La Lola se va a los Puertos
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LA LOLA SE VA A LOS PUERTOS
COMEDIA Bfi TRES ACTOS Y EN VERSO
i [trenada en el teatro Pontalba, de Madrid, el 8 do noviembre de 1929, por Lola Membrives y Ricardo Puga.
PERSON/E
PANZA-TRISTE.
PACO.
PATO EL BOTERO.
CMPIONA.
El. NIÑO DEL ARENAL.
FERNANDO.
JUAN.
CAMARERO.
SEÑORITO 1."
DRAMAI I S
LA LOI.A.
ROSARIO.
MERCEDES.
PAQUITA.
CAMPESINA 1.a
CAMPESINA 2.a
T IEKEDIA,
DON DIEGO.
JOSÉ LUIS.
DON NARCISO GALERNA. SEÑORITO 2."
ACTO PRIMERO
i 1 ESCENA REPRESENTA I.A SALA BAJA DE UN «RASO CORTIJO DE ANDALUCÍA, CON AMPLIA PORTALADA DE ARCOS AL FONDO, QUE DA A UNA GALERÍA i UTA AL JARDÍN Y AL CAMPO. OTRAS PUERTAS Y VENTANAS LATERALES. I I MOBILIARIO ADECUADO Y UNA LARGA MESA, DONDE ESTA DISPUESTO III. «LUNCH», CON BOTELLAS Y CAÑAS EN SUS CAÑEROS. EL JARDÍN LLEGA HASTA LA MISMA CASA, CON SUS ROSALES TREPADORES ENREDADOS A LOS PILARES DE LA GALERÍA. EN LONTANANZA, GRANDES MASAS DE OLIVAR Y
MONTE
... eran cosa
ESCENA PRIMERA
■ACÓ Y MERCEDES, CASEROS DEL
IIIKT1JO, ACABANDO DE ARREGLAR LA
MESA
rao.
I.a señoriía Rosario, ¿qué le dijo?
"CEDES.
Preguntaba j por su novio. Lila creía t|ue la juerga y la algazara de esta noche...
I'ACO,
¿Sí?...
MERCEDES. del señorito.
PACO.
Me extraña. Será el cariño, los celos... Ya sabes que en esta casa la cabeza más alegre es la que peina más canas. Así va el mundo.
MERCEDES;
Yo dije Ja verdad: coplas, guitarra y fandango, lodo ha sido cosa del amo.
MANUEL Y ANTONIO
PACO.
El lo paga y lo goza. ¡Si lo viera desde el cielo aquella santa!
MERCEDES.
Una santa y desde el cielo, ¿qué iba a decir?: «Tiene gracia mi esposo, tan alegrito siempre donde suenan palmas.»
PACO.
¿Y se van hoy los artistas?
MERCEDES.
Esta noche. De mañana se fueron los invitados, y ya no quedan en casa más que Lola y lleredia.
ESCENA II
DICHOS; DON DIEGO Y IIEREDIA
DON DIEGO.
¡Paco, Mercedes!
PACO.
¿Qué manda? DON DIEGO.
¿Está preparado todo?
MERCEDES.
Dígame usted si algo falla.
DON DIEGO.
Nada. Ya os podéis marchar.
Cuando esté Lola aviada,
decidle que la esperamos
para tomar una caña. Vanse Paco y Mercedes.
ESCENA III
DON DIEGO Y IIEREDIA
DON DIEGO. ¡Heredia!
HEREDIA.
¡Don Diego!
MACHADO. —TEATRO
DON DIEGO.
Toma, Le da un sobre con unos billetes
1 IEREDIA.
¿Qué me da usted?
DON DIEGO.
Poco. Nada que obligue. Como recuerdo de un amigo y de una casa que habéis honrado, dinero para el camino y las gracias.
HEREDIA.
Don Diego, ¡dos mil pesetas a nosotros!
DON DIEGO.
Te las guardas; os las guardáis. Y no hablemos de ello.
HEREDIA.
Ni media palabra.
Manda Faraón y el polvo
obedece. Se nicle el sobredio en el bolsillo
DON DIEGO.
¿A qué hora pasa el tren?
HEREDIA.
A las seis y cuarto. Una pausa. Heredia y Don Btejfl se miran. Don Diego va a bable de Lola y cambia de idea.
DON DIEGO.
Echemos la última caña.
HEREDIA.
La penúltima. llenan las cañas.
DON DIEGO.
Bien dices. Beben y permanecen algún rato tá silencio suspirando.
¡Ay Heredia de mi alma!
HEREDIA. IM exclamación con ./'"' Heredia responde a Don Dirá"
I A LOLA SE VA
ÉHltre decir que comprende por suspira. ,1)011 Dieguito de mi vida!
IVIN DIEGO. Con interés. I TI sabes...
i li HEDÍA.
Yo..., de guitarra un poquillo.
PON DIEGO.
¿Y de mujeres? Mi HEDÍA.
Sólo sé que no sé nada,
que dicen que dijo el sabio
Vilomón, que las trataba
il>- cerca.
boN DIEGO.
¿Qué piensas tú de Lola?'
I 11 III' DÍA.
Que Lola canta.
DON DIEGO. Como los ángeles.
Ill II EDI A.
No; mino la Lola. Si es ella I I mismo cante. No hay oirá, don Diego.
i'..'. DIEGO.
Conforme, Heredia; pero ahora yo te pregunto por la mujer.
I li HEDÍA.
Por la hembra limcal. Comprendido; usted quiere saber...
i '■>. DIEGO.
Si chanela...
lll'.KEDlA.
Más que de coplas...
I Vis DIEGO.
Si marcha... I li HEDÍA. O no marcha,
A LOS PUERTOS
DON DIEGO.
justo. I IEREDIA.
Tenga —y perdone—el sobrecito con sus papiros. Le devuelve el sobre.
DON DIEGO. Rechazando el sobre con disgusto.
No aciertas
a comprender. Yo no compro
a mis amigos.
HEREDIA.
Pues venga otra cañita. Se guarda el sobre, y Don Diego llena las cañas.
Y ahora, ¿escuchará la grandeza de Andalucía el consejo de una lombriz de la lierra?
DON DIEGO.
Habla y no te achiques tanto.
I IEREDIA.
Don Dieguito, no se pierda usté a sus años.
DON DIEGO.
¿Tan viejo soy? ¿Cuántos años me echas?
HEREDIA.
Para morirse, muy pocos;
para bailar de cabeza...,
el hombre debe de ser
viejo desde que se afeita.
La Jxila..., la Lola... ¿lia dicho
usted la Lola? Usté piensa
que es una chávala...
DON DIEGO.
Sí.
I ÍEREDIA.
... como otras muchas que ruedan por el mundo... Una mujer...
DON DIEGO. Es claro...
463
MANUEL Y ANTONIO
MACHADO TE ATRfl
LA LO I. A SE VA
A LOS PUERTOS
HEREDIA.
Pues no lo crea usted, don Diego; la Lola no es una mujer siquiera.
DON DIEGO.
¿Qué es entonces?
I IEREDIA.
Cante hondo con faldas, la misma esencia del canlc, la cantaora, la Lola. Aunque usted la vea cerca de usted y la escuche, y la toque—si se deja—, la Lola no es de este mundo. Yo que voy siempre con ella —soy su guitarra—lo sé, don Diego, por experiencia.
DON DIEGO,
Lola y tú...
IÍEREDIA.
Pare usté el coche; Lola y yo somos pareja de flamenco. Ella es el cante; yo, el toque.
DON DIEGO.
¿Y no más?
HEREDIA. Jurando.
[Por éstas! Entre Lola y yo no hay más allá de ¡Afina, templa! Heredia, por soleares; por seguidillas, Heredia.
DON DIEGO.
Pedona; no te creía tan serio.
HEREDIA.
Siempre fue seria nuestra profesión. La copla y la guitarra flamenca —usted lo sabe—-no son cosas de broma. La juerga —se entiende con cante hondo— tiene de función de iglesia más que de jolgorio. No es una diversión cualquiera, donde se mete ruido
464
y se descorchan botellas. Para alegrarse en flamenco se ha menester mucha ciencia, mucha devoción al cante y al toque.
DON DIEGO.
Nadie lo niega, y ya sabes tú que yo distingo.
HEREDIA.
¡Que usted diquela! Si es usted el emperador de la afición de csia tierra.
DON DIEGO.
Pavor, Heredia.
HEREDIA.
Justicia. ¿Echo otras cafiitas?
DON DIEGO.
Sea. ¿Conque tú nunca pensaste...? La verdad...
HEREDIA.
Por la cabeza, don Dieguito, pasa todo; impon a lo que se queda. Lola y yo nos conocimos: olla, niña; yo, un chavea. Su padre fue mi maestro de guitarra—una eminencia en el toque, señor Pepe el herrero—; su maestra de canto, mi hermana Trini.
DON DIEGO. ¿La Trini?
I IEREDIA.
¡Que gloria tenga! De niños nos separamos, tres años pasé sin verla. Y ahora, lo que usted quería saber. Yo no soy de piedra.
DON DIEGO.
¡Claro! Un artista...
I IEREDIA.
Era Lola ya una mocita. En Utrera nos encontramos. Venía ella, con su madre, de Ecija; yo, del Puerto; hacia Sevilla los dos: «¡Rafael! » Yo era Rafael —que éste es mi nombre— para Lola; hoy soy I Ieredia, el tocador, su guitarra; para un cartel, siete letras. «¿Quién eres, chiquilla?» Estuve un rato sin conocerla mirándola. ¡Qué milagros hace la Naturaleza! «¿No me conoces? La Lola.» «La insignificancia aquella del señor Pepe—le dije en broma—, ¿va a ser la reina de Andalucía? Don Diego, ¡qué transformación más seria! ¡Lo que hace Dios cuando está de buen humor y se esmera una miajita en sus obras y dice: ¡Allá va canela con faldas! De la chiquilla larguirucha, casi fea, que yo conocí, con un loqueciio en las caderas y otro en el pecho, y un poco ile carboncillo en las cejas, y de candela en los ojos, hizo una mujer de veras, de las que dan al Altísimo derecho a dormir la siesta. Yo le dije..., no sé qué le dije, una impertinencia, porque la lengua del hombre i uando no miente chochea. Me miró de arriba abajo, los ojos como dos piedras de diamante: «Rafael, que ya está bien. I .o que tengas que decirme me lo dices con la guitarra.» «¿En tu reja?» • \'o. En el palacio del duque «le los Moriles hay fiesta; ' .mía la Lola esta noche. Si tú quieres, toca Heredia.» Y aquella noche fue Lola i'l pasmo de la nobleza de Sevilla. ¡Qué garganta!... ' >tra cañita?
DON DIEGO.
Y cincuenta. HEREDIA.
Cantó y bailó, don Dieguito.
¡Qué asombro! Yo...
DON DIEGO.
Tú...
I Ir.RED! A.
Yo era don José María Nadie con ¡a guitarra, hasta aquella noche en que aprendí el secreto del toque.
DON DIEGO.
¿Cómo? HEREDIA.
Seis cuerdas con sus seis tornillos tiene la guitarra; aire y madera es lo demás. Con un poco Je trabajo y de paciencia se hace con ella ruido para que baile un hortera en domingo. Si usted añade algo de estudio y de ciencia, ¡oca usted a Cunó y a Eslava, y a Chopin, y los babiecas se asombran. Si usted se obstina, ya es la guitarra una orquesta. Total, música.
DON DIEGO.
¿Y es poco? HKREDIA.
Es mucho; pero no llega a (oque hondo. El flamenco no es música, sino lengua del corazón. La guitarra, en la copla y la falseta, importa por lo que dice y nunca por lo que suena. Pero en la guitarra sólo se dicen cosas flamencas. ¿Me comprende usted?
DON DIEGO.
No mucho. Pero no olvides el tema de Lola y tú.
HEREDIA.
A lo que voy.
465
O
MANUEL Y ANTONI
Cuando terminó la fiesta,
por las calles de Sevilla
la acompañé hasta la puerta
de su casa y, de camino,
volví a requebrarla. Ella,
después de escucharme un rato,
me dijo: «Si tú quisieras
ser mi guitarra...» «¿No más
que un instrumento de cuerda
un hombre? Lola, eso es poco.»
«Y más de lo que tú piensas.
Eso o nada. Elige.» «Quien
elige lo que le dejan,
no elige; pero se aviene
¡i la razón, compañera»,
le respondí. Desde entonces
seguimos la misma senda.
Eso es iodo. Yo camino
al lado de esa tormenta
de mujer, y me consuelo
—si el mal de muchos consuela—
sabiendo que es fuego Lola,
que arde, pero no se quema;
vino que no se emborracha
y mar que no se marea.
Ella es la copla; en la copla
mujer, y diamante fuera.
Yo la acompaño, acompaño
su canción. Afina, templa.
Ilcredia, por soleares;
por seguidillas, Heredia.
ESCUNA IV
DICHOS Y LOLA
DON- DIEGO. ¡Lola!
LOLA.
Don Diego...
DON DIEGO.
¿Te vas? LOLA.
A Sevilla. Dirigiéndose a Heredia, que se va a marchar.
Heredia...
HEREDIA.
Lola...
MACHADO. —TEATRO
LOLA.
¿Dónde vas?
HEREDIA.
Vengo en seguida. LOLA.
Estáte aquí.
HEREDIA.
Vuelvo ahora. Se va.
ESCENA V
LOLA V DON DIEGO
DON DIEGO.
¿Qué tienes con ese hombre?
LOLA.
¡Yo! Nada.
DON DIEGO.
Pues ¿qué le impon i que se vaya o que se quede?
LOLA.
¿A mí?... ¿Y a usted?...
DON DIEGO.
Poca con Pero... parece que no quieres que hablemos a solas.
LOLA.
Al contrario...
DON DIEGO.
Escucha. LOLA.
Escucho. DON DIEGO.
¿El irte a Sevilla ahora te es muy preciso?
LOLA.
Bastante... Hay un contrato.
DON DIEGO.
Se borra; se anula.
LA LOLA SE VA
LOLA.
Di mi palabra.
DON DIEGO. ¡Firma el rey!
LOLA.
Firma la Lola.
DON DIEGO. Si yo indemnizo a la Empresa y le busco, además, otra figura del cante que te sustituya...
LOLA.
¡Qué cosas dice usted! ¡Si la que tiene empeño en cantar ahora en Sevilla soy yo!
I )DN DIEGO.
Bueno. I )onde hay una oferta hay otra. Yo te necesito aquí.
LOLA.
¿Aquí, en el campo?
DON DIEGO.
Y en Córdoba, en mi casa. ¿Eso qué vale?
LOLA.
No vale nada.
DON DIEGO.
Perdona; ¿qué cuesta? Porque valer..., no hay oro en la Tierra toda para pagarlo.
I i>l.A.
Don Diego, /usted me vende... o me compra?
I ii IN DIEGO. No te entiendo.
LOLA.
Yo a usted, sí. m Quiere usted una cantaora l'.ira usted solo.
A LOS PUERTOS
DON DIEGO.
A una..., no, a la única.
LOLA.
Sin broma. Gracias, don Diego. Yo no valgo tanto. Además...
DON DIEGO.
Lola. Además, tienes razón; pero..., además, ¿qué te importa?
LOLA. Tarareando una copla. «Deja que la gente diga...»
DON DIEGO.
Acaba, acaba la copla. «En queriéndonos los dos, pase la gente...»
LOLA.
Esa es otra: ¿querernos también?
DON DIEGO.
Escucha: no es mi pretensión tan loca. Quererte... yo.
LOLA.
¿Y yo? DON DIEGO.
Dejarte
querer. Tener una hermosa
casa en la ciudá. En el campo,
fincas; vestidos y joyas...
No rodar más por el mundo;
no tener que cantar cosas
para que la gente goce
mientras, acaso, tú lloras.
Y todo mientras tú quieras,
con una condición sola:
la de no engañarme.
LOLA.
Nunca he sabido engañar.
DON DIEGO.
Choca. Cuando te canses, me dejas; si de alguno te enamoras,
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MANUEL Y ANTONIO
me lo dices y te vas; no te detendré, ni en contra del c|ue tú quieras, palabra ■ oirás jamás de mi boca; ni él sabrá, si tú lo callas, el que yo a ti te conozca. Sé leal. Y, en cambio, ve pensando qué se te antoja.
LOLA.
¿Y usted no se cansaría?
DON DIEGO.
No me queda tiempo, Lola.
LOLA. A mí, sí.
DON DIEGO.
¡Mala!
LOLA.
Por buena he de decirle estas cosas. Usted quiere la verdad, y va usted a saberla toda.
DON DIEGO.
¿Quieres a alguien?
LOLA.
No, señor. No quise a nadie basta ahora, ni pienso que he de querer a ninguno de esa forma. Nací entre esos olivares, me crié como la alondra, cantando de rama en rama; cien leguas a la redonda dice la gente que nadie canta mejor que la Lola. Con eso tengo bastante.
DON DIEGO.
¡Te mantienes de la gloria!
LOLA.
¡Qué gloria ni qué ocho cuartos! Me mantengo de mis coplas, que son muy bonitas.
DON DIEGO.
¿Quién le las enseñó?
MACHADO. —TEATRO
LOLA.
Yo sola las aprendí; el cante es agua manantial.
DON DIEGO.
Bien.
LOLA.
Y brotan en el pecho de la gente cuando ríe o cuando llora. El caso es saber sentir; lo «lemas tiene muy poca importancia. ¿Usted no ha vism. en la sierra de Cazorla, nacer el Guadalquivir entre piedras, gota a gota? Pues así nace un cantar, como el río, y baja a Córdoba y a Sevilla, hasta perderse en la mar tan grande y honda Ese es también mi camino: ¡paso libre!...
DON DIEGO.
Pero todas las artistas luchan por la fortuna; son muy pocas las que, al fin de mil trabajos. un vago bienestar logran. Si yo te lo doy, ya ves el camino que te ahorras. El descanso...
LOLA.
No lo quiero. DON DIEGO. La fortuna...
LOLA.
No me imporia. DON DIEGO. La vida...
LOLA.
Eso, no; mi vida ya le he dicho a usted que I 11 ii i .1
DON DIEGO. ¡La mala vida!
LOLA.
¡Oiga usted...!
S E
VA
I.A LOLA
DON DIEGO.
1.a vida malsana y rota, que hace de la noche día; la alegría de unas copas, y al fin...
I ni A.
¡Pronto llegó el fin!
I ION DIEGO.
I'ronto y mal. Mírate en todas. El hospital...
1 .HA.
No me asusta. DON DIEGO. La miseria.
I MÍA.
No me asombra. I ii IN DIEGO. Las penas...
LOLA.
Las necesito. |)IIN DIEGO. ¿Para qué?
I i .1 A.
Para mis coplas. I'ero ¿a usted no le parece que ya está bien? A otra cosa, clon Diego.
i k i-1 DIEGO.
A otra cosa, no; min es tiempo, reflexiona.
I ii V.
Gracias..., pero yo no canto cu jaula si me la forjan ele oro y brillantes.
PON DIEGO.
¡Chiquilla!
i II \
V déjeme uslcd que corra
mí suerte, que, buena o mala, i'i.í mía y no de otra.
Y ahora llame usted a Heredia,
que nos vamos.
Ifcw DIEGO.
Tu persona
A LOS PUERTOS
está más segura aquí
que en un altar. A su hora
os iréis. Yo voy a dar
al haza de Las Toronjas
un vistazo. Es lo mejor
de esto, y... ¿Por qué no te mon-
a la grupa del caballo Das
y vemos la finca toda?
LOLA.
¿Qué dirán los pastores?
DON DIEGO. Que llevaba a la Pastora de Capuchinos.
LOLA.
¡Hay gracia! Pero a mí más me acomoda estarme quieta.
DON DIEGO.
A tu gusto.
HSCBNA VI DICHOS; PACO Y MERCEDES
DON DIEGO.
Paco, Mercedes... La Lola IAIS criados acuden.
y Heredia son ahora aquí
los amos.
PACO.
A mandar.
DON DIEGO.
Corta tú del jardín las mejores flores, claveles y rosas, y ve haciendo un ramo. Yo vuelvo pronto. Que dispongan el coche para las cinco, con la «Romera» y la «Torda».
PACO.
Descuide usted.
DON DIEGO. Aparte, a lx>la.
Bueno. Y tú medita bien...
468
469
MANUEL Y ANTONIO
LOLA.
Hasta ahora. Don Diego se va por el joro.
ESCENA Vil
LOLA, MERCEDES Y PACO.
Lola se sienta junto a la mesa, apoyando en ésta el codo, y la ca¬beza en la mano, pensativa, me¬ditando, soñando. Paco y Merce¬des la contemplan con admiración, simpatía y respeto. Dudan de acer¬carse y hablarle. Se miran entre sí. Mercedes se aleja hacia el jar¬dín. Paco se acerca, poco a poco, a Lola y se decide a hablarle.
PACO. Dirigiéndose a Lola y pro¬rrumpiendo en un verdadero grito de admiración que el respeto a los señores, y principalmente a su amo, le ha hecho dominar hasta ese momento; porque—claro es¬tá—Paco y toda la servidumbre del cortijo, unos descubiertamente y otros a hurtadillas, han oído can¬tar a Lola la noche anterior.
¡Ole las mujeres barbis!
¡Que coplas cantó usté anoche!
LOLA.
¿Le gustaron a usté?...
PACO.
¡Bueno! Yo soy un hombre muy hombre, pero cada lagrimón así lloraba.
MERCEDES. Volviendo de echar una ojeada a las flores del jardín, que llegan hasta la misma puerta del fondo, y animada por la amable sencillez de Lola al contestar a su marido.
¡Y el toque!
¡Ileredia tiene en las manos
la gloria!
LOLA. Contenta.
¿Verdad?
MACHADO. —TEATRO
MERCEDES. Naturalmente obsequio sa y agradecida a la llaneza i' afabilidad de la gran «cantaora y cumpliendo con el mayor gusto el encargo de Don Diego.
¿Qué flore»
le gustan a usté más? ¿Rosas
de musagrán, de las dobles,
de la bandera española,
de musgo, de té?
LOLA.
No corten para mí ninguna...
PACO.
¿No?
Y a don Diego, ¿quién lo oye?
MERCEDES.
Y más, que usté se merece
el jardín entero.
LOLA.
Entonces, mientras yo vuelvo por él, déjelo usté y no lo toque. Estas palabras de Lola rompen completamente el hielo y dan r.i lor a los caseros para rodearla I.I riñosamente y hablarle ya sin em pacho, aunque siempre con respt tuoso afecto. Ella escucha con um sencillez amable, pero al misma tiempo como abstraída y lejana.
PACO.
¡Poco dura la alegría en la casa de los pobres!
MERCEDES.
¡Ya se van ustedes...!
LOLA. Distraída.
Ya... PACO.
