, quien lo disfruta piensa en él, lo saborea y teme que se le evapore. Un hombre verdaderamente feliz habla poco, ríe menos y concentra, por decirlo así, la felicidad en torno de su corazón. Los juegos estrepitosos, la turbulenta alegría encubren el tedio y los desabrimientos, pero la melancolía es amante de las suaves delicias; a los gustos más dulces los acompañan la ternura y las lágrimas, y hasta el gozo excesivo antes saca llantos que risa.

Si a primera vista parece que contribuyen a la felicidad la variación y el gran número de pasatiempos, y que una vida siempre igual debe aburrir; si lo miramos con mayor atención hallamos que, por el contrario, el hábito más suave del ánimo consiste en una moderación de goces que deja poco sitio al deseo y al hastío. La inquietud de los deseos engendra la curiosidad y la inconstancia, y el vacío de los deleites turbulentos produce el aburrimiento. Nunca se aburre de su estado quien no conoce otro mejor. Los salvajes son los menos curiosos y los que menos se aburren de cuantos hombres hay en el mundo; para ellos todo es indiferente y no gozan de las cosas, sino de sí mismos; pasan la vida sin hacer nada y nunca se aburren.

El hombre de mundo está entero en su fingimiento. Como casi nunca está solo consigo mismo, es un extraño para sí, y no se halla a gusto cuando se ve forzado a entrar en su interior. Para este hombre lo que él es no es nada, y lo extraño a él lo es todo.

No puedo menos de imaginar, viendo el rostro del joven de quien antes he hablado, un no sé qué de importuno, de melindroso y afectado que desagrada, que repugna a las personas llanas, y en el mío una interesante y cándida fisonomía, que demuestra contento y verdadera serenidad del ánimo, que inspira confianza y parece que sólo espera los desahogos de la amistad para brindar los que se le acercan. Hay muchos que creen que el rostro es el desarrollo de los contornos que ya ha bosquejado la naturaleza. Yo mejor creo que además de ese desarrollo se va formando de una manera insensible y adquieren fisonomía los rasgos del semblante humano con la frecuente y habitual impresión de ciertas afecciones del ánimo. Estas afecciones quedan señaladas en el rostro, lo que es completamente cierto; cuando se convierten en hábitos, dejan en él impresiones duraderas. De esta manera yo concibo que la fisonomía es el anuncio del carácter, y que alguna vez podemos juzgar de éste por aquélla, sin metamos en misteriosas explicaciones que suponen conocimientos de que carecemos.

Un niño tiene solamente dos afecciones bien marca- das: el placer y el dolor, se ríe o llora y no hay términos medios para él, pues continuamente pasa de uno de estos estados a otro. Esta alternativa continua priva de que hagan en su rostro ninguna impresión constante y de que adquiera expresión, pero en la edad en que es más sensible se conmueve con mayor viveza y constancia y las impresiones, ya más profundas, dejan huellas que se borran con gran dificultad, y resulta del estado habitual del ánimo unos rasgos que ya son indelebles.

No es raro, sin embargo, ver a ciertos hombres que en diferentes edades cambian de fisonomía. Yo he visto a muchos que están incluidos en este caso, y siempre he notado que los que había podido seguir y observar, también habían mudado de pasiones habituales. Esta observación, perfectamente confirmada, me parece decisiva y no está fuera de los movimientos del alma por los signos externos.

Yo no sé si mi joven, por no haber aprendido a imitar modales de sociedad y a fingir afectos que no tiene, será menos amable; aquí no tratamos de esto, pero sé que será más amante, y me resulta difícil creer que el que sólo se ama a sí mismo puede disfrazarse tan bien que agrade tanto como el que de su cariño a los demás saca un nuevo sentimiento de felicidad. En cuanto a este mismo sentimiento, presumo que basta con lo manifestado para guiar en este punto a un lector de sana razón y demostrar que no incurro en ninguna contradicción.

Vuelvo, pues, a mi sistema, y digo: al acercarse la edad crítica debéis presentar a los jóvenes espectáculos que les sirvan de freno y que no les exciten; inquietad su imaginación con objetos que en vez de inflamar sus sentidos repriman su actividad. Apartadlos de las ciudades, donde el atrevido traje de las mujeres acelera y adelanta las lecciones de la naturaleza, y de los sitios donde todo presenta a sus ojos deleites que no deben conocer hasta que sepan escogerlos. Llevadlos a su primera mansión, donde la sencillez no deja que las pasiones propias de su edad se desenvuelvan con tanta rapidez, o si los retiene en la ciudad su gusto por las artes, debéis evitar que esa afición degenere en una peligrosa ociosidad. Escoged con gran esmero sus sociedades, sus ocupaciones y sus pasatiempos; mostradles sólo pinturas halagüeñas pero modestas, que los conmuevan sin seducirlos, y que aporten su sensibilidad sin alterar sus sentidos. Debéis considerar también que en todo hay excesos que temer, que siempre las pasiones sin moderación causan mayores daños que los que se desea evitar. No se trata de hacer de vuestro alumno un enfermero, de afligir su vista con continuos objetos de penas y quebrantos, de llevarlo de un enfermo a otro, de hospital en hospital, del patíbulo a la cárcel. Lo que conviene es que tienda a apiadarse y no endurecerle con las escenas de las miserias humanas. Si se presentan durante mucho tiempo los mismos espectáculos, dejará de sentir la impresión que producen, puesto que el hábito nos acostumbra a todos; lo que se ve con mucha frecuencia no impresiona a la imaginación, y ésta sola es la que hace que sintamos los males ajenos, que es por lo que de tanto ver morir y padecer, los médicos se vuelven inhumanos, y lo mismo se puede decir de los clérigos. Vuestro alumno debe conocer la suerte del hombre y las miserias de sus semejantes, pero no las debe presenciar a cada paso. Solamente un objeto bien escogido y manifestado bajo el punto de vista que conviene le proporcionará materia para enternecerse y reflexionar por espacio de un mes. No tanto lo que ve, como el recapacitar sobre lo que ha visto, es lo que determina el juicio que se forma, y la impresión duradera que recibe de un objeto procede menos del mismo objeto que del punto de vista desde el cual se le incita a que se acuerde de él. De esta forma, valiéndose de una economía de ejemplos, imágenes y lecciones, embotaréis por mucho tiempo el aguijón de los sentidos, y de este modo entretendréis la acción de la naturaleza al seguir sus mismas directrices.

A medida que vaya adquiriendo conocimientos, escogeréis ideas que se refieran a ellos, y al mismo tiempo que sus deseos se inflaman debéis buscar imágenes apropiadas para su reprensión. Un anciano militar, tan estimado por sus costumbres como por su valor, me contó que siendo él joven, su padre, hombre de juicio y devoto, al observar que su temperamento le arrastraba hacia las mujeres, nada dejó de hacer para contenerlo, pero dándose cuenta por último de que a pesar de sus afanes no conseguía nada, determino llevarle a un hospital en el que sólo se trataban agudas enfermedades venéreas, y sin haberle prevenido le hizo entrar' en una sala donde con curas terribles expiaba una cantidad de desgraciados la disoluta vida que habían llevado. Al contemplar una escena que de tan asquerosa repugnaba a todos los sentidos, el joven casi se desmayó. «Anda, miserable crápula, le dijo entonces con acento despreciativo su pare, sigue con la indecente inclinación que te domina; tendrás mucha suerte si te admiten en esta sala y víctima de los males más asquerosos obligaras a tu padre a agradecerle a Dios tu muerte.»

Estas breves palabras en medio del depresivo espectáculo que le presentaba le impresionaron tanto que ya nunca se lo borró. Condenado por su carrera a pasar su juventud en los cuarteles, prefirió aguantar la burla de sus camaradas antes que imitar su libertinaje. «He sido hombre, me dijo, he tenido flaquezas, pero ya no he podido mirar sin horror a una mujer pública.» Maestro, pocos razonamientos; aprende a escoger los sitios, los tiempos y las personas, y después dad vuestras lecciones presentando ejemplos y podéis estar seguros de su eficacia.

El tiempo de la infancia es corto, pero los errores iniciales ya no tienen remedio, y en cambio lo bueno que se le enseña da sus resultados más tarde. Mas no ocurre lo mismo en la primera edad, cuando verdaderamente el hombre empieza a vivir. No dura esa edad lo suficiente para el uso que de ella debe hacerse, y su importancia exige una continuada solicitud; por eso insisto tanto en el arte de prolongarla. Uno de los mejores preceptos de la buena educación consiste en retardarla todo lo que sea posible. Debéis hacer que los adelantos sean lentos y seguros. Evitad que el joven se haga hombre cuando le falta ya poco para serlo. Mientras el cuerpo crece, se forman y se elaboran los espíritus destinados a dar fuerza a las fibras y a la sangre; si hacéis que tomen un curso distinto y que lo que estaba destinado a la perfección de un individuo sirva para la formación de otro, los dos permanecen en un estado de flaqueza, y la obra de la naturaleza sigue imperfecta. También se resienten de esta alteración las operaciones intelectuales, y tan endeble el alma como el cuerpo, sus actividades carecen de vigor. Ni el valor ni el ingenio dependen de miembros fuertes y robustos, y comprendo que la fuerza del espíritu no vaya acompañada con la del cuerpo si por otra parte no están bien dispuestos los desconocidos órganos de la comunicación de ambas sustancias, pero aunque fuera buena su mutua disposición, siempre obrarán sin energía si carecen de otro principio que no sea el de una sangre empobrecida y privada de aquella materia que da acción y fuerza a todos los muelles de la máquina. Generalmente se observa más vigor de alma en los hombres cuya juventud no sufrió la menor corrupción que en aquellos cuyo desorden empezó prematuramente, sin duda una de las causas por las cuales superan en valor y razón los pueblos de costumbres sanas a los de costumbres licenciosas. Estos únicamente brillan con lo que ellos llaman agudeza, sagacidad y habilidad, pero las vastas y nobles funciones de sabiduría y razón que honran y distinguen al hombre con acciones dignas, con virtudes y afanes verdaderamente útiles no se encuentran más que en los primeros.

Los maestros se quejan de que el ardor de esta edad hace indisciplinada a la juventud, y veo que es verdad. ¿Pero ¡lo es de ellos la culpa? ¿No saben que en cuanto han dejado que corra llama por los sentidos es imposible la otra dirección? ¿Los fríos y pesados sermones de un pedante borrarán en el espíritu de su alumno la imagen de los deleites que ha concebido? ¿Desterrarán los deseos que atormentan su corazón? ¿Amortiguarán el ardor de un temperamento cuyo uso sabe? ¿No se irritará contra los estorbos que se oponen a la única felicidad de que tiene idea? ¿Y qué otra cosa verá en la dura ley que le prescriben sin poder hacer que la entienda, si no el capricho y la enemistad de tu hombre que quiere atormentarle? ¿Es extraño que a su vez él se irrite y le desprecie?

Comprendo que apareciendo fácil puede ser más soportable y conservar una autoridad aparente, pero no veo para qué sirve la autoridad que el ayo conserva sobre su alumno fomentando los vicios que debería reprimir; es como si por calmar un fogoso caballo el jinete le espolease para que saltase a un abismo.

Lejos de ser el ardor de la adolescencia un impedimento para la educación, es merced a él que se perfecciona y se perfila, y es lo que proporciona un asidero en el corazón de un joven cuando llega a ser tan fuerte como vosotros. Sus primeras afecciones son las riendas con que dirigís sus movimientos, él era libre, y ahora le veo esclavizado. Cuando no amaba nada, sólo dependía de sí mismo y de sus necesidades, y en cuanto ama depende de su cariño. Así nacen los primeros vínculos que le enlazan con su especie. No penséis que dirigiendo esta sensibilidad naciente abrace al principio a todos los hombres ni que signifique algo para él la expresión de linaje humano. No; primero le indicará esa sensibilidad a sus semejantes, y para él sus semejantes no son las personas desconocidas, sino aquellas con la cuales tiene intimidad, las que la costumbre le ha hecho que quiera o que necesite, las que ve que tienen modos de pensar y de sentir como él, las que están expuestas a las penas que ha padecido y que se complacen con las alegrías que ha disfrutado; en una palabra, aquellas por las que se siente más inclinado a quererlas, Antes de observar de mil modos su carácter y de hacer reflexiones acerca de sus propios afectos y de los que observe en los demás, podrá generalizar sus nociones individuales bajo la idea abstracta de humanidad y agregará a sus particulares afecciones las que pueden identificarle con su especie.

Al ser capaz de cariño, es sensible para el de los demás y vive pendiente de las señales de ese cariño [3]. ¿Veis qué nuevo imperio vais a conseguir sobre él? ¡Con cuántas cadenas habéis ceñido su corazón, antes que él se diese cuenta! ¿Qué ha de sentir cuando mirando por sí mismo vea lo que habéis hecho por él, cuando se pueda comparar con los demás jóvenes de su edad y compararon con los otros ayos? Digo cuando él lo vea, pero debéis tener en cuenta que no podéis decírselo, puesto que entonces él no lo vería. Si le exigís obediencia como pago de los afanes que por él os habéis tomado, pensará que le habéis tendido un lazo, y se dirá que cuando fingíais servirle sin interés pretendíais cargarle con una deuda y atarle con un contrato sin su consentimiento. Será vano alegar que lo que exigís de él es para su bien, pues exigís, y exigís en virtud de lo que, sin contar con él, habéis hecho en su beneficio. Cuando un desventurado admite el dinero que fingen darle y se encuentra comprometido contra su voluntad, lamentáis la injusticia, ¿y no sois aún más injusto cuando pretendéis que pague vuestro alumno el precio de cuidados que él no había admitido?

Sería aún más rara la ingratitud si fueran menos frecuentes los beneficios con usura. Lo que nos produce un bien lo amamos, y es muy natural. La ingratitud no se alberga en el corazón humano, pero el interés sí, y existen menos favorecidos ingratos que bienhechores interesados. Si me vendéis vuestras dádivas ajustaré el precio que quiero pagar por ellas, pero si fingís que me dais para venderme luego al precio que queráis, cometéis un fraude, pues lo que hace despreciables los dones es que sean gratuitos. El corazón sólo admite leyes de sí mismo; el que quiera encadenarlo lo liberta, y quien lo deja libre lo encadena.

Cuando el pescador echa el cebo al agua, llega el pez y se está quieto sin recelo alguno, mas cuando cogido del anzuelo que escondía el cebo siente que tiran, procura escaparse. ¿Es el pescador el bienhechor y el pez el ingrato? ¿Se ha visto a alguien que olvide a su bienhechor aun cuando éste no se acuerde de él? Por el contrario, siempre habla de él con afecto, no piensa en él sin que se enternezca, y si halla ocasión para demostrarle con algún inesperado servicio que se acuerda de los suyos, ¡con qué júbilo exterioriza entonces su gratitud, con qué alborozo se da a conocer y con qué goce se dice que le ha llegado el momento que anhelaba! Esta es la voz de la naturaleza, que jamás hubo quien pagase con ingratitud un beneficio verdadero.

Puesto que la ingratitud es un afecto natural, si no destruís su eficacia por culpa vuestra, estad seguro de que cuando empiece vuestro alumno a conocer el valor de vuestros afanes, será agradecido si vos no les ponéis precio, y que os concederá una autoridad que nada podrá destruir. Pero antes de que consigáis esta ventaja; debéis evitar el perderla recordándole su valor. Recordarle vuestros servicios es hacérselos insoportables, y olvidaros de ellos bastará para que él los recuerde. Nunca habléis de lo que os debe sino de lo que a sí mismo se debe, hasta que haya llegado el tiempo de tratarle como a un hombre. Dejadle que sea dócil por su propia voluntad y debéis huir de él para que os busque; ennalteced su alma hasta el noble afecto de la gratitud, no hablándole nunca de otra cosa más que de su interés. No he querido que le dijesen que era por su bien lo que hacían, hasta que-estuviera en estado de entenderlo, porque en esta expresión sólo hubiera visto vuestra dependencia y os habría mirado como un criado suyo. Pero ahora que empieza a sentir qué cosa es querer, también siente lo suave del vínculo que puede estrechar a un hombre con los que quiere, y con el celo que pone para que sin cesar os desviváis por él, ya no ve la adhesión de un esclavo, sino el cariño de un amigo. Ninguna cosa puede tanto con el corazón humano como la voz de la amistad, puesto que sabemos que siempre nos habla por nuestro interés. Podemos creer que se engaña un amigo, pero no que quiere engañarnos. Algunas veces nos resistimos a sus consejos, pero nunca los despreciamos.

Entramos, por último, en el orden moral: acabamos de dar el segundo paso del hombre. Si aquí fuera un lugar oportuno, trataría de demostrar cómo de los primeros movimientos del corazón se originan las primeras voces de la conciencia, y cómo de los afectos de amor y odio nacen las primeras nociones del bien y del mal. Haría comprender que «justicia y bondad» no sólo son palabras abstractas, puros seres morales formados por el entendimiento, sino verdaderas afecciones del alma iluminada por la razón, y que son un progreso coordinado de nuestras primitivas afecciones, que no es posible establecer ninguna ley natural por la razón sola y sin acudir a la conciencia, y que es ilusorio el derecho de la naturaleza si no va fundado en una necesidad natural en el corazón humano [4]. Pero considero que no debo componer aquí tratados de metafísica y moral, ni cursos de estudio de ninguna clase; me basta con señalar el orden y el progreso de nuestras sensaciones y conocimientos con relación a nuestra naturaleza. Acaso otros demostrarán extensamente lo que yo no hago más que esbozar.

No habiendo contemplado hasta ahora otra cosa que a sí mismo, la primera mirada que pone en sus semejantes le incita a compararse con ellos, y el primer efecto que excita en él esta comparación es anhelar el primer puesto. Este es el punto en que se transforma el amor de sí en amor propio, y comienzan a nacer todas las pasiones que tienen conexión con éste. Pero para decidir si entre estas pasiones, las que hayan de dominar en su carácter han de ser suaves y humanas, o crueles y malignas; sí han de ser de benevolencia y de conmiseración, o de codicia y envidia, es preciso saber en qué lugar se reconocerá entre los hombres y qué género de obstáculos creerán que necesita vencer para conseguir el sitio que pretende ocupar.

Para guiarle en esta investigación, habiéndole ya hecho ver a los hombres por los accidentes comunes de la especie, es necesario manifestárselo ahora por sus diferencias, y aquí se le debe hacer conocer la medida de la desigualdad natural y civil y el cuadro de todo el orden social.

Hay que estudiar la sociedad por los hombres, y los hombres por la sociedad; los que quieran tratar por separado la política y la moral no entenderán palabra ni de una ni de otra. Aplicándonos primero a las relaciones primitivas, observamos la impresión que deben causar en los hombres y las pasiones que de ellas deben originarse, y vemos que por el progreso de las pasiones se multiplican y estrechan recíprocamente estas relaciones. No tanto la fuerza de los brazos como la moderación de los ánimos es la que hace a los hombres independientes y libres. Quien anhela pocas cosas, con pocas personas está relacionado, pero confundiendo siempre nuestros vanos deseos con nuestras necesidades físicas, los que fundamentaron la sociedad humana en estas últimas tomaron por causas lo que eran efectos, y de ahí el error de sus razonamientos.

Existe en el estado de naturaleza una igualdad de hecho indestructible y real, porque no es posible que en este estado sea tan grande la diferencia de hombre a hombre que tenga uno que depender de otro. En el estado civil hay una igualdad de derecho vana y quimérica, pues los mismos medios destinados para mantenerla sirven para destruirla, y porque agregada la fuerza pública al más fuerte para oprimir al débil, rompe la especie de equilibrio en que nos había puesto la naturaleza [5]. De esta primera contradicción se derivan todas aquellas que se advierten en muchedumbre orden civil entre la realidad y la apariencia. La muchedumbre será siempre sacrificada al beneficio de un corto número, y el interés público al particular; servirán siempre de instrumentos para la violencia y de armas para la iniquidad los especiosos nombres de subordinación y justicia, de donde se colige que las clases distinguidas que pretendan ser útiles para los demás, sólo son útiles para sí mismas a costa de los otros, y por esto debemos juzgar del aprecio en que según la justicia y la razón merecen ser tenidas. Nos falta ver si la jerarquía que se han tomado contribuye más a la felicidad de los que la ocupan, para saber el juicio que debe formar cada uno de nosotros en cuanto se refiere a su propia suerte.

Este es el estudio que nos importa ahora, pero para que saquemos fruto del mismo es preciso empezar por conocer el corazón humano.

Si únicamente se tratase de que los jóvenes conociesen al hombre por su máscara, no habría necesidad de enseñársela, puesto que sobradamente la verían, pero como el hombre no es su máscara y no queremos que se dejen engañar por el relumbrón, cuando les pintéis el hombre debéis pintarlo tal como es, no para que le tomen odio sino para que le tengan lástima y no se le quieran parecer, pues éste es, a mi modo de ver, el más juicioso afecto que a un hombre puede inspirar su especie.

A este fin, importa seguir aquí un camino opuesto al que hasta ahora he seguido, e instruir al joven por la experiencia ajena antes que por la suya. Si los hombres le engañan, los despreciará, pero si le respetan y ve que se engañan mutuamente, les tendrá lástima. Decía Pitágoras que el espectáculo del mundo era parecido al de los juegos olímpicos: los unos abren un comercio y sólo piensan en su ganancia; los otros aventuran su persona y buscan la gloria, y otros-se contentan con ver los juegos, los cuales no son los peores.

Yo quisiera que fuera tan escogida la sociedad de un joven que tuviese buena opinión de los que viven con él y que le enseñáramos a conocer tan bien el mundo que le contrariase en el acto todo lo que viese torcido. Que sepa que el hombre es naturalmente bueno, que lo sienta y juzgue de su prójimo por sí mismo pero que vea cómo la sociedad deprava y pervierte a los hombres, que encuentre en los prejuicios de ellos la causa de todos sus vicios que tienda a estimar a cada individuo, pero que desprecie a la muchedumbre; que vea que todos llevan casi la misma máscara, pero que sepa que hay rostros más bellos que la máscara que los cubre.

Hay que convenir en que este método tiene sus inconvenientes y que es difícil ponerlo en práctica, pues si tan pronto empieza a observar y le inducís a que aceche con tanta atención las acciones ajenas, le convertiréis en un maldiciente y satírico, fácil al error, se habituará a la odiosa satisfacción de hallar en todo siniestras interpretaciones y a no mirar bien ni siquiera lo que es bueno. Verá delante de sí el espectáculo del vicio y contemplará sin horror a los perversos de la misma manera que uno se habitúa a ver sin compasión a los desgraciados, y pronto la perversidad general le servirá menos de lección que de disculpa, hasta decirse que si el hombre es de tal manera, él no tiene por qué ser de otro modo.

Si le queréis instruir por principios y hacerle conocer a la vez la naturaleza del corazón humano, la aplicación de las causas externas que convierten en vicios nuestras inclinaciones, trasladándole de una forma intempestiva desde los objetos sensibles a los intelectuales, hacéis uso de una metafísica que no está en estado de entender, cayendo en el inconveniente, que hasta aquí con tanto tesón hemos evitado de darle lecciones que lo parezcan y de sustituir en su espíritu la experiencia y la autoridad del maestro por su propia experiencia y el progreso de su razón.

Para quitar a la vez ambos obstáculos y poner el corazón humano a su alcance sin correr el peligro de alterar el suyo, yo quisiera mostrarle a los hombres desde lejos, en otros tiempos y en otros países, de tal modo que pudiera contemplar la escena sin poder nunca intervenir. Esta es la época de aprender la historia, leer su curso sin lecciones de filosofía; siendo mero espectador, los observará sin interés ni pasión, como juez, y no como cómplice ni como acusador.

Para conocer a los hombres hay que observarlos en sus acciones. En el mundo los oímos hablar, dicen lo que dicen y esconden sus acciones, pero quedan graba das en la historia y los juzgados por los hechos, hasta sus dichos sirven para valorarlos, pues comparando lo que dicen con lo que hacen nos damos cuenta de lo que son y de lo que quieren parecer; cuanto más disimulan, mejor los conocemos.

Desgraciadamente este estudio tiene sus riesgos, sus inconvenientes, los cuales son de más de una especie. Es difícil colocarse en un punto de vista desde el cual podamos juzgar con equidad a nuestros semejantes. Uno de los vicios principales de la historia consiste en que retrata mucho más a los hombres por sus malas acciones que por las buenas; como solamente tiene interés por las revoluciones y las catástrofes, mientras crece y prospera un pueblo en la bonanza de un gobierno pacífico, nada dice de él, o lo recuerda cuando ese pueblo se mete en los asuntos del país vecino, si no es éste el que se entromete en los suyos; todas nuestras historias comienzan por donde debieran concluir. Tenemos la historia de los pueblos que se destruyen con una gran puntualidad, pero la que nos hace falta es la de los pueblos que se multiplican, tan felices y tan discretos que nada tienen que decirnos de ellos, y, en efecto, aun en nuestro tiempo vemos que los gobiernos que mejor se conducen son aquellos de los que menos se habla. Sólo sabemos el mal, y apenas forma época el bien. Sólo los malos son famosos, y los buenos yacen en el olvido o son ridiculizados. De este modo, la historia, como la filosofía, calumnia sin cesar al linaje humano.

Además, falta mucho para que los hechos que describe la historia sean un fiel reflejo de cómo sucedieron; mudan de forma en la cabeza del historiador y se amoldan a sus intereses y adquieren el color de sus prejuicios. La ignorancia o la parcialidad lo disfraza todo. Aun sin alterar un hecho histórico, con sólo ensanchar c estrechar las circunstancias que se refieren a él, ¡cuántos aspectos diferentes pueden dársele! Poniendo un mismo objeto bajo distintos puntos de vista apenas parecerá el mismo, sin que haya variado mucho la mirada del espectador. ¿Pueden, honrando a la verdad, contarme un hecho verdadero si me lo hacen ver de distinto modo de como sucedió? ¿Cuántas veces un árbol más o menos, un peñasco a la derecha o a la izquierda, un torbellino de polvo levantado por el viento han decidido el resultado de una batalla sin que nadie se haya apercibido? Y el historiador os dice la causa de la derrota o de la victoria tan resueltamente como si se hubiera encontrado en todas partes. Ahora bien, ¿que me importan los hechos en si mismos cuando ignoro la razón de ellos? ¿Qué lección me puede dar un suceso cuya verdadera causa ignoro? El historiador me da una, pero es arreglada por el, y la crítica misma que tanto ruido mete, no es otra cosa que el arte de hacer conjeturas, de elegir entre muchas mentiras la que se parece más a la verdad.

¿No habéis leído Cleopatra o Casandra, o cualquier otro libro de la misma especie? El autor elige un suceso conocido, lo acomoda después a sus ideas, lo adorna con circunstancias que inventa, con personajes que jamás existieron, y con retratos imaginarios amontona ficciones para hacer su lectura más amena. Observo que hay poca diferencia entre estas novelas y nuestras historias, aunque el novelista recurre` más a su imaginación y el historiador se ciñe más a la ajena, a lo cual añadiré que el primero se propone un objetivo moral, bueno o malo, y el segundo prescinde de él.

Se me dirá que interesa menos la fidelidad de la historia que la verdad de las costumbres y los caracteres, y si está bien pintado el corazón humano, importa muy poco que sea fiel la narración de los sucesos, porque añaden: ¿Qué nos importan hechos que ocurrieron hace dos mil años? Tiene razón si los retratos responden al natural, pero si la mayor parte no tienen otro modelo que la imaginación del historiador, ¿no incurrimos en el inconveniente que queríamos evitar, otorgando a la autoridad de los escritores lo que queríamos quitar a la del maestro? Si mi alumno solamente ha de ver pinturas de fantasía, prefiero que sea el dibujo trazado por mí que por otro, pues por lo menos los interpretará mejor.

Los peores historiadores para un joven son los que juzgan. Hechos, hechos, y que juzgue él mismo, pues así aprenderá a conocer a los hombres. Si continuamente se le guía según el juicio del autor, no hace más que ver sirviéndose de ojos ajenos, y en el momento que le falten, ya no ve nada.

Dejo aparte la historia moderna, no sólo porque no tiene una fisonomía marcada y nuestros hombres son todos parecidos, sino porque nuestros historiadores, preocupados por lucirse, no piensan en otro objetivo que el hacer retratos de vivos colores, aunque no se parezcan al original [6]. Generalmente, los antiguos hacen menos retratos, poseen menos agudeza y sus juicios tienen más sentido, y aún entre ellos es necesario mucho tacto para escoger bien, y no se deben tomar al principio los más ,juiciosos, sino los más sencillos. No quisiera poner a Polibio ni a Salustio en manos de un joven; Tácito es el libro de los ancianos, puesto que los jóvenes no son capaces de comprenderlo. Debemos aprender a mirar en las acciones humanas los primeros contornos del corazón del hombre antes de querer sondear sus abismos, y saber leer bien en los hechos antes de leer en las máximas. Solamente a la experiencia conviene la filosofía en máximas; la juventud nada debe generalizar, y toda su instrucción se debe ceñir a reglas particulares.

Según mi opinión, Tucídides es el verdadero modelo de los historiadores. Expone los hechos sin juzgarlos, pero no omite ninguna de las circunstancias que nos pueden poner en estado de juzgarlos por nosotros mismos. Todo cuanto relata lo pone a la vista del lector; lejos de interponerse entre el lector y los acontecimientos, se esconde, y cree uno que ve, no que lee. Lástima que siempre habla de guerras, y en casi todas sus narraciones no vemos otra cosa que batallas, que es lo que instruye menos. La misma discreción y el mismo defecto tienen la Retirada de los diez mil y los Comentarios de César. Sin retratos ni máximas, pero fluido, llano, con detalles capaces de interesar y complacer, el buen Herodoto tal vez sería el mejor de los historiadores si no degenerasen con frecuencia estos mismos detalles en simplicidades, más propias para viciar el gusto de la juventud que para encauzarlo; por lo tanto su lectura necesita discernimiento. Nada digo de Tito Livio, pues ya llegará su turno, pero es político, es retórico, es todo lo que no conviene a esta ciudad.

La historia en general es defectuosa porque solo registra los hechos sensibles y señalados, los cuales pueden fijarse con nombres, lugares y fechas, pero siempre permanecen desconocidos las lentas y progresivas causas de estos hechos, que no pueden asignarse del mismo modo. Muchas veces atribuyen a una batalla perdida o ganada el motivo de una revolución que ya era inevitable antes de la batalla. La guerra no hace más que expresar acontecimientos determinados ya por unas causas morales que los historiadores raramente saben ver.

El espíritu filosófico ha vuelto hacia esta parte las reflexiones de varios escritores de este siglo, pero dudo de que la verdad salga más depurada de su trabajo. Habiéndose apoderado de todos ellos la manía de los sistemas, ninguno procura ver las cosas como son, sino como concuerdan con su sistema.

Se añade a todas estas reflexiones que la historia revela mucho mejor las acciones que los hombres, pues sólo en ciertos instantes privilegiados los coge con sus vestidos de ceremonia, y únicamente expone al hombre público, el cual se ha ataviado para ser visto; no le sigue dentro de su casa, de su gabinete, en medio de su familia, de sus amigos; sólo le pinta cuando está representado, y más nos explica su atuendo que su persona.

Para comenzar el estudio del corazón humano preferiría la lectura de vidas particulares, porque entonces en vano se oculta el hombre, ya que el historiador le persigue por todas partes, no le deja parar ni un momento, ni un rincón en que pueda evitar la mirada penetrante del espectador, y cuando uno cree que está más escondido, mejor lo da a conocer. «Aquellos, dice Montaigne, que describen vidas, cuando tratan más de los consejos que de los sucesos, más de lo que sucede dentro que de lo que acontece fuera, tanto más me gustan; por eso Plutarco es mi hombre.»

Es verdad que el genio de los hombres reunidos o de los pueblos es muy diferente del carácter del hombre en particular, y que sería conocer muy imperfectamente el corazón humano si no le examinásemos también en la multitud. Pero no es menos cierto que antes de juzgar a los hombres es necesario estudiar al hombre, y quien conociese perfectamente las inclinaciones de cada individuo, podría prever todos sus efectos en el cuerpo del pueblo.

Todavía aquí es necesario recurrir a los antiguos por las razones que ya he expuesto, y porque desterradas del estilo moderno todas las circunstancias familiares y bajas, aunque verdaderas y características, con tanto adorno aparecen los hombres en las vidas privadas de nuestros autores como en la escena del mundo. La decencia, no menos severa en los escritos que en las acciones, sólo permite decir en público lo que permite que en público se haga, y como no es posible mostrar a los hombres sino en perpetua representación, no los conocemos mejor en nuestros libros que en nuestros teatros. Se harán y volverán a hace cien veces la vida de los reyes, sin que tengamos Suetonios [7].

Plutarco destaca en detalles que nosotros no nos atrevemos a imitar. Tiene una gracia inevitable para pintar a los grandes hombres en sus nimiedades, y es tan certero en la elección de sus rasgos que muchas veces una palabra, una sonrisa, un gesto, son suficientes para caracterizar a su héroe. Con un chiste Aníbal devuelve el coraje a su ejército asustado, y le hace afrontar riendo la batalla que libró en Italia; Agesilao, montado en una caña, me hace querer al vencedor del gran rey; César, atravesando una mísera aldea y discutiendo con sus amigos, sin pensarlo deja ver al astuto que decía que sólo quería igualarse con Pompeyo; Alejandro se bebe una medicina sin decir una palabra, siendo el más hermoso instante de su vida:- Arístides escribe su propio nombre en una concha y así justifica su mote; Filipemeno se desprende de su capa y corta leña en la cocina de su huésped. Este es el verdadero arte de pintar. No se demuestra la fisonomía en los grandes rasgos, ni el carácter en las grandes acciones; es en lo insignificante que se descubre al natural. Las cosas públicas, o son muy comunes o están muy arregladas y la dignidad moderna casi no permite a nuestros historiadores que hablen de otras.

Turena fue sin duda uno de los más grandes hombres del siglo pasado, y un escritor ha sabido hacer interesante su vida relatando pasajes que le dan a conocer y que se le quiera, ¿pero cuántos se ha visto obligado a suprimir, a pesar de que habrían valido para conocerlo mejor y quererle más? Citaré uno solo, que sé de buen origen y que Plutarco se hubiera guardado de omitir, pero que Ramsai no se habría atrevido a escribir, aun cuando lo hubiese conocido.

Un día de verano que apretaba mucho el calor, estaba asomado a la ventana de su antecámara el vizconde de Turena, con faldellín blanco y gorro; llega uno de sus criados, y engañado con el vestido, cree que es un pinche de cocina con quien tenía mucha familiaridad. Se le acerca sigilosamente por detrás y le arrea el más rotundo guantazo en las nalgas. El se vuelve al instante, el criado ve quién es, y temblando se le pone de rodillas y gime: «Excelentísimo señor, creí que era Jorge». « Pues aunque hubiese sido Jorge -dice Turena tentándose el trasero-, no era motivo para pegar tan fuerte. Pues esto es lo que os atrevéis a decir miserables. No seáis nunca naturales; templad, endureced vuestro corazón de acero en vuestra vil decencia, v a fuerza de dignidad haceos despreciables. Pero tú, buen muchacho que lees este rasgo y te sientes enternecido por la blandura de ánimo que en el primer movimiento acredita, lee también las miserias de este gran varón, pues lo era por su cuna y su nombre. Piensa que ese mismo Turena era quien en todas partes ponía cuidado en ceder el sitio preferente a su sobrino para que viesen que el niño era jefe de una casa soberana. Reúne estos contrastes, ama la naturaleza, desprecia la opinión v conoce al hombre.

Muy pocas personas son capaces de comprender el efecto que en el inexperto espíritu de un joven pueden producirle lecturas dirigidas de esta forma. Cargados de libros desde nuestra niñez, habituados a leer sin pensar, nos produce menos impresión lo que leemos, pues como ya tenemos dentro de nosotros las pasiones y las preocupaciones de que están llenas las historias y las vidas de los hombres, nos parece natural todo lo' que hacen, porque estamos fuera de la naturaleza y juzgamos por nosotros a los demás. Pero representémonos a un joven educado según mis máximas. Figurémonos a mi Emilio, al que hemos dedicado dieciocho años de cuidados continuos, sin otra finalidad que la de conservarle recto el juicio y sano el corazón; figurémonos que, al levantar el telón, por vez primera pone la vista en la comedia del mundo, o colocado detrás del escenario mira cómo los actores se ponen y quitan sus trajes y cuenta las cuerdas y poleas, cuyo montaje engaña a los espectadores. Pronto, tras el primer asombro, seguirán sentimientos de vergüenza y desdén por su especie; se indignará al ver cómo se manifiesta el género humano, burlándose de sí mismo, empequeñeciéndose con juegos de niños; se afligirá al observar que destrozan sus hermanos por sueños, y que se convierten en fieras por no haberse sabido contentar con ser hombres.

Ciertamente, con las naturales disposiciones del alumno, si el maestro escoge con un poco de tacto y prudencia sus lecturas y le sugiere un poco las reflexiones que de ellas ha de sacar, este ejercicio será para él un curso de filosofía práctica, mejor y más acertado que las vanas especulaciones con que embrollan en las aulas el entendimiento de la juventud. Cuando después de escuchar los novelescos proyectos de Pirro, le pregunta Cineas qué utilidad real le habrá de proporcionar la conquista del mundo que no pueda disfrutarla sin tanto afán, entonces solamente oímos una frase aguda, pero Emilio verá en ella una muy sabia reflexión, que hubiera hecho igualmente y que no se borrará de su espíritu, porque no topa con ningún prejuicio contrario que pueda alterar su impresión. Cuando después, al leer la vida de ese insensato, encuentre que todos sus ambiciosos propósitos vinieron a parar en morir a manos de una mujer, en vez de quedarse maravillado de este pretendido heroísmo, ¿qué otra cosa ha de ver en todas las proezas de tan ilustre capitán y en todas las intrigas de tan hábil político, que otros tantos pasos en busca de la desdichada teja que con una ignominiosa muerte había de acabar con sus proyectos y su vida?

No han sido matados todos los conquistadores, ni todos los usurpadores han fracasado en sus empresas; muchos parecerán dichosos ante la candidez de los juicios sin condición, pero el que no se detiene en las apariencias y sólo juzga de la felicidad de los hombres por el estado de sus corazones, en sus mismos triunfos verá sus miserias, se dará cuenta de que con la fortuna crecen sus deseos, sin llegar jamás a la meta; los verá semejantes a aquellos viajeros inexpertos que por primera vez atraviesan los Alpes y a cada montaña creen que los dejan atrás, y cuando a fuerza de fatigas han trepado a la cumbre, ven con desaliento que se les oponen montañas todavía más altas que las ya vencidas.

Augusto, después de someter a sus conciudadanos y de aniquilar a sus rivales, rigió durante cuarenta años el más vasto imperio que ha existido, ¿pero todo ese inmenso poder evitaba que golpease con la cabeza las paredes y que con sus gritos aturdiese su palacio pidiendo a Varo sus legiones exterminadas? Aun cuando hubiera vencido a todos sus enemigos, ¿de qué le servían sus inútiles triunfos si a su alrededor nacía todo género de pesares y sus amigos más queridos aspiraban a quitarle la vida, viéndose reducido a llorar la ignominia o la muerte de todos sus deudos? El desventurado quiso gobernar al mundo y fue incapaz de gobernar su casa. ¿Qué resultó de su incapacidad? En la flor de su edad vio morir a su sobrino, a su hijo adoptivo y a su yerno; su nieto tuvo que comerse la borra de su cama para prolongar algunas horas su miserable existencia; su hija y su nieta, después de haberle cubierto de infamia, murieron una de hambre y miseria en una isla desierta, y la otra en la cárcel a manos de un arquero, y finalmente, él mismo, último resto de su desdichada familia, se vio obligado por su propia mujer a dejar por sucesor suyo a un monstruo. Tal fue la suerte de este árbitro del mundo tan célebre por su felicidad y su gloria. ¿Cómo he de creer que uno solo de los que tanto las admiran quisiese comprarlas a este precio?

He puesto como ejemplo la ambición, pero lecciones semejantes presenta el juego de todas las humanas pasiones al que quiere estudiar la historia para conocerse y llegar a ser sabio a costa de los muertos. Se aproxima el tiempo en que la vida de Antonio tendrá una instrucción más inmediata para el joven que la de Augusto. En los extraños objetos que se presentan a su vista durante sus nuevos estudios, Emilio no se reconocerá a sí mismo, pero previamente sabrá apartar la ilusión de las pasiones antes de que nazcan, y al observar que en todos los tiempos han cegado a los hombres vivirá prevenido de que también podrán cegarle a él si se dejan arrastrar por ellas [8]. Ya sé que estas lecciones no le son muy apropiadas, y que tal vez cuando las necesiten serán insuficientes y tardías, pero debéis acordaron de que no son ésas las que he querido sacar de este estudio. Cuando lo empecé me propuse otro fin, y, ciertamente, si este fin no se consigue, la culpa será del maestro.

Debéis tener presente que tan pronto como se ha desarrollado el amor propio, se pone en acción el «yo» relativo, y nunca observa el joven a los otros sin mirarse a sí mismo y compararse con ellos. Por consiguiente, se trata de saber en qué sitio se colocará entre sus semejantes cuando los haya examinado. Por el método que siguen para que lean la historia los jóvenes, veo que los transforman, por decirlo así, en todos los personajes que ven, que hacen esfuerzos para suponerse unas veces Cicerón, otras Trajano, otras Alejandro; que los desalientan cuando se hallan identificados con ellos, que a cada uno le imponen el desconsuelo de no ser más que él propio. Este método posee ciertas ventajas que yo no discuto, mas si en estas comparaciones ocurriese una única vez que mi Emilio deseara ser otro que no fuera él, aun que este otro fuera Sócrates, aunque fuera Catón, todo habría fallado, pues quien comienza a tenerse por extraño no tarda en olvidarse de sí mismo.

Los filósofos no son en verdad los que mejor conocen a los hombres, pues únicamente los miran a través de los prejuicios de la filosofía, y no sé de estado alguno en el que haya tantos. Más certero juicio forma de nosotros un salvaje que un filósofo. Este siente sus vicios, se indigna con los nuestros y dice: «Todos somos malos», pero el otro nos ve sin emoción y exclama: «Sois locos». Tiene razón, porque nadie hace el mal por hacerlo. Mi alumno es este salvaje, con la diferencia de que como Emilio ha reflexionado más, ha comparado más ideas y ha visto más de cerca nuestros errores, pone la mayor atención en sí mismo y sólo juzga lo que conoce.

Nuestras pasiones son las que nos irritan contra los demás, y nuestro interés el que obra en nosotros de forma que aborrezcamos a los perversos, y si no nos hiciesen algún daño les tendríamos más lástima que odio, pues ese daño de que somos víctimas nos hace olvidar del daño que se hacen a sí mismos. Con mayor facilidad les perdonaríamos sus vicios si pudiéramos saber cómo les castiga su propio corazón. Sentimos la ofensa y no nos damos cuenta del castigo; las ventajas son aparentes y la pena es interior. El que cree disfrutar con sus vicios no vive menos atormentado que si tratase de vencerlos; el objetivo es otro, pero la inquietud es la misma; inútilmente alardean de su fortuna y esconden su corazón, sin pensar que su conducta nos lo descubre a pesar suyo, pero para darnos cuenta importa que el nuestro no se parezca al de ellos.

Nos atraen en los otros las pasiones que coinciden con las nuestras, y nos asquean las que topan con nuestros sentimientos; por una inconsecuencia que se deriva de ellas odiamos en los otros lo que quisiéramos imitar. No se pueden evitar la aversión y la ilusión cuando se ve uno forzado a sufrir de otro el mismo mal que él haría si se hallase en su lugar.

¿Qué se necesitaría, pues, para observar a los hombres? Un gran interés en conocerlos y una gran imparcialidad para juzgarlos; un corazón tan sensible que concibiese todas las pasiones humanas y tan tranquilo que no las experimentase. Si en la vida hay un momento propicio para este estudio, es el que he escogido para nuestro Emilio; antes hubieran sido los hombres distintos, y después los que se le pareciesen. La opinión, cuya influencia no ignora, no se adueñó todavía de él, m las pasiones, cuyo efecto intuye, han agitado aún su pecho. Es hombre y se interesa por sus herma nos; es justo y trata de juzgarlos. Si los juzga bien, no deseará hallarse en el lugar de ninguno de ellos, por que advirtiendo sus desvelos y sus preocupaciones, no le interesa seguir sus huellas. Todo lo que él desea lo tiene a mano. ¿De quién ha de depender si se basta a sí mismo y está libre de preocupaciones? Tiene brazos, moderación, salud [9], necesidades mínimas y puede satisfacerlas. Criado en absoluta libertad, el mayor mal que concibe es la servidumbre. Compadece a esos miserables reyes esclavos de todo lo que les obedece, a esos fingidos sabios esclavizados con la vana reputación, a esos necios ricos esclavos de su opulencia, y a esos que alardean de su sensualidad, viviendo siempre sometidos a sus excesos. Tendría compasión de un enemigo que le dañara porque en su maldad vería su miseria, y se diría: «Cuando este hombre se ha propuesto hacerme daño, ha hecho que su suerte dependa de la mía».

Otro paso más y llegamos a la meta. El amor propio es un instrumento útil pero peligroso; hiere con frecuencia la mano que de él se sirve y rara vez rinde un provecho sin hacer estragos. Considerando Emilio su lugar entre la especie humana y viéndose felizmente situado sentirá el impulso de honrar su razón en armonía con la vuestra y de atribuir a su mérito lo que ha sido resultado de su dicha. Dirá para su interior: «Soy sabio y los hombres son necios». Se compadecerá de ellos despreciándolos; dándose la enhorabuena se tendrá en más, y sintiéndose más feliz que ellos, se creerá con más mérito para serlo. Este es el error que más debe temerse, porque es el que se desarraiga con mayor dificultad. Si no pudiera salir de este estado, de poco le servirían todos nuestros desvelos, y si fuera necesario escoger, quizá yo preferiría la ilusión de las preocupaciones a la de la soberbia.

Los grandes hombres no se engañan acerca de su superioridad, que la ven, la sienten y no por eso son menos modestos. Cuanto más tienen, más saben lo mucho que les falta. Menos les enorgullece lo elevados que se hallan en relación con nosotros, que los humilla el sentimiento de su miseria, y en los bienes que ellos monopolizan exclusivamente, poseen razones sobradas para vanagloriarse del preciado don que se les concedió. Puede el hombre de bien ufanarse de su virtud porque es suya, pero, ¿por qué debe estarlo un hombre de talento? ¿Qué hizo Racine para no ser Pradón? ¿Qué hizo Boileau para no ser Cotin?

Aquí aun es otra cosa mucho más diferente. Permanezcamos siempre en el orden común. A mi alumno no le he supuesto un ingenio trascendental ni un entendimiento, obtuso; lo he escogido de una inteligencia común para demostrar lo que puede significar la educación en el hombre. Están fuera de la regla los casos excepcionales. De esta forma cuando a consecuencia de mis desvelos Emilio prefiere su modo de ser, ver y sentir al de los demás, tiene razón, pero cuando se cree de más excelente naturaleza y de mejor carácter que el de ellos, Emilio está en un error; es necesario desengañarle, para que no sea demasiado tarde cuando queramos advertirle.

No existe locura que un hombre no pueda curársela si no es demente, si no es la de la vanidad, la cual únicamente se corrige con la experiencia, si alguna cosa de ella puede ser corregida; quizá en sus inicios podamos evitar que tome incremento. No profundicéis en larga argumentación para hacer demostrar al muchacho que es hombre como los demás, y que está expuesto a idénticas flaquezas. Haced que se dé cuenta por la experiencia o no se dará cuenta nunca. Aquí nos hallamos en un caso de excepción a mis propias reglas, que es el de exponer voluntariamente a mi discípulo a todas las dificultades que le prueben que no es más discreto que nosotros. De mil formas se repetiría la aventura del titiritero; dejaría que los aduladores obtuviesen de él el partido que se les antojase; si unos atolondrados le hacían cometer algún disparate, le dejaría que padeciese sus consecuencias; si unos tahúres le instaban a que jugase con ellos, le dejaría que le sacasen su dinero con trampas [10]; permitiría que le adulasen, que le esquilmasen, que le vaciasen el bolsillo, y que cuando le vieran sin un céntimo se burlasen de él; les agradecería delante de él por las lecciones que le habrían dado. De lo único que con cuidado le preservaría sería de los lazos tendidos por las cortesanas, y la única contemplación que con él tendría sería participar de todos los riesgos que le dejara correr y de todos los desaires que consintiera le hiciesen. Todo lo soportaría en silencio, sin quejarme, sin echárselo en cara, sin articular palabra, y estad seguros de que con esta prudencia nunca desmentida, todo cuanto por él me vea sufrir le producirá más impresión que lo qué él mismo sufriese.

