Justicias del Rey D. Pedro
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I Cuando su luz y su sombra mezclan la noche y la tarde, y los objetos se sumen en la sombra impenetrable, en un postigo excusado que a una callejuela sale, de una casa cuya puerta principal da a la otra calle, dos hombres que se despiden se ven, aunque no se sabe ni cuál de los dos se queda, ni cuál de los dos se parte. Ambos mirándose atentos, ambos un pie hacia adelante, parados en el dintel están, y entrambos iguales. Por fin, el más viejo de ellos, hundiendo el mustio semblante entre el sombrero y la capa en ademán de marcharse, torció la cabeza a un lado, pronunciando un no tan grave, que bien se vio que era el fin de las pláticas de enantes. Sin duda el otro, entendido, no encontró qué replicarle, pues bajando la cabeza, callóse por un instante. «Buenas noches», dijo el viejo; tartamudeó un «Dios le guarde» el otro, mas decidiéndose, hizo hacia el viejo un avance: -Mírelo bien, y cuidado no se arrepienta, compadre. -Nunca eché más que una cuenta. -Piénselo bien, y no pase sin contar lo que va de él a don Juan de Colmenares. -Señor, replicó el anciano, en tiempos tan deplorables, ya sé que lo pueden todo los ricos y los audaces. -Pues mire lo que le importa, que rico y audaz, señales son con que marca la fama a los que en mi casa nacen. Callaron por un momento, y continuando mirándose, dijo el viejo tristemente, aunque en tono irrevocable: -Nunca lo esperé de vos, mas tampoco vos ni nadie puede esperar más de mí. -Pues entonces, adelante; idos, buen viejo, con Dios, que estoy de prisa y es tarde.- Cerró la puerta de golpe, a escuchar sin esperarse una respuesta que el viejo tuvo tentación de darle; y acaso por su fortuna quedó a tal punto en la calle, para dársela a la puerta, donde la deshizo el aire. Volvió el anciano la espalda, y en dos golpes desiguales, sus pasos descompasados pueden de lejos contarse; porque sus pies, impedidos, deben a su edad y achaques una muleta que marcha un pie que los suyos antes. La esquina a espacio transpuso, y a poco, otro hombre más ágil, saliendo por el postigo, siguió en silencio su alcance; túvose al volver la esquina, tendió los ojos sagaces y enderezó los oídos atento por todas partes; mas no oyendo ni escuchando de qué poder recelarse, tomando el rastro del viejo, echó por la misma calle. II En un aposento ambiguo, medio portal, medio tienda, que hace asimismo las veces de cocina y de despensa, pues da su entrada a la calle, y en confuso ajuar ostenta camas, hormas y un caldero colgado en la chimenea, hay seis personas distintas, que hacen al pie de la letra (salvo el padre, que está ausente) una raza verdadera. Un mozo de veinte abriles, una muchacha risueña de diez y seis, tres muchachos y una anciana de sesenta. Y aunque a las veces nos turban engañosas apariencias, zapateros son de oficio, si a espacio se considera, que está la estancia aromada con vapores de pez negra, que ribetea la moza, y que el mozo maja suela. -Mucho tarda, dijo el último, padre esta noche, Teresa. -Ya ha tiempo que ha anochecido. -Muchacho, atiza esa vela y deja quieto ese bote. Y esto diciendo en voz recia el mozo, siguió en silencio cada cual en su tarea: el chico sitiando al bote, ribeteando la doncella, majando el mozo a compás, y dormitando la vieja. Con monótonos murmullos arrullaban esta escena, el son de la escasa lluvia de un aguacero que empieza, el no interrumpido son con que hierve la caldera, y el tumultuoso chasquido con que la luz chisporrea. -¿Las nueve son? dijo el mozo. -Eso las ánimas suenan con sus campanas, repuso santiguándose Teresa. -¡Las ánimas, y aun no viene! Y echando atrás la silleta, se puso el mancebo en pie y encaminóse a la puerta. Al ruido que hizo en el cuarto, despertándose la vieja, dijo: -¿Rezáis a las ánimas? -Sí, señora; estése queda Asió el mancebo la aldaba, mas la había alzado apenas, cuando un espantoso golpe venció la puerta por fuera. -¡Muerto soy! dijo una voz; cayó un embozado en tierra, y vióse un hombre que huía al fin de la callejuela. En derredor del caído se agolparon, que aun conserva algún resto de la vida que le arrancan a la fuerza; mas no bien le desenvuelven por ver, piadosos, si alienta, un grito descompasado lanzóla familia