La monja

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Novelas y cuadros de la vida sur-americana
Tipos sociales
La monja


-¡Pobres monjas! -decía yo a una amiga mía-, ¡cuánto me conmueve la situación en que se hallan!

-Con más razón te conmovería su suerte, si supieras que cada uno de sus conventos era un hogar hospitalario que han perdido, y que el sacarlas de allí les ha causado más pena que la que sintiera un patriota a quien desterrasen de su país sin tener esperanza de volver jamás.

-¡Vaya, tú exageras! ¡Cuántas no se habrán alegrado al verse libres!

-¡Libres! ¿Llamas libertad el tener que vivir pobremente de limosnas y con el corazón henchido por el dolor de haber dejado el asilo que habían jurado no abandonar sino con la vida? ¿Llamas libertad vivir en una pobre casa, sin ninguna de las comodidades a que estaban enseñadas, y con el continuo temor de carecer de lo necesario?

-¿Y tú qué sabes de eso? ¿acaso has vivido con ellas?

-Sí..., las conozco muy bien y mi simpatía no hace comprender mucho de lo que no todos ven. ¿No te acuerdas que ahora algunos años pasé unos meses en el convento de ***, cuya grata y desinteresada hospitalidad será motivo de mi agradecimiento mientras viva?

-Lo había olvidado, y en verdad que siempre he tenido muchos deseos de sabor cómo viven las monjas en sus misteriosos conventos.

-El convento es un pequeño mundo donde se agitan, no lo dudes, todos o casi todos los sentimientos humanos. Hay varios tipos de monjas que no dejaría de ser interesante estudiar, porque en ellos hallaríamos cuál ha sido la misión de los monasterios en nuestra sociedad.

-Te ruego que recuerdes algunos de ellos para...

-¿Alimentar tu curiosidad? Lo mejor que puedo hacer entonces, querida mía, será dejarte recorrer las páginas del diario que escribí durante mi permanencia en el convento de ***.

Efectivamente al día siguiente recibí el diario de Pía, del cual con permiso suyo me he tomado la libertad de trascribir algunos trozos.


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Una terrible revolución estalló ayer en Bogotá y como estamos a discreción de un ejército, mi padre, deseoso de ponerme en un lugar seguro, temiendo ser apresado repentinamente, habló con una amiga suya, hermana de una monja, que se encargó de hacerme introducir al mismo tiempo que otras señoritas al convento de ***.

Varias figuras blancas envueltas en sus largos mantos nos salieron a recibir a la portería. Con amables sonrisas y cariñosas palabras, nos introdujeron por los anchos claustros hasta la pieza que nos habían preparado. Yo estaba triste y abatida; la suerte de mi hermano que había salido prófugo de Bogotá y tal vez la de... un amigo muy querido de toda mi familia, me tenía muy alarmada.

La pieza que nos han destinado es triste y oscura, pero las puertas y las ventanas miran hacia un hermosísimo patio, rodeado por un ancho claustro y sembrado de plantas odoríferas que enredándose en las columnas de piedra forman guirnaldas de diferentes flores, cuyo perfume nos halaga y consuela. Las flores, esa sonrisa de la naturaleza, son siempre acogidas con gusto por los tristes, porque ellas lo recuerdan la bondad de Dios y al mismo tiempo la inagotable belleza del mundo en que nos ha puesto...


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He pasado ya varios días en el convento y estoy persuadida de que no hay mejor sitio para calmar las penas del corazón que esta soledad llena de ocupación, este retiro tranquilo y suave, este asilo piadoso y sencillo que llaman un monasterio. Todo aquí respira pureza, suavidad, modestia, resignación. Desde antes de amanecer estoy en pie, y al oír tocar la campana de maitines, tan solemne y triste, me levanto a tientas y mirando por la ventana veo pasar por entre la oscuridad las blancas formas de las monjas que se dirigen hacia la capilla. Atraviesan los claustros tranquilas, de una en una, silenciosas, con los brazos cruzados y la cabeza cubierta con sus mantos blancos o negros según su categoría.

