La leyenda patria

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La leyenda patria
de Juan Zorrilla de San Martín


I.

Es la voz de la patria... Pide gloria...
Yo obedezco esa voz. A su llamado,
Siento en el alma abiertos
Los sepulcros que pueblan mi memoria,
Y, en el sudario envueltos de la historia,
Levantarse sus muertos.
Uno de ellos, recuerdo pavoroso
De un lustro triste, se levanta impuro,
Como visión que en un insomnio brota
Del fondo nebuloso
A la voz de un conjuro, y su flotante
Negra veste talar mi frente azota.
¡Lustro de maldición, lustro sombrío!
Noche de esclavitud, de amargas horas,
Sin perfumes, sin cantos, sin auroras,
Vaga en la margen del paterno río...


De los llorosos sauces
Que el Uruguay retrata en su corriente,
Cuelgan las arpas mudas,
Ay! Las arpas de ayer que, en himno ardiente,
Himno de libertad, salmo infinito,
Vibraron, al rodar sobre sus cuerdas
Las auras de Las Piedras y el Cerrito.
Hoy la mano del cierzo deja en ellas
El flébil son de tímidas querellas.


Apenas si un recuerdo luminoso
De un tiempo no distante,
De un tiempo asaz glorioso,
Tímido nace entre la sombra errante
Para entre ella morir, como esas llamas
Que, alumbrando la faz de los sepulcros,
Lívidas un instante fosforecen!
Como esos lirios pálidos y yertos,
Desmayados suspiros de los muertos
Que entre las grietas de las tumbas crecen.


La fuerte ciudadela,
Baluarte del que fué Montevideo,
Desnuda ya del generoso arreo,
Entre las sombras vela
El verde airón de su imperial señora,
Que, en las almenas al batir el aire,
Encarna macilenta,
La sombra vil de la paterna afrenta.
Todo mudo en redor... campos, ciudades...
Todo apenas se agita,
Y, del pecho en las negras soledades,
El patrio corazón ya no palpita.


II.

¡Y un pueblo alienta allí! ¡Y entre esa noche,
Vive en esclavitud un pueblo... y vive!
¿Y es ése el pueblo rudo,
Amamantando ayer por la victoria,
Que batalló frenético y sañudo
Y, al fin, cayó sobre el sangriento escudo,
Envuelto en los girones de su gloria?
¿Y es el que bravo, con robusta mano,
De entre las fauces del león ibero
Arrancó ayer su libertad, que en vano
El coloso oprimió, y entre las ruinas
De la antigua grandeza
Del vencedor del árbitro de Europa,
Levantó la cabeza,
De tempranos laureles circuída
Y con sangre de mártires ungida?
¿Y es la patria de Artigas la que vierte
Lágrimas de despecho,
Teniendo aún sangre que verter, alienta
Esa vida engendrada por la muerte,
Que sus memorias en baldón convierte,
Y de su mismo oprobio se alimenta?
¡Oh! No, no puede ser. Pueblo, despierta;
Arranca el porvenir de tu pasado:
Levántate valiente,
Levántate á reinar, que de rey tienes
El corazón y la guerrera frente.


¿Será que de tus héroes
Los tiempos las cenizas esparcieron?
¿Será que sólo fueron
Sus esfuerzos de ayer fugaz aliento
Que pasó como el ave que no deja
“Ni rastro de sus alas en el viento”?
¡Oh! ¿Que no habrá un recuerdo que levante,
De la tumba musgosa del pasado
Un grito al sacrificio aparejado
Que al opresor espante,
Y, con mano nervuda,
El sueño de esos párpados sacuda?
¿Jamás la noche engendrará un delirio,
La bíblica visión enardecida,
Que á esa planta infeliz dé aliento y vida
Con el riego de sangre del martirio?
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III.

Mirad: del Uruguay en las espumas,
Del Uruguay querido,
Brota un rayo de luz desconocido
Que, desgarrando el seno de las brumas,
Atraviesa la noche del olvido.
Semeja el fleco ardiente que colora
A la lejana estrella vespertina
Que el sueño de las tardes ilumina.
Es primero un albor... luego una aurora...
Luego un nimbo de luz en la colina...
Luego aviva... y se eleva... y se dilata,
Y, encendiendo el secreto de la niebla,
En fragoroso incendio se desata,
Que, en el cercano monte,
Destrenza su abrasada cabellera
Y salpica de luz el horizonte,
Y en el cielo uruguayo reverbera.


