La lucha por la vida II: 078
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| La lucha por la vida II Segunda parte | Pío Baroja |
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-¡Agua! -murmuró con voz débil.
-Ya se la hemos pedido al sargento -dijo el mendigo-; pero no la trae.
-Esto es una salvajada -gritó el Hombre-boa-,esto es una barbaridad.
Como nadie hizo caso de don Alonso, tuvo a bien callarse.
-Ese otro -agregó el golfo, riéndose y señalando a uno escondido en un rincón- tiene sífilis y sarna.
Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
-¿Y qué van a hacer de nosotros? -preguntó Manuel.
-Nos llevarán a la cárcel a pasar quince días -contestó el mendigo.
-¿Y allí se come? -preguntó el Hombre-boa, saliendo del fondo de su ensimismamiento.
-No siempre.
Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de voces, que pronto se convirtieron en una algarabía de gritos de mujer, de imprecaciones y de lloros.
-¡Leñe, no empuje usted!
-¡Moler con el hombre!
Anda, anda para adentro -decía una voz de hombre.
Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle que encerraban en la jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban a insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al jefe de la Higiene.
-No queda una madre sana hizo observar don Alonso.
Manuel creyó reconocer las voces de la Chata y de la Rabanitos.
Después de encerrar a las mujeres, un sargento de Orden público se acercó a la jaula de los hombres.
-Señor sargento -dijo don Alonso-, que aquí hay un hombre que está malo.
-¿Y qué quiere usted que yo le haga?
-Señor sargento, si me hiciera usted un favor... -añadió Manuel.
-¿Qué?
-Que si hay algún periodista de esos que vienen a recoger noticias aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico El Mundo y que me han metido preso.
-Bueno, se dirá.
No había pasado media hora cuando volvió a presentarse el sargento, abrió la reja y se dirigió a Manuel:
-¡Eh tú, el cajista! Afuera.
Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas las mujeres y vio a la Chata y a la Rabanitos en un grupo de viejas prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de prisa la escalerilla hasta la sala donde dormía el retén de guardias. El sargento abrió el postigo, cogió a Manuel de un brazo, le arreó un puntapié con toda su fuerza y le puso en la calle.
El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió por la calle de Ciudad Rodrigo a guarecerse en los arcos de la plaza Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba a dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó, también allí y hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba, que no encontraba empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado a vivir a salto de mata.
-Después de todo, voy teniendo suerte -añadió el repatriado-. Cuando no me, he muerto este invierno es que ya no me muero nunca.
Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto a otro, y por la mañana fueron a la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el desayuno de los dos compañeros.
Más tarde bajaron por el puente de Toledo.
-¿Adónde vamos? -preguntó Manuel.
-Aquí, a un convento de trapenses que hay cerca de Getafe, en donde nos darán de comer -dijo el repatriado.