Esta mañana quise acompañar a las monjas en sus oraciones. Adelante iba una llevando una luz, y la seguían paso ante paso todas las demás. Los claustros y los pasadizos estaban profundamente oscuros y la luz que llevaban sólo servía para hacer más patentes las sombras. El coro bajo, sitio donde enterraban anteriormente a las religiosas, está separado de la iglesia por una doble reja y una gruesa cortina negra. Me arrodillé cerca de la cortina para poder ver el interior de la iglesia. Reinaba en el templo la más completa oscuridad solamente en el altar mayor se veía arder una pequeña lámpara; algunas veces al mover su llama el viento, ésta se iluminaba repentinamente y brillaban los puntos más salientes, los dorados y las joyas de los altares vecinos..., un momento después todo quedaba en tinieblas. En torno mío veía entre las sombras a las monjas, quienes hincadas en diversas actitudes oraban en silencio. Ese espectáculo tan quieto y triste me hizo tanta impresión que se apoderó de mí un terror incierto, un pavor misterioso, y los ojos fijos en la iglesia silenciosa, sentía que había perdido el poder sobre mis sentidos. De improviso se levanta como un rumor vago en el interior de la iglesia, y un momento después oigo las suaves voces de las novicias en el coro superior cantando el Ave María. Ese sonido humano, esas frescas voces, aunque poco armoniosas, me volvieron los sentidos y pude unirme a las demás monjas en su oración.

¡Y dicen que no hay emociones en un convento! Rara vez he sentido una emoción más profunda que la que se apoderó de mí en ese momento de misterioso terror, y embargó mis sentidos sin saber por qué.


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Durante el tiempo que he estado aquí me he ocupado en estudiar los diferentes tipos que se encuentran entre las monjas.

En primer lugar está la madre Asunción. Ésta es una mujer de unos cincuenta años, gorda, rosada, y siempre de buen humor. Su vida está en su fisonomía franca y sencilla. Sus padres se opusieron a que permaneciese en el convento después de haberse educado en él, y la sacaron temerosos de que profesase, pues ésa era la intención que había manifestado. Pasó varios años en el mundo, como dicen ellas, y aunque no se mostraba triste (su carácter no se lo permitía) abrigaba siempre la firme resolución de volver al convento. Al fin logró cumplir su deseo: profesó sin exhalar un suspiro, y desde entonces está completamente satisfecha, tomando grande interés en cuanto pasa en su pequeña esfera. Todo el día se la ve andando aprisa por todo el convento, componiendo las flores, visitando las despensas, riñendo a las criadas; pero a todas horas brindando sonrisas y chanzas. Es el tipo de la monja satisfecha.


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En oposición a ésta, la madre Fortaleza está siempre seria y casi imponente. Cuando llega a entrar a nuestro departamento, callamos todas; en su fisonomía enjuta rara vez llega a mostrarse una sonrisa. Ha sido dos veces priora y es la que gobierna en el convento, aunque ahora no está reinando. Nunca se la encuentra en los jardines, y mira con desprecio a las que se ocupan de las flores, la música u otras frioleras por el estilo. Rara vez levanta la voz; para ser obedecida le basta manifestar su disgusto con una mirada de esos ojos fríos y de color incierto. Por lo demás es amable con todas, y aunque no parece ser tan curiosa como las otras monjas, no se le escapa nada de lo que pasa dentro o fuera del convento.


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El tipo más dulce, más conmovedor es el de la madre Catalina. Tendrá unos treinta y ocho años. Sus ojos son grandes, negros y profundamente melancólicos; hay en el fondo de ellos una luz apagada de algún dolor olvidado, y se conoce que ha sufrido inmensamente aunque callada. Sus labios descoloridos tienen un movimiento nervioso a veces, y su sonrisa es singularmente triste; es como el reflejo de un recuerdo escondido en el fondo del alma. El timbre de su voz es delicioso por la dulzura; es una armonía que parece guardar en sí las lágrimas que jamás alcanzarán a salir. Tiene talle esbelto y majestuoso, y se conoce que su amplio vestido encubre formas perfectas.

La historia de esa monja es corta y cruel.

