La araucana segunda parte (Versión para imprimir)
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Preliminares
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| La araucana segunda parte |
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AL LECTOR
Por haber prometido de proseguir esta historia, no con poca dificultad y pesadumbre la he continuado; y aunque esta Segunda Parte de LA ARAUCANA no muestre el trabajo que me cuesta, todavía quien la leyere podrá considerar el que se habrá pasado en escribir dos libros de materia tan áspera y de poca variedad, pues desde el principio hasta el fin no contiene sino una mesma cosa, y haber de caminar siempre por el rigor de una verdad y camino tan desierto y estéril, paréceme que no habrá gusto que no se canse de seguirme. Así temeroso desto, quisiera mil veces mezclar algunas cosas diferentes; pero acordé de no mudar estilo, porque lo que digo se me tomase en descuento de las faltas que el libro lleva, autorizándole con escribir en él el alto principio que el Rey nuestro señor dio a sus obras con el asalto y entrada de Sanquintín, por habernos dado otro aquel mismo día los araucanos en el fuerte de la Concepción. Asimismo trato el rompimiento de la batalla naval que el señor don Juan de Austria venció en Lepanto. Y no es poco atrevimiento querer poner dos cosas tan grandes en lugar tan humilde; pero todo lo merecen los araucanos, pues ha más de treinta años que sustentan su opinión, sin jamás habérseles caído las armas de las manos, no defendiendo grandes ciudades y riquezas, pues de su voluntad ellos mismo han abrasado las casas y haciendas que tenían, por no dejar qué gozar al enemigo; mas sólo defienden unos terrones secos (aunque muchas veces humedecidos con nuestra sangre) y campos incultos y pedregosos. Y siempre permaneciendo en su firme propósito y entereza, dan materia larga a los escritores. Yo dejo mucho y aun lo más principal por escribir, para el que quisiere tomar trabajo de hacerlo, que el mío le doy por bien empleado, si se recibe con la voluntad que a todos le ofrezco.
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CANTO XVI
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En este canto se acaba la tormenta. Contiénese la entrada de los españoles
en el Puerto de la Concepción e isla de Talcaguano; el consejo general que
los indios en el valle de Ongolmo tuvieron; la diferencia que entre
Peteguelén y Tucapel hubo. Asimismo el acuerdo que sobre ella se tomó
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CANTO XVI
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Los cuatro poderosos elementos |
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CANTO XVI
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No la barca de Amiclas asaltada |
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CANTO XVI
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Luego, pues, que la súbita alegría |
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CANTO XVI
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La isleta es habitada de una gente
esforzada, robusta y belicosa,
la cual, viendo una nave solamente
venida allí por suerte venturosa,
gritando «¡guerra!, ¡guerra!», alegremente
toma las fieras armas y furiosa,
con gran rebato y priesa repentina
corre en tropel confuso a la marina.
En la falda de un áspero recuesto
en formado escuadrón se representa,
y nosotros, con ánimo dispuesto
a cualquiera peligro y grande afrenta,
arremetimos a las armas presto,
que el trabajo pasado y la tormenta
nos hizo a todos estimar en nada
cualquier otro peligro y gran jornada.
Con recobrado aliento y nuevo brío
corrimos al batel, de la manera
que si lejos de tierra en un bajío
encallada la nave ya estuviera;
y por los anchos lados el navío
sus dos grandes bateles echó fuera,
en los cuales saltamos tanta gente
cuanta pudo caber estrechamente.
No es poético adorno fabuloso
mas cierta historia y verdadero cuento,
ora fuese algún caso prodigioso
o estraño agüero y triste anunciamiento,
ora violencia de astro riguroso,
ora inusado y rapto movimiento,
ora el andar el mundo, y es más cierto,
fuera de todo término y concierto;
que el viento ya calmaba, y en poniendo
el pie los españoles en el suelo,
cayó un rayo de súbito, volviendo
en viva llama aquel ñubloso velo;
y en forma de lagarto discurriendo,
se vio hender una cometa el cielo;
el mar bramó, y la tierra resentida
del gran peso gimió como oprimida.
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CANTO XVI
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Cortó súbito allí un temor helado
la fuerza a los turbados naturales,
por siniestro pronóstico tomado
de su ruina y venideros males,
viendo aquel movimiento desusado
y los prodigios tristes y señales
que su destrozo y pérdida anunciaban
y a perpetua opresión amenazaban.
Desto medrosos, aguardar no osaron,
que, soltando las armas ya rendidas,
del cerrado escuadrón se derramaron,
procurando salvar las tristes vidas;
el patrio nido al fin desampararon
y con mujeres, hijos y comidas,
por secretos caminos y senderos
se escaparon en balsas y maderos.
Luego los nuestros, sin parar corriendo,
las casas yermas, chozas y moradas
iban en todas partes descubriendo,
las rústicas viandas levantadas,
y con gran diligencia preveniendo
los caminos, las sendas y paradas,
por cavernas y espesos matorrales
buscaban los ausentes naturales,
donde en breve sazón fueron hallados
algunos pobres indios escondidos,
otros en pueblezuelos salteados,
que aun no estaban del miedo apercebidos.
Mas con buen tratamiento asegurados,
dándoles jotas, llautos y vestidos
y palabras de amor, los aquietaban
y a sus casas de paz los enviaban:
dándoles a entender que nuestro intento
y causa principal de la jornada
era la religión y salvamento
de la rebelde gente bautizada
que en desprecio del Santo Sacramento,
la recebida ley y fe jurada
habían pérfidamente quebrantado
y las armas ilícitas tomado;
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CANTO XVI
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pero que si quisiesen convertirse
a la cristiana ley que antes tenían,
y a la fe quebrantada reducirse
que al grande Carlos Quinto dado habían,
en todas las más cosas convertirse
a su provecho y cómodo podrían,
haciéndoles con prendas firme y cierto
cualquier partido lícito y concierto.
Luego los instrumentos convenientes
al uso militar y a la vivienda
sacamos en las partes competentes,
que no hay quien nos lo impida ni defienda;
donde todos a un tiempo diligentes,
cuál arma, pabellón, cuál toldo o tienda,
quién fuego enciende y en el casco usado
tuesta el húmido trigo mareado.
La negra noche horrenda y espantosa,
cubriendo tierra y mar, cayó del cielo,
dejando antes de tiempo presurosa
envuelto el mundo en tenebroso velo;
no quedo pabellón, tienda ni cosa
que el viento allí no la abatiese al suelo,
pareciendo con nuevo movimiento
desencasar la isleta de su asiento,
hasta que el tardo y deseado día
las nubes desterró y dejó sereno
el cielo, revistiendo de alegría
el aire escuro y húmido terreno;
luego la trabajada compañía,
conociendo el instable tiempo bueno,
procura reparar con diligencia
del riguroso invierno la violencia.
Unos presto destechan los pajizos
albergues de los indios ausentados;
otros con tablas, ramas y carrizos
al nuevo alojamiento van cargados,
y sobre troncos de árboles rollizos
en las hondas arenas afirmados,
gran número de ranchos levantamos
y en breve espacio un pueblo fabricamos.
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CANTO XVI
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Del modo que se veen los pajarillos
de la necesidad misma instruidos,
por trechos y apartados rinconcillos
tejer y fabricar los pobre nidos,
que de pajas, de plumas y ramillos
van y vienen, los picos impedidos,
así en el yermo y descubierto asiento
fabrica cada cual su alojamiento.
Ya que todos, Señor, nos alojamos
en el húmido sitio pantanoso
y con industria y arte reparamos
la furia del invierno riguroso,
las necesarias armas aprestamos,
soltando con estrépito espantoso
la gruesa y reforzada artillería
que en torno tierra y mar temblar hacía.
En las remotas bárbaras naciones
el grande estruendo y novedad sintieron:
pacos, vicuñas, tigres y leones
acá y allá medrosos discurrieron;
los delfines, nereidas y tritones
en sus hondas cavernas se escondieron,
deteniendo confusos sus corrientes
los presurosos ríos y las fuentes.
Sintióse en el Estado la estampida
y algunos tan atónitos quedaron,
que la dura cerviz, nunca oprimida,
sobre los yertos pechos inclinaron.
Así avisados ya de la venida,
los instrumentos bélicos tocaron,
descogiendo por todas las riberas
sus lucidos pendones y banderas.
En el valle de Ongolmo congregados
los deciséis caciques araucanos
y algunos capitanes señalados
de los interesados comarcanos,
todos en general deliberados
de venir con nosotros a las manos;
sobre el lugar, el tiempo y aparejo
entraron los caciques en consejo.
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CANTO XVI
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Rengo también con ellos, que admitido
fue al consejo de guerra por valiente,
que, si ya os acordáis, quedó aturdido
en Mataquito entre la muerta gente;
pero volvió después en su sentido,
y al cabo se escapó dichosamente
que, aunque falto de sangre, tuvo fuerte
contra la furia de la airada muerte.
Caupolicán, en medio dellos puesto,
a todos con los ojos rodeando,
que con silencio y ánimo dispuesto
estaban sus razones aguardando,
con sesgo pecho y con sereno gesto,
la voz en tono grave levantando,
rompió el mudo silencio y echó fuera
el intento y furor desta manera:
«Esforzados varones, ya es venido
(según vemos las muestras y señales),
aquel felice tiempo prometido
en que habemos de hacernos inmortales;
que la fortuna próspera ha traído
de las últimas partes orientales
tantas gentes en una compañía
para que las venzáis en sólo un día;
y a costa y precio de su sangre y vidas
del todo eternicéis vuestras espadas,
y nuestras viejas leyes oprimidas
sean en su libre fuerza restauradas;
que por remotos reinos estendidas
han de ser inviolables y sagradas,
viviendo en igualdad debajo dellas
cuantos viven debajo las estrellas.
Y pues que con tan loco pensamiento
estas gentes se os han desvergonzado
y en vuestra tierra y defendido asiento
las banderas tendidas han entrado,
es bien que el insolente atrevimiento
quede con nuevo ejemplo castigado
antes que, dando cuerda a su esperanza,
les dé fuerza y consejo la tardanza.
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CANTO XVI
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Así, en resolución me determino
(si, señores, también os pareciere)
que demos con asalto repentino
sobre ellos lo mejor que ser pudiere.
Y nadie piense que hay otro camino
sino el que con su fuerza y brazo abriere,
que las rabiosas armas en las manos
los han de dar por justos o tiranos».
A la plática fin con esto puso
y el buen Peteguelén, viejo severo,
por más antiguo su razón propuso
como soldado y sabio consejero,
diciendo: «¡Oh capitanes!, no rehuso
de derramar mi sangre yo el primero,
que aunque por mi vejez parezca helada,
en el pecho me hierve alborotada;
pero sola una cosa me detiene
haciéndome dudar el rompimiento,
y es la cierta noticia que se tiene
que es mucha gente y mucho el regimiento;
así que claro vemos que conviene
gran resistencia a grande movimiento;
que siempre de estimar poco las cosas
suceden las dolencias peligrosas.
Que pues el sitio y puesto que han tomado
es por natura fuerte y recogido
del mar y altos peñascos rodeado,
por todas partes libre y defendido,
será de más provecho y acertado
que a su plática y trato deis oído,
y que no se les niegue y contradiga
pues que solo el oír a nadie obliga.
Que no podrá dañar y en el comedio
podréis apercebir y juntar gente,
y en secreto aprestar para el remedio
todo lo necesario y conveniente;
en las cosas difíciles dar medio,
proveer a cualquiera inconveniente,
atajar y romper los pasos llanos
y al cabo remitirnos a las manos...»
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CANTO XVI
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No pudo decir más; que ardiendo en ira
el bravo Tucapel con voz furiosa
diciendo le atajó: «Quien tanto mira
jamás emprenderá jornada honrosa
y si todo el Estado se retira
por parecerle que ésta es peligrosa,
yo solo tomaré sin compañía
las armas, causa y cargo a cuenta mía.
¿Por ventura tenéis desconfianza
de vuestras propias fuerzas tan probadas,
pues en cuanto arrojar pueden la lanza
y rodear los brazos las espadas,
dais causa que se note en vos mudanza
y que vuestras vitorias mancilladas
queden con bajo y mísero partido
y nuestro honor y crédito ofendido?
Pues entended que mientras yo tuviere
fuerza en el brazo y voz en el senado,
diga Peteguelén lo que quisiere,
que esto ha de ser por armas sentenciado.
Y quien otro camino pretendiere
primero le abrirá por mi costado,
que esta ferrada maza y no oraciones
les ha de dar las causas y razones.
Si los que así os preciáis de bien hablados
el ánimo os bastare y el denuedo
de combatir sobre esto en campo armados,
os probaré más claro lo que puedo;
mas queréisos mostrar tan concertados
que llamando prudencia a lo que es miedo,
por no poner en riesgo vuestra vida
a todo con parlar daréis salida».
Peteguelén responde: «Pues no halla
nunca en ti la razón acogimiento,
yo solo, viejo, quiero la batalla
y castigar tu loco atrevimiento:
de piel curtida armados o de malla,
con lanza, espada o maza a tu contento,
para mostrar que en justas ocasiones
tengo más largas manos que razones».
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CANTO XVI
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¡Quién pudiera pintar el rostro esquivo
que Tucapel mostraba contra el cielo!
Lanzando por los ojos fuego vivo,
no se dignando de mirar al suelo
dijo: «Al fin pensamiento tan altivo
ya es digno del furor de Tucapelo;
mas por mi honor y por tu edad querría
que metieses contigo compañía».
El viejo respondió: «Jamás de ajenas
fuerzas en ningún tiempo me he ayudado,
ni de sangre aún están vacías mis venas,
ni siento el brazo así debilitado
que no te piense dar las manos llenas».
Mas Rengo su sobrino, levantado,
se atravesó diciendo: «El desafío
aceto yo, si quieres, por mi tío».
«Quiérolo, pido y soy dello contento
-gritaba Tucapel-, y a diez contigo».
Mas saltando Orompello de su asiento,
dijo: «Tú lo has de haber, Rengo, comigo».
-«También emendaré tu atrevimiento,»
responde el fiero Rengo, «y más te digo,
que en poco tu amenaza y campo estimo
después que haya acabado el de tu primo».
Tucapelo le dijo: «Castigarte
pienso de tal manera yo primero,
que le cabrá a Orompello poca parte,
que, a bien librar, serás mi prisionero.
¡Afuera!, ¡afuera!, ¡sús!, haceos aparte,
que dilatar el término no quiero
pues armas, tiempo y voluntad tenemos,
sino que luego aquí lo averigüemos».
Rengo y Peteguelén le respondieran
a un tiempo con las armas y razones,
si en medio a la sazón no se pusieran
muchos caciques nobles y varones,
pidiendo que suspendan y difieran
aquellas amenazas y quistiones,
hasta que la fortuna declarada
diese próspero fin a la jornada.
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CANTO XVI
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Caupolicán estaba ya impaciente
de ver que Tucapelo cada día,
en guerra, en paz, con término insolente,
sin causa ni atención los revolvía;
mas hubo de llevarlo blandamente,
que el tiempo y la sazón lo requería,
y así con gravedad y manso ruego
la furia mitigó y apagó el fuego
quedando entre ellos puesto y acetado
que luego que la guerra concluyesen,
el viejo y Tucapel en estacado
francos de solo a solo combatiesen.
Después, que Tucapel y Rengo armado
ansimismo su causa difiniesen.
