Ideal Andaluz (versión para imprimir)

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none Presentación
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Ideal Andaluz Blas Infante


Señores Ateneístas:

Este es el problema: Andalucía necesita una dirección espiritual, una orientación política, un remedio económico, un plan cultural y una fuerza que apostolice y salve.

Voy a presentaros un trabajo, hecho de prisa, por quien no pudiera realizar grandes creaciones con mucho tiempo, mucha calma y prolijo estudio. Voy a exponeros unas cuantas verdades sencillas, inducidas de hechos cuya observación y análisis pueden ser efectuados por las inteligencias más simples. Defenderé la virtud de aspiraciones ideales, ya conocidas a las cuales alcanza la reacción del espíritu, tras su impresión por las realidades contrastadas; y esborzaré, con un elemental criterio político, la concreción circunstancial de aquellos principios, en fórmulas prácticas, moldeadas por las exigencias actuales de la Historia; señalando entre ellos los procedimientos que a su actuación conduzcan, los menos embarazados con dificultades del momento social.

En esta empresa de afirmar las conciencias de todos para la gran obra que a todos nos aguarda, ponga cada cual su grano de arena, como yo lo pretendo ahora, con esta modesta intención de un esfuerzo humilde.


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none Ideal de la vida
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Ideal Andaluz Blas Infante


Todos vosotros concebís y sentís el ideal. Escuchad una pobre definición de cómo yo lo concibo y siento.

Ideal de la Vida.

La Vida está latente para crear la Perfección Absoluta.

La Vida es lo Relativo caminando a lo Absoluto en el vehículo de la Forma.

Cuando obra perfección, adelanta en el camino que conduce al fin. En definitiva, sólo triunfan los perfectos; y todos los seres sienten su destino en el triunfo de su esencia. El Proceso Total se descubre y comprende al apreciar el desarrollo parcial de cualquiera de sus manifestaciones, regidas todas por la Ley que, en la variedad, mantiene del Universo la Soberana Armonía. Savia de perfección es la Lucha.

Como, las plantas luchan, aspirando a explayar en el triunfo de la flor el resumen de aromas y colores que adquieren, conquistando su esencia a las sonrisas de la luz y al perfume de las auras, así la vida del Universo resume la lucha de todos los seres, aspirando a explayar sus conquistas en el triunfo majestuoso y definitivo de la Eternidad. Esto es, de la Perfección Absoluta.

La Vida, pues, tiene un ideal absoluto: la Eternidad; y un ideal próximo: la relativa perfección; y una base de inmediata defensa: la conservación de la perfección y vida-ganada. Al primero, responde el destino que sienten los seres; al segundo, y a la última, hasta que el ser llega a hombre el instinto que a la lucha por el triunfo y por la vida los arrastra.


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none Ideal humano. Su génesis. Sus factores. Su modo de actuación
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Ideal humano. Su génesis. Sus factores. Su modo de actuación.

Así la Ley que en la esencia de todo lo que es, alienta, imprimió a cada uno y a todos los seres que constituyen el Universo; un movimiento dirigido hacia las avanzadas de la Vida. En la Tierra, la representa el hombre, que es la vida en llegando a la consciencia y a la libertad. Cuando el ser se conoció libre[1]fue hombre; y desde entonces es hijo, principalmente [2], de sus propias obras. Porque la libertad es la unción con que la Ley consagró su soberanía. Pero llega el hombre a conocer la razón de la libertad (poder crear o luchar, por libre amor), y cuando ya no presiente, sino que penetra, la razón de su destino creador (perfeccionar la creación, continuando la Obra), corre hacia él, aceptándolo, con gratitud a la Creación que lo produjo, y por amor, a su propia dignidad que a crear le empuja; y a la perfección en que la actividad creadora de la vida se revela, ofreciéndole visiones y goces parciales, como vislumbres de la Obra en el Fin. Y entonces, con respecto a los seres [3] engrandecidos por razón de aquel conocimiento, ya no se precisa de la religión del Temor. Ellos, por consciente amor, se conducen y crean. Se conocen a sí mismos, como alientos soberanos de la vida universal; como la resultante libre, por ser perfecta, del proceso desarrollado por la lucha depuradora, y no ignoran la dignidad ni la responsabilidad de su rango director, como representantes de la Vida, en sus puestos avanzados. Por esto, como a sí mismos, la aman, sintiendo su hermandad con los seres de su especie, con los seres y las fuerzas de su mundo, y con todos los seres, y todas las fuerzas y todos los mundos; y, por esto, como por sí mismos, ofrendan sus amores en el ara de la Vida Universal, subyugando, para cumplir su destino, por la Virtud de su consciente esfuerzo, las fuerzas ciegas (externas o internas, instintos), que arrastran, tras lucha gigante, encadenadas al carro espléndido de sus triunfos gloriosos.

