Historia de un muerto contada por el mismo (parte 2)

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Historia de un Muerto Contada por el Mismo

Alejandro Dumas (Padre)

(Parte 2)

»Volví la cabeza y busqué a quien me había llamado. Estaba sentado junto a mi tumba, espiando todos mis movimientos, la cabeza apoyada en las manos y una sonrisa extraña bajo su mirada horrible.

»Tuve miedo.

»– ¿Quién sois? –Le dije reuniendo todas mis fuerzas, - ¿por qué despertarme?

»–Para prestarte un servicio –me respondió.

»– ¿Dónde estoy?

»–En el cementerio.

»– ¿Quién sois?

»–Un amigo.

»–Dejadme en mi sueño.

»–Escucha –me dijo, - ¿te acuerdas de la tierra?

»–No.

»– ¿No echas de menos nada?

»–No.

»– ¿Cuánto hace que duermes?

»–Lo ignoro.

»–Yo te lo diré. Estás muerto desde hace dos días, y tu ultima palabra ha sido el nombre de una mujer en lugar de ser el del Señor. Hasta el punto de que tu cuerpo sería de Satán, si Satán quisiera cogerlo. ¿Comprendes?

»–Sí.

»– ¿Quieres vivir?

»– ¿Sois Satán?

»–Satán o no, ¿quieres vivir?

»– ¿Nada más que vivir?

»–No, volverás a verla.

»– ¿Cuándo?

»–Esta noche.

»– ¿Dónde?

»–En su casa.

»–Acepto –dije yo tratando de levantarme. ¿Tus condiciones?

»–No te las pongo –me respondió Satán; - ¿crees acaso que de cuando en cuando no soy capaz de hacer el bien? Esta noche ella da un baile y te llevo a él.

»–Vayamos, pues.

»–Vayamos.

»Satán me tendió la mano, y me encontré de pie.

»Describir lo que experimenté sería cosa imposible. Sentía que un frío terrible helaba mis miembros, es todo cuanto puedo decir.

»–Ahora –continuó Satán,- sígueme. Comprende que no te haga salir por la puerta principal, el portero no te dejaría pasar, querido; una vez aquí, no se sale. Sígueme, pues: vamos primero a tu casa, donde te vestirás; porque no puedes ir al baile con el traje que llevas, tanto más cuanto que no es un baile de disfraces; pero envuélvete bien en tu sudario, porque la noche es fría y podrías enfermar.

»Satán se echó a reír como ríe Satán, y yo seguí caminando tras él.

»–Estoy seguro –continuó - de que pese al servicio que te hago, no me amas todavía. Así estáis hechos los hombres, ingratos con vuestros amigos. No es que censure la ingratitud: es un vicio que yo inventé, y es uno de los más difundidos; pero me gustaría verte menos triste. Es la única gratitud que te pido.

»Yo le seguía, blanco y frío como una estatua de mármol que un resorte oculto hace moverse; sólo que en los momentos de silencio habría podido oírse a mis dientes chocar bajo un estremecimiento glacial y a los huesos de mis miembros crujir a cada paso.

»– ¿Llegaremos pronto? –dije con esfuerzo.

»– ¡Impaciente! –Dijo Satán. - ¿Es muy hermosa?

»–Como un ángel.