Había quedado huérfana bajo el cuidado de un hermano mayor, quien pronto la obligó a entrar al convento para impedir su matrimonio, arreglado por sus padres, con un primo suyo, joven a quien ella amaba. Sin embargo ella rehusaba tomar el velo. Una noche apareció asesinado el joven primo suyo; nadie supo jamás quién era el criminal. Al saber ese acontecimiento, Catalina tomó el velo inmediatamente, pero su espíritu parecía haber abandonado su morada terrestre. Sin decir una palabra de desesperación, su aire, su manejo lo denotaban. Durante largos años rehusó perentoriamente ver a su hermano. Pero al fin se fue calmando su dolor poco a poco, y empezó a tomar interés en lo que la rodeaba. Se refugió en una piedad entusiasta, exagerada y eso parece que tranquilizó su corazón. Al menos ya se sonríe con aquel aire de martirio, ya habla con esa cadencia de melancolía; pero al fin habla y se sonríe. Cumplan sus obligaciones estrictamente, sin desmayar pero sin entusiasmarse, pues una piedad suave y tierna ha reemplazado el primer loco ímpetu de devoción. Hace dos otres años que recibe las visitas de su hermano si conmoverse, porque ha puesto ya los ojos en el cielo y se conoce que ha perdonado completamente las ofensas que le han hecho. La única cosa que le llama la atención es la música; dedica las horas que puede al canto y toca en su celda en un piano que su hermano le ha regalado. Todas las monjas la quieren con sumo cariño y ella se presta con apática bondad a cuanto desean. Ésta es la monja resignada.

Resignada, sí; ¡pero qué de combates sostendría ese triste y apasionado corazón! ¿Habría sido acaso más feliz fuera del convento? Indudablemente no, pues el que era dueño de su suerte estaba decidido a labrar su desgracia. Al contrario ¿qué mejor lugar para un corazón sin esperanza, que estos vastos y silenciosos jardines, estos patios espaciosos, estos claustros tan llenos de misterios, en los cuales puede la monja meditar con libertad durante las horas de sus silenciosos deberes?


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Pasa aprisa y muy envuelta en su manto otra monja: la madre Concepción. Su edad es incierta; puede tener veinticinco años, o quizás cuarenta. Sus ojos azules están rodeados de anchas ojeras; su mirada es la de una profunda, inagotable y agitada desesperación; su fisonomía está ajada por las lágrimas y arrugada por los insomnios. Es poco querida por las demás monjas; su indiferencia por todo, su abatimiento, sus lágrimas casi continuas y su gran reserva, no ha inspirado simpatía. Parece que ahora diez años vino a pedir asilo; dicen que entonces, aunque se manifestaba tan triste, tan abatida como ahora, su hermosura era sorprendente... Viéndola tan desesperada cuando acababa su noviciado, la priora le preguntó si deseaba salir nuevamente. Sus ojos brillaron con una ráfaga de fuego; su figura tomó un aspecto radiante; pero esa expresión fue momentánea. Se precipitó a los pies de la monja y le rogó con las más tiernas súplicas que no la abandonara a su suerte, que la recibiera en este santo asilo, único refugio contra su corazón. Profesó poco después.

No ha mucho tiempo que vino a visitar a la madre Concepción una mujer del pueblo acompañada de una niña de diez a doce años limpiamente vestida aunque sin lujo. Desde entonces vienen de tiempo en tiempo, y a veces la monja pide licencia para verlas en la portería, donde puede abrazar a la niña. Hoy cabalmente vinieron a visitarla, y desde que se fueron hasta ahora ha permanecido hincada en la capilla, como anonadada por una meditación sin fin.

-Se vuelve como demente cada vez que vienen las únicas personas que la visitan -y la que dijo estas palabras me refirió lo que acabo de escribir.

-¿La madre Concepción es de Bogotá?

-No sé -me contestó mi interlocutora-; pero cuando llegó dijo que acababa de venir de las provincias del norte. Tenía entonces muchas joyas que regaló a las santas imágenes; sólo guardó una crucecita de diamantes que suspendió del cuello de la niña el primer día que vino a verla.

-¡Pobre mujer! adivino su triste historia -contesté.

-No hagamos juicios temerarios -me dijo la otra-; es una infeliz que vive sola y sin querer las simpatías de sus compañeras. Nadie entra a su celda, y cuando está adentro pasa horas enteras sentada en su único sillón, sin moverse, y cubriéndose la cara con las manos.

Éste es el tipo de la monja por arrepentimiento.


