La vida de David Hume

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"La vida de David Hume" (1800)
de William Smellie


“La vida de David Hume” de Literary and Characteristical Lives Traducido por Marco A. Oma y Maite Alonso

Es una ardua tarea dar cuenta imparcial de un autor que ha sido objeto de tanta alabanza y de tanto oprobio como Hume. Pero debe intentarse. Hume nació en Edimburgo el 26 de abril de 1711 (según la cronología antigua). Tanto por parte del padre como del lado materno descendía de familias respetables. La familia de su padre pertenecía a una de las ramas del conde de Hume y su madre fue hija de sir David Falconer, presidente del Colegio de Jueces. Su familia, sin embargo, no era opulenta y, puesto que era uno de los hermanos menores, tenía un patrimonio muy escaso. Su padre murió cuando Hume era niño y él, junto con una hermana y un hermano mayor, se quedaron al cuidado de su madre, quien dedicó toda la atención a la crianza y educación de sus hijos. Hume atravesó los caminos ordinarios de la educación con gran éxito y muy pronto descubrió una pasión poco común por la literatura. Esta última circunstancia sugirió a sus amigos la idea de que la jurisprudencia sería un empleo apropiado para él. Pero el joven Hume tenía una aversión insuperable por todo excepto por las disquisiciones de la filosofía y el aprendizaje en general. Nos cuenta que, cuando se suponía que debía estudiar a Voet y Vinio, Cicerón y Virgilio eran los autores que devoraba en secreto. Sin embargo, su estrecha fortuna fue incapaz de soportar este plan y trató de emprender un papel más activo en la vida. Con este objetivo fue a Bristol en el año 1734 y obtuvo recomendaciones para alguno de los más eminentes comerciantes de esa ciudad. En pocos meses descubrió que tal clase de negocios le resultaban fastidiosos y desagradables. De modo que para llevar a cabo sus estudios con el mayor éxito, así también como para permitirse vivir de su pequeño capital, se retiró del país situando su residencia principal en La Fleche, en Anjou. Allí compuso su Tratado de la naturaleza humana, que no publicó hasta regresar a Londres en el año 1739. Comenta Hume al respecto:"Nunca hubo intento literario más desafortunado que mi Tratado de la naturaleza humana. Cayó totalmente muerto de la prensa, sin alcanzar la distinción siquiera de suscitar los rumores entre los fanáticos”. (1) Esta queja es curiosa y confirma el dicho popular de que un escritor es el peor juez del mérito o demérito de su propia obra. El Tratado de la Naturaleza humana de Hume, tal como él mismo nos comunica, no suscitó la atención del público, ya fuera de alabanza o censura. ¡Y con razón! Cuando era mucho más joven, leí ese libro con gran fogosidad y con gran aplicación. Percibí que algunas partes eran tan ingeniosas como brillantes, y otras tan envueltas en la oscuridad que me era imposible comprender su significado. Naturalmente, en aquel período de mi vida atribuí esa aparente oscuridad a mi propia incapacidad y por dicha razón, a menudo me sentía avergonzado al admitir que lo había leído, ya que no podía hablar del libro con claridad. Años después lo estudié de nuevo atentamente y, entonces, percibí un ingenioso truco literario, si puedo usar tal expresión. Cuando Hume empieza un ensayo o dobla la esquina de una discusión, la mayoría de las veces permanece astutamente bajo una posición aparentemente sencilla, a la cual el lector casi siempre da su aprobación. Sin embargo, desde ese momento el lector está completamente desconcertado, pues cuando quiera que se admita estas posiciones plausibles o se aprueben descuidadamente, es tal a fuerza de los razonamientos de Hume y tal la belleza y la energía de su elocuencia que ningún lector puede resistir el torrente. El decano Swift dice que la mejor forma a conquistar a una mujer es cogerla por la trenza. Pero la única manera exitosa de conquistar a Hume es cogerle por la nariz. En el año 1742, Hume publicó en Edimburgo la primera parte de los Ensayos. Este trabajo tuvo una recepción más favorable por parte del público y, de alguna manera, le consoló de su desilusión anterior. En 1745, fue invitado por el marqués de Annandale, quien estaba entonces indispuesto tanto de mente como de cuerpo, para ir a vivir con él a Inglaterra, donde Hume permaneció durante doce meses. Y gracias a su nueva posición social añadió una considerable suma a su pequeño capital. Fue entonces cuando recibió una invitación del general St. Clair para que le asistiera como secretario en una expedición en contra de Canadá, pero que acabó en sólo una incursión en la costa de Francia. En 1747, el general St. Clair invitó de nuevo a Hume para asistirle con el mismo puesto cuando fue como embajador a las cortes de Viena y Turín. Vistió entonces el uniforme de oficial y, en calidad de ayuda de campo del general, fue presentado en