La majada

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Cuidar ovejas no es obra de gaucho; consentirá, por supuesto, cualquier paisano en tomar un puesto y una majada a interés, porque siempre es un alivio para la familia, ya que las ovejas son animales que hasta las mujeres pueden, en caso de estar solas, atender con facilidad, pudiendo ellas mismas hasta carnear un capón, en un caso; pero se figura que sólo repuntar la majada, cuando se retira demasiado, basta para cumplir con sus deberes de pastor y llenar de pesos el bolsillo del patrón y el propio; y en esto se equivoca. El oficio de pastor es lo más pacífico, pero requiere mucha asiduidad y constancia; si no, se pierden puntas de animales que se extravían y se mezclan, sin que uno lo sepa, con otras majadas; se aguachan los corderos, dormidos entre las pajas, y se mueren; se ponen sarnosas las ovejas y dan poca lana, y los capones quedan flacos.

Don Hortensio, cansado de andar detrás de esas «rabonas», que no servían más, decía, que para gastarle la paciencia, acabó por vender su majada a Juan Jáuregui, un vasco de adentro, que a pesar de poseer ya una cantidad de majadas, siempre seguía comprando, porque a él le daban mucha plata. Es que también las sabía cuidar.

A él poco le gustaban las yeguas y no tenía más que una manadita para proveerse de los pocos caballos que necesitaba; lo mismo tenía algunas vacas, pero todas tamberas, que daban, para la familia, leche de sobra, a pesar de que para ella fueran los muchachos como gauchos; con esto se economizaba la carne y aumentaba la venta de capones.

Dicen, con desprecio, que la oveja es zonza, sin pensar que es su principal cualidad, pues de los zonzos viven los vivos, y la oveja es para el hombre el ideal del animal productor. No sólo todo se lo da: carne, cuero, lana, huesos, tripas y leña, sino que todo lo da la pobre sin rebelarse jamás, sin rezongar siquiera.

La oveja, al nacer, hasta su personalidad abdica en la «majada», y sólo (en la pampa por lo menos) es entidad «la majada».

Podrá el artista europeo pintar ovejas, dos, tres, diez; el artista argentino no verá, ni podrá ver más que la majada», es decir, una multitud de animales, chicos y grandes, viejos y nuevos, madres y capones, confundidos en una sola persona: «la majada».

«La majada» está en el corral; han largado «la majada»; «la majada» se extiende, come, se echa, está rodeda; se ha mezclado, disparó, remoliena. «Las majadas» están arribando, están parejas; «la majada» está flaca, sarnosa, gorda.

¿Quién se va a acordar de una oveja entre miles y miles de ellas?

En campos despoblados, algo mejoradas ya por el pisoteo del yeguarizo y del vacuno, con tal que contengan algunas extensiones de pasto tierno, siquiera en las partes bajas, prosperan las ovejas a las mil maravillas.

En todo campo nuevo de estas condiciones, algo entrecortado de cañadas fértiles, las majadas han dado fortunas, durante un tiempo: tres, cuatro años. Antes, en Olavarría, al sur; en Villegas, al oeste; en la Pampa, actualmente, los ovejeros han aumentado, duplicado, triplicado su capital. Pero es una prosperidad efímera, pues por su mismo aumento natural, las ovejas recargan el campo y se enferman, o por lo menos se hacen muy propensas a sufrir pestes aniquiladoras, cuando justamente, por otro lado, empiezan a crecer los arrendamientos, en proporción directa del aumento rápido de los rebaños.


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Jáuregui no se preocupaba de todo esto: no tenía más anhelo que aumentar, y aumentar sin cesar, el número de sus ovejas. No pensaba todavía en comprar tierra, sino majadas, buscando más campo que arrendar cuando ya no cabían éstas en el que ocupaba.

Es que las tenía el mismo amor que tenía don Hortensio para sus vacas criollas.

El gusto supremo era, para él, asistir, por la mañana, a la largada de la majada que en la misma estancia cuidaba: majada numerosa, como de dos mil cabezas, formada de ovejas elegidas, atendida con esmero por él y sus hijos. De ella sacaba padres para las demás, las de los puestos.

Siguiendo la moda, había cruzado con Lincoln sus ovejas Rambouillet, echando así a perder en parte la finura de la lana para conseguir animales de más cuerpo, para los frigoríficos que empezaban a trabajar.

A la salida del corral o del rodeo, donde casi siempre dormía la majada, su ojo certero pronto contaba los cencerros y dumbas, y los animales conocidos, negros u overos, cuya presencia daba a conocer que no se debían de haber cortado ovejas.