No puedo menos de poner aquí en evidencia la pretendida dignidad de los ayos, que por representar el impertinente papel de sabios desairan a sus alumnos, tratándolos con afectación, como si fueran niños, y distinguiéndose siempre de ellos en todo lo que les obligan a hacer. Muy lejos de abatir así su pecho juvenil, no omitáis nada para el fin de levantar su ánimo, hacedlos iguales vuestros, para que de esta forma lo sean, y si aún no pueden subir hasta vosotros, bajaos sin escrúpulos ni vergüenza hasta ellos. Pensad que vuestro honor se cifra más en vuestro alumno que en vos; tomad parte en sus yerros, con el fin de que se enmiende en ellos; haceos responsable de su ignominia con el fin de que se borre; imitad a aquel valiente romano que, viendo huir a su ejército y no pudiendo reunirle, corrió al frente de sus soldados gritando: «No huyen, sino que siguen a su capitán». ¿Se deshonró con eso? Al contrario, aumentó su gloria. La fuerza de la obligación y la hermosura de la virtud nos arrastran involuntariamente y arruinan nuestras desatinadas preocupaciones. Si me propinaran una bofetada desempeñando mis obligaciones en presencia de Emilio, lejos de vengarme me alegraría haberla recibido y dudo que se hallara hombre tan despreciable que por eso no me respetase más aún.

Esto no significa que deba suponer el alumno las luces del maestro tan exiguas como las suyas y que se deje atraer con tanta facilidad. Esta opinión es buena para un niño que no sabiendo ver ni comparar nada, coloca todo el mundo a nivel suyo y únicamente se fía de aquellos que efectivamente saben nivelarse con él. Pero un joven de la edad de Emilio y de tanta razón como él, no es tan insensato que de esta forma se deje deslumbrar, ni sería conveniente que así sucediera. De otra especie es la confianza que ha de poseer en su ayo; ha de estribar en la autoridad de la razón, en la superioridad de las luces, en las ventajas que ya es capaz de conocer el joven y cuya utilidad aprecia para sí. Convencido está por una larga experiencia de que su conductor le aprecia; ahora es necesario que se convenza de que es un hombre discreto, ilustrado, que desea su felicidad y sabe lo que puede proporcionársela. Debe saber que por su propio interés le conviene es cuchar sus consejos, pues si se dejase el maestro engañar como el discípulo, perdería el derecho de darle lecciones y exigir de él deferencia. Aún menos debe suponer el alumno que a sabiendas le deje el maestro caer en celadas y que ponga emboscadas a su simplicidad. ¿Pues qué se ha de hacer para evitar estos dos inconvenientes? Lo mejor y más natural: ser sincero y sencillo como él, avisarle de los riesgos a que se expone, manifestarlos con claridad, palpablemente a él pero sin exageración, sin cólera, sin pedantes perífrasis, sin dictarle como preceptos vuestros consejos, hasta que se conviertan en tales, y se haga absolutamente necesario este estilo imperioso. Y si tras esto se empeña, como acontecerá con harta frecuencia, no le digáis entonces nada, seguidle, imitadle con alegría, osadamente; abandonaos, divertíos tanto como él si fuese posible. Si las consecuencias aparecen muy serias, siempre estáis a tiempo de detenerlas y, mientras, al muchacho que observa vuestra previsión y condescendencia, ¡cuánta impresión le producirá la una y cuánto le enternecerá la otra! Todas sus equivocaciones son otros tantos lazos que os da para contenerle cuando sea necesario Lo que constituye aquí el mayor arte del maestro es traer a punto las ocasiones y dirigir de tal manera las exhortaciones, que de antemano sepa cuándo ha de ceder y cuándo se ha de obstinar el joven, para rodearle por todas partes con las lecciones de la experiencia, sin exponerle nunca a riesgos muy graves.

Advertirle sus faltas antes de que caiga en ellas; cuando las haya cometido, no se las reprendáis, pues no haríais más que excitar y enfurecer su amor propio. Lección que repugna no aprovecha. No sé que haya mayor torpeza que la expresión: «¿No te lo había yo advertido?» El mejor procedimiento de lograr que se acuerde de lo que le advertimos es hacer como que lo hemos olvidado. Contrariamente, cuando le veáis confuso por no haberos creído, templad con buenas palabras su humillación. Ciertamente os tomará aprecio, viendo que por él lo olvidáis, y en lugar de aumentar su dolor le consoláis. Pero si a su desconsuelo juntáis reprensiones, os tomará aversión y tendrá empeño en no escucharos, aunque sólo sea para probaros que no es de vuestro parecer sobre la utilidad de vuestros consejos.

La forma de consolarle también puede ser para él una lección más útil porque no desconfía de ella. Si le decís que creéis que otros mil incurren en iguales equivocaciones, es lo que él más desea, y le corregís pareciendo que le compadecéis, porque es disculpa que deja mortificado al que se precia de valer más que los otros hombres el consolarle con su ejemplo; es hacerle entender que puede creer que no valen más que él.

El tiempo de los yerros es el de las fábulas, que censurado el culpado bajo un disfraz extraño le instruyen sin ofenderle, y entonces comprende que no es mentira el apólogo, por la verdad que a sí mismo se aplica. El niño que nunca fue engañado con alabanzas no entiende nada de la fábula que antes examiné, pero el atolondrado que acaba de servir de irrisión a un adulador, concibe maravillosamente que el cuervo era un majadero. Así, de un hecho saca una máxima, y la experiencia que pronto habría olvidado se graba en su juicio con el auxilio de la fábula. No hay ningún conocimiento moral que no pueda adquirirse con la experiencia ajena o con la propia. Cuando la experiencia es peligrosa, la lección se logra a través de la historia; cuando no ha de traer la prueba funestas consecuencias, conviene que el joven se exponga a ella, y luego, por medio del apólogo, se compendien en máximas los casos que conoce.

No obstante, con esto no quiero decir que se deban desenvolver ni enunciar estas máximas. La cosa más vana y peor entendida es la moralidad con que concluyen la mayor parte de las fábulas, como si no debiera estar difundida esta moralidad en el contexto de cada una, de tal forma que fuese palpable para el lector. ¿Pues por qué poniendo al final esta moralidad, le quitan la satisfacción de encontrarla por sí mismo? El talento de instruir consiste en que el discípulo adquiera gusto por la instrucción, y para ello no ha de quedar de tal manera pasiva su inteligencia en todo cuanto le digáis, que nada tenga que hacer para entenderos. Es preciso que el amor propio del maestro deje siempre algún lugar al suyo; es necesario que pueda decir para sí: «Concibo, penetro, actúo y me instruyo». Una de las cosas que hacen inaguantable el Pantalón de la comedia italiana es su cuidado en explicar al público las simplezas que éste entiende de sobra. No quiero que su ayo sea Pantalón, y menos un autor. Uno debe hacerse entender, pero no siempre lo ha de decir todo, pues el que lo hace dice muy poco, debido a que nadie le escucha. ¿Qué significan los cuatro versos que añade La Fontaine a la fábula del ratón y el león? ¿Teme que no le hayan entendido? ¿Tan buen pintor necesita poner su nombre al pie de lo que pinta? Lejos de generalizar su moralidad, la particulariza, la ciñe de algún modo a los ejemplos que cita y evita que se aplique a otros. Quisiera que antes de poner en manos de un joven las fábulas de este excelente autor, se quitasen todas las conclusiones en que se toma el trabajo de explicar lo que con tanto donaire como claridad acaba de decir. Si vuestro alumno no entiende la fábula sin explicación, estad seguro de que tampoco con ella la entenderá.

Del mismo modo sería conveniente dar a estas fábulas un orden más didáctico y más conforme con el progreso de los afectos y las luces del adolescente. ¿Qué hay más desatinado que seguir puntualmente el orden numérico del libro, sin contar con la ocasión y la necesidad? Por ejemplo, la zorra y las uvas, después la cierva y la viña, luego el asno cargado de reliquias, etc. Aún tengo ojeriza al dichoso asno, porque recuerdo haber visto a un hijo de un marqués, destinado a ser gentilhombre y a quien todo el día estaban hablando de tan ilustre destino, que leyó esta fábula, la aprendió de memoria y la repitió cien y mil veces, sin oponer nunca el más leve reparo contra el oficio que le querían dar. Yo nunca he visto a ningún niño que hiciera una aplicación sólida de las fábulas que aprendía, ni tampoco que nadie procurara que hiciese esa aplicación. El pretexto de este estudio es el de su aplicación moral, pero el verdadero objetivo de la madre y del niño no es otro que hacer que una concurrencia le oiga recitar las fábulas, y esta es la causa de que se le olviden cuando llega a mayor, pero no se trata de recitarlas de corrido, sino de aprovecharse de ellas. Repito que el instruirse en las fábulas es cosa de hombres, y este es el tiempo de que empiece Emilio.

Señalo desde lejos, ya que tampoco quiero decirlo todo, las sendas que desvían del camino recto, para que se sepan evitar. Creo que siguiendo la que he indicado, comprará vuestro alumno el conocimiento de los hombres y de sí mismo lo más barato posible, y le dais ocasión de contemplar los vaivenes de la fortuna sin envidiar la suerte de los validos, y de estar satisfecho consigo sin creerse más sabio que los demás. También habéis empezado por hacerle actor para que sea espectador; es preciso concluir puesto que desde las butacas se ve la apariencia de los objetos, pero en las tablas se ven como son en realidad. Para abarcar la totalidad, hay que colocarse bajo el punto de vista verdadero y acercarse con el fin de ver mejor los pormenores. ¿Pero con qué título se introducirá un joven en los negocios del mundo? ¿Qué derecho tiene para que le inicien en estos tenebrosos misterios? Enredos de galanteos son los que ligan a los intereses de su edad; todavía dispone sólo de sí mismo, que es como si no dispusiera de nada. El hombre es la más' vil de las mercaderías, y de nuestros derechos importantes de propiedad el de la persona es siempre el de menos valor.

Cuando me doy cuenta que en la edad de mayor actividad los estudios de los jóvenes quedan limitados a estudios meramente especulativos, y que después, sin la menor experiencia, son lanzados a destiempo al mundo y a los negocios, encuentro que no pugnan menos con la razón que con la naturaleza, y no me extraña que haya tan poca gente que sepa conducirse. ¿Qué idea tan extravagante ha sido la de enseñarnos tantas cosas inútiles, cuando para nada se ha tenido en cuenta el arte de obrar? Pretenden formarnos para la sociedad, y nos instruyen como si debiera cada uno de nosotros vivir solo, meditando en el interior de una celda o tratando de negocios fútiles con personas indiferentes. Pensáis que enseñáis a vuestros hijos a vivir, cuando les enseñáis ciertas contorsiones del cuerpo y ciertas expresiones rutinarias que nada significan. Yo también he enseñado a vivir a mi Emilio, quien ha aprendido a vivir consigo y, además, a ganar su pan. Pero esto no es suficiente. Para vivir en el mundo es indispensable que sepa tratar con los hombres, que sea conocedor de los instrumentos que en ellos influyen; es preciso que calcule la acción y la reacción del interés particular en la sociedad civil, y que prevea con tanta exactitud los sucesos, que rara vez quede engañado en sus empresas, o que tome siempre los mejores medios para llevarlas a cabo. Las leyes no permiten a los jóvenes que cuiden sus asuntos propios ni que dispongan de su caudal, ¿pero de qué les servirían estas precauciones si pudiesen adquirir experiencia de alguna clase hasta la edad prescrita en las mismas? No habrían adelantado nada con la dilación, y tan ineptos serían a los veinte años como a los quince. Sin duda se ha de evitar que un joven obcecado por su ignorancia o engañado por sus pasiones se perjudique a sí mismo, pero el ser benéfico es permitido en una edad cualquiera, y en cualquier edad puede uno, bajo la dirección de un hombre prudente, amparar a los menesterosos que sólo precisan un apoyo.

Las nodrizas y las madres ponen su afecto a las criaturas por los afanes que les cuestan; el ejercicio de las virtudes sociales planta en el interior de los corazones el amor de la humanidad, y haciendo el bien nos hacemos buenos. No conozco una práctica más segura. Debéis ocupar a vuestro alumno en todas las obras buenas que estén a su alcance, que siempre se interese por los desvalidos, que no les ayude sólo con su dinero, sino también con su solicitud, que los sirva, ampare y les consagre su persona y su tiempo; que se convierta en su agente de negocios, puesto que no hay más noble empleo. Muchos oprimidos que nunca hubieran sido escuchados, alcanzarán justicia cuando la solicite por ellos con la entereza que infunde la práctica de la virtud, cuando vaya a las casas de los ricos y poderosos, o se postre a los pies del monarca para que oiga la voz de los menesterosos, a quienes su miseria cierra todos los caminos y que, por miedo de recibir castigo por los males que padecen, ni siquiera se atreven a quejarse.

¿Pero hemos de hacer que Emilio sea un caballero andante, un enderecedor de entuertos, un paladín? ¿Se irá a meter en los asuntos públicos para hacer de sabio y defensor de las leyes, con los grandes, con los magistrados y con el príncipe, de procurador en casa de los jueces y de abogado en los tribunales? No sé nada de eso. Los nombres necios y ridículos no cambian la esencia de las cosas. Hará lo que vea que es bueno y provechoso y nada más, y él sabe muy bien que todo aquello que desdice de su edad no puede ser útil ni conveniente. Sabe que consigo mismo ha contraído sus primeros deberes, que deben desconfiar los jóvenes de sí mismos, ser circunspectos en su conducta, respetuosos delante de los mayores, moderado y discretos para no hablar sin que venga al caso, modestos en las cosas indiferentes, pero atrevidos para hacer el bien y resueltos para decir verdad. Así eran aquellos ilustres romanos que, antes de ser admitidos en los cargos, pasaban su juventud persiguiendo el crimen y defendiendo la inocencia, sin otro interés que el de instruirse en servicio de la justicia y amparar las buenas costumbres.

Emilio no ama ni los ruidos ni las disputas, no sólo entre hombres [11], sino tampoco entre los animales. Jamás excita a dos perros para que riñan, ni azuza a un perro para que persiga a un gato. Este espíritu pacífico es efecto de su educación, que no habiendo dado pábulo al amor propio y a una opinión de sí mismo, le ha impedido que buscase sus placeres en la dominación y en la desgracia ajena. Sufre cuando ve sufrir, que es un efecto natural. Lo que hace que un hombre joven se endurezca y se complazca en ver atormentar a otro ser sensible es que por vanidad se mira exento de las mismas penas por su discreción o su superioridad. No puede incurrir en el vicio que de ella es consecuencia el que ha sido preservado de esta disposición de ánimo. De este modo, a Emilio le complace la paz; la imagen de la felicidad es para él halagüeña, y ve como un medio para participar de ella el contribuir a lograrla. No he supuesto que cuando ve a seres desventurados se limite a una conmiseración estéril y cruel que tiene por límites el compadecerse de los males que se pueden remediar. Pronto le proporciona su activa beneficencia luces que un pecho más duro no hubiera adquirido, o lo hubiera hecho más tarde. Si ve discordias entre sus camaradas, procura reconciliarlos; si ve afligidos, procura informarse de la causa de su aflicción; si observa que dos sujetos se aborrecen, quiere saber el motivo de su enemistad; si ve que gime un oprimido por las vejaciones de un poderoso y un rico, procura enterarse de las malas antes que se ocultan en esas vejaciones, y el interés que le inspiran los desvalidos hace que jamás le sean indiferentes los medios de poner fin a sus males. ¿Pues qué debe hacer para sacar provecho de estas disposiciones de una forma tal que no desdiga de su edad? Debe regular sus solicitudes y sus conocimientos y poner su fervor en aumentarlos.

No me cansaré de repetirlo; todas las lecciones que deis a la juventud debéis reducirlas a ejemplos y nunca a razones; no deben aprender en los libros lo que les puede enseñar la experiencia. Extravagante es ejercitarlos a que hablen sin tener nada que decir, creer que les hacen sentir en los bancos de un aula la energía del idioma de las pasiones, y toda la fuerza del arte de la persuasión, sin que tengan interés en persuadir a nadie de algo. Todos los preceptos de la retórica parecen pura palabrería a quien no ve cómo ha de usarlos en beneficio propio. ¿Qué le importa a un estudiante saber cómo consiguió Aníbal que sus soldados atravesaran los Alpes? Si en lugar de estas magníficas arengas le dijerais lo que ha de hacer para conseguir que su catedrático le dé vacaciones, podéis estar seguros de que pondría más atención en vuestras reglas.

Si quisiera enseñar la retórica a un joven cuyas pasiones estuviesen ya desenvueltas, le presentaría objetos propios para halagar estas pasiones, y examinaría con él qué estilo debería usar con los demás hombres para inducirles a que fuesen propicios a sus deseos. Pero Emilio no está en una situación tan ventajosa para el arte de la oratoria. Limitado en lo físico casi a lo indispensable, necesita menos de los demás que los demás necesitan de él, y como no tiene que pedirles nada para sí, lo que quiere conseguir de ellos no le importa tanto que le tenga obsesionado. Se desprende de esto que generalmente debe usar un estilo sencillo y poco figurado. Comúnmente se explica con propiedad, y sólo con el fin de que se le entienda. Hace poco uso de las sentencias debido a que no ha aprendido a generalizar sus ideas y emplea escasas imágenes porque rara vez se apasiona.

Esto no quiere decir, sin embargo, que sea flemático y frío, pues ni su edad, ni sus costumbres, ni sus inclinaciones se lo permiten; en el ardor de la adolescencia, contenidos y destilados en su sangre los espíritus vivificantes, producen en su juvenil corazón un calor que brilla en sus miradas, que siente en sus discursos y manifiesta en sus acciones. Su estilo ha adquirido acento, y alguna vez vehemencia. El noble afecto que le inspira le da elevación y fuerza; penetrado del tierno amor de la humanidad, cuando habla expresa sus sentimientos; su generosa ingenuidad tiene un no sé qué más encantador que la elocuencia artificiosa de los demás, pues no tiene más que manifestar lo que siente para comunicárselo a los que le escuchan.

Cuanto más pienso en ello más me convenzo de que poniendo de esta manera la beneficencia en actividad y sacando de nuestro buen o mal éxito reflexiones acerca de la causa de uno o de otro, pocos conocimientos útiles existen que no puedan cultivarse en el espíritu de un joven, y que con todo el saber verdadero que se puede aprender en los colegios, aprenderá además una ciencia más importante todavía, que es la aplicación de esta doctrina a los usos de la vida. No es posible que interesándose tanto por sus semejantes, no aprenda muy pronto a pesar y apreciar las acciones, los gustos y las inclinaciones de ellos, y a dar en general un más justo valor a lo que puede ser útil o puede perjudicar a los hombres, con más acierto que aquellos que, no interesándose por nadie, no hacen nada por otro. Los que sólo tratan de sus propios asuntos, se apasionan demasiado para que puedan juzgar con rectitud. Refiriéndolo todo a sí mismos, y sacando de su interés las ideas del bien y del mal, se llenan la cabeza de mil prejuicios ridículos, y en lo que puede oponer el menor obstáculo a su utilidad, en seguida ven el trastorno del universo.

Extendamos el amor propio a todos los demás seres y lo convertiremos en virtud, pues no hay corazón humano que no tenga su raíz. Cuanto menos inmediata conexión tiene con nosotros el objeto de nuestra solicitud, menos temible es la ilusión del interés particular; cuanto más se generaliza este interés, más equitativo se hace, y el amor del linaje humano no es otra cosa en nosotros que el amor de la justicia. Por tanto, si queremos que Emilio ame la verdad, si queremos que la conozca, tengámosle siempre lejos de los negocios. Mientras más consagra su solicitud a la dicha ajena, más discreta y sagaz será aquélla y menos se engañará acerca de lo que es bueno o malo, pero no le consintamos nunca ciegas preferencias, fundadas en la excepción de personas o en injustas preocupaciones. ¿Y por qué ha de perjudicar a uno para servir a otro?

Poco le importará a quien le alcance más dicha con tal que contribuya él a la mayor dicha de todos. Ese es el primer interés del sabio después del interés privado, porque cada uno es parte de su especie y no de otro individuo.

Para evitar que la piedad degenere en flaqueza, es necesario generalizarla y extenderla a todo el género humano. Cuando no va acorde con la justicia, no nos dejemos llevar de ella, porque entre todas las virtudes, la justicia es la que más contribuye al bien común de los hombres. Por razón y por nuestro amor, debemos aún más piedad a nuestra especie que a nuestro prójimo, y es mayor crueldad para con los hombres la piedad que se siente por los malvados.

Por lo demás, es preciso recordar que todos estos medios mediante los cuales lanzo a mi alumno fuera de su propio ser, tienen siempre una relación directa .con él, ya que no sólo resulta un gozo interior, sino que haciéndole generoso en beneficio ajeno, trabajo en su propia instrucción.

Presenté primeramente los medios, y ahora hago ver el efecto. ¡Cuán grandes ideas veo que paulatinamente se coordinan en su cabeza! ¡Qué sublimes sentimientos estrujan en su corazón el germen de las mezquinas pasiones! ¡Qué rectitud de juicio, qué atinada razón observo que se forma en él con el cultivo de sus inclinaciones, con la experiencia que aprisiona los deseos de un alma grande en el estrecho sitio de la posibilidad y hace que un hombre superior a los demás, no pudiendo elevarlos hasta su esfera, sepa descender a la de ellos! Se gravan en su entendimiento los principios verdaderos de la justicia, los verdaderos modelos de la hermosura, todas las relaciones morales de los seres y todas las ideas de orden; ve el lugar de cada cosa y la causa que la desvía de él, se da cuenta de lo que puede hacer bien y de lo que le estorba; conoce, sin haberlas experimentado, las ilusiones y la fuerza de las pasiones humanas.

Avanzo impulsado por el valor de las cosas, pero sin engañarme acerca del juicio que van a formar mis lectores. Hace mucho tiempo que me ven en los países de la fantasía, cuando yo los veo siempre en los de la preocupación. Aunque me aparto bastante de las opiniones corrientes, no por eso dejo de tenerlas presentes en el entendimiento, y las examino y las medito, no para seguirlas, ni para defenderlas, sino para pesarlas en la balanza de la razón. Siempre que ésta me fuerza a que me aparte de ellas, ya tengo por sabido, instruido por la experiencia, que no me han de imitar; sé que empeñados en no creer que sea posible otra cosa que lo que ven, creerán que el joven que aquí figura como un ser imaginario y fantástico, porque se diferencia de aquellos con quienes le comparan, sin hacerse cargo de que es forzosa esta diferencia, ya que habiendo sido educado de una forma totalmente distinta y movido por afectos diametralmente contrarios, instruido de distinto modo que ellos, sería mucho más extraño que se les pareciese que no que fuera tal como yo le supongo. Este no es el hombre de! hombre, sino el hombre de la naturaleza, y en verdad que debe de ser muy extraño a sus ojos.

Al comienzo de esta obra no suponía nada que no pudiera observar cualquiera lo mismo que yo, ya que hay un punto, que es el nacimiento del hombre, del cual todos salimos igualmente, pero cuanto más avanzamos, yo para cultivar la naturaleza y vosotros para falsearla, más nos desviamos unos de otros. Cuando tenía seis años, mi alumno se diferenciaba muy poco de los vuestros porque aún no habíais tenido tiempo para desfigurarlos; ahora ya no se parecen en nada, y la edad del hombre formado a la cual se va acercando se lo debe mostrar de un modo absolutamente distinto, si no ha perdido mis cuidados. Todo el contenido de cuanto han adquirido puede que con poca diferencia sea igual por una y otra parte, pero las cosas que han adquirido no tienen ninguna semejanza. Os extraña que encontréis en él unos afectos sublimes que no existen en los otros, ni hay el menor germen, pero debéis considerar que éstos son filósofos y teólogos, antes de que Emilio ni siquiera sepa qué es la filosofía ni haya oído todavía nombrar a Dios.

Si se me objetara: «Nada de cuanto suponéis existe; los jóvenes no son así, tienen tal o cual pasión, hacen esto o lo otro», es como si afirmasen que un peral nunca es un árbol alto porque los que vemos en nuestros huertos son todos pequeños.

Ruego a estos jueces tan dispuestos a censurar que tengan en consideración que lo que dicen yo lo sé lo mismo que ellos, y que he meditado más tiempo, y que no he pretendido nunca engañarlos, y tengo derecho a exigir que se tomen más tiempo para averiguar en qué me equivoco, que examinen bien la constitución del hombre, que sigan los primeros desarrollos del corazón en todas las circunstancias, para que observen cuánto puede diferenciarse un individuo de otro únicamente por la fuerza de la educación; que establezcan comparación después con los efectos que le atribuyo, y me digan en qué he discurrido mal, y nada podré replicarles.

Lo que más me conduce a la afirmación, y según creo me disculpa de ello, es que, en vez de dejarme llevar del espíritu de sistema, otorgo lo menos posible al raciocinio y sólo me fío de la observación. No me fundo en lo que he imaginado, sino en lo que he visto. Verdad es que no he limitado mis experimentos a la vida de un solo pueblo, ni a una sola clase de personas, pero después de haber comparado tantas clases y pueblos como he podido ver durante una vida consagrada a observarlos, he quitado como artificial lo que pertenecía a un pueblo y no a otro y era peculiar de un Estado y no de otro, y sólo he mirado como propio del hombre lo que era común a todos, de cualquier edad, clase y nación que fuesen.

Ahora, si conforme a este método seguís desde su niñez a un joven que no haya recibido una formación particular y que dependa lo menos posible de la autoridad y la opinión ajena, ¿a quién creéis que se parecerá más, a mi alumno o a los vuestros? Opino que esta es la cuestión que hace falta resolver para saber si me he extraviado.

El hombre no comienza prematuramente a pensar, pero así que piensa, ya no cesa de hacerlo. Quien ha pensado, pensará siempre, y ejercitado una vez el entendimiento en la reflexión, ya no puede mantenerse estático. Así, pues, pudiéramos creer que hago mucho o muy poco, que el espíritu humano no se abre tan pronto, y que después de haberle dado facilidades que no tiene, le retengo demasiado tiempo encerrado en un círculo del que ya debería haber salido.

Pero, ante todo, debéis considerar que si queremos formar el hombre de la naturaleza, no se trata de hacerle un salvaje y dejarlo relegado en lo enmarañado de la selva, sino que, metido en el torbellino social, no se deje arrastrar por las pasiones ni las opiniones de los hombres, que siempre vea por sus propios ojos y sienta por su corazón, y que no esté gobernado por ninguna otra autoridad que no sea la de su propia razón. En ese estado, es claro que la multitud de objetos que le impresionan, los frecuentes afectos que le mueven, los distintos medios de satisfacer sus necesidades reales le deben proporcionar muchas ideas que jamás hubiera tenido o que tal vez habría adquirido con mayor lentitud. El progreso natural del espíritu ha sido acelerado, pero no invertido. El mismo hombre que debe ser estúpido en las selvas, debe convertirse en racional y sensato en las ciudades aun cuando sea en ellas un mero espectador. No hay nada más a propósito para que uno se convierta en sabio que las locuras que ve sin tomar parte en ellas, y si se mezcla o participa en esas locuras, se instruye mientras no se contagie ni se deje arrastrar por los que las cometen.

También debéis considerar que siendo limitados por nuestras facultades hacia las cosas sensibles casi carecemos de base para las nociones abstractas de la filosofía y para las ideas puramente intelectuales. Para llegar a ellas es preciso desprendernos del cuerpo al cual estamos adheridos con tanta fuerza, o hacer un progreso gradual y lento de objeto en objeto, o bien salvar velozmente y casi de un salto el intervalo con un paso del que no es capaz la niñez y para el cual hasta los adultos precisan de muchos escalones construidos expresamente para ellos. El primero de estos escalones es la primera idea abstracta, pero entiendo que fue muy difícil llegar a la decisión de construirlo.

El Ser incomprensible que lo abarca todo, que da movimiento al mundo y que forma el completo sistema de los seres, ni es visible a nuestros ojos ni palpable a nuestras manos, ni accesible a nuestros sentidos; está patente la obra, pero oculto el artífice. No es un pequeño negocio conocer al fin que existe, y cuando hemos llegado hasta aquí, cuando nos preguntamos «¿Quién es? ¿Dónde está?», se confunde y se descarría nuestra inteligencia y no sabemos qué pensar.

Locke pretende que comencemos por el estudio de los espíritus y pasemos luego al de los cuerpos. De esta forma se anda por la senda de las preocupaciones, la superstición y el error, lo que no ocurre si se camina por el de la razón y el de la naturaleza bien ordenada, pues lo otro sería taparse los ojos para aprender a ver. Para formarse una noción de los espíritus y tener sospechas de que existen, es preciso haber estudiado durante mucho tiempo los cuerpos. El orden contrario sólo sirve para fundar el materialismo.

Puesto que los primeros instrumentos de nuestras luces son nuestros propios sentidos, los seres corpóreos y sensibles serán los únicos de que inmediatamente tengamos idea. Para quien no ha filosofado, la palabra espíritu carece de significado alguno. Para la plebe y

para los niños, un espíritu es un cuerpo. ¿No imaginan espíritus que gritan, hablan, llaman y aturden? Admitiréis que unos espíritus que tienen brazos y lenguas se parecen mucho a los cuerpos. Por eso, todos los pueblos del mundo, sin exceptuar los judíos, se crearon dioses corporales. Nosotros mismos, con nuestros términos de Espíritu, Trinidad, Persona, la mayor parte somos verdaderos antropomorfitas. Nos enseñan a decir que Dios está en todas partes, pero también creemos que el aire está en todas partes, por lo menos en nuestra atmósfera, y la misma voz de espíritu no significa en su origen otra cosa que «soplo» y «viento». Cuando una persona se acostumbra a pronunciar palabras que no entiende, es fácil lograr que diga lo que se quiere que diga.

La conciencia de nuestra acción sobre los demás cuerpos, al principio debió hacernos creer que cuando actuaban en nosotros, era de un modo semejante al nuestro respecto a ellos. De esta forma comenzó el hombre animando a todos los seres cuya acción sentía. Considerándose menos fuerte que la mayor parte de estos seres, e ignorando hasta dónde alcanzaba su potencia, la consideró ilimitada, haciendo dioses en cuanto hizo cuerpos. En los primeros tiempos, los hombres, asustados ante todo, no vieron ninguna cosa muerta en la naturaleza. Tan lenta como la idea del espíritu fue para formarse en ellos la idea de la materia, porque también es una abstracción. De tal forma que llenaron de dioses sensibles el universo. Los astros, los vientos, las montañas, los ríos, los árboles, las ciudades y hasta las casas, todo tenía su alma, su dios y su vida. Los muñecos de Laban, los fetiches de los salvajes y los negros, todas las obras de la naturaleza y de los hombres fueron las primeras divinidades de los mortales; el politeísmo fue su primera religión, y siempre lo será de todo hombre débil y medroso que no haya cultivado el espíritu, que reúna el sistema total de los seres en una sola idea j que dé significado a la voz sustancia, que en realidad es la mayor de las abstracciones. Por lo tanto, todo niño que cree en Dios, es necesariamente un idólatra, o antropomorfita, y si la imaginación ha visto una vez a Dios, será un milagro que lo conciba luego el entendimiento. Justamente a este error nos lleva la idea de Locke.

Ignorando como hemos llegado a la idea abstracta de la sustancia, vemos que para admitir una sustancia única sería forzoso suponerle cualidades incompatibles que se excluyen mutuamente como el pensamiento y la extensión, ésta, que esencialmente es divisible, y aquél, que excluye toda divisibilidad. Por otra parte, concebimos que el pensamiento, o si se quiere el sentimiento, es una cualidad primitiva, inseparable de la sustancia a que pertenece, y que lo mismo es la extensión con respecto a sustancia, de donde se deduce que los seres que pierden una de estas cualidades, pierden la sustancia a que pertenece ésta; por consiguiente, la muerte no es otra cosa que una separación de sustancias, y los seres en que se hallan reunidas estas dos cualidades se componen de las dos sustancias a que tales cualidades pertenecen.

Considerad ahora la distancia que media todavía entre la noción de las dos sustancias y de la naturaleza divina, entre la idea incomprensible de la acción de nuestra alma en nuestro cuerpo y la de la acción de Dios en todos los seres. Las ideas de creación, de aniquilamiento, de ubicuidad, de eternidad, de omnipotencia, de los divinos atributos, todas esas ideas que a tan pocos hombres es dado ver, son confusas y oscuras, aunque ninguna oscuridad tienen para la plebe porque no comprenden nada de ellas. ¿Cómo se han de presentar con toda su fuerza, o sea, con toda su oscuridad a su inteligencia inexperta, ocupada todavía en las primeras operaciones de los sentidos y que sólo conciben lo que tocan? Los abismos de lo infinito en vano están abiertos a nuestro alrededor; un niño no se asusta ante ellos porque unos ojos tan débiles son incapaces de medir su profundidad. Para los niños, todo es infinito, no saben poner límites a nada, y no porque supongan extensión, sino porque tienen el entendimiento corto, y he notado casi siempre que colocan el infinito más acá que más allá de las dimensiones que conocen. Un inmenso espacio lo valorarán más por sus pies que por sus ojos, y no lo extenderán hasta más allá de donde pueden ver, sino hasta más allá de donde pueden ir. Si les hablan del poder de Dios, le tendrán por casi tan fuerte como su padre. Como en todas las cosas, su conocimiento es para ellos la medida de las posibilidades, lo que les dicen siempre lo suponen inferior a lo que saben. Así son los juicios naturales de la ignorancia y la flaqueza de entendimiento. Ayax habría rehuido batirse con Aquiles por miedo y, sin embargo, desafía a Júpiter porque conoce a Aquiles y no conoce a Júpiter. A un aldeano suizo que se consideraba el más opulento de los hombres, le preguntaron qué era un rey, y él, a su vez, preguntó, altanero, si el rey podría tener cien vacas en la montaña como él.

Comprendo que muchos lectores quedarán extrañados al verme seguir la primera edad de mi alumno sin que le hable de religión. A los quince años todavía no sabía si tenía un alma, y quizá hasta los dieciocho no es el tiempo adecuado para que lo aprenda, porque si lo aprende antes de que sea oportuno, corre el peligro de que no lo sepa en toda su vida.

Si tuviera que pintar la estupidez enfadosa, retrataría a un pedante enseñando el catecismo a unos niños; si quisiera volver loco a un niño, le obligaría a que explicara lo que dice cuando da su lección de doctrina. Se me objetará que siendo misterio la mayor parte de los dogmas del cristianismo, esperar a que sea capaz de comprenderlos el espíritu humano no es esperar a que el niño sea hombre, sino aguardar lo imposible. A eso respondo primero que es imposible no sólo que un hombre conciba ciertos misterios, sino que los crea, y no ver qué se adelanta con enseñárselos a los niños, sino es otra cosa que enseñarles a mentir desde muy temprano. Digo, además, que para admitir los misterios, lo menos que se necesita es comprender que son incomprensibles, y los niños no son ni siquiera capaces de esta comprensión. No hay verdaderos misterios para la edad en que todo es un misterio.

«Es necesario creer en Dios para salvarse.» Este dogma mal comprendido es el comienzo de la intolerancia sangrienta y la causa de todas estas vanas instrucciones que han producido un golpe mortal a la razón humana, habiéndola acostumbrado a que se quede satisfecha con palabras. Sin duda no se debe perder un punto para merecer la salvación eterna, pero si basta para alcanzarla repetir ciertas palabras, no existe ningún inconveniente en llenar el cielo de cotorras y papagayos, tanto como de niños.

La obligación de creer supone su posibilidad. El filósofo que no cree yerra, porque hace mal uso de la razón que ha cultivado y porque está en estado de entender las verdades que rechaza. Pero, ¿qué es lo que cree el niño que profesa la religión cristiana? Lo que concibe, y concibe tan poco lo que le obligan a decir que si le dicen lo contrario lo admitirá con la misma docilidad. Es asunto de geografía la fe de los niños, y aun de muchos hombres. ¿Serán mejor premiados por haber nacido en Roma que si hubieran nacido en La Meca? A uno le dicen que se debe honrar a Mahoma, y dice que honra a Mahoma; a otro le dicen que Mahoma es un engaño, y dice que es un engaño. Uno afirmaría lo mismo que el otro si a los dos se hubiese enseñado lo mismo. ¿Es posible que nos fundemos en dos afectos tan semejantes para enviar al uno-al cielo y al otro al infierno? Cuando un niño dice que cree en Dios no es en Dios en quien cree, sino en Pedro o en Juan, quienes le dicen que existe una cosa que se llama Dios, y lo cree a la manera de Eurípides:



¡Oh, Júpiter! Tu nombre es ése, mas sólo conozco tu nombre [12].



Nosotros afirmamos que ningún niño que muera antes de alcanzar el uso de razón será privado de la bienaventuranza eterna; lo mismo creen los católicos de los niños que han recibido el bautismo, aunque jamás hayan oído hablar de Dios. Entonces, pues, hay casos en que uno puede salvarse sin creer en Dios, y esos casos se dan en la infancia y en la demencia, cuando el espíritu humano es incapaz de las lucubraciones precisas para reconocer la Divinidad. Toda la diferencia entre vosotros y yo consiste en que aseguráis que los niños a los siete años ya tienen esta capacidad, y, en cambio, yo no se la concedo ni siquiera a los quince años. Que yo tenga razón o que esté equivocado, no se trata aquí de un artículo de fe, sino de una simple observación de historia natural.

Conforme al mismo principio, es claro que el hombre que ha llegado a la vejez sin creer en Dios, no por eso será privado de su presencia en la otra vida si su ceguedad no ha sido voluntaria, y aseguro que no siempre lo es. Lo confesáis así de los insensatos a quienes una enfermedad priva de sus facultades espirituales, pero no de su cualidad de hombre, ni por consiguiente del derecho a los beneficios de su Creador. ¿Por qué, pues, tampoco estáis de acuerdo en lo mismo respecto a aquellos que desviados de toda sociedad desde su infancia, han llevado una vida completamente salvaje, privados de las luces que sólo se adquieren con el trato de los hombres? [13]. Porque está demostrado que no es posible que ese salvaje eleve jamás sus reflexiones hasta el entendimiento del verdadero Dios. La razón nos dice que sólo por sus culpas voluntarias un hombre es merecedor de castigo, y que no se puede ver delictiva una ignorancia invencible, de donde se deduce que ante la justicia eterna todo hombre que ha creído por tener las necesarias luces, es reputado creyente, y que no habrá otros incrédulos castigados que aquellos que cierren su corazón a la verdad.

Guardémonos de anunciar la verdad a los que no están en estado de entenderla, pues sería sustituirla con el error. Es preferible no tener ninguna idea de la Divinidad que tenerlas groseras, fantásticas, injuriosas e indignas de ella; es peor ultrajarla que desconocerla. Más quisiera, dice el buen Plutarco, que creyesen que no había Plutarco en el mundo, antes que decir que Plutarco es injusto, envidioso, celoso y tan déspota que exige más de lo que pueden hacer.

El gran mal de las imágenes deformes de la Divinidad que imprimen en el espíritu de los niños consiste en que permanecen en él durante el resto de la vida, v cuando son hombres no conciben otro Dios que el de los niños. En Suiza vi a una buena y piadosa madre de familia tan convencida de esta máxima, que no quiso instruir en la religión a su hijo en la primera edad, no se diese el caso de que, complacido con esta grosera instrucción, descuidase adquirir otra mejor cuando tuviese uso de razón. Ese niño oía siempre hablar de Dios con recogimiento y reverencia, y cuando él deseaba hablar le imponían silencio, pues era una materia demasiado sublime y delicada para él. Esta reserva excitaba su curiosidad, y su amor propio aspiraba el momento de conocer un misterio que con tanto celo le ocultaban. Cuanto menos le hablaban de Dios y menos permitían que hablase, más se ocupaba de El, y veía a Dios en todas partes. Yo sospecharía que ese acento de misterio indiscretamente afectado, encendiendo exageradamente la imaginación de un joven, le alterase la cabeza, y al fin hiciesen de él un fanático en vez de hacer un creyente.

Pero no hay temor de nada parecido en Emilio, pues desviando su atención constantemente de todo lo que excede a su capacidad, escucha con mayor indiferencia las cosas que no comprende. Hay tantas respecto a las cuales está acostumbrado a decir: «Eso no es de mi competencia», que una más no le apura, y cuando le empiezan a inquietar estas grandes cuestiones, no es por no haber oído hablar de ellas, sino porque su natural evolución encamina sus investigaciones hacia estas materias.

Ya hemos visto por qué camino se aproxima a estos misterios el espíritu humano cultivado, y de buen grado confesaré que aun en el seno de la sociedad no le alcanza hasta una edad más avanzada, pero como en la misma sociedad hay causas inevitables por las cuales se acelera el progreso de las pasiones, si no aceleramos en la misma proporción el progreso dé las luces que sirven para regular estas pasiones, nos saldríamos entonces del orden de la naturaleza y se rompería el equilibrio. Cuando nos es imposible evitar que las primeras se desarrollen con demasiada rapidez, es necesario encender con la misma las que le han de corresponder de las segundas, para que no se invierta el orden, para que no se separe lo que ha de ir junto, y que el hombre, en todos los instantes de su vida, no esté en este punto por una de sus facultades y en aquel otro por las demás.

¡Qué dificultad la que veo aquí! Una dificultad que es tanto más grave cuanto que consiste menos en las cosas que en el desánimo de los que no se atreven a resolverla. Comencemos teniendo valor para proponerla. Un niño debe ser educado en la religión de su padre; siempre le demuestran con mucha facilidad y victoriosamente que esa religión, sea la que fuere, es la única verdadera, que todas las demás son extravagancias y disparates. En este punto, la fuerza de los argumentos depende del país donde los proponen. Un `turco que en Constantinopla tiene el cristianismo por ridículo, que venga a ver lo que piensan del mahometismo en París. Donde principalmente se muestra más tiránica la opinión es en lo que hace referencia a la cuestión religiosa. Pero nosotros, que en todo pretendemos romper su yugo, que no queremos dejar nada a la autoridad, y que no queremos enseñar nada a nuestro Emilio que no pudiera aprender por sí mismo en cualquier país, ¿en qué religión le educaremos?, ¿a qué secta agregaremos al hombre de la naturaleza? Me parece que es muy sencilla :a respuesta: no le agregaremos ni a la una ni a la otra, pero lo pondremos en condiciones de elegir la que le conduzca al mejor uso de su razón.



Por ascuas encendidas voy andando,

cubiertas bajo pérfidas cenizas.



No importa; hasta aquí el celo y la buena fe han suplido en mí la prudencia, y confío en que estos auxiliares no me abandonen cuando más los necesito. Lectores, no temáis en mí precauciones indignas de un amante de la verdad, puesto que jamás olvidaré mi emblema, pero me debe ser lícito desconfiar de mis opiniones. En vez de expresaros lo que pienso, os diré lo que pensaba uno que valía más que yo. Respondo de la veracidad de los hechos que voy a referir, y que le ocurrieron al autor del escrito que transcribo aquí. Os toca a vosotros ver si se pueden sacar reflexiones acerca de la materia de que estamos tratando. No os propongo como regla el dictamen de otro ni el mío, sino que os lo presento para que le examinéis.

«Hace treinta años que en una ciudad de Italia un joven expatriado se veía reducido a la última miseria. Había nacido calvinista, pero a consecuencia de una locura de joven, hallándose fugitivo en un país extraño y sin recursos, cambió de religión para comer. En esta ciudad había un hospicio para los conversos, y entró en él. Mientras le instruían sobre la controversia, le inspiraron dudas que no tenía y le enseñaron lo malo que no sabía; oyó dogmas nuevos, observó costumbres todavía más nuevas y le faltó poco para que no fuese víctima de ellas. Intentó fugarse y le encerraron, se quejó y le castigaron; puesto a merced de sus tiranos, se vio tratado como un malhechor por no haber querido ceder al delito. Pueden imaginarse el estado de su joven corazón los que saben lo que irrita la primera prueba de la violencia y la injusticia a un corazón sin experiencia. De sus ojos caían lágrimas de ira, le sofocaba la indignación, imploraba al cielo y a los hombres, se confiaba a todo el mundo y nadie le escuchaba. Sólo veía viles criados que estaban sujetos al infame que le ultrajaba, o a cómplices del mismo delito que escarnecían su resistencia y le excitaban a que los imitara. Estaba perdido, pero dio la casualidad de que llegase al hospicio un honrado eclesiástico, a quien logró consultar secretamente. El eclesiástico era pobre y necesitaba de todo el mundo, pero el desventurado todavía necesitaba más que él, y no dudó en ayudarle para que se fugase, aun con el riesgo de ganarse un peligroso enemigo.

»El joven, que se había escapado del vicio para caer en la miseria y que luchaba inútilmente contra su estrella, creyó que la había vencido. Al empezar su buena fortuna se olvidó de su protector y de sus desdichas. No tardó en recibir el castigo de esta ingratitud; todas sus esperanzas le fallaron y su juventud no le valía, pues sus ideas novelescas lo malograban todo. Como carecía de talento y de la suficiente habilidad para trazarse un fácil camino, no sabía ser malo ni moderado, tantas cosas pretendió que no pudo conseguir ninguna, y habiendo recaído en su antigua miseria, sin pan y sin techo y al borde de morir de hambre, se volvió a acordar de su bienhechor.

»Vuelve a él, le habla y es bien recibido; al verle, recuerda al eclesiástico su buena acción, lo que siempre regocija al alma. Este hombre era, naturalmente, humano y compasivo; sentía como suyas las penas ajenas y las comodidades no habían adormecido su corazón, y su buen natural se había fortalecido con las lecciones de la sabiduría y con una ilustrada virtud. Recibe al joven, le busca un albergue, le recomienda y se parte con él su pobre y escasa comida. Hace más: le instruye, le consuela, le enseña el difícil arte de sufrir con paciencia la adversidad. Hombres preocupados, ¿habríais esperado esto de un sacerdote y en Italia?

»Este honrado eclesiástico era un pobre presbítero saboyano, que por una aventura de juventud se había enemistado con su obispo y había atravesado los Alpes buscando recursos que no encontraba en su país. No carecía de instrucción y talento, y siendo de una presencia agradable, había hallado protectores que lo colocaron en casa de un ministro para ser ayo de su hijo. Prefería la pobreza a la dependencia, y desconocía la manera de comportarse con los grandes, y no siguió mucho tiempo con el cargo, pero cuando lo dejó conservó la estimación de todos, y como vivía prudentemente y se hacía apreciar, vivía con la esperanza de que se reconciliaría con su obispo y que éste le proporcionaría algún humilde curato en la montaña para vivir los años que le quedaban. Era todo lo que anhelaba.

»Sentía un interés natural por el joven fugitivo, y esto hizo que lo observase con atención. Comprobó que la mala suerte había abatido su corazón, que el oprobio y el menosprecio habían reducido su coraje, y que, convertida en amargo despecho su altivez, la dureza de los hombres sólo le dejaban ver el vicio de la naturaleza y lo que imaginaba de quimérico en la virtud. Había visto que la religión sólo servía de máscara al interés; y el culto sagrado de salvaguarda a la hipocresía; había visto en la sutileza de las vanas disputas el cielo y el infierno hecho premio o castigo de juegos de vocablos; había visto la sublime y primitiva idea de la Divinidad desfigurada por las fantásticas imaginaciones de los hombres, y convencido de que para creer en Dios era preciso renunciar a la razón que de él hemos recibido, lo mismo desdeñaba nuestros ridículos sueños que el objeto a que los aplicamos. Sin saber nada de lo que existe, sin imaginar nada acerca de la generación de las cosas, se sumió en una estúpida ignorancia y un profundo desprecio hacia todos los que creían que sabían más que él.

»El olvido de. toda religión conduce al olvido de los deberes del hombre. Este camino ya estaba andado hasta la mitad en el corazón del joven libertino, aunque no era de mala índole, pero la incredulidad y la pobreza lo llevaron rápidamente a su pérdida, y con las costumbres de un mendigo le aguardaba la moral de un ateo.

»Aunque casi inevitable el mal, no estaba todavía absolutamente consumado. El joven poseía conocimientos, y su educación no había sido descuidada y estaba en aquella feliz y dichosa edad en que fermentando la sangre comienza a proporcionar calor al alma, sin esclavizarle el furor de los sentidos. La suya todavía tenía toda su elasticidad. Su carácter tímido y su vergüenza nativa, suplían la sujeción y prolongaban en él la época en que con tanto celo guiáis a vuestro alumno. El odioso ejemplo de una torpe depravación y de un vicio sin encanto, lejos de exaltar su imaginación, la había amortiguado. Durante mucho tiempo, en vez de la virtud, le sirvió de escudo la repugnancia para conservar su inocencia, que sucumbiría a las más dulces seducciones.

»El sacerdote vio el peligro y sus remedios, sin desanimarle las dificultades; se complacía en su obra y resolvió perfeccionarla, devolviendo a la virtud la víctima que había librado de las garras de la infamia. Tomó con calma la ejecución de su proyecto; animábase su esfuerzo con lo noble del motivo y le inspiraba medios dignos de su celo. Estaba seguro de que cualquiera que fuese el éxito, no sería tiempo perdido el empleado en conseguirlo, pues siempre triunfa quien sólo quiere hacer bien.

»Comenzó por ganarse la confianza del joven con no venderle sus beneficios, no hacerse importuno ni hacerle sermones, con ponerse siempre a su alcance y hacerse pequeño para igualarse con él. Me parece que era un tierno espectáculo ver a un varón grave que se hacía camarada de un perdulario, y que la virtud se ponía a tono del vicio para triunfar de él con más seguridad. Cuando llegaba el desequilibrado a hacerle sus locas confidencias y a explayarse con él, el sacerdote le escuchaba, le dejaba desahogarse, sin aprobar lo malo se interesaba por todo, y jamás cortaba su conversación con una indiscreta censura, y el gusto con que creía el joven que le escuchaba, aumentaba el que sentía en contárselo todo. De esta forma hizo su confesión general sin pensar confesarse.

