La Primera República : 10

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Mi perplejidad al oír la frase de Celestina duró segundos no más. Luego la emprendí con ella en esta forma: «¿Qué es eso, se burla usted de mí? Pues sepa que no lo aguanto. Ándese con cuidado, que tengo mal genio.

-¡En buena ocasión viene usted con sus rabietas! -me dijo secamente, poniéndose en jarras-. ¿Le parece al don Fuguilla que está una para incomodarse y para reñir en un día como este? Sepa el cascarrabias que hoy, para celebrar la mejoría de mi santo señor, he ido a confesar y he tomado la comunión. Conque pocas bromas, amigo. No se me hable hoy de nada que me encienda la cólera, ni de nada que tenga olor de pecados. Ya, cuando le vi entrar, cometí sin pensarlo un pecadillo de habladuría al soltar el chisme de que la señora... tal y qué sé yo...

-Me dio usted a entender que estaba descontenta de mí.

-Pues con toda mi alma en la boca y con toda la limpieza que hoy, gracias a Dios, llevo en mi conciencia, le digo al pequeño don Tito que la señora tiene ya noticia de sus trapicheos con María de la Cabeza, la Felipa, la Lucrecia, la de Durango, esta otra que vende cajas de muertos, la Obdulia, y eche usted céteras y céteras... En todo esto no ve la señora más que el melindre de usted y su fuego natural. Por lo que no pasa es porque sea usted, como le han dicho, un hombre de creencias ateístas, o verbigracia, anticatólicas. Si quiere usted agradar a la señora, váyase a misa todos los días, que ella lo sabrá, sin que nadie se lo cuente, por los duendes angélicos...».

Me entró tal arrebato que agarré la tabla de picar carne, y a punto estuve de estampársela en la cabeza... Afortunadamente me contuve a tiempo. Valía más tomarlo a risa; tales desatinos no merecían mi cólera.

«Hoy no está usted en sus cabales, Celestina -le dije-. La santidad, tomada en ciertos días a grandes tragos, como hace usted, suele subirse a la cabeza. Me voy, no sin advertirle que como siga usted burlándose de mí ya le ajustaré las cuentas». Desde la cocina a la puerta saludé a dos curas que entraban, y oí la voz cascada de don Hilario cantando Alleluia, Alleluia...

De este arrechucho me alivió el desastre del Ministerio, que fue como si cayera de manos de un niño la caja de juguetes de barro, rodando por el suelo las figuras desportilladas. No me causaba pena Estévanez, pues bien conocía yo sus ganas de soltar la carga, ni José Fernando González, hombre de gran mérito que habría hecho mucho si le dejaran mimbres y tiempo; sentí la catástrofe por el insignificante, honrado y candoroso Ladico, que pasó por Hacienda sin pena ni gloria. A ese buen señor, por cuatro palabras que dijo una tarde en el banco azul, le arreé un desmesurado bombo en las Crónicas que yo hacía para no sé qué periódico. Quedó el hombre tan agradecido, que me buscó en los pasillos de la Cámara, hizo que me presentaran a él, y me dio las gracias con extremadas demostraciones de amistad. No es necesario decir que despachó favorablemente todas las recomendaciones que mis espíritus familiares le hacían en nombre mío...

Del origen de su candidatura para Ministro se contaron cosas chuscas. Vagaba el hombre, solitario, por el Salón de Conferencias, acordándose de su patria lejana (Mahón) y de su establecimiento comercial, cuando llegó un amigo y le soltó esta bomba: «Ladico; acaban de elegirle a usted para la Cartera de Hacienda». Por de pronto no dio crédito a lo que oía; mas cuando se persuadió de que era cierto, la sorpresa le tuvo suspenso y mudo largo rato... Su primer cuidado fue poner un telegrama a su esposa, y al día siguiente, un mallorquín amigo de la familia recibió otro despacho concebido en estos términos: «Estoy en una ansiedad muy grande. Dígame si mi marido se ha vuelto loco. Me asegura que le han hecho Ministro de Hacienda». Era don Teodoro Ladico un buen hombre, sencillo y modesto; entendía de negocios, y manejaba los libros de contabilidad como experto comerciante.

