La araucana primera parte: 041

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CANTO III 041
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La araucana primera parte none



Valdivia con pocos españoles y algunos indios amigos camina a
la casa de Tucapel, para hacer el castigo. Mátanle los araucanos,
los corredores en el camino en un paso estrecho y danle después
la batalla, en la cual fue muerto él y toda su gente por el gran
esfuerzo y valentía de Lautaro


¡Oh incurable mal! ¡oh gran fatiga,
con tanta diligencia alimentada!
¡Vicio común y pegajosa liga,
voluntad sin razón desenfrenada,
del provecho y bien público enemiga,
sedienta bestia, hidrópica, hinchada,
principio y fin de todos nuestros males!
¡oh insaciable codicia de mortales!

No en el pomposo estado a los señores
contentos en el alto asiento vemos,
ni a pobrecillos bajos labradores
libres desta dolencia conocemos;
ni el deseo y ambición de ser mayores
que tenga fin y límites sabemos:
el fausto, la riqueza y el estado
hincha, pero no harta al más templado.

A Valdivia mirad, de pobre infante
si era poco el estado que tenía,
cincuenta mil vasallos que delante
le ofrecen doce marcos de oro al día;
esto y aun mucho más no era bastante,
y así la hambre allí lo detenía.
Codicia fue ocasión de tanta guerra
y perdición total de aquesta tierra.

Ésta fue quien halló los apartados
indios de las antárticas regiones;
por ésta eran sin orden trabajados
con dura imposición y vejaciones,
pero rotas las cinchas, de apretados,
buscaron modo y nuevas invenciones
de libertad, con áspera venganza,
levantando el trabajo la esperanza.

¡Cuán cierto es, cómo claro conocemos,
que al doliente en salud consejo damos
y aprovecharnos dellos no sabemos
pero de predicarlos nos preciamos!
Cuando en la sosegada paz nos vemos,
¡qué bien la dura guerra platicamos!,
¡qué bien damos consejos y razones
lejos de los peligros y ocasiones!



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