»Después de estudiar bien sus sentimientos y su carácter, el sacerdote vio que sin ser ignorante para su edad, se había olvidado de lo que le importaba saber, y que el oprobio a que le había reducido la fortuna acallaba en él toda comprensión del bien y el mal. Hay un grado de embrutecimiento que priva de vida al alma, pues la voz interior no se deja oír de aquel que sólo piensa en mantenerse. Para preservar al infortunado joven de esta muerte moral, comenzó despertando en él el amor propio y la estimación de sí mismo, le mostraba un porvenir más dichoso en el buen empleo de su talento, reavivaba en su corazón un generoso ardor contándole las nobles acciones de otros, haciéndole admirar a los que las habían realizado y le exaltaba el deseo de hacer otras similares. Para desprenderle insensiblemente de su vida ociosa y vagabunda, le hacía que extractara libros selectos y fingiendo que necesitaba los extractos mantenía en él el noble sentimiento de la gratitud. Le instruía indirectamente con sus libros, hacía que recobrase la buena opinión de sí mismo para que no se creyese un ser inútil para todo bien, y no quisiese volver a aparecer despreciable a sus propios ojos.

»Un insignificante detalle nos demostrará el arte que empleaba ese bondadoso hombre para que insensiblemente el corazón de su alumno saliera de la bajeza, sin parecer que pensase instruirle. Era el eclesiástico de tan reconocida probidad y tan acertado discernimiento que muchas personas preferían entregarle a él sus limosnas que a los ricos sacerdotes de las ciudades. Un día que le habían dado un dinero para repartirlo entre los pobres, a título de tal, el joven tuvo el atrevimiento de pedirle parte de él. "No -le respondió el sacerdote-. Nosotros somos hermanos, por lo que sois algo más, y no debo tocar esos fondos para mi uso". Seguidamente, de su propio bolsillo le dio lo que le había pedido. Lecciones de esta especie raramente dejan de surtir efecto en el corazón de los jóvenes que no están totalmente corrompidos.

»Me canso de hablar en tercera persona, y es un sistema superfluo, porque sabéis, querido conciudadano, que yo mismo soy ese desgraciado fugitivo; me creo que sois algo mío, y no debo tocar esos fondos para no atreverme a confesarlos, y la mano que me salvó de lo que era un bochorno, merece que recuerde con la mayor gratitud sus beneficios.

»Lo que más me sorprendía era ver en la vida privada de mi digno maestro la virtud sin hipocresía, la humanidad sin debilidad, las consideraciones siempre rectas y simples y una conducta que respondía a sus enseñanzas. No se preocupaba por si aquellos a quienes ayudaba oían o no misa, si se confesaban, si ayunaban los días de precepto, ni veía que les impusiese otras condiciones parecidas, sabiendo que el que no las obedece, aunque se muera de hambre, ninguna asistencia puede esperar de los devotos.

»Animado por estas observaciones, lejos de hacer yo alarde en su presencia del afectado fervor de un nuevo converso, no le ocultaba mucho mi manera de pensar y no veía que se escandalizase. Algunas veces yo habría podido decirme: Me permite la indiferencia al culto que he abrazado, por la que ve que también profeso en la que he nacido, y sabe que ya no es mi desdén asunto de partido. Pero, ¿qué había de pensar cuando algunas veces le veía aprobar dogmas contrarios a los de la Iglesia Romana, pareciendo que no tenía en mucha estimación sus ceremonias? Yo le habría creído un protestante encubierto si le hubiera visto observar con menos devoción aquellas mismas prácticas de las que parecía hacer muy poco caso, pero sabiendo que a solas cumplía sus deberes de sacerdote con tanta fidelidad como ante los fieles, no sabía qué pensar de estas contradicciones. Exceptuando el derecho que en otro tiempo había causado su desgracia y del que no parecía muy corregido, su vida era ejemplar, sus costumbres irreprochables y sus palabras honestas y prudentes. Viviendo con él en la mayor intimidad, cada día aprendía a respetarle más, y habiendo con tanta bondad conquistado mi corazón, esperaba con curiosa inquietud el instante de saber en qué principios fundaba la uniformidad de una vida tan singular.

»Este momento no llegó tan pronto. Antes de descubrirse con su alumno, se esforzó para que germinasen en él las semillas de la razón y la bondad que había plantado en su alma. Lo más difícil de destruir en mí era una orgullosa misantropía, cierta irritación contra los ricos y los dichosos del mundo, como si lo fueran a mis expensas y me usurpasen su aparente felicidad. Me inclinaba en forma excesiva a esta indignación la loca vanidad de la juventud, que pugna contra la humillación, y el amor propio, que mi maestro procuraba despertar en mí, incitándome a la soberbia, todavía presentaba a los hombres más viles delante de mis ojos y al odio hacia ellos unía el menosprecio.

»Sin combatir directamente esta arrogancia, evitó que se transformara en dureza de alma, y sin quitarme el aprecio de mí mismo, hizo que fuese menos desdeñosa con mi prójimo. Desviando siempre las vanas apariencias y mostrándome los verdaderos males que envuelven, me enseñaba a lamentar los errores de mis semejantes, que sus miserias me enternecieran y que sintiese más compasión que envidia. Movido a conmiseración de las humanas flaquezas por la íntima conciencia de las suyas, en todas partes contemplaba a los hombres como víctimas de sus propios vicios y de los demás; observaba a los pobres gimiendo bajo el yugo de los ricos y a éstos por el de sus preocupaciones. Creedme, me decía, lejos de disimularnos nuestros males, nuestras ilusiones los aumentan, dando valor a lo que no lo tiene, y mil soñadas privaciones que sin ellas no sentiríamos nos vuelven sensibles. La tranquilidad del espíritu consiste en el menosprecio de todo aquello que sea capaz de alterarla; quien menos sabe disfrutar de la vida es el que más aprecio hace de ella, y aquel que con más ilusión aspira a la felicidad, siempre es el más miserable.

»"¡Ah, qué tristes cuadros! -exclamaba yo, con amargura-. Si nos lo hemos de negar todo, ¿de qué nos ha servido el nacer? Y si hemos de menospreciar incluso la misma felicidad, ¿quién es el que sabe ser feliz?". Un día, el sacerdote respondió "Yo", en un tono que me chocó. "¿Vos feliz, con tan pocos bienes de fortuna, desterrado y perseguido, y sois feliz? Pues, ¿qué habéis hecho para serlo?" "Hijo mío, con mucho gusto te lo diré."»

»Al momento me dio a entender que después de haber oído mis confesiones me quería hacer las suyas. "Verteré en vuestro pecho -me dijo, abrazándome-, todos los sentimientos de mi corazón, y me veréis, si no como soy, como yo me veo. Después de que hayáis oído mi confesión, cuando seáis conocedor del estado de mi alma, sabréis por qué me considero feliz, y si pensáis como yo, lo que debéis hacer para serlo vos. Pero estas confesiones no son cosa de un instante; se precisa tiempo para que os explique todo lo que pienso referente al destino del hombre y el verdadero valor de la vida: ahora busquemos un lugar apropiado para esta conferencia."

»Sentí gran prisa por oírle, y el plazo señalado fue para la mañana siguiente. Estábamos en verano y nos levantamos al rayar el día. Me llevó fuera de la ciudad, a una colina erguida a orillas del río Po, y desde donde, por entre las feraces riberas que baña, se veía su curso; la inmensa cordillera de los Alpes coronaba a lo lejos el país; los rayos del sol naciente ya iluminaban los llanos, y las sombras de los árboles, los collados y las casas enriquecían con mil juegos de luz el más hermoso espectáculo que pueda deleitar los ojos humanos. Daba la sensación de que la naturaleza se engalanaba ante nosotros con toda su magnificencia para ofrecer materia a nuestro diálogo. Aquí, después de contemplar silencioso y absorto, estos objetos, el hombre de paz me habló de la siguiente manera»



PROFESION DE FE DEL VICARIO SABOYANO



«Hijo mío, no esperéis de mí profundos discursos ni razonamientos científicos. Yo no soy un gran filósofo, ni me interesa serlo. Pero tengo alguna vez buen sentido y siempre amé la verdad. Yo no quiero argumentar con vos ni menos tratar de, convenceros ; me es suficiente deciros todo lo que pienso con la sencillez de mi corazón. Consultad el vuestro durante mi relato, que es lo único que os ruego. Si me equivoqué, no es que lo hiciese adrede y con malicia; esto basta para que no sea imputado mi error a delito, y aunque de la misma forma os engañarais vos, resultaría poco perjuicio. Si pienso bien, la razón es común a ambos y tenemos el mismo empeño en atenderla. ¿Por qué no tenéis que pensar lo mismo que yo?

»Yo nací pobre y aldeano, destinado al cultivo de la tierra por mi condición, pero creyeron que era mejor que aprendiese a ganar el pan con el ejercicio del ministerio sacerdotal, y encontraron la forma de que yo pudiese estudiar. Ni yo ni mis padres llevábamos intención aluna de averiguar lo que era bueno, verdadero y útil, sino lo que precisaba saber para poder ser ordenado. Aprendí lo que querían que aprendiese, dije lo que querían que dijese, me obligué como quisieron, y fui sacerdote, pero pronto me di cuenta de que cuando me obligué a dejar de ser hombre, había prometido más de lo que podía cumplir.

»Se nos dice que la conciencia es el fruto de las preocupaciones; no obstante, sé por experiencia que contra todas las leyes humanas se empeña en seguir siempre el orden natural. Inútilmente se nos prescribe que dejemos de hacer esto o aquello, pero jamás el remordimiento nos acusa con energía de lo que nos permite la naturaleza bien ordenada, y con mayor razón de cuanto nos ordena. ¡Oh, mi buen joven! Aún no ha sido explicado a vuestros sentidos; vivid mucho tiempo en el feliz estado en que su voz no es otra que la de la inocencia; debéis acordares que es mayormente ofendida por aquel que la adelanta que por quien se le opone; primeramente es necesario aprender a resistir, con el fin de saber cuándo es posible el ceder careciendo de culpa.

»Desde mi juventud he respetado el matrimonio como la primera y más sacrosanta institución natural. Habiéndose apartado del derecho de sujetarme a él, determiné no profanarle, ya que, a pesar de mis aulas y mis estudios, siempre me sometí a una vida de sencillez y uniformidad, y había conservado en mi espíritu toda la brillantez de las primitivas luces, que nos habían oscurecido las máximas del mundo, desviado por mi pobreza de las tentaciones que dictan los sofismas del vicio.

»Esta resolución fue justamente la que me perdió; mi respeto por el tálamo ajeno puso mis faltas al descubierto; fue indispensable la expiación del escándalo: arrestado, suspenso, expulsado, fui víctima en mayor grado de mis escrúpulos que de mi incontinencia, y a causa de las reprensiones que se juntaron con mi desgracia, me llegó el convencimiento de que es suficiente muchas veces agravar la culpa para evitar el castigo.

»Bastan pocas experiencias semejantes para llevar muy lejos a un espíritu reflexivo. Al ver alteradas mediante tristes observaciones las ideas que tenía de la justicia, de la honestidad y de todas las obligaciones humanas, cada día perdía alguna de las opiniones en que me habían criado, y no siendo suficientes las que me quedaban para formar un cuerpo capaz de sustentarse por sí solo, noté que poco a poco se iba oscureciendo en mi entendimiento la evidencia de los principios, hasta que, por último, reducido a no saber qué pensar, llegué al mismo caso en que vos os halláis, con la diferencia de que mi incredulidad, fruto tardío de una edad madura y más lentamente formada, debía ser mucho más difícil de desarraigar.

»Estaba en aquellas disposiciones de incertidumbre y duda que exige Descartes para la investigación de la verdad: estado de poca duración, repleto de inquietud y zozobra, y que solamente nos deja el interés del vicio o la pereza del ánimo. Mi corazón aún no estaba tan estragado para que encontrase una satisfacción en él, puesto que no hay nada que conserve tanto el hábito de reflexionar como el vivir satisfecho en mayor grado consigo mismo que con su fortuna.

»Meditaba, pues, acerca de la triste suerte de los mortales fluctuando en este mar de opiniones humanas, sin timón ni brújula y abandonados a sus tempestuosas pasiones, sin otra guía que la de un piloto inexperto que conoce el camino y no sabe de dónde viene ni adónde va. Yo me decía: "Amo la verdad, la busco y no doy con ella; muéstrenmela, y la abrazo con pasión. ¿Por qué debe esconderse el anhelo de un corazón que fue hecho para adorarla?"

»Aunque he pasado por otros males peores muchas veces, jamás tuve una vida tan ingrata de una forma tan constante como en los tiempos de alborotos, disturbios y congoja, pues vagando continuamente de una duda a otra, de mis largas meditaciones sólo obtenía incertidumbre, contradicciones y oscuridad acerca de la causa de mi ser y de la regla de mis obligaciones.

»¿Cómo es posible que uno sea escéptico por sistema y de buena fe? No puedo comprenderlo. O dejan de existir estos filósofos, o son los más desventurados de los mortales. Además, para el espíritu es violento el estado de duda acerca de las cosas que nos importa conocer; no persevera en él mucho tiempo, pues de un modo o de otro se resuelve mal de su grado, y más prefiere engañarse que no creer en nada.

»Lo que aumentaba mi confusión era el haber nacido en el seno de una Iglesia que lo decide todo, que no permite ninguna duda; un solo punto que rechazase me obligaba a rechazarlo todo, y la imposibilidad de admitir tantas decisiones absurdas hacía que me repugnasen también las que no lo eran. Diciéndome «Créelo todo», me impedían que creyera en nada, y no sabía dónde detenerme.

»Consulté a los filósofos, examiné sus libros, estudié sus distintas opiniones, y los encontré arrogantes, afirmativos y dogmáticos hasta en su pretendido escepticismo; no ignoraban nada, no probaban nada, y se burlaban unos de otros; este punto común de todos me pareció el único en que tuviesen razón. Triunfantes cuando atacan, son débiles cuando se defienden. Si pesáis las razones sólo para destruir, la tienen; si contáis los votos, cada uno está reducido al suyo; sólo en discutir están de acuerdo, y escucharlos era el modo de salir de mi incertidumbre.

»Me di cuenta de que la insuficiencia del espíritu humano es el primer motivo de esta prodigiosa diversidad de pareceres y que el segundo consiste en el orgullo. No tenemos la medida de esta máquina inmensa, no podemos calcular sus relaciones, no conocemos ni sus primeras leyes, ni su causa final; nos ignoramos a nosotros mismos y no conocemos ni nuestra naturaleza ni nuestro principio activo; apenas sabemos si el hombre es un ser simple o compuesto; por todas partes nos acosan impenetrables misterios, superiores a la región sensible; creemos tener inteligencia para penetrarlos y sólo tenemos imaginación. Por medio de este mundo imaginario, cada uno se abre una ruta que cree es la buena, pero ninguno puede saber si la suya conduce al término deseado. No obstante, queremos penetrarlo y conocerlo todo. La única cosa que no sabemos es ignorar lo que no nos fue dado saber. Queremos mejor determinarnos a la aventura y creer lo que no existe que confesar que ninguno de nosotros puede ver lo que existe. Pequeñas partes de un gran todo, cuyos extremos se nos esconden y que su autor abandona a nuestras locas disputas; somos tan inútiles y vanos que pretendemos fallar lo que este todo es en sí y lo que con relación a él somos nosotros.

»Y aun cuando los filósofos estuvieran en condiciones de averiguar la verdad, ¿quién de ellos se interesaría por ella? Cada uno sabe muy bien que su sistema no tiene otro fundamento que el de los otros, llegase lo sostiene porque es suyo. No hay ninguno que si llegase a conocer lo verdadero y lo falso, no tuviera preferencia por la mentira que ha encontrado antes que por la verdad descubierta por otro. ¿Dónde está el filósofo que por su gloria no engañase a sabiendas al linaje humano? ¿Dónde el que en el interior de su corazón no se propone otro fin que el de distinguirse? Con tal que se coloque en una esfera superior a la vulgar y que eclipse el brillo de sus émulos, ¿qué más pide? Lo esencial consiste en pensar de un modo distinto de los demás. Con los creyentes es ateo, y con los ateos sería creyente.

»El primer fruto que obtuve de estas reflexiones fue aprender a marcar un límite a mis investigaciones sobre lo que me interesaba de una forma inmediata, a vivir con sosiego en una profunda ignorancia de todo lo demás y a no sentir inquietud ante la duda, sino por las cosas que me importaba saber.

»Además, comprendí que en vez de sacarme de mis dudas inútiles, los filósofos no harían otra cosa que aumentar en gran número las que me producían congoja y sin que me resolvieran ninguna. Recurrí a otro guía y me dije: "Consultemos la luz interior. que me extraviará menos que ellos, o bien mi error será mío, y me extraviaré menos siguiendo mis propias ilusiones que abandonándome a sus mentiras."

»Repasando entonces en mi espíritu las distintas opiniones que se habían sucedido con el tiempo, observé que aunque alguna de ellas fuese tan evidente que al punto determinase el convencimiento, poseían distintos grados de verosimilitud, y el consentimiento interno las admitía o las rechazaba en distinta medida. De conformidad con esta primera observación y estableciendo una comparación entre estas distintas ideas en el silencio de las preocupaciones, encontré que la primera y la más común también era la más sencilla y la más racional, y que para reunir todos los votos no le faltaba más que ser la última que se hubiese propuesto. Si os imagináis que vuestros filósofos antiguos y modernos primero han apurado sus extravagantes sistemas de fuerzas, de dudas, de fatalidad, de necesidad, de átomos, de mundo animado, de materia viviente, de toda clase de materialismo, y después de ellos, el ilustre Clarke iluminando el mundo, anunciando por último al Ser de los seres y el dispensador de las cosas, ¡con qué universal admiración, con qué unánimes aplausos hubiese sido recibido este nuevo sistema tan vasto, consolador y sublime, tan a propósito para enaltecer el ánimo, para cimentar en una base la virtud, y al mismo tiempo tan pasmoso, tan luminoso, tan sencillo, y que a mi parecer muestra menos cosas incomprensibles al espíritu humano que absurdos se hallan en cualquier otro! Yo me decía: son comunes a todos las objeciones que carecen de solución, puesto que el espíritu humano es muy limitado para poder resolverlas; así no prueban nada en contra de ninguno en particular, ¡pero qué diferencia en las pruebas directas! ¿No debería ser preferido el único que todo lo explica, cuando no tiene mayores dificultades que los otros?

»Llevando, pues, conmigo y como filosofía única el amor a la verdad, y por todo método una fácil y simple regla que me dispense de la vana sutileza de los argumentos, por esta regla vuelvo al examen de los conocimientos que me interesan, resuelto a admitir como evidentes a todos aquellos que en la sinceridad de mi corazón no pueda negar asentimiento, como verdaderos todos los que me parezca que necesariamente tienen conexión con estos primeros, y a dejar todos los demás en la incertidumbre, sin reprocharlos ni admitirlos, y sin atormentarme en aclararlos cuando no pueden conducir a nada práctico.

»¿Pero quién soy yo?, ¿qué derecho tengo para juzgar las cosas, y qué es lo que determina mis juicios? Si van arrastrados, obligados por las impresiones que recibo, inútilmente me fatigo en estas investigaciones, que se harán o dejarán de hacerse, o bien serán hechas por sí solas, sin que me meta yo a dirigirlas. Por consiguiente, es indispensable poner antes el objeto de contemplación en mí mismo, con el fin de conocer el instrumento del cual quiero servirme, y ver hasta qué punto puedo fiarme de su uso.

»Existo, y tengo sentidos por los cuales estoy conmovido. Esta es la primera verdad que impresiona, y a la que estoy obligado a asentir. ¿Tengo un sentimiento peculiar de mi existencia, o la siento sólo por mis sensaciones? Esta es mi primera duda, que hasta el momento no he podido resolver, porque como continuamente me mueven sensaciones, o inmediatamente o por la memoria, ¿cómo he de poder saber si el sentir del "yo" es una cosa fuera de estas mismas sensaciones y si puede ser independiente de ellas?

»Acontecen en mí mis sensaciones, ya que me hacen sentir mi existencia, pero su causa está fuera de mí, puesto que me mueven sin mi voluntad, y que no depende de mí el producirlas ni aniquilarlas. Así veo claramente que no son una misma cosa mi sensación, que está en mí, y su causa o su objeto, que está fuera de mí.

»Así no solamente existo yo, sino que también existen otros seres, eso es, los objetos de mis sensaciones, y aunque estos objetos no fuesen más que meras ideas, siempre es cierto que yo no soy estas ideas.

»Ahora bien, a todo cuanto siento fuera de mí y que obra en mis sentidos, le doy el nombre de materia, y a todas las porciones de materia que concibo reunidas en seres individuales, les llamo cuerpos. Así, todas las disensiones de idealistas y de materialistas no significan nada para mí; sus distinciones sobre la apariencia y la realidad de los cuerpos no son más que quimeras.

»Ya estoy tan seguro de la existencia del universo como de la mía. Luego reflexiono sobre los objetos de mis sensaciones, y encontrando en mí la facultad de compararlas, me siento poseído de una fuerza activa que antes ignoraba que poseyera.

»Percibir es sentir, comparar es juzgar, pero juzgar y sentir no son una misma cosa. Por la sensación, se me presentan los objetos separados, aislados, como están en la naturaleza; por la comparación, los muevo, los trasplanto, por así decirlo, y los pongo uno encima de otro para juzgar de su diferencia o de su semejanza, y en general de todas sus relaciones. A mi modo de entender, la facultad que distingue el ser activo o inteligente consiste en poder dar un significado a la palabra "es". Busco en vano en el ser puramente sensitivo aquella fuerza inteligente que se sobrepone y luego falla, sin poder descubrirla en su naturaleza. Este ser pasivo sentirá separadamente cada objeto; también sentirá el objeto total formado de ambos, pero como carece de fuerza para colocarlos uno encima del otro, nunca los comparará ni los juzgará.

»Ver dos objetos a la vez no es ver sus relaciones ni juzgar sus diferencias; percibir muchos objetos, unos fuera de otros, no es numerarlos. En un mismo instante

puedo tener idea de un palo grande y un palo pequeño sin compararlos, sin juzgar que uno es más pequeño que otro, como puedo ver de una vez mi mano entera sin contar mis dedos [14]. Estas ideas comparativas, "más grande, más pequeño", lo mismo que las ideas numéricas de "uno" de "dos" no son sensaciones, aunque mi espíritu solamente las produzca con ocasión de las sensaciones.

»Se nos dice que el ser sensitivo distingue unas sensaciones de otras por las diferencias que tienen entre sí estas mismas sensaciones. Esto precisa una explicación. Cuando las sensaciones son diferentes, el ser sensitivo la distingue por sus diferencias; cuando son semejantes, las distingue porque las siente unas fuera de otras. Si no, ¿cómo había de distinguir en una sensación simultánea dos objetos iguales? Precisamente sería necesario que confundiese estos dos objetos y los creyese uno solo, especialmente en un sistema que pretende que no son extensas las ideas representativas de la extensión.

»Cuando se han percibido las dos sensaciones que se han de comparar, ya está hecha su impresión-, cada objeto está sentido así, pero no su relación, y. si únicamente me viniese del objeto, no me engañaran mis juicios, ya que nunca es falso que sienta lo que siento.

»¿Por qué me engaño yo acerca de las relaciones de estos dos palos, principalmente cuando no están paralelos? ¿Por qué digo, por ejemplo, que el palo pequeño es la tercera parte del grande, cuando en realidad no es más que la cuarta? ¿Por qué la imagen, que es la sensación, no es conforme con su modelo, que es el objeto? Porque cuando hago juicios soy activo, porque la operación que comparo es defectuosa y porque mi entendimiento, que juzga las relaciones, mezcla sus errores con la verdad de las sensaciones, que sólo muestran los objetos.

»Se añade a esto una reflexión que admirará si se piensa bien en ella, y es que si fuéramos puramente pasivos en el uso de nuestros sentidos, no existiría entre ellos comunicación ni nos sería posible conocer el cuerpo que tocamos y el objeto que vemos si fueran uno mismo. O nunca sentiríamos nada fuera de nosotros, o habría para nosotros cinco sustancias sensibles, cuya identidad no tendríamos medio alguno de conocer.

»Que se dé el nombre que se quiera a aquella fuerza de mi espíritu que aproxima y compara mis sensaciones; llámese atención, meditación, reflexión o como queramos, siempre es cierto que está en mí y no en las cosas, que sólo yo soy quien la produzco, aunque sea con motivo de la impresión que los objetos me causan. Sin ser dueño de sentir o dejar de sentir, en cambio lo soy de examinar con mayor o menor intensidad lo que siento.

»No soy, pues, un ser sensitivo y pasivo, sino un ser inteligente y activo, y diga lo que quiera la filosofía, osaré concederme el honor de pensar. Sólo sé que la verdad está en las cosas y no en mi espíritu que las juzga, y cuanto menos pongo de mi parte en mis juicios, más seguro estoy de acercarme a la verdad, por lo que mi norma de entregarme más al sentimiento que a la razón queda confirmada por la misma razón.

»Habiéndome asegurado, por decirlo así, de mí mismo, empiezo a mirar fuera de mí, y me considero, no sin estremecimiento, perdido en este vasto universo y como anegado en la inmensidad de los seres, sin saber nada de lo que son, ni de un modo absoluto, ni entre sí, ni con respecto a mí. Los estudio y los observo, y el primer objeto que se me presenta para compararlos soy yo mismo.

»Todo lo que percibo mediante los sentidos en materia, y deduzco todas las propiedades esenciales de la materia, de las cualidades sensibles que me hacen conocer y que son inseparables. Unas veces la observo en movimiento y otras en quietud [15], de donde colijo que no son esenciales ni la quietud ni el movimiento, pero que siendo el movimiento una acción, es efecto de una causa cuya ausencia es la quietud. Así, cuando nada obra en la materia, permanece en reposo, y por lo mismo que es indiferente para la quietud y para el movimiento, su estado natural es permanecer en reposo.

»En los cuerpos percibo dos clases de movimientos movimiento comunicado y movimiento espontáneo. En el primero la causa del movimiento está fuera del cuerpo movido, y en el segundo está en el mismo cuerpo. No voy, a deducir por esto que el movimiento de un reloj de bolsillo, por ejemplo, sea espontáneo, puesto que si no obrara en él ninguna cosa ajena al muelle no haría esfuerzo para enderezarse, ni le daría cuerda. Por la misma razón, tampoco voy a conceder la espontaneidad a los fluidos, ni siquiera al fuego que causa su fluidez [16].

»Me vais a preguntar si los movimientos de los animales son espontáneos, y yo os diré que lo ignoro, pero la analogía induce a la afirmación. También me preguntaréis cómo sé yo que hay movimiento espontáneo, y os contestaré que lo sé porque lo siento. Quiero mover mi brazo y lo muevo, sin que este movimiento tenga otra causa inmediata que mi propia voluntad. Sería inútil querer destruir con argumentos esta íntima conciencia mía, que es más fuerte que toda evidencia; sería lo mismo que querer probarme que yo no existo.

»Si no hubiese ninguna espontaneidad en las acciones de los hombres ni en nada de lo que se hace, aún nos encontraríamos con mayores apuros para imaginar la causa primera de todo el movimiento. Yo me siento de tal modo convencido de que el estado natural de la materia es el de permanecer en reposo, y de que por sí misma carece de toda fuerza para obrar, que en cuanto veo un cuerpo en movimiento, juzgo o que es un cuerpo animado o que el movimiento le ha sido comunicado, y mi espíritu rehúsa conceder que una materia no organizada se mueva por sí misma o sea capaz de alguna acción.

»No obstante, este universo visible es materia esparcida y muerta [17], que no tiene nada en su todo de cuanto constituye la unión, la organización y el sentimiento común de las partes de un cuerpo animado, ya que nosotros, que somos partes, de ninguna manera nos sentimos en el todo. Este mismo universo está en movimiento, y en sus movimientos regulares y uniformes, sujetos a unas leyes constantes, nada tiene de aquella libertad que se observa en los movimientos espontáneos del hombre y de los animales. Por tanto, el mundo no es un gran animal que por sí mismo se mueva ; sus movimientos poseen una causa que está fuera de él y que yo no percibo, pero la persuasión interior me hace sensible esta causa de tal manera que no puede moverse el sol sin que yo me imagine una fuerza que -le empuja, y si la tierra gira creo ver una mano que la hace girar.

»Si es preciso admitir leyes generales cuyas relaciones esenciales con la materia no percibo, ¿qué habré adelantado? Estas leyes no son seres reales o sustancias; luego tienen algún otro fundamento que no conozco. La experiencia y la observación nos han dado a conocer las leyes del movimiento; estas leyes determinan los efectos sin manifestar las causas, y son insuficientes para explicar el sistema del mundo y los fenómenos celestes. Descartes formaba con cubos el cielo y la tierra, pero fue incapaz de dar el primer impulso a estos cubos y de poner en acción su fuerza centrífuga sin valerse del movimiento de rotación, pero la atracción sola pronto reduciría al universo a una masa inmóvil, y ha sido preciso juntar con la ley de la atracción, inventada por Newton, una fuerza proyectil, para lograr que los cuerpos celestes describan curvas. Que nos diga Descartes cuál es la ley física que ha hecho dar vueltas a sus órbitas.

»Las primeras causas del movimiento no existen en la materia, pues recibe el movimiento y lo comunica, pero no lo produce. Cuanto más observo la acción de las fuerzas de la naturaleza, las cuales actúan unas sobre otras, más me convenzo de que de efecto en efecto siempre vendremos a parar a una voluntad que es la causa primera, puesto que el suponer un progreso infinito de causas es no suponer ninguna. Resumiendo, que todo movimiento que no es producido por otro sólo puede provenir de un acto espontáneo y voluntario; los cuerpos inanimados no obran de otra forma que por el movimiento, y sin voluntad no existe una verdadera acción. Este es mi primer principio. Creo que una voluntad mueve el universo y animó la materia. Este es mi primer dogma o mi primer artículo de fe.

»¿Cómo es posible que una voluntad produzca una acción física y corporal? Lo ignoro, pero experimento en mí que es producida por ella. Quiero obrar, y obro; quiero mover mi cuerpo, y lo muevo, pero que un cuerpo inanimado y en reposo llegue a moverse por sí mismo, o que produzca el movimiento, es concebir un efecto sin causa, es no concebir absolutamente nada.

»Tan imposible es concebir que mi voluntad mueve mí cuerpo como que mis sensaciones queden impresas en mi alma. No sé adivinar por qué ha parecido uno de estos misterios más fácil de explicar que el otro. Por lo que a mí hace referencia, tanto si es pasivo como si es activo, me parece absolutamente incomprensible el medio de unión de ambas sustancias. Es muy extraño que aleguen esta misma imposibilidad para confundir las dos sustancias, como si operaciones de tan distinta naturaleza quedaran mejor explicadas con un solo sujeto que con dos.

»El dogma que acabo de establecer, en verdad que resulta oscuro, pero presenta un significado, y no tiene nada que repugne a la razón ni a la observación. ¿Podemos decir lo mismo del materialismo? ¿No es una cosa clara que si el movimiento en su esencia fuese de la materia, sería inseparable de ésta, que siempre estaría en el mismo grado, que siempre sería el mismo en cada porción de materia, que sería incomunicable, que no podría aumentar ni disminuir, y que ni siquiera podríamos concebir la materia en reposo? Cuando me dicen que el movimiento le es necesario pero no esencial, quieren alucinarme con palabras que serían más fáciles de refutar si significasen algo más, porque si le viene el movimiento a la materia de sí misma, entonces es esencial de ella, mas si le viene de alguna causa extraña, sólo es necesario en la materia en cuanto obra en ella la causa motriz, y entonces volvemos a la primera dificultad.

»Las ideas generales y las abstractas son el origen de los más grandes errores, jamás los hombres dados a la metafísica descubrieron una verdad, y han llenado la filosofía de insensateces que causan rubor en cuanto se les despojan de esas palabras tan grandilocuentes con que vienen disfrazadas. Decidme, amigo mío, si cuando os hablan de una fuerza ciega esparcida por toda la naturaleza ofrecen alguna idea a vuestro espíritu. Creen decir cualquier cosa con los vocablos vagos de "fuerza universal", de "movimiento necesario", y no han dicho nada. La idea de movimiento no es otra cosa que la de transporte de un lugar a otro; no existe movimiento sin una dirección, porque no puede un ser individual moverse en todos los sentidos a la vez. ¿Pues, en qué sentido se mueve necesariamente la materia? ¿Toda la materia en conjunto tiene un movimiento uniforme a cada átomo tiene el suyo propio? Según la primera idea, todo el universo debe formar una masa sólida e indivisible; según la última, sólo formará un fluido incoherente y desparramado sin que sea posible que dos átomos se reúnan. ¿En qué dirección se efectuará ese movimiento de toda la materia? ¿Será en línea recta o circular, hacia arriba o hacia abajo, a la derecha o a la izquierda? Si cada molécula de materia tiene su dirección propia, ¿cuáles serán las causas de todas estas direcciones y diferencias? Si cada molécula de materia no hiciera otra cosa que girar sobre su propio centro, nunca saldría nada de su lugar, ni habría comunicación de movimiento, y todavía sería preciso que este movimiento circular fuera determinado en algún sentido. Atribuir a la materia el movimiento por abstracción, es decir, una cosa que no significa nada, y darle movimiento determinado, es suponer que una causa lo determina. Cuanto más multiplique las fuerzas particulares, más causas nuevas tendré que explicar, sin encontrar nunca ningún agente común que las dirija. Distanciados de poder imaginar ningún orden en el concurso fortuito de los elementos, ni siquiera puedo imaginar su historia, y para mí es más incomprensible el caos del universo que su armonía. Comprendo que no pueda ser inteligible para el espíritu humano el mecanismo del mundo, pero tan pronto como un hombre trate de explicarlo debe decir cosas que los hombres comprendan.

»Si la materia movida me demuestra una voluntad, la materia movida según ciertas leyes me demuestra una inteligencia. Este es mi segundo artículo de fe. Obrar, comparar, escoger son las operaciones de un Ser activo y pensador; luego existe este Ser. ¿Dónde veo su existencia?, me vais a preguntar. No sólo en .los cielos que giran, en el astro que nos alumbra; no sólo en mí mismo, sino en la oveja que pace, en el pájaro que vuela, en la hoja que se lleva el viento y en la piedra que cae.

»Juzgo del orden del mundo, aunque ignore el fin del mismo, porque para juzgar de este orden me basta comparar entre sí las partes, estudiar su concurso, sus relaciones y notar su armonía. No sé por qué existe el universo, pero no dejo de ver cómo está ordenado; ni tampoco dejo de conocer la correspondencia interna por la cual se dan mutuo auxilio los seres que lo componen. Soy como un hombre que por primera vez viese un reloj, quien no dejaría de admirarlo aunque no supiese el uso de la máquina ni viese el horario. No sé, diría él, para qué sirve todo esto, pero veo que cada pieza está hecha para las demás; me maravilla su trabajo, y estoy seguro de que todas estas ruedas que andan acordes tienden a un fin común que no puedo determinar.

»Comparemos los fines particulares, los medios, las relaciones coordinadas de todo género; luego escuchemos el sentimiento interno. ¿Qué entendimiento sano se puede negar a su testimonio? ¿A qué ojos no advertidos no les anuncia una inteligencia suprema el orden sensible del universo? ¡Cuántos sofismas deben ser amontonados para desconocer la armonía de los seres y el concurso admirable de cada pieza para la conservación de las demás! Me pueden hablar cuanto quieran de combinaciones y casualidades. ¿De qué sirve que me reduzcan al silencio si no logran persuadirme? ¿Y cómo me han de quitar el sentimiento involuntario que los desmiente a pesar mío? Si los cuerpos organizados se combinaron de mil maneras antes de tomar formas constantes, si se formaron estómagos sin bocas, pies sin cabezas, manos sin brazos, órganos imperfectos de todo género que han perecido por no haberse podido conservar, ¿por qué no ofrece ya a nuestra vista ninguna de estas pruebas informes? ¿Por qué al fin se ha prescrito la naturaleza leyes a que al principio se había sujetado? No debe extrañar que suceda una cosa cuando es posible y cuando la dificultad del suceso es compensada por la cantidad de suertes; convengo en ello. Sin embargo, si viniesen a decirme que unos caracteres de imprenta lanzados al azar habían producido la Eneida, yo no daría un paso para demostrar que era mentira. Os olvidáis, me dirán, de la cantidad de suertes. ¿Pero cuántas de estas suertes es necesario que suponga para que sea verosímil la combinación? Por mí, que sólo veo una, tengo lo infinito para apostar contra uno que no es su producción un efecto del acaso. Añádase que suertes y combinaciones jamás darán otra cosa que productos de la misma naturaleza que los elementos que se combinan, que nunca la organización y la vida resultarán de un choque de átomos, y que un químico que combine mixtos no hará que en su crisol sientan y piensen [18].

»He leído a Nieuwentit, con sorpresa y casi con escándalo. ¿Cómo quiso este hombre hacer un libro de las maravillas de la naturaleza, que demuestran la sabiduría de su autor? Su libro sería tan grande como el mundo, y cuando hubiese de entrar en detalles, habría olvidado la mayor maravilla, que es la armonía y la concordancia del todo. La generación de los cuerpos vivientes y organizados es por sí sola el abismo del espíritu humano; la valla insuperable que ha puesto la naturaleza entre las varias especies, para que no se confundieran, manifiesta sus intenciones con la más palpable evidencia. No se ha conformado con establecer el orden, sino que ha tomado medidas seguras para que nada le pudiera perturbar.

»No existe un ser en el universo a quien no se pueda considerar bajo algún aspecto como centro común de los demás, en torno del cual se coordinen de tal forma que todos son recíprocamente fines y medios unos con relación a otros. Se pierde y confunde nuestro espíritu en esta infinidad de relaciones que ni una sola está perdida o confundida en la naturaleza. ¡Cuántas suposiciones absurdas hay que realizar para deducir esta armonía del ciego mecanismo de la materia movida fortuitamente! Los que niegan la unidad de intención que se manifiesta en las relaciones en todas las partes de este gran todo, en vano cubren su confusión con abstracciones, coordinaciones, principios generales y términos emblemáticos; hagan los que quieran, yo no puedo concebir un sistema de seres tan constantemente ordenados sin concebir una inteligencia que los ordene. Me es imposible creer que la materia pasiva y muerta haya podido producir seres vivientes y sensitivos, que una fatalidad ciega haya podido producir seres inteligentes, y que lo que no piensa haya podido producir seres que piensen.

Creo, pues, que el mundo está gobernado por una voluntad poderosa y sabia; lo veo así, o más bien lo siento y me importa saberlo, ¿pero ese mismo mundo es eterno o creado? ¿Hay un principio único de las cosas? ¿Hay dos o muchos, y cuál es su naturaleza? No lo sé, ¿y qué me importa? Al paso que me interesan estos conocimientos haré esfuerzos para adquirirlos; mientras tanto renuncio a cuestiones ociosas que pueden causar inquietudes a mi amor propio, y son, además, inútiles para conducirme, y exceden los alcances de mi razón.

»Acordaos siempre que no ofrezco como doctrina mi dictamen, sino que lo manifiesto. Tanto si es eterna como creada la materia, tanto si hay o no un principio pasivo, siempre es verdad que el todo es uno y anuncia una inteligencia única, porque nada veo que no esté coordinado a un mismo sistema y no concurra a un mismo fin, que es la conservación del todo en el orden establecido. Este ser que quiere y puede, este ser activo por sí mismo, este ser, sea cual sea, que mueve el universo y coordina todas las cosas, yo le llamo Dios. A este nombre agrego las ideas de inteligencia, potencia y voluntad que he reunido, y la de bondad, que es consecuencia de ellas, mas no por eso conozco mejor al ser que he llamado de este modo; se esconde por igual a mis sentidos y a mi entendimiento; cuanto más pienso en él, más me confundo; sé con toda seguridad que existe y que existe por sí mismo; sé que mi existencia está subordinada a la suya, y que todas cuantas cosas conozco se encuentran en el mismo caso. En todas partes reconozco a Dios en sus obras, le siento en mí, le veo alrededor mío, pero tan pronto como quiero contemplarlo en sí mismo, así que quiero averiguar dónde está, quién es, cuál es su sustancia, huye de mí, y perturbado mi espíritu, nada distingo.

»Convencido de mi insuficiencia, "jamás discurriré acerca de la naturaleza de Dios, a no ser que me vea forzado por la conciencia de sus relaciones conmigo. Estos razonamientos son siempre temerarios, y un hombre prudente jamás debe entregarse a ellos sin estremecerse y estar convencido de que no es capaz de profundizarlos, porque lo más injurioso para la Divinidad no es que no pensemos en ella, sino que pensemos mal.

»Habiendo descubierto los atributos por los cuales concibo su existencia, vuelve a mí y averiguo qué lugar ocupo en el orden de las cosas que gobierna la providencia, y que yo puedo examinar. Me encuentro sin duda en el primero por mi especie, pues por mi voluntad y por los instrumentos que para ejecutarla están en mi mano, tengo más fuerza para lograr en todos los cuerpos que me rodean, o para aumentar o atenuar la eficacia de su acción en mí, según me conviene, que la que tiene ninguno de ellos para obrar en mí contra mi voluntad únicamente por el impulso físico, y por mi inteligencia soy el único que tiene inspección en el todo. ¿Qué ser en la tierra, si no es el hombre, sabe observar a todos los demás, medir, calcular, prever sus movimientos y afectos y enlazar, por decirlo así, el sentimiento de la existencia común con el de su existencia individual? ¿Qué hay más ridículo que pensar que Dios lo hizo todo para mí, si soy el único que sabe referirlo todo a él?

»Es verdad que el hombre es el rey de la tierra que habita, porque no sólo doma a los animales y dispone con su industria de los elementos, sino que sólo él en la tierra sabe disponer de ellos, y por la contemplación se apropia hasta de los mismos astros a los que no puede acercarse. Muéstrenme otro animal en la tierra que sepa hacer uso del fuego, que sepa producir luz. Ved: he de poder observar y conocer los seres y sus relaciones, sentir qué es el orden, la belleza, la virtud y contemplar el universo, enaltecerme hasta la mano que me rige; he de poder amar lo bueno, practicarlo, ¿y se me ha de comparar a los animales? Alma vil, tu triste filosofía es la que te hace semejante a ellos, o en vano pretendes envilecerte porque tu ingenio reclama contra tus principios, tu generoso pecho desmiente tu doctrina y hasta el abuso de tus facultades comprueba a despecho tuyo su excelencia.

»Por mi parte, como carezco de sistema que imponer, yo, hombre sencillo y sincero, a quien no arrastra la manía de ningún partido, y que no aspiro al honor de ser jefe de secta, contento con el puesto en que me ha colocado Dios, después de El no veo cosa, mejor que mi especie, y si hubiese de escoger mi lugar en el orden de los seres, ¿qué otro más alto pudiera escoger que el de hombre?

»Esta reflexión no me enorgullece tanto como me conmueve, porque este estado no lo escogí yo, ni es debido al mérito de un ser que todavía no existía. ¿Cómo puedo mirarme tan privilegiado sin felicitarme por desempeñar tan honroso puesto y bendecir la mano que me colocó en él? De mi primera reflexión sobre mí, nace en mi corazón un sentimiento de gratitud y bendición al autor de mi especie, y de este sentimiento mi primer homenaje a la Divinidad benéfica. Adoro el supremo poder y me enternecen sus beneficios. No necesito que me enseñen ese culto, ya que me lo dicta la misma naturaleza. ¿No es tal vez una consecuencia natural del amor de sí mismo amar lo que nos ampara y honrar lo que nos hace bien?

»Pero cuando para conocer después mi puesto individual en mi especie, tengo en consideración sus diversas jerarquías y los hombres que las ocupan, ¿dónde estoy? ¡Qué espectáculo! ¿Qué se ha hecho del orden que había observado? La imagen de la naturaleza solamente me presentaba armonía y proporciones; la del linaje humano sólo ofrece confusión y desorden. Reina la concordia entre los elementos, ¡y los hombres se hallan en el caos! Los brutos son felices, y sólo su ley es miserable. Oh, sabiduría, ¿dónde están tus leyes? Oh, Providencia, ¿así gobiernas el mundo? Ser benéfico, ¿en qué ha parado tu poder? Veo el mal sobre la tierra.

»Creeríais, amigo mío, que de estas tristes reflexiones y de estas aparentes contradicciones se formaron en mi entendimiento las ideas sublimes del alma, que hasta aquí no habían resultado de mis investigaciones? Meditando acerca de la naturaleza del hombre, creí descubrir en él dos principios distintos: uno que le elevaba al estudio de las eternas verdades, al amor de la justicia y a la belleza moral, a las regiones del mundo intelectual, en cuya contemplación se cifran las delicias del sabio, y otro que groseramente le retraía a sí mismo, que le esclavizaba al imperio de los sentidos y de las pasiones que son sus ministros, y por ellas anulaba cuantas ideas grandes y nobles le dictaba el sentimiento del primero. Sintiéndome arrastrado y combatido por estos dos movimientos contrarios, me decía: No, el hombre no es uno; yo quiero y no quiero; me siento esclavo y libre al mismo tiempo; veo lo bueno, lo apruebo y obro mal; soy activo cuando escucho la razón, pasivo cuando me arrastran mis pasiones, y cuando me rindo, mi mayor tormento es ver que era capaz de resistirme.

»Escuchad, joven confiado, porque yo siempre seré ingenuo. Si la conciencia es obra de las preocupaciones, sin duda voy equivocado, y no existe moral demostrada, pero si el preferirse a todo es una inclinación natural del hombre, y si, no obstante, es innato el sentimiento de justicia en el corazón humano, que remueva estas contradicciones quien hizo del hombre un ser sencillo, y entonces no reconoceré en él más que una sola sustancia.

»Observaréis que por la palabra "sustancia" entiendo al ser dotado de una cualidad primitiva, haciendo abstracción de toda modificación particular o secundaria, de modo que si todas las cualidades primitivas que conocemos se pueden reunir en un mismo ser, no debemos admitir más que una sustancia, pero si existen cualidades que se excluyen recíprocamente, habrá tantas sustancias distintas cuantas exclusiones de esta especie pueden hacerse. Esto lo reflexionaréis; que diga lo que quiera Locke, pero me basta el conocer la materia como extensa y divisible para estar seguro de que no puede pensar, y cuando venga un filósofo a decirme que los árboles sienten y que piensan las peñas [19], en vano me enredará en argumentos sutiles, pues sólo podré considerarle un sofista de mala fe que prefiere conceder sentimiento a las piedras que otorgar alma al hombre.

»Imaginémonos a un sordo que niegue la existencia de sonidos porque jamás han echo impresión en su oído. Coloco delante de él un instrumento oculto; el sordo ve que vibra la cuerda, y yo le digo que lo hace el sonido. "Nada de eso -me responde-; la causa de la vibración de la cuerda está en ella misma; es una cualidad común a todos los cuerpos vibrar de este modo." "Pues mostradme -le replicó- esta vibración en los demás cuerpos, o su causa en esta cuerda." "No puedo -me dice el sordo-, pero porque no concibo cómo vibra esta cuerda, ¿queréis que lo explique por medio de vuestros sonidos, de los que yo no poseo la más leve idea? Eso sería explicar un hecho oscuro por una causa todavía más oscura. Haced que yo sienta vuestros sonidos, o digo que no existen."

»Cuanto más me detengo en reflexionar acerca del pensamiento y sobre la naturaleza del espíritu humano, me quedo más convencido de que el raciocinio de los materialistas tiene un parecido muy semejante al de este sordo, y verdaderamente, son sordos a la voz interior que les grita en un tono que es muy difícil no escuchar. Una máquina no piensa, no hay movimiento ni figura que produzca la reflexión; en su interior existe algo que procura romper los vínculos que se estrechan; el espacio no es tu medida, ni el mundo entero es suficiente para ti; tus afectos, tus deseos, tu inquietud, tu mismo orgullo tienen otro principio que este cuerpo estrecho en que te sientes encadenado.

»No existe ningún ser material que sea activo por sí mismo, y no obstante yo lo soy. En vano me lo ruegan; lo siento así, y este sentimiento que habla en mí es más fuerte que la razón que le oponen. Tengo un cuerpo en que obran los otros y que obra en ellos; esta acción recíproca es indudable, pero mi voluntad es independiente de mis sentidos, consiento o resisto, me rindo o soy vencedor, y en mi interior siento perfectamente todo lo que hago, lo que he querido hacer o cuando no hago más que ceder a mis pasiones. Siempre soy poseedor de una potencia para querer, pero no la poseo siempre para ejecutar. Cuando me dejo llevar de las tentaciones, obro según el impulso de los objetos externos; cuando me reprocho por esta debilidad sólo escucho mi voluntad; soy esclavo por mis vicios y soy libre por mis remordimientos; sólo cuando me depravo y cuando se levante la voz del alma contra la del cuerpo queda borrada en mí la conciencia de mi libertad.