He aquí cómo la obra Creadora, para ser perfecta y continuar avanzando hacia la Perfección, produjo el efecto maravilloso de un Ser Creador, que tendrá su gloria en el goce de su propia Creación, como la Vida, por sus representantes, la tiene, ya, en el goce de la suya [4].

Encadenar las fuerzas ciegas, ordenándolas al cumplimiento del Destino Humano, es crear fuerza consciente [5].

El Pensamiento, para aquel fin, idea, explora y descubre la nueva conquista que es preciso efectuar. La Lucha consciente, la lucha creadora, responde a la ideación del pensamiento. Así, el hombre avanza, poniendo nuevos jalones, desde los cuales descubre horizontes nuevos en la ruta de su Fin.

Porque el conocimiento de éste no puede ser absoluto. El Ser humano dirige la vida desde el instante fugaz de lo Presente, que palpita, corno decía Carlylc, en el punto donde dos Eternidades confluyen, y desde esc balcón, no alcanza a descubrir el Principio, oculto en el fondo de las sombras, que pesan sobre el seno fecundo de la Eternidad pasada; ni el Fin, escondido tras los vagorosos velajes de esperanzas, que velan el seno virgen de la Eternidad futura.

Sólo alcanza a ver una porción de camino definida; es decir, la perfección se presenta concretada en una fórmula que podemos parangonar al límite de la extensión descubierta; a ella conducen otras, que son como ideales más próximos y secundarios, jalones o grados completos de perfección. A esa concreción circunstancial del Fin, corresponde un amor también concreto, condensación del sentimiento del destino que alienta en todas las condensaciones de la vida universal.

De lo dicho se desprende que el ideal humano es distinto del ideal absoluto de la vida (la Eternidad), y del objeto inmediato que ésta cumple a través de todos los seres (la Lucha). Es un ideal lejanamente mediato para dar amplio margen a la libertad. El hombre puede, contemplándole, responder a los imperativos de la conciencia o las exigencias del instinto; aceptar los dolores del parto creador, cuyas explosiones hasta las alturas del Ideal elevan, a abandonarse al sueño de no crear, por el que descienden los seres hasta el abismo del ser incapacitado para obra creadora.

Consecuencia de ser mediato, el ideal humano es concreto, es decir, formal; para excitar todas las fuerzas que en el hombre existen: las del cerebro, las de la fantasía, las del corazón. No hay idea como esa idea que fulgura en la chispa engendrada por el pensamiento, cuando rasga las sombras de la Historia y escapa buscando la radiosidad del Fin, como, nostálgico del sol perdido, parte, ansioso de la luz lejana, el insecto sumergido en la oscuridad del campo. No hay sentimiento como ese sentimiento que ofrenda a la idea un trono de amor. Así se concentra el vago sentimiento del destino para rendir culto al ideal; como al encontrar al amador el ser amante, recoge, en un núcleo de fervores, todas las energías de su amor, repartidas por la Naturaleza. No hay fantasía como la fantasía que troquela aquella idea al calor de este sentimiento; ni fuerza gigante que pueda oponerse a la fuerza invencible de esos fantasmas gloriosos que, rebeldes al Tiempo, acuden, invocados desde lo Porvenir, pugnando por encender en su luz las tinieblas del Presente enemigo que les ahoga. Nada pueden los desgarramientos de todos los martirios; nada las caricias de todos los amores. Los fantasmas del ideal sobrenadan, triunfantes, en la sangre de las hecatombes humanas. Su grito de combate se yergue victorioso sobre los ecos de todas las voces potentes. Mueren los profetas... perecen los apóstoles...; pero, hasta el Fin, resurgirán los profetas. Cristo resucitará siempre de entre los muertos. Su hábito sagrado en todo tiempo levantará la pesada losa del sepulcro, arrojándola sobre los asustados guardianes. Pero, hasta el fin, sobrevivirán los apóstoles. Siempre, mientras el hacha del verdugo tenga filo, encontrará la cabeza de un apóstol aguardando reposada sobre el tajo de la muerte.

Yo creo en la fatalidad de la muerte por la vida. Aquélla existe sólo como condición vivificadora. A través de los cataclismos, la vida triunfa por el renacimiento. Así, entre los hombres, triunfa de la tiranía por la libertad, de los egoísmos por el amor. Por esto, antes perecerá la Humanidad que el Ideal no encuentre una voz en que modular su eterno canto a la perfección humana. Mientras exista un solo hombre existirá un alma generosa en que tallar un altar para ofrendar el sacrificio.