El rumor aplacado, Colocolo
les comenzó a decir, hablando solo:
«Generosos caciques, si licencia
tenemos de decir lo que alcanzamos
los que por largos años y esperiencia
los futuros sucesos rastreamos,
vemos que nuestras fuerzas y potencia
en sólo destruirnos las gastamos
y el tirano cuchillo apoderado
sobre nuestras gargantas levantado.
Y lo que da señal clara que sea
cierta vuestra caída y mi recelo,
es que ya la fortuna titubea
y comienza a turbarse nuestro cielo.
Cuando un gran edificio se ladea
no está muy lejos de venir al suelo;
la máquina que en falso asiento estriba
su misma pesadumbre la derriba.
Así que ya, si mi opinión no yerra,
según el proceder y los indicios,
temo, y con gran razón, de ver por tierra
nuestros mal cimentados edificios
y convertido el uso de la guerra
en serviles y bajos ejercicios,
quebrantándose, al fin, vuestra protervia
fundada en una vana y gran soberbia.
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CANTO XVI
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Muerto a Lautaro vemos, y perdidas
con gran deshonra nuestras tres banderas,
rotas nuestras escuadras y tendidas
al viento y sol por pasto de las fieras;
las fuerzas y opiniones divididas,
lleno el campo de gentes estranjeras,
y las furiosas armas alteradas
contra sus mismos pechos declaradas.
Mirad que así, por ciega inadvertencia
la patria muere y libertad perece,
pues con sus mismas armas y potencia
al derecho enemigo favorece;
incurable y mortal es la dolencia
cuando a la medicina no obedece,
y bestial la pasión y detestable
que no sufre el consejo saludable.
¿Por qué con tanta saña procuramos
ir nuestra sangre y fuerzas apocando,
y, envueltos en civiles armas, damos
fuerza y derecho al enemigo bando?
¿Por qué con tal furor despedazamos
esta unión invencible, condenando
nuestra causa aprobada y armas justas,
justificando en todo las injustas?
¿Qué rabia o qué rencor desatinado
habéis contra vosotros concebido,
que así queréis que el araucano Estado
venga a ser por sus manos destruido,
y en su virtud y fuerzas ahogado,
quede con nombre infame sometido
a las estrañas leyes y gobierno,
y en dura servidumbre y yugo eterno?
Volved sobre vosotros, que sin tiento
corréis a toda priesa a despeñaros;
refrenad esa furia y movimiento,
que es la que puede en esto más dañaros.
¿Sufrís al enemigo en vuestro asiento,
que quiere como a brutos conquistaros,
y no podéis sufrir aquí impacientes
los consejos y avisos convenientes?
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CANTO XVI
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Que es, cierto, falta de ánimo, y bastante
indicio de flaqueza disfrazada,
teniendo al enemigo tan delante
revolver contra sí la propia espada,
por no esperar con ánimo constante
los duros golpes de fortuna airada,
a los cuales resiste el pecho fuerte
que no quiere acabarlo con la muerte.
Pero pues tanto esfuerzo en vos se encierra
que a veces, por ser tanto, lo condeno,
y de vuestras hazañas, no esta tierra
mas todo el universo anda ya lleno,
cese, cese el furor y civil guerra
y por el bien común tened por bueno
no romper la hermandad con torpes modos
pues que miembros de un cuerpo somos todos.
Si a la cansada edad y largos días
algún respeto y crédito se debe,
mirad a estas antiguas canas mías
y al bien público y celo que me mueve,
para que difiráis vuestras porfías
por alguna sazón y tiempo breve,
hasta que el español furor decline,
y la causa común se determine.
Y, pues, de vuestra discreción espero
que os pondrá en el camino que conviene,
traer otras razones más no quiero
pues con vos la razón tal fuerza tiene.
Dejadas pues aparte, lo primero
que venir a las manos nos detiene
y pone freno y límite al deseo
es el poco aparejo que aquí veo.
Que por todas las partes nos divide
este brazo de mar que veis en medio
y nuestra pretensión y paso impide,
sin tener de pasaje algún remedio;
y pues el enemigo se comide
a tratar de concierto y nuevo medio,
aunque nunca pensemos acetarlos,
no nos podrá dañar el escucharlos.
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CANTO XVI
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Pues por este camino tomaremos
lengua de su intención y fundamento
que, cuando no sea lícita, podremos
venir de todo en todo a rompimiento;
también en este término haremos
de armas y munición preparamento,
que éstas serán al fin las que de hecho
habrán de declarar este derecho.
Mas conviene advertir, claros varones,
para llevar las cosas bien guiadas,
que nuestras exteriores intenciones
vayan siempre a la paz enderezadas;
mostrándonos de flacos corazones,
las fuerzas y esperanzas quebrantadas,
y la tierra de minas de oro rica,
cebo goloso en que esta gente pica.
Quizá por este término sacalla
podremos del isleño sitio fuerte,
y con fingida paz aseguralla
trayéndola por mañas a la muerte;
y sin rumor ni muestra de batalla
abramos la carrera de tal suerte
que venga a tierra firme, confiada
en el seguro paso y franca entrada».
A su habla dio fin el sabio anciano
y hubo allí pareceres diferentes,
diciendo que el peligro era liviano
para tanto temor e inconvenientes;
pero Purén, Lincoya y Talcaguano,
Lemolemo, Elicura, más prudentes,
al parecer del viejo se arrimaron
y así a los más los menos se allanaron,
despachando de allí con diligencia
al joven Millalauco generoso,
hombre de gran lenguaje y esperiencia
cauto, sagaz, solícito y mañoso,
que con fingida muestra y aparencia
de algún partido honesto y medio honroso
nuestro intento y disignios penetrase
y el sitio, gente y número notase.
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CANTO XVI
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El cual, por los caciques instruido
(según el tiempo) en lo que más convino,
en una larga góndola metido,
sin más se detener tomó el camino;
y de los prestos remos impelido,
en breve a nuestro alojamiento vino,
adonde sin estorbo, libremente,
saltó luego seguro con su gente.
Al puerto habían también con fresco viento
tres naves de las nuestras arribado
llenas de armas, de gente y bastimento,
con que fue nuestro campo reforzado.
Era tanto el rumor y movimiento
del bélico aparato, que admirado
el cauteloso Millalauco estuvo
y así confuso un rato se detuvo.
Mas sin darlo a entender, disimulando,
por medio del bullicio atravesaba;
los judiciosos ojos rodeando,
las armas, gente y ánimos notaba
y el negocio entre sí considerando,
el deseado fin dificultaba,
viendo cubierto el mar, llena la tierra
de gente armada y máquinas de guerra.
Llegado al pabellón de don García,
hallándome con otros yo presente,
con una moderada cortesía
nos saludó a su modo, alegremente
levantando la voz... Pero la mía,
que fatigada de cantar se siente,
no puede ya llevar un tono tanto
y así es fuerza dar fin en este canto.
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CANTO XVII
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Hace Millalauco su embajada. Salen los españoles de la isla,
levantando un fuerte en el cerro de Penco. Vienen los araucanos a
darles el asalto. Cuéntase lo que en aquel mismo tiempo pasaba
sobre la plaza fuerte de Sanquintín
Nunca negarse deben los oídos
a enemigos ni amigos sospechosos,
que tanto os dejan más apercebidos
cuanto vos los tenéis por cautelosos.
Escuchados, serán más entendidos,
ora sean verdaderos o engañosos;
que siempre por señales y razones
se suelen descubrir las intenciones.
Cuando piensan que más os desatinan
con su máscara falsa y trato estraño,
os despiertan, avisan, encaminan
y encubriendo, descubren el engaño;
veis el blanco y el fin a donde atinan,
el pro y el contra, el interés y el daño;
no hay plática tan doble y cautelosa
que della no se infiera alguna cosa.
Y no hay pecho tan lleno de artificio
que no se le penetre algún conceto,
que las lenguas al fin hacen su oficio
y más si el que oye sabe ser discreto.
Nunca el hablar dejó de dar indicio
ni el callar descubrió jamás secreto:
no hay cosa más difícil, bien mirado,
que conocer un necio si es callado.
Y es importante punto y necesario
tener el capitán conocimiento
del arte y condición del adversario,
de la intención, disignio y fundamento:
si es cuerdo y reportado o temerario,
de pesado o ligero movimiento,
remiso o diligente, incauto o astuto,
vario, indeterminable o resoluto.
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CANTO XVII
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| La araucana segunda parte |
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Así vemos que el bárbaro Senado
por saber la intención del enemigo
al cauto Millalauco había enviado
debajo de figura y voz de amigo,
que con semblante y ánimo doblado,
mostrándose cortés, como atrás digo,
el rostro a todas partes revolviendo,
alzó recio la voz, así diciendo:
«Dichoso capitán y compañía,
a quien por bien de paz soy enviado
del araucano Estado y señoría,
con voz y autoridad del gran Senado.
No penséis que el temor y cobardía
jamás nos haya a término llegado
de usar, necesitados de remedio,
de algún partido infame y torpe medio;
pues notorio os será lo que se estiende
el nombre grande y crédito araucano,
que los estraños términos defiende
y asegura debajo de su mano,
y también de vosotros ya se entiende
que, movidos de celo y fin cristiano,
con gran moderación y diciplina
venís a derramar vuestra dotrina.
Siendo, pues, esto así, como la muestra
que habéis dado hasta aquí lo verifica,
y la buena opinión y fama vuestra
con claras y altas voces lo publica,
yo os vengo a segurar de parte nuestra,
y así a todos por mí se os certifica
que la ofrecida paz tan deseada
será por los caciques acetada.
Que el ínclito Senado, habiendo oído
de vuestra parte algunas relaciones
con sabio acuerdo y parecer, movido
por legítimas causas y razones,
quiere acetar la paz, quiere partido
de lícitas y honestas condiciones,
para que no padezca tanta gente
del pueblo simple y género inocente.
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CANTO XVII
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| La araucana segunda parte |
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Que si la fe inviolable y juramento
de vuestra parte con amor pedido
y el gracioso y seguro acogimiento
de nuestra voluntad libre ofrecido
pueden dar en las cosas firme asiento
con honra igual y lícito partido
sin que los nuestros súbditos y estados
vengan por tiempo a ser menoscabados,
a Carlos sin defensa y resistencia
por amigo y señor le admitiremos,
y el servicio indebido y obediencia
de nuestra voluntad le ofreceremos;
mas si queréis llevarlo por violencia,
antes los propios hijos comeremos
y veréis con valor nuestras espadas
por nuestro mismo pecho atravesadas.
Pero por trato llano, sin recelo
podréis por vuestro Rey alzar bandera,
que el Estado, las armas por el suelo,
con los brazos abiertos os espera,
reconociendo que el benigno cielo
le llama a paz segura y duradera,
quedando para siempre lo pasado
en perpetuo silencio sepultado».
Aquí dio fin al razonar, haciendo
a su modo y usanza una caricia,
siempre en su proceder satisfaciendo
a nuestra voluntad y a su malicia;
y el bárbaro poder disminuyendo
nos aumentaba el ánimo y codicia,
dándonos a entender que había flaqueza,
y abundancia de bienes y riqueza.
Oída la embajada, don García,
haciéndole gracioso acogimiento,
en suma respondió que agradecía
la propuesta amistad y ofrecimiento,
y que en nombre del Rey satisfaría
su buena voluntad con tratamiento
que no sólo no fuesen agraviados,
mas de muchos trabajos relevados.
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CANTO XVII
Pág. 022 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Hizo luego sacar a dos sirvientes,
por más confirmación, algunos dones,
ropas de mil colores diferentes,
jotas, llautos, chaquiras y listones,
insignias y vestidos competentes
a nobles capitanes y varones,
siendo de Millalauco recebido
con palabras y término cumplido.
Así que, con semblante y aparencia
de amigo agradecido y obligado,
pidiendo al despedir grata licencia,
a la barca volvió que había dejado,
y con la acostumbrada diligencia
al tramontar del sol llegó al Estado,
do recebido fue con alegría
de toda aquella noble compañía.
Visto el despacho y la ocasión presente,
los caciques la junta dividieron,
y dando muestra de esparcir la gente
a sus casas de paz se retrujeron,
adonde sin rumor, secretamente,
las engañosas armas previnieron,
moviendo del común las voluntades,
aparejadas siempre a novedades.
Nosotros, no sin causa sospechosos,
allí más de dos meses estuvimos,
y a las lluvias y vientos rigurosos
del implacable invierno resistimos;
mas pasado este tiempo, deseosos
de saber su intención, nos resolvimos
en dejar el isleño alojamiento,
haciendo en tierra firme nuestro asiento.
Ciento y treinta mancebos florecientes
fueron en nuestro campo apercebidos:
hombres trabajadores y valientes
entre los más robustos escogidos,
de armas y de instrumentos convenientes
secreta y sordamente prevenidos;
yo con ellos también, que vez ninguna
dejé de dar un tiento a la fortuna,
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CANTO XVII
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| La araucana segunda parte |
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para que en un pequeño cerro esento
sobre la mar vecina relevado,
levantasen un muro de cimiento
de fondo y ancho foso rodeado,
donde pudiese estar sin detrimento
nuestro pequeño ejército alojado,
en cuanto los caballos arribaban,
que ya teníamos nueva que marchaban.
Pues salidos a tierra, entenderían
la intención de los bárbaros dañada,
que en secreto las armas prevenían
con falso rostro y amistad doblada:
de do, si se moviesen, les darían
algún asalto y súbita ruciada
que, quebrantado el ánimo y denuedo,
viniesen a la paz de puro miedo.
Era imaginación fuera de tino
pensar que los soberbios araucanos
quisiesen de concordia algún camino
viéndose con las armas en las manos;
pero con la presteza que convino
los ciento y treinta jóvenes lozanos
pasaron a la tierra sin ayuda
más que el amparo de la noche muda.
Y aunque era en esta tierra cuando
Virgo alargaba a priesa el corto día
las variables horas restaurando
que usurpadas la noche le tenía,
antes que la alba fuese desterrando
las noturnas estrellas, parecía
la cumbre del collado levantada
de gente y materiales ocupada.
Cuáles con barras, picos y azadones
abren los hondos fosos y señales,
cuáles con corvos y anchos cuchillones,
hachas, sierras, segures y destrales
cortan maderos gruesos y troncones,
y fijados en tierra, con tapiales
y trabazón de leños y fajinas
levantan los traveses y cortinas.
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CANTO XVII
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No con tanto hervor la tiria gente
en la labor de la ciudad famosa,
solícita, oficiosa y diligente
andaba en todas partes presurosa;
ni César levantó tan de repente
en Dirrachio la cerca milagrosa
con que cercó el ejército esparcido
del enemigo yerno inadvertido,
cuanto fue de nosotros coronada
de una gruesa muralla la montaña,
de fondo y ancho foso rodeada,
con ocho gruesas piezas de campaña,
siendo a vista de Arauco levantada
bandera por Felipe, Rey de España,
tomando posesión de aquel Estado
con los demás del padre renunciado.
Túvose por un caso nunca oído
de tanto atrevimiento y osadía,
entre la gente plática tenido
más por temeridad que valentía,
que en el soberbio Estado así temido
los ciento y treinta en poco más de un día
pudiésemos salir con una cosa
tanto cuanto difícil peligrosa.
