Historietas nacionales (Versión para imprimir)

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Autor: Pedro Antonio de Alarcón[editar]

El carbonero-alcalde[editar]

El carbonero-alcalde
de Pedro Antonio de Alarcón



I[editar]

Otro día narraré los trágicos sucesos que precedieron a la entrada de los franceses en la morisca ciudad de Guadix, para que se vea de qué modo sus irritados habitantes arrastraron y dieron muerte al corregidor don Francisco Trujillo, acusado de no haberse atrevido a salir a hacer frente al ejército napoleónico con los trescientos paisanos armados de escopetas, sables, navajas y hondas de que habría podido disponer para ello...

Hoy, sin otro fin que indicar el estado en que se hallaban las cosas cuando ocurrió el sublime episodio que voy a referir, diré que ya era capitán general de Granada el excelentísimo señor conde don Horacio Sebastiani, como le llamaban los afrancesados, y gobernador del Corregimiento de Guadix el general Godinot, sucesor del coronel de dragones de caballería, número 20, M. Corvineau, a quien había cabido la gloria de ocupar la ciudad el 16 de febrero de 1810.

Dos meses habían pasado desde esta aborrecida fecha, y las tropas de Napoleón seguían dominando en Guadix por tal arte, que aquella tierra clásica de revoltosos y guerrilleros era ya una balsa de aceite. Apenas se vela algún que otro buen patriota ahorcado en los miradores de las Casas Consistoriales, y ya iban siendo menos sorprendentes ciertas misteriosas bajas del ejército invasor, ocasionadas, según todo el mundo sabe, por la manía en que dieron los guadijeños, como otros muchos españoles, de arrojar al pozo a sus alojados: comenzaba la plebe a chapurrar el francés, y hasta los niños sabían ya decir «didon» para llamar a los conquistadores, lo cual era claro indicio de que la asimilación de españoles y franceses adelantaba mucho, haciendo esperar a los transpirenaicos una pronta identificación de ambos pueblos: ya bailaban nuestras abuelas... (es decir, las abuelas de los nietos de los afrancesados; que no las mías, a Dios gracias), ya bailaban, digo, con los oficiales vencedores en Marengo, Austerlitz y Wagram, y aun había ejemplo de que alguna beldad despreocupada, con peina de teja y vestido de medio paso, que era la suma elegancia en aquel entonces, hubiese mirado con buenos ojos a éste o aquél granadero, dragón o húsar nacido en lejanas tierras: ya extendían los curiales toda clase de documentos públicos en papel que había sido del reinado de don Fernando VII, y al cual se acababa de poner la siguiente nota: «Valga para el reinado del Rey nuestro señor D. José Napoleón I»: ya se dignaban oír misa, los domingos y fiestas de guardar, aquellos hijos de Voltaire y Rousseau, bien que los generales y jefes superiores la oyesen, como ateos de más alta dignidad, arrellanados en los sillones del presbiterio y fumando en descomunales pipas... (histórico): ya los frailes de San Agustín, San Diego, Santo Domingo y San Francisco habían consumido todas las hostias sagradas y evacuado por fuerza sus conventos, para que sirviesen de cuarteles a los galos; ya, en fin, era todo paz varsoviana, oficial alegría y entusiasmo bajo pena de muerte en la antigua corte de aquellos otros enemigos de Cristo que reinaron en Guadix por la gracia de Alá y de su profeta Mahoma.

II[editar]

Pues he aquí que, en tales circunstancias, tuvo que cerrar sus puertas el matadero de Guadix, por falta de reses que matar. Vacas, bueyes, terneras, carneros, ovejas, cabras... ¡todos los ganados del territorio habían sido ya devorados por aquellos naciones, con más todos los jamones, espaldillas, pavos, pollos, gallinas, palomas y conejos caseros de la ciudad; pues nunca había visto a seres humanos comer tanta carnaza a todas horas!...

Las gentes del país, sobrias siempre a fuer de semiafricanas, seguían alimentándose con vegetales crudos, cocidos o fritos... ¡pero el Conquistador necesitaba carne, y carne fresca, y mucha, y pronto!...

En tal conflicto, recordó el general francés que el partido de Guadix se componía de varios pueblos, y que la mayor parte de ellos se hallaban aún por conquistar.

-¡Es necesario -dijo entonces a sus tropas- que las águilas del Imperio se extiendan por todas partes! Desparramaos por cuantas villas, lugares y cortijos comprende el territorio de mi mando: llevadles la buena nueva del advenimiento de don José I al trono de San Fernando: tomad posesión de ellos en su nombre, y traedme a la vuelta cuanto ganado encontréis en sus corrales y rediles. ¡Viva el emperador!

Y, en virtud de esta orden del día, salieron diez o doce columnas, cada una de ciento a doscientos hombres, con dirección al marquesado del Zenet, a Gor, a los montes y a los pueblos situados en la falda septentrional de Sierra Nevada.

Entre estos últimos -y henos ya dentro del episodio que nos propusimos referir al coger hoy la pluma-, entre los pueblos que, indiferentes a los adelantos de la civilización, vegetan al pie del colosal y siempre nevado Mulhacén, es y era renombrada en veinte leguas a la redonda, por el carácter indómito de sus moradores, por su arábigo aspecto, por el estado casi salvaje de las costumbres y por otras particularidades que ya irán surgiendo de nuestra relación, la antiquísima villa de Lapeza, célebre en la guerra de los moriscos, y cuyo arruinado castillejo recuerda aún el nombre de su esforzado gobernador Bernardino de Villalta, digno adversario de los secuaces de Aben-Humeya.

Era el día 15 de abril del mencionado año de 1810.

La villa de Lapeza ofrecía un espectáculo tan risible como admirable, tan grotesco como imponente, tan ridículo como aterrador. Hallábanse cortadas todas sus avenidas por una muralla de troncos de encina y de otros árboles gigantescos, que la población en masa bajaba del monte vecino, y con los que formaba pilas no muy fáciles de superar. Como la mayor parte de aquel vecindario se compone de carboneros, y el resto de leñadores y pastores, la operación indicada se llevaba a cabo con inteligencia y celeridad verdaderamente asombrosas.

Aquel recio muro de madera formaba una especie de torre por el lado frontero al camino de Guadix, y encima de esta torre habían colocado los lapezeños (¡asómbrense ustedes!) cierto formidable cañón, fabricado por ellos mismos, y de que ha quedado imperecedera memoria; el cual consistía en un colosal tronco de encina ahuecado al fuego, ceñido con recias cuerdas y redoblados alambres, y cargado hasta la boca con no sé cuántas libras de pólvora y una infinidad de balas, piedras, pedazos de hierro viejo y otros proyectiles por el estilo...

Contábase además con todas las armas blancas y negras del pueblo y del monte, resultando disponibles unas doce escopetas, más de veinte bocachas y trabucos, un cuchillo, puñal o navaja por persona, tres o cuatro docenas de hachas de hacer leña, algunos pistolones de chispas, inmensos montones de piedras de respetable calibre, todas las hondas necesarias para hacerlas volar, y una verdadera selva de garrotes y porras de variado gusto.

En cuanto a la guarnición, todos los coetáneos del hecho están de acuerdo en que constaría de unos doscientos hombres, a quienes sólo se podía llamar así por exceso de filantropía, pues más que hombres parecían orangutanes; entre los cuales figuraba en primera línea, merece especial mención y dará exacta idea de lo demás, el general de aquel ejército, el gobernador de aquella plaza, el alcalde de Lapeza, Manuel Atienza, en fin, ¡que santa gloria haya!

Era la primera autoridad de la villa un mortal de cuarenta y cinco a cincuenta años, alto como un ciprés, huesoso o nudoso (que ésta es la verdadera palabra) como un fresno y fuerte como una encina; aunque, a decir verdad, su largo ejercicio de carbonero habíale requemado y ennegrecido de tal modo que, de parecer una encina, parecía una encina hecha carbón. Sus uñas eran pedernal; sus dientes, de caoba; sus manos, de bronce pavonado por el sol; su cabello, por lo revuelto y empajado, cáñamo sin agramar, y por la calidad y el color, el cerro de un jabalí; su pecho, que la abierta camisa dejaba ver de hombro a hombro y del cuello hasta el estómago inclusive, parecía cubierto de una piel de caballo que se hubiese arrugado y endurecido a fuerza de estar sobre ascuas y, efectivamente, el cerdoso vello que poblaba su saliente esternón hallábase chamuscado, así como sus pobladas cejas... Y consistía esto en que el señor alcalde era carbonero (o sea, ranchero de la sierra, según que ellos se llaman), y había pasado toda su vida en medio de un incendio, como las ánimas del Purgatorio.

Con respecto a los ojos de Manuel Atienza, no podía negarse que veían; pero nadie hubiera asegurado nunca que miraban. La advertida ignorancia de su merced, junta a la malicia del mono y a la prevención del hombre entrado en años, aconsejábale no fijar nunca la vista en sus interlocutores, a fin de que no descubriesen las marras de su inteligencia o de su saber; y si la fijaba, era de un modo tan vago, tan receloso, tan solapado, que parecía que aquellas pupilas miraban hacia adentro, o que aquel hombre tenía otros dos ojos detrás de las orejas, como las lagartijas. Su boca, en fin, era la de un alano viejo; su frente desaparecía debajo de las avanzadas del pelo; su cara relucía como el cordobán curtido, y su voz, ronca como un trabucazo, tenía ciertas notas ásperas y bruscas como el golpe del hacha sobre la leña.

De su traje no hay que decir, por ser cosa de cajón entre la gente rica de aquellos pueblos, que consistía en unas albarcas de piel de toro, tomiza y parella; medias de lana; calzón corto, de paño burdo muy oscuro; chaqueta de lo mismo; chaleco celeste, de raso, rameado de amarillo; canana de cuero en vez de faja, y un enorme sombrero, bajo cuya ala, ribeteada de felpa, sesteaba muy cómodamente toda su autoridad... Y, a propósito de autoridad, añadiré para concluir, que la vara de alcalde le llegaba al hombro, y que sus dos borlas negras, del tamaño de dos naranjas, denunciaban a tiro de bala a todo un hombre de orden, que diríamos ahora.

Tal era el alcalde de Lapeza, y a su tenor todos sus subordinados. Si creéis exagerada la descripción, tened presente que la raza de los lapezeños no ha degenerado ni se ha modificado con los años transcurridos. ¡Id allá, y os asombraréis, como yo, de que en España, y a mediados del siglo XIX, existían todas las maravillas del África meridional!


III[editar]

Pero las obras de fortificación se hallan terminadas y el armamento distribuido convenientemente.

Atienza ha mandado a Jacinto que vaya a su casa por un antiquísimo tambor, que sirve para las procesiones, para los toros y para pregonar los bandos.

Jacinto -que, dicho sea entre paréntesis, era el alguacil, y de alguacil ha muerto en el presente año de 1859-, acude ya tocando generala.

-¡A la formación! -grita el síndico, persona muy perita en el arte militar; como que ha servido al señor rey don Carlos IV en clase de ranchero de una compañía de cazadores...

Los doscientos lapezeños toman las armas y se forman en batalla enfrente del Ayuntamiento.

Atienza empuña entonces una larga y negra espada antigua de ancha cazoleta y extensos gavilanes; cuelga de su canana una pistola de arzón; coge con la mano izquierda la vara de alcalde, ni más ni menos que haría con su bastón un mariscal de Francia y, seguido de un brillante Estado Mayor, compuesto del alguacil, del pregonero o peón público y del Infrascrito, que es como, muy ufana y orgullosa, llama su mujer al fiel de fechos, pasa revista a sus formidables huestes, que le presentan armas o tiran por alto monteras y sombreros.

-¡Viva el señor alcalde! -gritan o ladran aquellos futuros héroes.

A lo que Atienza replica:

-¡Qué alcalde ni qué cuerno! ¡Viva Dios! ¡Viva Lapeza! ¡Viva la independencia española!

Y, una vez cambiado este saludo de guerra, su merced ordena a Jacinto que toque un largo redoble; llama a su lado al pregonero y, por boca de éste, que repite una a una y hasta media a media las palabras del caudillo, pronuncia la siguiente proclama, no escrita:

«Por-noticias-del tío Piorno-se ha sabido-que-el enemigo de la patria-viene hoy a Lapeza-a conquistarnos-y robarnos los bienes;-y nosotros-con la bendición del señor cura,-y el auxilio-de nuestra santa patrona-la Virgen del Rosario,-vamos-a defendernos-como buenos españoles-y a mostrar-a la ciudad de Guadix,-que-si ella-se ha entregado al francés,-los-vecinos de Lapeza-saben morir,-como murieron-los vecinos de Madrid-el día Dos de Mayo,-o-vencer,-como vencieron-los vecinos de Bailén -hace dos años;-y, en su virtud,-el alcalde-hace saber-a estos vecinos-que- el que no perezca-en el presente día-defendiendo su casa,-será declarado- mal español-y traidor a la patria,-y morirá,-como corresponde,-colgado de una encina de la sierra.-Y para que conste,-no sabiendo firmar,-lo hace su merced-con la cruz que acostumbra,-de que certifica-el infrascrito.-¡Viva Dios!-¡Viva la Virgen!-¡Viva España!-¡Viva Fernando VII!-¡Muera Pepe Botellas!-¡Mueran los franceses!-¡Muera Godinot!-¡Mueran los traidores!»

Esta mezcla de proclama guerrera y de actuación judicial produjo extraordinario efecto en los lapezeños.

Manuel Atienza hizo la cruz con los dedos, y la besó al llegar a lo de la firma; el secretario certificó con un movimiento de cabeza; el pregonero cumplimentó al alcalde por lo bien que había improvisado su discurso; Jacinto tocó otro redoble de tambor, y los vivas, los bailes y los himnos patrióticos dieron fin a aquella cómica loa de una verdadera tragedia.

-Cada uno a su puesto -exclamó entonces el síndico.

Y unos coronaron la fortaleza de madera; otros se montaron en el cañón, provistos de una larga mecha; los gañanes más diestros en el manejo de la honda subieron a la alcazaba morisca; los tiradores o escopeteros salieron de descubierta al camino de Guadix, y el alcalde se colocó en un punto que dominaba todo el futuro campo de batalla, teniendo a su lado a Jacinto, a fin de que con un redoble de tambor diese la señal de fuego.

Entretanto, el cura bendecía y absolvía una vez más a sus animosos feligreses, y se dedicaba, con el albéitar, el sacristán y el sepulturero a preparar vendajes, el Santo Óleo y unas angarillas para el socorro de heridos y muertos.

Casi todas las mujeres rezaban en la iglesia; y en cuanto a los niños, habíase dispuesto aquella mañana mandarlos todos a lo alto de Sierra Nevada, a fin de que sus vidas no corriesen peligro, y pudieran servir, andando los años, para. rechazar otra invasión extranjera.


IV[editar]

Las tres de la tarde serían cuando una nube de polvo indicó a los lapezeños la proximidad del enemigo.

Algunos tiros de las primeras avanzadas corroboraron poco después aquella indicación.

Los lapezeños saltaron de entusiasmo, y al mismo tiempo por disposición final del señor alcalde, izáronse en la antigua fortaleza de los moros, y en el parapeto de encima, dos o tres banderas hechas con pañuelos negros.

Las campanas tocaron a rebato; muchas viejas empezaron a gritar, y los mozos a lanzar silbidos; algunas piedras zumbaron en el espacio, y los escopetazos del camino oyéronse más frecuentes y más próximos.

Un momento después los tiradores se replegaron hacia la villa, cargando nuevamente sus armas, y los primeros cascos, corazas y bayonetas del ejército invasor relucieron al alcance de los trabucos.

-¿Cuántos vienen? -preguntó Manuel Atienza a uno de los que más habían avanzado.

-Vendrán doscientos -respondió éste.

-Somos fuerzas iguales -exclamó el carbonero con desdeñosa arrogancia, sin considerar que doscientos rústicos mal armados no significan lo que doscientos veteranos avezados a las lides y acometiendo con excelentes armas.

-Pero traen caballería... -añadió un segundo escopetero.

-Repito que somos fuerzas iguales -volvió a decir Manuel Atienza-. A ver, Jacinto, que suene ese tambor... ¡España y a ellos! ¡Viva la Virgen!

Jacinto dio la señal ansiada, y una nube de piedras y de balas, cayendo sobre los franceses, les obligó a hacer alto.

Un momento después contestaron éstos con una nutrida descarga, que dejó fuera de combate cinco lapezeños.

-¡Alto el fuego! -gritó entonces el alcalde-. Están todavía muy lejos y tenemos poca pólvora. Dejémosles acercarse... Ya sabéis que el cañón se reserva para lo último, y que hasta que yo tire el sombrero no se le arrima la mecha. Ustedes, señores, a ver si se callan y cuidan de los heridos.

-¡Ya se acercan otra vez!

-¡Nada!... ¡Todo el mundo quieto!

-¡Ya apuntan!...

-¡Todo el mundo a tierra!

Una segunda descarga vino a estrellarse en los troncos de encina, y los franceses avanzaron hasta hallarse a unos veinte pasos del ejército sitiado.

Los peones se replegaron a los dos lados del camino, dejando paso a la caballería.

-¡Fuego! -exclamó entonces el alcalde con una voz igual a la de la pólvora, mientras que arrojaba el sombrero por alto y se plantaba en medio del mayor peligro.

Allí fue lo horrible. Allí fue lo inenarrable.

Franceses y españoles dispararon sus armas a un mismo tiempo, sembrando la tierra de cadáveres: la caballería aprovechó este momento para llegar al pie de la muralla, presumiendo sin duda poderla saltar con sus impetuosos bridones: centenares de piedras derrumbaron a caballos y jinetes: éstos empezaron, por su parte, a degollar a mansalva, y en aquel supremo tumulto, en medio de aquel estrago, de aquel torbellino, de aquella confusión, he aquí que estalla, por último, el tremendo cañonazo, produciendo un estampido fragoroso y llevando la muerte a sitiados y sitiadores.

Y era que el cañón había reventado al tiempo de disparar; era que la encina, hecha pedazos, vomitaba la metralla en todas direcciones, lo mismo hacia atrás que hacia adelante y por los costados, revuelta con mil fragmentos de madera que silbaban al hender el aire; era que la expansión de tanta pólvora inflamada había hecho rodar los troncos en que se apoyaba el cañón, y estos troncos aplastaron a españoles y franceses. Fue aquello, pues, un caos de humo, de polvo, de rugidos, de lamentos, de relinchos, de llamas, de sangre; de cadáveres deshechos, cuyos miembros volaban todavía o volvían a la tierra entre balas, piedras y otros proyectiles; de caballos sueltos que huían coceando; de palos de ciego dados sobre amigos y enemigos por los lapezeños que aún seguían en pie, y de puñaladas, pistoletazos y pedradas, que venían de abajo, de arriba, de todas partes, como si hubiese llegado el fin del mundo.

Y en esta tempestad, en este infierno, percibíanse juntos el toque de retirada de la corneta francesa y el redoble del tambor lapezeño tocando a generala, en tanto que la voz del formidable carbonero, del invencible alcalde, del invulnerable Atienza, sobresalía entre el común estruendo, gritando desaforadamente:

-¡Duro en ellos, muchachos! ¡Hasta que no quede uno! ¡Ya deben de quedar pocos!

Y era verdad, pero también era cierto que quedaban menos españoles. El cañón de encina había hecho más destrozos entre los lapezeños que entre los franceses.

Sin embargo, como estos últimos ignoraban los medios de defensa que aún podían tener reservados aquellos demonios; como tampoco sabían su número, y como todo lo temían ya de ellos, pensaron en salvarse a toda prisa; y, desordenados, dispersos, atropellando la caballería a la infantería, y desoyendo los soldados las voces de sus jefes, emprendieron una retirada muy semejante a una fuga, perseguidos por los gañanes, que aún tenían a su disposición tres leguas cubiertas de proyectiles para sus hondas, y por algunos escopeteros a quienes quedaban cartuchos.

Apedreados, pues, fusilados, ennegrecidos por la pólvora, cubiertos de sangre, sudor y polvo, y habiendo dejado cien hombres en Lapeza y en el camino, entraron en Guadix, a las ocho de la noche, los vencedores de Egipto, Italia y Alemania, vencidos aquel día por una fuerza inferior de pastores y carboneros.


V[editar]

El sangriento drama que acabamos de referir no podía menos de tener un tremendo epílogo.

Imagínense nuestros lectores la sorpresa y la ira del general Godinot al saber lo acontecido en Lapeza.

-¡No dejaré en ella piedra sobre piedra! -exclamó el vengativo galo...

Y cuatro días después salían con dirección a la villa gobernada por Atienza dos mil cuatrocientos hombres de todas armas, al mando de un oficial general, y con tantos víveres y municiones como si se tratara de sitiar una plaza fuerte.

Aquel numeroso ejército dio vista a Lapeza a las nueve de la mañana.

A nadie encontraron por el camino: ni un tiro, ni una pedrada los recibió. Todo era silencio y soledad en la ensangrentada villa.

La destruida muralla de troncos no había sido recompuesta, y las campanas no hacían señal de la llegada del enemigo...

Así entraron en el pueblo los irritados invasores.

Y allí debió de cruzar por su mente una especie de profecía de lo que más tarde les aconteció en Rusia. Lapeza estaba despoblada, ni más ni menos que Moscú cuando penetró en ella Napoleón el Grande.

Los lobos, hartos de carnicería, habían vuelto a internarse en la sierra.

Sólo algunas pobres mujeres, que habían bajado aquel día a dar una vuelta por sus abandonados hogares y en busca de víveres para los emigrados, fueron halladas en los rincones de la iglesia, adonde se habían guarecido, creyendo que allí las respetarían los ilustres conquistadores...

Mas ¡ay!, no... Que a falta de varones fuertes que vencer, ofrecióles allí la pérfida fortuna míseras doncellas que ultrajar, inocencia que escarnecer, virtud que cubrir de oprobio y amargura.

¡Apartemos los ojos de aquellas infamias, muchas veces repetidas por los vencedores de Europa durante su odiosa dominación en España! ¡Maldición y vergüenza a los que emplean en el crimen la victoria! ¡Horror eterno a las armas extranjeras!

Ufanos y satisfechos volvían hacia Guadix aquellos héroes, llevando, como únicos prisioneros hechos en aquella ruidosa expedición, un inerme anciano, decrépito y enfermo, que encontraron en una choza, y un tímido adolescente que lo cuidaba, cuando la noticia de lo que sucedía en sus hogares, divulgada en la sierra por alguna atribulada fugitiva, precipitó sobre el camino a los enfurecidos padres, hermanos y novios, que bajaban de las alturas como despeñados torrentes.

Empezó entonces un tremendo combate a salto de mata (ésta es su gráfica calificación) entre los cien vecinos que aún había a las órdenes de Atienza y los dos mil cuatrocientos expedicionarios franceses.

Una vez lanzado el reto y trabada la lid, los lapezeños empezaron a batirse en retirada, a la usanza mora, con el fin de internar a los enemigos en las fragosidades de la sierra.

¡Éstos cometieron la imprudencia de caer en el lazo; y si bien es verdad que sus terribles armas casi concluyeron con aquel puñado de valientes, no lo es menos que compraron la vida de cada uno con diez bajas en sus batallones!

Las ásperas rocas, los verdes barrancos, los matorrales y los abismos quedaron sembrados de cadáveres franceses...

Fue una de tantas poco sabidas pérdidas como tuvieron en España los ejércitos napoleónicos; pérdidas que no contaban en los boletines de las grandes batallas; pero que al cabo de la guerra de la Independencia dieron la enorme suma de medio millón de soldados imperiales muertos o perdidos en nuestra Península.

Atienza -o Atencia, que es como el señor alcalde pronuncia su apellido, aumentando su energía con esta variante-, el invicto carbonero, que ha presentado dos batallas en cuatro días a las tropas de Bonaparte, hállase de pie sobre la altísima peña, rodeado de franceses, acorralado, perdido, cargando su naranjero con el último cartucho, con la cabeza vendada de resultas del combate del día 15, recientemente herido en el pecho, todo cubierto de sangre, llevando al cinto la vara de su jurisdicción, como hiciera con la suya un arriero, y respondiendo a las intimaciones que le hacen de que se rinda con risotadas salvajes, cuyos ecos repiten los abismos de la quebrantada sierra.

Cien balas silban continuamente en torno suyo; pero él las esquiva saltando de un lado a otro, irguiéndose o agachándose: ágil, súbito, elástico, como tigre que va y viene sin cesar, se encoge, brinca, acude a todas partes, y aterra tanto en la defensa como en la acometida.

Dispara, por fin, el último trabucazo, trazando en torno suyo un semicírculo con la tremenda arma, como si quisiese rociar de balas el monte: alcánzalo en esto otro tiro en el vientre, lo que le arranca un rugido pavoroso: conoce que va a morir; arroja el trabuco, no sin mirarlo con enojo, al considerarlo ya inofensivo; sácase del cinto el enorme bastón que conocemos, y dirigiéndose a un coronel que le insta en mal español para que se entregue:

-¡Yo no me rindo! -dice-. ¡Yo soy la villa de Lapeza, que muere antes de entregarse!

Y rompiendo el bastón entre sus manos, lo arroja a la faz de los franceses, y él se precipita detrás, cayendo contra las peñas de un hondo barranco, donde sus huesos de bronce crujen al saltar hechos astillas.

¡Ni tan siquiera de su cadáver logró apoderarse el enemigo!

VI[editar]

Lapeza es ya de los franceses.

El general Godinot recibe la fausta nueva de boca del jefe expedicionario.

-¿Cuántos prisioneros traéis? -le pregunta-. ¡Necesitamos ahorcarlos para que escarmienten los demás pueblos del partido!

-¡Sólo traigo dos: un viejo y un muchacho! ¡En toda la villa no encontré más enemigos! -responde el jefe bajando los ojos.

Entonces Godinot no puede menos de admirar la actitud verdaderamente antigua, clásica, espartana de aquellos montañeses. Pero con todo, insiste en que sean ahorcados los dos débiles prisioneros...

Nuestros padres nos han referido muchas veces los pormenores de aquella ejecución...

Pero nosotros la contaremos rápidamente...

Son de índole demasiado feroz para que la pluma se detenga en su relato.

Ataron una soga al cuello del niño, y lo arrojaron desde un mirador de la casa del Ayuntamiento a la Plaza Mayor de Guadix.

Rompióse la soga, que sin duda era vieja, y el niño cayó contra el empedrado.

Anudaron la parte rota, tornaron a subir a la pobre criatura, colgáronlo de nuevo, y la soga se volvió a romper.

El niño quedó en el suelo sin poder moverse. No había muerto pero todos sus remos se habían roto.

Entonces un oficial de dragones, conmovido al mirar que se pensaba en colgarlo por tercera vez, llegóse al infeliz... y le deshizo la cabeza de un pistoletazo.

Saciada de este modo, al menos por aquel día, la ferocidad de los vencedores, dignáronse perdonar al anciano enfermo, el cual había presenciado toda la anterior escena acurrucado al pie de una columna, esperando a que le llegase su vez de ser ahorcado...

Diéronle, pues, libertad, y el pobre viejo salió de la plaza corriendo y tambaleándose, y tomó el camino de su pueblo, donde murió de tristeza aquella misma noche.

¡El niño asesinado en Guadix... era su hijo!


Guadix, 1859.

El afrancesado[editar]

El afrancesado
de Pedro Antonio de Alarcón



I


En la pequeña villa del "Padrón", sita en territorio gallego, y allá por el año del 1808, vendía sapos y culebras y agua llovediza, a fuer de legítimo boticario, un tal GARCÍA DE PAREDES, misántropo solterón, descendiente acaso, y sin acaso, de aquel varón ilustre que mataba un toro de una puñada.

Era una fría y triste noche de otoño. El cielo estaba encapotado por densas nubes, y la total carencia de alumbrado terrestre dejaba a las tinieblas campar por su respeto en todas las calles y plazas de la población.

A eso de las diez de aquella pavorosa noche, que las lúgubres circunstancias de la patria hacían mucho más siniestra, desembocó en la plaza que hoy se llamará de la Constitución un silencioso grupo de sombras, aun más negras que la obscuridad de cielo y tierra, las cuales avanzaron hacia la botica de García de Paredes, situada en un rincón próxima al Corregimiento, y cerrada completamente desde las Ánimas, o sea desde las ocho y media en punto.

- ¿Qué hacemos? -dijo una de las sombras en correctísimo gallego.

- Nadie nos ha visto... -observó otra.

- ¡Derribar la puerta! -añadió una tercera.

- ¡Y matarlos! -murmuraron hasta quince voces.

- ¡Yo me encargo del boticario! -exclamó un chico.

- ¡De ése nos encargamos todos!

- ¡Por judío!

- ¡Por "afrancesado"!

- Dicen que hoy cenan con él más de veinte franceses....

- ¡Ya lo creo! ¡Como saben que ahí están seguros, han acudido en montón!

- ¡Ah! Si fuera en mi casa! ¡Tres alojados llevo echados al pozo!

- ¡Mi mujer degolló ayer a uno!...

- ¡Y yo... (dijo un fraile con voz de figle) he asfixiado a dos capitanes, dejando carbón encendido en su celda, que antes era mía!

- ¡Y ese infame boticario los protege!

- ¡Qué expresivo estuvo ayer en paseo con esos viles excomulgados!

- ¡Quién lo había de esperar de García de Paredes! ¡No hace un mes que era el más valiente, el más patriota, el más realista del pueblo!

- ¡Toma! ¡Como que vendía en la botica retratos del príncipe Fernando!

- ¡Y ahora los vende de Napoleón!

- Antes nos excitaba a la defensa contra los invasores....

- Y desde que vinieron al Padrón se pasó a ellos....

- ¡Y esta noche da de cenar a todos los jefes!

- ¡Oíd qué algazara traen! ¡Pues no gritan "¡viva el Emperador!"

- Paciencia.... (murmuró el fraile.) Todavía es muy temprano.

- Dejémosles emborracharse.... (expuso una vieja.) Después entramos... ¡y ni uno ha de quedar vivo!

- ¡Pido que se haga cuartos al boticario!

- ¡Se le hará ochavos, si queréis! Un afrancesado es más odioso que un francés. El francés atropella a un pueblo extraño: el afrancesado vende y deshonra a su patria. El francés comete un asesinato: el afrancesado ¡un parricidio!


II


Mientras ocurría la anterior escena en la puerta de la botica, García de Paredes y sus convidados corrían la francachela más alegre y desaforada que os podáis figurar.

Veinte eran, en efecto, los franceses que el boticario tenía a la mesa, todos ellos jefes y oficiales.

García de Paredes contaría cuarenta y cinco años; era alto y seco y más amarillo que una momia; dijérase que su piel estaba muerta hacía mucho tiempo; llegaba la frente a la nuca, gracias a una calva limpia y reluciente, cuyo brillo tenía algo de fosfórico; sus ojos, negros y apagados, hundidos en las descarnadas cuencas, se parecían a esas lagunas encerradas entre montañas, que sólo ofrecen obscuridad, vértigos y muerte al que las mira; lagunas que nada reflejan; que rugen sordamente alguna vez, pero sin alterarse; que devoran todo lo que cae en su superficie; que nada devuelven; que nadie ha podido sondear; que no se alimentan de ningún río, y cuyo fondo busca la imaginación en los mares antípodas.

La cena era abundante, el vino bueno, la conversación alegre y animada.

Los franceses reían, juraban, blasfemaban, cantaban, fumaban, comían y bebían a un mismo tiempo.

Quién había contado los amores secretos de Napoleón; quién la noche del 2 de Mayo en Madrid; cuál la batalla de las Pirámides; cuál otro la ejecución de Luis XVI.

García de Paredes bebía, reía y charlaba como los demás, o quizás más que ninguno; y tan elocuente había estado en favor de la causa imperial, que los soldados del César lo habían abrazado, lo habían vitoreado, le habían improvisado himnos.

- ¡Señores! (había dicho el boticario): la guerra que os hacemos los españoles es tan necia como inmotivada. Vosotros, hijos de la Revolución, venís a sacar a España de su tradicional abatimiento, a despreocuparla, a disipar las tinieblas religiosas, a mejorar sus anticuadas costumbres, a enseñarnos esas utilísimas e inconcusas «verdades de que no hay Dios, de que no hay otra vida, de que la penitencia, el ayuno, la castidad y demás virtudes católicas son quijotescas locuras, impropias de un pueblo civilizado, y de que Napoleón es el verdadero Mesías, el redentor de los pueblos, el amigo de la especie humana....» ¡Señores! ¡Viva el Emperador cuanto yo deseo que viva!

- ¡Bravo, vítor! -exclamaron los hombres del 2 de Mayo.

El boticario inclinó la frente con indecible angustia.

Pronto volvió a alzarla, tan firme y tan sereno como antes.

Bebióse un vaso de vino, y continuó:

- Un abuelo mío, un García de Paredes, un bárbaro, un Sansón, un Hércules, un Milón de Crotona, mató doscientos franceses en un día.... Creo que fué en Italia. ¡Ya veis que no era tan "afrancesado" como yo! ¡Adiestróse en las lides contra los moros del reino de Granada; armóle caballero el mismo Rey Católico, y montó más de una vez la guardia en el Quirinal, siendo Papa "nuestro tío" Alejandro Borja! ¡Eh, eh! ¡No me hacíais tan linajudo! -Pues este DIEGO GARCÍA DE PAREDES, este ascendiente mío..., que ha tenido un descendiente boticario, tomó a Cosenza y Manfredonia; entró por asalto en Cerinola, y peleó como bueno en la batalla de Pavía! ¡Allí hicimos prisionero a un rey de Francia, cuya espada ha estado en Madrid cerca de tres siglos, hasta que nos la robó hace tres meses ese hijo de un posadero que viene a vuestra cabeza, y a quien llaman Murat!

Aquí hizo otra pausa el boticario. Algunos franceses demostraron querer contestarle; pero él, levantándose, e imponiendo a todos silencio con su actitud, empuñó convulsivamente un vaso, y exclamó con voz atronadora:

- ¡Brindo, señores, porque maldito sea mi abuelo, que era un animal, y porque se halle ahora mismo en los profundos infiernos! ¡Vivan los franceses de Francisco I y de Napoleón Bonaparte!

- ¡Vivan!... -respondieron los invasores, dándose por satisfechos.

Y todos apuraron su vaso.

Oyóse en esto rumor en la calle, o, mejor dicho, a la puerta de la botica.

- ¿Habéis oído? -preguntaron los franceses.

García de Paredes se sonrió.

- ¡Vendrán a matarme! -dijo.

- ¿Quién?

- Los vecinos del Padrón.

- ¿Por qué?

- ¡Por "afrancesado"! -Hace algunas noches que rondan mi casa.... Pero ¿qué nos importa? -Continuemos nuestra fiesta.

- Sí... ¡continuemos! exclamaron los convidados. ¡Estamos aquí para defenderos!

Y chocando ya botellas contra botellas, que no vasos contra vasos.

- ¡Viva Napoleón! ¡Muera Fernando! ¡Muera Galicia! -gritaron a una voz.

García de Paredes esperó a que se acallase el brindis, y murmuró con acento lúgubre:

- ¡Celedonio!

El mancebo de la botica asomó por una puertecilla su cabeza pálida y demudada, sin atreverse a penetrar en aquella caverna.

- Celedonio, trae papel y tintero -dijo tranquilamente el boticario.

El mancebo volvió con recado de escribir.

- ¡Siéntate! (continuó su amo.) -Ahora, escribe las cantidades que yo te vaya diciendo. Divídelas en dos columnas. Encima de la columna de la derecha, pon: "Deuda", y encima de la otra: "Crédito".

- Señor... (balbuceó el mancebo.) -En la puerta hay una especie de motín.... Gritan "¡muera el boticario!"... Y ¡quieren entrar!

- ¡Cállate y déjalos! -Escribe lo que te he dicho.

Los franceses se rieron de admiración al ver al farmacéutico ocupado en ajustar cuentas cuando le rodeaban la muerte y la ruina.

Celedonio alzó la cabeza y enristró la pluma, esperando cantidades que anotar.

- ¡Vamos a ver, señores! (dijo entonces García de Paredes, dirigiéndose a sus comensales). Se trata de resumir nuestra fiesta en un solo brindis. Empecemos por orden de colocación.

- Vos,Capitán, decidme: ¿cuántos españoles habréis matado desde que pasasteis los Pirineos?

- ¡Bravo! ¡Magnífica idea! -exclamaron los franceses.

- Yo.... (dijo el interrogado, trepándose en la silla y retorciéndose el bigote con petulancia.) Yo... habré matado... personalmente... con mi espada... ¡poned unos diez o doce!

- ¡Once a la derecha! -gritó el boticario, dirigiéndose al mancebo.

El mancebo repitió, después de escribir:

- "Deuda"... once.

- ¡Corriente! (prosiguió el anfitrión.) -¿Y vos?... -Con vos hablo, señor Julio....

- Yo... seis.

- ¿Y vos, mi Comandante?

- Yo... veinte.

- Yo... ocho.

- Yo catorce.

- Yo... ninguno.

- ¡Yo no sé!...; he tirado a ciegas....--respondía cada cual, según le llegaba su turno.

Y el mancebo seguía anotando cantidades a la derecha.

- ¡Veamos ahora, Capitán! (continuó García de Paredes). -Volvamos a empezar por vos. ¿Cuántos españoles esperáis matar en el resto de la guerra, suponiendo que dure todavía... tres años?

- ¡Eh!... (respondió el Capitán.) -¿Quién calcula eso?

- Calculadlo...; os lo suplico....

- Poned otros once.

- Once a la izquierda.... -dictó García de Paredes.

Y Celedonio repitió:

- "Crédito", once.

- ¿Y vos? -interrogó el farmacéutico por el mismo orden seguido anteriormente.

- Yo... quince.

- Yo... veinte.

- Yo... ciento.

- Yo... mil -respondían los franceses.

- ¡Ponlos todos a "diez", Celedonio!... (murmuró irónicamente el boticario.) -Ahora, suma por separado las dos columnas.

El pobre joven, que había anotado las cantidades con sudores de muerte, vióse obligado a hacer el resumen con los dedos, como las viejas. Tal era su terror.

Al cabo de un rato de horrible silencio, exclamó, dirigiéndose a su amo:

- "Deuda"..., 285. "Crédito"..., 200.

- Es decir... (añadió _García de Paredes_), ¡doscientos ochenta y cinco muertos, y doscientos sentenciados! ¡Total, cuatrocientas ochenta y cinco víctimas!!!

Y pronunció estas palabras con voz tan honda y sepulcral, que los franceses se miraron alarmados.

En tanto, el boticario ajustaba una nueva cuenta.

- ¡Somos unos héroes! -exclamó al terminarla. Nos hemos bebido setenta botellas, o sean ciento cinco libras y media de vino, que, repartidas entre veintiuno, pues todos hemos bebido con igual bizarría, dan cinco libras de líquido por cabeza. ¡Repito que somos unos héroes!

Crujieron en esto las tablas de la puerta de la botica, y el mancebo balbuceó tambaleándose:

- ¡Ya entran!...

- ¿Qué hora es? -preguntó el boticario con suma tranquilidad.

- Las once. Pero ¿no oye usted que entran?

- ¡Déjalos! Ya es hora.

- ¡Hora!... ¿de qué? -murmuraron los franceses, procurando levantarse.

Pero estaban tan "ebrios", que no podían moverse de sus sillas.

- ¡Que entren! ¡Que entren!... (exclamaban, sin embargo, con voz vinosa, sacando los sables con mucha dificultad y sin conseguir ponerse de pie.) ¡Que entren esos canallas! ¡Nosotros los recibiremos!

En esto, sonaba ya abajo, en la botica, el estrépito de los botes y redomas que los vecinos del Padrón hacían pedazos, y oíase resonar en la escalera este grito unánime y terrible:

- ¡Muera el "afrancesado"!


III


Levantóse García de Paredes, como impulsado por un resorte, al oír semejante clamor dentro de su casa, y apoyóse en la mesa para no caer de nuevo sobre la silla. Tendió en torno suyo una mirada de inexplicable regocijo, dejó ver en sus labios la inmortal sonrisa del triunfador, y así, transfigurado y hermoso, con el doble temblor de la muerte y del entusiasmo, pronunció las siguientes palabras, entrecortadas y solemnes como las campanadas del toque de agonía:

- ¡Franceses!... Si cualquiera de vosotros, o todos juntos, hallarais ocasión propicia de vengar la muerte de doscientos ochenta y cinco compatriotas y de salvar la vida a otros doscientos más; si sacrificando vuestra existencia pudieseis desenojar la indignada sombra de vuestros antepasados, castigar a los verdugos de doscientos ochenta y cinco héroes, y librar de la muerte a doscientos compañeros, a doscientos hermanos, aumentando así las huestes del ejército patrio con doscientos campeones de la independencia nacional, ¿repararíais ni un momento en vuestra miserable vida? ¿Dudaríais ni un punto en abrazaros, como Sansón, a la columna del templo, y morir, a precio de matar a los enemigos de Dios?

- ¿Qué dice? -se preguntaron los franceses.

- Señor..., ¡los asesinos están en la antesala! -exclamó Celedonio.

- ¡Que entren!... (gritó García de Paredes). -Ábreles la puerta de la sala.... ¿Qué vengan todos... a ver cómo muere el descendiente de un soldado de Pavía!

