Historia de la Compañía de Jesús en Nueva-España. Tomo I: Libro segundo

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar



Progresos de los estudios en el colegio de México. Lee el padre Pedro Sánchez casos morales en el arzobispado. Cristiana humildad del señor arzobispo. Pretende el virrey que lea en la universidad el padre Hortigosa, y gradúase en ella con el padre Antonio Rubio. Ministerios, en Pátzcuaro y sus gloriosos frutos. Ministerios en Oaxaca. Celébrase en México la primera congregación provincial. Curso de filosofía por el padre Antonio Rubio. Envía el Sumo Pontífice un gran tesoro de reliquias al colegio de México. Incendio en Pátzcuaro, y amor de aquellos naturales a la Compañía. Inténtase la traslación de la Catedral de Pátzcuaro a Valladolid. Descripción de esta ciudad, y principios de aquel colegio. Inquietud de los naturales con esta ocasión, que sosiegan los jesuitas. Misión del padre Concha a la Puebla de los Ángeles, y principios del colegio del Espíritu Santo. Solemnes fiestas en la colocación de las santas reliquias. Aumentos del colegio de Valladolid. Principios de fundación en la antigua Veracruz, y descripción de aquel puerto. Dase razón de no haberse encargado hasta aquí la Compañía de ministerios de indios. Principios de ellos en Huixquiluca. Nuevo socorro de misioneros, o historia singular del padre Alonso Sánchez, —117→ y novedades que introduce en lo doméstico. Cédula de concordia en los estudios de la real universidad y del colegio máximo. Llega el padre doctor Juan de la Plaza, primer visitador de la provincia, con el hermano Marcos. Carácter del padre Plaza. Tentación del padre Lanuqui y algunos otros. Pide el ilustrísimo señor arzobispo de Manila jesuitas para Filipinas, y compendiosa descripción de aquellas islas. Principios de la fundación de Tepotzotlán y sus efectos. Mudanza en el Seminario de San Pedro y San Pablo. Ministerios en los demás colegios. Fundación del Seminario de San Gerónimo. Muerte de don Alonso de Villaseca, y su elogio. Muerte del hermano Diego Trujillo, y estado del colegio de la Puebla. Intenta el señor arzobispo dará la Compañía el Seminario de San Juan de Letrán. Auto de la real audiencia para que se encargue la Compañía del Seminario de San Pedro y San Pablo. Misión en Guatemala y en las villas de Zamora y Guanajuato. Pretende la Compañía ausentarse de Tepotzotlán, preséntanse los indios al señor arzobispo, y auto honorífico de su ilustrísima en el asunto. Ocupación de los misioneros de Filipinas, y embajada del padre Alonso Sánchez a Macao, sus trabajos y feliz éxito. Reunión de los seminarios de San Bernardo, San Gregorio y San Miguel en el famoso colegio de San Ildefonso. Seminario de San Martín en Tepotzotlán. Pretende el visitador don Pedro Moya de Contreras se gradúen los jesuitas en la universidad sin propinas. Aumentos de los colegios de Pátzcuaro, Puebla y Valladolid. Sucesos de Filipinas y nuevos misioneros. Concilio quinto mexicano. Segunda congregación provincial, y misión a Teotlalco. Principios del colegio de Guadalajara, y descripción del país. Noviciado en Tepotzotlán. Partida del arzobispo y virrey don Pedro Moya de Contreras. Sucesos de Filipinas. Viaje a Europa del padre Alonso Sánchez. Ventajoso establecimiento del colegio del Espíritu Santo por don Melchor de Covarrubias, y breve descripción de aquella ciudad.


[Progresos de los estudios en el colegio máximo] La recluta de los nueve sujetos en que se había aumentado la nueva provincia, era la más a propósito del mundo para llevarla a su perfección, y darle todo aquel lucimiento, y todo aquel crédito de que se necesita por lo común en los principios de las grandes empresas. Se determinó como dijimos, que el padre Pedro de Hortigosa prosiguiese o comenzase de nuevo con la misma juventud el curso de artes que había comenzado el año antes el padre Pedro López. La profunda —118→ erudición de este insigne maestro, su prudencia y destreza en manejar los tirados de la América, y la emulación de los distintos seminarios, parecieron desde luego en las públicas funciones con aplauso de la real universidad y cabezas de la República, que se distinguieron en grandes demostraciones de sólido aprecio. El señor arzobispo, no pudiéndose resolver a que la luz de tanta doctrina se limitase a sola la juventud en los privados estudios del colegio, en que a muchos por sus ocupaciones o su carácter les sería imposible, o pudiera parecer indecorosa la asistencia; determinó que alguno de los padres leyese la teología moral en su mismo palacio. Escogió para esta importante ocupación al padre Pedro Sánchez, que en medio de los grandes afanes del gobierno de la Provincia, se encargó con gusto de un cuidado tan provechoso. Juntaba su ilustrísima todo su clero en días determinados, y asistía personalmente a oír de boca del padre los principios de la moral cristiana, las resoluciones de casos prácticos, que se proponían con la más humilde atención. Así debemos entender las palabras del maestro Gil González Dávila, en su Teatro eclesiástico de la América, cuando dice: «que este señor, deseoso del aprovechamiento de su clero, pidió del padre Pedro Sánchez leyese el catecismo en su palacio, y que el mismo arzobispo era de los oyentes». Sin duda por la palabra catecismo debió de entender, no precisamente la exposición de las doctrinas y artículos de nuestra fe, sino todo el fondo de la doctrina evangélica, aun en la parte que mira a los preceptos y obligaciones en que nos empeña la profesión del cristianismo. No contento aun este ejemplar prelado con una distinción tan ruidosa, reconociendo en las mismas conferencias morales la falta que le hacia el método, la precisión y el orden de la filosofía y la teología escolástica, quiso que el padre Hortigosa le leyese privadamente una y otra. Sin embargo del grande peso de la mitra, daba lugar bastante a este penosísimo género de literatura. Hacía muchas veces el honor de convidar a su mesa a algunos maestros de la universidad y de las religiones para gustar de su erudita conversación, y de las disputas escolásticas que hacía nacer con arte entre los manjares. Esta especie de actos literarios era tal vez con más formalidades, retirándose a la granja de Jesús del Monte en tiempo de vacaciones, donde como uno de nuestros hermanos estudiantes se dedicaba enteramente a la tarea de lecciones, repeticiones, conferencias y demás ejercicios de la escuela. Raro ejemplo de sinceridad, que prueba bien cuánto la cristiana humildad —119→ es propia de las grandes almas. No fue tan fácil a la Compañía condescender a la honra que quiso hacerlo el señor virrey, como lo había sido dar gusto al ilustrísimo arzobispo. Intentó su excelencia que el curso de filosofía lo leyese el padre Hortigosa en la real universidad, y que allí mismo continuase después la teología. Muchas otras personas graves, y aun no pocos miembros del claustro, convenían en lo mismo; parte por hacer este honor a la religión; y parte por evitar los disturbios que pudieran nacer en la serie de los tiempos sobre el mutuo embarazo de unas y otras lecciones. Esta razón es por sí misma de tanto peso, que en fuerza de ella se ha visto después obligada la Compañía en tiempo de los reyes católicos don Felipe IV y don Carlos II; admitir las dos cátedras de prima y vísperas de que sus majestades se dignaron hacerle merced en las famosas universidades de Salamanca y Alcalá. Sin embargo, la modestia de nuestros primeros fundadores no se determinó a aceptar este honor, y para precaver las funestas consecuencias de una discordia entre los estudios, se resolvió ocurrir a su Majestad para que diese a nuestras escuelas un establecimiento sólido, y con que ponerse siempre a cubierto de cualquiera contraria pretensión; no porque hubiese entonces ni haya, habido después razón alguna de temerlo de parte de la real universidad, con quien se ha corrido siempre en una perfecta armonía, y que ha reconocido en nuestros estudiantes una entera sujeción a sus prudentísimos estatutos, y una materia fecundísima de sus mayores lucimientos. Uno y otro artículo, quiero decir, tanto el empeño de no admitir en la universidad cátedra alguna, como la subsistencia de los estudios públicos en el colegio máximo, ha sufrido en parte alguna variación que tendrá oportuno lugar en otro pasaje de nuestra historia. Pero ya que no se pudo omitir aquella honra, tampoco se pudo resistir a las grandes instancias con los señores arzobispo y virrey pretendieron que a lo menos los dos insignes maestros Pedro de Hortigosa y Antonio Rubio recibiesen el grado de doctores, como se ejecutó con grande aplauso y aceptación de todos los miembros de la real universidad, y singular honor de la Compañía.

[Ministerios en Pátzcuaro] No eran menores los progresos en los espirituales ministerios, tanto en México como en Pátzcuaro y en Oaxaca. En la capital de Michoacán correspondía maravillosamente el fruto a la expectación con que habían sido recibidos en ella los jesuitas. La escuela de niños, que cultivaba con el mayor esmero el hermano Pedro Ruiz de Salvatierra, para un taller donde se formaban desde los primeros años muy ajustados —120→ cristianos, aun entre los indios, cuya amable simplicidad favoreció no pocas veces el Señor, aun a costa de algunos prodigios. Se estableció desde luego el uso de las misiones circulares por los pueblos vecinos, ocupación en que florecieron en este colegio hombres insignes, heredando, digámoslo así, unos de otros el fervor y el espíritu apostólico, de quienes esperamos hablar más largamente en otra parte. Un solemne jubileo que se publicó este año, ofreció buena ocasión para comenzar con esplendor este ejercicio. El confesonario y el púlpito partían todo el tiempo de nuestros operarios. El primer cuidado fue traducirles en lengua tarasca las oraciones y la explicación de nuestros dogmas y preceptos, de que había mucha ignorancia en los pueblos algo distantes. Se les procuró introducir el uso santo de cantar la doctrina cristiana, en que entraron con tanto ardor, que en las calles y plazas, y aun trabajando en sus oficios o labranzas del campo, se oían incesantemente los misterios de la fe, haciendo unos pueblos a competencia de otros, grandes progresos en esta sabiduría del cielo. La veneración en que tenían a su sacerdote y hechiceros, era uno de los mayores obstáculos a su salud. Estos fanáticos, fingiéndose en hombres inspirados, les amenazaban con la muerte y con la desolación de sus tierras, y publicaban tener en su mano la salud, la riqueza y la fertilidad, cuyas vanas esperanzas vendían muy caras a aquella gente infeliz, haciéndola servir a su ambición, a su sensualidad y a su codicia. Esto fue lo primero que procuraron extirpar los misioneros, exponiéndose a todos los resentimientos de aquellos ministros del infierno, que llegaban a experimentar no pocas veces; pero el Señor por otra parte autorizaba sus empleos apostólicos, y disponía en su favor los corazones de los pueblos. En uno de ellos, estando el padre bendiciendo agua en la sacristía, entraron muchos indios extremamente afligidos del estrago que los ratones causaban en sus cementeras, sin que hubiese bastado a exterminarlos diligencia alguna. Suplicábanle que pasase a visitar personalmente sus heredades, creyendo que a la presencia de un ministro de Dios cesaría aquella calamidad. La viva fe de aquellos nuevos cristianos animó la del padre, y saliendo a la iglesia les hizo una breve exhortación sobre los desórdenes de su vida, fuente ordinaria de los temporales trabajos. Hízoles luego traer muchas vasijas y cántaros, y bendiciéndoles, les mandó que echasen de aquella agua santa en sus milpas, nombre que dan a las cementeras del maíz. El Señor, según su palabra, concurrió al fervor y devoción —121→ de aquella gente humilde y afligida, y pasando poco después por aquel pueblo el misionero, le dieron las gracias del alivio de sus miserias y felicidad de la cosecha.

Los indios, que según costumbre, guiaban a los padres en los caminos, no pocas veces con un piadoso engaño, los extraviaban y hacían pasar por otros pueblos de donde ellos eran, o donde habían tratado conducirlos, a instancias de sus habitadores. Los hombres de Dios se dejaban gustosamente engañar con este inocente artificio, de que tal vez se valía el Señor para la salud de sus escogidos. En un pueblo, como legua y media de Pátzcuaro, les salió arrastrándose al camino una india anciana, que estando ya desahuciada, y en los últimos términos de la vida, supo que pasaba por el lugar un padre, y anteponiendo al cuidado de la vida temporal el de la eterna, había salido a confesarse. Extraño espectáculo, sobre que no podemos dejar de admirar las fuerzas de la gracia, y de hacer un triste paralelo con la delicadeza y el orgullo de los poderosos del mundo. El padre, dando a Dios muchas gracias de tanta fe y de tanta piedad, la confesó, la consoló y la animó con la esperanza bien fundada de su predestinación y de su dicha, que pasó a gozar (según podemos creer) dentro de pocos instantes. Llegando a otro pueblo concurrieron en gran número los paisanos con grandes demostraciones de veneración y de júbilo, pidiendo a los padres les hablasen algo de Dios y de lo perteneciente a sus almas, de que en más de quince años no habían oído una sola palabra. La hambre piadosa de los oyentes hizo esperar el gran provecho con que recibirían el pan de la celestial doctrina, como se vio desde luego en las confesiones y ejercicios de piedad a que se entregaron. En otro, no bastando los ruegos para detener al misionero que pretextaba la necesidad de anunciar el reino de Dios a otros lugares, determinaron escribir al padre rector de Pátzcuaro para obligarlo a detenerse otros dos días. Santa importunidad que el padre no pudo dejar de agradecer, y a que correspondió el cielo con abundantes bendiciones de inmenso fruto. El pueblo principal a que se destinaba la misión estaba sumergido en un profundo abismo de superstición y de desorden. Parecioles a los padres, para explicarme con sus propias voces, que como en otro tiempo a San Pedro, se les tendía a la vista un lienzo lleno de bestias fieras, y de las más ponzoñosas sabandijas. La hechicería, la embriaguez y supersticiosa consecuencia, la más torpe sensualidad, estaban cuasi santificadas de la costumbre. Trabajose por algunos sin que hubiese —122→ aun alguna esperanza de remedio. El principal cacique el más interesado en la venta de los pulques (así llaman a una especie de vino o licor fuerte que extraen de la planta del maguey) y su pernicioso ejemplo arrastraba todo el lugar. Esto mismo dispuso Dios que fuese, el instrumento de la reforma. Uno de aquellos días, saliendo del sermón, en que el orador había declamado contra este vicio con extraordinaria energía, tocado de la gracia, mandó luego derramar todo el pulque, quebró las cubas donde se guardaba y los instrumentos necesarios a su extracción. Mandó asimismo pregonar en el pueblo que todos hiciesen lo mismo, so pena de ser públicamente azotados los transgresores, como lo ejecutó con la mayor severidad en lo de adelante. Omitimos otros muchos casos que hallamos en los antiguos manuscritos, que con lo edificante juntan mucho de maravilloso, no por que hagamos alarde de la incredulidad conforme al espíritu del siglo, sino porque juzgamos deberse acomodar mejor en las vidas de los varones ilustres por cuyo medio se obraron, de que esperamos formar el último tomo de esta historia.

[Ministerios en Oaxaca] En Oaxaca, muy desde sus principios, se había encargado la Compañía de la administración espiritual de un pueblo vecino a la ciudad que da su nombre el valle de Xalatlaco. Con esta ocasión eran muchos los indios que venían aun de otros pueblos a oír la palabra de Dios, y no menos abundante el fruto. En dicho lugar una india joven había sido por algún tiempo escandalosa red de muchas almas. Oyendo una de aquellas piadosas exhortaciones se confesó con extraordinarios afectos de compunción, y con tan eficaz deseo de enmendarse, como manifestó después con mucho mérito. En efecto, a pocos días la memoria de los pasados placeres comenzó a darle una guerra tan viva, que sin alguna tregua día y noche la ponía en un riesgo evidente de desesperar. Entregose por dirección del confesor a los ejercicios de la más áspera penitencia. Eran frecuentes y rigorosos sus ayunos, diarias y sangrientas sus disciplinas, continuo el silicio, fervoroso y humilde su recurso al Señor; sin embargo, aun no se apagaba la llama con que quería el cielo probar su fidelidad o inspirarle una saludable desconfianza. Se tomó el trabajo de subir descalza con una pesada cruz sobre los hombros el repecho de un monte bastantemente declive y fragoso. Se consagró al servicio del hospital, donde entre los ascos y los espectáculos más tocantes a la miseria humana, se le olvidase y borrase enteramente aquella molesta impresión del deleite. No hallando remedio —123→ en tantos piadosos ejercicios, determinó hacer, digámoslo así, el último esfuerzo del valor. Había entre los enfermos uno asquerosísimo, cuya cabeza encancerada era un manantial de podre y de granos. El hedor no era soportable aun a alguna distancia. La india afligida sentía en sí todo el horror de la naturaleza en solo acercarse a su lecho; pero animada de su mismo peligro, y llevada de un extraordinario impulso de la gracia, se arrojó a lamer la llaga hedionda, y lo que apenas se puede creer, perseveró en este ejercicio una semana entera, hasta que sacudió aquella peligrosa tentación. Acción admirable que aun en el grande apóstol de la India se hace mucho lugar a la atención, y que alcanzó de Dios, justo reconocedor del mérito, el singular privilegio de no sentir en lo de adelante las rebeldías de la carne. A otra india principal le había atraído su hermosura la persecución de un noble y poderoso, a que había resistido con heroico valor algunos años. En tanto intervalo de tiempo, y en la cualidad del pretendiente, es fácil imaginar los artificios, las amenazas, las mediaciones y promesas que haría jugar para sus vergonzosos designios. Finalmente, a pesar del recreo y cuidado que ella ponía en robarse a sus ojos, hubo de lograr con no sé qué ocasión la de hablarle y preguntarle el motivo de tanta resistencia. La virtuosa doncella, que asistía con frecuencia a la explicación de la doctrina y a recibirlos sacramentos en nuestra iglesia; y qué, señor, le respondió, ¿no habéis oído decir a los padres que de que se llega a la santa comunión se hace un cuerpo con Jesucristo?, y ¿permitiréis que yo haga esta injuria al Señor que frecuentemente recibo, haciendo servir el mío a la deshonestidad? Estas graves palabras bastaron para contener a aquel libertino, y librarla para siempre de su importuno amor. Ni eran los indios solos los que se aprovechaban tan bellamente de aquellas fervorosas exhortaciones. Una señora de lo más noble del país, aunque lo manifestaba poco en su vida licenciosa, vino por este mismo tiempo a confesarse. Su amargo llanto daba bien a conocer las disposiciones de su espíritu. Había oído pocos días antes un sermón en que el predicador había ponderado con grande energía aquel texto de San Pablo, que el pecador vuelve a sacrificar al hijo de Dios. La imagen de Jesucristo, a quien le parecía había crucificado tantas veces, hizo por entonces mucha impresión en su alma; pero concurriendo poco después con aquel la misma persona que había sido hasta entonces el motivo de sus disoluciones, cedió fácilmente a su inclinación. Divertíase con él a deshoras de la —124→ noche en sus amatorias conversaciones, cuando repentinamente sin viento o alguna otra causa que pudiera ocasionarlo, se apagó la luz que los alumbraba. ¡Saludable obscuridad que fue todo el principio de su dicha! Determinó pasar a encender la luz a otra cuadra, y había de pasar forzosamente por una pieza grande obscura y sola. El suceso mismo de haber faltado la luz, que tenía no sé qué de maravilloso y extraordinario, el silencio de la noche, la oscuridad, el pavor tan natural a su seso, y más que todo, el mal estado de su conciencia, junto con la memoria de aquel pensamiento que poco antes había agitado su espíritu, todo esto, digo, le perturbó la imaginación de tal manera, que le pareció que veis, o vio en realidad, a Jesucristo clavado en la cruz y bañado en la sangre que corría de sus llagas aun recientes. Este espectáculo la deshizo en dulcísimas lágrimas, y vuelta al cómplice le suplicó por último favor que la dejase llorar las culpas que él había ocasionado; y hecha un sincera confesión, vivió después ejemplarmente el resto de sus días.