Nuestra gente del todo recogida,
la cual luego segura al fuerte vino,
que el alto sitio y pólvora temida
hizo fácil y llano aquel camino,
por las anchas cortinas repartida
según y por el orden que convino;
nos pusimos allí todos a una
debajo del amparo de fortuna.
La pregonera Fama, ya volando
por el distrito y término araucano,
iba de lengua en lengua acrecentando
el abreviado ejército cristiano,
la gente popular amedrentando
con un hueco rumor y estruendo vano,
que lo incierto a las veces certifica,
y lo cierto, si es mal, lo multiplica.
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CANTO XVII
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Llegada, pues, la voz a los oídos
de nuestros enemigos conjurados,
no mirando a los tratos y partidos
por una parte y otra asegurados,
con súbita presteza apercebidos
de municiones, armas y soldados,
sin aguardar a más, trataron luego
de darnos el asalto a sangre y fuego.
Juntos para el efeto en Talcaguano,
dos millas poco más de nuestro asiento,
el esforzado mozo Gracolano,
de gran disposición y atrevimiento,
dijo en voz alta: «¡Oh gran Caupolicano!,
si en algo es de estimar mi ofrecimiento,
prometo que mañana en el asalto,
arbolaré mi enseña en lo más alto.
Y porque a ti, señor, y a todos quiero
haceros de mis obras satisfechos,
con esta usada lanza me profiero
de abrir lugar por los contrarios pechos,
y que será mi brazo el que primero
barahuste las armas y pertrechos,
aunque más dificulten la subida
y todo el universo me lo impida».
Así dijo; y los bárbaros en esto,
porque ya las estrellas se mostraban,
al fuerte, en escuadrón, con paso presto
cubiertos de la noche se acercaban,
y en una gran barranca, oculto puesto,
al pie de la montaña reparaban,
aguardando en silencio aquella hora
que suele aparecer la clara aurora.
Aquella noche, yo mal sosegado,
reposar un momento no podía,
o ya fuese el peligro o ya el cuidado
que de escribir entonces yo tenía.
Así imaginativo y desvelado,
revolviendo la inquieta fantasía,
quise de algunas cosas desta historia
descargar con la pluma la memoria.
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CANTO XVII
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En el silencio de la noche escura,
en medio del reposo de la gente,
queriendo proseguir en mi escritura
me sobrevino un súbito acidente,
cortóme un hielo cada coyuntura,
turbóseme la vista de repente,
y procurando de esforzarme en vano,
se me cayó la pluma de la mano.
Quisiérame quejar, mas fue imposible,
del acidente súbito impedido,
que el agudo dolor y mal sensible
me privó del esfuerzo y del sentido.
Pero pasado el término terrible,
y en mi primero ser restituido,
del tormento quedé de tal manera
cual si de larga enfermedad saliera.
Luego que con sospiros trabajados
desfogando las ansias aflojaron,
mis descaídos ojos agravados
del gran quebrantamiento se cerraron;
así los lasos miembros relajados
al agradable sueño se entregaron,
quedando por entonces el sentido
en la más noble parte recogido.
No bien al dulce sueño y al reposo
dejado el quebrantado cuerpo había,
cuando oyendo un estruendo sonoroso
que estremecer la tierra parecía,
con gesto altivo y término furioso
delante una mujer se me ponía,
que luego vi en su talle y gran persona
ser la robusta y áspera Belona.
Vestida de los pies a la cintura,
de la cintura a la cabeza armada
de una escamosa y lúcida armadura,
su escudo al brazo, al lado la ancha espada,
blandiendo en la derecha la asta dura,
de las horribles Furias rodeada,
el rostro airado, la color teñida,
toda de fuego bélico encendida,
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CANTO XVII
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| La araucana segunda parte |
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la cual me dijo: «¡Oh mozo temeroso!,
el ánimo levanta y confianza,
reconociendo el tiempo venturoso
que te ofrece tu dicha y buena andanza;
huye del ocio torpe perezoso,
ensancha el corazón y la esperanza;
y aspira a más de aquello que pretendes,
que el cielo te es propicio, si lo entiendes.
Que viéndote a escribir aficionado
como se muestra bien por el indicio,
pues nunca te han la pluma destemplado
las fieras armas y áspero ejercicio;
tu trabajo tan fiel considerado,
sólo movida de mi mismo oficio,
te quiero yo llevar en una parte
donde podrás sin límite ensancharte.
Es campo fértil, lleno de mil flores,
en el cual hallarás materia llena
de guerras más famosas y mayores,
donde podrá alimentar la vena.
Y si quieres de damas y de amores
en verso celebrar la dulce pena,
tendrás mayor sujeto y hermosura
que en la pasada edad y en la futura.
"Sígueme", dijo al fin; y yo admirado
viéndola revolver por donde vino,
con paso largo y corazón osado
comencé de seguir aquel camino,
dejando del siniestro y diestro lado
dos montes, que el Atlante y Apenino
con gran parte no son de tal grandeza
ni de tanta espesura y aspereza.
Salimos a un gran campo, a do natura
con mano liberal y artificiosa
mostraba su caudal y hermosura
en la varia labor maravillosa,
mezclando entre las hojas y verdura
el blanco lirio y encarnada rosa,
junquillos, azahares y mosquetas,
azucenas, jazmines y violetas.
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Allí las claras fuentes murmurando
el deleitoso asiento atravesaban,
y los templados vientos respirando
la verde yerba y flores alegraban;
pues los pintados pájaros volando
por los copados árboles cruzaban,
formando con su canto y melodía
una acorde y dulcísima armonía.
Por mil partes en corros derramadas
vi gran copia de ninfas muy hermosas,
unas en varios juegos ocupadas,
otras cogiendo flores olorosas;
otras suavemente y acordadas,
cantaban dulces letras amorosas,
con cítaras y liras en las manos
diestros sátiros, faunos y silvanos.
Era el fresco lugar aparejado
a todo pasatiempo y ejercicio.
Quién sigue ya de aquél, ya deste lado
de la casta Diana el duro oficio:
ora atraviesa el puerco, ora el venado,
ora salta la liebre, y con el vicio,
gamuzas, capriolas y corcillas
retozan por la yerba y florecillas.
Quién el ciervo herido rastreando
de la llanura al monte atravesaba;
quién el cerdoso puerco fatigando
los osados lebreles ayudaba;
quién con templados pájaros volando
las altaneras aves remontaba:
acá matan la garza allá la cuerva,
aquí el celoso gamo, allí la cierva.
Estaba medio a medio deste asiento,
en forma de pirámide un collado,
redondo en igual círculo y esento,
sobre todas las tierras empinado.
Y sin saber yo cómo, en un momento,
de la fiera Belona arrebatado,
en la más alta cumbre dél me puso,
quedando dello atónito y confuso.
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CANTO XVII
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Estuve tal un rato, de repente
viéndome arriba, que mirar no osaba,
tanto que acá y allá medrosamente
los temerosos ojos rodeaba;
allí el templado céfiro clemente
lleno de olores varios respiraba,
hasta la cumbre altísima el collado
de verde yerba y flores coronado.
Era de altura tal que no podría
un liviano neblí subir a vuelo,
y así, no sin temor, me parecía
mirando abajo estar cerca del cielo;
de donde con la vista descubría
la grande redondez del ancho suelo,
con los términos bárbaros ignotos
hasta los más ocultos y remotos.
Viéndome, pues, Belona allí subido
me dijo: «El poco tiempo que te queda
para que puedas ver lo prometido
hace que detenerme más no pueda:
mira aquel grueso ejército movido,
el negro humo espeso y polvoreda
en el confín de Flandes y de Francia
sobre una plaza fuerte de importancia.
Después que Carlos Quinto hubo triunfado
de tantos enemigos y naciones,
y como invicto príncipe hollado
las árticas y antárticas regiones,
triunfó de la fortuna y vano estado
y aseguró su fin y pretensiones
dejando la imperial investidura
en dichosa sazón y coyuntura;
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CANTO XVII
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| La araucana segunda parte |
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»y movido del pío y santo celo
que del gobierno público tenía,
pareciéndole poco lo del suelo,
según lo que en el pecho concebía,
vuelta la mira y pretensión al cielo,
el peso que en los hombros sostenía
le puso en los del hijo, renunciados
todos sus reinos, títulos y estados.
Viendo el hijo la próspera carrera
del vitorioso padre retirado,
por hacer la esperanza verdadera
que siempre de sus obras había dado,
en el principio y ocasión primera
aquel copioso ejército ha juntado,
para bajar de la enemiga Francia
la presunción, orgullo y arrogancia.
Aquélla es Sanquintín que vees delante
que en vano contraviene a su ruina,
presidio principal, plaza importante,
y del furor del gran Felipe dina.
Hállase dentro della el Almirante,
debajo cuyo mando y diciplina
está gran gente plática de guerra
a la defensa y guarda de la tierra.
»En tres partes allí, como se muestra,
el enemigo campo se reparte:
Cáceres con su tercio a mano diestra,
donde está de Felipe el estandarte;
el prompto Navarrete a la siniestra
con el conde de Mega, y de la parte
del burgo, Julián con tres naciones:
españoles, tudescos y valones.
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CANTO XVII
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| La araucana segunda parte |
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Llegamos, pues, a tiempo que seguro
podrás ver la contienda porfiada,
y sin escalas, por el roto muro
entrar los de Felipe a pura espada;
verás el fiero asalto y trance duro,
y al fin la fuerte Francia aportillada,
que al riguroso hado incontrastable
no hay defensa ni plaza inexpugnable.
Conviéneme partir de aquí al momento
a meterme entre aquellos escuadrones,
y remover con nuevo encendimiento
los unos y los otros corazones;
tú desde aquí podrás mirar atento
las diferentes armas y naciones
y escribir de una y otra la fortuna,
dando su justa parte a cada una».
Luego la diosa airada y compañía
por el aire en tropel se deslizaron
y en un instante, sin torcer la vía,
cual presto rayo a Sanquintín bajaron,
donde atizando el fuego que ya ardía,
con la amiga Discordia se juntaron,
que andaba entre las huestes y compañas
infundiéndoles ira en las entrañas.
En esto el fiero ejército furioso,
por la señal postrera ya movido,
en un turbión espeso y polvoroso
corre al batido muro defendido.
¡Quién fuera de lenguaje tan copioso,
que pudiera esplicar lo que allí vido!
Mas, aunque mi caudal no llegue a tanto,
haré lo que pudiere en otro canto.
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CANTO XVIII
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| La araucana segunda parte |
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Da el rey don Felipe el asalto a Sanquintín: entra en ella vitorioso.
Vienen los araucanos sobre el fuerte de los españoles
¿Cuál será el atrevido que presuma
reducir el valor vuestro y grandeza
a término pequeño y breve suma,
y a tan humilde estilo tanta alteza?
Que aunque por campo próspero la pluma
corra con fértil vena y ligereza,
tanto el sujeto y la materia arguye
que todo lo deshace y disminuye.
Y el querer atreverme a tanto creo
que me será juzgado a desatino
pues llegado a razón, yo mismo veo
que salgo de los términos a tino;
mas de serviros siempre el gran deseo
que siempre me ha tirado a este camino,
quizá adelgazará mi pluma ruda
y la torpeza de la lengua muda.
Y así vuestro favor (del cual procede
esta mi presunción y atrevimiento)
es el que agora pido y el que puede
enriquecer mi pobre entendimiento;
que si por vos, Señor, se me concede
lo que a nadie negáis, soltaré al viento
con ánimo la ronca voz medrosa,
indigna de contar tan grande cosa.
Y de vuestra largueza confiado
por la justa razón con que lo pido,
espero que, Señor, seré escuchado,
que basta para ser favorecido.
Volviendo a proseguir lo comenzado,
dije en el canto atrás que arremetido
había el furioso campo por tres vías
a las aportilladas baterías.
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CANTO XVIII
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| La araucana segunda parte |
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Y en la veloz corrida, contrastando
los tiros y defensas contrapuestas,
lo va todo rompiendo y tropellando
con animoso pecho y manos prestas;
y a los batidos muros arribando
por los lados y partes más dispuestas,
los unos y los otros se afrentaron
y los ánimos y armas se tentaron.
Los franceses con muestra valerosa,
armas y defensivos instrumentos,
resisten la llegada impetuosa
y los contrarios ánimos sangrientos;
mas la gente española, más furiosa
cuanto topaba más impedimentos,
con temoso coraje y porfiado
rompe lo más difícil y cerrado.
Vieran en las entradas defendidas
gran contienda, revuelta y embarazos,
muertes estrañas, golpes y heridas
de poderosos y gallardos brazos;
cabezas hasta el cuello y más hendidas,
y cuerpos divididos en pedazos:
que no bastaban petos ni celadas
contra el crudo rigor de las espadas.
La plaza se expugnaba y defendía
con esfuerzo y valor por todos lados:
era cosa de ver la herrería
de las armas y arneses golpeados;
la espantosa y horrenda artillería,
las bombas y artificios arrojados
de pólvora, alquitrán, pez y resina,
aceite, plomo, azufre y trementina.
Y a vueltas, un granizo y lluvia espesa
de lanzas y saetas arrojaban,
peñas, tablas, maderos que a gran priesa
de los muros y techos arrancaban;
la fiera rabia y gran tesón no cesa,
hieren, matan, derriban; y así andaban
los unos y los otros muy revueltos
en fuego, sangre y en furor envueltos.
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CANTO XVIII
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| La araucana segunda parte |
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Unos la entrada sin temor defienden
con libre y animosa confianza,
otros de miedo por vivir ofenden,
poniéndoles esfuerzo la esperanza;
otros, que ya la vida no pretenden,
procuran de su muerte la venganza,
y que cayan sus cuerpos de manera
que al enemigo cierren la carrera.
Como el furor indómito y violencia
de una corriente y súbita avenida,
que, si halla reparo y resistencia,
hierve y crece allí la agua detenida,
al fin, con mayor ímpetu y potencia,
bramando abre el camino y la salida,
que las defensas rompe y desbarata
y en violento furor las arrebata,
de tal manera la francesa gente,
sin bastar resistencia y fuerza alguna,
la arrebató la próspera corriente
del hado de Felipe y su fortuna;
que, ya sin poder más, forzadamente
a su furia rendida, por la una
parte que estaba Cáceres, dio entrada
a la enemiga gente encarnizada.
Y aunque por esta parte el Almirante
el golpe de la gente resistía,
no fue ni pudo al cabo ser bastante
a la pujanza y furia que venía;
quedó prisión con otros, y adelante
la vitoriosa y fiera compañía,
dejando eterna lástima y memoria,
iba siguiendo el hado y la vitoria.
Pues en esta sazón, por la otra parte
que el diestro Navarrete peleaba,
sin ser ya la francesa gente parte,
a puro hierro la española entraba;
y a despecho y pesar del fiero Marte
que los franceses brazos esforzaba,
haciendo gran destrozo y cruda guerra,
de rota a más andar ganaban tierra.
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CANTO XVIII
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Fue preso allí Andalot, que encomendada
le estaba la defensa de aquel lado;
he aquí también por la tercera entrada
que Julián Romero había asaltado.
La suspensa fortuna declarada,
abriendo paso al detenido hado,
la mano a don Felipe dio de modo,
que vencedor en Francia entró del todo.
Cortó luego un temor y frío yelo
los ánimos del pueblo enflaquecido,
rompiendo el aire espeso y alto cielo
un general lamento y alarido;
las armas arrojadas por el suelo,
escogiendo el vivir ya por partido,
acordaron con mísera huida
perder la plaza y guarecer la vida.