¡Si yo tuviera millones...!
LOLA.
¿Qué haría usted?...
PACO.
No dcjatlü que se fuera.
I. A LOLA SE VA
LOLA.
Pero, ¡hombre!, ¿qué iba a hacer aquí?... Al decir esto, Lola recuerda que 'aquí», como en otras partes, ella pudría ser el ama, y piensa, ade¬más, que no quiere serlo, ni le im¬parta.
yAco.
¡Enseñarle el cante a los ruiseñores! Más solitos que la una nos quedamos esta noche...
Mi KCEDES. Y el señorito Luis, que vendrá... ¿No lo conoce usté?
I ni A. Siempre abstraída. No.
HpAco.
El chiquillo es guapo...
Mi KCEDES. Con entusiasmo y cori¬to profundo por el muchacho, a •/iiicn ella ha criado a sus pechos.
¡Más simpálico! ¡Más noble...
el pobrecito!...
PACO.
Su padre, don Diego, el amo, se pone ti veces con él furioso... No congenian.
11 «CEDES.
Se conoce que al muchacho no le tira el campo... El trac sus libróles ile Sevilla, y se le pasa leyendo, en claro, una noche, .i lo mejor.
I'MO.
Y otras veces bl abre y los tira; conque...
iiii i.nr.s. Disculpando siempre, Maternal, al muchacho. Que como aquí no salimos i\c alache, cavache, el pobre
A LOS PUERTOS
se aburre... Por más de que le gusta hablar con los hombres y las mujeres del campo...
PACO.
Sí. ¡Más que con los señores! Eso es verdad.
MERCEDES.
¡Es que es tan bueno, tan bueno!
PACO.
No estoy conforme: ca oveja con su pareja.
MERCEDES. Que quiere corlar la conversación, porque su marido no habla de José Luis como ella qui¬siera, corta unas flores del jar¬dín y se las ¡nuestra a Lola, para quien empieza a hacer un ramo magnífico.
¡Mire usté qué palmeroncs
más bonitos!
LOLA.
Mucho. MERCEDES.
Y ésta es de limón. Otra clase de rosas.
LOLA. Resignada, con cierta pena, a la tala del jardín.
¡Qué desmoche!
PACO. A Mercedes, comprendiendo el juego de ésta y aludiendo a Luis.
Puede ser que yo lo quiera
más que tú.
MERCEDES. SÍ es muda, revienta. ¡Eso sí que no! Después de la santa aquella que fue su madre, ninguno más que yo...
PACO. Vencido.
¡Vaya, que sea! Y luego, buscando otra salida y aludiendo a la novia del señorito. La señorita Rosario...
470
471
LA
)LA. A Mercedes, que ha per'ma-nlo a su lado.
¿Es ella?
Mi RCEDES.
Sí, ella. m n y Mercedes se retiran y se wi por el fondo hacia el jardín.
MANUEL Y ANTONIO
MERCEDES. Interrumpiéndole viva¬mente.
Lo querrá... de otea manera.
Porque va a ser su mujer.
LOLA. Que empieza a interesarse en la conversación. ¿Sí?
MERCEDES.
Si Dios no lo remedia. Dice eslo como para sí y casi sin querer.
PACO. Escandalizado a su vez. ¿Qué dices?
MERCEDES.
Digo... que no sabe ella lo que se lleva.
PACO.
¿Que no sabe? ¡ Pues es poco lista!
LOLA.
¡Poco resuelta! Paco, que, en el fondo, quiere tam¬bién mucho al señorito de casa, ad¬mira más a la futura ama, es parti¬dario entusiasta de Rosario, quizá porque tiene menos confianza y fa¬miliaridad con ella.
¡Eso es una señorita
de verdad.
LOLA. Con cierta sorna. ¡Vaya!
PACO. Entusiasta y contundente. ¡Completa! Aire, planta, señorío...
LOLA. ¿Guapa?
MERCEDES.
Y sabiéndolo ella. PACO.
Más fina, ¡más elegante!
Vestida como una reina...
472
MACHADO. — TEA Tifo
MERCEDES. Y... orgullosa.
PACO.
Puede estarlo de su persona y su hacienda.
Dirigiéndose a Lola, oficiosamni
te explicativo y panegirista de Un
sarro.
Su madre, prima segunda
del amo de acá... Una vieja
que no sabe lo que tiene
en olivares y dehesas;
desde que quedó viuda
vive aquí, junto de nuestra
cortijada, en una casa
de que ha hecho un palai li |
la muchacha. [ ¡ellll
A Mercedes.
Dices tú orgullo..., ¡no! Ella quisiera ver en su novio otra cosa...; pero lo quiere, y ¡es buena como nadie!
MERCEDES. A regañadientes. Yo no digo que no...
Ix)LA. Interrumpiendo rápida y di cisiva, con esa clarividencia sentíÜ ciosa de la gente del pueblo tk daluz inteligente.
Ni que sí. A la fuerza ha de ser una persona buena o mala. ¿Y la que sea regular?
MERCEDES. Contenta con la aqun\ cencía de Lola, en la que hay. m cabe negarlo, un poco de arttífi tía subconsciente hacia la señoril.» en cuestión.
Es lo que yo decía.
PACO. Echándolo a broma. ¡Gracia!
LOLA.
Es de veras. Vamos a ver: esa niña, ¿qué ha hecho para que se sepi que es tan buena? Mala, ¡claro1
LOLA SE VA
no lo va a ser la que lleva una vida tic regalo, joven y rica..., queriéndola todos. Pero no hay razón para que se diga de ella que es buena... porque no es [mala, ni mala porque no es buena.
PACO.
El natural se conoce...
I OI.A.
Cuando hay ocasión. Se oye fuera la voz de Rosario, im¬perativa.
KOSARIO. Desde el foro.
Que metan el coche en el cobertizo de abajo y que me lo tengan siempre listo.
ESCENA VIII
menos y ROSARIO, APARECIENDO EN LA PUERTA DEL JARDÍN Y SALU¬DANDO
KOSARIO,
¡Buenas tardes! 1/ reparar en Lola, hace seña Ya<o de que se acerque, y le dice: ()ye, Paco: ¿quién es ésta?
PACO. Que ha acudido oficioso y
h ¡tO.
La Lola, la cantaora lamosa...
A
LOS PUERTOS
ESCENA IX
ROSARIO Y LOLA
ROSARIO.
Me suena el nombre de usted.
LOLA.
No es extraño; tantas Lolas tiene el mundo...
ROSARIO.
¿Como usted? LOLA.
Ninguna: no hay dos personas
iguales.
ROSARIO.
Quiero decir que como artista de nota...
LOLA. Gracias.
ROSARIO.
Me era conocido su nombre, y el verla ahora me aerada,
Gracias.
LOLA. ROSARIO.
¿De paso?
LOLA.
De Linares para Córdoba, Sevilla y Cádiz; después, donde Dios quiera.
ROSAR ro.
No es poca fortuna la de mi tío, tener ruiseñor y alondra por noche y mañana, en una garganta de cantaora, para él solo.
LOLA.
El se merece eso y más. Don Diego me honra con su amistad; es decir, con su afición a mis coplas. Le gusta el canto, aunque ya mi canto no está de moda.
MANUEL
Y ANTONIO
MACHADO. — TE ATRII
1. A LOLA SE VA A LOS PUERTOS
ROSARIO.
¿De veras? ¿Y es canee hondo lo de usted?
Lot.A.
Así lo nombran.
ROSARIO.
Confieso que nunca pude tararear cuatro notas.
LOLA.
Se explica. ¡Como si yo me pongo a cantar «Dinora»! A una mujer de su clase no le va el flamenco, cosa popular.
ROSARIO.
¡lisas canciones tan tristes, tan angustiosas, tan desgarradas...!
LOLA.
También hay un flamenco en compola, un moruno catalán, gitano de Badalona, para gente fina. Usted se lo sabrá de memoria. De eso no entiendo.
ROSARIO.
¿Y usted? ¿Sola por el mundo, Lola?
LOLA.
Sólita, o acompañada de un guitarrista que loca lo que yo canto, el maestro Hcredia, buena persona.
ROSARIO, Es triste esa vida...
LOLA,
¿Sí? ROSARIO.
Supongo yo. Peligrosa al menos.
LOLA.
¡Qué quiere usted! Yo no la cambio por otra.
ROSARIO.
¡Siempre entre gente del bronc i
LOLA.
Mi padre tenía en Córdoba una fragua; allí aprendí que los metales se doblan, se rompen, y que es más fuerle que el hierro el aire que sopla y aviva el fuego.
ROSARIO.
¡Es usted valiente!
LOLA.
No sé. Hasta ahora me hice respetar. Las gentes que andan por el mundo solas —de! bronce, como usted dice me conocen y ya me toman tal cual soy. A una mujer que cuando canta una copla les da lo mejor que tiene, ¿a qué pedirle otra cosa? Y si lo piden—no es raro que pida quien tiene boca—, yo les digo: «Para eso tenéis mujeres de sobra a la vuelta de la esquina», y les canto, y se conforman. Así es la gente del bronce. Líbreme Dios de la otra.
ROSARIO. ¿De cuál??
LOLA.
De la formalita. Esas criaturas babosas, que sólo han visto mujeres en pintura, si se antojan de una mujer, dicen siempre: «¿Cuánto vale?», y no pcrdoiun que una mujer no se venda, porque ellos todo lo compran.
ROSARIO.
¿Usted no cree en el cariño, en el querer de sus coplas?
LOLA.
El querer y el olvidar del cante, ya es otra cosa.
liso es verdad, por lo menos mientras se canta y se toca. «De querer a no querer hay un camino muy largo, y todo el mundo lo anda sin saber cómo ni cuándo...», dice la copla.
ESCENA X
BUHOS; JÓSE LUIS Y UEREDIA, POR LA PUERTA DEL FONDO
Jnsfi LUIS, Que al llegar al cortijo JT ha encontrado con Ueredia en l.i puerta del camino y sabe por él que está allí ]/>la, la famosa I nía, de quien tanto se habla en luda Andalucía, se detiene con Ue-u'dia en la puerta del fondo a es¬tuchar a hola y a contemplarla ni/; admiración y simpatía, y vi¬ablemente impresionado por su be-
.: y su gracia, dice desde allí: La copla
pudo decir lo contrario.
LOLA. Volviendo rápidamente la ca¬bria hacia la puerta y dándose instantáneamente cuenta de quién n el nuevo personaje. ¡Oiga!... También.
' | i LUIS. A Ueredia, adelantán-|0ie hacia Lola.
Pero, Hcredia..., , no me presenta?
I h HE DÍA. Con mucha cachaza. Volando. | erigiéndose a Lola.
lil señorito José
Luis, el hijo del amo
ile esta casa.
I.A. Con viveza y cierta coque-
Ya lo sé.
%(. Luis. Encantado y sorpren-'o.
.'(lomo?
LOLA. Indicando que era fácil adi¬vinarlo.
¡Bah!... Inclinándose graciosamente.
¡Por muchos años!
JOSÉ LUIS. Dirigiéndose afectuoso y natural a Rosario.
¿Tú estabas aquí con ella? Como quien dice con la maravilla del cante.
ROSARIO. Displicente y afectando no dar a Lola la menor importan¬cia.
Hace poco que he llegado, y mientras alguien venía...
LOLA. Enterada y recogiendo la
alusión.
Yo... la he entretenido un ralo. Pero ahora, el mandamiento: no estorbar. 1 leredia, vamonos tú y yo al jardín, mientras llega el coche.
JOSÉ LUIS.
¡Si es tan temprano!
ROSARIO. Indicando que los deje marchar.
Si ellos quieren...
JOSÉ LUIS. Ingenuo, entusiasta y sin fijarse en el enfado de su no¬via, dirigiéndose a Lola.
No se vaya
usted... Diles tú, Rosario,
que no se vayan.
ROSARIO.
Por mí...
Aparte, a José Luis.
No comprendo tu entusiasmo. Alto, a Heredia y Lola.
Quédense... No eslorban.
JOSÉ LUIS. Sin fijarse en la im¬pertinencia de su novia.
Lola... LOLA. ¿Qué?
474
475
MANUEL Y ANTONIO
JOSÉ LUIS.
Lola...
LOLA, Riendo.
Me llamo.
JOSÉ Luis. Animado por la bon¬dadosa alegría de Lola. Si usted fuera tan amable que aquí, solitos los cuatro, nos cantase usted la copla que más le guste...
LOLA. Mirando a Rosario.
Es el caso que... ahora...
ROSARIO. Interviniendo apresurada¬mente para desviar la atención de José Luis a Lola y descartar a ésta de la conversación.
lie venido a verte y a tu padre, porque el sábado tenemos comida en casa, de gala... Como es el santo de mamá... Vendrán los duques de Lora, Villafernando, Monte-Rosa...; en fin, los viejos amigos de siempre y varios nuevos; entre ellos, el príncipe de Lortic y un diplomático extranjero, no sé ahora de dónde... Están invitados a pasar aquí unos días, en casa, y es necesario que me ayudéis a ofrecerles alguna fiesta de campo para distraerlos.
JOSÉ LUIS. Queriendo desentender¬se y generalizando la conversación. Bueno; mi padre es quien te hace al caso.
ROSARIO. Insistiendo en acaparar la atención de José Luis.
¡Y tú! Aquí tienes el croquis de la mesa. Ve mirando.
JOSÉ LUIS. Repasando distraído el papel que Rosario le ha puesto en las manos.
El príncipe..., la duquesa..., Curro Lara..., Pura Baños...,
476
MACHADO.—TEATRO
el general Paz... ¡Soberbio, están muy bien colocados!
Le devuelve el papel sin acabar di
leer.
i Lo que se va a hablar aquí de perros y de caballos, del padre Flores, de modas, de «Kiriki» y de «Cagancho»! Prometo mi ausencia.
ROSARIO. Molesta.
¡Pepe!
JOSÉ LUIS. Entre bromas y peral O me iré con los criados a la cocinilla...
ROSARIO.
Pero ¿cómo eres así?
JOSÉ LUIS,
Rosario... Me cargan los señoritos de nuestra tierra. Son vanos, fríos de cuello... Confunden la ligereza de cascos con la gracia, la indolencia con la elegancia. Esos gansos que desprecian cuanto ignoran —y son el Espasa en blanco-no me interesan.
ROSARIO.
Tú... _ Iba a decir: «Tú también eres un señorito.»
José LüIS. Interrumpiéndola y M
blando siempre «ex abundant,¡a i |
dis».
Aquí, muy arriba o muy abajo, el pueblo es fino, sensible y, a su modo, aristocrático, Trabaja como ninguno, pero lo hace cantando, y, más artista que obrero, se ufana del resultado, no del sudor que le cuesta; de la obra, no del trabajo.
Dirigiéndose a Ilercdia. ¿Verdad?
I, A LOLA SE VA
I II.REDIA.
Y tan verdad, que aquí se dejan tratar de vagos |>or no confesar que están lodo el día currelando. Pausa. Vacila antes de hablar de ij mismo; pero al fin se suelta, y la hace con convicción y ¡irmeza.
Y yo de mí sé decir...
■—Ío mío es distinto, ¡claro!-—, pero... que me paso a veces lloras y horas buscando las cosquillas a esta buena sonanta.
Señalando a la guitarra.
Y cuando le arranco una palabrita nueva, que dice bien con el canto, por el hombre más feliz que usted vea no me cambio.
I'.ittsa y transición.
Pero ¿qué le importa a nadie lo que me cosió lograrlo?
JOSÉ LUIS. A Lola, cordialmente.
Y usted, Lola, usted, ¿qué dice?
LOLA.
I Yo... no digo nada. Canto.
InsÉ Luis. Agarrándose a la pa-tfbra con vehemente alegría.
¡Pues venga esa copla!... Here-
,'|uá hace usted? Idia,
'.i decir, ¿cómo no coge ya la gui-
Ili MvDlA. Con mucha calma.
¿Yo? La acompaño. ¿No lo ve usted? Si ella canta, K toco; si calla, me callo.
I OÍA. Empezando con amable par-umonia la siguiente explicación. líscuche usted, don José...
JOSÉ LUIS.
Don José, ¡no! Yo me llamo
José Luis. Y si usted
me dice Pepe..., encantado.
L<MA. Continuando en tono afectuo-H y persuasivo, que encalabrina m.U y más al muchacho.
A LOS PUERTOS
Pues bueno... Usted no se enfada, Pepe... Pero quiero tanto yo a mis coplas, que las sigo, de que salen de mis labios, como a palomas que vuelan de ramiía en rama... Y cuando noto que hay alguien que no las mira bien, me las callo... Me parece que se van a lastimar... y no canto. Usted me comprende...
JOSÉ LUIS. Entusiasta.
Yo
la comprendo, sí, y. Va a decir: «La admiro», cuando...
ROSARIO. Que está molestísima, de¬seando cortar aquella conversación. interviene provoca!ira y dura. Acaso dice usted eso por mí...
I.OI.A. Tranquila.
Por uslé lo digo, ¡es claro! Pero tiene usted razón.
ROSARIO. ¿...?
LOLA.
Usté ha venido a escucharlo a él y no a mí.
ROSARIO. Con tajante impertinen¬cia.
Ya nosotros lo tenemos iodo hablado, y usted no es inconveniente para nada.
Lor.A. Con imperceptible sonrisa, un poco burlona. ¿No?
ROSARIO.
Si, en tanto que vuelve mi lío, él quiere oírla cantar un rato, debe usted darle esc gusto, que él satisfará de largo, como es debido, y ustedes no lo perderán.
477
MANUEL Y ANTONIO
JOSÉ LUIS. Alarmado y chocado por el tono despectivo de su no¬via.
¡Rosario!...
Que Lola y Ileredia son
mis huéspedes.
ROSARIO.
¿Yo les hago la menor ofensa? Ellos, ¿no viven de su trabajo? ¡Pues se les manda cantar, se les paga y terminado!
JOSÉ LUIS.
¡Lola!... Perdónela usted... A Rosario, con mal contenida in¬dignación.
A un regalo otro regalo
corresponde, y al artista
no le ofende el aceptarlo.
Pero ¡pagar!, no hay quien pa¬
las cosas bellas... Igue
ROSARIO.
¡Romántico!
Ellos piensan de otro modo. A Lo/a, con descarada impertinen¬cia.
¿Verdad?
I.OI.A.
Verdad. Por dos cuartos canta un ciego.
ROSARIO. Que ha ido demasiado lejos.
Yo no he dicho...
LOLA.
Y por nada canta un pájaro.
HEREDIA.
Y todavía le sale,
al que no le gusta, caro.
ROSARIO. Suavizando algo, pero in¬sistiendo siempre en señalar la di-jerencia de clases y en colocar a los artistas a distancia. No es eso. Precisamente yo pensaba ahora invitarles para estos días en casa.
MACHADO. —TEATRO
LOLA. Gracias. Tengo otro contrato. En Sevilla.
ROSARIO.
Corno usted quiera. Pero aquí le dábamos lo que allí.
LOLA.
Gracias. Su tío ya quiso que nos quedáramos. Y si por dinero fuera...
ROSARIO.
Ya, ya... A José Luis.
¡Tu padre es fantástico1
JOSÉ LUIS. Con vehemente disgusto ¿Qué dices?
ROSARIO.
Nada... JOSÉ LUIS.
¿Insinúas...i'
ROSARIO.
¿YO? NO. Ella, en todo caso... Sinceramente indignado, José I.un va a decir algo muy duro a ti novia.
LOLA. Previniéndolo.
Déjela usted. No me ofende. Los que por el mundo andamos tenemos que oír de todo...
JOSÉ LUIS. ¡No, Lola!
LOLA.
... sin contestarlo.
Y mirando fijamente a Rosana
añade:
Cuando se vive, se sufre y se goza, hay bueno y malo; hay amigos y enemigos, horas tristes, buenos ratos..., y los peligros mayores no están en los dichos agrios.
JOSÉ LUIS. Inquieto y extrañada ¿Qué dice tistcd?
LA LOLA SE VA
LOLA.
Que es usted muy noble y muy buen inucha-Y yo le agradezco mucho [cho... lo que hace. Pero es el caso que usté aquí ha venido a ver a su novia, y le estorbamos.
ROSARIO. Que coge al vuelo la iro¬nía de las frases de Lola, por/pie ha sido ella la que ha venido a la casa del novio y la que se mues¬tra violenta con la presencia de Lola, dice con mal disimulada fu¬ria:
Protéjame usted ahora.
LOLA.
Como usté a mí antes.
JOSÉ LUIS. Enojadísimo con su novia.
Vamos,
Rosario, lo que tú haces
no es noble ni delicado.
RIISARIO. Furiosa.
Eso, eso... ¡Insúltame |x>r tus flamencos!...
Jnsí'. LUIS.
¡Rosario! I ni A. A José Luis.
¿Ve usted cómo yo tenía l,i razón? ¡Ileredia, andando! ... I seguida de Ileredia se encami¬né ti la puerta, a tiempo que apa-tfte en ella Don Diego, que vuel-<t del campo. Lola está más her-tUtl que nunca.
■ i LUIS. Siguiéndola unos pasos
llama.
| Lola!
I.A. Se vuelve desde la puerta y, ritiéndole con la mirada, le res-ir.
¡Pepe!
lARIO. Que ve ir a su novio tras l,i otra, sin poderse contener, lo la, desolada:
¡José Luis!
A LOS PUERTOS
ESCENA XI
DICHOS; DON DIEGO, ACOMPAÑADO DE PACO, EL CASERO, QUE SE RETIRA PRUDENCIA I.MIiNTIi Al. OÍR El, TONO EN QUE SU AMO COMIENZA A HABLAR. MAS ADELANTE DE ESTA ESCENA, CUANDO SE OYE SONAR LA GUITA¬RRA PARA QUE LOLA CANTE, SE VEN APARECER EN LA PUERTA DEL ION-DO: PRIMERO, PACO Y MERCEDES; LUEGO, VARIOS CAMPESINOS Y CAPA¬TACES DE, LA FINCA
DON DIEGO. Poniéndose delante de Lola, como para detenerla. Lola se vuelve entonces presurosa hacia el proscenio.
¿Adonde vas? ¿Qué ha pasado? Interrogando a lodos con la mira¬da y notando la alteración que ca¬da uno disimula, más o menos. Don Diego, que viene ya avisado de la llegada de su hijo, para cuyo carácter y modo de ser tiene una de esas incomprensiones casi ab¬solutas, más frecuentes de lo que parece, de una generación a otra, decide para sí que José Luis ka cometido alguna grosería, inconve¬niencia o desabrimiento con Lola, y, sin más averiguaciones, se en¬cara con el muchacho, lleno de violencia.
¿Qué ha pasado?... Desde luego
me figuré que en llegando
tú aquí... Y al saber que estabas
puse a galope el caballo.