  1. El conocimiento de nuestra propia libertad es gradualmente adquirido. Todavía es muy imperfecto. Mejor dicho, nuestra libertad es muy imperfecta, porque su antecedente es el conocimiento. Ignoramos la transcendencia de muchas causas, cuya apreciación, el Progreso, hace cada día más posible, aumentando la esfera de la Libertad.
  2. El Ser, hasta llegar al Fin, será sólo, principalmente pero nunca en absoluto, hijo de sus propias obras, porque hasta que el conocimiento y, por consiguiente, la libertad sean absolutos, la Ley seguirá actuando por la fuerza ciega que mantiene el dinamismo biológico y que en el instinto se condensa; aunque cada día su influencia disminuya en el avance del término libre de la Evolución. El conocimiento engendra amor y libertad, y el libre amor sustituye al instinto. La Lucha no es ya por la vida, sino por su imperfección, para la cual se vive. Resultado, el Ser más perfecto, hijo de la Libertad.
  3. Aunque sólo una ínfima minoría de entre los hombres conoce la razón de su libertad y la de su destino creador, hablo de la especie, en general, para no distinguir distintos matices o grados de hombre, y porque indudablemente, es un progreso de la especie el alcanzado por esos sus representantes.
  4. La vida hoy goza, principalmente por el hombre, sobre la tierra, de la obra de su propia evolución, recreándose en la perfección de las formas; de las esencias de los mundos, de los seres creados por la evolución de la vida; resúmenes de perfección alcanzados por ella en este momento del mundo. Más allá de éste gozará también de la perfección adquirida en el momento universal. Pero el hombre no sólo goza de la obra de la vida, goce que en cierto sentido puede atribuirse también a los demás seres. El hombre goza, además, de su propia obra o creación, elaborada por su especial progreso.
  5. La virtualidad para la regresión de las fuerzas ciegas internas disminuye tanto como aumenta la consciencia, o sea la virtualidad del ser para el progreso, cuando aquéllas son ordenadas o sacrificadas a un fin de perfección. Este mismo efecto de aumentar la consciencia produce la ordenación aun de las fuerzas ciegas exteriores al hombre, para el cumplimiento del destino humano, no sólo porque la obra de perfección de esta naturaleza (cualquier monumento artístico u organismo material que traduzca conquistas del Arte o de la ciencia) tiene sus antecedentes en la depuración del ser que la dirigiera o creara, sino porque al reobrar de toda obra perfecta (desde luego, que no hablo de perfección absoluta) sobre el espíritu de los hombres, produce el efecto de engrandecerle, tendiendo a despertar en el mismo la consciencia del destino y el deseo de realizarle. En este sentido, hemos asegurado que, de un modo directo o indirecto, encadenar u ordenar las fuerzas ciegas al cumplimiento del destino humano, es crear fuerza consciente.


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none Sentido objetivo del ideal
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Sentido objetivo del Ideal.

Considerémoslo ahora en su sentido objetivo, en lo contemporáneo, tal como alcanza a descubrirle la miopía de mi inteligencia. El Ideal puede concretarse en una fórmula amplia, expresiva no sólo de sustantividades ideales, próximas o lejanas, que se perciben, más o menos borrosamente, en el camino del Fin, sino que, también, del medio, cuya práctica a éste siempre conduce. Espiritualizar la Forma. Formalizar el Espíritu. En esta síntesis superior todos los ideales se funden. La ciencia, el arte, la moral, aspiran a penetrar el misterio de los arcanos, que son dominio de la eterna sabiduría; y a encarnar en la Forma, trasladando a la tierra el Poder, la Belleza, la Justicia, cuyas fuerzas se creyeron, un día, privativas de un centro de Gloria, puesto en el cielo. Así, hasta éste, elevan la Forma espiritualizada por la encarnación del Poder, de la Justicia, de la Belleza. Transformar la Tierra en Cielo, que es llevar, al Cielo, la Tierra: He aquí la obra creadora reservada al Titán.


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none Ideal de los individuos y de los pueblos
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Ideal de los individuos y de los pueblos.

Este ideal de los individuos es también el ideal de los pueblos [1]. En el criterio que preside a la moderna concepción de la historia, se aprecia cuanto es, en lo presente, la virtud de esa verdad que claramente se vislumbra. Sólo se busca el resultado de la depuración de los hechos históricos, concretada en esta síntesis: "espacio recorrido de esa senda (ciencia, arte, moral, civilización) que es la senda del progreso".

Jesús tuvo conciencia de este ideal, claramente definido en los tiempos modernos, que santifica la vida y vivifica la Santidad, cuando pedía en su sencilla oración que la voluntad eterna, fuente de los Poderes, de la Belleza, de la Justicia, es decir, de la Flema Gloria, imperase lo mismo en el cielo que en la tierra, y cuando profetizaba a sus discípulos: "Se acerca el reino de Dios".

  1. Los individuos y los pueblos víctimas de aberraciones, pueden perseguir, accidentalmente, ideales, mejor dicho, aspiraciones o fines contrarios al ideal. Pero tales aspiraciones no se pueden denominar propiamente ideales humanos, sino todo lo contrario. Son fines regresivos, cuyo triunfo implicaría, lejos de una exaltación, una pérdida del rango ganado por el ser, con el que he procurado sintetizar en la fórmula expresada. "Formalizar el espíritu: espiritualizar la forma". La Historia existe por ese ideal. A través de los hechos históricos se descubre a la humanidad avanzando hacia él trabajosamente.