Pero los vencedores, cuando vieron
su gran temor y poco impedimento,
los brazos altos y armas suspendieron
por no manchar con sangre el vencimiento;
y sin hacer más golpe, arremetieron,
vuelto en codicia aquel furor sangriento,
al esperado saco de la tierra,
premio de la común gente de guerra.
Quién las herradas puertas golpeando
quebranta los cerrojos reforzados;
quién por picas y gúmenas trepando
entra por las ventanas y tejados;
acá y allá rompiendo y desquiciando,
sin reservar lugares reservados,
las casas de alto a bajo escudriñaban
y a tiento, sin parar, corriendo andaban.
Como el furioso fuego de repente
cuando en un barrio o vecindad se enciende,
que con rebato súbito la gente
corre con priesa y al remedio atiende,
y por todas las partes francamente
quién entra, sale, sube, quién deciende,
sacando uno arrastrando, otro cargado
el mueble de las llamas escapado,
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CANTO XVIII
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así la fiera gente vitoriosa,
con prestas manos y con pies ligeros,
de la golosa presa codiciosa,
abre puertas, ventanas y agujeros,
sacando diligente y presurosa
cofres, tapices, camas y rimeros
y lo de más y menos importancia,
sin dejar una mínima ganancia.
No los ruegos, clamores y querellas,
que los distantes cielos penetraban,
de viudas y huérfanas doncellas
la insaciable codicia moderaban;
antes, rompiendo sin piedad por ellas,
a lo más defendido se arrojaban,
creyendo que mayor ganancia había
donde más resistencia se hacía.
Viéranse ya las vírgines corriendo
por las calles, sin guardia, a la ventura
los bellos rostros con rigor batiendo,
lamentando su hado y suerte dura;
y las míseras monjas, que rompiendo
sus estatutos, límite y clausura,
de aquel temor atónito llevadas,
iban acá y allá descarriadas.
Mas el pío Felipe, antes que entrasen
había mandado a todas las naciones
que con grande cuidado reservasen
las mujeres y casas de oraciones,
y amigos y conformes evitasen
pendencias peligrosas y quistiones:
que del saco y la presa a cada una
diese su parte franca la fortuna.
Las mujeres, que acá y allá perdidas,
llevadas del temor, sin tiento andaban,
por orden de Felipe recogidas
en seguro lugar las retiraban,
donde de fieles guardas defendidas
del bélico furor las amparaban;
que aunque fueron sus casas saqueadas,
las honras les quedaron reservadas.
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Que los fieros soldados, obedientes
al cristiano y espreso mandamiento,
se mostraban en esto continentes,
frenando aun el primero movimiento;
la revuelta y la mezcla de las gentes,
la mucha confusión y poco tiento
hizo que el daño en la ciudad creciese
y un repentino fuego se encendiese.
Súbito allí la llama alimentada,
arrojando espesísimas centellas,
del fresco viento céfiro ayudada
procuraba subir a las estrellas;
la miserable gente afortunada,
con dolorosas voces y querellas,
fijos los tiernos ojos en el cielo,
desmayando, esforzaban más el duelo.
A todas partes gritos lastimosos
en vano por el aire resonaban
y los tristes franceses temerosos
en las contrarias armas se arrojaban,
eligiendo por fuerza vergonzosos
el modo de morir que rehusaban,
antes que, como flacos, encerrados,
ser en llamas ardientes abrasados.
Mas del piadoso Rey la gran clemencia
había las fieras armas embotado,
que con remedio presto y diligencia
todo el furor y fuego fue apagado;
al fin, sin más defensa y resistencia,
dentro de Sanquintín quedó alojado,
con la llave de Francia ya en la mano,
hasta París abierto el paso llano.
El sol ya poco a poco declinaba
al hemisferio antártico encendido,
cuando yo, que alegrísimo miraba
todo lo que en mi canto habéis oído,
vi cerca una mujer que me hablaba,
más blanco que la nieve su vestido,
grave, muy venerable en el aspecto,
persona al parecer de gran respecto,
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diciendo: «Si las cosas que dijere
por cierta y verdadera profecía
dificultosa alguna pareciere,
créeme que no es ficción ni fantasía;
mas lo que el Padre Eterno ordena y quiere
allá en su excelso trono y hieraquía,
al cual está sujeto lo más fuerte,
el hado, la fortuna, el tiempo y muerte.
Desta guerra y rencores encendidos
entre la España y Francia así arraigados,
resultarán conciertos y partidos,
por una parte y otra procurados,
en los cuales serán restituidos
al duque de Saboya sus estados,
con otros muchos medios provechosos,
en bien de Francia y a la España honrosos.
Y para que más quede asegurada
la paz, con hermandad y firme asiento,
con la prenda de Enrico más amada
contraerá don Felipe casamiento.
Pero la cruda muerte acelerada
temprano deshará este ayuntamiento,
que el alto cielo así lo determina
y el decreto fatal y orden divina.
En este tiempo Francia corrompida,
la católica ley adulterando,
negará la obediencia al Rey debida,
las sacrílegas armas levantando;
y con el cebo de la suelta vida
cobrará la maldad fuerza, juntando
de gente infiel ejército formado
contra la Iglesia y propio Rey jurado.
Por insolencias viejas y pecados
vendrá el reino a ser casi destruido,
y Carlos de su pérfidos soldados
a término dudoso reducido;
serán con desacato derribados
los sumptuosos templos y ofendido
el mismo Sumo Dios y Sacramento,
sobrando a la maldad su sufrimiento;
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mas vuestro Rey, con presta providencia,
previniendo al futuro daño luego,
atajará en España esta dolencia
con rigor necesario, a puro fuego.
Curada la perversa pestilencia,
las armas enemigas del sosiego
con furia moverá contra el Oriente,
enviando al Peñón su armada y gente.
Aunque no pueda de la vez primera
conseguir el efeto deseado
volverá la segunda, de manera
que el áspero Peñón será expugnado;
y dejando segura la carrera
y el morisco contorno amedrentado,
por causa de los puertos e invernada
retirará la vitoriosa armada.
Vendrán a España a la sazón de Hungría
dos príncipes de alteza soberana,
hijos de César Máximo y María,
de Carlos hija y de Felipe hermana,
que acrecentando el gozo y alegría
harán aquella corte y era ufana:
el mayor es Rodolfo, el otro Ernesto,
que a la fama darán materia presto.
»Y de sus altas obras prometiendo
en su pequeña edad grande esperanza,
en años y virtud irán creciendo,
virtud y años muy dignos de alabanza,
en quienes se verá resplandeciendo
un excelso valor y la crianza
del barón Dietristán, person dina
de dar a tales príncipes dotrina.
Luego en el año próximo siguiente,
toda la cristiandad amenazando
la gruesa armada del infiel potente,
irá contra el Poniente navegando,
con tan gran aparato y tanta gente
que temblarán las costas, y arribando
a la isla de Malta dará fondo,
que boja veinte leguas en redondo.
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| La araucana segunda parte |
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Donde el grande Maestre y caballeros
que dentro asistirán en este medio,
con otros capitanes forasteros
ofrecerán las vidas al remedio,
y siempre constantísimos y enteros,
resistirán gran tiempo el fuerte asedio,
haciendo en la defensa tales cosas,
que se podrán tener por milagrosas.
Serán batidos de uno y otro lado
por la tierra, por mar, por bajo y alto,
y el fuerte de San Telmo aportillado,
entrado a hierro en el noveno asalto;
el cual suceso al pueblo bautizado
pondrá en grande peligro y sobresalto,
porque en el puerto la turquesca armada
tendrá por las dos bocas franca entrada.
Allí se verán hechos señalados,
difíciles empresas peligrosas,
ánimos temerarios arrojados,
cuando las esperanzas más dudosas;
postas, muros y fosos arrasados,
crudas heridas, muertes lastimosas,
casos grandes, sucesos infinitos
dignos de ser para en eterno escritos.
Mas cuando ya no baste esfuerzo humano
y la fuerza al trabajo se rindiere,
el muro esté ya raso, el foso llano,
y la esperanza al suelo se viniere;
cuando el sangriento bárbaro inhumano
el cuchillo sobre ellos esgrimiere,
será entonces de todos conocido
lo que puede Felipe y es temido;
pues con sola una parte de su armada
y número pequeño de soldados,
de su fortuna y crédito guiada,
rebatirá los otomanos hados,
y la afligida Malta restaurada,
serán los enemigos retirados,
las fatigadas velas dando al viento
con pérdida increíble y escarmiento.
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CANTO XVIII
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| La araucana segunda parte |
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«Luego el año después, con poderoso
ejército, en persona Solimano
por tierra moverá contra el famoso
César Augusto, Emperador romano,
y por la gran Panonia presuroso,
dejando a la derecha al Trasilvano
y atrás la ancha provincia de Dalmacia,
bajará a los confines de Corvacia.
A Siguet, plaza fuerte y recogida
cuatro semanas la tendrá asediada
y al cabo, sin poder ser socorrida,
del fiero Solimán será ocupada;
mas la empresa difícil y la vida
acabará en un tiempo, que la airada
muerte, arribando el limitado curso,
pondrá término y punto a su discurso.
Por otra parte, en Flandes los estados
desasidos de Dios en estos días,
turbarán el sosiego, inficionados
de perversos errores y herejías,
y contra el rey Felipe conspirados
tentarán de maldad diversas vías,
trayendo a estado y condición las cosas
que durarán gran término dudosas.
También con pretensión de libertarse,
en el próspero reino de Granada
los moriscos vendrán a levantarse
y a negar la obediencia al Rey jurada;
la cual alteración, por no estimarse,
ni ser a los principios remediada,
será de grandes daños y costosa
de sangre ilustre y gente valerosa.
Irá a esta guerra un mozo, que escondido
anda en humildes paños y figura,
que su imperial linaje esclarecido
difíciles empresas le asegura,
a quien tienen lo hados prometido
una famosa y súbita ventura:
éste es hijo de Carlos, que aún se cría,
y encubierto estará por algún día.
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CANTO XVIII
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| La araucana segunda parte |
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Andará, como digo, disfrazado,
hasta que el padre al tiempo de la muerte
le dejará por hijo declarado,
subiéndole en un punto a tanta suerte;
será de todos con razón amado,
franco, esforzado, valeroso y fuerte.
Es su nombre don Juan, y en esta parte
no puedo más decir ni revelarte.
Baste que a los moriscos alterados
en su primera edad hará la guerra,
y los presidios rotos y ocupados
los vendrá a retirar dentro en la sierra,
adonde los tendrá tan apretados
que al fin reducirá la alzada tierra,
trasplantando en provincias diferentes
las raíces malvadas y simientes.
Esta guerra acabada, de Alemaña,
de damas y gran gente acompañada
la infante Ana vendrá, Reina de España,
con el Rey don Felipe desposada;
donde con pompa y majestad estraña
será la insigne boda celebrada
en la antigua Segovia, un tiempo silla
de los famosos reyes de Castilla.
Serán, pues, los dos príncipes llamados
del padre Emperador, que ya aquel día
querrá dar nuevo asiento en sus estados
y hacer rey a Rodolfo de la Hungría;
así que, para Génova embarcados,
arribarán, pasando a Lombardía,
por la ribera del Danubio amena,
a su ciudad famosa de Viena.
Cuando ya la revuelta y turbaciones
de los tiempos den muestra de acabarse,
y el bélico furor y alteraciones
parezcan declinar y sosegarse,
entonces en las bárbaras regiones
comenzarán de nuevo a levantarse
las armas de los turcos inhumanos
contra los poderosos venecianos,
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CANTO XVIII
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| La araucana segunda parte |
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y sacando una armada poderosa,
de todas sus provincias allegada,
en la vecina Cipro, isla famosa,
descargará la furia represada
y con espada cruda y rigurosa
será la tierra dellos ocupada,
entrando a Famagusta, ya batida,
sobre palabra falsa y fementida.
Quedarán, pues, tan arrogantes desto
que, la armada de gente reforzando,
con soberbio designio y presupuesto
irán la vía de Italia navegando;
despreciando del mundo todo el resto,
y aun el poder del cielo despreciando:
tanto será su orgullo y fiera muestra,
nacido del pecado y culpa vuestra.
Mas el alto Señor, que otro dispone,
y en vuestro bien por su piedad la ordena,
que, cuando faltan méritos, compone
con su sangre y pasión la deuda ajena,
y por solo un gemir luego repone
la punición y merecida pena,
quebrantará con golpe riguroso
la soberbia del bárbaro ambicioso:
que doliéndose ya de la fatiga
del pueblo pecador, pero cristiano,
contra la gente pérfida enemiga
esgrimirá la poderosa mano;
así de inspiración habrá una Liga,
donde el Papa y Senado veneciano
juntarán su poder, su fuerza y gente
con la del Rey Católico potente.
Será en gracia de todos elegido
general de la Liga el floreciente
mozo que en su niñez –desconocido anda
en hábito humilde entre la gente,
pero no me es a mí ya concedido
revelar lo futuro abiertamente:
basta que lo verás, pues te asegura
más larga vida el hado que ventura
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CANTO XVIII
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| La araucana segunda parte |
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Mas si quieres saber desta jornada
el futuro suceso nunca oído,
y la cosa más grande señalada
que jamás en historia se ha leído,
cuando acaso pasares la cañada
por donde corre Rauco más ceñido,
verás al pie de un líbano a la orilla
una mansa y doméstica corcilla.
Conviénete seguirla con cuidado,
hasta salir en una gran llanura,
al cabo de la cual verás a un lado
una fragosa entrada y selva escura
y tras la corza tímida emboscado
hallarás en mitad de la espesura
debajo de una tosca y hueca peña
una oculta morada muy pequeña.
Allí, por ser lugar inhabitable,
sin rastro de persona ni sendero,
vive un anciano, viejo venerable,
que famoso soldado fue primero,
de quien sabrás do habita el intratable
Fitón, mágico grande y hechicero,
el cual te informará de muchas cosas
que están aún por venir, maravillosas.
«No quiero decir más en lo tocante
a las cosas futuras, pues parece
que habrá materia y campo asaz bastante
en lo que de presente se te ofrece
para llevar tus obras adelante
pues la grande ocasión te favorece;
que a mí sólo hasta aquí me es concedido
el poderte decir lo que has oído.
Mas si el furor de Marte y la braveza
te tuvieren la pluma destemplada
y quisieres mezclar con su aspereza
otra materia blanda y regalada,
vuelve los ojos, mira la belleza
de las damas de España, que admirada
estoy, según el bien que allí se encierra,
cómo no abrasa Amor toda la tierra.
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CANTO XVIII
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| La araucana segunda parte |
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Mas tente, que me importa a mí, primero
que de los ojos fáciles te fíes,
prevenir el peligro venidero,
para que dél con tiempo te desvíes;
y no aguardes al término postrero
ni en tu fuerza y mi ayuda te confíes,
que aunque quiera después contraponerme,
tú cerrarás los ojos por no verme».
¡Oh condición humana!, que al instante
que me privó que el rostro no volviese,
sólo aquel impedirme fue bastante
a que el prompto apetito se encendiese
y así, sin esperar más que adelante
en el sano consejo procediese,
volví los ojos luego, y de improviso
vi, si decirse puede, un paraíso.