[Primera congregación provincial] Con tales sucesos como estos, bendecía Dios los trabajos de nuestros operarios. De todas partes venían al padre provincial noticias que lo llenaban del más sólido consuelo, y creyendo que causarían este mismo efecto en el ánimo del padre general Everardo Mercuriano, y de todos los jesuitas de Europa, determinó no tenerlos más tiempo privados de tan agradables maestros. Juntó congregación provincial para elegir procuradores a las dos cortes de Roma y Madrid. Esta providencia, fuera de estar muy recomendada en nuestro instituto, pareció necesaria en las circunstancias de una nueva provincia para la confirmación de los colegios, asignación de sus respectivos rectores, y una individual relación de sus progresos. Debían pedirse varios reglamentos para lo venidero a nuestro padre general, y darse cuenta muy exacta al rey católico de una obra que su Majestad había querido mirar como suya y promover con tanta dignación.

Los únicos vocales de semejantes asambleas, según nuestras constituciones, deben ser los profesos de cuarto voto. Pero en treinta sujetos, o poco más, de que entonces se componía la pequeña provincia, no se hallaba de este carácter sino uno solo, fuera del padre provincial, que era el padre Pedro Díaz. Tanto se ha juzgado siempre digna de aprecio esta cualidad en la Compañía. El padre doctor Pedro Sánchez, para suplir este defecto, nombró consultores de provincia y admonitor suyo. A estos, dice el padre Juan Sánchez en un retazo de historia —125→ que nos ha quedado de su mano, se dio voto en congregación que con tanta simplicidad y lisura se procedía en aquel tiempo, y juntos todos, que fueron cinco, eligieron por procurador al padre Pedro Díaz, actual rector del colegio de Oaxaca, sujeto capaz de dar en aquellos grandes teatros mucho crédito a la provincia, y de manejar con aire les importantes asuntos de que se había encargado. Se le dio por substituto al padre Alonso Ruiz, que un año antes había venido de la Europa. Esta fue la primera congregación de la provincia de Nueva-España, celebrada el 5 de octubre de 1577. Por estar ya tan avanzada hacia el invierno la estación, no pudieron los navíos salir de Veracruz hasta la siguiente primavera. Fuera de los domésticos negocios llevaban a su cuidado algunos otros del señor arzobispo, y muchos curiosos presentes de este prelado para el Sumo Pontífice Gregorio XIII, en que no tanto hacía alarde de sus rentas y riquezas como de la veneración y respeto con que reconocía y protestaba la dependencia y unión a la soberana cabeza de la iglesia. Imágenes muy exquisitas de pluma de diversas especies, de bálsamos, piedras besoares, singulares raíces, y otras cosas medicinales; grande acción de piedad, en que conforme a la antigua disciplina se hizo servir a la religión y a la fe lo que sacrifica el mundo a su profanidad y ambición. A fines de este mismo mes comenzó a leer su curso de filosofía el padre doctor Antonio Rubio. Los grandes aplausos que tuvo este docto escritor en la América, merecen que se haga de él esta particular memoria. Después de algunos años de cátedra, que gastó en pulir aquellas mismas doctrinas, partiendo a Roma de procurador de la provincia, imprimió en España el celebrado curso filosófico que ha eternizado su nombre. La Universidad de Alcalá por auto muy honorífico a la Compañía y al padre Rubio, mandó que todo los cursantes de aquella famosa academia, siguiesen aquel mismo plan de filosofía con grande gloria de la Universidad de México, de cuyo gremio salió tan celebrado maestro.

El padre procurador Pedro Díaz con el hermano Martín González, después de una larga detención, salieron de San Juan de Ulúa y con próspera navegación llegaron a Cádiz. En México a principios del año de 1578, o a fines del año antecedente, se había remitido de Roma un riquísimo tesoro de reliquias. La Santidad de Gregorio XIII llevado de aquel paternal amor que mostró siempre a la Compañía, sabiendo como trabajaban por la gloria de Dios en estas partes de la América, quiso excitar su fervor, y animar la de recién plantada en —126→ estos reinos con los preciosos despojos de muchos santos, que desde sus primeras cunas ha conservado con veneración la Iglesia santa, como pruebas de la verdad de nuestra religión, como memorias de su virtuosa vida, y como prendas de su resurrección gloriosa. Para este efecto, dio facultad a nuestro maestro reverendo padre general Gerardo Mercuriano, para que de los inmemorables sepulcros y memorias antiguas que conserva y venera aquella patria común de los mártires, extrajese reliquias y las remitiese en su nombre a las provincias de Indias. A la de México, se remitió desde el año de 1575 una crecida cuantidad en un aviso de España, que naufragó a la costa de Veracruz. La gente de mar se apoderó de aquel rico tesoro, que apenas apreciaba sino por los exteriores adornos. A pocos días de verse libre del naufragio por la pasada fatiga y el poco favorable temperamento de aquel puerto, se apoderó de ellos una epidemia de que morían cada día muchos. Los que habían repartido entre sí las reliquias, dieron parte al comisario del santo oficio, que allí residía, añadiendo que los cajones en que venían, según el rótulo, parecían pertenecer a los padres de la Compañía. Restituyó cada uno lo que había tomado, y el comisario las remitió luego a México, donde se recibieron con grande veneración; pero con el pesar de no poderlas exponer al público culto por la falta de auténticas o certificaciones necesarias, de cuya conservación no habían cuidado los marineros. Diose a Roma noticia del naufragio, pidiéndose nuevas auténticas; pero Su Santidad quiso añadir otro nuevo favor, mandando extraer mayor porción de ellas, que llegaron con felicidad. Muchas vinieron insignes por su magnitud, y muchas por los santos de cuyos cuerpos se tomaron. Entre estas, las más especiales fueron una espina de la corona de nuestro Salvador, un Lignum Crucis, otras del vestido de la Santísima Virgen, de su castísimo Esposo y de Señora Santa Ana. Dos de los príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, y once de los restantes: veinticuatro de santos confesores, catorce de santos doctores, veintisiete de algunos santos particulares, cincuenta y siete de santos mártires de nombre conocido, con otras muchas, que por todas eran doscientas y catorce de algunos bienaventurados, cuyos nombres ignora la Iglesia Militante, y espera leer en el libro de la vida. Luego que se recibieron en casa, conformándose a la disposición del Sacro Concilio Tridentino, se dio parte al ilustrísimo señor don Pedro Moya de Contreras, que pasó luego a reconocerlas y las adoró el primero. Estuvieron por algún tiempo en una decente pieza interior del colegio, —127→ ínterin se disponía lo necesario para la colocación, en que se interesó la ciudad para hacerlo con el aparato más magnífico que hasta entonces ha visto en la América. En presencia de aquel sagrado depósito, (dice un antiguo manuscrito de aquellos tiempos) pasaban los nuestros muy largos ratos de oración, y se experimentó en todos un nuevo y sensible fervor, que se atribula justamente a la intercesión de aquellos amigos de Dios, a quienes ha querido honrar su Majestad excesivamente.

[Incendio en Pátzcuaro] Mientras que en México se disponía todo para una función ruidosísima en la colocación de las santas reliquias, cuyos preparativos ocuparon cuasi todo el año, en Pátzcuaro un voraz incendio consumió una gran parte de nuestra iglesia, y habría acabado con toda ella si no lo hubiera impedido la gran diligencia de los indios. Ellos dieron en esta ocasión una prueba bien sensible del grande amor que profesaban a la Compañía. Cayó un rayo en la techumbre de nuestro templo, que había sido, como dijimos, la antigua Catedral. Su maderaje antiguo y seco, y un viento fuerte que reinaba del Sur, animaban la llama. Los truenos y centellas eran frecuentes y espantosas. Iglesia y colegio se tenía muy en breve reducido a cenizas. Los padres en aquella repentina consternación, no habían podido poner en salvo cosa alguna. La intrepidez de los tarascos suplió a todo. Divididos en tres tropas que conducían los tres principales caciques de la ciudad, unos tomaron a su cargo transportar los muebles de la casa: otros con mayor peligro desalojar los altares y asegurar las alhajas de la iglesia; otros finalmente, más valerosos, montaron las paredes armados de los instrumentos necesarios para destrozar el artesonado, y de mantas, capotes y otros géneros mojados, y muchos cubos de agua para sofocar la llama, como en efecto lo consiguieron, sin muerte o fatalidad notable. El valor, la actividad, y sobre todo, el orden con que se ejecutó, hubiera sido admirable en la gente más disciplinada y más culta de la Europa. Los padres volviendo al colegio, no hallaron sino las paredes enteramente desnudas. Del techo de la iglesia se había consumido una gran parte; la mayor y principal se había preservado. Gustosamente daban por perdidos los padres los muebles de la casa. Sentían los vasos sagrado y demás alhajas de sacristía; pero no era posible averiguar donde estaban, ni por otra parte querían ofender a aquellos mismos a quienes se confesaban agradecidos. Poco les duró esto embarazo. Serenado todo aquel alboroto, y reconocido a su satisfacción todo lo que necesitaba de reparo, con el mismo orden fueron restituyendo cuanto —128→ habían llevado. Una estampa, una pluma no falló, con grande admiración y reconocimiento de los padres.

Fue mayor aun su sorpresa cuando los tres caciques después de haber tomado sus medidas y conferenciado con los de su nación, volvieron a presentarse al padre rector. Este les dio muy afectuosas gracias por el importante servicio que acababan de hacer al Señor y a la Compañía; pero ellos que no tanto querían mostrarse acreedores al agradecimiento, cuanto empeñarse en nuevos servicios: «Por mucho, dijeron, que a tu buen corazón parezca, padre, que hemos hecho nosotros en preservar de su total ruina la casa de Dios y la vuestra, a nosotros no nos parece haber cumplido con nuestra obligación, mientras vemos destechada y expuesta a las injurias del tiempo vuestra iglesia. Este edificio lo levantaron nuestras manos. A ellas pertenece también repararlo. Tiene también para nosotros la grande recomendación de haber trabajado en ella el primer pastor y padre de nuestras almas, y estar ahí sepultado su cuerpo venerable, cuya atención, prescindiendo de cualquiera otro motivo, sería bastante para empeñarnos a procurarle toda la decencia que alcanzan nuestras fuerzas. Solo te pedimos, pues, nos hagas el honor de reedificarlo a nuestra costa. Sabemos las cortedades que padecéis, y podéis estar seguros, que en esto no os hacemos favor alguno, ni miramos sino a nosotros mismos, y a todo este gran pueblo, a cuyo bien os habéis enteramente dedicado, y en cuya utilidad ceden todos vuestros saludables ministerios». El padre rector agradeció, como debía, tan singular atención a los caciques. Y en efecto, aunque algunas otras piadosas personas concurrieron de su parte con algunas limosnas, todas, ellas no habrían bastado sin la liberalidad de los indios. Se emplearon en esta obra más de quinientos. Venían por las mañanas a trabajar, y sacian al campo coronados de guirnaldas de flores, y de la misma suerte conducían a la iglesia las maderas, con música de sus clarines y flautas, como consagradas al culto de Dios, en que mostraban al mismo tiempo la piedad y la alegría, que tanto aprecia el Señor en las dádivas que se ofrecen a su culto. Con semejantes trabajadores, dentro de muy poco se renovó y aun mejoró la fábrica de nuestro templo, de que algunos días después tuvieron mucho que sentir y en que manifestar de mil modos la aflicción y singular aprecio que hacían de los jesuitas.

[Inténtase la traslación de la Catedral de Pátzcuaro a Valladolid] Había determinado por este mismo tiempo el ilustrísimo señor don fray Juan de Medina Rincón, que actualmente presidía aquella iglesia pasar de —129→ Pátzcuaro a Valladolid la Catedral de Michoacán. Habíase intentado esta traslación desde el tiempo del señor don Antonio Morales, segundo pastor de aquella iglesia. Obtúvose la bula de su santidad y la licencia del rey católico; pero las dificultades con que se tropezaba en la ejecución, fueron tantas, que dicho señor pasó, como cirros, al obispado de Tlaxcala sin haberse podido resolver a poner en práctica sus designios. El señor don Juan de Medina, que le sucedió en el obispado y fomentaba el mismo deseo, tuvo que luchar algún tiempo con muelles de los republicanos, y los más ancianos de su cabildo, que no podían resolverse a dejar sus casas y las antiguas comodidades de Pátzcuaro, a quien miraban como a hechura suya, y como una tierna memoria de su primer obispo y padre don Vasco de Quiroga. Alegaban que el santo prelado había escogido aquel lugar por divina revelación. En efecto, era fama común que solicitó el señor don Vasco de un lugar a propósito para establecer su silla episcopal, y recorriendo para este efecto su diócesis, llegó a Pátzcuaro, donde no halló más que un carrizal a la falda de una pequeña altura. Pasó allí en oración gran parte de la noche, y sobrecogido del sueño, se le apareció el doctor de la iglesia San Ambrosio, diciéndole, que dejase allí su residencia: se cree, que al golpe de su báculo brotó a la falda de aquel montecillo un ojo de agua, saludable y cristalina, de que se provee todo el lugar, y a cuya educación milagrosa, fuera de la común tradición, favorecen no pocas de las antiguas pinturas. El suceso pareció mostrar que había sido del cielo la elección. Los indios, en número de más de treinta mil, dejaron con gusto sus pueblos por venir a establecerse en la nueva ciudad. Los más de los españoles, que desde el tiempo de Cortés, bajo la conducta de Cristóbal de Olid, se habían establecido en Tzinzunza, se pasaron a Pátzcuaro, que se hizo desde entonces el centro de todo el comercio, y como la corto de Michoacán. A pesar de la contradicción de los antiguos capitulares, que ya eran pocos en el cabildo que se juntó para explorar, según el tenor de las bulas, su consentimiento, quedó resuelta la traslación por la mayor parte de los vocales. Leyéronse luego las reales cédulas, en que su Majestad mandaba se trasladase a Valladolid el alcalde mayor, justicia y regimiento de Pátzcuaro. La nueva metrópoli no distaba de allí sino siete leguas al Este Surueste. Hasta entonces no había sido sino un ruin cortijo con ocho u diez casas de españoles, y dos conventos de San Francisco y San Agustín. Esta ciudad, pretenden algunos, haberla fundado el maestre de campo, Cristóbal de —130→ Olid, y que de su apellido y la última sílaba de su nombre, se le dio el que tiene. De esta opinión ha sido Gil González de Ávila, de donde sin duda le tomaron el padre Murillo y algunos otros modernos a quienes favorece Bernal Díaz del Castillo, autor poco exacto en este género de noticias. No sabemos que tenga más fundamento esta opinión, que la analogía del nombre, y saberse por otra parte que Hernando Cortés, mandó a Cristóbal de Olid a Michoacán con cien infantes y cuarenta caballos; pero estos, no se establecieron sino en Sinsonza, y de allí pasaron algunos a Colima a descubrir y pacificar la Costa. Parece lo más cierto, que la ciudad de Valladolid la fundó don Antonio de Mendoza, primer virrey de Nueva-España. Con ocasión de ir a pacificar los rebeldes de Suchipila, jurisdicción de la Nueva Galicia, se dice haber pasado por aquel país, cuya hermosa vista le encantó. Determinado a fundar en aquella rasa y fértil campiña una ciudad, que fuese algún día la capital de la provincia, hizo en nombre del rey merced de tierras a los que quisiesen poblar en aquel sitio. Otros piensan haber sido con el motivo de una caza. En efecto, sabemos cuanta era la afición de este señor a este noble ejercicio, y que de la que hizo uso de los antiguos mexicanos en las vecindades de San Juan del Río, dura aun fresca la fama en el llano hermoso que conserva hasta hoy el nombre del Cazadero. Sea de esto lo que fuere, la ciudad está como a sesenta leguas al Oeste de México. La abundancia del país, genio y religión de sus antiguos habitadores, es muy semejante a la de Pátzcuaro, de quien ya hemos hablado. Le dan sus naturales el nombre de Guayangaréo. Herrera la pone en 19 grados 10 minutos de latitud boreal; los más modernos en 20. El primer convento que tuvo fue el de San Francisco, fundado por fray Antonio de Lisboa. Sobrevino la religión de San Agustín, que allí tiene un magnífico convento, cabecera de una religiosísima provincia. Los Carmelitas se establecieron por los años de 1593, en tiempo del ilustrísimo señor don fray Alonso Guerra, que fundó también el monasterio de Santa Catarina, sujeto al ordinario. Algunos años después, los de Nuestra Señora de la Merced y la hospitalidad de San Juan de Dios. Villaseñor le da en el día a Valladolid como veinticinco mil almas entre españoles, mestizos y mulatos. Indios hay pocos, y hubo aun menos en sus principios. El maestro Gil González, dice que don Antonio de Morales, primero de este nombre, trasladó la iglesia catedral de Pátzcuaro a Valladolid. No podemos dejar de sentir la flaqueza de su memoria, cuando en el párrafo —131→ siguiente, hablando de don fray Juan de Medina, sucesor del señor Morales, dice: este prelado trasladó la iglesia catedral de donde estaba a donde está. Fácilmente podríamos excusar y querríamos este paracronismo, entendiendo lo primero de la intención eficaz de aquel señor obispo, y de las bulas y cédulas que se obtuvieren en su tiempo; puro son tantos los descuidos que se notan, semejantes en este autor, que no podemos entrar en el empeño de defenderlo. Del señor don Vasco de Quiroga, dice que fundó en Valladolid el colegio de la Compañía de Jesús. Aun citando en tiempo de aquel ilustrísimo hubiera tenido Valladolid alguna forma de ciudad, es cierto que según el mismo autor, la Compañía no vino a las Indias sino después de algunos años de muerto el venerable don Vasco, que en el verdadero cómputo son siete, aunque en el suyo son cinco, porque falsamente hizo venir a los jesuitas el año de 1570 en 23 de junio. Esto hemos notado de paso para que nadie quiera juzgar de nuestra cronología por la del maestro Gil González. Laet en su descripción de la América, dice haberse ejecutado esta traslación el año de 1544. Este diligente flamenco confundió vergonzosamente la primera traslación de Tzinzunza a Pátzcuaro, que fue efectivamente ese año, con la de Pátzcuaro a Valladolid. Bernal Díaz del Castillo y el padre Basalenque, en la historia de su provincia, la afijan el año de 80, contando desde aquel tiempo en que acabó de trasladarse toda la ciudad, aunque se había resuelto en cabildo y comenzado a poner en ejecución desde fines del de 1578.