»–Ay, querido –continuó riendo,- hay que confesar que adoleces de delicadeza en tus palabras; acabas de hablarme de ángel, a mí, que lo he sido; tanto más cuanto que ningún ángel haría por ti lo que yo hago hoy. Pero te perdono; hay que perdonarle algo a un hombre muerto hace dos días. Además, como te decía, esta noche estoy muy alegre; hoy han ocurrido en el mundo cosas que me encantan. Creía que a los hombres degenerados algo los había vuelto virtuosos desde hace algún tiempo, pero no: son siempre los mismos, tal como los creé. Y bien, querido, rara vez he visto jornadas como ésta; he cosechado, desde ayer, seiscientos veintidós suicidas sólo en Europa, y entre ellos hay más jóvenes que viejos, lo cual es una pérdida, porque mueren sin hijos; dos mil doscientos cuarenta y tres asesinatos, siempre sólo en Europa; en las demás partes del mundo, ni llevo la cuenta: con ellas me pasa lo que a los mayores capitalistas, no puedo enumerar mi fortuna. Dos millones seiscientos veintitrés mil novecientos setenta y cinco nuevos adulterios; eso es menos sorprendente debido a los bailes; doscientos jueces que se han vendido; ordinariamente tenía más. Pero lo que mayor placer me ha dado son veintisiete muchachas, la mayor de las cuales no tenía dieciocho años, que han muerto blasfemando de Dios. Cuenta, querido, todo eso es un ingreso aproximado de dos millones seiscientas veintiocho mil almas sólo en Europa. No cuento los incestos, las falsificaciones de moneda, las violaciones: pura calderilla. Por eso, haciendo una media de tres millones de almas que se pierden al día, calcula en cuánto tiempo el mundo entero será mío. Me veré obligado a comprarle a Dios el paraíso para agrandar el infierno.

»–Comprendo tu alegría –murmuré yo acelerando el paso.

»–Me dices eso –continuó Satán– con aire sombrío y de duda; ¿tienes miedo de mí porque me ves cara a cara? ¿Soy tan repulsivo? Razonemos un poco, por favor: ¿que sería del mundo sin mí? ¿Un mundo que tuviera sentimientos procedentes del cielo, y no pasiones procedentes de mí? El mundo moriría de spleen, querido. ¿Quién ha inventado el oro? Yo. ¿El juego? Yo ¿El amor? Yo. ¿Los negocios? También yo. Y no comprendo a los hombres que parecen odiarme tanto. Vuestros poetas, por ejemplo, que hablan de amor puro, no comprenden que al mostrar el amor que salva, inspiran la pasión que pierde; porque gracias a mí, lo que siempre buscáis no es una mujer como la Virgen, sino una pecadora como Eva. Y tú mismo, en este momento, tú que todavía tienes el frío de un cadáver y la palidez de un muerto, no es un amor puro lo que vas a buscar junto a aquella a la que te llevo, si no una noche de voluptuosidad. Ves, pues, que el mal sobrevive a la muerte, y que si el hombre tuviera que escoger, preferiría la eternidad de la pasión a la dicha, y la prueba es que, por algunos años de pasión sobre la tierra, pierde la eternidad de la dicha en el cielo.

»– ¿Llegaremos pronto? –dije yo; porque el horizonte iba renovándose siempre, y caminábamos sin avanzar.

»–Siempre impaciente –replicó Satán,- aun cuando trato de abreviar la ruta cuanto puedo. Comprende que no puedo pasar por la puerta, hay una gran cruz y ésta es mi aduana. Cuando viajo y me tropiezo con ella, me detendría, me vería obligado a santiguarme; y puedo cometer un crimen, pero no un sacrilegio; y además, como ya te he dicho, no te dejarían pasar. ¿Crees que se muere, que os entierran, y que un buen día se puede marchar uno sin decir nada? Te equivocas, querido; sin mí habrías tenido que esperar a la resurrección eterna, cosa que habría sido larga. Sígueme, y estate tranquilo, llegaremos. Te he prometido un baile y lo tendrás: yo cumplo mis promesas, y mi firma es conocida.

»Había en esa ironía de mi siniestro compañero un fatalismo que me helaba; todo cuanto acabo de deciros, creo oírlo todavía.

»Caminamos algún tiempo aún, luego llegamos a un muro ante el que estaban amontonadas tumbas formando escalera. Satán puso el pie en la primera, y, contra su costumbre, caminó sobre las piedras sagradas hasta que estuvo en la cima de la muralla.

»Yo vacilé en seguir el mismo camino, tenía miedo.

»Me tendió la mano diciéndome:

»–No hay peligro; puedes poner el pie encima, son conocidos.

»Cuando estuve a su lado me dijo:

»– ¿Quieres que te haga ver lo que sucede en París?

»–No, sigamos.

»Saltamos del muro a tierra.