Los franceses, aterrados, estúpidos, clavados en sus sillas por insoportable letargo, creyendo que la muerte de que hablaba el español iba a entrar en aquel aposento en pos de los amotinados, hacían penosos esfuerzos por levantar los sables, que yacían sobre la mesa; pero ni siquiera conseguían que sus flojos dedos asiesen las empuñaduras: parecía que los hierros estaban adheridos a la tabla por insuperable fuerza de atracción.

En esto inundaron la estancia más de cincuenta hombres y mujeres, armados con palos, puñales y pistolas, dando tremendos alaridos y lanzando fuego por los ojos.

- ¡Mueran todos! -exclamaron algunas mujeres, lanzándose las primeras.

- ¡Deteneos! -gritó García de Paredes con tal voz, con tal actitud, con tal fisonomía, que, unido este grito a la inmovilidad y silencio de los veinte franceses, impuso frío terror a la muchedumbre, la cual no se esperaba aquel tranquilo y lúgubre recibimiento.

- No tenéis para qué blandir los puñales.... (continuó el boticario con voz desfallecida.) -He hecho más que todos vosotros por la independencia de la Patria.... ¡Me he fingido "afrancesado"!... Y ¡ya veis!... los veinte Jefes y Oficiales invasores... ¡los veinte!no los toquéis... -¡están envenenados!...

Un grito simultáneo de terror y admiración salió del pecho de los españoles. Dieron éstos un paso más hacia los convidados, y hallaron que la mayor parte estaban ya muertos, con la cabeza caída hacia adelante, los brazos extendidos sobre la mesa, y la mano crispada en la empuñadura de los sables. Los demás agonizaban silenciosamente.

- ¡Viva García de Paredes! -exclamaron entonces los españoles, rodeando al héroe moribundo.

- Celedonio.... (murmuró el farmacéutico.) El "opio" se ha concluido.... Manda por opio a la Coruña....

Y cayó de rodillas.

Sólo entonces comprendieron los vecinos del Padrón que el boticario estaba también envenenado.

Vierais entonces un cuadro tan sublime como espantoso. Varias mujeres, sentadas en el suelo, sostenían en sus faldas y en sus brazos al expirante patriota, siendo las primeras en colmarlo de caricias y bendiciones, como antes fueron las primeras en 15 pedir su muerte. Los hombres habían cogido todas las luces de la mesa, y alumbraban arrodillados aquel grupo de patriotismo y caridad.... Quedaban, finalmente, en la sombra veinte muertos o moribundos, de los cuales algunos iban desplomándose contra el suelo con pavorosa pesantez.

Y a cada suspiro de muerte que se oía, a cada francés que venía a tierra, una sonrisa gloriosa iluminaba la faz de García de Paredes, el cual de allí a poco devolvió su espíritu al cielo, bendecido por un Ministro del Señor y llorado de sus hermanos en la Patria.

Madrid, 1856.


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Viva el papa[editar]

¡Viva el papa!
de Pedro Antonio de Alarcón


I

El tierno episodio que voy a referir es rigurosamente histórico, como los anteriores y como los siguientes; pero no ya sólo por la materia, sino también por la forma. —Vivo está quien lo cuenta, como suele decirse..., y entiéndase que quien le cuenta no soy yo; es un Capitán retirado que dejó el servicio en 1814.

Hoy no soy escritor; soy mero amanuense: no os pido, pues, admiración ni indulgencia, sino que me creáis a puño cerrado.

Para invención, el asunto es de poca monta; y luego pertenece a un género en que yo no me tomaría el trabajo de inventar nada....

Presumo de liberal, y un pobre Capitán retirado me ha conmovido profundamente contándome los sinsabores ... políticos de un Papa muy absolutista....

Mi objeto es conmoveros hoy a vosotros con su misma relación, a fin de que el número de los derrotados cohoneste mi derrota.

Habla mi Capitán.


II

Uno de los más calurosos días del mes de Julio de 1809, y ¡cuidado que aquel dichoso año hizo calor! a eso de las diez de la mañana, entrábamos en Montelimart, villa o ciudad del Delfinado, que lo que sea no lo sé, ni lo he sabido nunca, y maldita la falta que me hacía saber que existía tal Francia en el mundo....

—¡Ah! ¿Conque era en Francia?...

—Pues ¡hombre! ¡Me gusta! ¿Dónde está el Delfinado sino en Francia?—Y no crean ustedes que ahí, en la frontera..., sino muy tierra adentro, más cerca del Piamonte que de España....

—¡Siga V...., Capitán! Los niños ... que aprendan en la escuela....—Y tú, ¡a ver si te callas, Eduardito!

—Pues como digo, entrábamos en Montelimart, ahogados de calor y polvo, y rendidos de caminar a pie durante tres semanas, veintisiete oficiales españoles que habíamos caído prisioneros en Gerona.... Mas no creáis que en la capitulación de la plaza, sino en una salida que hicimos pocos días antes, a fin de estorbar unas obras en el campamento francés.... Pero esto no hace al caso. Ello es que nos atraparon y nos llevaron a Perpiñán, desde donde nos destinaron a Dijon.... Y ahí tienen Vds. el por qué de lo que voy a referir.

Pues, señor, como uno se acostumbra a todo, y el Emperador nos pasaba diez reales diarios durante el viaje —que íbamos haciendo a jornadas militares de tres o cuatro leguas,— y nadie nos custodiaba, porque cada uno de nosotros había respondido con su cabeza de que no desertarían los demás, y veintisiete españoles juntos no se han aburrido nunca, sucedía que, sin embargo del calor, de la fatiga y de no saber ni una palabra de francés, pasábamos muchos ratos divertidos, sobre todo desde las once de la mañana hasta las siete de la tarde, horas que permanecíamos en las poblaciones del tránsito; pues las jornadas las hacíamos de noche con la fresca.... A ver, Antonio, enciéndeme esta pipa.

Montelimart.... —¡Bonito pueblo!... —El café está en una calle cerca de la Plaza, y en él entramos a refrescarnos, es decir, a evitar el sol ... (pues los bolsillos no se prestaban a gollerías), en tanto que tres de nuestros compañeros iban a ver al Prefecto para que nos diese las boletas de alojamiento, que en Francia se llaman mandat....

No sé si el café estará todavía como entonces estaba. ¡Han pasado cuarenta y cuatro años! Recuerdo que a la izquierda de la puerta había una ventana de reja, con cristales, y delante una mesa a la cual nos sentamos algunos de los oficiales, entre ellos C...., que ha sido diputado a Cortes por Almería y murió el año pasado.... —Ya veis que esto es cosa que puede preguntarse.

—Pues ¿no dice V. que ha muerto?

—¡Hombre! Supongo que C. ... se lo habrá contado a su familia -respondió el Capitán, escarbando la pipa con la uña.

—¡Tiene V. razón, Capitán! —Siga V....; el que no lo crea, que lo busque.

—¡Bien hablado, hijo mío!—Pues, como íbamos diciendo, sentados estábamos a la mesa del café, cuando vimos correr mucha gente por la calle, y oímos una gritería espantosa.... Pero como la gritería era en francés, no la entendimos.

—Le Pape! Le Pape! Le Pape!...—decían los muchachos y las mujeres, levantando las manos al cielo, en tanto que todos los balcones se abrían y llenaban de gente, y los mozos del café y algunos gabachos que jugaban al billar se lanzaban a la calle con un palmo de boca abierta, como si oyeran decir que el sol se había parado.

—¡Pues parado está, papá abuelo!

—¡Cállese V. cuando hablan los mayores! ¡A ver... el deslenguado!

—No haga V. caso, Capitán.... ¡Estos niños de ahora!...

—Toma.... ¡Y si está parado!...—murmuró el muchacho entre dientes.

—Le Pape! Le Pape! ¿Qué significa esto? —nos preguntamos todos los oficiales.

Y cogiendo a uno de los mozos del café, le dimos a entender nuestra curiosidad.

El mozo tomó dos llaves; trazó con las manos una especie de morrión sobre su cabeza; se sentó en una silla, y dijo:

—Le Pontife!

—¡Ah!... (dijo C....—que era el más avisado de nosotros.—¡Por eso fué luego diputado a Cortes!) —¡El Pontífice! ¡El Papa!

—Oui, monsieur. Le Pape! Pie sept.

—¡Pío VII!... ¡El Papa!... (exclamamos nosotros, sin atrevernos a creer lo que oíamos.) ¿Qué hace el Papa en Francia? Pues ¿no está el Papa en Roma? ¿Viajan los Papas? ¿El Papa en Montelimart?

No extrañéis nuestro asombro, hijos míos.... En aquel entonces todas las cosas tenían más prestigio que hoy. —No se viajaba tan fácilmente, ni se publicaban tantos periódicos. —Yo creo que en toda España no había más que uno, tamaño como un recibo de contribución. —El Papa era para nosotros un sér sobrenatural..., no un hombre de carne y hueso.... —¡En toda la tierra no había más que un Papa!... Y en aquel tiempo era la tierra mucho más grande que hoy.... ¡La tierra era el mundo..., y un mundo lleno de misterios, de regiones desconocidas, de continentes ignorados! —Además, aun sonaban en nuestros oídos aquellas palabras de nuestra madre y de nuestros maestros: «El Papa es el Vicario de Jesucristo; su representante en la tierra; una autoridad infalible, y lo que desatare o atare aquí, remanecerá atado o desatado en el cielo....»

Creo haberme explicado.—Creo que habréis comprendido todo el respeto, toda la veneración, todo el susto que experimentaríamos aquellos pobres españoles del siglo pasado, al oír decir que el Sumo Pontífice estaba en un villorrio de Francia y que íbamos a verle!

Efectivamente: no bien salimos del café, percibimos allá, en la Plaza (que como os he dicho estaba cerca), una empolvada silla de posta, parada delante de una casa de vulgar apariencia y custodiada por dos gendarmes de caballería, cuyos desnudos sables brillaban que era un contento....

Más de quinientas personas había alrededor del carruaje, que examinaban con viva curiosidad, sin que se opusiesen a ello los gendarmes, quienes, en cambio, no permitían al público acercarse a la puerta de aquella casa, donde se había apeado Pío VII mientras mudaban el tiro de caballos....

—Y ¿qué casa era aquélla, abuelito? ¿La del Alcalde?

—No, hijo mío. —Era el Parador de diligencias.

A nosotros, como a militares que éramos, nos tuvieron un poco más de consideración los gendarmes, y nos permitieron arrimarnos a la puerta.... Pero no así pasar el umbral.

De cualquier modo, pudimos ver perfectamente el siguiente grupo, que ocupaba uno de los ángulos de aquel portal u oficina.

Dos ancianos..., ¿qué digo? dos viejos decrépitos, cubiertos de sudor y de polvo, rendidos de fatiga, ahogados de calor, respirando apenas, bebían agua en un vaso de vidrio, que el uno pasó al otro después de mediarlo. Estaban sentados en sillas viejas de enea. Sus trajes talares, blanco el uno, y el otro de color de púrpura, hallábanse tan sucios y ajados por resultas de aquella larga caminata, que más parecían humildes ropones de peregrinos, que ostentosos hábitos de príncipes de la Iglesia....

Ningún distintivo podía revelarnos cuál era Pío VII (pues nada entendíamos nosotros de trajes cardenalicios ni pontificales), pero todos dijimos a un tiempo:

-¡Es el más alto! ¡El de las blancas vestiduras!

Y ¿sabéis por qué lo dijimos? Porque su compañero lloraba y él no; porque su tranquilidad revelaba que él era mártir; porque su humildad denotaba que él era el Rey.

En cuanto a su figura, me parece estarla viendo todavía. Imaginaos un hombre de más de setenta años, enjuto de carnes, de elevada talla y algo encorvado por la edad. Su rostro, surcado de pocas pero muy hondas arrugas, revelaba la más austera energía, dulcificada por unos labios bondadosos que parecían manar persuasión y consuelo. Su grave nariz, sus ojos de paz, marchitos por los años, y algunos cabellos tan blancos como la nieve, infundían juntamente reverencia y confianza. Sólo contemplando la cara de mi buen padre y la de algunos santos de mi devoción, había yo experimentado hasta entonces una emoción por aquel estilo.

El sacerdote que acompañaba a Su Santidad era también muy viejo, y en su semblante, contraído por el dolor y la indignación, se descubría al hombre de pensamientos profundos y de acción rápida y decidida. Más parecía un general que un apóstol.

Pero ¿era cierto lo que veíamos? ¿El Pontífice preso, caminando en el rigor del estío, con todo el ardor del sol, entre dos groseros gendarmes, sin más comitiva que un sacerdote, sin otro hospedaje que el portal de una casa de postas, sin otra almohada que una silla de madera?

En tan extraordinario caso, en tan descomunal atropello, en tan terrible drama, sólo podía mediar un hombre más extraordinario, más descomunal, más terrible que cuanto veíamos....—El nombre de NAPOLEÓN circuló por nuestros labios. ¡Napoleón nos tenía también a nosotros en el interior de Francia! ¡Napoleón había revuelto el Oriente, encendido en guerra nuestra patria, derribado todos los tronos de Europa! —¡Él debía de ser quien arrancaba al Papa de la Silla de San Pedro y lo paseaba así por el Imperio francés, como el pueblo judío paseó al Redentor por las calles de la ciudad deicida!

Pero ¿cuál era la suerte del beatísimo prisionero? ¿Qué había ocurrido en Roma? ¿Había una nueva religión en el Mediodía de Europa? ¿Era papa Napoleón?

Nada sabíamos..., y, si he de deciros la verdad, por lo que a mí hace, todavía no he tenido tiempo de averiguarlo....

—Yo se lo diré a V., por vía de paréntesis, en muy pocas palabras, Capitán.—Esto completará la historia de V., y dará toda su importancia a ese peregrino relato.


III

El día 17 de Mayo de ese mismo año de 1809 dió Napoleón un decreto, por el que reunió al Imperio francés los Estados pontificios, declarando a Roma ciudad imperial libre.

El pueblo romano no se atrevió a protestar contra esta medida; pero el Papa la resistió pasivamente desde su palacio del Quirinal, donde aun contaba con algunas autoridades y su guardia de suizos.

Sucedió entonces que unos pescadores del Tiber cogieron un esturión y quisieron regalárselo al Sucesor de San Pedro. Los franceses aprovecharon esta ocasión para dar el último paso contra la autoridad de Pío VII; gritaron: ¡al arma!; el cañón de Sant-Angelo pregonó la extinción del gobierno temporal de los Papas, y la bandera tricolor ondeó sobre el Vaticano.

El Secretario de Estado, cardenal Pacca (que sin duda era el sacerdote que V. encontró con Pío VII), corrió al lado de Su Santidad; y, al verse los dos ancianos, exclamaron: Consummatum est!

En efecto: mientras el Papa lanzaba su última excomunión contra los invasores, éstos penetraban en el Quirinal, derribando las puertas a hachazos.

En la Sala de las Santificaciones encontraron a cuarenta suizos, resto del poder del ex Rey de Roma, quienes los dejaron pasar adelante por haber recibido orden de no oponer resistencia alguna.

El general Radet, jefe de los demoledores, encontró al Papa en la Sala de las Audiencias ordinarias, rodeado de los cardenales Pacca y Despuig y de algunos empleados de Secretaría. Pío VII vestía roquete y muceta; había dejado su lecho para recibir al enemigo, y daba muestras de una tranquilidad asombrosa.

Era media noche. Radet, profundamente conmovido, no se atreve a hablar. Al fin intima al Sumo Pontífice que renuncie al gobierno temporal de los Estados romanos. El Papa contesta que no le es posible hacerlo, porque no son suyos, sino de la Iglesia, cuyo administrador lo hizo la voluntad del Cielo.... Y el general Radet le replica mostrándole la orden de llevarlo prisionero a Francia.

Al amanecer del siguiente día salía Pío VII de su palacio entre esbirros y gendarmes, saltando sobre los escombros de las puertas, sin más comitiva que el cardenal Pacca, ni más restos de su grandeza mundanal que un papetto, moneda equivalente a cuatro reales de vellón, que llevaba en el bolsillo.

En las afueras de la puerta del Popolo lo esperaba una silla de posta, a la cual le hicieron subir, y después de esto cerraron las portezuelas con una llave, que Radet entregó a un gendarme de caballería.

Las persianas del lado derecho, en que se sentó el Papa, estaban clavadas, a fin de que no pudiese ser visto....


IV

—¡En esa silla lo encontré yo!...—¿Ven ustedes cómo no miento?

—Hace V. bien en interrumpirme, Capitán; porque yo he terminado, y el resto queremos oírlo de labios de V....

—Pues voy allá, señores míos.

Íbamos diciendo que Pío VII y el cardenal Pacca (¡mucho me alegro de haber llegado a saber su nombre!) estaban sentados en el portal de la casa de postas; que el pueblo se había agrupado en la calle; que los gendarmes le impedían el paso, y que nosotros los españoles conseguimos acercarnos tanto a la puerta, que veíamos perfectamente a los dos augustos sacerdotes.

Pío VII fijó casualmente la vista en nosotros, y sin duda conoció, por nuestros raros y destrozados uniformes, que también éramos extranjeros y cautivos de Napoleón.... Ello fué que, después de decir algunas palabras al Cardenal, clavó en nosotros una larga y expresiva mirada.

En esto sonó allí cerca un fandango, divinamente tocado y cantado por los tres compañeros nuestros, que volvían ya con las boletas para alojarnos....

Creo haberos dicho que habíamos comprado dos guitarras antes de abandonar a Cataluña; y si se me ha olvidado decíroslo, os lo digo ahora.

Al oír aquel toque y la copla que le siguió, el Papa levantó otra vez la cabeza, y nos miró con mayor interés y ternura.

El italiano, el músico, había reconocido el canto.

¡Ya sabía que éramos españoles!

Ser español, significaba en aquel tiempo mucho más que ahora. Significaba ser vencedor del Capitán del siglo; ser soldado de Bailén y Zaragoza; ser defensor de la historia, de la tradición, de la fe antigua; mantenedor de la independencia de las naciones; paladín de Cristo; cruzado de la libertad. —En esto último nos engañábamos.... Pero ¡cómo ha de ser!—¿Quién había de adivinar entonces, al defender a D. Fernando VII contra los franceses, que él mismo los llamaría al cabo de catorce años y los traería a España en contra nuestra, como sucedió en 1823?... —En fin; no quiero hablar..., ¡pues hay cosas que todavía me encienden la sangre!

El caso fué, volviendo a mi relato, que el rostro del Papa se cubrió de santo rubor al considerar nuestra desventura y recordar el heroísmo de que España estaba dando muestras al mundo..., y que el más puro entusiasmo chispeó en sus amantísimos ojos....—¡Parecía que aquellos ojos nos besaban!

Nosotros, por nuestra parte, comprendiendo toda la predilección que nos demostraba en aquel momento el Sumo Pontífice, procurábamos expresarle con la mirada, con el gesto, con la actitud, nuestra veneración y piedad, así como el dolor y la indignación que sentíamos al verlo preso y ultrajado por sus malos hijos....—Casi instintivamente nos quitamos los morriones (cosa que chocó mucho a los franceses, los cuales seguían con sus gorros encasquetados), y nos llevamos la mano derecha al corazón como quien hace protestación de su fe.

El Papa levantó los ojos al cielo y se puso a rezar.—¡Sabía que una bendición de su mano podía atraer sobre nosotros la cólera del pueblo impío que nos rodeaba, como nosotros sabíamos que un grito de ¡viva el Papa! podía empeorar la situación del beatísimo prisionero!—¡Mostrábanse tan orgullosos los franceses que nos rodeaban al ver aquel supremo triunfo de la Revolución sobre la autoridad!... ¡Creían tan grande a la Francia en aquel momento!

En esto se abrió paso por entre la muchedumbre, y apareció en el cuadro que habían despejado los gendarmes, una mujer del pueblo, mucho más anciana que el Pontífice: una viejecita centenaria, pulcra y pobremente vestida, coronada de cabellos como la nieve, trémula por la edad y el entusiasmo, encorvada, llorosa, suplicante, llevando en las manos un azafate de mimbres secos lleno de melocotones, cuyos matices rojos y dorados se veían debajo de las verdes hojas con que estaban cubiertos....

Los gendarmes quisieron detenerla.... Pero ella los miró con tanta mansedumbre; era tan inofensiva su actitud; era su presente tan tierno y cariñoso; inspiraba su edad tanto respeto; había tal verdad en aquel acto de devoción; significaba tanto, en fin, aquel siglo pasado, fiel a sus creencias, que venía a saludar al Vicario de Jesucristo en medio de su calle de Amargura, que los soldados de la Revolución y del Imperio comprendieron o sintieron que aquel anacronismo, aquella caridad de otra época, aquel corazón inerme y pacífico que había sobrevivido casualmente a la guillotina, en nada aminoraba ni deslucía los triunfos del conquistador de Europa, y dejaron a la pobre mujer del pueblo entrar en aquel afortunado portal, que ya nos había traído a la memoria otro portal, no menos afortunado, donde unos sencillos pastores hicieron también ofrendas al Hijo de Dios vivo....

Comenzó entonces una interesante escena entre la cristiana y el Pontífice.

Púsose ella de rodillas, y, sin articular palabra, presentó el azafate de frutos al augusto prisionero.

Pío VII enjugó con sus manos beatísimas las lágrimas que inundaban el rostro de la viejecita; y cuando ésta se inclinaba para besar el pie del Santo Padre, él colocó una mano sobre aquellas canas humilladas, y levantó la otra al cielo con la inspirada actitud de un profeta.

—¡VIVA EL PAPA!—exclamamos entonces nosotros en nuestro idioma español, sin poder contenernos....

Y penetramos en el portal resueltos a todo.

Pío VII se pone de pie al oír aquel grito, y, tendiendo hacia nosotros las manos, nos detiene, cual si su majestuosa actitud nos hubiese aniquilado.... Caemos, pues, de rodillas, y el Padre Santo nos bendice una, otra y tercera vez.

Al propio tiempo álzase en la puerta y en toda la Plaza como un huracán de gritos, y nosotros volvemos la cabeza horrorizados, creyendo que los franceses amenazan al Sumo Pontífice....—¡Lo de menos era que nos amenazasen a nosotros!—¡Decididos estábamos a morir!

Pero ¡cuál fué nuestro asombro al ver que los gendarmes, los hombres del pueblo, las mujeres, los niños..., ¡todo Montelimart! estaba arrodillado, con la frente descubierta, con las lágrimas en los ojos, exclamando:

—Vive le Pape!

Entonces se rompió la consigna: el pueblo invadió el portal y pidió su bendición al Pontífice.

Éste cogió una hoja verde de las que cubrían el azafate de melocotones que seguía ofreciéndole la anciana, y la llevó a sus labios y la besó.

La multitud, por su parte, se apoderó de los frutos como de reliquias; todos abrazaron a la pobre mujer del pueblo; el Papa, trémulo de emoción, atravesó por entre la muchedumbre, nos bendijo otra vez al paso, y penetró en la silla de posta; y los gendarmes, avergonzados de lo que acababa de pasar, dieron la orden de partir.

En cuanto a nosotros, durante todo aquel día no fuimos en Francia prisioneros de guerra, sino huéspedes de paz.

Conque ... he dicho.


V

—¡Aun queda algo que decir!...—(exclamó el mismo que contó poco antes lo acontecido en Roma.) ¡Óiganme Vds. a mí un momento!

En 1814, cinco años después de la escena referida por el Capitán, la fuerza de la opinión de toda Francia obligó a Napoleón Bonaparte a poner en libertad a Pío VII.

Volvió, pues, el Sumo Pontífice a recorrer el mismo camino en que le habían encontrado los prisioneros españoles, y he aquí cómo describe Chateaubriand la despedida que hizo Francia al sucesor de San Pedro:

«Pío VII caminaba en medio de los cánticos y de las lágrimas, del repique de las campanas y de los gritos de ¡Viva el Papa! ¡Viva el Jefe de la Iglesia!... En las ciudades sólo quedaban los que no podían marchar, y los peregrinos pasaban la noche en los campos, en espera de la llegada del anciano sacerdote.

TAL ES, SOBRE LA FUERZA DEL HACHA Y DEL CETRO, LA SUPERIORIDAD DEL PODER DEL DÉBIL SOSTENIDO POR LA RELIGIÓN Y LA DESGRACIA.»

Guadix, 1857.


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El extranjero[editar]

Se refiere a:

El ángel de la guarda[editar]

El ángel de la guarda
de Pedro Antonio de Alarcón



I[editar]

«El 1 de mayo entran los aviones», dícese en España, desde que el mundo es mundo, para significar que todos los años, precisamente ese día, regresan a nuestra tierra, o sea a nuestro aire, los aviones y vencejos después de su viaje invernal al África. Pero lo que nadie ha dicho hasta ahora, y yo me sé de muy buena tinta, es que ningún año habrán vuelto a ver los aviones las murallas de Tarragona, ni tomado en ellas posesión en sus antiguos nidos, en día más hermoso, fulgente y embalsamado, que el 1 de mayo de 1814.

El mar, tan azul y apacible como el mismo cielo, parecía no un complemento de la limitada tierra, sino el comienzo de la eternidad y de lo infinito. El campo recibía sonriendo las caricias del sol, y se las pagaba en vistosas flores, nuncio y promesa de regalados frutos. El ambiente, en fin, estaba impregnado de amor y vida, y en sus tibias ráfagas percibíase el fragante aliento de la primavera, enamorada ya del estío...

Pero no eran sólo de esta índole los encantos primaverales de aquel inolvidable día. El hombre, en la ciudad, al pensar en el regreso de las aves viajeras, y en que había principiado el mes de las flores, y en que el día siguiente sería DOS DE MAYO, experimentaba solemnes y gratas sensaciones morales y patrióticas, que hablaban también a su alma de resurrección y eflorescencia... ¡Apenas habían pasado quince días desde que la paz reinaba en España, después de seis años de incesante lucha! La guerra de la Independencia, la epopeya de que fueron héroes nuestros padres, estaba completamente terminada. Los generales de Napoleón habían huido con sus huestes y con su pretendido rey a contarle al dominador de tantas naciones que era delirio pensar en la conquista de la nación española. ¡Ya no había en toda la Península ni un solo soldado extranjero!

Nuestra desangrada y enflaquecida patria descansaba, pues, a la luz de aquel sol esplendoroso, como un convaleciente que abandona el lecho después de lidiar largo tiempo con la muerte. ¡Momento melancólico y sublime! Las campanas llamaban de nuevo a los fieles a las incendiadas y saqueadas iglesias... El humo de los ensangrentados hogares volvía a elevarse al cielo por la serena atmósfera... Los antiguos cantos populares estremecían otra vez el viento... El esforzado patriota soltaba las armas y tornaba a sus trabajos, consolándose de haber perdido hijos, hermanos y padres a la sola idea de que había conservado el suelo que los vio nacer y morir... ¡Todo era, en fin, santa tristeza y patético alborozo desde San Sebastián a Cádiz, desde La Coruña hasta Gerona; todo era referirse grandes hazañas de una y otra provincia, de una y otra ciudad, de una y otra aldea, empeñadas de consuno en sacudir el yugo extranjero; todo era dar gracias a Dios por la victoria, conmemorar religiosamente a los difuntos, y restaurar ciudades o construirlas de nuevo, con la esperanza de alcanzar en ellas mejores y más dilatados días que los heroicos mártires de la Patria!


II[editar]

La mañana que digo, un bizarro mancebo y una hermosísima joven, vestidos con sencillez y buen gusto, como gentes acomodadas de la clase media, salían de la iglesia de Santo Domingo, de Tarragona, donde acababan de velarse.

El mismo sacerdote que los casara la semana anterior los acompañaba ahora amigablemente, yendo tan contento y ufano entre los dos enamorados esposos como si éstos le debiesen toda su ventura.

Mucho le debían. Clara y Manuel, que así se llamaban los jóvenes, habían perdido sus respectivas familias el día 28 de junio de 1811, cuando el general Suchet tomó por asalto a Tarragona. Posteriormente, al fin de la campaña de 1813, Suchet, perseguido, pasó por la misma ciudad y voló sus fortalezas y algunas casas, siendo una de éstas la del escribano que guardaba todos los títulos de las propiedades de Manuel, fugitivo a la sazón con Clara y con su madre. En uno y otro tremendo día habían perecido más de la mitad de los habitantes de Tarragona; de modo que cuando el pobre huérfano volvió en busca de su casa y de sus bienes, para ofrecérselos a aquellas dos mujeres desvalidas, encontróse con que no era posible identificar su persona, ni menos acreditar su derecho a la hacienda de sus padres. Entonces apareció en la arruinada ciudad aquel virtuoso sacerdote con quien ahora lo encontramos, el cual lo conocía desde que nació (puesto que fue siempre cura de su parroquia, y lo había bautizado y enseñado a leer); y, a consecuencia de las autorizadas declaraciones del anciano ministro del Señor, Manuel, ¡que ya pedía limosna!, fue rico desde el día siguiente.

Pocas semanas después se verificaba su matrimonio con Clara.

En cuanto a la madre de ésta, ya aparecerá en el curso de nuestra breve y verídica historia.


III[editar]

-Conque, vamos, hijos míos; decidme... ¿De qué se trata? -preguntó el sacerdote a la puerta de la iglesia.

-Se trata, señor cura... -dijo Clara con tristeza-, de que tenemos un secreto que confiar a usted...

-¿Un secreto?... ¡A mí! Pues ¿no habéis confesado conmigo esta mañana?...

-Sí, señor... -respondió Manuel con mayor tristeza todavía-; pero nuestro secreto no es un pecado.

-¡Ah, ya! Eso es otra cosa.

-Al menos pecado nuestro... -balbuceó la desposada.

-¡Ya decía yo que habría algo malo en el asunto cuando acudíais al pobre viejo!... ¡Veamos!... ¿A qué se reduce todo?

-Habla tú... -dijo Clara a su marido.

Éste se limitó a añadir:

-¡Nada!... Venga usted... La mañana está hermosa: daremos un corto paseo, y en el mismo sitio le diremos lo que sucede.

-¿En qué sitio?

-¡Nada!... Venga usted... -repitió Clara, tirando del manteo al padre cura.

Éste se prestó gustoso al deseo de los dos jóvenes, y salieron de la ciudad.

Como a unos mil pasos de ella, y en la orilla misma del Francolí, se paró Manuel, diciendo:

-Aquí era...

-No..., no... -observó Clara-. Fue más allá.

-En efecto... Fue en aquel recodo, donde se ve a una mujer sentada en el suelo.

-¡Calla!... ¡Pues si aquella mujer es mi madre!

-¿Cómo tu madre?

-Sí... ¡No tengo duda! Esta mañana salió de casa, como todos los días, sin permitir que nadie la acompañase...; y ¡mira adónde se viene la pobre! No lo extrañe usted, señor cura: ya sabe usted que la infeliz está mala de la cabeza. ¡Desde aquella noche su razón padece frecuentes extravíos!

En esto llegaron nuestros tres personajes al lado de una mujer que, efectivamente, se hallaba sentada en el suelo, a la orilla del agua, con los ojos fijos en las ondas fugitivas del Francolí.

Érase una anciana de venerable porte, de severa y enjuta fisonomía, negrísimos ojos y blanca y poblada cabellera; una madre catalana, en fin, tan enérgica como dulce, tan cariñosa como soberbia.

-¡Qué hermoso día, madre! -le dijo Clara, para distraerla, en tanto que la abrazaba.

-Hija, ¡qué horrible noche! -respondió la pobre loca.

-Verá usted, señor cura, cómo sucedió todo... -expuso Manuel, haciendo un esfuerzo y apartando un poco al sacerdote del grupo de las dos mujeres.


IV[editar]

-Ahí... -prosiguió Manuel señalando al río-, en esas ondas que tanta sangre han arrastrado durante cinco años, yace, señor cura, un mártir de la independencia española, muerto a los quince meses de nacer..., y a quien, sin embargo, deben la vida y la felicidad estos dos corazones que ha unido usted para siempre. De la madre de Clara no hablo, porque si bien le debe también la vida a aquel santo niño, más le valiera haber perecido con él. ¡Ya ve usted cómo se encuentra la desgraciada!

¡Se asombra usted, padre mío, de que a los quince meses de edad pueda una inocente criatura hacer tanto bien a su familia! Lo comprendo... ¡Yo también, no sólo me asombro, sino que me muero de vergüenza! Pero ¡ya ve usted cómo quedé aquella noche!

Así diciendo, mostró Manuel al párroco la mano izquierda, horriblemente desfigurada por una larga y profunda cicatriz.

-¡A los quince meses, sí!... Murió a los quince meses, y su vida no fue estéril, no fue inútil! ¡Muchos viven largos años sin hacer tanto bien al mundo! ¡Dios lo tendrá, sin duda alguna, no al lado de los ángeles, sino de los mártires y de los héroes!

Ya sabe usted cuán triste fue para Tarragona el día 28 de junio de 1811. Sin embargo, usted se hallaba prisionero desde el asalto del 4 de mayo, y no vio todo el horror de la toma de la ciudad. ¡No vio morir a cinco mil españoles en diez horas; no vio incendiar casas y templos; no vio asesinar inermes ancianos y flacas mujeres; no vio atropellado el pudor de las vírgenes, la majestad de las madres, el voto de las religiosas!... ¡No vio el robo y la embriaguez confundidos con el amor y la matanza! ¡No vio, en fin, una de las mayores proezas del vencedor del mundo, del héroe de nuestro siglo, del semidiós Napoleón!

¡Yo lo vi todo! ¡Yo vi a los enfermos salir del lecho de agonía, arrastrando las sábanas como un sudario, y perecer a manos del soldado extranjero, sobre el umbral de la misma alcoba en que penetró el día antes el Viático! ¡Yo vi tendida en esta calle a una mujer degollada, y a su lado el tierno infante, que mamaba todavía del pecho de la madre muerta! ¡Yo vi al esposo maniatado presenciar la profanación del lecho nupcial, y a los niños que lloraban en torno de tanto horror, y a la desesperación y a la inocencia apelando al suicidio, y a la impiedad escarneciendo los cadáveres! ¡Ah! ¡Malditas sean las armas extranjeras!

Mi padre y mis hermanos murieron aquel día de tristísima memoria... ¡Felices ellos!

Herido yo gravísimamente, inútil para la lid, refugiéme en casa de Clara.

Ésta, llena de angustia y miedo, hallábase al balcón, temiendo por mi vida, y arriesgando la suya con tal de verme, si pasaba por la calle.

Entré; pero los que me perseguían... la vieron... Y ¡era tan hermosa!

Un rugido de salvaje alborozo y una brutal carcajada saludaron a la beldad. Un minuto después, el hacha y el fuego derribaban nuestra puerta. ¡Estábamos perdidos!

La madre de Clara llevando en sus brazos al desventurado niño que yace bajo esas ondas, se encerró con nosotros en la cisterna o aljibe de la casa, que era profundísimo y estaba seco a causa de no haber llovido hacía muchos meses. Aquella cisterna, cuyo suelo mediría ocho varas cuadradas, y a la que se bajaba por largas rampas subterráneas, se angostaba arriba, formando como un cañón de pozo, que iba a dar al promedio del patio, donde tenía su brocal, con garrucha pendiente de un arco de hierro, a fin de sacar desde allí agua por medio de dos acetres...

El mencionado niño, llamado Miguel, era hermano de Clara, o sea el hijo menor de la infeliz a quien los franceses acababan de dejar viuda.

Dentro del aljibe podíamos salvarnos los cuatro, o, mejor dicho, nos habíamos salvado ya. ¡Nadie imaginaría que estuviésemos en aquel sitio, ni que tal sitio existiese! Desde arriba, la cisterna parecía un simple pozo. Los franceses creerían que habíamos huido por los tejados de la casa...

Pronto lo dijeron así, entre horrorosos juramentos, mientras descansaban en aquel fresco patio, en medio del cual estaba la cisterna.

Sí..., ¡nos habíamos salvado! Clara me vendaba la herida; su madre daba el pecho a Miguel, y yo, aunque temblaba con el frío de la calentura, considerábame feliz y sonreía...

En esto comprendimos que los franceses, devorados de sed, trataban de sacar agua del pozo en que nos hallábamos...

¡Figúrese usted toda nuestra agonía en aquel instante...!

Nos hicimos a un lado, y dejamos bajar el acetre hasta dar en el suelo.

Ni respirábamos siquiera.

El acetre volvió a subir...

-¡Está seco! -dijeron los franceses.

-¡Arriba habrá agua! -exclamó uno.

¡Se marchan!, pensamos Clara, su madre y yo.

-¿Si estarán aquí dentro? -exclamó una voz en catalán...

¡Era un afrancesado..., señor cura! ¡Era un español quien nos perdía!

-¡Qué disparate! -respondió el francés-. ¡No hubieran podido descolgarse tan pronto!

-Es verdad... -repuso el afrancesado.

Ignoraban ellos que a la cisterna se bajaba por la citada mina, cuya puerta o trampa, bien disimulada en el suelo de oscura bodega algo distante, era muy difícil descubrir. ¡En cambio, habíamos cometido la imprudencia de cerrar con llave la verja de hierro que cortaba la comunicación entre la cisterna y la mina, y no podíamos abrirla sin hacer mucho ruido!...

Figúrese usted, pues, la cruel alternativa de esperanza y de miedo con que oiríamos aquel diálogo, sostenido por los malhechores en el mismo brocal del pozo... ¡Desde los rincones en que estábamos replegados veíamos moverse la sombra de sus cabezas en el redondel de luz cenital pintado en el fondo del seco aljibe!... Cada segundo nos parecía un siglo...

En esto..., ¡echóse a llorar Miguel!...

Pero no bien había lanzado el primer gemido, cuando su madre sofocó aquella voz que nos vendía, estrechando contra su pecho la cara del tierno infante.

-¿Habéis oído? -gritaron arriba.

-¡Yo no! -respondió otro.

-Escuchemos -dijo el afrancesado.

Pasaron tres horribles minutos...

Miguel pugnaba por llorar..., y cuanto más lo sofocaba su madre, más se enfurecía y se retorcía entre sus brazos...

Pero no se oyó ni el más ligero suspiro.

-Será el eco... -exclamaron los franceses, alejándose.

-¡Eso será! -añadió el afrancesado.

Y todos se fueron, y el ruido de sus pisadas y de sus sables se apagó lentamente a todo lo largo del patio, con dirección al portal.

¡Había cesado el peligro!

Pero ¡ay!..., ¡tardía felicidad la nuestra!

Miguel no lloraba, ni luchaba ya...


V[editar]

-¡Señor cura! ¡Señor cura! -gritó en esto la madre de Clara, interrumpiendo a Manuel-. ¡Diga usted que es mentira! ¡Yo no he matado a mi hijo! ¡Lo mataron ellos! ¡Lo ahogué yo por librarlos! ¡Se ahogó él por librarnos a todos! ¡Ah, señor cura! Perdóneme usted... ¡Yo no soy una mujer mala! ¡Yo me he vuelto loca por mi Miguel, por el hijo de mi vida!... ¡Yo no soy una mala madre!

-¡Señor cura! -dijo Clara-. Hemos traído a usted hasta aquí para que bendiga ese agua, en que arrojamos el cadáver de mi hermano cuando huimos de Tarragona la noche del 28 de junio de 1811. El peligro que corríamos no nos dejó tiempo de enterrarlo...

-¿No es verdad que Miguel estará en el Cielo, señor cura? -preguntó Manuel, enjugándose las lágrimas.

-Sí, hijos míos... -respondió el sacerdote-. ¡Yo os lo aseguro en nombre de Dios y en nombre de la Patria! Y usted, no llore... -continuó, dirigiéndose a la anciana-. ¡Dios bendice el martirio que usted sufre, como yo bendigo al inocente niño que lo causó! ¡En el Cielo encontrará usted a su hijo, y con él la alegría del alma! En cuanto a vosotros, que tan felices podéis ser sobre la Tierra, no olvidéis que comprasteis vuestra dicha al precio del tormento de los demás. ¡Atormentaos también cuando vuestro prójimo os necesite!

Así dijo el sacerdote; y, a la luz del sol primaveral, en medio de los floridos campos, al son de la música de las aves, acompañado, en fin, de todas las alegrías de la Naturaleza, bendijo el lugar en que las aguas del Francolí sirvieron de tumba al venturoso niño que fue el Ángel de la Guarda de su familia.


Madrid, 1859.

La buenaventura[editar]

La buenaventura
de Pedro Antonio de Alarcón



I


No sé que día de Agosto del año 1816 llegó a las puertas de la Capitanía General de Granada cierto haraposo y grotesco gitano, de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de apellido o sobrenombre "Heredia", caballero en flaquísimo y destartalado burro mohino, cuyos arneses se reducían a una soga atada al pescuezo; y, echado que hubo pie a tierra, dijo con la mayor frescura «que quería ver al Capitán General.»

Excuso añadir que semejante pretensión excitó sucesivamente la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas y las dudas y vacilaciones de los edecanes antes de llegar a conocimiento del Excelentísimo Sr. D. Eugenio Portocarrero, conde del Montijo, a la sazón Capitán General del antiguo reino de Granada... Pero como aquel prócer era hombre de muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor a lo ajeno..., con permiso del engañado dueño, dió orden de que dejasen pasar al gitano.

Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias graves, y poniéndose de rodillas exclamó:

- ¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico el mundo!

- Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece... -respondió el Conde con aparente sequedad.

Heredia se puso también serio, y dijo con mucho desparpajo:

- Pues, señor, vengo a que se me den los mil reales.

- ¿Qué mil reales?

- Los ofrecidos hace días, en un bando, al que presente las señas de Parrón.