[Inquietud de los naturales con esta ocasión, que sosiegan los jesuitas] Trasladada la Catedral, era indispensable trasladarse el colegio Seminario de San Nicolás, de que era patrono el cabildo, y de cuya dirección, tanto por condescender con los antiguos deseos del señor don Vasco, como en fuerza de cláusula de fundación de nuestro colegio, se había encargado la Compañía, en cuya consecuencia deban pasar también a Valladolid los maestros de escuela y de gramática. El padre provincial Pedro Sánchez, persuadido a que todos los españoles de Pátzcuaro, y aun la mayor parte de los indios, se procurarían establecimientos en la nueva ciudad, había determinado que se trasladase allá también el colegio. El amor de los paisanos a aquel su antiguo sitio, y el que igualmente profesaban a los padres, no dejó poner en ejecución estas prudentes medidas. Cuando vieron comenzar a despojar las iglesias de todos sus adornos, que las alhajas a que ellos habían contribuido con su trabajo y sus limosnas, que las estatuas y pinturas a que se tenía mayor devoción, eran puestas en carros para conducirlas a la nueva ciudad, al —132→ que corrían por cuasi todos los semblantes, manifestaron bien las disposiciones del pueblo, que se hacía aun violencia para contenerse en los límites de un modesto dolor. Pero viendo deshacer los altares y transportar las reliquias que con tanto costo y solicitud había alcanzado de Roma el señor don Vasco, y de que había procurado hacerles concebir la mayor estimación y confianza, no guardaron medidas. Prorrumpieron en sollozos, que degeneraron breve en un tristísimo alarido. De la iglesia pasó a las calles vecinas, y muy luego a toda la ciudad. De todas partes acudían a millares; unos cercaban la iglesia, otros los carros ya cargados. Cada uno suspiraba por el santo de su mayor devoción, cuyo nombre repetían con voces lastimosas, y entre la multitud se oía sonar con un tiernísimo afecto que aumentaba la aflicción el nombre de don Vasco, del obispo santo, del padre de los tarascos, del fundador de Pátzcuaro. Seguramente entregada la ciudad al pillaje de una nación enemiga, no se habría visto en mayor consternación. Procuraban algunos consolar al pueblo con muy bellas razones; pero eran inútiles todos los esfuerzos, mientras veían crecer a cada instante los motivos de su congoja. Intentaron descolgar una hermosa campana que había mandado fundir y consagrado con grande solemnidad y aplauso de toda la multitud el señor don Vasco de Quiroga. Era esta el único consuelo y recurso en las tempestades de truenos y rayos, de que había sido antiguamente muy molestado el país. A este espectáculo, mudaron de semblante las cosas. De un pesar agravado, se pasa muy fácilmente al furor y a la cólera. Los indios corrieron prontamente a sus casas, se arenaron de sus arcos y flechas, y volvieron en tropas a la defensa de la torre. Los españoles interpretando aquel movimiento, no tanto, como era en realidad, por una piedad imprudente, cuanto por un principio de rebelión que había hallado ocasión de prorrumpir con este bello pretexto, se armaban ya, se nombraban oficiales, y se procuraban poner en estado de defensa. Pareció bien en esta ocasión todo el ascendiente que tenían los jesuitas sobre aquel gran pueblo. Persuadieron fácilmente a los españoles que aquella no era sedición contra el soberano, ni era justo alumbrarles con la misma precaución y desconfianza un delito de que ellos no habían dado hasta entonces el menor indicio a los indios: que la intención de su Ilustrísima no era privarlos de aquel consuelo; que se habían tomado aquellas providencias en la persuasión de que ellos vendrían a mudarse a Valladolid, donde se les prometían —133→ tierras más fértiles, y temperamento más sano; que si después de todo querían permanecer en Pátzcuaro, no se les molestaría más en el asunto, ni se les daría más motivo de inquietud. Con estas palabras cesó por entonces aquel tumulto, que sin duda hubiera tenido funestas consecuencias, y revivido después con mayor fuerza si no se hubiera tomado la providencia de dejar allí la campana.

Con el ruido de las armas no cesó enteramente la causa que traía tan afligido al pueblo. Supieron la determinación del padre provincial, y como se pretendía pasar nuestro colegio. Luego corrió allá toda la muchedumbre. Cercaban la casa desde afuera con grandes alaridos. Los que entraban dentro se arrojaban a los pies de los padres, preguntándoles con lágrimas si querían también desampararlos. Tuvieron por respuesta, que esa determinación se había tomado en suposición de que todo el vecindario, o la mayor parto de él se mudase; pero que si ellos no estaban en ese ánimo, no les faltaría el colegio, aunque hubiesen de sacrificarse los padres a mendigar entre ellos el sustento. Quedaron llenos de consuelo, y colmando de bendiciones a todos los sujetos de aquella casa. Solo restaba una grave dificultad. Se había dado, como dijimos, para iglesia nuestra la antigua Catedral, en que yace el venerable cadáver del señor don Vasco. Habíase éste entregado a los nuestros como en precioso depósito, que deberían restituir sin embarazo siempre que se verificase la traslación de la silla episcopal. Cumplida ya la condición, reconvinieron a los padres para la entrega, a que no sin grave pesar, se mostraron prontos, aunque previendo bien que sería difícil ejecutarlo sin una extraña conmoción de todo el pueblo. Efectivamente, este era el golpe más doloroso para los indios. Luego que lo supieron se renovó el llanto, y aun la indignación. Volvieron a las armas y tuvieron algunos días acordonada la iglesia y el colegio, mudándose toda la noche las centinelas. Cuando ya pareció estar más descuidados, vino una de las dignidades del cabildo para que ocultamente se extrajese el cuerpo. No se ocultó este ardid a la vigilancia y celo de los tarascos. Volvieron a cercar toda la cuadra y para que jamás pudiese moverse el sepulcro sin noticia suya, cortaron una loza de enorme peso y magnitud, y lo sellaron con ella a su satisfacción. El cabildo se vio obligado con dolor a sobreseer en el asunto. Los indios triunfaron, quedándose con el cadáver de su amado padre, a que les parecía estar vinculada toda la felicidad de su país, y los jesuitas tuvieron, y tienen aun hoy el consuelo de que esté sepultado —134→ entre ellos un prelado tan santo y que profesó siempre un tan sincero amor a la Compañía. Por lo que mira al colegio, no se movió alguno de los sujetos. Esta atención pareció necesaria a la confianza y amor que habían mostrado aquellas buenas gentes. El padre provincial vio muy bien la incertidumbre y la incomodidad a que iba a exponer a los suyos, que se enviaban a Valladolid. Esta ciudad comenzaba cuasi a fundarse entonces. El señor obispo y su cabildo, aunque tan favorecedores de la Compañía, se veían empeñados en el edificio de la nueva Catedral y de sus respectivas habitaciones, como los demás republicanos.

[Principios del colegio de Valladolid] Sin embargo, por no faltar lo que se había convenido con un cuerpo tan respetable, se enviaron allá dos sujetos de grande religiosidad, que fueron los padres Juan Sánchez y Pedro Gutiérrez. El primero por superior de aquella residencia, y el segundo de maestro de gramática, a que se añadió poco después un hermano coadjutor para la escuela. El regimiento de la ciudad había prometido al padre provincial que poco antes había venido de la visita del colegio de Pátzcuaro, ayudar con lo que predican al acomodo de los nuestros. Hospedáronse estos en una casa muy antigua y ruinosa que los demás habían despreciado. El padre Juan Sánchez, hombre industrioso y perito en la arquitectura y matemáticas, la aseguró lo mejor que pudo. De un establo y otra pieza que se le añadió reformó una pequeña iglesia, tanto más devota cuanto más semejante a la primera habitación que tuvo el hijo de Dios sobre la tierra. Dos de los regidores se encargaron de juntar entre los vecinos alguna limosna para el colegio. Estos eran tan pocos, que apenas llegaban a cuarenta, y todos pobres; sin embargo, se dieron a esta piadosa fábrica algunas deudas, aunque pocas de ellas se cobraron. A los ocho días trajeron los diputados a casa las escrituras y entregaron al padre superior diez pesos y tres reales en plata. Por la cortedad de este donativo será fácil conocer las necesidades que pasarían los fundadores de Valladolid en los primeros meses. El señor obispo entre las muchas y gruesas limosnas que hacía a toda la ciudad, no se olvidó de los jesuitas, pero más que todos se esmeraron en procurarles todo alivio las dos religiones de San Francisco y San Agustín. Los dos esclarecidos conventos, de concierto entre sí quisieron tomarse la obligación muy propia de su caridad, de enviar cada semana al colegio lo necesario de pan y carne, y tal vez algunas cosas pertenecientes al servicio de la iglesia. Piadosísimo ejercicio en que constantemente —135→ perseveraron todo el tiempo que aquella casa destituida de fondos no podía sostenerse por sí misma, que dura aún y durará siempre en la memoria y agradecimiento de aquel colegio y de toda la provincia. Tales fueron los principios de esta fundación, fecundos en abatimientos y en pobreza, que llevaban aquellos primeros jesuitas con una alegría y prontitud de ánimo muy propia de su instituto apostólico y poderosa para conciliarse el afecto y veneración de toda la ciudad. Hombres, que abandonándose enteramente al cuidado de la Providencia, solo procuraban el alivio y la salud de sus hermanos. Como si no tuvieran cuerpos que sustentar y que vestir, se les veía del todo ajenos de aquellas congojas que tercian embargada la ciudad, recogidos dentro de casa entregados a la educación de la juventud y a sus religiosas distribuciones. No parecían en las calles sino predicando los días de fiesta, o con la campanilla en la mano juntando a los niños y gente ruda para la explicación de la doctrina.

[Misión del padre Concha a la Puebla, y principios de aquel colegio] Cuasi al mismo tiempo que sobre estos cimientos se fundaba el colegio de Valladolid, el padre Hernando Suárez de la Concha corría en fervorosas misiones el territorio de la Puebla. En todas partes hallaba mucho en que emplearse su celo infatigable. En los pocos años que llevaba de América había caminado ya en este apostólico ejercicio todo el arzobispado de México y obispado de la Puebla; dos o más veces había corrido el de Michoacán, otras tantas la Nueva Galicia, y una gran parte do la Nueva-Vizcaya. De los cuatro colegios que hasta entonces contaba la provincia, dos puede decirse con verdad, se debían al buen olor de edificación que este grande hombre había dejado de la Compañía en sus excursiones apostólicas. Presto lo veremos echar los fundamentos de otro más ilustre en la ciudad de los Ángeles. Ocupábase el padre en hacer misión en la villa de Carrión o de Atlixco, a pocas leguas de Puebla, cuando recibió orden de pasar allí a predicar la cuaresma. No era esta la primera ocasión que había hecho cruda guerra a los vicios en aquel mismo campo. En la ocasión presente pareció haberse excedido mucho a sí mismo en la fuerza y energía de su elocuencia, y haberse multiplicado el trabajo. No parecía posible que un hombre solo pudiese predicar con tanta frecuencia y tanto ardor, entregarse tan de espacio y con tanta tranquilidad al consuelo de los penitentes, responder tantas consultas, y componer tantos litigantes, que con una entera eficacia se comprometían en su persona. Una caridad tan oficiosa y tan enteramente consagrada sin algún —136→ interés personal a la utilidad pública, convirtió así los ojos de toda la ciudad. Comenzose a tratar con ardor de la fundación de un colegio; no eran nuevos estos deseos en aquella ilustre república. Desde que pasaron por allí los primeros jesuitas en su viaje a México había pretendido detenerlos. Dijimos como el doctor don Alonso Gutiérrez Pacheco, primer comisario del Santo Oficio y segundo arcediano de aquella Santa Iglesia, los había sacado del mesón y obsequiádolos en su casa. Este ilustre prebendado no olvidó jamás la palabra que le dio entonces el padre Pedro Sánchez, y había procurado fomentar en su cabildo los mismos deseos. El ilustrísimo señor don Antonio Ruiz Morales, quinto obispo de aquella ciudad, que había quedado muy edificado de las religiosas virtudes del padre Juan Curiel en Michoacán, y de los otros padres que había tratado en México, contribuyó no poco a hacerles formar un alto concepto de nuestro instituto, como que de cuya observancia acababan de ver una prueba bien sensible en el deseo de aquella misión y de otra antecedente. Este señor había muerto un año antes, y gobernaba el cabildo Sede vacante, en el cual don Alonso Pacheco tenía una grande autoridad y estimación, aun más que por su dignidad, por su gran virtud y literatura, que lo merecieron algunos anos después el honor de ser diputado a Roma, para impetrar del Sumo Pontífice Paulo V la confirmación del concilio mexicano. No le fue difícil persuadir a los demás miembros del cabildo y a la ciudad, un asunto a que por sí mismos estaban ya bastantemente inclinados. Trataron de acuerdo con el padre Concha, y este pasó la noticia al padre provincial, que admitió gustosamente la propuesta. El arcediano, ya que algunas justas obligaciones no le daban lugar a hacernos, como había deseado, donación de la casa en que había hospedado a los misioneros, hizo por lo menos toda la caridad que pudo rebajando mucho de su valor, y vendiéndola a la Compañía en solos nueve mil pesos, a pagar en diversos plazos. Estaban las casas en el sitio mejor de la ciudad, a una cuadra de la Catedral, plaza mayor y casas de cabildo, justamente en aquel mismo lugar en que hoy está el colegio. Para dar asiento fijo a la fundación, pasó a la Puebla el padre Pedro Sánchez con el padre Diego López de Mesa, a quien dejó por superior de aquella casa, de que se tomó jurídica posesión el día 9 de mayo de 1578.