Pero, por lo visto, tarde
piache... ¿Sabes, mentecato,
cómo hay que tratar a esta
mujer? ¿Qué le has dicho? ¡Va-
¡Alguna sandez, alguna Irnos!
impertinencia!... ¡Es un sabio
el niño, y todos los niños
de ahora...! Y con saber tanto
no saben nunca mostrar
la cortesía, el agrado
precisos; y más a una
mujer; y mucho más cuando
es una artista como ésta,
única, admirable.
478
MANUEL Y ANTÓNI
JOSÉ LUIS. Tranquilo.
Estamos conformes.
DON DIEGO.
Pues a pedirle perdón.
JOSÉ LUIS.
Ahora.
DON DIEGO. Sin oírle.
¡Volando!
LOLA.
Pero yo no lo perdono.
DON DlEGO. A Lola, suplicante. ¡Mujer!...
LOLA. Tranquila y suave.
Porque no ha pecado, ni aquí ha sucedido nada de particular. Estábamos impacientes... por la vuelta de usted. Y al ir a asomarnos al jardín...
DON DIEGO.
Tú eres muy buena,
Lola... Pero estos muchachos
no saben hablar a una
mujer sin hacer el ganso. Airado, a su hijo.
Si has venido... para eso,
podías haberte estado
en Sevilla.
JOSÉ LOS. Decidido y pensando en Lola, cuyas cosas le seducen ca¬da vez más sin que él pueda re¬mediarlo ni darse cuenta de un mo¬do claro.
Allí me vuelvo esta noche.
ROSARIO. Alarmada ante esta deci¬sión.
¡Pepe!...
DON DIEGO. A quien su hijo le mo¬lesta y estorba ahora más que nunca.
¡Andando!
480
MACHADO.—TEATRO
Y Lola se queda aquí
como una reina. Dice esto como para enmendar U supuesta conducta de su hijo; a el fondo, con la esperanza de ni' ner a Lola.
LOLA.
No falto yo a mi palabra.
DON DIEGO. A ella, insistiendo coi vehemencia.
¡Esta noche siquiera!... Lola hace un signo negativo.
¿Tú lo has pensado bien? ¡Estoy loco!...
LOLA. A él, sonriendo tranquila. Lo veo. DON DIEGO.
¡Todo lo que quieras, cuanto
poseo!
LOLA.
Don Diego...
DON DIEGO. Esperanzado.
¿Qué?
LOLA. Serena e irrevocable. Que está muy bien empleado.
ROSARIO. Que observaba ansiosa ¡I aparte de su tío con Ixila, temí, 1 do que ésta se quede, se decid, I declarar lo ocurrido.
Tío, ¿quiere usted cncucharni<
a mí una palabra?...
DON DIEGO. Volviendo a la rH dad, un poco confuso, y repto do, quizá por primera vez, en I serio.
Vamos..., sobrina..., ¡perdona! Todo lo que quieras... Vengo dando lecciones de cortesía y a ti ¡ni te he saludado! Pero es que... Mirando, todavía encolerizado, i i« hijo. Pero Rosario le lleva api y, por las exclamaciones de />"'•
I. A LOLA SE VA
PICHO, se comprende que le cuen-'ii cómo han pasado las cosas; se neja de José Luis y de Lola, y, finalmente, solicita su ayuda para II José Lui% se quede al santo
■ \u madre, y el mismo Don Dic-
■ ¡usé Luis, por su parte, se acer-
.1 u Lola, que, al otro extremo.
tibiaba con lleredia. Este se retira til ¡nudo, y desde allí observa, com¬prende y sonríe, dispuesto a ititcr-
■ nir en el momento oportuno. Por
\i\ respuestas de Don Diego a Ro¬
ano, se comprende: primero, que
rtltihii muy lejos de sospechar la Verdad; segundo, que se ve clara su mincha; tercero, que, enamorado Í Lola, va a reprochar a su so-i'iiihi su actitud, pero compren-■ 'nlii los celos de ésta, y por di¬simular ¡os suyos, no lo hace; cuar-I que la conducta real de su hijo Jrlrndiendo a I jila le molesta mu¬lo más que las torpezas o gro-\tt\a\ que él le había supuesto, y 'lo, que abraza decididamente li musa de Rosario, que es tam-Wtn la suya, para hacer que su "" tí quede, sobre todo una vez Rmvencido de que Isila se va.
■MARIO. A Don Diego.
IhiN DIEGO. |AII, ya!
IJUMAKIO.
IfcíN DIEGO.
Pero..., entonces...
' I IKIO.
i MEGO. > Y lú, ¿por que?
H'lMKIO.
I >IEGO.
Claro... ¡Claro!
A LOS PUERTOS
LOLA. A José Luis, con cierto inte¬rés, afable, no exento de coquete¬ría.
¿Conque vive usté en Sevilla?
¿Y qué hace usté allí?
JOSÉ LUIS.
Acabando mi carrera.
ROSARIO. Siempre a Don Diego, acabando una frase.
... ella la culpa.
DON DIEGO. Protestando en favor de Lola y desahogando su ira con¬tra el chico.
¿Ella? ¡No! Ese mamarracho...
Pero ¡tú verás! Sigue hablando con Rosario bajo.
JOSÉ LOES. A Lola, procurando cier¬ta intimidad con ella, seducido por su proximidad.
¿Por qué
le dijo usted a Rosario
aquella copla?...
LOLA. Sin contestar directamente a José Luis.
Y usted, ¿por qué dijo lo contrario?
JOSÉ LUIS. Un poco aturdido. No sé... Me salió del alma, sin pensar. Peto, pensándolo...
DON DIEGO. A Rosario, por José Luis.
Miren ese cenaaoscuras, el soñador, el romántico...
JOSÉ LUIS. Siguiendo su tema con la cantadora.
¿No le parece a usted, Lola?
LOLA. Con naturalidad, apartándo¬se un poco de él.
No lo se. No me ha pasado
nunca.
JOSÉ LUIS.
¿Nunca?
481
MANUEL Y ANTONIO MACHADO.—TEATRO
LOLA. Con firmeza.
Nunca.
JOSÉ LUIS. Entre tímido.y atrevido. ¿Y... Hcrcdia?
I.OI.A. Serenamente.
Hcrcdia es mi hermano de arte, mi tocaor, mi guitarra.
DON DIEGO. A Rosario, que le ha dicho lo del santo de su madre. Sí, sí, el sábado.
ROSARIO.
DON DIEGO.
¿YO?... NO sé... Pero él, seguro
lo tienes. Por José Luis, y dándole cariñosas palmadilas.
¡Pierde cuidado,
celosilla! ¡No faltaba
otra cosa!
ROSARIO.
Mas...
DON DIEGO.
Yo mando. Y, 'efectivamente, decidido a orde¬nar a su hijo que se quede, inte¬rrumpe, entre paternal y malhu¬morado, la conversación de éste con Lola, diciéndole:
Bien, caballcrito; basta
de palique.
Y luego, aparte, a José Luis, con
severidad y enfado.
Eres un necio... Está Rosario enojada, ¡con razón! A toda costa tienes que desagraviarla.
Y dirigiéndose con dulzura a Lo¬
la, que contrasta con su dureza
para el hijo.
Y tú, Lola..., ven acá.
Fue de otra clase la falta
de este mozo, a lo que entiendo,
y me inclino a perdonarla,
si tú también...
LOLA.
¡Si yo no tengo que perdonar nada!
DON DIEGO.
Pues no se hable de ello más.
Y a su hijo, severamente.
Y... aprende tú que, en tu casa, la persona de tu huésped para ti ha de ser sagrada.
JOSÉ LUIS. Con cierta sorna. ¿Para mí?
DON DIEGO. Airado.
Naturalmente. ¿Qué quieres decir?
JOSÉ LUIS. Conteniéndose y a/in* vechando para reiterar su deseo ./• irse.
Pensaba en irme ahora mismo.
DON DIEGO. Apresuradamente. ¡No! El que se marcha mañana a Sevilla soy yo...
JOSÉ LUIS. Indignado y viendo ,1 fuego de su padre.
¿Cómo?
ROSARIO. TÍO.
DON DIEGO. Sin mirar a su bija » contestando más bien a Rosario Asuntos de importancia vitalísima.
JOSÉ LUIS. Terco y decidido. Pues yo no me quedo.
DON DIEGO. Furioso.
Tú te callas y obedeces... Disimulando luego un poco su Ú lera.
Ya has oído que tienes que acompañarla estos días y ayudarle... Por Rosario.
LA LOLA SE VA
JOSÉ LUIS.
Yo no entiendo una palabra de fiestas de campo...
DON DIEGO.
Eso es lo de menos... Tú hablas con el mayoral, José Dolores, para las vacas y los becerros; Guerrero, el picador, de las cuadras puede sacar hasta doce caballos.
ROSARIO.
Con menos bastan.
DON DIEGO. Realmente espléndido, /'('/v) atento a captarse a la sobrina 1 a que la fiesta sea importante, [tara que José Luis no pueda zafar-r. Sabido es que las fiestas de ttmpo en Andalucía, en los gran¬des cortijos y dehesas, comportan, Inieralmenle, el acoso y el derri-o o el toreo a pie y a caballo de Viiauillas y becerros bravos.
\xi$ que tú quieras. Aquí,
sobrina, tú eres el ama.
¡No faltaba más! )' dirigiéndose a José Luis, con amenazadora grandilocuencia y se-rtcilad campanuda, que contrasta {Áulicamente con la finalidad ocul¬té de su discurso.
Y tú,
ya es hora de que le hagas
itl campo y a sus faenas.
¡El absentismo es la plaga
ilc Andalucía y la muerte
ilc nuestra riqueza agraria!
/1 lay nada más cursi que esos
(libradores... que no labran?...
|Jo»i- LUIS. Recalcitrante y angus-Undii por la decisión de su padre. lYumevoy! ¡Usted quería, pudre, que yo me marchara mitos!...
th>N DIEGO. Autoritario.
Pues ahora te quedas.
A LOS PUERTOS
JOSÉ LUIS. Y...
DON DIEGO. Implacable.
Yo te lo mando. ¡Y basta! José Luis va a responder, desespe¬rado. Pero Heredia, que ha llenado de vino unas copas durante la úl¬tima parte del diálogo, se adelan¬ta con una caña en cada mano, ter¬cia oportuno, y dice:
HEREDIA.
Bueno..., que sea motivo para tomar una caña esta buena compañía ... y la pena de dejarla.
Y dando una copa a Don Diego,
le dice, bajito:
No se precipite usted, don Diego.
Y volviéndose a José Luis para dar¬
le otra caña:
Tenga usté calma, mocito.
Y llevándole un poco aparte y se¬
ñalando a Lola, sentada junto a la
mesa, y a ¡a parte del cielo que se
ve al fondo.
¿Ve usté el lucero de la tarde? Más lejana está de nosotros esa mujer que ve usté ahí sentada. José Luis lo mira y mira a Lola. Coja usté un rayo de sol, detenga usté una palabra que se fue, abrace usté el mar y córtele usté las alas al viento... Todo eso es más fácil que sujetarla.
JOSÉ LUIS. Asombrado. ¿Por qué?
HEREDIA.
Porque ella se va siempre. Es como el río: pasa y no vuelve nunca atrás su corriente.
JOSÉ LUIS.
Pero ¡arrastra!
482
483
MANUEL Y ANTONIO MACHADO.—TEATRO
I A
LOLA SE VA
A LOS PUERTOS
IIEREDIA.
Al barco que no gobierna y al sujeto que no nada.
JOSÉ LUIS. Mirando a Lola entu¬siasmado.
Pues yo me voy a Sevilla
a oírla.
DON DIEGO. Que ha oído lo de ir a Sevilla.
«¡Tú?
LOLA. Levantándose decidida y se¬rena y haciendo una seña a Ilere-dia. liste loma la guitarra de la silla donde la había dejado. No hace falta.
DON DlECO. Amenazador, a su hijo. ¿Qué dices?
JOSÉ LUIS.
Que yo también tengo asuntos de importancia en Sevilla.
ROSARIO. Alarmadísima. ¡Pepe!...
DON DIEGO. Por José Luis. Nunca.
JOSÉ LUIS. Desafiando la ira del padre. ¡Bueno!
IIEREDIA. Rasgueando en la guita¬rra y señalando a Lola.
Vamos a escucharla.
LOLA. .Ve sienta y habla unas pala¬bras con Ileredia. Esta es la última copla que canto yo en esta casa. Ileredia... Este se inclina, y ella le índica lo que ha de tocar.
HiiREDlA. Asombrado.
Un cante tan grande, que...
LOLA.
Me está hirviendo en el alm.i Por soleares,
IIEREDIA. ¡entusiasmado, a los dr más.
La madre
del cante. ;Y la antigua! ¡Vay.i'
Don Diego... Lisié que lo cu
A José Luis [tiende
¡Va usté a oír lo que no canu ya nadie! Indicándole que se siente a un la do hacia donde se encuentra Un sario.
Así... Una inijita más lejos. A Don Diego.
Y usté, aquí. Al lado de él.
LOLA. Mientras Ileredia templa. Vaya por ustedes todos... Mirando a Rosario.
Si usté no me lo rechaza.
ROSARIO, Algo desconcertada. ¿Yo?...
DON DIEGO.
Lola...
TOSE LUIS. Con entusiasmo. ¡Lola!
IIEREDIA. Con autoridad de arlhtk verdaderamente litúrgica.
A escuili.» Silencio. La Lola canta.
LOLA. Can/ando, acompañada a '■< guitarra por Ileredia.
«De querer a no querer hay un camino muy largo, y todo el mundo lo anda sin saber cómo ni cuándo.»
Apenas ha empezado a sonar ' guitarra y las primeras notas drl cante han aparecido a la pini
u del fondo: primero, Paco y M'er-, .-des; luego, varios campesinos, que, so pretexto de venir a dar tus cuentas, vienen efectivamente t oír a Lola y a admirar a la me-wr cantadora de Andalucía. Poco * poco se van entrando de pun¬tillan y sombrero en mano, man-¡emendóse siempre a distancia res¬petuosa del grupo de los señores, que no repara en ellos. Oyen rcli-umamente, y cuando Lola acaba
\t cantar, se retiran hacia el fon¬do dando 'muestras de entusiasmo; ¡■ñu no se van. Quieren gozar de
4 presencia de ella hasta el fin » despedirla a su modo.
DON DIEGO. Sin poder contener su •uliisiasmo, a la Lola, con vehe¬mente enamoramiento.
,()lé mil veces tu boca!
, Bendiga Dios lu garganta! M oído de ella, que sonríe sin h'i-lerle caso.
¡De perlas he de cubrirla!
I [credia, ¡otra copa!
Ili ni DÍA.
Gracias. Ai creándose a José Luis, que '«-mna la cabeza ocultando su emo-
■■:
Pero ¿qué es eso? ¡ Está usté
llorando! ¡Si no me extraña;
M a mí mismo me sucede!...
JOSÉ LUIS. Un poco avergonzado. Se me saltaron las lágrimas...
111 i'i ni A. Deja discretamente a José «((, y dirigiéndose a Rosario. Me atrevo a preguntarle i usted, señorita?...
.'[(). Adelantándose leal a de-<
Canta i. Imitablemente.
'• i Luís. A Lola, suplicante, Yo me pasaría, escuchándola, l.i vida... ¡Otra copla!
LOLA. Levantándose.
No. Poique no necesitara usted viajar para oírme lie cantado. Y... ahora ¡en mar-(cha, Ileredia! Llegó el momento. Y se dirige a la puerta, pero fosé Luis la detiene un momento.
JOSÉ LUIS. Bajo, a Lola.
Pero... mi padre..., mañana...
LOLA. Parándose en seco.
Mañana y siempre, yo sé
lo que quiero. Sigue andando.
JOSÉ LUIS. Queriendo todavía de¬tenerla y complicando a Ileredia. ¡Ah! ¡No se vayan!
1 [EREDIA. Mirando a Lola, que ha decidido irse sin esjierar un mo¬mento.
Estamos aquí a gustísimo. Consultando su reloj.
Pero es tarde. El lien no aguarda
y... E» este momento, atravesando el grupo de campesinos, que se abre a un lado y a otro, se presenta el cochero Fernando, y dice:
pEKNANDO.
El coche.
LOLA. Amablemente sería.
Don Diego, adiós. Volviéndose al muchacho, con sin¬cero acento de gratitud y simpatía. José Luis, muchas gracias...
JOSÉ LUIS.
¿No la veré a usted?...
LOLA.
A mí me ve y me oye el que me llama para cantar... o el que toma en el teatro su butaca.
ROSARIO. Desde lejos y disparando
485
MANUEL Y
ANTONIO MACHADO
.— TEATHu
LOLA SE VA A LOS PUERTOS
toma son-
su último tiro, pero ya sin convic¬ción, y casi involuntariamente. Y... ¿nadie más?
Loi-A. Con severa dignidad.
Nadie más.
ROSARIO. Acercándose a ella, venci¬da por la grandeza de esta mujer, que se va—dejándole el campo li¬bre—sin ceder a sugestiones de in¬terés, de amor, de nada. ¿Me perdona uslcd?
LOI.A. Siempre magnánima.
De nada.
ROSARIO. Que quiere, sin embargo, explicarse, disculparse. Yo creía...
LOLA. Interrumpiéndola. Usted creía. ROSARIO.
Yo pensaba...
LOI.A.
Usted pensaba...
De los malos pensamientos
Dios nos libre. Y esboza el gesto de hacer una cruz en la frente de Rosario.
ROSARIO. Realmente conmovida. ¡Lola!
LOI.A. Termina el gesto, signándose ella misma en la frente.
Basta.
DON DIEGO. Reparando en los gran¬des ramos de rosas que tienen en las manos Mercedes y Paco, corla¬das del jardín por orden suya.
¡Las rosas! ¡Llevad las rosas
al coche!... Paco y Mercedes salen con las ro¬sas a dejarlas en el coche, que se supone junto a la misma puerta, pero que no se ve.
LOLA. Al ver las flores.
¡Dios mío! ¡Cuántas! Lola y Heredia, acompañados por
Don Diego, José Luis y RosarM llegan a la calle que a un /,;,/., y a otro colocados han fortntU junto a la puerta los campesina Don Diego repara en ellos e im, j pela bruscamente a Paco.
DON DIEGO.
Y éstos, ¿qué hacen aquí iflfl [l l PACO. Disculpando y explicando
Que... como están terminadas
las faenas, vienen los
capataces de las hazas
a rendir cuentas.
DON DIEGO. Nervioso y malhumw.i do por la marcha de Lola.
¡Qué cuenla%
ni qué...! A fisgar y a escuchar]
han venido.
JOSÉ Luís. Intercediendo.
¿Y qué mal hay en ello, padre?
DON DIEGO. A José Luis, agrio.
Tú, calla. A IMU, al oído.
Que no hay remedio, ¡te vas!
Yo te buscaré mañana
en Sevilla.
LOLA.
¿A mí? Y sigue dirigiéndose hacia fita* sin mirarlo.
HEREDIA. Al pasar junto a D»» Diego.
Don Diego, ¿ve usted lo que yo le hablaba ' Como si estuviera diciendo: «, l I usted cómo ella se va siempre?»
DON DIKGO. Empeñado. Ya veremos.
IIHREDIA. Saliendo.
Dijo el ciego.
CAMPESINO 1.° Al pasar Lola. Yo le traía esta mata de sándalo.
AV la ofrece; ella tiendo.
< AMPESINO 2." Dándole unas rese-./.„.
Resedanes...
(AMPESINO 3.°
Y yo..., estas flores de jara.
LOI.A. Tomándolas y sonriendo ama-Uemenle a todos. (¡radas.
.
CAMPESINO 1."
A usted, ¡reina!
I "i A.
Adiós, Sale, y se supone que ha subido J coche.
' AMPESINO 1."
¡ Viva la que mejor canta en el mundo!
AMPESINO 3.°
¡Dios bendiga a la alegría y la gracia tic Andalucía!...
«li Luis. Atravesando el grupo con acento verdaderamente con¬movido.
Adiós, ¡Lola!
|)ON DIEGO. Deteniendo a su hijo y fingiéndose al cochero que va a ftirtir. Cuidado, Fernando.
.Alza! ¡«Torda»!...
hiRNANDO. Dentro. ¡«Romera»!
CAMPESINO 2."
Ellas van orgullosamente con su carga. coche ha partido. Se oyen sus tpanillas cada vez más lejanas. casi de noche. Todavía desde puerta dice:
$('. Luis.
¡Adiós!... ¡Allá van!...
CAMPESINO 1." Agitando su pañue¬lo de hierbas.
¡Adiós! JOSÉ LUIS.
Ya doblan por la cañada...
Ya no se ven...
DON DIEGO. Que se ha colocado ahora junto a la ventana, donde se supone que se ve el último recodo del camino que se alcanza desde la casa.
Aún se oye el coche.
CAMPESINO 1." Acercándose respe¬tuoso a Don Diego y dándole un papel arrugado, que saca de la faja.
Nostramo...
DON DIEGO. Volviéndose malhumo¬rado y leyendo distraídamente el papel.
Vaya...,
a fanega por olivo.
Está bien... Llamando a Paco, que acude solí¬cito desde la puerta.
Paco, despacha
tú toda esa gente... Yo
no tengo hoy tiempo... ni gana. Paco hace señas a los campesinos y los reúne aparte; pero uno de ellos, el más próximo a Don Die¬go, se dirige a éste y empieza a de¬cirle:
CAMPESINO 2." Los recentales...
DON DIEGO. Despachándolo sin oírle.
Sí, sí... A Paco.
CAMPESINO 3.° Al que tiene al lado.
Aquí ya no cantan
más que los grillos... Manuel,
vamonos pa la majada. Y, unido a los demás, salen lodos por el fondo lentamente, llevados por Paco, no sin mirar un momen-
486
487
MANUEL Y ANTONIO MACHADO.—TEATRO
I A
LOLA SE
VA
A
LOS PUERTOS
¿Oué piensas
ACTO II
LA ESCENA REPRESENTA UNA GLORIETA DEL JARDÍN DE UNA VENTA SI-VI LLANA, ORILLA DEL RIO. A LA DERECHA, UN CENADOR GRANDE HACIA l i PRIMER TERMINO, EN DONDE ESTA DISPUESTA LA MESA DEL CONVITE, V ti CUAL SE ENTRA POR EL FONDO, QUE ES EL JARDÍN. A LA EXTREMA IZOIIII» DA, OTRO CENADOR PEQUEÑO, DELANTE DEL CUAL HAY UN BANCO Pltlirin DEL SITIO. ENTRE UNO Y OTRO CENADOR SE ABRE UNA SENDA QUE VA IIAl I» EL FONDO DEL JARDÍN. A UNO Y OTRO LADO DE ESTE SE VEN LUCES. IJDI CORRESPONDEN A OTROS CENADORES, HASTA PERDERSE EN LA LEJANÍA. Ut'l SE SUPONE LLEGA HASTA LA ORILLA DEL RIO. ES DE NOCHE, Y, POR TAI IU PUEDE HABER UN GRAN EFECTO EN LAS LUCES Y COLORES
lo todavía en la dirección que ha lomado el coche de Lola. Va ano¬checiendo rápidamente. Se diría que la noche viene a grandes zan¬cadas.