- Pues ¡qué! ¿tú lo conocías?

- No, señor.

- Entonces....

- Pero ya lo conozco.

- ¡Cómo!

- Es muy sencillo. Lo he buscado; lo he visto; traigo las señas, y pido mi ganancia.

- ¿Estás seguro de que lo has visto? -exclamó el Capitán General con un interés que se sobrepuso a sus dudas.

El gitano se echó a reír, y respondió:

- ¡Es claro! Su merced dirá: este gitano es como todos, y quiere engañarme. ¡No me perdone Dios si miento!. Ayer ví a Parrón.

- Pero ¿sabes tú la importancia de lo que dices? ¿Sabes que hace tres años que se persigue a ese monstruo, a ese bandido sanguinario, que nadie conoce ni ha podido nunca ver? ¿Sabes que todos los días roba, en distintos puntos de estas sierras, a algunos pasajeros; y después los asesina, pues dice que los muertos no hablan, y que ése es el único medio de que nunca dé con él la Justicia? ¿Sabes, en fin, que ver a Parrón es encontrarse con la muerte?

El gitano se volvió a reír, y dijo:

- Y ¿no sabe su merced que lo que no puede hacer un gitano no hay quien lo haga sobre la tierra? ¿Conoce nadie cuándo es verdad nuestra risa o nuestro llanto? ¿Tiene su merced noticia de alguna zorra que sepa tantas picardías como nosotros? Repito, mi General, que, no sólo he visto a Parrón, sino que he hablado con el.

- ¿Dónde?

- En el camino de Tózar.

- Dame pruebas de ello.

- Escuche su merced. Ayer mañana hizo ocho días que caímos mi borrico y yo en poder de unos ladrones. Me maniataron muy bien, y me llevaron por unos barrancos endemoniados hasta dar con una plazoleta donde acampaban los bandidos. Una cruel sospecha me tenía desazonado. «¿Será esta gente de Parrón? (me decía a cada instante.) ¡Entonces no hay remedio, me matan!..., pues ese maldito se ha empeñado en que ningunos ojos que vean su fisonomía vuelvan a ver cosa ninguna.»

Estaba yo haciendo estas reflexiones, cuando se me presentó un hombre vestido de macareno con mucho lujo, y dándome un golpecito en el hombro y sonriéndose con suma gracia, me dijo:

- Compadre, ¡yo soy Parrón!

Oír esto y caerme de espaldas, todo fue una misma cosa.

El bandido se echó a reír.

Yo me levanté desencajado, me puse de rodillas, y exclamé en todos los tonos de voz que pude inventar:

- ¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!... ¿Quién no había de conocerte por ese porte de príncipe real que Dios te ha dado? ¡Y que haya madre que para tales hijos! ¡Jesús! ¡Deja que te dé un abrazo, hijo mío! ¡Que en mal hora muera si no tenía gana de encontrarte el gitanico para decirte la buenaventura y darte un beso en esa mano de emperador! ¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres que te enseñe a cambiar burros muertos por burros vivos? ¿Quieres vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres que le enseñe el francés a una mula?

El Conde del Montijo no pudo contener la risa. Luego preguntó:

- Y ¿qué respondió Parrón a todo eso? ¿Qué hizo?

- Lo mismo que su merced; reírse a todo trapo.

- ¿Y tú?

- Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las patillas lagrimones como naranjas.

- Continúa.

En seguida me alargó la mano y me dijo:

- Compadre, es V. el único hombre de talento que ha caído en mi poder. Todos los demás tienen la maldita costumbre de procurar entristecerme, de llorar, de quejarse y de hacer otras tonterías que me ponen de mal humor. Sólo V. me ha hecho reír: y si no fuera por esas lágrimas....

- Qué, ¡señor, si son de alegría!

- Lo creo. ¡Bien sabe el demonio que es la primera vez que me he reído desde hace seis u ocho años! Verdad es que tampoco he llorado.

- Pero despachemos. ¡Eh, muchachos!

Decir Parrón estas palabras y rodearme una nube de trabucos, todo fue un abrir y cerrar de ojos.

- ¡Jesús me ampare! -empecé a gritar-.

- ¡Deteneos! -exclamó Parrón-. No se trata de eso todavía. Os llamo para preguntaros qué le habéis tomado a este hombre.

- Un burro en pelo.

- ¿Y dinero?

- Tres duros y siete reales.

- Pues dejadnos solos.

Todos se alejaron.

- Ahora dime la buenaventura, -exclamó el ladrón, tendiéndome la mano.

Yo se la cogí; medité un momento; conocí que estaba en el caso de hablar formalmente, y le dije con todas las veras de mi alma:

- Parrón, tarde que temprano, ya me quites la vida, ya me la dejes..., ¡morirás ahorcado!

- Eso ya lo sabía yo... -respondió el bandido con entera tranquilidad-. Dime cuándo.

Me puse a cavilar.

Este hombre (pensé) me va a perdonar la vida; mañana llego a Granada y doy el cante; pasado mañana lo cogen... Después empezará la sumaria...

- ¿Dices que cuándo? -le respondí en alta voz-. Pues ¡mira! va a ser el mes que entra.

Parrón se estremeció, y yo también, conociendo que el amor propio de adivino me podía salir por la tapa de los sesos.

- Pues mira tú, gitano... -contestó Parrón muy lentamente-. Vas a quedarte en mi poder... ¡Si en todo el mes que entra no me ahorcan, te ahorco yo a ti, tan cierto como ahorcaron a mi padre! Si muero para esa fecha, quedarás libre.

- ¡Muchas gracias! -dije yo en mi interior-. ¡Me perdona... después de muerto!

Y me arrepentí de haber echado tan corto el plazo.

Quedamos en lo dicho: fui conducido a la cueva, donde me encerraron, y Parrón montó en su yegua y tomó el tole por aquellos breñales....

- Vamos, ya comprendo... -exclamó el Conde del Montijo-. Parrón ha muerto; tú has quedado libre, y por eso sabes sus señas...

- ¡Todo lo contrario, mi General! Parrón vive, y aquí entra lo más negro de la presente historia.



II


Pasaron ocho días sin que el capitán volviese a verme. Según pude entender, no había parecido por allí desde la tarde que le hice la buenaventura; cosa que nada tenía de raro, a lo que me contó uno de mis guardianes.

- Sepa V. -me dijo- que el Jefe se va al infierno de vez en cuando, y no vuelve hasta que se le antoja. Ello es que nosotros no sabemos nada de lo que hace durante sus largas ausencias.

A todo esto, a fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho que no serían ahorcados y que llevarían una vejez muy tranquila, había yo conseguido que por las tardes me sacasen de la cueva y me atasen a un árbol, pues en mi encierro me ahogaba de calor.

Pero excuso decir que nunca faltaban a mi lado un par de centinelas.

Una tarde, a eso de las seis, los ladrones que habían salido de servicio aquel día a las órdenes del segundo de Parrón, regresaron al campamento, llevando consigo, maniatado como pintan a nuestro Padre Jesús Nazareno, a un pobre segador de cuarenta a cincuenta años, cuyas lamentaciones partían el alma.

- ¡Dadme mis veinte duros! -decía-. ¡Ah! ¡Si supierais con qué afanes los he ganado! ¡Todo un verano segando bajo el fuego del sol!... ¡Todo un verano lejos de mi pueblo, de mi mujer y de mis hijos! ¡Así he reunido, con mil sudores y privaciones, esa suma, con que podríamos vivir este invierno!... ¡Y cuando ya voy de vuelta, deseando abrazarlos y pagar las deudas que para comer hayan hecho aquellos infelices, ¿cómo he de perder ese dinero, que es para mí un tesoro? ¡Piedad, señores! ¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por los dolores de María Santísima!

Una carcajada de burla contestó a las quejas del pobre padre.

Yo temblaba de horror en el árbol a que estaba atado; porque los gitanos también tenemos familia.

- No seas loco... -exclamó al fin un bandido, dirigiéndose al segador-. Haces mal en pensar en tu dinero, cuando tienes cuidados mayores en que ocuparte.

- ¡Cómo! -dijo el segador, sin comprender que hubiese desgracia más grande que dejar sin pan a sus hijos-.

- ¡Estás en poder de Parrón!

- Parrón... ¡No le conozco!... Nunca lo he oído nombrar... ¡Vengo de muy lejos! Yo soy de Alicante, y he estado segando en Sevilla.

- Pues, amigo mío, Parrón quiere decir la muerte. Todo el que cae en nuestro poder es preciso que muera. Así, pues, haz testamento en dos minutos y encomienda el alma en otros dos. ¡Preparen! ¡Apunten! Tienes cuatro minutos.

- Voy a aprovecharlos... ¡Oídme, por compasión!...

- Habla.

- Tengo seis hijos... y una infeliz...diré viuda..., pues veo que voy a morir. Leo en vuestros ojos que sois peores que fieras. ¡Sí, peores! Porque las fieras de una misma especie no se devoran unas a otras. ¡Ah! ¡Perdón!... No sé lo que me digo.¡Caballeros, alguno de ustedes será padre!... ¿No hay un padre entre vosotros? ¿Sabéis lo que son seis niños pasando un invierno sin pan? ¿Sabéis lo que es una madre que ve morir a los hijos de sus entrañas, diciendo: «Tengo hambre..., tengo frío»? Señores, ¡yo no quiero mi vida sino por ellos! ¿Qué es para mí la vida? ¡Una cadena de trabajos y privaciones! ¡Pero debo vivir para mis hijos! ¡Hijos míos! ¡Hijos de mi alma!

Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los ladrones una cara... ¡Qué cara! ¡Se parecía a la de los santos que el rey Nerón echaba a los tigres, según dicen los padres predicadores.

Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho, pues se miraron unos a otros...; y viendo que todos estaban pensando la misma cosa, uno de ellos se atrevió a decirla...

- ¿Qué dijo? -preguntó el Capitán general, profundamente afectado por aquel relato-.

- Dijo: «Caballeros, lo que vamos a hacer no lo sabrá nunca Parrón.»

- Nunca..., nunca... -tartamudearon los bandidos-.

- Márchese V., buen hombre... -exclamó entonces uno que hasta lloraba-.

Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.

El infeliz se levantó lentamente.

- Pronto... ¡Márchese V.! -repitieron todos volviéndole la espalda-.

El segador alargó la mano maquinalmente.

- ¿Te parece poco? -gritó uno-. ¡Pues no quiere su dinero! Vaya..., vaya.... ¡No nos tiente V. la paciencia! El pobre padre se alejó llorando, y a poco desapareció.

Media hora había transcurrido, empleada por los ladrones en jurarse unos a otros no decir nunca a su capitán que habían perdonado la vida a un hombre, cuando de pronto apareció Parrón, trayendo al segador en la grupa de su yegua.

Los bandidos retrocedieron espantados.

Parrón se apeó muy despacio, descolgó su escopeta de dos cañones, y, apuntando a sus camaradas, dijo:

- ¡Imbéciles! ¡Infames! ¡No sé cómo no os mato a todos! ¡Pronto! ¡Entregad a este hombre los duros que le habéis robado!

Los ladrones sacaron los veinte duros y se los dieron al segador, el cual se arrojó a los pies de aquel personaje que dominaba a los bandoleros y que tan buen corazón tenía.

Parrón le dijo:

- ¡A la paz de Dios! Sin las indicaciones de V., nunca hubiera dado con ellos. ¡Ya ve V. que desconfiaba de mí sin motivo!... He cumplido mi promesa.Ahí tiene V. sus veinte duros. Conque... ¡en marcha!

El segador lo abrazó repetidas veces y se alejó lleno de júbilo. Pero no habría andado cincuenta pasos, cuando su bienhechor lo llamó de nuevo.

El pobre hombre se apresuró a volver pies atrás.

- ¿Qué manda V.?--le preguntó, deseando ser útil al que había devuelto la felicidad a su familia.

- ¿Conoce V. a Parrón? -le preguntó él mismo-.

- No lo conozco.

- ¡Te equivocas! -replicó el bandolero-. Yo soy Parrón.

El segador se quedó estupefacto.

Parrón se echó la escopeta a la cara y descargó los dos tiros contra el segador, que cayó redondo al suelo.

- ¡Maldito seas! -fué lo único que pronunció-.

En medio del terror que me quitó la vista, observé que el árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras se aflojaban.

Una de las balas, después de herir al segador, había dado en la cuerda que me ligaba al tronco y la había roto.

Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para escaparme.

Entretanto decía Parrón a los suyos, señalando al segador:

- Ahora podéis robarlo. Sois unos imbéciles..., ¡unos canallas! ¡Dejar a ese hombre, para que se fuera, como se fue, dando gritos por los caminos reales!... Si conforme soy yo quien se lo encuentra y se entera de lo que pasaba, hubieran sido los migueletes habría dado vuestras señas y las de nuestra guarida, como me las ha dado a mí, y estaríamos ya todos en la cárcel! ¡Ved las consecuencias de robar sin matar! Conque basta ya de sermón y enterrad ese cadáver para que no apeste.

Mientras los ladrones hacían el hoyo y Parrón se sentaba a merendar dándome la espalda, me alejé poco a poco del árbol y me descolgué al barranco próximo...

Ya era de noche. Protegido por sus sombras salí a todo escape, y, a la luz de las estrellas, divisé mi borrico, que comía allí tranquilamente, atado a una encina. Montéme en él, y no he parado hasta llegar aquí...

Por consiguiente, señor, déme V. los mil reales, y yo daré las señas de Parrón, el cual se ha quedado con mis tres duros y medio.

Dictó el gitano la filiación del bandido; cobró desde luego la suma ofrecida, y salió de la Capitanía General, dejando asombrados al Conde del Montijo y al sujeto, allí presente, que nos ha contado todos estos pormenores.

Réstanos ahora saber si acertó o no acertó Heredia al decir la buenaventura a Parrón.


III


Quince días después de la escena que acabamos de referir, y a eso de las nueve de la mañana, muchísima gente ociosa presenciaba, en la calle de San Juan de Dios y parte de la de San Felipe de aquella misma capital, la reunión de dos compañías de migueletes que debían salir a las nueve y media en busca de Parrón, cuyo paradero, así como sus señas personales y las de todos sus compañeros de fechorías, había al fin averiguado el Conde del Montijo.

El interés y emoción del público eran extraordinarios, y no menos la solemnidad con que los migueletes se despedían de sus familias y amigos para marchar a tan importante empresa. ¡Tal espanto había llegado a infundir Parrón a todo el antiguo reino granadino!

- Parece que ya vamos a formar... -dijo un miguelete a otro-, y no veo al cabo López...

- ¡Extraño es, a fe mía, pues él llega siempre antes que nadie cuando se trata de salir en busca de Parrón, a quien odia con sus cinco sentidos!

- Pues ¿no sabéis lo que pasa? -dijo un tercer miguelete, tomando parte en la conversación-.

- ¡Hola! Es nuestro nuevo camarada... ¿Cómo te va en nuestro Cuerpo?

- ¡Perfectamente! -respondió el interrogado-.

Era éste un hombre pálido y de porte distinguido, del cual se despegaba mucho el traje de soldado.

- Conque ¿decías...? -replicó el primero-.

- ¡Ah! ¡Sí! Que el cabo López ha fallecido... -respondió el miguelete pálido-.

- Manuel... ¿Qué dices? ¡Eso no puede ser!... Yo mismo he visto a López esta mañana, como te veo a ti...

El llamado Manuel contestó fríamente:

- Pues hace media hora que lo ha matado Parrón.

- ¿Parrón? ¿Dónde?

- ¡Aquí mismo! ¡En Granada! En la Cuesta del Perro se ha encontrado el cadáver de López.

Todos quedaron silenciosos y Manuel empezó a silbar una canción patriótica.

- ¡Van once migueletes en seis días! -exclamó un sargento-. ¡Parrón se ha propuesto exterminarnos! Pero ¿cómo es que está en Granada? ¿No íbamos a buscarlo a la Sierra de Loja?

Manuel dejó de silbar, y dijo con su acostumbrada indiferencia:

- Una vieja que presenció el delito dice que, luego que mató a López, ofreció que, si íbamos á buscarlo, tendríamos el gusto de verlo...

- ¡Camarada! ¡Disfrutas de una calma asombrosa! ¡Hablas de Parrón con un desprecio!...

- Pues ¿qué es Parrón más que un hombre? -repuso Manuel con altanería.

- ¡A la formación! -gritaron en este acto varias voces-.

Formaron las dos compañías, y comenzó la lista nominal.

En tal momento acertó a pasar por allí el gitano Heredia, el cual se paró, como todos, a ver aquella lucidísima tropa.

Notóse entonces que Manuel, el nuevo miguelete, dió un retemblido y retrocedió un poco, como para ocultarse detrás de sus compañeros.

Al propio tiempo Heredia fijó en él sus ojos; y dando un grito y un salto como si le hubiese picado una víbora, arrancó a correr hacia la calle de San Jerónimo.

Manuel se echó la carabina a la cara y apuntó al gitano.

Pero otro miguelete tuvo tiempo de mudar la dirección del arma, y el tiro se perdió en el aire.

- ¡Está loco! ¡Manuel se ha vuelto loco! ¡Un miguelete ha perdido el juicio! -exclamaron sucesivamente los mil espectadores de aquella escena-.

Y oficiales, y sargentos, y paisanos rodeaban a aquel hombre, que pugnaba por escapar, y al que por lo mismo sujetaban con mayor fuerza, abrumándolo a preguntas, reconvenciones y dicterios que no le arrancaron contestación alguna.

Entretanto Heredia había sido preso en la plaza de la Universidad por algunos transeuntes, que, viéndole correr después de haber sonado aquel tiro, lo tomaron por un malhechor.

- ¡Llevadme a la Capitanía General! -decía el gitano-. ¡Tengo que hablar con el Conde del Montijo!

- ¡Qué Conde del Montijo ni qué niño muerto! -le respondieron sus aprehensores-. ¡Ahí están los migueletes, y ellos verán lo que hay que hacer con tu persona!

- Pues lo mismo me da... -respondió Heredia-. Pero tengan Vds. cuidado de que no me mate Parrón.

- ¿Cómo Parrón?...¿Qué dice este hombre?

- Venid y veréis.

Así diciendo, el gitano se hizo conducir delante del jefe de los migueletes, y señalando a Manuel, dijo:

- Mi Comandante, ¡ése es Parrón, y yo soy el gitano que dió hace quince días sus señas al Conde del Montijo!

- ¡Parrón! ¡Parrón está preso! ¡Un miguelete era Parrón!... -gritaron muchas voces.

- No me cabe duda... -decía entretanto el Comandante, leyendo las señas que le había dado el Capitán general-. ¡A fe que hemos estado torpes! Pero ¿a quién se le hubiera ocurrido buscar al capitán de ladrones entre los migueletes que iban a prenderlo?

- ¡Necio de mí! -exclamaba al mismo tiempo Parrón, mirando al gitano con ojos de león herido- ¡es el único hombre a quien he perdonado la vida! ¡Merezco lo que me pasa!

A la semana siguiente ahorcaron a Parrón.

Cumplióse, pues, literalmente la buenaventura del gitano...


Lo cual (dicho sea para concluir dignamente) no significa que debáis creer en la infalibilidad de tales vaticinios, ni menos que fuera acertada regla de conducta la de Parrón, de matar a todos los que llegaban a conocerle... Significa tan sólo que los caminos de la Providencia son inescrutables para la razón humana; doctrina que, a mi juicio, no puede ser más ortodoxa.


Guadix, 1853.


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La corneta de llaves[editar]

La corneta de llaves
de Pedro Antonio de Alarcón


Querer es poder.

I


Don Basilio, ¡toque V. la corneta, y bailaremos! Debajo de estos árboles no hace calor...

--Sí, sí..., D. Basilio: ¡toque V. la corneta de llaves!

--¡Traedle a D. Basilio la corneta en que se está enseñando Joaquín!

--¡Poco vale!...--¿La tocará V., D. Basilio?

--¡No!

--¿Cómo que no?

--¡Que no!

--¿Por qué?

--Porque no sé.

--¡Que no sabe!...--¡Habrá hipócrita igual!

--Sin duda quiere que le regalemos el oído...

--¡Vamos! ¡Ya sabemos que ha sido V. músico mayor de infantería!...

--Y que nadie ha tocado la corneta de llaves como V...

--Y que lo oyeron en Palacio..., en tiempos de Espartero...

--Y que tiene V. una pensión....

--¡Vaya,[14-9] D. Basilio! ¡Apiádese V.!

--Pues, señor.... ¡Es verdad! He tocado la corneta de llaves; he sido una... una _especialidad_, como dicen ustedes ahora...; pero también es cierto que hace dos años regalé mi corneta a un pobre músico licenciado, y que desde entonces no he vuelto... ni a tararear.

--¡Qué lástima!

--¡Otro Rossini!

--¡Oh! ¡Pues lo que es esta tarde, ha de tocar usted!...

--Aquí, en el campo, todo es permitido....

--¡Recuerde V. que es mi día, papá abuelo!...

--¡Viva! ¡Viva! ¡Ya está aquí la corneta!

--Sí, ¡que toque!

--Un vals....

--No..., ¡una polca!...

--¡Polca!... ¡Quita allá! ¡Un fandango!

--Sí..., sí..., ¡fandango! ¡Baile nacional!

--Lo siento mucho, hijos míos; pero no me es posible tocar la corneta.

--¡Usted, tan amable!...

--Tan complaciente...

--¡Se lo suplica a V. su nietecito!...

--Y su sobrina....

--¡Dejadme, por Dios!--He dicho que no toco.

--¿Por qué?

--Porque no me acuerdo; y porque, además, he jurado no volver a aprender....

--¿A quién se lo ha jurado?

--¡A mí mismo, a un muerto, y a tu pobre madre, hija mía!

Todos los semblantes se entristecieron súbitamente al escuchar estas palabras.

--¡Oh!... ¡Si supierais a qué costa aprendí a tocar la corneta!...--añadió el viejo.

--¡La historia! ¡La historia! (exclamaron los jóvenes.) Contadnos esa historia.

--En efecto.... (dijo D. Basilio.)--Es toda una historia. Escuchadla, y vosotros juzgaréis si puedo o no puedo tocar la corneta....

Y sentándose bajo un árbol rodeado de unos curiosos y afables adolescentes, contó la historia de sus lecciones de música.

No de otro modo, _Mazzepa_, el héroe de Byron, contó una noche a Carlos XII, debajo de otro árbol, la terrible historia de sus lecciones de equitación.

Oigamos a D. Basilio.



II


Hace diez y siete años que ardía en España la guerra civil.

Carlos e Isabel se disputaban la corona, y los españoles, divididos en dos bandos, derramaban su sangre en lucha fratricida.

Tenía yo un amigo, llamado Ramón Gámez, teniente de cazadores de mi mismo batallón, el hombre más cabal que he conocido. Nos habíamos educado juntos; juntos salimos del colegio; juntos peleamos mil veces, y juntos deseábamos morir por la libertad. ¡Oh! ¡Estoy por decir que él era más liberal que yo y que todo el ejército!...

Pero he aquí que cierta injusticia cometida por nuestro Jefe en daño de Ramón; uno de esos abusos de autoridad que disgustan de la más honrosa carrera; una arbitrariedad, en fin, hizo desear al Teniente de cazadores abandonar las filas de sus hermanos, al amigo dejar al amigo, al liberal pasarse a la facción, al subordinado matar a su Teniente Coronel.... ¡Buenos humos tenía Ramón para aguantar insultos e injusticias ni al lucero del alba!

Ni mis amenazas, ni mis ruegos, bastaron a disuadirle de su propósito. ¡Era cosa resuelta! ¡Cambiaría el morrión por la boina, odiando como odiaba mortalmente a los facciosos!

A la sazón nos hallábamos en el Principado, a tres leguas del enemigo.

Era la noche en que Ramón debía desertar, noche lluviosa y fría, melancólica y triste, víspera de una batalla.

A eso de las doce entró Ramón en mi alojamiento.

Yo dormía.

--Basilio....--murmuró a mi oído.

--¿Quién es?

--Soy yo.--¡Adiós!

--¿Te vas ya?

--Sí; adiós.

Y me cogió una mano.

--Oye... (continuó); si mañana hay, como se cree, una batalla, y nos encontramos en ella....

--Ya lo sé: somos amigos.

--Bien; nos damos un abrazo, y nos batimos en seguida.

--¡Yo moriré mañana regularmente, pues pienso atropellar por todo hasta que mate al Teniente Coronel! En cuanto a ti, Basilio, no te expongas... La gloria es humo.

--¿Y la vida?

--Dices bien: hazte comandante... (exclamó Ramón.) La paga no es humo..., sino después que uno se la ha fumado.... ¡Ay! ¡Todo eso acabó para mí!

--¡Qué tristes ideas! (dije yo no sin susto.) Mañana sobreviviremos los dos a la batalla.

--Pues emplacémonos para después de ella...

--¿Dónde?

--En la ermita de San Nicolás, a la una de la noche.--El que no asista, será porque haya muerto.--¿Quedamos conformes?

--Conformes.

--Entonces.... ¡Adiós!...

--Adiós.

Así dijimos; y después de abrazarnos tiernamente, Ramón desapareció en las sombras nocturnas.



III


Como esperábamos, los facciosos nos atacaron al siguiente día.

La acción fué muy sangrienta, y duró desde las tres de la tarde hasta el anochecer.

A cosa de las cinco, mi batallón fué rudamente acometido por una fuerza de alaveses que mandaba Ramón.

¡Ramón llevaba ya las insignias de Comandante y la boina blanca de carlista!...

Yo mandé hacer fuego contra Ramón, y Ramón contra mí: es decir, que su gente y mi batallón lucharon cuerpo a cuerpo.

Nosotros quedamos vencedores, y Ramón tuvo que huir con los muy mermados restos de sus alaveses; pero no sin que antes hubiera dado muerte por sí mismo, de un pistoletazo, al que la víspera era su Teniente Coronel; el cual en vano procuró defenderse de aquella furia.

A las seis la acción se nos volvió desfavorable, y parte de mi pobre compañía y yo fuimos cortados y obligados a rendirnos....

Condujéronme, pues, prisionero a la pequeña villa de..., ocupada por los carlistas desde los comienzos de aquella campaña, y donde era de suponer que me fusilarían inmediatamente....

La guerra era entonces sin cuartel.



IV


Sonó la una de la noche de tan aciago día: ¡la hora de mi cita con Ramón!

Yo estaba encerrado en un calabozo de la cárcel pública de dicho pueblo.

Pregunté por mi amigo, y me contestaron:

--¡Es un valiente! Ha matado a un Teniente Coronel. Pero habrá perecido en la última hora de la acción....

--¡Cómo! ¿Por qué lo decís?

--Porque no ha vuelto del campo, ni la gente que ha estado hoy a sus órdenes da razón de él.

¡Ah! ¡Cuánto sufrí aquella noche!

Una esperanza me quedaba. Que Ramón me estuviese aguardando en la ermita de San Nicolás, y que por este motivo no hubiese vuelto al campamento faccioso.

--¡Cuál será su pena al ver que no asisto a la cita! (pensaba yo.) ¡Me creerá muerto! ¿Y, por ventura, tan lejos estoy de mi última hora? ¡Los facciosos fusilan ahora siempre a los prisioneros; ni más ni menos que nosotros!

Así amaneció el día siguiente.

Un Capellán entró en mi prisión.

Todos mis compañeros dormían.

--¡La muerte!, -exclamé al ver al Sacerdote.

--Sí, -respondió éste con dulzura.

--¡Ya!

--No: dentro de tres horas.

Un minuto después habían despertado mis compañeros.

Mil gritos, mil sollozos, mil blasfemias llenaron los ámbitos de la prisión.



V


Todo hombre que va a morir suele aferrarse a una idea cualquiera y no abandonarla más.

Pesadilla, fiebre o locura, esto me sucedió a mí. La idea de Ramón; de Ramón vivo, de Ramón muerto, de Ramón en el cielo, de Ramón en la ermita, se apoderó de mi cerebro de tal modo, que no pensé en otra cosa durante aquellas horas de agonía.

Quitáronme el uniforme de Capitán, y me pusieron una gorra y un capote viejo de soldado.

Así marché a la muerte con mis diez y nueve compañeros de desventura....

Sólo uno había sido indultado, ¡por la circunstancia de ser músico! Los carlistas perdonaban entonces la vida a los músicos, a causa de tener gran falta de ellos en sus batallones.

--Y ¿era V. músico, D. Basilio?--¿Se salvó V. por eso?--preguntaron todos los jóvenes a una voz.

--No, hijos míos.... (respondió el veterano.) ¡Yo no era músico!

Formóse el cuadro, y nos colocaron en medio de él....

Yo hacía el número once, es decir, yo moriría el undécimo.

Entonces pensé en mi mujer y en mi hija, ¡en ti y en tu madre, hija mía!

Empezaron los tiros.

¡Aquellas detonaciones me enloquecían!

Como tenía vendados los ojos, no veía caer a mis compañeros.

Quise contar las descargas para saber, un momento antes de morir, que se acababa mi existencia en este mundo.

Pero a la tercera o cuarta detonación perdí la cuenta.

¡Oh! ¡Aquellos tiros tronarán eternamente en mi corazón y en mi cerebro, como tronaban aquel día!

Ya creía oírlos a mil leguas de distancia; ya los sentía reventar dentro de mi cabeza.

¡Y las detonaciones seguían!

--¡Ahora!--pensaba yo.

Y crujía la descarga, y yo estaba vivo.

--¡Esta es!... me dije por último.

Y sentí que me cogían por los hombros, y me sacudían, y me daban voces en los oídos....

Caí... No pensé más... Pero sentía algo como un profundo sueño... Y soñé que había muerto fusilado.



VI


Luego soñé que estaba tendido en una camilla, en mi prisión.

No veía.

Llevéme la mano a los ojos como para quitarme una venda, y me toqué los ojos abiertos, dilatados.... ¿Me había quedado ciego?

No. Era que la prisión se hallaba llena de tinieblas.

Oí un doble de campanas..., y temblé.

Era el toque de _Animas_.

--Son las nueve.... (pensé.) Pero ¿de qué día?

Una sombra más obscura que el tenebroso aire de la prisión se inclinó sobre mí.

Parecía un hombre...

¿Y los demás? ¿Y los otros diez y ocho? ¡Todos habían muerto fusilados! ¿Y yo? Yo vivía, o deliraba dentro del sepulcro.

Mis labios murmuraron maquinalmente un nombre, el nombre de siempre, mi pesadilla....

--¡«Ramón!»

--¿Qué quieres?--me respondió la sombra que había a mi lado.

Me estremecí.

--¡Dios mío! (exclamé.)--¿Estoy en el otro mundo?

--¡No!--dijo la misma voz.

--Ramón, ¿vives?

--Sí.

--¿Y yo?

--También.

--¿Dónde estoy? ¿Es ésta la ermita de San Nicolás? ¿No me hallo prisionero? ¿Lo he soñado todo?

--No, Basilio; no has soñado nada. Escucha.



VII


Como sabrás, ayer maté al Teniente Coronel en buena lid. ¡Estoy vengado! Después, loco de furor, seguí matando..., y maté... hasta después de anochecido..., hasta que no había un cristino en el campo de batalla.

Cuando salió la luna, me acordé de ti. Entonces enderecé mis pasos a la ermita de San Nicolás con intención de esperarte.

Serían las diez de la noche. La cita era a la una, y la noche antes no había yo pegado los ojos. Me dormí, pues, profundamente.

Al dar la una, lancé un grito y desperté. Soñaba que habías muerto. Miré a mi alrededor, y me encontré solo. ¿Qué había sido de ti? Dieron las dos..., las tres..., las cuatro... ¡Qué noche de angustia! Tú no aparecías. ¡Sin duda habías muerto!

Amaneció.

Entonces dejé la ermita, y me dirigí a este pueblo en busca de los facciosos. Llegué al salir el sol.

Todos creían que yo había perecido la tarde antes.

Así fué que, al verme, me abrazaron, y el General me colmó de distinciones.

En seguida supe que iban a ser fusilados veintiún prisioneros. Un presentimiento se levantó en mi alma. ¿Será Basilio uno de ellos?, me dije.

Corrí, pues, hacia el lugar de la ejecución. El cuadro estaba formado. Oí unos tiros. Habían empezado a fusilar. Tendí la vista...; pero no veía...

Me cegaba el dolor; me desvanecía el miedo. Al fin te distingo. ¡Ibas a morir fusilado! Faltaban dos víctimas para llegar a ti. ¿Qué hacer? Me volví loco; dí un grito; te cogí entre mis brazos, y, con una voz ronca, desgarradora, tremebunda, exclamé:

--¡Éste no! ¡Éste no, mi General!

El General, que mandaba el cuadro, y que tanto me conocía por mi comportamiento de la víspera, me preguntó:

--Pues qué, ¿es músico?

Aquella palabra fué para mí lo que sería para un viejo ciego de nacimiento ver de pronto el sol en toda su refulgencia.

La luz de la esperanza brilló a mis ojos tan súbitamente, que los cegó.

--¡Músico (exclamé); sí..., sí..., mi General! ¡Es músico! ¡Un gran músico!

Tú, entretanto, yacías sin conocimiento.

--¿Qué instrumento toca?, -preguntó el General.

--El... la... el... el...; ¡si!... ¡justo!..., eso es..., ¡la corneta de llaves!

--¿Hace falta un corneta de llaves?--preguntó el General, volviéndose a la banda de música.

Cinco segundos, cinco siglos, tardó la contestación.

--Sí, mi General; hace falta, -respondió el Músico mayor.

--Pues sacad a ese hombre de las filas, y que siga la ejecución al momento, -exclamó el jefe carlista.

Entonces te cogí en mis brazos y te conduje a este calabozo.



VIII


No bien dejó de hablar Ramón, cuando me levanté y le dije, con lágrimas, con risa, abrazándolo, trémulo, yo no sé cómo:

--¡Te debo la vida!

--¡No tanto!--respondió Ramón.

--¿Cómo es eso?--exclamé.

--¿Sabes tocar la corneta?

--No.

--Pues no me debes la vida, sino que he comprometido la mía sin salvar la tuya.

Quedéme frío como una piedra.

--¿Y música? (preguntó Ramón.) ¿Sabes?

--Poca, muy poca....--Ya recordarás la que nos enseñaron en el colegio.

--¡Poco es, o, mejor dicho, nada! ¡Morirás sin remedio! ¡Y yo también, por traidor..., por falsario! ¡Figúrate tú que dentro de quince días estará organizada la banda de música a que has de pertenecer!

--¡Quince días!

--¡Ni más ni menos!--Y como no tocarás la corneta, (porque Dios no hará un milagro), nos fusilarán a los dos sin remedio.

--¡Fusilarte! (exclamé.) ¡A ti! ¡Por mí! ¡Por mí, que te debo la vida! ¡Ah, no, no querrá el cielo! Dentro de quince días sabré música y tocaré la corneta de llaves.

Ramón se echó a reír.



IX


--¿Qué más queréis que os diga, hijos míos?

En quince días... ¡oh poder de la voluntad! En quince días con sus quince noches (pues no dormí ni reposé un momento en medio mes), ¡asombraos!... ¡En quince días aprendí a tocar la corneta!

¡Qué días aquellos!

Ramón y yo nos salíamos al campo, y pasábamos horas y horas con cierto músico que diariamente venía de un lugar próximo a darme lección.

_¡Escapar!_... Leo en vuestros ojos esta palabra. ¡Ay! Nada más imposible! Yo era prisionero, y me vigilaban. Y Ramón no quería escapar sin mí.

Y yo no hablaba, yo no pensaba, yo no comía.

Estaba loco, y mi monomanía era la música, la corneta, la endemoniada corneta de llaves.

¡Quería aprender, y aprendí!

Y, si hubiera sido mudo, habría hablado.... Y, paralítico, hubiera andado.... Y, ciego, hubiera visto. ¡Porque _quería_!

¡Oh! ¡La voluntad suple por todo!--QUERER ES PODER.

_Quería_: ¡he aquí la gran palabra!

_Quería_..., y lo conseguí.--¡Niños, aprended esta gran verdad!

Salvé, pues, mi vida y la de Ramón. Pero me volví loco. Y, loco, mi locura fué el arte. En tres años no solté la corneta de la mano.

_Do-re-mi-fa-sol-la-si_; he aquí mi mundo durante todo aquel tiempo.

Mi vida se reducía a soplar. Ramón no me abandonaba. Emigré a Francia, y en Francia seguí tocando la corneta. ¡La corneta era yo! ¡Yo cantaba con la corneta en la boca!

Los hombres, los pueblos, las notabilidades del arte se agrupaban para oírme....

Aquello era un pasmo, una maravilla....

La corneta se doblegaba entre mis dedos; se hacía elástica, gemía, lloraba, gritaba, rugía; imitaba al ave, a la fiera, al sollozo humano... Mi pulmón era de hierro.

Así viví otros dos años más. Al cabo de ellos falleció mi amigo. Mirando su cadáver, recobré la razón. Y cuando, ya en mi juicio, cogí un día la corneta... (¡qué asombro!), me encontré con que no sabía tocarla.

¿Me pediréis ahora que os haga són para bailar?



Madrid, 1854.


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El asistente[editar]

El asistente
de Pedro Antonio de Alarcón



Qué horas tan dulces son las que siguen a una comida de amigos entusiastas, rociada grandemente de manzanilla, cuando el humo de los cigarros envuelve ya a los comensales, elevándose la imaginación tras sus giros voluptuosos; mientras el dedo de la memoria hojea melancólicamente el libro de lo pasado, y los secretos se desbordan de todos los corazones, y la máscara cae de todos los semblantes, y llueven las anécdotas, los chistes, los cuentos, las historias, los dramas y los poemas.

Todos cuentan algo: hasta el más taciturno y desconfiado descubre el fondo de su alma. Los criados o mozos (según que sea en casa o en fonda) han abandonado el comedor. Ya no se habla de música, de política, de literatura, de religiones..., se habla de la vida, del tiempo, de la esperanza, del mundo cual es en sí. Todos los espíritus se han alzado a igual altura, y desde aquella cumbre filosófica echan miradas retrospectivas a las llanuras de la existencia, y tranquilas ojeadas al descenso de los días...

Dice Byron: Yo gusto del fuego, de los crujidos de la leña, de una botella de Champagne y de una buena conversación.

Nosotros lo teníamos todo..., menos leña, porque principiaba mayo y estábamos en Andalucía, en Granada, en la Alhambra, en la fonda de Los Siete Suelos.

Habíamos hablado de muchas personas: de ese mismo Byron, del duque de Rechstadt, de Luis XVII, de la papisa Juana, del preste Juan de las Indias, de don Sebastián de Portugal y de otros muertos ilustres, cuando, no sé por qué camino, llegamos a hablar de perros, de monos, de hotentotes y, por último, de asistentes.

Un capitán muy joven, muy bravo y muy ilustrado, a quien dedico esta reseña, tomó entonces la palabra y, sobre poco más o menos, vino a contarnos lo que sigue:

-Quiero que forméis idea exacta de lo que es ese tipo sublime que medio habéis adivinado. Luego podréis vosotros deducir las consecuencias que queráis en pro o en contra de la civilización cristiana y de la civilización en general; podréis seguir discutiendo acerca del maniqueísmo, del instinto de los animales, del mérito y demérito de las acciones humanas y de la forma social que se adapta mejor a nuestra naturaleza caída... En cuanto a mí, hombre práctico, me contentaré con referiros un hecho, o sea con acusarme de una culpa.

-¡Historia tenemos! -dijimos todos, arrellanándonos en las sillas-. ¡Así termina toda buena conversación!... ¡Hable el capitán!

Éste encendió su tercer cigarro, y dijo con solemnidad y tristeza:

-Desde que salí del colegio e ingresé en las filas, hasta hoy, que han pasado ya diez años, sólo he tenido dos asistentes: el que acabáis de ver y un tal García..., que es el héroe de la presente historia.

La voz del capitán tembló al pronunciar aquel nombre. Tomó un sorbo de café y continuó:

-García era un soldado reenganchado; hombre de más de veintiocho años; natural de Totana; tipo árabe o, por mejor decir, tunecino; de ojos negros, tez morena, pocas palabras, un valor a toda prueba y muy apasionado en sus odios y en sus simpatías.

Debo advertiros, sin embargo, que yo no le conocí más odios ni otros cariños que el reflejo de mis sentimientos. ¡Amaba a quien yo amaba y abominaba al que yo aborrecía!

Tampoco le conocí novia ni vicio alguno, ni menos supe cuándo comía ni cuándo descansaba. Sólo puedo decir que a todas horas se hallaba al alcance de mi voz, dispuesto a servirme en mis menores caprichos, tuviésemos o no dinero, fuese de día o de noche, ardiese la tierra bajo el sol del verano o estuviese cubierta de una vara de nieve.

Aquel hombre constituía toda mi familia cuando yo estaba fuera de mi casa, que era casi siempre; por lo tanto, yo debía quererlo mucho..., y quizá lo quería... ¡Oh! Sí..., después lo he sabido...; ¡yo lo adoraba! ¡Pero nunca me ocurrió darme cuenta de ello! Esto es muy común en los hombres de mi carácter... Lo mismo soy ahora con mi mujer... ¡Díscolo y endemoniado! En fin, vamos al asunto.

Por todo lo dicho comprenderéis que yo era un ser fabuloso a los ojos de García, y que él me idolatraba como un buen hijo idolatra a un mal padre... Pero no... Esto es poco... ¡Como un perro idolatra a su amo!

