Extremadura
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- Extraído del libro de versos EXTREMADURA de Luis Chamizo.
- El texto está escrito en un dialecto extremeño, (el castúo).
- Este libro al completo se reparte en 2 páginas wiki.
EXTREMADURA
(POEMA)
Dedicatoria:
A la santa memoria de todos
los caídos por Dios y por la Patria en este amanecer de nuestro viejo imperio.
Luis Chamizo.
Prólogo
Hace días tengo ante mis ojos, en mi mesa de trabajo, el canto primero de este singular poema. Su autor, mi admirado amigo Luis Chamizo, me apremia cariñosamente para que escriba unas líneas, con las cuales me hace el honor de querer que se encabece la edición de su poema. Mí deseo de complacer al eximio poeta no puede ser más profundamente fervoroso.
Quisiera trazar esas líneas, y trazarlas a su gusto. Pero al poner manos en la obra me veo acometido de una gran perplejidad. No sé cómo hacerlo. He leído y releído estos hermosos versos. Son versos empapados en una honda, sincera emoción. No hay gran poeta que no los haga así. Podrá ser esta emoción alborotada y violenta. Podrá ser mansa y honda. Pero sin ella no escribe versos ningún gran poeta. Ahora bien: lo interesante para el crítico es dilucidar la raigambre de la emoción de que están impregnados los versos del gran poeta. Y esta discriminación exige una calma, una serenidad analítica que se hace difícil conservar ante los versos de Luis Chamizo.
Cuando tuvo la bondad de leerme su poema dramático Las Brujas, recuerdo que le dije:
—No sé lo que la crítica dirá de la obra al día siguiente de verla en las tablas. Esto es dificilísimo de predecir, porque son muchos los factores contingentes que influyen en ello. Pero lo que me atrevo a asegurar es que no hay público al que no domine y rinda esta versificación.
Y los hechos confirmaron luego plenamente mis palabras. No ha habido un solo público que haya presenciado la obra sin prorrumpir en clamorosas ovaciones.
Lo mismo puede asegurarse respecto de los públicos que oigan el recital de este poema. Pero es el caso que esta mágica fuerza de contagio que tiene la versificación de Chamizo altera la serenidad, la calma necesaria para que ninguna caliginosidad apasionante empañe la diafanidad de visión, sí se ha de penetrar con paso firme en el análisis del contenido estético, del alcance ideal, y aun simbólico, en que pueda radicar el misterio emotivo de la creación artística.
Chamizo ha creado una fábula, una acción hondamente interesante, y la ha encuadrado en un marco maravillosamente delineado. Este marco tiene dos atmósferas: el medio racial y el paisaje.
Todo lo ha tomado el poeta, con rigurosa exactitud, de la realidad viva y palpitante que le rodea. La acción se desenvuelve con un calor de vida auténtica, que se palpa y se siente, como los sucesos que se viven a diario. Los actores del drama viven y se mueven con una originalidad tan espontánea, con una reciedumbre de realidad, que el poeta, más que su creador, parece mero cantor, entusiasta e inspirado, pero fiel y exacto, de una gesta que transcurrió a su vista.
Y el marco en que se encuadra esta acción —ya lo hemos dicho— tiene dos esferas distintas, pero tan íntimamente compenetradas, que la una parece continuación y complemento de la otra. Una es el ambiente social, la vida del pueblo y la vida campesina, donde la acción se desenvuelve. La otra es el paisaje, el escenario.
La exactitud, la intensidad del color, la vida del pueblo, con sus regocijos, sus tradiciones, sus ritualidades dolorosas y placenteras, se siente palpitar con tal vigor que el ritmo de sus latidos contagia el del corazón del lector. Y esta vida se encuadra y arraiga de tal modo en el paisaje, que se unen y compenetran, sin solución de continuidad.
Para obtener este triunfo, el artista ha creado el paisaje, un paisaje que se ajusta con maravillosa exactitud de líneas, de matices, de luz, color y entonación, no solamente al ambiente social, sino a la diátesis espiritual de la vida que se desenvuelve en la acción de su fábula. Pero téngase en cuenta que al decir, al asegurar nosotros que el artista ha creado el paisaje, 710 hemos pensado un momento en negar, ni siquiera restar en nada, la exacta objetividad que tiene el paisaje de Extremadura que Chamizo pone en su obra.
Cuando se dice —y se ha dicho repetidamente, con gran verdad— que el paisaje es creación del artista, no se pretende asegurar que se trata de una nueva invención puramente imaginativa, sin conexión alguna con la objetividad real. La mejor prueba de esto está en el caso —tan frecuente— de que un determinado paisaje conocido, disfrutado por nosotros directamente, lo vemos un día en el cuadro que de él nos presenta un poeta, y encontramos en él una novedad insospechada. Y en ocasiones no es necesario que sea un artista ajeno a nosotros; nosotros mismos encontramos inesperadas novedades en el mismo paisaje que hemos visto antes muchas veces sin advertirlas.
