La araucana segunda parte: 019
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CANTO XVII
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| La araucana segunda parte |
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Hace Millalauco su embajada. Salen los españoles de la isla,
levantando un fuerte en el cerro de Penco. Vienen los araucanos a
darles el asalto. Cuéntase lo que en aquel mismo tiempo pasaba
sobre la plaza fuerte de Sanquintín
Nunca negarse deben los oídos
a enemigos ni amigos sospechosos,
que tanto os dejan más apercebidos
cuanto vos los tenéis por cautelosos.
Escuchados, serán más entendidos,
ora sean verdaderos o engañosos;
que siempre por señales y razones
se suelen descubrir las intenciones.
Cuando piensan que más os desatinan
con su máscara falsa y trato estraño,
os despiertan, avisan, encaminan
y encubriendo, descubren el engaño;
veis el blanco y el fin a donde atinan,
el pro y el contra, el interés y el daño;
no hay plática tan doble y cautelosa
que della no se infiera alguna cosa.
Y no hay pecho tan lleno de artificio
que no se le penetre algún conceto,
que las lenguas al fin hacen su oficio
y más si el que oye sabe ser discreto.
Nunca el hablar dejó de dar indicio
ni el callar descubrió jamás secreto:
no hay cosa más difícil, bien mirado,
que conocer un necio si es callado.
Y es importante punto y necesario
tener el capitán conocimiento
del arte y condición del adversario,
de la intención, disignio y fundamento:
si es cuerdo y reportado o temerario,
de pesado o ligero movimiento,
remiso o diligente, incauto o astuto,
vario, indeterminable o resoluto.