ESCENA XII
ROSARIO, JOSÉ LUIS Y DON DIEGO; ESTK ULTIMO, JUNTO A LA VENTANA
JOSÉ LUIS. Mirando a la puerta del ¡Olido, por donde se ve el cielo es¬trellado y se adivina el campo en sombra.
¡Cómo ha venido la noche!
ROSARIO. Que estaba sentada en la lilla que ocupó Lola, se levanta v se acerca lenta y tímida a José Luis, que pasea abstraído y ausen¬te, y poniéndole una mano en el hombro.
¿No quieres llegar a casa...
a ver a mi madre?
ESCENA PRIMERA
HEREDIA (DORMIDO) Y LOLA
LOLA.
Hcredia... Tocando suavemente a Heredia, que
JOSÉ LUIS. Maquinalmente, coma despertando de un sueño y miran do la silla que acaba de dejar Rfl sario.
Bueno...
DON DIEGO. Desde la ventana, />"> donde mira siempre al campo.
¡Sí, sí! Yo iré luego... Rosario va a hablar. Pero José Ll/J) la detiene con un gesto y esc tu tí suspenso.
JOSÉ LUIS.
¡Calla! Parece que vuelve a oírse el coche. Pausa, escuchando. Ya no... Otra pausa.
Ya... nada. Ahora sí que es completa e inopi nadameníe de noche.
T I- L O N
duerme, apoyada la cabeza en flfl de los veladores del cenador di izquierda.
Heredia... Aparte.
Dormido Con voz más fuerte. ¡Rafael!
I li HEDÍA. Despertando súbitamente. Lola...
I III A.
¡Despierta, demonio!
I ll Itl'DIA.
Si no dormía.
i "i \. < imio un lirón.
I ll HEDÍA.
Pues Minerva mande a su mochuelo. Soy rl mismo insomnio.
I MI A.
de lo de ayer? I Ir HEDÍA.
Lo de ayer... es lo de siempre, mi reina; que nos vamos de Sevilla, o a Sevilla se la llevan ti San Baudilio.
¡Gracioso! Mi HEDÍA.
Y con camisa de fuerza. Wiiiindo a Lola y recitando con • ' énfasis: • Mujer, quien dijo mujer ■ I■ i«> ciclón y tormenta: por donde pasa Ja Lola rl aire relampaguea.»
tül.A.
¿También tú haces coplas?
I Ii ni DÍA.
No;
f ii. lindo en la guitarra. I» in escucha la falseta.
lili A.
No está mal... Más alto... Así. I Miando:
«Dijo ciclón y tormenta, mujer, quien dijo mujer...»
> li ni IUA.
I'.i cante bravo; más fuerza.
LOLA.
La ensayaremos despacio.
1 1ER EDI A.
Adivíname al poeta.
LOLA.
Algún mocito encendido, como castillo de feria. Juegos de pólvora. No es mala, pero no me llena esa copla.
HEREDIA.
A mí me gusta; tiene pasión y sentencia.
LOLA.
Es cante de señorito.
HEREDIA. Verdad; pero de la tierra,
LOLA.
Una copla—cuando es copla— es más que un arco de iglesia, cosa muy seria.
HEREDIA.
Conforme; pero por algo se empieza.
LOLA.
¿Piensas que las coplas se hacen con estudio y con paciencia?
HEREDIA.
No. Como el cante y el toque, también la copla se lleva en el corazón. El arte consiste en echarla fuera. Arte difícil; por eso, si uno canta, cien berrean.
LOLA.
El arte de echar al viento el corazón, ¡qué faena más grande!
De eso sabemos
HEREDIA. algo tú y yo.
V A
MANUEL Y ANTONIO
LOLA.
¡Viva Heredia, mi tocador, la guitarra más grande que hay en la Tierra! La verdá es que yo te quiero, Rafael... A mi manera. ¿Crees tú que yo te cambiaba por la Sinfónica?
I IEREDIA.
¡Apricia! LOLA.
Y hoy estás guapo.
IIIÍREMA.
¡Graciosa! Vengan piropos.
LOLA. Volviendo a lorio serio. ¿Da veras crees que debemos marcharnos? La razón...
I IEREDIA.
Si tu cabeza no es un remate de adorno para lucir la peineta, ruina del cante, ¿por qué esas preguntas superfinas?
LOLA.
¿Y adonde vamos?
HEREDIA.
A Cádiz, a Sanlúcar..., donde quieras,
LOLA. Can/ando:
«La Lola se va a los Puertos---» No, no; la l.ola se queda en Sevilla. ¿Qué te asusta, cobardón?
IIEREDIA.
La nube negra que se echa encima. ¡Y va a ser agua clara lo que llueva!
LOLA.
Será vino.
IIEREDIA.
Échalo a broma. Don Diego, con dos bateas
490
MACHADO.—TEATRO
de cañas de manzanilla de más en el cuerpo, llega esta noche, y con la espuma de Sevilla: Paco el Breva, Panza-Triste, Chipiona, Corta-el-Hípo—gente buena que lo escolla—, en compañía de don Narciso Galerna, un ricacho: el rey tlcl corcho.
LOLA.
¡Del corcho!
I IERE DÍA.
De las botellas. Dos comparitos del brazo que se apuntalan, si llega el trance de andar. Don Diego, propicio a cualquier violencia, sabe Dios lo que cavila. Ayer me dijo: «Diez leguas vendo de olivar y compro a mi Lola una diadema.» ¿Qué me dices?
LOLA.
Que así acaban los latifundios.
1 IEREDIA.
Chochea el pobre. Y el niño...
LOLA.
¿Quién? ¿José Luis?
I IEREDIA.
El poeta...
Cuando un señorito hace
cantares, señal que almuerza
cada tres días. Al niño
el padre lo tiene a dieta;
y el niño, que está más loco
que el padre y que siete espuij
de gatos, jura y perjura 11.11
que va a haber una tragedia de las que ya no se ven más que en figuras de cera.
LOLA.
¡Es gracioso!
S E
I. A LOLA
I ll HEDÍA.
Tiene gracia, .verdad? Pues aguarda: ella, la novia, la Rosarito, despechada—y no está fea, por cierto—, después que el novio le dijo: Niña, a otra puerta, vino a Sevilla a espiarlo.
Y allí donde lo ventea
va mi Rosario.
LOLA.
¿Sí? I IEREDIA.
Se acabó la damisela
de marras. Una mujer
• dosa es una pantera.
I'auui.
Filosofía: Dios hizo
el mundo con arte y ciencia.
I .o vio y dijo: «No está mal.»
Y no estaba mal. La Tierra
en su sitio, quieta y firme
-algunos dicen que rueda; yo no lo creo—, y el Sol, y la Luna, y las estrellas, en su sitio, y a su hora dando vueltas y más vueltas ■>in tropezarse: un reló ion una máquina buena.
Y se echó a dormir. Después
vino lo de Adán y Eva
en su jardín; la alegría
ile un matrimonio sin suegra;
y la manzana y la sierpe;
IH esaborición aquella
que hizo Caín con su hermano,
rl diluvio, y las almejas
que se ahogan, y la torre
• le Babilonia, y... etcétera,
lis cosas que tú y que yo
«prendimos en la escuela.
I O importante fue que un día
• lijo San Pedro: «Me suena
el mundo a caldera rota.
Señor, ¿qué pasa en la Tierra?»
• Asómate y lo verás.»
Sun Pedro asomó la jeta
ul mundo, mientras reían,
til verle la chichonera
ton venerable, con ganas,
los angelitos. «No quiera
usted saber lo que pasa
—dijoel santo—. ¡Qué tristeza!»
A LOS PUERTOS
«Tú eres un rancio, Perico. Mira bien.» «¡Que ya no quedan dos onzas de sal! » «¿Qué dices?» «Y se acabó la pimienta.»
LOLA.
¡Qué gracioso! Tiene gracia San Pedro.
IIEREDIA.
Si le interesa, prosigo.
LOLA.
¡Claro!
HEREDIA.
«En Europa —siguió San Pedro—, canela del mundo; en la misma España, que era su parte más recia, todo se americaniza, se desustancia, y de fuera viene todo: cante, música, juegos, bailes y peleas, que lo castizo se acaba y día vendrá en que venga hasta el agua del bautismo de Yanquilandia, en botellas. Todo se democratiza; barato y a la carrera se hace todo, porque nada vale un pepino; las perlas que hizo usted tan despacito, hoy se fabrican por gruesas. Ya todo es uno y lo mismo. El sexo es una entelequia. Los hombres y las mujeres, como ellos dicen, se encueran por menos de nada y... nada, ni notan sus diferencias.» «Eso es muy grave, Perico.» «Y tanto.» «¿Qué me aconsejas?» «Que se haga usté el distraído un momcntiio y que vuelva la serpiente y que les hable, y a ver si esta vez se enteran», dijo el santo. «No se pierde —habló el Señor—la inocencia dos veces. Será mejor darle una forma flamenca al mundo. ¿Qué te parece?» «Que usted sabrá.» «Pues espe-Tomó el Señor un granito [ra.»
491
MANUEL Y ANTONIO
■VI ACHADO
. — TEATRO
t. A LOLA SE VA A LOS PUERTOS
de sal fina, de la buena, y dijo: «Por una vez trabajo en día de fiesta. Haré una mujer de lujo que todo el mundo la quiera y no quiera ser de nadie; a ver si el mundo se ordena por el querer, y las ducas del querer las canta ella. ¡Hágase la Lola!» El Sol se anubarró; las estrellas se asomaron; como boba se quedó la Luna llena; locos como siete cablas cruzaron siete cometas. Nació la Lola. El Señor le dijo: «Date una vuelta por el mundo.» Pausa.
ÍJOIA. Con interés, después del si¬lencio de Hcredia.
¿Y qué pasó después, Rafael?
No quieras
HEREDIA.
saberlo.
1.0I.A.
Acaba tu cuento.
HEREDIA. Que el Señor echó su siesta como siempre, pero tuvo que despertar: «¡Qué tormenta! ¿Qué pasa, Perico?» «Nada. Que el Universo chochea, que se le fue a usted la mano en un granito de esencia.»
ESCENA II
LOLA, HEREDIA Y ROSARIO
HEREDIA. A Lola, por Rosario, que llega por una de las sendas que desembocan en la glorieta, y en cuya actitud se nota una mezcla de arrojo, de inquietud y de exlra-
ñeza del medio, que 'ella trata d? disimular.
Ya ves... Y luego, adelantándose sonriente .• saludar a Rosario.
Pero..., ¡señorita!
¿Usté aquí?
ROSARIO.
Sí, Hcredia, sí. ¿Le extraña?
1 IEREDIA.
No...; pero... aquí. a estas horas ¡y sólita!
ROSARIO. Hablando con fingida VI labilidad que revela su excitarlo" Sola, no. Con un puñado de amigos trasnochadores que hasta aquí se han arrojado conmigo, y han ocupado uno de esos cenadores. üc entre ellos me escabullí, pensando que encontraría a mi tío por aquí... Dirigiéndose a Lola.
Y eme con él estaría
usted... No me esperaría
usted, de fijo.
LOLA. Con tranquila serenidad #■ contrasta con la excitación de 31 sario.
Yo, sí.
Y antes que venga don Diego
—que por suerte aún tardará
un buen ratito—, usted va
a decirme—desde luego
sin temor de que me asombrí
lo que hasta aquí la ha traído
Rosario, un poco desconcertada. 11
cila, y cuando va a hablar, Lolt fl
detiene, añadiendo;
Pero antes... sepa que el hornbfl que usted busca no ha venido Ni vendrá...
ROSARIO. Excitada, la interruMjt agresiva.
¿Se lo prohibió usted?
LOLA. La mira en silencio, prtmwk
ton enojo, luego con curiosidad, al fin con comprensiva simpatía. Y dirigiéndose a Heredia, que se ha hecho discretamente a un lado, sin perderla, sin embargo, de vista, le llama.
¡Heredia! A Rosario, excusándose.
Un instante. A Heredia, que se ha acercado, en HOZ baja. Déjanos solas.
IIRRF.MA. Algo alarmado.
Pero... LOLA. Descuida.
I IEUEDIA. Aún inquieto. Mas...
LOLA. Decisiva c inapelable. ¿Basta o no con mi palabra?
li'REDiA. Vencido y convencido. Bastante. Heredia se aleja hacia el cena-de la derecha, detrás de cuyas antas desaparece.
ESCENA 111
LOLA Y ROSARIO
luis dos mujeres se miden con la mirada. Pero Lola ve claro en el Mina de Rosario que apenas puede Hfrcnar su excitación. Para Ro-■ II.'a. en cambio, Lola permanece hermética, y esto la irrita más y
HDI.A.
Yo podría contestar
n usted... Jff decir, volverle al cuerpo sus im-
rlinencias.
Y también podría
no contestarle. Ki decir, despreciarlas.
Y sería tal vez mejor... ¡callar! Variando y dulcificando el lono. Pero usted ha venido a hablar. Hable... ¿Qué quiere saber? ¿Qué es lo que puedo yo hacer? Confíese usted a mí. ¡Ya ha hecho usté, viniendo aquí, una cosa de mujer! No se arrepienta. ¡Adelante! Dígame
ROSARIO. Creyendo ver en el tono sereno y benévolo de Lola la pre¬sunción de una rival segura de *u triunfo, y queriendo desconcertarla y ofenderla al mismo tiempo. Pero se engaña
si piensa que de su amante
tengo celos.
LOLA. Con fingido asombro y cari iiosa zumba.
¡Viva España! ¿Quién es mi amante?
José
ROSARIO. Luis.
LOLA. Como antes.
¡Me deja usted absorta! No sabía...
ROSARIO.
¿Niega usted? ¡Pero si a mí no me importa! ¡Si eso ya se quedó atrás! ¡Si acabamos hace un mes, y a estas horas ni...!
LOLA.
Ahora... es cuando usté lo quiere más.
ROSARIO. Herida en lo vivo. Des¬concertada e irriladísima.
¡Por decoro, aunque así fuera,
no se lo confesaría!
LOLA. Con naturalidad. ¿A él?
493
MANUEL Y ANTONIO MACHADO.-TEATRO
LA LOLA SE VA A LOS
PUERTOS
ROSARIO. Indignada. ¡Ni a usté! LOLA.
¡Qué tontería!
Yo ya lo sé. Ahora sería
preciso que él lo supiera. Acercándosele, amable, pero con una autoridad a cuya sugestión Ro¬sario trata de sustraerse en vano.
Que sin miedo y sin orgullo
se le acercara usté así
y le dijera usté: «Aquí
tienes todo lo que es tuyo.»
Y, sin pensar que le dio
nada, aun añadiera usté:
«Es muy poco, ya lo sé;
¡pero soy todita yo!»
ROSARIO. Tratando de evadirse de la sugestión de Lola y al propio tiempo dándoselas ingenuamente de enterada.
Con los hombres la lealtad
no es camino.
LOLA. Una chispa despectiva. Para usté sería una novedad... Pero pruebe usté. ¿Por qué ese miedo a la verdad?
ROSARIO. Herida y agresiva. Así puede discurrir...
LOLA. Yendo al encuentro de la ofensa. ¿Quién?
ROSARIO.
La que lo puede hacer sin miedo a dar qué decir...
LOLA. Queriendo llegar basta el fi¬nal, y pronto.
Y sin nada que perder,
¿verdá? Rosario baja un momento los ojos como asintiendo, pero sin atrever se a decirlo.
Escuche usté.
ROSARIO. Sosteniendo la mirada de Lola.
La escucho.
494
LOLA.
Y respóndame sincera. ¿Lo quiere usted mucho?
ROSARIO. Con toda su alma, erguí
da la cabeza y fulgurantes los ojos.
¡Mucho!
LOLA. Por penetrar del lodo en el alma de Rosario, y algo, quizá, en la suya propia.
¿Si yo también lo quisiera?
ROSARIO. Loca de celos y estallan do de rabia. ¡La mataría!
LOLA, Riendo.
¡Qué espanto!
ROSARIO. Ciega de ira, y sintiendo que Lola juega con ella como el gato con el ratón, saca del bolsill» de mano un pequeño revólver de señora, gritando amenazadora: ¿Se burla?
LOLA. Sin inmutarse ni dejar de sonreír, le coge la mano y la obli ga dulcemente, como si se tratara de un juguete cualquiera, a volver el arma al bolso, atrayéndola al mismo tiempo hacia sí con cariño so imperto. Rosario no resiste, y se deja hacer, atónita y confusa.
¡Guarde usté eso, tontilla!... ¡Y déme usté Ufl [besol
ROSARIO. Asombrada, vencida y a punto de llorar. Yo... ¡Lola!
LOLA.
¡Y suelte usté el llamo! Y, en efecto, Rosario, vencida, con fusa y quebrantada por la enorme superioridad de Lola, cuya grande za se le impone, cae rendida sobre el banco, llorando sin consuelo, con la cara oculta entre las manos La pobre niña llora de dolor, de vergüenza, de arrepentimiento, de
odio... y de amor por aquella mu-/er admirable y terrible. Lola res¬peta un momento aquella pena. Luego, con un gesto maternal, le separa las manos de la cara, y ri¬sueña y bondadosa, le dice:
¡Ea, ea!, se acabó.
Me quería usté asustar...
¡Porque no me iba a matar
como a un pajarito!... Rosario vuelve a bajar la cabeza y a llorar avergonzada.
¡Y yo
que le iba a contar a usté
tantas cosas...! Ya no puedo...
ROSARIO. A través de sus lágrimas y con irrefrenable curiosidad, com¬prendiendo que está en juego ¡o que más le interesa.
¡Oh Lola!... ¿Porqué?
LOLA. Sonriendo.
Porque
diría que tengo miedo.
ROSARIO. Avergonzada. ¡Por Dios santo, no se ría de mí de ese modo!
l.oi.A. Sincera.
¡Oh, no!
ROSARIO. Animada por la sencilla hondad de Lola, y pensando sólo tu congraciarse sinceramente.
¿Miedo usted? ¡No me creería
nadie, 1 .ola!... Ahora soy yo
la que le pide lealtad | y perdón humildemente,
y... Vero de pronto comprende que nin-
Ítin derecho tiene a la amistad de l mujer a quien ha querido malar hace un momento. Teme, quizá, también que ella se burle y se nie¬gue a franqueársela, y sin atrever¬te siquiera a mirarla, se levan/a decidida a huir, más que a mar-■ l'.irse, diciendo secamente:
Adiós, Lola. Pero Lola, que com¡>rende muy bien lo que pasa en el alma de Ro-lario, la sujeta por el brazo, la
sienta a su lado en el banco y le dice:
LOLA.
No se ausente. Va usté a saber la verdad. Y desde este momento, Rosario queda prendida, suspensa material¬mente de los labios de Lola. Aun antes de que la cantadora hable, Rosario sabe ya que todo lo tiene que esperar de ella, y en el resto de la escena—que entra aquí en la segunda fase—se le entrega en absoluto, realmente prendada, ena¬morada hasta el punto de querer competir con ella en altruismo y generosidad. Toda rivalidad, toda diferencia de clases, queda borra¬da. Son sólo dos mujeres; mejor dicho, una mujer superior y una «señorita», a quien Lola ha hecho el milagro de convertir en una mu¬jer de verdad.
Porque yo decir la dejo que soy—piensa usté de mí—■ la amante del joven y la protegida del viejo. Pues bueno: ni es nada mío Pepe—usté sabe que yo nunca miento—■, ni su tío tanto así de mí logró. Soy buena, no por decir que lo soy, ni por hacerlo valer. No llegué a sentir ganas de dejar de serlo..., porque no llegó el instante o porque ha querido Dios que sea mi amante el cante, y no puedo tener dos.
ROSARIO. Llena de alegría por esla declaración de Lola y al jiar de sincero arrepentimiento. ¡Lola! ¡Perdón!
LOLA.
No hay que hablar... Aunque por no pelear oigo a la gente decir que canto para vivir, yo vivo para cantar. Pero si me enamorara de un hombre, no me parara
495
MANUEL Y ANTONIO MACHADO-TEATRO
en puntos de orgullo vano, y mi querer le brindara como un sorbo dg agua clara en la palma de la mano. Haga usté lo que yo hiciera. Renuncie usté a ese papel de niña arisca y ligera. Y sea usté para él... lo que pensó que yo era. José Luis es un niño. Su pasión, más que pasión, es un ansia de cariño...
¡Háblele usté al corazón! Dígale usté que lo quiere.
- Si es verdad, si está usté loca por él; pero que él se entere, que lo escuche de su boca!
Y si le da a usté vergüenza
de palabra, todo eso
dígaselo usté en un beso
?
ara que más le convenza. no piense usté que haya para el amor otros lazos... ¡Si no quiere que se vaya, sujételo con los brazos!
ROSARIO. Encantada de oírla, te¬miendo sólo que él no sepa co¬rresponder. ¿Y él sabrá?
LOLA.
Viendo en el fondo
un cariño verdadero, Rosario, yo le respondo de que él es un caballero. ¡Pero es un hombre, primero!
Y para escoger sería
bueno que, al volverla a ver,
encontrase una mujer
donde dejó un alma mía...
¿Quiere?
ROSARIO.
¡Pues no he de querer!
LOLA. ¡Gracias!
ROSARIO. Sospechando que Lola realiza un sacrificio, y dispuesta no consentirlo, emulándola en ge¬nerosidad.
¿Por qué?
496
LOLA. Evasiva.
¡Ahí ROSARIO.
Necesito
saber.
LOLA.
¿No puede esperar?
ROSARIO. No, Lola.
LOLA.
¡Y con lo bonito que es saber sin preguntar! Quien una alegría tiene debe gozarla, nena, sin mirar de dónde viene,.., no se le convierta en pena.
ROSARIO.
Yo quiero mirar. ■ LOLA.
¿Por qué?
ROSARIO. Porque...
LOLA.
¿NO está bien así,
que sea bueno para mí lo que es bueno para usté?
ROSARIO. Dispuesta a todas las fá
nerosidades, incluso a dejarle a /.■
sé Luis por poco que ella lo quin,i
¡Es que yo también sé darlo
todo por quien debo hacerlo!
Si usté...
LOLA. Con leal franqueza definitiva No quiero quererlo.. No sirvo para engañarlo. ¿Comprende?
ROSARIO.
Pero él está loco por usté...
LOLA. Añadiendo esta suprema ,/. licadeza a su generosidad. Tampoco,
chiquilla, es eso verdá...