En un asiento fértil y sabroso,
de alegres plantas y árboles cercado,
do el cielo se mostraba más hermoso
y el suelo de mil flores variado,
cerca de un claro arroyo sonoroso
que atravesaba el fresco y verde prado,
vi junta toda cuanta hermosura
supo y pudo formar acá natura.
Eran las damas del cercado aquellas
que en la dichosa España florecían:
el claro sol, la luna y las estrellas
en su respeto escuras parecían,
y sobre sus cabezas todas ellas
olorosas guirnaldas sostenían
de mil varias maneras rodeadas
de rubias trenzas, ñudos y lazadas.
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CANTO XVIII
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| La araucana segunda parte |
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Andaban por acá y allá esparcidos
gran copia de galanes estimados,
al regalado y blando amor rendidos,
corriendo tras sus fines y cuidados;
unos en esperanzas sostenidos,
otros en sus riquezas confiados,
todos gozando alegres y contentos
de sus lozanos y altos pensamientos.
En esto, con presteza y furia estraña
arrebatado por el aire vano,
la alta cumbre dejé de la montaña,
bajando al deleitoso y fértil llano
donde, si la memoria no me engaña,
vi la mi guía a la derecha mano,
algo medrosa y con turbado gesto
de haberme en tanto riesgo y trance puesto.
Que luego que los pies puse en el suelo,
los codiciosos ojos ya cebando,
libres del torpe y del grosero velo
que la vista hasta allí me iba ocupando,
un amoroso fuego y blando hielo
se me fue por las venas regalando,
y el brío rebelde y pecho endurecido
quedó al amor sujeto y sometido.
Y deseoso luego de ocuparme
en obras y canciones amorosas
y mudar el estilo, y no curarme
de las ásperas guerras sanguinosas,
con gran gana y codicia de informarme
de aquel asiento y damas tan hermosas,
en especial y sobre todas de una,
que vi a sus pies rendida mi fortuna.
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CANTO XVIII
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| La araucana segunda parte |
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Era de tierna edad, pero mostraba
en su sosiego discreción madura,
y a mirarme parece la inclinaba
su estrella, su destino y mi ventura.
Yo, que saber su nombre deseaba,
rendido y entregado a su hermosura,
vi a sus pies una letra que decía:
DEL TRONCO DE BAZÁN DOÑA MARÍA.
Y por saber más della, revolviendo
el rostro y voz a la prudente guía,
súbito el alboroto y fiero estruendo
de las bárbaras armas y armonía
me despertó del dulce sueño, oyendo:
«¡Arma, arma!»; ¡presto, presto!», y parecía
romper el alto cielo los acentos
de las diversas voces e instrumentos.
En esta confusión, medio dormido,
a las vecinas armas corrí presto,
poniéndome en un punto apercebido
en mi lugar y señalado puesto,
cuando con ferocísimo alarido
por la áspera ladera del recuesto
apareció gran número de gente
y la rosada Aurora en el oriente.
Luego también por una y otra parte,
con no menores voces y denuedo,
tanta gente asomó que al fiero Marte
con su temeridad pusiera miedo.
Mas, para proceder parte por parte,
según estoy cansado, ya no puedo:
en el siguiente y nuevo canto pienso
de declararlo todo por estenso.
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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En este canto se contiene el asalto que los araucanos dieron a los
españoles en el fuerte de Penco; la arremetida de Gracolano a la
muralla; la batalla que los marineros y soldados, que habían quedado
en guarda de los navíos, tuvieron en la marina con los enemigos
Hermosas damas, si mi débil canto
no comienza a esparcir vuestros loores
y si mis bajos versos no levanto
a concetos de amor y obras de amores,
mi priesa es grande, y que decir hay tanto
que a mil desocupados escritores
que en ello trabajasen noche y día,
para todos materia y campo habría.
Y aunque apartado a mi pesar me veo
desta materia y presupuesto nuevo,
me sacará al camino el gran deseo
que tengo de cumplir con lo que os debo.
Y si el adorno y conveniente arreo
me faltan, baste la intención que llevo,
que es hacer lo que puedo de mi parte,
supliendo vos lo que faltare en la arte.
Mas la española gente, que se queja
con causa justa y con razón bastante,
dándome mucha priesa, no me deja
lugar para que de otras cosas cante,
que el ejército bárbaro la aqueja,
cercando en torno el fuerte en un instante
con terrible amenaza y alarido,
como en el canto atrás lo habéis oído.
Luego que en la montaña en lo más alto
tres gruesos escuadrones parecieron,
juntos a un mismo tiempo hicieron alto
y el sitio desde allí reconocieron;
visto el foso y el muro, el fiero asalto,
dada la seña, todos tres movieron
esgrimiendo las armas de tal suerte
que a nadie reservaban de la muerte.
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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El mozo Gracolano, no olvidado
de la arrogante oferta y gran promesa,
de varias y altas plumas rodeado,
blandiendo una tostada pica gruesa
venía dellos gran trecho adelantado,
rompiendo por el humo y lluvia espesa
de la balas y tiros arrojados
por brazos y cañones reforzados.
Llegado al justo término, terciando,
la larga pica, arremetió furioso,
y en tierra el firme regatón fijando,
atravesó de un salto el ancho foso;
y por la misma pica gateando,
arriba sobre el muro vitorioso,
a pesar de las armas contrapuestas:
lanzas, picas, espadas y ballestas.
No agarrochado toro embravecido
la barrera embistió tan impaciente
ni fue con tanta fuerza resistido
de espesas armas y apiñada gente,
como el gallardo bárbaro atrevido,
que temeraria y venturosamente
rompiendo al parecer lo más seguro,
sube por fuerza al defendido muro,
donde sueltas las armas empachadas
(que aprovecharse dellas no podía),
a bocados, a coces y a puñadas
ganar la plaza él solo pretendía.
Los tiros, golpes, botes y estocadas
con gran destreza y maña rebatía,
poniendo pecho y hombro suficiente
al ímpetu y furor de tanta gente.
En medio de las armas, a pie quedo
sin ellas su promesa sustentaba,
y con gran pertinacia y poco miedo
de morir más adentro procuraba;
y en el vano propósito y denuedo,
herido ya en mil partes, porfiaba,
que su loca fortuna y diestra suerte
tenían suspenso el golpe de la muerte.
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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Así que en la demanda necia instando
se arroja entre los hierros, y se mete
cual perro espumajoso, que rabiando,
adonde más le hieren, arremete;
y el peligro y la vida despreciando,
lo más dudoso y áspero acomete,
desbaratando en torno mil espadas
al obstinado pecho encaminadas.
Viéndose en tal lugar solo y tratado
según la temeraria confianza,
no de su pretensión desconfiado
mas con alguna menos esperanza,
a los brazos cerró con un soldado
y de las manos le sacó la lanza,
sobre la cual echándose, en un punto
pensó salvar el foso y vida junto.
Mas la instable Fortuna, ya cansada
de serle curadora de la vida,
dio paso en aquel tiempo a una pedrada
de algún gallardo brazo despedida,
que en la cóncava sien la arrebatada
piedra gran parte le quedó sumida,
trabucándole luego de lo alto,
yendo en el aire en la mitad del salto.
Como el troyano Euricio que, volando
la tímida paloma por el cielo,
con gran presteza el corvo arco flechado
la atravesó en la furia de su vuelo,
que retorciendo el cuerpo y revolando,
como redondo ovillo vino al suelo,
así el herido mozo en descubierto
dentro del hondo foso cayó muerto.
De treinta y seis heridas justamente,
cayó el mísero cuerpo atravesado,
sin el último golpe de la frente,
que el número cerró ya rematado;
y la pica que el bárbaro valiente
de franca y buena guerra había ganado
quedó arrimada al foso de manera
que un trozo descubierto estaba fuera.
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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Pero el joven Pinol, que prometido
había de acompañarle en el asalto
y con él hasta el foso arremetido
aunque no se atrevió a tan grande salto,
como al valiente amigo vio tendido
y descubrir la pica por lo alto,
la arebató, tomando por remedio
poner con pies ligeros tierra en medio.
Mas como no haya maña ni destreza
contra el hado preciso y dura suerte,
ni bastan prestos pies ni ligereza
a escapar de las manos de la muerte,
que al que piensa huir, con más presteza
le alcanza de su brazo el golpe fuerte,
como al ligero bárbaro le avino
en mudando propósito y camino,
que apenas cuatro pasos había dado
cuando dos gruesas balas le cogieron,
y de la espalda al pecho atravesado
a un tiempo por dos partes le tendieron.
No dio la alma tan presto que un soldado
de dos que a socorrerle arremetieron
de la costosa lanza no trabase
y con peligro suyo la salvase.
Luego de trompas gran rumor sonando,
la gruesa pica en alto levantaron,
y a toda furia en hila igual cerrando
al foso con gran ímpetu llegaron,
donde forzosamente reparando,
la munición y flechas descargaron
en tanta multitud, que parecían
que la espaciosa tierra y sol cubrían.
Pues en esta sazón Martín de Elvira,
que así nuestro español era llamado,
de lejos la perdida lanza mira
que el muerto Gracolán le había ganado.
Con loable vergüenza, ardiendo en ira,
de recobrar su honor deliberado,
por una angosta puerta que allí había
solo y sin lanza a combatir salía
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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con un osado joven, que delante
venía la tierra y cielo despreciado,
de proporción y miembros de gigante,
una asta de dos costas blandeando,
que acá y allá con término galante
la gruesa y larga pica floreando
ora de un lado y de otro, ora derecho,
quiso tentar del enemigo el pecho,
tirando un recio bote, que cebado
le retrujo seis pasos, de tal suerte
que el gallardo español desatinado
se vio casi en las manos de la muerte;
pero como animoso y reportado,
pensando asir la pica con la mano,
mas este pensamiento salió vano:
que el indio con destreza y gran soltura
saltó ligero atrás, cobrando tierra,
y blandiendo la gruesa pica dura
quiso con otro rematar la guerra;
mas el prompto español, que entrar procura,
dándole lado, de la pica afierra,
y aguijando por ella, a su despecho
cerró presto con él, pecho con pecho;
y habiendo con presteza arrebatado
una secreta daga que traía,
cinco veces o seis por el costado
del bravo corazón tentó la vía.
El bárbaro mortal, ya desangrado,
por todas la furiosa alma rendía,
cayendo el cuerpo inmenso en tierra frío,
ya de sangre y espíritu vacío.
El valiente español, que vio tendido
a su enemigo y la vitoria cierta,
cobró la pica y crédito perdido
retrayéndose ufano hacia la puerta
donde, por los amigos conocido,
fue sin contraste en un momento abierta,
y dentro recebido alegremente
con grande aplauso y grita de la gente.
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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En este tiempo ya por todos lados
la plaza los contrarios expugnaban,
que a vencer o morir determinados
por los fuegos y tiros se lanzaban;
y encima de los muertos hacinados,
los vivos a tirar se levantaban,
de donde más la cierta puntería
el encubierto blanco descubría.
Unos con ramas, tierra y con maderos
ciegan el hondo foso presurosos;
otros, que más presumen de ligeros,
hacen pruebas y saltos peligrosos;
y los que les tocaban ser postreros,
de llegar a las manos deseosos,
tanto el ir adelante procuraban,
que dentro a los primeros arrojaban.
Mas de los muchos muertos y heridos
de nuestros arcabuces, de mampuesto
y de otros arrojados y caídos,
el foso se cegó y allanó presto;
por do los enemigos atrevidos
arremetieron, el temor pospuesto,
llegando por las partes más guardadas
a medir con nosotros las espadas;
y prosiguiendo en el osado intento
de nuevo empiezan un combate duro,
mas otros con mayor atrevimiento
trepaban por las picas sobre el muro,
que al bárbaro furor y movimiento
ningún alto lugar había seguro,
ni parte, por más áspera que fuese,
donde no se escalase y combatiese.
Los nuestros sobre el muro amontonados
los rebaten, impelen y maltratan,
y con lanzas y tiros arrojados
los derriban abajo y desbaratan.
Mas poco los demás escarmentados,
la difícil subida no dilatan,
antes procuran luego embravecidos
ocupar el lugar de los caídos.
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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Unos así tras otros procediendo,
ganosos de honra y de temor desnudos,
siempre la priesa y multitud creciendo,
crece la furia de los golpes crudos;
los defendidos términos rompiendo,
cubiertos de sus cóncavos escudos,
nos pusieron en punto y apretura
que estuvo lo imposible en aventura.
En este tiempo Tucapel furioso
apareció gallardo en la muralla
esgrimiendo un bastón fuerte y ñudoso
todo cubierto de luciente malla.
Como el león de Libia vedijoso,
que abriendo de la tímida canalla
el tejido escuadrón, con furia horrenda
desembaraza la impedida senda,
así el furioso bárbaro arrogante
discurre por el muro, derribando
cuanto allí se le opone y vee delante,
su misma gente y armas tropellando.
Quisiera tener lengua y voz bastante
para poder en suma ir relatando
el singular esfuerzo y valentía
que el bravo Tucapel mostró aquel día.
No las espesas picas ni pertrechos
bastan puestas en contra a resistirle,
ni fuertes brazos ni robustos pechos
pueden, acometiéndole, impedirle;
que montones de gente y armas hechos
rompe y derriba sin poder sufrirle,
y aun, no contento desto, osadamente
se arroja dentro en medio de la gente.
Y al peligro las fuerzas añadiendo,
la poderosa maza rodeaba,
unos desbaratando, otros rompiendo,
siempre más tierra y opinión ganaba.
Al fin, los duros golpes resistiendo,
por las armas y gente atravesaba,
hiriendo siempre a diestro y a siniestro,
con grande riesgo suyo y daño nuestro.
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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También hacia la banda del poniente
había Peteguelén arremetido,
y a despecho y pesar de nuestra gente
en lo más alto del bastión subido.
Que el valeroso corazón ardiente
le había por las entrañas esparcido
un belicoso ardor, como si fuera
en la verde y robusta edad primera.
Mucho no le duró, que a poca pieza
le arrebató una bala desmandada
de los dispuestos hombros la cabeza,
rematando su próspera jornada.
Tras ésta disparó luego otra pieza
hacia la misma parte encaminada,
llevando a Guampicol que le seguía,
y a Surco, Longomilla y Lebopía.
La gente que en las naos había quedado,
viendo el rumor y priesa repentina,
cuál salta luego arriba desarmado,
cuál con rodela; cuál con coracina;
quién se arroja al batel, y quién a nado
piensa arribar más presto a la marina,
llamando cada cual a quien debía
y ninguno aguardaba compañía.
Así a nado y a remo, con gran pena
el molesto y prolijo mar cortaron,
y en la ribera y deseada arena
casi todos a un tiempo pie tomaron,
donde con diciplina y orden buena
un cerrado escuadrón luego formaron,
marchando a socorrer a los amigos
por medio de las armas y enemigos.
Del mar no habían sacado los pies, cuando
por la parte de abajo con ruido
les sale un escuadrón en contra, dando
una furiosa carga y alarido.
Venía el primero el paso apresurando
el suelto Fenistón, mozo atrevido,
que de los otros quiso adelantarse,
con gana y presunción de señalarse.
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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Nuestra gente con orden y osadía
siguiendo su derrota y firme intento,
a la enemiga opuesta arremetía,
que aun de esperar no tuvo sufrimiento;
y a recebir a Fenistón salía
con paso no menor y atrevimiento
y el diestro Julián de Valenzuela,
la espada en mano, al pecho la rodela.