»La luna, bajo la mirada de Satán, se había velado como una joven bajo una mirada descarada. La noche estaba fría, todas las puertas se hallaban cerradas, todas las ventanas oscuras, todas las calles silenciosas; se hubiera dicho que nadie había hollado hacía mucho tiempo el suelo sobre el que caminábamos; todo a nuestro alrededor tenía un aspecto fantasmal. Se podía creer que, cuando el día llegase, nadie abriría las puertas, ninguna cabeza se asomaría a las ventanas, y nadie turbaría el silencio: creía caminar por una ciudad muerta hacía siglos y reencontrada en unas excavaciones; en fin, la ciudad parecía estar despoblada en provecho del cementerio.

»Caminábamos sin oír un ruido, sin encontrar una sombra; la caminata fue larga a través de aquella ciudad espantosa de silencio y de reposo; finalmente llegamos a nuestra casa.

»– ¿La reconoces? – me dijo Satán.

»–Sí –respondí sordamente,- entremos.

»–Espera, tengo que abrir. También fui yo el que inventó el robo: tengo una segunda llave de todas las puertas, excepto la de paraíso, por supuesto.

»Entramos.

»La calma exterior continuaba en el interior; era horrible.

»Yo creía soñar, no respiraba ya. Imaginaros volviendo a entrar en vuestra habitación donde habéis muerto hace dos días, encontrando todas las cosas tal como estaban durante vuestra enfermedad, con el sello de ese aire sombrío que da la muerte; volviendo a ver los objetos ordenados, como si ya no tuvieran que ser tocados por vosotros. La única cosa animada que había visto desde mi salida del cementerio fue mi gran péndulo, a cuyo lado había un ser humano muerto, y continuaba contando las horas de mi eternidad como había contado las de mi vida.

»Fui a la chimenea, encendí una bujía para cerciorarme de la verdad, porque todo cuanto me rodeaba se me aparecía a través de una claridad pálida y fantástica que me daba, por así decir, una visión interior. Todo era real; aquella era mi habitación; vi el retrato de mi madre, sonriéndome como siempre; abrí los libros que leía algunos días antes de mi muerte; solamente la cama no tenía ropa, y había sellos en todas partes.

»En cuanto a Satán, se había sentado al fondo, y leía atentamente la Vida de los Santos.

»En aquel momento pasé ante un gran espejo y me vi en mi extraño atuendo, cubierto de un pálido sudario con los ojos apagados. Dudé de aquella vida que me devolvía un poder desconocido, y me llevé la mano al corazón.

»Mi corazón no latía.

»Me llevé la mano a la frente, y mi frente estaba fría como el pecho, el pulso mudo como el corazón; reconocía todo lo que había abandonado; así pues, sólo el pensamiento y los ojos vivían en mí.

»Lo horrible además era que no podía apartar mi mirada de aquel espejo que me devolvía mi imagen sombría, helada y muerta. Cada movimiento de mis labios se reflejaba como la horrible sonrisa de un cadáver. No podía moverme del sitio; no podía gritar.

»El reloj dejó oír ese zumbido sordo y lúgubre que precede al campaneo de los viejos péndulos, y dio las dos; luego todo recuperó la calma.

»Algunos instantes después, una iglesia vecina sonó a su turno, luego otra, luego otra más.

»En un rincón del espejo veía a Satán que se había dormido sobre la Vida de los Santos.

»Conseguí volverme. Había un espejo frente a aquel en el que miraba, de modo que me veía repetido millares de veces con esa claridad pálida que da una sola bujía en una vasta sala.

»El miedo había llegado a su colmo: lancé un grito.

»Satán se despertó.

»–He aquí, sin embargo –me dijo mostrándome el libro,- con qué se quiere dar virtud a los hombres. Es tan aburrido que me he dormido, yo que velo desde hace seis mil años. ¿Todavía no estás preparado?

»–Sí –repliqué maquinalmente,- ya estoy.

»–Date prisa –contestó Satán,- rompe los sellos, coge tus ropas, y oro sobre todo, mucho oro; deja tus cajones abiertos, y mañana la justicia encontrará el modo de condenar a algún pobre diablo por rotura de sellos; será mi pequeña ganancia.