Veía si algún animal, a pesar de los dos o tres baños que, cada verano, les daba, tenía manchas de sarna o se apartaba para rascarse. Calculaba con poca diferencia lo que podía haber de ovejas de vientre, de borregas y de capones, y si ya veía que pronto iba a empezar la parición, apartaba las más preñadas para que no caminaran tanto y parieran cerca del puesto, con toda tranquilidad.

A Juan Jáuregui no se le perdían muchos corderos; estaban siempre con las madres, como copos de nieve en la pradera, alegres, retozones y gordos. Con las paridas quedaba de pie firme, rodándolas continuamente, uno de los muchachos, y las cuidaba bien, orgulloso de la confianza que le demostraba el padre al darle esa responsabilidad, pues no ignoraba que los corderos son la esperanza, el porvenir de la majada, como lo son los mismos niños, de la patria.

Don Juan, en recompensa, tampoco mezquinaba las tortas el día de la señalada, cuando, mientras se amontonaban las colitas cortadas, se iban los corderitos balando, ensangrentados, hacia las madres inquietas.

Se reía Jáuregui cuando don Hortensio, con quien se encontraba, de vez en cuando, le repetía que para él las ovejas no servían más que para dar trabajo; pues a él le daban pesos, y más pesos. En noviembre, esquilaba, trabajo molesto y costoso como todo trabajo de cosecha, pero de las pilas enormes de lana, que pronto despachaba para la más próxima estación del ferrocarril, sacaba una buena cantidad con la cual ya pensaba en aumentar el número de sus majadas.

Y después de esquilar las madres, esquilaba los corderos ya borregos, para evitarles la flechilla que traidoramente se desliza en la lana y se atornilla en el cutis, bastando esto, a veces, para hacerlos perecer. Llegado el otoño, don Juan no vacilaba en mandar a plaza vagones de los mismos corderos gordos ya, y prematuramente sazonados para paladares delicados.

Y poco después, solía aliviar el campo y llenar la caja con despachar trenes enteros de capones gordos y grandes que, con abnegación sin par, se habían apresurado a comer todo lo que podían, para hacerlo más rico.


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¡Las majadas del Plata!, ¡qué fortunas se han hecho con ellas, en medio siglo! y ¡qué salto!, ¡desde las ovejas criollas, hijas degeneradas de las famosas merinas españolas, andarines como cabras y casi sin lana, cuyos rebaños recorrían la pampa desierta, sin más obstáculo que algún repunte indolente y tardío, más o menos como si hubiesen sido vacas; que sólo se esquilaban cuando algún acopiador improvisador se atrevía a hacerlo por su propia cuenta, tomando en pago la mitad de la lana y pagando por el resto un precio irrisorio, hasta las Rambouillet y las Lincoln de hoy!

Era preciso ser extranjero, aseguraba don Hortensio, con mal disimulado desdén, para poder creer que las ovejas iban a dar más que la hacienda vacuna; a él por lo menos nunca se le hubiera ocurrido semejante cosa.

Y por esto también fueron irlandeses los primeros reyes de la cría ovejuna en el Plata.

Patricio Kennedy, desterrado por el hambre de la verde Erin, con los ojos aun llenos del reflejo de sus praderas de esmeralda, encontró su nueva patria, su patria de elección, en las riberas del Paraná, en los hermosos campos de «la costa» y los conquistó lenta y pacíficamente, cubriéndolos de sus majadas merinas, bien cuidadas y mejoradas.

Menos aventurero que el vasco Jáuregui y menos amante de la soledad, dejó a éste el sur inmenso y despoblado, donde dos mil ovejas necesitan una legua, y se mantuvo en el norte fértil, donde llegó a amontonar hasta treinta mil en igual extensión.

No todos los Jáuregui que se fueron al sur tuvieron el tino de hacerse dueños de veinte leguas de campo, ni de una o dos, como los Patricios que poblaron el norte; pero muchas son las familias de ambas razas que han quedado dueñas de tierras extensas adquiridas con la lana de las ovejas y la grasa de los capones criados por sus laboriosos y pacientes antepasados.

Hoy las arriendan a Giuseppe o a Giovanni, que lo mismo hunde el arado en la rica tierra negra y espesa del norte, como en los suelos arenosos del sur y del oeste, para sembrar trigo donde pacieron los rebaños.


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Las grandes majadas, después de las manadas y de los rodeos, han cumplido su misión y se retiran cada día más lejos, yendo a poblar ahora los ventajosos y nevosos desiertos patagónicos, prosperando asimismo en ellos, creciendo y multiplicándose, creando incansablemente nuevas fuentes de riqueza, donde sólo vagaban el guanaco errante y el avestruz, para manutención del gaucho malevo y del puma sanguinario.

Volverán, repartidas en pequeños rebaños, a pacer en los alfalfares y en los rastrojos, porque no sólo de pan vive el hombre, y que, a la par del trigo, necesitará siempre carne para comer y lana para vestirse.


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