La Divina Comedia: El Infierno: Canto III

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar


La Divina Comedia
El Infierno: Canto III
de Dante Alighieri


William Blake: El Infierno, Canto III, 1-21. La inscripción en la puerta del Infierno.

«Por mí se va a la ciudad doliente,
por mí se va en el eterno dolor,
por mí se va con la perdida gente.

La justicia movió a mi alto hacedor:
Hízome la divina potestad,
la suma sabiduría y el primer amor.

Antes de mí ninguna cosa fue creada
sólo las eternas, y yo eternamente duro:
¡Perded toda esperanza los que entráis!»

Estas palabras de color oscuro
vi escritas en el dintel de una puerta:
Y dije: Maestro, su sentido me es duro.

Y él a mí, como persona atenta:
Es necesario aquí dejar todo recelo;
toda cobardía es necesario que aquí muera.

Hemos venido al lugar donde te dije
habías de ver la gente adolorida,
que ha perdido el bien del intelecto.

Después su mano en la mía puso
con rostro sonriente me reanimó,
y me introdujo adentro a las secretas cosas.

Allí suspiros, llantos y grandes gritos
resonaban en el aire sin estrellas,
que me hicieron llorar no bien entré.

Lenguas diversas, horribles lenguarajos,
palabras de dolor, acentos de ira,
altivas y roncas voces, con puñadas,

tumultuaban todas rondando
siempre en aquel astuto aire sin tiempo,
como la arena que el torbellino aspira.

Y yo con el horror ciñéndome la frente
dije: Maestro, ¿Qué es lo que oigo?
¿Y cuál es esta gente tan por el dolor vencida?

Y él a mí: Esta suerte miserable
tienen las tristes almas de aquellos
que vivieron sin infamia y sin honor.

Mezcladas están con aquel malvado coro
de los Angeles que ni fueron rebeldes
a Dios, ni fieles, sino sólo para sí fueron.

Los echa el Cielo por no ser menos bello:
y el profundo infierno no los recibe
porque sus reos alguna gloria lograrían de ellos.

Y yo: Maestro, ¿Qué les es tan pesado
qué los hace lamentar tan fuertemente?
Repuso: Te lo diré brevemente:

Estos no tienen esperanza de muerte,
y su ciega vida es tan villana
que envidiosos están de cualquier otra suerte.

De ellos no queda fama en el mundo,
misericordia y justicia los desdeñan:
no tratemos ya de ellos, mas mira y pasa.

Y observando vi una insignia
que sin descanso rondaba velozmente
incapaz al parecer de detenerse:

y detrás la seguía una multitud
de gentes de la que nunca yo creyera
que tantas hubiera deshecho la muerte.

Después de haber reconocido a algunos
me fijé más y conocí la sombra de aquel
que por vileza hizo la gran renuncia.

De pronto comprendí y cierto fui
de que esta era la turba de los cautivos
que desagradan a Dios y a sus enemigos.

Los desgraciados, que nunca fueron vivos,
estaban desnudos y molestados mucho
por moscones y avispas que allí había.

Sangre les regaba el rostro
matizada de lágrimas, que a sus pies
fastidiosas lombrices recogían.

Y después que me di a mirar más lejos,
vi gente en la ribera de un gran río:
Por lo que dije: Concédeme ahora, Maestro,

que sepa quienes son, y porqué ley
están forzados a transbordar tan presto,
a lo que en la turbia luz puedo ver.

Y él a mí: Las cosas te serán contadas
al detener nuestros pasos
en la triste ribera del Aqueronte.

Entonces bajé avergonzados los ojos,
temiendo a mi charla por gravosa,
y hasta llegado al río hablar no quise.

He aquí hacia nosotros vi venir
en barco un viejo, blanco por antiguo pelo
gritando: ¡Ay de vosotras, almas perversas!

¡No esperéis ya más de ver el Cielo!
Aquí vengo a llevaros a la otra orilla
a las tinieblas eternas, al calor y al hielo.

Y tú que estás allí, ánima viva,
aléjate de estos que están muertos.
Mas luego que vio que yo no me partía

dijo: Por otra vía, por otros puertos,
llegarás a la playa, no por aquí:
Conviene que más leve leño te lleve.

Y el Conductor a él: Carón, no te atormentes,
quiérese así allá, donde se puede
lo que se quiere, y no preguntes más.

Entonces se aquietaron las velludas mejillas
del barquero del lívido pantano
de circundados ojos de círculos de fuego.

Mas aquellas infelices almas desnudas
cambiaron de color y rompieron a crujir los dientes
al punto de escuchar las palabras rudas.

Blasfemaban de Dios y de sus padres,
de la humana especie, del donde y el cuando y de la semilla
de su simiente y de su nacimiento.

Después todas cuantas eran se retiraron juntas
fuertemente llorando, hacia la malvada orilla
que aguarda a todo aquel que a Dios no teme.

Carón, demonio, con ojos de brasas
a ellos señalando a todos recoge;
asestando con el remo a quien se atarda.

Como arrastra el otoño las hojas
una tras otra, hasta que la rama
devuelve a la tierra todos sus despojos,

de igual forma el simiente malo de Adán:
arrójanse de aquel borde una por una
a la señal, como acude el pájaro al reclamo.

Aléjanse entonces por las obscuras ondas
y antes que hayan descendido allá
ya se apretujan aquí nuevas legiones.

Hijo mío, dijo el gentil Maestro,
los que mueren en la ira de Dios
de todo país todos aquí vienen.

Y ansían cruzar el río
porque tanto los acucia la justicia divina
que se les torna el temor deseo.

Por aquí no pasa nunca un alma buena;
y por eso, si de ti Carón se queja,
bien comprenderás lo que su decir quiere.

En ese entonces, el oscuro campo
tembló tan fuertemente, que del espanto
el recuerdo de sudor me baña todavía.

La tierra lacrimosa lanzó un viento
que centelló en relámpagos bermejos,
derrotando todos mis sentidos,

y caí como aquel que cae dormido.