La Divina Comedia: El Infierno: Canto X

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La Divina Comedia
El Infierno: Canto X
de Dante Alighieri


William Blake: El Infierno, Canto X, 23-70, Dante conversando con Farinata Degli Uberti.

Entonces se fue por una estrecha calle
entre el muro del lugar y los martirios,
mi Maestro, y yo tras sus espaldas.

¡Oh virtud suma, que por los impíos giros
me conduces, comencé, como te place,
háblame, y mis deseos satisface!

La gente que en los sepulcros yace
¿podráse ver? Ya están alzadas
todas las losas, y no hay quien guarde.

Y él me dijo a mí: Todas quedarán cerradas
cuando de Josafat a este lugar regresen
con el cuerpo que allá arriba dejaron.

Su cementerio en esta parte tienen,
con Epicuro, todos sus secuaces
que el alma con el cuerpo morir hacen.

Pero a la pregunta que me haces
aquí dentro satisfecho serás luego,
y aún del deseo que tú me callas.

Y yo: Buen Conductor, si no he abierto
a ti mi corazón es por hablar poco;
que a ello antes de ahora me has dispuesto.

¡Oh Toscano, que por la ciudad del fuego
transcurres vivo hablando honestamente,
plúgate detenerte aquí en este sitio.

Por tu parla es claro y manifiesto
que en aquella noble patria habéis nacido,
a la cual tal vez fui asaz molesto.

Esta voz surgió súbitamente
de una de las arcas: y yo me arrimé,
temiendo, un poco más al Conductor mío.

Y él me dijo:¡Vuélvete! ¿Qué haces?
Míralo a Farinata que allí erguido,
lo verás de la cintura arriba entero.

Había ya fijado mi vista en su mirada:
y él se erguía del pecho y de la frente
como teniendo al Infierno en gran desprecio:

Y las animosas manos de mi Conductor prestas
fueron a impulsarme hacia él entre las tumbas,
diciendo: Que tus palabras sean claras.

Cuando al pie de su tumba junto estuve,
miróme un poco, y luego como desdeñoso
me preguntó: ¿Quiénes tus mayores fueron?

Yo, que de obedecer era deseoso,
no le oculté, mas se lo dije todo:
por donde las cejas alzó un poco;

luego dijo: Ferozmente adversos fueron
a mi, a mis padres y a mi partido,
tanto que por dos veces los eché dispersos.

Si los echaste, de todas partes volvieron,
le respondí, una y otra ambas las veces;
arte que los vuestros nunca bien aprendieron.

Entonces surgió a la vista descubierta
una sombra junto a él, hasta la barba:
creo que de rodillas se alzaba.

Miraba en torno mío, como teniendo deseo
de saber si alguien era conmigo;
y después de extinguidas sus sospechas

llorando dijo: Si vas por esta ciega
prisión por gracia de alto ingenio,
mi hijo ¿Dónde está? ¿Y porqué no va contigo?

Y yo a él: Por mi solo no vengo;
aquel, que allá espera, llévame por aquí;
a quien tal vez tu Guido tuvo en desprecio.

Sus palabras y el modo de su castigo
me habían hecho sospechar su nombre:
por eso la respuesta fue tan clara.

De pronto irguiéndose gritó: ¿Cómo
dijiste? ¿Tuvo? ¿Es que no vive todavía?
¿No hieren sus ojos la dulce luz del día?

Cuando advirtió cierta demora
que postergaba la respuesta,
cayó de bruces y ya no apareció más fuera.

Mas aquel otro magnánimo, a cuyo lado
me había quedado, no mudó de aspecto,
no movió el cuello, no inclinó el cuerpo.

Y así, continuando lo primero,
Si aquel arte, dijo, mal aprendido, guardan,
eso más me atormenta que este lecho.

Mas no será cincuenta veces alumbrado
el rostro de la mujer que aquí reina
que tú sabrás cuánto aquel arte pesa.

Y si tal vez al dulce mundo vuelves,
dime ¿Porqué aquel pueblo es tan impío
en contra mía en cada una de sus leyes?

Por donde yo a él: El estrago y la matanza
que dejó al Arbia teñido de rojo,
tal sentencia provoca en nuestro templo.

Luego que suspirando sacudiera la cabeza:
No estuve solo, dijo, ni por cierto
no sin razón con los otros me mantuve:

Mas yo fui el único, cuando aprobaron
todos arrasar toda Florencia,
que a defenderla estuve a rostro manifiesto.

¡Ah, que repose alguna vez vuestra simiente!
le dije, mas resuélveme este nudo,
en el que está enredado mi sentido.

Pues parece que tu vieras, si bien oigo,
adelante a lo que el tiempo traerá consigo,
aunque ves el presente de otro modo.

Vemos nosotros como el que tiene poca luz,
las cosas, dijo, que están lejanas;
como tanto aún nos alumbra el sumo Jefe;

cuando se aproximan o son, es todo vano
nuestro intelecto; y si nadie nos ilustra
nada sabemos de vuestro estado humano.

Por donde podrás ver, que enteramente muerto
estará nuestro saber en aquel punto
cuando del futuro quede cerrada la puerta.

Entonces como de mi culpa compungido,
dije: Dirás entonces a ese que ha caído
que su progenie está aún junto a los vivos.

Y si yo estuve en la respuesta mudo
hazle saber que así lo hice, porque pensaba
en el error que tú me has resuelto.

Pero ya mi Maestro reclamaba
que rogara al espíritu más prestamente
a que dijera quienes con él estaban.

Díjome: Con más de mil aquí yazgo,
aquí adentro está el segundo Federico
y el Cardenal, de los demás me callo.

Se ocultó entonces, y yo al antiguo
Poeta volví los pasos, repensando
en ese hablar que parecía enemigo.

El se movió, y después así andando
me dijo: ¿Porqué estás tan confuso?
Y yo le satisfice su demanda.

Que tu mente conserve lo que ha oído
en contra tuya, me recomendó aquel Sabio,
y ahora atiende a esto: y levantó el dedo.

Cuando estés delante del dulce rayo
de aquella, cuyos bellos ojos lo ven todo,
de ella sabrás de tu vida el viaje.

Luego su pie volvió a la izquierda:
el muro dejamos, y fuimos hacia el medio
por un sendero que a un valle lleva,

que hasta aquí arriba exhalaba su hedor.