La mejor historia

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La mejor historia
de Javier de Viana


Cuando el temporal se instala es como visita de vieja chismosa que llega a una estancia y no se marcha hasta haber agotado el repertorio de las murmuraciones. Eso puede durar una semana, diez días, quince, quizá un mes, según las actividades y la facultad de inventiva de la cuentera. Cuando la dueña de casa comienza a desinteresarse de sus chismes, ha llegado el momento de marcharse, y se marcha en busca de otro auditorio, como hacen las compañías de cómicos que vagan por los escenarios lugariegos ajustando la duración de cada estada al termómetro de la taquilla.

Los temporales obran de parecida manera. Rugen, castigan, devastan y mientras ven angustiados a los hombres y a las bestias, persisten en su obra perversa. Empero llega el día en que bestias y hombres se habitúan al azote y no hacen ya caso de él; entonces, imita a la vieja murmuradora y a los cómicos trashumantes: cierra sus grifos, lía sus odres y se marcha.

Más en tanto que los vientos braman y los aguaceros latiguean los campos e inflan los vientos de los arroyos, quedan paralizadas las faenas camperas.

Picar leña y pisar mazamorra dentro del galpón no constituían entretenimiento verdadero; y componer o confeccionar "garras", era imposible, pues sólo un maturrango ignora que no se pueden cortar tientos ni trabajar en guascas en días de humedad.

Fuerza es holgar, "pegarle al cimarrón" y contar cuentos, haciendo rabiar de despecho al temporal.

Cierto invierno se desencadenó uno de estos –allá por el litoral uruguayo de Corrientes– tan singularmente obstinado, que la peonada numerosa de la estancia del Urunday, en Monte Caseros, había agotado el repertorio; y ya ahítos de agua verde, maíz asado y tortas fritas, se aburrían, bostezando hasta "descoyuntarse las quijadas", cuando don Ponciano propuso:

–Que cada uno 'e nosotros cuente su propia historia.

–¡Linda idea!, apoyó uno; y Juan José adhirió diciendo:

–¡Me gusta!... y si permiten, punteo yo.

–Dale guasca, no más.

–Güeno –comenzó el narrador–; aunque no tengo más que veinticinco años...

–Sin contar los que mamaste y anduviste a gatas –interrumpió Toribio, motivando una réplica violenta de Juan José.

–¡Si quieren óir, oigan! y si no, que enfrene y largue otro, que ni el mejor parejero corre cuando se l'enrieda un cuzco en las manos...

–Tenés razón: seguí viaje.

–Va ser corto. Mi han contao que yo nací en una madrugada escura en que los rejucilos s'enredaban como pelota 'e gusanos, y era, pa mejor, un viernes santo, que cayó en 13...

–¡La ocurrencia, también, de la finaíta tu mama!...

–...y dejuramente eso me puso la marca 'e la desgracia, condenándome a dir trompezando en tuito el camino 'e la vida.

–Flojo'e tablas...

–No les v´ia contar tuitas las rodadas que he pegao...

–Hacés bien.

–...ni tuitas las disgracias que se me han ido clavando en el alma hasta dejármela de un todo tullida; pero la última jue la que me dio contra el suelo.

–¡Dejuro!... siempre es la última copa la qu'emborracha.

–Pal trabajo...

–Oí contar que habías jurao matarlo al que lo inventó, ande quiera que lo encontrases...

–...nunca tuve suerte, y pal juego menos entuavía. Pa l'único que jui afortunado jue pa las mujeres. En los bailes se me solían amontonar las novias como tropilla, y en más de una ocasión me vide negro pa desenredarme en el entrevero...

–¡Vamos mintiendo!...

–Pero de tuitas, a la única que quise de verde jue a Marculina Paz y se murió cinco días antes del señalao pal casorio...

–¡Qui en paz descanse!...

–Y dende ese día...

El narrador continuó enhebrando lástimas, y cuando hubo terminado, otro entró en liza, y luego otro, hasta quedar solamente "Yacaré", un correntino taciturno –más que taciturno, impasible– capaz de pasarse dos días sin desplegar los labios, de los cuales nunca nadie oyó una expresión de alegría ni de pena, de contento ni de desagrado.

Y como no diese indicios de tomar parte en el torneo, don Ponciano lo espoloneó:

–A ver, "Yacaré", ¡contá vos tamién tu historia!...

Tras varios minutos de silencio, el correntino, con la vista baja siguiendo las líneas de los arabescos que dibujaba en la ceniza el dedo gordo de su pie derecho, respondió:

–¿Quiénes fueron tus padres?

–Io no sé.

–¿Dónde naciste?

–Tampoco sé.

–¿No has tenido novia?

–Nunca novia no tuve, no.

–Pero alguna cosa te ha de haber pasao en la vida!...

–Nada nunca me pasó.

–¿Y qué has hecho durante los años que has vivido?

–¿Y qué hi di hacer?...Lo mismito qui haré hasta qui mi muera: –trabajar, pitar, comer, dormir... Nada más nunca no hice...

Callaron todos; y tras prolongado silencio sentenció don Ponciano:

–¡Esa si qu'es la mejor historia!