[Colocación de las santas reliquias] Dejamos disponiéndose en el colegio máximo la solemne colocación de santas reliquias. El excelentísimo señor virrey, los cabildos eclesiásticos —137→ y secular, los colegios, los republicanos, y las señoras mismas, quisieron tomar mucha parte en la dedicación y hacer alarde no tanto de su riqueza, como de su piedad, y lo que acaso pudiera hacerse increíble, de la grande aceptación y general aplauso que en tan pocos años se ha granjeado la Compañía. De la relación de estay fiestas, sacó a luz un tomo el padre Pedro Morales; pero por ser hoy muy exquisito este libro y tener aquí su propio lugar, daremos una idea general, dejando aquellas particularidades que están bien en una circunstanciada relación, y no tienen lugar decente en una historia. Mandáronse imprimir unos breves sumarios de todas las reliquias, de las muchas indulgencias que la Santidad de Gregorio XIII concedía para el día de su colocación, que se señalaba el 1.º del próximo noviembre, y de otra, que había añadido de su parte el señor arzobispo. Con esto se convidaron las cabezas eclesiásticas y seculares, y las personas más distinguidas de esta ciudad. Y pareciéndoles a los diputados poco concurso el de todo México, despacharon fuera de él muchas copias a todas las ciudades y lugares del reino, con una relación del grande aparato que se prevenía. La devoción o la curiosidad fue tanta, que de muy lejos se vieron correr en tropas a la capital, y su notó, no sin admiración que fuese en fuerza del convite, o lo que parece más verosímil, por una rara y misteriosa contingencia, que de todas las catedrales del reino se hallaron para el día 1.º de noviembre algunos capitulares que la iglesia metropolitana, como si fuera de su mismo gremio, abrazó y honró cuanto fue posible con los más distinguidos puestos. La ciudad y ayuntamiento publicó un cartel literario con siete certámenes, señalando ricos premios y jueces que reconociesen el mérito de las piezas y los adjudicasen a las que debían ser coronadas. Este cartel, con el noble acompañamiento de los diputados y algunos otros caballeros, de muchos colegiales de los seminarios, y otros de los más principales de nuestros, estudios, con ricos vestidos y jaeces, al son de trompetas y clarines, se paseó por las calles. Llegando la vistosa caravana a las casas de cabildo, un heraldo lo leyó en alta voz desde el balcón, y al mismo, en un dosel de damasco carmesí con franjas de oro, estuvo puesto algunos días. Se dispusieron diez y nueve relicarios, cuyo adorno fue de cuenta de las más nobles señoras, que con una piadosa porfía procuraron excederse unas a otras, no menos en la disposición y simetría, que en el número y preciosidad de las joyas. El señor virrey mandó venir los caciques de los pueblos comarcanos con sus respectivas —138→ insignias y música. Trajeron consigo los santos patronos de sus pueblos, y tuvieron a su cargo asear las calles y alfombrarlas de yerbas y llores que aun por noviembre no faltan en la América. Hizo, fuera de esto, Su Excelencia visita de las dos cárceles públicas de la ciudad, y en atención a la solemnidad del día, dio libertad a muchos presos, cuyas causas lo permitían, ofreciéndose Su Excelencia y los reales ministros que lo acompañaban, con grande ejemplo de liberalidad y caridad cristiana, a pagar las deudas que muchos de aquellos infelices eran el único delito que los había conducido a aquel lugar. Acción que enseñó a toda la república, que aquel exterior magnífico no podía ser agradable a los santos, si no le añadían los interiores afectos de piedad, y la práctica de las virtudes cristianas de que ellos nos dejaron tan heroicos ejemplos. Las santas reliquias se condujeron ocultamente de nuestra iglesia a la catedral, de donde debía salir la procesión. Desde aquí hasta nuestro colegio se levantaron cinco arcos triunfales, el que menos de cincuenta pies de alto, todos de muy bella arquitectura de diversos órdenes, con varias pinturas o propias o simbólicas, y sus compartimientos para las tarjas y letras dedicatorias y alusivas, de muy bello gusto. Fuera de estos pusieron los indios a su modo más de otros cincuenta, revestidos de yerba y flores olorosas y adornados de flamillas y gallardetes con varios colores, y de trecho en trecho algunos árboles con sus respectivas frutas, unas naturales, otras fingidas o de cera o de arcilla, y muchos pajarillos, que atados con hilos largos, volaban con alegre inquietud entre las ramas. Las puertas, balcones y ventanas se adornaron con ricas tapicerías y varios doseles de oro y seda. La riqueza de los adornos, y el artificio y disposición fue tal, que el excelentísimo señor don Martín Enríquez, después de verlo todo muy espacio, dijo a los padres y señores que lo acompañaban, que todo el poder del rey en las Indias no era capaz de aventajar lo que en la presente ocasión había hecho la Compañía.

A la mañana concurrieron a la catedral todo el clero y beneficiados comarcanos con sobrepellices, las religiones, los colegios y cofradías con sus diferentes insignias. Los dos cabildos, eclesiástico y secular, y el señor virrey con el gravísimo senado de oidores, alcaldes de corte y demás ministros de real audiencia, toda la nobleza de la ciudad e innumerable pueblo. Ya todo se disponía a la marcha cuando repentinamente llegó a Su Excelencia un correo de Veracruz con la noticia del feliz arribo de la flota a aquel puerto, y vuelto a los circunstantes, ya comenzamos, —139→ dijo, a experimentar el patrocinio de los santos. Y efectivamente, fuera de ser tan plausible esta nueva en México, lo era mucho más en las circunstancias de estar tan entrado el invierno, y de ser el tiempo de nortes, a cuya violencia se temía que peligrasen los navíos sobre la costa. En acción de gracias se mandó luego entonar el Te Deum con universal regocijo que contribuyó no poco para hacer este día de los más bellos y festivos que ha tenido la América. Comenzó luego a ponerse en orden de concurso. Los diez y ocho relicarios llevaban otros tantos señores prebendados revestidos de riquísimos ornamentes, seguía con la sagrada espina don Francisco Santos, tesorero de la Santa Iglesia e inquisidor, electo después obispo de la nueva Galicia. El ilustrísimo señor don Pedro Moya de Contreras, ocupado en la visita de su diócesis, no pudo hallarse a la función que había sin duda autorizado gustosamente. Con este orden llegó la procesión al primer arco situado en aquel ángulo de la plaza que da fin a las casas del marqués del Valle, y donde desemboca la calle de Tacuba, alto de cincuenta pies y ancho de treinta y ocho. Era de orden toscano, con dos fachadas, una al Sur que miraba a la gran plaza, y otra al Norte hacia la calle de Santo Domingo. Tres hermosas portadas daban paso, dos colaterales y una en medio más alta en un tercio: en el friso que miraba al Sur se veía la dedicatoria a San Hipólito mártir, patrón principal de esta ciudad, por haberse conquistado en su día esta corte de la América. La reliquia de este insigne mártir, junto con otra que se venera en la iglesia catedral, marchaba la primera en un brazo de plata de dos tercias de alto. Al llegar la sagrada reliquia salió del arco una danza de jóvenes vestidos a la antigua mexicana, con mucha seda y hermoso plumaje. Cantaron en alabanza del santo mártir en la lengua del país, con metro castellano, algunos motes al compás de varias escaramuzas que hicieron con mucho aire. Al fin de esta cuadra, en medio de las cuatro esquinas, estaba un majestuoso edificio que se elevaba sobre todas las azoteas en forma de trono, sobre treinta y dos pies de ancho, con cuatro frentes a otras tantas calles. En cuatro gradas se levantaban otras tantas columnas, histreadas de dieciséis pies, y orden jónico, que recibían cuatro airosos arcos. Sobre estos corría al rededor un zoclo en que se leía la dedicatoria a los santos Crispín y Crispiniano, y sustentaba una hermosa cúpula que terminaba en un globo dorado y bellamente bruñido. En las cuatro esquinas se habían dispuesto unos doseles con vistosas tarjas y poesías en alabanza de aquellos ilustres mártires. —140→ Cuatro pinturas de su martirio adornaban las cuadro frentes del zoclo inferior, y dentro, en un altar riquísimamente adornado, se veían sus estatuas, y se colocaron también sus reliquias mientras se cantaba un villancico, se admiraba su hermosura y se tomaba aliento.

De este edificio volvió la procesión al Oriente por la calle que hoy llaman de los Cordovanes, adornada de ricos tapices y paños de Flandes. Poco después del principio de la cuadra, que tiene de largo setecientos cincuenta pies, se entraba por tres portadas en una bóveda que corría por más de ciento y sesenta, toda curiosamente entretejida de flores y yerbas olorosas, y entre las ramas pendientes muchas frutas. Sobre los arcos de las portadas se veía graciosamente imitado un edificio rústico, y dentro los caciques y gobernadores indios con muchas banderas y gallardetes, y gran golpe de flautas, trompetas y clarines. Al pasar la procesión con varios artificios se desprendían de arriba innumerables flores, se abrían pomos con aguas olorosas, se soltaban pájaros, y brotaban entre la yerba mil juegos de agua diferentes. A los lados de la bóveda se veían muchas tarjas con pinturas y poesías alusivas al martirio de San Juan Bautista, a quien estaba el arco dedicado. En medio de la cuadra estaba un altar magnífico, y se entraba luego en otro arco o bóveda semejante a la primera que los caciques de Chalco y otras provincias habían adornado a competencia. Entrose siguiendo el mismo rumbo en otra cuadra que llaman hoy de Montealegre. Toda ella se veía llena de hermosos cuadros de muy bello pincel, y mucha tapicería de seda y oro. Al fin de ella habían erigido los vecinos otro arco de más de cincuenta pies de alto, sobre treinta y dos de ancho. Era de obra toscana fingido de ladrillo, excepto el cornijamento de piedra parda que hermoseaban algunas fajas plateadas. Era de tres órdenes de muy bella arquitectura: En el tercero, que era de tres arcos sobre el frontispicio del medio, se leía la dedicatoria a la Virgen nuestra Señora y a su Santísima Madre y esposo. A uno y otro lado, dos corredores en forma de tribunas con balaustras doradas cerraban el paso y obligaban a volver hacia el Norte. En estas tribunas se hallan dos coros de música, y llegando allí las sagradas reliquias que venían a los dos lados del preste, ocho de nuestros estudiantes, ricamente vestidos, las recibieron y les dedicaron el arco con bellas poesías y danzas muy curiosas. Entre tanto en la cuadra que mira hacia donde ahora está el convento de religiosos carmelitas, a mano derecha el primer edificio, era el colegio Seminario de San Pedro y San Pablo. —141→ Esta calle aventajaba a todas las precedentes en la riqueza y gusto de sus adornos. Los seminaristas habían elegido en medio de ella el tercer arco dedicado a sus titulares los príncipes de los apóstoles. Era suntuosísimo, y tal, que cuantos lo vieron aquel día dijeron a una voz no haber visto en la Europa cosa más perfecta en este género.

No ofrecía sino una sola entrada. El alto de todo el edificio era de setenta pies sobre cuarenta y ocho de ancho. Su color remedaba el del mármol, su fábrica de orden dórico, fuera de los balcones y pilastras que eran del rústico o toscano, trabajadas de muchas fases a manera de brillantes. Sobre la cornisa del primer compartimiento estaban las estatuas de los doce apóstoles. El cornijamento de piedra parda con algunas fajas de oro, el claro del arco de en medio, era de quince pies y en proporción duple la altura. La frente del medio era compuesta de cuatro columnas y trascolumnas de jaspe turquesado. En lo bajo de los pedestales algunos de los jeroglíficos dorados de medio relieve.

En los intercolumnios dos encasamentos cuadrados con el frontispicio agudo, y en ellos las estatuas de los dos hermanos San Pedro y San Andrés. Sobre cada estatua una tarja hermosa, y dentro de su óvalo alguna sentencia a propósito que interpretaba un dístico latino en la repisa. A los lados, en unos medallones de cartón plateado, se habían entretejido algunas sentencias en idioma y caracteres griegos y hebreos. Debajo de la cornisa corría un friso de cartón dorado y bien bruñido en que se leía la dedicatoria. Sobre la cornisa de este primer orden subían el segundo y tercero en buena proporción, con varias letras, símbolos y pinturas. La fachada que miraba al Norte era en todo semejante a la primera, fuera de las sentencias, jeroglíficos e imágenes. Todo terminaba en un vaso o copa de oro muy grande, lleno de frutas y flores, y a sus lados dos ángeles. Al llegar las sagradas reliquias, unos niños bien aseados entonaron con voces suavísimas algunos motes alusivos a la solemnidad y al colegio. Detrás de un altar, a que hacía fondo un dosel de terciopelo verde bordado de oro, y de dos ventanas que se abrieron improvisamente a los dos lados del arco, salieron tres jóvenes con traje y hermosura de ángeles, que en verso heroico, representaron un coloquio muy acomodado a las circunstancias del día. Apenas acabaron estos doce seminaristas, vestidos todos de acero al uso de los antiguos romanos, y entretejidas muchas joyas, escaramucearon un rato, haciendo al son de los instrumentos músicos —142→ las evoluciones militares con una prontitud y gallardía, que fue muy aplaudida de todo el concurso. Jugaron después un torneo quebrando lanzas y regando el aire y el suelo con pomos de aguas olorosas que lo llenaron todo de una suavísima fragancia. Acabó toda la estación en una multitud de pajarillos de varios colores a que repentinamente se dio libertad de lo superior del arco.

Al fin de esta cuadra, donde hoy está la iglesia del colegio, estaba cerrado el paso con un boscaje hermoso. En una gruta que formaba en medio, inicia con bello artificio de una lámpara encendida, una fuente que arrojaba la agua muy alta. Los árboles del contorno estaban llenos de todas las especies de frutas propias del tiempo, y muchas otras remedadas, con algunos otros géneros comestibles que pendían de sus ramas. Volviendo a la derecha hacia el Oriente, se presentaba a la vista el cuarto arco, que a los santos doctores de la iglesia, había consagrado la juventud de nuestros estudios. Ocupaba su fábrica toda la anchura de la calle de más de doce varas. El claro del medio era de doce pies, y diez y ocho de alto: cuatro pilastras, dos a cada lado sostenían un cornijamento jónico, sobre el cual se levantaban siete columnas dóricas con capiteles y cornisas corintias; en el friso se leía con letras de oro: Domus sapientiae. Las columnas sostenían una especie de cúpula. En medio se veía un sol de oro muy bruñido con el santo nombre de Jesús, y en los intercolumnios sobre repisas voladas, estatuas de los cuatro doctores mayores de San Buenaventura y Santo Tomás, cuya reliquia venía en la procesión, y del místico y melifluo San Bernardo, cuyo nombre tenía uno de nuestros seminarios. Sobre la cúpula terminaba una estatua del Arcángel San Miguel, a cuya sombra estaba otro de los colegios. Pasado este cuarto arco, y caminando hacia el Oriente, se llegó a la portería de nuestro colegio, que venía a corresponder, poco más acá de donde está ahora la puerta reglar de San Gregorio, donde está el general. Habíase fingido una portada muy alta, sustentada de dos pilastras, sobre la cornisa se veía un cuadro grande de bellísimo pincel, que representaba al Sumo Pontífice Gregorio XIII, dando a nuestro maestro reverendo padre general el cofre de las santas reliquias, con esta letra: In novan Hispanian. Como sesenta pasos más adelante se levantaba el quinto y último arco. Todo este espacio estaba de uno y otro lado enriquecido de muchas colgaduras, cuadros, emblemas o ingeniosas poesías. De las azoteas pendían los estandartes, banderas y pendones de innumerables pueblos, con sus respectivas armas. —143→ Se consagró este arco a la sagrada espina y Cruz de nuestro Redentor15. Los jeroglíficos, letras y pinturas, eran todas de la sagrada pasión. La fábrica era de orden jónico, fundada sobre cuatro pedestales de una vara en cuadro, y vara y media de alto. Sobre ellos se levantaban cuatro columnas istriadas, sin basas ni capiteles, que recibían tres arcos escarzanos. Por encima de sus claves corría un friso muy gallardo en que se leía la dedicación, con la arquitrabe y cornisa, que como todo el arco, remedaban el jaspe turquesado con algunos perfiles de oro. Aquí se levantaba un frontispicio plano de doce pies en alto con hermosos símbolos y pinturas. Terminaban el edificio tres ángeles de ocho pies de alto cada uno con una insignia de la pasión. Al fin de la cuadra otro boscaje muy natural impedía la salida, y en medio una fuente con pilar y taja de mármol, cuyas aguas después de haberse levantado mucho al aire, formaban por ocultos conductos varios juegos de mucha diversión.

La iglesia en la riqueza y disposición de los adornos, excedía en mucho todo lo que hasta allí se había visto. Celebró la misa el señor don Francisco Santos, y predicó otro de los señores prebendados. Los tres días siguientes fueron de altar y púlpito por su orden, las tres esclarecidas religiones, de Santo Domingo, San Francisco y San Agustín. Los cuatro últimos hizo la casa. Los más de ellos honró con su asistencia el excelentísimo señor virrey, real audiencia y tribunal de la fe. La capilla de la Catedral y toda la plata de esta iglesia, sirvió en nuestro templo todos los días de la octava.

Para las funciones de la tarde, se dispuso una especie de tablados, y en medio un teatro levantado para las representaciones y coloquios. Los cuatro primeros días hicieron por su orden los colegios seminarios de San Pedro y San Pablo, San Bernardo, San Gregorio y San Miguel. El quinto, los estudiantes seglares. El sexto, con innumerable concurso y aplauso, se leyeron las piezas de retórica y poesía sobre los asuntos que se habían señalado en los certámenes. Los jueces en un tribunal majestuosísimo, que se había erigido a este fin, reconocieron las piezas y repartieron los premios. El séptimo día, se representó la tragedia de la Iglesia perseguida por Diocleciano; y el octavo, su triunfo, bajo el glorioso reinado de Constantino el Grande, con tanta propiedad y viveza, que encantado el pueblo, exclamó muchas veces al concluirse, —144→ que se repitiera el domingo siguiente, como se hubo de hacer con mucha mayor asistencia, y extraordinaria conmoción de afectos piadosos. Estas dos piezas, eran composiciones de los maestros de latinidad y retórica. Los arcos duraron puestos por toda la octava, y el del colegio de San Pedro por todo el mes de noviembre. Pasada esta solemnidad, se ofrecieron muchos particulares a hacer óvalos de plata y de cristal para algunas reliquias de su mayor devoción, y todas se colocaron con bella simetría en un altar, que para este efecto se dispuso. En el centro de él se colocó una imagen de nuestra Señora del Populo, copia de la que se cree pintada por San Lucas, y se conserva en Roma en el templo llamado de Santa María la Mayor, Santa María ad Nives o Santa Maria ad Presepe. A ruegos de San Francisco de Borja, tercero general de la Compañía, concedió la Santidad de Pío V se sacasen algunos trasuntos, de los cuales se añade haber mandado cuatro a esta provincia el santo general, y ser los que se veneran en el colegio máximo en Pátzcuaro, en Oaxaca y en Puebla.