¡Un perro... sí!... Tal fue siempre el papel que a mi lado representó García.

Tenerme contento, evitar un regaño, merecer una mirada de mis ojos...; he aquí la suprema felicidad de aquel hombre.

¡Oh!..., el genio humano es esencialmente bueno. Y si lo dudáis, seguid prestándome atención.

García, que era diez años mayor que yo, me hablaba de usted...

Yo a él de tú.

Él me hacía la comida con mil afanes...

Las sobras de mi comida eran su alimento.

Yo, militar voluntario, recibía ochocientos reales al mes por pasearme...

¡Él, soldado forzoso, ahorraba seis cuartos el día que más, y estaba trabajando siempre!

Yo no le pagaba...

Él me servía con gusto, con entusiasmo, con cariño.

Tales eran nuestras relaciones, y tales las ventajas que me llevaba en el orden moral mi pobre asistente.

Pues, sin embargo..., no sé por qué despropósito o contrasentido... (¡preocupaciones de raza o de clase, que desnaturalizan nuestro corazón!), yo trataba a García con mucha dureza.

Sólo le hablaba para mandarle, para reñirle por el más leve descuido o para prohibirle alguna cosa...

Mi voz era su ordenanza viva, su azote, su tormento.

¡Qué diablo! Yo soy hijo y hermano de militares, y la costumbre de obedecer rigurosamente me había dado el hábito de mandar con rigor...

En medio de todo... ¿qué era García? ¡Un inferior mío..., un soldado de mi compañía..., un subordinado! ¡Un autómata! ¡Una máquina!

¡Cuánto debió de sufrir en su vida! ¡Él, que nada amaba en el mundo tanto como a mí, y nunca recibió pruebas de mi estimación; que jamás oyó de mis labios una palabra afectuosa, ni estrechó mi mano al separarse de mí, ni me abrazó al volver a verme, ni pudo decirme en los peligros de la guerra...: ¡Cuidado, amo mío! Que siempre amó, calló y sufrió en mi presencia, como un paria ante su dios, como un eunuco ante la sultana, como un esclavo ante su dueño...

¡Oh!... Pero ¡eso sí!... Estoy seguro de que no me engaño..., y después lo he pensado muchas veces... Si García hubiera caído enfermo, si me hubiese querido abandonar, si hubiera llorado delante de mí..., en aquel mismo punto habría dejado de ser mi inferior... Hubiérale dicho: «García, no podré vivir sin verte...» En fin, ¡me habría dado cuenta de que éramos dos hombres que se amaban en el fondo... como hermanos!

¡No exagero, amigos míos! Considerad lo que para un oficial es un asistente...

Cuando a medianoche volvía yo a mi alojamiento, solo, triste, fastidiado..., él era quien me esperaba.

Si estaba enfermo, me cuidaba él.

No bien deseaba una cosa (a veces sin decirlo), me la proporcionaba a costa de las mayores molestias.

En campaña estaba a mi lado.

En los caminos me servían sus brazos de puente para pasar los ríos.

En el invierno se tendía a mis pies para abrigarlos.

En el verano me cobijaba bajo la sombra de su cuerpo.

Él era el único que sabía el estado de mi bolsillo.

¡Sólo él podía adivinar el estado de mi corazón!

Me veía sufrir, me veía lloroso; me veía enamorado, débil, arrastrado por los vicios, poco respetable por cualquier circunstancia de la juventud..., y me miraba, sentía, callaba, ¡y se quitaba la gorra con respeto!

Él se peleaba con las patronas hasta ponerme en la mesa mis manjares favoritos.

Ahorraba de mi dinero, o sea: me robaba temporalmente para sacarme después de apuros.

Me revisaba la ropa como una mujer.

Me peinaba, me cepillaba, me vestía.

Era, por último, protector como un padre, previsor como una madre, dócil como un hijo, cariñoso como un hermano, económico como una esposa, leal como un amigo... ¡Una familia entera para mí! ¡Mi casa ambulante!

¡Oh! ¡Aquel hombre no tenía existencia propia! ¡Vivía de mi vida.... y murió de mi muerte!

Escuchad.

Cuando la última intentona carlista acababa ya por consunción, hallábame yo en Cataluña, a las órdenes del general B...

García me acompañaba.

Un día encontramos al enemigo cerca del pequeño pueblo de Gironella.

Desde por la mañana nos estuvimos batiendo con el mayor orden; y a la caída de la tarde, cuando la victoria era casi nuestra, fuimos sorprendidos a retaguardia por otra considerable partida.

¡Estábamos entre dos fuegos!

Nuestro coronel mandó la retirada, viendo la cosa perdida, y en un momento casi todos los soldados huyeron en dispersión.

Pero yo no oí aquel toque, y permanecí batiéndome al frente de mi compañía, que ocupaba el extremo del ala derecha, y cuyo capitán y tenientes habían muerto. Yo era subteniente en aquel entonces.

Los carlistas avanzaron...

Mis soldados empezaron a caer a mi alrededor como segadas espigas.

¡Y yo no mandaba la retirada!

Estaba loco: era presa de la epilepsia, de esa enfermedad que acompaña a todos los accesos de mis pasiones.

Pero tan estrechadas se vieron aquellas víctimas infelices de mi ciego furor, que huyeron al fin sin esperar mi orden, dejándose en el campo a la mayor parte de sus compañeros.

García se figuró que yo había mandado aquella fuga, y corrió más que todos, creyéndome acaso al frente de la compañía.

Quedé, pues, solo, sable en mano.

De este modo avancé hacia el enemigo, poseído de tan insensata furia, que pronto cal en tierra presa de una terrible convulsión.

Los facciosos me creyeron muerto y siguieron acosando a los fugitivos.

Llegó la noche sin que yo me recobrase.

Los restos de nuestras tropas estaban ya en Gironella, donde se fortificaban y rehacían para caer al día siguiente sobre los facciosos que, por su parte, acamparon enfrente de la pequeña población.

García, entretanto, había notado mi falta y decidido volver al teatro de la lucha a fin de recoger mi cadáver, si yo había muerto, o auxiliarme, si me hallaba herido.

Para lograrlo tenía que atravesar el campamento carlista...

¡Sólo un loco o una madre hubieran concebido tan temeraria empresa!

Salió del pueblo cautelosamente, y dando un rodeo de tres leguas, consiguió atravesar la línea contraria.

Poco después me encontró entre los cadáveres.

Yo seguía insultando; pero sumido en esa extraña somnolencia de los epilépticos, que permite ver y oír, ya que no hablar o moverse.

García adivinó al momento lo que me sucedía: enjugó sus lágrimas; refrenó sus sollozos; cogióme a cuestas, y echó a andar hacia el pueblecillo.

Así se fue acercando a los facciosos, impasible, sereno, resignado con su suerte.

¡Sólo un prodigio podía salvarnos!

¡Él lo sabía, sí! Pero sabía también que si no se empleaban los medios acostumbrados para sacarme de aquel insulto, o me dejaba allí a la intemperie en tan terrible noche de ventisca, yo quedaría muerto al cabo de algunas horas...

Continuó, pues, su camino.

¡Tenía que volver a forzar la línea de los carlistas!

La oscuridad de la noche era la única probabilidad de salvación que nos quedaba...

Pero la Luna, que no suele saber lo que acontece en la Tierra, rompió en esto su cárcel de nubes y apareció plena, hermosa, resplandeciente, esclareciendo por completo todo aquel país nevado.

García suspiró, previendo una desgracia.

¡Yo la preveía también!... ¡Yo, inerte, exánime, echado sobre la espalda de aquel mártir!

¡Qué horrenda pesadilla!

Mas... ¡oh portento! ¡García atravesó con su carga a veinte pasos de un centinela, sin ser descubierto por él!...

Quizá nos habíamos salvado...

Mas ¡ay!, no... ¡La fatalidad lo tenía dispuesto de otro modo!

Ya tocaba el resignado Cristo al término de su vía de dolor, cuando los carlistas lo distinguieron a la luz de la Luna.

-¡Quién vive! -gritó una voz a lo lejos.

-¡A él! -exclamó otra más cercana.

-¡María Santísima! -murmuró García.

Y estrechando convulsivamente mis muñecas, apretó el paso.

En esto silbó una bala y sonó un tiro...

Mi asistente se detuvo...

Bamboleóse después con su carga; dio un sollozo, y cayó de boca contra el suelo.

Yo caí encima de él... El sacrificio estaba consumado.

¡Qué noche, Dios mío!

Primero sentí que García temblaba y se retorcía bajo el peso de mi cuerpo y entre mis inertes brazos...

Luego se quedó tranquilo...

Después se fue enfriando poco a poco...

Sus miembros adquirieron, en fin, una rigidez espantosa...

Estaba totalmente muerto.

¡Yo lo sabía y no podía moverme!

Pasé, pues, la noche abrazado a un cadáver..., ¡al cadáver de mi inferior, de mi esclavo, del pobre García!

¡Aquél era el primer abrazo que le daba!

El fresco de la mañana me volvió el sentido.

Me puse de pie y miré a mi alrededor.

Estaba solo..., ¡solo entre los muertos!

Los carlistas habían levantado el campo durante la noche, llevándose a todos los heridos.

Registré a García, y vi que la bala le había entrado por un costado y salido por el otro.

Toméle a mi vez a cuestas y, trémulo, vacilante, con los ojos húmedos y el corazón destrozado, entré en Gironella...

Allí está enterrado el pobre García.

Hoy es para mí su nombre objeto de culto y veneración.

¡Cuántas veces, cuántas, he pedido locamente a Dios que le permitiera resucitar, para consolarle de mis acritudes y violencias y pagarle con amor su sacrificio!

¡Cuántas le he pedido perdón con el pensamiento! ¡Y cómo me ha mejorado su muerte!

Desde entonces soy dulce, afable, cariñoso con aquellos de mis inferiores que se portan bien, y en vez de aspirar a que tiemblen ante mí y me crean un ser de especie superior a la humana, sólo deseo ser como un padre de todos ellos... Porque he comprendido, demasiado tarde, que bajo el burdo capote del soldado laten a veces corazones más hermosos que bajo el uniforme dorado del general.

¡Oh! Cuando los asistentes que he tenido después han celebrado mi trato paternal; cuando he oído las bendiciones de mi compañía; cuando he derramado algún consuelo sobre esos pobres hijos de la Patria, arrancados del seno de sus familias para servir a la ambición o a la cólera ajenas, ¿no es verdad, pobre García, que has sonreído en el Cielo, diciéndote: «Mi sacrificio no fue inútil, pues que ha redimido a algunos de mis camaradas?»...


El joven militar quedó con los ojos clavados en el cielo; nosotros nos asimos a sus manos, y el mozo de la fonda entró con la cuenta.

Málaga, 1854.

Buena pesca[editar]

¡Buena pesca!
de Pedro Antonio de Alarcón



I[editar]

Cubierto de gloria y de heridas en la guerra de Sucesión, y sin blanca en la faltriquera, como entonces acontecía a casi todos los héroes, tornó un día a su desmantelado castillo el noble barón de Mequinenza, a descansar de las duras fatigas de los campamentos y comerse en paz los pobres garbanzos vinculados a su título.

Dos palabras sobre el batallador y otras dos sobre su guarida.

Don Jaime de Mequinenza, barón de lo mismo, capitán que había peleado por los intereses de Luis XIV, era a la sazón un hombre de treinta y cinco años, alto, hermoso, rudo, valiente, emprendedor, poco letrado, pero locuaz en extremo y muy aficionado a las aldeanas bonitas. Añadid que era huérfano, unigénito y solterón, y acabaréis de formar idea de nuestro hidalgo aragonés.

En cuanto a su castillo, era su vivo retrato en todo..., menos en lo fuerte; mas por lo que toca a soledad y pobreza y altanería, ¡vive Dios que no le iba en zaga! Figuráoslo (y digo figuráoslo porque ya se ha hundido medio edificado y medio tallado en una roca que lamían de una parte las ondas del río Ebro, y que se reclinaba por la otra sobre una montaña..., que allá seguía remontándose a las nubes.

Al pie de este peñasco había una docena de casas y chozas habitadas por los vasallos del barón, o sea por los labradores de los cuatro majuelos que constituían sus Estados. De la aldea al castillo subíase por quince rampas que terminaban en un foso con puente levadizo. Alimentaba de agua este foso una sangría hecha en el Ebro media legua al norte de la fortaleza; sangría que, convertida en ruidoso torrente, volvía a precipitarse en el opulento río.

Ítem: enclavada en un inaccesible flanco de la montaña, separada del castillo por este salto de agua y, como él, colgada sobre el Ebro, había otra roca más pequeña, que coronaban una cabaña y un huertecillo, fundados allí por la temeraria mano del hombre.

Un ancho tablón de nogal enlazaba por vía de puente el castillo y la cabaña; de modo que, si imposible era llegar al primero una vez alzado el rastrillo, más imposible era llegar a la segunda, suprimido que fuera el tablón.

Ya hemos dicho que en la roca feudal vivía don Jaime de Mequinenza: falta decir que en la roca feudataria habitaba un pescador de anguilas, que se estaba haciendo rico merced al atrevido pensamiento de formar su choza en aquel solitario y amenazado paraje.

Damián, que así se llamaba el pescador, había ideado colgar del puentecillo una vastísima red, al través de cuya dilatada manga saltase la cascada, sirviendo de funda, por decirlo así, las mallas a las aguas. Mediante este artificio, todas las anguilas que, arrastradas por la corriente, se veían obligadas a dar aquel salto para volver al Ebro, que fue su cuna, quedaban presas en las redes de Damián, quien las vendía en los pueblos circunvecinos a precio tan corto, como corto era el trabajo que le costaba pescarlas.

Y pues ya conocemos el teatro de nuestra historia, pasemos a más íntimas investigaciones.


II[editar]

Hemos dicho que Damián se estaba haciendo rico en tan pingües copos; pero hemos olvidado decir que Damián, como otros muchos hombres, había cometido la torpeza de casarse con una muchacha muy linda, muy graciosa y muy amiga de componerse; con una coqueta natural, en una palabra; o, si queréis mejor, con una coqueta nativa.

Carmela, variante amoroso de Carmen; Carmelita (él la llamaba así) era una rústica hija de aquella aldea, que ni sabía leer ni le hacía falta; pero que hubiera tentado al mismo San Antonio si este anacoreta no estuviese auxiliado de la Gracia de Dios.

Y es que ella tenía toda la gracia del diablo.

Era rubia, como acontece siempre en casos semejantes, pequeñita de cuerpo, apretada de carnes y más esbelta que un junco. De la cintura para arriba parecía una maceta de flores... ¡Qué pechazo!, ¡qué hombros!, ¡qué garganta!, ¡qué cabeza!... Y de la cintura para abajo, ¡qué caderas!, ¡qué andar!, ¡qué pisada!, ¡qué meneo! Blanca como la nieve, colorada como las tardes de mayo, sana como el aire de aquellas alturas, amorosa como una codorniz enjaulada, tenía un juego de boca, y una caída de ojos, y unas manos, y una trenza, y unos tobillos que, como dice Salvador, poeta de Granada, hablando de otros pies:


¡Desde allí al Cielo!

¡Ay, Carmen, Carmela, Carmelita! ¿Qué había de hacer el pobre Damián, sino adorarte y esconderte en el pico de una roca, allí donde estabas defendida del mundo por un castillo feudal, donde nadie podía visitarte de día sin que lo viese todo el pueblo, ni rondar de noche tu cabaña, como no fuese a quinientos pies por debajo de ella?

Pero como las muchachas del mérito de Carmela coquetean consigo mismas cuando no pueden coquetear con el prójimo, sucedía que, a pesar de vivir sola y sin ser vista de nadie más que alguna noche por su marido, gastaba el precio de todas las anguilas del Ebro en delantales, basquiñas, zarcillos, tumbagas y otras cosas en que el pobre Damián no se fijaba nunca, dado que la pícara las usase delante de él.

Penetrada quizás de su alta misión en el mundo, Carmela se adornaba todos los días como para ir a un baile, y se sentaba a la puerta de su choza. Allí la veían los pájaros, los tomillos y los cielos..., ¡nada más! Pero ella esperaba tranquila la hora de su destino. El castillo, única vecindad de la cabaña, se hallaba completamente deshabitado (nos referimos al estado de las cosas antes de la vuelta de don Jaime de Mequinenza), y desde el valle no se distinguía a la pescadora sino como una gran flor de colores colgada en la ladera del abismo... ¡Por el aire, pues, debía venir el amante que esperaba tan emperejilada Carmelita, suponiendo que Carmelita desease en efecto tener un amante!

-¿Conque Carmela no amaba a su marido? -exclamaréis acaso...

-¡Qué sé yo! Sólo puedo deciros que era muy bonita y vivía muy sola, pues Damián pasaba la mayor parte del tiempo vendiendo anguilas por la comarca...

Además, él le tenía prohibido que bajase a la aldea durante sus ausencias; y ella obedecía ciegamente a su marido..., porque así lo manda Dios... y porque no le agradaban a tan pulida señora los rústicos y zafios aldeanos.

Me diréis que Damián era también un rústico y zafio aldeano, y que, por consiguiente, acabo de decir que no le gustaba a Carmelita...

¡Pues bien! ¡No le gustaba!

Ni ¿cómo había de gustarle un hombre soez y mal vestido, con las manos llenas de callos y espinas, quemado del sol, curtido por la lluvia y oliendo a pescado a una vara de distancia, a ella, tan pulcra, tan elegante, tan presumida como una madrileña?

¡Es verdad que si el pobre pescador estaba poco compuesto, consistía en que la bella señora lo estaba mucho; es verdad que si el marido trabajara menos, a fin de cuidar algo sus manos, la mujer tendría que trabajar más, echando a perder las suyas; es muy verdad que con aquel pescado que olía tan mal se pagaban aquellos jabones que olían tan bien!... Pero ¿quién hace reflexionar a una mujer, y sobre todo a una mujer de diecinueve años, tan bonita, ligera y graciosa como los siete colores del arco iris?

¡Ah! La gratitud es un sentimiento demasiado incómodo para una persona prendada de sí misma, y la justicia una idea demasiado seria para una muchacha que se ríe sola. ¡Y Carmelita solía reírse a solas, al espejo!

Todo esto significaba o quiere significar, en último resultado, que la bella pescadora se enamoró de don Jaime de Mequinenza desde que en la aldea cundió la voz de que el caballero tornaba victorioso a su castillo...

Volvió don Jaime, en efecto; y como él la amaba ya en especie, según diría un escolástico, no necesitó más que verla para adorarla.

Damián, entretanto, pescaba anguilas.

Sin embargo, desde que el barón volvió a su castillo, una vaga inquietud se había despertado en el alma del celoso; y era que, por muy arraigado que estuviese en su corazón y en el de toda su familia el respeto a sus naturales señores, no podía menos de pensar en que don Jaime era muy enamorado y su mujer muy bonita, y en que el castillo y la cabaña no estaban tan distantes como la cabaña y la aldea, sobre todo teniendo en cuenta el puentecillo de nogal...

Así es que Damián, pretextando tener reumatismo en una pierna, había tomado un mozo que vendiese las anguilas y no abandonaba ya la cabaña casi nunca.

Y a fe, a fe, que si hemos de decir la verdad, el pescador no andaba muy descaminado en punto a temores...

Don Jaime y Carmelita estaban ya cansados de telégrafos, como se dice hoy, y enamorados perdidamente uno de otra y otra de uno, como ha sucedido siempre entre dos que se miran y no se hablan. El platonismo se les hacía insoportable, la distancia inmensa, el puentecillo transitable..., y esperaban con ansia el primer viaje de Damián para tener una entrevista a solas: en todo lo cual habían convenido por señas, y también por adivinación...

Conque pasemos adelante.


III[editar]

Era una hermosísima tarde de mayo.

Los dos esposos tomaban el sol a la puerta de su choza.

Aquel sol que se ponía hace siglo y medio es el mismo que todos conocéis. Diremos, sin embargo, que aquella tarde se ocultaba tras las montañas con tanta lentitud y majestad como si no pensara volver a salir nunca.

Era uno de esos momentos augustos en que parece que el tiempo se ha parado. Era una de tantas fiestas de la Naturaleza como no pasan a la Historia; uno de esos días radiantes y solemnes en que se cree que el mundo ha llegado por primera vez al apogeo de su hermosura, y que todo el tiempo anterior ha sido un período de adolescencia, así como todo el tiempo que ha de venir un descenso, un desmejoramiento, un envejecer penoso que terminará en la nada. Era, en fin, esa hora melancólica en que el ánimo asiste a la tragedia de la muerte del día como a un espectáculo nuevo y que no se ha de repetir; hora en que, si por acaso recordáis a los seres que conocisteis y murieron, sentís vergüenza de vivir una vida que ellos dejaron.

Carmela y Damián miraban extáticos aquel sol, cuyos últimos rayos teñían el horizonte de no sé qué luz profética, que iba a reflejarse allá en su conturbado espíritu. Por inculta y tosca que fuese su naturaleza, ambos sentían en aquel instante, quizá por la excitación a que habían llegado sus almas, que la puesta del sol no debía serles tan indiferente como en los demás días; que era para ellos aquella hora, hora crítica y predestinada, hora de misterio o de fatalidad. Y tal vez por lo mismo que su limitado espíritu no les permitía darse cuenta de lo que experimentaban, ni analizar las informes imágenes de vida y muerte, de pasadas venturas y presentidos dolores que veían amontonarse hacia Oriente a medida que el sol se hundía en el Ocaso, era mayor la turbación y la angustia de los dos criminales, que callaban, temerosos de revelarse sus secretos, y ni se miraban ni extrañaban esta recíproca reserva.

Y es que, en ciertos momentos trágicos, se despierta en nosotros una facultad más lúcida que la inteligencia e independiente del albedrío; y esta facultad, que concibe y ejecuta por sí sola, había establecido ya, entre la esposa que meditaba el adulterio y el celoso que proyectaba el asesinato, una especie de transacción que les servía de tácito convenio, o indeliberada complicidad, para que ni el uno ni el otro extrañase un silencio tan largo y tan injustificado a primera vista.

Cuando ya se puso el sol completamente, ambos respiraron con fuerza, como quien termina una tarea de muchas horas. El pacto estaba firmado. La resolución de los dos era tan irrevocable como la muerte de aquel día...

Entonces se miraron ya sin miedo ni reserva.

Damián hizo más... Alzó los ojos al castillo con gran frescura, y saludó al señor barón, que tenía fija la mirada en Carmelita.

Ésta saludó también al caballero con suma naturalidad.

Damián, que lo viera, estiró la pierna del reumatismo, y exclamó, sonriéndose:

-¡Pues señor! Estoy completamente bueno. Me voy a dar una vuelta por la aldea. Pasaré allí la noche, viendo si cobro unos maravedises, y volveré mañana por la mañana temprano a recoger la pesca que caiga esta noche. ¡Ea, Carmelita! ¡Quédate con Dios!

-Adiós, Damián... -dijo Carmelita maquinalmente.

Nunca se habían despedido los dos esposos de esta manera... Pero no repararon en ello.

Damián cogió el sombrero y un palo; atravesó el puente de nogal y penetró en los fosos del castillo... en busca del sendero que bajaba a la aldea.

Todavía doraba el sol el pico de una montaña muy distante.


IV[editar]

Ocho horas después, estaba el sol de vuelta en la puerta de la cabaña.

Toda la tristeza y seriedad con que se puso el día anterior habían sido pura farsa.

Allí se hallaba otra vez, más alegre que nunca, rubio como unas candelas, trepando por el cielo con la misma indecisión que si fuera la vez primera que hacía el viaje, y esparciendo vida y alborozo dondequiera que penetraban sus rayos. Brillaba el agua, cacareaban las gallinas, rasgábanse las brumas del Ebro como velos de gasa, volaban los pájaros más perezosos, y bullían los ganados y los pastores en el fondo de los valles.

Era, en efecto, el mismo sol; el cual, durante aquellas ocho horas de ausencia, había atravesado el océano, dado las doce en América, servido de dios a los idólatras del mar Pacífico, alumbrado algunos matrimonios en la China, tostado las especias del Indostán, besado las piedras del Santo Sepulcro, y marcado la hora de la muerte a algunos griegos modernos, viniendo ahora, lleno de curiosidad, a saber qué había sido de aquellos dos pescadores del Alto Aragón que dejó sentados la tarde antes a la puerta de su cabaña.

En cuanto a Damián, podemos decir que también se hallaba aquella mañana más contento que la tarde anterior, si hemos de juzgar por lo juguetón y alegre que subía las rampas del castillo, seguido de otros pescadores, cantando la jota más villana de aquel país.

Llegaron al puente levadizo, que estaba ya levantado; atravesaron la fortaleza, que aún yacía en silencio, y llegaron a la explanada fronteriza a la cabaña de Damián.

-¡Bien ruge la cascada! -dijo un pescador.

-¿Y el puentecillo? -preguntó Damián.

-¡Es verdad! ¡Mira!..., ¡mira!...; ¡se ha desmoronado por las dos cabezas!... Es que se ha hundido.

-¿Cómo ha podido ser? ¡Un tablón de nogal tan largo y tan pesado!

-Tendré que comprar hoy otro... -repuso Damián indiferentemente-. ¡Conque, chicos, ayudadme a sacar este par de copos antes que sea más tarde!

Y reanudando su interrumpida canción, empezó a tirar de las redes de un copo.

-¡Diablo! ¡Cómo pesa!... -exclamó un pescador-. ¡Oh!, ¡has hecho gran cogida!

-¡Lo menos diez arrobas! -dijo un segundo-. Buena pesca!

-¡Ya lo creo! -añadió otro-. ¡Habrá pescado el puente de nogal!

Damián se sonrió.

-¿Decís que ese copo pesa? -gritó entonces otro pescador, que tiraba de la segunda red-. ¡Pues éste no se queda atrás! ¡Lo menos tiene doce arrobas!...

-¡Buen par de peñones habrán entrado en las mangas! -dijo un envidioso.

Damián estaba sombrío, trémulo, espantoso.

-¡Conque los dos copos pesan lo mismo!... -murmuró-. ¡No puede ser!...

Y con lentos pasos se dirigió a la cabaña...

En esto empezó a aparecer el primer copo.

Dentro de él se hallaba, en efecto, el tablón de nogal; pero no entero, sino la mitad exacta.

¡Era indudable que el puentecillo había sido aserrado aquella noche!

Aún no se habían repuesto los pescadores de su asombro, cuando retrocedieron espantados y dando gritos.

A estos gritos respondió en la cabaña, como un eco, un alarido terrible, pavoroso...

Y Damián apareció en la puerta, con los cabellos erizados y la mirada estúpida, riendo como una furia escapada del infierno.

Los pescadores habían visto en el fondo de la primera red el cadáver de don Jaime...

Damián había encontrado desierta su choza e intacto el lecho de Carmelita...

¡Y era que Carmelita estaba en la segunda red, con la otra mitad del puente de nogal!

-¡Ella también! ¡No contaba yo con tanto! ¡No quería yo eso! ¡Quería guardarla para mí, aunque fuera mala! ¡Ella también! ¡También mi Carmen! ¡Buena pesca! -gritó Damián entre salvajes risotadas y con toda la fuerza de sus pulmones.

Y corrió a encerrarse en la cabaña.

Cuando la justicia entró a prenderlo, halló que estaba armado de un serrucho, cortándose la mano derecha y gritando con infernal alegría:

-¡Buena Pesca! ¡Buena pesca!

Estaba loco.


Guadix, 1854.

Las dos glorias[editar]

Las dos glorias
de Pedro Antonio de Alarcón



Un día que el célebre pintor flamenco Pedro Pablo Rubens andaba recorriendo los templos de Madrid acompañado de sus afamados discípulos, penetró en la iglesia de un humilde convento, cuyo nombre no designa la tradición.

Poco o nada encontró que admirar el ilustre artista en aquel pobre y desmantelado templo, y ya se marchaba renegando, como solía, del mal gusto de los frailes de Castilla la Nueva, cuando reparó en cierto cuadro medio oculto en las sombras de feísima capilla; acercóse a él, y lanzó una exclamación de asombro.

Sus discípulos le rodearon al momento, preguntándole:

- ¿Qué habéis encontrado, maestro?

- ¡Mirad! -dijo Rubens señalando, por toda contestación, al lienzo que tenía delante.

Los jóvenes quedaron tan maravillados como el autor del "Descendimiento".

Representaba aquel cuadro la "Muerte de un religioso". Era éste muy joven, y de una belleza que ni la penitencia ni la agonía habían podido eclipsar, y hallábase tendido sobre los ladrillos de su celda, velados ya los ojos por la muerte, con una mano extendida sobre una calavera, y estrechando con la otra, a su corazón, un crucifijo de madera y cobre.

En el fondo del lienzo se veía pintado otro cuadro, que figuraba estar colgado cerca del lecho de que se suponía haber salido el religioso para morir con más humildad sobre la dura tierra.

Aquel segundo cuadro representaba a una difunta, joven y hermosa, tendida en el ataúd entre fúnebres cirios y negras y suntuosas colgaduras....

Nadie hubiera podido mirar estas dos escenas, contenida la una en la otra, sin comprender que se explicaban y completaban recíprocamente. Un amor desgraciado, una esperanza muerta, un desencanto de la vida, un olvido eterno del mundo: he aquí el poema misterioso que se deducía de los dos ascéticos dramas que encerraba aquel lienzo.

Por lo demás, el color, el dibujo, la composición, todo revelaba un genio de primer orden.

- Maestro, ¿de quién puede ser esta magnífica obra? -preguntaron a Rubens sus discípulos, que ya habían alcanzado el cuadro.

- En este ángulo ha habido un nombre escrito (respondió el maestro); pero hace muy pocos meses que ha sido borrado. En cuanto a la pintura, no tiene arriba de treinta años, ni menos de veinte.

- Pero el autor....

- El autor, según el mérito del cuadro, pudiera ser Velazquez, Zurbarán, Ribera, o el joven Murillo, de quien tan prendado estoy.... Pero Velazquez no siente de este modo. Tampoco es Zurbarán, si atiendo al color y a la manera de ver el asunto. Menos aún debe atribuirse a Murillo ni a Ribera: aquél es más tierno, y éste es más sombrío; y, además, ese estilo no pertenece ni a la escuela del uno ni a la del otro. En resumen: yo no conozco al autor de este cuadro, y hasta juraría que no he visto jamás obras suyas. Voy más lejos: creo que el pintor desconocido, y acaso ya muerto, que ha legado al mundo tal maravilla, no perteneció a ninguna escuela, ni ha pintado más cuadro que éste, ni hubiera podido pintar otro que se le acercara en mérito.... Ésta es una obra de pura inspiración, un asunto "propio", un reflejo del alma, un pedazo de la vida.... Pero.... ¡Qué idea! ¿Queréis saber quién ha pintado ese cuadro? ¡Pues lo ha pintado ese mismo muerto que veis en él!

- ¡Eh! Maestro.... ¡Vos os burláis!

- No: yo me entiendo....

- Pero ¿cómo concebís que un difunto haya podido pintar su agonía?

- ¡Concibiendo que un vivo pueda adivinar o representar su muerte! Además, vosotros sabéis que profesar "de veras" en ciertas Órdenes religiosas es morir.

- ¡Ah! ¿Creéis vos?...

- Creo que aquella mujer que está de cuerpo presente en el fondo del cuadro era el alma y la vida de este fraile que agoniza contra el suelo; creo que, cuando ella murió, él se creyó también muerto, y murió efectivamente para el mundo; creo, en fin, que esta obra, más que el último instante de su héroe o de su autor (que indudablemente son una misma persona), representa la profesión de un joven desengañado de alegrías terrenales....

- ¿De modo que puede vivir todavía?...

- ¡Sí, señor, que puede vivir! Y como la cosa tiene fecha, tal vez su espíritu se habrá serenado y hasta regocijado, y el desconocido artista sea ahora un viejo muy gordo y muy alegre.... Por todo lo cual ¡hay que buscarlo! Y, sobre todo, necesitamos averiguar si llegó a pintar más obras.... Seguidme.

Y así diciendo, Rubens se dirigió a un fraile que rezaba en otra capilla y le preguntó con su desenfado habitual:

- ¿Queréis decirle al Padre Prior que deseo hablarle de parte del Rey?

El fraile, que era hombre de alguna edad, se levantó trabajosamente, y respondió con voz humilde y quebrantada:

- ¿Qué me queréis? Yo soy el Prior.

- Perdonad, padre mío, que interrumpa vuestras oraciones (replicó Rubens). ¿Pudierais decirme quién es el autor de este cuadro?

- ¿De ese cuadro? (exclamó el religioso.) ¿Qué pensaría V. de mí si le contestase que no me acuerdo?

- ¿Cómo? ¿Lo sabíais, y habéis podido olvidarlo?

- Sí, hijo mío, lo he olvidado completamente.

- Pues, padre... (dijo Rubens en són de burla procaz), ¡tenéis muy mala memoria!

El Prior volvió a arrodillarse sin hacerle caso.

- ¡Vengo en nombre del Rey! -gritó el soberbio y mimado flamenco.

- ¿Qué más queréis, hermano mío? -murmuró el fraile, levantando lentamente la cabeza.

- ¡Compraros este cuadro!

- Ese cuadro no se vende.

- Pues bien: decidme dónde encontraré a su autor....Su Majestad deseará conocerlo, y yo necesito abrazarlo, felicitarlo..., demostrarle mi admiración y mi cariño....

- Todo eso es también irrealizable....Su autor no está ya en el mundo.

- ¡Ha muerto! -exclamó Rubens con desesperación.

- ¡El maestro decía bien! (pronunció uno de los jóvenes.) Ese cuadro está pintado por un difunto....

- ¡Ha muerto!... (repitió Rubens.) ¡Y nadie lo ha conocido! ¡Y se ha olvidado su nombre! ¡Su nombre, que debió ser inmortal! ¡Su nombre, que hubiera eclipsado el mío! Sí; "el mío"..., padre.... (añadió el artista con noble orgullo.) ¡Porque habéis de saber que yo soy Pedro Pablo Rubens!

A este nombre, glorioso en todo el universo, y que ningún hombre consagrado a Dios desconocía ya, por ir unido a cien cuadros místicos, verdaderas maravillas del arte, el rostro pálido del Prior se enrojeció súbitamente, y sus abatidos ojos se clavaron en el semblante del extranjero con tanta veneración como sorpresa.

- ¡Ah! ¡Me conocíais! (exclamó Rubens con infantil satisfacción.) ¡Me alegro en el alma! ¡Así seréis menos fraile conmigo! Conque... ¡vamos! ¿Me vendéis el cuadro?

- ¡Pedís un imposible! -respondió el Prior.

- Pues bien: ¿sabéis de alguna otra obra de ese malogrado genio? ¿No podréis recordar su nombre? ¿Queréis decirme cuándo murió?

- Me habéis comprendido mal.... (replicó el fraile.)--Os he dicho que el autor de esa pintura no pertenece al mundo; pero esto no significa precisamente que haya muerto....

- ¡Oh! ¡Vive! ¡vive! (exclamaron todos los pintores.) ¡Haced que lo conozcamos!

- ¿Para qué? ¡El infeliz ha renunciado a todo lo de la tierra! ¡Nada tiene que ver con los hombres!... ¡nada!...--Os suplico, por tanto, que lo dejéis morir en paz.

- ¡Oh! (dijo Rubens con exaltación.) ¡Eso no puede ser, padre mío! Cuando Dios enciende en un alma el fuego sagrado del genio, no es para que esa alma se consuma en la soledad, sino para que cumpla su misión sublime de iluminar el alma de los demás hombres. ¡Nombradme el monasterio en que se oculta el grande artista, y yo iré a buscarlo y lo devolveré al siglo! ¡Oh! ¡Cuánta gloria le espera!

- Pero... ¿y si la rehusa? -preguntó el Prior tímidamente.

- Si la rehusa acudiré al Papa, con cuya amistad me honro, y el Papa lo convencerá mejor que yo.

- ¡El Papa! -exclamó el Prior.

- ¡Sí, padre; el Papa! -repitió Rubens.

- ¡Ved por lo que no os diría el nombre de ese pintor aunque lo recordase! ¡Ved por lo que no os diré a qué convento se ha refugiado!

- Pues bien, padre, ¡el Rey y el Papa os obligarán á decirlo! (respondió Rubens exasperado.) -Yo me encargo de que así suceda.

- ¡Oh! ¡No lo haréis! (exclamó el fraile.) ¡Haríais muy mal, señor Rubens! Llevaos el cuadro si queréis; pero dejad tranquilo al que descansa. ¡Os hablo en nombre de Dios! ¡Sí! Yo he conocido, yo he amado, yo he consolado, yo he redimido, yo he salvado de entre las olas de las pasiones y las desdichas, náufrago y agonizante, a ese grande hombre, como vos decis, a ese infortunado y ciego mortal, como yo le llamo; olvidado ayer de Dios y de sí mismo, hoy cercano a la suprema felicidad!... ¡La gloria!... ¿Conocéis alguna mayor que aquélla a que él aspira? ¿Con qué derecho queréis resucitar en su alma los fuegos fatuos de las vanidades de la tierra, cuando arde en su corazón la pira inextinguible de la caridad? ¿Creéis que ese hombre, antes de dejar el mundo, antes de renunciar a las riquezas, a la fama, al poder, a la juventud, al amor, a todo lo que desvanece a las criaturas, no habrá sostenido ruda batalla con su corazón? ¿No adivináis los desengaños y amarguras que lo llevarían al conocimiento de la mentira de las cosas humanas? Y ¿queréis volverlo a la pelea cuando ya ha triunfado?

- Pero ¡eso es renunciar a la inmortalidad! -gritó Rubens.

- ¡Eso es aspirar a ella!

- Y ¿con qué derecho os interponéis vos entre ese hombre y el mundo? ¡Dejad que le hable, y él decidirá!

- Lo hago con el derecho de un hermano mayor, de un maestro, de un padre; que todo esto soy para él.... ¡Lo hago en el nombre de Dios, os vuelvo a decir! Respetadlo..., para bien de vuestra alma.

Y, así diciendo, el religioso cubrió su cabeza con la capucha y se alejó a lo largo del templo.

- Vámonos -dijo Rubens. Yo sé lo que me toca hacer.

- ¡Maestro! (exclamó uno de los discípulos, que durante la anterior conversación había estado mirando alternativamente al lienzo y al religioso.) ¿No creéis, como yo, que ese viejo frailuco se parece muchísimo al joven que se muere en este cuadro?

- ¡Calla! ¡Pues es verdad! -exclamaron todos.

- Restad las arrugas y las barbas, y sumad los treinta años que manifiesta la pintura, y resultará que el maestro tenía razón cuando decía que ese religioso muerto era a un mismo tiempo retrato y obra de un religioso vivo. Ahora bien: ¡Dios me confunda si ese religioso vivo no es el Padre Prior!

Entretanto Rubens, sombrío, avergonzado y enternecido profundamente, veía alejarse al anciano, el cual lo saludó cruzando los brazos sobre el pecho poco antes de desaparecer.

- ¡Él era, sí!... (balbuceó el artista.) ¡Oh!... Vamonos.... (añadió volviéndose a sus discípulos.) ¡Ese hombre tenía razón! ¡Su gloria vale más que la mía! ¡Dejémoslo morir en paz!

Y dirigiendo una última mirada al lienzo que tanto le había sorprendido, salió del templo y se dirigió a Palacio, donde lo honraban SS. MM. teniéndole a la mesa.


Tres días después volvió Rubens, enteramente solo, a aquella humilde capilla, deseoso de contemplar de nuevo la maravillosa pintura, y aun de hablar otra vez con su presunto autor.

Pero el cuadro no estaba ya en su sitio.

En cambio se encontró con que en la nave principal del templo había un ataúd en el suelo, rodeado de toda la comunidad, que salmodiaba el Oficio de difuntos....

Acercóse a mirar el rostro del muerto, y vió que era el Padre Prior.

- ¡Gran pintor fué!... (dijo Rubens, luego que la sorpresa y el dolor hubieron cedido lugar a otros sentimientos.)¡Ahora es cuando más se parece a su obra!

Madrid, 1858.


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Dos retratos[editar]

Dos retratos
de Pedro Antonio de Alarcón



«Yo fui, señor -dijo Borja-, gran pecador desde mi niñez,
y di muy mal ejemplo al mundo con mi vida.»
(FR. PRUDENCIO DE SANDOVAL.)


I[editar]

Distante pocas horas de Plasencia alzábase entre feraces campos y frondosísimo huerto, allá por los años de Cristo de 1557, un magnífico monasterio de solitarios de San Jerónimo.

Era una de esas benditas mañanas en que la transparencia del cielo descubre infinitos horizontes a la limitada vista de los mortales, mientras que la elasticidad del aire embalsamado y tibio permite oír mejor los augustos rumores de la soledad: una de esas mañanas, tranquilas como sosegada laguna, en que el ayer se ve claro al través de las brumas de lo presente, y profundiza la memoria en el cenagoso fondo de la conciencia, teatro, ya desierto, de las alegrías pasadas; una de esas mañanas en que lloran los viejos, no sé si de tristeza porque recuerdan la mañana de su vida, o de júbilo y amor a Dios al ver que aún viven en mundo tan hermoso; mañanas en que sienten más los pechos enamorados, y creen más los corazones fieles al Altísimo, y lloran insensiblemente los tristes y desamados, y se encuentran más solos los huérfanos y los peregrinos; mañanas en que el corazón del hombre se dilata al par del Cielo y de la Tierra, y vienen al alma más vivos y melancólicos que nunca los recuerdos de los seres queridos que nos arrebató la muerte...

