La Divina Comedia: El Paraíso: Canto XXIX

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La Divina Comedia
El Paraíso: Canto XXIX
de Dante Alighieri


Cuando ambos hijos de Latona
a cobijo del Carnero y de la Libra,
juntos forman con el horizonte una zona,

cuanto dura el punto que el cenit iguala,
hasta que el uno y el otro de aquella cinta
cambiando de hemisferio, se liberan,

otro tanto, con el rostro de sonrisa tinto,
calló Beatriz, fijamente observando
el punto que me había vencido.

Luego empezó: Digo y no demando,
lo que tú quieres oír, porque lo he visto
allá donde se afirma todo donde y todo cuando.

No para lograrse bienes adquiridos
que no es posible, mas para que su esplendor
pudiese, resplandeciendo, decir Subsisto,

en su eternidad fuera del tiempo,
fuera de todo comprender, como le plugo,
se abrió en nuevos amores el amor eterno.

Ni cuasi entorpecido, antes holgaba;
ya que ni antes ni después procedía
el discurrir de Dios sobres esta aguas.

Forma y materia, conjuntas y puras,
salieron al ser que no tenía falla
como de un arco tricorde tres saetas.

Y como en vidrio, en ámbar o en cristal
un rayo brilla de forma que del venir
al llegar ser no hay intervalo,

así el triforme efecto de su sire
irradió en el ser a la vez entero
sin distinción de primacías.

Concreada fue la solidez y el orden
de la sustancia; fueron cima del mundo,
aquellas que hechas son de acto puro;

sólo potencia tiene la más baja parte;
y en el medio se estrechan potencia y acto
con tal liga, que ya nunca se desligan.

Jerónimo os escribió trazos largos
sobre los ángeles creados siglos
antes que el otro mundo fuese formado;

mas esta verdad está escrita en muchos lados
por los escribas del Espíritu Santo
y tú lo advertirás si miras con cuidado:

y aún la razón lo percibe algún cuanto,
pues no aceptaría que tales motores
sin su perfección estuvieran tanto.

Ahora sabes dónde y cuándo estos amores
fueron creados y cómo; de modo que extintos
en tu deseo están ya tres ardores.

Ni llegaríase, contando, a veinte
tan pronto, cómo de los ángeles una parte
turbó la materia de vuestros elementos:

la otra quedó aquí, y comenzó este arte
que tu disciernes, con deleite tanto
que de circuir no se sale nunca.

Principio del caer fue el maldito
soberbio aquel, que viste
por todo la carga del mundo oprimido.

Aquellos que ves aquí que fueron modestos
a reconocer a la bondad
que los había hecho a tanto entender prestos;

por que la visión de ellos fue exaltada
con gracia iluminante y por sus méritos
de modo que tienen firme y plena voluntad.

Y no quiero de dudes, mas que estés cierto,
que recibir la gracia es meritorio
conforme a cómo el afecto le es abierto.

En adelante en torno a este consistorio
puedes contemplar mucho, si mis palabras
son recogidas sin ayuda ninguna.

Mas porque en la tierra en vuestras escuelas
se lee que la angélica natura
es tal, que entiende, recuerda y quiere,

diré aún, para que veas pura
la verdad que abajo se confunde
equivocándose con esa tal lectura.

Estas substancias, después de ser jocundas
ante la cara de Dios, no apartaron la vista
de ella, de la que nada se esconde;

pues no tienen la vista interceptada
por otro objeto, y entonces no necesitan
de la memoria por concepto dividido.

Así pues allá abajo, sin dormir, se sueña,
creyendo y no creyendo decir lo cierto;
mas en el uno hay más culpa y más vergüenza.

Vosotros no marcháis por un solo sendero
filosofando; ¡tanto os transporta
el amor y el desvelo de apariencia!

Y ello aquí arriba aún se soporta
con menos desdén, que cuando se relega
la divina escritura o se la tuerce.

No pensáis cuánta sangre cuesta
sembrarla en el mundo, y cuánto place
quien humildemente a ella se acerca.

Por aparentar cada uno se ingenia y hace
sus inventos; y las escrituras descuida
quien predica, y el Evangelio se calla.

Uno dice que la Luna retrocedió
en la pasión de Cristo y se interpuso:
para que la luz del Sol no viniera:

otro miente que la luz se escondió
por sí misma; pero tanto los Hispanos, los Indios
y los Judíos, tal eclipse vieron.

No hay en Florencia tantos Lapos y Bindos
cuantas de tales fábulas por año
en púlpito se gritan allá y aquí;

de modo que las ovejillas, que no saben,
vuelven del pasto pastadas de viento,
y no los excusa que no perciban el daño.

No dijo Cristo a su primer convento:
Id y predicad al mundo patrañas;
mas les dio veraz fundamento;

que resonó tanto en sus bocas
que en su lucha por arder la fe,
del Evangelio hicieron escudo y lanza.

Ahora van con argucias y bufonadas
a predicar, y aunque bien la gente ría,
ínflase la capucha, y no se busca otra cosa.

Mas en la punta del capuz un tal pájaro anida,
que si el público lo viera, cuenta se daría
del valor del perdón que les promete;

por lo que tanta necedad creció en la tierra
pues, sin la prueba de testimonio alguno,
tras cada promesa todos van corriendo.

De aquí engorda el puerco de san Antonio
y aún otros que son aún más puercos,
y que pagan con moneda sin cuño.

Mas porque la digresión ha sido demasiada,
tornemos la mirada a la correcta senda,
de forma de abreviar tiempo y camino.

Esta natura tanto asciende por las gradas
en número, que nunca hubo palabra
ni concepto mortal que a tanto vaya;

y se atiendes a lo que se revela
por Daniel, verás que en sus millares
determinado número se cela.

La luz primera, que la ilumina entera,
de tantos modos en ella es aceptada,
cuantos son los esplendores que acompaña:

por donde, como al acto que concibe
sigue el efecto, al amor de la dulzura
sigue en ella fervor diverso y templanza.

Considera entonces la excelsitud y la largueza
del eterno valor, puesto que tantos
espejos se ha hecho en que se espeja,

uno en si permaneciendo como antes.


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