»No soy conocedor de la voluntad sino por la íntima conciencia de la mía, y no conozco el entendimiento de otra manera. Al preguntarme cuál es la causa que determina mi voluntad, yo pregunto cuál es la que determina mi juicio, porque se ve claramente que estas dos causas no son más que una, y si comprendemos perfectamente que el hombre es activo en sus juicios, que su entendimiento no es otra cosa que la potestad de comparar y juzgar, nos podremos dar cuenta de que la libertad es otra potestad semejante, o derivada de aquélla; elige el bien como ha juzgado la verdad, y si juzga erróneamente, entonces elige mal. ¿Cuál es la causa que determina su voluntad? Su juicio. ¿Y cuál es la que determina su juicio? Su facultad inteligente, su potestad de juzgar; la causa determinante está dentro de sí misma. Pasando más adelante, nada entiendo.

»No cabe duda alguna de que no soy libre para no querer mi propio bien, ni soy libre para querer mi mal, pero mi libertad consiste en eso mismo, en que sólo puedo querer lo que me conviene, o lo que pienso que me conviene, sin que ninguna causa extraña a mí me determine. Porque no soy dueño de ser otro que yo, ¿se infiere que no soy dueño de mí mismo?

»El principio de toda acción tiene su asiento en la voluntad de un ser libre y no cabe la posibilidad de ascender más arriba. La palabra que no significa nada no es de libertad, sino de necesidad. El suponer algún acto, algún efecto que no derive de un principio activo es verdaderamente suponer efectos-sin causa, e incurrir en un círculo vicioso. O no hay primer impulso, o todo primer impulso carece de causa interior alguna, y no existe verdadera voluntad sin libertad. Por lo tanto, el hombre es libre en sus acciones, y como tal, está animado por una sustancia inmaterial. Este es un tercer artículo de fe. Por estos tres primeros podréis deducir fácilmente los demás, sin que yo siga contándolos.

»Si el hombre es activo y libre, otra por sí propio; todo lo que hace de un modo libre está fuera del sistema ordenado por la Providencia, y no puede ser imputado a ésta. Dios no' quiere el mal que comete el hombre cuando usa indebidamente la libertad que le da, pero no le evita que lo haga, porque proviene de un ser tan débil el mal es nulo a sus ojos o porqué no podría evitarlo sin violentar su libertad causarle un mayor perjuicio rebajando su naturaleza. Le hizo libre, no para que obrase mal, sino bien por su propio impulso. Le puso en estado de que hiciera esta elección, haciendo un buen uso de las facultades de ' que le dotó, pero limitó sus fuerzas de tal manera que no pudiese, abusando de la libertad, alterar el orden general. En el hombre recae el mal que él hace sin que varíe en nada el sistema del mundo, y sin evitar que a despecho de sí mismo el género humano se conserve. El quejarse de que Dios no le impida obrar mal, es quejarse de que le hizo de excelente naturaleza, de que juntó con sus acciones la moralidad que las ennoblece y de que le dio derecho a la virtud. La suprema felicidad está en el contento de sí mismo, y para ser merecedores de este contento somos moradores de la tierra y todos estamos dotados de libertad, aunque somos tentados por las pasiones y frenados por la conciencia. ¿Qué otra cosa podía hacer que fuera más en beneficio nuestro la misma potencia divina? ¿Podía hacer que fuera contradictoria nuestra naturaleza, dando el premio de las buenas obras a quien no tuviese la facultad de obrar mal? ¿Cómo? ¿Para impedir que fuese malo el hombre, le había de limitar al instinto y hacerle bestia? No, no, Dios de mi alma; jamás te acusaré de que formaste a tu imagen la mía, para que pudiera ser libre, venturoso y bueno como tú.

»El abuso de nuestras facultades es lo que nos convierte en desgraciados y malos. De nosotros mismos provienen nuestros pesares, nuestras zozobras y nuestras congojas; el mal moral, no cabe duda, es obra nuestra, y el mal físico no seria nada sin nuestros vicios, que nos lo han hecho sensible. ¿No nos hace sentir la naturaleza nuestras necesidades para nuestra conservación? ¿No es un signo el dolor corporal de que la máquina se descompone, y un aviso para que acudamos remedio? La muerte... Los perversos, ¿no envenenan su vida y la nuestra? ¿Quién querría vivir siempre en medio de ellos? La muerte es el remedio de los males que os hacéis, pues la naturaleza no ha querido que siempre padezcáis. A muy pocos males está sujeto el hombre que vive en la sencillez primitiva. Sin dolencias, casi como sin pasiones, ni prevé, ni siente la muerte; cuando la siente, sus achaques hacen que la desee, y entonces ya no es un daño para él. Si nos conformásemos en ser lo que somos, no tendríamos motivo alguno para lamentar nuestra suerte, pero buscando un bienestar imaginario nos acarreamos mil males reales. Le espera mucho que sufrir a quien no sabe padecer un leve dolor. Quien con el desarreglo de su vida ha estragado su constitución y con remedios quiere restablecerla, añade al mal que siente el otro que teme. La previsión de la muerte le aterra y se la acelera; cuanto más se esfuerza en huir de ella, con mayor intensidad la siente, y durante toda su vida está muerto de miedo, quejándose de la naturaleza por los males que, ofendiéndola, se ha hecho él a sí mismo.

Hombre, no busques el autor del mal, puesto que ese autor eres tú mismo. No hay otro mal que el que tú haces o padeces, y tanto el uno como el otro vienen de ti. El mal general sólo se puede encontrar en el desorden, y en el sistema del mundo observo un orden que jamás se desmiente. El mal particular consiste en el sentimiento del ser que lo sufre, y el hombre no ha recibido este sentimiento de la naturaleza, sino que se lo ha dado él mismo. El dolor poco halla donde cebarse en quien, habiendo reflexionado poco, no tiene previsión ni memoria. Quitad nuestros fatales progresos, nuestros errores y nuestros vicios, apartad la obra del hombre, y todo está bien.

»Donde todo está bien no hay nada que sea injusto. La justicia es inseparable de la bondad, y la bondad es efecto necesario de una potencia ilimitada y del amor de sí mismo esencial en todo ser que siente. El que todo lo puede, extiende, por decirlo así, su existencia con la de los seres. Producir y conservar son el acto perpetuo de la potencia, que no obra en lo que no existe; Dios no es el Dios de los muertos, y no podría ser destructor y malo sin perjudicarse. El que lo puede todo, sólo puede querer lo que es bueno [20]. Entonces, el ser soberanamente bueno, porque es soberanamente poderoso, también debe ser soberanamente justo, sin lo cual se contradecirá a sí mismo, porque el amor del orden que da origen al orden se llama 'bondad" v el amor del orden que le conserva se llama "justiciar".

»Se dice "Dios no debe nada a sus criaturas". Yo opino que les debe todo lo que les prometió cuando les dio el ser, y prometerles un bien es darles la idea del bien y hacer que sientan su necesidad. Cuanto más me concentro, cuanto más me examino más claramente veo escritas estas palabras en mi alma: "Sé justo y serás feliz". Pero no es así si consideramos el presente estado de las cosas, el malo prospera y el justo vive oprimido. Ved la indignación que nos produce ver frustrada esta esperanza. La conciencia se exalta y murmura contra su autor; gimiendo le grita: "¡Me has engañado!"

»¿Que yo te he engañado, temerario? ¿Y quién te lo ha dicho? ¿Está tu alma aniquilada? ¿Has dejado de existir? ¡Oh, Bruto, oh, hijo mío! No mancilles en la muerte tu noble vida, no dejes en los campos de Filipo, con tu cuerpo, tu gloria y tus esperanzas. ¿Por qué dices "La virtud no es nada" cuando va la tuya a gozar el premio merecido? Piensas que vas a morir, y vas a vivir, y entonces yo cumpliré todo lo que te he prometido.

»Se diría, al oír las murmuraciones de los impacientes mortales, que Dios les debe la recompensa antes del mérito, y que está obligado a pagar por adelantado su virtud. Primeramente seamos buenos, y después seremos felices. No exijamos el premio antes que la victoria, ni el salario antes que el trabajo. No son coronados en la liza, decía Plutarco, los vencedores de nuestros juegos sacros, sino cuando han terminado.

»Si el alma es inmaterial, puede sobrevivir al cuerpo, si le sobrevive, la Providencia está justificada. Aunque no tuviese otra prueba de la inmaterialidad del alma que el triunfo del malo y la opresión del justo en este mundo, esto sólo me libraría de toda duda. Tan chocante disonancia dentro de la universal armonía haría que procurase resolverla. Me diría: No se acaba todo para nosotros con la vida, y todo vuelve al orden con la muerte. La verdad es que me vería detenido con la cuestión de saber dónde está el hombre, cuando todo lo sensible que en él había es destruido, pero esta dificultad no lo es para mí, que he reconocido en él dos sustancias. Es muy sencillo que percibiéndolo todo por mis sentidos durante mi vida corporal se me oculte lo que no se halle en la esfera de éstos. Cuando se ha roto la unión del cuerpo con el alma, concibo que se pueda destruir el uno y conservar la otra. ¿Por qué la destrucción del cuerpo ha de significar la del alma? Por el contrario, como son de naturaleza tan diferente, se hallan por su unión en un estado violento, y cuando cesa esta unión vuelven a su estado natural, y la sustancia activa y viviente recobra aquella fuerza que empleaba en mover la pasiva y muerta. ¡Ay!, demasiado lo conozco por mis vicios; el hombre vive sólo a medias durante su vida, y la vida del alma empieza cuando muere el cuerpo.

»¿Pero cuál es esa vida? ¿Es inmortal el alma por su naturaleza? No lo sé. Mi limitado entendimiento no concibe nada sin límites; todo lo que considera infinito se me oculta. ¿Qué puedo negar o afirmar, qué juicios puedo formar acerca de lo que no puedo concebir? Creo que el alma sobrevive al cuerpo lo suficiente para la conservación del orden, y quién sabe si lo suficiente para que dure siempre? No obstante, concibo cómo se gasta y destruye el cuerpo con la división de sus partes, pero yo no puedo concebir una destrucción semejante del ser pensador, y no imaginándome de qué modo puede morir, presumo que no morirá. Una vez que me consuela esta presunción, que no pugna con la razón, ¿por qué he de temer el abandonarme a ella?

»Siento mi alma, la conozco por el sentimiento y por el pensamiento y sé que existe, sin saber cuál es su esencia, porque no puedo razonar sobre ideas que no poseo. Lo que sé bien es que la identidad del "yo" solamente se prolonga por la memoria, y que para ser efectivamente el mismo, es necesario que me acuerde de haber sido. Ahora bien, no podría acordarme después de mi muerte de lo que he sido durante mi vida sin acordarme de lo que he sentido, y por consiguiente de lo que he realizado, y yo no dudo que este recuerdo constituya un día la felicidad de los buenos y el tormento de los malos. En la tierra, mil pasiones absorben el sentimiento interno y acallan el remordimiento. Las humillaciones, las desgracias que acarrea la práctica de las virtudes, impiden que se sienta su encanto. Pero cuando, libres de las ilusiones que nos causan el cuerpo y los sentidos, gocemos de la contemplación del Ser Supremo y de las eternas verdades cuyo manantial es El; cuando la belleza del orden embargue todas las potencias de nuestra mente, y cuando únicamente nos ocupemos en comparar lo que hemos realizado con lo que debíamos realizar, entonces la voz de la conciencia recobrará su fuerza y su poderío; entonces el deleite puro que nace de la satisfacción de sí mismo y el amargo desconsuelo de haberse envilecido distinguirá con inagotables sentimientos el destino que cada uno se hubiese preparado. No me preguntéis, buen amigo mío, si habrá otras fuentes de felicidad y de pena, pues no lo sé, y las que me imagino son suficientes para consolarme en esta vida y hacerme esperar otra. No digo que los buenos serán recompensados, porque, ¿qué otro bien puede aguardar un ser excelente que vivir conforme a su naturaleza? Digo, sí, que serán dichosos, porque habiéndolos creado sensibles el autor de toda justicia, no los hizo para sufrir, y no habiendo ellos abusado de su libertad en la tierra, no han frustrado por culpa suya su destino, pero han sufrido en esta vida y serán recompensados en la otra. Este sentimiento se funda menos en el mérito del hombre que en la noción de bondad que me parece inseparable de la esencia divina. No hago otra cosa que suponer la observación de las leyes del orden, y Dios constante consigo mismo [21].

»No me preguntéis tampoco si los tormentos de los malos serán eternos, pues lo ignoro, y no tengo la vana curiosidad de aclarar cuestiones inútiles. ¿Qué me importa lo que ha de ser de los malos? Tampoco me interesa su suerte. Incluso me costará creer que sean condenados a eternos tormentos. Si se venga la suprema justicia, se venga en esta vida. Vosotras y vuestros errores, !oh naciones!, sois sus ministros. Los males que os hacéis los emplea en castigar los delitos que habéis sufrido. En vuestros insaciables corazones, roídos por la envidia, la avaricia y la ambición, las vengativas pasiones castigan vuestra engañosa prosperidad. ¿Para qué es necesario buscar el infierno en la otra vida si desde ésta reside en el corazón de los malos?

Donde finalizan nuestras perecederas necesidades, donde cesan insensatos deseos, también deben cesar nuestras pasiones y nuestros delitos. ¿De qué perversidad podrán ser susceptibles unos espíritus tan puros? No necesitando nada, ¿por qué han de ser malos? Si libres de nuestros torpes sentidos se cifra toda su felicidad en la contemplación de los seres, sólo pueden querer lo bueno. ¿Y es posible que el que deja de ser malo haya de ser siempre miserable? Esto es lo que me inclinó a creer, sin tener afán por resolverme. ¡Oh Ser clemente y bueno!, sean los que sean tus decretos, los adoro; si castigas a los malos para toda la eternidad, mi débil razón queda anonadada ante tu justicia, pero si el tiempo tiene que ahogar los remordimientos de este desventurado, si sus males han de tener fin, y si nos espera a todos la misma paz, te doy las gracias.

El malo, ¿no es hermano mío? ¡Cuántas veces sentido la tentación de imitarle! Con su miseria debe desprenderse de la malignidad de que va acompañada; que sea feliz como yo, y lejos de excitar mi envidia su dicha, la mía se acrecentará con ella.

»De este modo, contemplando a Dios en sus obras, y estudiándole por aquellos atributos suyos que me importa conocer, he llegado a extender y aumentar gradualmente la idea, antes imperfecta y limitada, que me formaba de este Ser inmenso. Pero si se ha hecho más noble y más vasta esta idea, también guarda menos proporción con la razón humana. A medida que me acerco en espíritu a la luz eterna, me turba y deslumbra su resplandor, y me veo obligado a abandonar todas las nociones terrenales que me ayudaban a imaginarla. Dios ya no es sensible y corpóreo; la suma inteligencia que gobierna al mundo, ya no es el mismo mundo; en vano exalto y trabajo mi mente por concebir su incomprensible esencia. Cuando veo que ella es la que da actividad y vida a la sustancia viviente activa que gobierna los cuerpos animados; cuando me dicen que mi alma es espiritual y que Dios es un espíritu me indigno contra este envilecimiento de la divina esencia, como si fueran de la misma naturaleza Dios y mi alma, como si no fuera el único ser absoluto, el único verdaderamente activo, el que siente, piensa y quiere por sí mismo, y del cual hemos recibido el pensamiento, el sentimiento, la actividad, la voluntad, la libertad y el ser. Somos libres porque él quiere que lo seamos, y su inexplicable sustancia es con respecto a nuestras almas lo que son nuestras almas con respecto a nuestros cuerpos. ¿Ha creado la materia, los cuerpos, los espíritus y el mundo? Lo ignoro. La idea de creación me confunde y excede a mi capacidad; la creo hasta donde puedo concebirla, pero sé que ha formado el universo y todo lo que existe, que todo lo ha hecho y todo lo ha ordenado. Sin duda, Dios es eterno, ¿pero mi espíritu puede abarcar la idea de eternidad? ¿Por qué me he de contentar con voces sin ideas? Yo concibo que Dios es antes que todas las cosas, que será mientras éstas subsistan y más allá si un día todo hubiera de acabarse. Si un ser que yo no concibo da la existencia a otros seres, es una cosa oscura e incomprensible, pero que se conviertan por sí mismos el ser y la nada uno en otro, es una palpable contradicción y un visible absurdo.

»Dios es inteligente, ¿pero cómo lo es? El hombre es inteligente cuando raciocina, y la inteligencia suprema no necesita raciocinar; para ella no existen premisas ni consecuencias, como tampoco hay proposición; es puramente intuitiva, igualmente ve todo cuanto es y todo cuanto puede ser, todas las verdades son para ella una sola idea, como todos los lugares un solo punto, y todos los tiempos un solo momento. La potencia humana obra por medios, pero la potencia divina obra por sí misma. Dios puede porque quiere, y su voluntad constituye su poder. Dios es bueno, no hay nada más manifiesto, pero la bondad en el hombre es el amor hacia sus semejantes, y la bondad de Dios es el amor del orden, porque por el orden mantiene todo lo que existe y liga con el todo cada parte. Dios es justo; estoy convencido de ello, y es una consecuencia de su bondad: la injusticia de los hombres es obra de ellos, no de Dios; el desorden moral, que a los ojos de los filósofos da testimonio contra la Providencia, a los míos la demuestra. Pero la justicia humana consiste en dar a cada uno lo que le pertenece y la divina en pedir a todos cuenta de lo que les ha dado.

»Y si de un modo sucesivo llego a descubrir estos atributos de los cuales no tengo ninguna idea, es por medio de consecuencias forzosas y haciendo buen uso de mi razón, pero los afirmo sin comprenderlos, y en realidad esto no es afirmar nada. En vano digo: Dios es de tal manera, le conozco y lo pruebo; pero no por eso concibo cómo puede ser Dios de tal manera.

»En fin, cuanto más me esfuerzo en contemplar su infinita esencia, menos la concibo, pero existe, y esto me basta; cuanto menos la concibo más la adoro. Humillado, le digo: Ser de los seres, yo existo porque existes Tú; meditando continuamente en Ti, yo me encumbro hacia mi fuente. El más sublime uso de mi razón consiste en anonadarse en tu presencia; el rapto de mi espíritu, el encanto de mi poquedad consiste en mirarme absorto ante tu grandeza.

»Después de haber deducido de este modo las principales verdades que me importaba averiguar, ahora me falta indagar cuáles son las máximas de conducta que debo sacar de la impresión de los objetos sensibles y del sentido interno que me incita a que juzgue de las causas según mis luces naturales, y que reglas me he de prescribir para desempeñar mi destino en la tierra según la intención del que en ella me ha colocado. Siguiendo siempre mi método, no saco estas reglas de los principios de una recóndita filosofía, pero las hallo en lo interior de mi corazón grabadas con indelebles caracteres por la naturaleza. Es suficiente con que yo me consulte acerca de lo que quiero hacer; todo lo que siento que es bueno, lo es; todo lo que siento que es malo, es malo; el mejor de todos los casuistas es la conciencia y sólo cuando discrepamos con ella recurrimos a las sutilezas del raciocinio. Nuestra primera solicitud es por nosotros mismos; no obstante, ¡cuántas veces la voz interior nos dice que obramos mal al procurar nuestro bien a costa del ajeno! Creemos seguir el impulso de la naturaleza,' y le resistimos; escuchamos lo que dice a nuestros corazones: el ser activo obedece, el pasivo manda. La conciencia es la voz del alma, las pasiones son las del cuerpo. ¿Es extraño que se contradigan tan frecuentemente estos dos idiomas? ¿Y a cuál debemos escuchar en tal caso? La razón nos engaña con tanta frecuencia que nos sobra derecho para recusarla, pero la conciencia nunca nos engaña, puesto que es la verdadera guía del hombre, y en lo referente al alma viene a ser lo que es el instinto con respecto al cuerpo [22]. Aquel que le sigue obedece a la naturaleza y no teme extraviarse. Este punto es importante -prosiguió mi bienhechor cuando se dio cuenta de que yo le iba a interrumpir-. Permitidme que me detenga un poco más en aclararlo.

»Toda la moralidad de nuestras acciones está en el juicio que nosotros nos formamos de ellas. Si es cierto que el bien es el bien, debe serlo en lo interior de nuestro corazón como en nuestras obras, y la primera paga de la virtud consiste en saber uno mismo que la practica. Si la bondad moral es conforme con nuestra naturaleza, el hombre no puede tener sano y bien constituido el espíritu, sino en cuanto es bueno; si no lo es, y el hombre es malo naturalmente, no puede dejar de serlo sin corromperse, y en él la bondad no es más que un vicio contra naturaleza. Destinado a dañar a sus semejantes, como el lobo a degollar a la oveja, un hombre humano sería un animal tan depravado como un lobo compasivo, y la virtud sola nos dejaría remordimientos.

»Retornemos a nuestro interior, mi joven amado; veamos, dejando aparte todo interés personal, adónde nos conducen nuestras inclinaciones. ¿Qué espectáculo más halagüeño es para nosotros, el de la dicha o el de los tormentos ajenos? ¿Qué es lo que hacemos con mayor placer y que después de hecho nos deja más grata impresión, un acto de beneficencia o un agravio? ¿Por quién os interesáis en vuestros teatros? ¿Los delitos atroces os complacen? ¿Vertéis lágrimas por el castigo de los facinerosos que los cometieron? Para nosotros todo es indiferente, dicen, menos nuestro interés, y es todo lo contrario. Los atractivos de la amistad o de la humanidad nos consuelan de nuestros pesares, y hasta en nuestros gustos estaríamos muy solitarios y seríamos muy miserables si no tuviésemos con quién compartirlos. Si en el pecho humano no existe ningún afecto moral, de dónde le vienen esos arrebatos de admiración de las acciones heroicas, esos raptos de amor de los espíritus sublimes? ¿Qué relación tiene este entusiasmo de la virtud con nuestro interés privado? ¿Por qué quisiera ser Catón, que despedaza sus entrañas, más que César victorioso? Quitad de nuestros corazones el amor de la belleza y quitáis todo el encanto de la vida. Aquel en cuya mezquina alma han sofocado las villanas pasiones estos deliciosos afectos; aquel que a fuerza de reconcentrarse consigue no amar sino a sí mismo, no siente arrebatos; su helado corazón nunca palpita de júbilo, nunca humedece sus párpados una suave ternura, de nada disfruta, no siente ni vive; el desdichado es ya un muerto.

»Pero cualquiera que sea el número de malos en la tierra, pocas hay de aquellas almas cadavéricas que se han vuelto insensibles para todo lo que no les interesa, aunque sea justo y bueno. Sólo nos place la iniquidad cuando de ella nos aprovechamos; en todo lo demás queremos que el inocente sea protegido. ¿Vemos en una calle, o en un camino, un acto de violencia o de injusticia? Al momento surge en el interior de nuestro corazón un movimiento de indignación y cólera y nos induce a tomar la defensa del oprimido, pero nos retiene un deber más poderoso, y las leyes nos quitan el derecho de proteger la inocencia. Si, por el contrario, observamos un acto de clemencia o de generosidad, ¡qué afecto, qué admiración nos inspira! ¿Quién no dice que quisiera haber hecho otro tanto? Verdaderamente nos importa muy poco que haya sido malo o justo un hombre dos mil años atrás, y, sin embargo, nos despierta el mismo interés la historia antigua que si hubieran ocurrido aquellos hechos en nuestro tiempo. ¿Qué me importan a mí los delitos de Catilina? ¿Tengo miedo de ser víctima suya? ¿Pues, por qué le miro con tanto horror como si fuera mi contemporáneo? No sólo aborrecemos a los perversos porque nos causan mal, sino porque son malos. No sólo queremos ser felices, sino que también deseamos la felicidad ajena, y esta felicidad, cuando no nos cuesta nada, acrecienta la nuestra. Finalmente, aun a pesar suyo, tiene uno piedad de los desgraciados y sufre con su mal quien es testigo de él. Ni siquiera los más malvados pueden desprenderse totalmente de esta propensión, que algunas veces los pone en contradicción consigo mismos. El ladrón que despoja a los caminantes cubre la desnudez del pobre, y el más feroz asesino socorre al hombre que cae desmayado.

»Se habla de la voz del remordimiento, que castiga en secreto los crímenes ocultos, y a veces los pone en evidencia. ¡Ay!, ¿quién de nosotros no oyó jamás esta importuna voz? Hablamos por experiencia y quisiéramos sofocar ese tiránico sentimiento que nos atormenta tanto. Obedezcamos a la naturaleza y comprenderemos con cuánta dulzura reina, y cuando la hemos escuchado, ¡qué placer hallamos en formar buen concepto de nosotros mismos! El malo se teme y huye, se distrae saliendo de sí mismo; vuelve alrededor los ojos inquietos, y busca un objeto que le divierta; sin la amarga sátira, sin la sarcástica burla, siempre estaría triste; su único gusto es la risa que escarnece. Por el contrario, la serenidad del justo es interior, su risa no es maligna, sino alegre; lleva la causa de ella en sí mismo, y tan alegre está cuando permanece solo como cuando se ve acompañado, y no saca su contento de los que se le acercan, sino que se lo comunica.

»Tended la mirada por todas las naciones del mundo y recorred todas las historias; entre tantos cultos inhumanos y extravagantes, en medio de esta diversidad prodigiosa de costumbres y caracteres, en todas partes hallaréis las mismas ideas de justicia y honestidad, los mismos principios de moral y las mismas nociones del bien y del mal. El antiguo paganismo creó dioses abominables, que en la tierra hubieran sido castigados como fascinerosos, que no ofrecían otra imagen de la suprema felicidad que atrocidades que cometer y pasiones que saciar. Pero vanamente descendía de la morada eterna el vicio armado de una autoridad sagrada; el instinto moral le repelía del corazón humano. Los que celebraban la disolución de Júpiter, tributaban su admiración a la continencia de Jenócrates ; la casta Lucrecia adoraba a la impúdica Venus; el intrépido romano realizaba sacrificios al Pavor; invocaba al dios que mutiló a su padre, y sin proferir una queja recibía la muerte de manos del suyo. Las divinidades más despreciables fueron acatadas por los más encumbrados varones. Pero más fuerte que la de los dioses, la voz sacrosanta de la naturaleza se hacía respetar en la tierra, y parecía que confinaba el delito con los culpables en el cielo.

»Hay, pues en el fondo de nuestras almas un principio innato de justicia y de virtud, conforme al cual juzgamos, a pesar de nuestras propias máximas, por buenas o malas las acciones nuestras y las de los demás, y a este principio yo doy el nombre de conciencia.

»Pero ante esta palabra se producen por todas partes los clamores de los pretendidos sabios. Errores de la infancia, preocupaciones de la educación, todos exclaman de una forma unánime. No existe nada en el espíritu humano que no haya sido introducido en él por la experiencia, y no emitimos ningún juicio sobre cosa alguna, a no ser por las ideas adquiridas. Todavía hacen más; se atreven a desechar esta evidente y universal concordancia de todas las naciones, y contra la uniformidad que resplandece en los juicios de los hombres van a buscar en las tinieblas algún oscuro ejemplo conocido de ellos mismos, como si la perversión de un pueblo aniquilara todas las propensiones de la naturaleza, y como si por encontrar a un monstruo, ya lo fueran todos. ¿De qué le sirve al escéptico Montaigne el afán que se toma para desenterrar en un rincón de la tierra una costumbre opuesta a las nociones de justicia? ¿De qué le sirve conceder a los más sospechosos viajeros una autoridad que niega a los autores más célebres? ¿Destruirán tal vez algunos inciertos y estrambóticos estilos, fundados en causas locales, la general inducción que se saca del concurso de todos los pueblos, opuestos en todo lo demás y sólo acordes en este punto? ¡Oh, Montaigne!, tú que alardeas de ingenuidad y veracidad, sé sincero y verídico, si es que puede serlo un filósofo, y dime si hay un país donde constituye un delito el guardar la fe, el ser clemente, generoso y benéfico, donde sea despreciable un hombre de bien, y que el pérfido sea acatado.

»Se dice que cada uno contribuye al bien público por su interés; ¿pues de dónde viene que el justo contribuya en perjuicio propio? ¿Cómo se explica eso de correr a morir por su propio interés? No cabe duda de que nadie actúa como no sea por su bien, pero si no contamos con los bienes morales, nunca explicaremos por el interés personal otras acciones que las de los malvados, y hay que creer que nadie intentará explicar las otras. Sería una filosofía muy abominable la que tropezara con las acciones virtuosas, que no pudiera liberarse de las dificultades sin suponer en ellas bajas intenciones y motivos ajenos a la virtud; que se viera forzada a envilecer a Sócrates y a calumniar a Régulo. Si doctrinas de esta naturaleza pudieran brotar en nuestro país, la voz de la naturaleza, unida a la de la razón, se levantaría contra ellas y no dejaría ni a uno de sus partidarios la disculpa de que lo fuese de buena fe.

»No tengo intención de entrar aquí en discusiones metafísicas que exceden de mi capacidad y de la vuestra, y que en realidad a nada conducen. Ya os he dicho que no quería filosofar con vos, sino sólo ayudaros a que consultéis vuestro corazón. Cuando todos los filósofos del mundo demostrasen que estoy equivocado, si vos creéis que tengo razón, no necesito más.

»Para esto no hay más que haceros distinguir nuestras ideas adquiridas de nuestros afectos naturales, porque necesariamente sentimos antes de conocer, y como no aprendemos a querer nuestro bien y a evitar nuestro mal, sino que la naturaleza nos infunde esta voluntad, del mismo modo el amor hacia lo bueno y el odio a lo malo son tan naturales en nosotros como el amor hacia nosotros mismos. Los actos de la conciencia no son juicios, sino afectos, y aunque todas nuestras ideas provienen del exterior, los afectos que las valoran son internos, y por eso sólo conocemos la discrepancia o la analogía que existe entre nosotros y las cosas que debemos evitar o buscar.

»El existir, para nosotros, es sentir; nuestra sensibilidad es anterior a nuestra inteligencia, y antes de tener ideas hemos tenido afectos [23]. Sea cual sea la causa de nuestro ser, ella ha provisto nuestra conservación dándonos sentimientos que convienen a nuestra naturaleza, y no se puede negar que nos son innatos. En lo que se refiere al individuo, estos afectos son el amor propio, el miedo al dolor, el horror a la muerte y el deseo de bienestar. Pero si, lo que no se puede dudar, el hombre es sociable por naturaleza, o por lo menos creado para serlo, lo será únicamente por efectos innatos relativos a su especie, porque si atendemos a la necesidad física, con seguridad que debe dispersar a los hombres en lugar de acercarlos. Después, del sistema moral formado por estas dos clases de relaciones consigo mismo y con sus semejantes, nace el impulso de la conciencia del hombre. Conocer el bien no es amarlo; en el hombre no es innato ese conocimiento, pero en el momento en que se hace conocer su razón, la conciencia le incita a que lo ame, y ese afecto sí que es innato.

»No creo, pues, amigo mío, que sea imposible explicar por consecuencias de nuestra naturaleza el principio inmediato de la conciencia, independiente de la misma razón. Y aunque fuera imposible, no seria necesaria esta explicación, porque cuando los que niegan este principio admitido y reconocido por toda la humanidad no prueban que no exista, sino que se limitan a asegurarlo; cuando nosotros aseguramos que existe, tenemos el mismo fundamento que ellos, y está de nuestra parte el testimonio interno y la voz de la conciencia, que testimonia a su favor. Si los primeros albores del juicio nos deslumbran, y al principio confunden los objetos a nuestra vista, aguardemos a que se vuelvan a abrir y se fortifiquen nuestros débiles ojos, y pronto volveremos a ver esos mismos objetos con la luz de la razón, tal como nos los mostraba la naturaleza, o seamos más sencillos y menos vanos; limitémonos a los primeros sentimientos que hallamos dentro de nosotros, ya que al cabo nos vuelve a ellos el estudio, cuando no nos ha descaminado.

»¡Conciencia, conciencia!, divino instinto, inmortal y celeste voz, guía segura de un ser ignorante y limitado pero inteligente y libre, juez infalible de lo bueno y de lo malo, que haces al hombre semejante a Dios. Tú constituyes la excelencia de su naturaleza y la moralidad de sus acciones; sin ti nada siento en mí que me eleve sobre los animales, como no sea el triste privilegio de extraviarme de errores en errores tras un entendimiento sin reglas y una razón sin principios.

»Gracias al cielo, ya estamos libres de ese espantoso aparato de filosofía y podemos ser hombres sin ser sabios; no tendremos necesidad de consumir nuestra vida estudiando la moral, pues con menos esfuerzo hemos encontrado un guía más seguro en el inmenso laberinto de opiniones humanas. Pero no es suficiente con que haya este guía, pues es necesario saber comprenderle y seguirle. Si habla a todos los corazones, ¿por qué son tan pocos los que le comprenden? ¡Ah!, porque nos habla la lengua de la naturaleza mientras que todo contribuye a que la olvidemos. La conciencia es tímida, ama el retiro y la paz, el mundo y el bullicio la aturden, y las preocupaciones son sus más crueles enemigos; huye o se calla ante ella y la estrepitosa voz de éstas ahoga la suya e impide que la oigan; el fanatismo se atreve a desfigurarla y a definir en su nombre el delito. A fuerza de verse despedida, se incomoda, calla y no nos contesta, y después de haberla menospreciado largo tiempo, cuesta tanto llamarla como costó arrojarla.

»¡Cuántas veces me he fatigado al realizar mis investigaciones con la frialdad que sentía en mí! ¡Cuántas veces se me hicieron insoportables mis primeras meditaciones por la ponzoña que vertían sobre ellas el aburrimiento y el disgusto! Mi árido corazón se entregaba con un tibio y decaído celo al amor de la verdad. Yo preguntaba: ¿Por qué he de poner tanto afán en buscar lo que no existe? El bien moral es una quimera; no hay nada tan bueno como el placer de los sentidos. ¡Oh, qué difícil es recobrar el gusto de los deleites del espíritu una vez se ha perdido, y qué difícil es que lo adquiera quien nunca lo ha tenido! Si existiese un hombre tan miserable que no hubiese hecho nada en toda su vida, cuyo recuerdo le dejase contento de sí mismo y satisfecho de haber vivido, sería incapaz de conocerse nunca, y no habiendo sentido la bondad que conviene a su naturaleza, seguiría siendo malo, y sería infeliz eternamente. ¿Creéis, no obstante, que haya en el mundo un hombre tan depravado que no haya cedido a la tentación de hacer obras buenas? Esta tentación es tan natural y dulce, que no es posible resistirle siempre, y el recuerdo del deleite que ha causado una vez es suficiente para que siempre nos acordemos. Desgraciadamente cuesta mucho satisfacerla; aparecen mil razones para resistirse a la inclinación del corazón; una falsa prudencia le coarta en los bordes del "yo" humano, y se necesitan mil esfuerzos para atreverse a dejarlos atrás. En complacerse en las buenas obras consiste su premio, pero no se alcanza sin haberlo merecido. No hay condición más preciosa que la virtud, pero es preciso gozar de ella para verlo así. Cuando queremos abrazarla, de un modo semejante al Proteo de la fábula, al principio se reviste de mil figuras espantosas, y sólo al fin se deja ver en la suya por aquellos que no la dejaron.

»Combatido sin cesar por mis sentimientos naturales, que me hablaban en favor del interés común, y mi razón, que todo lo refería a mí, habría fluctuado toda mi vida en esta continua alternativa, obrando mal, amando el bien, y siempre contrario a mí mismo si otras nuevas luces no hubieran iluminado mi corazón, si la verdad, que fijó mis opiniones, no hubiera también asegurado mi conducta y no me hubiera puesto de acuerdo conmigo. El querer apoyar la virtud en la sola razón es vano. ¿Qué base sólida le podemos dar? Dicen que la virtud es el amor del orden. ¿Pero acaso puede más conmigo y ha de poder más que el de mi bienestar? Que me den una razón clara y suficiente para que yo le prefiera a éste. En realidad, su pretendido principio es un simple juego de palabras, porque yo también digo que el vicio es el amor del orden, pero tomándolo en otro sentido. Existe un orden moral en todas partes donde hay sentimiento e inteligencia. La diferencia está en que el bueno se coordina con referencia al todo, y el malo coordina al todo con referencia a él. Este se constituye en el centro de todas las cosas y el otro mide su radio y se queda en la circunferencia. Entonces está coordinado con referencia a todos los círculos concéntricos, que son las criaturas. Si no existe la Divinidad, entonces sólo discurre el malo, y el bueno no sería más que un insensato.

»¡Ah, hijo mío!, ojalá que un día sintáis de qué peso se siente aliviado uno cuando, después de agotar la vanidad de las opiniones humanas y probar la amargura de las pasiones, encuentra tan cerca de sí el camino de la sabiduría, el premio de los afanes de esta vida y la fuente de felicidad de la que había desesperado. Todas las obligaciones de la ley natural, casi borradas de mi corazón por la injusticia de los hombres, se retratan en él en nombre de la justicia. Ya sólo siento en mí la obra y el instrumento del gran Ser que quiere el bien, que lo hace y que hará el mío mediante el concurso de mi voluntad con la suya, y el buen uso de mi libertad. Me conformo con el orden que ha establecido, seguro de disfrutar yo un día de ese orden y hallar en él mi felicidad, porque, ¿qué felicidad hay más dulce que sentirse ordenado en un sistema en el cual todo está bien? Acosado por el dolor, lo sufro con paciencia, pensando que es transitorio y que viene de un cuerpo que no es mío. Si hago sin testimonios una buena acción, sé que es vista, y saco testigo para la otra vida de mi conducta en ésta. Cuando padezco una injusticia, digo: El Ser justo que todo lo rige sabrá indemnizarme; las necesidades de mi cuerpo y las miserias de mi vida me hacen más tolerable la idea de la muerte. Así tendré que romper menos vínculos cuando lo tenga que dejar todo.

»¿Por qué mi alma está sujeta a mis sentidos y encadenada a este cuerpo que la esclaviza y la oprime? Lo ignoro. ¿Me fueron comunicados acaso los juicios de Dios? Mas yo puedo formar, sin caer en la temeridad, modestas conjeturas. Si el espíritu humano hubiera permanecido libre y puro, ¿qué mérito contraería amando y siguiendo el orden que viese establecido y que ningún interés tuviese en perturbar? Es cierto que sería feliz, pero faltaría a su felicidad el más alto grado, la gloria de la virtud y el buen testimonio de sí mismo; sería semejante a los ángeles, y el varón virtuoso sin duda será más que ellos. El alma unida a un cuerpo mortal con lazos no menos poderosos que incomprensibles, el afán de la conservación de este cuerpo la excita para que todo lo refiera a él, y le da un interés contrario al orden general, que, no obstante, es capaz de ver y amar; entonces el buen empleo de su libertad se convierte al mismo tiempo en mérito y recompensa y se labra una inalterable felicidad luchando contra sus pasiones terrenales y manteniéndose en su primera voluntad.

»Puesto que aun en el estado de abatimiento en que nos hallamos durante esta vida, todas nuestras inclinaciones son legítimas, y si nuestros vicios provienen de nosotros, ¿por qué nos quejamos de que nos dominen? ¿Por qué culpamos al autor de las cosas de los males que nos hacemos nosotros y de los enemigos que contra nosotros armamos? No acosemos al hombre, y siempre será bueno sin dificultad, lo mismo que sin remordimientos, siempre será feliz. Los culpables que se creen forzados al delito son tan mentirosos como perversos. ¿Cómo no se dan cuenta de que la flaqueza de que se quejan es producida por ellos mismos, que su primera depravación proviene de su voluntad, que a fuerza de querer ceder a las tentaciones, al final ceden a despecho suyo y las hacen irresistibles? Sin duda ya no depende de ellos el dejar de ser malos y débiles, pero dependió de ellos no llegar a serlo. Con qué facilidad seríamos siempre árbitros de nosotros y de nuestras pasiones, aun durante esta vida, si cuando todavía no están formados nuestros hábitos y comienza a abrirse el entendimiento, le supiéramos ocupar en los objetos que debe conocer para valorar los que no conoce; si de verdad quisiéramos ilustrarnos, no para lucirnos a los ojos ajenos, sino para ser buenos y acordes con nuestra naturaleza, para hacernos felices con el cumplimiento de nuestras obligaciones. Si nos parece fastidioso y difícil tal estudio, se debe a que cuando pensamos en él ya estamos agotados por el vicio y entregados a nuestras pasiones. Antes de conocer lo que es bueno y lo que es malo ya hemos sentado nuestros juicios, y aplicándolo después todo a esta falsa medida, no damos su justo valor a nada.

»Hay una edad en la cual el corazón todavía está libre, pero ardiente, inquieto, ansioso de una felicidad que aún no conoce, y la busca con una agotadora incertidumbre, y, engañado por los sentidos, se fija en su vana imagen y tiene la presunción de hallarla donde no reside. Estas ilusiones han permanecido en mí durante un tiempo excesivo, y, ¡ay! las he conocido muy tarde y no he podido disiparlas totalmente y durarán tanto como este cuerpo mortal que las causa. Ahora me parecen vanas, ya no me engañan, las tengo por lo que son, las sigo, pero las desprecio, y lejos de mirar en ellas el objeto de mi felicidad, veo su dificultad. De este modo, al instante aspiro en que libre de las ligaduras del cuerpo, sea "yo" sin contradicción, sin partición, y sólo necesito de mí para ser feliz; mientras tanto, desde esta vida lo soy, porque todos sus males no cuentan ya para mí, porque la miro como extraña a mi ser, y porque todo el bien que de ella puedo sacar depende de mí.

»Con el fin de elevarme de antemano todo lo posible a este estado de felicidad, de fuerza y libertad, me ejercito en las sublimes contemplaciones. Medito sobre el orden del Universo, no para explicarlo con vanos sistemas, sino para maravillarme de él sin cesar, para adorar al sabio Autor que en él se hace sentir. Hablo con El, saturo todas mis facultades de su divina esencia, me enternezco con sus beneficios, le bendigo por sus dádivas, pero no hago oración. ¿Qué le podría pedir? ¿Que cambiara el curso de las cosas por mí y que hiciese milagros en beneficio mío? No; este ruego temerario, mejor que escuchado, merecería ser castigado. Tampoco le pido el poder de obrar bien. ¿Por qué he de pedirle lo que ya me ha dado? ¿No me ha dado la conciencia para amar lo bueno, la razón para conocerlo y la libertad para elegirlo? Si obro mal, no tengo disculpa; obro así porque quiero; pedirle que cambie mi voluntad es pedirle lo que me pide él, es querer que haga mi trabajo y cobrando yo el salario; no estar satisfecho con mí estado es no querer ser hombre, y querer otra cosa de lo que existe, es querer el desorden y el mal. Manantial de justicia y verdad, Dios clemente y bueno... Tengo en ti tal confianza que el supremo deseo de mi corazón es que se cumpla tu voluntad. Uniendo la mía con ella, hago lo que haces tú, me conformo con tu bondad y creo que gozo adelantada la suma felicidad que es su premio.

»En la justa desconfianza de mí mismo, la única cosa que le pido, o que de su justicia aguardo, es que corrija mí error si voy descaminado y si este error me pone en peligro. Aunque procedo de buena fe, no me creo infalible; mis opiniones, las que más acertadas me parecen, quizá son otras tantas falsedades, porque, ¿qué hombre no se empeña en las suyas? ¿Y cuántos están conformes en todo? La ilusión que me engaña viene de mí, y él es el único que puede sanarme. He hecho todo lo que he podido por alcanzar la verdad, pero está muy alta su fuente, y cuando me faltan las fuerzas para ir más lejos, ¿de qué puedo ser culpado? Le corresponde a ella acercarse.»

»El buen sacerdote había hablado con vehemencia; estaba conmovido y yo también; me pareció que oía al divino Orfeo cantar los primeros himnos y enseñar a los hombres el culto de los dioses. Sin embargo, yo veía una serie de objeciones que oponerle, y no le opuse ni una, porque la persuasión estaba en su favor. A medida que me hablaba según su conciencia, parecía que la mía me confirmaba lo que él había manifestado.

»Las ideas que me acabáis de exponer -le dije-, me parecen mucho más nuevas por lo que confesáis ignorar que por lo decís creer. Me parece encontrar en ello el teísmo o la religión natural, que la afectación de los cristianos confunde con el ateísmo o la irreligión, una doctrina que es directamente opuesta. Pero en el estado actual de mi fe, tengo que subir mejor que bajar para admitir vuestras opiniones, y encuentro que es difícil quedarse precisamente en el punto en que estáis, si no soy tan prudente como vos. Para ser tan sincero, quiero consultar conmigo. El sentido interno es el que a ejemplo vuestro me debe guiar, y vos mismo me habéis enseñado que no es cuestión de un instante el contestar cuando le hemos impuesto silencio. Llevo en mi corazón vuestros razonamientos, y es necesario que los medite. Si después de pensar bien en ello, quedo tan convencido como vos, seréis mi último apóstol, y yo seré prosélito vuestro hasta la muerte. No obstante, continuad instruyéndome. Sólo me habéis expresado la mitad de lo que debo saber. Habladme de la revelación de las escrituras, de esos dogmas oscuros por los cuales voy a tientas desde mi infancia, sin poder concebirlos m creerlos y sin saber admitirlos ni rechazarlos.»

«Sí, hijo mío -me respondió, abrazándome-. Acabaré de deciros lo que pienso, pues no quiero abriros a medias mi corazón, pero era necesario el deseo que me manifestáis, el cual es autorizarme a no guardaros ninguna reserva. Hasta aquí no os he dicho nada que no crea que puede seros útil, y de lo que no esté yo íntimamente convencido. El examen que me falta hacer es bien diferente; sólo veo confusión, oscuridad, misterio y camino con incertidumbre y desconfianza. Me decido temblando, y más bien que mi dictamen os digo mis dudas. Si vuestros sentimientos fueran más estables, titubearía en deciros los míos, pero en el estado en que os halláis ganaréis al pensar como yo [24]. Referente a lo demás, no deis a mis palabras otra autoridad que la razón, porque ignoro si estoy en un error. Cuando alguien argumenta es difícil que no tome alguna vez el estilo afirmativo; pero recordad que todas mis afirmaciones son simples motivos de duda. Averigua, vos mismo la verdad, pues sólo os prometo buena fe.

»En lo expuesto por mí, habéis visto la religión natural, y es extraño que se necesite otra. ¿Por dónde he de llegar yo al conocimiento de esta necesidad? ¿Cuál puede ser mi culpa al servir a Dios según las luces que ha dado a mi entendimiento y los afectos que inspira a mi corazón? ¿Qué pureza de moral, qué dogma provechoso para el hombre y que honre a su autor puedo yo sacar de una doctrina positiva, que sin ella no pudiera sacar del buen uso de mis facultades? Mostradme lo que podamos añadir, para gloria de Dios, para bien de la sociedad y para mi utilidad propia, a las obligaciones de la ley natural, y qué virtud derivaréis de un culto nuevo que no sea consecuencia del mío. Por la razón sola adquirimos las más altas ideas de la Divinidad. Observad el espectáculo de la naturaleza, escuchad la voz interior. ¿No lo ha dicho Dios todo a nuestros ojos, a nuestra conciencia, a nuestro juicio? ¿Qué más nos han de decir los hombres? Con sus revelaciones no hacen otra cosa que degradar a Dios, atribuyéndole pasiones humanas. Lejos de aclarar las nociones del gran Ser, veo que las complican los dogmas particulares, que, lejos de ennoblecerlas, las envilecen, que a los incomprensibles misterios que le rodean añaden absurdas contradicciones, que en vez de establecer la paz en la tierra, la talan a hierro y fuego y vuelve al hombre orgulloso, intolerante y cruel. Me propongo averiguar para qué sirve todo esto y no sé qué respuesta dar. Sólo veo los delitos de los hombres y las miserias del género humano.

»Se me ha dicho que hacía falta una revelación para enseñar a los hombres el modo cómo Dios quería ser servido, y para probarlo consignaban la diversidad de cultos extravagantes que han instituido y no ven que esta misma diversidad proviene de la manía le las revelaciones. Desde que los pueblos quisieron que Dios hablase, cada uno le hizo hablar a su manera, y le hizo decir lo que él quiso. Si no hubiesen escuchada más que lo que Dios le dijo al corazón el hombre, sólo habría una religión en la tierra.

»Hacía falta un culto uniforme, lo admito; pero, ¿era tan importante este punto que fuese preciso todo el aparato de la potencia divina para establecerle? No debemos confundir la religión con su ceremonial. El culto que pide Dios es del corazón, y éste, cuando es sincero, siempre es uniforme. Es una loca vanidad imaginarse que Dios tenga el menor interés en la forma de vestir del sacerdote, en el orden de las palabras que pronuncia, en los ademanes que hace en él altar y en todas sus genuflexiones. Amigo mío, por mucho que te eleves, te quedarás siempre a ras de tierra; Dios quiere ser adorado en espíritu y en verdad. Esta es la obligación de todas las religiones, de todos los países y de todos los hombres. En cuanto al culto exterior, si debe ser uniforme para el buen orden, ése es puro asunto de policía, y para eso no se necesita revelación.