Tal fue aquella mañana, pasada hace ya tres siglos.

A eso de las once brillaba el sol tan alegremente sobre los muros del convento, piaban los gorriones con tan completa tranquilidad, era tan dulce el susurro del agua, parecía, en fin, tan dichoso todo lo criado, que nadie hubiera podido ver aquellos lugares sin envidiar la existencia pacífica de los padres jerónimos, y sentir vagos deseos de abandonar para siempre las cosas del mundo, tan agitadas y revueltas en aquel entonces...

Tales debían de ser los pensamientos de dos personajes que, asomados a una ventana de la fachada meridional del edificio, llevaban media hora de no hablar palabra, sumidos como estaban en la contemplación de aquella apacible y deliciosa soledad.

Ninguno de estos dos personajes vestía el hábito de la Orden jerónima. Uno de ellos llevaba el traje negro talar que aún usan nuestros sacerdotes, y el otro una humilde ropilla negra, sin espuela, armas, ni ningún distintivo que pudiera dar a conocer su condición en el mundo.

El eclesiástico tenía cuarenta y seis años, pero aparentaba muchos más. Su cabeza, aristocrática y hermosa, parecía pulimentada por el dolor, la reflexión y el estudio; érase una cabeza amarilla, medio calva y medio cana, surcada de arrugas y cruzada por hinchadas venas, prominentes, que indicaban fortaleza y resolución, viniendo a ser, para quien conociera la vida de aquel hombre, las tirantes bridas con que una voluntad de hierro tenía a raya sus pasiones.

El seglar era, a los cincuenta y seis años de edad, un hombre decrépito, pero no un anciano. Su elevada estatura se encorvaba ya hacia la tierra, tanto por un ligero vicio de conformación, como agobiada por largos días de rudos trabajos: conocíase a primera vista que sobre aquellos robustos hombros había pesado un mundo de trabajos, así como sobre la frente del otro un mundo de pensamientos. Aquel caballero de tan humilde apariencia tenía la mirada dura y fija, peculiar de las águilas y de ciertas razas identificadas con la superioridad por la costumbre de ejercerla. Su barba gris, de corte cuadrado, ocultaba una boca sin dientes, hundida por esta causa y por la rara configuración de las mandíbulas; su cabeza, en fin, algo calva, y pelada además a punta de tijera, más parecía germánica que española, a juzgar por la forma de los pómulos y de la frente.

Hemos dicho que estos dos personajes llevaban media hora de silencio y meditación en la ventana del convento.

El de la ropilla negra seguía con los ojos a un águila que había recorrido todo el horizonte, dominado todas las alturas e invadido más de una vez regiones del aire en que apenas la alcanzaba la vista. Cuando la reina de las aves hubo al fin tramontado la última cumbre y desaparecido hacia otro horizonte, el que la había estado observando dio un suspiro, como quien termina alguna penosa tarea, y dijo a su compañero:

-Creo, hermano Francisco, que moriré pronto...

-Señor... -murmuró el clérigo estremeciéndose.

-¡No hay más Señor que el del Cielo y Tierra! -exclamó el de la barba gris-. ¡Llámame hermano! ¡Ay! -continuó, sin dar tiempo a que el otro le replicara-. ¡Cuán pequeño me vi el día que abandoné el mundo de los hombres! ¿Te acuerdas de 1542?

-¡Me acuerdo! -respondió el padre Francisco.

-Estábamos en Monzón, y marchábamos al socorro de Perpignan. ¡Hace quince años! Tú y yo, vestidos de hierro y oro, llenos de juventud y energía, soñábamos con la gloria de la Tierra... Mi nombre atronaba el Universo. Mi fama había salvado todas las cumbres, como ese águila que acaba de desaparecer por el Mediodía... Pero ¡ay!, nunca se remontó hacia el cielo tanto como ella...

-¡Oh, Carlos! ¡Qué grande sois en este momento a los ojos de la Eterna Sabiduría!

Carlos sonrió melancólicamente, y dijo:

-¡Nadie más que tú sabrá en el mundo las verdaderas causas de mi reclusión! Mentirá la Historia una vez más, y yo volveré a ser polvo como aquella que me dejó para siempre... ¿Te acuerdas de Isabel? ¿Habrá existido mujer más hermosa que la emperatriz?

Francisco palideció al escuchar este nombre.

Entretanto, Carlos murmuraba ya otros en el fondo de su corazón.

-Era el Viernes Santo... -prosiguió luego incoherentemente, como si hablara solo-. Había yo vuelto victorioso de Italia y acababa de perder a Argel. Paseábame por una calle de cipreses del monasterio de la Mejorada... ¡Yo creo que Dios se me apareció aquel día, como a San Pablo, gritándome: Carole! Carole! Quid me persequeris? Ayuné hasta la noche, y lloré... Cuando volví a mi alojamiento aún pesaba la mano de Dios sobre mi corazón, que desde entonces late ya resignado y tranquilo. ¡Había formado la resolución de retirarme a un convento!

En este instante dieron las doce en cinco relojes que había en la celda. Todos los bronces sonaron a un tiempo con asombrosa precisión.

No obstante, Carlos se impacientó mucho al mirar las muestras.

-¡Nunca -dijo- las pondré en perfecto acuerdo! ¡Lo mismo acontece con los hombres! Sentémonos, Francisco, y dime el objeto de tu visita. Hablemos ante todo de ti... ¿De dónde vienes?

-De Roma.

-¿Qué te ha dicho el Padre Santo?

-He vuelto a rehusar el capelo; pero he obtenido de Su Santidad cuanto deseaba en favor de la COMPAÑÍA. ¡Si Dios ayuda a nuestros herederos, habremos logrado lo que vos intentáis inútilmente con vuestros relojes!

-¿Qué habréis logrado, pues?

-¡Poner de acuerdo dos cosas: el Cielo con la Tierra! Loyola será canonizado.

-Y tú también, Francisco.

-Yo no... Yo fui, señor, gran pecador desde mi niñez, y di muy mal ejemplo al mundo con mi vida; y si vengo a vos desde tan lejos, es porque, para acallar los gritos de mi conciencia, necesito que me perdonéis.

Y el clérigo se arrodilló humildemente delante del caballero.

Éste lo alzó, estrechólo en sus brazos y le dijo con dulzura:

-Habla, Francisco: desde el claustro se perdona todo, porque todo es nada. ¡Así me perdone Dios tantos y tantos errores como me hicieron cometer la vanidad mundana y la concupiscencia!

Y los nombres que retumbaban en su corazón llegaron a estremecer sus labios... Pero no los pronunció en voz alta.

Francisco habló de esta manera:

II[editar]

«-Sabéis, señor, la historia de mi desacertada juventud. Primogénito de una de las más ilustres casas de España, y nieto, como vos, de Fernando V el Católico; criado en la corte al lado de vuestra hermana Catalina, como su paje de honor; halagado por la suerte; vencedor en los combates; bien mirado de las damas, mi soberbia creció con los años a tal punto que, cuando apenas tenía uso de razón, a la edad de dieciséis años..., ¡ay, insensato!, había olvidado a Dios.

»La vida de la Tierra se me ofrecía tan agradable y tentadora, que reduje a ella las miras de mi espíritu; mas pronto toqué la vanidad y la amargura de los placeres mundanales, y halléme sin Cielo ni Tierra, solo en el vacío de mis desengaños, joven y robusto como el primer hombre, pero más desgraciado que él, puesto que yo había perdido dos paraísos, el terrenal y el eterno, sin que me quedaran para consuelo el trabajo, la ignorancia, la curiosidad y una compañera del corazón. ¡Ay! Mi tristeza no tenía límites. Mi alma me pedía alimento a grandes gritos, y yo no tenía alimento que darle. El ocio, pues, el hastío, el cansancio, la duda, corroyeron las fibras de mi corazón, que se quedó aislado y huérfano en medio de mi pecho, como una isla desierta en medio de los mares...

»Nacido al amor y a la caridad, sin objeto a que consagrar mi ternura, no bastante desgraciado todavía para conocer que sólo en Dios podía hallar el descanso y la nutrición de mi espíritu, buscaba en vano por la Tierra alguna cosa digna de mi amor, de mi aspecto, de mi fe, de mi religiosidad. ¡Perdonadme, césar! Todo esto lo encontré en vuestra esposa.»

Carlos arrugó la frente.

El jesuita bajó la suya y besó la mano al caballero.

-Continuad, padre -dijo éste con sequedad.

-¡Oh, qué penosa confesión! -exclamó el sacerdote-. Y ¡cómo la necesitaba mi conciencia! Pero tranquilizaos, señor... ¡La emperatriz... nos oye desde el Cielo!

-¡Duque, vete al diablo! -gruñó Carlos V, quien, al sonreírse, dejó ver la oscura cueva de su boca desdentada-. Cuenta..., cuéntame eso, que me parece muy curioso. ¡Conque te enamoraste de mi Haec habet et superat! ¡Bah! ¡Bah! ¡Nos prendimos a un rey de Francia y a un pontífice de Roma! ¡Je!... ¡Je!... ¡Los hombres somos peores que los diablos! Y ¿qué tal don Felipe, nuestro augusto sucesor? ¡Sabrás que soy un vasallo y le dirijo memoriales! ¡Ah! ¡Felipe es todo un hombre... que sabe no querer a su padre, a Carlos V, emperador de dos mundos! ¡Oh! ¡Mi Felipe será un gran rey..., particularmente para vosotros! ¡Yo no me hubiera atrevido a tanto! ¿A ver? ¡La una!... Voy a dar cuerda a mis relojes... -dijo, y se levantó, dejando atónito al jesuita.

Indudablemente el emperador había sentido algo como el aguijón de los celos.

Comprendiólo así el padre Francisco, y para reducir de nuevo a la seriedad a aquella fiera herida, díjole tristemente:

-Hermano Carlos..., he venido por vuestro perdón. ¡Pensad que sois cristiano... y hasta casi monje!

El emperador guardó silencio: arregló los relojes con prolijo cuidado, y tornó a sentarse, grave y majestuoso como si estuviese ante la Dieta.

-Habla -dijo.

San Francisco de Borja (pues así se llama hoy aquel jesuita) habló de la manera siguiente:


III[editar]

«-El día que os casasteis con la infanta de Portugal, estaba yo allí..., en la catedral de Sevilla. No sé si os acordáis.

»Llamasteis, señor, Las tres gracias a aquella inolvidable señora, la princesa más hermosa que ha conocido el mundo... ¿Qué mucho, pues, ¡oh majestad!, que yo la encontrase digna de la adoración que rehusaba a Dios y a sus criaturas?

»Sus hechizos, su virtud, su grandeza y, sobre todo, la idea de que nunca sería para mí ni tan siquiera una de sus miradas dieron cuerpo al deseo indeterminado que perseguía mi alma en la soledad de mi existencia. ¡En amarla empleé toda mi fuerza, toda la fe, toda la vida que me abrumaba por falta de objeto! Ya tenían rumbo mis ideas y alimento mis horas; ya no estaba vacío el mundo, pues se hallaba en él la emperatriz...

»Verla, seguirla a lo lejos, oír el acento de su voz, era mi cruz y mi paraíso. Al empezar a amarla la había perdido para siempre... ¡porque amaba lo irrealizable! Estaba, como el escultor de la fábula, enamorado de una piedra. ¡Esa piedra era lo imposible! ¡Tal fue y había de ser forzosamente el resultado de mi maldad y disipación!... ¡La soberbia, la rebeldía, el pecado de Lucifer!... Perdonadme, señor, por lo mucho que padecí entonces y por lo arrepentido que me veis ahora.»

El emperador estaba inmóvil, sombrío, no ya de celos, sino de remordimientos. Aquel amor insensato de que hablaba San Francisco, aquella lucha de una temeraria voluntad con lo prohibido, con lo vedado, con la manzana fatal de Eva, hallaba sin duda tristes resonancias en las cavernas de su memoria...

-¡Habla, Francisco, habla... -balbuceó-. Dime que fuiste débil...; que el demonio te hizo su esclavo...; que... Pero ¡ah! No, no lo digas. ¡A pesar de todo, yo amé siempre a mi mujer!

«-Podéis seguir amándola... -replicó el santo con inefable melancolía-. La emperatriz no conoció nunca el doloroso culto que yo le tributaba.

»Obtuve su amistad y la vuestra: vos añadisteis a mi título de duque de Gandía el de marqués de Lombay, y la emperatriz me hizo su caballerizo mayor. Desde entonces estuve a su lado, la vi a todas horas, me habitué a no tener esperanza, y adoré su rostro como los indios adoran al rey de los astros: mirándolo en silencio.

»Pero ¡ay!, ni este descanso me permitió la justa ira celestial... La emperatriz puso decidido empeño en que yo me casase con una de sus damas, con doña Leonor..., que ya mora en el santo asilo de los mártires, y yo obedecí... y me casé.

»De aquí en adelante, mi corazón fue un infierno. Mi esposa era digna, por sus virtudes y su hermosura, de que yo la hiciese feliz, y, visto que no podía lograrlo, decidí no hacerla desgraciada... Huí, pues, de la una y de la otra.»

-¡Ah!... -dijo Carlos V, apretando los labios, ya que no mordiéndoselos, porque esto era materialmente imposible-. ¡Te digo que serás canonizado!

«-Lancéme a la guerra... -prosiguió Borja-, demandando a las fatigas de la batalla la muerte o el olvido... ¡Inútil afán!

»Combatí con vos a Barbarroja en África; penetré en Francia a vuestro lado; llené mi vida de obligaciones: fui virrey de Cataluña y maestre de Santiago: pasó el tiempo... ¡Todo perdido para mi redención! La muerte me respetaba en las batallas. ¡Y la ausencia exasperaba mi amor, lejos de amortiguarlo!

»¡Y aún mi rebelde corazón no había intentado acudir al Eterno Padre de los hombres sin ventura! ¡Y aún no me había ocurrido apelar al sumo Dios!... ¡Ay! ¡Pronto vino el dolor en ayuda de mi fe vacilante!

»Llegó el año de 1539...»

El emperador se estremeció al escuchar esta fecha.

«-Hallábame yo en Toledo... -prosiguió Borja-. Era el 1 de mayo, día de San Felipe y Santiago, jueves... Hacía una mañana tan hermosa y tranquila como ésta... Ese mismo sol..., ese mismo cielo..., presenciaron la horrible desdicha...»

El jesuita calló un momento, y luego exclamó:

«-¡Pasad, vapores terrenales, que venís a enturbiar el oriente de mis eternos días!...»

Carlos V se acariciaba las barbas con visible impaciencia, como temeroso de llorar.

San Francisco, repuesto ya de aquella emoción, tomó de nuevo el hilo de su relato con voz más lenta y apagada, y dijo así:

«-Aquella mañana había yo acompañado a misa a la emperatriz, y a la vuelta, después de haberla dejado de visita en casa de don Diego Hurtado de Mendoza, paseábame solo por la orilla del Tajo...

»De pronto llegó a mis oídos el estruendo de la campana mayor de la catedral. ¡No sé por qué me estremecí! Al cabo de un momento mi terror tuvo ya causa. ¡La campana plañía el toque de los agonizantes, y aquella campana, la campana mayor de la catedral de Toledo, no podía anunciar otra muerte que la vuestra, la de vuestra esposa o la del Papa!

»El día se oscureció a mis ojos; diome frío, y caí de rodillas en tierra...

»Cuando me reporté, corrí a casa de Hurtado de Mendoza... ¡Allí no había nadie! Ni tan siquiera criados.

»¿Dónde estaba la emperatriz? ¡Las oleadas de la muchedumbre me arrastraron a casa del conde de Fuensalida, donde supe que Isabel de Portugal, emperatriz de Alemania y reina de España, acababa de abandonar la Tierra al dar a luz un niño muerto!

»Para el que está ausente de Dios; para el que está solo en la Tierra; para el que no piensa en la otra vida, la muerte de los seres queridos es una desesperación semejante a la del infierno. ¡Entonces el dolor es cólera, es impotencia, es condenación! El creyente que pierde a una prenda amada, padece como Adán arrojado del Paraíso: el impío puesto en la misma situación, padece como Lucifer arrojado del Cielo... ¡Ah! ¡Yo padecía sin esperanza!

»¡Y ni aún este aviso de Dios fue suficiente a despertar de su letargo mi pecho empedernido! Todavía no estaba colmada la copa de mi amargura, como lo estuvo pocos días después.

»Escuchad: yo, que había amado ciegamente a la emperatriz; que había codiciado besar la fimbria de su manto; que había pasado años enteros saboreando un adiós que me dirigiera indiferentemente, que guardaba sobre mi corazón una perla caída de su corona, después de haberla erizado de puntas de acero para que me punzase la carne y me dijese ¡aquí estoy! Yo, en fin, que hubiera dado el resto de mi vida por pasar una hora a sus pies, como ante una santa... ¡Yo, señor, fui el encargado de trasladar a Granada los adorados restos de su hermosura, su cuerpo sin par, su idolatrado cuerpo!... ¡Aquella urna preciosa en que había vivido su sepulcro!

»-¡Ah!..., ¡ya es mía! -decíame yo durante aquel viaje-. ¡Va aquí, conmigo, confiada a mí, a mi custodia, a mi voluntad! Yo mando andar y hacer alto... ¡Puedo pasar la noche junto a su lecho; puedo decir a mi reina todo lo que la he amado!

»¡Ya no tenía celos de vos..., señor! ¡Ya no volveríais a verla!... ¡Ya era mía solamente!... ¡Mía y del alma!

»Así pasé doce días...

»Durante ellos, el frío de aquel cadáver se transmitió a mi corazón; mis cabellos se cayeron o se pusieron canos, y cuando llegué a Granada era tan viejo como hoy.


IV[editar]

»Sonó para mí entonces la hora de separarme también de la emperatriz... Delante de un escribano y testigos tuve que hacer entrega de aquel inapreciable tesoro, y para ello fue preciso abrir el ataúd de plomo que lo encerraba.»

-Y ¿estaba hermosa todavía? -preguntó sacrílegamente Carlos V.

«-¡Oh vanidad humana! -replicó el santo con acento sepulcral!-. ¡Qué cuadro se ofreció a mis ojos! ¡Hermosa! ¡Hermosa!... Lo había sido, señor. Pero cuando la abandonó el alma, la fealdad se enseñoreó sobre su cuerpo como sobre ningún otro. ¡Nunca se mostró la muerte más cruel, más devastadora, más repugnante! ¡La putrefacción de aquel cadáver fue tan rápida, tan intensa, tan espantosa, que no dejó ni un rastro, ni una línea, ni un perfil de la pasada hermosura! ¡Ay..., señor! ¡Qué lección tan elocuente me daba el Cielo!

»Horas enteras permanecí mirando tan horrible realidad. Aquella mujer, la más hermosa de cuantas han existido; la que nunca pudo ser retratada sin mengua de sus encantos; vuestras Tres gracias, señor, era una masa de barro podrido, un charco infecto, un lago de corrupción como el mar asfáltico. ¡Aquellos ojos, hogar donde buscaba amparo mi alma aterida, antorcha donde yo había encendido una y otra vez la tea de mi silenciosa pasión, aquellos ojos, soles de juventud, de amor y de esperanza, eran dos cuencas vacías, dos hoyos negros, dos madrigueras de gusanos! ¡Aquella boca... aquella boca, señor..., estaba profanada por la muerte, que al besar sus labios los había deshecho! ¡Aquellas manos de nácar..., aquellas manos, ¿las recordáis?..., ¡eran un hediondo grupo de huesos!... ¿Y su voz?..., ¿y su sonrisa?, ¿y su gracia sobrehumana?, ¿y su alma?, ¿y el fuego de su existencia? ¿Dónde..., dónde estaba la emperatriz?

»¡Ah! No..., ¡no era aquélla!... ¡no era aquélla!... ¿Cómo podía haber residido tanta fealdad debajo de tantos hechizos? ¡Yo no la hubiera amado! ¡Ay! ¿Dónde..., dónde estaban sus años de Poder, de hermosura, de pasión? ¿Dónde estaban sus días de gloria y de grandeza? ¿Dónde estaban sus horas de soberbia mundanal?

»Se habían ido para siempre, llevándose mis ilusiones terrenales.

»Todos los que me acompañaban huyeron ante el espectáculo horrible de vuestra esposa y ante la fetidez que despedía.

»Obligado yo a jurar que aquel lodo corrompido era la emperatriz, no me atreví a hacerlo, sino que dije que era el mismo cuerpo que se me había confiado.

»Alejáronse todos, como he dicho; pero yo, "por el particular amor y reverencia que siempre había tenido a la emperatriz, no podía desviar mis ojos de ella, tan hermosa poco antes y tan estimada en el mundo».

»Quedé allí solo, e hice propósito de renunciar al mundo para pensar en mi alma; porque al ver ante mí la mayor belleza y el más alto poder convertidos en tan inmundo y despreciable polvo, no pude menos de volver la vista hacia el eterno reino de Dios, donde es imperecedera la hermosura del alma.

»La muerte de mi esposa y la del gran poeta Garcilaso me dejaron libre y solo sobre la Tierra... Híceme sacerdote; y aquí me tenéis, aliviado de las falsas grandezas con que aparecí en el mundo, humillado ante vos, esperando el perdón de lo mucho que os he ofendido con el pensamiento.»

Carlos V se enjugó una lágrima con el revés de la mano, y levantó a San Francisco de Borja, diciéndole con la efusión más verdadera que experimentó en toda su vida:

-¡Éste es mi Cabo de Buena Esperanza! Francisco, has fortalecido mi resolución... ¡Vuelve con frecuencia! Ahora..., déjame. Yo te perdono... ¡Reza por mí! -dijo, y mientras el santo se retiraba silenciosamente, él apoyó la cabeza en las manos y los codos en la ventana...

De aquel modo vio al jesuita montar en su mula y partir... Contempló de nuevo la eterna juventud de la Naturaleza... Oyó a lo lejos mentalmente el rumor del mundo, de la gloria, de la política, de los campamentos... Viose luego viejo y achacoso, comprometido con la Historia a morir oscuramente en aquel retiro... y lloró con desconsuelo, pronunciando varias veces y con cierta amargura el nombre del hermano y del hijo en quienes había abdicado las dos soberanías más poderosas de la Tierra: el nombre de Fernando, emperador de Alemania, y el de Felipe, rey de las Españas.


[editar]

Tres veces volvió a visitar Francisco de Borja al monje de Yuste.

Una de ellas lo comisionó éste para que diera el pésame a la familia real de Portugal por la muerte del rey; y al decir de un cronista, le entregó las Memorias de su vida para que las enmendase, pues el emperador, lo mismo que Julio César, se ocupaba en escribir la historia de sus campañas.

La otra vez le habló e hizo encargos sobre sus dos hijos ilegítimos: Margarita, que residía en Ondenarda, y Juan, que vivía en Ratisbona. Este bastardo se llamó más tarde don Juan de Austria.

En fin: la última vez que el ilustre jesuita volvió a Yuste, se encontró con la muerte de Carlos V, verificada a las dos de la noche del 21 al 22 de septiembre de 1558, y aún hoy es famosa la oración fúnebre que predicó el santo en las honras del emperador.

Borja sobrevivió catorce años al césar; y después de ser general de los jesuitas, cuya Compañía le tiene por segundo fundador, y de haber rehusado otras muchas veces el capelo cardenalicio, murió el día 30 de septiembre de 1572.


Guadix, 1853.

El rey se divierte[editar]

El rey se divierte
de Pedro Antonio de Alarcón



(Extracto de un documento histórico)


El año 1680 deseó Carlos II de Austria, rey de España, presenciar un Auto general de fe. Tenía entonces diecinueve años.

Don Diego Sarmiento de Valladares, obispo de Oviedo y Plasencia, consejero real y de la Junta de gobierno durante la minoría del príncipe e inquisidor general del reino, aplaudió aquella idea del joven rey, y quedó en avisarle tan luego como se reuniese una buena colección de reos que castigar.

No se hizo esperar esta coyuntura.

Diéronse prisa todos los tribunales, y a fines de abril había ya gran número de causas sentenciadas, y otro no menos cuantioso de herejes, presos en las cárceles de la Inquisición de la corte, de Toledo y de otros puntos de la Monarquía.

Enterado el rey, y perseverando en presenciar el Auto general, dispuso que se verificase en Madrid y a su vista, señalando el día 30 de junio como el más a propósito, por ser la Conmemoración de San Pablo.

Desde aquel momento empezaron a llegar a Madrid, a la caída de la tarde, unos grandes coches de luto, escoltados por soldados y clérigos.

El pueblo adivinaba lo que contenían, y se regocijaba anticipadamente con la esperanza del 30 de junio.

Aquellos carruajes transportaban reos desde los tribunales más remotos del reino a la gran hoguera que se preparaba al pie del trono de Carlos.

Entretanto, el duque de Medinaceli, primer ministro, era invitado y se prestaba a llevar la cruz verde; disponíase el teatro en la Plaza Mayor; se verificaba una procesión solemne para pregonar la proximidad del Auto, y concedíanse indulgencias a los que asistiesen a él...

El teatro, preparado en pocos días por don Fernando Villegas, era soberbio.

Constituíanlo:

Un tablado de 13 pies de alto, 190 de largo y 100 de ancho.

Dos altísimas escalinatas que bajaban a él.

Doseles para las corporaciones.

Jaulas para los reos.

Mesas para los secretarios.

Púlpitos y tribunas para los sacerdotes.

Altares para las ceremonias religiosas.

Reposterías para los inquisidores que fuesen molestados por el hambre.

Y puestos de guardia para vigilar a los sentenciados.

Para intimidar y sujetar al pueblo no se preparó ninguna fuerza armada. Sabíase que el pueblo no se indignaría, sino que se holgaría muy mucho con el Auto de fe.

Dispúsose un balcón para el rey en la casa del conde de Barajas, que venía a caer en medio del testero principal del teatro.

El brasero se preparó en la puerta de Fuencarral, a la vera del camino y a unos trescientos pasos del muro. Todavía es fácil hallar el sitio.

A las tres de la tarde de la víspera del gran día salió una solemne procesión, que duró hasta las doce de la noche; diose de cenar a los reos, y reunióse el Santo Tribunal para estar en vigilia hasta la mañana siguiente.

Presentóse a Carlos II un haz de leña. El rey se lo mostró a la reina, y después de haberlo tenido en sus manos largo tiempo, ambos esposos lo dieron al duque de Pastrana, con recomendación de que fuese el primero que se echase en la hoguera.

Entretanto, se hacía en estos términos la notificación a los reos:

«-Hermano. (¡Hermano!) Vuestra causa se ha visto y comunicado con personas muy doctas de grandes letras y ciencias, y vuestros delitos son tan graves y de tan mala calidad, que, para castigo y ejemplo de ellos, se ha fallado y juzgado que mañana habéis de morir; preveníos y apercibíos; y para que lo podáis hacer como conviene, quedan aquí dos religiosos.»

Esta intimación se hizo a veintitrés condenados.

A los que no debían sufrir la muerte se les notificó la sentencia en muy semejantes términos.

De este modo amaneció el 30 de junio.

A las tres de la madrugada vistióse a los reos.

A las cinco almorzaron.

En seguida se les formó en procesión.

Eran ochenta y seis.

Iban además otros treinta y cuatro en estatua, por haber muerto o estar prófugos.

Las estatuas que representaban muertos llevaban en sus brazos una caja con los huesos de los seres de quienes eran efigie.

En el pecho de todos se leían sus nombres con grandes letras.

De los ochenta y seis reos vivos, iban veintiuno con coroza y sambenito.

Eran los condenados a relajar, esto es, a morir.

Faltaban dos para el número «veintitrés», que anunciaba el programa; pero esto consistía en que aquella mañana se había conmutado la pena a dos mujeres en pago de ciertas revelaciones que habían hecho a la Inquisición.

De los veintiún reos condenados a la hoguera, doce llevaban esposas y mordaza.

Entre estos mismos veintiuno había seis mujeres.

La edad de las mujeres era: treinta, veinticuatro, cincuenta y dos, cuarenta y tres, sesenta, veintiún años.

Su crimen, ser judaizantes.

Tres de ellas llevaban mordaza.

La edad de los hombres era: veintiséis, veinticinco, cincuenta y dos, sesenta y cinco, treinta, treinta y cinco, treinta y cuatro, treinta y tres, treinta y seis, veinticuatro, treinta y ocho, treinta y tres, treinta y ocho, veintisiete, veintiocho años.

Algunos eran médicos, la mayor parte comerciantes, y casi todos portugueses.

Su crimen, ser judaizantes.

De estos veintiuno destinados a ser quemados en persona, había unos que sufrirían primero la pena de garrote y otros que arderían vivos.

Además debían ser quemadas treinta y dos estatuas de las treinta y cuatro referidas.

Veintidós de ellas representaban fugitivos.

Las otras diez, difuntos.

De estos diez difuntos, siete habían muerto en las cárceles secretas de la Inquisición.

De ellos eran los huesos que llevaban algunas estatuas en las susodichas cajas, para ser también reducidos a cenizas.

Entre las estatuas las había de ambos sexos y de todas edades.

Hasta aquí los condenados a relajar.

Los sentenciados a vergüenza pública y azotes por las calles, fueron seis.

Entre ellos contábanse dos mujeres, ambas de treinta y cuatro años.

Los hombres eran: un sastre tullido que pedía limosna; un joven carpintero, un italiano de veintinueve años y un vaquero que se había casado dos veces, por lo cual recibiría doscientos azotes y seria desterrado por diez años, cinco de ellos en galeras, al remo y sin sueldo.

Los condenados a destierro y cárcel perpetua eran veinte.

Entre ellos había doce mujeres.

Sus edades: dieciocho, treinta y nueve, cuarenta, treinta y cuatro, treinta, catorce, veinticinco, cincuenta, setenta y seis, diecisiete, veinticinco años.

En pos de los reos iba muy larga comitiva, compuesta de todas las corporaciones, autoridades, comunidades y órdenes de la corte.

Esta procesión paseó por las principales calles de Madrid, entre un gentío inmenso que daba grandes muestras de regocijo.

A las nueve llegó el cortejo a la Plaza Mayor.

El rey esperaba ya en el balcón del conde de Barajas.

Principiaron las ceremonias.

El rey juró al Inquisidor general defender y proteger el Santo Oficio.

El pueblo juró delatar a todos los enemigos de la Fe, sin distinción de clase ni consideración de parentesco.

Al momento empezó la misa.

Hubo sermón.

A las cuatro se acabaron de leer las causas de los relajados, y en seguida los condujeron al brasero.

El rey permaneció en la plaza hasta que se vieron los demás procesos.

Hubo exorcismos, abjuraciones y conjuraciones.

Después se cantó el Veni Creator, etc.

Carlos II temblaba alguna vez que otra, al decir del documento que extractamos.

A las nueve y media de la noche concluyó la misa.

Su Majestad preguntó a los inquisidores si aún tenía que permanecer allí...

Se le contestó que no, y regresó en el acto a su palacio.

Había estado doce horas en el balcón, sin comer, sin hablar, sin moverse, como un cadáver...

Pero la Inquisición no había terminado todavía.

Empezóse una nueva procesión que duró toda la noche.

Al día siguiente fueron sacados a la vergüenza pública los demás reos, quienes, después de ser azotados, apedreados y silbados por el público, volvieron a su encierro para siempre.

En cuanto a los relajados, no quedó de ellos otra cosa que un montón de cenizas junto a la puerta de Fuencarral.


Almería, 1854.

Fin de una novela[editar]

Fin de una novela
de Pedro Antonio de Alarcón



Advertencia[editar]

Ha dicho Víctor Hugo, refiriéndose no sabemos a quién (y él mismo no se acordaba al hacer la cita), que puestos unos sobre otro todos los libros que se han impreso, llegarían a la Luna.

Nosotros hemos dicho, no recordamos dónde, que puestos uno sobre otro todos los libros que se han empezado y no se han concluido, llegarían a las estrellas fijas.

Y ahora decimos que también hay libros concluidos que no se han empezado, o sea finales de obras que no se han escrito.

A este último género pertenece el siguiente cuadro romántico, que hemos hallado entre los papeles de nuestra más tierna mocedad.

Servíos leerlo con indulgencia.

Epílogo[editar]

I[editar]

Qu'importe en quels mots s'exhale
L'àme devant son auteur?
Est-il une langue égale
A l'extase de mon coeur?
(LAMARTINE.)


Era una hermosa tarde de otoño.

La Naturaleza, triste siempre, aunque bella, en esa melancólica estación, se había rejuvenecido con la vida de la tempestad. Las hojas de los árboles ostentaban matices purísimos, inclinándose abrumadas por las últimas gotas de la lluvia. La tierra exhalaba aquel olor, acre y balsámico a un propio tiempo, que ensancha el corazón de los seres nerviosos. Las aves, felices criaturas del Señor que viven entre el cielo y los hombres, entonaban nuevamente sus divinos cantos, que el trueno había interrumpido... ¡Todo era bello y esplendoroso en aquella tarde que expiraba!

Juan, forastero en el país a que le habían llevado sus desventuras, vagaba por el campo, aspirando las emanaciones de la tormenta y contemplando el magnífico panorama del enrojecido ocaso.

Absorto en sus fantasías de adolescente, se alejó poco a poco de la ciudad; cruzó algunos olivares; llegó a un barranco pintoresco y, cuando menos lo esperaba, se encontró enfrente del convento de ***, donde nunca había estado, pero del que ya tenía vagas noticias.

Nada hay tan solemne y poético como un monasterio solitario, olvidado en el silencio de agrestes parajes como insepulto monumento de grandezas desvanecidas...

Juan sintió profunda y religiosa tristeza, y contempló largo tiempo aquella especie de buque náufrago, cuya tripulación se había ahogado en los revueltos mares de la Historia.

Los últimos rayos del sol herían horizontalmente la austera fachada del abandonado edificio.

Las aves entraban y salían por las ventanas, abiertas y sin maderas.

En la torre de la iglesia veíase el hueco de la campana, que también había desaparecido...

Todo anunciaba que aquella casa de Dios estaba desierta, lo mismo que la que fue morada de sus sacerdotes.

Altas hierbas y profano musgo eran la única señal de vida de aquellos sitios...

Impulsado por el propio terror, el joven penetró en el convento, cuyas puertas habían sido arrancadas recientemente.

En el primer patio, poblado de cinamomos, principiaba ya a oscurecer, y millares de gorriones buscaban allí abrigo para la noche...

Los pasos de Juan retumbaron tristemente en las movedizas losas de una larga crujía y, al término de ella, entró en un segundo patio, muy alumbrado todavía por los reflejos del Poniente.

Allí, en medio de musgosa pila rodeada de boj, se elevaba una gran fuente de mármol.

El rumor melancólico del agua prestaba aún su indefinible tristeza a aquel recinto.

Ya, en adelante, el convento no aparecía tan destrozado. Un resto de fe religiosa había dejado otro resto de pavor en el alma de los modernos Atilas.

Y es que aquél era el camino del templo.

Las desmayadas luces de la tarde se iban retirando de los claustros vacíos que atravesaba nuestro joven...

Él no tenía miedo...; pero sí una honda conmiseración, y como espanto y pena, a la par que susto, ante la temeridad de nuestro siglo.

Allí todo hablaba de lo pasado.

Allí no existía lo presente.

Allí pesaba el porvenir sobre el corazón como una montaña de hielo.

Poco después subió una ancha escalera medio derruida, adornada con un gran cuadro al óleo.

Representaba aquel cuadro la muerte de San Francisco de Paula...

A través del polvo que cubría el lienzo, distinguió la severa faz del moribundo, del fundador de aquella Orden, del Patrono de aquella casa...

Entonces sí tuvo miedo, y apresuró el paso...

Y al apresurar el paso, creyó que lo seguían.

¡Y temía pararse, porque el ruido de sus pisadas le asustaba menos que el silencio!

Todas las celdas estaban cerradas.

Encima de ellas se leía el nombre de sus antiguos moradores.

Algún mueble roto, algunos libros por el suelo, algunos objetos de devoción... He aquí lo único que allí quedaba...

El soñador mancebo iba turbando la quietud de diecisiete años de soledad y abandono.

El terror le hizo dejar aquellas interminables crujías, y penetró en el claustro alto.


II[editar]

Allí fue agradablemente sorprendido por las magníficas poesías que vio escritas a pincel, y con gruesos caracteres, sobre los muros, formando una especie de carteles imitados, con su marco y todo...

Sobre una puerta que daba a la escalera de escape leíase esta redondilla, apostada como un centinela, o, mejor dicho, como un querubín a la entrada del Edén:

«Vuélvete a Dios; que la puerta
del que es amor infinito
nunca el corazón contrito
la dejó de hallar abierta»


Juan retrocedió sin querer, pero le detuvo este aviso pavoroso:

«Todos, ¡oh mortal!, advierte
vamos sin cesar huyendo,
y como el agua corriendo
al mar de la amarga muerte.»


En cambio, leyó al pie de un soneto:

«¡Dame, amor mío, amor con que te ame,
luz que me alumbre, fuego que me inflame!»


Aún repetía en su cabeza tan dulces y seráficas expresiones, cuando halló esta imprecación al final de una octava:

«¡Menester es criar otros infiernos!»


Parecióle estar oyendo a Isaías, y tembló como la hoja en el árbol.

No lejos leyó esta delicadísima endecha:

«¡Oh dulce suspiro mío!
No quisiera dicha más,
que cuando de mí te vas
hallarme donde te envío.»


Reconcilióse con el desconocido autor de aquel ascético álbum, y siguió leyendo:

«Lo mismo es seguir el vicio
en que te estás deleitando,
que irte ciego despeñando
al eterno precipicio.»


Y más allá:

«¡Contempla lo que has de ser!
¡No aspires a lo que expira!
Pon en lo eterno la mira!
¡Humo es hoy la luz de ayer!»


Y en otro lado:

«Ajusta el vivir de suerte
que, al final de la partida,
saques de la muerte vida,
y no de la vida muerte.»


En un rincón:

«¿Qué sirve al ciervo la veloz huida,
si el arpón no sacude de la flecha?
¡No sacándole el hierro de la herida,
poco aplicar el bálsamo aprovecha!
Si de la oculta llaga envejecida
el alma el mortal hierro no desecha,
del Sacramento la virtud divina
veneno le será, no medicina»


Finalmente, al salir del claustro, y como si fuera un resumen de todo lo dicho, encontró esta peregrina octava:

«Si hallaste ya la senda de la vida,
despójate de todo lo que es tierra;
todo afecto de carne circuncida;
la cruz abraza; el propio amor destierra;
lo eterno pesa; lo caduco olvida.»
«Cierra los ojos y los labios cierra:
¡Todo lo que no es Dios, tenlo por humo!
¡No quieras otro bien sino el Bien Sumo!»


III[editar]

En esto se hizo de noche.

Juan quiso abandonar el convento...; pero se había extraviado en sus largas crujías.

Alzóse la brisa nocturna...

Los cinamomos gimieron tristemente, azotando las paredes del patio.

El agua de la fuente gemía sin cesar...

Un ruiseñor cantó a lo lejos sus amores... Iba a salir la Luna.

El joven corrió desalentado por los claustros...

El eco repetía sus pisadas.

Perdióse en un dédalo de corredores, y llegó a temer no encontrar salida.

Entonces vio una puerta entornada.

La empujó, y se halló en el coro.

El enorme facistol que ocupaba su centro parecía un luctuoso fantasma a la tenue claridad que se filtraba por las altas ojivas.

Juan avanzó hasta llegar a la balaustrada de aquella inmensa tribuna.

Delante, encima y debajo de él, se desplegaba la iglesia, llena de sombra.

Sólo allá arriba, por una vidriera de la cúpula, entraba en la amplísima nave un blanco destello del astro de la noche...

Pero el joven estaba ya tranquilo...

Al terror que sentía poco antes había sucedido una paz melancólica...

Se hallaba en la casa de Dios.

De pronto percibió un sordo y lejano ruido, y vio aparecer allá abajo, en lo más profundo de las tinieblas, en el fondo del prolongado templo, una blanca figura, una especie de fantasma, con una luz en la mano...

El infeliz se quedó helado de horror y superstición, y no pudo ni tan siquiera huir...

Avanzó el fantasma por la iglesia, y llegándose a un altar, que luego resultó ser el de la Virgen de los Dolores, encendió una lámpara que pendía del techo delante de él; arrodillóse delante de la Madre de Jesús, y así permaneció larguísimo tiempo.

A la luz de la lámpara, y más aún de la vela que aquella misteriosa visión conservaba en la mano, conoció, al fin, Juan que no tenía ante sus ojos un ser fantástico o diferente de toda humana criatura, sino a una mujer todavía joven y hermosa, de noble y elegante aspecto y pálido y demacrado rostro, que más inspiraba admiración y lástima que aversión o miedo... Sin embargo, no era posible sustraerse al asombro, espanto y maravilla que causaba en tal lugar y a aquella hora una aparición tan extraordinaria, semejante a las quimeras de la calentura o a las creaciones de la fantasía poética... y por nada del mundo se hubiera aventurado el pobre joven a llamar sobre sí la atención de la desconocida. Antes bien, se hallaba dispuesto a correr y dar gritos, si por acaso subía la visión al coro, lo descubría y se le acercaba...

Así las cosas, ella fue la que lanzó un grito horrible, y cayó al suelo como herida de un rayo... La luz que tenía en la mano se apagó al mismo tiempo.

