La barca abandonada: 4

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La barca abandonada Vicente Blasco Ibáñez



El alcalde intervino entonces paternalmente: «Hombre, es demasiado -dijo al patrón-. Todo se lo llevan, y los carabineros se quejarán. Dejad, al menos, algunos bultos para justificar la aprehensión.»

Nuestro amo estaba conforme: «Bueno; haced unos cuantos bultos con dos fardos de la peor picadura. Que se contenten con eso.»

Y se alejó hacia el pueblo, llevándose en el pecho toda la documentación de la barca. Pero aún se detuvo un momento, porque aquel diablo de hombre estaba en todo: ¡Los folios! ¡Borrad los folios!»

Parecía que a la barca le habían salido patas. Estaba ya fuera del agua y se arrastraba por la arena en medio de aquella multitud que bullía y trabajaba, animándose con alegres gritos. ¡Qué chasco! ¡Qué chasco se llevarán los del Gobierno!»

El compañero de la pierna rota era llevado en alto por su mujer y su madre. El pobrecillo gemía de dolor a cada movimiento brusco; pero se tragaba las lágrimas y reía también, como los otros, viendo que el cargamento se salvaba y pensando en aquel chasco que hacía reír a todos.

Cuando los últimos fardos se perdieron en las calles de Torresalinas, comenzó la rapiña en la barca. El gentío se llevó las velas, las anclas, los remos; hasta desmontamos el mástil, que se cargó en hombros una turba de muchachos, llevándolo en procesión al otro extremo del pueblo. La barca quedó hecha un pontón, tan pelada como usted la ve.

Y, mientras tanto, los calafates, brocha en mano, pinta que pinta. El Socarrao se desfiguraba como un burro de gitano. Con cuatro brochazos fue borrado el nombre de popa y de los folios de los costados, de esos malditos letreros, que son la cédula de toda embarcación, no quedó ni rastro.

El cañonero echó anclas al mismo tiempo que desaparecían en la entrada del pueblo los últimos despojos de la barca. Yo me quedé en este sitio queriendo verlo todo, y para mayor disimulo ayudaba a unos amigos que echaban al mar una lancha de pesca.

El cañonero envió un bote armado y saltaron a tierra no sé cuántos hombres con fusil y bayoneta. El contramaestre, que iba al frente, juraba furioso mirando El Socarrao y a los carabineros, que se habían apoderado de él.

Todo el vecindario de Torresalinas se reía a aquellas horas, celebrando el chasco, y aún hubiera reído más viendo, como yo, la cara que ponía aquella gente al encontrar por todo cargamento unos cuantos bultos de tabaco malo.

-¿Y qué pasó después? -pregunté al viejo-. ¿No castigaron a nadie?

-¿A quién? Únicamente podían castigar al pobre Socarrao, que quedó prisionero. Se ensució mucho papel, y medio pueblo fue a declarar; pero nadie sabía nada. ¿De qué matrícula era el barco? Silencio; nadie le había visto los folios. ¿Quiénes lo tripulaban? Unos hombres que al varar habían echado a correr tierra adentro. Y nadie sabía más.

-¿Y el cargamento? –dije yo.

-Lo vendimos completo. Usted no sabe lo que es pobreza. Cuando embarrancamos, cada uno agarró el fardo que tenía más a mano y echó a correr para esconderlo en su casa. Pero al día siguiente estaban todos a disposición del patrón; no se perdió ni una libra de tabaco. Los que exponen la vida por el pan y todos los días le ven la cara a la muerte están más libres de tentaciones que los otros.

-Desde entonces –continuó el viejo- está ahí preso el pobre Socarrao. Pero no tardará en hacerse a la mar con su amigo amo. Parece que ha terminado el papeleo; lo sacarán a subasta y se lo quedará el patrón por lo que quiera dar.

-¿Y si otro da más?

-Y quién ha de ser ése? ¿Somos acaso bandidos? Todo el pueblo sabe quiénes el verdadero amo de la barca abandonada, y nadie tiene tan mal corazón que intente perjudicarle. Aquí hay mucha honradez. A cada uno lo que sea suyo, y el mar, que es de Dios, para nosotros los pobres, que hemos de sacar el pan de él, aunque no quiera el Gobierno.

FIN



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