El lo necesita y va
I, A LOLA SE VA
tras el amor como un loco. Barrunta él, en la alegría del cante, algo del querer que sueña su fantasía... Pues figúrese usté el día que lo vea en la mujer que ha sido su amor primero, ese que nunca se cura, ¿verdad, nena?
KOSAKIO.
Verdad... Pero ¿cómo usted...?
LOLA.
Se me figura... \/3 sé..., lo siento... Es decir — ¡qué difícil de explicar!—, yo siento para cantar y canto para sentir. ¿Lo entiende?
SARIO.
No... Pero veo que es usté mejor que yo.
LOLA.
No.
KoSARIO.
¡Mil veces!
I.A.
Eso, no. ero... ¿me cree?
SARIO.
La creo.
I 01.A.
I .ntonces, ¿va usted a fiarse yn de mí?
■MARIO. Con plena confianza y abandonada, con fe y entusiasmo. ¡Sí, Lola, sí! ¿Qué hay que hacer?
LUÍA.
Ahora, marcharse; que no está su sitio aquí.
HIISARIO. Sumisa. Bien.
A LOS PUERTOS
LOLA.
Cuando llegue su tío, yo misma le avisaré y, entonces, ya puede usté volver.
ROSARIO.
En usted confío.
LOLA.
Desde allí se oirá el estruendo...
ROSARIO.
¿También... mi tío...?
LOLA. Con resignación.
También, Rosario...
ROSARIO. Con entusiasmo afectuoso. ¡Y todos! ¿Y quién no, Lola?... ¡Y yo lo comprendo!
LOLA.
Con don Diego no hay apuros... El va derecho a comprar. Con él todo es renunciar a unos millares de duros...
ROSARIO. A muchos...
LOLA.
Claro...
ROSARIO.
Es tan necio que no ceja en su locura.
LOLA.
Es decir, que él se figura
que todo es cuestión de precio. Lola se levanta bruscamente del banco; Rosario, por su parte, tam¬bién se incorpora, dispuesta a mar¬char hacia el cenador donde tiene su reunión.
Vamos... La acompañaré.
No quiero que vaya sola.
ROSARIO.
Pero si la ven a usté,
tendrá que cantar... ¡La Lola!
¡Ahí es nada!
497
MANUEL Y ANTONIO MACHADO.—TEATRO
LOLA.
Cantaré.
ROSARIO. Deteniéndose' un momen¬to y aludiendo a José Luis. Si él viniera...
LOLA.
¡No lo quiera Dios! ¡Su padre le prohibió, furioso, que aquí pusiera los pies!...
ROSARIO. Suplicante.
Pero... si viniera... LOLA.
Allá te lo mando yo.
ROSARIO.
¿Y si no quiere?
LOLA.
Querrá. ROSARIO.
¿Estás tú segura?
LOLA. Sonriendo.
Sí. ROSARIO.
¿Si no fuera...?
LOLA.
Mujer, si no fuera, vienes ni acá. Porque hay la misma distancia, y el querer sin condiciones se demuestra con acciones de humildad, no de arrogancia.
ROSARIO. Loca de contenió y de confianza en Lola. ¡Oh, sí!
LOLA.
¡Acudiendo rendida al amor tan diligente como a los ojos la vida, como el agüita a la fuente, como la sangre a la herida!...
ROSARIO. Encantadísima y volvien¬do, «ex abundantia cordis», al tema del sacrificio generoso. Ahora..., que si tú...
LOLA. Sin querer oír y empujando la suavemente.
¡Adelante!
ROSARIO. Insistiendo. Mira que...
LOLA. Definitiva.
¡Vaya por Dios! ¿No te lo he dicho endenante: que tengo un amante?
ROSARIO.
LOLA.
El cani. . y no quiero tener dos. Y ambas, de la mano o cogidas /»» el talle, se van por la misma sendi que trajo a Rosario.
ESCENA IV
UEREMA Y JOSÉ LUIS
Durante toda la escena, ¡osé Luli sólo preocupado de su padre y di Lola, da muestras de inquietud, m rando hacia lodos los cenadorti responde a Heredia maquinaln/o: te o con disgusto e impaciemM Heredia pretende sacarle de su rf simismamiento, apartarlo de aquí ¡los lugares y, en último lérmlltt dar tiempo a que Lola deje a lio sario entre sus amigos.
HEREDIA.
Don Joselito, ¡despacio! Por muy arrastrao que sea un padre, es un padre.
JOSÉ LUIS.
¡Claro!
HEREDIA.
Y su hijo es siempre su hijo.
JOSÉ LUIS.
Si no dice usté otra cosa, Heredia...
l.A LOLA SE VA
I 11 lU'.DIA.
Bastante digo. Y a ver si hay modo más suave de decirle a usté que no le pegue un tiro a su padre.
[OSÉ LUIS. Estoy loco.
I ll REDIA.
No lo creo... Porque usté lo sabe y es señal de que está usté cuerdo. La verdadera locura tt cuando el hombre se cree con la cabeza segura. Don Pepito, reflexione; uun es tiempo de evitar inuchas desaboriciones. ¿Por qué viene usté a esta hora iquí?
José LUIS.
Perdone usté, Heredia... Usté sabrá de guitarra mucho.
111 II EDI A.
Un poco.
I"M. LUIS.
No pretenda imber de todo.
Illl(l-I)IA.
El que salie algo bien, tiene una idea de lo demás. Yo aconsejo porque es deber de conciencia II i insejar; luego, tiste hará lo que le apetezca. Debe usté irse.
Bl LUIS.
¿Por qué?
I li NI DÍA.
Porque, aunque usté no lo crea, un ¡oven aquí esta noche I r» como un perro en la iglesia. Ii» usté muy formalito, r» mucha persona seria pitra alternar con borrachos une pasan de los cincuenta. Ceda usté el campo a su padre,
A LOS PUERTOS
dejé usté que se divierta la senectud; ¡pobrecillo!, ya sentará la cabeza, y a usté le queda la mar de tiempo para perderla. Don Pepito, óigame usté: está la noche serena; dése usté una vueltecita del Betis por la ribera; y ya que hizo usté una copla regular, haga una buena.
JOSÉ LUIS.
¿Se burla usted?
HEREDIA.
NO es mi estilo. Lo aprecio a usted muy de veras, le tengo ley, y le veo seguir una mala senda. Usté es muy joven, más joven que yo; para la carrera, un galgo. Su padre es un caracol de la tierra. Que él tome por el atajo mientras el galgo rodea, es natural; y aun así no puede haber competencia.
JOSÉ LUIS.
Mi padre es rico.
HEREDIA.
Verdad; y dispara con monedas y usted con suspiros. No le importe esa diferencia. Filosofía...
JOSÉ LUIS.
Cansado me tiene con sus sentencias, Rafael.
HEREDIA.
Filosofía: Dos novios tiene una estrella; uno la ronda en Triana; el otro, en la Macarena. ¿Quiere usted decirme cuál de los dos está más cerca?
JOSÉ LUIS.
1 leredia, es usté un artista
498
499
LA
LOLA.
Un padre...
JOSÉ LUIS.
El hombre que hacía llorar a mi madre... ¡Había de ser él, él! ...
I LOLA.
¡I'obrecillo! ¿Qué le ha hecho?
JOSÉ LUIS.
Nada..., querer..., no quererle, ¿entiendes?, ¡no! ¿Quererte? ¡Ño! Apetecer no más lo que adoro yo. El, de su soberbia loca quiere que sean despojos la frescnia de esa boca y la lumbre de esos ojos. Pretende manchar, tocar con su mano seca y ruda, lo que su torpe mirar libidinoso desnuda. Y aunque ese hombre no ignora que eso no puede ser suyo, lo atrepella y lo desflora por capricho de su orgullo.
LOLA.
Paso, que él nunca me ha puesio un dedo encima.
[OSÉ LUIS.
¡Lo sé! Pero lo intenta, y se ve que no ceja.
MANUEL Y ANTONIO
y un sabio; pero no llega a comprender ciertas cosas del corazón.
HEREDIA.
¿Usted piensa que se toca la guitarra con los dedos? No lo crea. Los dedos hacen ruido, rozan y rascan las cuerdas.
JOSÉ Luis.
Con habilidad...
HEREDIA.
Se tocan los fandanguillos de Iluelva y gracias. Para el flamenco...
JOSÉ LUIS.
Se ha menester mucha ciencia. Conforme.
Con disgusto e impaciencia cre¬cientes.
HEREDIA.
Sabiduría Señalando al corazón.
ile aquí, que es saber de penas,
don Pepito.
JOSÉ LUIS.
¡Don Demonio!... Con impaciencia. ¿Dónde está Lola?
HEREDIA.
Muy cerca y muy lejos. Adivina, adivinanza...
JOSÉ LUIS.
Ya apestan sus dichos.
HEREDIA.
¿Dónde ha de estar la Lola? De mesa en mesa, saludando a los amigos.
JOSÉ LUIS. ¿Y cantando?
500
MACHADO. —TEATRO
HEREDIA. Con aplomo y solemnidad Sin Heredia no acostumbra.
JOSÉ LUIS.
Escuche usted. Se oye cantar a Lola:
«Este agüita fresca,
como la tengo en los propios ll
y no pueo bebería.» [Mol
José Luis escucha con atención muy complacido, y Heredia, con </;i gusto.
JOSÉ LUIS. Con zumba. Filosofía.
1 IEREDIA.
Que tiene
el mundo muchas sorpresas.
Y, además, que hay seguidillas
que se cantan sin falsetas
ni acompañamiento. Lola aparece por el Jondo del esa nario.
Ahí viene.
Don Pepito, usted con ella. Vasc Heredia.
ESCENA V
LOLA Y JOSÉ LUIS
LOLA. Con seria pero cariñosa /• convención. ¡José Luis!
JOSÉ LUIS.
¡Lola! LOLA.
Usté no está en su juicio...
JOSÉ LUIS.
¿Por qué?
LOLA.
¿Qué busca usté aquí?
LOLA SE
VA
A
LOS PUERTOS
JOSÉ LUIS. JOSÉ LUIS.
¿Yo? ¡A ti! Que le mataré
LOLA.
¿Sabes a quién espero?
si consigue hacerte suya, y me mataré después.
LOLA.
JOSÉ LUIS.
Ya lo creo que lo sé. Y lo detesto.
Sf.
¿Y a mí?
JOSÉ LUIS.
¡A ti, no! ¡Y eso que es al cabo la culpa tuya!
¡Chiquillo!
LOLA. ¡Mía!
JOSÉ LUIS.
De tu cobardía, de tu miedo de querer.
LOLA.
¡Tiene gracia! Eso sería litarse por 0.0 caer. No es ninguna tontería: dinero y...
JOSÉ LUIS.
No es el dinero lo que le importa, no; lanío
no te impon a, que no quiero
decirle yo mismo cuanlo dinero a lus pies echara, sin contarlo y en montón, si el dinero le cegara... Pero tú no eres avara más que de tu corazón. TÚ huyes sólo de querer y le pierdes por salvarte. Te vendes para no darle.
LOLA.
¡Paciencia! ¡Cómo ha de ser! No se quiere usté enterar de que no puedo tener, siendo yo el propio querer, un querer particular. Y, sin embargo, es así..., por sobra de corazón.
JOSÉ LUIS. ¿Te bullas?
LOLA. LOLA.
¡Por supuesto! ¡Lejos de mí!
¿Y qué? ¿Cuánto dura una ilusión?
MANUEL Y ANTONIO MACHAD O . — TEATRO
I.A LOLA SE VA
A LOS PUERTOS
JOSÉ LUIS. La vida.
LOLA.
Si no se alcanzara,
JOSÉ LUIS. Y después...
LOLA.
Pero... ¿no es más bonita la esperanza?
JOSÉ LUIS. ¿Que?
LOLA.
¡Que no tiene después!
JOSÉ LUIS. O... acaso...
LOLA.
¡Dígalo ya!
JOSÉ LUIS.
... haya por medio otra cosa.
Loi.A. ¿Cuál?
JOSÉ LUIS.
Dímelo.
LOLA.
Usté sabrá; que no soy yo la celosa.
JOSÉ LUIS. «Celos...
LOLA.
Son unos recelos de la mente acalorada. Si son algo, no son celos. Si son celos, no son nada.»
JOSÉ LUIS.
Quien así habló no sentía...
LOLA.
No le digo que algún día no caiga yo... Pero en tal caso...
JOSÉ LUIS.
¿Qué?
LOLA.
Siempre sería con un hombre de mi igual.
JOSÉ LUIS. NO lo hay.
LOLA.
¡Ya se inventaría!
JOSÉ LUIS. Hcrcdia...
LOLA.
Sí... ¿Por qué no Heredia? ¿Qué tiene usté que decir de Ilcrcdia?
JOSÉ LUIS.
¡Oh! Yo..., nada.
LOLA.
¡Pues ya se ve! Un artista ¡como yo!...
JOSÉ LUIS. Pero...
LOLA.
Ya sé la lección. Y si llega la ocasión...
JOSÉ LUIS. Lola...
LOLA.
1.a aprovecharé. Pero, ahora, escúcheme usté a mí también mi sermón. Me puede usté tutear, puesto que así lo desea y no me voy a enfadar... ¡Tanta gente me tutea sólo de oírme cantar! Puede llamarse mi amigo, si no le rebaja ser amigo de una mujer que no es de su clase..., ¡digo!, que ni lo ha soñado ser. La bondad que me dispensa,
cuando yo nada le ofrezco, se la estimo y la agradezco más de lo que usté se piensa. La amistad, la simpatía i|ue usté ha despertado en mí, y que era cuanto podía yo darle..., ya se lo di, Pepe, desde el primer día. Pero eso de haber pensado que huyendo de una pasión me ofrezco yo en el mercado. Si fuera verdad..., razón de más para estar callado.
JOSÉ LUIS.
I'ero ¿es verdad?
LOLA.
NO lo sé. I'ero lo mismo daría.
1 ■ • -1. LUIS. ¿Por qué?
que?
LOLA.
Porque no sería yo nunca de usté, y usté —si yo lo quisiera un día— puede que no lo quisiera.
JOSÉ LUIS. iLola!
I'il A,
¿Me quiere tiste sola, como a una mujer cualquiera? ¡Quiere a la Lola! ¡Y no fuera vi>, entregándome, la Ixila! Mi vida es cantar. Unida ii un hombre, fuera perder mi vida. Porque querer ilc veras es dar la vida. ¿O no?
i I .UIS.
Y el alma, y el ser. - ¡Conforme! ¿Quién ha podido IV garlo? ¡Y con alegría!... I Vio es que tú no has querido comprender... ¡Yo no te pido ni vida, te doy la mía! I'.» bien poco, ¡ya lo sé!, la pobre vida vulgar «Ir un muchacho rico que
ni la tuvo que ganar... Ofrecerte no pensé, con este amor que me abrasa, más que el amparo de un hombre, el seguro de mi nombre y el respeto de mi casa... ¿No lo quieres? ¡Bien está! ¿Sueña pasear tu orgullo el mundo? Vamos allá. Yo seré un esclavo tuyo. A donde quieras iré. Sumiso le seguiré donde se te antoje..., y contigo el mundo veré... ¡No, no veré más que a ti! Que mi profesión es verte, y mi ocupación mirarte, y mi delicia escucharte, y mi destino quererte. Y... cuando harta de brillar¬me dejes en un rincón tu cabed la besar, ¡también tú oirás un cantar dentro de mi corazón!
LOLA. Conmovida, a pesar suyo, por el cariño del muchacho. ¡José Luis!
JOSÉ LUIS.
¡Lola!... Un beso.
LOLA. Defendiéndose de sí misma. Sería mi perdición ¡y la tuya! Todo eso no es más que imaginación... José Luis, ¡no es así el querer!...
JOSÉ LUIS.
Qué sabes.
I .OLA, Un voz baja y apasionada. ¡Sí! Lo he soñado..., y ahora... Suplicante.
¡Oh, no!... Déjame.
JOSÉ LUIS.
¡Dejarte yo,
sangre!
502
503
MANUEL Y ANTONIO
LOIA. Desfalleciente, casi refugiada es sus brazos.
¿Qué quieres?.
JOSÉ LUIS.
¡A ti
loda!
LOLA. Desasiéndose, en un supremo esfuerzo.
¡No!
JOSÉ LUIS.
Por convencerte, nombre, porvenir, forluna..., y hasta venganza do. una mujer que pudo ofenderte, ¡todo te lo doy!
LOLA. Volviendo bruscamente a la mlidad y recuperando con ella lo¬ia su entereza.
i Rosario! ¡Aquí está!
JOSÉ LUIS. Uxtrañadísimo e incré¬dulo.
No.
LOJ.A. Con firmeza. ¡Sí!
JOSÉ I. UIS. Contrariado y admirado a la par.
No...
LOLA. Persuasiva.
¡Sí! ¡Por ti ha venido!
JOSÉ LUIS. Negando, incrédulo.
¡Por mí! LOLA. ¡Corre a verla! ¡Es necesario!
JOSÉ LUIS.
¡Si yo a quien quiero es a ti!
LOLA. Que no quiere oírle ya. En el cenador del puente está.
JOSÉ LUIS. Aferrándose a su in¬credulidad, para disculpar en cierto
504
MACHADO.-TEATRO
modo, ante sí mismo, su indiferen cia por Rosario.
¡Bah! Ni puede ser ella capaz...
LOLA.
El querer hace a una mujer valiente, y ella ya es tina mujer, poique ha empezado a penar. ¡Ve a verla!
JOSÉ LUIS. Decididamente.
¡No! LOLA.
¡Criatura,
que ella te dé la ternura
que yo no te puedo dar! En Lola ha pasado por completo el momento de desfallecimiento, y, en su afecto leal por José Luis, sólo desearía la felicidad de éste COA Rosario.
ESCENA VI
LOLA, JOSÉ LUIS, DON DIEGO, GALES
NA, CHIPIONA, PANZA-TRISTE, CORTA
EL-HIPO, I!I. MAESTRO BAENA, I!
NIÑO DEL ARENAL Y HEREDIA
Lola y José Luis, en la gloríela En el cenador han ido entrando Don Diego y sus amigóles. EstOi son: Don Narciso Galerna, rico pro pietario rural sevillano, una espet ll de Sileno con patillas blancas di hocajacha, bonachón, gordo v manzanillero; para el vino, un ío nel sin fondo; para la juerga, lodo alegría y animación; más joven, ,i pesar de sus sesenta, que todos loi demás. Chipiona, antiguo cantado: retirado, hoy especie de secretario. espolique o escudero de Don Diego Panza-Triste, guasón de mala som bra, con ribetes de rufián y de nm ton, parásito de las juergas, un poco siniestro y amargado. Corta H Hipo, otro sujeto de la misma I.I laña, pero bondadoso y alegre. II Maestro Baena, rico industrial sen llano, antiguo comerciante de acn
LA LOLA SE VA
tunas. El Niño del Arenal, el lorc-rito de moda, que apadrina Don Diego, muchacho ¡ormalilo y calla¬do, un poco presumido, pero cortés v serio. Entran en el cenador por la puerta trasera, que se supone da a la parte opuesta del jardín; ro¬dean la mesa con gran algazara y charloteo. Vienen ya lodos bastante mojados. Dos camareros les sirven vino, llenando los cañeros y distri¬buyendo las copas; luego se van, y vuelven de cuando en cuando, legún el diálogo indica. Cuando lo léñala el diálogo, I leredia se in-iorpora a la reunión.
DON NARCISO. A Baena, continuan¬do una conversación que traen co¬menzada.
¡Que no se va oslé ¡i enterar!
Él toreo tic cintura
no es el toreo de brazos.
BAENA. Con socarrona admiración. ¡Vaya!
DON NARCISO.
¡Ni lo lia sido nunca!
I OLA. A José Luis, que se ha que¬dado como abstraído en el banco de la glorieta.
¡Ya están ahí!
JOSÉ LUIS.
¿Quién? LOLA.
Su padre |' y los amigos.
JOSÉ LUIS.
La chusma que le rodea y le explota. ¡Qué asco!
DON NARCISO. A Baena.
¿Y a usté no le gustan los toros?
BAENA.
¿A mí? En el plato, ron alcacbofitas, una ¡arta.
A LOS PUERTOS
CHIPIONA. Echando vino en las ca–as y dando a Don Diego y a los otros dos.
¡Que sea motivo!
1-OLA. A José Luis. Vayase.
BAENA.
Traemos muchas ya en el cuerpo.
DON NARCISO.
Venga un vino de corte. Paz a Saulucar.
I/ir.A. A José Luis. Obedezca usté.
DON DIEGO. Al camarero, que ha entrado un momento antes. Solera de González Hayas. Pronunciando a la inglesa el apelli¬da Byass.
DON NARCISO. Remedando el acento inglés.
¡1 furia! ¿Byass o Bayas?
DON DIEGO.
Bayas. Y le alarga una copa de la nueva botella de Solera del <Í7 que el ca¬marero le ha puesto delante.
DON NARCISO.
¡Venga!
Echando confidencialmente el brazo
por encima de Don Diego. Cuando tú lomas la trúpita, ¿le desbyas o te desbayas de la línea recta?
Carcajada general.
JOSÉ LUIS. A Lola, oyendo el jaleo. Nunca te dejo yo sola aquí.
LOLA.
¿Por tiué no?
I. A LOLA SE VA
I ION DIEGO.
Está chalupa también el niño por Lola. Es mi rival la criatura. ¡Maldito sea su padre!...
DON NARCISO. iJa!, ¡ja!
I" i- Luis. A ¡.ola.
Me iré... si me juras quererme.
1 OLA.
Pues quédate.
[OSÉ Luis. Si es verdad.
I.ni.A.
verdad.
No hay más que una
[OSÉ LUIS.
¿Cuál?
I ni.A.
Juné LUIS. (.)ue te adoro.
U'I.A.
Esa es la tuya hoy. Mañana...
ú LUIS. Apasionado.
¡Siempre! ¿Y tuya, Lola?...
i.A. Evasiva y sincera a la par. Ninguna.
III'IONA.
Y a casarse está dispuesto con ella.
I ION NARCISO.
Pero... ¿ella?
\gm DIEGO.
Nunca le dio motivo, ¡ni a nadie!...
COIITA-EL-HIPO.
Dicen que es mocita.
MANUEL Y ANTONIO
JOSÉ Luis.
Con esa turba de borradnos...
LOLA.
No me inquietan. JOSÉ LUIS.
De bandidos...
DON DIEGO. A Don Narciso, con quien se ha sentado a un extremo de la mesa, donde acaban por re¬unirse todos los que andan bebien¬do y merodeando lapas y conver¬sando en grupos separados, como en espera de que comience la fiesta. Sí. ¡La única!
La reina, ¡la emperatriz
del cante!
CORTA-W.-IIIPO.
¡Ole!