entera. Blasfemó el mozo con ira, desmayóse la doncella, y la anciana y los muchachos en llanto a la par revientan. -Padre, ¿quién fue? preguntaba, sosteniendo la cabeza del anciano moribundo, el hijo, que llora y tiembla. Echóla triste mirada su padre, como quien lega su razón y su justicia en quien se fija cori ella. -Juan..... -¿Qué Juan? -De Colmenares, balbuceó con torpe lengua; y sobre el brazo del hijo dobló la faz macilenta, Reinó un silencio solemne por un instante en la escena, y a reunirse empezaron vecinos de ambas aceras. Llegó la justicia al punto, y mientras justicia ella, partió por la turba el mozo en faz de intención siniestra. -¿Dónde va? dijo un corchete. -Siendo yo su sangre mesma, ¿adónde, sino al culpable? -Soy con vos. -Enhorabuena. -(Por si acaso, va seguro), dijo para sí el de presa, mientras el mozo, resuelto, ganó a una esquina la vuelta. III Son treinta días después, y el mismo lugar y hora, la misma vieja y los chicos, con mesa, mancebo y moza. Cada cual en su tarea sigue en paz, aunque se nota que todos tienen los ojos del mancebo en la faz torva. Él, sin embargo, en silencio prosigue atento su obra sin levantar la cabeza, que sobre el pecho se apoya. Tan doblada la mantiene, que apenas la llama roja que da la luz, alumbrarle las cejas fruncidas logra; y alguna vez que el reflejo las negras pupilas toca, tan viva luz reverberan, que chispas parece brotan. La verdad es que, una lágrima que a sus párpados asoma, viene anunciando un torrente en que el corazón se ahoga. Y el mozo, por no aumentar de los suyos la congoja, a duras penas le tiene dentro el pecho y le sofoca. Largo rato así estuvieron en atención afanosa, todos mirando al mancebo, y éste mirando a sus hormas; hasta que, al cabo, Teresa, más sentida o más curiosa, lo dijo: -¿Estás malo, Blas? Y a su voz limpia y sonora, siguió otro largo intervalo de larga atención dudosa. Nada el hermano responde, mas ella su afán redobla, que no hay temor que la tenga la valla de una vez rota. -¡Como estás tan cabizbajo!.- Y aquí Blas interrumpióla: -Y ¿qué tengo que decir a quien sin padre y sin honra debe vivir para siempre?- Y aquí la familia toda rompió en ahogados sollozos a tan infausta memoria. Sosegóse, y siguió Blas en voz lamentable y honda: -Él rico y nosotros pobres, débil la justicia y poca, y el Rey en caza y en guerra, ¿qué puede alcanzar quien llora? -Qué, ¿por libre se atrevieron..... -Poco menos, pues sus doblas pudieron más con los jueces que las leyes. -¡Las ignoran! dijo indignada Teresa. -No, hermana: ¡las acogotan! contestó Blas, sacudiendo su mazo con ciega cólera. Siguió en silencio otro espacio, y otra vez Teresa torna. -Mas la sentencia, ¿cuál fue? dijo, y calló vergonzosa. -¿La sentencia? gritó Blas, revolviendo por las órbitas los negros y ardiente, ojos. ¿La sentencia pides? Oyela.- Todos se echaron de golpe sobre la mesilla coja, que vaciló al recibirles a oír lo que tanto importa. -Sabéis que el de Colmenares hoy pingüe prebenda goza en la iglesia, y que, a Dios gracias y a mi diligencia propia, se le probó que dió muerte a padre (que en paz reposa). Pues bien; no sé por qué diablos de maldita jerigonza, de conspiración que dicen que con su muerte malogra, dieron por bien muerto a padre, y al clérigo..... -¿Le perdonan? -No, ¡vive Dios! le condenan; mas ¡vez qué dogal le ahoga! Condénanle a que en un año no asista a coro, mas cobra su renta; es decir, le mandan que no trabaje y que coma. Tornó a su silencio Blas y a sus sollozos la moza; ella cosiendo sus cintas, y él machacando sus hormas. IV Está la mañana limpia, azul, transparente, clara, y el sol, de entre nubes rojas, espléndida luz derrama. Toda es tumulto Sevilla, músicas, vivas y danzas; todo movimiento el suelo, todo murmullos el aura. Cruzan literas y pajes, monjes, caballeros, guardias, vendedores, alguaciles, penachos, pendones, mangas. Flota el damasco y las plumas en balcones y ventanas, y atraviesan besamanos donde no caben palabras. Descórrense celosías, tapices visten las tapias, los abanicos ondulan y los velos se levantan. Cuantas hermosas encierra Sevilla, a su gloria saca; cuantos bueno! caballeros en sus fortalezas guarda; ellos porque son galanes, y ellas porque son bizarras; las unas porque la adornen, los otros para