La salida de Benot fue ciertamente lamentable. Varón recto y de poderosas iniciativas, de seguir en Fomento hubiera hecho mucho más que las Leyes regularizando el trabajo de las mujeres y los niños, y la creación del Instituto Geográfico y Estadístico... Ved ahora la lista de las nuevas figuras con que Pi y Margall sustituyó a las que habían rodado por el suelo: Maisonnave, Estado; Gil Berges, Gracia y Justicia; General González, Guerra; Pérez Costales, Fomento; Carvajal, Hacienda; Súñer y Capdevila, Ultramar. El único que quedó del Gobierno anterior fue Anrich, Ministro de Marina, el cual, poco después, tuvo a bien pasarse a los carlistas. El programa de Pi y Margall, al presentar a las Cortes el nuevo Gabinete, se condensaba en estas dos palabras: Orden, Gobierno.

Aterrado por el crecimiento de la insurrección carlista, el Gobierno solicitó el asenso de las Cortes para tomar desde luego todas las medidas extraordinarias que exigiese la gravísima dolencia de la Nación. Sólo halló resistencias en el grupo de los Intransigentes, que ante la idea de ver suspendidas las garantías constitucionales, pusieron el grito en el cielo, acusando a Pi de atentar contra la Democracia y el principio Federal.

En las enconadas discusiones que con este motivo se produjeron, tuvo el Gobierno un brioso refuerzo con la súbita presencia en Madrid del diputado Antonio Orense, hijo del Marqués de Albaida. Se daba el caso extraordinario de que este noble anciano acaudillase el grupo más demagógico de la Cámara, y el hijo, mozo y muy baqueteado ya en la política y en la guerra, fuese uno de los gubernamentales más convencidos y discretos. En la guerra franco-prusiana batalló en la legión de garibaldinos. Ya proclamada la República en España, organizó un batallón para combatir a los carlistas, y en esta campaña tuvo ocasión de apreciar hechos mil de que eran responsables los Intransigentes por su conducta ante la indisciplina militar.

Fuerte con los datos que le dio la realidad por él observada, Antonio Orense refirió casos vergonzosos, y revolviéndose contra los federales fanáticos arrojó sobre ellos estas tremendas acusaciones: «La Patria se pierde; se pierde también la República. ¿Sabéis por qué? Porque habéis venido a demostrar que cuando aquí reinaban los Borbones nadie se atrevió a levantar la cabeza, y todos eran siervos humildes, mientras ahora que se nos ha dado la República, todos se atreven a insurreccionarse. ¡Ya sé yo que si estuviéramos bajo el yugo oprobioso de las dominaciones Borbónicas, no tendríamos tantos héroes de barricada!».

Trinaron y tronaron los Intransigentes con agrias y roncas voces; mas la filípica de Antonio Orense llevó la persuasión a todos los diputados, menos al padre del orador y a la partida de locos furiosos que le tenía por jefe y profeta. El que más alborotaba con la palabra y con el gesto era Casalduero, diputado por Brihuega. Entre los más inteligentes debo señalar a Díaz Quintero y a Ramón Cala, ambos amigos míos. Tal vehemencia y furor empleaban en su acción parlamentaria, que los que no les conocían juzgábanles como hombres atrabiliarios y feroces, absolutamente intratables en sociedad. Nada menos cierto. Tanto Quintero como Cala eran fuera de la política caracteres de dulce trato, fáciles a la amistad, esquivos para todo lo que no fuera correcto y digno. Detrás de sus vociferaciones no lució nunca la menor chispa de ambición. Mantuviéronse incorruptibles en toda su vida política: ni por nada ni por nadie cedían un ápice de su intransigencia huraña. De ellos decía Nicolás Estévanez que eran los energúmenos más angelicales que había conocido.

En tanto, los Voluntarios de la República, vistiendo de continuo innecesariamente el uniforme, se paseaban por Madrid arrastrando los sables, y sin que nadie los llamara se metían en el Congreso a pasar la tarde, como si aquello fuera un Casino. Por no sé qué inconveniencia del Gobernador civil don Juan Hidalgo se armó recia trapisonda en las Cortes. Vino luego la votación definitiva del Proyecto de Ley que el Gobierno creía indispensable para dominar la guerra carlista. Terminado el acto, pidió la palabra con solemnidad pontifical el Marqués de Albaida, y habló así: «Me levanto únicamente a decir que, visto lo que sanciona esta Cámara y la conducta del Gobierno, la minoría se retira de estos bancos». Los diputados vieron con más jovialidad que indignación el éxodo aparatoso de treinta señores, precedidos por el honrado patriarca de la Intransigencia don José María Orense.