»Me vestí. De vez en cuando me tocaba la frente y el pecho: los dos estaban fríos.

»Cuando estuve preparado, miré a Satán.

»– ¿Vamos a verla? –le dije.

»–Dentro de cinco minutos.

»– ¿Y mañana?

»–Mañana –me dijo – recuperarás tu vida ordinaria; yo no hago las cosas a medias.

»– ¿Sin condiciones? »–Sin condiciones.

»–Salgamos –le dije. »–Sígueme.

»Bajamos.

»Al cabo de unos instantes estábamos en la casa a la que me habían llamado cuatro días antes.

»Subimos.

»Reconocí la escalinata, el vestíbulo, la antecámara. Los accesos al salón estaban llenos de gente. Era una fiesta deslumbrante de luces, de flores, de pedrerías y de mujeres.

»Estaban bailando.

»A la vista de aquella alegría, creí en mi resurrección.

»Me incliné al oído de Satán, que no me había abandonado.

»– ¿Dónde está ella? –le dije.

»–En su tocador.

»Esperé a que la contradanza hubiera terminado. Crucé el salón: los espejos con luces de velas reflejaron mi imagen pálida y sombría. Volví a ver aquella sonrisa que me había helado; pero allí ya no había soledad, estaba la gente; no era el cementerio, era un baile; no era la tumba, era el amor. Me dejé embriagar y olvidé por un instante de dónde venía sin pensar en otra cosa que en aquello por lo que había ido.

»Llegado a la puerta del gabinete, la vi; se veía más bella y encantadora que nunca. Me detuve un instante como en éxtasis; iba ceñida por un vestido de blancura resplandeciente, con los hombros y los brazos desnudos. Volví a ver, más con la imaginación que en realidad, un pequeño punto rojo en el lugar que yo había sangrado. Cuando apareció, estaba rodeada de jóvenes a los que apenas escuchaba; alzó indolentemente sus hermosos ojos llenos de voluptuosidad, me vio, pareció dudar al reconocerme, luego, poniendo una sonrisa encantadora, dejó a todo el mundo y se acercó a mí.

»–Ya veis que soy fuerte –me dijo.

»La orquesta se dejó oír.

»–Y para probároslo –continuó cogiéndome del brazo –vamos a valsar juntos.

»Dijo algunas palabras a alguien que pasaba a su lado. Yo vi a Satán junto a mí.

»–Has cumplido tu promesa –le dije, - gracias; pero necesito esta mujer esta misma noche.

»–La tendrás –me dijo Satán,- pero límpiate el rostro, tienes un gusano en la mejilla.

»Y desapareció dejándome todavía más helado que antes. Como para volver a la vida apreté el brazo de aquella a la que iba a buscar desde el fondo de la tumba, y la arrastré al salón.

»Era uno de esos valses embriagadores en los que todo cuanto nos rodea desaparece, en los que no se vive más que uno para otro, en los que las manos se encadenan, en los que los cuerpos se confunden y los pechos se tocan. Yo valsaba con los ojos clavados en sus ojos, y su mirada, que me sonreía eternamente, parecía decirme: "¡Si supieras los tesoros de amor y de pasión que daré a mi amante! ¡Si supieras cuánta voluptuosidad hay en mis caricias, cuánto fuego tienen mis besos! A quien ame, daré ¡todas las bellezas de mi cuerpo, todos los pensamientos de mi alma, porque soy joven, porque soy amante, porque soy bella!"

»Y el vals nos arrastraba en un torbellino lascivo y veloz.

»Esto duró mucho tiempo. Cuando la música cesó, éramos los únicos que seguíamos bailando.

»Ella cayó en mis brazos, con el pecho oprimido, flexible como una serpiente, y alzó sobre mí sus grandes ojos que parecieron decirme: "¡Te amo!"

»La llevé al gabinete, donde estábamos solos. Los salones iban quedando desiertos.

»Ella se dejó caer sobre un diván, cerrando a medias los ojos bajo la fatiga, como bajo un abrazo de amor.

»Me incliné sobre ella, y le dije en voz baja:

»– ¡Si supierais cuánto os amo!