admirarlas. óyense al lejos clarines, y chirimías y cajas, y a lengua suelta repican esquilones y campanas. Mas no vienen los hidalgos armados hasta las barbas, ni el pálido rostro asoman las bellas amedrentadas; que no doblan los tambores en son agudo de alarma, ni las campanas repican a rebato arrebatadas; que es la procesión del Corpus que ya transpone las gradas del atrio, y el rey don Pedro acompañándola baja. Padillas y Coroneles y Alburquerques se adelantan con Osorios y Guzmanes, pompa ostentando sobrada. Y bajo un palio don Pedro, de ocho punzones de plata, descubierta la cabeza y armado hasta el cuello, marcha. En torno suyo el Cabildo, diez individuos encarga que de escuderos le sirvan en comisión poco santa; mas tiempos son tan ambiguos los que estos monjes alcanzan, que tanto arrastran ropones como broqueles embrazan. Entre ellos se ve a don Juan de Colmenares y Vargas, que deja por vez primera la reclusión de su casa; no porque el año ha cumplido, sino porque el año paga, y doblas redimen culpas si se confiesan doradas. Rosas deshojan sobre ellos las hermosísimas damas, y toda es flores la calle por donde la Corte pasa. Envidia de las más bellas, salió a un balcón del alcázar la hermosísima Padilla, origen de culpas tantas. Hízola venia don Pedro, y al responderle la dama, soltó sin querer un guante, y ¡ojalá no le soltara! Lanzóse a tomar la prenda muchedumbre cortesana; muchos llegaron a un tiempo, mas nadie tomarla osaba, que fuera acción peligrosa, aparte de lo profana. Partiendo la diferencia, salió de la fila santa el bizarro Colmenares con intención de tomarla. Mas no bien dejó su mano del palio el punzón de plata, y puso desde él al Rey cuatro pasos de distancia, cuando un mancebo iracundo, con irresistible audacia, se echó sobre él, y en el pecho le asestó dos puñaladas. Cayó don Juan; quedó el mozo sereno, en pie entre los guardias que le asieron, y don Pedro se halló con él cara a cara. La procesión se deshizo; volvió gigante la fama el caso de boca en boca, y ya prodigios contaban. Juntáronse los soldados recelando una asonada; cercaron al Rey algunos, y llenó al punto la plaza la multitud, codiciosa de ver la lucha empezada entre el sacrílego mozo y el sanguinario Monarca. Duró un instante el silencio, mientras el Rey devoraba con sus ojos de serpiente los ojos del que le ultraja. -¿Quién eres? dijo por fin, dando en tierra una patada. -Blas Pérez, contestó el mozo con voz decidida y clara. Pálido el Rey de coraje, asióle por la garganta, y así en voz ronca le dijo, que la cólera le ahogaba: -Y yendo tu Rey aquí, ¡voto a Dios! ¿por qué no hablaste, si con ocasión te hallaste para obrar con él así?- Soltóse Blas de la mano con que el Rey le sujetaba, y, señalando al difunto, repuso tras breve pausa: -Mató a mi padre, señor, y el tribunal, por su oro, privóle un año del coro, que en vez de pena es favor. -Y si vende el tribunal la justicia encomendada, ¿no es mi justicia abonada para quien justicia mal? -Cuando el miedo o la malicia, dijo Blas, tuercen la ley, nadie se fía en el Rey, medido por su justicia. Calló Blas, y calló el Rey a respuesta tan osada, y los ojos de don Pedro bajo las cejas chispeaban. Tendiólos por todas partes, y al fuego de sus miradas, de aquellos en quien las puso palidecieron las caras. Temblaron los más audaces, y el pueblo ansioso esperaba una explosión en don Pedro, más recia que sus palabras. Rompió el silencio por fin, y en voz amistosa y blanda, el interrumpido diálogo así con el mozo entabla: -¿Qué es tu oficio? -Zapatero. -No han de decir ¡vive Dios! que a ninguno de los dos en mi sentencia prefiero.- Y encarándose don Pedro con los jueces que allí estaban,. dando un bolsillo a Blas Pérez, dijo en voz resuelta y alta: -Pesando ambos desacatos, si con no rezar cumple él en un año, cumples fiel no haciendo en otro zapatos. Tornóse don Pedro al punto, y brotó la turba osada murmullos de la nobleza y aplausos de la canalla. Mas viendo el Rey que la fiesta mucho en ordenarse tarda, echando mano al estoque, dijo así, ronco de rabia: -La procesión adelante, o meto cuarenta lanzas y acaban ¡voto a los cielos! los salmos a cuchilladas. Y como consta a la iglesia que es hombre el Rey de palabra, siguieron calle adelante palio, pendones y mangas.