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Hoy estuve visitando todo el convento; la simpática madre Florentina me acompañaba. Esta excelente monja me ha servido de hermana desde que estoy aquí. Apenas tiene veinte y seis años y hace uno que profesó. Su aspecto es bastante bello; tiene hermosos ojos negros, labios rosados, dientes blancos y al reírse aparecen en sus mejillas graciosos hoyuelos; se lo van y vienen los colores a la menor emoción; su hablar es vivo y aun bullicioso; es curiosísima de las cosas del mundo; le gusta oír hablar de fiestas y diversiones. Su celda está llena de adornos y arreglada con buen gusto; el balconcillo que corresponde a su vivienda está cubierto de lindas flores.

Florentina entró al convento a la edad de seis años; no tiene parientes ni amigos fuera de aquí; no sabe lo que es sociedad; pero la presiente, y a veces, después de habernos hecho contar alguna historia, se queda cabizbaja y pensativa... Hoy, al pasar por el cementerio de las monjas, que llaman aquí panteón, le rogué que me permitiese entrar... ¡Qué triste será morir aquí!, exclamé involuntariamente al ver la hilera de tumbas vacías que aguardaban otros moradores. La monja se inclinó sobre una tumba y vi que se limpiaba una lágrima. ¡Pobre mujer!... ¡cuántas amarguras en aquella lágrima; cuántos sueños estériles, cuántas esperanzas vanas, cuántos recuerdos vagos de una niñez dudosa! Después subimos a la torre, y mientras yo contemplaba la ciudad, ella miraba con tristeza las calles que nunca pisará; y al mostrarme los diferentes monumentos que se ven desde allí, tenía la voz oprimida, y la mirada apagada. Pero en medio de esos deseos vagos, de esas ideas apenas formadas que son quizás de arrepentimiento, la vienen a llamar para asistir alguna enferma, y la monja se levanta; su aspecto ha cambiado, su fisonomía es otra. Sus ojos brillan con suma bondad, y con ademán suave y presuroso corre al lecho de dolor. Todas las demás monjas la quieren mucho y no se cansan de referir cuán caritativa es; es la enfermera, y su paciencia, su arte para manejar a las enfermas, su continuo buen humor y su carácter angelical, son el tema de la conversación de todas sus compañeras.

No hay duda que ese cariño con que se ve rodeada, esa vida tranquila y silenciosa, esa seguridad de cumplir con sus deberes, unida a una piedad profunda y verdadera, la hacen más feliz que si estuviera en el mundo, tal vez despreciada por su nacimiento e infeliz con su pobreza. Las enfermas la quieren tanto que no permiten que otra les haga los remedios. Se levanta a todas horas de la noche para acudir a donde la llaman, y sin quejarse nunca pasa a veces muchas noches, sin dormir. Ésta es la monja por necesidad.


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Apoyada sobre el brazo de una novicia, con el rosario entre los dedos, los ojos bajos y los labios apretados y secos, llega la madre Martina. Siempre enferma a causa de sus innumerables cilicios y penitencias, esta monja causa suma lástima y aun repulsión. Su alma es un abismo de devoción. La idea el pecado la horroriza. Sus oraciones no tienen fin, y teme tanto a cuanto viene de fuera, que al vernos nos huye con odio. Para ella el mundo está plagado de criminales; toda idea que no sea de devoción le parece pecado mortal. Se confiesa todos los días y vive atormentada por los crímenes imaginarios que comete continuamente. Su corazón es un desierto, y su alma es para ella el tormento más grande. Hace muchos años que vive en el convento, a donde no quiere que sus parientes la vayan a ver, porque se considera manchada por el pecado al hablar con ellos. Ésta es la monja egoísta por piedad, el egoísmo menos caritativo del mundo, y el tipo de la religiosa por devoción.


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Cada uno de estos tipos demuestra claramente que el quitarles sus conventos a esas infelices a quienes la ambición, la vocación, el remordimiento, la desgracia, la necesidad o la devoción, han hecho buscar allí un asilo, es la crueldad más grande que se puede cometer. Sin embargo, la expulsión de las monjas de sus conventos, ha sido ejecutada en nombre de la civilización, es decir, de la humanidad, y en nombre del progreso, es decir, ¡de la libertad individual!