dichas cortes. Tal como nos cuenta, estos dos años fueron la única interrupción de sus estudios con que se encontró en el transcurso de su vida. Pero él los pasó agradablemente; sus servicios, unidos a su frugalidad, pronto le permitieron acaudalar alrededor de unas mil libras. Hume supuso que su Tratado de la naturaleza humana no había tenido éxito más por la manera en que estaba escrito que por el contenido. Por lo que, usando su propia expresión, lanzó nuevamente la primera parte de aquel trabajo en su Ensayo sobre el entendimiento humano, que publicó mientras vivía en Turín. Pero, al principio, esta obra no tuvo mucho más éxito que la anterior. Hume, sin embargo, aunque debió haber sentido aquellas desilusiones, no se desalentó del todo. En 1749 volvió desde Londres a Escocia y vivió en la casa de campo de su hermano, donde compuso la segunda parte de su Ensayo, que denominó Discursos Políticos, así como su Ensayo sobre los principios de la moral, que según afirma en otra parte del Tratado, se presenta por primera vez. Muy poco después, A. Millar, su vendedor de libros en Londres, le comunicó que sus anteriores publicaciones, exceptuando la del desafortunado Tratado, empezaban a ser objeto de conversación, que la venta de ellas aumentaba gradualmente y que se hacían necesarias nuevas ediciones para responder a las demandas del público. Sobre el asunto, comenta Hume picaronamente: "En un año salieron dos o tres respuestas de reverendos y reverendísimos; entonces me dí cuenta, por el pasamano del Dr. Warburton, de que se empezaba a estimar los libros en buena compañía ". (2) En el año 1751 Hume abandonó el campo y volvió a Edimburgo, al que enfáticamente lama verdadero escenario de un hombre de letras. (3) En 1752 publicó sus Discursos Políticos, el primer trabajo suyo que tuvo éxito desde el principio. En el mismo año apareció su Investigación sobre los principios de la moral, "el cual," nos dice, "de todos mis escritos históricos, filosóficos o literarios, es incomparablemente el mejor". (4) Pero el público era de una opinión contraria, dado que el libro fue tratado con total descuido o desprecio. En el mismo año, se le nombró bibliotecario por el Colegio de Abogados, de cuya oficina sólo recibió un trivial emolumento. Pero, a su vez, le dio la dirección sobre una colección genial de libros y manuscritos. Cuando hablamos de esta biblioteca sería imperdonable no contar una verdad sobre la que tiene experiencia diaria cualquier hombre de letras de Edimburgo. La colección, especialmente la de libros impresos, excede grandemente la de cualquier biblioteca de Gran Bretaña. Además, en ella se permite alegre y atentamente el acceso gratuito para su estudio. Pero debo decir más sobre este asunto. El uso ocasional de libros o manuscritos de una biblioteca pública es el privilegio más valioso. El Colegio de Abogados, sin embargo, no sólo concede este privilegio, sino que, además, permite que cualquier miembro del Colegio, por medio de su firma, pueda complacer a sus amigos con los libros que extrajeran por un tiempo razonable. Y tales demandas son, en las ocasiones adecuadas, mayoritaria y liberalmente concedidas. El Colegio hace más. Los hombres de letras, aceptando ceder una cierta cantidad, a menudo adquieren el privilegio de sacar libros. Desde hace cien años Escocia está en deuda con esta noble colección y la generosidad de sus propietarios, pues son muchas las obras de genio y de enseñanza que ha posibilitado que sus hijos, en este tiempo, se hayan convertido en figuras tan distinguidas dentro de casi todos los departamentos de la ciencia. Yo, sin embargo, no debo omitir a sus poderosas ayudantes. Las bibliotecas de la Universidad de Edimburgo y de la Escuela de Físicos son grandísimas y están particularmente enriquecidas con libros de Medicina, Anatomía de Historia Natural. El acceso a estas bibliotecas es igualmente fácil en lo que se refiere a ello por parte del Colegio de Abogados. Así que, volviendo, fue en unas condiciones tan favorables donde Hume, al tener la oportunidad de consultar casi todas las fuentes originales, forjó el plan de escritura de su Historia de Inglaterra. Comenzó con la ascensión de la Casa de Estuardo y después se centró en cierta clase de movimiento retrógrado. Admite que sus expectativas sobre el éxito de su trabajo eran optimistas: "Pero qué triste desilusión tuve. Fui atacado por un grito de reproche, de desaprobación y de toda clase de aborrecimiento. Ingleses, escoceses e irlandeses, conservadores y liberales, eclesiásticos y sectarios, liberales y religiosos, patriotas y cortesanos, unidos en su furia contra el hombre que se había atrevido a llorar por el destino de Carlos I y el conde de Strafford. Y, después de que el hervor de su ira hubiera llegado al punto más alto, lo que aún era más mortificador; parecía que el libro se hundía en el olvido".