La Divina Comedia: El Infierno: Canto XXXIV

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La Divina Comedia
El Infierno: Canto XXXIV
de Dante Alighieri


Satan, atrapado en el noveno círculo del Infierno. (Gustave Doré (1832-1883))
William Blake: Inferno, Canto XXXIV, 22-64, Lucifer en la última sección del noveno círculo.

Vexilla regis prodeunt inferni,
hacia nosotros; pero mira adelante,
dijo mi Maestro, si algo distingues.

Como cuando una espesa niebla sopla,
o cuando nuestro hemisferio pernocta,
se ve a lo lejos un molino que al viento gira,

así me pareció ver un gran edificio entonces;
luego, por el viento, me encogí detrás
de mi Conductor, porque no había otra roca.

Allí estaba ya, y con pavor lo pongo en verso,
donde todas las sombras estaban cubiertas
y transparentes como brizna de paja en vidrio.

Unas están yacientes; otras erectas,
ésta cabeza abajo, aquella de pie,
otra, como un arco, el rostro al pie devuelve.

Una vez que hubimos avanzado lo bastante
para que a mi Maestro le placiera mostrarme
la criatura que tuvo el bello semblante,

se quitó delante de mí y me detuvo,
he aquí a Dite, me dijo, y aquí el lugar
donde importa que de fortaleza te armes.

Cómo entonces quedéme helado y sin voz,
no me preguntes, lector, porqué no lo describo,
porque todo discurso sería poco.

Yo no morí y no quedéme vivo;
piensa ahora por ti, si tienes mucho ingenio,
qué vine a ser, no siendo lo uno ni lo otro.

El emperador del doloroso reino
del medio pecho salía fuera de la helada,
y mejor con un gigante me comparo

que los gigantes no lo harían con su brazo:
juzga entonces cuánto ha de ser en su todo,
que con esta parte se compara.

Si él fue tan bello como feo es ahora,
y contra su hacedor alzó las cejas,
bien es que proceda de él todo luto.

¡Oh cómo parecióme maravilla grande
cuando vi tres caras en su testa!
Una delante y era bermeja,

las otras eran dos, que a aquella se unían
de cada hombro en el medio,
y se juntaban en el lugar de la cresta:

y la derecha parecía entre amarilla y blanca,
la izquierda a la vista era tal cuales son
los que vienen de donde el Nilo se encauza.

Debajo de cada una salían dos grandes alas,
como convenía a un tal pajarraco:
velas marinas no vi yo nunca tales.

No tenían plumas, mas de murciélago
era su estilo; y apantallaban
de forma que tres vientos salían de ellas:

por eso todo el Cocito se congela.
Con sus seis ojos lloraba, y por sus tres mentones
caía el llanto y la sangrienta baba.

En cada boca trituraba con los dientes
a un pecador, como machacándolo,
y así a tres de ellos sufrir hacía.

Al de adelante, la mordedura le era poco,
ante el rasgar, que muchas veces la espalda
le dejaba con la piel desgarrada.

Aquel de allá arriba que sufre mayor pena,
dijo el Maestro, es Judas Iscariote,
que la cabeza tiene adentro, y afuera agita las piernas.

De los otros dos que están cabeza abajo,
el que cuelga de la trompa negra es Bruto;
¡Mira cómo se retuerce, sin decir palabra!;

y el otro es Casio, que parece tan membrudo.
Pero renace la noche, y ya es hora
de partir que ya hemos visto todo.

Como lo quiso, a su cuello me abracé,
y él eligió el momento y el lugar justo,
y cuando las alas estuvieron bien abiertas,

se prendió de las vellosas costillas;
de pelo en pelo abajo descendió luego
entre el hirsuto pelo y las heladas costras.

Cuando llegamos al sitio donde nace
la pierna, sobre el grueso del anca,
el Conductor, con fatiga y con angustia,

volvió la testa hacia donde tuviera las zancas
y aferróse al pelo como el que sube,
de modo que al infierno creía yo estar retornando.

Está bien atento, que por esta escala,
dijo el Maestro, jadeando como hombre exhausto,
conviene alejarnos de tantos males.

Después salió afuera por la brecha de una roca,
y púsome sobre el borde a que me sentara;
luego junto a mi detuvo el prudente paso.

Yo levanté la viste y creía poder ver
a Lucifer como lo había dejado
y lo vi con las piernas hacia arriba;

y si debí entonces quedar trastornado,
júzguelo la grosera gente, que no percibe
cual es aquel punto por el que había pasado.

Álzate, dijo el Maestro, de pie,
la ruta es larga y el camino áspero,
y ya el Sol a media tercia se acerca.

No era galería de palacio el lugar
donde estábamos, mas natural caverna
que tenía feo suelo y luz escasa.

Antes que del abismo me arranque,
Maestro mío, dije yo cuando estuve erguido,
háblame un poco para quitarme de error:

¿dónde está el hielo? y ¿cómo clavado está
éste así boca abajo? ¿y cómo en tan pocas horas
de tarde a mañana ha hecho el Sol su trayecto?

Y él a mí: Te imaginas todavía que estás
del otro lado del centro, donde yo me tomé
de la piel del infame verme que taladra el mundo.

Allí estuviste en tanto descendía;
cuando me volví, pasaste el punto
al que se atraen de todas partes los pesos.

Y ahora al hemisferio has llegado
que está contrapuesto al que la gran seca
cubre, y en cuya cima fue muerto

el hombre que nació y vivió sin pecado;
los pies tienes sobre una pequeña esfera
que en la otra cara mira a la Judeca.


Aquí es mañana, cuando allá es la tarde;
y éste, que nos sirvió de escala con el pelo,
clavado está así como antes era.

Por este lado cayó desde el Cielo;
y la Tierra, que antes de acá se tenía,
por miedo de él hizo del mar vela,

y vino al hemisferio nuestro; y tal vez,
por huir de él, dejó aquí un lugar vacío
que aparece de este lado, y para arriba remonta.

Lugar hay allí abajo, de Belcebú bien remoto,
tanto cuanto la tumba se extiende,
que no vemos, sino por el rumor percibimos

de un arroyuelo que aquí desciende
por el hoyo de una piedra, que él ha roído,
con sinuoso curso y de pendiente poca.

El Conductor y yo, por ese camino escondido,
entramos a retornar al claro mundo;
y sin cuidarnos de reposo alguno,

subimos, él primero y yo segundo,
tanto que vi las cosas bellas
que lleva el Cielo, por un resquicio redondo.

Y entonces salimos a rever las estrellas.