Fue allí el primero que empezó el asalto
el presto Fenistón anticipado,
dando un ligero y no pensado salto
con el cual descargó un bastón pesado;
mas Valenzuela, la rodela en alto,
a dos manos el golpe ha reparado,
dejándole atronado de manera
como si encima un monte le cayera.
Bajó la ancha rodela a la cabeza
(tanto fue el golpe recio y desmedido),
y el trasportado joven una pieza
fue rodando de manos, aturdido;
mas luego, aunque atronado, se endereza,
y volviendo del todo en su sentido,
pudo al través hurtándose de un salto,
huir la maza que calaba de alto.
Entró el leño por tierra un gran pedazo
con el gran peso y fuerza que traía,
que visto Valenzuela el embarazo
del bárbaro, y el tiempo que él tenía,
metiendo con presteza el pie y el brazo
el pecho con la espada le cosía,
y al sacar la caliente y roja espada
le llevó de revés media quijada.
El araucano ya con desatino
le echó los brazos sin saber por donde,
mas el joven, tentando otro camino,
arrancada la daga, la responde;
que con la priesa y fuerza que convino
tres veces en el cuerpo se la esconde,
haciéndole estender, ya casi helados,
los pies y fuertes brazos añudados.
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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Ya en aquella sazón ninguno había
que sólo un punto allí estuviese ocioso,
mas cada cual solícito corría
a lo más necesario y peligroso;
era el estruendo tal, que parecía
el batir de las armas presuroso,
que de sus fijos quicios todo el cielo
desencasado, se viniese al suelo.
Por otra parte, arriba en la muralla,
siempre con rabia y priesa hervorosa,
andaba muy reñida la batalla
y la vitoria en confusión dudosa.
Vuelta en el aire la cortada malla,
y de sangre caliente y espumosa
tantos arroyos en el foso entraban
que los cuerpos en ella ya nadaban.
Así de acá y de allá gallardamente
por la plaza y honor se contendía:
quién sobre el muerto sube diligente,
quién muerto sobre el vivo allí caía.
Don García de Mendoza entre su gente
su cuartel con esfuerzo defendía,
el gran furor y bárbara violencia
haciendo suficiente resistencia.
Don Felipe Hurtado a la otra mano,
don Francisco de Andía y Espinosa,
y don Simón Pereyra, lusitano,
don Alonso Pacheco y Ortigosa,
contrapuestos al ímpetu araucano,
hacían prueba de esfuerzo milagrosa
resistiendo a gran número la entrada
a pura fuerza y valerosa espada.
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CANTO XIX
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| La araucana segunda parte |
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Basco Xuárez también por otra parte,
Carrillo y don Antonio de Cabrera,
Arias Pardo, Riberos y Lasarte,
Córdoba y Pedro de Olmos de Aguilera,
subidos sobre el alto baluarte
herían en los contrarios de manera
que, aunque eran infinitos, bien seguro
por toda aquella banda estaba el muro.
No menos se mostraba peleando
Juan de Torres, Garnica y Campofrío,
don Martín de Guzmán y don Hernando
Pacho, Gutiérrez, Zúñiga, y Verrío,
Ronquillo, Lira, Osorio, Vaca, Ovando,
haciendo cosas que el ingenio mío,
aunque libre de estorbos estuviera,
contarlas por estenso no pudiera.
Tanto el daño creció, que de aquel lado
los fieros araucanos aflojaron,
y rostro a rostro, en paso concertado,
quebrantado el furor se retiraron;
los otros, visto el daño no pensado,
también del loco intento se apartaron,
quedando Tucapel dentro del fuerte,
hiriendo, derribando y dando muerte.
No desmayó por esto, antes ardía
en cólera rabiosa y viva saña,
y aquí y allí furioso discurría
haciendo en todas partes riza estraña;
tropella a Bustamante y a Mexía,
derriba a Diego Pérez y a Saldaña.
Mas ya es razón, pues he cantado tanto,
dar fin al gran destrozo y largo canto.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Retíranse los araucanos con pérdida de mucha gente; escápase
Tucapel muy herido, rompiendo por los enemigos; cuenta Tegualda a
don Alonso de Ercilla el estraño y lastimoso proceso de su historia
Nadie prometa sin mirar primero
lo que de su caudal y fuerza siente,
que quien en prometer es muy ligero
proverbio es que de espacio se arrepiente.
La palabra es empeño verdadero
que habemos de quitar forzosamente
y es derecho común y ley espresa
guardar al enemigo la promesa.
Bien fuera destas leyes va la usanza
que en este tiempo mísero se tiene.
Promesas que os ensanchan la esperanza
y ninguna se cumple ni mantiene;
así la vana y necia confianza
que estribando en el aire nos sostiene,
se viene al suelo y llega el desengaño
cuando es mayor que la esperanza el daño.
De mí sabré decir cuán trabajada
me tiene la memoria, y con cuidado
la palabra que di, bien escusada,
de acabar este libro comenzado;
que la seca materia desgustada
tan desierta y estéril que he tomado
me promete hasta el fin trabajo sumo
y es malo de sacar de un terrón zumo.
¿Quién me metió entre abrojos y por cuestas
tras las roncas trompetas y atambores,
pudiendo ir por jardines y florestas
cogiendo varias y olorosas flores,
mezclando en las empresas y requestas
cuentos, ficciones, fábulas y amores,
donde correr sin límite pudiera
y dando gusto, yo lo recibiera?
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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¿Todo ha de ser batallas y asperezas,
discordia, fuego, sangre, enemistades,
odios, rencores, sañas y bravezas,
desatino, furor, temeridades,
rabias, iras, venganzas y fierezas,
muertes, destrozos, rizas, crueldades
que al mismo Marte ya pondrán hastío,
agotando un caudal mayor que el mío?
Mas a mí me es forzoso ser paciente,
pues de mi voluntad quise obligarme;
y así os pido, Señor, humildemente
que no os dé pesadumbre el escucharme.
Quel atrevido bárbaro valiente
aun no me da lugar de disculparme:
tal es la furia y priesa con que viene,
que apresurar la mano me conviene.
El cual, como encerrada bestia fiera,
ora de aquella y ora desta parte
abre sangrienta y áspera carrera,
y por todas el daño igual reparte
con un orgullo tal, que acometiera
allá en su quinto trono al fiero Marte,
si viera modo de subir al cielo,
según era gallardo de cerbelo.
Pero viéndose solo y mal herido
y el ejército bárbaro deshecho,
y todo el fiero hierro convertido
contra su fuerte y animoso pecho,
se retrujo a una parte, en la cual vido
quel cerro era peinado y muy derecho,
sin muro de aquel lado, donde un salto
había de más de veinte brazas de alto.
Como si en tal razón alas tuviera,
más seguras que Dédalo las tuvo,
se arroja desde arriba de manera
que parece que en ellas se sostuvo;
hizo prueba de sí fuerte y ligera,
que el salto, aunque mortal, en poco tuvo,
cayendo abajo el bárbaro gallardo
como una onza ligera o suelto pardo.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Mas, bien no se lanzó, que en seguimiento
infinidad de tiros le arrojaron,
que, aunque no le alcanzara el pensamiento,
antes que fuese abajo le alcanzaron.
Fue tanto el descargar, que en un momento
en más de diez lugares le llagaron,
pero no de manera que cayese
ni solo un paso y pie descompusiese.
Viéndose abajo y tan herido, luego
del propósito y salto arrepentido,
abrasado en rabioso y vivo fuego,
terrible y más que nunca embravecido,
quisiera revolver de nuevo al juego
y vengarse del daño recebido;
mas era imaginarlo desatino,
que el cerro era tajado y sin camino.
Cinco o seis veces la difícil vía
y de fortuna el crédito tentaba,
que fácil lo imposible le hacía
el coraje y furor que le incitaba:
por un lado y por otro discurría,
todo de acá y de allá lo rodeaba,
como el hambriento lobo encarnizado
rodea de los corderos el cercado.
Mas viendo al fin que era designio vano
y de tiros sobre él la lluvia espesa,
retirándose a un lado, vio en el llano
la trabada batalla y fiera priesa;
y como el levantado halcón lozano
que, yendo alta la garza, se atraviesa
el cobarde milano, y desde el cielo
cala a la presa con furioso vuelo,
así el gallardo Tucapel, dejado
el temerario intento infrutuoso,
revuelve a la otra banda, encaminado
al reñido combate sanguinoso.
En esto el bando infiel desconfiado,
de mucha gente y sangre perdidoso,
se retiró siguiendo las banderas
que iban marchando ya por las laderas.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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No por eso torció de su demanda
un solo paso el bárbaro valiente,
antes recio embistió por una banda,
tropellando de golpe mucha gente,
y dándoles terrible escurribanda,
pasó de un cabo a otro francamente,
hiriendo y derribando de manera
que dejó bien abierta la carrera.
Quién queda allí estropiado, quién tullido,
quién se duele, quién gime, quién se queja,
quién cae acá, quién cae allá aturdido,
quién haciéndole plaza, dél se aleja;
y en el largo escuadrón de armas tejido
un gran portillo y ancha calle deja,
con el furor que el fiero rayo apriesa
rompe el aire apretado y nube espesa.
De tal manera Tucapel, abriendo
de parte a parte el escuadrón cristiano,
arriba a los amigos, que siguiendo
iban la retirada a paso llano,
con el concierto y orden procediendo,
que vemos ir las grullas el verano,
cuando de su tendida y negra banda
ninguna se adelanta ni desmanda.
Nosotros, aunque pocos, cuando vimos
que a espaldas vueltas iban ya marchando,
de nuestro fuerte en gran tropel salimos
en la campaña un escuadrón formando,
y a paso moderado los seguimos,
de la vitoria enteramente usando;
pero dimos la vuelta apresurada
temiendo alguna bárbara emboscada.
Duró, pues, el reñido asalto tanto
que el sol en lo más alto levantado
distaba del poniente en punto cuanto
estaba del oriente desviado.
Nosotros, ya seguros, entretanto
que remataba el curso acostumbrado,
dando lugar a las noturnas horas
del personal trabajo aliviadoras,
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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el ciego foso alrededor limpiamos,
sin descansar un punto diligentes,
y en muchas partes dél desbaratamos
anchas, traviesas y formadas puentes;
los lugares más flacos reparamos,
con industria y defensas suficientes,
fortificando el sitio de manera
que resistir un gran furor pudiera.
La negra noche a más andar cubriendo
la tierra, que la luz desamparaba,
se fue toda la gente recogiendo
según y en el lugar que le tocaba;
la guardia y centinelas repartiendo,
que el tiempo estrecho a nadie reservaba,
me cupo el cuarto de la prima en suerte
en un bajo recuesto junto al fuerte;
donde con el trabajo de aquel día
y no me haber en quince desarmado,
el importuno sueño me afligía,
hallándome molido y quebrantado;
mas con nuevo ejercicio resistía,
paseándome deste y de aquel lado
sin parar un momento; tal estaba
que de mis propios pies no me fiaba.
No el manjar de sustancia vaporoso,
ni vino muchas veces trasegado,
ni el hábito y costumbre de reposo
me habían el grave sueño acarreado.
Que bizcocho negrísimo y mohoso
por medida de escasa mano dado
y la agua llovediza desabrida
era el mantenimiento de mi vida.
Y a veces la ración se convertía
en dos tasados puños de cebada,
que cocida con yerbas nos servía
por la falta de sal, la agua salada;
la regalada cama en que dormía
era la húmida tierra empantanada,
armado siempre y siempre en ordenanza,
la pluma ora en la mano, ora la lanza.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Andando, pues, así con el molesto
sueño que me aquejaba porfiando,
y en gran silencio el encargado puesto
de un canto al otro canto paseando,
vi que estaba el un lado del recuesto
lleno de cuerpos muertos blanqueando,
que nuestros arcabuces aquel día
habían hecho gran riza y batería.
No mucho después desto, yo que estaba
con ojo alerto y con atento oído,
sentí de rato en rato que sonaba
hacia los cuerpos muertos un ruido,
que siempre al acabar se remataba
con un triste sospiro sostenido,
y tornaba a sentirse, pareciendo
que iba de cuerpo en cuerpo discurriendo.
La noche era tan lóbrega y escura
que divisar lo cierto no podía,
y así por ver el fin desta aventura
(aunque más por cumplir lo que debía)
me vine, agazapado en la verdura,
hacia la parte que el rumor se oía,
donde vi entre los muertos ir oculto
andando a cuatro pies un negro bulto.
Yo de aquella visión mal satisfecho,
con un temor, que agora aun no le niego,
la espada en mano y la rodela al pecho,
llamando a Dios, sobre él aguijé luego.
Mas el bulto se puso en pie derecho,
y con medrosa voz y humilde ruego
dijo: «Señor, señor, merced te pido,
que soy mujer y nunca te he ofendido.
Si mi dolor y desventura estraña
a lástima y piedad no te inclinaren
y tu sangrienta espada y fiera saña
de los términos lícitos pasaren,
¿qué gloria adquirirás de tal hazaña,
cuando los justos cielos publicaren
que se empleó en una mujer tu espada,
viuda, mísera, triste y desdichada?
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Ruégote pues, señor, si por ventura
o desventura, como fue la mía,
con amor verdadero y con fe pura
amaste tiernamente en algún día,
me dejes dar a un cuerpo sepultura,
que yace entre esta muerta compañía.
Mira que aquel que niega lo que es justo
lo malo aprueba ya y se hace injusto.
No quieras impedir obra tan pía,
que aun en bárbara guerra se concede,
que es especie y señal de tiranía
usar de todo aquello que se puede.
Deja buscar su cuerpo a esta alma mía,
después furioso con rigor procede,
que ya el dolor me ha puesto en tal estremo
que más la vida que la muerte temo;
que no sé mal que ya dañarme pueda:
no hay bien mayor que no le haber tenido;
acábese y fenezca lo que queda
pues que mi dulce amigo ha fenecido.
Que aunque el cielo cruel no me conceda
morir mi cuerpo con el suyo unido,
no estorbará, por más que me persiga,
que mi afligido espíritu le siga».
En esto con instancia me rogaba
que su dolor de un golpe rematase;
mas yo, que en duda y confusión estaba
aún, teniendo temor que me engañase,
del verdadero indicio no fiaba
hasta que un poco más me asegurase,
sospechando que fuese alguna espía
que a saber cómo estábamos venía.
Bien que estuve dudoso, pero luego
(aunque la noche el rostro le encubría),
en su poco temor y gran sosiego
vi que verdad en todo me decía;
y que el pérfido amor, ingrato y ciego,
en busca del marido la traía,
el cual en la primera arremetida,
queriendo señalarse, dio la vida.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Movido, pues, a compasión de vella
firme en su casto y amoroso intento,
de allí salido, me volví con ella
a mi lugar y señalado asiento,
donde yo le rogué que su querella
con ánimo seguro y sufrimiento
desde el principio al cabo me contase
y desfogando la ansia descansase.
Ella dijo: «¡Ay de mí!, que es imposible
tener jamás descanso hasta la muerte,
que es sin remedio mi pasión terrible
y más que todo sufrimiento fuerte;
mas, aunque me será cosa insufrible,
diré el discurso de mi amarga suerte;
quizá que mi dolor, según es grave,
podrá ser que esforzándole me acabe.