El mandadero de las Servitas de la calle de San Leonardo, Cástulo Verdugo, consuegro de Celestina, me trajo una mañana la noticia de que había muerto a media noche el santo varón don Hilario de la Peña... El pobrecito cura había pasado tranquilo la prima noche, acompañado de sus amigos los clérigos de la vecina parroquia. De pronto le entró comezón de risa, ganas de juego; pidió que le llevaran los gatitos, metidos dentro de su bonete. Luego le dio por llorar. Atribulada, Celestina le hizo el dúo, y los sacerdotes amigos rezaron quedito. Uno de ellos, don Mariano Medialdea, varón docto, perito en muertes, anunció que su querido amigo llegaría dentro de pocos instantes a la presencia del Señor. En efecto, tranquila y dulce fue la agonía del cura venerado y amable que supo cumplir sus deberes, y si se excedió generosa y humanamente en el amor, no dio jamás entrada en su alma grande a ninguna clase de rencores.

Sin alteración intensa en la faz, risueña la boca, fatigoso el aliento, pronunciando retazos de locuciones infantiles y truncadas palabras de indescifrable sentido; haciendo caricias con inquietos dedos a las cabezas y patitas de los graciosos gatines, fue resbalando hacia la negra divisoria entre la vida terrena y la eternidad... Cuando le trajeron la Extremaunción, que recibió sin enterarse de ello, los buenos amigos sacerdotes juzgaron decoroso retirar de las manos del moribundo los mininos, que tanto en sus últimos días le divirtieron y embelesaron... Momentos antes de expirar se vio que los dedos trémulos arañaban la sábana, requiriendo su juguete... Don Mariano Medialdea le acercó uno de los animalitos, y en la última vibración muscular de los dedos yertos de don Hilario quedó prendida la blanda oreja del micho travieso... Oyose un leve mayido, y... Requiescat.

Como no podía ir al entierro porque en la oficina se nos había ordenado asistencia puntual, visité antes de las dos la casa mortuoria. En la biblioteca, convertida en capilla ardiente, yacía el difunto don Hilario vestido con lujosa ropa sacerdotal. Su rostro expresaba el infinito sosiego del sueño de un hombre justo. Las llamas oscilantes de la doble hilera de hachones repartían su triste claridad entre el varón muerto y las innumerables personas que lo velaban. Conté como unas veinte mujeres enlutadas, luctuosas; algunas, jóvenes y bonitas, otras, adolescentes, casi niñas. Entre ellas vi, sentados o de rodillas, unos cuantos hombres de cierta edad, y mocetones guapos, acompañados de algunos pequeñuelos.

Todo esto lo contemplé silencioso desde la puerta, pues no quise internarme en la biblioteca por no turbar el tranquilo dolor de aquella buena gente. Cerca y de espaldas a mí estaba una mujer que al ponerse en pie mostró un cuerpo esbeltísimo, perfecto, de una proporción exquisita... No pude ver más. La hermosa figura, cuyo rostro me era desconocido, avanzó internándose, y desapareció al otro lado de la cama imperial. En esto salió Celestina, lacrimosa, afilada la nariz y afiladas todas las facciones de tanto llorar. Retirándonos al pasillo hablamos un momento:


ELLA.- ¡Qué desdicha, don Tito! Aunque hace días lo veíamos venir, yo no tengo consuelo. Créame usted, era un santo.


YO.- Un santo, sí. Ahora se aprecia todo el bien que hizo. La casa está llena de gente agradecida y piadosa.


ELLA.- Todos los que usted ve son familia del señor.


YO.- Ya está claro, Celestina. Por familia se entiende los hijos y las hijas del patriarca que ha fenecido anoche.


ELLA.- No he dicho hijos mismamente... mas tampoco negaré que lo sean los más y las más que aquí se ven. Y, en fin, sea lo que fuere, yo vuelvo a decir que era y es un santo. Muchos de los que están en los altares no sirven para descalzarle el zapato.


YO.- Estamos de acuerdo. Yo también digo que...


ELLA.- Basta ya, que no es ocasión de habladurías... Váyase a su Ministerio, y no falte al funeral, que será lucidísimo. Mañana habrá misas en San Marcos. Véngase.