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none Ideal de las naciones
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Ideal de las naciones.

Un pugilato constante está latente y se desarrolla entre los individuos, aspirando todos, en la realización del Ideal humano, a explayar, en su esfera propia, el triunfo de su personalidad. Esto mismo sucede con las naciones.

En estas, del mismo modo que en los individuos, a través de las convulsiones internas que las agitan, se descubren, en último resultado, encontrados movimientos de la conciencia colectiva, impulsores de la lucha o sancionadores de la quietud y aun de la abdicación. El alma nacional tiene, a veces, trágicos desperezamientos, cuando despierta arrebatada por el ansia de triunfo, ante el espectáculo de esa lucha sostenida, sin cesar, por los demás pueblos de la tierra.


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none Ideal de España
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Ideal de España.

España, en el pugilato de las naciones, no hace pesar su potencia creadora. El triunfo de la civilización moderna no es español. No son los ecos poderosos de la voz de España los que vibran en el grito de victoria que afirma sobre el planeta sojuzgado el avance de la especie. Sin embargo, la ausencia de España se nota en el concurso civilizador.

Esa victoria necesita ser saturada con la sublime esencia de un idealismo caballeroso. España se desangró de un rudo batallar de siglos, tras los fantasmas desvanecidos de un ideal equivocado. A pesar de las cien derrotas, viven en el fondo del alma española un ansia perenne de robusta idealidad. Del aliento de esa alma necesita la civilización; como necesita el equilibrio que supone la vida mundial, del término necesario de un idealismo inquebrante. Tal vez por esto, por ese instinto conservador del bien, que al hacernos sufrir ante las grandezas caídas nos habla de la necesidad de la Virtud de la Grandeza, las naciones contemplan el resurgir de España con respeto y simpatía.

He aquí la razón de la inmortalidad de nuestra raza. No sólo damos al mundo Quijotes locos. También podemos ofrendar al Ideal Quijotes cuerdos. España es la patria de Alonso Quijano; pero también lo es de los Rodrigo Díaz. La civilización, el concierto de las naciones tiene necesidad de un pueblo que encarne el espíritu de un Cid, nivelado un grado menos de aquel que alcanza la locura sublime, a veces trágica, cómica a veces, pero siempre excelsa del Ideal. Falta un espíritu de abnegación y justicia que combata por Amor, y que, lejos de absorber en ajenos jugos la constancia y los alientos precisos para sus grandes empresas, prodigue en estas, sin cesar, las energías inagotables del Tesoro de su fe. Por esto es preciso que España no muera: por esto es necesario que el Cid vuelva a cabalgar: pero no para ganar batallas campales, sino para vencer en la Gran Batalla de lo porvenir, donde todas las naciones contienden. En la Gran Batalla por el Progreso.

El ideal de España está, pues, en arribar al pugilato manteniendo entre las naciones, con fuerzas bastantes para sellar con su triunfo la realización del Ideal Humano. En esta fórmula, se comprenden un Ideal próximo y otro remoto, medio y fin que habrá de practicar o perecer.

Hay que igualarse en la fuerza a las naciones que contienden; y téngase presente que la fuerza, cuando se habla del Ideal, es la fuerza de la cultural Moral y Física, es la fuerza de la Civilización; no la fuerza bruta subordinada a aquella fuerza, y de la cual, ésta, debe valerse como instrumento, para barrenar obstáculos históricos, que, sólo por este medio, son conmovibles. Únicamente en este sentido puede admitirse que es preciso europeizar a España: en que hay que elevar su nivel de cultura, su nivel de civilización, a la altura de las primeras naciones del mundo. Pero sólo en la intensidad, no en la cualidad. Esta ha de ser obra exclusiva de nuestra raza; como lo será también el alzarse sobre ese nivel y rebasarle, para conseguir el triunfo sobre todas las demás naciones. El proceso denominado de europeización ha de circunscribirse a dotar a España de la civilización de Europa (o por mejor decir, de los pueblos más civilizados del mundo, pues ya la hegemonía escapa de manos de Europa), pero sólo en lo que aquella civilización tiene de Universal; es decir, en cuanto suponga elementos de fuerza indispensables para la realización del Ideal Humano. El genio que ha de desarrollar e impulsar esa fuerza, cualificándola en los matices de creaciones originales, ese lo tenemos nosotros. Importarlo de fuera, equivaldría a la anulación, a la muerte por indignidad; a negar la misión histórica, substantiva e independiente de nuestra raza; o, lo que es lo mismo, a desconocer los fueros de su personalidad creadora. El genio español es el sagrado depósito que nos ha sido confiado por la Naturaleza y la Historia como acicate de nuestra vida, vinculada en la santa aspiración de desplegar su gloria en la hora suprema del triunfo definitivo; y este triunfo no será nuestro si en vez de ostentar en la lucha el carácter de factores activos y originales, renunciamos a nuestra propia personalidad y nos convertimos en instrumentos de las inspiraciones de un alma extranjera.