»–Lo sé –me dijo ella,- y también yo os amo.

»Era para volverse loco.

»–Daría mi vida – dije – por una hora de amor con vos, y mi alma por una noche.

»–Escucha –dijo ella abriendo una puerta oculta en la tapicería,- dentro de un instante estaremos solos. Espérame.

»Ella me empujó suavemente, y me encontré solo en su dormitorio, todavía alumbrado por la lámpara de alabastro.

»Todo tenía allí un perfume de misteriosa voluptuosidad imposible de describir. Me senté cerca del fuego, porque tenía frío, me miré en el espejo, seguía estando muy pálido. Oí los coches que partían uno a uno; luego, cuando el último hubo desaparecido, se hizo un silencio solemne. Poco a poco mis terrores regresaron; no me atrevía a volverme, tenía frío. Me sorprendía que ella no viniese; contaba los minutos y no oía ningún ruido. Tenía los codos sobre las rodillas y la cabeza entre mis manos.

»Entonces me puse a pensar en mi madre, en mi madre que lloraba en aquel momento a su hijo muerto, en mi madre para quien yo era toda la vida, y que no había tenido más que mis pensamientos secundarios. Todos los días de mi infancia volvieron a pasar ante mis ojos como un sueno. Vi que siempre que había tenido una herida que curar, un dolor que apagar, fue siempre a mi madre a quien recurrí. Quizá en el momento en que yo me preparaba para una noche de amor, ella se preparaba para una noche de insomnio, sola, silenciosa, junto a objetos que me recordaban a ella, o velando con mi solo recuerdo. ¡Qué horrible pensamiento!; tenía remordimientos; las lágrimas vinieron a mis ojos. Me levanté. En el momento en que me miraba en el espejo, vi una sombra pálida y blanca detrás de mí, mirándome fijamente.

»Me volví, era mi hermosa amada.

»Afortunadamente mi corazón no latía, porque de emoción habría terminado por romperse.

»Todo estaba silencioso, tanto fuera como dentro.

»Me atrajo a su lado, y pronto olvidé todo. Fue una noche imposible de contar, con placeres desconocidos, con voluptuosidades tales que se acercan al sufrimiento. En mis sueños de amor no encontré nada parecido a aquella mujer que tenía en mis brazos, ardiente como una Mesalina, casta como una madona, flexible como una tigresa, con besos que quemaban los labios, con palabras que quemaban el corazón. Había en ella algo tan potentemente atractivo, que hubo momentos en que tuve miedo.

»Por fin la lámpara comenzó a palidecer cuando el día despuntaba.

»–Escucha –me dijo aquella mujer,- hay que marcharse; ya llega el día, no puedes quedarte aquí; pero por la tarde, a primera hora de la noche te espero, ¿si?


»Por última vez sentí sus labios sobre los míos, ella apretó de modo convulso mis manos, y me marché.

»Fuera seguía la misma quietud.

»Caminaba como un loco, creyendo apenas en mi vida, sin pensar en ir a casa de mi madre o volver a la mía, ¡tanto embriagaba mi corazón aquella mujer!

»Sólo sé de una cosa que se desea más que una primera noche pasada junto a una amante: una segunda.

»La luz se había levantado, triste, pálida, fría. Caminé al azar por el campo desierto y desolado, para esperar la noche.

»La noche llegó temprano.

»Corrí a la casa del baile.

»En el momento en que franqueaba el umbral de la puerta, vi un viejo pálido y achacoso que bajaba la escalinata.

»– ¿Dónde va el señor? –me detuvo el portero.

»–A casa de la señora de P... –le dije.

»–La señora de P... –dijo él mirándome asombrado y señalándome al viejo,- ese señor es quien vive en este palacete; ella murió hace dos meses.

»Lancé un grito y caí de espaldas.

»– ¿Y después? –pregunté yo, ansioso por saber más. – ¿Después? – dijo él gozando de nuestra atención y sopesando sus palabras, - después me desperté, porque todo eso no era más que un sueño.


--Kit.kath 03:16 25 ago 2006 (UTC)

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