España trágica : 18

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Celebrando la ocurrencia, afirmó Vicente que el acuerdo votado aquella tarde por las Cortes dificultaría la elección de Rey, pues no habría candidato que reuniese 171 votos... Con esto salía ganando la República.

«Pues que venga de una vez -dijo Pilar gozosa, extendiendo su optimismo a la forma de gobierno-. ¿Y qué nos va a pasar si suben los republicanos? Porque guillotinas no han de traer... Todas las fierezas de esos buenos señores quedarán reducidas a quitar las quintas, a rebajar las contribuciones, y a suprimir unos cuantos clérigos de los muchos que hay».

Terció en la conversación el Coronel Ibero, asegurando que don Juan no se acoquinaba por la dificultad de los 171 votos; que tendríamos Rey; que ya se habían echado los anzuelos para pescar uno de familia Real de muchas campanillas, y que... por el momento no podía decir más... Entendieron los oyentes que algún secreto poseía, guardado en el arca de su discreción... Hablando de Prim y de sus dotes de gobernante, recordó Vicente el bosquejo de la emancipación de Cuba, y quiso saber si los Estados Unidos entraban por el aro. Según afirmó el Coronel, enterado por buen conducto, los yanquis estimaron aceptable la proposición y excesiva la cantidad. Entrarían tal vez, si España se contentaba con la mitad, ciento veinticinco millones de pesos... Pero aunque se llegase a un acuerdo en la cuestión metálica, el trato aquel tropezaría con enormes dificultades por los escrúpulos caballerescos del patriotismo español.

Contó Ibero que el General había dado conocimiento de su atrevido plan al Consejo Supremo de Guerra. Los primates que componían aquel alto Cuerpo se indignaron viendo reducidos a una cuestión de ochavos los sacros fueros de Marte y el glorioso atavismo. Todo les pareció mal, y sin dar informe por escrito, pusieron en el cielo sus clamores. Prim ignoraba la opinión del venerable coro de ancianos de la Milicia, y a este propósito refirió el Coronel un pequeño pasaje histórico por él presenciado. Estaba el General en su aposento familiar, vistiéndose para salir a la calle. Presentes se hallaban Sánchez Bregua, el ayuda de cámara, el ayudante Moya y Santiago Ibero. El General, parado ante el espejo, en la operación de anudarse la corbata, preguntó al Subsecretario si algo sabía del efecto causado en los del Consejo por la nota que sometió a su examen. Sánchez Bregua, recelando que el General desataría su coraje al saber la opinión de los veteranos, furiosamente contraria al proyecto, atenuó cuanto pudo la verdad de su respuesta. Ya Prim se lo tenía tragado: conocía la honda inercia de la rutina histórica y la rigidez de las corporaciones seniles, buenas para contener, ineficaces para el impulso... Sin apartar la mirada de su propia imagen en el espejo, ni desentenderse del lazo de su corbata y de la compostura de su efigie, pronunció fríamente estas palabras: «Ya lo llorarán... ya lo llorarán».

Comentaron Ibero y la joven pareja el dicho del General. Ninguno de los tres tenía bastante clara la percepción adivinatoria para saber si los españoles futuros derramarían lágrimas sobre la inmovilidad de los hieráticos consejeros. Tan sólo Vicente, recordando al iluminado y erudito Segismundo, sabio, calavera y un poco borrachín, tuvo una rápida visión de la edad futura, visión de sangre, llanto y desconsuelo; pero creyéndola hechura del pesimismo que todos los españoles del siglo XIX llevamos dentro, no se determinó a manifestarla.

El tiempo corría, precipitando a los madrileños hacia la desbandada veraniega. En todas las casas ricas se limpiaba el polvo a las maletas, y las señoras cuidaban de los complicados equipos que habían de lucir en las casas de baños y en las playas del Norte. Lucila confirmó a Vicente la promesa del viajecito a París, y para que el joven tuviera freno y compañía en la grandiosa y divertida ciudad, determinó ir con él. Demetria y su familia partirían para Royan, con escala de pocos días en Vitoria. Gracia y su marido, y el hijo cadete, que tomaría vacaciones muy pronto, seguirían la misma ruta, después de pasar un par de semanas en Samaniego y Paganos, inspeccionando la recolección. Todos aguardaban gozosos el día en que tocaran a emigrar, y Pilarita singularmente piaba y trinaba, como avecilla que se dispone a levantar el vuelo hacia los climas dulces, y hacia los aleros y los árboles donde se han de colgar los nuevos nidos.