(5) Algún tiempo después publicó en Londres su Historia natural de la religión, a lo que comenta: "Su entrada pública fue bastante oscura. Sólo el Dr. Hurd escribió un panfleto en contra, con toda la petulante falta de liberalidad, la arrogancia y la grosería que distinguen la escuela de Warburton. Este panfleto me consoló algo por la recepción indiferente que tuvo mi obra".(6) Dos años después del fracaso del primer volumen de su Historia de Inglaterra, a saber, el de 1756, publicó el segundo, que incluía el periodo entre la muerte de Carlos I y la Revolución. Esta obra produjo menos resentimiento entre los liberales y tuvo una recepción más favorable por parte del público. "No sólo se levantó por sí mismo, sino que ayudó a reflotar a su desafortunado hermano".(7) En el año 1759, Hume publicó su Historia de la Casa de Tudor. El clamor suscitado por este trabajo fue casi el mismo que se produjo contra su historia de los dos primeros Estuardo. El reinado de Elisabeth era particularmente ofensivo. Así nos dice: "Pero ahora me había endurecido contra las manifestaciones de estupidez pública y seguí en mi retiro de Edimburgo, alegre y pacíficamente, para terminar en dos volúmenes el periodo más antiguo de la historia inglesa, que ofrecí al público en 1761, con éxito regular, pero tolerable".(8) Sin embargo, a pesar del clamor general y de los muchos y rudos ataques, los escritos de Hume adquirían gradualmente más y más reputación. Y recibió de los vendedores más dinero por ejemplar de lo que se le había dado a ningún otro autor en Gran Bretaña antes de ese período. Ahora se encontraba no sólo independiente, sino opulento, por lo que se retiró a su país natal de Escocia con el deseo de no abandonarla nunca de nuevo. En aquel entonces pasaba de los cincuenta años cuando, en el año 1763, recibió una invitación del conde de Hertford para prestar sus servicios en su embajada de París, con la cercana perspectiva de convertirse en su secretario. Sin embargo, al principio, Hume rechazó esta oferta, a causa de su edad y de la reticencia que sentía para entremezclarse otra vez con la alegre compañía de la metrópoli francesa. Pero cuando su señoría repitió la invitación, Hume al fin aceptó. Después se le nombró secretario de la embajada. En el verano de 1765, se llamó a casa a lord Hertford para ser nombrado lord Teniente de Irlanda y Hume estuvo a cargo hasta la llegada del duque de Richmond, hacia el final de aquel año. Al principio del año 1766 Hume dejó París y al verano siguiente fue a Edimburgo, con la idea de disfrutar de un agradable retiro entre amigos filosóficos, de los que particularmente abundan en esa ciudad no muy grande. Un caballero inglés Aymat, de gran sensatez y educación, vivió en Edimburgo durante un año o dos. Un día me sorprendió con un curioso comentario. “No hay una ciudad en Europa -me dijo-, que disfrute de un privilegio tan singular y tan noble”. Yo pregunté que cuál era ese privilegio. A lo que contestó: “Aquí estoy, en lo que se llama la cruz de Edimburgo, y puedo en unos pocos minutos estrechar la mano a cincuenta hombres de genio y de enseñanza”. El hecho es bien conocido. Pero para un nativo de esa ciudad, que ha pasado todos sus días familiarizado con ello y que no ha viajado a otros países, dicha circunstancia, aunque muy notable, le pasa inadvertida. A los extraños, sin embargo, les causa una profunda impresión. Aunque en Londres, París y otras grandes ciudades de Europa tengan a muchos hombres de letras, es difícil el acceso a ellos. Y, tras haberlo obtenido, la conversación es, durante un momento, tímida y tensa. En Edimburgo, el acceso a los hombres de talento no solamente es fácil, sino que de inmediato y con la mayor libertad conversan y comparten sus conocimientos entre los desconocidos despiertos. Los filósofos de Escocia no tienen secretos. Dicen lo que saben y manifiestan sus sentimientos sin disfraz o reserva. Este generoso rasgo era notable en el carácter de Hume. No ofendía a nadie, pero cuando la conversación giraba alrededor de objetos particulares, ya fueran morales o religiosos, expresaba sus propios puntos de vista con libertad, con fuerza y con una dignidad que rendía honor a la naturaleza humana. En el año 1767, Hume fue invitado por el señor Conway para trabajar para un ministro y él, tanto por el carácter de la persona, como por sus relaciones con lord Hertford, se abstuvo de rechazarlo. Regresó a Edimburgo en 1769 con una gran fortuna, ya que poseía una renta de mil libras al año. Y, aunque ya estaba en una edad avanzada, disfrutaba de plena forma y tenía el propósito de gozar de la vida con comodidad y de ver como aumentaba su reputación. Al final del año 1775 comenzó a sufrir un desorden intestinal. Al principio no le alarmó, pero pronto comprendió que le sobrevendría mortificación y, por supuesto, un rápido final. Sin embargo, a pesar del gran