Juan creyó morir, y tuvo que agarrarse a la balaustrada del coro para no caer también sin sentido.

Reinó luego un largo y profundo silencio, que parecía no iba a terminar nunca...

La triste mujer seguía en tierra, inmóvil, muda, rígida, y nuestro despavorido joven veía blanquear aquel cuerpo sobre el pavimento de la iglesia como si fuera la losa de mármol de una sepultura, sobre la cual algún piadoso deudo hubiese colgado perdurable lámpara.

Lo menos grave y espantoso que pensó entonces Juan fue que la misteriosa dama había muerto de repente... Y como esto podía producir también grandes dificultades si se llegaba a saber que él estaba en aquellas ruinas cuando ocurrió el caso, salió como pudo del coro, recorrió el convento en todos sentidos, hasta que dio con la escalera; atravesó luego los grandes patios a la fúnebre claridad de la ya remontada Luna, y logró al fin verse en medio del campo...


IV[editar]

Las diez de la noche iban a dar cuando nuestro joven forastero llegaba a su casa.

Vivían allí otras varias personas, por ser casa de huéspedes, y dio la casualidad que en aquel instante hablaba de la siguiente manera un comandante retirado, que llevaba ya algunos años de residencia en aquella población:

-Yo la he visto dos veces en las cercanías del convento... Trabajo me había costado creer, o, por mejor decir, nunca había creído, que fuese dama tan principal y bella como me contó el alcalde la primavera pasada, después de haberla instalado en aquel solitario edificio, acatando una orden del gobernador. Pero, amigos, puedo asegurar que es una mujer distinguidísima y muy hermosa, a quien deben de haber ocurrido cosas muy grandes y terribles... Al verme, en las dos ocasiones mencionadas, penetró en el convento... (donde sabéis que habita la celda prioral, sin más compaña que esa viejísima servidora que viene a la ciudad a comprar víveres). Yo respeté su tristeza y abatimiento, y no me atreví a seguirla... ¡La primera vez que vaya a la capital he de enterarme de quién es tan rara penitente, y de toda su vida y milagros!

-¡Pues no lo conseguirá usted, como tampoco lo he conseguido yo... -respondió el administrador de Correos, que también estaba allí de huésped-. La breve historia contada por el alcalde me sorprendió como a todos ustedes, y luego me ha chocado mucho el que esa mujer no reciba jamás cartas de nadie... Pregunté, pues, en el Gobierno civil la última vez que estuve en la capital, y dijéronme que el mismo gobernador ignora quién sea la noble dama recomendada a él por el ministro de Hacienda para que le permitiera vivir en el monasterio ruinoso, sin más explicaciones y sin decirle tan siquiera cómo se llamaba...

Juan era todo oídos; pero se guardó muy bien de contar lo que había presenciado aquella noche...

En esto llegó un alguacil en busca del promotor fiscal, y le dijo que la viejísima servidora de la dama del monasterio acababa de presentarse al juez, a darle parte de que su señora había muerto de repente...; razón por la cual tenía que trasladarse allí el juzgado sin pérdida de tiempo...

A las doce de la noche estaba de regreso el promotor en la casa de pupilos, y refería que, en efecto, la misteriosa dama había muerto en medio de la iglesia del monasterio campestre, mientras estaba rezando la salve de costumbre a la Virgen de los Dolores; que, a juicio de los médicos, su muerte había provenido de una aneurisma en el corazón; que la vieja había declarado ignorar absolutamente cómo se llamaba la difunta y su condición y patria; pero que el obispo y el alcalde estaban ya de acuerdo en enterrarla en sagrado, visto que había muerto rezándole a la Virgen y que estaba muy recomendada por el gobernador, al cual se daría inmediatamente cuenta del suceso, a los efectos oportunos.

Y así se hizo todo, y no pasó más; ni nunca volvió a saberse cosa que tuviera relación con aquella infortunada, a quien no fue posible extender verdadera partida de sepelio, ni poner epitafio en la sepultura, por la sencilla razón de que jamás llegó a saberse su nombre.


Post-Scriptum[editar]

He aquí el fin de una novela. Pero la novela, ¿cuál es? Lo ignoramos completamente.

Llegamos al teatro demasiado tarde, y sólo hemos oído el último acto de la tragedia.

¿No fuera una temeridad y una profanación ponernos a inventar los otros cuatro actos al tenor de nuestra fantasía?

Ni ¿qué importa conocer los ríos que alimentan el profundo y poético lago?

Nosotros os hemos presentado la estatua modelada, tallada, pulida por el cincel del dolor... ¿A qué llevaros a la cantera de donde se arrancó el mármol, o referiros las penosas labores que dieron por fruto ese tan acabado tipo de romántica desesperación?

Y, en suma: nadie puede privaros a los que acabáis de leerme de la libertad en que estáis y del derecho que os asiste para discurrir la historia que se os antoje..., con tal que tenga por fin y término el desenlace referido.


Almería, 1854.

El libro talonario[editar]

El libro talonario
de Pedro Antonio de Alarcón


La acción comienza en Rota. Rota es la menor de aquellas encantadoras poblaciones hermanas que forman el amplio semicírculo de la bahía de Cádiz; pero con ser la menor no ha faltado quien ponga los ojos en ella. El duque de Osuna, a título de duque de Arcos, la ostenta entre las perlas de su corona hace muchísimo tiempo, y tiene allí su correspondiente castillo señorial, que yo pudiera describir piedra por piedra...

Mas no se trata aquí de castillos, ni de duques, sino de los célebres campos que rodean a Rota y de un humildísimo hortelano, a quien llamaremos el tío Buscabeatas, aunque no era éste su verdadero nombre, según parece.

Los campos de Rota -particularmente las huertas- son tan productivos que, además de tributarle al duque de Osuna muchos miles de fanegas de grano y de abastecer de vino a toda la población -poco amante del agua potable y malísimamente dotada de ella-, surten de frutas y legumbres a Cádiz, y muchas veces a Huelva, y en ocasiones a la misma Sevilla, sobre todo en los ramos de tomates y calabazas, cuya excelente calidad, suma abundancia y consiguiente baratura exceden a toda ponderación, por lo que en Andalucía la Baja se da a los roteños el dictado de calabaceros y de tomateros, que ellos aceptan con noble orgullo.

Y, a la verdad, motivo tienen para enorgullecerse de semejantes motes; pues es el caso que aquella tierra de Rota que tanto produce -me refiero a la de las huertas-; aquella tierra que da para el consumo y para la exportación; aquella tierra que rinde tres o cuatro cosechas al año, ni es tal tierra, ni Cristo que lo fundó, sino arena pura y limpia, expelida sin cesar por el turbulento océano, arrebatada por los furiosos vientos del Oeste y esparcida sobre toda la comarca roteña, como las lluvias de ceniza que caen en las inmediaciones del Vesubio.

Pero la ingratitud de la Naturaleza está allí más que compensada por la constante laboriosidad del hombre. Yo no conozco, ni creo que haya en el mundo, labrador que trabaje tanto como el roteño. Ni un leve hilo de agua dulce fluye por aquellos melancólicos campos... ¿Qué importa? ¡El calabacero los ha acribillado materialmente de pozos, de donde saca, ora a pulso, ora por medio de norias, el precioso humor que sirve de sangre a los vegetales! ¡La arena carece de fecundos principios, del asimilable humus... ¿Qué importa? ¡El tomatero pasa la mitad de su vida buscando y allegando sustancias que puedan servir de abono, y convirtiendo en estiércol hasta las algas del mar! Ya poseedor de ambos preciosos elementos, el hijo de Rota va estercolando pacientemente, no su heredad entera (pues le faltaría abono para tanto), sino redondeles de terreno del vuelo de un plato chico, y en cada uno de estos redondeles estercolados siembra un grano de simiente de tomate o una pepita de calabaza, que riega luego a mano con un jarro muy diminuto, como quien da de beber a un niño.

Desde entonces hasta la recolección, cuida diariamente una por una las plantas que nacen en aquellos redondeles, tratándolas con un mimo y un esmero sólo comparables a la solicitud con que las solteronas cuidan sus macetas. Un día le añade a tal mata un puñadillo de estiércol; otro le echa una chorreadita de agua; ora las limpia a todas de orugas y demás insectos dañinos; ora cura a las enfermas, entablilla a las fracturadas, y pone parapetos de caña y hojas secas a las que no pueden resistir los rayos del sol o están demasiado expuestas a los vientos del mar; ora, en fin, cuenta los tallos, las hojas, las flores o los frutos de las más adelantadas y precoces, y les habla, las acaricia, las besa, las bendice y hasta les pone expresivos nombres para distinguirlas e individualizarlas en su imaginación. Sin exagerar: es ya un proverbio (y yo lo he oído repetir muchas veces en Rota) que el hortelano de aquel país toca por lo menos cuarenta veces con su propia mano a cada mata de tomates que nace en su huerta. Y así se explica que los hortelanos viejos de aquella localidad lleguen a quedarse encorvados, hasta tal punto, que casi se dan con las rodillas en la barba...

¡Es la postura en que han pasado toda su noble y meritoria vida!


Pues bien: el tío Buscabeatas pertenecía al gremio de estos hortelanos.

Ya principiaba a encorvarse en la época del suceso que voy a referir; y era que ya tenía sesenta años... y llevaba cuarenta de labrar una huerta lindante con la playa de la Costilla.

Aquel año había criado allí unas estupendas calabazas, tamañas como bolas decorativas de pretil de puente monumental, y que ya principiaban a ponerse por dentro y por fuera de color de naranja, lo cual quería decir que había mediado el mes de junio. Conocíalas perfectamente el tío Buscabeatas por la forma, por su grado de madurez y hasta de nombre, sobre todo a los cuarenta ejemplares más gordos y lucidos, que ya estaban diciendo guisadme, y pasábase los días mirándolos con ternura y exclamando melancólicamente:

-¡Pronto tendremos que separarnos!

Al fin, una tarde se resolvió al sacrificio; y señalando a los mejores frutos de aquellas amadísimas cucurbitáceas que tantos afanes le habían costado, pronunció la terrible sentencia:

-Mañana -dijo- cortaré estas cuarenta, y las llevaré al mercado de Cádiz. ¡Feliz quien se las coma!

Y se marchó a su casa con paso lento, y pasó la noche con las angustias del padre que va a casar una hija al día siguiente.

-¡Lástima de mis calabazas! -suspiraba a veces sin poder conciliar el sueño; pero luego reflexionaba, y concluía por decir-: ¿Y qué he de hacer sino salir de ellas? ¡Para eso las he criado! Lo menos van a valerme quince duros...

Gradúese, pues, cuánto sería su asombro, cuánta su furia y cuál su desesperación, cuando al ir a la mañana siguiente a la huerta, halló que, durante la noche, le habían robado las cuarenta calabazas... Para ahorrarme de razones, diré que, como el judío de Shakespeare, llegó al más sublime paroxismo trágico, repitiendo frenéticamente aquellas terribles palabras de Shyllock, en que tan admirable dicen que estaba el actor Kemble:

-¡Oh! ¡Si te encuentro! ¡Si te encuentro!

Púsose luego el tío Buscabeatas a recapacitar fríamente, y comprendió que sus amadas prendas no podían estar en Rota, donde sería imposible ponerlas a la venta sin riesgo de que él las reconociese, y donde, por otra parte, las calabazas tienen muy bajo precio.

-¡Como si lo viera, están en Cádiz! -dedujo de sus cavilaciones-. El infame, pícaro, ladrón, debió de robármelas anoche a las nueve o las diez y se escaparía con ellas a las doce en el barco de la carga... ¡Yo saldré para Cádiz hoy por la mañana en el barco de la hora, y maravilla será que no atrape al ratero y recupere a las hijas de mi trabajo!

Así diciendo permaneció todavía cosa de veinte minutos en el lugar de la catástrofe, como acariciando las mutiladas calabaceras, o contando las calabazas que faltaban, o extendiendo una especie de fe de livores, para algún proceso que pensara incoar hasta que, a eso de las ocho, partió con dirección al muelle.

Ya estaba dispuesto para hacerse a la vela el barco de la hora, humilde falucho que sale todas las mañanas para Cádiz a las nueve en punto, conduciendo pasajeros, así como el barco de la carga sale todas las noches a las doce, conduciendo frutas y legumbres...

Llamábase barco de la hora el primero, porque en este espacio de tiempo, y hasta en cuarenta minutos algunos días, si el viento es de popa, cruza las tres leguas que median entre la antigua villa del duque de Arcos y la antigua ciudad de Hércules...


Eran, pues, las diez y media de la mañana cuando aquel día se paraba el tío Buscabeatas delante de un puesto de verduras del mercado de Cádiz, y le decía a un aburrido polizonte que iba con él:

-¡Éstas son mis calabazas! ¡Prenda usted a ese hombre!

Y señalaba al revendedor.

-¡Prenderme a mí! -contestó el revendedor, lleno de sorpresa y de cólera-. Estas calabazas son mías; yo las he comprado...

-Eso podrá usted contárselo al alcalde -repuso el tío Buscabeatas.

-¡Que no!

-¡Que sí!

-¡Tío ladrón!

-¡Tío tunante!

-¡Hablen ustedes con más educación, so indecentes! ¡Los hombres no deben faltarse de esa manera! -dijo con mucha calma el polizonte, dando un puñetazo en el pecho a cada interlocutor.

En esto ya había acudido alguna gente, no tardando en presentarse también allí el regidor encargado de la policía de los mercados públicos, o sea el juez de abastos, que es su verdadero nombre.

Resignó la jurisdicción el polizonte en su señoría, y enterada esta digna autoridad de todo lo que pasaba, preguntó al revendedor con majestuoso acento:

-¿A quién le ha comprado usted esas calabazas?

-Al tío Fulano, vecino de Rota... -respondió el interrogado.

-¡Ése había de ser! -gritó el tío Buscabeatas-. ¡Muy abonado es para el caso! ¡Cuando su huerta, que es muy mala, le produce poco, se mete a robar en la del vecino!

-Pero admitida la hipótesis de que a usted le han robado anoche cuarenta calabazas -siguió interrogando el Regidor, volviéndose al viejo hortelano-, ¿quién le asegura a usted que éstas y no otras son las suyas?

-¡Toma! -replicó el tío Buscabeatas-. ¡Porque las conozco como usted conocerá a sus hijas, si las tiene! ¿No ve usted que las he criado? Mire usted: ésta se llama Rebolonda; ésta, Cachigordeta; ésta, Barrigona; ésta, Coloradilla; ésta, Manuela... porque se parecía mucho a mi hija la menor...

Y el pobre viejo se echó a llorar amarguísimamente.

-Todo eso está muy bien... -repuso el juez de abastos-; pero la ley no se contenta con que usted reconozca sus calabazas. Es menester que la autoridad se convenza al mismo tiempo de la preexistencia de la cosa, y que usted la identifique con pruebas fehacientes... Señores, no hay que sonreírse... ¡Yo soy abogado!

-¡Pues verá usted qué pronto le pruebo yo a todo el mundo, sin moverme de aquí, que esas calabazas se han criado en mi huerta! -dijo el tío Buscabeatas, no sin grande asombro de los circunstantes.

Y soltando en el suelo un lío que llevaba en la mano, agachóse, arrodillándose hasta sentarse sobre los pies, y se puso a desatar tranquilamente las anudadas puntas del pañuelo que lo envolvía.

La admiración del concejal, del revendedor y del corro subió de punto.

-¿Qué va a sacar de ahí? -se preguntaban todos.

Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso a ver qué ocurría en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor, exclamó:

-¡Me alegro de que llegue usted, tío Fulano! Este hombre dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que están aquí oyendo la conversación, son robadas... Conteste usted...

El recién llegado se puso más amarillo que la cera, y trató de irse; pero los circunstantes se lo impidieron materialmente, y el mismo regidor le mandó quedarse.

En cuanto al tío Buscabeatas, ya se había encarado con el presunto ladrón, diciéndole:

-¡Ahora verá usted lo que es bueno!

El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:

Usted es quien ha de ver lo que habla; porque si no prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré a la cárcel por calumniador. Estas calabazas eran mías; yo las he criado como todas las que he traído este año a Cádiz, en mi huerta del Egido, y nadie podrá probarme lo contrario.

-¡Ahora verá usted! -repitió el tío Buscabeatas acabando de desatar el pañuelo y tirando de él.

Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al concejal y a los curiosos:

-Caballeros: ¿no han pagado ustedes nunca contribución? ¿Y no han visto aquel libraco verde que tiene el recaudador, de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón o pezuelo, para que luego pueda comprobarse si tal o cual recibo es falso o no lo es?

-Lo que usted dice se llama el libro talonario -observó gravemente el regidor.

-Pues eso es lo que yo traigo aquí: el libro talonario de mi huerta, o sea los cabos a que estaban unidas estas calabazas antes de que me las robasen. Y, si no, miren ustedes. Este cabo era de esta calabaza... Nadie puede dudarlo... Este otro... ya lo están ustedes viendo..., era de esta otra. Este más ancho..., debe de ser de aquélla... ¡Justamente! Y éste es de ésta... Ése es de ésa... Ésta es de aquél...

Y en tanto que así decía, iba adaptando un cabo o pedúnculo a la excavación que había quedado en cada calabaza al ser arrancada, y los espectadores veían con asombro que, efectivamente, la base irregular y caprichosa de los pedúnculos convenía del modo más exacto con la figura blanquecina y leve concavidad que presentaban las que pudiéramos llamar cicatrices de las calabazas.

Pusiéronse; pues, en cuclillas los circunstantes, incluso los polizontes y el mismo concejal, y comenzaron a ayudarle al tío Buscabeatas en aquella singular comprobación, diciendo todos a un mismo tiempo con pueril regocijo:

-¡Nada! ¡Nada! ¡Es indudable! ¡Miren ustedes! Éste es de aquí... Ése es de ahí... Aquélla es de éste... Ésta es de aquél...

Y las carcajadas de los grandes se unían a los silbidos de los chicos, a las imprecaciones de las mujeres, a las lágrimas de triunfo y alegría del viejo hortelano y a los empellones que los guindillas daban ya al convicto ladrón, como impacientes por llevárselo a la cárcel.

Excusado es decir que los guindillas tuvieron este gusto; que el tío Fulano viose obligado, desde luego, a devolver al revendedor los quince duros que de él había percibido; que el revendedor se los entregó en el acto al tío Buscabeatas, y que éste se marchó a Rota sumamente contento, bien que fuese diciendo por el camino:

-¡Qué hermosas estaban en el mercado! ¡He debido traerme a Manuela, para comérmela esta noche y guardar las pepitas!

Noviembre de 1877.


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Una conversación en la Alhambra[editar]

Una conversación en la Alhambra
de Pedro Antonio de Alarcón



La procesión del Corpus[editar]

Entre los innumerables forasteros que han concurrido este año a Granada a disfrutar de las famosas fiestas del Santísimo Corpus Christi, con que se celebra y conmemora en aquella ciudad, no sólo el misterio de la Eucaristía, sino también la expulsión de los moros por don Fernando y doña Isabel, hemos tenido la fortuna de contarnos cierto personaje todavía joven, y yo..., que lo soy absolutamente. De mí ya tienen los lectores algunas noticias... Digamos, pues, quién era, o más bien, cómo era el otro joven.

Había éste llegado conmigo en diligencia a la gran ciudad morisca; pero no procedente, como yo, de la corte de las Españas, ni muchísimo menos, sino de la humilde Venta del Zegrí, donde la diligencia muda tiro y distante de Granada unas seis leguas. Durante el corto tiempo que tardamos en andarlas al galope de diez alborotados caballos apenas cambiamos algunos cumplimientos, siguiendo la moda extranjera de no dirigir la palabra a los compañeros de viaje a quienes no se conoce; pero en cambio, me solacé en estudiar detenidamente el porte y fisonomía del tal viajero, y en inventarle, según acostumbro en situaciones análogas, toda una historia o biografía al tenor de mis intuiciones psicológicas.

Érase un gallardo personaje, de treinta y dos a treinta y tres años, de noble estatura, moreno pálido como el mármol antiguo, de reposada actitud, elegantes movimientos, y serio y hasta melancólico cuando hablaba (que repito fue muy poco, y ese poco, más bien con el mayoral que conmigo). Por cierto que creí notar en su voz algún acento extranjero, ni francés, ni inglés, ni italiano, ni alemán, ni portugués, que son los que yo suelo percibir, aunque no sepa hablar tantos idiomas, sino de una especie enteramente nueva para mis oídos. Llevaba toda la barba, bien que muy corta, y esta barba, sumamente negra, tenía traza y dibujo de oriental, o sea de semítica. Sus grandes y expresivos ojos, de un negro aterciopelado, recordaban asimismo los de Malek-Adel, el héroe de Matilde o Las Cruzadas que todos hemos adorado tanto cuando niños. En sus manos advertíase la perfección anatómica más que la aristocrática; pero sus pies eran irreprochables en ambos conceptos. Vestía el traje de camino de rigor en toda Europa, sin que ofreciera en él nada de notable, como no fuera el gracioso abandono con que lo llevaba. Cubría, en fin, su cabeza, pelada escrupulosamente, un gorro medio griego, medio inglés, que añadía perfiles clásicos a aquella magnífica figura.

¿Quién podía ser? En verdad os digo que me separé de él al bajar del coche en Granada, sin haberlo podido determinar, o sea sin fijarme en ninguna de las mil conjeturas que formé por el camino. Ahora, si queréis saber cuáles fueron esas conjeturas, os diré que aquel hombre me parecía a un mismo tiempo un capitán de bandidos, un príncipe viajando de incógnito, un artista italiano, un dependiente de casa de comercio, un marqués andaluz, un pirata, un poeta, un cómico de provincias, un ser fantástico del género vampiro, un novicio de frailes jerónimos y un soldado de Garibaldi; algo, en fin, extraordinario por lo ilustre, por lo exótico, por lo terrible, por lo dramático, por lo sobrenatural, o por lo farsante y poco divertido.

Pregunté al mayoral su nombre y me dijo que como aquel viajero había montado tan cerca de Granada, no se le había extendido billete. Pensé en seguirlo; pero algunas personas que habían ido a esperarme reclamaban mi atención. Ocurrióseme someterlo a un interrogatorio; pero lo juzgué descortesía. Contesté, pues, a su silencioso saludo, con otro movimiento de cabeza, y me dirigí a la Fonda de la Victoria todo lleno de curiosidad.


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A las nueve de la mañana siguiente (día del Corpus), las campanas repicando a vuelo, las músicas de la guarnición tocando la Marcha Real, las olorosas hierbas que alfombraban la entoldada vía, las colgaduras que adornaban los balcones, y el numeroso gentío que lo inundaba todo, indicaban que la procesión recorría las calles de la Jerusalén de Occidente.

Yo me aposté en la plaza de Bib-rambla, cerca del Zacatín, y pocos momentos después desfilaron ante mis ojos corporaciones, cofradías, niños de la Inclusa, cruces parroquiales y toda la brillante comitiva que sigue y precede al Santísimo Sacramento.

Pasaron, en fin, llevadas a hombros por ocho sacerdotes, las pesadísimas andas de plata, donde iba en rica y primorosa custodia de oro y pedrería la consagrada hostia, y la reverente muchedumbre abatió la cabeza, cayó de rodillas y se golpeó el pecho, produciendo a todo lo largo de plazas y calles una palpitación de santo entusiasmo, cual si todos los corazones respondiesen con sordo acento a aquellos himnos que cantaban cien armoniosas voces, entre el repique glorioso de las campanillas, las nubes del incienso y el aroma de las flores que rodeaban la custodia.

Sólo un hombre permanecía de pie en medio de la multitud postrada...

Naturalmente, llamó mi atención, como la de todo el mundo...

Mirélo, ¡y era él!, ¡era mi compañero de viaje!

Yo no sé si en mis ojos tomó la extrañeza visos de consejo o de afectuosa reprensión... Ello es que el forastero, no bien cruzó su mirada con la mía, me saludó levemente, y se arrodilló con todos.

Un momento después la procesión había pasado, la gente se arremolinaba para volver a salir a su encuentro, y yo perdí de vista a mi hombre entre las oleadas de la muchedumbre.


El último zegrí[editar]

Aquella tarde subí a la Alhambra.

Sus oscuras alamedas, sus viejos torreones, sus plazas y palacios estaban solos.

La festividad cristiana retenía a todo el mundo en la ciudad.

Entré en la Casa Real, como se llama ordinariamente al palacio de los reyes moros.

Aquel palacio, hecho por las hadas, según Zorrilla, encontrábase también en la más dulce soledad y hondo silencio. Acaso alguna golondrina, procedente del África, cantaba sobre el mismo capitel en que sus antepasadas descansaron hace cuatro siglos... También el sol acariciaba, como en otro tiempo, las esbeltas columnas del Patio de los Leones, y no se desdeñaba de penetrar riente y cariñoso por las caladas galerías...

Pensando iba yo en cosas tan insignificantes como éstas, cuando noté que no me hallaba solo en aquel patio. Allá, frente a uno de los bellísimos templetes que están restaurando en este momento, distinguí a mi compañero de viaje, que miraba fijamente el estado de la obra.

Mis pasos le hicieron volver la cabeza: púsose ligeramente colorado, y vino a mi encuentro sin vacilar.

Nos dirigimos algunas frases de pura cortesía, y volviéndose luego él hacia el templete que examinaba cuando llegué yo, me dijo en tono de sentida queja:

-¿Por qué derriban esto?

Inspirábale tal pregunta la circunstancia de haber unos andamios en torno del templete y hallarse por tierra algunos fragmentos de su techumbre.

-No lo derriban -le contesté-, sino que lo reconstruyen.

-¡Lo reconstruyen! ¡Conque los españoles amáis la Alhambra! -exclamó asombrado el raro personaje.

-¡La amamos sobre toda ponderación! -le respondí.

-¡Oh! -continuó él-, dispense usted la confianza con que le hablo... ¡Estaba aquí tan solo, creyendo que nadie más que yo se acordaría hoy del viejo alcázar islamita! ¡Era tan natural que también usted permaneciese allá abajo esta tarde, consagrado a la gran festividad nazarena que celebra la moderna Granada!... A propósito debo a usted una explicación. Esta mañana, en el Zacatín, me reprendió usted con la mirada... (no lo niegue usted), porque no me había arrodillado. ¡Ay! No fue soberbia; no fue impiedad. ¡Quizás yo también soy ya cristiano! Era que el dolor me enloquecía...

-Perdóneme usted si no le comprendo... -repliqué, haciéndome todo oídos, pues veía venir la ansiada biografía de mi hombre.

-Y, sin embargo... -prosiguió él con honda melancolía-, ¡yo necesito dar rienda suelta a mis sentimientos! Ayer, cuando nos acercábamos a esta ciudad santa, usted me veía palpitar en silencio... Esta mañana, durante la procesión, usted sorprendió también las preocupaciones de mi espíritu... Por consecuencia, usted es ya mi confidente... Escúcheme, pues, un momento...

Así diciendo, cogióme una mano y me condujo a la próxima Sala de los Abencerrajes.

-¡Aquí -dijo-, sobre esa fuente de mármol que aún ve usted enrojecida, los valientes zegríes hicieron rodar la cabeza de los abencerrajes! ¡En ese patio y en esa sala moraban aquellas huríes, hijas del Yemen y de Damasco, que encantaron la vida de los soldados del Profeta! ¡Alce la vista, y contemple esos calados miradores, que aún visitará esta noche la inconstante Luna! ¡Mire esos techos bordados de oro y de carmín, y verá la misteriosa leyenda de cien gloriosos reinados!... ¡Ahí están las alabanzas a Dios y a sus guerreros! Desde Alhamar, que levantó este Alcázar en cuarenta años, hasta Boabdil, que lo perdió en el tiempo que dura un suspiro, todos los héroes granadinos fueron grabando su nombre en esas galerías fantásticas... ¡Oh viejo Yussef!... ¡Oh desgraciado Muley!... ¡Oh noble Mahomad!... ¿Dónde están vuestros infortunados descendientes? ¡Aquí tenéis al ÚLTIMO ZEGRÍ, que viene a evocar vuestras sombras entre las ruinas de la Alhambra! ¡Ay de mis infelices hermanos!

-¡El último zegrí! -exclamé lleno de asombro y maravilla-. ¿Cómo?... ¿usted?...

A todo esto iba oscureciendo. El hombre misterioso se apoyó en mi brazo, y así dejamos la Sala de los Abencerrajes, atravesamos el Patio de los Leones, cruzamos el del Estanque y penetramos al fin en el Salón de Embajadores.

Por el camino iba yo dándome cuenta de lo extraordinario de mi aventura. ¡Encontrar un zegrí a mitad del siglo XIX, y encontrarlo vestido a la inglesa, hablando el francés y el español perfectamente, cortés y flexible como un parisiense, tolerante y humano como el mejor católico! ¿Qué poeta imaginaría mayor fortuna? ¡Chateaubriand mismo me hubiera dado su abencerraje de papel, a trueque de mi zegrí de carne y hueso!

El balcón o ajimez del Salón de Embajadores es uno de los parajes clásicos de la Alhambra. Sus vistas dan a los siempre floridos cármenes de la Carrera de Darro: enfrente se levantan las pintorescas colinas del Sacro Monte, y abajo óyese el melancólico rumor del río, que se abre calle por un abismo cubierto de árboles y de flores; árboles y flores que suben escalonados por aquel flanco de la fortaleza, hasta llegar a los ajimeces y perfumar las estancias del palacio. Es un cuento de las Mil y una noches; es una construcción de genios y de hadas...

Pues a aquel balcón me asomó el zegrí.

Ya se apagaba el crepúsculo al otro lado de la catedral, cuya oscura mole gigantesca se destacaba sobre el fondo de oro del Poniente. La Luna empezaba a blanquear la copa de los árboles, deshaciéndose como una gasa de plata por las oscuridades de los bosques y las quebradas del terreno. Los ruiseñores, huéspedes eternos de aquel paraíso, la saludaban con sus más amorosos cantos, mientras que el cuclillo, contador del silencio, lanzaba ya su compasado gemido, que había de repetir toda la noche. ¡Era el anochecer!, ¡era la primavera!, ¡era en Granada!... ¡Los que no hayáis amado o llorado en aquel edén y a semejante hora, vanamente querréis imaginaros todo el misterio, todo el encanto, toda la poesía que caben en el alma humana!

«-Sí, yo soy africano; yo soy Aben-Adul, ¡el último de los zegríes! -continuó aquel ser novelesco.

»Digo mal; yo soy tan español como tú; yo soy un granadino desterrado; yo soy de raza proscrita...

»Aún no hace tres siglos que mis padres, mi tribu entera, los deudos y vasallos de mis mayores, fueron lanzados de las casas que habían construido, de las tierras que habían labrado, de los bosques que plantaron para que les dieran sombra en su vejez...

»"Sois africanos", les dijisteis, ¡cuando llevaban siete siglos de vivir en España!, y los echasteis de esta tierra; los arrojasteis al mar.

»Ellos, por un milagro del Altísimo, nadie sabe cómo, nadando, o en frágiles barquillas, náufragos y hambrientos, llegaron a la otra costa del Mediterráneo, al África olvidada, a las playas de un continente desconocido...

»¡Decíais que aquélla era nuestra patria...! Pues escuchad:

»Llegamos allí, y los reyes del Atlas y del Desierto nos llamaron extranjeros, como vosotros, y nos dijeron: "¡Sois españoles..., volved al mar!"

»¡Henos, pues, entre dos costas que nos niegan abrigo!... ¡Henos en la más espantosa soledad!

»Entre el mar y el imperio de Marruecos había una playa asolada por la guerra. Llamábase el Rif.

»Allí acampamos sin vestidos y sin pan, sin instrumentos de labranza, sin jefes ni sacerdotes, sin ley ni Dios, ¡como los maldecidos hebreos!

»Después nos fuimos corriendo hacia Tetuán y Tánger, donde se establecieron las familias más dichosas, quedándonos los demás guarecidos en las montañas.

»¡Y allí estamos hace trescientos años, cargados con la tienda de lienzo que nos sirve de hogar, errantes, nómadas, sin civilización, sin artes, sin nombre, sin rey, sin patria, sin sepultura!

»El emperador marroquí nos roba o nos persigue como a fieras...

»El rey cristiano nos llama perros y nos fusila.

»Ni el uno ni el otro nos da carta de ciudadanía, nos llama compatriotas, nos reconoce como hermanos.

»¡De aquí es que nosotros, los hijos de aquellos príncipes desheredados, volvamos mal por mal, pillaje por pillaje, hierro por hierro, infamia por infamia.

»¡Allí están!... ¡ahí enfrente!...

»¡Yo no volveré nunca a ver a mis hermanos del Rif!

»¡Allí están los que edificaron el Generalife, los que habitaron el Albaicín, los que hicieron un paraíso de esta vega, los que bordaron de jardines las márgenes de los ríos, los que esmaltaron de oro las rocas, los que alfombraron de flores su camino.

»¡Así invadieron ellos, así colonizaron!

»Mi raza ha cumplido su misión sobre la Tierra... no así la tuya.

»Nosotros, al pasar por España, la mejoramos, la civilizamos, la sacamos de la barbarie. Médicos, poetas, botánicos, arquitectos, filósofos, industriales, agricultores, todo lo fuimos en vuestro país. El arte y la ciencia pueden estarnos agradecidos: la humanidad nos debe un voto de gracias.

»Pues allí están, vuelvo a decir; allí están mis compatriotas, sumidos en la miseria, en la ignorancia, en la ignominia; y vosotros aquí, felices, opulentos, poderosos, ilustrados...

»Ahora bien, cristianos, filántropos, propagandistas, negrófilos; ¿qué habéis hecho por mis padres y mis hermanos?

»¿Para cuándo las armas? ¿Para cuándo la elocuencia? ¿Para cuándo el martirio?

»¿Cómo no os horrorizáis al pensar que lindando con España hay una raza bárbara, salvaje, casi feroz, y que vosotros no hacéis nada para redimirla?

»Yo comprendo el estado brutal del groenlandés, que vive en los límites del mundo, en una montaña de hielo, inaccesible a los hombres de otra raza; yo lo comprendo también en el negro, que vive enterrado en las arenas aún no exploradas de la zona tórrida... ¡En una y otra parte puede haber hombres fuera de la ley!

»¡Pero que los haya en el centro del mundo civilizado, lindando por todas partes con pueblos cultos, y que estos pueblos cultos los dejen vivir y morir como irracionales, es indigno, es escandaloso, es sacrílego!

»¡Vosotros, españoles, responderéis ante Dios de los crímenes que cometan los moros en esta vida y de su condenación en la otra!...

»Vosotros, sí, por haber olvidado vuestro destino, por haber abdicado vuestro derecho, por haber faltado a la ley providencial de la civilización.

»¡En cuanto a mí -continuó con amargura-, yo no soy ya africano, no soy ya islamita, yo no soy ya zegrí!... A los quince años era el poeta de mi cabila: un generoso cristiano me instruyó en tu lengua y en tu religión, y con tu lengua aprendí mi historia, y mi historia me encendió el rostro de vergüenza.

»¡Yo, descendiente de reyes, convertido en una bestia como Nabucodonosor! ¡Yo, poeta, vivir despreciado del mundo que piensa y siente; ser mengua de la especie humana, paria entre los ciudadanos, degradación y bochorno de mi estirpe!...

»Vendí mis ganados, vendí mi espingarda, vendí mi tienda, besé tres veces a mi prometida esposa, la bella Alcina, y huí del África para siempre.

»Diez años hace que recorro el mundo: la fortuna me ha sido propicia en cuanto he intentado: guerrero en Crimea, comerciante en la India, cónsul en Jerusalén, marino en América, todo lo he sido, todo lo seré, menos rifeño...

»Pero si mis riquezas, si mi valor, si mi fe en Cristo, si mi amor al hombre pudieran servir alguna vez para volver a mis hermanos la dignidad social que han perdido, la jerarquía humana que se les niega, los bienes de la civilización que olvidaron, ¡mi vida no habría sido inútil y la felicidad descendería por primera vez a mi corazón!


El fandango[editar]

Así habló Aben-Adul. Yo le estreché la mano con verdadera ternura, y ya me disponía a contestarle con uno de esos artículos de fondo que los periodistas españoles solemos dedicar a nuestro porvenir en África (artículos que el Gobierno va considerando al fin de primera necesidad), cuando un nuevo incidente vino a añadir encantos y poesía a aquella romántica escena, que yo hubiera indudablemente convertido en triste prosa.

Allá abajo, entre las arboledas que se inclinaban sobre el río, resonó la trémula y delicada vibración de una guitarra que balbucía algunos acordes del fandango.

-¡Oye!... -me dijo el zegrí-. ¡Los ecos del África responden a mis suspiros!... Eso que escuchas es el canto del desierto, el rezo de la caravana...

Aquí el nocturno trovador entonó una de aquellas coplas de largas cadencias y voluptuosa melodía que encierran toda la apasionada tristeza de unos trágicos amores andaluces.

-¡Alcina! -murmuró el africano.

Era, sí, la canturia melancólica de su tierra. Era aquel aire monótono y lánguidamente acompasado que encontró el francés David en los arenales argelinos. Era el fandango, y luego fue la rondeña, y después la caña, la soledad, las playeras... ¡Todo el glosario, en fin, del sencillo e incomparable tema musical de Andalucía, que nos envidia hasta la inspirada Italia!

Razón tiene para envidiarlo; que nunca ha producido el sentimiento de la desterrada familia de Adán melodía tan íntima y tierna, tan natural e inefable, como la queja infinita, como el suspiro eterno, como el ¡ay! mil veces repetido sobre que giran nuestros cantos meridionales...

¡Oh! Y cuando es de noche...; cuando es la hora en que los tiempos pasados reaparecen en la imaginación; cuando la soledad, la Luna, la dormida Naturaleza, el silencio, la ingénita poesía del alma, todo viene a conturbar los más apartados mares del espíritu, los nunca explorados desiertos de la idea...; entonces, ¡ay!, entonces, ese encanto africano, esa misteriosa guitarra, ese vago concepto de la copla, esa memoria vaga de los moros, esa pena de desterrados que sentimos, esa esperanza de nuevas patrias que nos alienta, todo eso arranca del fondo de nuestro corazón un dulce llanto, una santa y deliciosa tristeza, no sé qué solemne y exaltada plegaria, que bien puede compensar y redimir toda una vida de vanidad y de locura.

Así aconteció en aquel momento; y seguro estoy de que, mientras yo pensaba en los sueños esplendorosos de mi niñez, concebidos al compás de aquella música, en los delirios de mi adolescencia, en seres queridos que me robó la muerte, en noches de amor desvanecidas, en ilusiones que ayer miraba en el porvenir y que hoy sólo encuentro en lo pasado, Aben-Adul pensaba en África, donde también resuena por la noche aquel patético canto, donde aquella misma Luna esclarece los risueños valles del Atlas, donde acaso en aquel momento refrescaba la primera brisa el abrasado corazón de una mujer que no había podido olvidarle...

Mucho tiempo permanecimos de este modo, bajo el peso de nuestra respectiva fatalidad...

Al fin cesó aquella serenata que nos tenía como magnetizados, y entonces el moro renegado, enjugando una lágrima y estrechándome entre sus brazos de hierro.

-¡Adiós, hermano! -exclamó-. ¡Nunca hubiera venido a la Alhambra! Parto para el Norte... ¡Mañana no me alumbrará la luna de Andalucía! ¡Gracias por haberme comprendido! ¡Adiós, y Él te acompañe!

Así habló, y sin esperar mi respuesta, alejóse y desapareció prontamente, como si se desvaneciera en la fantástica penumbra de las columnatas moriscas que la luz del astro de la noche dibujaba sobre las losas del patio y sobre el agua silenciosa del estanque...

¿Había yo soñado? ¿Estaba despierto?

¿Para qué decíroslo? ¿Hay por acaso tanta diferencia entre el sueño y la realidad?

Guadix, junio de 1859.

El año campesino[editar]

El año campesino
de Pedro Antonio de Alarcón



- I -[editar]

El Tiempo es la primera materia de la vida: y así como el cáñamo (verbigracia) les sirve a unos industriales para hacer alforjas, a otros para velas de barco, a éstos para alpargatas y a aquéllos para ahorcarse, el Tiempo toma también diversas formas y se aplica a diferentes usos, según el oficio, las necesidades o las aficiones de los humanos.

Vayan algunos ejemplos.

Los historiadores dividen el Tiempo por edades, por civilizaciones (palabra muy de moda), por pontificados, por dinastías, por reinados, por guerras y por otras habilidades de la llamada sociedad.

Los astrónomos y los gobernantes lo han dividido, ora en siglos, ora en décadas, ora en olimpíadas, ora en lustros, ora en años, ora en nonas, ora en meses, ora en idus, ora en semanas; y las semanas en días, y los días en horas, y las horas en minutos, y los minutos en segundos...; todo ello sin contar los quinquenios, los trienios, los bienios, las cuarentenas de los buques y de las personas, y otra porción de grandes cosas, como los años embolísmicos y los bisiestos.

Los médicos no se han quedado atrás, y computan el Tiempo por edades fisiológicas, formando cuatro grupos: 1.º Infancia y puericia. 2.º Adolescencia y juventud. 3.º Edad viril, edad consistente y edad madura. 4º. Vejez, decrepitud... y cuerpo presente. Esta última fórmula es de mi cosecha.