Despiertan los barqueros... ya es la hora;
Y, al chocar de los remos sobre el río,
Alzan la barcarola de la aurora
De ritmo audaz y cadencioso brío,
¡La eterna barcarola redentora!
Caen de los sauces las dormidas arpas
Por impalpable mano arrebatadas;
La selva entona de la patria historia
Los no aprendidos salmos inmortales;
Al beso de la luz se alza la guerra,
Y brotan de la tierra
Palpitantes recuerdos á raudales.
En luminosa ebullición sonora,
Los átomos alados
Nadan en luz en torno de la aurora.
Y despiertan los cantos olvidados
Que en el juncal dormían,
Los que en el bosque errantes se escondían,
Los que en las nieblas mudos se arropaban,
O sin eco en el aire discurrían,
E, impulsos sin objeto, desmayaban.


Y entre la luz, los cantos, los latidos,
Roja, intensa mirada
Que por el campo de la patria hermoso
Paseó la libertad, pisan la frente
Del húmedo arenal Treinta y Tres hombres;
Treinta y Tres hombres que mi mente adora,
Encarnación, viviente melodía,
Diana triunfal, leyenda redentora
Del alma heroica de la patria mía.


IV.

Hélos allí...
Con ademán sañudo,
Cárdeno el labio y la pupila ardiente,
De batallar el acerado escudo
Embrazan sin temblar, ciñen la frente
Con el pesado casco del guerrero,
Y altivo un reto lanzan
Que se estrella en el rostro del tirano;
Que cabalga los aires,
Y rueda, y se dilata, y se desborda,
Como, de ruina y destrucción sedienta,
Embozada en su parda vestidura,
Lleva sobre sus hombros la tormenta
La voz de Dios... Clavado en la llanura,
Del nuevo Sinaí sobre la espalda,
Como león que sacude la melena,
Azota el aire y estremece el asta
El pabellón de Libertad ó muerte
Que el aura agita de presagios llena,
Vibrando está en los labios de los héroes
El santo juramento
De Muerte ó libertad, firme, grandioso,
Que da á los hombres de virtud ejemplo,
Y se esparce solemne y poderoso,
Cual se difunde el salmo religioso
Por las calladas bóvedas del templo.


V.

¡Ellos son, ellos son! Patria querida:
No eras tú, nó, la que en servil letargo
Te adormeciste ayer; virgen tu alma
Al ostracismo amargo
Huyó vencida, pero no humillada,
A salvar pura nuestra patria idea,
Y hoy ya torna encarnada
En la enseña divina que flamea
En la cerviz del opresor clavada.
No eras tú, no, la que su aliento enfermo
Daba á los lirios que en las tumbas brotan
Al frío del suspiro de la muerte;
Yo te descubro allí, radiosa y fuerte,
Al verter en el lienzo de la noche
Las tintas del color de la alborada,
Y en el foco febril de tu mirada,
Volvernos, con el sol de nuestra historia,
Ese calor de libertad preciada
Que el bronce rompe de la flor sagrada
Y fecundiza el germen de la gloria.


Yo te descubro allí; tu alma tan sólo
Da movimiento á treinta y tres latidos:
Esos, que tornan tu impalpable esencia
Y, empapada en su luz, alzan la frente;
Esos, que arrancan de la amarga noche,
La libre aurora del eterno día;
Esos, tus hijos son, son nuestros padres,
Patria de mis hermanos, patria mía.


VI.