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none Medio de cumplir el ideal español
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Medio de cumplir el ideal español.

Para cumplir ese ideal próximo, ese grado completo de perfección que alcanzaría al nivelarse con las más fuertes naciones. España necesita de la creación y desarrollo de fuerzas privativas suficientes.

Las unidades superorgánicas están constituidas por la suma de las fuerzas individuales más afines, y tienen por objeto robustecer esa suma, por el reobrar de la misma sobre sus componentes para la realización del Ideal Humano.

De este modo, la fuerza general, el hálito de la conciencia general, es el complemento superior de las particulares deficiencias.

Y esto que sucede con respecto a los individuos, relativamente a la más inmediata unidad superorgánica (la familia), ocurre con respecto a ésta, relativamente a las unidades superorgánicas superiores, y así hasta llegar a la Sociedad Nacional, a la Supernación y a la Humanidad. Las familias serán fuertes si lo son los individuos; los municipios, si lo son las familias; las regiones si lo son los municipios; las naciones, si las regiones lo son.

En último término, la fortaleza de todas estas sumas es la de sus componentes hasta llegar a los individuos, así como el fin de éstos (el ideal humano) es la razón de su existencia. Pero para suplir con este objeto las deficiencias particulares, convergen los elementos individuales en el seno de las unidades superorgánicas, y éstas en el de sus componentes superiores. Por esto, los componentes necesitan de su recíproca variedad. Sólo estando en la suma representados todos los matices, podrán encontrar mediante ella su recíproco complemento. Además, sin variedad, la vida, que en su aspecto adjetivo es un contraste de fuerzas engendradoras del movimiento, no existiría en el seno de las unidades superorgánicas. De este modo, respecto a los compuestos sociales, el progreso actúa y se mantiene por diferenciación, conforme a la ley de Spencer. ("Toda causa produce más de un efecto; toda fuerza más de un movimiento") sin ella, sin la variedad o, mejor dicho, sin su resultado convergente, las creaciones serán homogéneas, por ser aisladas; el progreso carecería de motivos [1], los cuales, en la esfera de que nos venimos ocupando, no son otra cosa que resortes creados por el medio social. Los compuestos, por consiguiente, lanío son ricos por la intensidad como por la cualidad.

De lo expuesto se induce que si a ellos importa la fortaleza de los factores, que es su propia fortaleza, a éstos no menos importa la del compuesto, cuyo reobrar les fortalece. Pero hemos visto, incidentalmente, y ahora directamente afirmamos, que, entre los compuestos sociales, existe un enlace más o menos inmediato, producto de una gradual subordinación natural, que constituye el cauce por donde natural y normalmente asciende o desciende la vida que entre ellos mantiene la relación. Cada unidad, en esa escala es receptora, y engendradora de fuerzas que, a las más próximas, comunica; y claro es, que para lodos los fines son ellas las que se han de relacionar primeramente[2].

Las naciones son unidades que deben ser inmediatamente Constituidas por las fuerzas regionales más afines, con el objeto y fin que dejamos dicho al tratar, en general, de los compuestos superorgánicos.

En la normalidad, a ellas importa, por consiguiente, inmediatamente el fortalecimiento de las regiones, que implica el de las demás unidades, hasta llegar a los individuos, primer eslabón de la serie; así como a éstos interesa el de la Nación, que supone también el de las unidades intermedias.

Como tender a la Normalidad, esto es, al imperio de la Naturaleza, es tender los brazos a la vida, he aquí por qué España, para realizar su ideal próximo, ha de procurar encontrar la fuerza necesaria en el fortalecimiento de las regiones.

  1. Hasta en el átomo alienta la heterogeneidad convergente, madre de la vida. Los modernos descubrimientos relativos a la materia radiante parecen confirmar este postulado. El elemento más simple, el electrón, esto es, la homogeneidad aislada, supone el término de un ciclo de combinaciones; es decir, la disgregación y muerte de la materia.
  2. Decimos deben ser, porque la Historia, contraviniendo la ley natural, demuestra muchas veces que las naciones no están constituidas por las fuerzas regionales más afines. Por contravenir la Naturaleza, la obra de las naciones así formadas (v. gr., Austria) no puede ser tan eficaz como la de las compuestas por dichas fuerzas. En primer lugar se opone a ello la natural antisolidaridad y división latente en el interior de las mismas: la enemiga y guerra consiguiente. En segundo, las creaciones propiamente nacionales no pueden existir, ni la unidad de fuerza que requiere un entusiasmo propiamente nacional, ordenando el triunfo de su genio. Y así sucederá hasta que la historia común funda en su crisol (mezclas de razas, instituciones comunes, ele.) las desigualdades existentes.