El padre Francisco de Florencia es el autor de esta distribución, y dice haber venido dichas copias al cuidado del hermano Gregorio Montes. Un antigo manuscrito, dice haber sido encargadas al hermano Alonso Pérez. En todo hay dificultad, lo primero porque ninguno de los dos hermanos venía derechamente de Roma. Lo segundo, porque viniendo en la misma misión siete sacerdotes, no es verosímil que se encomendase de Roma a España el cuidado de ellas algún hermano coadjutor. Fuera de esto, todos convienen que San Francisco de Borja mandó sacar las copias, que las repartió por varias provincias, y que algunas cupieron a la nuestra, que era, digámoslo así, su Benjamín, o la última hija en Jesucristo. Siendo esto así ¿cómo puede decirse que vinieron al cuidado de aquellos padres o hermanos que no vinieron a la América hasta cuatro o cinco años después de muerto el santo Borja? Que dichas imágenes sean, pues trasuntos fielmente sacados del original de San Lucas, no lo dudamos; que esto lo concediese el Soberano Pontífice con privilegio nunca antes visto a los piadosos ruegos de San Francisco de Borja, lo afirman constantemente todos los escritores de su vida. Solo creemos que haya intervenido yerro en el tiempo de su remisión, sobre el cual no podemos aventurar alguna racional conjetura, faltándonos la luz de los antiguos documentos.

A nuestro insigne fundador don Alonso de Villaseca, no le habían dado lugar sus enfermedades de asistir, como deseaba, a la colocación de —145→ las reliquias. Suplicó que le llevasen las de los apóstoles San Pedro y San Pablo, el Santo Lignum Crucis y la sagrada espina, que veneró con singular piedad. Mandó luego que se hiciesen a su costa tres curiosos relicarios de plata; de los cuales no sabemos por qué causa solo se hizo uno, aunque su muerte no aconteció hasta año y medio después. Se le llevó asimismo carta del padre general, Everardo Mercuriano, en que le daba las gracias de su benevolencia y liberalidad para con la Compañía, y le incluía la patente de fundador, concebida en estos términos:

Everardo Mercuriano, propósito general de la Compañía de Jesús, a todos los que las presentes vieren, salud sempiterna en el Señor. Teniendo entera relación de cierta fundación de un colegio de la misma Compañía, que el ilustrísimo señor Alonso de Villaseca ha hecho en la ciudad de México, en la mejor forma y manera que en derecho haya lugar, por nos y en nombre nuestro y de nuestros antiguos sucesores los propósitos generales de esta dicha Compañía que por tiempo fueron, y de toda ella, por la presente damos amplia facultad al padre doctor Pedro Sánchez, provincial de la dicha Compañía en la provincia de México, para poder contratar con el dicho señor, celebrar el contrato de la dicha dotación y fundación, según y como en el Señor le pareciere; lo cual desde ahora, para cuando fuere otorgado, otorgamos, confirmamos y aprobamos, y aprobaremos, y confirmaremos de nuevo. Y para mayor satisfacción y consolación espiritual en el Señor de dicho señor Alonso de Villaseca, desde luego le admitimos por tal fundador, y concedemos todos los sufragios, privilegios y participación de méritos de la misma Compañía en el mismo Señor, que según las constituciones y privilegios de ella, se conceden a los tales bienhechores y fundadores de los colegios. Rogamos a la infinita bondad de Dios nuestro Señor, que así como ha sido servido darle gracia para llamar a la Compañía y ser el primer fundador de ella en aquellos reinos, así en el cielo le conceda copiosamente la dicha participación con cien doblada retribución. Amén. En fe y testimonio de lo cual, dimos esta nuestra carta patente, firmada de nuestra mano, y sellada con el sello de nuestra Compañía, que en semejantes casos usamos. Fecha en Roma a siete días del mes de marzo del afeo de mil quinientos setenta y ocho.-Everardo.



Esta carta le llenó de un sólido consuelo, y desde entonces se aplicó con nuevo fervor a la conclusión de la fábrica, y aun prometió adornar la iglesia, si llegaba a verla dedicada: trataba a los jesuitas con una familiaridad y cariño paternal, muy ajeno de su genio naturalmente —146→ rígido y austero. Su muerte, que sucedió dos años después, no le dio lugar a cumplir lo mucho que había prometido.

[Aumentos de Pátzcuaro y Valladolid] No había gozado solo México del tesoro de las reliquias, algunas se enviaron también a Oaxaca y Pátzcuaro. Esta ciudad, a quien se había despojado poco antes de las que había mandado traer de Roma, y colocado en su iglesia el señor don Vasco de Quiroga, se llenó de sumo júbilo, cuando las vio reemplazadas por las que se colocaron en nuestra casa, disponiendo así la Providencia, que para merecer la afición de aquella provincia, entrase la Compañía en todos los derechos y acciones de aquel venerable prelado. Sobre todo, les había encantado la benevolencia con que habían querido permanecer entre ellos, aun con pérdida de los bienes temporales. En efecto, el padre provincial Pedro Sánchez, de concierto con los señores capitulares, partió la renta que estos se habían obligado a dar para alimentos del colegio de Pátzcuaro. Viviendo los fundadores, y habiendo sido aquella primera fundación, como provisional, mientras se verificaba la traslación intentada ya desde en tiempo del señor Morales, no se necesitaba más que el consentimiento del padre provincial, quien hubo de condescender, y cuya condescendencia aprobó después el padre general, a quien privativamente pertenecía, según nuestro instituto. Este socorro pareció necesario al colegio de Valladolid que se miraba ya como el principal de aquellas provincias; pero hacía notable falta al de Pátzcuaro. La Providencia del Señor remedió bien pronto esta necesidad. El licenciado don Juan de Arbolancha, noble vizcaíno, y de un conocido afecto a nuestra religión, vino enfermo poco después a la ciudad del partido de Guacana, cuyo pingüe beneficio había obtenido por muchos años. Quiso vivir en el colegio, y pidió con instancia ser admitido en la Compañía. La avanzada edad y enfermedades, no dejaron arbitrio para recibirlo. Sin embargo, el poco tiempo que sobrevivió, se mantuvo en el colegio, a quien quiso dejar por heredero de todos sus bienes. Fue enterrado en el mismo sepulcro de los nuestros, y mandáronsele hacer en la provincia los acostumbrados sufragios, como insigne bienhechor, a quien debió aquella casa las grandes creces que gozó después por largo tiempo. En el colegio de Valladolid pagó también el Señor a los padres la modesta y edificativa alegría que habían mostrado en sus trabajos. Un año pasaron sin más renta que la caritativa limosna de San Francisco y San Agustín, y lo poco que de puerta en puerta mendigaban entre la corta y pobre vecindad, que se veían obligados a partir con algunos —147→ pocos estudiantes. Informado el señor virrey don Martín Enríquez de semejantes necesidades, conforme a su piedad y afecto a la Compañía, mandó se diesen a aquel colegio mil pesos cada un año de las carnicerías de Páztcuaro. Se comenzó a edificar casa proporcionada con una pequeña pero suficiente y acomodada iglesia, a que se agregó después una huerta capaz y hermosa, de mucha recreación y utilidad, según dejó escrito el mismo padre Juan Sánchez, a cuya actividad e industria debe todo su ser aquel colegio.

[Incomodidades y contradicciones en Puebla] No se pasaba con tanta comodidad en la nueva fundación de Puebla. Se habían juntado entre los vecinos limosnas bastantes para la subsistencia de los sujetos. Don Mateo de Maulión, rico y piadoso caballero, cedió a la casa una deuda de mil pesos, de que se cobró la mayor parte; pero todo esto no era suficiente hallándose empeñados en los nueve mil pesos de las casas a que era forzoso satisfacer. Fuera de eso, se habían ido agregando no sé con que esperanza, algunas otras vecinas, como previendo la futura grandeza de aquel insigne colegio. Estos créditos obligaron al padre rector Diego López de Mesa a salir mendigando por las haciendas y pueblos vecinos: los prebendados se sirvieron de darle muchas cartas de recomendación para los beneficiados de aquellos partidos, que son muchos, y de los más pingües del reino. Sin embargo, después de grandes fatigas y de los no pequeños sonrojos que traía consigo un ministerio tan penoso, volvió a casa con solos quinientos pesos. En medio de tantas estrecheces, se veía en los sujetos una paciencia a prueba de muchos mayores trabajos. No parece que vivían sino de la caridad. El utilísimo ministerio de las cárceles y hospitales, fue el que más procuró promover el padre Diego López, y en que heredándose unos a otros el espíritu, ha florecido hasta ahora singularmente este colegio. Un ejercicio de tan poco brillo a los ojos del mundo, de tanta mortificación y de tan común utilidad, lo veremos luego premiado del cielo con una opulenta dotación, y con la más constante prosperidad en lo temporal, que ha gozado algún otro de los colegios de Nueva-España. En la actualidad, de un tenue motivo de ofensión que soplaban algunos espíritus tumultuosos, pudo levantarse un incendio que no acabara sino con la ruina total de aquella residencia. Uno de nuestros predicadores arrebatado de su celo (quizá también con alguna imprudencia, que no pretendemos santificarlo todo) declamó altamente contra la nimia familiaridad y licencia de ciertas personas, cuya profesión y carácter, decía, por grande y respetable que fuese en —148→ la Iglesia de Dios, no los ponía, sin embargo, a cubierto de toda sospecha, y cuya conducta en esta parta debía ser por lo mismo tanto más responsable, cuanto más ajena de la pureza y de la santidad que profesar. Esta invectiva pareció mal a cierta persona del auditorio. Creyó que el predicador quería desacreditar a los demás eclesiásticos y religiosas familias para levantarse sobre sus ruinas con estimación de toda la ciudad. Se comenzó a dar mayor extensión a las palabras del orador. Ya se creía ver en ella los caracteres de tal religión, y aun de tal sujeto. Esta calumnia enfrió mucho los ánimos de los republicanos, y atrajo a los padres una suma pobreza y despego de toda la ciudad, que no venció sino después de mucho tiempo la constancia y el silencio.

[Principios del colegio de Veracruz] Entretanto, un nuevo y fecundísimo campo se abría a nuestros operarios de merecimientos y de trabajos en el mismo obispado de la Puebla. Dijimos antes el bello hospedaje que se había hecho a los nuestros en el Puerto de Veracruz, las singulares demostraciones con que fueron recibidos, los ruegos e instancias que obligaron al padre provincial Pedro Sánchez a predicar allí el primer sermón, y que le abrían obligado a dejar en aquella ciudad algunos de sus compañeros, a no ser necesario conforme a la real instrucción presentarse todos al virrey. Estos deseos que la necesidad hacía crecer, les hicieron pedir después misioneros, que en dos cuaresmas predicaron con grande suceso y reforma de las costumbres. A principios del año antecedente había estado allí por algún tiempo el padre Pedro Díaz esperando ocasión de embarque para Europa. La humilde y modesta circunspección del padre procurador, junto con aquellas maneras dulces e insinuantes que fueron siempre su carácter, su prudencia y expedición en las resoluciones de las muchas consultas que a cada paso le hacían, con ocasión de su comercio, todo esto, digo, les hizo formar idea de la suma utilidad de un colegio de sujetos del mismo desinterés, de la misma literatura y del mismo espíritu. Trató la ciudad seriamente de procurar a la Compañía establecimiento en el país, e informado de sus deseos y prudentes medidas, el padre Pedro Díaz antes de partirse para España, escribió al padre provincial cuan justo le parecía condescender con las piadosas intenciones de aquel ayuntamiento. Verosímilmente fuera de México, en ninguna parte parecía más urgente una residencia. Era una población en que necesariamente habían de mantenerse siempre muchos españoles por la comodidad del puerto, el único por donde se comunica —149→ la Nueva-España con la antigua. El comercio de Europa, que es todo el ser de la pequeña ciudad, aunque la enriquecía muchísimo, le traía en lo moral muy fetales consecuencias. Los soldados y la gente de mar, dos géneros de gentes que hacen como una pública profesión del libertinaje, y los mercaderes y ministros reales, eran todo el vecindario distinguido. Los tratos injustos y usurarios, las extorsiones, el juego, la embriaguez, los homicidios, la blasfemia, dominaban cuasi impunemente como en su región, y eran una continua materia de sobresalto y de dolor para los cuerdos y los piadosos. Se carecía cuasi enteramente de pasto espiritual, no bastando el cura para todo: ninguna de las familias religiosas tenía casa aun en la ciudad, ni era muy fácil acomodarse a un temperamento de los más inclementes de la América. El padre provincial vino gustosamente en la propuesta del padre Pedro Díaz, y petición de la ciudad, a que fuera del provecho y utilidad común, se allegaba la comodidad de tener en aquel puerto algún hospicio o casa donde se recibiesen nuestros misioneros, que después de una navegación tan dilatada, padecían bastante con el rigor e intemperie de aquel clima, o se veían precisados a ser onerosos al vecindario. Se enviaron, pues, a la Veracruz los padres Alonso Guillén y Juan Rogel. Este había estado hasta entonces gobernando el colegio seminario de Oaxaca. Acostumbrado al temple caluroso de la Habana y al genio de la tropa y marineros, pareció el más a propósito para fundar, y dar crédito a la Compañía en un país semejante.

[Descripción del puerto] La ciudad de Veracruz no estaba antiguamente donde hoy está. Su situación era cinco leguas más arriba hacia el Norte a la rivera de un río caudaloso, que a poco menos de una legua, desagua en el mar. Por este río se conducían las mercadurías de Europa a la antigua Veracruz en barcas chatas proporcionadas a la poca profundidad del agua. Su barra varía incesantemente de fondo. El mar excitado de los nortes, más furiosos en esta costa que en alguna otra del mundo, suele cuasi segarla con la mucha arena que mete en la resaca, hasta que estando más sereno, la misma fuerza de la corriente se abre camino, y vuelve a arrojarlas al mar. Sus aguas son muy cristalinas y puras. Abundan varios géneros de pejes: de los más apreciados es el bobo, de que en lo más crudo del invierno se pesca un número increíble. Es también abundantísima la del pámpano a principios de la primavera. El temperamento del país es extremamente cálido y húmedo. Los fríos y calenturas —150→ son la enfermedad regional. Los mosquitos de varias especies y otros insectos perniciosos, causan a los extranjeros una suma inquietud. Esta antigua población, la primera de españoles en la Nueva-España, la fundó Hernando Cortés por los años de 1519. Le dio el nombre de Veracruz por haber desembarcado en esta región en viernes santo. Algunos le dieron entonces, y no deja de conservar aun entre algunos geógrafos el nombre de Villarica, o a causa de la riqueza que halló entre aquellos indios, o lo que es más verosímil, por la esperanza que le dio de gozar los tesoros de todo el imperio mexicano. Sus primeros alcaldes se dicen haber sido Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo, a quien en premio de sus grandes servicios, de que hablaremos después, honró su Majestad con el título de adelantado. Un origen tan noble, parecía prometer mayores progresos que los que ha tenido en la serie. Según parece por las historias de la conquista, había en la vecindad de esta villa, muchas y muy numerosas poblaciones de indios, de que algunas pasaban de setenta mil. Si merece alguna fe Tomás Gage (autor por otra parte infame y de estilo tan corrompido, como lo fueron sus costumbres) en el año que llegó a este lugar, que fue el de 1634, había aun muchos indios, cuyo rendimiento y sumisiones refiere con un aire de sátira. En el día en más de diez leguas alrededor, no se encuentra una población considerable de indios, y por lo demás es el lugar más despreciable del mundo. Cuatro o cinco docenas de chinos y mulatos, que pasan de la pesca, son todas sus familias, sin más españoles que el cura y un teniente de gobernador. Las casas son de cañas y los techos de paja16. En todo el territorio no se podrá descubrir aun el más leve indicio de las ruinas antiguas. El motivo y suceso de esta desolación, tendremos lugar de exponer más oportunamente en otra parte. Por los años de 1568 el pirata Juan Jaween, habiendo entrado en este puerto causó notable cuidado por no haber en él fuerzas suficientes a resistirle. Al día siguiente, 15 de setiembre, llegó con trece navíos de flota el excelentísimo señor don Martín Enríquez, que tuvo el honor de señalar los principios de su gobierno con la expulsión de aquellos famosos corsarios.

Toda la esperanza de un establecimiento cómodo que pudiera fundarse en la riqueza de la pequeña villa, era seguramente muy inferior —151→ a lo que podían prometerse los jesuitas de la buena voluntad de aquellos republicanos. En ninguna parte habían sido tan constantemente deseados, ni recibidos con más aplauso. Luego se les procuró comprar sitio a su elección. Los padres con la poca experiencia que tenían del terreno, escogieron justamente uno de los peores. Los vecinos, conforme a su promesa, contribuyeron a la fábrica y subsistencia de los sujetos con una liberalidad que fue preciso moderar. Edificose una casa e iglesia con todas las comodidades de que era capaz aquel clima ardiente. Las personas de alguna distinción, fuera de lo mucho que daban en dinero, enviaban a porfía sus esclavos a trabajar en la obra todos los ratos que no hacían falta a su servicio. En breve llegó a su perfección la fábrica, cuyo costo pasaba de diez y seis mil pesos. Ningún colegio había gozado en sus principios de semejante prosperidad, y debemos hacer a aquellos vecinos la justicia de confesar que en ninguna otra parte ha sido siempre tan universal y constante la estimación y aprecio de nuestros ministerios, de que dieron aun en lo de adelante pruebas muy sinceras. Los padres de su parte no se valían de este favor sino para el provecho de sus almas. El padre Juan Rogel predicaba diariamente a los negros y mulatos, de que había un gran número en la ciudad, después de su trabajo. El padre Guillén o los españoles; uno y otro apenas tenían rato libre de muchas y enredadas consultas. Poco a poco se vieron desterrados los tratos inicuos, se exterminaron las deshonestidades, los juramentos y las blasfemias que habían sido hasta entonces común lenguaje de las gentes de mar. Se reconciliaron muchos enemigos, se refrenó la licencia y disolución del juego, se introdujo la frecuencia de sacramentos, y finalmente, de una mezcla confusa de libertinos, se hizo en breve una república cristiana, y en que desde entonces hasta ahora se ha propagado felizmente en las familias la lealtad en los tratos, la tranquilidad y honrada correspondencia entre los bienes, junto con una constante aplicación a los ejercicios de piedad.