Yo soy Tegualda, hija desdichada
del cacique Brancol desventurado,
de muchos por hermosa en vano amada,
libre un tiempo de amor y de cuidado;
pero muy presto la fortuna, airada
de ver mi libertad y alegre estado,
turbó de tal manera mi alegría
que al fin muero del mal que no temía.
De muchos fui pedida en casamiento,
y a todos igualmente despreciaba,
de lo cual mi buen padre descontento,
que yo acetase alguno me rogaba;
pero con franco y libre pensamiento
de su importuno ruego me escusaba,
que era pensar mudarme desvarío
y martillar sin fruto en hierro frío.
No por mis libres y ásperas respuestas
los firmes pretensores aflojaron,
antes con nuevas pruebas y requestas
en su vana demanda más instaron,
y con danzas, con juegos y otras fiestas
mudar mi firme intento procuraron,
no les bastando maña ni artificio
a sacar mi propósito de quicio.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Muy presto, pues, llegó el postrero día
desta mi libertad y señorío:
¡oh si lo fuera de la vida mía!
Pero no pudo ser, que era bien mío.
En un lugar que junto al pueblo había
donde el claro Gualebo, manso río,
después que sus viciosos campos riega,
el nombre y agua al ancho Itata entrega,
allí, para castigo de mi engaño,
que fuese a ver sus fiestas me rogaron,
y como había de ser para mi daño,
fácilmente comigo lo acabaron.
Luego, por orden y artificio estraño,
la larga senda y pasos enramaron,
pareciéndoles malo el buen camino
y que el sol de tocarme no era dino.
Llegué por varios arcos donde estaba
un bien compuesto y levantado asiento,
hecho por tal manera que ayudaba
la maestra natura al ornamento.
El agua clara en torno murmuraba,
los árboles movidos por el viento
hacían un movimiento y un ruido
que alegraban la vista y el oído.
Apenas, pues, en él me había asentado,
cuando un alto y solene bando echaron,
y del ancho palenque y estacado
la embarazosa gente despejaron.
Cada cual a su puesto retirado,
la acostumbrada lucha comenzaron,
con un silencio tal que los presentes
juzgaran ser pinturas más que gentes.
Aunque había muchos jóvenes lucidos
todos al parecer competidores,
de diferentes suertes y vestidos,
y de un fin engañoso pretensores;
no estaba en cuáles eran los vencidos,
ni cuáles habían sido vencedores,
buscando acá y allá entretenimiento,
con un ocioso y libre pensamiento,
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Yo, que en cosa de aquellas no paraba
el fin de sus contiendas deseando,
ora los altos árboles miraba,
de natura las obras contemplando;
ora la agua que el prado atravesaba,
las varias pedrezuelas numerando,
libre a mi parecer y muy segura
de cuidado, de amor y desventura,
cuando un gran alboroto y vocería
(cosa muy cierta en semejante juego)
se levantó entre aquella compañía,
que me sacó de seso y mi sosiego.
Yo, queriendo entender lo que sería,
al más cerca de mí pregunté luego
la causa de la grita ocasionada,
que me fuera mejor no saber nada.
El cual dijo: -Señora, ¿no has mirado
cómo el robusto joven Mareguano
con todos cuantos mozos ha luchado,
los ha puesto de espaldas en el llano?
Y cuando ya esperaba confiado
que la bella guirnalda de tu mano
la ciñera la ufana y leda frente
en premio y por señal más valiente,
aquel gallardo mozo bien dispuesto
del vestido de verde y encarnado,
con gran facilidad le ha en tierra puesto,
llevándole el honor que había ganado;
y el fácil y liviano pueblo desto
como de novedad maravillado,
ha levantado aquel confuso estruendo,
la fuerza del mancebo encareciendo.
Y también Mareguano que procura
de volver a luchar, el cual alega
que fue siniestro caso y desventura,
que en fuerza y maña el otro no le llega;
pero la condición y la postura
del espreso cartel se lo deniega,
aunque el joven con ánimo valiente
da voces que es contento y lo consiente;
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
|---|
pero los jueces, por razón, no admiten
del uno ni de otro el pedimiento,
ni en modo alguno quieren ni permiten
inovación en esto y movimiento,
mas que de su propósito se quiten
si entrambos de común consentimiento,
pareciendo primero en tu presencia
no alcanzaren de ti franca licencia.
En esto a mi lugar enderezando
de aquella gente un gran tropel venía,
que como junto a mí llegó, cesando
el discorde alboroto y vocería,
el mozo vencedor la voz alzando,
con una humilde y baja cortesía
dijo: -Señora, una merced te pido,
sin haberla mis obras merecido:
que si soy estranjero y no merezco
hagas por mí lo que es tan de tu oficio,
como tu siervo natural me ofrezco
de vivir y morir en tu servicio;
que aunque el agravio aquí yo le padezco,
por dar desta mi oferta algún indicio
quiero, si dello fueres tú servida,
luchar con Mareguano otra caída,
y otra y otra y aun más, si él quiere, quiero,
hasta dejarle en todo satisfecho;
y consiento que al punto y ser primero
se reduza la prueba y el derecho,
que siendo en tu presencia cierto espero
salir con mayor gloria deste hecho.
Danos licencia, rompe el estatuto
con tu poder sin límite absoluto.
Esto dicho, con baja reverencia
la respuesta, mirándome, esperaba;
mas yo, que sin recato y advertencia,
escuchándole atenta le miraba,
no sólo concederle la licencia
pero ya que venciese deseaba,
y así le respondí: -Si yo algo puedo,
libre y graciosamente lo concedo.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Luego con un gallardo continente
ambos juntos de mí se despidieron,
y con grande alborozo de la gente
en la cerrada plaza los metieron,
adonde los padrinos igualmente
el sol ya bajo y campo les partieron,
y dejándolos solos en el puesto
el uno para el otro movió presto.
Juntáronse en un punto y porfiando
por el campo anduvieron un gran trecho,
ora volviendo en torno y volteando,
ora yendo al través, ora al derecho,
ora alzándose en alto, ora bajando,
ora en sí recogidos pecho a pecho,
tan estrechos, gimiendo, se tenían,
que recebir aliento aun no podían.
«Volvían a forcejar con un ruido,
que era de ver y oírlos cosa estraña,
pero el mozo estranjero, ya corrido
de su poca pujanza y mala maña,
alzó de tierra al otro y de un gemido
de espaldas le trabuca en la campaña
con tal golpe, que al triste Mareguano
no le quedó sentido y hueso sano.
Luego de mucha gente acompañado
a mi asiento los jueces le trujeron,
el cual ante mis pies arrodillado,
que yo le diese el precio me dijeron.
No sé si fue su estrella o fue mi hado
ni las causas que en esto concurrieron,
que comencé a temblar y un fuego ardiendo
fue por todos mis huesos discurriendo.
Halléme tan confusa y alterada
de aquella nueva causa y acidente,
que estuve un rato atónita y turbada
en medio del peligro y tanta gente;
pero volviendo en mí más reportada,
al vencedor en todo dignamente,
que estaba allí inclinado ya en mi falda,
le puse en la cabeza la guirnalda.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Pero bajé los ojos al momento
de la honesta vergüenza reprimidos,
y el mozo con un largo ofrecimiento
inclinó a sus razones mis oídos.
Al fin se fue, llevándome el contento
y dejando turbados mis sentidos;
pues que llegué de amor y pena junto
de solo el primer paso al postrer punto.
Sentí una novedad que me apremiaba
la libre fuerza y el rebelde brío,
a la cual sometida se entregaba
la razón, libertad y el albedrío.
Yo, que cuando acordé, ya me hallaba
ardiendo en vivo fuego el pecho frío,
alcé los ojos tímidos cebados,
que la vergüenza allí tenía abajados.
Roto con fuerza súbita y furiosa
de la vergüenza y continencia el freno,
le seguí con la vista deseosa,
cebando más la llaga y el veneno.
Que sólo allí mirarle y no otra cosa
para mi mal hallaba que era bueno,
así que adonde quiera que pasaba
tras sí los ojos y alma me llevaba.
Vile que a la sazón se apercebía
para correr el palio acostumbrado,
que una milla de trecho y más tenía
el término del curso señalado,
y al suelto vencedor se prometía
un anillo de esmaltes rodeado
y una gruesa esmeralda bien labrada,
dado por esta mano desdichada.
Más de cuarenta mozos en el puesto
a pretender el precio parecieron
donde, en la raya y el pie cada cual puesto,
promptos y apercebidos atendieron:
que no sintieron la señal tan presto
cuando todos en hila igual partieron
con tal velocidad, que casi apenas
señalaban la planta en las arenas.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Pero Crepino, el joven estranjero,
que así de nombre propio se llamaba,
venía con tanta furia el delantero,
que al presuroso viento atrás dejaba.
El rojo palio al fin tocó el primero
que la larga carrera remataba,
dejando con su término agraciado
el circunstante pueblo aficionado.
Y con solene triunfo rodeando
la llena y ancha plaza, le llevaron;
pero después a mi lugar tornando,
que le diese el anillo me rogaron.
Yo, un medroso temblor disimulando
(que atentamente todos me miraron),
del empacho y temor pasado el punto,
le di mi libertad y anillo junto.
Él me dijo: -Señora, te suplico
le recibas de mí, que aunque parece
pobre y pequeño el don, te certifico
que es grande la afición con que se ofrece;
que con este favor quedaré rico
y así el ánimo y fuerzas me engrandece,
que no habrá empresa grande ni habrá cosa
que ya me pueda ser dificultosa.
Yo, por usar de toda cortesía
(que es lo que a las mujeres perficiona),
le dije que el anillo recebía
y más la voluntad de tal persona;
en esto toda aquella compañía
hecha en torno de mi espesa corona,
del ya agradable asiento me bajaron
y a casa de mi padre me llevaron.
No con pequeña fuerza y resistencia,
por dar satisfación de mí a la gente,
encubrí tres semanas mi dolencia,
siempre creciendo el daño y fuego ardiente;
y mostrando venir a la obediencia
de mi padre y señor, mañosamente
le di a entender por señas y rodeo
querer cumplir su ruego y mi deseo,
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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diciendo que pues él me persuadía
que tomase parientes y marido,
al parecer según que convenía,
yo por le obedecer le había elegido:
el cual era Crepino, que tenía
valor, suerte y linaje conocido,
junto con ser discreto, honesto, afable,
de condición y término loable.
Mi padre, que con sesgo y ledo gesto
hasta el fin escuchó el parecer mío,
besándome en la frente, dijo: -En esto
y en todo me remito a tu albedrío,
pues de tu discreción e intento honesto
que elegirás lo que conviene fío,
y bien muestra Crepino en su crianza
ser de buenos respetos y esperanza.
Ya que con voluntad y mandamiento
a mi honor y deseo satisfizo
y la vana contienda y fundamento
de los presentes jóvenes deshizo,
el infelice y triste casamiento
en forma y acto público se hizo.
Hoy hace justo un mes, ¡oh suerte dura,
qué cerca está del bien la desventura!
«Ayer me vi contenta de mi suerte,
sin temor de contraste ni recelo;
hoy la sangrienta y rigurosa muerte
todo lo ha derribado por el suelo.
¿Qué consuelo ha de haber a mal tan fuerte?;
¿qué recompensa puede darme el cielo,
adonde ya ningún remedio vale
ni hay bien que con tan grande mal se iguale?
Éste es, pues, el proceso; ésta es la historia
y el fin tan cierto de la dulce vida:
he aquí mi libertad y breve gloria
en eterna amargura convertida.
Y pues que por tu causa la memoria
mi llaga ha renovado encrudecida,
en recompensa del dolor te pido
me dejes enterrar a mi marido;
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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que no es bien que las aves carniceras
despedacen el cuerpo miserable,
ni los perros y brutas bestias fieras
satisfagan su estómago insaciable;
mas cuando empedernido ya no quieras
hacer cosa tan justa y razonable,
haznos con esa espada y mano dura
iguales, en la muerte y sepultura».
Aquí acabó su historia, y comenzaba
un llanto tal que el monte enternecía
con una ansia y dolor que me obligaba
a tenerle en el duelo compañía;
que ya el asegurarle no bastaba
de cuanto prometer yo le podía:
solo pedía la muerte y sacrificio
por último remedio y beneficio.
En gran congoja y confusión me viera,
si don Simón Pereira, que a otro lado
hacía también la guardia, no viniera
a decirme que el tiempo era acabado;
y espantado también de lo que oyera,
que un poco desde aparte había escuchado,
me ayudó a consolarla, haciendo ciertas
con nuevo ofrecimiento mis ofertas.
Ya el presuroso cielo volteando
en el mar las estrellas trastornaba,
y el Crucero las horas señalando,
entre el sur y sudueste declinaba
en mitad del silencio y noche, cuando
visto cuánto la oferta la obligaba,
reprimiendo Tegualda su lamento,
la llevamos a nuestro alojamiento;
donde en honesta guarda y compañía
de mujeres casadas quedó, en tanto
que el esperado ya vecino día quitase
de la noche el negro manto.
Entretanto también razón sería,
pues que todos descansan y yo canto,
dejarlo hasta mañana en este estado,
que de reposo estoy necesitado.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Allí, para castigo de mi engaño,
que fuese a ver sus fiestas me rogaron,
y como había de ser para mi daño,
fácilmente comigo lo acabaron.
Luego, por orden y artificio estraño,
la larga senda y pasos enramaron,
pareciéndoles malo el buen camino
y que el sol de tocarme no era dino.
Llegué por varios arcos donde estaba
un bien compuesto y levantado asiento,
hecho por tal manera que ayudaba
la maestra natura al ornamento.
El agua clara en torno murmuraba,
los árboles movidos por el viento
hacían un movimiento y un ruido
que alegraban la vista y el oído.
Apenas, pues, en él me había asentado,
cuando un alto y solene bando echaron,
y del ancho palenque y estacado
la embarazosa gente despejaron.
Cada cual a su puesto retirado,
la acostumbrada lucha comenzaron,
con un silencio tal que los presentes
juzgaran ser pinturas más que gentes.
Aunque había muchos jóvenes lucidos
todos al parecer competidores,
de diferentes suertes y vestidos,
y de un fin engañoso pretensores;
no estaba en cuáles eran los vencidos,
ni cuáles habían sido vencedores,
buscando acá y allá entretenimiento,
con un ocioso y libre pensamiento,
Yo, que en cosa de aquellas no paraba
el fin de sus contiendas deseando,
ora los altos árboles miraba,
de natura las obras contemplando;
ora la agua que el prado atravesaba,
las varias pedrezuelas numerando,
libre a mi parecer y muy segura
de cuidado, de amor y desventura,
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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cuando un gran alboroto y vocería
(cosa muy cierta en semejante juego)
se levantó entre aquella compañía,
que me sacó de seso y mi sosiego.
Yo, queriendo entender lo que sería,
al más cerca de mí pregunté luego
la causa de la grita ocasionada,
que me fuera mejor no saber nada.
El cual dijo: -Señora, ¿no has mirado
cómo el robusto joven Mareguano
con todos cuantos mozos ha luchado,
los ha puesto de espaldas en el llano?
Y cuando ya esperaba confiado
que la bella guirnalda de tu mano
la ciñera la ufana y leda frente
en premio y por señal más valiente,
aquel gallardo mozo bien dispuesto
del vestido de verde y encarnado,
con gran facilidad le ha en tierra puesto,
llevándole el honor que había ganado;
y el fácil y liviano pueblo desto
como de novedad maravillado,
ha levantado aquel confuso estruendo,
la fuerza del mancebo encareciendo.