    De naciones (como Italia y Alemania) compuestas por elementos afines, cuyos componentes han clamado de un modo espontáneo por su unidad, es lo porvenir. Continuidad de territorio y afinidades de fondo psicológico, sobre todo (sin negar la influencia más secundaria de tradiciones, sangre, lengua y creencias comunes), son condiciones que exigen (sin perjuicio de ser a veces incumplidas en la práctica) la convergencia de los elementos que las vinculan, inmediatamente en los compuestos nacionales. La concurrencia de ambas determinan la necesidad de la nación. En la Naturaleza, forman en la solidaridad de los compuestos las fuerzas más afines en cualidad y más próximas en el espacio.


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none Ideal de las regiones españolas
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Ideal de las regiones españolas.

Pero ello no tendrá lugar si las regiones no aspiran al fin de fortalecer a España; porque el alma española no es otra que el resultado de la convergencia, en la suma, de las energías regionales. Cuando éstas sean fuertes y definan vigorosamente los imperativos de la propia conciencia, entonces aquélla, robustecida, reobrará con aliento poderoso sobre las regiones y se impondrá el imperativo de la conciencia nacional dentro y fuera de España. Las regiones, por tanto, no han de esperar a ser redimidas por la nación, sino que, al contrario, por ellas ha de ascender la fuerza inicial por cuya virtud se redimirá la patria. Suprimida la esperanza de la ayuda ajena, surgirá la confianza en la propia virtud; pero ésta no ha de rebasar, al fijar la meta de su desarrollo, el siguiente límite: "Vivir, por sí, para España".

Una región española que quisiera, directamente, vivir como nación, pronto languidecería, o sería incorporada a otra nación, en cuyo armónico engranaje regional se introducirá a lo sumo; y entonces, como elemento extraño, falto del complemento preciso, arrastraría una vida miserable. Lo primero, por la tendencia a lo homogéneo de la individualidad aislada; por la necesidad de contrastes y de complemento recíproco en todos los elementos que constituyen esta sociedad natural de regiones que se llama España, creada por la influencia recíproca de la Geografía, de la Psicología y de la Historia, determinadoras y compenetradoras de las más próximas afinidades; lo segundo, porque en las actuales circunstancias de la historia internacional, esas asociaciones naturales superiores, a más de al fin permanente de progreso, responden al transitorio de defensa, resguardando a sus componentes de posibles rapacidades. Portugal violó el sagrado de la patria Ibérica, no emancipándose, sino rompiendo los vínculos naturales que la retenían en el seno común de la gran familia hispánica. Renegó de la Naturaleza, se colocó fuera de sus Leyes en cuanto ofrecen la necesidad de los imperativos, y fue a caer en el círculo donde actúa la fatalidad de sus sanciones. Y Portugal, como dice un escritor, que no quiso ser miembro de una gran familia, cayó en la esclavitud de un gran señor.

Y es que, en España, las regiones podrán denominarse naciones, pero sólo en cuanto se considere como supernación a España. Porque las regiones pudieron ser naciones en una época en que éstas no precisaban de la heterogeneidad interna que supone la complicación regional; pero, ¿qué diríamos de los que hoy pretendieran romper los lazos de subordinación que unen a las familias con respecto a las ciudades, a éstas, con respecto a las naciones, invocando la razón de su antigua o ancestral absoluta independencia? Si el progreso actúa por diferenciación, ¿cómo no han de ser los organismos de sus últimas épocas más complejos que los anteriores?.

Las regiones estarán más o menos determinadas geográficamente en esta España que fuera un día un continente en miniatura, según frase del ilustre Costa. Pero en ninguna otra parte de la extensión del globo ha señalado la naturaleza, de un modo tan distinto, el solar de una gran nación.

En las diferentes regiones habrá predominado una raza determinada; pero si a las razas (mejor dicho, a los tipos antropológicos) las funde un hombre, ¿no va a fundirlas la Historia? Lo que, por ejemplo, hizo Manco-Capac en el Perú, Mahoma en la Arabia, ¿no habrán podido realizarlo en un territorio demarcado con trazos vigorosos por su topografía, tantos siglos de luchas por un ideal común con el antecedente de una común ascendencia en el sedimento general de los pueblos iberos y de las capas étnicas depositadas por distintas y generales dominaciones? ¿Puede existir un crisol más poderoso? En otros que no lo son tanto, de la fusión de los pueblos y de razas más distintas ha surgido un espíritu nacional. No existen, dice Topinard (Antropología, capítulo X), raza alemana, ni francesa, ni inglesa, sino alemanes, franceses, ingleses. Francia misma, cuya nacionalidad es tan homogénea, ¿de cuántas razas diferentes no costa? Ascendencia de Kimris al Norte, de germanos al Este, de normandos al Oeste; de celtas en el centro, de vascos al Mediodía, por no contar sus otros tipos de diferenciación étnica. ¿Y se puede decir por esto que existen distintas naciones en Francia?