»No empecé por todas estas reflexiones. Arrastrado por las preocupaciones de la educación y por aquel peligroso amor propio que siempre quiere poner al hombre más alto que su esfera, no pudiendo encumbrar mis débiles conceptos hasta el gran Ser, me afanaba por bajarle hasta mí. Acercaba las relaciones infinitamente distantes que median entre su naturaleza y la mía, quería comunicaciones más inmediatas e instrucciones más peculiares, y no satisfecho con hacer que Dios se asemejara al hombre, para ser yo un privilegiado entre mis semejantes, deseaba luces sobrenaturales, un culto exclusivo y que Dios me dijera lo que no había dicho a otros, o lo que otros no habían entendido del mismo modo que yo.

»Considerando el punto a que había llegado como el punto de donde salían todos los creyentes para llegar a un culto más ilustrado, sólo en los dogmas de la religión natural hallaba los elementos de toda religión. Contemplaba la diversidad de sectas que reinan en el mundo y que mutuamente se acusan de error y mentira, y preguntaba: "¿Cuál es la buena?". Y me respondía cada uno: "La mía; sólo yo y mis partidarios pensamos bien; todos los demás están equivocados". "¿Y cómo sabéis que es buena vuestra secta?". "Porque lo ha dicho Dios [25]". "¿Quién os dijo que lo había dicho Dios?". "Mi pastor que lo sabe. Me dice que crea esto y lo creo; me asegura que todos los que dicen otra cosa distinta que él, mienten, y no los escucho".

»¿Conque no es una misma la verdad, pensaba yo, y lo que para mi es verdad, puede ser mentira para otro? Si es uno mismo el método del que sigue el camino recto y del que va extraviado, ¿qué mérito o qué culpa tiene más uno que otro? Siendo su elección un efecto de la casualidad, es una iniquidad imputársela, es recompensar o castigar por haber nacido en tal o cual país. El atreverse a decir que Dios nos juzga de ese modo, es agraviar su justicia.

»O todas las religiones son buenas y agradables a Dios, o si existe una que El prescribe a los hombres, o los castigue porque no la conocen, habrá dado indicios ciertos y manifiestos para que la distingan y conozcan por la única verdadera; estos indicios son de todos los tiempos y de todos los países, igualmente sensibles para todos los hombres, grandes y pequeños, ignorantes y sabios, europeos, indios, africanos y salvajes. Si hubiera una religión en la tierra, fuera de la cual solamente hubiese pena eterna, y si en un país cualquiera del mundo a un solo mortal de buena fe no le hubiera hecho impresión su evidencia, el Dios de esta religión sería el más inicuo y el más cruel de los tiranos.

»¿Buscamos, pues, la verdad sinceramente? Pues no atribuyamos nada al derecho del nacimiento ni a la autoridad de nuestros padres y pastores, pero sometamos al examen de conciencia v a la razón todo lo que nos enseñaron desde nuestra niñez. Puede decírseme: "Sujeta tu razón", pero lo mismo me puede decir el que me engañe; para sujetar mi razón necesito razones.

»Toda la teología que puedo adquirir por mí mismo mediante la contemplación del universo y el buen uso de mis facultades, se limita a lo que os expliqué anteriormente. Para saber más, es preciso hacer uso de medios extraordinarios, y éstos no pueden ser la autoridad de los hombres, porque no siendo ningún hombre de distinta especie que yo, todo lo que él conoce naturalmente, puedo conocerlo yo, como también puede engañarse lo mismo que yo; cuando creo lo que él dice, no es porque lo dice, sino porque lo prueba. Así el testimonio de los hombres no es otro que el de mi razón, y no añade nada a los medios naturales con que Dios me ha dotado para conocer la verdad.

»Apóstol de la verdad ¿qué habréis de decirme que yo no pueda juzgarlo? Dios mismo ha hablado: escuchad su revelación. Eso es otra cosa. Dios ha hablado; gran palabra es esa. ¿Y a quién ha hablado? A los hombres. Pues, ¿cómo yo no he oído lo que ha dicho? Ha encargado a otros hombres que os repitieran sus palabras. Ya entiendo: son hombres los que me van a decir lo que Dios ha dicho. Hubiera preferido oírselo a Dios mismo; no le habría costado más trabajo y yo estaría a salvo de toda seducción. Os preserva de ella manifestando la misión de sus enviados. ¿Cómo así? Con milagros. ¿Y dónde están estos milagros? En los libros. ¿Y quién ha compuesto estos libros? Hombres. ¿Y quién ha visto esos milagros? Hombres que lo aseguran. ¡Siempre testimonios humanos! ¡Siempre hombres que me cuentan lo que han contado otros hombres! ¡Cuántos hombres entre Dios y yo! Veamos, no obstante; examinemos, comparemos, verifiquemos. Si Dios se hubiera dignado dispensarme de todo este trabajo, ¿le habría servido yo con menos buena voluntad?

»Considerad, amigo mío, en qué horrible discusión me he metido, de cuánta erudición he precisado para retroceder a las más lejanas antigüedades, para examinar, pesar, confrontar las profecías, las revelaciones, los sucesos, los monumentos de fe propuestos en todos los países del mundo; para señalar las épocas, los lugares, los autores, las ocasiones... Cuánta exactitud de crítica preciso para distinguir las piezas auténticas de las supuestas, para comparar las objeciones con las respuestas y las versiones de los originales, para decidir de la imparcialidad de los testigos, de su sano juicio y de sus luces; para saber si han suprimido nada, añadido, invertido, cambiado o falsificado; para airear las contradicciones que aún quedan, para fallar acerca del peso que debe tener el silencio de los contrarios en los hechos que contra ellos se alegan; si han conocido estas alegaciones, si han hecho de ellas el aprecio suficiente para responder, si eran tan comunes los libros que fuesen a sus manos los nuestros, si hemos tenido la bastante buena fe para dejar correr entre nosotros los suyos, y que subsistiesen sus más fuertes objeciones como ellos las habían hecho.

»Reconocidos como indudables todos estos monumentos, se debe pasar en seguida a las pruebas de la misión de sus autores, saber a fondo las leyes de las suertes, las probabilidades eventuales, para señalar qué predicción se puede cumplir sin milagro; la índole de los idiomas originales, para distinguir lo que en estos idiomas es predicción de lo que sólo es figura oratoria; qué sucesos se hallan en el orden para decir hasta qué punto un hombre astuto puede engañar a los ignorantes y hasta asombrar a personas ilustradas; averiguar de qué especie debe ser un portento y qué autenticidad ha de tener, no sólo para ser creído, sino para que merezca ser castigado quien dude de él; comparar las pruebas de los falsos y verdaderos milagros y hallar reglas ciertas para discernirlos; en fin, decir por qué escogió Dios, para comprobar su palabra, medios que tienen tanta necesidad de ser comprobados, como si se burlara de la credulidad de los hombres y evitase a sabiendas los verdaderos medios de persuadirlos.

»Supongamos que la majestad divina se digna descender lo bastante para hacer a un hombre órgano de sus voluntades sagradas. ¿Es racional y justo exigir que obedezca todo el género humano la voz de este ministro, sin dársele a conocer como tal? ¿Es equitativo no darle otras credenciales que algunos signos particulares obrados en presencia de pocas personas oscuras, y que todos los demás hombres jamás sabrán de otro modo que de oídas? En todos los países del mundo, si se tuviesen por verdaderos los prodigios que la plebe y los crédulos dicen haber visto, cada secta sería la buena, existirían más portentos que sucesos naturales, y el mayor de todos los milagros sería que donde haya fanáticos perseguidos no hubiese milagros. El inalterable orden de la naturaleza es lo que más patentiza la sabia mano que la rige; si se diesen frecuentes excepciones, yo no sabría qué pensar, y creo en Dios demasiado para admitir esos milagros tan poco dignos de El.

»Si viene un hombre hablando de esta forma: "Mortales, yo os anuncio la voluntad del Altísimo; en mi voz reconoced al que me envía; mando que el sol cambie de curso, que las estrellas se coloquen de distinto modo, que los montes reduzcan su altivez, que las olas se levanten y que tome otro aspecto la tierra". Ante estas maravillas, ¿quién no reconocería al árbitro de la naturaleza? Esta no obedece a los impostores cuyos milagros se realizan en encrucijadas, en desiertos, en aposentos, y sugestionan a su antojo a un corto número de espectadores ya dispuestos a creerlo todo. ¿Quién se atreverá a decirme cuántos testigos son necesarios para que un prodigio sea digno de fe. Si vuestros milagros, destinados a probar vuestra doctrina, necesitan pruebas, ¿para qué sirven? Se adelantaba lo mismo no haciéndolos.

»Resta, por último, el examen más importante en la doctrina que se anuncia, porque como los que dicen que Dios hace milagros en la tierra pretenden que algunas veces los imite el diablo, con los portentos mejor averiguados no estamos más adelantados que antes, y una vez que, aun en presencia de Moisés, se atrevían los magos del faraón a repetir los mismos signos que hacía aquél por orden expresa de Dios, ¿por qué en su ausencia no habrían aspirado a la misma autoridad con los mismos títulos? Así, después de probar la doctrina con el milagro, es precisó probar el milagro con la doctrina [26], con el fin de no confundir la obra del demonio con la de Dios. ¿Qué es lo que vosotros pensáis de este círculo vicioso?

»Esta doctrina que viene de Dios es preciso que lleve estampado el carácter sagrado de la Divinidad; no sólo debe aclarar las ideas confusas que acerca de ella ha bosquejado el raciocinio en nuestra mente, sino que también debe proponernos un culto, una moral y máximas que convengan a los atributos por los que únicamente concebimos su esencia. De modo que si sólo nos mostrase cosas absurdas y disparatadas, si sólo nos inspirase afectos de aversión a nuestros semejantes y de espanto de nosotros mismos; si nos pintase un Dios airado, celoso, vengativo, parcial y rencoroso con los hombres, un Dios de guerra y de combates, dispuesto siempre a destruir y a fulminar, siempre hablando de tormentos y de penas y que se alabase de castigar incluso a los inocentes, este Dios terrible no atrae ría mi corazón, y me guardaría de dejar mi religión natural para abrazar la suya, pues ya veis claramente que sería forzoso elegir. Yo diría a sus sectarios: vuestro Dios no es el nuestro. El que comienza por escoger a un solo pueblo, y proscribe a los demás del linaje humano, no es el padre común de los hombres; el que destina al fuego eterno la mayor parte de sus criaturas, no es el Dios clemente y bueno que me ha asegurado mi razón, la cual, me dice, por lo que se refiere a los dogmas, que deben ser claros, luminosos, de una evidencia irresistible. La religión natural es insuficiente debido a la oscuridad que deja en las altas verdades que nos enseña; corresponde a la revelación el enseñarnos estas verdades de una forma palpable para el espíritu humano, hacen que las conciba para que las crea. La fe se fortalece y afianza por el entendimiento; la más clara es infaliblemente la mejor de todas las religiones; el que llena de misterios y contradicciones el culto que me predica, me enseña a que desconfíe de él. El Dios que yo adoro no es un Dios de tinieblas ni me ha dotado de entendimiento para prohibirme que haga uso de él; decirme que sujete mi razón es agraviar a su autor. Un ministro de la verdad jamás tiraniza la razón, sino que la alumbra.

»Hemos dejado aparte toda autoridad humana, y sin ella no veo cómo puede convencer un hombre a otro cuando le predica una doctrina contraria a la razón. Por un instante procuremos que se encuentren estos dos hombres y averigüemos lo que se podría decir con aquella aspereza de lenguaje tan generalizada en ambos partidos.»


EL INSPIRADO: La razón os enseña que el todo es mayor que la parte, pero yo os enseño, de parte de Dios, que la parte es mayor que el todo.

EL RAZONADOR: ¿Y quién sois vos para atreveros a decirme que Dios se contradice? ¿A quién he de creer mejor, al que me enseña por la razón las verdades eternas, o a vos que de su parte me anunciáis un absurdo?

EL INSPIRADO: A mí, porque mi instrucción es más positiva, y voy a probaros de un modo indudable que él me envía.

EL RAZONADOR- ¡Cómo! ¿Me probaréis que Dios es quien os envía a dar testimonio contra él? ¿De qué género serán vuestras pruebas para convencerme de que es más cierto que me habla Dios por boca vuestra que por el entendimiento que me ha dado?

EL INSPIRADO: ¿El entendimiento que os ha dado? ¡Hombre mezquino y vano! ¡Como si fueseis vos el primer impío que se extravía con su razón corrompida por el pecado!

EL RAZONADOR: Varón de Dios, tampoco seríais vos el primer bellaco que presenta su arrogancia como prueba de su misión.

EL INSPIRADO: ¡Qué! ¿También injurian los filósofos?

EL RAZONADOR: Algunas veces, cuando les dan ejemplo los santos.

EL INSPIRADO: Yo tengo derecho para hacerlo, puesto que hablo de parte de Dios.

EL RAZONADOR: Sería bueno mostrar el título antes de usar ese privilegio.

EL INSPIRADO: Mi título es auténtico; la tierra y los cielos sirven de testimonio en mi favor. Seguid atentamente mis razonamientos.

EL RAZONADOR: ¡Vuestros razonamientos! No os dais cuenta de lo que decís. Enseñarme que me engaña mi razón, ¿no es refutar lo mismo que me dijera en vuestro abono? El que recusa la razón sin valerse de ella, ha de convencer, porque supongamos que me convencéis con vuestros argumentos; ¿cómo puedo saber yo si mi razón no está corrompida por el pecado, lo que hace que me rinda a lo que decís? Por otra parte, ¿qué prueba, qué demostración podréis hacer que sea más evidente que el axioma que ha de destruir? Es tan creíble que un buen silogismo sea una falsedad, como que la parte sea mayor que el todo.

EL INSPIRADO: ¡Qué diferencia! Mis pruebas no tienen réplica, pues son de un orden sobrenatural.

EL RAZONADOR: ¡Sobrenatural! ¿Qué significa esta palabra? No la entiendo.

EL INSPIRADO: Son mutaciones en el orden de la naturaleza, profecías, milagros, prodigios de toda especie.

EL RAZONADOR: ¡Prodigios! ¡Milagros! Nunca vi nada de eso.

EL INSPIRADO: Otros los vieron por vos. Infinidad de testigos..., el testimonio de los pueblos...

EL RAZONADOR: ¿El testimonio de los pueblos es de orden sobrenatural?

EL INSPIRADO: No, pero cuando es unánime, es indisputable.

EL RAZONADOR: No hay nada más incontestable que los principios de la razón y no es posible comprobar un absurdo con el testimonio de los hombres. Vuelvo a repetirlo: veamos estas pruebas sobrenaturales, puesto que el testimonio del género humano no lo es.

EL INSPIRADO: ¡Oh, corazón endurecido!, no os habla la gracia.

EL RAZONADOR: No es culpa mía, porque, según decís, es necesario haber recibido ya la gracia para saber pedirla. Habladme vos en vez de ella.

EL INSPIRADO: Eso es lo que estoy haciendo, y no me escucháis. Pero, ¿qué decís de las profecías?

EL RAZONADOR: Digo que del mismo modo que he oído profecías, he visto milagros. Además, digo que ninguna profecía puede tener autoridad para mí.

EL INSPIRADO: ¡Satélite del demonio! ¿Y por qué no tienen autoridad las profecías para vos?

EL RAZONADOR: Porque para que la tuvieran serían necesarias tres cosas, cuyo concurso es imposible: que yo hubiese sido testigo de la profecía, que lo fuese del suceso y que estuviese demostrado que éste no ha podido casar casualmente con la profecía, porque aunque fuese más determinada, más clara, más luminosa que un axioma de geometría, puesto que la claridad de una predicción hecha a la ventura no imposibilita que se cumpla, y cuando sucede este cumplimiento, nada prueba que favorezca al que la predijo.

«Contemplad a lo que se reducen vuestras pretendidas pruebas sobrenaturales, vuestros milagros y vuestras profecías. A creer todo esto sobre la palabra de otro y a sujetar a la autoridad de los hombres la autoridad de Dios que habla a mi razón. Si pudieran recibir algún desprecio las verdades eternas que concibe mi inteligencia, para mí dejaría de haber ningún género de incertidumbre, y lejos de estar cierto de que me habláis de parte de Dios, ni siquiera estaría seguro de que Dios existe.

Estas son grandes dificultades, hijo mío, y todavía hay más. Entre tantas religiones diversas que se proscriben y mutuamente se excluyen, una sola es la buena, si hay alguna que lo sea. Para reconocerla, no es suficiente examinar una sola; es preciso examinarlas todas, puesto que en ninguna materia debemos condenar sin antes oír [27]; es indispensable establecer una comparación entre las objeciones y las pruebas; saber lo que opone cada uno a los demás y lo que responde. Cuanto más demostrada nos parezca una opinión, más debemos indagar en qué se fundan tantos hombres para no creer que están equivocados. Ha de ser muy sencillo quien crea que es suficiente oír a los doctores de su partido para instruirse en las razones del partido contrario. ¿Dónde están los teólogos que hagan gala de su buena fe? ¿Dónde los que para rebatir las razones de sus contrarios no las debiliten primero? Cada uno se luce en su partido, pero hay quien entre los suyos está muy ufano con sus pruebas y haría un papel muy tonto entre las personas de otro partido. ¿Queréis instruiros en los libros? Cuánta erudición tendréis que adquirir, cuántas lenguas que aprender, cuántas bibliotecas que ver y libros y más libros que leer. Por la elección, ¿quién me guiará? Difícilmente habrá en un país los mejores libros del partido contrario, y con más razón no se encontrarán los de todos los partidos, y aun cuando los hubiera, pronto los rebatirían. Siempre queda mal el ausente, y razones fútiles expresadas con arrogancia fácilmente eclipsan las irrebatibles que se exponen con desdén. Además, regularmente no hay nada que engañe más que los libros, ni que con menos fidelidad represente la idea de quien los ha escrito. Cuando habéis querido realizar juicios sobre la fe católica por medio del libro de Bossuet, os habéis hallado muy desviados de vuestra idea después de haber vivido con nosotros. Habéis visto que la doctrina con que se responde a los protestantes no es la misma que se enseña al pueblo, y que no tienen ningún parecido con el libro de Bossuet las enseñanzas de nuestros sermones. Para apreciar bien una religión, no debe ser estudiada en los libros de sus partidarios, sino que es preciso ir a aprenderla en el país, lo que es muy distinto. Cada país tiene sus tradiciones, su sentido, sus prácticas, sus preocupaciones, que forman el espíritu de su creencia y que se ha de unir con ella para juzgar bien.

»Si hay tantos países populosos que no imprimen libros ni leen los nuestros, ¿cómo juzgarán nuestras opiniones y cómo decidiremos nosotros de las suyas? Nos reímos de ellos y ellos nos desprecian, y si nuestros viajeros los ridiculizan, para pagárnoslo no les falta más que viajar por nuestros países. ¿En qué tierra no hay personas de juicio, de buena fe, de honradez y amantes de la verdad, que para abrazarla sólo desean conocerla? No obstante, cada uno siente su culto y cree absurdos los de las demás naciones; luego, o estos cultos de países extraños no son tan extravagantes como nos parecen, o la razón que en los nuestros encontramos nada prueba.

»En Europa tenemos tres principales religiones: la una admite una sola revelación, la otra admite dos y la otra tres. Cada una detesta y maldice las otras, las acusa de ceguedad, de endurecimiento, de obstinación y de mentira. ¿Qué hombre imparcial osará juzgarlas sin antes haber medido con detalle sus pruebas y escuchado con atención sus razones? La que sólo admite una revelación es la más antigua y parece la más segura; la que admite tres es la más moderna y parece la más consciente; la que admite dos y detesta la tercera, puede ser la mejor, pero tiene todas las preocupaciones en contra suya, la inconsecuencia salta a la vista.

»En las tres revelaciones, los libros sagrados están escritos en lenguas ignoradas de los pueblos que las siguen; los judíos ya no entienden el hebreo, los cristianos no entienden el hebreo ni el griego, y ni los turcos ni los persas entienden el árabe, lo mismo que los árabes modernos no entienden ni hablan la lengua de Mahoma. ¿No es verdaderamente una manera muy simple de instruir a los hombres y hablarles en una lengua que no entienden? Estos libros están traducidos, dirán. ¡Buena respuesta! ¿Quién me asegurará que estos libros están traducidos fielmente ni que sea posible que lo estén? Y cuando Dios hace tanto tiempo que habla con los hombres, ¿por qué necesitó" El un intérprete?

»Jamás concebiré que lo que todo hombre esté obligado a saber esté contenido en los libros, y que el que no pueda consultar estos libros y los que no los entiendan sean castigados por una involuntaria ignorancia. ¡Siempre libros! ¡Qué manía! Porque Europa está abarrotada de libros, los europeos los tienen por indispensables, sin ver que en las tres cuartas partes de la tierra nunca han visto uno. ¿No están escritos por hombres todos los libros? Pues, ¿cómo ha de precisar de ellos para conocer sus deberes? ¿Y qué medios tenía para conocerlos antes de que se hubieran escrito esos libros? O aprenderá estos deberes por sí mismo, o está dispensado de saberlos.

»Nuestros católicos hacen mucho ruido con la autoridad de la Iglesia. ¿Qué ganan con eso, si necesitan para imponer su autoridad, tanto aparato de pruebas como las otras sectas para establecer directamente su doctrina? La Iglesia decide que la Iglesia tiene derecho de decidir. Cierto, la autoridad está bien probada. Salid de esto y os metéis en todas nuestras discusiones.

»¿Conocéis a muchos cristianos que se hayan tomado la molestia de examinar escrupulosamente lo que alega el judaísmo contra ellos? Si hay alguien que ha visto algo, ha sido en los libros de los cristianos. ¡Buena forma de instruirse en los razonamientos de sus contrarios! Pero, ¿qué se puede hacer? Si hubiera alguien en nuestro país que se atreviera a publicar un libro afirmando y esforzándose en probar que Jesucristo no es el Mesías, se castigaría al autor, al editor y al librero [28]. Este camino es cómodo y seguro para tener siempre razón; es muy fácil refutar a quien no se atreve a responder.

»Aquellos de nosotros que pueden conversar con los judíos están poco más adelantados. Los desgraciados están a nuestra merced; la tiranía que con ellos se ejerce los atemoriza. Sabiendo lo fácil que le es a la caridad cristiana la crueldad y la injusticia, ¿cómo se han de atrever a lamentarse sin exponerse que les gritemos "al blasfemo"? La codicia nos espolea, y para que no se les culpe son demasiado ricos. Los más eruditos y los más ilustrados son siempre los más circunspectos. Convertiréis a algún miserable sobornado para calumniar su secta; haréis hablar a algunos pordioseros viles que cederán para adularos; triunfaréis de su ignorancia y su cobardía, mientras que sus doctores se reirán en silencio de vuestra estupidez. Pero, ¿creéis que en países donde se viesen seguros sería tan fácil arrollarlos? En la Sorbona, es claro como la luz del día que las predicciones del Mesías se aplican a Jesucristo, y entre los rabinos de Amsterdam, no deja de ser claro que ninguna conexión tienen con él. Nunca creeré que me hayan dicho todas sus razones los judíos mientras no tengan un Estado libre, escuelas y universidades donde puedan hablar y disputar sin peligro; sólo entonces sabremos lo que pueden alegar.

»En Constantinopla, los turcos dicen sus razones, allí nosotros no nos aventuramos a decir las nuestras; allí nos toca ceder. Si los turcos nos exigen su mismo respeto a Mahoma, en quien no creemos, nosotros lo exigimos de los judíos a Jesucristo, en quien ellos tampoco creen. ¿Obran mal los turcos? ¿Obramos nosotros bien? ¿Por qué principio de equidad resolveremos esta cuestión?

»Las dos terceras partes del linaje humano no son ni judíos, ni mahometanos, ni cristianos, ¡y cuántos millones de hombres jamás han oído hablar de Moisés, ni de Jesucristo, ni de Mahoma! Los niegan, y sostienen que nuestros misioneros van a todas partes, lo que es muy fácil decir. Pero, ¿acaso van al interior de África todavía desconocido, allí donde hasta ahora nunca se adentró un europeo? ¿Van a la Tartaria mediterránea, siguiendo a caballo las hordas errantes, a las que nunca se acercó un extranjero, y que lejos de haber oído hablar del papa, apenas tienen idea del gran lama? ¿Van a los inmensos continentes de América, donde naciones enteras aún no saben que han puesto el pie en el suyo pueblos de otro mundo? ¿Van a Japón, de donde sus malas artes los han hecho arrojar para siempre, y donde las generaciones que nacen solamente conocen a sus predecesores como a entrometidos astutos, que con un fervor hipócrita y una fingida blandura habían ido a apoderarse del imperio? ¿Van a los serrallos de los príncipes de Asia a anunciar el Evangelio a millones de pobres esclavos? ¿Qué delito han cometido las mujeres de esta parte del mundo para que ningún misionero les pueda predicar la fe? ¿Irán todas al infierno por haber vívido recluidas?

»Aun cuando fuese verdad que se anunciara el Evangelio en toda la tierra, ¿qué se adelantaría con eso? La víspera del día que llegó un misionero a un país, murió alguien que no pudo oírle. Decidme, pues, ¿qué haremos si en todo el universo no se hallase más que con ese alguien, ese solo hombre a quien no hubiesen predicado la ley de Jesucristo? Sería tan fuerte la objeción con respecto a este hombre único como con respecto a la cuarta parte del género humano.

»Cuando los ministros del Evangelio se hicieron oír de los pueblos remotos, ¿qué les dijeron que pudiesen creer sobre su palabra, que fuese conforme a la razón y que no exigiese la más escrupulosa comprobación? Me anunciáis un Dios nacido y muerto hace dos mil años, al otro extremo del mundo, en no sé qué pueblecito, y me decís que se condenarán todos los que no crean en este misterio. Son cosas muy extrañas para ser creídas tan pronto v sólo por la autoridad de un hombre que no conocen. ¿Por qué ha hecho vuestro Dios que sucedieran allá, tan lejos, todos estos acontecimientos, queriendo obligarme a que me instruyera de ellos? ¿Ignorar lo que sucede en los antípodas es un delito? ¿Yo puedo adivinar que existe en otro hemisferio un pueblo hebreo y una ciudad de Jerusalén? Eso sería equivalente a que me obligaran a saber lo que pasa en la luna. Decís que habéis venido a enseñármelo, pero, ¿por qué no vinisteis a enseñárselo a mi padre? ¿O por qué condenáis a aquel anciano porque nunca lo supo? ¿Ha de ser eternamente castigado por vuestra pereza, él, que era tan bueno, tan generoso y que sólo buscaba la verdad? Poneos de buena fe en mi lugar, ved si por vuestro único testimonio debo creer todas las cosas increíbles que decís y conciliar tantas injusticias con el Dios justo que me anunciáis. Permitidme que vaya a conocer ese milagroso país, donde paren las vírgenes, donde nacen, comen y padecen los dioses, y que vaya a saber por qué trataron a Dios como a un facineroso los moradores de esa Jerusalén. Decís que no le reconocieron como a Dios; ¿qué haré yo, que jamás le había oído nombrar, hasta que me habéis hablado de él? Añadís que han sido castigados, dispersos, oprimidos, esclavizados; que ninguno de ellos se aproxima ya a aquella ciudad. Bien merecido lo tienen, pero, ¿qué dicen los habitantes de ahora del deicidio de sus predecesores? Lo niegan, y tampoco reconocen por Dios a Dios. Pues para eso, bien podían dejar allí a los descendientes de los primeros.

»¡Cómo! En esa misma ciudad donde murió Dios, ni los antiguos ni los nuevos moradores le han reconocido. ¿Y queréis que le reconozca yo, que he nacido dos mil años después y a dos mil leguas de distancia? ¿No veis que antes de dar crédito a ese libro que llamáis sagrado, y del cual nada comprendo, debo saber por otros, no por vos, cuándo y por quién fue compuesto, cómo se han conservado, cómo han llegado a vosotros, las razones que alegan los que en su país lo repudian, aunque sepan tan bien como vos todo lo que me enseñáis? Ya veis que es necesario que yo vaya a Europa, a Asia, a Palestina, a examinarlo todo por mí mismo; sería necesario que hubiese perdido el juicio para escucharos antes de entonces.

»El discurso no sólo me parece razonable, sino que sostengo que en semejante caso todo hombre de juicio debe hablar así, despidiendo al misionero que antes de presentar sus pruebas se apresura a instruirle y a bautizarle. Y sostengo que no hay revelación contra la cual no tengan las mismas objeciones tantas fuerza como contra el cristianismo, y todavía más, de donde se deduce que si no hay más que una religión verdadera, y si está obligado todo hombre a seguirla, bajo pena de condenación eterna, es preciso pasar la vida estudiándolas todas, profundizándolas, comparándolas, recorriendo los países donde están establecidas. Nadie está exento del primer deber del hombre, nadie tiene derecho a fiar en el juicio ajeno. El artesano que sólo vive de su trabajo, el labrador que no sabe leer, la joven tímida y delicada, el enfermo que apenas se puede levantar de la cama, todos sin excepción deben estudiar, meditar, viajar; no habrá pueblo estable y fijo y toda la tierra estará llena de peregrinos que irán con grandes gastos e innumerables fatigas a comprobar, comparar, examinar por sí mismos los diversos cultos que se siguen. Entonces, adiós oficios, artes, ciencias humanas y todas las ocupaciones civiles; ya no puede haber otro estudio que el de la religión, con grandes penas, el que haya disfrutado de ,más robusta salud, empleado mejor el tiempo, hecho mejor uso de la razón y vivido más años, sabrá, cuando sea viejo, a qué se debe atener, y será mucho que antes de su muerte sepa en qué culto hubiera debido vivir.

»¿Queréis suavizar ese método y conceder algo a la autoridad de los hombres? Al instante se lo restituís todo, y si el hijo de un cristiana obra bien, aun cuando sin un profundo examen sigue la religión de su padre, ¿por qué ha de obrar mal el hijo de un turco que igualmente sigue la religión del suyo? Desafío a todos los intolerantes del mundo a que respondan a esto de modo que complazca a un hombre sensato.

»Forzados por estas razones, unos prefieren hacer injusto a Dios y castigar a los inocentes por el pecado de su padre antes que renunciar a este bárbaro dogma; los otros escapan de la dificultad enviando cortésmente a un ángel para que instruya a aquel que por una invencible ignorancia haya vivido moralmente bien. ¡Qué bella invención la de este ángel! No satisfechos con esclavizarnos a sus máquinas, ponen a Dios en la necesidad de emplearlas.

»Ved, hijo mío, a qué absurdos conducen el orgullo y la intolerancia cuando cada uno se obstina en sus ideas y quiere tener más razón que el resto del género humano. Tomo por testigo a este Dios de paz, que adoro y os anuncio, que han sido sinceras todas mis investigaciones, pero viendo que eran y serían siempre sin fruto, y que me sumergía en un océano sin riberas, he vuelto atrás y he mantenido mi fe en mis primitivas nociones. Nunca he podido creer que Dios me ordenara saber tanto, so pena del infierno. He cerrado, pues, todos mis libros. Sólo hay uno abierto a los ojos de todos, y ése es el de la naturaleza; en este grande y sublime libro aprendo a servir, a adorar a su divino autor. No tiene excusa el que no lo lee, porque habla a los hombres en una lengua comprensible a todos los espíritus. Aunque yo hubiera nacido en una isla desierta y no hubiese visto a ningún hombre, ni me hubiesen explicado lo que aconteció antiguamente en un rincón del mundo, si ejercito mi razón, si la cultivo, si hago buen uso de las facultades inmediatas que Dios me ha dado, aprenderé por mí mismo a conocerle, a amarle, a estimar sus obras, a querer el bien que quiere El y a desempeñar por complacerle todas mis obligaciones en la tierra. ¿Qué otra cosa me enseñará todo el saber de los hombres?

»Referente a la revelación, si yo razonase mejor o fuese más instruido, acaso vería su verdad y su utilidad para los que tienen la dicha de reconocerla, pero si hallo en su favor pruebas que no puedo rebatir, veo también objeciones que no puedo resolver. Hay tantas razones sólidas en favor y en contra que no sabiendo cómo determinarme, ni la admito ni la desecho; solamente rechazo la obligación de reconocerla para salvarse, porque esta pretendida obligación es incompatible con la justicia de Dios, y lejos de remover así los obstáculos para la salvación, los hubiera multiplicado y hecho insuperables para la mayor parte del género humano. Exceptuando este punto, permanezco en una respetuosa duda. No tengo la presunción de creerme infalible; otros han podido decidir lo que me parece indeciso, pero yo razono por mí, no por ellos; ni los censuro, ni los imito. Su juicio puede ser más acertado que el mío, pero yo no tengo la culpa de pensar de otro modo.

»Os confieso igualmente que la santidad del Evangelio es un argumento que habla a mi corazón y que sentiría encontrar alguna verdadera objeción contra él. Mirad los libros de los filósofos con todo su aparato. ¡Qué ridículos son al lado de éste! ¿Es posible que un libro tan sencillo, tan sublime haya salido de los hombres? ¿Es posible que aquel cuya historia narra no sea más que un hombre? ¿Es ése el estilo de un ardiente seguidor o de un ambicioso sectario? ¡Qué blandura, qué costumbres más puras! ¡Qué delicada gracia en sus instrucciones! ¡Qué máximas más sublimes! ¡Qué sabiduría más honda en sus juicios! ¡Qué claridad y qué justas sus respuestas! ¡Qué gobierno de sus pasiones! ¿Dónde está el hombre, dónde el sabio que sabe obrar, sufrir y ser conducido al patíbulo sin temor ni orgullo? Cuando retrata Platón un justo imaginario, cubierto con el oprobio del delito y merecedor de todas las recompensas de la virtud, pinta escena a escena a Jesucristo, y la semejanza tiene tal perfección que se han dado cuenta todos los padres y no es posible caer en el error. ¿Qué preocupaciones, qué obcecación o qué mala intención ha de poseer quien se atreva a poner en comparación al hijo de Sofronisco con el hijo de María? ¡Qué distantes uno del otro! Sócrates, muriendo sin dolor, sin ignominia, sostuvo con facilidad hasta el final su papel, y si esta muerte tan fácil no hubiera adornado su vida, acaso creeríamos que con toda su sabiduría, Sócrates no pasó de ser un sofista. Se opina que inventó la moral, pero otros la habían practicado antes que él; no hizo otra cosa que colocar en lecciones sus ejemplos. Arístides había sido justo antes de que hubiera dicho Sócrates qué cosa era la justicia. Leónidas fue muerto por su pueblo antes de que Sócrates dictase como una obligación el amor a la patria. Esparta se distinguía por su sobriedad antes de que Sócrates distinguiese la sobriedad en virtuosas figuras. Pues, ¿dónde había aprendido Jesús aquella pura y sublime moral, cuyo ejemplo y lecciones únicamente El nos ha legado? [29]. En la entraña del más feroz fanatismo se hizo oír la más elevada sabiduría, y la sencillez de las virtudes más nobles honró al más despreciable de todos los pueblos. La muerte de Sócrates, filosofando tranquilo y rodeado de sus amigos, es la más dulce que pueda esperarse; la de Jesús expirando en el patíbulo, afrentado, escarnecido, maldito de un pueblo entero, es la más horrible que puede temerse. Sócrates, bebiendo la copa envenenada, da la bendición al verdugo que lloroso se la presenta; Jesús, en medio de un horroroso suplicio, pide perdón para los que le martirizan. Si la vida y la muerte de Sócrates son de un sabio, la vida y la muerte de Jesús son únicamente de Dios. ¿Pensaremos que la historia del Evangelio ha sido inventada? Amigo mío, nada inventa así, y los hechos de Sócrates, de los que nadie duda, están menos comprobados que los de Jesucristo. En realidad, esto es desviar la dificultad sin destruirla; más incomprensible sería que varios hombres, puestos de acuerdo, hubiesen escrito este libro que el que uno solo haya dado materia para él. Jamás hubieran imaginado unos autores judíos ni aquel estilo ni aquella moral, y el Evangelio presenta caracteres de verdad tan grandes, tan de relieve, tan perfectamente inimitables, que aún sería el inventor más admirable que el héroe. A pesar de todo, el mismo Evangelio está lleno de cosas increíbles, que repugnan a la razón y no es posible que las conciba ni las admita ningún hombre sensato. ¿Qué se ha de hacer ante todas estas contradicciones? Ser siempre circunspecto y modesto, hijo mío: respetar en silencio lo que no podemos ni rechazar ni entender, y humillarnos en presencia del gran Ser, pues El es el único que sabe la verdad.

»He aquí el escepticismo involuntario en que me he quedado, pero no es un escepticismo en manera alguna penoso, porque no se extiende a los puntos esenciales en la práctica y porque ya estoy decidido respecto a los principios de todos mis deberes. Yo sirvo a Dios en la simplicidad de mi corazón y no procuro saber más de lo que importa para mi conducta. En cuanto a los dogmas que no influyen ni sobre las acciones ni sobre la moral, y que tantos se atormentan en observar atentamente, no me preocupan. Miro las religiones particulares como otras tantas instituciones saludables que en cada país prescriben un modo uniforme de honrar a Dios con un culto público, y todas pueden tener sus motivos en el clima, en el Gobierno v_ en la índole del pueblo, o en alguna otra causa local que haga preferible una a la otra, según los tiempos y lugares. Las creo todas buenas cuando en ellas se sirve a Dios como conviene. El culto esencial está en el corazón; Dios no desecha su homenaje cuando es sincero, sea cual fuere la forma en que se le ofrezca. Llamado en la que profeso al servicio de la Iglesia, desempeño con toda la posible exactitud las funciones que se me dictan, y me remordería la conciencia si faltase voluntariamente a ellas en un punto. Después de una dilatada suspensión, sabéis que por la mediación de una persona influyente, M. de Mellaréde, conseguí licencia de volver al ejercicio de mis funciones para ganarme la vida. Antes decía la misa con la ligereza a que se acostumbra uno, aun en las cosas más serias, cuando las hace con mucha frecuencia, pero desde mis nuevos principios la celebro con más veneración: me lleno de la majestad del Ser supremo, de su presencia, de la insuficiencia del espíritu humano, que concibe escasamente lo que tiene referencia con su autor. Teniendo en cuenta que le ofrezco las preces del pueblo en la forma prescrita, sigo con cuidado todos los ritos, recito atentamente, procuro no omitir la menor palabra, ni la menor ceremonia cuando se acerca el momento de la consagración; me recojo para hacerla con todas las disposiciones que exigen la Iglesia y la grandeza del sacramento; procuro excluir mi razón ante la inteligencia suprema, y digo en mí ¿Quién eres tú para medir el poder infinito? Pronuncio con respeto las palabras sacramentales, y doy a su eficacia toda la fe que depende de mí. Sea lo que fuere este incomprensible misterio, no temo ser castigado el día del juicio por haberlo profanado nunca en mi corazón.

»Honrado con el sagrado ministerio, aunque en la última clase, no haré ni diré nunca nada que me haga indigno del desempeño de las sublimes obligaciones. Explicaré siempre la virtud a los hombres, exhortándolos a que obren bien, y mientras pueda seré ejemplo para ellos. Por mí no quedará el lograr que amen la religión, ni el reafirmar su fe en los dogmas verdaderamente útiles y que están todos obligados a creer, pero no permita Dios que les predique nunca el tiránico dogma de la intolerancia ni los incite a odiar a su prójimo v a decir a otros hombres que serán condenados, que fuera de la Iglesia no hay salvación [30]. Si estuviese en un puesto más elevado, quizá pudiera esta reserva traerme malas consecuencias, pero soy muy humilde para tener que temer y no puedo caer mucho más bajo de donde estoy. Ante cualquier obstáculo, no blasfemaré contra la divina justicia, ni mentiré contra el Espíritu Santo.

»Durante mucho tiempo tuve la ambición de ser honrado con un curato; todavía la conservo, pero ya no lo espero. Mi buen amigo, no hallo cargo más hermoso que el de cura. Un buen cura es ministro de bondad, como un buen magistrado un ministro de la justicia. Un cura nunca tiene que hacer mal; si no puede hacer siempre bien por propia voluntad, debe estar siempre dispuesto cuando se le solicita, y frecuentemente lo consigue cuando se sabe hacer respetar. ¡Ah! Si alguna vez en nuestras montañas yo tuviera un humilde curato sirviendo a buenos aldeanos, sería feliz, porque me parece que haría felices a mis feligreses. No los haría ricos, pero yo compartiría su pobreza; les evitaría el abatimiento y el menosprecio, más insoportables que la indigencia. Haría que amasen la concordia y la igualdad, que a veces repelen, y la miseria siempre la hacen tolerable. Cuando viesen que en nada lo pasaba yo mejor que ellos y que, sin embargo, vivía contento, aprenderían a no renegar de su suerte y a vivir felices como yo. En mis sermones, seguiría menos el espíritu de la Iglesia que el del Evangelio, donde el dogma es sencillo y la moral sublime, donde se ven pocas prácticas de religión y muchas obras de caridad. Antes de mostrarles lo que se debe hacer, siempre me esforzaría en practicarlo, para que se dieran cuenta de que era fiel a todo lo que predicaba. Si hubieran protestantes cerca o en mi parroquia, no haría distingos con mis feligreses por lo que respecta a la caridad cristiana; los convencería a todos por igual para que se amasen los unos a los otros, que se considerasen como hermanos, que respetasen todas las religiones y que viviesen en paz cada uno en la suya. Creo que excitar a uno para que abandone la religión en que nació, es incitarle a que obre mal, y, por tanto, quien lo propone incurre en pecado. Mientras carezcamos de luces más claras, debemos mantener el orden público respetando las leyes en todos los países; no produzcamos ninguna perturbación al culto que profesen, no incitemos a los ciudadanos a la desobediencia, puesto que en realidad no sabemos si es un bien para ellos abandonar sus opiniones por otras, y sabemos con seguridad que es un mal desobedecer las leyes.

»Os he expuesto, querido joven, mi profesión de fe tal como la lee Dios en mi corazón; sois el primero a quien se la he descrito, y tal vez el único a quien la explique en mi vida. Mientras subsista alguna buena creencia entre los hombres, los espíritus serenos no deben ser perturbados ni sobresaltar la fe de los sencillos con dificultades que no pueden resolver y que los inquieten sin alumbrarlos, pero cuando todo está resentido, es preciso conservar el tronco a costa de las ramas. Las conciencias agitadas, inciertas, casi apagadas, y en el estado en que he visto la vuestra, necesitan que se las fortalezca y se las despierta, y para restablecerlas sobre la base de verdades eternas importa acabar de arrancar los pilares que se bambolean y en los que todavía creen encontrar apoyo.

»Estáis en la edad crítica en que el entendimiento se abre a la certidumbre, en que el corazón adquiere su forma y su carácter y en que uno se determina para toda la vida, sea para lo bueno, sea para lo malo. Más tarde la sustancia se endurece y ya no recibe impresiones nuevas. Joven, acoged en vuestra alma, todavía flexible, el sello de la verdad. Si no estuviese más seguro de mí mismo, con vos hubiera usado un estilo dogmático y decisivo, pero soy hombre, soy ignorante, y, por lo tanto expuesto a error. ¿Qué podía hacer? Os he mostrado sin reserva mi corazón; lo que yo considero cierto, os lo he presentado como cierto, como dudas mis dudas y como opiniones mis opiniones; os he expresado mis razones para dudar y para creer; por consiguiente, os toca a vos decidir. Os habéis tomado tiempo; sensata precaución que me hace tener una buena idea de vos. Primero poned vuestra conciencia en estado de que quiera que la iluminen; sed sincero con vos mismo, y de mí tomad opinión sobre lo que os haya convencido y rechazad lo demás. Aún no os ha depravado tanto el vicio que corráis el riesgo de escoger. Os propondría que debatiésemos largamente, pero el que discute se exalta; en la argumentación se introducen la vanidad y la obstinación, y ya no hay buena fe. Amigo mío, no discutáis nunca, pues en la discusión no se ilustra uno ni ilustra a los demás. Hasta después de meditar durante años, yo no me he decidido, y me atengo a mi resolución; mi conciencia está serena y mi corazón complacido. Si quisiera hacer un nuevo examen de mi sentir, no lo emprendería con más puro amor a la verdad, y siendo ya menos activo mi espíritu, no sería tan apto para comprenderla. Me quedaré como estoy, no sea que convirtiéndose insensiblemente el gusto por la contemplación en pasión ociosa, me entibie en el ejercicio de mis obligaciones o que recaiga en aquel anterior escepticismo, sin encontrar fuerzas para salir de él. Ha pasado ya más de la mitad de mi vida; sólo me resta el tiempo preciso para aprovechar lo que me queda de ella y borrar mis yerros con mis virtudes. Si me equivoco, es contra mi voluntad. Sabe muy bien el que lee en lo íntimo de mi corazón que no estoy apegado a mi ceguedad. No pudiendo desecharla por mis propias luces, el único medio que me queda para salir de ella es una noble vida, y si de las mismas piedras Dios pudo dar hijos a Abraham, todo hombre tiene derecho a esperar que será iluminado, con tal que se haga merecedor.

»Si mis reflexiones os conducen a que penséis como yo, a adoptar mi modo de sentir, y a que tengamos la misma profesión de fe, escuchad el consejo que os doy: No expongáis de nuevo vuestra vida a las tentaciones de la miseria y de la desesperación; no la dejéis arrastrar ignominiosamente a merced de los extraños y dejad de comer el vil pan de la limosna. Volved a vuestra patria, reconciliaos con la religión de vuestros padres y seguidla con espíritu sincero y no la abandonéis jamás. Es muy sencilla y muy santa, y entre todas las religiones de la tierra, creo que es la que tiene una moral más pura y la que más satisface a la razón. No deben preocuparos los gastos del viaje, pues se os facilitarán. Tampoco temáis al escrúpulo de un arrepentimiento vergonzoso; la culpa debe sonrojar si no se repara. Todavía estáis en la edad en que se perdona todo, pero en la que ya no se peca impunemente. Cuando queráis escuchar vuestra conciencia, mil vanos obstáculos desvanecerán su grito. Reconoceréis que en la incertidumbre en que vivimos, es presunción que no tiene disculpa profesar otra religión que aquella en que uno ha nacido, y sería una falsedad no practicar sinceramente la que uno profesa. Si nos extraviamos, tenemos una disculpa poderosa delante del tribunal del juez soberano. ¿No perdonará mejor el error en que uno fue criado que el de aquel que se atrevió a escoger por sí mismo?

»Hijo mío, conservad vuestra alma en situación de desear siempre que hay un Dios, y nunca lo dudaréis. En cuanto a lo demás, sea cual fuere la resolución que toméis, penetraos bien de que las verdaderas obligaciones de la religión son independientes de las instituciones humanas; que el verdadero templo de la Divinidad es el corazón del justo; que en todo país y en toda secta el sumario de la ley_ se cifra en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo: que no hay religión que dispense de las obligaciones de la moral, pues son las únicas verdaderamente esenciales; que la primera de estas obligaciones consiste en el culto interno, y que sin la fe no existe ninguna verdadera virtud.

»Apartaos de aquellos que, con pretexto de explicar la naturaleza, siembran en el corazón humano doctrinas desconsoladoras y cuyo escepticismo aparente es cien veces más afirmativo y dogmático que el estilo decisivo de sus contrarios. Con el arrogante pretexto de que sólo ellos son ilustrados, sinceros y de buena fe, nos sujetan imperiosamente a sus tajantes decisiones y pretenden darnos por principio verdadero de las cosas los sistemas ininteligibles que se han forjado en su imaginación. Por otra parte, derribando, destruyendo, pisando a sus plantas todo lo que respetan los hombres, privan a los afligidos del último consuelo de su miseria, quitan a los ricos y a los potentados el único freno de sus pasiones, desarraigan de los corazones el remordimiento del delito, la esperanza de la virtud, y todavía se jactan de ser los bienhechores del género humano. Dicen que la verdad nunca es perniciosa a los hombres, y a mi entender eso es una prueba decisiva de que no es la verdad lo que enseñan [31].

»Buen joven, sed sincero y verídico sin arrogancia, sabed ser ignorante, y no os engañaréis ni engañaréis a los demás. S1 un día la cultura de vuestro talento os pone en estado de hablar con los hombres, habladles siempre conformes a vuestra conciencia, sin preocuparos de los aplausos. El abuso y el saber origina la incredulidad. Todo sabio desdeña la opinión vulgar, y cada uno quiere imponer la suya. La orgullosa filosofía conduce al fanatismo. Evitad estos extremos, permaneced siempre firmes en el camino de la verdad o de lo que os parezca que lo es en la sencillez de vuestro corazón, sin desviaros nunca de ella por vanidad o por debilidad. Atreveos a confesar a Dios entre los filósofos, y a predicar la humanidad a los intolerantes. Os veréis solo en vuestro partido, pero con vos mismo llevaréis un testimonio, que os dispensará del de los hombres. Que os amen, que os aborrezcan, que lean o desprecien vuestros escritos, nada importa. Decid lo que sea cierto, haced lo que sea bueno. Lo que le importa al hombre es cumplir con sus deberes en la tierra, olvidándose de si trabaja para sí. Hijo mío, el interés particular nos engaña, y sólo la esperanza del justo es la que nunca engaña.»

