La Divina Comedia: El Infierno: Canto XXXIII

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La Divina Comedia
El Infierno: Canto XXXIII
de Dante Alighieri


William Blake: El Infierno, Canto 33, 1-87, Ugolino y sus hijos en prisión.

Alzó la boca del fiero pasto
aquel pecador, limpiándola en el pelo
de la testa que por detrás devastaba.

Luego empezó: Tú quieres que renueve
el atroz dolor que el corazón me aprieta
de solo pensar, aún antes que hable.

Mas si podrán ser mis palabras semilla
de rendir infamia al traidor que carcomo,
hablar y llorar me verás juntamente.

No se quién eres tú ni de qué modo
has venido aquí abajo; mas florentino
pareces en verdad cuando te oigo.

Has de saber que yo fui el conde Ugolino
y que éste es el arzobispo Ruggieri;
ahora te diré porqué le soy tal vecino.

Que por efecto de sus malos pensamientos,
fiándome de él, caí preso
y fui muerto, no hace falta decirlo;

pero de aquello que no pudo ser visto,
es decir cómo mi muerte fue cruda,
oirás, y sabrás si me ha ofendido.

Un breve hueco dentro de la Muda,
la cual, por mí, se titula hoy del hambre,
y que aún será de otros lugar de encierro,

me había mostrado ya por su abertura
muchas lunas, cuando tuve el mal sueño
que del futuro me descorrió el velo.

A éste veíalo yo como señor y dueño,
cazando lobos y lobeznos en aquel monte,
que a los de Pisa la visión de Lucca estorba.

Con perras flacas, astutas y amaestradas,
a los Gualandi con Sismondi y con Lanfranchi,
había puesto adelante de la hueste.

Tras breve huída, me parecieron cansados
el padre y los hijos, y con agudos colmillos
parecíame que les herían los flancos.

Despertando antes de la aurora,
llorar oí entre sueños a mis hijos
que conmigo estaban, y me pedían pan.

Serías bien cruel, si tú ya no te dueles
pensando en lo que mi corazón presentía;
y si no lloras ¿de qué llorar sueles?

Ya estaban despiertos, y la hora se acercaba
de la comida que soler nos traían,
y por su sueño cada uno dudaba;

oí entonces que de abajo clavaban
la puerta de la horrible torre; y me volví
al rostro de mis hijos sin decir nada.

Yo no lloraba, mas por dentro era de piedra;
lloraban ellos; y mi Anselmito
dijo: ‘¿Mírate, padre, que tienes?’

Mas no lloré ni respondí
en todo el día y en la siguiente noche,
hasta que un nuevo Sol salió en el mundo.

Como un rayo de luz se infiltrara
en la dolorosa celda, y percibí
en sus cuatro rostros mi mismo aspecto,

ambas manos por el dolor me mordí;
y ellos, creyendo que yo lo hacía obligado
por el hambre, súbitamente se alzaron

y dijeron: ‘Padre, menor será nuestro dolor
si tú nos comes: tú nos vestiste
estas míseras carnes, tú tómalas ahora’

Aquietéme entonces por más no acongojarlos;
un día y otro permanecimos todos mudos,
¡Ay, dura tierra! ¿Porqué no te abriste?

Cuando al cuarto día llegamos
Gaddo se arrojó tendido a mis pies
diciendo: ‘Padre mío, ¿porqué no me ayudas?.

Y allí murió; y así como tú me ves,
vi yo caer los tres uno por uno
en el quinto y el sexto día; y yo, ya ciego,

me puse a buscar tanteando a cada uno
y dos días los llamé, luego de muertos.
Después, más que el dolor, pudo el ayuno.

Cuando dejó de hablar, con ojos torvos,
retomó el mísero cráneo con los dientes,
que llegaron al hueso, como de un perro, fuertes.

¡Ah Pisa, vituperio de las gentes
de aquel bello país donde el sí suena,
pues tus vecinos son a castigarte lentos,

muévase la Capraja y la Gorgona,
y hagan un dique al Arno en su salida,
y que sus aguas aneguen a todas las personas!

Porque si el conde Ugolino tenía fama
de haberte traicionado en tus castillos,
no deberías haber en esa cruz puesto a los hijos.

Inocentes los hacía la edad nueva
¡oh nueva Tebas! a Uguiccione y al Brigata
y a los otros dos que en este canto se nombran.

Seguimos adelante, allá donde la helada
rudamente a otras gentes encierra,
el rostro no hacia abajo, sino hacia arriba volteado.

Allí el mismo llanto llorar no los deja,
y el dolor que en los ojos halla impedimento,
vuélvese adentro para aumentar la angustia,

porque las primeras lágrimas forman un nudo
y tal como una visera de cristal,
llenan bajo los párpados todo el hueco.

Y aun cuando, como encallecido,
por el frío todo sentimiento
había abandonado mi rostro,

me parecía sin embargo sentir un viento;
por lo que yo: Maestro mío, ¿quién lo mueve?
¿no está aquí abajo todo vapor extinto?

Y él a mí: Pronto estarás donde
de ello te dará el ojo respuesta,
al ver la causa que al soplo mueve.

Y uno de los tristes de la fría costra
nos gritó: ¡Oh almas tan crueles
que os han dado el último puesto,

alzadme del rostro el duro velo,
para aliviar el dolor que el corazón me impregna,
un algo, antes que el llanto de nuevo se congele.

Por lo que le dije: Si quieres que te auxilie,
dime quien eres, y si yo no te libero,
que al fondo del la escarcha ir se me obligue.

Respondió pues: Yo soy fray Alberigo;
soy aquel de la fruta del mal huerto,
que aquí retomo dátil por higo.

¡Oh!, le dije yo, entonces ¿ya estás muerto?
Y él a mí: Cómo esté mi cuerpo
en el mundo arriba, lo ignoro.

Tal es la cualidad de esta Tolomea
que muchas veces cae aquí el alma
antes que Átropo le dé la vuelta.

Y para que tú de buena gana me raigas
las vidriosas lágrimas del rostro,
sabe que así que una alma traiciona,

como lo hice yo, de su cuerpo se apodera
un demonio, que luego lo gobierna
hasta que su tiempo todo esté cumplido.

El alma se derrumba en esta cisterna;
y tal vez aún se muestre el cuerpo arriba
de la sombra que aquí detrás mío inverna.

Tu debes conocerlo, si acabas de llegar abajo,
él es Branca Doria, y son muchos los años
cumplidos desde que fue aquí encerrado.

Creo, le dije, que me engañas,
porque Branca Doria no murió todavía,
y come y bebe y duerme y viste paños.

En el foso superior, dijo, de Malebranche,
allí donde hierve la tenaz pega,
no había aún llegado Miguel Zanche,

que Doria dejó al diablo en su lugar
en su cuerpo, y lo mismo el pariente
que la traición junto con él compuso.

Mas extiende ya tus manos
y ábreme los ojos. Y no se los abrí;
y cortesía fue con él ser villano.

¡Ay Genoveses! Hombres extraños
a todo orden y llenos de toda lacra,
¿Porqué no sois del mundo dispersos?

Que junto al peor espíritu de la Romania
hallé uno de vosotros, que por sus obras
su alma en el Cocito ya se baña,

y en cuerpo arriba como vivo aún anda.