El alma que á su cuerpo retornaba,
Hirviente circulando,
Se infiltró, como un hálito de fuego
En las venas del pueblo, despertando
A su paso entre bosques y llanuras
Las auroras dormidas,
Y los marciales cantos, que aguardaban
A medio formular entre los labios,
Alas para volar. El comprimido
Grito de guerra remeció los aires;
Hervor de multitudes
Brotó de entre los bosques más lejanos,
El casco del corcel hirió la tierra
Con temeroso són; el de los llanos
Clamor inmenso repitió la sierra,
Y se cernieron con siniestro vuelo
Hasta azotar con sus armas alas
El verde pabellón de las almenas,
Aves en cuyas garras
Cuelgan aún anillos de cadenas
Que, al chocarse, derraman en el viento
Rumor de imprecaciones,
Murmullos de tumultos invisibles,
Fragmentos de canciones,
Y metálicos golpes repetidos
Cuyo ritmo se ajusta
De un corazón de bronce á los latidos.
Al sentirlas cruzar entre las sombras,
Lívidos los espectros
Que acechan los insomnios del tirano.
En ronda descompuesta é imposible
En su almohada se alzaron,
Y poblaron sus horas agitadas
Las visiones de muerte atropelladas.
Rodaron las corrientes sacudidas,
El incendio rodó por nuestro suelo,
El Plata rebramó sordas querellas
Y, como aliadas que aprestaba el cielo,
Sus alas encendidas
Agitaron temblando las estrellas
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Ya es tarde, ya es vano,
Extranjero opresor, despavorido
Apercibirte á la forzada lucha
Y concitar innúmeras legiones;
Ya cercano se escucha
El libre relinchar de los bridones,
Que el casco fijarán sobre tu pecho,
Y el mundo encuentran, á su paso, estrecho.
Ya las ferradas lanzas
Buscan camino, y lo hallarán sangriento,
Hasta tu mismo corazón, sediento
De cobardes venganzas.
En vano en tus mazmorras oprimidos
Escondes los valientes
Que encontraste inermes y rendidos
En torno de su hogar... Oye: ¿no sientes
Cómo alzan á lo lejos sus hermanos,
Y llega hasta sus rejas
El himno con que mueren los tiranos?
¡Oh! Cuando el grito de los libres suena,
Nuncios de redención, vuelan sus ecos
A hacer brotar fronteras demarcadas
Por la mano de Dios, que se levantan
Del seno de los ríos y los mares.
Y, al escalar los montes,
Con siluetas de cunas ó de altares
Van á cerrar los patrios horizontes,
Entonando sus bélicos cantares;
Arrullos de una cuna que, en el aire,
Entre el marcial confuso desaliño,
Se dan de guerra el sonoroso abrazo;
Primer vagido de un gigante niño
Que recoge la gloria en su regazo.
Y aquel grito sonó... De la Florida
En los fragosos campos,
Rodeada de bravos redentores,
Arde la inmensa hoguera
Que la patria encendió, y arden en ella
Nombres, tratados, vínculos nefarios
Que vuelan, en cenizas esparcidos,
Como aliento de pueblos redimidos.
En ella se fundieron las cadenas
Para forjar con ellas las espadas,
Y los pechos en ella se templaron
Que, en Sarandí glorioso,
Los escombros de un trono amontonaron.


VII.

¡Sarandi! ¡Sarandi!... ¡Santa memoria,
Primicia del valor, ósculo ardiente
Que imprimieron los labios de la gloria
En nuestra joven ardorosa frente!
Yo al pronunciar tu nombre,
De hinojos, la cabeza descubierta,
Entre las cuerdas de mi lira siento
Que nace, crece y estridente estalla
Todo el fragor de las solemnes horas
Que escucharon la voz de tu batalla;
Cuando "el héroe", los héroes encontraron
Tardo el corcel y perezoso el plomo,
Las sedientas espadas abrevaron,
De roja sangre en el reciente lago,
Y del tirano en la olvidada tumba,
La cuna de sus hijos levantaron.
¡Sarandi! Con tu aliento poderoso
Sus alas formaría la tormenta
Para azotar la espada del coloso
Revuelto mar, y publicar su afrenta.
Yo en tu potente espíritu me agito,
Lato en tu corazón, ardo en tus ojos,
Y en la idea, corcel de lo infinito,
Sobre tus rudos hombros sustentada,
Siento flotar mi vida condensada
En un grito de honor, eterno grito.
En tus vastas laderas
Deja que se dilate el pensamiento
Y respire el aliento
De aquellas auras de tu honor primeras;
Auras de libertad que en su regazo
Hasta Dios condujeron,
El sello á recibir de eterna vida,
Con las almas de bravos que cayeron,
El alma de la patria redimida.
Los himnos de tu aurora
Deja que el labio vibre:
¡Paso al pueblo novel! ¡Sonó su hora!
"Que quien sabe morir, sabe ser libre"


VIII.