Allá me fui tempranito, no precisamente movido del deseo de sacar pronto del purgatorio el alma de don Hilario (pues si este era un santo, los sufragios holgaban), sino más bien cediendo a la irresistible atracción de un interés profano. Entré en la parroquia. En diferentes capillas se celebraban oficios de difuntos. Reconocí los que me interesaban por la asistencia de algunas personas que había visto el anterior día en la casa mortuoria. No cesaba yo de atisbar las mujeres vestidas de negro, arrodilladas de espaldas a mí. La escasa luz del templo no favorecía mis investigaciones. Por fin, se aclaró el recinto. El sol vino en mi ayuda despejando el cielo y metiendo rayos de luz por los altos ventanales... Allí estaba: era ella, la figura estatuaria que vi en la cámara ardiente. No podía ser otra. Adquirí la certeza cuando se puso en pie terminadas las misas. Aguardé ansioso la salida para poder verla de frente; pero tardó un rato, porque se puso a charlar con otra señora; luego se agregaron dos niñas y un monaguillo.

Cuando observé que el grupo parecía próximo a disolverse tomé posiciones, calculé distancias para coger al paso a la incógnita y aún no bien vista belleza... Llegó el momento. La ideal figura enlutada describió una suave curva para recorrer el camino desde la capilla a la puerta de la calle. ¡Ay de mí! Cuantas perfecciones había forjado mi fantasía pensando en ella, resultaron desvirtuadas por la realidad. ¡Qué asombro de mujer! Como dijo Celestina, el secreto de su extraordinaria belleza era la extraordinaria proporción.

Presa de un vértigo de galantería, de cariño, fui andando junto a ella, y luego me adelanté algunos pasos para poder ofrecerle agua bendita. En este acto quise poner tanta finura como respeto, y me resultó la comunicación más espiritual y ultraterrena que yo pudiera soñar. Tomó ella el agua, y se cruzó la frente con la cabritilla negra que forraba sus dedos. No puedo asegurar que me miró. Con una ligera inclinación de cabeza diome las gracias. Cuando abrí la puerta del cancel para que saliera, llevose a la boca el devocionario, como queriendo ocultar una leve sonrisa con que se dignaba obsequiarme. Fue una chispa de luz caída del cielo a la tierra.

Salí tras ella y la seguí con ojos ávidos.¡Qué talle, qué manos y pies! ¡Qué discretas anchuras donde la naturaleza, no el indumento, las ponía! ¡Qué cabeza, qué andares, qué aire de diosa!... Aceché su paso por la acera de enfrente, sospechando que volvería el rostro para mirarme. Me equivoqué... Al verla doblar la esquina de la calle de San Bernardino, metime de nuevo en la iglesia. Todo mi anhelo era apoderarme de Celestina Tirado, que charlaba con el sacristán y unas viejas santurronas. Esperé un ratito... le eché la zarpa. Olvidado del respeto que a la santidad del lugar debía, la llevé aparte, y con toda la fogosidad de mi alma, le dije: «Ya la he visto. Tenía usted razón. No es mujer; es una diosa.

-Cállese la boca, don Tito -me contestó poniéndose máscara de humildad compungida-. Repare que estamos en la iglesia. ¿Le parece a usted que es este sitio propio para hablar de diosas y embelecos mundanos? Ya que no tiene devoción, tenga recato y respete mi conciencia... que hoy la llevo tapadita con crespones.

-Sólo una cosa le preguntaré, Celestina. ¿Es hija del difunto?

-¡Ay, ay! ¡Por Jesús vivo, no me ruborice, no me hable de hijos, porque hablar de hijos es hablar de pecados! Hasta que pase el novenario, ni en mi pensamiento ni en mi boca hallará usted idea ni palabra que me recuerden aquel oficio... ¡Fuera de mí toda la tercería infame! Quiero ser buena. ¡Señor, déjame ser buena!...».

Creyendo que el aire de la calle disiparía sus escrúpulos la saqué de la iglesia, tirándole de un brazo... En la calle me dijo: «No sea terco... Repito que no sé si es hija o no es hija.

-Las facciones de la dama reproducen las del padre... Lo he visto.

-¡Huy, huy! ¡Vaya con la sarta de pecados que este hombre mundano me quiere restregar en la conciencia!

-Digame una sola cosa. ¿Dónde vive?

-¡Jesús; San José bendito! ¡Ya quiere ir...! No, no; nada sé. Mientras dure el novenario no me llamo Celestina, me llamo andana. Déjeme en paz».

Diciéndolo se metió en su casa, y apretó a correr portal adentro y escaleras arriba. Entré yo detrás de ella, y desde los primeros peldaños la despedí con desaforados gritos: «¡Farsante, hipócrita, corredora del Infierno! Lo que tú callas, Dios o el diablo me lo dirán».


La Primera República de Benito Pérez Galdós

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