declive de su cuerpo, su alegría y su disposición usual no le abandonaron. Consideraba que un hombre de sesenta y cinco años al morir sólo acorta algunos años de enfermedades y, quizás también, de angustia y ansiedad. Hume concluye su vida con un pequeño boceto de lo que él comprendía que era su carácter y su disposición: "Soy o, más bien, fui, un hombre de disposición humilde, de temperamento ordenado y de talante alegre, abierto, social y claro, con capacidad de afecto, pero poco dado a la enemistad y de gran moderación en todas mis pasiones. Incluso mi amor por la gloria en el campo de las letras, pasión dominante en mí, nunca agrió mi temperamento, a pesar de mis frecuentes desilusiones. Mi compañía no era inaceptable por los jóvenes despreocupados, así como tampoco por los estudiosos y los hombres de letras; y como me complacía especialmente la compañía de mujeres discretas, no tenía razón para estar disconforme con su acogida" (9). Aunque Hume creyó que la enfermedad que le afligía iba a ser fatal, tal como nos comunica una carta del brillante y excelente Dr. Adam Smith para William Strahan (del cuál tenía una opinión tan favorable que le dejó a cargo, con plenos poderes, de todos sus manuscritos, algunos de los cuales, y particularmente el de su vida, se publicaron posteriormente); sin embargo las súplicas de sus amigos le convencieron para que probara los efectos de un largo viaje. Consecuentemente, al final de abril de 1776, partió hacia Londres; y cuando iba a la altura de Morpeth, se encontró con el Dr. Adam Smith y John Home (10), un caballero bien conocido por su genio poético y, en particular, por sus escritos teatrales. Estos dos caballeros viajaban desde Londres esperando encontrar a Hume en Edimburgo. Home regresó con él y "se ocupó de él", según nos dice Smith, "durante toda su estancia en Inglaterra, con todo el cuidado y la atención que podría esperarse de un temperamento tan perfectamente amigable y cariñoso" (11). La enfermedad de Hume pareció ceder ligeramente ante el ejercicio y el cambio de aires, ya que cuando llegó a Londres parecía gozar de mucha mejor salud que cuando llegó a Edimburgo. Se le aconsejó que fuera a Bath a beber sus aguas, lo que, durante algún tiempo, surtió tan buen efecto sobre él que empezó a tener esperanzas de recobrar la salud. Sus anteriores síntomas, sin embargo, regresaron con la violencia habitual. Desde ese momento, renunció a toda esperanza de vida y de bienestar. Pero se sometió a su destino con alegría extrema y complacencia. Cuando regresó a Edimburgo, aunque se encontraba mucho más débil, nunca le abandonó el buen ánimo. Su ánimo era tan bueno y su conversación y su entretenimiento siguieron hasta tal punto de la forma acostumbrada que, a pesar de todos los malos síntomas, pocos de sus amigos podían creer que su final se aproximaba tan rápidamente. El doctor Dundas, al despedirse de Hume un día le dijo: “Le diré a tu amigo, el coronel Edmonstone, que cuando te he dejado estabas mucho mejor y recobrándote.” “Doctor, -contestó Hume-, como creo que usted no querría decir nada que no sea cierto. Debería usted decirle que me muero tan rápido como mis enemigos desearían, si tengo alguno, y tan serena y alegremente como querrían mis mejores amigos.” (12)Poco tiempo después, el coronel Edmonstone fue a ver a Hume para despedirse por última vez de él. Pero de camino a casa no pudo evitar escribir una carta enviándole de nuevo un eterno adiós. Tales eran la magnanimidad y la fortaleza de ánimo de Hume que sus amigos más íntimos y afectivos sabían que no se arriesgaban a ofenderle tratándole o escribiéndole como a un moribundo. Por casualidad, Adam Smith visitó a Hume cuando éste estaba leyendo la carta del coronel Edmonstone y se la enseñó inmediatamente. Después de estudiar atentamente la carta, Smith señaló que su aspecto no parecía bueno; sin embargo, pese a ello, dijo: “Es tan grande tu alegría y tu ánimo que no puedo sino mantener alguna débil esperanza sobre tu recuperación”. Hume contestó: “Tus esperanzas no tienen fundamento. Una diarrea continua de más de un año de duración sería una enfermedad muy mala a cualquier edad. A mi edad es mortal. Cuando me acuesto por las noches me siento más débil que cuando me levanto. Y,cuando me levanto por la mañana, más débil que cuando me acosté la noche anterior. Me doy cuenta, además, de que algunas de mis partes vitales, están afectadas, por lo que me moriré pronto.”