ClIIPIONA.
La hermosura que trae revuelta a Sevilla.
NIÑO DEL ARENAL. ¡Suerte, don Diego!
PANZA-TRISTE. Adulador siempre con Don Diego y malintencionado para Lola.
Sandunga
y rumbo, ¡qué suerte! Suerte
la de la niña.
DON DIEGO.
La última carta me juego esta noche.
DON NARCISO.
Pero... ¿ella vendrá?...
DON DIEGO.
Sin duda. PANZA-TRISTE.
¡Y que no viniera!
DON DIEGO. Tomando un esluche de joyería que había dejado sobre la mesa y abriéndolo, ante los ojos admirados de todos, que han for¬mado grupo en torno de él. Mira lo que le traigo. ¿Te gusta?
106
MACHADO. — TEATR (>
DON NARCISO. Con cómica seriedad y admirado.
Don Diego... Pero ¡esto vale
un cortijo!
BAENA. Examinando la joya. ¡Una fortuna!
DON DIEGO.
¿Sí?... ¡Después de mí, el dilu [vio! DON NARCISO.
¿Y... tu hijo?
DON DlEGO. Dirigiéndose a los aim goles que están en el secreto. Me pregunta por mi hijo.
DON NARCISO.
¡Claro! Por Pepe. DON DIEGO. NO lo conozco,
DON NARCISO.
¿Te burlas?
DON DlBGO. Sin contestar directa mente a Don Narciso y dirigiéndose a todos. Habla cada vez más M citado por los sentimientos y /»" el vino.
¿No sabéis lo que me ha hecho ayer mismo ese granuja?...
DON NARCISO. No.
DON DIEGO.
Enviarme su abogado a pedirme la fortuna de su madre; su legítima, como el dice.
DON NARCISO.
¿Y... tú? DON DIEGO.
¡Calcula: decirle que se la lleve y que no me vuelva nunca más a mirar a la cara!
DON NARCISO. ¿Y eso... todo...?
A
LOS PUERTOS
PANZA-TRISTE. A los otros, sin que le oiga Don Diego.
¡Chuflas
de verano!... Si yo fuera
el conde...
CoRTA-EL-IIii'o. A Panza-Triste, por lo bajo.
A ti ella te gusta
más que a los chivos la leche.
Sólo que no están maduras...
PANZA-TRISTE.
¡Vete! Que quiere decir: «Quita allá.»
CORTA-EL-HIPO.
¡Limpión!
PANZA-TRISTE. Por Don Diego, que los está mirando.
Di que hay ropa tendida.
DON DIEGO. A los dos.
¿Qué se murmura?
La que uno quiere. PANZA-TRISTE. Cuadrándose, obse¬quioso.
Nada, capitán.
DON NARCISO.
¡Más vino,
que se está quedado mustia
la reunión! Y ofrece otra caña a Don Diego, que se la bebe de un sorbo.
DON DIEGO. Obsesionado por Lola y con la insistencia del vino. La emperatriz del cante...
DON NARCISO.
Diadema augusta. Aludiendo a la joya, que Chipiona ha vuelto a poner en el centro de la mesa por indicación de Don Die¬go. Luego, dirigiéndose al camare¬ro, ordena:
Un ferrocarril. Que es una batea de noventa y dos cañas.
507
M A N U E I.
Y ANTONIO
CAMARERO.
Corriendo.
Sale y poco después vuelve soste¬niendo con otro compañero la batea de cañas, que pone en la mesa, y de la cual beben lodos.
DON DIEGO. Pensando con disgusto en su hijo.
¡El niño...! Al ver a Ucredia, que acaba de entrar y va saludando a todos. Heredia..., ya era hora...
DON NARCISO. A Ucredia.
Un poquito de bulla, porque aquí falta alegría.
BAENA.
¡Música, maestro, música! Ileredia inicia en la guitarra un latiguillo. Don Narciso se levanta de su silla y lo baila y lo canta de un modo cómico, al estilo anti¬guo de las viejas ricas de Cádiz, mientras los demás, muertos de ri¬sa, le acompañan chocando las co¬pas y haciendo palmas. Sólo Don Diego permanece bebiendo, sentado.
DON NARCISO. Hadando y cantan¬do:
«Aquel que se come un flan,
¡rataplán!, y se lo come caliente,
¡valiente!, le da un dolor de barriga y un terrible flato ardiente.»
Cae rendido en su silla, en medio de la algazara general.
PANZA-TRISTE. Por lo viejo de la copla.
¡De ayer!
DON NARCISO.
Aquí falla gente.
DON DIEGO. A Ileredia, que acude a él en seguida.
Ileredia..., tu cantaora...
.—TEATRO
MACHAD O
H.EREDIA.
¿La Lola? Estaba aquí ahora.
DON DIEGO. Autoritario. Búscala.
HEREDIA.
¡ Inmediatamente!
Y obsequioso, para calmar su i/tl
paciencia, le hace señas de que es
pere un instante, y sale por la puer
la al jardín, después de comprobé
con una mirada de águila la ex
citación peligrosa que reina ya <■■:
la reunión.
DON DIEGO. Se atiza otro copazo, v dice, siempre pensando en Lola:
La reina, la empcnioia... In es/o. Ileredia, dando la vuelta al cenador grande, ha desembocado en la glorieta, donde en un banco, junio al pequeño cenador de la i.. quierda, están [.ola y losé Luis, este último ceñudo y con el son: brero echado a la cara; Uda, mi rándole compasiva y comprensiva Al verlos, Ileredia no puede repn mir un gesto de disgusto, que pron lo domina. Después, dirigiéndose ,i l/>la y aludiendo a la situación v al probable encuentro de José Lltii
V Don Diego.
HEREDIA.
Ya ves...
I.OI.A.
Tenías razón. Pero ¿qué se le va a hacer?
I IERKDIA. Decidido y aconsejando la único razonable a riesgo y ventura Irnos.
LOLA. Voluntariosa. Esa solución de risa no puede ser.
HEREDIA. Insistiendo.
Mas...
L01.A. Sonriendo. No seas cobardón.
LA LOLA SE VA
Ileredia no hace más que mirarla; rila sonríe siempre. Heredia va a hacer con ¡osé Luis el último es-luerzo.
1 IKREDIA. A José Luis. Don Pepe... Usté no querrá que haya aquí una tontería,
Y se irá...
LOLA. Interviniendo, absurda, al pa-iccer de Ileredia.
O se quedará..., si quiere,
I IKREDIA. Asombrado. Mas...
LOLA. Imperiosa.
¿Todavía?
Como diciendo: «¿todavía repu¬las?» En esto, Don Diego, siguien¬do el caminí 1 de Ileredia, Vil a aparecer en la gloríela, y viene gritando;
DON DIEGO. I ]Lola!
HEREDIA. Al verlo venir. ¡Nos cayó la hela!
V hace un gesto como diciendo:
• Sea lo que Dios quiera.»
DON DIEGO. Sin ver en un principio •>iás que a Lola.
¡Reina! Pero en seguida se fija en Ileredia
V en José Luis.
¿Se puede saber qué pasa?... Y ese mocito, ¿quién es? ¡Calla! El señorito de casa... Ahora vas a ver. dirigiéndose a él, furioso y ame¬nazador.
¿No le he dicho a usté que no quiero verlo? ¿Cómo ha osado presentarse? ¿Quién le ha dado vela en este...?
V como 110 quiere decir «entierro»,
mita la frase con un amenazador:
¡Bueno!
L01.A. Interviniendo, tranquila y se-
A LOS PUERTOS
rena, con dulzura que encanta y fascina a Don Diego.
Yo, que viniera le he rogado.
DON DtEGO. Con asombro y dis¬gusto. ¡'lú! ¿Por qué?
LOLA.
Porque no quiero guerra entre un padre y nn hijo. ¿Me va a dejar mal?
DON DIEGO.
¡No!... Pero... LOLA.
Pues haya paz.
DON DIEGO. A quien la presentía de Lola lia puesto el vino op/iinis la v '"' todas las cosas ¡le nn modo más alegre.
bueno..., SÍ, que se quede,.. Así verá
■ lo que eres ni para mí.
JOSÉ LUIS. A Lola, sin poder con tener su disgusto,
¡Lola!
LOLA. Autoritaria. Silencio.
Dox DIEGO.
Y sabrá que él no es nada para li, Y empiece el solemne aclo.
Va a dirigirse al cenador. Lola lo
detiene, preguntándole:
LOLA, ¿Cuál?
DON DIEGO.
De tu coronación.
LOLA.
¿A mí una corona?
DON DIEGO.
Exacto; que vale medio millón cumplido.
508
509
MANUEL Y ANTONIO MACHADO. —TEATRO
LOLA.
En mucho me tasa; pero si acepto, mis bienes van a ir todos en mis sienes.
PON DIEGO. Acercándose a ella, congestionado de vino y de deseos.
Queda mucho más en casa.
Ven a verlo. Allí lo tienes. ¡osé Luis hace un movimiento, que Lola corta con un gesto antes que Don Diego se dé cuenta. Se separa de éste y queda ¡unto a Heredia, que le dice al oído, señalando con la vista al padre y al hijo:
HEREDIA. A Ixrfa.
Si crees que esto va a quedar
así, sin ir adelante,
y que te vas fl librar,
como siempre.., por el cante... Lola lo mira, sonriente y tranquila.
¡Eso! ¿Y quien lo va a arreglar?
DON DIEGO. Que ha inspeccionado la glorieta y le parece estupenda para su propósito.
¡Heredia! Di a los amigos
que bajen aquí.
HEREDU.
Voy. Se encamina al cenador.
po.\ DIEGO.
Quiero
que todos sean testigos
—así fuera el mundo entero—
de lo que va a suceder
aquí ahora. encarándose con su hijo, entre campechano y amenazador. Conque a ver
cómo te portas, mocito.
Si te deslizas tantito
así, te vas a caer. flay un momento de silencio; pa-¡re e hijo se miran recelosos. Lola ¡scrula con los ojos la senda por ¡onde se fue Rosario. Cesan las (isas en el cenador grande, y en ¡tros más lejanos se oye vagamente ¡nido de algazara y guitarreo, todo ¡lio muy tenuemente, como un rui-
do natural de la noche sevillana tñ la Venta. Heredia y lodos los inri lados, seguidos de algún cantaren' que viene a lomar órdenes, irrum pen en la glorieta hablando enln sí. Al ver a Lola se callan y té disponen a saludarla.
IJAENA. A Don Narciso.
Que ya se va haciendo tarde.
DON DIEGO. A un camarero. Juan, que vayan descorchando el champaña.
DON NARCISO. A Don Diego.
¿Hasta cuándo...? Al ver a I-ola calla y la mira cm bohado.
PANZA-TRISTE. A Lola, obsequioso y fingido. Adiós, Lola.
LOLA. Secamente.
Dios te guarde.
DON DIEGO. Tomando del brazo ,¡ Don Narciso para presentárselo t Lola.
Ven, te voy a presentar,
ven... Don Narciso Galerna,
el alcalde de Paterna
del Campo y gran militar. Galantemente, Don Narciso se in¬clina ante Lola y se queda embele sado mirándola,
Con esa mirada tierna
la vas a magnetizar,
Narciso.
DON NARCISO.
Con esta cara, Narciso... Mi padre quiso que Narciso me llamara, sin pensar en lo que para con los años un narciso.
DON DIEGO. A Lola, por los demii Tú ya conoces tal cual...
Loi-A. Distraída, para sí y mirando hacia el fondo. No viene...
LA LOLA SE VA
DON DIEGO.
... a esa gente toda. Lola inclina la cabeza y todos sa¬ludan. Don Diego añade:
¡Ah! El Niño del Arenal.
El novillero de moda.
BOLA, Que ya ha oído hablar de él. Me alegro. Niño.
NIÑO DEL ARENAL. Dándole la mano.
¿Qué tal?
Don Diego, Lola y el Niño signen conversando, mientras Don Narciso coge a José Luis del brazo y le dice:
DON NARCISO.
¿Cómo has venido, muchacho? ¿Sabes que lu padre está furioso?...
JOSÉ LUIS. Con tristeza y repug¬nancia.
¡lisia loco!
DON NARCISO.
[Bah! Ixi que está es algo borracho... Pero se le pasará.
CAMARERO. Presentando una bande-Bf de copas llenas de champaña i/ue han descorchado en el cenador durante el diálogo anterior.
¡Champán! Indos cogen su copa de champaña y forman un semicírculo en derre¬dor de Lola y de Don Diego.
I ii IN DIEGO. Tomando su copa
alzándola para brindar.
Venga esa tisana. I'or la mujer más serrana, la hembra de más trapío, la cantante soberana...
DON NARCISO.
Novia de un amigo mío. Todos ríen, obsequiosos, la buena ■tenrrencia y beben sus copas.
A LOS PUERTOS
ESCENA VII
DICHOS Y ROSARIO
En esle momento, por la vereda central, desemboca en la glorieta Rosario, acompañada de dos seño¬ritos, correctamente de «smoking»; dos aristócratas amigos suyos.
ROSARIO.
Yo también quiero brindar.
DON DlEGO. Asombrado y sin dar crédito a sus ojos.
¡Rosario! ¿Tú? ¡Estoy soñando! V, en efecto, entre los vapores del vino y la excitación del momento, la aparición de Rosario allí, a aque¬lla hora, es como un sueno para Don Diego.
ROSARIO. Presentándole a sus ami¬gos.
lil duque de San Fernando,
Curro Bien.
DON DlEGO. Tendiéndoles la mano un poco como a figuras de ensueño. ¿A presenciar
la fiesla? Vayan pasando...
Y prepárense a escuchar. Rosario queda junto a Lola. Los dos amigos se confunden con el grupo de los otros.
ROSARIO. YO...
DON DIEGO. Interrumpiéndola, so¬lemne.
Señores y milores:
En el mundo nadie ignora
que Lola es la cantaora
única entre las mejores.
¿No se merece, señores,
diadema de emperaora? Ruidoso y unánime murmullo de asentimiento. Don Diego, volvién¬dose a Chipiona.
El estuche, secretario.
511
MANUEL Y ANTONIO M ACH A DO . —TE ATRO
I, A LOLA SE VA
A LOS PUERTOS
Cbipiom se lo da y él se lo pre¬senta, abierto, a Lola. ¿Te gusta?
Lor.A. Realmente admirada de la belleza y riqueza de la joya, mien¬tras José Luis la mira a ella ansio¬samente, temiendo que acepte. ¡Sí!
DON DIEGO.
¿Te acomoda?
JOSÉ LUIS. Sin poder contenerse. ¡Por Dios, Lola!
LOI.A. 'Lomando el esluche de ma¬nos de Don Diego, que suspira sa¬tisfecho.
¡Extraordinario!
Lindo regalo de boda
a su sobrina Rosario. Y pone la joya en manos de Rosa¬rio, con asombro de todo el mundo.
DON DlEGO. Mohíno y desconcer¬tado.
¿Qué has hecho?
LOLA. Sencilla y natural.
Lo que usté haría si estuviera en sus cabales. Puesta en mí, parecería de vidrios y de cristales esta fina pedrería. Mi pañuelo de crespón y mi falda de percal, don Diego..., dicen muy mal con tan rica guarnición. Joya que vale un cortijo de los suyos, de chipén, en la cabeza está bien de la novia de su hijo.
DON NARCISO. Lleno de asombro y de entusiasmo.
¡No es una mujer!
ROSARIO, Queriendo devolverle la diadema.
Sería absurdo. La joya es tuya.
LOLA. Negándose a lomarla. No es mía... Pero si es mía y yo se la doy, es suya.
DON DIEGO. Sin ocultar su despi¬cho por el inesperado gesto de Lo\,¡ Me desprecias.
LOLA.
No es desprecio. En más que vale se aprecia.
DON DIEGO. Enfurecido, sin con!» ner su enojo.
Pero esta soberbia necia...
José LUIS. Estallando contra M padre.
¡Usted es el loco y el necio! Padre e hijo van a lanzarse, ciegos uno contra otro. Pero entre Galn na, Chipiona y Corla-cl-IIipo sup¬lan fuertemente a José Luis, en tan lo que fíaena, el Niño del Arcn.ú y los amigos de Rosario rodean .1 Don Diego, impidiéndole lodo ir," oimiento.
DON NARCISO. ¡Pepe!
CHIPIONA.
¡A un padre...!
PANZA-TRISTE, Desahogando lodl su bilis y su despecho contra LoU Usté no VI dónde apunta esa lagarta, don Diego... Una mujer harta de rodar... Pero no ha acabado la frase cuan do Hercdia se le pone delante, pn gimiéndole, terrible:
HEREDIA,
¿Qué ha dicho usli '
PANZA-TRISTE. Evasivo y provoca: 110 a la par. Ya está dicho.
HEREDIA.
Y ya está hecho, ¡granuja!
/.i' da una bofetada tremenda a l'anza-Triste. Este se tambalea; pe¬to recuperando el equilibrio, se lan¬ía sobre Heredia blandiendo una navaja enorme.
I'ANZA-TRISTE.
¡Cobarde!... ¿A mí?... ¡Tú ve-Irás!...
ROSARIO. Casi desmayada. ¡Ay!
LOLA.
¡Heredia!
I IIÍREDIA. Esquivando los viajes del ulro, hasta que consigue sujetarle por el brazo y, retorciéndole la mu¬ñeca, le hace soltar el arma.
Pincha, raja...
y trae p'acá esa navaja,
que eso no lo gastan más
que los hombres. Se la quita y, sin soltarle el brazo, Ir derriba a los pies de Lola. A pedir
perdón ahora a esta mujer.
V levantándolo él mismo, le lleva
a empellones al rompimiento de
lii extrema derecha.
Y ahora, ¡a correr!
V como el otro traía aún de re-
ItMirse, le da un último empellón
y mete mano al bolsillo del revól¬
ver, diciendo:
Y a correr, ¡no me vaya a arrepentir!
V ante el ademán de Heredia, Pan-
la Triste huye, al fin, despavorido,
Uto, derribándolo lodo a su paso.
Heredia se vuelve tranquilamente,
tilín I ando un poco el desorden de
111 traje. Después pasea una mirada
for la reunión y se da cuenta rápi¬
damente, por la actitud de Don Die-
■0 y José Luis, de que el magno
problema sigue en pie.
I ni A. Acudiendo, solícita, la pri¬mera.
. I lerido?
HEREDIA. Negando.
¡Bah! Se acabó. Ahora, ustedes, si les place, sigan aquí. Lo que hace Lola y yo, nos vamos.
DON DIEGO.
¡Oh!, ¿por qué?
HEREDIA.
Porque quiero yo. Volviéndose a Lola, que asiente su¬gestionada y comprendiendo con Heredia la necesidad de irse. ¿Verdad?
DON DIEGO. Furioso. Yo, no.
HEREDIA. Tranquilo, pero resuelto.
No le hace. Don Diego quiere replicar y hasta interponerse; pero los que le ro¬dean han visto en la actitud de Heredia una decisión inmutable. Creen, además, desde aquel momen¬to, en -una relación íntima entre Lo¬la y el «tocaor», y detienen a Don Diego, al par que se dirigen a He¬redia entre cariñosos y despecha¬dos, como los que sólo le reprochan el no haberlo dicho.
CHIPIONA.
Pero entonces...
CORTA-EL-HIPO.
De ese modo... NIÑO DEL ARENAL. Haber dicho...
BAENA.
Lola está... CHIPIONA. Era tu...
HEREDIA. Corlando la frase y co¬giendo al vuelo la explicación que le dan hecha sin que tenga él que soltar la palabra.
Era mi... Sí. ¡Ya lo saben ustedes todo! Y bajo, a Lola.
512
513
MANUEL Y ANTONIO MACHADO-TEATRO
i, A LOLA SE VA A LOS PUERTOS
ACTO III
CÁDIZ, SANLUCAR, ALGECIRAS...
•HALL» DE UN PEQUEÑO HOTEL SOBRE LA MARINA. AI. FONDO, TERRAZA CON IARANDAS QUE DA AL MAR, Y QUE SE SUPONE TERMINA A AMBOS LADOS POR l SCALERIL1.AS QUE BAJAN A LA MISMA PLAYA. EN PRIMER TERMINO, A LA lil HECHA E IZQUIERDA, PUERTAS QUE SE SUPONE COMUNICAN: LA PRIMERA, I UN LAS HABITACIONES INTERIORES; LA SEGUNDA, CON EL EXTERIOR. POCOS MUEBLES, MODESTOS, ALEGRES Y CLAROS. EN EL CENTRO, UN VELADOR, |OBRE F.L CUAL DESCANSA, TENDIDA, LA GUITARRA DE HEREDIA; A SU LADO, UNA SILLA DE LAS LLAMADAS DE VITORIA, SILLA DE ANEA, EN CUYO RES-l'M.IH) PENDE EL PAÑUELO DE ESPUMA, NEGRO, DE LOLA. TRAS EL ANCHO ■VANDAL DEL FONDO, UNA GRAN EXTENSIÓN DE MAR Y DE CIELO. CUANDO I.A ACCIÓN COMIENZA SON LAS CINCO DE UNA TARDE DE MARZO O ABRIL. DOS HORAS DESPUÉS, CUANDO SE ACABA, ES CASI DE NOCHE
¡No me desmientas!
LOLA. Entrando de lleno en la.com-binación de Heredia.
¡Oh, no! JOSÉ LUIS. Que no puede conte¬nerse.
¡Habla, Lola!
LOLA.
Yo...
HEREDIA. Bajo, a Lola.
¡Callada!
DON NARCISO. Pero...
HEREDIA.
Ya lo saben.
Aparte, a hola, con cómica since¬ridad.
Yo soy el que no sabe nada. Y es la verdad, lil ha asumido un papel necesario y oportuno en aquel momento. Pero tan a favor de él obra y talmente posesionado de él, que ya no sabe dónde acaba la fic¬ción y comienza la realidad. Ade¬más, no quiere saberlo, y una vaga esperanza...
ROSARIO. ES la única que lo adivina todo y no quita los ojos, admirados, de Lola. ¡Lola!
DON DIEGO.
¡Heredia!
HEREDIA. A Lola.
¡Anda de gorpe! Vaya, ¡quitarse de en medio!
DON DIEGO. Pero, Lola...
ROSARIO.
Escucha.
HEREDIA. A Lola, que quiere acuda a la llamada de Rosario.
¡Torpe! ¿No ves que no hay más renu'
Y tomándola del brazo, lleno >!•• orgullo, en actitud que por sí solu abre camino.
Paso a Lola, que ya
Sevilla se queda sola...,
JOSÉ LUIS. Oye.
DON DIEGO.
Espera, Lola.
JOSÉ LUIS.
¡Lola!
HEREDIA. Terminando la frase.