Los políticos cuentan por elecciones, por legislaturas, por ministerios. Para ellos empieza el año cuando se abren las Cortes y se acaba el mundo cuando caen del Poder.

«-En tiempos de Bravo Murillo -dice uno- me dejé toda la barba.

-¡Hombre! ¡Mire usted qué casualidad! -exclama otro-. Entonces me casé yo.

-¿Cómo? ¿Era usted ministerial?

-¡Ya lo creo! Por eso me casé.

-Pues yo me dejé la barba porque era de oposición.

-¡Ah! Ya..., ¡como republicano!

-¡No, señor: para ahorrarme el barbero!

-Eso es otra cosa. Y, diga usted, ¿qué fue de Nazaria? ¿Se casó al fin?

-Sí, señor: a la caída del ministerio de Narváez.

-¡Demonio! Pero ahora reparo... Lleva usted una cadena muy hermosa...

-¡No es fea!... Me la compré cuando mandaba Ruiz Zorrilla...

-¡Demonio!»

A todo esto se nos había olvidado decir que los políticos cuentan también por revoluciones y por Constituciones, por motines y por palizas.

«-¿Qué tiene usted, señor Antonio? ¡Está usted desmejorado!

-¡Qué tiene usted! ¡Desde el 56 me quedé así!... Un cazador del ejército me pegó un culatazo...

-Eso sería el 17 de julio...

-Sí, señor.

-Pues yo le debo mi felicidad a la del 66. Me metieron, herido, en casa de una jamona muy rica, y me casé con ella.

-Y usted, ¿por qué lo colocaron?

-Porque yo soy de los del 20 a 23.

-No es una razón. Mi padre fue doceañista y está cesante.

-No se presentaría el 40...

-¡Vaya si se presentó! Del 40 al 43 no hizo otra cosa que visitar al duque; pero no hubo vacante en Establecimientos Penales, que era su carrera. Así fue que el 26 de marzo se echó a la calle contra las instituciones...

-¿Cuando lo de Fulgosio?

-¡Justo!

-Pues, amigo, yo me he desengañado de todo. A mí me gusta más un 3 de enero que todos los 29 de septiembre habidos y por haber.»

Hablemos de los hacendistas. Para los hacendistas no hay tampoco años ni meses; no hay más que ejercicios económicos, divididos en trimestres para cobrar los impuestos, y en semestres para no pagar los cupones. Conque doblemos la hoja de los hacendistas.

Los empleados han hecho también su composición de lugar. Según ellos, el Tiempo es una acumulación de años de servicio y, partiendo de este axioma, han inventado el abono de tiempo, que es como vivir de milagro, y la jubilación, que equivale a estar a la vez muertos y vivos. Para los empleados no hay fechas históricas, fuera de las de sus credenciales y ceses. En su entender, el que no ha servido no ha vivido, y, por consiguiente, tanto vales cuanto has cobrado del presupuesto. Su almanaque no trae más que un santo: Santa Nómina; pero en sus Apocalipsis hay ahora un tremendo Antecristo: ¡el Descuento! ¡Pobres empleados! En medio de todo, su imaginación persigue constantemente con generoso amor una santa y piadosa Dulcinea: la viudedad para una pobre mujer, o la pensión para unas inocentes hijas. A este precio no les importa morir.

Pasemos a los militares. Los genuinos militares no cuentan tampoco por años, sino por campañas. ¡Éstas sí que son legislaturas! ¡Su cómputo arranca, después de los cuarteles de invierno, en el instante que vuelve a tronar el cañón y la cosa termina como y cuando Dios quiere! ¡Bravos almanaqueros! ¡Lástima que hayan inventado el tiempo doble, verdadera superfetación cronológica, por cuyas resultas hay quien tiene veinticinco años de edad y cuarenta y tantos de servicios!

Los actores y los cantantes tienen también sus legislaturas o campañas, que se llaman temporadas. El año cómico o lírico empieza en septiembre u octubre, y acaba en abril o junio. En cuanto a los cómicos de la legua, podría decirse que existen a ratos, a modo de locos con momentos lúcidos. El resto del tiempo viven como los lagartos: de sus propias carnes, o sea de lo que comieron en mejor ocasión.

Pero este prólogo va picando en historia, y tenemos que apretar el paso si hemos de llegar a hablar de los campesinos.

Digamos, pues, que los mineros no cuentan tampoco por años, sino por varadas; que los estudiantes cuentan por cursos, y los burros y los caballos por dientes.

Los sastres y las modistas se rigen por modas y por el grueso de las telas; pero con tal saña que, no bastándoles dos tiempos para dejarnos en cueros a fuerza de vestirnos, esto es, no contentos con saquearnos el verano y el invierno, han inventado una cosa peor que el abono de tiempo de los empleados y que el tiempo doble de los militares: han inventado los entretiempos. Hay, pues, modas y telas de primavera, modas y telas de verano, modas y telas de otoño, y modas y telas de invierno... ¡Qué horror, padres que tenéis hijos!

El año balneario es muy corto: principia cuando el primer bañista entrega su duro al director del establecimiento y concluye cuando se va el último tullido, ya sin muletas, en busca de otra parálisis.

La Iglesia tiene también su cómputo aparte: Ciclos, Epactas, Témporas, Adviento, Septuagésima, Sexagésima, Quincuagésima, Cuaresma, Pasión, Ramos, Pascua de Resurrección, Cuasimodo, Pentecostés, y luego otras veinticinco dominicas numeradas, hasta volver al primer Domingo de Adviento...

Conque ya veis si acertábamos al deciros que el Tiempo humano hace tiras y capirotea según le parece...

Veamos ahora cómo cuentan y se entienden las gentes rústicas, o sea cómo se divide el año campesino.


- II -[editar]

El verdadero campesino español no sabe, por lo regular, en qué siglo ni en qué año vive (lo cual es envidiable).

Todos sus cómputos y cábalas giran sobre tres datos de su propia existencia, que son: el año en que confesó por primera vez; el año en que entró en quintas, y el año en que contrajo matrimonio. El resto de su historia es un confuso mar de días.

Digo más: nuestro hombre ignora cuántos meses tiene el año, o cómo se llaman estos meses, y los días que trae cada uno. Mezcla de moro y de cristiano, se guía por la Luna si quiere seguir la sucesión del Tiempo, o por las festividades de la Iglesia si tiene que señalar plazos a día fijo.

«Para San Antón», dice cuando se trata de enero.

«Para la Candelaria», si se trata de febrero.

«Para San José», si se trata de marzo.

«Para San Marcos», si se trata de abril.

Mayo suele llamarse «por Pascua florida».

Junio es siempre «el mes de San Juan».

Julio «el mes de Santiago».

El mes siguiente no tiene más que un día: el día de la Virgen de Agosto, o sea el 15, fecha en que cumplen todos los arrendamientos de fincas rústicas.

Septiembre está reducido al día de San Miguel, en que se ajustan los criados. También lleva el nombre de «por ferias».

Octubre goza de varias denominaciones. Se llama «por San Francisco»; se llama «el cordonazo»; se llama «las primeras aguas», y se llama «la sementera».

Noviembre es el «mes de los Santos» si se trata de su primera mitad; y si se trata de la segunda, hay que decir «para San Andrés». En este último caso, es indudable que la cuestión versa sobre cerdos.

Diciembre, en fin, tiene por nombre unas veces «la Purísima», y otras «Pascua de Navidad».

No es ésta la única nomenclatura de que se vale el campesino para dividir el año, sino que también empeña su palabra, hace ajustes o da citas para antes de la escarda, para después de la cava o de la bina, para la siega, para la trilla, para la vendimia, para la poda..., etcétera, etc.

Así, Toñuelo vendrá de servir al rey antes de la cabaña (época de la fabricación de quesos y requesones). Así, Manolilla cumplirá quince años en las primeras hierbas. Así, Antonia se casará después de la aceituna. Así, Manuel se morirá en la caída de la pámpana. Así, Josefa, que necesita ropa, se pondrá a servir antes de los primeros hielos. Así, José mató a Francisco en tiempo de la montonera. Y así, el abuelo pilló las tercianas el verano de los membrillos.

Por lo demás, el campesino forma un almanaque meteorológico con sujeción a las cabañuelas, o sea al mejor o peor tiempo que reina en cada hora de los primeros doce días de agosto.

Válese de los astros para saber de noche la hora fija, siendo sus relojes principales el Carro, u Osa mayor, y el Cuerno, u Osa menor; deduce si las estaciones van a adelantarse más o menos, y si el tiempo va a cambiar o no, según los pájaros que entran en su comarca o se van de ella, según los insectos que bullen por el suelo, según las hierbas que se atreven a nacer, según las flores que no vacilan en abrir.

«Canta el cuclillo -dice-: vamos a tener buen tiempo.»

«Las hormigas sacan a secar el grano: se acabaron las lluvias por ahora.»

«Ya se ven golondrinas... Estamos en primavera...»

«Y esto último lo dice con inmenso júbilo, porque aquéllos son ya los meses mayores, como él llama a los meses más distantes de la última recolección; meses en que son mayores las necesidades y los apuros de las gentes labradoras.

Y a propósito: nuestro héroe no conoce más historia que los anales de la Naturaleza, relacionados con sus cosechas y ganancias, siendo de notar que nunca cita los buenos años, sino los calamitosos. El año de la langosta, el año de la sequía, el año de las tormentas, el año del hambre, los años de la ceniza de las uvas, son fechas que no se caen de su boca.

A veces se pasa de la historia natural a la política, y recuerda algunos hechos culminantes; pero todos tienen también que ver con su hacienda: no es mucho, pues, oírle mentar el año de las contribuciones dobles, el año de la entrada de los franceses, el año de la entrada de los facciosos, o el año de aquel jaleo en que subieron tanto los jornales. Este último año en la fecha de tal o cual pronunciamiento.

Finalmente, si el campesino da alguna vez otras noticias con relación al transcurso del Tiempo, nunca será de un modo técnico y preciso, sino por medio de las figuras siguientes:

Supongamos que le preguntáis:

-¿Cuántos años tiene este zagal?

Él responderá al cabo de un rato:

-¿Ése? Ése debe de estar ya para entrar en quintas. ¿Y usted? ¿Cuántos años tiene?

-¿Yo? Yo tengo tres duros y medio menos una peseta.

-¿Y la muchacha?

-¿La muchacha? ¡Ya es viejecilla! Nació el mismo día que la mula coja, y la mula coja ya ha cerrado.

-¿Y el abuelo?

-El abuelo fue soldado en la guerra de la Pendencia... Usted sabrá los años que hace de eso...

-¿Y este chiquillo?

-Ese chiquillo mudó los dientes el año pasado.

-¿Y la tía Ramona?

-La tía Ramona dejó de parir hace mucho tiempo.

Hasta aquí, lectores míos, lo que recuerdo, al correr de la pluma, acerca de las efemérides, cómputos, épocas célebres, fiestas movibles y demás particularidades del año campesino. Con profundo placer las he ido mencionando, pues soy amantísimo de esas fórmulas, ya primitivas y naturales, ya históricas y simbólicas, que figuran en la conversación de los labriegos. Sin embargo, este mismo trabajo a que estoy dando cima, aunque poco instructivo en apariencia, demuestra una verdad que viene como de molde al ALMANAQUE AGRÍCOLA en que va a publicarse, y es lo muy necesitadas de instrucción que están nuestras gentes de campo.

Epìsodios de Nochebuena[editar]

Episodios de Nochebuena
de Pedro Antonio de Alarcón



- I -[editar]

El año de gracia de 1855 escribí un artículo titulado La Nochebuena del poeta, donde dejé estampadas, para lección y escarmiento de otros hijos pródigos, las negras melancolías y hondas inquietudes que cierto presumido vate provinciano (más codicioso de falsas glorias que agradecido y reverente con sus padres) llegó a sentir, en medio de los esplendores de la corte, la vez primera que, al caer sobre el mundo los sagrados velos de esta noche de bendición, viose solo y sin familia, huérfano y desheredado por su voluntad, vagando a la ventura por calles y plazas, como pájaro sin nido, o más bien como perro sin amo... ¡Oh! Sí...: en aquel artículo pinté valerosamente, no con postizos colores, sino con sangre de mis venas, la casa y la familia de provincias, los santos afectos de la niñez, la esterilidad de los placeres de la corte, la árida existencia del egoísta que todo lo inmola en aras de su ambición, y los consiguientes remordimientos que atarazan el día de Nochebuena a cuantos van por mares desconocidos, como iba yo entonces, en busca de un porvenir incierto, dejando atrás las ruinas y naufragios de la antigua familia y de la antigua sociedad, y cada vez con menos esperanzas de descubrir las playas de otra familia y de otra sociedad nuevas...; esto es, tal como irían los marineros de Colón cuando llegaron a creer que no tenía límites el Océano.

Por la misericordia de Dios, el presente año no estoy tan melancólico: mi alma se encuentra más tranquila, y para solaz y contentamiento de la vuestra voy a contaros en pocas palabras, no las amarguras de los soberbios, ingratos y rebeldes, sino los humildes regocijos que el Cielo otorga, en esta noche de amor y de misterio, a los pobres sin ambición, al pueblo de Madrid, a esos miles de familias, resignadas con sus afanes y privaciones, que dejan en este momento y sólo por algunas horas, la gloriosa cruz del trabajo y del infortunio para celebrar el nacimiento de aquel que había de hacer suya la cruz de todos los afligidos; de aquel que les dio fe, valor y fuerza para el sufrimiento; de aquel que redimió a los mansos, a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los que han hambre y sed de justicia, a los que padecen persecuciones por defenderla, a los pacíficos, a los limpios de corazón, a los misericordiosos...; esto es, a todos los tristes, a todos los modestos, a todos los caídos, a todos los maltratados por la fortuna.

Dicho se está, por consiguiente, que en los cuadros que pretendo bosquejar hoy no figuraremos para nada los huéspedes de Madrid, ni tampoco los magnates, hijos de la corte, que nacen, viven y mueren a la parisiense, ni tan siquiera las personas algo acomodadas que han dado en la flor de pasar la Nochebuena en los teatros, sino solamente el castizo pueblo madrileño... de la clase tenida por baja; la gente de los barrios; los protagonistas de los cuadros de Goya y de los sainetes de don Ramón de la Cruz.


- II -[editar]

Empecemos fijando nuestra consideración en los muchachos del barrio de Maravillas, que son los peores o más traviesos de Madrid, al decir de los maestros de escuela. Desde esta mañana están celebrando a su modo el Nacimiento de Nuestro Señor, y toda la inventiva de su religioso entusiasmo se reduce a armar ruido y a [178] guerrear. Vedlos, pues, con sendos tambores al cinto, que abultan más que ellos, y llevando cada cual en la cabeza una gorra de cuartel, procedente de su padre, y que, por ende, simboliza toda nuestra historia contemporánea, dado que habrá sido escondida bajo siete llaves o sacada a relucir de nuevo tantas veces como ha sido armada o desarmada la Milicia Nacional desde 1820. Vedlos, digo, dispuestos a rechazar cualquier invasión de los barrios fronterizos, o sea con la honda a la cintura y los bolsillos llenos de piedras, cual si algún secreto instinto les avisara que el santo y seña de este día es cada uno en su casa, y Dios en la de todos. Vedlos, en fin, montar la guardia en casa del cura, a quien ofrecen sus servicios para solemnizar la Misa del Gallo o la de Los Pastores; recorrer el barrio cantando coplas llenas de requiebros a la Virgen y al Niño Jesús; encender fogatas en medio de las calles luego que oscurece, como llamando a recogerse en sus casas a los vecinos que anden todavía dispersos por Madrid, y contarse alrededor de la lumbre historias de moros y cristianos, martirios y milagros de santos, hazañas de sus mayores en la guerra de la Independencia, cuentos de brujas y de aparecidos y otra porción de cosas muy preferibles a las predicaciones de esos filósofos racionalistas que hace algún tiempo se afanan por civilizar al pueblo, o sea por arrancarle su caudal de creencias, respetos y temores...

Semejante atraso de los niños; su apego a lo tradicional y a lo maravilloso; sus preocupaciones y sus intolerancias; su bárbaro patriotismo y anticuada religiosidad consuelan dulcemente a los hombres que (por pobreza, o demasiada riqueza de espíritu) no se contentan con los goces de esta vida, ni con el conocimiento de nuestro planeta; a los que necesitan más tiempo y más espacio para su alma; a los que echan de menos, en fin, mejores empresas y más altos fines para su actividad y su culto que este maravilloso aprovechamiento de la materia a que se reduce la actual civilización.

¡Mal haya, pues, el poeta, el publicista o el orador que se complace en profanar y saquear el alma de los niños, arrancando de allí las flores que sembró la piedad de sus padres!... Ya lo dijo el Divino Maestro: «El que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que en mí cree, mejor fuera que colgasen a su cuello una piedra de molino de asno y le anegasen en lo profundo del mar... ¡Ay del mundo por los escándalos!»

«PEPA.          ¿Conque en efecto, Manolo, 
                te has encerrado en el tema 
                de que hemos de estar solitos 
                a cenar? 

MANOLO.         Es conveniencia 
                del bolsillo y la salud. 
                Mira: se pone la mesa 
                con lo poco o mucho que hay, 
                y, arrimando dos silletas, 
                yo enfrente de ti, tú enfrente 
                de mí, a este lado la vela. 
                La servilleta a este otro lado, 
                en el suelo las botellas, 
                va trayéndonos la moza 
                las viandas; se conversa 
                un rato; se bebe siempre 
                que los gaznates se secan 
                o se atraviesa el bocado; 
                si empalagan las menestras, 
                a la izquierda está la fruta, 
                y el cascajo a la derecha; 
                se hace boca al hipocrás, 
                y, sin voces ni etiquetas, 
                cenamos como señores...» 


- III -[editar]

Estos versos, de un lindo sainete de don Ramón de la Cruz, expresan gráficamente, aunque sólo sea en proyecto, las puras alegrías que disfrutan los clásicos manolos y chisperos de Madrid durante la noche llamada buena. Yo creo verlos (y todavía se les puede ver, sin embargo de lo mucho que han variado las costumbres) regresar a la Plaza Mayor, seguidos de un gallego, que lleva al hombro la espuerta de provisiones (menos el vino, que lo oculta la manola debajo del pañolón), y tomar el camino de su casa (calle de Embajadores), cuando las sombras nocturnas principian a caer sobre la alborozada capital de la Monarquía.

Pues añadid el encanto de los hijos, que también van cargados de viandas, y que se proponen comer esta noche por todo el año, a cuyo fin empiezan a roer, desde la calle, cuanto se puede pasar sin aliño ni condimento y hasta lo que no se puede (que tales milagros hacen la voracidad y la prohibición reunidas); añadid los tremendos instrumentos de que se han provisto: zambombas, rabeles y tambores, con ayuda de los cuales se prometen romper la cabeza a su familia y a toda la vecindad, y comprenderéis el santo júbilo de esa escena, cien mil veces repetida hoy en las inmediaciones de los mercados.


- IV -[editar]

Cambiemos la decoración.

Es ya de noche.

Hace un frío de diciembre y de Madrid.

Tres ciegos, tres Homeros de la edad presente, andaluces de pura raza, si no mienten su traje y su acento, y remolcados por diminuto lazarillo, han hecho alto al pie de una aristocrática reja, cuyos lujosos visillos dejan filtrarse la luz de brillantes lámparas, y allí entonan a cuatro voces, con acompañamiento de guitarras y bandurria, los sagrados himnos de Belén; los villancicos con que la cristiandad entera saluda a estas mismas horas la conmemoración del advenimiento del Mesías.

No copiaré yo aquí los villancicos de esos ciegos, sino otros muchos más delicados que me sé de memoria, y que fueron compuestos hace algunos años por el ciego que ve, por el tío Antonio, o sea por Antón el de los cantares, que todos esos nombres tiene el buen amigo Antonio de Trueba.

Dice así el poeta vascongado:

«Gloriosa Virgen María,
madre y abogada nuestra,
¡qué alegre el pueblo cristiano
tu alumbramiento celebra!»


Pero la ventana se abre no obstante el frío, y una mujer elegante, joven y hermosa aparece con un niño en brazos. Indudablemente, la voz infantil del lazarillo, destacándose sobre la de los ciegos, ha excitado la compasión de aquella tierna madre.

El ángel que ésta lleva en los brazos arroja una moneda de oro a aquel hermano suyo que tirita descalzo sobre las heladas piedras de la calle, y todos sus compañeros del cielo entonan un salmo al Dios de la Caridad.

¡Ah! Sí... En este sacrosanto día nadie niega una limosna a su prójimo. Por eso añade el ciego que ve:


«Lo mismo en la humilde choza
que en la morada soberbia,
blancas espirales de humo
hacia los cielos se elevan.
Son el tributo de gracias
que dan a la Providencia
los animados hogares
en que la abundancia reina:
que el pobre tiene esta noche
Gracia de Dios en su mesa.»


- V -[editar]

¡Noche bendita! La paz y la unión reinan en el hogar doméstico. El estudiante, el sirviente, el militar, el marino, el empleado, el que trabaja en las minas, el dependiente de comercio, todos los que fuera de su casa mojan el pan cotidiano con el sudor de su rostro, procuran obtener licencia para pasar esta noche al lado de sus padres, tutores o padrinos. Por otra parte, los yernos olvidan desavenencias de familia, y llevan a su mujer a la casa de donde la sacaron. Háblanse los hermanos mal avenidos; reconcílianse los matrimonios casi disueltos; quién deja los vicios de todo el año; quién sus diversiones favoritas; quién la acostumbrada tertulia; quién a su novia; quién sus amores ilegítimos, y todos se reúnen en la casa patriarcal. Es una velada de santas memorias, en que se recuerda a los hijos que se llevó la muerte. Es una velada de esperanzas lisonjeras, en que se forman proyectos acerca del porvenir de los niños. Desándanse edades; recuérdanse las generaciones pasadas; cada cual conmemora todas y cada una de las Nochebuenas de su vida; éste refiere el peligro en que se encontró tal o cual 24 de diciembre; aquél la amarga soledad en que pasó alguna vez aquellas solemnes horas, a la presente tan felices; cantan los niños sencillas y tiernas coplas; ríen los padres tristes, y hablan los taciturnos, bendicen a Dios las mujeres abandonadas, al ver un rayo del antiguo amor en los ojos del extraviado marido; suspira la enamorada doncella porque esta noche no hablará con su novio, y trata de inclinar a la familia a que vaya a la Misa del Gallo, donde sabe que él la aguarda; y, en tanto, los viejos, que ya no existen como actores de la vida, sino como testigos de la vida ajena, medio se consuelan de haberlo perdido ya todo al verse reproducidos en sus hijos y en sus nietos. Y es que acaso vislumbran en aquel instante la idea de la solidaridad humana, de la mancomunidad de nuestros destinos, de la misteriosa unidad de esta peregrinación que cumplen las generaciones sobre la Tierra... ¿Quién sabe?

Con tan altos y nobles pensamientos, siéntanse hoy a un banquete de amor todas las familias dignas de tal nombre. ¡Desgraciados los que no conocen estas santas alegrías! ¡Más desgraciados aún los que reniegan de ellas!


- VI -[editar]

Bosquejemos el último cuadro, tal y como yo lo trazaría si fuera pintor.

Ha dado la una y media de la noche.

Ya es tarde para ir a la Misa del Gallo, y, aunque no lo fuera, acontecería lo mismo, pues todo el mundo duerme en casa de Juan Fernández, vidriero, natural y vecino de Madrid, que vive en la Cava Baja; y, además, allí no hay muchacha casadera, ni no casadera, sino tres guerreros como tres soles, de los cuales el mayor está ya en el musa musae.

La madre de Juan Fernández y el padre de su mujer (únicos abuelos que quedan, pues los otros dos pasaron a mejor vida del modo y forma que ya se ha referido dos o tres veces durante la velada) fueron acostados hace media hora en las mejores camas allí disponibles, por no ser cosa de que regresen a sus casas tan a deshora y en una noche de diciembre, a la edad de setenta años por cabeza. Y ¡vive Dios que los dos carcamales iban alegrillos al entrar en su respectiva alcoba, disputando jocosamente sobre quién había bebido más o menos, después de haber corrido otro bromazo acerca de si sería mejor que durmieran juntos, a lo cual fingía prestarse la vieja y se había resistido con mucha gracia el viejo!...

Joaquina, la vidriera, que se levantó esta mañana al amanecer, y que ha trabajado todo el día y toda la noche como una leona, se ha dormido junto a la apagada chimenea, esperando a que su esposo termine los discursos y libaciones que recomenzó después de acostar a los dos consuegros... Pero Juan Fernández, vencido por el moscatel, el pardillo y el arganda, acaba de dormirse también, apoyado de codos sobre la mesa (todavía cubierta de restos del banquete) y con la cabeza metida entre las manos.

Los chicos, en fin, hartos de merodear en el ya desierto campo de batalla, y llenos el estómago, los bolsillos y las manos de todo linaje de golosinas, han acabado asimismo por dormirse, el menor sobre la falda de la madre, el de en medio sobre dos sillas, y el mayor sobre tres.

Sólo velan un gato y un ratón. El gato campa por su respeto encima de la mesa, y se come las sobras del besugo y del mazapán. El ratón se contenta con las migajas del suelo. Es decir, que Dios ha dado para todos, y la paz ha nacido de la abundancia. El gato oye roer al ratón, sin pensar en comérselo, y el ratón oye comer al gato, sin pensar en emprender la fuga... ¡Esta noche es Nochebuena!


- VII -[editar]

Concluyamos.

¡Ved las tres generaciones de siempre! ¡Vedlas dormidas bajo la salvaguardia de su fe! El tiempo pasa con las agujas del horario, descontando instantes a los que llegan al mundo, a los que viven en él y a los que van de retirada... ¡No importa! ¡El numen protector del género humano tiende sus alas sobre la familia, y el recóndito misterio de esta nuestra vida terrenal, cuyo objeto no se nos alcanza, se cumple en la mente del Eterno!

Entretanto, en las tinieblas de la noche, en la soledad de los campos, en los desiertos caminos (pues a esta hora nadie que Dios bendiga transita por ellos), cánticos de júbilo y alborozo estremecen los aires, y mil y mil voces repiten, al son de acordadas liras: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad»


Madrid, 1858.

Mayo[editar]



I: Alegorías[editar]

«Marzo airoso y abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso.»

Estamos, pues, en pleno mayo.

Floreal lo llamaron los convencionales franceses. Y, en efecto, mayo es el verdadero, el genuino mes de las flores, mal que les pese a los panegiristas de marzo y abril.

¿Qué importa que la Primavera comience en marzo? ¡La Primavera de marzo, a pesar del Equinoccio y de la Medicina legal, no pasa de ser una mocosa de doce años, zanquilarga, flacucha, de brazos como palillos de tamborilero, y de talle desgarbado y enjuto, al modo de rama inverniza en que apenas se han hinchado algunas yemas! Y en cuanto a la Primavera de abril, viene a ser a lo sumo una polla de quince, recién puesta de largo (y no sin motivo), pero encogida y recelosa todavía, como las plantas que no se atreven a decir «¡allá voy!», por temor a que vuelvan las escarchas y los hielos...

¡Cuán otra es la Primavera de mayo! La Primavera de mayo es una mujer..., ¿qué digo una mujer?, ¡es una diosa, es una ninfa, es todas las ninfas juntas; es una Primavera de veinte años! Mirad. ¡Todo el campo es orégano! ¡Todo ha germinado, todo ha florecido; y como si las flores no bastasen a la felicidad de la buena moza, hay hasta frutos en algunas matas y en algunos árboles! Hay, por ejemplo, fresas (esos capullos comestibles); y no sólo fresas, sino fresones, que es más. Y hay cerezas de color de labios, y jugosos albaricoques que están diciendo «comedme», y unos manojos de espárragos semejantes a manojos de pinceles, con los cuales se hacen primores a la aguada, al óleo y al vinagre.

Dicho se está que todo esto varía según las latitudes. Tetuán, Nápoles y Málaga cosechan flores campesinas desde mediados de enero, mientras que en Inglaterra, en Dinamarca y en Rusia no corre la savia hasta mucho después de proclamarla oficialmente la Primavera en la Eclíptica y en el Calendario. La altura barométrica es también causa determinante de estos fenómenos, y así vemos que en las cumbres de algunas montañas reina todavía el Invierno cuando en los valles contiguos es ya casi Verano. Pero tales inexactitudes y faltas de formalidad no afectan nunca a mayo, sino a los mencionados marzo y abril, y aun a febrero y enero. Ni ¿qué mucho? ¿Acaso no hay en América y en Asia mujeres núbiles de doce, de once y hasta de diez años? ¿No las hay en Suecia y Noruega vestidas de corto a los diecisiete, saltando a la comba o jugando al corro en los paseos públicos, e incapaces de Sacramentos, como el otro que dijo? ¡Pues lo mismo sucede con las plantas!

Repetimos que nada de esto ocurre en mayo. Mayo es mayo en todas partes. En mayo ¡hasta las piedras, hasta los hielos verdeguean, o florecen sin verdeguear! Sí, señor; las duras peñas lucen este mes renovados musgos o, cuando menos, un liquen llamado geográfico, primer grado de la vegetación; y en cuanto a los hielos, y a la misma nieve, producen en las regiones polares ciertos fresales amarillentos y líquenes incoloros que sólo se nutren del aire, o sea del aliento vivificante de Flora, como los camaleones y los verdaderos poetas.

Algún partidario de la Primavera de junio (dado que los hubiese) podría atajarnos aquí, diciéndonos que también mayo tiene sus revoluciones, por resultas de las cuales algunos años se comen las cerezas a la lumbre. Es muy cierto; pero, en primer lugar, nótese que se comen cerezas (prueba evidente de que las hay), y, en segundo lugar, la anomalía a que ese proverbio se refiere consiste en que cuando marzo mayea, mayo marcea, refrán que enseña que la excesiva precocidad es tan morbosa para los vegetales como para los humanos.

«Flores de almendro

que brotaron temprano,

se helaron presto...»


dijo hace años Antonio Trueba...; y ya había dicho el Glocester de Shakespeare, señalando a sus sobrinos: «Estos niños tan precoces viven poco...» Verdad es que aquellos niños no se murieron, sino que fueron asesinados por su bárbaro tío; pero con todo, bueno será que vuestros hijos y sobrinos no mayeen en marzo, a fin de que en mayo no marceen hasta el punto de tener que tomar aceite de hígado de bacalao, jarabe de pino marítimo y sopa de rabo de buey.

Para concluir con la parte alegórica, diremos ahora que griegos y romanos pintaban a mayo como un hombre hecho y derecho, vestido con ancha túnica de larguísimas mangas, el cual tenía en una mano un canastillo lleno de flores, y en la otra una flor que se llevaba a la nariz, en tanto que a sus pies hacía la rueda un pavo real, símbolo de la variedad de colores con que la Primavera esmalta los campos. Después fue costumbre ponerle a nuestro protagonista un vestido verde rameado de flores, un ramillete en una mano, y en la otra el signo de Géminis, representado por los gemelos Cástor y Pólux.

Salvo el debido respeto a la Mitología helénica, convengamos en que ambos trajes son de pésimo gusto. Con el moderno, o sea con el vestido verde y los dos mellizos en brazos, el pobre mes de las flores más parece un ama de cría que un dios; y con la túnica de las mangas perdidas, el canastillo y la flor cerca de la nariz, nos recuerda a los afeminados judíos que venden católicos dátiles de Elche, diciendo que son de Berbería.

Indudablemente, los grandes artistas de la antigüedad pagana no eran tan felices para vestir a sus héroes como para desnudarlos. Y es que cada arte tiene su esfera peculiar de acción. Las ropas se han hecho para la Pintura, y el desnudo para la Escultura. El Apolo del Belvedere, la Venus de Médicis, el Hércules de Farnesio, el célebre torso debido a Fidias, y singularmente, la parte desnuda de la hermosísima Venus de Milo, valen más que todos los pliegues y partidos de paños habidos y por haber. ¡Y cuenta que nadie ha podido aventajar a aquellos sublimes escultores en la graciosa sencillez y noble sobriedad de líneas con que dibujaban las ropas! Pero ¿qué valen estas ropas comparadas con lo que procuran no tapar, sino acusar?

Desnudemos, pues, nosotros a mayo por vía de reparación, y presentémoslo en público con su belleza natural y propia; o, por mejor decir, olvidemos un momento las Metamorfosis de Ovidio, para acordarnos de las Geórgicas de Virgilio; prescindamos de las ficciones del Arte, y admiremos las verdades de la Naturaleza.


II: Agricultura, viticultura, apicultura, etc., etc.[editar]

En mayo, los animales más ilustres (el caballo, el jumento, el buey, etc., etc.), dejan su acostumbrado pienso, y toman a todo pasto forraje verde: lo mismísimo que las personas del Mediodía de España, para quienes principian también en este mes las grandes ensaladas y los gazpachos.

Ítem. «Salen de su cuidado las vacas más tardías, y se puede ordeñar a las tempranas, sin consideración alguna a los terneros...» dicen textualmente los autores que tenemos a la vista). Y, a la verdad, las amas montañesas hacen lo propio, según consta de la siguiente imprecación que les dirigimos al visitar su tierra:

«¡Oh cálculo ruin! ¡Sólo provecho

buscando en el amor, franco de porte
abren a estos gaznápiros el lecho,

y, sin que el hijo luego les importe
anuncian leche fresca en el DIARIO

a las bellas madrastras de la corte!»


Mayo es también el tiempo mejor para hacer la manteca y el queso. En cuanto a la leche, ya sabréis el refrán: «La de abril para mí; la de mayo para su amo; la de junio para ninguno.»

Otrosí: en mayo se comienza a engordar los cerdos (bien que no a cebarlos todavía...) ¡Los cerdos, esas despensas ambulantes! Se siembran las legumbres de otoño, o sea las últimas esperanzas del año: esperanzas feroces, como las del que se casa en terceras nupcias; se plantan los árboles resinosos, se recoge la resina de pinos y abetos; es decir, que se les sangra... como hay que sangrar también a las bestias («para evitar que tengan ataques cerebrales», dicen los mencionados autores); se reconocen las tinajas y las cubas por medio de la catadera, a ver si el vino se halla en buen estado o necesita azufre; se limpian y preparan silos y graneros para encerrar la próxima cosecha de cereales; celebran sus bodas las abejas nuevas, para quienes aun sin este motivo, hubieran sido de miel todas las lunas de su vida; y, finalmente, se decide en consejo de familia si los becerros han de seguir la carrera de bueyes o la de toros.

Por lo demás, ésta es la época en que las tórtolas no son viudas (¡alguna vez no han de serlo!); en que las palomas cantan sus mejores dúos; en que las mariposas salen del colegio y se lanzan al mundo buscando luces en que abrasarse; en que las moscas reaparecen en nuestras casas, cual si hubiéramos mejorado de fortuna; en que los cínifes principian a hacernos compañía toda la noche, tocando el octavín para que no nos durmamos, y en que otros semovientes, todavía más diminutos, le demuestran al que vive en casa de pupilos aquella gran verdad de que «no hay enemigo pequeño».


III: Genealogía[editar]

Hablemos ahora un poco del abolengo de nuestro héroe.

Mayo es el Maïus de los romanos, y llamábase así (a juicio de Ovidio, Ausonio y otros peritos) por ser el mes consagrado a los viejos (majores).

Otros aseguran que el nombre de mayo proviene de Maia, o Maya, una de las Pléyades, hija natural de Atlas y de Pleyone, barragana de Júpiter y madre de Mercurio.

El que quiera honra que la gane. Nosotros hemos tenido que dar tantas señas para que no se confunda a esa Maia con otra cuya condición y atribuciones eran también aplicables a la Primavera. Aludimos a la Maia o Maya de la mitología india; diosa casada alternativamente (según los Vedas) unas veces con Brahma y otras con Siva (que el Registro civil de los dioses falsos no está muy claro en ningún pueblo), de la cual dice uno de sus biógrafos estas peregrinas especies: «Maya es la Naturaleza divinizada; la madre universal de todos los seres; el principio fecundador femenino y pasivo; y como el mundo no es más que apariencia e ilusión, Maya, madre del mundo, es también la madre de las ilusiones, o la ilusión personificada.»

Convengamos en que un filósofo alemán de nuestros días no se hubiera explicado con más claridad ni con mayor frescura. Nihil novum sub sole..., ni super solem!

Demás de esto, mayo es el Zif, Ydar, o Yiar de los hebreos, el Djiaichtha del año indio, el Pachon o Hércules de los egipcios (que principiaba el 20 de nuestro abril, como el Floreal de la Convención), el Beschanschs de los coptos cristianos de Egipto, el Scharir-Mah de los persas, el Sene de etíopes y abisinios, el Dsjummada-el-anual árabe y turco, el Hermeus (o de Mercurio) del año beocio, el Aphrodisius (o de Venus) del año bitinio, el Artemisius (o de Diana) del año lacedemonio y macedón, el Apogonios del año de Chipre y Pafos, y el Thargelión del año ático, o griego por excelencia. Así resulta de nuestros libros, que no sabemos si estarán equivocados.

A propósito del Ática: Los fastos de mayo en aquel pueblo eran, entre otros, los siguientes:

  • Día 1. Fiestas de la Luna nueva. Sacrificio a Hécate.
  • Día 2. Nacimiento de Apolo.
  • Día 3. Nacimiento de Diana.
  • Día 8. Fiesta de Teseo.
  • Días 22, 23 y 24. Sesiones del Areópago.

¡Es decir, que el mundo ha sido siempre el mismo!

Finalmente, en la antigua Roma, el 11 de mayo estaba comprendido entre los días nefastos, y era considerado como de mal agüero para casarse...

¡Mucho ojo!


IV: El mayo español[editar]

Conque vengamos ya a nuestro mundo, a nuestro tiempo, a nuestra patria, a nuestra religión.

Mayo es el mes triunfal de España.

Empecemos porque todo él «está dedicado a María, como Madre del Amor Hermoso y Reina de todos los Santos». (Palabras textuales del Año Cristiano.)

¡Y a fe que da gloria ver nuestras iglesias, desde la más chica hasta la más grande, adornadas de blanco y azul, y llenas de flores, para celebrar el Mes de María o las Flores de María, poéticos nombres de tan dulce festividad!

Pero donde hay que admirar especialmente este culto es en el hogar doméstico. En cada casa hay un altarito, erigido sobre una mesa, sobre una cómoda o sobre un arca, por la madre de familias, y adornado diariamente con flores frescas, que el marido compra en la calle de Sevilla o en la plazuela de Santa Ana, aunque sea brigadier de caballería o ministro del Tribunal Supremo. Llegada la hora de la función (que generalmente es de tres o cuatro de la tarde), la señora de la casa oficia como sacerdote; los hijos y las hijas sirven de diácono, subdiácono y acólitos; las criadas hacen de fieles; el criado de caniculario, y el ama de cría, en su calidad de señora de vidas y haciendas, preside el coro a guisa de deán o de obispo. Todos y todas hablan en latín siempre que lo marca el Ritual. Cuando vuelve el esposo (que ha cumplido con llevar las flores y no ha asistido a la función), el aire huele a cera y aun a incienso; los niños han dado mejor día a su madre; las criadas no han reñido entre sí, y hasta el mismo caniculario ha hablado bien del Gobierno. En fin, toda la casa, y particularísimamente la piadosa mujer que ejerce en ella el cargo de sacerdotisa de la Virgen, respiran santidad, paz y alegría. ¡Gratos e inocentes regocijos! ¡Muchos de ellos nos dé Dios en nuestros hogares! ¡Muchos le proporcione a nuestro pueblo! ¡Muchos a nuestra alma!

Además, de esta fiesta, que dura todo el mes, hay en mayo varias otras.

Verbigracia: el día 1 es San Felipe y Santiago, fecha en que los vencejos y aviones entran en Andalucía en busca de sus nidos del año anterior, situados, por lo regular, debajo de las canales de los tejados. No confundáis a estos pájaros tristes y feroces con las santas e inviolables golondrinas. Respetadlos, sin embargo, pues no se alimentan ni de trigo ni de fruta, sino exclusivamente de dañinos insectos que andan por el aire. Los vencejos no bajan nunca a la tierra; no pueden; les falta fuerza propia para remontarse de nuevo: se parecen a los favoritos a quienes se dan muchas alas, los cuales, el día que vienen a tierra tienen que morirse en un rincón sin poder hacer nada por sí mismos.

El 2 de mayo... (su nombre lo dice), es el DOS DE MAYO, el gran día histórico de Madrid. «Luto de corte», reza el almanaque. ¡Sí!..., pero el luto debe ser mayor en Francia. El 2 de mayo de 1808 le costó a Napoleón el Imperio, y claramente lo veía y lo decía él en Santa Elena. Daoíz y Velarde dieron a España la señal del heroísmo, y España se la transmitió a Europa. Nuestros padres demostraron al mundo que el coloso era vencible: Bailén fue anterior a Leipzig: Zaragoza sirvió de ejemplo a Moscú.

Pues ¿qué diremos de Murat, del Aquiles de Francia? ¡Siete años después del horrendo crimen con que manchó su historia en las calles de Madrid; siete años después, día por día, hora por hora, el 2 de mayo de 1815, perdió su última batalla, la batalla de Tolentino, y a los pocos meses, el que desde hijo de un posadero había llegado hasta rey de Nápoles, murió fusilado en la mayor soledad y abandono, como feroz bandolero cuya cabeza ha sido pregonada.