(13) Smith contestó: “Si así ha de ser, al menos tienes la satisfacción de dejar a todos tus amigos y, en particular, a la familia de tu hermano, en una buena situación”. (15) Hume dijo que sentía tanto esa satisfacción que unos días antes, leyendo los Diálogos de los muertos de Luciano, que entre todas las excusas que las almas poco dispuestas a embarcarse en el bote de Caronte para atravesar el río Estige, no había ninguna que le fuera bien a él. No tenía casa que amueblar, ni niños que abastecer, ni enemigos por los que deseara que se le vengara. “No puedo imaginarme que excusa podría darle a Caronte para obtener un breve aplazamiento. He hecho todas las cosas importantes que me había propuesto y nunca esperé dejar a mis parientes y amigos en una situación mejor que en la que ahora probablemente les deje: por tanto no puedo más que morir satisfecho.” Entonces se entretuvo inventado algunas excusas cómicas que podría darle a Caronte e imaginándose las probables respuestas que podrían ajustarse al personaje de Caronte. “Después de reflexionar sobre ello algo más”, dijo, “pensé qué podría decirle: “Buen Caronte, he estado corrigiendo mis trabajos para una nueva edición, dame un poco más de tiempo para que pueda ver cómo recibe el público los cambios. Pero Caronte contestaría, “cuando hayas visto la respuesta de éstos querrás hacer nuevos cambios. Nunca acabarán tales excusas, de modo que, honesto amigo, haz el favor de embarcar.” Pero Hume dijo: “Yo podría aún apremiarle diciéndole; “ten un poco de paciencia, buen Caronte, he estado intentando abrir los ojos del público. Si vivo unos pocos años más puede que tenga la satisfacción de ver la caída de algunos de los sistemas dominantes de superstición. “ Pero Caronte perdería la paciencia y la decencia y diría: “Tú, pícaro esquivo, eso no va a ocurrir en los próximos cien años. ¿Crees que te voy a conceder un permiso para tanto tiempo? Móntate en el bote ahora mismo, pícaro gandul, que no paras de dar largas.” (15) Aunque Hume hablaba frecuentemente de su próximo final con gran facilidad,nunca alardeó de magnanimidad. Nunca mencionaba el tema excepto cuando la conversación lo sugería naturalmente. Hume se encontraba ahora tan débil que incluso la compañía de sus colegas más íntimos le cansaba; su alegría era tan grande, su complacencia y su sociabilidad estaban todavía tan enteras que no podía abstenerse de seguir hablando con cualquier amigo que estuviera con él, con un esfuerzo mayor que lo que la debilidad de su cuerpo le permitía. Entonces, Smith, de acuerdo con el deseo de Hume, abandonó Edimburgo y se fue a vivir a Kirkcaldy con su madre, que vivía en ese pueblo. El brillante y famoso Dr. Black, profesor de química en la universidad de Edimburgo, se encargó de escribir ocasionalmente a Smith sobre el estado de salud de su amigo. Consecuentemente, el 22 de agosto, el Dr. Black escribió a Smith la carta que sigue: “Desde mi última carta, Hume ha pasado este tiempo con bastante facilidad, pero está mucho más débil. Se sienta, baja las escaleras una vez al día y se entretiene leyendo, pero es raro que vea a alguien. Encuentra que incluso la conversación de sus amigos más íntimos le oprime y le fatiga; afortunadamente, no la necesita, ya que no siente ni ansiedad, impaciencia o desánimo, y se lo pasa muy bien con la ayuda de libros divertidos.” Al día siguiente, Smith recibió una carta del mismo Hume, de la cuál lo que sigue es un extracto. "Mi más querido amigo (Edimburgo, 23 de agosto de 1776), Me veo obligado a usar la mano de mi sobrino para escribirte, ya que no puedo levantarme hoy. Me consumo muy rápidamente y anoche tuve algo de fiebre, que esperaba pudiese ponerle punto final a esta tediosa enfermedad más rápidamente. Pero desafortunadamente, casi ha desaparecido.” Tres días después, Smith recibió la siguiente carta de Dr. Black. "Estimado señor (Edimburgo, 26 de agosto de 1776), Ayer, alrededor de las cuatro de la tarde, el señor Hume expiró. La cercanía de su muerte se hizo evidente durante la noche del jueves al viernes, cuando su enfermedad se hizo excesiva y pronto le debilitó tanto que ya no podía levantarse de la cama. Hasta el final se mantuvo plenamente consciente y sin demasiado dolor ni desasosiego. No mostró impaciencia en ningún momento; pero siempre que tenía ocasión de hablarle a alguno de los que le rodeaban lo hizo con cariño y ternura. No consideré oportuno escribirle para que viniera, ya que me enteré de que había dictado una carta para usted pidiéndole que no viniera. Cuando se debilitó mucho, le costaba gran esfuerzo hablar y murió en una disposición mental tan feliz que nada podía superarla." "Así que murió,” dijo el señor Smith al señor Strahan en su carta,"nuestro queridísimo e inolvidable amigo, cuyas opiniones filosóficas serán juzgadas diversamente por los hombres, aprobándolas, probándolas o condenándolas, según coincidan o no con las suyas propias, pero sobre cuyo carácter y conducta difícilmente puede haber diferencias de opinión. Su temperamento, sin duda, parecía ser más felizmente equilibrado, si se me permite usar tal expresión, que el de quizás ningún otro hombre que haya conocido jamás. Incluso cuando menos le sonreía la fortuna su grande y necesaria frugalidad nunca le impidió ejecutar actos de caridad y generosidad