Y también Mareguano que procura
de volver a luchar, el cual alega
que fue siniestro caso y desventura,
que en fuerza y maña el otro no le llega;
pero la condición y la postura
del espreso cartel se lo deniega,
aunque el joven con ánimo valiente
da voces que es contento y lo consiente;
pero los jueces, por razón, no admiten
del uno ni de otro el pedimiento,
ni en modo alguno quieren ni permiten
inovación en esto y movimiento,
mas que de su propósito se quiten
si entrambos de común consentimiento,
pareciendo primero en tu presencia
no alcanzaren de ti franca licencia.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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En esto a mi lugar enderezando
de aquella gente un gran tropel venía,
que como junto a mí llegó, cesando
el discorde alboroto y vocería,
el mozo vencedor la voz alzando,
con una humilde y baja cortesía
dijo: -Señora, una merced te pido,
sin haberla mis obras merecido:
que si soy estranjero y no merezco
hagas por mí lo que es tan de tu oficio,
como tu siervo natural me ofrezco
de vivir y morir en tu servicio;
que aunque el agravio aquí yo le padezco,
por dar desta mi oferta algún indicio
quiero, si dello fueres tú servida,
luchar con Mareguano otra caída,
y otra y otra y aun más, si él quiere, quiero,
hasta dejarle en todo satisfecho;
y consiento que al punto y ser primero
se reduza la prueba y el derecho,
que siendo en tu presencia cierto espero
salir con mayor gloria deste hecho.
Danos licencia, rompe el estatuto
con tu poder sin límite absoluto.
Esto dicho, con baja reverencia
la respuesta, mirándome, esperaba;
mas yo, que sin recato y advertencia,
escuchándole atenta le miraba,
no sólo concederle la licencia
pero ya que venciese deseaba,
y así le respondí: -Si yo algo puedo,
libre y graciosamente lo concedo.
Luego con un gallardo continente
ambos juntos de mí se despidieron,
y con grande alborozo de la gente
en la cerrada plaza los metieron,
adonde los padrinos igualmente
el sol ya bajo y campo les partieron,
y dejándolos solos en el puesto
el uno para el otro movió presto.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Juntáronse en un punto y porfiando
por el campo anduvieron un gran trecho,
ora volviendo en torno y volteando,
ora yendo al través, ora al derecho,
ora alzándose en alto, ora bajando,
ora en sí recogidos pecho a pecho,
tan estrechos, gimiendo, se tenían,
que recebir aliento aun no podían.
«Volvían a forcejar con un ruido,
que era de ver y oírlos cosa estraña,
pero el mozo estranjero, ya corrido
de su poca pujanza y mala maña,
alzó de tierra al otro y de un gemido
de espaldas le trabuca en la campaña
con tal golpe, que al triste Mareguano
no le quedó sentido y hueso sano.
Luego de mucha gente acompañado
a mi asiento los jueces le trujeron,
el cual ante mis pies arrodillado,
que yo le diese el precio me dijeron.
No sé si fue su estrella o fue mi hado
ni las causas que en esto concurrieron,
que comencé a temblar y un fuego ardiendo
fue por todos mis huesos discurriendo.
Halléme tan confusa y alterada
de aquella nueva causa y acidente,
que estuve un rato atónita y turbada
en medio del peligro y tanta gente;
pero volviendo en mí más reportada,
al vencedor en todo dignamente,
que estaba allí inclinado ya en mi falda,
le puse en la cabeza la guirnalda.
Pero bajé los ojos al momento
de la honesta vergüenza reprimidos,
y el mozo con un largo ofrecimiento
inclinó a sus razones mis oídos.
Al fin se fue, llevándome el contento
y dejando turbados mis sentidos;
pues que llegué de amor y pena junto
de solo el primer paso al postrer punto.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Sentí una novedad que me apremiaba
la libre fuerza y el rebelde brío,
a la cual sometida se entregaba
la razón, libertad y el albedrío.
Yo, que cuando acordé, ya me hallaba
ardiendo en vivo fuego el pecho frío,
alcé los ojos tímidos cebados,
que la vergüenza allí tenía abajados.
Roto con fuerza súbita y furiosa
de la vergüenza y continencia el freno,
le seguí con la vista deseosa,
cebando más la llaga y el veneno.
Que sólo allí mirarle y no otra cosa
para mi mal hallaba que era bueno,
así que adonde quiera que pasaba
tras sí los ojos y alma me llevaba.
Vile que a la sazón se apercebía
para correr el palio acostumbrado,
que una milla de trecho y más tenía
el término del curso señalado,
y al suelto vencedor se prometía
un anillo de esmaltes rodeado
y una gruesa esmeralda bien labrada,
dado por esta mano desdichada.
Más de cuarenta mozos en el puesto
a pretender el precio parecieron
donde, en la raya y el pie cada cual puesto,
promptos y apercebidos atendieron:
que no sintieron la señal tan presto
cuando todos en hila igual partieron
con tal velocidad, que casi apenas
señalaban la planta en las arenas.
Pero Crepino, el joven estranjero,
que así de nombre propio se llamaba,
venía con tanta furia el delantero,
que al presuroso viento atrás dejaba.
El rojo palio al fin tocó el primero
que la larga carrera remataba,
dejando con su término agraciado
el circunstante pueblo aficionado.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Y con solene triunfo rodeando
la llena y ancha plaza, le llevaron;
pero después a mi lugar tornando,
que le diese el anillo me rogaron.
Yo, un medroso temblor disimulando
(que atentamente todos me miraron),
del empacho y temor pasado el punto,
le di mi libertad y anillo junto.
Él me dijo: -Señora, te suplico
le recibas de mí, que aunque parece
pobre y pequeño el don, te certifico
que es grande la afición con que se ofrece;
que con este favor quedaré rico
y así el ánimo y fuerzas me engrandece,
que no habrá empresa grande ni habrá cosa
que ya me pueda ser dificultosa.
Yo, por usar de toda cortesía
(que es lo que a las mujeres perficiona),
le dije que el anillo recebía
y más la voluntad de tal persona;
en esto toda aquella compañía
hecha en torno de mi espesa corona,
del ya agradable asiento me bajaron
y a casa de mi padre me llevaron.
No con pequeña fuerza y resistencia,
por dar satisfación de mí a la gente,
encubrí tres semanas mi dolencia,
siempre creciendo el daño y fuego ardiente;
y mostrando venir a la obediencia
de mi padre y señor, mañosamente
le di a entender por señas y rodeo
querer cumplir su ruego y mi deseo,
diciendo que pues él me persuadía
que tomase parientes y marido,
al parecer según que convenía,
yo por le obedecer le había elegido:
el cual era Crepino, que tenía
valor, suerte y linaje conocido,
junto con ser discreto, honesto, afable,
de condición y término loable.
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Mi padre, que con sesgo y ledo gesto
hasta el fin escuchó el parecer mío,
besándome en la frente, dijo: -En esto
y en todo me remito a tu albedrío,
pues de tu discreción e intento honesto
que elegirás lo que conviene fío,
y bien muestra Crepino en su crianza
ser de buenos respetos y esperanza.
Ya que con voluntad y mandamiento
a mi honor y deseo satisfizo
y la vana contienda y fundamento
de los presentes jóvenes deshizo,
el infelice y triste casamiento
en forma y acto público se hizo.
Hoy hace justo un mes, ¡oh suerte dura,
qué cerca está del bien la desventura!
«Ayer me vi contenta de mi suerte,
sin temor de contraste ni recelo;
hoy la sangrienta y rigurosa muerte
todo lo ha derribado por el suelo.
¿Qué consuelo ha de haber a mal tan fuerte?;
¿qué recompensa puede darme el cielo,
adonde ya ningún remedio vale
ni hay bien que con tan grande mal se iguale?
Éste es, pues, el proceso; ésta es la historia
y el fin tan cierto de la dulce vida:
he aquí mi libertad y breve gloria
en eterna amargura convertida.
Y pues que por tu causa la memoria
mi llaga ha renovado encrudecida,
en recompensa del dolor te pido
me dejes enterrar a mi marido;
que no es bien que las aves carniceras
despedacen el cuerpo miserable,
ni los perros y brutas bestias fieras
satisfagan su estómago insaciable;
mas cuando empedernido ya no quieras
hacer cosa tan justa y razonable,
haznos con esa espada y mano dura
iguales, en la muerte y sepultura».
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CANTO XX
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| La araucana segunda parte |
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Aquí acabó su historia, y comenzaba
un llanto tal que el monte enternecía
con una ansia y dolor que me obligaba
a tenerle en el duelo compañía;
que ya el asegurarle no bastaba
de cuanto prometer yo le podía:
solo pedía la muerte y sacrificio
por último remedio y beneficio.
En gran congoja y confusión me viera,
si don Simón Pereira, que a otro lado
hacía también la guardia, no viniera
a decirme que el tiempo era acabado;
y espantado también de lo que oyera,
que un poco desde aparte había escuchado,
me ayudó a consolarla, haciendo ciertas
con nuevo ofrecimiento mis ofertas.
Ya el presuroso cielo volteando
en el mar las estrellas trastornaba,
y el Crucero las horas señalando,
entre el sur y sudueste declinaba
en mitad del silencio y noche, cuando
visto cuánto la oferta la obligaba,
reprimiendo Tegualda su lamento,
la llevamos a nuestro alojamiento;
donde en honesta guarda y compañía
de mujeres casadas quedó, en tanto
que el esperado ya vecino día quitase
de la noche el negro manto.
Entretanto también razón sería,
pues que todos descansan y yo canto,
dejarlo hasta mañana en este estado,
que de reposo estoy necesitado.
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CANTO XXI
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| La araucana segunda parte |
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Halla Tegualda el cuerpo del marido y haciendo un llanto sobre |
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CANTO XXI
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| La araucana segunda parte |
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Quedó pues (como dije) recogida |
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CANTO XXI
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| La araucana segunda parte |
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Así, furiosa por morir, echaba |
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CANTO XXI
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| La araucana segunda parte |
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Estando, como digo, una mañana |
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CANTO XXI
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| La araucana segunda parte |
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Ya que los unos y otros con razones |
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CANTO XXI
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| La araucana segunda parte |
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Venido el aplazado, alegre día, |
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CANTO XXI
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| La araucana segunda parte |
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Tras él con fiero término seguía |
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CANTO XXI
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| La araucana segunda parte |
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Cuentan, no sé si es fábula, que estando |
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CANTO XXI
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| La araucana segunda parte |
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Pasó tras éste luego Talcaguano, |
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CANTO XXI
Pág. 092 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Lincoya iba tras él, casi gigante, |
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CANTO XXI
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| La araucana segunda parte |
|---|
Según el mar las olas tiende y crece |
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CANTO XXI
Pág. 094 de 229
|
| La araucana segunda parte |
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Lo que yo os pido de mi parte y digo |
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CANTO XXII
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| La araucana segunda parte |
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Entran los españoles en el Estado de Arauco; traban los araucanos |
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CANTO XXII
Pág. 096 de 229
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| La araucana segunda parte |
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¿Qué puedo, pues, hacer, si ya metido |
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CANTO XXII
Pág. 097 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Aunque a veces en partes recogidos, |
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CANTO XXII
Pág. 098 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Así los iban siempre maltratando, |
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CANTO XXII
Pág. 099 de 229
|
| La araucana segunda parte |
|---|
Por el lado derecho encaminado |
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CANTO XXII
Pág. 100 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Don Miguel y don Pedro de Auendaño, |
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CANTO XXII
Pág. 101 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Jamás los alemanes combatieron |
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CANTO XXII
Pág. 102 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Así la tierra y cielo amenazando |
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CANTO XXII
Pág. 103 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Ya el esparcido ejército obediente |
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CANTO XXII
Pág. 104 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Nuestro campo por orden recogido, |
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CANTO XXII
Pág. 105 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Estando pertinaz desta manera, |
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CANTO XXIII
Pág. 106 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Llega galuarino adonde estaba el senado araucano: hace en el |
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CANTO XXIII
Pág. 107 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Cuál con justo temor dificultaba |
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CANTO XXIII
Pág. 108 de 229
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| La araucana segunda parte |
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¿Qué provincia hubo ya que no tremiese |
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CANTO XXIII
Pág. 109 de 229
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| La araucana segunda parte |
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No pudo decir más de desmayado |
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CANTO XXIII
Pág. 110 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Mas cuando el esperado sol salía, |
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CANTO XXIII
Pág. 111 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Espantado del talle y la torpeza |
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CANTO XXIII
Pág. 112 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Comencéla a seguir a toda priesa |
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CANTO XXIII
Pág. 113 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
El venerable viejo y padre anciano |
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CANTO XXIII
Pág. 114 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Al pie de una asperísima montaña, |
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CANTO XXIII
Pág. 115 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
No sé, pues, cómo pueda encarecerte |
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CANTO XXIII
Pág. 116 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
También en otra parte parecía |
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CANTO XXIII
Pág. 117 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Yo, que con atención mirando andaba |
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CANTO XXIII
Pág. 118 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
«sabrás que a este mancebo le ha traído |
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CANTO XXIII
Pág. 119 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Diciendo así, con paso tardo y lento, |
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CANTO XXIII
Pág. 120 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
«Habrás de saber, hijo, que estos hombres |
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CANTO XXIII
Pág. 121 de 229
|
| La araucana segunda parte |
|---|
Por tanto, a mis palabras no te alteres |
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CANTO XXIII
Pág. 122 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
diciendo: «¡Orco amarillo, Cancerbero! |
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CANTO XXIII
Pág. 123 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Luego, pues, los cristianos dispararon |
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CANTO XXIII
Pág. 124 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
No sé, pues, cómo pueda encarecerte |
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CANTO XXIII
Pág. 125 de 229
|
| La araucana segunda parte |
|---|
También en otra parte parecía |
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CANTO XXIII
Pág. 126 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Yo, que con atención mirando andaba |
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CANTO XXIII
Pág. 127 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
«sabrás que a este mancebo le ha traído |
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CANTO XXIII
Pág. 128 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Diciendo así, con paso tardo y lento, |
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CANTO XXIII
Pág. 129 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
«Habrás de saber, hijo, que estos hombres |
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CANTO XXIII
Pág. 130 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Por tanto, a mis palabras no te alteres |
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CANTO XXIII
Pág. 131 de 229
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| La araucana segunda parte |
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diciendo: «¡Orco amarillo, Cancerbero! |
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CANTO XXIII
Pág. 132 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Mirando, aunque espantado, atentamente |
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CANTO XXIV
Pág. 133 de 229
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| La araucana segunda parte |
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En este canto sólo se contiene la gran batalla naval, el desbarate
y rota de la armada turquesca con la huida de Ochalí
La sazón, gran Felipe, es ya llegada |
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CANTO XXIV
Pág. 134 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Vi allí también de la nación de España |
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CANTO XXIV
Pág. 135 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Don Iuan a la sazón los exhortaba |
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CANTO XXIV
Pág. 136 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
Mirad por ese mar alegremente |
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CANTO XXIV
Pág. 137 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
El valeroso joven, pues, loando |
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CANTO XXIV
Pág. 138 de 229
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| La araucana segunda parte |
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Por el orden y término que cuento |
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CANTO XXIV
Pág. 139 de 229
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| La araucana segunda parte |
|---|
No os altere la muestra y el ruido |