Porque todas las regiones podrán tener una historia nacional, pero la historia del espíritu español, la Historia de España, ésta sobre todas, alienta sobre todas las historias regionales. Los colores de las banderas serán distintos; pero uno es el genio que triunfa con el Campeador, con el gran Pedro III, con Gonzalo de Córdoba, con Hernán Cortés. Todos ellos conquistan reinos sin soldados, porque son soldados escogidos del Ideal, y para triunfar, les sobra fe.

Si hasta los reyes moros de Valencia hubiera arribado la leyenda de un hombre capaz (Pedro III) de recoger el guante que arrojara, desde el patíbulo, un príncipe inocente (Conradino), inicuamente ajusticiado por los más altos poderes espirituales y temporales de la tierra, y de defender y de ganar, abandonado de propios y de extraños, solo, contra todos ellos, desde unos riscos, el noble reino conquistado por la sangre de sus mayores, aquellos reyes hubieran asegurado que ese gigante era el Cid.

Si un Felipe el Atrevido, o un Martín IV, o algunos de los famosos cruzados defensores del rey Chapeo hubieran sabido de un Caballero que por resguardar la justicia de la sombra de un crimen (El Cid, de Santa Gadea) aceptara el ser extrañado por la patria, conquistando para ella, sin embargo, en el destierro reinos y ciudades, con el solo esfuerzo de su brazo invencible, todos convendrían en afirmar que el caballero capaz de desarrollar tanta fortaleza no podía ser otro que Pedro de Aragón.

Si en la Grecia del siglo XIV se hubiera profetizado que andando el tiempo, en remotas lejanías, un centenar de hombres había de conquistar para su Nación, la inmensidad de un Gran Imperio (Méjico y Perú); Grecia hubiera asegurado que sólo había unos titanes capacitados para tal empresa. Los catalanes vengadores de Roger de Flor.

Y si allá, en los imperios de los Moctezumas y de los Incas, se hubiesen cantado las proezas legendarias de un puñado de héroes (los catalanes en Grecia) que batiéndose entre Imperios enemigos donde no alcanzan los auxilios de la nación propia, y sí el combatir de muchas ajenas, aún tienen alientos para conquistar el centro mismo de la antigua patria del arte y de la Civilización, Méjico y Perú, habrían firmemente creído que esos titanes no habían podido ser otros que los Españoles de Pizarro y de Cortés.

Véase si existen sobre la superficie de la tierra naciones o regiones regidas, no sólo por un tan alto, sino por un tan igual espíritu. Habían de estar las regiones Españolas situadas en los más opuestos puntos del planeta, y aún mostrarían su unidad por la virtud de esta sus poderosas y claras afinidades.

En todos estos representantes del genio español se descubre la misma fe inquebrantable que constituye la característica de la psicología nacional en el triunfo del Ideal, puesto por ellos principalmente, en el rey y la patria, sobre las cuales, completada la conquista de aquella, afirmó Castilla el Ideal Católico[1].

El individuo cede al apóstol. La ingratitud siempre encuentra a la lealtad. A Alfonso VI sucede Fernando V, a Ruiz Díaz de Vivar, Gonzalo Fernández de Córdoba.

"Defenderé a V.A. hasta quedar reducido al fuste de Gonzalo Fernández", decía al Rey Católico, el Gran Capitán. Y, en verdad, que, entre las naciones, por defender su ideal, a eso, al fuste de un simple y obscuro soldado de las últimas filas, dirigido y no director ha quedado reducida España. Pero, ¿es, esta razón para destruir lo que resta de su personalidad o es sólo motivo para aspirar a que, por honra y bien de todos, renazca su gloria y su grandeza?

Comunidad de raza y de historia debatiéndose en un mismo medio geográfico hicieron brotar el alma española en este glorioso solar de Iberia. Podrán las regiones renegar del hogar común, de la tradición, y de la sangre; tres afirmaciones rotundas con que la naturaleza defiende los últimos hálitos de la vida, y asegura el renacer de ese genio necesario, para el Progreso de la civilización; pero, por el triste y vivo ejemplo de la, a pesar de todo, región hermana, de la protegida Portugal, pueden llegar a saber cómo la eterna justicia siempre encuentra un ejecutor de sus supremos fallos; cómo nunca falta un Inglés o un Francés, en suma, un instrumento para castigar en los pueblos, al igual que en los individuos, los atentados de esa naturaleza.