Tres grandes poetas nos han ofrecido vivas sensaciones del paisaje de Extremadura. Un gran verismo hay en los cuadros que cada uno de estos tres grandes artistas han trazado sobre el mismo paisaje. Sin embargo, son los tres profundamente distintos. Estos poetas son Cristóbal de Mesa, Gabriel y Galán y Luis Chamizo. El paisaje de Extremadura que nos ofrece Cristóbal de Mesa es un remanso de paz, de silencio y dulce apartamiento de los tráfagos mundanos; más estimable por fecundo que por florido. Árboles y ganados brindan ubérrimas abundancias que ponen el venturoso retiro a cubierto de penurias y escaseces, y los ríos de mansa corriente, las frondas de tupida urdimbre, las dilatadas llanuras silenciosas y lejanas de las urbes tumultuosas nos aseguran la paz, la tranquila quietud, el dulce reposo defendido del tumulto de las pasiones, envidias venenosas y agresiones de los hombres. Hay en este paisaje una dulce melancolía cuya gustosa quietud compensa las renunciaciones a que obliga su lejanía del bullir mundano, y en su fecunda abundancia una liberación de penurias y privaciones. La vida del poeta ha sido una infortunada contienda con la adversidad Sus merecimientos no han logrado triunfar, ni en sus legítimas aspiraciones de gloria, ni siquiera en la suspirada liberación de la indigencia que tenazmente le ha perseguido. Con despechado rendimiento ve que la nieve de las decepciones comienza a blanquear sus cabellos, y vuelve su vista a los campos de Extremadura, que conocía desde la niñez, y los ve a la luz de su deseo de paz y de reposo, y aun de abundancia, nunca disfrutada, por él.
El paisaje de Extremadura que canta Gabriel y Galán es también un remanso de paz, lleno de dulces quietudes, pero iluminado por una sana alegría de perenne y riente alborada, gozosa y optimista. La inmensa llanura, el río, la fuente, hasta la pelada cuesta ríe y canta, en el trino del pájaro o en la flauta del vaquerillo, las dulces tonas de la tierra, la cual se pone triste sólo con los dolores inherentes a la vida terrena, sobrellevados con la santa resignación que la fe firme pone en los corazones valerosos.
El paisaje de Chamizo, en cambio, es un paisaje bronco, adusto y dinámico, si se me permite la frase, ya que no encuentro otra más ajustadamente expresiva de la naturaleza de este paisaje. Es objetivamente el mismo, pero sus elementos parece que se mueven, se retan, luchan, y hasta se rinden de fatiga:
«Al abrigo del cerro de las coscojas,
que reta con sus canchos a la montaña,
torvo y enfurrufiao,
hay un roíllo de tierra llana
que alfombran gamonitos u jaramagos,
cardinchas, gallicrestas y ceborranchas,
en donde muy surtió vierte su corriga
de limpias aguas
el fragüín que, saltando de risco en risco,
desciende de las morras de la Morgaño
y en el lecho del llano, sobre la yerba,
trinsao de fatiga se destiraja,
diciendo, cantarína, cuentos de lobos
al doblón, los tamujos y las retamas.»
El único reposo es de fatiga, y es para contar cuentos de lobos. Y antes de esto:
«Al fondo de la vasta llanura fértil,
se yergue, majestuosa, la sierra brava,
ceñía por la comba de los regachos
que penden, caprichosos, de sus gargantas,
como regios cintillos de cuentas verdes
con engarces de plata.
Y a la vera del lombo, breves alcores,
extensos altozanos, mesetas amplias
que, como desperezos de la llanura,
sirven de contrafuertes a la montaña,
y en donde seculares encinas vírgenes
muestran la reciedumbre de su pujanza
serenas, graves, nobles, como si fueran
el troquel de la raza.»
Y he aquí levantado el velo del misterio. El troquel de la raza, la cuna en que se han mecido los vigores hercúleos de los hombres que incorporaron un mundo nuevo a la vieja civilización. En eso está el secreto del dinamismo de que dota Chamizo a la extensa llanura, a las ondulantes cuestas, a las rumorosas frondas de los encinares que Gabriel y Galán ve tan rientes y dulcemente apacibles y Cristóbal de Mesa siente tan silenciosamente acogedores y colmados de abundancias restauradoras.
El troquel, la cuna de aquellos hombres ecuménicos que abrieron para siempre a España las puertas de la Historia universal, es lo que canta Chamizo en este poema, tanto en la acción de la fábula como en el marco social y natural en que encierra el cuadro. Desde el paisaje hasta la acción, todo está visto y sentido a la luz de la gesta titánica de Extremadura en los días gloriosos de España.
¿Es un nuevo espejismo del entusiasmo del artista? Lo innegable es la raigambre objetiva, auténticamente efectiva, que tienen las observaciones de la realidad, tan bellamente plasmadas en este vibrante cantar de gesta. ¿Está en esto la raigambre de la emoción contagiosa que nos priva de la calma, de la serenidad indispensable para el análisis detenido y minucioso que hubiéramos querido hacer de todos los quilates estéticos que avaloran la obra de Chamizo? No lo sabemos. Pero nos vemos imposibilitados de ir más allá en el estado emotivo que nos produce la lectura de sus versos.
Perdónenos el dilecto y admirado poeta y perdónenos el lector si hemos dilatado con estas divagaciones, más de lo que hubiéramos querido, el momento de comenzar el deleite inefable del poema hermoso de Chamizo.
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I Poco a poco la madre se puso triste, La Mari-Rosa, que se criaba Cuando la virgen de bucles de oro, |
Juan trajinó de firme. Una mañana, La fiesta va granando; Miguelón tiene hogaño su candelorio Al brillar el lucero, los labrantines |
FIN DE LA PRIMERA PARTE
- La segunda parte de este libro de versos EXTREMADURA, de Luis Chamizo, se halla en Extremadura 1