[Dase razón de no haberse encargado la Compañía de ministerios de indios] Acaso desde los primeros pasos de la Compañía de Jesús en Nueva-España, se habrá ofrecido a alguno de nuestros lectores una duda a que no podemos pasar adelante sin dar una entera satisfacción. Donde que la caridad del señor don Alonso de Villaseca dotó tan opulentamente al colegio máximo, comenzaron a divulgar con arte algunos espíritus inquietos que aquella fundación no era conveniente en México. Que en el seno de una ciudad suficientemente abastecida de sacerdotes y ministros, —152→ jamás cumpliríamos nuestro instituto y con las órdenes de su Majestad que no había costeado tan liberalmente nuestro viaje a la América, sino para que nos ocupásemos en la conversión de los infieles, como lo expresaba en su real cédula. Estas sordas murmuraciones tomaron considerable cuerpo después que se vieron ir sucesivamente fundando algunos otros colegios. No conteniéndose en los límites de Nueva-España, pasaron a representaciones a su Majestad en el consejo real de las Indias. Efectivamente, a quien ignorase los motivos y principios de nuestra conducta, no podrían dejar de persuadir unas razones que parecían tener toda la verosimilitud y tanto peso. Los mismos jesuitas recién venidos a Nueva-España parecían haber entrado también en los sentimientos de nuestros émulos. Rehusaban la negligencia e inacción de los primeros fundadores en haberse contenido en el recinto de una u otra ciudad, y no haber corrido luego a llevar la luz del Evangelio a las regiones más remotas en que reinaba aun pacíficamente la idolatría. Sin embargo, no faltaron al padre doctor Pedro Sánchez razones muy fuertes que lo determinaron a tomar este partido, y que puedan en cualquier ánimo desapasionado poner bastantemente a cubierto de todas estas contrarias impresiones el crédito de aquellos primeros padres. Ello es cierto que había mucha gentilidad cuando vino a México la Compañía; pero en todos los lugares accesibles al celo de los misioneros católicos, había ya muchos ministros de otras religiones que trabajaban en su conversión. Estos obreros evangélicos, siguiendo las huellas del Redentor y de sus primeros apóstoles, no habían escogido para sí sino la gente más infeliz y despreciada a los ejes del mundo. Se habían enteramente dedicado al cultivo de los indios, y condenádose por su salud a los más penosos trabajos. Entre tanto ni su ministerio ni su número les daba lugar para ocuparse en la educación de la juventud y en la reforma de las costumbres entre ley españoles. Este doble objeto era entonces de la mayor importancia. Estaba muy fresca aun la memoria, y se llora hasta hoy de cuanto estorbo fueron para la conversión de los indios la codicia y los desórdenes de algunos pocos europeos, y lo mucho que aun en lo temporal perjudicaron a la tranquilidad y provecho de estas conquistas. Nuestros fundadores se persuadieron que ayudando a la reforma de su propia nación, contribuirían mucho a la reducción de los indios y a su temporal felicidad. Por otra parte, con la instrucción de la juventud formaban dignos ministros de los altares de que aquellos tiempos había suma necesidad —153→ y proveían también a los otros órdenes regulares de sujetos aptos para ocuparse con honor de la religión en los empleos apostólicos. Provecho que dentro de pocos años se comenzó a sentir, y de que solo pudieron ser testigos los que lo habían sido de la escasez y de la ineptitud de muchos de los primeros curas que la necesidad obligó a poner encargo de tanta importancia. Dejamos de esto atrás un grande ejemplo en el primer sujeto que se recibió en esta provincia.

[Principio de ellos en Huixquiluca] Es cierto que uno de los principales motivos de Felipe II, rey católico, en el designio de enviar jesuitas a las Indias fue la conversión de sus naturales, y que este es también el más sublime fin de nuestro santísimo instituto; pero según él mismo, las misiones deben agregarse a algunos colegios, que era preciso fundar desde el principio, donde en virtud y letras se formasen, conforme al espíritu de nuestra Compañía, misioneros aptos para ocuparse después en la reducción de los gentiles, lo que bastantemente declaró su Majestad en la real cédula al excelentísimo señor don Martín Enríquez, virrey de Nueva-España, mandándole que diese e hiciese a la Compañía todo el favor que riese convenir para su fundación, y les señalase sitios y puestos para casa e iglesia. Esta indispensable obligación embargó los primeros años toda la atención de los primeros sujetos que vinieron de Europa, sin dejarles lugar para instruirse en las lenguas de los indios. Fundados los primeros colegios luego se les vio aplicarse con ardor a este penoso ejercicio. Esto es lo que veremos comenzar con suceso en este mismo tiempo, y dentro de pocos años llenar de misioneros jesuitas las vastas regiones de Sinaloa, de Sonora, del Nayarict, de California, y derramar pródigamente su sangre por la salud de los bárbaros, dar a Jesucristo innumerables almas, levantar al verdadero Dios infinitas iglesias, y añadir juntamente inmensos países a la corona del mayor monarca de la tierra. Tal es el nuevo plan que breve se presentará a los ojos en el cuerpo de esta historia, y cuyos principios tuvieron la ocasión que vamos a referir había vacado el beneficio del pueblo de Huixquiluca, situado cuatro leguas al Oeste de México, y poco más de una legua de la hacienda de Jesús del Monte de que arriba hemos hablado. Pareció al padre provincial enviar allá algunos sujetos para aprender la lengua otomí, una de las más universales y la más difícil de toda la América. El señor arzobispo condescendió gustosamente a una petición tan saludable a su rebaño. Se envió por superior al padre Hernán Juárez, y por maestro de lengua al padre Hernán Gómez, y con ellos otros doce —154→ sujetos. El padre Hernán Gómez había sido beneficiado de un partido semejante, y entrado en la Compañía se había distinguido mucho en la mortificación y celo de las almas. Estos catorce sujetos, sin más ejercicio que el de la oración y estudio de las lenguas, pasaban en aquel desierto una vida semejante a la de los antiguos anacoretas. La región es extremamente fría, la habitación muy estrecha para tantos. No quisieron admitir las obvenciones del beneficio vacante, aunque el padre Hernán Gómez administraba los sacramentos y ejercía con suma exactitud todos los oficios de párroco. Su ordinario sustento era el de los indios, sin probar pan sino de maíz, y con bastante escasez. Todo lo endulzaba el frecuente trato con Dios y el deseo de hacerse dignos instrumentos de su Majestad para la satisfacción de sus escogidos. Se redujo a arte aquella lengua bárbara, se compuso un copioso diccionario que ha sido después de grande alivio a todos los que han sucedido en este ejercicio. Con una aplicación tan constante, en tres meses se hallaron en estado de poder confesar en otomí, y explicar la doctrina cristiana a los ignorantes; estos eran tantos, que aun los más del mismo pueblo no tenían más de cristianos que el bautismo. En algunos había aun muchas reliquias de la antigua superstición. Determinaron los padres salir en peregrinación de dos en dos por los pueblos vecinos de la misma lengua. Estas expediciones eran de un sumo trabajo; se caminaba a pie y con suma pobreza por unos caminos escabrosos. En las poblaciones se juntaban los niños, se cantaba con ellos la doctrina, se hacían fervorosas exhortaciones, se visitaban los enfermos, que eran muchos, por permanecer aun en las cercanías algunas reliquias de la pasada epidemia.

[Nuevo socorro de misioneros] Tal era la ocupación de los padres en Huixquiluca, que podemos llamar un seminario de varones apostólicos, cuando llegó a Veracruz un nuevo socorro de compañeros, que habían de hacer después un gran papel en la provincia. El padre Antonio de Torres, dotado de un singular talento de púlpito, y después de algunos años volvió a la Europa, y a quien hasta hoy reconocen como a su apóstol las islas Terceras. El padre Bernardino de Acosta, de una prudencia consumada en el gobierno, de que gozaron por algunos años los colegios de Valladolid, Oaxaca, Guadalajara y la casa profesa de México. Padre Martín Fernández, insigne ministro de espíritu, de cuyas luces y maternales entrañas se sirvió muchos años la provincia en la importante ocupación de maestro de novicios. El padre Juan Díaz, que después de —155→ haber leído con aplauso de Córdoba y Sevilla, y ocupado en la Nueva-España puestos muy lustrosos, se redujo a la simplicidad de la infancia, aprendiendo en su vejez las lenguas de los indios, y acomodándose a su rusticidad para ganarlos a Jesucristo. El padre Andrés de Carried incansable operario. Los padres Francisco Ramírez y Juan Ferro, cuya memoria vive aun en olor de suavidad en la provincia de Michoacán y nación de los tarascos, de que pueden llamarse apóstoles, y otros muy distinguidos en letras y en virtud. [Historia del padre Alonso Sánchez] Entre todos merece particular atención el padre Alonso Sánchez, gran siervo de Dios, pero de un espíritu vehemente y austero, que fue necesario a los superiores moderar muchas veces: magnánimo para emprender cosas grandes cuando le parecían conducentes a la gloria de Dios, y constante y tenaz en proseguirlas a pesar de las persecuciones y estorbos que a semejantes empresas nunca deja de oponer el mundo. Para la perfecta inteligencia de lo que habremos de decir, conviene tomar la cosa desde más alto, y hacerles tomar a nuestros lectores una idea justa del carácter de este hombre raro. Estudiando la filosofía en Alcalá el último año de su curso, determinó, a imitación de los antiguos anacoretas, pasar el resto de sus días lejos del bullicio del mundo en la contemplación y el ayuno. Confió su resolución a un clérigo condiscípulo y grande amigo suyo. Era de una singular energía y felicidad en explicarse, y en el ánimo de un sujeto inclinado a la virtud, tuvieron sus discursos toda la eficacia que se había prometido. El buen eclesiástico le aprobó el proyecto y se ofreció a acompañarle. Resolvieron antes de retirarse visitar a algunos de los principales santuarios de España. De Alcalá salieron a Guadalupe, de allí a la Peña de Francia, y luego a Monserrate en el reino de Cataluña. Caminaban a pie y descalzos, si no es a la entrada de los pueblos, en que entraban calzados, por evitar la nota. Mendigaban de puerta en puerta el necesario sustento en traje de peregrinos, y el padre Alonso Sánchez en todo el tiempo de la romería trajo ceñida al cuerpo una soga muy áspera. Iban en silencio y continua oración que no interrumpían sino para tratar algún rato de su principal designio para tomar las medidas conducentes a su ejecución, y animarse a la perseverancia. Tal era la disposición de entrambos ánimos, cuando el sacerdote, hombre más maduro y también más versado en las cosas de Dios, comenzó a disgustarse de aquel género de vida. Parecíale que un género de vida tan irregular y tan extraño, no debían haberlo emprendido sin encomendarlo mucho tiempo al Señor sin haberlo —156→ pesado muy maduramente, y sin haber consultado algunos sujetos graves y muy versados en el camino del espíritu. Estos pensamientos le atormentaban bastantemente, y sin embargo, se veía precisado a callar y disimular su congoja. Tenía bien conocido el carácter de su compañero, y veía cuanto le había costado aquella resolución, haber cortado el hilo de sus estudios, perdido su colegiatura, y divulgádose ya su ausencia en la universidad, en que era generalmente conocido y estimado por sus talentos nada vulgares. En esta lucha de pensamientos, habían llegado ya a la sierra, en cuya cumbre está el famoso monasterio de San Benito y Santuario de Monserrate. Pareciole al buen clérigo tiempo y lugar oportuno para abrirse a su compañero, manifestándole que le parecía errado aquel camino, que mejor les estaría seguir otra vez el rumbo de sus estudios, o que a lo menos se siguiese el dictamen de hombres cuerdos e ilustrados, que supiesen discernir el carácter de la verdadera vocación de Dios. Que si su Majestad los llamaba a estado más perfecto, tenía la Iglesia religiones santísimas, y diferentes institutos, que podían seguir sin peligro. El padre Alonso Sánchez no pudo oír razones tan graves sin una extrema indignación. Lo trató de cobarde e inconstante en sus resoluciones, añadió otras muchas injurias con un tono agrio e insultante, de que quedó bastantemente mortificado el eclesiástico, que se retiró en silencio y encomendó muy de veras a Dios el éxito de aquella empresa. Visitaron aquel famoso santuario, y el padre Sánchez, que se había apartado gran trecho de su compañero, salió primero de la iglesia, y comenzó a visitar las ermitas que están en lo más alto del monte, en que hacen vida solitaria y penitente algunos de los monjes. La vista sola de aquella santa soledad, aquel silencio, aquella opacidad, todo le inspiraba deseos ardientes de dejar el mundo y retirarse a pasar semejante vida en los desiertos. Con estas disposiciones llegó a la última y más encumbrada ermita, consagrada a San Gerónimo. Halló sentado a la puerta un anciano monje de rostro venerable y macilento, que con un tono grave, entrad, le dijo: haced oración y salid luego, que me conviene hablaros. En efecto, al salir de la pequeña iglesia, le tomó por la mano y llevándolo a una roca algo apartada del camino, le descubrió sus intentos, y lo que había tenido con su compañero en el camino. Le reprendió severamente su dureza de juicio, y le mandó seguir el consejo de aquel piadoso eclesiástico: y no dudéis, le dijo, que haréis en eso la voluntad de Dios.

El buen joven sobrecogido de temor y persuadido a que Dios para su remedio había manifestado a aquel siervo suyo sus más ocultos pensamientos, prometió obedecerle prontamente. Se juntó con su compañero refiriéndole el caso y pidiéndole con lágrimas perdón de los excesos a que le había conducido su imprudente fervor. Bajaron al monasterio, y después de haberse confesado y recibido la sagrada Eucaristía, volvieron a Alcalá, donde habiendo el padre Sánchez recobrado su colegiatura, y acabado con grande aprovechamiento el curso de artes, determinó y consiguió con facilidad ser admitido en la Compañía. En el noviciado se distinguió luego entre todos, por un extraordinario fervor y excesiva penitencia, en que tuvieron los superiores mucho que corregirle. Concluidos los dos años, reconociéndose en él un fondo de voluntariedad y un espíritu de singularizarse, determinaron que convenía mortificarle en lo más vivo del honor, y hacerle conocer cuanto este género de mortificación es más doloroso y meritorio, que las corporales asperezas. Se le mandó que con sotana parda caminase a pie al colegio de Plasencia a estudiar la ínfima clase de gramática; señaláronle por contrario un niño muy hábil de feliz memoria y de una gran viveza y prontitud en las reglas del arte. Este, con aquella inocencia propia de su edad, le provocaba cada día a la disputa, le corregía con mofa el menor descuido, y argüía con él de aquellas menudencias de tiempos, y de declinaciones como con otro su igual. En un ejercicio de tan sensible humillación perseveró seis meses, con una paciencia y modesta alegría, de que satisfechos los superiores, le mandaron a estudiar la teología al colegio de Alcalá. Aquí fue condiscípulo del padre Juan Sánchez, que confiesa haberse debido toda su aplicación y aprovechamiento en las matemáticas, en que fue aventajado. Salió el padre Alonso Sánchez excelente teólogo, buen latino, buen orador, y con singulares aplausos de poeta latino y castellano. Acabados sus estudios, conforme al decreto de San Pío V, que se guardaba en aquel tiempo, hizo su profesión de tres votos, y se ordenó de sacerdote. Después de algunos años fue elegido rector del colegio de Navalcarnero, cuyo curato estaba a cargo de la Compañía en la diócesis de Toledo. Sus demasiados fervores y la rigidez inflexible de su genio, le atrajeron sobre sí y sobre la Compañía la indignación del gobierno de aquel arzobispado. Para satisfacerle y corregir al padre, lo enviaron con sotana parda a leer gramática al colegio de Caravaca. Este golpe acabó de desengañarlo. Resolvió entregarse del todo a la penitencia y a la oración. —158→ En ella empleaba constantemente cuantos ratos le dejaba libre la obediencia, cosa que observó después toda su vida. En este intermedio fue señalado de nuestro padre general para esta provincia. De aquí fue nombrado con el padre Antonio Sedeño para la vice-provincia de Filipinas. Pasó después de algunos años a la gran China, con el proyecto de establecer entre este imperio y aquellas islas un comercio franco. Penetró más de setenta leguas de la tierra adentro. Pasó de ahí a Macao, llevando allá la nueva de la muerte del rey don Sebastián, y de haberse incorporado el reino de Portugal a la corona de Castilla, en la persona del rey católico don Felipe II. Sosegó los ánimos conmovidos de aquellos portugueses, y pudo tanto con su autoridad y sus razones, que fue aquella ciudad la primera que en la Asia portuguesa reconoció y juró obediencia a aquel gran príncipe. Navegó al Japón, y habiendo naufragado a la costa de la Formosa, estuvo tres meses en aquellas playas, hasta que de los fragmentos de la nave destrozada, pudieron formar un pequeño barco en que volvió a Filipinas. Todos los órdenes de estas nuevas islas, le nombraron por su procurador a la corte de Esparta, para tratar con su Majestad asuntos importantes al comercio y buen gobierno de aquella república, y singularmente sobre la conquista del imperio de la China. Las sólidas razones del padre, su felicidad en proponerlas, y los arbitrios que le sugerían su imaginación fecunda en este género de expedientes políticos, tenía ya muy inclinado el ánimo del rey y de sus consejeros. Mientras acababan de tomarse las medidas proporcionadas para una empresa de tanta importancia, partió a Roma con la doble comisión de tratar con Su Santidad y con nuestro muy reverendo padre general negocios pertenecientes al gobierno eclesiástico de aquellos países, y al establecimiento de la nueva vice-provincia. Hizo en aquella capital del mundo su profesión de cuarto voto, y enviado a España por el padre general, murió en el colegio de Alcalá.