... porque la Lola se va. Y, efectivamente, Lola, del bram de Heredia, se aleja por la vertí < central, hacia el fondo, en mtdM de la estupefacción y también A* la admiración general, mientras <-i< rápidamente el
TELÓN
ESCENA PRIMERA
LA, HEREDIA Y PATO EL BOTERO. Al. LEVANTARSE EL TELÓN, LA ESCE¬NA ESTA SOLA, Y ASI PERMANECE UNOS INSTANTES, HASTA QUE POR LA IATKRAL DERECHA SALEN HEREDIA Y LOLA, QUE SE DIRIGEN RÁPIDAMENTE A LA TERRAZA
IA. Dirigiéndose hacia el mar, rule la barandilla grita: ¡Pato! ¡Maldito botero!...
I OLA- Riéndose de su impaciencia. Ya lo bautizaste...
1EDIA. Dando prisa a Pato, cuya tacha se supone atraca a la esca-Imlla derecha de la terraza. ¿Vamos • ver...?
PATO. Todavía dentro; pero presen-lindtise ya, gorra en mano, apenas Inmhiada la frase.
¡Allá voy, patrón! es un viejo marinero, antiguo
Í
mlanle de vapores mercantes an¬aces, hoy acogido al oficio más iii/ttilo de botero para llevar y t pasajeros y equipajes del rio a los buques. Aunque ha
navegado todos los mares y visto el mundo entero, vivió siempre en su barco antes, y ahora en su lan¬cha. Tiene la socarronería del viejo mezclada con la sencillez del ma¬rino.
LOLA. A Pato.
¿A que" hora sale el barco?
PATO.
Al anochecer. Las ocho, las ocho y media...
HEREDIA.
Contamos contigo para las siete.
PATO.
¿A las siete? ¿Tan temprano?
LOLA. Sí.
PATO.
Pero ¿tienen ustedes tantas ganas de dejarnos? Con lo que aquí los queremos... ¡y en toíta España!... Claro que para ustedes es chico el mundo... Dos artistazos enormes... ¡La Lola! ¡Heredia! ¡Qué matrimonio!
514
515
V A
MANUEL Y ANTONIO
LOI.A. Interrumpiéndole.
Oye, Palo: ¿conoces tú Buenos Aires?
PATO. De vista.
LOLA Y HEREDIA. Riendo. ¿De vista?
PATO. Explicándose.
Vamos, que he estado allí muchas veces. Peto poco tiempo... Cuando navegaba en los paquetes de Pinillos y Macandros. Llegar y volvernos... ¿Yo quedarme allí?... ¡Ni por cuan¬to...! Digo lo que el otro: «¿Améri-¡Para los americanos! » lea?... ¡A tu tierra, grulla!
LOLA. Riendo.
¿Grulla?
PATO. Riendo también y aceptando la rectificación de Lola. Pues, ¡Pato, a tu agua!
HEREDIA.
¿Estamos en que a las siete?
PATO.
Si no hay remedio...
HEREDIA.
¡Qué pesado! Pero agradecido en el fondo al in¬terés del buen Pato por ellos, re¬plica:
Es que puede ser que tengas que ir a recoger los trastos que llevaste esta mañana nuestros, en vez de llevarnos a nosotros.
PATO.
¡ A jola!
516
MACHADO. —TEATRO
HEREDIA.
Porque estamos esperando una razón de Madrid.
PATO. Con ingenua malicia, miran do a Lola. ¿De... París?
HEREDIA. Con amenazadora serie dad, que sale al paso de la pican lia insinuación de Pato.
De Madrid, Pato; de la Villa y Corte.
PATO. Un poco desconcertado, aun que no cree en el fondo haber imt miado nada malo.
Bueno...
No se enfade... Ya me callo... Volviendo a su idea y encontrando la muy natural y, además, muy dt desear.
¡Aunque de una parejita
así...! Nuevo gesto de Heredia amena:,: dor. Palo calla, y buscando en sui bolsillos saca un paquete que lien de a Heredia.
¡Ah! ¡Tome usté!
HEREDIA.
¿Eh?
PATO.
Tabaoi de Gcner, ¡chipén!
HEREDIA. Tomando el paquete COH mucho gusto.
¿Legítimo? Toma. Le da un par de duros.
PATO.
Sobra...
HEREDIA.
Para un chato. Pato se guarda el dinero contení i simo, saluda, mira con admiración a Lola y Heredia, y parece que IM a dirigir un último piropo a la «/>>/ reja», cuando Heredia añade, da pidiéndole, ya en la terraza:
SE
LA LOLA
¡Y vigila bien lo nuestro, no vayan a pimpearlo! lo se va.
ESCUNA II
I.OI.A Y HEREDIA
IEREDIA. Viendo que Lola lo mira tiendo.
¿De qué te ríes?
LOLA.
De ti. Hablas como un gaditano y no llevamos en Cádiz más que ocho días.
IA.
Me hago a todo en seguida... Más a lo bueno que a lo malo, naturalmente.
LOLA.
¿Y se puede saber qué prisa te ha cunado ahora por descompone! lo de América? Un contrato soberbio... Y, además, tú lo dices, para quitarnos del mundo que nos rodea y dar a otro mundo el salto.
HEREDIA. En una isla-desierta y asfalta, cantas tú cuatro coplas, ¡y del aire brotan cuatro mil enamorados! Pero..., además, ¿quieres tú de veras soltar los cabos? ¿De veras? ¿Te embarcarás con gusto?
LOLA.
¡Qué estás hablando! (Ion gusto, ¿quién va a dejar su tierra, este cielo claro que la ha visto a una nacer, y el aire que ha respirado siempre, y esta luz que tiene la sal y el sol a puñados?
A LOS PUERTOS
HEREDIA.
Y... ¿nada más?
LOLA.
Nada más, Rafael. Pero..., pensando lo que tú piensas, debías aprobar lo que yo hago. Además, que me parece que mi proceder es clavo.
HEREDIA.
¿Y si el de Madrí aceptase?
LOLA.
¡Qué va a aceptar! Le hemos condiciones como para [dada —en vez de pagar—pegarnos.
1 li HEDÍA.
Las que tú pusiste.
LOLA.
Las que puse yo para quitárnoslo de encima.
HEREDIA.
Para elegir un camino es necesario que haya por lo menos dos. Cada uno de estos contratos es un mundo diferente, y aunque sirven para el caso los dos, uno dice: «Vuelvo», y el otro: «Dios sabe cuándo.» Y antes de cortar la amarra piensa tú bien...
LOLA.
¡Es extraño! HEREDIA.
¿Es extraño?
LOLA.
Sí. Lo mismo me está diciendo Rosario.
HEREDIA.
¿Aun está ahí?
LOLA.
Como ella ha sabido que nos varaos
MANUEL Y ANTONIO
hoy..., ha querido pasar conmigo la tarde.
HEREDIA.
¡Claro!
Aprovechando tu sombra
hasta el fin. La has transforma-
en otra mujer. [do
LOLA.
En una mujer.
HEREDIA.
Y quiere pagártelo.
LOLA.
¿Qué dices?
HEREDIA.
Que yo me entiendo... A más le has hecho un regalo en brillantes...
LOLA.
¿La diadema? No la quiso. Ha vuelto a manos de don Diego.
HEREDIA.
Le dejaste el novio libre.
LOLA.
¿El muchacho? Desde la famosa noche de la Venta no ha chistado.
HEREDIA.
No te fíes; por ahí anda, y tiene aquí su abogado.
LOLA. Rafael, tienes tú mucha imaginación.
HEREDIA.
Acaso.
LOLA.
Sin duda. José Luis
ha venido aquí cuidando
de su padre.
MACHADO.—TEATRO
HEREDIA.
¿De don Diego? A ése no lo parte un rayo. Tan bueno está ya...
Loi.A.
Lo sé. HEREDIA.
Y eso que fue el gazpacho
de primera.
LOLA.
¿Sí?
HEREDIA.
Una especie de tabardillo pintado. Con el vino y la calor... y el genio..., estuvo a dos pasos de liarla. A los tres días, tan fuerte y tan campechano otra vez... ¡Y lo gracioso es que ha salido cambiado del to al to. Y él, que era el M de la juerga y un jabato [afl para el vino y las mujeres, ahora se come los santos, gasta un cilicio y no sale de la iglesia. ¡Otro milagro tuyo!
LOLA.
¡Bah, qué disparate!... Ix> de siempre: el diablo harto de carne...
IIEREDIA.
Los tres están aquí desde que llegamos.
Y de los tres, solamente
don Diego tragó el bromazo
de que tú y yo...
LOLA.
Todo el mando lo creyó.
IIEREDIA.
Menos Rosario.
LOLA.
Yo nunca lo he desmentido.
HEREDIA. Ni yo.
LA LOLA
PUERTOS
S E
VA A LOS
[OLA. IIEREDIA.
¿Entonces? Lola...
1 IKREDIA. LOLA.
¿Me estás dando Si es muy necesario,
pares y nones a mí avísame..., o yo saldré
también, Lola? Por los clavos si no puedes despacharlos
de Jesús... pronto. Pero...
I IEREDIA. Comprendiendo que no los tiene que despachar de mal
ESCENA III humor.
Sí, ya sé;
DICHOS Y PAQUITA, CRIADA, EN LA con cuidado.
PUERTA DE LA IZQUIERDA
LOLA.
No hay cuidado.
PAQUITA. Tú eres un cómico bueno,
Don Rafael... Rafael, y sabrás pintarlo...
Dos señores preguntando
por la señora. HEREDIA.
Pero... a lo mejor...
11/ KEDIA.
Que pasen. LOLA.
¿Qué?
l.oi,A. A Paquita. IIEREDIA.
Espera... Lola... LOLA,
PAQUITA, Aprovechando la espera ¿Rafael...?
/'.;>./ acordarse.
¡Ah, sí! ; que me han dado 1 itas tarjetas. y* las da a Lola.
I ni A. Volviendo las tarje/as. Don Diego y losé Luis.
Ili KEDIA. Hace seña a la muchacha Af que haga pasar a los visitantes, ■ ¿ice a Lola:
Ya estamos en las mismas.
IIEREDIA.
Se me va la mano. Lola se va riendo por la puerta de la derecha. Heredia la ve irse, y vuelve al centro de la escena a pun¬to que por la puerta de la iz¬quierda entran Don Diego y José Luis.
ESCENA IV
IIEREDIA, DON DIEGO Y JÓSE LUIS HEREDIA.
Pues recíbelos
¡Tanto bueno por aquí! ¡Don Diego!...
ni.DI A.
Vienen a verte.
Claro; yo... no quiero verlos.
DON DIEGO. Dándole cordialmenle la mano, mientras José Luis le ha¬ce un saludo ¡río y se aparta un poco del grupo que ellos forman. ¡Valiente chasco nos diste, truhán!... En fin,
518
519
MANUEL Y ANTONIO MACHADO.—TEATRO
A LOLA SE VA
A LOS PUERTOS
no hablemos de lo pasado... Ya no soy aquel don Diego, ni hay en los nidos de antaño... Dios ha querido tocarme en el corazón..., acaso movido de aquella santa que se llevó de mi lado, y, gracias a su infinita
más que un favor que te pido,
es un favor que te hago. Heredia lo mira curioso, en silHt ció, pero animándole con su s«w risa.
Pues... ello... Perdona..., Heredj I
pero...
misericordia, estoy sano I IEREDIA.
de cuerpo y de alma... Hable usté sin empacho.
Ilr.RF.DJA. DON DIEGO.
¡Bien, Lola y tú...
don Diego!...
HEREDIA.
DON DIEGO. ¿Qué?
¡Bueno, muchacho! DON DIEGO.
Pero ¿por qué no haber dicho...? Lola y tú...
Vade retro!... ¡Qué ca... nastos HEREDIA.
me importa a mí ya! ¡A ganar Diga.
el tiempo desperdiciado
en servir a Dios, después DON DIEGO.
de haberle ofendido tanto! No estaréis casados
He sabido que os marcháis como Dios manda.
a Buenos Aires.
I IEREDIA.
I IEREDIA. ¡Don Diegol
Sí. DON DIEGO.
DON DIEGO. No te duela confesarlo.
¿Cuándo?
HEREDIA. HEREDIA.
Esta tarde..., si Dios quiere. ¿Y qué quiere usté?
DON DIEGO. DON DIEGO. Exaltándose poco a /">
No. co en su obra de celo religiosa ■
moral.
I IEREDIA. ¿Qué quii i
¿No quiere? ¡ Que no viváis en pecado
mortal! Nadie sabe dónde
DON DIEGO. licne su fin. Y, en llegando,
Calla. no hay remedio. Ya ves, yo...
HEREDIA. ahora vivo de milagro...
Callo. Y hay que dar cuenta... ¡Y Bd
DON DIEGO. [vtfl
Yo he venido a despedirme decir se me había olvidado!
de vosotros... Y, de paso, Vais a emprender un viaje...
yo quisiera...
HEREDIA. Soslayando siempre m
HEREDIA. turalmentc—la cuestión.
¿Qué? Don Diego, hoy pasa el charco
todo el mundo tan tranquilo...
DON DIEGO.
Pedirte DON DIEGO.
un favor, que, bien mirado, Nada, nad3... ¡Ordeno y mainl"'
520
I 11 I'EDI A.
('orno siempre... Pero no va a ordenar que espere el bar¬reo... i ION DIEGO. ["ornáis otro.
IIRRBDIA.
¿Sí?
DIEGO.
Total, ocho días de retraso. Por dinero no lo hagas.
I 11 KKDIA.
Mas...
I«IIN DIEGO.
Yo corro con los gastos.
Y yo sé hacer bien las cosas.
iAy, no lo supiera tanto!
11 HEDÍA. IVro, don Diego...
DIEGO.
Es verdad 'luí- os habla el hombre más malo |i I mundo, como decía "urstro paisano el Beato Miniara. Pero es tan bueno Dios, que os habla por mis labios pecadores. Por lo menos, prométeme que, en llegando a América...
la señal de echar las hendí-
•■
¡Y a vivir inmo Dios manda, ca... nastos, IIHIH el mundo!
Ilim IUA.
Pero...
■M DIEGO.
¡Nada! " José Luis.
V este perillán lo caso
MIII mi prima, «velis nolis».
1 IA.
i i señorita Rosario...?
DON DIEGO.
La misma. Por cierto que... Echando una ojeada alrededor.
Tú, ¿por qué no habéis parado
en el (irán Hotel?... Heredia,
este fondón es mediano.
HEREDIA. Por Rosario. A lo mejor, ella y Lola andan ahora pascando por la malina.
DON DIEGO.
Pues voy a ver si están, y, de paso, a recoger el segundo correo, que habrá llegado. Luego vendré a despedir a Lola.
HEREDIA.
Bien.
DON DIEGO.
No le hablo de nada, si tú me ofreces...
I IEREDIA.
Bueno, don Diego.
DON DIEGO. A José Luis, que ha permanecido callado en un extre¬mo mirando a su padre con cariño¬sa inquietud, pero deseando que se calle y que se vaya.
¡Y tú, andando!
JOSÉ LUIS. Yo me quedo.
DON DIEGO.
¿Cómo es eso? JOSÉ LUIS.
Espero a usted y a Rosario,
puesto que van a volver.
DON DIEGO.
Bien...; pero... ¡mucho cuidado!
Por más que... Tranquilizándose al pensar que está allí Heredia.
Heredia, supongo
que... Como diciendo: «Supongo que no
521
LA LOLA SE VA A LOS PUERTOS
MANUEL Y ANTONIO
le dejarás con Ix>la»; pero en el 1 fondo el viejo juerguista duda y dice para sí:
¡Este mundo es un fandango! J Pero en seguida se arrepiente del mal pensamiento y mas aún de la expresión chabacana, y añade con¬trito:
¡Dios me perdone! \
Sale santiguándose muy de prisa.
ESCENA V r
HEREDIA Y JOSÉ LUIS
Los dos hombres se miran y callan. En la cara de ¡osé Luis se lee co¬mo una resolución ¡irme, conse¬cuencia de una obsesión, de un pensamiento único. En la de hiere- J dia, la comprensión y una tranqui¬lidad serena. El silencio se hace angustioso, y lleredia se decide a romperlo con una trivialidad.
HEREDIA,
Es gracioso... y notable.
JOSÉ Luis. Absorto en su idea jija. J ¿Quién?
HEREJHA.
Don Diego, su padre... En el fondo, siempre el mismo.
Tosí; Luis.
Sí. HEREDIA.
Tan flamenco,
y...
JOSÉ LUIS. I
Heredia.
HEREDIA.
¿Qué? 1
JOSÉ LUIS.
De hombre a hombre. ¿Sabe usted a lo que vengo?
MACHADO. —TEATRO
1IEREDIA.
Lo supongo: a ver a Lola.
JOSÉ LUIS.
A Lola y a usted primero, para saber de usted mismo la verdad.
HEREDIA.
¿Habla usté en serio? JOSÉ LUIS. Y tanto.
HEREDIA.
Los siete sabios de Grecia no Ja supieron. ¿Quiere usted que se la diga un locador de flamenco? Ahora, si usted se conforma con un saber más modesto...
JOSÉ LUIS.
I Ieredia, sin circunloquios ni bernardinas, hablemos. Yo he venido...
HEREDIA.
Usted ha venido porque su prima le ha puesto dos letritas.
JOSÉ LUIS.
¿Usté sabe?
HEREDIA.
Eso, y algo más, sospecho.
Su prima no quiere ser
menos que Lola, pues menos
ser una mujer que otra
no es ser mujer, y al ejemplo
que Lola le dio, contesta
con un: si él te cutiere, quien Id
alma de Dios. Y es su prima
el ahogado perfecto
que hoy tiene usted.
JOSÉ LUIS.
Y usted, Herad ¿quién es usted?
HEREDIA.
¿Yo? Un mi 1.1. muy grande. Don Joselito, ej que se mira por dentro se hace un lío.
OSE LUIS.
Si usted quiere seguir hablando en proverbios, como Salomón, más vale dejarlo.
IIEREDIA.
Yo le contesto en mi estilo.
JOSÉ LUIS.
Y yo pregunto al mío: sea sincero. ¿Quién es usted para Lola?
I IEREDIA. Don Pepito, por saberlo diera un dedo de la mano, que es mucho para un maestro de guitarra. Sólo sé el papel que représenlo, que es, en este caso, un mixto de secretario y portero; la noche de la tormenta, el hombre de Lola, un seco entre borrachos, la voz que dice: Niños, respeto I una mujer, y la punta de un zapato en el trasero de una púa—vaya sumando—; y antes lo que sigo siendo: el guitarrista que va con Lola.
sri Luís.
¿Y después?
EREDIA.
Veremos. Ahora, a lo que a usted importa. Don Joselito, a su pleito.
I".i: Luís. Pero yo quiero saber li es verdad...
Ill RI'.DIA.
¡Otra te pego! I.n verdad que usted pretende averiguar se está haciendo. Usted quiere a Lola, y yo...
i huís. Uíied, Rafael...
HEREDIA.
La quiero como cuatrocientas veces más que usted; pero dejemos lo mío, porque si ella lo quiere a usted, yo contento; usted se queda con Ixila, y Lleredia, la mar adentro.
JOSÉ LUIS.
Rafael, es usted más noble de lo que pensé.
1 IEREDIA.
Me alegro.
Y avive, porque en seguida viene el bote. Hay poco tiempo.
Y una advertencia: muy pocas ilusiones. Y un consejo: proCUte usted que la Lola
no repare en los manejos
de Rosario; para que
se quede Lola hay pretextos
de sobra, falta un motivo.
¿Me entiende usted? I (asta luego.
Yo me voy.
ESCENA Vi
DICHOS; LOLA Y ROSARIO
LOLA. Imperativa y dirigiéndose a lleredia.
No. Tú te quedas. José Luis, que me alegro de verlo... ¿No nos obsequias, Rafael? ¿No hay una copa?... Y se dirige hacia la mesa, donde está el cañero con las botellas, se¬guida de Heredia, y permanece con éste en un segundo término, hasta que el (ex/o lo indica, dejando que Rosario y ¡osé Luis cambien el ra¬pidísimo diálogo que sigue.
JOSÉ LUIS. A Rosario. Tu carta...
LOLA. A Heredia, que va a echar vino de una botella empezada.
No, hombre; una nueva.
La solemnidad del caso
merece...
522
523
MANUEL Y ANTONIO
ROSARIO. A José Luis.
No me agradezcas mi carta, que no la he escrito por ti...
HF.RI-.DIA. A Lola, por Rosario y José Luis.
¿Ves?
ROSARIO. A José Luis.
... sino por ella.
LOLA. A Heredia, que le enseña una botella cerrada.
Pues se abre. Trae. Yo te ayudo. Pero es Heredia el que descorcha la botella; Lola la loma y sirve cuatro cañas, que deja en la mesa en ¡ila.
ROSARIO. A José Luis, por Lola. Nobleza pide nobleza, y ahora soy yo, ¡yo!...
JOSÉ Luis.
¡Rosario! ROSARIO.
... quien quiere que ella te quiera.
JOSÉ LUIS. Mas Lola se va.
ROSARIO.
¡Quién sabe!
Josí. Luis. Ahora...
ROSARIO.
Cuando yo lo vea lo creeré. Volviéndose a Lola y a Heredia, ocupados en preparar las cañas, por disimular y corlar el diálogo con José Luis.
No se molesten.
JOSÉ LUIS.
Si te equivocas...
ROSARIO. Viniendo a primer tér¬mino.
Paciencia.
524
MACHADO.—TEATRO
LOLA.
¿No habíamos de tomar la última caña...?
HEREDIA.
No, reina; la penúltima. ¡La última no se toma nunca!
LOLA.
¡Sea!
Y dirigiéndose a José Luis. Celebro verlo a usté aquí, José Luis, porque fuera de mala sombra embarcarse sin ver a la gente buena y decirle adiós. ¿Qué dices tú, Rafael?
I IEREPIA,
Que, a la vera de la mar, las despedidas deben ser cosa muy seria.
LOLA.
José Luis, poco tiempo, porque los barcos no esperan: tenemos para un adiós sin lágrimas de comedia.
ROSARIO.
¡Qué!, ¿al fin, te vas?
LOLA.
Sí, nos vaninv porque el de Madrid no acepta.
ROSARIO. ¿LO sabes?
LOLA.
Me lo figuro. No ha contestado siquiera. Lo que yo me suponía. Nos vamos, ¿verdad, Heredia? licredia se encoge de hombros con indiferencia.
¿Qué dices? ídem.
¿Qué dices? HEREDIA.
Nada. LOLA. Di algo.
I. A LOLA SE VA
lli RF.DIA.
Amén.
I ni A. A José Luis.
Y cuando vuelva... I'ues si es verdad lo que he oído, al mundo se le rodea i.in pronto, que antes del mes se viaja con la cabeza boca abajo... ¿Es eso cierto, ni, Rafael?
I'.DIA.