He trasladado este escrito, no como regla de las ideas que deben seguirse en materia de religión, sino como un ejemplo del modo que se puede razonar con un alumno para no desviarse del método que he procurado establecer. Si no queremos ceder a la autoridad de los hombres, ni a las preocupaciones del país donde hemos nacido, las luces solas de la razón no pueden en la institución de la naturaleza llevarnos más lejos que a la religión natural, y a ésta me limito con mi Emilio. Si ha de tener otra, no me considero con derecho a ser su guía en esta parte; sólo a él le toca elegirla. Trabajemos de concierto con la naturaleza, y mientras ésta forma el hombre físico, formemos nosotros el hombre moral, pero nuestros progresos no son los mismos. Es ya fuerte y robusto el cuerpo cuando el alma es todavía indecisa y débil, y por más que haga el arte humano, siempre el temperamento antecede a la razón. Hasta aquí todo nuestro cuidado lo hemos puesto en retener el uno y excitar la otra, para que el hombre sea siempre el mismo en lo posible. Desenvolviendo su naturaleza, hemos ofuscado su sensibilidad naciente, y la hemos regulado cultivando su razón. Los objetos intelectuales moderaban la impresión de los objetos sensibles. Remontando al principio de las cosas, le hemos sustraído del imperio de los sentidos; era muy fácil elevarse desde el estudio de la naturaleza a la investigación de su autor.

Al llegar a esto, ¡qué nuevos medios tenemos para influir en nuestro alumno! ¡Cuántas maneras nuevas de hablar a su corazón! Es sólo entonces cuando encuentra su verdadero interés por ser bueno, en hacer el bien lejos de las miradas de los hombres, y sin que a ello le fuercen las leyes; en ser justo entre Dios y él, en cumplir con su deber, aunque dependa de su vida, y en llevar en su corazón estampada la virtud, no sólo por el amor del orden, al cual siempre prefiere cada uno el amor de sí mismo, sino por el amor del autor de su ser, amor que se confunde con este mismo amor de sí, para gozar al fin de la felicidad eterna que, después de haber hecho buen uso de esta vida, le prometen en la otra la serenidad de una buena conciencia y la contemplación del Ser Supremo. Fuera de esto, sólo veo injusticia, hipocresía y mentira entre los hombres; el interés particular, que en la concurrencia puede necesariamente más que todas las cosas, enseña a cada uno a disfrazar el vicio con máscara de virtud. Que todos los otros hombres hagan mi bien a costa del suyo, que todo se refiera a mí solo, que perezca si es preciso el género humano en la pena y la miseria para ahorrarme un momento de dolor o de hambre; éste es el lenguaje interior de todo incrédulo que razone. Sí, lo sostendré toda mi vida; cualquiera que en su corazón ha dicho: «No hay Dios», y habla de otro modo, es un mentiroso o un insensato.

Lector, haga lo que quiera, sé que vos y yo jamás veremos a mi Emilio bajo el mismo aspecto; siempre os lo figuráis parecido a vuestros jóvenes, siempre atolondrado, petulante, veleidoso, vagando de fiesta en fiesta, de diversión en diversión, sin poder fijarse nunca en nada, y os reiréis al ver que le presento como un contemplativo, un filósofo, un verdadero teólogo, en vez de un joven ardiente, vivo, arrebatado fogoso en la edad más ferviente de la vida. Diréis: «Este soñador siempre sigue con su fantástica imagen; cuando nos da un alumno a su manera no sólo id forma, sino que lo crea, lo saca de su cerebro, y convencido de que sigue sin cesar la naturaleza, se aparta de ella a cada estante». Siempre que comparo a mi alumno con los vuestros, apenas encuentro nada en que puedan parecerse. Educado tan diferente, es casi un milagro si se asemeja en algo. Como ha pasado su infancia con toda la libertad que ellos se toman en su juventud, en ésta comienza a seguir la regla a que sujetaron a los otros en su niñez; esta regla para ellos es un castigo, le cogen horror y no ven en ella otra cosa que la larga tiranía de los maestros; no creen que salen de la infancia si no sacuden toda especie de yugo [32]; entonces se cobran de la larga sujeción en que los retuvieron, como un prisionero, libre de rejas, extiende, agita y flexibiliza sus miembros.

Por el contrario, Emilio se honra con hacerse hombre y sujetarse al yugo de la razón naciente; ya formado su cuerpo, no necesita los mismos movimientos y comienza a detenerse por sí mismo, mientras que su espíritu medio desenvuelto procura recíprocamente tomar su vuelo. De modo que la edad de razón, para unos, es la edad de la licencia, y para el otro es la edad del raciocinio.

¿Queréis saber si están ellos o él más cerca de la naturaleza? Observad las diferencias en los que se han alejado menos de ella, contemplad los jóvenes de las aldeas y ved si son tan petulantes como los vuestros. «Durante su infancia, los salvajes -dice Le Beau-, siempre están en actividad, y se ocupan en varios juegos que les agitan el cuerpo, pero al llegar a la edad de la adolescencia, se vuelven tranquilos, pensativos y no se aplican más que a juegos serios o de azar» [33]. Emilio, habiéndose educado con toda la libertad de los jóvenes campesinos y salvajes, debe cambiar y quedarse quieto como ellos cuando sea mayor; toda la diferencia consiste en que, en vez de obrar únicamente por jugar o alimentarse, en sus ocupaciones y en sus juegos ha aprendido a pensar. Cuando por este camino ha llegado a tal término, se encuentra va dispuesto para aquel en que le introduzco; los objetos de reflexión que le presento excitan su curiosidad, porque son hermosos en sí, nuevos para él, y está en estado de comprenderlos. En cambio, vuestros jóvenes, hastiados, aburridos con vuestras insípidas lecciones, con vuestras prácticas, con vuestros continuos catecismos, ¿cómo no se han de negar a la aplicación que tan tristes les han hecho, a los pesados preceptos con que no han cesado de abrumarlos, a las meditaciones sobre el autor de su ser, que les han presentado como enemigo de sus gustos? A todo esto le han tomado aversión, tedio y repugnancia, y si la violencia ha engendrado en ellos la antipatía, ¿cómo queréis que en ello se ocupen cuando pueden disponer de sí? Hacen falta novedades para agradarles, y no les gusta nada de cuanto se dice a los niños. Lo mismo sucede con mi alumno cuando es hombre, le hablo como a hombre, y sólo le digo cosas nuevas, y precisamente porque aburren a los otros deben ser de su gusto.

He aquí cómo le hago ganar tiempo de dos modos, retardando, en beneficio de la razón, los progresos de la naturaleza. Pero, ¿he retardado efectivamente estos progresos? No. pues sólo he impedido que los acelere la imaginación; he contrapesado con lecciones de otra especie las precoces lecciones que de otra parte recibe el joven. Mientras el torrente de nuestras instituciones le arrastra, atraerle en sentido contrario por otras distintas no es sacarle de su puesto, es mantenerle en él.

Llega por fin el verdadero momento de la naturaleza, y es necesario que llegue, porque hace falta que el hombre muera y se reproduzca, para que dure la especie y se conserve el orden del mundo. Cuando por los signos de que he hablado presintáis el momento crítico, al instante abandonad para siempre vuestro antiguo procedimiento. Todavía es vuestro discípulo, pero ya no es vuestro alumno, sino vuestro amigo; es un hombre y tratadle como tal.

¡Cómo! ¿He de renunciar a mi autoridad cuando más necesaria la creo? ¿He de abandonar al adulto a sí mismo en el momento que menos se sabe conducir y que son mayores sus extravíos? ¿He de renunciar a mis derechos cuando más le importa que use de ellos? ¡Vuestros derechos! ¿Quién os dice que renunciéis? Ahora es cuando comienzan en beneficio suyo. Hasta aquí sólo por habilidad o por fuerza obteníais de él lo que deseabais. No conocía la autoridad ni la ley de la obligación; era preciso que le apremiarais o le engañaseis para que os obedeciera. Pero mirad con cuántas nuevas cadenas habéis aprisionado su corazón. La razón, la amistad, la gratitud, mil afectos le hablan con un tono que no puede desconocer, y el vicio todavía no le ha ensordecido; todavía sólo es sensible a las pasiones de la naturaleza. La primera de todas, que es el amor de sí mismo, os lo entrega, y también os lo entrega el hábito. Si un arrebato momentáneo os lo arrebata, el arrepentimiento os lo devuelve al instante; el sentimiento que le une con vos es el único permanente; los demás todos se siguen y se borran mutuamente. No dejéis que se corrompa, y siempre será dócil: cuando comienza a demostrar rebeldía, ya está pervertido.

Confieso que si oponiéndoos abiertamente a sus nacientes deseos calificáis neciamente de delitos sus nuevas necesidades, pronto dejará de escucharon, pero en, cuanto abandonéis mi método, no respondo de nada. No perdáis nunca de vista que sois el ministro de la naturaleza, y nunca seréis su enemigo.

Pero, ¿qué determinación se debe tomar? No queda aquí otra alternativa que favorecer sus inclinaciones o combatirlas, ser con él condescendiente o tirano, y tan peligrosas consecuencias traen consigo ambas posturas, por lo que se debe meditar mucho para la elección.

El primer medio que se ofrece para resolver esta dificultad es casarlo cuanto antes; sin duda es el procedimiento más seguro y más natural, pero dudo que sea lo mejor ni lo más útil. Después expondré mis razones; ahora entiendo que los jóvenes deben casarse desde la edad núbil, pero llegan a esta edad antes de tiempo; nosotros somos los culpables de su precocidad, y esa edad debe prolongarse hasta la madurez.

Si bastase con escuchar las inclinaciones y seguir su inclinación, sería asunto concluido en breve, pero median tantas contradicciones entre los derechos de la naturaleza y las leyes sociales que poseemos, que para conciliarlos es preciso mucho arte para impedir que el hombre social sea totalmente artificial.

Por las razones que antes he expuesto, creo que con los medios que he indicado y otros parecidos, puede por lo menos adargarse hasta los veinte años la ignorancia de los deseos y la pureza de los sentidos, y tan cierto es esto, que entre los germanos el joven que perdía la virginidad antes de esta edad era considerado indigno, y con razón los autores atribuyen a la continencia de estos pueblos durante su mocedad el vigor de su constitución y la numerosa prole.

Esta prole puede prolongarse mucho, y hace pocos años que no había nada más natural, incluso en Francia. Entre otros ejemplos notables, el padre de Montaigne, hombre no menos escrupuloso y verídico que robusto y bien constituido, aseguraba que había contraído matrimonio siendo virgen, a los treinta y tres años, después de haber servido mucho tiempo en las guerras de Italia, y en los escritos del hijo se puede ver el vigor y la jovialidad que conserva el padre pasados sus sesenta años. Ciertamente la opinión contraria se funda más en el conocimiento de la especie en general que en nuestras preocupaciones y en nuestras costumbres.

Puedo, pues, dejar aparte el ejemplo de nuestra juventud, que no prueba nada para quien no ha sido educado como ella. Teniendo en cuenta que la naturaleza en esta materia no tiene época fija que no se pueda avanzar o retardar, creo posible, sin salir de su ley, suponer que Emilio, por mis desvelos, ha permanecido hasta ahora en su primitiva inocencia, y veo que va a finalizar esta época. Rodeado de peligros, que aumentan continuamente, va a escapárseme por más que yo quiera evitarlo. En la primera ocasión, que no tardará en presentarse, seguirá el ciego instinto de los sentidos, y se puede apostar mil contra uno que se va a perder. He reflexionado mucho sobre las costumbres de los hombres para que se me oculte el invencible influjo de este primer instante en lo restante de su vida. Si disimulo y finjo que no veo nada, se vale de mi debilidad; creyendo que me engaña, me desprecia, y soy cómplice de su pérdida; si intento traerle al buen camino, ya no es tiempo y no me escucha; me hago molesto, odioso, insoportable para él; no tardará mucho en desembarazarse de mí. Un solo partido razonable tengo que tomar, y es hacerle a él mismo responsable de sus acciones, preservarle de los lazos del error y hacer que vea palpables los peligros que le rodean. Hasta aquí le contenía por su ignorancia; ahora es necesario contenerle por sus luces.

Estas nuevas instrucciones son muy importantes, y es conveniente tomar las cosas con más anticipación. Este es el instante de rendir, por decirlo así, cuentas con él, de exponerle el empleo de su tiempo y el mío, de declararle lo que es él y lo que soy yo, lo que he hecho y lo que él ha hecho, lo que nos debemos mutuamente, todas sus relaciones morales, todos los compromisos que ha contraído, hasta qué punto ha llegado en el progreso de sus facultades, el camino que le queda por andar, las dificultades que hallará y los medios de salvarlas, en qué le puedo yo valer todavía, y en qué puede valerse él solo; por último. el punto crítico en que se encuentra, los nuevos peligros que le rodean y todas las razones sólidas que le deben persuadir de que ha de vigilarse a sí mismo con la mayor atención antes de escuchar sus nacientes deseos.

Pensad que para conducir a un adulto es necesario practicar lo opuesto de todo lo que habéis hecho para conducir a un niño. No dudéis en instruirle de los peligrosos misterios que por tanto tiempo y con tanto cuidado le habéis ocultado. Ya que es preciso que al fin lo sepa, importa que no los aprenda de otro ni de sí mismo, sino de vos sólo, pues como desde hoy está destinado a combatir, para que no le cojan de sorpresa, que conozca a su enemigo.

Los jóvenes que llegan a conocer bien estas materias, sin saber cómo, no se han instruido impunemente. Como esta imprudente instrucción no puede tener objeto honesto, mancha por lo menos la imaginación de quienes la adquíeren y los dispone para los vicios de los que se la dan. Y no es esto todo: los criados se insinúan en el ánimo del niño, se ganan su confianza, le hacen que mire a su ayo como un personaje triste y fastidioso, y uno de los principales asuntos de sus secretos coloquios es hablar mal de él. Cuando el alumno hace esto, el maestro se debe retirar, pues nada bueno puede ya conseguir.

Pero, ¿por qué el niño escoge confidentes particulares? Siempre es por la tiranía de los que le gobiernan. ¿Por qué se había de esconder de ellos si no se viera obligado a hacerlo? ¿Por qué se había de quejar si no tuviera motivo? Naturalmente, ellos son sus primeros confidentes, y por el ansia con que les dice lo que piensa, vemos que cree que sólo a medias ha pensado, hasta que se lo ha dicho. Estad seguro de que si el niño no teme de vos, sermones ni reprimendas, siempre os lo dirá todo y no se atreverán a confiarle nada que deba callaros cuando estén seguros de que todo os lo ha de relatar.

Lo que más me hace confiar en mi método es que, siguiendo sus efectos con la mayor exactitud posible, no veo una situación en la vida de mi alumno que no me deje alguna agradable imagen de él. En el mismo momento en que le arrastran los furores del temperamento, y en que, sublevado contra la mano que le sujeta, forcejea y comienza a deslizarse, en sus agitaciones y arrebatos todavía encuentro primitiva su sencillez; su corazón, tan puro como su cuerpo, no conoce otro disfraz que el vicio; ni las reprensiones ni el menosprecio le han acobardado y nunca el miedo le enseñó a disfrazarse. Tiene la falta de cautela de la inocencia; es ingenuo sin escrúpulo, y todavía no sabe para qué sirve el engañar. No pasa un movimiento por su mente que no me lo digan sus ojos o su boca, y muchas veces los sentimientos que experimenta los advierto yo antes que él.

Mientras continúe abriéndome su alma con esta libertad, y diciéndome con gusto lo que siente, nada tengo que temer, el peligro todavía no está próximo, pero si se vuelve más tímido, más reservado, si advierto en sus conversaciones la primera confusión de la vergüenza, ya se abre paso al instinto, ya comienza a juntarse con él la noción del mal; no hay que perder un momento más, y si no me apresuro a instruirle, pronto se instruirá él a despecho mío.

Más de un lector, aun cuando adopte mis ideas, creerá que sólo se trata aquí de una conversación entablada por casualidad con el joven, y que con esto es suficiente. ¡Ah, el corazón humano no se gobierna así! Nada significa lo que dice si no se ha preparado al momento de decirlo. Antes de sembrar es necesario cavar la tierra; la semilla de la virtud brota difícilmente y exige muchas labores para que eche raíces. Una de las causas de que sean inútiles las predicaciones es que las dirigen indistintamente a todo el mundo, sin elección ni discernimiento. ¿Cómo pueden pensar que un mismo sermón convenga a tantos oyentes de tan diverso modo dispuestos y que tanto se diferencian en talento, en genio, en edad, en sexo, en estado y en opinión? Acaso no hay dos a quienes pueda convenir lo que se dice a todos, y tan poca constancia tienen todas nuestras afecciones, que no hay seguramente dos momentos en la vida de cada hombre en el que el mismo razonamiento produzca en él la misma impresión. Júzguese si cuando inflamados los sentidos enajenan el entendimiento y tiranizan la voluntad es el momento de escuchar las graves lecciones de la sabiduría. No vayáis, pues, con razones a los jóvenes, si aún no han llegado a la edad del razonamiento, si antes no les habéis preparado para entenderos. La mayor parte de los razonamientos perdidos lo son más por culpa de los maestros quede los discípulos. El pedante y el instructor dicen aproximadamente las mismas cosas, pero el primero las dice sin ton ni son, y el segundo cuando está seguro de su efecto. Como un sonámbulo, andando mientras duerme, puede llegar al borde de un precipicio, en el que caería si de repente le despertaran, así mi Emilio, en el sueño de la ignorancia, evita peligros que no percibe; si le despierto sobresaltándole, está perdido. Procuraremos primero alejarle del precipicio y después le despertaremos para mostrárselo desde lejos.

La lectura, la soledad, la ociosidad, la vida regalada y sedentaria, el trato con las mujeres y con los jóvenes son los peligrosos senderos por los que a su edad puede andar y que le tienen constantemente al lado del peligro. Distraigo sus sentidos con otros objetos sensibles; abriendo otro curso en su espíritu le desvío del que comenzaban a tomar; ejercitando su cuerpo con trabajos fatigosos detengo la actividad de la imaginación que le espolea. Cuando trabajan mucho los brazos, la imaginación descansa; cuando el cuerpo está muy cansado, el corazón no se agita. La precaución más rápida y más fácil es sacarle del peligro local. Primero me lo llevo fuera de la ciudad, lejos de todo lo que puede tentarle. Pero esto no es suficiente, porque, ¿en qué desierto, en qué agreste asilo se librará de las imágenes que le persiguen? Es inútil apartar los objetos peligrosos si no se aparta también su memoria; si no encuentro la manera de desprenderle de todo, si no le distraigo de sí mismo, era igual dejarle donde estaba.

Emilio sabe un oficio, pero no está en él nuestro recurso; quiere y entiende la agricultura, pero no basta; las ocupaciones que conoce se vuelven una rutina para él, y cuando las práctica es como si no hiciera nada, porque piensa en otra cosa; la cabeza y los brazos obran separadamente. Necesito otra ocupación que le interese por su novedad, que desee atenderla, que le guste y se la apropie; una ocupación con la que se apasione y a la que se dé por entero. La única que, según mi parecer, reúne todas estas condiciones, es la caza. Si alguna vez es un placer inocente y conveniente al hombre, ahora es cuando necesitamos sus recursos. Emilio posee todo lo que se precisa para salir airoso de la caza: es robusto, hábil, paciente, infatigable. Con toda seguridad se aficionará a este ejercicio, se entregará a él con el ardor propio de su edad y por lo menos irá perdiendo por algún tiempo las peligrosas inclinaciones que nacen de la molicie. La caza endurece tanto el corazón como el cuerpo; acostumbra a la sangre, a la crueldad. A Diana la han hecho enemiga del amor, y la alegoría es muy justa. Los delirios del amor sólo nacen de un blando sosiego; un violento ejercicio sofoca los sentimientos tiernos. En los bosques, en los sitios agrestes, son tan diferentes las impresiones del amante y del cazador que lo mismos objetos les presentan imágenes totalmente distintas. Las frescas umbrías, los sotos, los gratos parajes del primero, son para el otro ojeos, batidas y jarales; donde el uno no oye más que pastoriles flautas, ruiseñores y dulces trinos, el otro piensa en los ladrídos de la jauría y en los gritos de los cazadores; uno imagina driadas y ninfas y el otro jinetes, caballos y rastreadores. Pasead por el campo con estas clases de hombres tan opuestos y pronto advertiréis la diferencia de su estilo, veréis que la tierra no tiene para ellos igual aspecto y el curso de sus ideas es tan diferente como distintas son sus aficiones.

Comprendo cómo se desarrollan esos gustos y cómo se halla al fin tiempo para todo, pero no se reparten así las pasiones de la juventud, a la cual, con darle una ocupación que le subyugue, pronto se olvidará de las demás. La variedad de los deseos viene de los conocimientos, y los primeros placeres que conocemos son durante mucho tiempo los únicos que anhelamos. No quiero que Emilio pase su juventud matando animales, ni pretendo justificar en todo esta feroz pasión; me basta con que me sirva lo suficiente para atajar otra pasión todavía más peligrosa y me escuche con serenidad cuando le hable de ella y me dé tiempo para pintársela sin excitarle.

Hay épocas en la vida humana hechas para que jamás se olviden. De esta especie es para Emilio la instrucción de que hablo y que debe influir en él para el resto de sus días. Procuremos, pues, grabarla en su memoria de tal suerte que jamás la olvide. Uno de los errores de nuestro siglo es emplear la razón demasiado desnuda, como si los hombres fueran puro espíritu. Descuidando la lengua de los signos que hablan a la imaginación, hemos perdido el más enérgico de los idiomas. Siempre es débil la impresión de la palabra, y mejor hablan al corazón los ojos que el oído. Queriendo dejárselo todo al raciocinio, hemos reducido a palabras nuestros preceptos, y nada hemos explicado con acciones. La razón sola no es activa, y aunque algunas veces retiene, raramente excita y nunca hizo nada grande. Razonar siempre, es la manía de los espíritus apocados, pero las almas fuertes tienen otro idioma, y ese idioma es el que persuade y hace actuar.

Observo que en los siglos modernos no influyen los hombres unos con otros sino por la fuerza y el interés, mientras que los antiguos actuaban mucho más por la persuasión y por las afecciones del alma, porque no descuidaban el lenguaje de los signos. Todos los contratos se realizaban con gran solemnidad para que fuesen más inviolables; antes de que se estableciese la fuerza, eran los dioses los magistrados del género humano; delante de ellos hacían los particulares sus tratos, sus alianzas, pronunciaban sus promesas; la faz de la tierra era el libro donde se conservaban sus archivos; las rocas, los árboles, los pedregales, consagrados por estos actos, y acatados con respeto por aquellos hombres bárbaros, eran las hojas de este libro, abierto siempre a todos los ojos. El pozo del juramento, el pozo del vidente y el del viviente, el viejo roble de Mambré, el montón del testigo; he aquí los rudos pero augustos monumentos de la santidad de los contratos. Nadie habría osado atentar con mano sacrílega contra estos monumentos, y más segura estaba la fe de los hombres con la garantía de estos mudos testigos que no lo está hoy con todo el vano rigor de las leyes.

En el gobierno, el augusto aparato del poder real imponía respeto a los pueblos. Las señales de dignidad, un trono, el cetro, la vestidura de púrpura, la corona, la diadema, eran para ellos cosas sagradas. Estos respetados signos hacían venerable al hombre que veían adornado con ellos; sin soldados y sin amenazas, en cuanto hablaba era obedecido. Ahora que se llega a la abolición de estos signos [34], ¿qué resulta del menosprecio? Resulta que se borra de todos los corazones la majestad real, que los reyes sólo contando con sus tropas se hacen obedecer, y que el respeto de los súbditos únicamente se debe al temor al castigo. Los reyes ya no se toman la molestia de llevar su diadema, ni los grandes los signos de su dignidad, pero necesitan tener siempre cien mil brazos dispuestos para hacer ejecutar sus órdenes, y aunque esto les parezca más hermoso, es fácil comprobar que a la larga este cambio no les traerá ningún provecho.

Lo que los antiguos hicieron con la elocuencia es prodigioso, pero su elocuencia no consistía sólo en bellos y bien ordenados discursos, y nada produjo mejor efecto que la brevedad del orador. Lo que con más intensidad sentían no lo expresaban con palabras, sino con signos; no lo decían, sino que lo demostraban. El objeto que nos ponen ante los ojos conmueve la imaginación, excita la curiosidad, retiene el espíritu en expectativa de lo que van a decir, y muchas veces este objeto se lo dice todo. ¿Trasíbulo y Tarquino cortando las cabezas de adormideras, Alejandro poniendo su sello en la boca de su privado, Diógenes andando delante de Zenón, no hablaban mejor que con largos discursos? ¿Qué palabras hubieran expuesto con tanta propiedad las mismas ideas? Darío, metido con su ejército en la Escitia, recibe de parte del rey de los escitas un pájaro, una rana, un ratón y cinco flechas; el embajador entrega su presente, y sin decir nada se vuelve. En nuestros días ese hombre pasaría por loco. Tan terrible comunicación fue entendida, y Darío se volvió a su país con toda la rapidez que pudo. Sustituid estos signos con una carta; cuanto más amenazadora sea menos asustará; será una fanfarronada que sólo conseguirá la risa de Darío.

¡Cuánta atención ponían los romanos en el lenguaje de los signos! Distintas vestiduras según las edades y condiciones; togas, sayos, pretextas, bulas, sillas corules, lictores, haces, hachas, coronas de oro, de hierbas, de hojas, oraciones y triunfos; entre ellos todo era aparato, representación, ceremonia, y todo quedaba impreso en el corazón de los ciudadanos. Al Estado le importaba que se juntase el pueblo en tal sitio mejor que en otro, que viese o no viese el Capitolio, que estuviese o no vuelto hacia el Senado, que deliberase este día y no aquel otro. Los acusados mudaban de traje, y lo hacían los candidatos; los militares no ensalzaban sus proezas bélicas, sino que mostraban sus heridas. Cuando la muerte de César, me imagino que uno de vuestros oradores, queriendo inflamar al pueblo, habría agotado todos los lugares comunes de la oratoria para hacer una patética descripción de sus heridas, de su sangre y su cadáver. Antonio, aunque elocuente, no dice nada de eso: hace traer el cuerpo. ¡Qué retórica!

Pero esta digresión de un modo insensible me lleva lejos de mi asunto, como me sucede con otras muchas, y son demasiado frecuentes mis desviaciones para que puedan ser largas y tolerables; así, vuelvo a mi tema.

Jamás debéis razonar secamente con la juventud; revestid de un cuerpo la razón si queréis hacérsela sensible. Procurad que se le hinque en el corazón el idioma del entendimiento, para que se haga escuchar. Vuelvo a repetir que los argumentos fríos pueden determinar nuestras opiniones, pero nunca nuestras acciones; nos hacen creer y no obrar; se demuestra lo que se debe pensar, pero no lo que se debe hacer. Si esto es cierto tratándose de los hombres, con mayor razón lo será tratándose de los jóvenes todavía envueltos en sus sentidos y que sólo piensan en lo que imaginan.

Entonces, me guardaré muy bien, aun después de los preparativos indicados, de ir a deshora al dormitorio de Emilio para hacerle un largo y pesado razonamiento sobre el asunto en que le quiero instruir. Primero conmoveré su imaginación, escogeré el tiempo, el sitio, los objetos más propicios a la impresión que deseo excitar; llamaré, por decirlo así, a la naturaleza entera por testigo de nuestras conferencias; atestiguaré con el Ser eterno, pues es su obra, la verdad de mis palabras; le haré juez entre Emilio y yo, señalaré el sitio donde estamos, las rocas, los bosques, las montañas que nos rodean por monumentos de sus promesas y las mías; en mis ojos, en mi acento y en mi ademán brillarán el entusiasmo y el ardor que quiero inspirarle. Entonces hablaré, y me escuchará; me enterneceré, y se conmoverá. Adentrándole en la santidad de mis obligaciones haré que respete más las su as; animaré la fuerza del argumento con imágenes y figuras; no seré largo y difuso con frías máximas, sino abundante en afectos; mi razón será grave y sentenciosa, pero mi corazón nunca dirá lo suficiente. Entonces, mostrándole todo lo que por él hice, se lo haré ver como hecho por mi propia conveniencia, y en mi tierno cariño verá la razón de mis afanes. ¡Qué sorpresa, qué agitación le voy a causar cambiando repentinamente de expresión! En vez de turbar su espíritu hablándole siempre de su interés, de hoy en adelante sólo le hablaré del mío, y le tocaré más en lo vivo; inflamaré su tierno corazón con los afectos de amistad, de generosidad, de gratitud, los cuales ya he procurado que nazcan en él y que tan fácil es alimentar. Le estrecharé sobre mi pecho, derramando lágrimas de ternura, y le diré «Tú eres mi caudal, mi hijo y mi obra; de tu dicha espero la mía, si frustras mis esperanzas, me robas veinte años de vida y serás la desventura de mi vejez». De esta forma es como uno se hace escuchar de un joven y grava en lo íntimo de su corazón todo lo que le dice.

Hasta aquí he procurado dar ejemplos de cómo un ayo debe instruir a su discípulo en las ocasiones difíciles. Lo mismo he intentado hacer con éste, pero después de repetidas pruebas renuncio a ello, convencido de que la lengua francesa es demasiado delicada para soportar nunca en un libro el candor de las primeras instrucciones sobre ciertas materias.

Dicen que la lengua francesa es la más casta de todas, y a mi parecer es la más obscena, porque opino que la castidad de un idioma no consiste en evitar con esmero las expresiones lascivas, sino en no tenerlas. Efectivamente, para evitarlas es preciso pensar en ellas, y no existe ninguna lengua en que sea más difícil huir de toda malignidad que en la francesa. El lector, siempre más hábil en hallar significaciones obscenas que el autor en removerlas, se escandaliza y se revuelve. ¿Cómo no se ha de mancillar lo que pasa por oídos impuros? Por el contrario, un pueblo de buenas costumbres tiene términos propios para todas las cosas, los cuales son todos castos, porque siempre se usan castamente. No es posible imaginar idioma más modesto que el de la Biblia, precisamente porque todo está dicho con candor; pues para hacer inmodestas las mismas cosas, basta con traducirlas en francés. En cuanto a lo que yo he de decirle a mi Emilio no habrá nada que no sea honesto y casto a sus oídos, pero para que los lectores lo creyesen, sería necesario que tuvieran el corazón tan puro como el suyo.

Creo también que pudieran ocupar un lugar útil, en las conferencias de moral a que este asunto nos dará materia, algunas reflexiones acerca de la pureza del discurso y de la falsa delicadeza del vicio, porque cuando aprende el idioma de la honestidad, también debe aprender el de la decencia, y es preciso que sepa la causa de porqué son tan diferentes estas dos lenguas. Sea como fuere, yo sostengo que en vez de los vanos preceptos con que antes de tiempo fatigan las ideas de la juventud, y de que ésta se burla en llegando a la edad en que le serían oportunos; si se espera y se prepara al instante de hacerse escuchar; si entonces se le exponen las leyes de la naturaleza con toda su verdad; si se le .manifiesta la sanción de estas mismas leyes en los males ¡físicos y morales que a los delincuentes les acarrea su infracción; si hablándole del incomprensible misterio de la generación, con la idea del atractivo que dio a este acto el Autor de la naturaleza, se junta la del cariño exclusivo que lo hace delicioso, la de las obligaciones ' 'e fidelidad y pudor que le cercan, y que publican su encanto desempeñando su objeto; si pintándole el matrimonio, no solamente como la más dulce de las sociedades, sino como el más inviolable y sacrosanto de todos los contratos, describiéndole las razones que hacen respetable para todos los hombres un vínculo tan sagrado, y cubren de odio y maldición a cualquiera que se atreve a ofender su pureza; si se le hace una pintura verdadera de los horrores de la disolución, de su estúpido embrutecimiento, del declive insensible por el cual el primer desorden conduce a los demás, y por último arrastra a su pérdida a quien se entrega a él; si se le demuestra de forma evidente de qué manera con el amor de la castidad van unidos la salud, la fuerza, las virtudes, el mismo amor y todos los verdaderos bienes del hombre... ; sostengo que entonces se conseguirá que desee y llame esta misma castidad y que su espíritu acogerá dócilmente los medios que para conservarla le diéramos, porque la castidad la respeta el que aún la conserva, y sólo la desprecia el que la ha perdido.

No es cierto que la inclinación al mal sea invencible, y que uno no sea dueño de dominarla antes de haber adquirido el hábito de rendirse a ella. Dice Aurelio Víctor que muchos arrebatados de amor compraron voluntariamente con su vida una noche pasada con Cleopatra, y no es imposible este sacrificio en la embriaguez de la pasión. Pero supongamos que viese el aparato del suplicio, seguro de perecer en los tormentos pasado un cuarto de hora, el hombre más bárbaro y que menos domine sus sentidos, no sólo desde aquel instante vencería sus tentaciones, sino que no le costaría nada resistirlas; pronto le distraería de su obsesión la horrorosa imagen que las acompañaría, y siempre rechazadas se cansarían de volver. Es la tibieza de nuestra voluntad lo que constituye nuestra flaqueza; siempre somos fuertes para realizar lo que con fuerza queremos: volenti nihil difficile; «nada es difícil para quien quiere. ¡Ah!, si detestásemos el vicio tanto como amamos la vida, nos abstendríamos tan fácilmente de una culpa agradable como de un veneno mortal en un manjar delicioso.

¿Cómo no se ve que si todas las lecciones que se dan sobre este punto a un joven no tienen éxito, se debe a que no corresponden a sus años y que en todas las edades importa revestir la razón de formas que la hagan amable? Habladle seriamente cuando sea preciso, pero que tenga siempre lo que le decís un atractivo que le impulse a escucharon. No os opongáis a sus deseos con sequedad, no ahoguéis su imaginación, guiadla y evitaréis que engendre monstruos. Habladle del amor, de las mujeres, de los placeres; haced que halle en vuestras conversaciones un agrado que halague su juvenil corazón; procurad por todos los medios que os haga su confidente, y al conseguirlo seréis verdaderamente su maestro. No temáis entonces que le aburran vuestras confidencias; lo que él querrá será haceros hablar más de lo que queréis.

No dudo un instante de que si, conforme a estas máximas, he sabido tomar todas las precauciones necesarias y decir a Emilio las cosas que se adaptan con la situación a que ha llegado con el progreso de los años, él mismo vendrá al punto a que le quiero conducir, y se pondrá con deseo bajo mi amparo, y con toda la vehemencia propia de su edad me dirá atemorizado ante los peligros que ve que le rodean: «¡Oh, amigo, protector y maestro mío!, volved a tomar la autoridad que queréis abandonar en el momento que más necesito que la conservéis; hasta aquí la teníais por mi debilidad, pero ahora la tendréis por mi voluntad y será para mí más sagrada. Libradme de todos los enemigos que me rodean, y principalmente de los más traidores que llevo dentro de mí; velad vuestra obra para que sea digna de vos. Deseo obedecer vuestras leyes, y si alguna vez os desobedezco, será a pesar mío; hacedme libre protegiéndome contra las pasiones que me asedian y sea yo dueño de mí mismo, no obedeciendo a mis sentidos, sino a mi corazón».

Cuando hayáis conducido a vuestro alumno a este punto (y si no acudiera a él sería vuestra la culpa), guardaos de tomarle muy pronto la palabra, para que si un día encuentra vuestro imperio muy rudo, no se crea con derecho a librarse de él acusándoos de haberle sorprendido. En ese momento son adecuadas la gravedad y la discreción, y vuestro tono le afectará más porque será la primera vez que lo habréis empleado.

Le diréis pues: «Joven, con mucha ligereza contraéis obligaciones difíciles, y sería necesario que las conocieseis antes para tener derecho a imponéroslas ; no sabéis con qué furor arrastran los sentidos a vuestros semejantes en el remolino de los vicios, debido al atractivo del placer. No tenéis el alma abyecta, bien lo sé; nunca violaréis vuestra fe, pero muchas veces quizá os arrepentiréis de haberla empeñado. ¡Cuántas veces maldeciréis a quien os ama cuando por libraros de los males que os amenazan se vea obligado a destrozaros el corazón! Así agitado Ulises con el canto de las sirenas, suplicaba a sus conductores que le desatasen; seducido por los atractivos del placer trataréis de romper vuestras ligaduras, me importunaréis con vuestros lamentos, me reprocharéis mi tiranía cuando con más ternura me ocupe de vos; sin pensar en otra cosa que en vuestra felicidad, me ganaré vuestro aborrecimiento. ¡Oh, mi Emilio!, nunca podré soportar la idea de serte odioso, tu misma felicidad es muy cara a este precio. No os dáis cuenta, buen joven, que obligándoos a obedecerme me obligáis a que os conduzca, a que me olvide de mí para dedicarme a vos, a no escuchar vuestros lamentos ni vuestras murmuraciones, a combatir continuamente vuestros deseos y los míos? Me imponéis un yugo más duro que el vuestro. Antes de que los dos carguemos con él, consultemos nuestras fuerzas, tomaos tiempo, concedédmelo para que lo medite, y sabed que el que promete con más lentitud, siempre es el más fiel en cumplir».

Sabed también que cuanto más dificultades pongáis en esta promesa, más facilitaréis su cumplimiento. Importa que el joven reconozca que promete mucho y que vos prometéis aún más. Cuando haya llegado el momento, y cuando haya firmado, por decirlo así, el contrato, cambiad de lenguaje, usad de tanta dulzura en vuestro imperio como severidad le habíais anunciado. Decidle «Querido joven, os falta experiencia, pero yo he procurado que no os faltase razón; estáis en estado de ver siempre los motivos de mi conducta, y para eso sólo necesitáis estar sereno. Obedeced siempre, y entonces pedidme cuentas de mis órdenes; estaré siempre dispuesto a haceros ver la razón de ellas en cuanto estéis en estado de comprenderme, y jamás temeré haceros juez entre vos y yo. Prometéis ser dócil y yo prometo aprovechar vuestra docilidad para hacer que seáis el más dichoso de los hombres. Os doy por garantía de mi promesa la suerte que hasta aquí habéis gozado; encontradme alguno de vuestra edad que haya vivido una vida tan dulce como la vuestra, y no os prometo nada más».

Después de fijar mi autoridad, mi primer cuidado será evitar los casos que obligan a hacer uso de ella. No omitiré nada para ganarme más y más su confianza, para hacerme el confidente de su corazón y el árbitro de sus placeres. Lejos de combatir los gustos de su edad, los consultaré para adueñarme de ellos-, me acomodaré a sus proyectos para dirigirlos, y no le proporcionaré una lejana felicidad a costa de la presente. No quiero que sea dichoso una vez, sino que lo sea siempre, si eso es posible.

Los que quieren guiar prudentemente a la juventud para preservarla de los lazos de los sentidos, le inspiran horror al amor y consideran un delito que a su edad piense en él, como si el amor fuera para los ancianos. Jamás convencen todas estas engañosas lecciones que el corazón desmiente. El joven conducido por un instinto más cierto, se ríe en secreto de las tristes máximas que finge admitir, y sólo espera el momento para rechazarlas. Todo esto va contra la naturaleza. Siguiendo una dirección opuesta, llegaré con más seguridad al mismo punto; no temeré avivar en él el dulce sentimiento que le embarga; se lo pintaré como la dicha suprema de la vida, porque lo es en efecto; cuando yo se lo pinté, quiero que se abandone a él-, haciéndole sentir el encanto que al deleite sensual añade la unión de los corazones, le apartaré del libertinaje, y por el amor será recatado.

¡Qué cortos alcances ha de tener quien en los nacientes deseos de un joven sólo ve un obstáculo en las lecciones de la razón! Yo veo el verdadero medio de hacer que sea dócil a estas lecciones. Las pasiones sólo se contrarrestan con otras; por su imperio se ha de resistir su tiranía, y siempre se han de sacar de la misma naturaleza los instrumentos propios para regularla.

Emilio no está destinado a vivir siempre solitario; miembro de la sociedad, debe cumplir sus deberes; nacido para vivir con los hombres, debe conocerlos. Cono» ce al hombre en general, pero le falta conocer al individuo. Sabe lo que hace cada uno en el mundo, y le falta ver cómo viven. Es hora de mostrarle el exterior de esta gran escena, cuyo oculto juego conoce ya. No se presentará con la inconsciente admiración de un joven atolondrado, sino con el discernimiento de un espíritu recto y justo. Sin duda sus pasiones le podrán engañar, ¿y cuándo no engañan a quien se deja arrastrar por ellas?, pero por lo menos no le engañarán las ajenas. Si las ve, las verá con los ojos del sabio, sin que tiren de él sus ejemplos ni le seduzcan sus preocupaciones.

Así como hay una edad apropiada para el estudio de las ciencias, hay otra en que mejor se aprenden los hábitos del mundo. El que los aprende de muy joven, los sigue toda su vida sin reflexión ni discernimiento, y aunque con mucha suficiencia, nunca sabe lo que se hace. Pero el que los aprende y ve sus razones, los sigue con más juicio y por consiguiente con más sensatez. Dadme un muchacho de doce años que no sepa nada de nada, y a los quince os lo devuelvo sabiendo tanto como el que desde sus primeros años habéis instruido, con la diferencia de que el saber del vuestro residirá en su memoria y el del mío en su juicio. De igual modo introducid a un joven de veinte años en el mundo; bien educado, será dentro de un año más amable y más juicioso que el que se hubiera criado en él desde su infancia, porque el primero es capaz de conocer las razones de todos los procederes relativos a la edad, condición y sexo, que constituyen este uso, y puede reducirlos a principios y aplicarlos a los casos no previstos, mientras que el otro, que no tiene más regla que la práctica, se encuentra con grandes dificultades en cuanto sale de ella.

Las muchachas francesas se educan todas en conventos hasta que contraen matrimonio. ¿Es que tal vez se pretende que se amolden sin dificultad a modales para ellas tan nuevos? ¿Acusará alguien a las mujeres de París de que carezcan de desenvoltura y de gracia, o que ignoran los hábitos del mundo porque no se han criado en él desde su infancia? Sostienen este prejuicio las mismas personas de la corte, que no conociendo nada más importante que esta insignificante ciencia, se imaginan, sin fundamento, que nunca es demasiado pronto para adquirirla.

Es cierto que tampoco hay que esperar hasta muy tarde. El que ha pasado su juventud lejos de la vida social tiene después un aire contraído y temeroso, dice siempre cosas fuera del caso, sus modales son pesados y desmañados, sin que el hábito de vivir con personas distinguidas se los pula, y no obstante su deseo de refinarse, se vuelve más ridículo. Cada clase de instrucción tiene su tiempo oportuno, que es preciso conocer, y sus peligros, que se han de evitar, y en ésta se reúnen más particularmente, pero tampoco expongo a ella a mi alumno sin las precauciones que le libren de estos peligros.

Cuando mi método guarda perfecta unidad bajo todos los conceptos, y cuando remedia un inconveniente evitando otro, entonces creo que es bueno y que no me aparto de la verdad. Esto creo hallarlo en el recurso que se me sugiere aquí. Si quiero ser austero y rígido con mi discípulo, perderé su confianza y pronto se ocultará de mí; si quiero ser complaciente y fácil o cerrar los ojos, ¿de qué le serviría estar bajo mi protección? No hago más que autorizar sus desórdenes y descargar su conciencia a expensas de la mía. Si le introduzco en el mundo con sólo el propósito de que se instruya, se instruirá más de lo que deseo. Si le tengo alejado de él hasta el fin, ¿qué habrá aprendido conmigo? Tal vez todo, menos el arte más necesario al hombre y al ciudadano, que es saber vivir con sus semejantes. Si yo doy a sus atenciones una utilidad muy lejana, será como nula para él, que sólo aprecia lo presente. Si me contento con ofrecerle pasatiempos, ¿qué bien le hago? Se amolda y no se instruye.

Nada de esto. Mi expediente solo lo soluciona todo. «Tu corazón, digo al joven, necesita una compañera; vamos a buscar la que te conviene; tal vez no la hallaremos fácilmente, pues el verdadero mérito siempre es raro, pero no nos precipitemos ni nos decepcionemos. Sin duda habrá alguna, y la encontraremos.» Con proyecto tan esperanzador le introduzco en el mundo. ¿Qué más necesito decirle? ¿No veis que ya está todo hecho?

Cuando le pinte la dama que le destino, imaginaos si sabré conseguir que me escuche, que mire con estimación y complacencia las cualidades que debe amar y que estén dispuestos sus sentimientos para lo que ha de buscar o rechazar. Sería necesario que yo fuese el más inhábil de los hombres si no le apasionara de antemano sin que él supiera por quién. No importa que el objeto que yo le pinto sea imaginario; es suficiente con que le inspire aversión a los que pudieran tentarle; es suficiente con que en todas partes encuentre comparaciones que le hagan preferir su fantástico objeto a los reales que se le presentasen, y el mismo amor verdadero, ¿no es fantasía, ilusión, mentira? Se ama más la imagen que uno se crea que el objeto a que la aplica. Si lo que amamos se viese exactamente como es, no habría amor en la tierra. Cuando se deja de amar, la persona amada sigue lo mismo que era antes, pero ya no la ve igual; se cae el velo del prestigio y el amor se desvanece. Luego, formando el objeto imaginario, soy árbitro de las comparaciones, e impido con facilidad la ilusión de los objetos reales.

No por eso quiero que engañemos a un joven pintándole un modelo de perfección que no pueda existir, pero elegiré los defectos de su dama de forma que a él le agraden y sirvan para corregirle de los suyos. Tampoco quiero que se le engañe, asegurándole que en realidad existe el objeto que le pintamos, pero si se le complace en la imagen, pronto deseará hallar el original. Este deseo está muy próximo a la suposición; es tarea de algunas descripciones hechas con habilidad, que bajo perfiles más sensibles den a este imaginario objeto algún aire de veracidad. Si quisiéramos darle un nombre, le diría riendo: «Llamemos Sofía a vuestra futura dama. Sofía es un nombre de buena suerte; si no es el de la que escojáis, será digna por lo menos de llevarlo, y podemos honrarla con él por adelantado. Después de todos estos detalles, sin afirmar ni sin negar, le esquivaré con pretextos y sus recelos se transformarán en certeza; creerá que hago un misterio de la esposa que le destino y que la verá cuando sea el momento. Una vez le hemos interesado, y ha sido buena la elección de la imagen que le hemos formado, todo lo demás es fácil; podemos exponerlo en el mundo casi sin riesgo. Defendedle sólo de sus sentidos, que su corazón está seguro.

Pero personifique o no el modelo que yo haya sabido hacerle amar, si este modelo está bien hecho, no le atraerá menos todo lo que se le asemeje, y no tendrá menos aversión a lo que se le diferencia que si fuese un objeto real. ¡Qué ventaja para preservar su corazón de los peligros a que debe estar expuesto, para reprimir con su imaginación sus sentidos, para sacarle sobre todo de las redes de esas educadoras de los jóvenes, cuya enseñanza cuesta tan cara y que solamente muestran cómo es el trato fino con que se pierde toda honestidad! ¡Sofía es tan modesta! Cómo verá sus acicalamientos? ¡Sofía es tan sencilla! ¿Cómo amará su compostura? Mucho distan de sus ideas sus observaciones, para que nunca le sean peligrosas.

Todos los que hablan de dirigir a los niños siguen las mismas preocupaciones y máximas, porque observan mal y reflexionan todavía peor. Ni por el temperamento ni por los sentidos comienza el extravío de la juventud, sino por la opinión. Si se tratase aquí de los muchachos que se educan en los colegios y de las niñas que se educan en los conventos, haría ver que hasta con relación a éstos es cierta mi proposición, porque las primeras lecciones que aprenden ambos, las únicas que fructifican, son las del vicio, y no es la naturaleza quien los corrompe, sino el ejemplo. Pero dejemos los pensionistas de los colegios y de los conventos con sus malos hábitos, pues siempre serán irremediables. Hablo de la educación doméstica. Tomad a un joven educado con recato en casa de su padre en provincias, y examinadle en el momento que llega a París o se introduce en el mundo; veréis que opina bien sobre las cosas honestas, y tiene la voluntad tan sana como la razón; que desprecia el vicio y tiene horror al libertinaje, y al solo nombre de una prostituta veréis en sus ojos el escándalo de la inocencia. Sostengo que no hay uno que se decida a entrar solo en las tristes moradas de estas desgraciadas, aun cuando sepa a qué se dedican y sienta necesidad de ellas.

Examinad de nuevo al joven después de seis meses, y no le reconoceréis. Sus libres conversaciones, sus máximas de salón, su ademán desenvuelto harían creer que era otro hombre si las bromas sobre su pasada inocencia, su vergüenza cuando se le recuerda no demostrasen que es el mismo. ¡Oh, cómo se ha formado en poco tiempo! ¿De dónde procede tan grande y brusca transformación? ¿Del progreso del temperamento? ¿Es que no hubiera hecho los mismos progresos en la casa paterna? Y allí seguramente no habría adquirido ese estilo ni aprendido esas máximas. ¿De los primeros placeres de los sentidos? Todo lo contrario; el que comienza a entregarse a ellos está inquieto, medroso, huye del bullicio y evita ser visto. Los primeros deleites son siempre misteriosos, el pudor los sazona y los oculta; la primera dama le hace tímido, no descarado. Absorto en un estado tan nuevo para él, el joven se recoge para gozarlo y siempre teme perderlo. Si es estrepitoso, ni goza ni ama; el que se jacta no ha gozado.