De otro día glorioso para España es aniversario el 2 de mayo. En 1866 nuestra Marina demostró al mundo que los héroes de Trafalgar habían dejado dignos herederos, y que no siempre la fortuna niega al valor la palma de la victoria. Méndez Núñez en El Callao (insigne plaza que se defendió bizarramente hasta donde pudo) es una de las figuras más grandes y más hermosas de los anales patrios, y no sólo él, sino todos sus ilustres compañeros de aquel día ganaron allí un puesto que nadie podrá disputarles en el templo de la inmortalidad.

Pero sigamos nuestra humilde enumeración de las fiestas de mayo.

El día 3 es la Invención de la Santa Cruz, o sea la Cruz de Mayo, como la llama el vulgo, los altares que ponen todos los niños de España, desde el hijo del prócer hasta el hijo del portero, desde la campesina que vive en humilde cortijada, hasta la heredera del duque que habita en Madrid palacio suntuoso; las buenas mozas que en lugares y aldeas se visten todavía de Mayas o reinas, para presidir desde lo alto de una mesa, convertida en vistosísimo trono, el baile y jaleo de tal o cual Cruz, donde hay cada borrachera y cada puñalada que canta el misterio; la nube de niñas muy lavadas y peinadas, cada cual con una bandejita en la mano y su rosa detrás de la oreja, que se os acerca en todas partes, en la escalera, en la portería, en la acera, en el arroyo, en el paseo, en el camino real, haciéndoos reír y sacándoos el dinero con aquellas vocecitas de ángel, con aquellos discursos, con aquellas monadas y con aquel enredarse en vuestras piernas hasta no dejaros dar paso: todo esto, y el origen de tales costumbres y el grado de solemnidad a que llegó la cosa en los siglos XVI y XVII, y las señales de ello que se advierten en nuestra literatura de aquella época, nos darían asunto para escribir muchas páginas si dispusiéramos de lugar para tanto. No siendo así, os remitimos a la preciosa comedia de nuestro contemporáneo Antonio Hurtado, titulada La Maya; comedia que parece escrita por Rojas, y donde encontraréis un artístico resumen de todo lo concerniente a este popularísimo día.

El 15 es San Isidro Labrador, patrón de Madrid, y San Torcuato, patrón de Guadix. Dejamos para mejor ocasión la pintura de las fiestas de nuestro pueblo natal y en cuanto a la de Madrid, sólo diremos, por vía de índice, que el día de San Isidro es el día de la pradera, del cerro, de los frasquetes, de las rosquillas, del peleón, de las mantillas blancas, de los toros, de las acacias, de lo que resta de manolos y manolas, de los grandes trenes a la calesera, de la nobleza revuelta con el pueblo, y de los corchetes aporreados a mansalva; el día de Goya, en fin, y esto lo dice todo.

El 22, Santa Rita de Casia, abogada de imposibles. (¡Según sean éstos, pues a Werther no lo hubiera patrocinado la santa!) Novenas matutinas en Andalucía, para ir a las cuales estrenan las muchachas casaderas vestidos veraniegos, procurando agradar a los jóvenes de proporciones, sin miedo alguno a que éstos les hagan luego padecer los variados tormentos que padeció Santa Rita bajo el poder de su marido.

Pocos días antes o pocos días después, pero siempre un jueves de mayo, la Ascensión del Señor. Misa de hora. Se van acabando los cumplimientos de Iglesia...

-¡Mira, hombre, que es menester que vayas a confesar!...

-¡Mujer, descuida, que queda tiempo!

-No queda: del domingo en ocho es Pascua florida.

-Bueno, mujer..., ¡iré!

-Pero ¡que lo confieses todo!...

-Todo.

-Y que me traigas la cédula de comunión...

-Traeré la cédula.

-Y que sepa yo luego cuánta penitencia te han echado...

-Lo sabrás.

-Y que hagas propósito de enmienda...

-Lo haré.

-Y que cumplas la penitencia y el propósito...

-Todo lo cumpliré, Josefa, no tengas cuidado; ¡pero hazme el favor de no referir a nadie ninguna de estas cosas, pues diría la gente que me tratas como a un doctrino!

Día 30, San Fernando. Grandes suspiros y lamentaciones en casa de los antiguos covachuelistas, que echan de menos al memorable reinado del señor don Fernando VII.

Día 31: «Aniversario por las almas de los que han fallecido (lo copiamos literalmente de un calendario progresista) en la gloriosa lucha de la libertad contra la tiranía.»

Y pare usted de contar. Se acabó el mes. Sin embargo, debemos advertir que aún comprende otras muchas funciones de iglesia, sobre todo Letanías o rogativas, entre las cuales hay una (la Lauretana o de la Virgen) que es lástima no esté en castellano, pues ningún corazón piadoso la oiría sin profunda emoción. Aquellos requiebros a María (Estrella de la mañana, Rosa mística, Puerta del Cielo, Torre de David, Casa de oro, etcétera, etc.) componen un ramo de flores más frescas y olorosas que todas las de los vergeles de mayo.

En resumen: aun después de suprimida por N. S. P. Pío IX, a petición del partido moderado (suum cuique), la mitad de los días de Misa que tenía el año en España, son tantas las funciones de iglesia de este mes, que todavía puede decirse aquello de Mayo mangonero, pon la rueca en el humero; refrán antiguo que censuraba las muchas mangas de parroquia que salían a la calle en mayo, y el poco tiempo que les quedaba a las mujeres para hilar.


V: Mesa revuelta[editar]

Podríamos hablar ahora de los Campos de mayo, o grandes asambleas guerrero-político-religiosas que celebraban en este mes los antiguos francos; de cómo la dinastía napoleónica las ha plagiado luego en el Campo de Marte y en los campamentos de Châlons; de los célebres Cuadros de mayo, que durante muchos siglos presentaron los plateros de París en la catedral de Notre-Dame; del Árbol de mayo o el Mayo a secas (árbol majalis), que se planta todavía a la puerta de la casa de las doncellas a quienes se quiere agasajar, adornándolo con cintas, flores, dulces y otros obsequios, y de cómo Napoleón el Único falleció el 5 de mayo, título de la famosísima oda de Manzoni...

Diríamos también (para que esta dozava parte del presente Calendario fuese completa) a qué hora sale y se pone el sol cada día del mes de mayo; y por qué es Apolo su dios tutelar; y qué significa la frase de Sol en Géminis; qué noticias tenemos los humanos acerca de la constelación de Géminis, o cuando menos de las dos magníficas estrellas Cástor y Pólux: después de lo cual terminaríamos participándoos que, en nuestro planeta, el día 1 de mayo hay feria en Coria y otros puntos; el día 2 en Santiago de Galloso; el 3, en Verín; el 4, en Puerto Real; el 5, en el Barco de Ávila, etc.

Pero todo esto fuera cuento de nunca acabar, y precisamente nosotros tenemos abutere patientia vestra. Vamos, pues, a concluir a todo trance.

Are quien aró, que ya mayo entró, dicen los labradores diligentes. Abril y mayo componen el año, exclaman los holgazanes. Mayo hortelano (lluvioso), mucha paja y poco grano, añaden los pesimistas... Nosotros echamos por medio, y decimos: ¡Bendito sea mayo!

¡Bendito sea mayo, sí! ¡Él da juntamente alfalfa a los irracionales, espárragos y otras hierbas a los hombres, flores y suspiros a las mujeres, flores y cánticos a la Virgen!

Durante este próvido mes, hasta en el desheredado Madrid se conoce que la Primavera anda por el mundo. Todos los balcones están llenos de floridas macetas. Las codornices y las perdices se pasan la noche asomadas a ellos, contándose a voces, como buenas vecinas, toda su vida y milagros. Los románticos ruiseñores entonan entretanto serenatas a la Luna en los bosques del Buen Retiro. Las ranas del Manzanares repiten las mil conversaciones escandalosas que durante el día han oído a las lavanderas. Y el grillo de a dos cuartos, archivado en una caja que tuvo fósforos, arrulla el sueño del infeliz pretendiente sin esperanzas, haciéndole creer que aquella buhardilla es la rústica aldea de donde nunca debió salir...

Desde el día 1 está abierto al público el paseo de los tristes, el Jardín Botánico, por cuyas solitarias calles de árboles de otros climas se ven pasear preciosos niños vestidos de luto, que no van acompañados de sus padres, sino de sus afligidos abuelos. En la Fuente de Apolo, en el Parterre y en Recoletos juegan entretanto, a la vista de sus padres, niños vestidos de blanco y azul, semejantes en todo a las mariposas que persiguen. Otras mariposas mayores, rota ya la crisálida de los abrigos de terciopelo y pieles, cruzan al mismo tiempo el espacio en carretela descubierta, pero con rapidez suma, como para librarse de los impertinentes flechazos de sus adoradores de la clase media de a pie.

Madrugan por su parte las hechiceras cursis en estado honesto, y lavan y planchan el vaporoso vestido de indiana con el que a la tarde, entre dos luces, han de parecer ladys o princesas en el salón... del Prado. No hay, pues, estudiante suspenso que no se crea este mes un Don Juan Tenorio, ni modistilla que no se considere una heroína de novela. Nadie tiene frío; todos tienen flores; todos aman y son amados; todos oyen música gratis en las cercanías de los circos; todos van elegantes a poca costa; todos se dan tal vida, que sólo les falta un poco de dinero para ser ricos, o un poco de paciencia cristiana para ser dichosos.

¡Oh, sí! Mayo es la felicidad; mayo es la juventud; mayo es el amor; mayo es la baratura; mayo es la libertad de todos y de todo. ¡Bendito sea mayo!


Última hora y último refrán:

«Hasta el 40 de mayo no te quites el sayo.»


Madrid, 1878.

Descubrimiento y paso del cabo de Buena Esperanza[editar]


Descubrimiento y paso del cabo de Buena Esperanza
de Pedro Antonio de Alarcón



I[editar]

Si grandes y extraordinarias empresas registra la Historia en que dé algún pueblo repetidos testimonios de valor y constancia, preferente lugar ocupa entre ellas la que sirve de título y asunto a la presente relación[editar]

Cabe a Portugal, y exclusivamente a Portugal, la indisputable gloria de haber acometido y llevado a cabo tan colosal proyecto. Solo, y sin auxilio alguno extraño, ese pueblo hermano de España luchó con los elementos, con la escasez de recursos, con la ignorancia y las preocupaciones de la época, con mil otros peligros y contratiempos que le suscitaron las razas salvajes, con cuanto la naturaleza y la perversión humana pueden oponer de temible o amargo a la tenaz voluntad del genio, hasta que al fin, después de setenta y ocho años de afanes y sufrimientos indecibles, vio coronada su obra con el éxito más venturoso.

Enarrar sumariamente esa larga y penosa cruzada; recorrer esos setenta y ocho años de un trabajo porfiado y lento, cuanto heroico y sembrado de peregrinas aventuras; seguir el gran descubrimiento paso a paso y enaltecer a sus héroes uno por uno: he aquí la tarea que nos proponemos llenar.

La Historia, que no puede menos de ver estos sucesos al por mayor (y permítasenos la frase), se contenta casi siempre con citar a Bartolomé Díaz y Vasco de Gama como a los únicos protagonistas de ese poema de un siglo; y la Poesía, la musa del Tajo, la lira de Camoens, ha acumulado sobre el último y el más feliz de aquel millar de ilustres aventureros toda la prez del resultado.

Hacer justicia a los humildes; redimir del olvido a algunos héroes oscuros; rebajar la importancia monopolizadora de ciertos nombres, o levantar hasta ellos el nivel de toda una generación que no les cedía en fe, tenacidad y denuedo: tal es el espíritu que nos anima.

II[editar]

Sabido es que un error de cálculo llevó a Colón a descubrir el Nuevo Mundo, del que ni aun sospechaba la existencia. Colón, persuadido firmemente de que la Tierra era redonda, buscaba las costas orientales de la India en los límites occidentales del Océano Atlántico. Ahora bien: la idea de encontrar un camino marítimo para la India no nació en la mente del marino genovés, sino que tenía un origen muy antiguo, y estaba encarnada, por decirlo así, en todos los matemáticos del siglo XV.

La India, cuna quizá de la civilización del globo, no conocida por las naciones de Occidente hasta los tiempos de Alejandro que la invadió por tierra en alas de la conquista, excitó siempre la codicia de Europa, que encontraba en ella cuantos tesoros ha producido la Naturaleza. Diamantes, perlas, coral, oro, marfil, delicadas especias, vistosos tintes, plumas, pieles, medicamentos, ricas maderas, sabrosos frutos, todo lo prodigaba esta parte privilegiada de la Tierra, todo estaba allí al alcance de la mano, todo ofrecía esplendor al lujo, adelanto a las ciencias, ganancias fabulosas al comercio, campo ilimitado a la industria, pasto de la curiosidad.

Pero en cambio, era sumamente difícil a los europeos la adquisición de tales maravillas, en atención a las duras molestias, grandes peligros y enormes gastos que costaban a los mercaderes de Occidente sus rarísimos viajes a aquella fabulosa región.

Éstos podían hacerse de dos maneras. Por tierra, siguiendo los caminos que la experiencia había demostrado ser más cortos y seguros (pues la Geografía no había determinado aún, ni remotamente, la extensión y los límites de aquellas naciones), y por mar, del mismo modo que hoy se hacen, o sea mediante una navegación en dos secciones, separadas por el istmo de Suez.

Las dificultades de cualquiera de estos dos sistemas eran infinitas. Para hacer el viaje por tierra, en mulas, caballos o asnos, únicos medios de que entonces podían disponer los expedicionarios, tenían éstos que atravesar los montes mayores del continente; ya los Alpes, ya los Carpacios; unos los Urales, otros el Cáucaso, y casi todas las cordilleras derivadas del Tíbet. En estas peregrinaciones de ochocientas, de mil y de más leguas, al través de tantos pueblos bárbaros, había que luchar con la falta de caminos, con la escasez de agua, con los bandidos y con las fieras. ¡La imaginación se espanta a la mera enunciación de tantos contratiempos! Y para hacer el viaje por mar, era preciso cruzar el Mediterráneo hasta El Cairo, dejar allí las naves, pasar a pie el istmo, disponer de otras naves en Suez, e ir luego costeando penosamente por los tempestuosos litorales del golfo Arábigo y del golfo Pérsico, cuyos montes no osaban perder de vista, temerosos de extraviarse en el vasto Océano Índico, que les era desconocido. De vuelta con las mercancías, érales necesario, al llegar al istmo, vencer las mismas dificultades (mayores entonces, por tener que transportar el cargamento en caballerías al través de un desierto de veinte leguas), lo cual daba por resultado que el comercio se hacía al por menor, o sea acarreando escasa cantidad de géneros, y con todos los gastos y mayores riesgos que hoy lo realiza la más importante compañía inglesa. Desaparecían, pues, por ambos medios todas las ventajas materiales del tráfico de Europa con la India.

Uno era, por consiguiente, el problema que se agitaba en la cabeza de geógrafos y viajeros: o romper el istmo de Suez, o buscar otro camino marítimo por el Oriente.


III[editar]

Del rompimiento del istmo de Suez, dorado sueño de cuantos surcaban en la Antigüedad la extensión de los mares, no creemos oportuno disertar en esta memoria. Sólo consignaremos que durante el siglo XV, época de titanes, en que se acometieron las más temerarias empresas y se dio por primera vez la vuelta al globo que habitamos, no cruzó por ninguna imaginación la idea de romper el istmo de Suez, o, si cruzó, fue rechazada como un absurdo.

A los sabios de entonces, como más tarde a Napoleón I, los retrajo de semejante empresa el fracaso del canal proyectado por los faraones, y del cual se conservan vestigios entre un océano de arena.

Según parece, este dorado sueño va a convertirse en nuestro siglo en una brillante realidad, que pedimos a Dios nos permita ver...

Pero aquí sólo nos toca hablar de lo que se hizo entonces por los valerosos portugueses.

Entremos, pues, en nuestra relación histórica.


IV[editar]

Muchos años antes del nacimiento de Cristóbal Colón, que había de buscar más tarde el camino marítimo de la India navegando hacia el Occidente, surgió en la mente de un joven sin gloria, príncipe sin porvenir, hijo sin herencia de un rey de la cristiandad, la idea de hallar aquel camino navegando hacia el Mediodía.

¡Coincidencia sublime! Uno y otro acertaron en sus cálculos; uno y otro hallaron derrotero para la India; y con pocos años de diferencia, casi al mismo tiempo, cuando ya habían muerto aquellos dos ilustres sabios, ¡entraban en el Océano Índico el barco de Magallanes por la parte de Oceanía, y el buque de Vasco de Gama por la parte de Madagascar! Pero no adelantemos los sucesos.

Don Enrique de Portugal, duque de Viseo, llamado el Navegante, nació en 1394.

Era el quinto de los hijos legítimos de don Juan I y, desesperando racionalmente de ocupar el trono, pensó en labrarse por sí mismo un lugar honroso en su siglo y un nombre en la posteridad.

Desde sus más tiernos años descolló en él una vehemente afición a la náutica, a los viajes y a la astronomía, de tal modo que a los veinticinco años abandonó las cosas de la guerra (en que había dado pruebas de valor indómito, como gobernador de Ceuta que había sido en tiempo de las luchas con los rifeños), y se retiró a los Algarbes, donde, cerca del cabo de San Vicente, extremo occidental de Europa, en un sitio próximo a Sagres, fundó una villa que llamó Terra Naval, y que después llevó el nombre de Villa del Infante.

Allí, rodeado de los marinos y viajeros más célebres de la época, entregóse al estudio con tal afán y tanto provecho, que muchos lo tuvieron por el primer sabio de su siglo, y hasta hay quien le cree inventor del astrolabio, atribuido por otros a Martín de Bohemia. Pero el gran pensamiento que ocupó siempre su imaginación, y al que consagró toda su vida, fue descubrir el límite meridional de África y hallar por él un paso para las regiones misteriosas visitadas por Alejandro.

La grandeza de esta idea no puede comprenderse hoy sin tener en consideración que se oponía a los conocimientos de aquel tiempo, en que los mismos sabios aseguraban que el África no tenía término al Mediodía. De las dos mil o más leguas que mide de extensión el litoral de aquel continente por la parte que mira al Atlántico, apenas se conocían doscientas, y en cuanto a lo demás, la tradición, emanada de algunos viajeros llevados más lejos por los temporales, sostenía que aquella costa se dilataba hasta el infinito, completamente deshabitada, afligida por un sol insoportable, e inaccesible, por tanto, al hombre. Érase, en fin, el tiempo en que seguía válida la especie de San Agustín y otros varones respetabilísimos, sobre que ni había antípodas, ni era posible navegar hacia el Sur, donde colocaban la Mesa del Sol, hoy llamada Zona tórrida (muy semejante, según ellos, a un horno encendido, o a las cavernas más horribles del infierno); especie que, por otra parte, contaba siglos y siglos de antigüedad, pues viene a ser una variante de la idea que se da sobre la figura de la Tierra en los famosos Vedas de la India.

Pero don Enrique, a pesar de no existir aún la imprenta, consiguió hacerse de las obras más acabadas sobre geografía y viajes que había legado a la Edad Media la civilización del mundo antiguo, y, leyéndolas y reflexionando sobre sus páginas, dio con el absurdo palmario de la opinión entonces dominante acerca de la forma de nuestro planeta.

En las historias griegas y romanas leería, por ejemplo, que habiendo salido Menelao, después del sitio de Troya, por el estrecho de Gibraltar (entonces de Hércules), navegó tanto por el Océano Atlántico que, sin apartarse nunca del litoral de África, llegó a ver salir el sol a su derecha, encontrándose al poco tiempo en el mar Rojo, prueba evidente de que había dado la vuelta al continente africano.

En los escritos de Pomponio Mela hallaría el infante que Hannón el I, capitán cartaginés, partió desde Cádiz por orden del Senado, con sesenta pentecontorios (navíos de cincuenta remos), a poblar las ciudades fenicias que se asentaban donde hoy el reino de Marruecos, y que bajó tanto por el Océano que llegó un día en que los cuerpos de los marineros no trazaron otra sombra sobre cubierta que una línea de pie a pie, a la hora en que el Sol se hallaba en el meridiano, señal indudable de que se encontraban en la zona tórrida y de que los habitantes de las zonas templadas podían soportar los rayos perpendiculares del Sol.

Leería en Heródoto, quien ya tenía al África por una península del Asia, que Jerjes envió un marino, llamado Setaspes, a que reconociese las costas occidentales de la Libia, y que, cansado éste de ver siempre lo mismo después de muchas semanas de navegación, falto de víveres y desesperanzado de hallarle fin a aquel litoral inmenso, tornó a Egipto, asegurando haber descubierto más de setecientas leguas de costa.

En una historia de la misma nación vería que dos siglos antes de Jesucristo hubo un navegante llamado Eudoxio de Cyzico, el cual, sospechando también que el Océano rodeaba a África, pidió a Tolomeo Evergetes II una armada para efectuar aquella prodigiosa vuelta. Verdad es que Estrabón afirma que Tolomeo no accedió a su demanda; mas, en cambio, otros historiadores dicen que llevó a cabo su proyecto.

Pero la prueba irresistible, la que haría aferrarse a don Enrique en sus conjeturas, era que ese mismo Estrabón consigna en una de sus obras que Tiberio Nerón encontró en el golfo de Arabia algunos restos de naves españolas. Ahora bien: si el África no tenía límites al sur, ¿por qué mares habían ido hasta allí unas embarcaciones que procedían del extremo occidente de Europa?

Hoy se hubiera podido contestar a aquel ilustre pensador con el cabo Norte de Laponia, los mares samoyedos, el estrecho de Bhering, el Océano Pacífico y el mar de la India, camino que bien pudieron seguir aquellas naves en alas de la tormenta...; pero ¡ah! que esas extensiones del mar y de la tierra estaban aún sumergidas en las tinieblas del caos a los ojos de Europa, lo mismo que el África, la América y la Oceanía.

Finalmente: en las obras de un rabino navarro llamado Benjamín de Tudela, que viajó por la Guinea mucho tiempo; en los escritos del célebre barón normando Juan de Bethencourt; en Eratóstenes, sabio geógrafo, famoso por sus mapas; en Germinio, Polibio y otros historiadores de la Antigüedad, encontraría indicios de la existencia del paso que se había propuesto descubrir.

Ello es que, nutrido de mil historias, compulsó, tradujo, adivinó, y de todo este trabajo inmenso resultó en él una fe ciega, un firme convencimiento, una voluntad irresistible.


V[editar]

En su virtud, a principios del año 1416 equipó una pequeña escuadra, que se dio a la vela para el Mediodía, resuelta a no volver a Portugal o doblar el temido cabo Non, situado enfrente de las Canarias y llamado así porque hasta entonces nadie había conseguido pasarlo a causa de los bajos que lo cercan. ¡Este cabo era lo último que se había descubierto en aquella costa!

Pero los valientes portugueses, animados de la misma fe que poseía don Enrique, tomaron una peligrosa y suprema resolución: apartáronse de tierra hasta perderla de vista; siguieron luego su rumbo al Sur, y cuando calcularon que el cabo había quedado atrás se aproximaron de nuevo al África. En efecto: habían triunfado, y se hallaban cincuenta leguas más abajo del inexorable Non.

Llenos de alegría regresaron a Portugal y participaron al príncipe tan venturosa nueva. Éste les dispuso sin pérdida de tiempo otra expedición, en que adelantaron veinte leguas más; pero les sobrevino una calma y, faltos de víveres, tornaron nuevamente a su patria.

Entonces el príncipe, entusiasmado con estos descubrimientos, confió (1420) una fuerte nave a Juan González Zarco, que pasaba por muy experimentado marino.

Una deshecha borrasca apartó al nuevo expedicionario del litoral de África, arrojándole en medio de aquel mar desconocido que se perdía en Occidente; pero ni aun así fue estéril este viaje, pues cuando abonanzó el tiempo, Zarco descubrió una isla desierta, a la que llamó Porto-Santo, cuyo señorío le cedió don Enrique para que, en unión de Bartolomé Trillo y Tristán Bax Tejeira la poblase y le diese cultivo.

Hiciéronlo así, y no pasó mucho tiempo sin que los nuevos colonos divisaran a lo lejos una sombra como tierra, a la que aportaron, hallándose con otra isla mucho mayor, también desierta, pero tan poblada de seculares bosques que la llamaron de la Madera.

Encomendóles también el infante su población; y como para labrar algunas tierras pusiesen fuego al enmarañado bosque que las cubría, duró el incendio siete años.

Ardió toda la isla... ¡Asombroso espectáculo ofrecería de noche al navegante aquel faro inmenso que surgía de entre las olas, iluminando y enrojeciendo el cielo y el Océano! Las cenizas de aquella hoguera de cincuenta leguas de circuito abonaron de tal modo el terreno, que hoy Madera es uno de los países más feraces del mundo.

Tres años después, cuando don Enrique repuso algo sus fondos, equipó una carabela y la confió a un marino natural de Lagos, que unos llaman Gil Yañes, otros Giliañes y otros Gil Añés, el cual descubrió el cabo de Bojador, si bien no consiguió pasarlo hasta el año siguiente, que volvió en compañía de Alonso Pérez Baldayo.

Saltaron entonces a tierra en una playa que llamaron de los Rubios por los muchos peces de este nombre que vieron en ella; pero no encontrando gente, regresaron a Portugal a dar cuenta de todo lo ocurrido.

La muerte de don Juan I suspendió por algunos años estas expediciones; pero en 1435 envió de nuevo el príncipe a Gil Añés y Alonso Pérez, quienes esta vez avanzaron hasta el 21º latitud Norte, a cuya altura tomaron tierra.

Allí sí encontraron naturales del país, muy semejantes a los moros de Berbería, y habiendo trabado combate con ellos, salieron malparados los portugueses.

Con este motivo, y el de la muerte del rey don Duarte, hermano de don Enrique y sucesor de don Juan I, suspendió el infante unas tentativas que requerían más hombres y más recursos de los que él podía suministrar.

Sin embargo, como no le era posible abandonar aquella empresa, a que había consagrado toda su inteligencia y toda su vida, arbitróse penosamente algún dinero, y en el año de 1441 envió a Antonio González y Nuño Tristán a que continuasen los descubrimientos.

Marcharon éstos, cada uno en su carabela, y el primero adelantó hasta el cabo que llamó Caballero, no pasando el segundo del cabo Blanco.

Al año siguiente descubrió Tristán hasta un río, que llamó del Oro por el mucho polvo de este metal que en él había, y aun se dice que vio alguna de las islas de Cabo-Verde.

Ya por este tiempo empezaban a variar de objeto la mayor parte de semejantes excursiones: el comercio y las armas iban entrando por algo en ellas, y los portugueses, que las hallaban caballerescas y lucrativas, pidieron y obtuvieron venia del rey para equipar naves y marchar a aquellas regiones a buscar gloria y fortuna.

Las más célebre de estas armadas aventureras fue una, compuesta de seis carabelas, tripuladas por hidalgos arruinados, la cual marchó al mando de un tal Lazarote. No es de este lugar referir los romancescos pormenores de aquella estéril cruzada; pero podemos asegurar que es tarea digna de la pluma de Cervantes.

Siguiendo nosotros nuestra enumeración, diremos que en 1444, Vicente de Lagos y Luis de Cadamostro, noble veneciano, deudo de don Enrique, llegaron al río Gambia; que en mayo de 1455 partió de nuevo el segundo con el genovés Antonio Noli, y que en este viaje se hicieron ambos famosos por haber descubierto el archipiélago de Cabo-Verde y explorado la costa africana hasta Cabo-Rojo.

Nuño Tristán hizo otro viaje en 1456, y descubrió el Río Grande, situado a los 10º de latitud Norte; desde allí avanzó veinte leguas más hacia otro río, en cuyas márgenes murió a manos de los naturales del país, por lo que el río tomó su nombre, y en el mismo año Álvaro Fernández corrió otras veinte leguas de costa hasta llegar al cabo de Santa Ana.

Helos en el inmenso golfo de Guinea.

Entonces debió de suceder una cosa sobre la cual nada dicen los autores que nos sirven de guía en estos apuntes, pero que conjetura fácilmente la imaginación.

Sabido es que desde el cabo de Santa Ana dejan las costas de África de dirigirse al Mediodía, y que, por espacio de cuatrocientas leguas, se extienden hacia el Oriente; es, por tanto, muy presumible que los portugueses, siguiendo su cabotaje, creyeran haber hallado ya el límite meridional de África, y esperasen a cada momento ver inclinarse la tierra al Norte, para dar por concluida su tarea.

¡Cuál debió, pues, de ser su asombro cuando llegaron al río Manoce, enfrente de la isla de Fernando Poo, y vieron que el África volvía a extenderse al sur! ¡Cuánto sería su desaliento el día en que un marino negro, hijo de los desiertos de Benín, les dijera que aún les quedaban dos mil cuatrocientas millas para llegar a la extremidad de aquella península gigante, hija predilecta del Sol! ¡Y esto si no volvieron a la antigua idea de que aquel continente no tenía límites!

Nada nos dice la Historia acerca de tal cosa: el único indicio de la profunda impresión que causó en todos los corazones aquella contrariedad es la muerte de don Enrique el Navegante, acaecida en 1460.

Al perder la esperanza, perdió la vida. He aquí el mejor epitafio para ese varón ilustre, honor y gloria del pueblo lusitano.


VI: BARTOLOMÉ DÍAZ[editar]

Pasaron veintiséis años desde la muerte del infante sin que se volviese a pensar en nuevos descubrimientos.

El estado de esta empresa no podía, sin embargo, ofrecer mejores esperanzas, puesto que, con un último viaje de Diego Cano, resultaba ya que los barcos portugueses se alejaban de Lisboa mil trescientas leguas hacia el Mediodía, esto es, hasta el río Zairo, lo cual quería decir que habían pasado la línea equinoccial, cosa considerada siempre como irrealizable en aquella dirección, o sea en aquellos meridianos.

En este estado, el nuevo rey don Juan, después de consagrar cinco años a reconocer y explotar las ricas costas de Guinea, y de haber fundado en ellas un puerto, un castillo y una iglesia, que más tarde debían ser la ciudad llamada la Mina, pensó en continuar la interrumpida obra de su ilustre tío don Enrique.

A todo esto, la Corona de Portugal había obtenido ya del Papa la investidura de todos los descubrimientos hechos y que se hiciesen al sur del cabo Bojador, donación que fue ratificada sucesivamente por todos los pontífices hasta Sixto IV.

Provisto de estas garantías, llamó ante sí a un hidalgo de provincia, famoso marino, nombrado Bartolomé Díaz, y le confió el mando de tres buques, que salieron del puerto de Lisboa el día 12 de agosto de 1486 saludados por una inmensa multitud.

Dos de estos buques eran de cincuenta toneladas, y en uno de ellos iba Díaz, como jefe de la expedición, y en el otro comandaba Juan Infante, célebre marino del rey. En la tercera embarcación, que era más pequeña, iban los bastimentos.

La navegación se presentó feliz: antes de una semana llegaron a Tenerife, donde hicieron agua; pasaron sin contratiempo el terrible cabo Bojador, y el día 21 de septiembre se encontraron con el sol sobre la línea equinoccial.

Bartolomé Díaz no quiso, como sus predecesores, navegar con las costas a la vista, sino que engolfóse mar adentro a pesar de las protestas de la tripulación, que por un lado temía extraviarse, y por otro deseaba observar las rarezas de aquellos países; pero el capitán los consolaba diciéndoles que todo aquello lo habían ya visto otros portugueses, y que cuando alcanzasen tierras a que nadie hubiera llegado, ya navegarían al cabotaje, y verían cosas dignas de ser contadas, siquiera por lo nuevas.

Un mes después anclaron en la embocadura del río Zairo, último país visitado por los europeos.

Allí envió Díaz a unos negros del reino de Benín, que lo acompañaban como intérpretes, a que se entendieran con los habitantes del Congo, y supo por éstos que sus ideas sobre el límite del África no carecían de fundamento.

Levaron anclas, por consiguiente, más entusiasmados que nunca, y en pocos días corrieron otras ciento veinte leguas, tomando fondo casi dos grados al sur del trópico de Capricornio, es decir, fuera de la zona tórrida, en la embocadura de un río que nombraron de los Elefantes por los muchos que vieron en sus orillas.

El comandante saltó entonces a tierra con un marino a quien quería mucho, y que no era otro que Bartolomé Colón, hermano del célebre Cristóbal (que ya recorría la Europa mendigando cuatro tablas y un lienzo a cambio de un mundo), y habiendo subido las márgenes del citado río, encontraron media docena de salvajes, negros, desnudos, feísimos, y de más de siete pies de altura, los cuales bogaban tranquilamente en el tronco de un árbol ahuecado al fuego, comiéndose un hipopótamo.

Luego que se calmó la mutua sorpresa de aquellos hombres tan distintos entre sí, preguntáronles los dos Bartolomé, por medio de los negros que tomaron en el Congo, quiénes eran; a lo que contestaron que eran los kuakua.

Estaban en el país de los hotentotes.

Aquellos gigantes (no tan corpulentos como se los supone) eran tan estúpidos que casi no tenían memoria, desconocían el pudor y hasta carecían de idioma, expresando sus sentimientos con gestos, señas y aullidos; pero así y todo se consideraban mucho más civilizados que otra nación que dijeron hallarse al Mediodía, compuesta de hombres que vivían en los bosques como las fieras; por lo que los portugueses los llamaron bosgemanes.

El clima era templado, y cuando llegaron allá los portugueses, que fue a mediados de octubre, concluía el invierno.

Después de descansar algunos días, levaron anclas los atrevidos aventureros y dirigieron las proas al polo meridional.

Pronto perdieron de vista la tierra... ¡Quizás había terminado ya la costa occidental de África!...

Viran a babor para cerciorarse, y el mar los repele.

-¡Adelante! -exclama Díaz-; corramos algunas leguas más hacia el Sur.

Pero pronto se apoderan de los barcos unas corrientes tan impetuosas, que es en vano pensar en dominarlas.

Arrastrados, arrebatados, girando en diversas direcciones, ya avanzando hacia el Mediodía, ya hacia el Oriente, pasaron tres días y tres noches.

La tripulación, espantada, cree que ha llegado la hora de que Portugal purgue su atrevimiento de un siglo, y que el Océano va a vengarse de cuantos secretos le habían arrancado aquellos impertérritos nautas.

Al fin, una mañana, el viento y las olas los arrojaron en una bahía baja y arenosa, que denominaron de las Vacas por las muchas que allí vieron.

¡Habían doblado el Cabo tan deseado! ¡Habían encontrado el límite del África! Pero lo ignoraban todavía.

Continuaron, pues, caminando al Este, siguiendo la inclinación de la costa, y temiendo a cada momento que ésta se dirigiese de nuevo al Sur, como aconteció en el golfo de Guinea.

Así llegaron a Lagoa.

Allí se sublevó la tripulación, pidiendo a Díaz que se volviese, pues el barco de las provisiones se había perdido, y ya se encontraban a más de mil ochocientas leguas de la patria; pero Díaz obtuvo que le dejasen correr otras veinticinco leguas más, prometiendo que, si en aquel espacio no se inclinaba la tierra hacia el Norte, daría por terminada la expedición y regresaría a Lisboa.

Pocas horas después, la costa de África se presentó a los ojos de los portugueses tendida hacia el Norte en toda la extensión que alcanzaba la vista.

-¡Compañeros! -gritó el comandante-: ¡hemos triunfado! ¡Hace tres días que doblamos el último cabo de África!... ¡A Portugal! ¡A Portugal!.

Y recordando que en aquel cabo estuvieron tan expuestos a perecer, llamáronle desde luego el cabo Tormentorio.

Arribaron entonces a una pequeña isla, que denominaron de Santa Cruz, situada en la frente de Cafrería; y reparadas las averías de las naves, y hechas algunas provisiones, levaron anclas, volvieron las proas hacia el camino que habían traído, y emprendieron la vuelta a Portugal, adonde llegaron en diciembre de 1487, diecisiete meses y medio después de su partida.

Inexplicable fue el júbilo del rey, de la corte y de toda la nación al saber la fausta noticia de que se había encontrado el fin de África; y como dijera Díaz que había llamado Cabo de las Tormentas a aquel promontorio tan deseado, «No quiera Dios -replicó el monarca- que conserve un nombre de tan mal agüero. Que se le llame CABO DE BUENA ESPERANZA».

Y dijo esto por la que abrigaba de llegar a la India por aquel camino.

VIII: VASCO DE GAMA[editar]

Pasaron diez años desde la vuelta de Díaz sin que el rey de Portugal, ¡asómbrense nuestros lectores!, pensase en ultimar aquella extraordinaria empresa. Lejos de eso (¡parece increíble!), dedicóse a buscar al Preste Juan de las Indias por la parte de Egipto; y esperando noticias de este soñado personaje, pasó el resto de su vida, que tuvo fin en 1495.

Ya había descubierto Colón la América, y sólo este estímulo pudo sacar de su apatía al nuevo rey don Manuel el Grande y el muy feliz, a quien inútilmente animaba su esposa doña Isabel (repárese en esta coincidencia de nombre) para que mandase una expedición a la India por el Cabo de Buena Esperanza.

Decidido al fin el monarca, encomendó la dirección y equipo de la armada a un noble de Synis, llamado Vasco de Gama, hombre de unos cuarenta y siete años y marino de gran reputación por su destreza y valor extremado.

Cuatro naves compusieron la nueva expedición. En una iría Gama, como comandante; en otra su hermano Pablo; en la tercera, Nicolás Coello, y en la última los bastimentos, al mando de Gonzalo Núñez. El total de la tripulación era de unos ciento ochenta hombres.

De este modo se dieron a la vela en Belem, puerto situado a una legua de Lisboa, el día 8 de julio de 1497.

Por dichosa casualidad poseemos un mapa portugués muy antiguo, obra de un fraile de San Jerónimo, donde está trazada escrupulosamente la ruta que siguieron esta vez los expedicionarios.

Auxiliados, pues, por esta importante carta, podemos asegurar lo que tantas dudas ha ofrecido a los diversos autores que tratan de este viaje.

Gama tocó en la isla de la Madera donde, apagado el incendio, se habían plantado sarmientos de Chipre y echado los fundamentos de algunas poblaciones; luego pasó a tres leguas O. de la isla de Hierro, la más occidental de las Canarias; detúvose en la de Santiago, que es la principal del archipiélago de Cabo Verde, y vi no vio tierra hasta llegar a la isla de Santo Tomás. De allí fue siguiendo el mismo rumbo que sus predecesores, cuyos rastros encontró más de una vez, y aun a muchos de ellos establecidos ya en aquellas privilegiadas regiones. El día 3 de octubre desembarcaron en la bahía de Santa Elena, e hicieron agua en un río que llamaron de Santiago; y habiendo saltado Gama a tierra con el fin de tomar la altura del sol, atacóle una horda de bosgemanes y salió levemente herido.

Quisieron sus compañeros vengar aquella ofensa; pero como el número de los salvajes crecía sin cesar, Gama no quiso entrar en una refriega peligrosa cuando ya se veía a cincuenta leguas del Cabo de Buena Esperanza. Levaron, pues, anclas y siguieron su camino.

Pero si resistencia puso el terrible cabo al paso de las primeras naves portuguesas, mayor y mucho más prolongada fue la lucha que sostuvo con la escuadra de Vasco de Gama. El viento SE., que reina allí todo el estío, y las corrientes indomables de las olas, con más de una tormenta magníficamente cantada por Camoens, parecían cerrar a su osadía las puertas del codiciado Oriente.

Al fin, después de largas horas de agonía hundióse para siempre en los abismos del mar aquella figura robusta e valida de que habla el poeta citado, aquel gigantesco vigía del Tormentorio, colocado por Dios entre ambos hemisferios.

Gama entró en el Mar de las Indias.

Cinco días después saludaba el último padrón puesto por Bartolomé Díaz en la isla de Santa Cruz.

El 25 de diciembre, día de Navidad, pasaron por una hermosa costa que llamaron Natal (en recuerdo de la festividad religiosa que celebraba en aquel instante la Iglesia cristiana), nombre que conserva todavía.

Hicieron agua en un río que denominaron del Cobre, en cuyas orillas permanecieron hasta el 18 de enero que partieron hacia Mozambique, adonde llegaron el 7 de marzo.

Tocaron sucesivamente en Mombasa y Melinda, pero no en Quiloa, por recelar que allí les preparaban una traición.

El día 26 de abril pasaron nuevamente la línea equinoccial, y habiendo tomado la altura del sol, como lo hicieron al pasarlo por el otro lado del África, dedujo Vasco de Gama que la anchura de esta parte del mundo no excedía por aquella latitud de unas setecientas leguas. ¡Era la primera vez que se hacía este cálculo!

Finalmente: el día 18 de mayo de 1498 fondeó el buque de Gama delante de las costas de la India, a dos leguas de Calcuta.

La dorada esperanza de don Enrique el Navegante se había cumplido treinta y ocho años después de su muerte.


IX[editar]

Vasco de Gama volvió a Portugal en septiembre del siguiente año, cerca de treinta meses después de su partida.

El rey, loco de júbilo, lo nombró almirante de aquellos mares, permitióle llamarse don, y le señaló mil ducados de renta.

Su sucesor, don Juan III, lo hizo marqués de Vidigueira y virrey de la India.

A Bartolomé Díaz lo olvida la Historia: prueba evidente de que la corte de Lisboa hizo otro tanto con los merecimientos del verdadero vencedor del Gigante en quien personifica el poeta al terrible cabo Tormentorio.