«¿Por qué está tan alegre mi Pilarica? -le dijo su novio una tarde, viéndola batir palmas y gorjear una canción de moda.

-Pero ¿no sabes la noticia?... Nos vamos la semana que viene... Es casi seguro que iremos también a París. Allí nos veremos; allí nos pasearemos, olivarej arriba, olivarej abajo, como dijo Cúchares... Y puede que nos lleguemos a ver un poquito de Alemania... ¿Sabes ya que nos traen un Rey alemán? Lo ha dicho el tío Santiago; el nombre es algo así como Ole-Ole...

-El príncipe Leopoldo de Hohenzollern... Parece que acepta... Al fin hay un caballero que no se asusta de regir estos alborotados reinos. Salazar y Mazarredo ha traído el notición de la conformidad del Príncipe y del consentimiento del Rey Guillermo de Prusia.

-Pues esto del Rey prusiano me gusta mucho... Las modas no vendrán ahora de París, sino de Berlín, y ya no beberemos vino, sino cerveza. Tenemos que aprender algo de alemán, que es una lengua muy parecida a la que hablan los pájaros. En fin, Vicente: como no pienso más que en nuestra felicidad, todo me alegra. Y te digo también que si en vez de traernos Rey alemán nos lo trajeran turco, me alegraría lo mismo.

-Yo no... porque, según he oído, Napoleón está que trina... La noticia ha caído aquí como una bomba. Prim está en Daimiel, cazando con Milans del Bosch y otros amigos. Vendrá esta noche. Mañana sabremos si ese Hohenzollern cuaja o no cuaja.

-El nombre de Ole-Ole me hace mucha gracia. Invita a las cañas de manzanilla y al baile flamenco... Yo me río y me divierto con estas cosas, porque, la verdad, no me dan frío ni calor: sobre esto que llamáis política y sucesos públicos, mi alma vuela como una mariposita. Todo lo ve y lo mira; pero no se posa más que en lo suyo, y lo suyo es un caballerete muy simpático y muy pillo, que se llama don Ole-Ole Halconero...».

Cada hora traía nuevas impresiones. La candidatura del Hohenzollern le había sabido a Napoleón a cuerno quemado. Su Embajador, Mr. de Mercier, llegó a decir: «Antes que ese prusiano, Montpensier». Y mientras el Gobierno español convocaba las Cortes para decirles:Eureka, ya tenemos Rey, las cancillerías de Francia y Prusia se alborotaban como gallineros visitados por el zorro. «Oye, Vicente -decía Pilarica a su novio-. ¿Con que se ha roto o está para romperse el equilibrio? Explícame eso...». «No se romperá nada -repuso Halconero-, porque el Príncipe Leopoldo ha renunciado a la mano de doña Leonor. No es mala gresca la que han armado con la tal candidatura. España no puede desmentir su abolengo histórico. Es la dama guerrera que preside los torneos del mundo. Una mirada suya, cayendo como centella donde menos se pensaba, ha estado a punto de incendiar los campos europeos.

-Pues mi padre sostiene que el gallinero sigue alborotado, y que en él anda un zorro muy listo que llaman Bismarck... Pero, sea lo que quiera, podremos irnos a Francia tranquilamente».

Salió la familia Calpena, y en Vitoria supo don Fernando que Napoleón, impertinente y picajoso, había exigido al Rey Guillermo tales garantías para evitar la reproducción del conflicto, que el Soberano de Prusia hubo de mandarle a paseo en la persona del Embajador Mr. Benedetti. Partieron los Iberos para La Guardia, y en el camino se les dijo que Francia, o más claro, el Imperio, ávido de laureles militares con que galvanizar su dominio, había declarado la guerra a Prusia... Salieron Halconero y su madre, dejando en Madrid la desagradable impresión de que un guiño de España buscando Rey había encendido la guerra europea. En el descanso de Bayona oyeron la trepidación del suelo francés, y a los dos días, apenas llegados a París, presenciaron la furiosa exaltación de las turbas gritando: «A Berlín, a Berlín».