[Novedades que introducen en lo doméstico] Esta serie de sucesos tan desiguales y tan varios, le había profetizado al padre Alonso Sánchez una persona de sublime virtud y probado espíritu desde que leía gramática en el colegio de Caravaca, y testifica el padre Juan Sánchez haberlo oído de su boca, desde que llegó a esta provincia mucho tiempo antes de que se abriese paso de esta provincia a Filipinas, y sin querer tomar parte alguna en la calificación de su espíritu, debemos decir, que su conducta iba a causar un trastorno universal en toda la provincia. Luego recién llegado de Europa, se le —159→ observó entregarse con mayor fervor que nunca al retiro, a la penitencia y a la oración. El noviciado estaba entonces en el colegio máximo. El ejemplo de una vida tan austera hizo una fuerte impresión en los novicios y en los más sujetos del colegio, en que parecía haber entrado una reforma, aunque como se conoció muy en breve, nada conforme al espíritu de la Compañía. El padre Alonso Sánchez, como hemos ya notado, tenía una singular dulzura, y no menor energía en explicarse. En sus sermones y en sus conversaciones privadas, pocas, pero eficaces y sostenidas de una conducta tan edificativa y tan constante, extendió muy en breve los ánimos de todos en su imitación. El padre provincial, aunque gozoso de aquel nuevo fervor, tan digno siempre de aprecio y tan recomendado en la iglesia, era sin embargo muy prudente y muy ejercitado en la vida espiritual, para no conocer que una penitencia tan rigurosa y una oración tan continua, no podía dejar de causar un grande atraso a nuestra juventud en los estudios, y un tedio a los ejercicios y ministerios exteriores, muy ajeno de una religión e instituto apostólico. Lleno de estos pensamientos, destinó al padre Alonso Sánchez para rector del colegio Seminario de San Pedro y San Pablo. Aquí, sin testigos, ni arbitrios algunos, se entregó a todos los excesos que le inspiraba su genio rígido y austero, a una abstinencia rigurosísima, a un total retiro, a una penitencia continua, pasaba en oración cuasi todo el día y la mayor parte de la noche, siempre de rodillas, sin dejar esta postura incómoda, aun el poco rato que daba al sueño. Un género de vida tan irregular, hizo un grande ruido entre los seminaristas. En breve se divulgó a toda la ciudad. Muchos quisieron imitarlo, y comenzaban ya a notar que no siguiese el mismo plan el resto de los jesuitas. Entre estos comenzaba a soplar con la diversidad de caminos el espíritu de la disensión. Unos se entregaban mucho a la oración, y entretanto se desamparaban los ministerios más esenciales del confesonario, del catecismo y del púlpito. Otros se daban a muchas y ásperas penitencias, y mientras se enfriaba todo el ardor y empeño tan necesarios para los estudios, que profesa la Compañía, se debilitaba la salud, y muchos se inhabilitaban para las demás funciones necesarias a la santificación de los prójimos, como el tiempo lo dio a conocer bastantemente.

Estos misioneros, habían venido bajo la dirección del padre Pedro Díaz, que con una extrema diligencia concluidos todos sus negocios en entrambas cortes, dio vuelta a la Nueva-España por agosto de 1579. —160→ La razón de tanta aceleración da el padre Everardo Mercuriano, en carta escrita al padre visitador Juan de la Plaza, quien ya había llegado a México. [Cédula de concordia en los estudios de la real Universidad del colegio máximo] Hase juzgado conveniente, dice, que torne el padre Pedro Díaz, antes de la congregación de procuradores que aquí se hará por el mes de noviembre de este año, porque siendo el primer procurador que viene de esa provincia con la relación del estado de ella, y estando pendiente el asunto de las cosas más principales de esa provincia, nos ha parecido importar más su vuelta tan breve, que no el hacerlo esperar aquí otro año más. La cual cosa no se traerá a consecuencia en lo porvenir, pues ha habido esta causa particular para ello. En el mismo despacho vino real cédula de su Majestad, conforme a lo que se había pedido en la congregación provincial en que daba forma y reglamento a los estudios de la real Universidad y del colegio máximo, en el tenor siguiente: «El rey, don Martín Enríquez, nuestro vice-rey, y capitán general en la Nueva-España, y en vuestra ausencia a la persona o personas a cuyo cargo estuviere el gobierno de aquesa tierra. El padre Francisco de Porras, procurador general de la Compañía de Jesús, nos ha hecho relación que los religiosos de la dicha Compañía, con fin de que los hijos de los vecinos de esa tierra se ocupasen en recibir buena doctrina, y en el ejercicio de las letras, han fundado algunos colegios en esas partes, y principalmente uno en esa ciudad, en que se ha hecho y hace gran fruto; y que los hijos de los habitantes de ella y de otras comarcas, se han empleado y emplean allí en loables ejercicios el tiempo que antes solían pasar en ociosidad, leyéndoles latinidad, retórica, artes, teología y casos de conciencia, con que han descubierto muy buenos sujetos y habilidades, y van con continuación en tendiendo en leerles dichas facultades, y que por estar fundada universidad en esa ciudad, se podían ofrecer algunas dudas entre ella, y los religiosos de la dicha Compañía sobre oír los estudiantes algunas lecciones en los dichos colegios, para residir sus cursos y ser graduados. Por lo cual, no se tomando concordia que a los unos y a los otros estuviese bien, podía resultar algún inconveniente que turbase los buenos efectos que esa república recibe con el buen enseñamiento y doctrina de los dichos religiosos. Suplicándonos, que para que esto se estorbase y esta buena obra pasase adelante, mandásemos, que leyendo los religiosos de la dicha Comparta en sus colegios gratis, sin llevar ningún estipendio, latinidad, retórica, artes y teología, en forma de seminario para universidad y matriculándose todos y graduándose en la dicha —161→ universidad, y acudiendo a los prestitis, de modo que todo redundase en aumento suyo, pudiesen los estudiantes oír en los dichos colegios las lecciones que se leyesen de dichas facultades, o como la nuestra merced fuese: e visto por los de nuestro consejo de Indias, fue acordado, que se os debía remitir, como por la presente os lo remitimos, y mandamos, que cursando los dichos estudiantes en la universidad, y graduándose en ella en lo demás, concordéis y conforméis a los dichos religiosos y a la universidad, de manera que el fruto que se hace, pase adelante, y tendréis cuidado que las personas que entendieren en la dicha doctrina y enseñamiento, sean siempre muy favorecidas y ayudadas. Fecha en San Lorenzo a catorce de abril de 1579 años. -Yo el rey. -Por mandado de su Majestad, Antonio de Herazo». Presentáronse al excelentísimo señor don Martín Enríquez con esta cédula de su Majestad dos bulas de Pío V y su sucesor Gregorio XIII, expedidas a 10 de marzo de 1571, y a 7 de mayo de 1578, en que los soberanos Pontífices conceden a la Compañía las cátedras de dichas facultades, aun en lugares donde hay universidad, como se lean en distintas horas, sin perjudicarse unos a otros los estudios, e impone a los claustros y sus rectores pena de excomunión, para que de ningún modo impidan o prohíban a la Compañía un ministerio tan esencial a su instituto, y de tanta utilidad como ha confesado y experimentado siempre todo el orbe católico. Instruido el señor virrey de tales documentos, con acuerdo y convenio de entrambas partes, determinó las horas en que hubiesen de leer para que en nada se faltase a los derechos incontestables y primitivos de la real universidad, como se ejecutó y se ha observado después constantemente con la más perfecta armonía.

[Venida del padre visitador Juan de la Plaza, con el hermano Marcos] En este mismo viaje del padre procurador Pedro Díaz, vino también patente de provincial al padre Juan de la Plaza. Este sujeto había sido enviado de visitador al Perú, de donde debía pasar después con la misma comisión a la provincia de México. Había algunos meses que se esperaba en Nueva-España, y la congregación provincial había pedido a nuestro muy reverendo padre que concluida su visita lo dejase en esta provincia. Por otra parte, el padre don Pedro Sánchez, después de ocho años, poco menos, de un gobierno trabajoso en cimentar y echar los primeros fundamentos de tantos colegios, había suplicado al padre general lo dejase gozar del reposo de una vida privada. Así lo hallamos en carta del mismo padre Everardo, su fecha a 31 de enero de 1579. Verá vuestra reverencia (dice) en qué podrá emplear al padre Pedro —162→ Sánchez cuando haya dejado el gobierno, de cuyo celo y religión aquí estamos edificados, y de las buenas partes que tiene y opinión que de él hay en ese reino. Podrá vuestra reverencia ayudarse de él para buenos efectos. Él me ha pedido con mucha instancia que lo deje reposar sin cuidado de otros algún tiempo, y yo se lo he concedido. En consecuencia de estas dos peticiones, se determinó que el padre Plaza después de su visita, tomase a su cargo el gobierno de la provincia. Y aunque no había llegado aun a Nueva-España cuando vino esta misión, llegó poco después por diciembre de 1579. Desembarcó en el Realejo, puerto del mar del Sur, con el padre Diego García, con el hermano Marcos y el hermano Juan Andrés. El hermano Marcos sabemos haber sido destinado por el santo fundador de la Compañía para compañero de San Francisco de Borja, y a cuyo arbitrio debiese moderar los excesos de su fervor. El mismo San Borja, se dice haberle profetizado algunos años antes su venida a las Indias. El padre Francisco de Florencia, en el libro 4, capítulo 10 de su historia, escribe haber muerto este buen hermano en el colegio de Oaxaca, y asegura lo mismo el padre Andrés de Cazorla. No podemos concordar esta noticia con lo que en el capítulo último de la citada historia, escribe el mismo Florencia. De su venida a México tenemos el testimonio más auténtico en una carta del padre Everardo Mercuriano, fecha en Roma a 25 de febrero de 1580. Esta (le dice) os hallará en México, de donde espero tener aviso de la llegada del padre Plaza, y si le es ese cielo tan propicio, como le ha sido el del Perú, pues ahí su residencia no ha de ser de paso con el Divino favor, etc. En un retazo manuscrito hallamos, que quedando el padre visitador en México, el hermano Marcos navegó otra vez a la Europa, y murió en el camino a Roma. Del Realejo, pasó el padre doctor Plaza a Guatemala. Empeñáronse el presidente y audiencia para que quedase en aquella ciudad el padre Diego García, y aun antes de la venida de estos padres habían pretendido lo mismo con el padre Pedro Sánchez, según consta de informe que hizo la primera congregación a nuestro padre general. No pudo el padre visitador por entonces condescender a los deseos de aquella ilustre ciudad; pero prometió enviarles para el año siguiente misioneros, de cuyo trabajo hablaremos a su tiempo.

[Carácter del padre Plaza] El padre doctor Juan de la Plaza era el hombre más a propósito del mundo que se puede escoger para un empleo de tanta consecuencia. Juntaba a una grande sabiduría, una eminente virtud, mucha experiencia —163→ e íntimo conocimiento del espíritu de la Compañía. Se había hallado en Roma a tres congregaciones generales, y en la última en que fue electo el padre Everardo Mercuriano, tuvo también para general algunos votos; demostración que prueba bastantemente el concepto que se hacía de su mérito en aquella respetable asamblea. Por orden de la misma congregación se ocupó en rever las actas de ella, juntamente con los padres Claudio Acuaviva, Diego Juiron, Francisco Adorno y Gaspar Balduino, sujetos todos cuya memoria hace grande honor a nuestra religión. Comenzó su visita haciendo tomará muchos de los sujetos unos largos ejercicios, que él mismo se tomó el trabajo de darles con el mayor fervor y exactitud. Mandó observar algunos rigorosos ayunos, e impuso algunas otras penitencias. Es preciso confesar que no era este el remedio que demandaba el estado actual de la provincia. Presto conoció el varón de Dios que venía mal prevenido, creyendo que estaba muy resfriado en Nueva-España el uso santo de la oración y de las corporales asperezas. Se informó de los excesos que había en esta parte, y mudando enteramente de conducta, se aplicó luego a poner en ello la más prudente moderación. En efecto, las austeridades e irregular proceder del padre Alonso Sánchez habían incitado a muchos a seguir un ejemplo de que no eran capaces todos los espíritus y todas las fuerzas. Solía el padre aconsejar algunos modos de oración poco conformes a aquel divino método que la Compañía ha aprendido de su santo fundador, y muy expuesto a las ilusiones del propio y del maligno espíritu, mientras no los caracteriza una vocación particular del Señor, que tal vez fuera de toda regla y diligencia humana, eleva algunas almas puras al ósculo de sus labios en la más sublime contemplación. Esta dulce unión y transportes suavísimos de amor, eran frecuente materia de sus conversaciones, por los cuales se dejaba ya aquel arte metódico y seguro de mover con la meditación las potencias, y de observar aquellas menudas pero importantes adhesiones que nos dejó San Ignacio en el libro admirable de sus ejercicios. Por otra parte, se observó que el padre Sánchez, por aficionar los ánimos a la oración mental, hablaba de las oraciones bocales en estilo poco ventajoso, y con que el vulgo pudiera verlas con desprecio o tenerlas por inútiles. Esto se hizo más notable en algunos de sus sermones, los cuales, oyendo el ilustrísimo señor don Pedro Moya de Contreras, no pudo dejar de decir que la perfección cristiana, aunque altísima, no le parecía tan difícil como la pintaba el padre Sánchez. —164→ Que la devoción de rezar el Padre nuestro y Ave María había sido siempre usada y venerada en la iglesia como sumamente provechosa, y aun para el pueblo necesaria. Con estas y semejantes especies, es fácil concebir la turbación e inquietud de las conciencias. Había ayudado en gran parte a esta revolución el padre Vicencio Lanuchi, el primero que como vimos, enseñó las letras humanas en el colegio de México, hombre amigo de novedades y demasiadamente pagado de su dictamen. Siendo maestro de retórica, intentó que no se leyese a la juventud los autores profanos. Procuró disuadirlo el padre provincial y que siguiese el estilo común de nuestras escuelas. No sosegándose aun, escribió a Roma, de donde se le respondió con fecha de 8 de abril de 1577: No conviene que se dejen de leer los libros gentiles siendo de buenos autores como se leen en todas las otras partes de la Compañía, y los inconvenientes que vuestra reverencia significa, los maestros los podrán quitar del todo, con el cuidado que tendrán en las ocasiones que se ofrecieren. Pretendió después volver a la Europa con pretexto de pasarse a la Cartuja, y se valió para esto de medios ajenos de nuestro instituto, mendigando la intercesión del regente de Sicilia que se hallaba en la corte de Roma. Estas particularidades sabemos por carta del padre general Everardo, fecha en 31 de enero de 1579. El padre Vicencio Lanuchi, dice, habiendo mostrado hasta ahora mucho contento de estar en esas partes, ahora ha hecho grande instancia para volver por acá, usando del medio de seculares, a quienes ha puesto por intercesores para esto. Vea vuestra reverencia la causa de esta novedad, y procure consolarle y ocuparle, supuesto que no conviene que acá venga. Cuando llegó esta carta ya el padre provincial Pedro Sánchez, importunado de sus ruegos, y viendo que en Nueva-España no podía ser de algún provecho, antes sí de un pernicioso ejemplo, lo había enviado para Europa. Sobre este asunto escribió así a nuestro padre general con fecha de 25 de febrero de 1590. De la venida del padre Vicencio Lanuchi, me ha pesado, no tanto por la falta que hará en esa provincia su ausencia, como por el ejemplo de otros flacos que no faltan, según vuestra reverencia me escribe. Efectivamente, con la ocasión del padre Lanuchi y el amor a la vida austera y solitaria que había encendido en los ánimos el padre Alonso Sánchez, se hallaron muchos tocados del mismo contagio. Como en una nueva provincia escasa de sujetos, era necesario que trabajaren todos igualmente en la salud de sus prójimos, comenzaron algunos —165→ a volver los ojos a la Europa y a extrañar la quietud de aquellos colegios, en que con menos interrupciones y trato exterior, podían darse más largamente a la oración, y entregarse a todos los excesos de la más rigorosa penitencia. Muchos pretendieron abiertamente pasarse a la Cartuja. El hermoso pretexto de mayor recogimiento y más continua contemplación, no era en realidad sino una fuga vergonzosa de la fatiga y del trabajo, que acompaña los ministerios apostólicos. Había sido muy común esta tentación en algunos misioneros de la India Oriental, y el juicio que formamos de estos jesuitas de la América, es precisamente el mismo que formó la cabeza de la Iglesia San Pío V, y que explicó con palabras gravísimas en su constitución, equum reputamus, expedida el día 17 de enero del año de 1565.

