La Divina Comedia: El Paraíso: Canto XII

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La Divina Comedia
El Paraíso: Canto XII
de Dante Alighieri


Tan pronto como su última palabra
dijera la bendita llama,
a rodar comenzó la santa muela;

y en su giro no giró entera
antes que otra rueda la cercara;
y moción y canto a moción y canto unióse;

canto que tanto vence a nuestras musas,
nuestras sirenas, en esas dulces tubas,
cuanto un primer resplandor a su reflejo.

Como entre tiernas nubes aparecen
dos arcos paralelos en color iguales,
cuando Juno a su sierva envía,

y nace del de adentro el de afuera,
a guisa de la voz de aquella amante
consumida de amor como del Sol vapores;

y que son presagios para el hombre,
por el pacto que Dios con Noé puso,
de que el mundo nunca más inundaría;

así de aquellas sempiternas rosas
nos giraron en torno ambas guirnaldas,
y así la externa a la interna respondía.

Después que el tripudio y la otra fiesta grande,
tanto el canto como el inflamarse
luz con luz gozosas y mansas,

simultáneas y unánimes cesaron,
como los ojos que del placer movidos
fatalmente juntos se cierran y se abren;

del centro de una de las luces nuevas
salió una voz, que como brújula a la estrella
así me hizo volverme a su donde,

y comenzó: El amor que me hace bella
me lleva a razonar del otro jefe
por quien del mío tan bien se conversa.

Digno es que, donde está uno, el otro se induzca,
de modo que, así como juntos militaron,
así su mutua gloria juntos luzca.

El ejército de Cristo, que tan caro
costó rearmarlo, tras la insignia
se movía tardo, receloso y raro,

cuando el emperador que siempre reina,
proveyó a la milicia, de destino incierto,
por su sola gracia, no por ser digna;

y como se dijo, a su esposa socorrió
con dos campeones, a cuyo decir y hacer
el pueblo desviado congregóse.

En aquella parte donde surge a abrir
el dulce Céfiro las nuevas frondas
de las que Europa se reviste,

no muy lejos del batir de ondas
tras la cuales, fatigado el Sol
suele que de los hombres se esconda,

se asienta la afortunada Calahorra;
bajo la protección del gran escudo
del león que subyuga y es subyugado.

Allí nació el amoroso amante
de la fe cristiana, el santo atleta
benigno a los suyos y con los enemigos duro;

y así que fue creada y fue repleta
tanto su mente de virtud viva,
que ya en la madre, la hizo profeta.

Luego que los esponsales se cumplieron
en la sagrada pila entre él y la fe
donde de mutua salud se dotaron,

la mujer que dio por él asentimiento,
vio en el sueño el admirable fruto
que salir debía de él y de sus herederos.

Y para que se viera lo que era,
movióse el espíritu a nombrarlo
con el posesivo de quien entero era:

Domingo fue llamado: y de él hablo
como del agrícola que Cristo
eligió para ayuda de su huerto.

Bien se mostró enviado y familiar de Cristo;
porque el primer amor que en él fue manifiesto,
fue del primer consejo que dio Cristo.

Muchas veces fue, velando en silencio,
hallado en tierra por su niñera,
como si dijera: “He venido para esto”.

¡Oh padre suyo verdaderamente Félix!
¡Oh madre suya verdaderamente Juana,
si como corresponde se lo interpreta!

No por el mundo, por el que muchos se afanan
tras el Ostiense y tras Tadeo,
mas por amor del verdadero maná

en poco tiempo gran doctor se hizo;
tal que se puso a cultivar la viña
que pronto se aja si el viñador es indigno.

Y a la sede que otrora fue benigna
con los pobres justos, no por ella,
mas por el que allí se asienta, y la mancilla,

no dispensar o dos o tres por seis,
no la fortuna del primer beneficio vacante,
no decimas, quae sunt pauperum Dei,

solicitó; antes contra el mundo errante
licencia de combatir por la simiente
de la que se hagan veinticuatro plantas.

Luego con doctrina y voluntad aunadas
con el oficio apostólico movióse,
como torrente que de alta fuente mana;

y castigó a los heréticos retoños
su ímpetu, con más viveza allí
donde la resistencia más fuerte era.

De él nacieron luego varios ríos,
con los que el huerto católico se riega,
de modo que sus arbolillos son más vivos.

Si tal fue una de las ruedas del carro
con que se defendió la Santa Iglesia
y venció en el campo su civil contienda,

bien debería serte muy evidente
la excelencia de la otra, con la cual Tomás
antes de mi venida fue tan cortés.

Mas la órbita que fue la parte suma
de su circunferencia, está abandonada
tanto que donde hubo tártaro hay mufa.

Su familia, que caminó derecha
los pies tras sus huellas, está tan mudada
que en el de atrás pone el de adelante;

y pronto se verá cual es la cosecha
de mal cultivo, cuando la cizaña
se queje de que el granero le niegan.

Bien digo, que quien buscase hoja a hoja
en nuestro volumen, aún página hallara
donde leería: Yo soy el que solía:

pero no será de Casal ni de Acquasparta,
de donde vienen tales a la escritura,
que une la huye, otro la coarta.

Yo soy el alma de Buenaventura
de Bagnoregio, que en los grandes oficios
siempre pospuse la siniestra cura.

Iluminato y Agustín están aquí,
que fueron los primeros descalzos pobrecillos
que en el cordón de Dios fueron amigos.

Hugo de San Víctor está aquí con ellos,
y Pedro Mangiadore y Pedro Hispano,
quien abajo luce en doce libelos.

Natán profeta, y el metropolitano
Crisóstomo, y Anselmo, y aquel Donato
que al primer arte dignóse echar la mano.

Rábano está aquí, y luce a mi lado
el calabrés abad Giovacchino
de espíritu profético dotado.

A envidiar tan gran paladín
me movió la inflamada cortesía
de fray Tomás y el discreto latino:

y conmigo moví esta compañía.