Asustada Lucila de aquel estruendo, propuso a su hijo volverse a España; pero Vicente no se avino a dejar la plataforma de donde tan bien se vería la descomunal tragedia que se anunciaba. Contagiado de la opinión corriente en Madrid y en toda España, creía que el poder militar de Francia era incontrastable; que el sol de la leyenda napoleónica no se había eclipsado, y como un lorito repetía la jactanciosa frase de Girardin:Echaremos a los prusianos a culatazos al otro lado del Rhin. Persistía en el noble mancebo el ardiente amor a Francia, por las afinidades de raza y por la exaltación de los amores literarios. Francia era Voltaire y Rousseau, Victor Hugo, Musset, Balzac... Y aun los alemanes Goethe y Heine se afrancesaban, transmigrando del hermético idioma teutónico al transparente lenguaje de las modernas Galias.

París ardía en entusiasmo y en fiebre guerrera. En los bulevares, el paso de los batallones encaminados a la guerra promovía delirios de patriotismo loco. En toda Francia los ferrocarriles conducían tropas hacia el Este; por las estaciones pasaban trenes y más trenes con la velocidad del rayo. El Gobierno francés, temiendo las indiscreciones del telégrafo, prohibió bajo penas severísimas las noticias de movilización... A pesar de estas precauciones, que pusieron en pugna el arte de la guerra con los adelantos científicos, las noticias volaban sin saberse de dónde salían. Prusia había lanzado a las orillas del Rhin medio millón de hombres... El Rey Guillermo tenía su cuartel general en Francfort... Dos formidables cuerpos de ejército, mandados por el Príncipe real de Prusia y por el Príncipe Federico Carlos, ocupaban Maguncia y Coblenza... Todas las naciones se armaban hasta los dientes. Italia y Bélgica eran verdaderos campamentos; Austria llamaba sus reservas; Inglaterra mandaba al Báltico sus escuadras... Francia retiraba de Civittavecchia las tropas que allí tenía para defender de los garibaldinos los Estados del Papa...

Halconero escribía desde París a su prometida, residente en Royan: «Estoy en el mejor sitio para ver la tragedia más grande y sangrienta que ha presenciado el siglo desde Waterloo. No temas por mi madre y por mí. Aquí no corremos peligro alguno. París es la torre desde donde podremos ver sin riesgo la reforma del mapa de Europa. La tragedia será hermosa y terrible. Nunca pensé que me fuera dado ver de cerca un hecho de los que han de ser punto culminante en la Historia de la Humanidad. ¡Qué pequeños nos sentimos ante la Historia vista en la realidad! Pero aún nos parecen más enanos los que han de leerla después de bordada en el cañamazo de la letra de molde... Vida mía, hoy no te escribo más... Voy al caféCardinal a saber noticias. Parece que algo se sabe ya de un primer encuentro, favorable a las armas de la divina Francia».

En aquellos angustiosos días, París necesitaba una victoria... París no podía vivir sin victoria, y esta le fue transmitida desde Saarbruck como un calmante telegráfico. Roto el fuego, los batallones franceses habían cortado del árbol germánico los primeros laureles. El telegrama llevó a París trompetazos de fanfarronería, y una nota sentimental:La jornada había sido brillante... El fusil de aguja había hecho maravillas... El Príncipe Imperial se mostró sereno en medio del fuego.