[Pide el señor obispo de Manila jesuitas para Filipinas] Todo este desorden tuvo que remediar el padre Plaza, y lo consiguió con la mayor felicidad, mezclando con maravillosa prudencia la entereza y la dulzura, según las diversas circunstancias. El padre Lanuchi había ya pasado a Europa cuando vino el padre visitador, y por lo que mira al padre Alonso Sánchez, breve le proporcionó ocupación en que emplearse con más extensión y más honor de la Compañía, su celo y sus talentos. Acaso por este mismo tiempo había vuelto de la Europa el excelentísimo reverendísimo señor don fray Domingo de Salazar, del sagrado orden de predicadores, destinado del rey católico para primer obispo de Manila en las islas Filipinas. Este sabio y religioso prelado conoció desde luego todo el trabajo vinculado a aquella alta dignidad, en unas islas recién descubiertas, y en que apenas comenzaba a rayar la luz del Evangelio. Suplicó a su Majestad le permitiese llevar consigo algunos religiosos de la Compañía de cuyo celo, decía, por la salvación de las almas, de cuya utilidad para la Iglesia y fidelidad para con los reyes sus soberanos, podía seguramente prometerse los más felices sucesos en lo espiritual y temporal de aquellas recientes conquistas. Don Felipe II, por sí muy piadoso y singularmente afecto a nuestra Compañía, condescendió gustosamente, mandando que de la provincia de México se le diesen algunos sujetos de conocido espíritu y letras para fundar misiones en las nuevas islas, que a su constante protección, no menos que a la época feliz de su descubrimiento, debieron el nombre de Filipinas. Poco tiempo antes había pretendido esto mismo el excelentísimo señor don Martín Enríquez, como se ve por una carta de nuestro padre general fecha en 31 de enero de 1579, escrita al mismo señor virrey, que dice así: «Excelentísimo señor Por la relación que he tenido hasta —166→ aquí del padre Pedro Sánchez, y la que de fresco me ha dado el padre Pedro Díaz, entiendo la protección continua que vuesa excelencia tiene de las casas de nuestra Compañía, y las buenas obras que hemos recibido de su mano. Mucho me ha consolado el buen suceso que el Señor ha dado hasta aquí a los ministerios nuestros, y la gran puerta que se abre para emplearnos según el fin de nuestra vocación. El padre Pedro Díaz lleva consigo buena provisión de gente, como la majestad católica me ha pedido, y he señalado algunos que puedan ir a las Filipinas, por haberme escrito de ella que vuesa excelencia lo desea. Es pero que como vuesa excelencia hasta aquí nos ha cuidado, así también lo hará de aquí en adelante, especialmente en lo que yo tanto deseo, de que sean los naturales socorridos como cosa tan propia de la misión de los nuestros a esas partes. Nosotros, como con la gracia divina procuramos de no faltar a nuestra obligación en esta empresa, así también procuraremos reconocer las obligaciones que tenemos a vuesa excelencia, a quien nuestro Señor guarde y prospere, etc.». El padre visitador Juan de la Plaza, en consecuencia de la real orden, señaló a los padres Antonio Sedeño y Alonso Sánchez, con el hermano Gaspar de Toledo, estudiante, y un coadjutor. La asignación del padre Alonso Sánchez, dio el lleno a la predicción que de su viaje a Filipinas había tenido algunos años antes, y aunque en las circunstancias pudiera parecer de alguno resolución nacida de la política y de la prudencia humana, el suceso mostró que era elección de Dios, y que aquel celo ardiente que lo consumía en el retiro de una vida privada, hallando entre los bárbaros una esfera y un pábulo proporcionado a su actividad, había de hacer de él un digno instrumento de la salvación de muchas almas. Seguiremos algún tanto en la Asia las huellas hermosas de estos ministros evangélicos: ni será de extrañar que siendo la provincia de Filipinas una extensión de la de México, e hija suya en el espíritu, extendamos la pluma más de tres mil leguas más allá de la América, pues tan lejos se dispararon sus saetas de salud, y volaron como benéficas nubes sus hijos apostólicos.

[Compendiosa descripción de aquellas islas] Las islas que hoy llamamos Filipinas ignoramos qué nombre tuvieron antes de su conquista, aunque es bastantemente verosímil sean las mismas que llama Ptolomeo Maniolas. El lugar, el número, la longitud, latitud y abundancia de imán con que las caracteriza este famoso astrónomo, no distan mucho de lo que se ha visto después en estas islas. El primer español que las descubrió fue Hernando de Magallanes, —167→ en aquel célebre viaje en que dio vuelta al mundo por los años de 1521. Después de él tentaron la conquista de este país distintos capitanes, don García de López enviado de España, y Álvaro de Saavedra encargado de esta honrosa expedición por su pariente el marqués del Valle. Los dos murieron en el mar. Don Pedro de Alvarado, adelantado de Guatemala, obtuvo del rey la misma comisión, y murió estando para hacerse a la vela. Don Rui López de Villalobos que le sucedió por orden del virrey de México, después de muchas desgracias ocasionadas de su mala conducta, acabó consumido de tristeza en Amboino el año de 1546. El adelantado Miguel López de Legaspi fue el segundo que desembarcó en Zebú y luego en Manila. Zebú fue la primera población de los españoles en la Asia y el primer obispado de estas islas. Estableciose allí la religión de San Agustín de 1565. La conquista costó muy poca sangre. Después de una breve resistencia, se añadieron todas las islas, fuera de Mindanao que hasta ahora no se ha conquistado enteramente a la corona de Castilla. Los religiosos de San Francisco se fundaron en Manila por los años de 1577. Las más considerables islas de todo este archipiélago, que Magallanes llamó de San Lázaro, son la de Luson o Manila, la de Mindanao, en que predicó en otro tiempo San Francisco Javier, la de Paraguay, Babau y Lette, las de Mindoro, Panai, Isla de negros, Zebú y Bool. Estas están cercadas de otras muchas que pasan por todas de ciento sesenta. Ocupan desde el quinto hasta el vigésimo grado de latitud boreal poco menos. La isla principal de Luson tiene de largo como doscientas leguas, y como de treinta a cuarenta en su mayor anchura. Es de todas la más septentrional y la más poblada. La ciudad de Manila la fundó Miguel López de Legaspi el 21 de junio de 1571. El rey católico le dio armas y título de ciudad el 21 de junio de 1571. Gregorio XIII le hizo ciudad episcopal el de 78, y Clemente VIII la erigió en metropolitana el de 1595. La primera audiencia fue a Manila el año de 1584, y por primer presidente el doctor don Santiago de Vera. Está situada en la embocadura del río Pasig, que nace de la laguna de Bay y corre del Este a Oeste a arrojarse en el océano estragangen en 14 grados y 40 minutos de latitud septentrional. Las calles son anchas y tiradas a cordel. Guarnece la plaza, que es un polígono irregular, una alta y espesa muralla con algunos baluartes y buena artillería, de que hay fundición allí mismo, como también fábrica de pólvora. Tiene muy buenos edificios: los principales son, la catedral, que —168→ fabricó el ilustrísimo señor don Miguel de Poblete en 1654, los conventos e iglesias de San Agustín, de San Francisco, de Santo Domingo y colegio de la Compañía. Dos colegios seminarios, el de San Juan de Letrán, a cargo de religiosos dominicos, y el colegio real de San José bajo la dirección de los jesuitas. El arzobispo tiene tres sufragáneos, el de Zebú en la ciudad del nombre de Jesús, fundación del mismo Legaspi en la costa oriental de la isla de este nombre, y la primera población de los españoles. El de Camarines en la nueva Caseres, que en memoria de su patria fundó el doctor don Francisco Sandi, segundo gobernador de Filipinas, y fue instituido por Clemente VIII el año de 1595, y el de Cagayán erigido el mismo año, y cuya capital es la Nueva-Segovia, que fundó el tercer gobernador don Gonzalo Ronquillo. Estos dos últimos están en la misma isla de Luson, el primero en la parte austral y el segundo en la septentrional, quedando el arzobispado en el centro del país. El temperamento es bastantemente cálido; pero sin embargo, saludable. El terreno fértil, y abundante de todo lo necesario a la vida, mucha la pesca de varios y exquisitos pejes, con quien compite la caza. Son muchos los animales, las aves y las plantas, no conocidas en la Europa. Los renglones de su comercio son el oro, las perlas, el ámbar, el imán, la algalia, la cera, la miel, la sal, el añil, el palo del Brasil, que allí llaman sibucao, el ébano y otras maderas exquisitas, mucho tabaco, alguna canela y más pimienta, aunque estas dos especies poco o nada se cultivan. Si a esto se junta la seda, la porcelana, el maque, el papel, la cotonía y otras especies preciosas que le vienen de China y del Japón: el clavo, la nuez moscada, el incienso, las chitas, zarazas y otras telas, el marfil, el alcanfor, el nácar, los diamantes y rubíes que vienen de toda la India Oriental y de la Persia. La plata, la grana y otras muchas cosas que llevan de la América, y por ella de la Europa, se formará un conjunto de preciosidades que la hacen una de las más ricas ciudades del mundo. [Descripción de Manila] Esta opulencia atrae allí gentes de todas las naciones. La plaza de Manila es una asamblea de japones, de chinos, de árabes, de persas, de armenios, de malabares, de americanos, de españoles, de portugueses, de holandeses, de franceses, de ingleses y otros muchos de Europa que causan una hermosa variedad de trajes, de idiomas, de profesiones, de fisonomías y de talles. La comodidad y riqueza de estas islas les han atraído la persecución de algunas potencias. Los portugueses resistieron por algún tiempo a su conquista. Limahon, pirata chino, —169→ la embistió con setenta navíos por los años de 1574. El Cofegn o Pumpuam, famoso corsario de la misma nación, a la mitad del siglo pasado, después de haber echado a los holandeses de Isla Hermosa, mandó intimar a la ciudad que se rindiese, aunque no tuvieron efecto alguno sus amenazas, el año de 1600. Oliverio Wander Nooxt acometió a Maravidez, isla pequeña, frente de la bahía de Manila, y puso en armas a la ciudad, de que salió mal despachado. No desistieron los holandeses de su intento. El gobernador don Juan de Silva los derrotó sobre Playa Honda por los años de 670 y tomó sobre ellos un rico botín. Los sangleyes, por los años de 1605, los japones en número de más de quinientos, en 1606. Los chinos, en número de más de tres mil, por los años de 1639, se amotinaron tomando las armas contra los españoles. Pero unos por arte y otros por fuerza, entraron presto en su deber. Finalmente, en esta última guerra los ingleses, bajo la conducta de un almirante después de haber dado la nación pruebas nada vulgares de su valor y de su fidelidad para con la corona de Castilla, la tomaron por asalto siendo el ilustrísimo señor don Antonio Rojo Río y Vieya, su dignísimo arzobispo y presidente entonces de su real audiencia, hizo en la ocasión cuanto podía esperarse de un prelado vigilante, de un prudente gobernador, y de un consumado general. El padre Murillo da a estas islas todas 900000 cristianos. Tal fue el teatro de los apostólicos sudores de estos dos misioneros, y tal ha sido el copioso fruto de sus trabajos.

[Fundación de Tepotzotlán] Mientras que se preparaban los hijos de esta provincia para el viaje a las islas Filipinas, sobre muy débiles principios comenzó a levantarse uno de los más grandes y útiles colegios de Nueva-España. Con ocasión de haberse proveído por este tiempo el beneficio de Huixquiluca, no juzgó el padre visitador que podía subsistir allí aquella especie de seminario que se había formado para el estudio de las lenguas. Retiráronse todos los sujetos a México, y el padre Plaza suplicó al señor arzobispo señalase si le parecía bien, alguna otra población en que los padres pudiesen servir a los indios y a su Ilustrísima. Vacó en estas circunstancias el beneficio de Tepotzotlán, que pareció a don Pedro Moya de Contreras lugar muy a propósito para los designios de la Compañía. Enviáronse allá los padres Hernán Gómez y Juan de Tobar, insignes en la lengua otomí, masagua y mexicana, con algunos otros sujetos que voluntariamente quisieron dedicarse a este trabajo, de que solo queda memoria de los padres Diego de Torres, Juan Díaz y Vidal. —170→ Del colegio de México, de donde solo dista siete leguas, se proveían los padres de todo lo necesario, sin recibir cosa alguna de la feligresía, aunque como en Huixquiluca ejercitaban con el mayor cuidado y vigilancia todas las funciones de párrocos. El primer trabajo fue reducir a una sola población las muchas en que estaban repartidos los indios. A estos diferentes cantones, se les iba todos los días de fiesta a decir misa, y a predicarles la doctrina cristiana, con lo que atraídos de la dulzura y suavidad de sus ministros, comenzaron a pasarse a Tepotzotlán muchas familias, lo que cuasi en todo el resto de los pueblos de Nueva-España no había podido conseguirse sin violencia. Uno de aquellos fervorosos neófitos que habían tomado esta resolución, se vio dentro de muy pocos días muy perseguido de sus amigos y parientes, que querían volverlo a sus antiguas poblaciones. Resistió constantemente a todos sus discursos y amenazas, y con esta ocasión descubrió a los padres el motivo de aquellas eficaces instancias. No eran solo la embriaguez y la disolución el único motivo que obligaba a estos indios en no consentir en la traslación de sus familias; había aún entre ellos mucha idolatría, de cuyo ejercicio y profesión se guardaban todos los cómplices un secreto inviolable. Tenían las asambleas para estos misterios de iniquidad, o de noche, o en los bosques más espesos, o en las quebradas y cimas inaccesibles de los montes. La dificultad de la lengua otomí que hablan los más de ellos, y que verosímilmente habían ignorado hasta entonces los beneficiados de aquel pueblo, los ponía bastantemente a cubierto de todas las diligencias conducentes a su conversión. Entre estos infelices se halló una familia cuyo tronco era el jefe, y como el principal autor de toda su desgracia. Este era un indio muy anciano que desde los principios de la conquista, o por odio a los españoles, o por nimia adhesión a su idolatría, se había retirado con todos sus hijos y nietos a lo más alto y escarpado de una sierra vecina. Allí ocultaban todos los recién nacidos para no verse en la precisión de bautizarlos, y cuando por alguna contingencia se veían obligados a exponerlos al bautismo, por no descubrir su irreligión, les daban por padrino otro de los idólatras no bautizados, procurando poner este óbice a la divina eficacia del bautismo. Este infeliz, envejecido en malos días, oyó acaso un día la explicación de la doctrina cristiana, y llevado de una mera curiosidad, continuo algún tiempo en este ejercicio. La gracia del Señor obraba al mismo tiempo en su corazón. Pidió ser bautizado, y descubrió al predicador —171→ el artificio con que a sí y a todos los suyos había procurado cerrar para siempre el camino de la salud. Entró en el número de los catecúmenos, entre quienes comenzó luego a distinguirse por un extraordinario fervor. A pocos días se sintió herido de un mortal accidento. Se le confirió el bautismo y murió poco después, dejando al misionero un largo catálogo de todos sus descendientes no bautizados, y habiendo antes empleado toda la autoridad que se había tomado sobre ellos, para persuadirles que bajasen al pueblo y se apartasen del culto de los ídolos. Efectivamente, todos ellos se avecindaron en Tepotzotlán, se bautizaron, y fueron después ejemplares cristianos.

[Mudanza en el seminario de San Pedro y San Pablo] Establecida con tanto provecho de las almas la residencia de Tepotzotlán, había satisfecho el padre procurador uno de sus mayores cuidados, que era emplear algunos sujetos de la Compañía en la instrucción y culto de las indias, sin perjuicio de las demás religiones que desde muchos años antes tenían fundadas doctrinas. Con el mismo celo se atendía en todas partes al provecho de los españoles. En México se ocupaban todos en los ministerios con un nuevo fervor, serenada ya del todo la turbación e inquietud que había causado la diversidad de espíritus el año antecedente, obra en que se mostró bien la prudencia y magisterio místico del padre doctor Juan de la Plaza. Solo ofrecía alguna ocasión de disturbio la administración del colegio seminario de San Pedro y San Pablo. Desde que se fundó por setiembre de 73 este insigne colegio, había hecho oficio de rector, aunque sin formal nombramiento, el licenciado Gerónimo López Ponce, docto y piadoso sacerdote. A este mismo, cuyo celo, fidelidad y entereza tenían ya bastantemente reconocida, nombraron por rector los señores patronos, a quienes privativamente pertenecía en una junta o cabildo, tenido a 9 de marzo de 1574, con asignación de cien pesos anuales a que en 7 de marzo de 1576 añadieron ciento y cincuenta. Gobernó este hasta el 5 de enero del siguiente año de 1577, en que entró en la Compañía. En consecuencia de su renuncia suplicaron los señores del cabildo al padre provincial Pedro Sánchez, que se dignase tomar a su cargo la Compañía la dirección de aquel seminario, como tenía muchos en la Europa. El padre provincial agradeció mucho su confianza, y respondió que en un asunto de tanta importancia, le parecía deberse pesar con más atención, y que entretanto quizá habría llegado el padre visitador Juan de la Plaza, a quien se esperaba del Perú; que su reverencia mejor informado de las intenciones del padre general, podía resolver lo más conveniente. Instáronle —172→ que a lo menos señalase una persona de su satisfacción que lo administrase en el ínterin. Con el consentimiento de los mismos patronos señaló al licenciado Felipe Osorio, que con la renta de ciento y cincuenta pesos y los réditos de una capellanía vinculada de oficio, perseveró en él hasta 2 de marzo de 1578. En este día, viendo que tardaba aun el padre Plaza y lo mucho que perdía la juventud en virtud y letras, bajo la conducta de la Compañía, instaron segunda vez al padre provincial para que señalase algún padre para rector de aquel colegio, y no pudiendo dejar de condescender, señaló por vice-rector al padre Vicencio Lanuchi. Este, después de un año, pretendió pasar a la Europa con motivo de entrar en la Cartuja; y efectivamente, se embarcó para España a la mitad de 79, y entró en su lugar el padre Alonso Ruiz. Había pocos meses que administraba, cuando los patronos, no sabemos por qué ocasión, se presentaron en un cabildo al padre visitador pidiendo que la Compañía deshiciese los otros seminarios que tenía México, o dejase la administración del de San Pedro. A una proposición tan irregular y tan atrevida que hizo bastante eco en el honrado proceder del padre visitador y del padre Alonso Ruiz, se le respondió que no convenía deshacer los otros seminarios de que tanto bien resultaba a la ciudad, ni había fundamento alguno para una resolución tan improvisa. Que por lo que miraba al de San Pedro y San Pablo, podían desde luego señalar persona de su confianza a quien se diesen las cuentas. En acabando el padre Plaza de proferir estas palabras, tomó las llaves del colegio, y poniéndolas sobre la mesa, a vista de aquellos señores se retiró con los otros padres, y el seminario volvió a su antiguo gobierno en que no pudo permanecer largo tiempo.

← Capítulo anterior Título del capítulo Capítulo siguiente →
Libro primero Libro segundo Libro tercero