Empapadas en luz y en armonías
De aquel campo divino
Las auras nuestro Plata atravesaron
Y del callado lábaro argentino
La coronada frente refrescaron.
Se oyó el batir de sonoras alas
Al levantar el vuelo las memorias;
El encajar de piezas de armaduras
Mohosas y empolvadas de victorias:
Se unieron las riberas
Del Plata libre en fraternal abrazo
Y cruzaron sus ondas las banderas,
Aves de gloria, cuyas alas fieras
Azotaron la faz del Chimborazo.
Y á los que ayer llamara visionarios
Al contemplar su paso vagabundo,
La amiga mano el argentino estrecha.
Sus locuras, sus mitos legendarios
Detienen hoy en su carrera al mundo.
Si corta fue tu vista, pueblo hermano;
Si corta fue tu ofuscación de un día,
Lavaste con heroica bizarría
En la sangre humeante del tirano.
Pueblo de las cruzadas giganteas,
Puente del Ande, sueño de Belgrano,
Pueblo corredentor: ¡bendito seas!


IX.

El destrozado imperio,
De Sarandí en el llano
Sintió el golpe mortal; pero ocultando,
Como la pieza herida,
La flecha envenenada, huyó buscando
El matorral oculto, y la escondida
Selva breñosa en que caer sin vida.
Mas ya no pudo ser: tras el reguero
De negra sangre que sus pasos marca,
Tras el golpe postrero,
Va la heroica legión; su vista abarca
Un ensanche de luz del horizonte,
Do la mano invisible de la patria,
De Ituzaingó los velos descorriendo,
Reproduce en el cielo vigorosas
Las cifras del ardiente vaticinio
Que en el festín de Baltasar mostraron
De un trono ya caduco el exterminio.


Ituzaingó... Señor de las batallas,
¡Oh Dios de Sábato armipotente!
Tú otorgaste y ceñiste en aquel día
Palmas al mártir, y al guerrero lauros;
Yo pronuncio tu nombre
Junto al que adoro de la patria mía;
Habla, Señor, al hijo;
Narren tus nuncios al heroico pueblo,
La divina leyenda de sus padres,
Que la lira del bardo desfallece
Y, al peso abrumador de los recuerdos,
Muda y arrebatada se estremece.
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X.

Todo acabó... Ya el mundo
Firme al novel batallador escucha
Dictar sus leyes y escribir su historia,
Y al solio de los pueblos lo levanta
Que, aun cubierto de polvo de la lucha,
Trepa el guerrero con serena planta.


La patria redención ya consumada,
Exige el culto de sus hijos fieles,
En el altar del alma conservada.
Tú, á la sombra feliz de tus laureles,
Patria, patria adorada,
En tu tranquila tarde del presente,
De tus santos recuerdos al arrullo,
Duerme ese sueño de los pueblos grandes,
De paz y noble orgullo.


Rompa tu arado de la madre tierra
El seno en que rebosa
La mies temprana en la dorada espiga,
Y la siega abundosa
Corone del labriego la fatiga.
Cante el yunque los salmos del trabajo;
Muerda el cincel el alma de la roca,
Del arte inoculándole el aliento;
Y, en el riel de la idea electrizado,
Muera el espacio y vibre el pensamiento.
En las viriles arpas de tus bardos
Palpiten las paternas tradiciones,
Y despierten las tumbas á sus muertos,
A escuchar el honor de las canciones.
Y siempre piensa en que tu heroico suelo
No mide un palmo que valor no emane;
Pisas tumbas de héroes...
¡Ay del que las profane!
Protege, ¡oh Dios! La tumba de los libres;
Protege á nuestra patria independiente,
Que inclina á Ti tan sólo,
Sólo ante Ti la coronada frente.


Fin de La Leyenda Patria.