Consecuencia
de vivir sobre una bola. Eso se aprende en la escuela.
LOLA.
(litando vuelva y nos veamos,
losé Luis, que usted sea
feliz con quien puede, y cada
oveja con su pareja. < i ni movido y tratando de disimular m emoción.
¿Qué haces, Rafael?
I 11 II I'.DIA.
Escucho v pienso.
LOLA.
¿En qué? 111 RF.DIA.
En la falseta ile tu discurso, y no acierto... I'ero ¿qué me mandas?
l.ni.A.
Vengan '■sus cañitas. ¡Qué hombre!
I li REDIA. Tomando y repartiendo /di cañas de manzanilla.
Servida. Vino sin juerga;
por una vez, A Rosario.
señorita...,
Í
tisé Luis. )n José...
LA.
Cuando se deja líi r ierra en que se ha nacido, BUsta llevarse en la lengua
A LOS PUERTOS
y en los labios un poquillo del sabor del jugo de ella. Antes de beber, los cuatro se miran unos a otros, sintiendo la solemni dad del momento y la compleja an¬gustia de una situación que hay que despejar definitivamente. Es preciso que ¡osé Luis y Lola ha¬blen. Así lo quieren también Rosa-it'o y licredia. Y entonces, des¬pués de beber sus cañas, se for¬man dos parejas y se entablan dos diálogos paralelos. Rosario lleva a Heredia—que se deja hacer—hacia la mesa donde está la guitarra. José Luis procura apartarse con Lola todo lo posible.
ROSARIO. A Heredia, apartándose un poco con él.
Oiga, maestro: ¿es difícil
la guitarra?
I IF.REDIA.
Hay dos maneras de aprender.
ROSARIO.
Dígame. Se aparta algo.
JOSÉ LUIS.
¡Lola!...
I IKRI.DIA.
Como en todo: una es paciencia, y es la otra...
LOLA.
A cara o cruz lo echamos, a mar o tierra. La suerte parece que decide soltar las velas.
JOSÉ LUIS.
¿Yo nada soy para ti, Lola?...
LOLA.
Sí, lo que se deja cuando se elige.
JOSÉ LUIS.
No es mucho.
525
MANUEL Y ANTONIO MACHADO. —TEATRO
LOLA.
Más de lo que tú te piensas.
Y acuérdate de la copla:
«Sólo un corazón de piedra
elige entre dos amores
sin que ninguno le duela.»
JOSÉ LUIS. Si has elegido.
LOLA.
Yo acepto lo que Dios quiso que fuera.
Y no me acobardo. Pronto
irán la Lola y Heredia
por esos mares de Dios
navegando hacia otras tierras,
la canción y la guitarra
solas bajo las estrellas.
Iré contenta hacia el mar,
porque de niña me tienta
un antojo de saber
si es tal como lo ponderan,
y de escuchar, si es posible,
el cante de las sirenas,
y porque el arte flamenco
empieza a ser cosa vieja,
y... porque no quiero, ¿sabes?,
quererte ni que me quieras.
HEREDIA. A Rosario. Para eso se ha menester una concepción flamenca del mundo y saber decir con gracia dos cosas serías.
ROSARIO. ¿Y es una?
HEREDIA.
¡Tu cuerpo, niña!
ROSARIO. ¿Y la otra?
HEREDIA.
¡Réquiem eternan!
JOSÉ LUIS. A Lola.
¿Porque no quieres quererme huyes de mí y de la tierra en que nacimos?
LOLA.
Lo digo de verdad y tan serena como ese mar. Y si miento, que ese mar se nos revuelva y nos trague.
HEREDIA. Sigue hablando con Ro sario.
La guitarra
tiene también ocurrencias
propias.
ROSARIO.
¿Qué dice usted?
HEREDIA.
Que algunas veces contesta al tocador, y le dice lo que se le antoja a ella, y hay que dejarla. O mejor, hay que sentir en las yemas de los dedos lo que quieren decir al temblar las cuerdas. Filosofía: tres tiempos tiene mi arte y tres faenas. La primera es traducir al flamenco las seis lenguas de la guitarra, que es una babel de madera. Luego tiene que decir algo: lo que se le enseña. Al fin, cuando la guitarra sabe cosas, siente y piensa por sí misma y ya no es instrumento, es compañera del tocaor.
LOLA. A José Luis.
¿Qué te extraña? ¿Tan raro es que Lola sea la mujer de un guitarrista? Más estrambótico fuera lo que tú me proponías.
JOSÉ LUIS.
¿Será verdad que no puedes dejarlo?
LOLA.
¡Dejarlo!
JOSÉ LUIS.
¡Sí!
LA LOLA SE VA
LOLA.
¡Si vieras que mal suena esa palabra!
ROSARIO. A Heredia.
Y usted, Rafael...
I II:REDIA.
Diga.
ROSARIO.
Pudiera solo, es decir...
I [EREDIA.
Sí, comprendo. Desde Granada hasta Huelva, desde Cazorla a Sanlúcar, me llamo el maestro Heredia.
ROSARIO.
Lo sé; pero le pregunto otra cosa.
HEREDIA.
Y yo quisiera contestarle. Lola y yo venimos siendo pareja de flamenco, y esto tiene muchísima trascendencia. l.ola es la canción, y yo,
I el toque; pero con letras mayúsculas, es decir, que entre los dos se completa algo muy grande.
ROSARIO.
Sin duda. I IlíKl-DlA.
I Ina relación flamenca [ de hombre y mujer, que no es
un matrimonio cualquiera
rime cristiano y cristiana,
«ino algo más.
JOSÉ LUIS. A Lola.
Pero deja hablar a tu corazón v que él diga lo que sienta. El mío, en cada oleada ile sangre que da a mis venas, dice: Lola, Ixjla, Lola, y lo dice todo.
A LOS PUERTOS
LOLA. Por Rosario.
¿Y ella?
ROSARIO. A Heredia. ¿Qué haría usted?
HEREDIA.
¿Yo? Lo que usté. ¿No lo ve usté? Pero...
ROSARIO.
Heredia...
HEREDIA.
Permítame que le diga que no es camino.
ROSARIO.
¿Usted piensa? HEREDIA.
Quien piensa es usté; usté quiere
ahora demostrarle a ella
quién es la más generosa.
De paso que le demuestra
a José Luis eme a usté
sus achares no la queman.
¡I'csqui!
ROSARIO.
No. Yo quiero el bien de lodos... Sólo que..., Heredia...
HEREDIA.
Lo que está de Dios sucede. Por mí no pase usted pena.
ROSARIO.
Es usted un hombre cabal.
1 IEREDIA.
Y usté una mujer de veras.
TOSE LUIS. Sigue hablando con Lola.
Pero ¿puedes tú tener
una voluntad tan recia?
Lola, yo te quiero. Yo
te quiero aunque uí no quieras,
y no te dejo marchar.
LOLA.
Es la suerte quien me lleva, José Luis. Nadie puede ir contra su sino.
526
527
MANUEL Y ANTONIO
JOSÉ Luis.
Esa no es la verdad... Dimc tú: ¿si los de Madrid aceptan?
LOLA. ¡Bah!
JOSÉ LUIS.
Pero si aceptan...
LOLA.
No, no sé..., déjame.
JOSÉ LUIS.
¡Mi reina!
ROSARIO. A Ueredia. ¿Una copla?
HEREDIA.
Puede ser una copla. Pero mientras, es una verdad muy grande.
ROSARIO. ¿Sí?
HEREDIA.
Para las tres parejas que estamos aquí.
ROSARIO.
No veo más que dos.
1 IRREDIA.
Tres. Ese y ella.
Ella y yo: la de flamenco.
Y usté y yo; tres, por mi cuenta. Rosario se ríe, y Lola aprovecha para cortar su aparte con José Luis, decidida a que todos hablen claro, con lo que la escena entra en una nueva fase, que culmina en la decisión final de I^ola a la llegada del parte de Madrid.
LOLA.
¿Qué es eso?
HEREDIA.
Conversaciones
MACHADO.—TEATRO
que aquí traemos, muy serias, doña Kosarito y yo.
ROSARIO.
Repítale la sentencia.
HEREDIA.
«Camino que no es camino, de más está que se emprenda; porque más nos descama cuanto más lejos nos lleva.»
LOLA.
Y eso..., ¿por quién va?
HliREDIA.
No va por nadie. Una copla nueva. Pero se puede cantar, serrana, al son que tú quieras.
Hay un silencio que rompe José
Luis acercándose a Lola.
JOSÉ LUIS.
Yo sólo te digo: Quédate aquí. ¡No te vayas!...
LOLA.
¡Ea! ¿Y tú, Rafael?
JOSÉ LUIS. Sin contenerse.
¡Qué importa!
HEREDIA, Sereno y dominándose. ¡Es verdad!... ¿Qué importa?
Loi.A. A Heredia, imperiosa.
Venr,i tu palabra.
HEREDIA.
No. Yo nada te digo. Lo que tú quieras es sagrado para mí.
ROSARIO.
¡Y para todos!... Heredia, ¡bien!
LOLA.
Pero mi corazón no es barco que se carena,
I.A LOLA SE VA
y, a fuerza de martillazos, hasta el hierro se blandea.
JOSÉ LUIS. Yo..., Lola...
LOLA.
José Luis... Por tu voz me habla la tierra en que nacimos; sus valles, sus montes y sus praderas tendidas al sol... La paz de una alegría sin fiesta. No sé por qué, al escucharte, siempre se me representa esa casita en el campo que dice la copla... Aquella de «Vente conmigo, haremos una chocha...»
JOSÉ LUIS.
¡Sí, reina,
,":
LOLA.
Pero otra voz más grande y más adentro me llega.
(OSÉ LUIS. ¿Cuál?
LOLA.
La del mar... Es como un suspiro inmenso... Y ésa no sé lo que dice, pero tan hondo en el alma suena que... ¡muchas veces, más bien creo que me sale de ella!
ESCENA VII
DICHOS Y DON DIEGO
I )ON DIEGO. Dios guarde a la buena gente, Lola...
I'IIA.
Mande usté, don Diego.
A LOS PUERTOS
DON DIEGO.
Lola..., ¿me perdonas?
LOLA.
¿Yo? DON DIEGO. ¿Me perdonas?
LOLA.
Yo, ¿qué tengo que perdonarle? Usté a mí, si acaso.
DON DIEGO.
No hablemos de ello. Desde el fondo de mi alma te he perdonado. Y te quiero, pero de distinto modo, Lola, como debe un viejo querer a una niña.
LOLA.
¡Vaya!... Y ha venido usté, ¡qué bueno!, a despedirme; no sabe usté cuánto se lo agradezco...
DON DIEGO.
Conque a América... ¿Y por qué irse, chiquilla, tan lejos? Teníais en Madrid—me dijo ésta—un contrato soberbio.
LOLA.
Le ha dicho... ¡Ah, vamos!
ROSARIO.
YO, lío, no he dicho. Es que aguardo..., (creo... LOLA.
Muy bien... Pues no han contes-ni contestarán..., a menos [tado; que...
ROSARIO.
Todavía...
528
529
MANUEL Y ANTONIO
ESCENA VIH
DICHOS Y CRIADA
CRIADA.
Señorita
Lola. Aquí han traído esto
para usted. Entrégale un telegrama.
ROSARIO. Aparte.
¡Gracias a Dios! LOI.A. De Madrid.
HEREDIA.
Llegó el momento.
ESCENA IX
DICHOS, MENOS I.A CRIADA
ROSARIO.
Ya ves cómo vino.
LOLA.
Sí. ROSARIO. Ahora...
JOSÉ LUIS.
- Lola!
ROSARIO.
A ver. DON DIEGO.
Sí, a verlo.
LOI.A. Dando el telegrama, sin abrir, a Hcredia.
Toma. Ya sé lo que dice.
IIIÍREDIA. Devolviéndoselo, sin abrir¬lo tampoco. Yo también.
ROSARIO.
¿Quieres leerlo? LOLA.
Por ti, nena... «Condiciones
absurdas...»
530
MACHADO.—TEATRO
ROSARIO. Delatándose.
¡No dice eso! LOLA.
¡Claro que no! Pero... ¿cómo
lo sabes tú?
ROSARIO.
¿YO? Sospecho...
LOLA.
Y yo también. ¡Señorita Rosario, señor don Diego, José Luis!... Ya está bien, ¿vamos a dejarlo?
DON DIEGO. Leyendo el telegrama que loma de manos de Lola. «Acepto
condiciones...» Pues tenía
ésta razón. Por Rosario.
LOLA.
Ya lo creo...
DON DIEGO.
¿Y qué respondes?
LOLA.
YO, nada. ¿Y lú, Rafael?
IIEREDIA.
YO, menos. Pero tengo que decirte: de ir tan allá siempre hay tiempOj de alejarse tanto, de poner esa mar por medio de la gente que uno quiere, de...
LOLA.
¿Tienes tú mucho miedo de embarcarte?
IIEREDIA.
¿Yo? Ninguno. Pero tú piensa que...
LOLA.
Bueno. Rompiendo el telegrama. Esta es la contestación.
A LOLA SE VA
I 11 KUDIA.
¿Qué haces?
I CHA.
¿No lo ves? Romperlo. ¿No pudo salir el barco hace una hora? Pues hecho. Ya estamos en alta mar. ¿Qué le parece, don Diego?
I ION DIEGO. Que eres la misma de siempre; lo que tú quieres...
LOLA.
Lo quiero, ésa es la razón. A todos, mi gratitud y mi aprecio, y a cada cual lo que quiera ¡le mí... con el pensamiento. Porque todo me parece poco para ustedes... Pero mi persona tiene ya su destino..., malo o bueno; conque... dejar a esta pobre cantaora de flamenco que vaya por su camino sin cortarlo ni torcerlo. Y otra vez gracias... Y aviva, Rafael, que se va el tiempo.
111.HEDÍA. Espera...
ROSARIO.
¡Lola! LOLA.
¡Rosario!... KOSARIO.
¿No hay remedio?
LOLA.
No hay remedio. ROSARIO. Me venciste. Pero mira lo que dejas.
LOLA.
Lo que dejo lo sé yo mejor que nadie, nena, y también lo que llevo.
ROSARIO. Por José Luis. Me da pena de él.
A LOS PUERTOS
LOLA.
Sus males son de los que cura el tiempo y esos ojos.
ROSARIO.
No. ¿Qué dices? Nada queda en mí de aquello...
LOLA.
Para quererlo, ya es algo el no tener que quererlo. Acuérdate.
ROSARIO.
Y tú de mí.
HEREDIA. A Don Diego. Ella manda y yo obedezco.
DON DIEGO.
¿Cuándo embarcáis?
HEREDIA.
A las siete viene el bote a recogernos.
DON DIEGO.
Vosotros, la mar afuera, y nosotros, tierra adentro.
LOLA.
A Sevilla.
DON DIEGO.
NO. Ahora, al campo. Después..., después... ya veremos. Vamos, niña, bien está; y tú, joven inexperto, a viaje largo, adiós corto. Y, si es posible, hasta luego. Se van con Rosario.
JOSÉ LUIS. Adiós, Lola.
LOLA.
Adiós, José Luis. Se aleja hacia el fondo de la te¬rraza.
HEREDIA. Dirigiéndose a José Luis, conciliatorio, y, luego, enérgico.
531
Verdad. ¿Y hoy te apena? cantan, pero no se besan.
MANUEL Y ANTONIO
Ya usté ve que he hecho lo que he podido. Si usté no lo ve, o no quiere verlo, usté sabe que me tiene a todo-y siempre—dispuesto.
Aun hay lugar.
Tosí Luis. Convencido de la ted¬iad de Heredia, te ¡¡ende la mano. Sin rencor. ¿Quiere usted?
HEREDIA. Tomando stt mano entre las dos suyas, y conmovido.
¡Cómo Si cimero!
JOSÉ LUIS.
Y sea usted muy tete
con ella.
HEREDIA.
Gracias... Veremos..-
ESCENA X LOLA Y HEREDIA
HEREDIA.
Las seis... 1-Xila...
L°LA' ¿Qué m quieres?
HEREDIA. ... ¡na
A ver... ¿Que es eso? CMJ rc" llorosa?...
No hay despedida, dice el cantar, que no duela. El que se despide, siempre lleva un polvillo de tierra en los ojos.
HEREDIA.
Puede ser.
LOLA. ...
Y sobre todo, si de]a... el'terreno en que ha nacido.
HEREDIA. ¿Y no más?
MACHADO.-TEATR<
I.OI.A. ,,
No más, Heredia. ¿Cuándo viene Pato?
HEREDIA.
Pronto.
Se oye la sirena de un barco.
LOLA.
¿Has oído?
IIl.RKDlA.
La sirena de un barco.
¿Del nuestro?
Lo i. A.
HEREDIA.
No.
El nuestro tiene más recia la voz. Pronto sonará. Eso es un pito de feria. ¡'ansa.
¿Te gusta la mar?
LOLA.
De niña
soñaba mucho con ella.
Era una mar de juguete,
con sus barquitos de vela,
todo de plata y con remos
de coral.
HKREDIA.
Y ahora, a su vera, ¿qué te parece?
LOLA.
Me gusta;
no está mal, ancha y serena...
i
HEREDIA.
Y con la sal por arrobas. De las tres cosas flamencas que hizo el Señor, me parece que la mar es la tercera.
LOLA.
Las otras dos, Rafael, ¿cuáles son?
J IEREDIA.
¿Quieres saberlast
La garganta de la Lola
LOLA SE VA
y la guitarra de Heredia. ¿Qué te parece?
LOLA. „ ,
Conformes.
larga pausa. Heredia va a hablar
varias veces y se arrepiente.
1IEREDIA. I «la...
I.OLA.
HEREDIA.
Me llamo.
¿Te acuerdas?
I.OI.A.
¿De qué, Rafael?
111.REDI A.
Venías tú, con tu madre, de Ecija;
£
, del Puerto; hacia Sevilla i dos.
I.OLA.
Recuerdo, en Utrera. De entonces acá, diez años.
HEREDIA.
Diez años de juerga en juerga, y de tablado en tablado, y de tormenta en tormenta, llevamos por esos mares del zumo de las bodegas; dos hermanos de flamenco, tocando y cantando penas. La canción y la guitarra, cuerpo y sombra, tronco y yedra. Diez años van que soy todo lo que quisiste que fuera; no lo que yo pretendía, hola.
LOLA.
HEREDIA. ...
No, mujer. Pero a la orilla de la mar, cuando se empieza un viaje largo, conviene un repasito de cuentas del corazón; no ha de ser todo arreglar las maletas.
LOS
PUERTOS
Tres cosas tiene un viaje que importan: lo que se queda en la tierra que dejamos; lo que se busca o se espora, que es la razón de pasar el charco, y lo que se lleva. Yo dejo poco, no busco nada, porque no me tientan la gloria ni la fortuna; llevo un corazón en pena que hace hablar a la guitarra lo que ha callado la lengua diez años, que no son pocos, de sed junto al agua fresca. Lola, yo te quiero, dice mi guitarra cuando suena; y, cuando cambia de tono, dice: ¡Si tú me quisieras! Diez años mi corazón encerrado en la madera de esta cajú..., que no es su si lio, aunque Ui lo creas.
LOLA.
Diez años de aquella noche tan euajadita de estrellas como el manto de la Virgen. La Lola también se acuerda.
HEREDIA. ¿Es verdad?
LOLA.
Sí, desde entonces, llevamos la sed a medias; pero ¿dónde está la fuente, Rafael?
HEREDIA.
¿Dónde? Muy cerca, en tus labios. Se acerca a Lola para besarla.
LOLA. Apartándose.
No, Mis labios
HEREDIA,
Escúchame, Lola: aun es tiempo de que te arrepientas, de tomar lo que dejaste y de cambiar lo que llevas, que las palabras no obligan más que en los tratos de feria.
532
MANUEL Y ANTONIO MACHADO.—TEATRO
LA LOLA SE VA A LOS
PUERTOS
que perder. ¿Y esa guitarra, patrón?
I IEREDIA.
Yo mismo la llevo.
PATO. ¿Y esc mamón?
LOU.
Tiene dueña. Se lo pone y se va con ¡ieredia de la mano, por el fondo derecha, don¬de se supone la escalerilla ¡¡lie baja il la playa. I'.l bolero los contem¬pla un momento encantado, y se va en seguida Iras ellos.
Pero si tú has elegido con el corazón...
LOLA.
Heredia, el corazón de la Lola sólo en la copla se entrega. Déjame besar tus manos, y adiós.
HEREDIA. Con asombro.
¿Adiós? LOLA.
Cuando venga
Pato, la Lola se embarca,
y ni, Rafael, te quedas
libre como el aire. Si
era de verdad cadena
nuestra unión, no hay que llevarla
más tiempo, sino romperla.
I IEREDIA.
¿Tú has elegido?
LOLA.
Entre dos amores, el de más fuerza y el mejor.
HEREDIA.
¿El mío?
LOLA.
¡I'.l tuyo! Por él dejé—no me pesa— un amor muy parecido al que declara tu lengua, y porque no se manchara ese de que tú reniegas, amor de copla y guitarra, que junta una misma pena. Diez años, verdad: tú, fiel a mi canción; yo, a las cuerdas de tu guitarra. Un amor que se sabe y no se mienta era el nuestro. Yo creía que era el mejor de la Tierra. Si a ti hoy te duele...
HEREDIA.
No, Lola.
LOLA.
Te duele, porque quisieras cambiarlo por otro... ¡Adiós!
HEREDIA. ¡Adiós, no!
LOLA.
La Lola lleva en su garganta más oro que necesita; y a Heredia con su guitarra le sobra para vivir. Suena la sirena da un barco. ¿La sirena del barco?
Sí.
HEREDIA. LOLA.
Déjame
sola, Rafael.
1 IEREDIA.
No puedo.
LOLA.
¿Qué es no poder?
I [EREDIA,
Donde vayas, contigo iré, no te dejo; por la sierra y por la mar, la sombra soy de tu cuerpo; yo me arrancaré la lengua para guardarte silencio, y me saltaré los ojos si quieres, ¡seré tu ciego! Pero, donde Lola cante, toca Heredia.
Así te quiero,
LOLA. Rafael.
ESCENA XI DICHOS Y PATO
PATO.
Al fin, ¿nos vamos? LOLA.
Nos vamos, sí.
PATO.
Pues no hay tiempo
PATO.
Matrimonio más flamenco
no lo vio la mar. Vase. Cuando se supone que ha pa¬sado el tiempo para llegar al bote, se oye música de guitarra y la voz del botero, que canta desde el mar:
«La Lola. La Lola se va a los Puerlos, la Isla se queda sola.»
Y.l telón empieza a descender, pero cuando se oye el comienzo de la copla se detiene. Al lermiimrse de oír es cuando cae ya, definitiva¬mente, el
r v. i. o N
534