cuando la ocasión se presentaba propicia para ello. La frugalidad no se basaba en la avaricia sino en el amor a la independencia. Su naturaleza extremamente amable nunca debilitó ni la firmeza de opinión ni la constancia en sus resoluciones. Su constante bromear era la efusión genuina de su buena naturaleza y su buen humor, templados por la delicadeza y la modestia; y sin la más mínima sombra de malignidad, que es con frecuencia la desagradable fuente de lo que se llama ingenio en otros hombres. El significado de su burla nunca fue el de mortificar, por lo que, lejos de ofender, pocas veces sucedía que no agradara o deleitara aun a aquellos de los ella que era objeto. Para sus amigos, quienes eran frecuentemente los objetos de dicha burla, no había, quizás, ninguna otra de sus grandes y afables cualidades que contribuyeran más a la buena acogida de su conversación. Y esa alegría de temperamento, tan agradable en sociedad, pero que tan frecuentemente lleva tintes de frivolidad y superficialidad, venía en él acompañada de la aplicación más seria, el conocimiento más extenso, la máxima profundidad de pensamiento y una capacidad de comprehensión sobre todas las cosas. Mirándolo todo, siempre le he considerado, en su vida como y desde su muerte, como probablemente lo más cercano a la idea de un hombre perfectamente sabio y virtuoso, tanto quizá como la debilidad de la naturaleza humana permitiría. Adam Smith." Hasta ahora me he dedicado a dar cuenta de la biografía de este genial y valioso hombre de letras. La información ofrecida hasta aquí ha sido extraída principalmente de fuentes escritas. Terminaré añadiendo unas pocas anécdotas que conozco personalmente junto con otros hechos bien conocidos que el propio Hume no registró en la obra su vida[Own Life]. Su Vida, así como también la carta de Adam Smith a Strahan, están escritas con gran candor y sinceridad. Hume, quizá como cualquier hombre de genio, tuviese repuntes de temperamento, que felizmente contrapesaba con un modo de razonamiento firme y decisivo. Sus trabajos tuvieron tantos y a menudo tan groseros ataques por parte de tantos autores, que aunque no se dignase a contestarles por escrito, sin embargo, frecuentemente ponía de manifiesto en la conversación los resentimientos que sentía a causa de los insultos de estudiosos inferiores poco delicados y, a menudo, ignorantes. En todos los casos de este tipo, su modo impulsivo de expresión, los movimientos rápidos e inteligentes de sus ojos y los gestos de su cuerpo, descubrían la agudeza de este sentimiento y las mayores muestras de desprecio, así como de aversión. Un autor, sin embargo, el doctor Campbell, profesor de Ética en la Universidad de Aberdeen, un hombre instruido, valioso y de ingenio, escribió un libro bastante extenso en contra de la obra de Hume Ensayo sobre los milagros, en un estilo y una manera tal y tan a la manera de un caballero, que Hume nunca habló de él sino con el mayor respeto; y a menudo dijo que, de todos sus adversarios, el doctor Campbell no sólo era el más agudo, sino que también era el que escribía con el mejor temperamento y en los términos más elegantes y suaves, si bien impulsivos. En la primera edición de la Enciclopedia Británica, que se publicó en Edimburgo en el año 1771, bajo la acepción “compendio”, como un ejemplo de lo que entonces yo pensaba que era el modo mejor y el más útil de compendiar libros, hice un pequeño resumen del Ensayo sobre los milagros de Hume y de la respuesta de Campbell a éste. Aún pienso que ya que el artículo es corto, una transcripción de éste puede ser de algún valor, especialmente para los lectores jóvenes. "Compendio, en literatura, término que significa la reducción de la extensión de un libro. El arte de comunicar muchos sentimientos con pocas palabras es el talento más feliz que un autor puede poseer. Este talento es particularmente necesario en la presente condición de la literatura, pues muchos escritores han adquirido la destreza de propagar unos pocos pensamientos críticos durante varios cientos de páginas. Cuando un autor da con un pensamiento que le complace, se pone a pensar en él obsesivamente y a mirarlo bajo distintos aspectos, para usarlo abusivamente o en las relaciones menos importantes. Sin embargo, aunque esto puede ser agradable para el escritor, cansa y fastidia al lector. Existe otra gran fuente de difusión en la composición de escritos. Es objeto capital para el autor, cualquiera que fuere su tema, dar rienda suelta a todos sus mejores pensamientos. Y se siente particularmente feliz cuando encuentra un lugar adecuado para ellos. Sin embargo, en vez de sacrificar el pensamiento al que tiene afecto, lo mete a la fuerza por medio de disgresiones o de ejemplarización superflua. Si ninguno de estos recursos responden a su propósito, entonces puede acudir al margen, un apartado muy apropiado para todo