Enloqueció París con esta inyección de ideal napoleónico; pero poco hubo de durarle el efecto del estimulante. Lo de Saarbruck fue el 2 de Agosto, y el 4, la acción de Wissemburgo, empezó a deshojar la flor de las ilusiones, iniciando la serie de descalabros con que Francia pagó su imprevisión y el descuido de sus organismos militares... Dejando ahora lo público por lo privado, se dirá que Halconero se encontró en París con su amigo Antonio Orense. A menudo se reunían en el café de Madrid o en el Cardinal para remembrar a España, y condolerse de sus querellas y desdichas. Con otros jóvenes emigrados hizo amistad Vicente, distinguiendo a un catalán llamado Garrigó, que había corrido la suerte de Suñer y Capdevila en la sublevación federal del 69. A principios de Agosto, después de la desastrosa acción de Worth, se organizó en París un cuerpo de voluntarios, en el cual se alistaron jóvenes emigrados de distintas naciones. Uno de estos fue Garrigó, que con generoso ardimiento quería dar su sangre por la hospitalaria y gloriosa Francia.

El día en que partió para la frontera la legión de voluntarios, fueron Halconero y Orense a la estación de Estrasburgo a despedir al bravo Garrigó. Tan apretado era el gentío, que difícilmente pudieron abrirse paso hasta el andén. Entre el humano revoltijo formado por los legionarios y los que iban a despedirles, vio Halconero una cara de hombre que le produjo repentina emoción. No pudo contenerse... A codazos y empujones se abrió paso; llegó hasta el tal, que era joven, de figura gallarda y varonil belleza... y agarrándole el brazo, no se entretuvo en preguntarle quién era ni en presentarse con las formas usuales, sino que con airosa familiaridad le dijo: «Usted es Santiago Ibero.

-Sí, señor: yo soy...

-¿Y usted va también...?

-Voy... sí, señor... Perdóneme... no tengo el gusto de conocerle.

-No es ocasión de pedirle que aguce un poco la memoria. Hace algunos años, no sé cuántos, nos conocimos en Madrid, en la casa de mi tío Leoncio. Yo era un chiquillo. Paseamos juntos una tarde, hablando de...

-Ya me acuerdo.

-Por la noche estuvo usted en mi casa, calle de Segovia...

-Sí, sí: la noche que el señor de Tarfe me disfrazó de fogonero para escapar de Madrid... Y usted me ha conocido...

-Más que por mis recuerdos, por el parecido de usted con su hermana Fernanda, de triste memoria...

-¡Ah!... ¡mi hermana Fernanda...!

Dijo esto con inflexión de duelo, mientras Vicente, ahogado por la pena, hubo de contener con esfuerzo viril las lágrimas que le salían a los ojos... Este diálogo nervioso, rapidísimo, no pudo prolongarse en ocasión tan importuna. El oleaje humano separó a los que ya parecían amigos. Por un esfuerzo de ambos volvieron a juntarse... Vio Halconero a una mujer hermosa que cogida al brazo de Santiago se despedía de otras mujeres... El hijo de Lucila, movido de intensa efusión, se dirigió a ella con fraternal confianza: «Usted es Teresa. La conozco sin haberla visto nunca. ¿Pero... usted también a la guerra?

-Sí, señor. Ya que no he podido disuadirle de esta calaverada heroica, me voy con él... no quiero que esté solo».

No había tiempo para más explicaciones. Santiago abrazó a Vicente, diciéndole: «Adiós... adiós. ¿Nos volveremos a ver en París? ¡Quién sabe si nos veremos en España! Adiós».

Y Teresa, en los apretujones para subir al tren, pudo decir: «Le conocemos a usted, caballero don Vicente. En París sabemos todo. Tenemos en Madrid nuestro pequeño espionaje... Adiós... Una palabra no más. Si volvemos vivos de esta calaverada, llámela usted aventura, Santiago se reconciliará con sus padres... Yo se lo aconsejo...».

Y lo demás fue dicho por Santiago, ya en el estribo, después de subir Teresa: «Diga usted a mi madre y a mi padre que Teresa y yo iremos a visitarles en La...».

Ahogaron su voz los vivas y aclamaciones patrióticas. Halconero gritó: «En La Guardia...». Y Santiago y Teresa afirmaban con cabezadas.

Partió el tren, que al matadero llevaba tanta juventud, alucinada por un ensueño de gloria.



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