Otras maneras de pensar son las que han originado estas diferencias. Su corazón aún es el mismo, pero sus opiniones han cambiado. Sus sentimientos, más tardos en alterarse, al fin se alterarán por ellas, y entonces sí que estará verdaderamente corrompido. Apenas se ha introducido en el mundo, adquiere una segunda educación totalmente contraria a la primera, por la cual aprende a despreciar lo que estimaba y a estimar lo que despreciaba; le hacen ver las lecciones de sus padres y maestros como una jerga de pedantes y los deberes que le han enseñado con sus prédicas como una moral pueril, que cuando hombre debe desechar. Por su prestigio se cree obligado a cambiar de conducta; se vuelve emprendedor sin deseos y presumido para que no le avergüencen; se burla de las buenas costumbres, antes de haber cogido gusto a las malas y presume de libertinaje sin ser libertino. Nunca olvidaré la confesión de un joven oficial de guardias suizos, quien se aburría mucho con las ruidosas diversiones de sus camaradas y no osaba apartarse de ellos por temor de que se burlasen de él. «Me ejercito en esto -decía-, como con el tabaco, no obstante mi repugnancia; con el hábito vendrá el gozo, pues no hay que ser niño toda la vida.»

Así, pues, cuando un joven se introduce en el mundo se le debe preservar más de la vanidad que de la sensualidad; cede más a las propensiones ajenas que a las suyas, y el amor propio hace más libertinos que el amor.

Supuesto esto, pregunto si existe en la tierra otro mejor acorazado que el mío contra todo lo que puede atacar sus costumbres, sus sentimientos y sus principios ; si hay uno que esté más en estado de resistir al torrente. Porque, ¿contra qué seducción no está protegido? Si sus deseos le impulsan hacia el sexo, no halla en él lo que busca, y su corazón ya lleno le sujeta. Si sus sentidos le agitan y le acosan, ¿dónde hallará cómo contentarlos? El horror al adulterio y al libertinaje le aleja igualmente de las mujeres públicas como de las mujeres casadas, y los desórdenes de la juventud siempre comienzan por uno de estos dos estados. Una soltera puede ser coqueta, pero no será provocativa; no irá a ofrecer su persona a un joven que se puede casar con ella si la cree honesta, además de que siempre habrá alguien que la vigile. Por su parte no estará Emilio totalmente abandonado a sí mismo; los dos tendrán por guardianes el temor y la vergüenza, inseparables de los primeros deseos; no llegarán de repente a las últimas familiaridades y no tendrán tiempo de llegar sin obstáculo a ellas poco a poco. Para que sea de otro modo, es necesario que haya tomado ya lecciones de sus camaradas, que le hayan enseñado a burlarse de su propio recato y a volverse insolente a imitación de ellos. ¿Pero qué hombre hay en el mundo menos imitador que Emilio y que menos le afecten burlas, pues no tiene preocupaciones, ni cede nada a las de los demás? He tardado veinte años en armarle contra los burlones; necesitan más de un día para que se deje llevar de ellos, porque a sus ojos el ridiculizar es la razón de los necios, y no hay nada que haga más insensible a la ironía que ser superior a la opinión. En lugar de ingeniosidades, necesita razones, y mientras de aquí no salga, poco temo que le saquen de mi poder jóvenes alocados, sabiendo que están en mí la conciencia y la verdad, y si la preocupación ha de entrar a la parte, algo representa un cariño de veinte años; nunca le convencerán de que yo le haya aburrido con inútiles lecciones, y en un corazón recto y sensible, la voz de un fiel amigo sabrá imponer silencio a los gritos de veinte seductores. Como entonces sólo se trata de demostrarle que le engañan y que fingiendo tratarle como a un hombre le tratan como a un niño, me presentaré siempre sencillo, pero grave y claro en mis razones, para que se dé cuenta de que yo soy quien le trata como hombre. Le diré así «Ya veis que vuestro interés, que es el mío, es el único que dicta mis razones y que no puedo tener otro. ¿Pero, por qué os quieren convencer esos jóvenes? ¿Por qué quieren seduciros? Ni os aman, ni se interesan por vos; su único motivo es un secreto despecho de que valgáis más que ellos; quieren rebajaros hasta su pequeña medida, y si os reprochan el que os dejéis gobernar, es por gobernaros ellos. ¿Podéis creer que ganaríais algo con este cambio? ¿Su prudencia es superior? ¿Es su cariño de un día más fuerte que el mío? Para que sus burlas tuviesen algún peso, sería preciso que lo tuviese su autoridad, ¿y cuál es su experiencia para que hayan de preferirse sus máximas a las nuestras? No han hecho otra cosa que imitar a otros atolondrados, y quieren que recíprocamente los imiten a ellos. Por hacerse superiores a las pretendidas preocupaciones de sus padres, se esclavizan con las de sus camaradas. No veo lo que ganan con esto, pero sí que pierden dos grandes ventajas: la del amor paterno, cuyos consejos son sinceros y tiernos, y la de la experiencia que hace que uno opine sobre lo que conoce, porque los padres han sido hijos y los hijos no han sido padres.

»¿Pero al menos los creéis sinceros en sus locas máximas? No, querido Emilio; por engañaros, se engañan ellos; no están conformes consigo mismos ; su corazón los desmiente a cada instante, y frecuentemente su boca los contradice. Entre ellos los hay que se mofan de todo lo que es honesto, y se desesperarían si su esposa pensase como ellos. Algún otro lleva tan adelante la licencia de costumbres, que comprenderá en ella las de la mujer que todavía no tiene, o para mayor infamia las de la mujer que ya tiene, pero id más lejos: habladle de su madre, y ved sí admitirá voluntariamente que se le considere fruto de adulterio, hijo de una mujer de mala vida, que lleve sin corresponderle el nombre de su familia, que usurpe el patrimonio a su legítimo heredero; por último, que nos diga si soportará que le traten de bastardo. ¿Quién de ellos toleraría que cayese sobre su hija el deshonor que atribuyen a la ajena? Ni uno hay que no lo hiciera todo por quitaros la vida si practicaseis con él esos principios que intenta inspiraros. Así es como a la larga demuestran su inconsecuencia, sin que ninguno sienta ni crea lo que dice. He aquí mis razones, querido Emilio; pesad las de ellos, si tienen algunas, y comparad. Si quisiera recurrir a la ironía y al desprecio que les es habitual, veríais qué fácil es encontrar su flaco para ridiculizarlos, tanto como ellos a mí, o tal vez más. Pero yo no temo un examen serio. El triunfo de los burlones es de corta duración; la verdad permanece y su insensata risa desaparece.»

No os podéis imaginar la docilidad de Emilio al llegar a los veinte años. ¡Qué diferente pensamos! Yo no comprendo que pudiese serlo a los diez, porque a esta edad, ¿qué influencia tenía yo sobre él? He necesitado quince años dé cuidados para conseguirla. Entonces no le educaba, sino que le preparaba para ser educado; ahora lo está lo bastante para ser dócil; conoce la voz de la amistad y sabe obedecer a la razón. Es verdad que aparento abandonarle y dejarle en completa independencia, pero nunca estuvo tan sujeto a mí, y lo está porque quiere estarlo. Mientras no he podido apoderarme de su voluntad, no lo he dejado suelto, no he permitido que caminase a su antojo. Ahora le abandono alguna vez a sí mismo, porque siempre le gobierno. Cuando lo dejo le abrazo y le digo con mi mayor confianza: «Emilio, te confío a mi amigo, te entrego a su corazón honrado; él me responderá de ti».

No es labor de un momento anular afecciones sinceras que no han sufrido ninguna alteración anteriormente, ni borrar principios derivados de las primeras luces de la razón. Si acontece algún cambio durante mi ausencia, nunca será tan larga ni sabrá él ocultarse tan bien de mí que no vea yo el peligro antes de que se declare la enfermedad y que no esté a tiempo de remediarla. Como nadie se corrompe de repente, tampoco aprende de repente a disimular, y si hay un hombre torpe para este arte, es Emilio, que nunca tuvo ocasión de practicarlo.

Con estos cuidados y otros parecidos, creo que está tan protegido de los objetos extraños y de las máximas vulgares, que preferiría verle entre la peor sociedad de París antes que solo en su habitación o en un jardín, entregado a las inquietudes de su edad. Por más que hagamos, entre los enemigos que pueden atacar a un joven, el más peligroso y el único que no se puede evitar es ese enemigo que uno lleva en sí mismo, pero ese enemigo sólo es peligroso por culpa nuestra, porque, como he advertido mil veces, es por la imaginación que se despiertan los sentidos. Su deseo no es propiamente un deseo físico, ni es cierto que sea un verdadero deseo. Si nunca se hubiera presentado ante nuestros ojos un objeto lascivo ni se hubiera metido en nuestro espíritu una idea deshonesta, seguramente que nunca habríamos sentido ese pretendido deseo, y habríamos continuado castos, sin tentaciones, sin esfuerzos y sin mérito. No sabemos las fermentaciones sordas que en la sangre de la juventud excitan ciertas situaciones y ciertos espectáculos, sin que ella sepa distinguir la causa de esa primera inquietud, que no es fácil calmar y que no tarda en renacer. Por mí, cuanto más pienso en esta importante crisis y en sus causas, próximas o remotas, más me convenzo de que un solitario educado en un desierto, sin libros, sin instrucciones y sin mujeres, moriría virgen a cualquier edad que le llegara la muerte.

Pero aquí no se trata de un salvaje de esta especie. Educamos a un hombre entre sus semejantes y para la sociedad, y es imposible, ni tampoco conveniente, que 1e criemos en esta saludable ignorancia, y lo peor que hay para la castidad es saber a medias. El recuerdo de los objetos que nos han impresionado, las ideas que hemos conseguido, nos siguen en nuestro retiro, y a pesar nuestro lo pueblan de imágenes más seductoras que los mismos objetos, y es tan funesta la soledad para el que no puede desprenderse de ellas como es benéfica para el que las ignora y vive siempre solo.

Observad, pues, con mucho cuidado al joven; de todo lo demás él podrá resguardarse, pero a -vos os toca resguardarlo de sí mismo. No le dejéis solo ni de noche ni de día; dormid en su habitación, procurad que no se acueste hasta que le rinda el sueño, y que se levante así que se despierte. Desconfiad del instinto en el momento en que no estéis a su lado; es bueno en tanto que actúa solo, pero es sospechoso cuando se mezcla con las instituciones de los hombres; no se le debe destruir, sino regular, y regularlo quizá sea más difícil que aniquilarlo. Sería muy peligroso que enseñáseis a vuestro alumno a frenar sus sentidos y falsear las ocasiones de satisfacerlo, pues si llega a conocer ese peligroso suplemento está perdido; su corazón y su cuerpo quedarán enervados y hasta el final conservará los tristes efectos de ese hábito, el más funesto a que se puede exponer un joven. Sin duda sería preferible... Si los impulsos de un temperamento ardiente llegan a ser invencibles, mi querido Emilio, yo te compadezco, pero no vacilaré un instante, no sufriré porque el fin de la naturaleza sea eludido. Si te debe sojuzgar un tirano, prefiero entregarte a aquel de quien te puedo librar. Sea como fuere, te arrancaré más fácilmente de las manos de las mujeres que de ti mismo.

Hasta los veinte años el cuerpo crece y necesita de toda su sustancia; la continencia se halla entonces en el orden de la naturaleza, y sólo a costa de su constitución falta uno a ella. Después de los veinte años la continencia es un deber moral, que interesa para aprender a dominarse a sí mismo y a ser dueño de sus apetitos. Pero los deberes morales tienen sus modificaciones, sus excepciones, sus reglas. Cuando la debilidad humana hace inevitable una alternativa, prefiramos el menor de los dos males, pues en todo estado vale más cometer una falta que contraer un vicio.

Recordad que aquí yo no hablo de mi alumno, sino del vuestro. Sus pasiones, que habéis dejado fermentar, os dominan; ceded, pues, abiertamente, y sin regatearle su victoria, que si sabéis mostrársela en su verdadero sentido, antes se avergonzará que se enorgullecerá de ella, y os reservaréis el derecho de guiarle durante su extravío, para que por lo menos, evite los precipicios. Importa que nada, ni aun lo malo, haga el discípulo que no lo sepa y quiera el maestro, y cien veces vale más que el ayo apruebe una falta y se equivoque que ser engañado por su alumno y que la falta se hiciera sin que él lo supiese. Quien cree que debe cerrar los ojos para algo, pronto se ve obligado a cerrarlos para todo. La tolerancia ante el primer abuso acarrea otro, y esta cadena no se acaba hasta el trastorno de todo orden y el desprecio de toda ley.

Otro error que ya he combatido, pero que nunca saldrá de los espíritus apocados, es afectar siempre la dignidad magistral, y querer pasar por un hombre perfecto en el espíritu de su discípulo. Este método es contrario al juicio. ¿Cómo no se dan cuenta de que, pretendiendo afianzar su autoridad la destruyen, que para hacer escuchar lo que dicen es preciso que se coloquen en lugar de aquel a quien se dirigen y que es necesario ser hombre para saber hablar al corazón humano? Todos estos varones perfectos ni mueven ni convencen; siempre decimos que les es muy fácil combatir las pasiones que no sienten. Mostrad vuestras debilidades a vuestro alumno si queréis corregir las, suyas; que vea en vos los mismos combates que experimenta él; que aprenda a vencerse a ejemplo vuestro y no diga como los demás «Estos viejos despechados, porque ya no son jóvenes, quieren tratarnos como si fuéramos viejos, y porque ya están apagados sus deseos juzgan los nuestros como un delito».

Dice Montaigne que preguntó un día a De Langey: «Cuántas veces, por servir al rey, se había embriagado en sus negociaciones con Alemania». Igualmente yo le preguntaría al ayo de cierto joven cuántas veces había entrado en un burdel por servir a su alumno. ¿Cuántas veces? Me engaño. Si la primera no le quita al libertino el deseo de volver a ella, si no sale arrepentido y avergonzado, si no derrama sobre vuestro pecho torrentes de lágrimas, abandonadle al instante; o él es un monstruo o vos sois un imbécil, y nunca le serviréis para nada. Pero dejemos estos expedientes extremos, tan tristes como peligrosos y que no tienen conexión alguna con nuestra educación.

¡Cuántas precauciones hay que tomar con un joven decente antes de exponerle al escándalo de las costumbres del siglo! Estas precauciones son lamentables, pero indispensables; en este punto la negligencia echa a perder toda la juventud; por el desorden de la primera edad degeneran los hombres y les vemos llegar a lo que son después. Viles y cobardes en sus mismos vicios, tienen el alma mezquina, porque desde muy pronto se han corrompido sus castigados cuerpos y apenas les queda suficiente vida para moverse. Sus sutiles pensamientos descubren un espíritu sin calidad; nada grande y noble saben sentir, carecen de sencillez y vigor, son groseros en todo y la abyección y la falsedad les son comunes; ni siquiera poseen el suficiente coraje para ilustrarse en la perversidad. Estos son los hombres despreciables que se forman con nuestra crapulosa juventud; si se encontrase uno solo que supiese ser templado y sobrio, y que en medio de ellos consiguiese )reservar su corazón, su sangre y sus costumbres del contagio del ejemplo, a los treinta años aplastaría todos esos insectos y con menos dificultad que le costó ser dueño de sí mismo se convertiría en el dueño de todos ellos.

Por poco que el nacimiento o la fortuna hubiese hecho en favor de Emilio, sería él ese hombre, si quisiera serlo, pero los desprecia mucho para dignarse esclavizarlos. Observémosle ahora conviviendo con ellos, introducido en su mundo, no para sobresalir, sino para conocerlo y hallar una compañera digna de él.

Sea cual sea la condición de su cuna y la sociedad que empieza a frecuentar, su debut será simple y sin lucimiento, ¡y no permita Dios que tenga la desgracia de brillar! Sus cualidades que observa a primera vista no le impresionan, pues ni las posee ni quiere. Tiene en muy poco aprecio los juicios de los hombres para que lo tenga por sus preocupaciones, y no pretende que le aprecien antes de conocerle. Su forma de presentarse no es modesta ni vana; él es natural y sincero y desconoce la sujeción y el disimulo, y en medio de una concurrencia es el mismo que solo y sin testigos. ¿Será por esto grosero y desdeñoso, sin ser atención con nadie? Todo lo contrario, pues si cuando está solo no estima en nada a los demás hombres, ¿por qué no los ha de estimar en algo cuando convive con ellos? En sus modales no los prefiere a sí mismo porque en su corazón no los prefiere, pero tampoco les demuestra una indiferencia, de la que está muy distante; si no usa las fórmulas de la cortesía, no falta a las atenciones de la humanidad. No quiere ver sufrir a nadie, no ofrecerá su sitio a otro por cumplido, pero se lo cederá voluntariamente por bondad si ve que se han olvidado de él y entiende que le mortifica ese olvido, porque menos le molestará estarse voluntariamente de pie que ver que otro lo está por fuerza.

Aunque Emilio no estime a los hombres en general, no les demostrará desprecio, porque los plañe y se compadece de ellos. No pudiendo inculcarles afición a los bienes reales, les deja los de la opinión con que se contentan, no sea que, quitándoselos sin resarcírselos, les haga más desgraciados de lo que ya eran. Así pues, no es disputador, ni tiene espíritu de contradicción; tampoco es contemplativo ni adulador, y expone su opinión sin atacar la de nadie, porque ama la libertad por encima de todo y la sinceridad es uno de sus más bellos derechos.

Habla poco, porque no le interesa que se ocupen de él, y por la misma razón sólo dice lo que cree útil, y si no, ¿qué es lo que le obligaría a hablar? Emilio es demasiado instruido para caer en el defecto de hablador. El hablar mucho proviene necesariamente o de la pretensión de viveza, de que más tarde hablaré, o del aprecio de insignificancias y de la tontería de creer que los demás hacen de ellas el mismo caso que nosotros. El que conoce bastantes cosas para apreciarlas en lo que verdaderamente valen, nunca habla mucho, porque también sabe apreciar la atención que excita y el interés que inspiran sus palabras. Generalmente, las personas que saben poco hablan mucho, y las personas que saben mucho hablan poco. Es muy sencillo que un ignorante encuentre importante todo lo que sabe y se lo diga a todo el mundo, pero los instruidos no abren fácilmente su repertorio, pues tendrían mucho que decir, y ven que todavía quedan otros para hablar después de ellos, y se callan.

Lejos de chocar con las maneras de los demás, Emilio las admite con la mejor voluntad, no por parecer conforme con todo ni por afectar modales de hombre cortés, sino porque no le interesa que le distingan, para evitar que le noten, y nunca está más a gusto que cuan-do no reparan en él.

Aunque al introducirse en el mundo ignore absolutamente sus hábitos, no por eso es tímido y pusilánime; si se oculta no es por turbación, sino porque para ver bien es mejor no ser visto; lo que opinen de él no le inquieta, ni le asusta que le ridiculicen. Esto es la causa de que estando siempre sereno y tranquilo no le perturba la vergüenza. Tanto si le observan como no, lo que él hace siempre lo hace lo mejor que sabe; dueño siempre de sí para observar bien a los demás, comprende los esclavos de la opinión. Podemos decir que toma más pronto el estilo del mundo, precisamente porque le hace poco caso.

Sin embargo; no os engañéis acerca de su aspecto; no vayáis a compararle con el de vuestros agradables jóvenes. Es firme, no es vanidoso, sus modales son libres, pero no desdeñosos; el aire insolente es propio de los esclavos y la independencia no tiene nada de afectación. Nunca he visto que un hombre de espíritu altivo lo demuestre en su actitud; esta afectación es propia de las almas mediocres, que sólo así pueden imponer respeto. He leído en un libro que habiéndose presentado un día en la sala del famoso Marcel un extranjero, le preguntó de qué país era. «Soy inglés.» «¿Vos inglés? -exclamó el bailarín-; ¿vos de aquella isla donde los ciudadanos participan de la administración pública y son parte del poder soberano? [35]. No, señor; ese semblante abatido, ese mirar tímido, ese andar incierto, no anuncian más que un esclavo titulado de algún elector.»

No sé si este juicio demuestra mucho conocimiento de la verdadera conexión que tiene el carácter de un hombre con su exterior. Yo, que no tengo el honor de ser maestro de danza, habría pensado todo lo contrario. Hubiera dicho: «Este inglés no es cortesano, porque jamás he oído decir que los cortesanos tengan el semblante abatido y el andar inseguro; un hombre tímido en casa de un bailarín pudiera muy bien no serlo en la Cámara de los Comunes». Seguramente que Marcel debe considerar a sus compatriotas otros tantos romanos.

El que ama quiere ser correspondido. Emilio ama a los hombres, y por lo tanto, quiere agradarles. Con más razón quiere agradar a las mujeres; su edad, sus costumbres, sus proyectos, todo contribuye a alimentar en él ese deseo. Digo sus costumbres porque influyen mucho, los hombres que las tienen sanas son los que verdaderamente adoran a las mujeres. No recurren, como muchos, a cierto galanteo burlón, pero demuestran un sentimiento más sincero y más tierno, saliéndole del corazón. Junto a una mujer distinguiría yo entre cien mil libertinos al hombre que tiene buenas costumbres y que domina su naturaleza. Júzguese lo que será Emilio con un temperamento nuevo y tantos motivos para resistirlo. Creo que algunas veces se le verá tímido y confuso al lado de ellas, pero seguramente que esta confusión no les disgustará, y las un poco osadas, tendrán más de una vez el capricho de divertirse con ella y aumentarla. En cuanto a lo demás, su obsequio variará sensiblemente de forma según los estados. Será más modesto y respetuoso con las casadas y más tierno y más vivo con las solteras, pues no pierde de vista el objeto de sus investigaciones, y siempre demuestra más atención a lo que se las recuerda.

Nadie será más exacto que él para todas las atenciones fundadas en el orden de la naturaleza, incluso con el buen orden social, pero siempre preferirá las primeras a las últimas, y respetará más a un insignificante particular de más edad que él que a un magistrado de su misma edad. Como normalmente será uno de los más jóvenes en los círculos que frecuente, siempre será uno de los más modestos, y no por la vanidad' de parecer humilde, sino por un sentimiento natural y fundado en la razón. No tendrá el impertinente descaro de un joven fastuoso, que por divertir a la reunión habla más alto que la gente discreta e interrumpe a los ancianos, y no autorizará por su parte la respuesta de un noble anciano a Luis XV, quien le preguntó si le parecía mejor su siglo o éste: «Señor, he pasado mi juventud respetando a los ancianos, y ahora tengo que pasar mi vejez respetando a los niños».

Con un alma tierna y sensible, pero que no aprecia nada por la opinión, aunque le plazca agradar a los demás, poco se cuidará de producir efecto. De donde se deduce que será más afectuoso que cortés, que jamás será presuntuoso v que mejor le moverá un halago que mil elogios. Por las mismas razones no descuidará ni sus modales ni su atavío; acaso podrá haber alguna afectación en su traje, no por parecer hombre de gusto, sino por hacer más agradable su presencia, pero no recurrirá al marco dorado, y nunca desprestigiará sus galas con demostraciones de riqueza.

Vemos que todo esto no exige de mi parte mucha exhibición de preceptos y que es simple efecto de su primera educación. Se nos presenta con un gran misterio del uso del mundo, como si en la edad en que se adquiere ese uso no lo adquiriese uno naturalmente y no debiera averiguar sus primeras leyes un corazón recto. La auténtica urbanidad consiste en demostrar benevolencia, y la demuestra sin dificultad el que la tiene; sólo el que carece de ella se ve obligado a aparentarla.

«El efecto más desgraciado de la urbanidad que se usa es que enseña el arte de carecer de las virtudes que imita. Que nos inspiren en la educación la humanidad y la beneficencia, y tendremos urbanidad, o no la necesitaremos.

»Si no tenemos la que se anuncia por los modales, tendremos la que anuncia al hombre honrado y al ciudadano, y no tendremos necesidad de recurrir a la hipocresía.

»En lugar de ser artificioso para agradar, será suficiente con ser bueno; en lugar de ser hipócrita para halagar las debilidades ajenas, será suficiente con ser indulgente.

»Aquellos que procedan así, no se enorgullecerán, ni se corromperán; serán agradecidos y se volverán mejores.»

Me parece que si alguna educación puede producir la especie de urbanidad que aquí exige Duclos es aquella cuyo plan he trazado.

Por lo tanto, convengo que con máximas tan distintas Emilio no será como todo el mundo, y Dios le preserve de serlo. Pero en lo que se diferencie de los demás, no será enfadoso ni ridículo, y la diferencia será sensible sin ser incómoda. Emilio será, si queremos, un forastero amable. Primero le perdonarán sus singularidades, diciendo: «Ya cambiará»; después se habituarán a sus modales, y viendo que no los cambia, también le perdonarán diciendo: «El es así».

No será considerado como un hombre amable: pero le querrán sin saber por qué; nadie alabará su ciencia, pero con agrado le harán juez entre los hombres de talento; el suyo será limpio y limitado, tendrá sentido recto y juicio sano. Correrá como nunca en pos de ideas nuevas y no pecará de agudo. Le he hecho ver que todas las ideas saludables y verdaderamente útiles a los hombres fueron las primeras que se conocieron, que en todos los tiempos son los verdaderos vínculos de la sociedad, y que a los espíritus trascendentales no les queda otro medio de distinguirse que ideas perniciosas y funestas al género humano. Esta manera de hacerse admirar no le mueve; sabe dónde ha de hallar la felicidad y con qué puede contribuir a la ajena. La esfera de sus conocimientos no se extiende más lejos de lo que es provechoso. Su ruta es estrecha bien marcada, y como no tiene tentaciones de salirse de ella, le confunden los que la siguen; no quiere extraviarse ni brillar. Emilio es un hombre de sana razón y no desea ser otra cosa; por más que traten de injuriarle con este dictado, él lo tendrá siempre como un honor.

Aunque el deseo de agradar no le deje ya absolutamente indiferente acerca de la opinión ajena, sólo tomará aquello que tenga inmediata conexión con su persona, sin interesarse por las apreciaciones arbitrarias que no tienen otra ley que la moda o las preocupaciones. Estará orgulloso de hacer bien todo lo que haga, y aun de hacerlo mejor que-otro; en la carrera querrá ser el más ligero, en la lucha el más fuerte, en el trabajo el más hábil, y en los juegos de destreza el más ingenioso, pero poco aspirará a las ventajas que no son claras en sí y que para comprobarse precisan el juicio ajeno, como tener más entendimiento que otro, hablar mejor, saber más, etc., y menos todavía por las que no tienen conexión con él, como ser de más alto linaje, suponerle más rico, con más crédito, más considerado, etcétera.

Como ama a los hombres porque son sus semejantes amará sobre todo a los que se le parecen más, porque se reconocerá por bueno, y juzgando de esta semejanza por la conformidad de gustos en las cosas morales, se complacerá mucho en hallar aprobación en todo lo que tiene relación con el buen carácter. No dirá precisamente: «Me alegro porque me aprueban», sino: «Me alegro porque aprueban lo bueno que he hecho y porque las personas que me honran se honran a sí mismas». Mientras sus juicios sean tan sanos, será hermoso obtener su estimación.

Al estudiar a los hombres por sus costumbres en el mundo, como antes los estudiaba por sus pasiones en la Historia, tendrá muchas ocasiones de reflexionar acerca de lo que el corazón humano encuentra grato o desagradable. Ya le tenemos filosofando acerca de los principios del buen gusto, y éste es el estudio que le conviene durante esta época.

Cuanto más lejos vamos a buscar las definiciones del buen gusto, más nos desviamos. El buen gusto no es otra cosa que la facultad de juzgar lo que agrada o desagrada al mayor número; saliendo de esto, no sabemos qué cosa sea el buen gusto. De aquí no se deduce que haya más hombres de buen gusto que de mal gusto, porque aunque la mayor parte forme un juicio exacto acerca de todos, y aunque el conjunto de gustos generales constituya el buen gusto, hay pocos que tengan buen gusto, como hay pocas personas bellas, aunque la belleza se constituya por un conjunto de rasgos muy comunes.

Debe remarcarse que aquí no- 'se trata de lo que amamos porque nos es útil, no de lo que odiamos porque nos es perjudicial. El gusto solamente se ejercita en las cosas indiferentes, o cuando más de un interés transitorio, y no las que se hallan unidas con nuestras necesidades; para juzgar de éstas, no es necesario el gusto, pues con el apetito ya es suficiente. Esto es lo que tan difíciles y al parecer tan arbitrarias hace las decisiones de puro gusto, porque no se ve la razón de estas decisiones fuera del instinto que las determina. También se deben distinguir sus leyes en las cosas morales y sus leyes en las físicas. En éstas los principios del buen gusto parecen absolutamente inexplicables. Pero interesa observar que en todo lo que se relaciona con la imitación tiene parte la moral [36]; así se explican bellezas que parecen físicas y que realmente no lo son. Añadiré que el gusto tiene reglas locales que en mil casos dependen de los climas, de las costumbres, del gobierno, de las instituciones, y hay otras que se refieren a la edad, al sexo, al carácter, y en este sentido es verdad que sobre gustos no hay disputa.

El gusto es natural en todos los hombres, pero no todos lo tienen en una medida igual, ni en todos se desarrolla hasta el mismo grado, y en todos está expuesto a alterarse por diversas causas. La medida del gusto que puede tener cada uno depende de la sensibilidad que ha recibido; su cultura y su forma dependen de las sociedades en que ha vivido. Primero es necesario vivir en numerosas sociedades para hacer muchas comparaciones. Luego son necesarias sociedades de pasatiempos y ociosidad, porque en las de negocios no se tiene por regla el deleite, sino el interés. En tercer lugar son necesarias sociedades donde no sea muy grande la desigualdad de condiciones, donde la tiranía de la opinión sea moderada y donde reine más el deleite que la vanidad, porque de lo contrario la moda avería el gusto, y no se busca lo que agrada, sino lo que distingue.

En este último caso, ya no es cierto que sea el buen gusto el de mayor número. ¿Por qué esto? Porque el objeto cambia. Entonces la muchedumbre no tiene juicio propio y juzga sólo por los que cree más ilustrados; no aprueba lo que está bien, sino lo que han aprobado ellos. Procurad que en todos los tiempos tenga cada uno su propio sentir, y lo que en sí es más agradable se llevará siempre la pluralidad de los votos.

En sus trabajos los hombres no realizan nada bello que no sea por imitación. Todos los auténticos modelos del buen gusto se encuentran en la naturaleza. Cuanto más nos alejamos del maestro, más se desfiguran nuestras pinturas. Entonces sacamos nuestros modelos de los objetos que amamos, y la mejor fantasía, sujeta al capricho y a la autoridad, no es otra cosa que lo que quieren los que nos orientan.

U Los que nos orientan son los artistas, los poderosos y los ricos, y lo que les guía es su interés y su vanidad. Los unos por hacer alarde de sus riquezas y los otros para aprovecharse de ellas, buscan a propósito nuevos medios de gasto. Así el gran lujo establece su imperio, y hace que guste lo que es difícil y caro; entonces lo que pretende ser bello, lejos de imitar la naturaleza, sólo a fuerza de contrariarla se mira como tal. Así es cómo el lujo y el mal gusto son inseparables. Donde el gusto es dispendioso, es falso.

Sobre todo en las relaciones de los dos sexos es donde toma su forma el gusto bueno o el malo; su cultivo es efecto necesario del objeto de esta sociedad. Mas cuando la facilidad de gozar entibia el deseo de agradar, el gusto debe degenerar, y ésta me parece otra de las más palpables razones de por qué está unido el buen gusto con las buenas costumbres.

Consultad el gusto de las mujeres en las cosas físicas y que tienen relación con el juicio de los sentidos, y el de los hombres en las morales y que dependen más del entendimiento. Cuando las mujeres sean lo que deben ser, se limitarán a las cosas de su competencia, y siempre juzgarán bien pero desde que se han convertido en árbitros de la literatura y a juzgar sobre toda suerte de libros y a escribir uno tras otro, ya no saben nada más. Los autores que consultan a las sabias sobre sus obras, pueden estar seguros de que siempre serán mal aconsejados; los elegantes que las consultan acerca de su traje, siempre van vestidos ridículamente. Pronto tendré ocasión de hablar del verdadero talento de ese sexo, del modo de cultivarlo, y de las cosas sobre las cuales son merecedoras de ser escuchadas sus decisiones.

Estas son las consideraciones primarias que sentaré como principio cuando con mi Emilio me remita a una materia que no le es indiferente en las circunstancias en que se halla y ante las investigaciones que ahora le absorben. ¿Y a quién le ha de ser indiferente? El conocer lo que puede ser agradable o desagradable a los hombres no sólo es necesario para el que precisa de ellos, sino también para el que quiere serles útil, pues importa agradarles para servirles, nunca el arte de escribir es un estudio ocioso cuando vale para hacer escuchar la verdad.

Si para cultivar el gusto de mi discípulo tuviese que elegir entre países donde todavía no ha comenzado su cultivo u otros donde ya ha degenerado, seguiría el orden retrógrado: comenzaría el viaje por estos últimos y acabaría por los primeros. La razón de esta elección consiste en que el gusto se estropea por una excesiva delicadeza que le hace sensible a cosas que no distingue la mayoría de los hombres; esta delicadeza trae el espíritu de discusión, porque cuanto más se utilizan los objetos, más se multiplican, y esta sutileza hace qué el tacto sea más delicado y menos uniforme. Entonces se forman tantos gustos como cabezas, y en las disputas acerca de la preferencia, la filosofía y las luces se extienden y se aprende a pensar. Sólo quien esté muy hecho al trato de gentes puede hacer observaciones sutiles, porque no impresionan hasta después de las demás, y en cuanto a las personas poco acostumbradas a las sociedades numerosas, toda su atención se la llevan los rasgos fuertes. Tal vez en la actualidad no haya un pueblo civilizado donde peor sea el gusto general que en París. Sin embargo, en esta capital es donde se cultiva el buen gusto, y pocos libros salen que sean apreciados en Europa, cuyos autores no hayan ido a formarse en París. Los que opinan que es suficiente con leer los libros que salen de allá se equivocan; se aprende mucho más en la conversación de los autores que en los libros. El espíritu de las sociedades es el que desenvuelve una cabeza pensadora y aclara y alarga la vista todo lo posible. Si tenéis una chispa de ingenio, id a pasar unos años en París: pronto seréis todo lo que podáis ser o no seréis jamás nada.

En los países donde reina el mal gusto, podremos aprender a pensar, pero no debemos pensar como los que tienen este mal gusto, y es difícil que esto no ocurra cuando vivimos largo tiempo con ellos. Hemos de perfeccionar con mucho cuidado el instrumento que juzga, evitando emplearlo como ellos. Me guardaré muy bien de pulir el juicio de Emilio hasta alterarle, y cuando tenga el tacto tan fino que sienta y compare los distintos gustos de los hombres, le llevaré a objetos más simples para que fije el suyo.

Todavía tomaré esto de más lejos, para conservarle puro y sano el gusto. En el tumulto de la disipación sabré tener con él conferencias útiles, y dirigiéndolas siempre a objetos que le agraden, procuraré que le resulten tan entretenidas como instructivas. Ahora es el tiempo de la lectura y de los libros agradables; ahora el de enseñarle el análisis de la oración, y hacerle sensible a toda la belleza de la elocuencia y la dicción. No es suficiente aprender las lenguas por ellas mismas; su uso no es tan importante como se cree, pero su estudio conduce al de la gramática general. Es necesario aprender el latín para saber bien el francés, y para entender las reglas del arte de hablar, es necesario estudiar y comparar uno con otro.

Además, hay una cierta sencillez de gusto que llega al corazón y que sólo se halla en los escritos de los antiguos. En la elocuencia, en la poesía, en toda especie de literatura, los encontrará, como en la historia, abundantes en temas y sobrios en juzgar. Nuestros autores, por el contrario, dicen poco y pronuncian mucho. Darnos sin cesar su juicio por ley no es modo de formar el nuestro. La diferencia de los dos gustos se hace sentir en todos los monumentos y hasta en los sepulcros; los nuestros están abiertos de elogios, en los de los antiguos se leían hechos.



Sta, viator; heroem calcas

(«Detente, caminante; pisas a un héroe»)


Aunque yo hubiese hallado este epitafio en un monumento antiguo, en el acto habría adivinado que era moderno, porque entre nosotros no hay nada más común que los héroes, pero entre los antiguos eran raros. En vez de decir que uno era un héroe, habrían dicho lo que había hecho para serlo. Comparad con el epitafio de este héroe el del afeminado Sardanápalo:



Yo he edificado Tarso y Anchialo en un día y ahora estoy muerto.



¿Cuál significa más a vuestro parecer? Nuestro estilo lapidario, con su hinchazón sólo vale para hacer grandes a los enanos. Los antiguos mostraban a los hombres al natural, y se veía que eran hombres. Jenofonte, para honrar la memoria de algunos guerreros muertos a traición en la retirada de los diez mil: «Murieron -dice-, irreprochables en la guerra y en la amistad». Ahí está todo, pero ved en este tan corto y sencillo elogio cómo debía rebosar el corazón del autor. ¡Desventurado quien no halla esto admirable!

Estas palabras grabadas en el mármol se leían en las Termópilas:

Caminante, ve a decir a Esparta que nosotros hemos muerto aquí por obedecer sus santas leyes.

Se ve claramente que no las dictó la academia de inscripciones.

Mucho me engaño si mi alumno, que en tan poco aprecio tiene las palabras, no pone una gran atención en estas diferencias, y si no influyen en la elección de sus lecturas. Arrastrado por la varonil elocuencia de Demóstenes, dirá: «Este es un orador», pero cuando lea a Cicerón, dirá: «Este es un abogado».

Generalmente a Emilio le gustarán más los libros de los autores antiguos que los nuestros; aunque no sea por otra causa que la de ser aquéllos los primeros, están más cerca de la naturaleza y su ingenio es más a propósito para él. Digan lo que quieran la Motte y el abate Terrasón, no existen verdaderos progresos de la razón en el género humano, debido a que todo cuanto se gana por una parte se pierde por otra, porque todos los entendimientos salen siempre del mismo punto, y porque siendo perdido el tiempo que se gasta en saber lo que han pensado otros para pensar uno mismo, si se adquieren más luces, también pierde vigor la inteligencia. Nuestros entendimientos están como nuestros brazos, habituados a realizarlo todo con herramientas y nada por sí mismos. «Fontenelle decía que toda disputa sobre los antiguos y los modernos quedaba reducida en saber si los árboles de otro tiempo eran más corpulentos que los de hoy.» Si la agricultura hubiese variado, la cuestión no iría muy fuera de camino.

Después de haberle ascendido de esta forma hasta las puras fuentes de la literatura, le muestro también los sumideros en los estanques de los compiladores modernos, en diarios, traducciones y diccionarios; da una mirada a todo esto y luego lo deja para no volver a mirarlo. Para divertirle, procuro que oiga la palabrería de las academias y observe que cada uno de los que las componen siempre vale más solo que en corporación; de aquí deducirá por sí mismo la consecuencia de la utilidad de todos estos soberbios establecimientos.

Le llevo a los teatros, no para que estudie la moral, sino el gusto, ya que aquí es donde se manifiesta particularmente a los que saben reflexionar. Dejaos de preceptos y de moral, le diré; no es aquí donde se han de aprender. El teatro no está destinado para la verdad, sino para halagar y divertir a los hombres; no hay escuela donde se aprenda tan bien el arte de agradarles y de interesar el corazón humano. El estudio del teatro lleva al de la poesía, y ambos tienen un mismo objeto. Si tiene una chispa de afición a la poesía, ¡con qué placer cultivará las lenguas de los poetas, el griego, el latín, el italiano! Estos estudios serán para él pasatiempos sin prisas y le aprovecharán más, le serán deliciosos en una edad y circunstancias en que con tanto placer se interesa el corazón en todos los géneros de belleza capaces de conmoverle. Figuraos a un lado a mi Emilio y en el otro a un colegial leyendo el cuarto libro de la Eneida, o a Tíbulo, o el Banquete, de Platón; ¡qué diferencia! ¡Qué agitado está el corazón de uno de ellos con lo que ni siquiera impresiona el del otro! «Oh, buen joven, detén tu lectura, pues te veo demasiado enternecido; quiero que te agrade el idioma del amor, pero no quiero que te extravíe; sé hombre sensible, pero también un hombre cuerdo. Si eres de los dos, no eres nada». En cuanto a lo demás, que rechace o no las lenguas muertas, poco me importa, pues aunque no sepa nada de esto no valdrá menos, ni se trata de estas trivialidades en su educación.

Mi principal objeto, cuando le enseño a que sienta y ame la belleza en todos sus géneros, es fijar en ella sus afecciones y sus gustos, evitar que se alteren sus apetitos naturales, y que un día busque en su riqueza los medios de ser feliz, debiéndolos buscar más cerca. He dicho ya que el gusto no es más que el arte de conocerse por pequeños detalles, y es verdad, pero una vez que las satisfacciones de la vida dependen de un cúmulo de ellos, no deja de ser importante esa solicitud; por ella aprendemos a llenarla de los bienes que podemos alcanzar con toda la verdad que para nosotros pueden tener. Aquí no hablo de los bienes morales que dependen de la buena disposición del alma, sino de lo que es propio de la sensualidad, del deleite real, dejando aparte los prejuicios de la opinión.

Para desarrollar mejor mi idea que se me permita dejar por un momento a Emilio, cuyo puro y sano corazón no puede servir a nadie de regla, y ofrecer en mí mismo un ejemplo más sensible y más cercano a las costumbres del lector.

Hay estados que parece que cambian la naturaleza y vacían, por así decirlo, en un nuevo molde a los hombres, transformándolos en mejores o peores. Un cobarde que ingresa en el regimiento de Navarra se vuelve valiente. No sólo en lo militar se coge el espíritu de cuerpo, ni siempre los efectos que produce son buenos. He pensado cien veces con horror que si tuviese el infortunio de tener el cargo que yo sé en cierto país, mañana seria inevitablemente tirano, concusionario, destructor del pueblo, funesto para el príncipe y enemigo de toda humanidad, toda equidad y toda especie de virtud.

De igual modo, si fuese rico, habría hecho todo lo posible para serlo, y por lo tanto, sería insolente y bajo, pero sensible y delicado para mí solo, despiadado y duro para todo el mundo, desdeñoso espectador de las miserias de la chusma, pues no daría otro nombre a los pobres, para conseguir que se olvidasen de que también lo fui yo en otro tiempo. Por último, sólo me ocuparía de mi fortuna, instrumento de mis placeres. Hasta aquí sería como todos los demás.

Pero en lo que creo que me diferenciaría mucho de ellos es en que sería sensual y voluptuoso más que orgulloso y vano, y en que me daría más al lujo de la molicie que al de la ostentación, y aún me causaría alguna vergüenza el hacer demasiado alarde de mi riqueza, creyendo ver siempre al envidioso a quien aterrase mi fausto decir al oído de sus vecinos: «He aquí a un tahúr que tiene miedo de que le conozcan por tal».

De esta inmensa profusión de bienes que cubre la tierra, buscaría lo que más me gustase y que pudiese apropiarme con más facilidad. Para esto el primer uso de mi riqueza sería comprar ocio y libertad, a lo cual añadiría la salud si estuviese en venta, pero como sólo se consigue con la templanza, y sin salud no hay deleite verdadero en la vida, por conservación sería templado.

Siempre me quedaría lo más cerca posible de la naturaleza, para contentar los sentidos que ella me dio. con la seguridad de que mis deleites serían tanto más reales cuanto más parte tuviese en ellos. Siempre sería mi modelo para la elección de los objetos de imitación; en mis apetitos le daría la preferencia, y en mis gustos le consultaría en todo; en las comidas siempre querría lo que más sazona ella y pasa por menos manos para llegar hasta nuestra mesa. Me guardaría así de las falsificaciones del fraude y saldría al encuentro del placer. No sometería mi grosera gula a las instrucciones de un jefe de comedor que me vendiese veneno por pescado; no se llenaría mi mesa con magníficas inmundicias traídas de lejanas tierras; me atormentaría para satisfacer mi sensualidad, pues el mismo tormento es entonces un nuevo placer y aumenta el que aquélla proporciona. Si quisiera saborear un manjar de un extremo del mundo, iría, como Apicio, a buscarlo, en lugar de hacérmelo traer, porque a los mas exquisitos manjares les falta siempre una sazón que no viene con ellos y ningún cocinero les puede dar, porque es el aire del clima que los ha producido.

Por la misma razón no imitaría a los que hallándose bien únicamente donde no están ponen siempre en contradicción consigo mismos a las estaciones, y en contradicción con las estaciones, los climas; buscan el verano en invierno y el invierno en verano; van a tener frío en Italia y calor en el Norte, sin pensar que cuando creen huir del rigor de las estaciones lo encuentran en los países donde no han aprendido a preservarse de él. Yo me quedaría en mi sitio, o haría todo lo contrario. Querría obtener de una estación todo lo agradable de ella y de un clima lo que le es peculiar. Tendría una diversidad de gustos y hábitos que no se pareciesen y que siempre fuesen naturales; iría a pasar el verano en Nápoles y el invierno en San Petersburgo; unas veces respirando un céfiro suave muellemente reclinado en las grutas de Tarento, y otras en la iluminación de un palacio de hielo, cansado y casi sin aliento tras los placeres del baile.

Querría en el servicio de mi mesa y en el adorno de mi aposento imitar con ornamentos muy sencillos la variedad de las estaciones, y obtener de cada una de ellas sus delicias, sin gozar anticipadas las de las siguientes. Penoso es y no placentero perturbar así el orden de la naturaleza, arrancándole producciones involuntarias que ella da a pesar suyo y que careciendo de calidad y de sabor no pueden alimentar el estómago ni halagar el paladar. No hay nada más insípido que las frutas primerizas; hay rico en París que con grandes gastos, a fuerza de hornillos y de estufas, consigue servir todo el año en su mesa sólo malas legumbres y peores frutas. Si yo tuviese cerezas cuando hiela y melones en pleno invierno, ¿con qué placer los habría de gustar cuando mi paladar no tiene necesidad de humedecerse y refrescarse? ¿Me serían muy agradables las castañas en los ardores de pleno verano? ¿Las preferiría saliendo de la sartén a la grosella, a la fresa y a las refrescantes frutas con que sin tantos cuidados me ofrece la tierra? Cubrir su chimenea el mes de enero con vegetaciones forzadas, con flores pálidas y sin olor, más que respetar el invierno es desnudar la primavera, es privarse del placer de ir a los bosques a buscar la primera violeta, a esperar el primer retoño y exclamar lleno de gozo: «Mortales, no estáis abandonados; la naturaleza todavía vive».

Para estar bien servido tendría pocos criados, lo que ya he dicho, pero es necesario repetirlo. Hace más servicios a un burgués su solo criado que a un duque los diez lacayos que le rodean. Muchas veces he pensado que cuando tengo en la mesa el vaso a mano, bebo cuando quiero y si estuviese en una mesa de etiqueta sería preciso que veinte voces repitieran la orden de servirme antes de que yo pudiese beber, antes de que yo saciase mi sed. Todo lo que se hace por indicación de otro sale mal hágase como se quiera. No enviaría a las tiendas, sino que iría yo mismo, para que negociaran mis sirvientes antes que yo, para hacer un ejercicio agradable. para ver un poco lo que hacen fuera de mi casa, pues eso recrea v algunas veces instruye; por último, iría por ir. que siempre es algo. De la vida inactiva nace el aburrimiento, puesto que quien mucho anda poco se aburre. El portero y los criados son malos intérpretes; yo no quisiera que esas gentes sirvieran de intermediarios entre los demás y yo, ni andar siempre con el traqueteo de un coche como si tuviera miedo de que las gentes se me acercasen. Los caballos de un hombre que hace uso de sus piernas están siempre a punto; si las tiene enfermas o fatigadas, lo sabe antes que nadie, y no tiene miedo de verse obligado a no salir de casa con este pretexto cuando su cochero se quiere divertir; en la calle no hacen que se impaciente y se aburra con mil estorbos imprevistos, ni que se esté parado cuando desea ir volando. Por último, si nadie nos es tan útil como nosotros mismos, aunque sea uno más poderoso que Alejandro y más rico que Creso, sólo se deben admitir de los demás los servicios que no se puede hacer uno mismo.

No me gustaría vivir en un palacio porque no ocuparía más que una habitación; todo aposento común no es de nadie, y el cuarto de cada uno de mis criados sería tan extraño para mí como el de mi vecino. Los orientales, aunque viven con mucho esplendor, adornan sus habitaciones con una gran sencillez. Miran la vida como una jornada y su casa como un mesón. Esta razón no nos convence a nosotros los ricos, que tomamos nuestras medidas como si tuviéramos que vivir eternamente, pero yo tomaría otra diferente que produciría el mismo efecto. Tendría la sensación de que establecerme con tanto aparato en un sitio sería como desterrarme de todos los demás y ser prisionero, por así decirlo, en mi palacio. Palacio muy hermoso es el universo: ¿no pertenece siempre a quien quiere disfrutarlo? Ubi tiene, ibi patria, «donde va bien, allí es le patria»; ése es su emblema, sus lares son los países donde todo lo puede conseguir su dinero, como tenía por suya Filipo toda fortaleza donde podía meter un mulo cargado de dinero. ¿Pues por qué uno se ha de ir a encerrar entre puertas y paredes como si jamás tuviera que salir de allí? Si una epidemia, una guerra o una revolución me obligan a salir de un país y me voy a otro donde en seguida encuentro un hogar, ¿qué necesidad tengo yo de construirme una casa cuando me la levanta el universo entero? ¿Por qué cuando me doy tanta prisa en vivir he de preparar con anticipación gustos que desde hoy puedo gozar? ¿Es imposible vivir una vida placentera estando siempre en contradicción consigo mismo? De esta manera, Empédocles reprochaba a los agrijentinos que acumulaban los deleites como si no tuvieran que vivir más de un día y levantaban edificios igual que si nunca hubieran de morir.