tipo de pedantería e impertinencia. Pero no hay autor que lo haga bien, sino que todos son más o menos defectuosos en este respecto. Un compendiador, sin embargo, no está sujeto a estas tentaciones. Los pensamientos no son suyos; él los mira de una manera más fría y menos afectiva; descubre impropiedad en algunos, vanidad en otros y falta de utilidad en muchos. Su negocio, por consiguiente, consiste en reducir superficialidades, disgresiones, citas, pedanterías, etc. y presentar ante el público sólo lo que es realmente útil. Éste no es de ninguna manera una tarea fácil: resumir algunos libros requiere tanto talento, si no más, que el del propio autor. Se deben conservar los hechos, el espíritu, la manera y el razonamiento. No se puede omitir nada de lo esencial, ya sea argumento o ejemplo. La dificultad de la tarea es la razón principal por la que tenemos tan pocos buenos compendios. El resumen de Wynne del Ensayo sobre el entendimiento humano de Locke es, quizás, el único irreprochable en nuestra lengua. Estos comentarios sólo guardan relación con tales resúmenes designados para el público. Pero "Cuando una persona quiere sentar por escrito la esencia de cualquier libro, debe seguir un método más corto y menos laborioso. No es este el lugar para ofrecer ejemplos de compendios para el público, pero podría ser útil, especialmente para la gente joven , saber cómo resumir libros para su propio uso. Después de dar algunas instrucciones, enseñaremos un ejemplo o dos, para mostrar con qué facilidad se puede hacer. "Lea el libro cuidadosamente, intente aprender el punto de vista principal del autor y atienda a las argumentaciones empleadas. Cuando haya hecho todo esto, normalmente encontrará que los argumentos que utiliza el autor como nuevos o adicionales, realmente son sólo razonamientos colaterales o ampliaciones del argumento principal. Tome un trozo de papel o un libro cualquiera, anote lo que el autor quiere probar, añada el argumento o argumentos y obtendrá la esencia del libro en una pocas líneas. Por ejemplo, en Ensayo sobre los milagros, el propósito de Hume es probar que los milagros, que no han sido objetos inmediatos de nuestros sentidos, no pueden ser creídos por el testimonio de otros. Ahora bien, su argumento (ya que no hay más que uno) es, “que la experiencia, que en algunas cosas es variable y en otras uniforme, es nuestra única guía para razonar sobre cuestiones de hecho. Una experiencia variable da lugar sólo a probabilidad; una experiencia uniforme se convierte en una prueba. Nuestra creencia en cualquier hecho percibido por medio del sentido de la vista no se deriva de ningún otro principio que no sea el de la experiencia en la veracidad del testimonio humano. Si se presenta un hecho como milagroso, aquí aparece una lucha entre dos experiencias opuestas, o de prueba contra prueba. Ahora bien, un milagro es una violación de las leyes de la naturaleza; y, ya que una experiencia firme e inalterable ha establecido estas leyes, la prueba contra un milagro, por la naturaleza misma del hecho,es tan completa como cualquier argumento de la experiencia posiblemente imaginable; y, si esto es así, es una consecuencia innegable que no puede ser vencida por prueba alguna derivada del testimonio humano.” “En la Disertación sobre los milagros del doctor Campbell, la meta principal del autor es mostrar la falacia del argumento de Hume; lo que ha llevado a cabo con gran éxito con únicamente otro argumento, a saber: “La evidencia que surge del testimonio humano no deriva sólo de la experiencia; por el contrario, el testimonio tiene una influencia natural en la creencia que antecede a la experiencia. El primer e ilimitado asentimiento que los niños dan al testimonio se reduce gradualmente según éstos avanzan en la vida: está, por tanto, más de acuerdo con la verdad decir que nuestra falta de confianza en el testimonio resulta de la experiencia antes que decir que nuestra fe en él tiene este fundamento. Además, la uniformidad de la experiencia a favor de un hecho no prueba que lo contrario no sea posible en un caso particular. La evidencia que surge únicamente a partir del testimonio de un hombre de consabida veracidad contribuirá mucho a establecer la creencia de que puede ser en realidad rebatida: si su testimonio se ve confirmado por otros del mismo carácter no podemos negarnos a aceptarlo como verdadero. Ahora bien, aunque las operaciones de la naturaleza están gobernadas por leyes uniformes y aunque no tengamos testimonio de nuestros sentidos a favor de violación alguna de éstas, si, en casos particulares, tenemos el testimonio de miles de personas, siendo éstas de estricta integridad, no movidas por motivos de ambición o interés alguno y gobernadas por los principios del sentido común, el hecho de que ellos hayan sido testigos oculares de estas violaciones nos obliga, por la constitución