En España, pues, sólo regiones, hay. Sólo regiones puede haber. A las regiones se presenta, inmediatamente, como fin, al cual deben ordenar sus energías, el fortalecimiento nacional, del mismo modo que, siempre, el de la unidad superorgánica inmediata superior, se presenta, en tal concepto, a la inferior, hasta llegar al individuo, base prima de toda fortaleza social. En todas ellas ese fin, lo es, por ser aspiración, no exclusiva y accidental, sino colectiva y permanente, de alcanzar, mediante el cumplimiento del mismo, la consecución de un medio superior de realizar el ideal Humano. Para cumplir esta aspiración, las regiones han de procurar robustecer el matiz que encarna su propio genio regional; pues, este resultado, implica una base; el desarrollo de todas las energías vitales que les sean privativas y su ordenado encauzamiento; dado que, en tal término, deben desembocar aquéllas naturalmente; y una consecuencia: el desarrollo de las fuerzas espirituales correspondientes a ese matiz, y su tendencia a la expansión por todo el ámbito nacional; lo que traerá, corno secuela necesaria, el contraste de todas esas fuerzas, que lucharán, como las demás realidades, por imponer cada una el sello de su originalidad al alma de la nación; y triunfar en el triunfo del Progreso Patrio. Así se restaurarán las energías nacionales, y se crearán oirás nuevas; las físicas, por las que las regiones hayan de crear para dotar a su genio de la fortaleza que la victoria precisa; las morales por la intensidad de los elementos varios que han de contrastarse; por la intensidad del contraste que corresponde a la de la luz, a la del calor, a la de la vida. Y he aquí como, la naturaleza, al sancionar, en general, en este orden de las ciencias sociológicas, los mismos principios que hemos demostrado en los demás ordenes oportunos, determina el Ideal de éstas, concretándolo en una fórmula, análoga a la que propusimos al ocuparnos de las naciones, relativamente a la esfera más elevada que en éstas han de desenvolver su actividad. Esto es, "Triunfar en el Pugilato que entre todas ellas se entable por el progreso de España". La que venza en ese Pugilato (y no hay en la Historia vencimientos definitivos) impondrá el matiz de su genio propio al progreso de la nación. Presidirá las expansiones del alma nacional. Así, la región más española, será la que ponga más alto el nombre de España; la que más eleve el nivel de grandeza de la patria común.

Pero, éste, es Ideal Común a todas las regiones Españolas. Es Ideal de Andalucía como Región que ha de concursar con las demás regiones, en el pugilato por el progreso de la Sociedad de todas ellas; no como realidad substantiva e independiente: Aquél es el Medio, éste será el Fin. Andalucía hade tener por Ideal, como Región española, el predominio de cualidad como inspiradora de la obra del Progreso Español: el triunfo en ese Progreso de su dogma esencial; en una palabra, ha de tener por Ideal el imponer su Ideal en el pugilato que establezca con las demás Regiones, para que, por la virtud de su imperio, se eleve más alto que lo pudiera hacer otra alguna el Progreso Español, y, con él, el del mundo, y, por tanto, el nombre de España. Ahora, peculiar del Genio andaluz.

Antes de intentar averiguarlo, hay que resolver, como cuestiones previas, las que, a este propósito, se planean; tales como la existencia de Andalucía, y por consiguiente, la de su genio; y la de si, Andalucía, como creen algunos, está condenada por la Naturaleza a perpetuar incapacidad, y, por tanto, si es, o puede ser, capaz de definir y de realizar su Ideal, para, en caso afirmativo, concluir con la definición de éste, así como, también, con el análisis del estado actual de su capacidad; averiguando si carece circunstancialmente de ella, las condiciones o medios de remover las causas que tal resultado producen; los cuales medios, en su consideración substantiva, habrán de presentarse, como otros tantos ideales próximos, a cuyo cumplimiento, más o menos inmediato, habrá de tender el Pueblo Andaluz.

  1. Esta capacidad de los españoles para sacrificar los estímulos individuales en aras de un ideal, por encima de todo colocado, es la causa de que, entre nosotros, las divisiones de índole feudal no hayan encontrado campo abonado; no la incapacidad para dirigir la vida individual, como impremeditadamente se ha dicho por algún escritor. En la relación de intereses, de individuo a individuo, de tribu a tribu, de ciudad a ciudad, la característica de la idiosincrasia española, desde los tiempos más remotos, ha sido el aislamiento. Legendarias y de todos conocidas son nuestras pertinaces divisiones, que no han cedido ni aun ante el peligro común, y que, sin embargo, hanse acabado y depuesto; ante le común ideal. Hasta la división en naciones que se mantiene mientras el enemigo permanece en nuestro territorio, concluye cuando, desaparecido éste, se aleja el peligro y queda sólo el ideal.


    Estas paradójicas determinaciones son propias de la psicología idealista, la cual constituye el fondo del carácter español. Así, al no haber en la Península moros que combatir, salvada la patria, queda la Religión: la cual, por ser respetada dentro, es preciso defender fuera, imponiendo con ello el absolutismo del carácter nacional. Entonces abandonan las regiones sus endémicas rencillas y van juntas a defender aquel ideal, último motivo de las determinaciones del Estado en el orden internacional y en el nacional, y espíritu de la colonización española como lo prueban las leyes de Indias, donde se invoca ese ideal como razón suprema de actuación de los colonizadores. De otro modo, tal vez el matrimonio de Isabel y de Fernando no hubiera sido el motivo ocasional de una unión permanente.


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