Por otra parte, ¿de qué me sirve un alojamiento tan holgado, teniendo tan poco con qué llenarlo? Tanto mis muebles como mis gustos serían sencillos; no tendría galería ni biblioteca, principalmente si me gustase la lectura y entendiese de pinturas. Entonces sabría que semejantes colecciones nunca son completas y que la privación de lo que les falta produce más sentimiento que el no tener nada. En esto la abundancia es la miseria; no hay nadie que haga colecciones que no lo haya experimentado. Un inteligente no debe formarla, y quien posee un gabinete para enseñar a los otros no se sirve de él para sí mismo.

El juego no es la diversión propia de un hombre rico, sino el recurso de un desocupado, y mis placeres me ofrecerían demasiadas ocupaciones para tener tiempo en emplearlo tan mal. Viviendo solo y siendo pobre, yo no juego, o sólo alguna vez al ajedrez, y aun eso es innecesario. Si fuese rico, todavía jugaría menos, y sólo un juego sin importancia, para no ver a nadie disgustado ni disgustarme yo. En la opulencia, estando falto de motivo el interés del juego, nunca puede convertirse en furor, a no ser en un alma avara. Las ganancias que puede sacar un hombre rico del juego, para él son siempre menos sensibles que las pérdidas, y como la forma de los juegos moderados, que al cabo se lleva los beneficios, hace que generalmente lleven más pérdidas que ganancias, no es posible que quien discurra bien se aficione a un pasatiempo en que están contra él riesgos de toda clase. El que halaga su vanidad con las preferencias de la fortuna, puede buscarlas en objetos mucho más importantes, y estas preferencias no son menos manifiestas en el juego más débil que en el más fuerte. La afición al ,juego, fruto de la avaricia y del aburrimiento, sólo arraiga en un entendimiento y un corazón vacío, y creo que yo tendría los necesarios conocimientos y sensibilidad para no precisar ese suplemento. Raramente vemos que los pensadores se diviertan en el juego, pues les lleva el hábito de meditar, o les dirige a combinaciones áridas; por eso uno de los bienes y el único tal vez que ha producido la afición a las ciencias es aminorar en lo posible esta sórdida pasión; más prefiere uno probar la utilidad del juego que entregarse a él. Yo le atacaría entre los jugadores, y me divertiría más burlándome de ellos cuando los viese perder que por ganarles su dinero.

Sería el mismo en mi vida privada que en el trato de sociedad. Desearía que mi fortuna les fuese útil a todos y no hiciese sentir la desigualdad a nadie. El oropel de los atavíos es incómodo por miles de conceptos. Para conservar con la gente toda la libertad posible, quisiera vestirme de forma que en todas las condiciones pareciese que estaba en mi sitio y que no me distinguiesen en ninguna, que sin afectación ni transformación en mi persona fuese plebe en los barrios bajos y buena compañía en el Palacio Real. Más dueño así de mi conducta, podría siempre gozar de las diversiones de las personas de cualquier condición. Dicen que hay mujeres que cierran la puerta a los que no llevan puños bordados y no reciben a los que no llevan puntillas; yo iría a pasar el día a otra parte, pero si fuesen jóvenes y hermosas me pondría alguna vez una prenda con encajes para pasar en su casa la noche.

El único lazo de nuestras sociedades sería el mutuo cariño, la conformidad de gustos, la concordancia de caracteres yo me echaría en sus brazos como hombre y no como rico, y nunca consentiría que el interés envenenase el encanto. Si mi opulencia me hubiese dejado alguna humanidad, extendería lejos mis servicios y mis obsequios, pero querría tener alrededor mío una sociedad y no una corte, amigos y no deudos; no sería anfitrión de mis invitados porque sería su huésped. La independencia y la igualdad dejarían a mis relaciones todo el candor de la benevolencia y no teniendo cabida alguna el interés y la obligación, sólo la alegría y la amistad dictarían la ley.

Nadie compra ni su amigo ni su dama. Es fácil poseer mujeres con dinero, pero es la forma de no ser amado por ninguna. En cuanto el amor se pone a la venta, el dinero lo mata infaliblemente. El que paga, aunque sea el más amable de los hombres, únicamente porque paga no puede ser amado mucho tiempo. Pronto pagará por otro, o será pagado este otro con su dinero, y en este doble enlace, formado por el interés y la distribución sin amor, sin verdadero deleite, sin honor, la mujer ávida, infiel y miserable, tratada por el villano que recibe como trata ella al tonto que da, se desquita así con los dos. Sería muy dulce ser liberal con lo que se quiere si esto no transformase el amor en un trato. Sólo conozco una forma de satisfacer el deseo de dinero de la mujer sin envenenar el amor, y es entregárselo todo y que ella luego mantenga a su amante. Falta saber si hay una mujer con la cual ese procedimiento no fuera una extravagancia.

El que decía: «Yo poseo a Lais, sin que ella me posea», decía una expresión necia. La posesión que no es recíproca no es nada; cuando más es la posesión del sexo, menos la del individuó. Entonces, donde no hay la moral del amor, ¿por qué afanarse tanto por lo demás? No hay nada más fácil de encontrar. En este sentido es mas dichoso un pobre que un millonario.

Si se pudiera desarrollar lo bastante la inconsecuencia del vicio, qué lejos lo vertamos del logro de sus esperanzas cuando consigue lo que deseaba. ¿Por qué esta bárbara avidez de corromper la inocencia, de hacer una víctima de una flor en capullo que hubiéramos debido proteger y que, dado este primer paso, se hunde inevitablemente en una sima de miserias, de donde no saldrá sino con la muerte? Brutalidad, vanidad, necedad, error y nada más. Este mismo placer no es natural, viene de la opinión, y de la más vil opinión, pues nace del desprecio de sí mismo. El que se cree el último de los hombres teme la comparación con cualquier otro y quiere pasar el primero para ser menos odioso. Mirad si los más ávidos de este guisado imaginario son nunca jóvenes amables, dignos de agradar y más disculpables por ser mal contentadizos. No; con buen aspecto, mérito y sensibilidad, poco se teme la experiencia de su amada, y con una lógica confianza le dice: «Tú conoces los deleites, no importa; mi corazón te promete los que aún ignoras".

Pero un sátiro viejo y gastado con la disolución, sin ninguna gracia, sin miramiento, sin atención, sin ninguna clase de honradez, incapaz e indigno de agradar a toda mujer que sabe lo que es una persona amable, cree que todo esto lo suple con una joven inocente, adelantándose a la experiencia y excitando en ella la primera emoción de los sentidos. Su última esperanza es gustar, valido de la novedad; éste es indiscutiblemente el motivo secreto de su antojo; pero se equivoca, que no está menos en la naturaleza el horror que causa que los deseos que quería excitar. También se le malogra su loca espera; esta misma naturaleza procura reivindicar sus derechos; toda muchacha que se vende se ha dado ya, y habiéndose dado a su gusto ha hecho la comparación que él teme. Así compra un gusto imaginario, el cual no es menos despreciado.

Por mucho que cambiase yo haciéndome rico, hay un punto en el que jamás cambiaría. Si no me queda ni virtud ni moral, por lo menos me quedará buen gusto, alguna razón, alguna delicadeza, y esto evitaría que emplease mi fortuna convirtiéndome en la burla de todos, corriendo detrás de objetos fantásticos y agotando mi bolsa y mi vida en hacerme traicionar y escarnecer por muchachuelas. Si fuese joven, buscaría los placeres de la juventud, y queriéndolos con toda su delicia, no los buscaría como rico. Si me quedase como soy, sería otra cosa; me limitaría prudentemente a los placeres de mi edad; escogería los que aún puedo gozar y ahogaría los que sólo pueden serme un tormento. No iría a ofrecer mi barba gris a la desdeñosa burla de las muchachas, no podría soportar ver que mis repugnantes caricias producían náuseas, ni daría pie para que contaran de mí las más ridículas historias, ni querría imaginarlas describiendo los torpes deleites del viejo simio, como vengándose por haberlos sufrido. Y si los hábitos mal combatidos hubiesen convertido en necesidades mis antiguos deseos, tal vez los satisfacería, aunque fuese con vergüenza y sonrojándome de mí mismo. Quitaría la pasión de la necesidad, me arreglaría lo mejor que me fuese posible y me limitaría a aquello sólo; no transformaría en ocupación mi debilidad, y, sobre todo, no querría tener más que un testigo. A la vida humana le quedan tantos placeres cuando éstos le faltan, y corriendo vanamente tras los que se nos escapan, nos privamos hasta de los que nos han quedado. Mudemos de gustos con los años, no saquemos de su lugar ni las edades ni las estaciones, seamos nosotros mismos en todo tiempo y no luchemos contra la naturaleza, pues estos vanos esfuerzos consumen la vida y nos impiden que usemos de ella.

El pueblo no se aburre y su vida es activa; si sus diversiones no son variadas, son raras; muchos días de trabajo hacen que goce con delicia de algunos de fiesta. Una alternativa de fatigosos trabajos y de cortos descansos sirve de condimento a los gustos de su estado. En cuanto a los ricos, su peor azote es el aburrimiento; entre tantas diversiones a mucha costa reunidas, en medio de tantas gentes como contribuyen a darles gusto, los consume y los mata el aburrimiento; se pasan la vida huyendo de él y dejando que los alcance; viven abrumados con su insoportable peso, sobre todo las mujeres, que no saben ocuparse ni divertirse, y las devora un malestar que llaman melancolía, que se les convierte en un mal incurable, que a veces las priva de la razón, si no de la vida. No conozco más espantosa suerte que la de una hermosa mujer de París, como no sea la de su amante, que convertido también en ser desocupado, se desvía por dos caminos, y por la vanidad de ser hombre, de suerte con las damas, soporta la languidez de los días más tristes que una criatura humana puede vivir.

Las conveniencias, las modas, las costumbres que provienen del lujo y del delicado trato encierran el curso de la vida en la más insoportable uniformidad. La diversión que a los ojos ajenos quiere uno aparentar, es perdida para todo el mundo; m la disfruta él ni los otros [37]. El ridículo, que la opinión teme más que todo, siempre está delante de ella para tiranizarla y castigarla. Nunca es uno ridículo, como no sea por formas determinadas; el que sabe variar sus situaciones y sus placeres, hoy borra la impresión de ayer, y es como nula en el espíritu de los demás, pero disfruta porque está él entero en cada hora y en cada cosa. Mi única forma constante sería ésta: en cada situación no me ocuparía de ninguna otra, y cada día lo tomaría por sí mismo, independiente del ayer y del mañana. De igual modo que con la plebe sería plebe, en el campo sena campesino, y cuando hablase de agricultura, el labrador no se burlaría de mí. No iría a levantar una ciudad en el campo, ni a levantar en el interior de la población unos grandes jardines delante de mi aposento. En la ladera de cualquier agradable colina con suficiente sombra tendría una casita rústica, una casa blanca con sus puertas y ventanas verdes, y aunque en todas las estaciones el mejor techo sea el de paja, yo preferiría, no la triste pizarra, sino la teja, porque tiene una apariencia más alegre y limpia que la paja, porque así cubren las casas en mi país y porque su techumbre me haría recordar los dichosos tiempos de mi juventud. Mi patio sería un corral, y mi caballeriza un establo con vacas, para que me dieran leche, a la que soy muy aficionado. Mi jardín sería un huerto, y en vez de parque un bonito vergel, semejante al que describiré luego, y las frutas, a discreción de los que por él se pasearan, no las contaría ni las cogería mi hortelano, y no daría ostentación a mi avara magnificencia con espalderas soberbias que nadie se atreviese a tocar. Y esta pequeña prodigalidad sería poco costosa, puesto que escogería mi asilo en alguna apartada comarca, donde hubiese poco dinero, y muchos comestibles, y donde reinasen la pobreza y la abundancia.

Allí formaría una sociedad, más selecta que numerosa, de amigos que gustasen de divertirse y lo entendiesen, de mujeres que pudiesen dejar su butaca y tomar parte en los juegos rústicos, cogiendo alguna vez, en lugar de la almohadilla o los naipes, la caña de pescar, el bieldo para extender el heno y el capazo de la vendimia. Allí olvidaríamos las costumbres de la ciudad y seríamos aldeanos en la aldea, dispondríamos de tal serie de pasatiempos que cada noche no tendríamos más molestia que escoger el del día siguiente. Con el ejercicio y la vida activa nos parecería que habíamos cambiado de cuerpo y tendríamos gustos nuevos. Las comidas serían banquetes y más que el refinamiento de los platos preferiríamos la abundancia. Los mejores cocineros del mundo son la alegría, los trabajos rústicos, jugar y retozar, y para gentes que no paran desde que sale el sol, son muy ridículos los platos finos. En el servicio no habría más elegancia que sencillez; el comedor estaría en todas partes: en el jardín, en una barca, debajo de un árbol, y a veces más lejos, cerca de un manantial, sobre la fresca y verde hierba, debajo de los chopos y los avellanos; una comparsa de alegres convidados traería cantando los preparativos del banquete, el césped sería la mesa y las sillas, servirían de aparador las orillas del manantial y los postres colgarían de las ramas. Los platos serían servidos sin orden alguno, el buen apetito evitaría los cumplidos, y como éste preferiría sin disimulo un plato a otro, encontraría natural que otros prefiriesen el plato que él rechazase. De esa afectuosa y moderada familiaridad nacería, sin ordinarieces, sin fingimiento y sin sujeción, una cordialidad cien veces más deliciosa que la cortesía y más capaz de acercar los corazones. No habría ningún lacayo importuno que nos escuchase, que criticara en voz baja nuestras actitudes, que mirase con envidia lo que comiésemos, que se divirtiera en hacernos esperar para beber y que murmurara de la duración de la comida. Seríamos nuestros criados para ser nuestros amos, todos servirían a cada uno, pasaría el tiempo sin darnos cuenta, la comida sería nuestro descanso y duraría tanto como el calor del día. Si pasase cerca de nosotros algún campesino que volviera a su trabajo y con sus aperos al hombro, yo le animaría con alguna ocurrencia jocosa y algunos tragos de buen vino que le hicieran llevar más alegremente su pobreza, y yo también tendría la satisfacción de sentirme algo enternecido y decirme a mí mismo: «Todavía soy hombre.

Si alguna fiesta campestre reuniese a los vecinos del lugar, yo sería uno de los primeros en ir con mis compañeros; si se celebrasen en la vecindad algunas bodas, más benditas del cielo que las de las ciudades, como sabrían que me gusta la alegría, me convidarían, y yo llevaría a esas buenas gentes algunos regalos sencillos como ellos, los cuales serían como una contribución a la fiesta, y en cambio hallaría bienes de inestimable valor, bienes que muy poco conocen mis iguales; la franqueza y el verdadero placer. Comería con mi mayor satisfacción en el sitio que me destinasen de su mesa, haría coro al estribillo de algunas viejas canciones aldeanas y bailaría en el porche de la casa con más júbilo que en un baile de la Opera.

Hasta aquí todo va a las mil maravillas, me dirán. Pero, ¿y la caza? ¿Es vivir en el campo el no cazar? Ya entiendo. Me contentaba con una alquería, y era un error. Me supongo rico y, por tanto, necesito diversiones exclusivas, diversiones que destruyen; esto ya es otra cosa. Necesito tierras, bosques, guardas, censos, honores de señorío y, sobre todo, incienso y agua bendita.

Muy bien. Mas esta tierra tendrá vecinos celosos de sus derechos, y deseando usurpar los ajenos; reñirán nuestros guardas, y tal vez los mismos amos; tenemos altercados, riñas, odios, por lo menos pleitos, y todo esto es muy agradable. No verán mis vecinos con agrado que mis liebres se les coman su trigo y ni mis jabalíes sus habas; ninguno de ellos se atreverá a matar al enemigo que destruye sus frutos, pero querrá echarlo de su campo, por lo que después de pasar el día trabajando sus tierras, tendrán que pasar la noche guardándolas, y tendrán mastines, tamboriles, bocinas, cencerros, y con todo ese tantarantán, turbarán mi sueño. Contra mi voluntad pensaré en la miseria de esa pobre gente y tendré que reprochármela. Si tuviera el honor de ser príncipe, todo esto no me conmovería, pero yo, nuevo rico, tendré todavía el corazón plebeyo.

Y no es solamente esto; la abundancia de la caza tentará a los cazadores, y pronto habrá cazadores furtivos que convendrá perseguir; se necesitarán cárceles, alcaides, arqueros... Todo esto me parece demasiado cruel. Las esposas de estos desgraciados se clavarán delante de mi puerta y me importunarán con sus lamentaciones, y habrá que echarlas o maltratarlas. Los desdichados que no hayan cazado y cuyas cosechas se las hayan comido mis reses, también vendrán a quejarse, y así unos serán castigados por haber cazado y otros arruinados por haber cazado. ¡Qué triste alternativa! Veré en todas partes objetos de miseria y sólo oiré quejas; creo que esto debe enturbiar mucho el gusto de una matanza de perdices y de liebres, y casi a los pies de uno mismo.

¿Queréis separar las alegrías de las penas que hay en ellas? Quitadles lo exclusivo; cuanto más comunes se las dejéis a los hombres, más puras las gozaréis. Por lo tanto, no haré nada de lo que acabo de decir, pero sin cambiar de gustos seguiré el que me suponga menos gasto. Mi rústica vivienda la tendré en un país donde la caza sea libre para todo el mundo y donde yo pueda gozar de esta diversión sin mayores obstáculos. La caza escaseará, pero exigirá más habilidad para conseguirla, y más gusto dará el encontrarla. Me acuerdo de lo que le latía el corazón a mi padre cuando se le presentaba a vuelo la primera perdiz, y de su júbilo cuando hallaba la liebre que había buscado durante todo el día. Sí; recuerdo que solo con su perro, cargado con su escopeta, la bolsa de los perdigones, la cajita de pólvora y las pocas piezas que había muerto, regresaba de noche rendido y arañado por las jaras, pero más contento con el día que había pasado que todos esos cazadores vuestros, que sin apearse del caballo, seguidos de veinte escopetas cargadas, no hacen otra cosa que cambiar, tirar y matar, y sin arte, sin gloria y casi sin ejercicio. El placer no es, entonces, menor, y se evitan los inconvenientes cuando no tiene uno coto que guardar, ni cazador furtivo que castigar, ni miserable a quien perseguir. Creo que las mías son razones irrebatibles. Hagan lo que quieran, es imposible atormentar a los hombres sin sentir también algún malestar, y las continuas maldiciones del pueblo hacen que, tarde o temprano, la caza nos amargue.

Insisto en ello: el exclusivismo de los placeres es la causa de su muerte. Las auténticas diversiones son aquellas de las que participa el pueblo, y las que uno quiere disfrutar solo no las disfruta. Si los muros que levanto alrededor de mi parque lo convierten en una triste clausura, no he hecho más que privarme, y pagándolo muy caro, del placer del paseo, y ya estoy forzado a ir lejos a buscarle. El demonio de la propiedad infecta todo lo que toca. El rico quiere ser dueño en todas partes, y sólo se encuentra a su gusto donde no lo es, así se ve condenado a huir siempre de sí mismo. Yo, cuando sea rico, haré lo que he hecho siendo pobre. Más rico ahora con el caudal de los demás que nunca podré serle con el mío, disfrute con todo lo que tiene la vecindad; no hay conquistador más resuelto que yo, pues les usurpo hasta a los mismos príncipes, me adjudico sin distinción todos los terrenos abiertos que me placen. Este es mi coto, el otro mi terraza, lo mismo que si fuera el dueño, y me paseo por ellos impunemente; vuelvo a menudo para mantenerme en mi posesión, y casi abro un camino de tanto andar de un lado a otro, y nunca me harán creer que el legítimo dueño de ese predio saque más provecho del dinero que le produce que yo de su terreno. Y si vienen a molestarme con fosos, con vallados, poco me importa; cargo con todo lo mío y voy a plantar mi tienda en otra parte, que no faltan sitios en los alrededores, y antes de verme sin techo, todavía tengo muchos vecinos a quienes robar.

Este es un ensayo del verdadero gusto en la elección de ocios agradables; éste es el espíritu de gozar. Todo lo demás es pura ilusión, devaneo, loca vanidad. Quienquiera que se aparte de estas reglas, por rico que sea, se comerá su oro convertido en estiércol y nunca conocerá el precio de la vida.

Sin duda me objetarán que esas diversiones están al alcance de todo el mundo y que no hay que ser rico para gozarlas. Aquí precisamente quería yo venir a parar. Disfruta de los gustos quien quiere disfrutarlos; es la opinión lo que lo hace todo difícil, apartando la felicidad lejos de nosotros, y es cien veces más fácil ser feliz que parecerlo. El hombre de buen gusto y verdaderamente voluptuoso no necesita para nada la riqueza; le basta con ser libre y árbitro de sí mismo. Quien disfruta de salud y tiene lo necesario, si arranca de su corazón los bienes de la opinión es sobradamente rico; ésta es la aurea mediocritas de Horacio. Hombres ricos, buscad otra cosa en que emplear vuestra opulencia, porque para el placer no sirve de nada. Todo esto no lo sabrá Emilio mejor que yo, pero como tiene el corazón más puro y más sano, lo sentirá mejor aún, y todas estas observaciones acerca del mundo no harán más que confirmárselo.

Pasando así el tiempo, buscamos siempre a Sofía, y no la encontramos. Era conveniente que no la encontrásemos tan pronto, y la hemos buscado en parajes donde yo estaba seguro que no había de estar [38].

En fin, el tiempo apremia, ya es el momento de buscarla de veras, no sea que él se forme una que la confunda con ella y sea demasiado tarde cuando descubra su error. Adiós, pues, París, pueblo famoso, pueblo ruidoso, de humo y de cieno, donde las mujeres no creen en el honor ni los hombres en la virtud. Adiós, París. Buscaremos el amor, la felicidad, la inocencia, y nunca estaremos bastante lejos de ti.


Notas[editar]

  1. En las ciudades, dice Buffon, y entre la gente rica acostumbrada a abundantes y suculentos alimentos, los niños llegan antes a este estado; en el campo y entre la gente pobre son más tardíos debido a que se alimentan poco y mal; necesitan dos o tres años más. (Historia Natural, IV, pág. 238 in-12). Admito la observación, pero no la aplicación, puesto que en los países donde los aldeanos comen mucho y viven muy bien, como en el Valois y en ciertas comarcas montañosas de Italia, por ejemplo el Friuli, es donde también es más tardía que en los pueblos grandes la edad de la pubertad, aunque en éstos, por contentar la vanidad, muchas veces comen con escasez y por comprarse un adorno no se alimentan lo suficiente. En esos sitios asombra ver muchachos grandes, fuertes como hombres, que todavía tienen verde la voz y sin bozo la cara, y muchachas altas y muy bien formadas que no dan ninguna señal periódica de su sexo, una diferencia que a mi entender proviene únicamente de que con la sencillez de sus costumbres viven más tiempo con imaginación serena y tranquila, y su sangre tarda más en fermentar y retarda su precocidad.
  2. Parece que se va modificando esto. Las condiciones empiezan a ser más estables y los hombres a ser más duros.
  3. El cariño puede existir sin correspondencia, pero no ocurre lo mismo con la amistad, que es una permuta, un contrato como los demás, y es el más sagrado de todos. La palabra amigo no tiene otro correlativo que ella misma. Es innoble quien no es amigo de su amigo, porque no se puede conquistar la amistad como no sea rindiéndose a ella, o fingiéndolo.
  4. Ni el mismo precepto de obrar con otro como quisiéramos que obraran con nosotros, tiene otro fundamento verdadero que el sentimiento y la conciencia, porque ¿qué razón exacta precisa mover, siendo yo como si fuera otro, especialmente estando cierto moralmente de no encontrarme nunca en un caso idéntico? ¿Y quién me dice que conseguir puntualmente esta máxima también haya de lograr que la sigan conmigo? El malo se aprovecha de la probidad del justo y de su propia injusticia, y queda muy satisfecho de que sea todo el mundo justo menos él. Digan lo que quieran, este convenio no es muy ventajoso para los hombres de bien. Pero cuando la fuerza de un alma expansiva me identifica con mis semejantes, cuando me siento, por decirlo así, dentro de él, por no padecer yo, no quiero que él padezca; él me interesa por mi amor, y la razón del precepto se halla en la misma naturaleza que me inspiran el deseo Y el bienestar, en cualquier sitio que sienta mi existencia. De aquí infiero que no es cierto que los preceptos de la ley natural estriben solamente en la razón y que tengan más sólido y seguro cimiento. El principio de la justicia humana es el amor de los hombres derivado del amor de sí mismo. El Evangelio cifra el compendio de toda la moral en el sumario de la ley.
  5. El espíritu universal de las leyes de todos los países es siempre auxiliar al fuerte contra el débil, y al que tiene contra el que no tiene, inconveniente que es inevitable y que no admite excepción.
  6. Véanse Dávila, Guichardino, Estrada, Solis, Maquiavelo, y a veces el mismo De Thou. Vertot era casi el único que sabía pintar sin hacer retratos.
  7. Uno solo de nuestros historiadores, Duclós, que imitó a Tácito en las grandes pinceladas, se atreve a imitar a Suetonio, y a veces a copiar Commines en las pequeñas, y esto, que da valor a su libro, ha sido motivo de crítica en nuestro país.
  8. Este es siempre el prejuicio que fomenta en nuestros corazones la impetuosidad de las pasiones. Aquel que no ve lo que es y no estima lo que conoce no se apasiona. Los errores de nuestros juicios producen el ardor de nuestros deseos.
  9. Creo que puedo destacar sin ningún reparo su salud y su constitución robusta entre las ventajas que por su educación ha logrado, o más bien entre los dones de la naturaleza que su educación le ha conservado.
  10. Por lo demás, con dificultad caerá nuestro discípulo en este lazo, teniendo tanto en que entretenerse, no aburriéndose en su vida y no sabiendo casi para qué sirve el dinero. Como los dos móviles que conducen a los niños son el interés y la vanidad, sirven estos dos mismos móviles a las mujeres de vida airada y a los buscones para que se apoderen de ellos cuando sean mozos. Cuando observáis que despiertan su codicia con premios y recompensas, que a los diez años los aplauden en un acto público del colegio, también vemos como a los veinte les harán vaciar el bolsillo en un garito o en una mancebía. Siempre se puede apostar que el más aventajado de la clase será con el tiempo el más jugador y el más pervertido. Los medios que no se usaron en la infancia, no están sujetos a los mismos abusos en la mocedad. Pero el lector no pierda de vista que es máxima constante mía suponer siempre que ocurrirá lo peor. En primer lugar procuro precaver el vicio y luego lo doy por supuesto para poner remedio.
  11. Mas si se le provoca, ¿cómo tendrá que conducirse? Respondo que nunca tendrá disputas ni dará pie para que las tengan con él. Pero aún argüirán: ¿quién está libre de un agravio o de la agresión de un tipejo, de un borracho, o de un tahúr que por tener la satisfacción de quitarle a uno la vida le quita primero la honra? Eso es otra cosa: el honor de los ciudadanos no debe estar a merced de un miserable, de un borracho, ni de un bribón, y el preservarse de semejante desmán es tan imposible como de que le caiga encima una teja. Una agresión, un mentís recibido y sufrido producen efectos civiles que la prudencia no puede prever, y ningún tribunal puede resarcir al agraviado; entonces queda restituida su independencia por la precariedad de las lees; es el único magistrado, el único juez entre el ofensor y él, el único intérprete y ministro de la ley natural; se debe justicia, y sólo puede hacérsela él mismo, y no hay ningún Gobierno tan incauto que por hacérsela él le castigue. No digo que deba desafiarse, puesto que es una extravagancia; digo que se debe justicia a sí mismo, y que es el único dispensador de ella. Sin tanta pragmática inútil contra los duelos, si fuera soberano, yo aseguro que jamás no se daría una bofetada ni un mentís en mis Estados, y eso lo lograría haciendo uso de un medio muy sencillo en el cual los tribunales nunca se meterían. Sea como sea, Emilio sabe la justicia que se debe a sí mismo en este caso y el ejemplo que debe a la seguridad de las personas de honor. El evitar que le insulten no depende del hombre de mayor entereza, pero sí de él el que no se envanezcan durante mucho tiempo de haberle insultado.
  12. Plutarco, Tratado del amor. Así comenzaba la tragedia de Menalipo, pero los clamores del pueblo de Atenas obligaron a Eurípides a cambiar este principio.
  13. Sobre el estado natural del espíritu humano y de la lentitud de sus progresos, véase la primera parte del Discurso sobre la desigualdad.
  14. Las relaciones de M. de la Condamine nos hablan de un pueblo que no sabía contar más que hasta tres; no obstante, los hombres que formaban ese pueblo tenían manos, y habían mirado muchas veces sus dedos sin saber contar hasta cinco.
  15. Este reposo será, si se quiere, sólo relativo, pero una vez observemos más o menos movimiento, concebimos con mucha claridad uno de los últimos términos, que es quietud, y lo concebimos tan bien que estamos propensos a reputar de absoluto el reposo que sólo es relativo. Por lo tanto no es verdad que el movimiento sea esencial a la materia, si puede concebirse ese reposo.
  16. Los químicos consideran el flogisto, ó el elemento del fuego, como esparcido, inmóvil y estancado en los mixtos de que forma parte, hasta que por la acción de causas extrañas se desprende, se reúne, se pone en movimiento y es convertido en fuego.
  17. He hecho los mayores esfuerzos para concebir una molécula viviente, sin poderlo conseguir. Me parece ininteligible y contradictoria la idea de la materia que siente sin tener sentido. Para adaptar o rechazar esta idea sería preciso comprenderla primero, y yo confieso que no tengo esta suerte.
  18. ¿Quién pudiera creer, si no tuviéramos la prueba de ello, que hasta este punto llega la extravagancia humana? Amato Lusitano afirmaba que había visto metido en un vaso a un hombrecillo de una pulgada de alto, que, cual otro Prometeo, había hecho Julio Camilo por la ciencia alquímica. Paracelso, de natura rerum, enseña el modo de producir estos hombrecillos, y sostiene que los pigmeos, los faunos, los tiros y las ninfas fueron engendrados por la química. Efectivamente, para sentar las posibilidades de estos hechos, no veo que quede otra cosa más sino afirmar que la materia orgánica resiste al ardor del fuego, y que sus moléculas se pueden conservar con vida dentro de un horno de reverbero.
  19. Me parece que lejos de decir que las rocas piensan, la filosofía moderna ha descubierto, por el contrario, que no piensan los hombres. No reconocen en la naturaleza más que a seres sensitivos, y la única diferencia que encuentran entre un hombre y una piedra es que el hombre es un ser sensitivo que tiene sensaciones y la piedra es un ser sensitivo que no las tiene. Pero sí es cierto que toda materia siente, donde he de concebir la unidad sensitiva o el yo individual? ¿Ha de ser en cada molécula de materia o en los cuerpos agregados? He de colocar esta unidad tanto en los fluidos como en los sólidos, en los mixtos como en los elementos? Solo hay individuos, dicen, en la naturaleza. ¿Cuáles son estos individuos. ¿Es un solo ser sensitivo, o contiene tantos como granos de arena? Si cada átomo elemental es un ser sensitivo, ¿cómo he de concebir aquella íntima comunicación en que uno se siente en otro, de manera que uno y otro «yo» se confunden en uno solo? La atracción puede ser una ley de la naturaleza cuyo misterio no conocemos, pero concebimos que actuando esta atracción en razón de las masas, no presenta ninguna incompatibilidad con la extensión y la divisibilidad. ¿Eso mismo lo concebís en el sentimiento? Las partes sensibles son extensas, pero en el ser sensitivo es indivisible y único, no se parte, sino que es entero o nulo; por lo tanto este ser sensitivo no es cuerpo. No sé de qué modo entienden esto nuestros materialistas; a mí me parece que las mismas dificultades que les han hecho desechar el pensamiento les deberían obligar también a que desechasen el sentimiento, y no veo la causa de que habiendo dado el primer paso no hayan de dar el segundo. ¿Qué les costaría? Y una vez que tan seguros están de que no piensan, ¿cómo se atreven a afirmar que sienten?
  20. Cuando los antiguos llamaban opthnus maximus al Dios supremo, decían verdad, pero diciendo maximus optimus se hubieran expresado más exactamente, porque su bondad procede de su poder, y es bueno porque es grande.
  21. No por nosotros, Dios; no por nosotros; Porque sea tu gloria esclarecida, Tórnanos a la vida. (salmo 115)
  22. La filosofía moderna, que sólo admite lo que explica, se guarda de admitir esta oscura facultad llamada «instinto», que encamina, al parecer sin conocimiento alguno adquirido, a los animales hacia un fin. Según uno de nuestros más juiciosos filósofos, el instinto no es más que un hábito privado de reflexión, pero que se ha adquirido reflexivamente, y del modo como explica estas reglas se debe deducir que los niños reflexionan más que los hombres; tan extraña paradoja no merece la pena examinarla. Sin meterme aquí en esta discusión, pregunto cuál es el nombre que habré de poner al ardor con que mi perro hace la guerra a los topos que no come, a la paciencia con que los está acechando, a veces oras enteras, y a la habilidad con que los agarra, los saca de la madriguera así que se asoman, y los mata, dejándolos luego, sin que nadie le haya enseñado esta caza, ni le haya dicho que allí había topos. También pregunto, y esto aún importa más, r qué la primera vez que amenacé a este mismo perro se echó muelo con las patas doblas, en la postura del que suplica y la más capaz de ablandarme; postura en que se hubiera guardado de permanecer si, en vez de perdonarlo, le hubiera pegado. ¿Con qué mi perro, todavía pequeño y casi recién nacido, ya había adquirido ideas morales? ¿Ya sabía qué cosa eran la clemencia Y la generosidad? ¿En virtud de qué luces adquiridas esperaba apaciguarme, abandonándose as[ a mi discreción? Todos los perros del mundo en igual caso casi hacen lo mismo, y aquí no digo una cosa que cualquiera no pueda Wobar. Los filósofos, que con tanto desdén desechan el instinto, que tengan la bondad de explicarme este hecho por la simple acción de las sensaciones y de los conocimientos que se adquieren por ella; que lo expliquen de modo que a todo hombre de razón le deje satisfecho. Entonces nada tendré que replicar, y no hablaré ya nunca del instinto.
  23. Bajo ciertos aspectos, las ideas son afectos y los afectos ideas. Los dos nombres convienen a toda percepción que nos ocupa en su objeto. y en nosotros mismos que con este nos movemos. Sólo el orden de esta afección es el que determina el nombre que conviene a la percepción. Cuando, ocupados primero en el objeto, por reflexión pensamos en nosotros, es una idea, y cuando, por el contrario, nuestra primera atención se la lleva la impresión recibida, y única. mente por reflexión pensamos en el objeto que la causa, entonces es un afecto.
  24. Esto, creo yo, es lo que actualmente podría decir al público buen sacerdote.
  25. «Todos, dice un sacerdote bueno y sensato, afirman que la tienen y la creen (y todos usan esta jerga), no de los hombres ni de criatura alguna, sino de Dios. Pero para decir la verdad, sin adular ni mentir en nada, todas vienen de manos y medios humanos; prueba de ello, el modo como se recibieron las religiones en el mundo y todavía las reciben cada día los particulares, la nación, el país, en lugar de la religión; cada uno es de aquella que se profesa donde nací y se crió; somos circuncisos, bautizados, judíos, mahometanos, cristianos, antes que sepamos que somos hombres. La religión no es de nuestro arbitrio y elección; la vida también prueba cómo las costumbres se avienen tal mal con la religión, y prueba que por ocasiones humanas y muy leves obramos contra el espíritu de nuestra religión., Charron, De la Sabiduría, lib, II, cap. V, pág. 257, edic. Bordeaux, 1601. Es muy presumible que la sincera profesión de fe del virtuoso teologal de Condom no hubiera sido muy diferente de la del presbítero saboyano.
  26. Esto se contiene de modo formal en mil pasajes de la Escritura, entre otros en el capítulo XIII del Deuteronomio, donde se dice que si un profeta que anuncia dioses extraños confirma su misión con portentos, y si se verifican sus predicciones, lejos de hacer aprecio de ello, se le debe dar muerte al profeta. Así, cuando los paganos daban muerte a los apóstoles que les anunciaban un dios extraño, y probaban con predicciones y milagros su misión, no sé ver qué objeción sólida les podían oponer que ellos no pudiesen revolver inmediatamente contra nosotros. ¿Pues qué se debe hacer en tal caso? Una sola cosa: volver al raciocinio dejar aparte los milagros. Hubiera sido mejor no hacer uso de e los. Esto lo dicta la sana razón más sencilla, que sólo a fuerza de distinciones, por lo menos muy sutiles, se oscurece. ¡Sutilezas en el Cristianismo! ¿En qué no tuvo razón Jesucristo al prometer a los sencillos el reino de los Cielos? ¿No tuvo razón al empezar el más hermoso de sus razonamientos dando el parabién a los pobres de espíritu, si tanta riqueza de espíritu es necesaria para entender su doctrina y aprender a creer en él? Cuando me hayáis probado que me debo someter, todo estará bien, pero para probármelo, debéis poneros al mismo nivel conmigo; adaptad vuestros argumentos a la capacidad de un pobre de espíritu, pues de otra manera no veo en vos el verdadero discípulo de vuestro maestro, y no es su doctrina esa que anunciáis.
  27. Refiere Plutarco que los estoicos, entre otras paradojas extravagantes, sostenían que en un juicio contradictorio era inútil oír a las dos partes, porque -decían- el primero ha probado su derecho o no lo ha probado; si lo ha probado, todo concluyó y debe ser condenada la parte contraria; si no lo ha probado,' no tiene razón, y su demanda debe ser rechazada.» Pienso que el método de todos los que admiten una revelación exclusiva es muy parecido al de los estoicos. Puesto que cada uno pretende que sólo él tiene razón para elegir entre tantos partidos, es necesario escucharlos a todos, o no es justo el que hace la elección.
  28. De mil hechos conocidos solamente citaré uno que no necesita comentario. En el siglo XVI, habiendo condenado los teólogos católicos a ser quemados sin distinción todos los libros de los judíos, consultado acerca del asunto el ilustre sabio Reuchin, se vio en un terrible apuro, y decidieron perderle sólo por haber opinado que se podían conservar entre sus libros los que no atacaban al cristianismo y trataban de materias indiferentes a la religión.
  29. En el Sermón de la Montaña, véase el paralelo que traza él mismo de la moral de Moisés con la suya (Mat. Cap. 5, vers. 21 y siguientes.)
  30. El deber de seguir y amar la religión de su país no se extiende hasta los dogmas contrarios a la sana moral como el de la intolerancia. Este horrible dogma es el que arma los hombres unos contra otros, haciéndolos a todos enemigos del género humano. La distinción entre la tolerancia civil y teológica es pueril y vana; estas dos tolerancias son inseparables, $ no es posible admitir una sin la otra. Ni siquiera los ángeles vivirían en paz con hombres que ellos viesen como enemigos de Dios.
  31. Los dos partidos se atacan recíprocamente con tantos sofismas, que sería una empresa tan inmensa como temeraria querer rebatirlos todos; basta con notar algunos a medida que se van presentando. Uno de los más corrientes del partido filosofista es oponer un supuesto pueblo de buenos filósofos a uno de malos cristianos, ¡como si fuera más fácil hacer un pueblo de verdaderos filósofos que uno de verdaderos cristianos! No sé si entre los individuos es más fácil hallar uno que otro, pero sé que, tratándose de pueblos, se ha de suponer que abusarán de la filosofía sin religión, como abusan los nuestros de la religión sin filosofía, y creo que esto hace cambiar mucho el estado de la cuestión. Bayle probó muy bien que el fanatismo era más pernicioso que el ateísmo, y eso es indiscutible, pero lo que se guardó de decir. aunque no sea menos cierto, es que el fanatismo, si bien sanguinario y cruel, es una pasión grande y fuerte, que exalta el corazón humano, le hace despreciar la muerte, le comunica una elasticidad prodigiosa, y sabiendo dirigirlo, se obtienen de él las virtudes más sublimes, mientras que la irreligión, y en general el espíritu silogístico y filosófico, ata a la vida, afemina y envilece los ánimos, reconcentra todas las pasiones en la bajeza del interés particular y en el envilecimiento del «yo» humano, y sordamente desmorona los verdaderos fundamentos de toda sociedad, porque los intereses particulares concuerdan en tan pocas cosas que jamás podrán contrapesar aquéllas que se oponen. Si el ateísmo no hace verter la sangre de los hombres, menos es por amor a la paz que por indiferencia hacia lo bueno; de cualquier modo que vayan las cosas, le importa poco al pretendido sabio, con tal que le dejen tranquilo en su gabinete. Sus principios no hacen que se maten los hombres, pero estorban que nazcan, estragando las costumbres que los multiplican, desprendiéndolos de su especie, reduciendo sus afecciones a un secreto egoísmo, no menos funesto para la población que para la virtud. La indiferencia filosófica se asemeja a la tranquilidad del Estado bajo el despotismo, que es la tranquilidad de la muerte, más destructora que la misma guerra. De manera que el fanatismo, aunque más fatal en sus inmediatos efectos que lo que hoy llaman espíritu filosófico, en sus consecuencias lo es mucho menos. Por otra parte, es fácil hacer alarde de hermosas máximas en los libros, pero la cuestión es saber si están acordes con la doctrina, si necesariamente derivan de ella, y esto hasta aquí nos parece claro. Resta saber también si imperando la filosofía, reprimiría la vanagloria, el interés, la ambición, las mezquinas pasiones humanas, y si ejercería esa tan suave humanidad que nos ofrece por escrito. Por sus principios no puede la filosofía hacer ningún bien que no lo haga mejor la religión, y ésta hace mucho que filosofía no puede hacer. Por la práctica, es otra cosa, pero también aquí es preciso examinar. Ningún hombre sigue puntualmente su religión cuando la tiene, pero los más no la tienen, y no siguen en nada la que tienen; también eso es cierto, pero, en fin, algunos la tienen y la siguen, al menos en parte, y es indudable que por motivos de religión se retraen con frecuencia de hacer mal, ejercitan virtudes y realizan acciones loables que sin estos motivos no hubieran realizado. Si un fraile niega un depósito, ¿qué se deduce, sino que se lo confió un tonto? Si lo hubiera negado Pascal, probaría que Pascal era un hipócrita, y nada más. Pero un fraile... ¿Son acaso las personas que trafican con la religión las que la tienen? Todos los delitos que comete el clero, como los que cometen otros, no prueban que la religión sea inútil, sino que son muy escasas las personas que tienen religión. Nuestros gobiernos modernos deben sin ninguna duda al cristianismo que su autoridad sea más sólida y menos frecuentes las revoluciones, y ellos son también por aquélla menos sanguinarios, lo cual se prueba comparándolos con los gobiernos antiguos. La religión mejor conocida ha descartado el fanatismo suavizando más las costumbres cristianas. Este cambio no es obra de las letras, porque en todas partes donde éstas han brillado ha sido más respetada la humanidad. Lo atestiguan las crueldades de los atenienses, los egipcios, los emperadores de Roma y los chinos. ¡Cuántas obras misericordia se deben al Evangelio! ¡Cuántas restituciones y reparaciones produce la confesión en los países católicos! ¡Cuántas reconciliaciones y limosnas se hacen cuando se aproxima el tiempo de comulgar! ¡Cuán menos codiciosos hacia a los usurpadores el jubileo de los hebreos! ¡Cuántas miserias precavía! La fraternidad legal unía a toda la nación, y no se veía entre ellos un mendigo. Tampoco se ve ninguno entre los turcos, donde hay innumerables fundaciones piadosas, siendo por principio de religión hospitalarios hasta con los enemigos de su culto. Los mahometanos, según Chardin, dicen .que después del examen que ha de seguirse a la resurrección. universal, todos los cuerpos pasarán por un puente denominado Pul-Serrho, que atraviesa el fuego eterno, puente que miran como el tercero y último examen y el verdadero juicio final, porque allí es donde se ha de hacer la separación de los buenos y los malos..., etc.» «Los persas -continúa Chardin-, tienen la fantasía tan ocupada con ese puente, que cuando alguno sufre alguna injuria de la que en manera alguna puede alcanzar justicia, su último consuelo es decir: «Te juro por Dios vivo que me lo pagarás doble el último día, y que no pasarás el Pul-Serrho sin darme antes satisfacción; me agarraré del faldón de tu vestido y me enredaré entre tus piernas». He visto a muchas personas eminentes y de toda suerte de profesiones que con el miedo de que les impidiesen el paso por ese terrible puente, suplicaban a los que se quejaban de ellos que les perdonasen, y a mí mismo me ha sucedido cien veces lo mismo. Personas de calidad, que a fuerza de importunidades me habían obligado a que hiciera cosas contra mi voluntad, me buscaban cuando creían que ya se me había pasado el enojo, y me decían: «Yo te ruego, halal becon hantchrlsma», que quiere decir «hazme este negocio lícito o justo». Algunos me han enviado presentes y hecho servicios para que los perdonase, declarando que lo hacían de buen corazón, y no es otra la causa que la creencia en que están de que no han de pasar el puente del infierno sin satisfacer hasta el último maravedí a los que hayan oprimido». (Tomo VII, in, 12, pág. 511.) ¿He de creer yo la idea de este puente que tantos males repara no evita alguno si quitasen a los persas esta idea, convenciéndoles de que no hay ni Pul-Serrho ni nada parecido, donde después de la muerte se vengan los oprimidos de sus tiranos, ¿no es claro que esto los tranquilizaría y los libraría del afán de apaciguar a estos desgraciados? Por tanto, esa negación sería perjudicial y por consiguiente. contraria a la verdad. Filósofo, tus lees morales son muy bellas, pero muéstrame la sanción de ellas deja por un momento de divagar y dime sin rodeos con qué quieres sustituir al Pul-Serrho.
  32. No hay nadie que mire a la infancia con tanto desprecio como los que de ella salen, lo mismo que en los países en que es poca la desigualdad y teme cada uno que le confundan con sus inferiores, es donde se observan las distinciones con mayor afectación.
  33. Aventuras de Lee Beau, abogado del Parlamento; tomo II, página 70.
  34. El clero romano los ha conservado muy hábilmente, y a ejemplo suyo algunas repúblicas, entre otras la de Venecia. Por eso el gobierno veneciano, a pesar de la ruina del Estado, todavía posee el aparato de su antigua majestad, el afecto y la adoración del pueblo, y después del Papa, ornado con su tiara, no hay seguramente rey, ni potentado, ni ningún hombre del mundo tan respetado como el Dux de Venecia, sin poder ni autoridad, pero consagrado por su pompa y adornado su fieltro ducal con una escofieta de mujer. La ceremonia del Bucentauro, que causa tanta risa a los necios, harta verter al pueblo de Venecia hasta la última gota de sangre por mantener su tiránico gobierno. Se daba el nombre de Bucentauro a un grande y magnífico barco sin mástiles ni velamen, bastante parecido a un galeón, en el cual se embarcaba el Dux de Venecia para la ceremonia de sus esponsales con el mar. Esta ceremonia tenía lugar todos los años, el día de la Ascensión: se suprimió en 1797, cuando Venecia pasó al poder de Austria por el tratado de Campo-Formio.
  35. Como si hubiera ciudadanos que no fuesen miembros de la ciudad, y en calidad de tales, partícipes de la autoridad soberana. Pero en Francia, habiéndoseles ocurrido usurpar el respetable nombre de ciudadanos que se daba antiguamente a los miembros de las ciudades de las Galias, han cambado de tal forma la idea de este vocablo, que ya no se entiende lo que con él quieren decir. Un hombre que acaba de escribir muchas majaderías contra la Nueva Eloisa, ha adornado su firma con el título de ciudadano de P1mbeuf, y ha creído que me brindaba una ingeniosa burla.
  36. Esto está probado en el Ensayo sobre el origen de las lenguas, que se encuentra en la colección de mis escritos.
  37. Dos mujeres de mundo, por fingir que se divertían mucho, se habían impuesto la ley de no acostarse hasta las cinco de la mañana. En el rigor del invierno, sus cocheros pasaban la noche esperándolas en la calle y arropándose mucho para no helarse. Una noche, o mejor dicho, una mañana, tuvieron que entrar unas personas en el aposento donde pasaban las horas esas dos mujeres tan divertidas, las encontraron durmiendo cada una en butaca y sin que nadie las acompañase.
  38. ¿Mulierem fortem quis invenie? Procul, el de ultimis finibus pretium ejus. (Prov. XXXI 10.)