misma de nuestra naturaleza, a creerles.” “Estos dos ejemplos contienen la esencia de alrededor de cuatrocientas páginas. Hacer resúmenes privados de este tipo tiene muchas ventajas; nos obliga a leer con rigor y atención, fija el tema en nuestras mentes y, si por causalidad nos olvidásemos, en vez de leer el libro otra vez, echándole u vistazo a unas pocas líneas, no sólo volvemos a disponer de los argumentos principales, sino que también recordamos, en gran medida,el estilo y método del autor.”” Habiendo mandado el doctor Campbell el manuscrito de su libro contra Ensayo sobre los milagros de Hume al doctor Hugh Blair de Edimburgo, para que diera su opinión sobre el trabajo, el doctor Blair propuso enviar el manuscrito al propio Hume y así se hizo; Hume se lo devolvió al doctor acompañado de la siguiente carta. “Señor He examinado con toda la atención posible el ingenioso escrito que ha sido usted tan atento de hacer llegar a mis manos, aunque, quizás, no con toda la seriedad y gravedad que tan frecuentemente me ha recomendado. Pero el fallo no está en la obra, que es ciertamente muy aguda, sino en el tema. Sé que usted dirá que no está en ninguno de los dos, sino en mí. Si eso es así, siento decir que creo que es incurable. “Podría desear que tu amigo no hubiese elegido mostrarse como un escritor controvertido sino más bien, que se hubiese esforzado por establecer sus principios en general sin ninguna referencia a ningún libro o persona en particular; aunque admito que me honra enormemente al pensar que algo escrito por mi merece su atención, ya que además de las muchas inconveniencias que acompañan este tipo de escritos, veo que es casi imposible conservar la decencia y los buenos modales en ellos. Este autor, por ejemplo, dice a veces cosas de mí mucho más generosas de las que yo me considero merecedor y, de ello, concluyo que, en general, no quería insultarme. Sin embargo, me encuentro con algunos otros pasajes más meritorios de Warburton y sus secuaces que de un autor tan ingenioso. “Pero como no soy propenso a perder el temple y aún menos inclinado a hacerlo con un amigo suyo, le haré serenamente algunas puntualizaciones sobre el argumento,ya que así parece desearlo. Usaré muy pocas palabras; ya que una insinuación bastarán a un caballero de la penetración de este autor. “Sección 1. Desearía que el autor reflexionase sobre si el medio a través del cual razonamos en relación con el testimonio humano es diferente de aquel que nos conduce a realizar deducciones en relación con otras acciones humanas, a saber, nuestro conocimiento de la naturaleza humana por la experiencia, o sobre por qué es diferente. Supongo que concluimos que un hombre honesto no nos mentiría, del mismo modo que concluimos que no nos tomaría el pelo. En cuanto a la tendencia juvenil a creer, la cual es corregida por la experiencia, parece obvio que los niños adoptan ciegamente todas las opiniones, principios, sentimientos y pasiones de sus mayores, así como creen el testimonio de éstos: tampoco es esto más extraño que el que un martillo deje huella sobre la arcilla. “Sección 2. Ningún hombre puede tener otra experiencia que la suya. La experiencia de los otros se vuelve propia sólo por la creencia que se le da a su testimonio, la cual proviene de su propia experiencia de la naturaleza humana. “Sección 3. No hay contradicción alguna en decir que cualquier testimonio d une milagro, que se haya dado realmente o que se dé jamás, es objeto de burla y, sin embargo, hacer una invención o hipótesis de un testimonio para un milagro particular, que no sólo podría merecer atención, sino convertirse en amplia prueba de éste. Por ejemplo, de la ausencia del Sol durante cuarenta y ocho horas, los hombres razonables concluirían únicamente que la máquina del globo estuvo rota durante ese tiempo. “Página 28. No encuentro ninguna dificultad en explicar lo que quiero decir y, sin embargo, probablemente no lo haré en ninguna edición futura. La prueba contra un milagro, ya que se basa en experiencia invariable, es de esa especie o clase de prueba que es total y segura si se toma sola, porque no conlleva ninguna duda, como es el caso con todas las probabilidades. Pero hay grados dentro de esta especie y cuando una prueba más débil se enfrenta a una más fuerte, ésta es vencida. “Página 29. Es poco más delicado decir a un hombre que dice tonterías por implicación que decirlo tan directamente. “Sección 4. ¿Persigue un hombre con sentido común todos los tontos cuentos de brujas, duendes o hadas y discute las pruebas en particular? Nunca conocí a ninguno que examinara y deliberara acerca de tonterías que no acabara creyéndolas antes del final de sus investigaciones. “Sección 5. Me maravillo de que el autor no perciba la razón por la que John Knox y Alexander Henderson no hicieran tantos milagros como sus hermanos de otras iglesias. Hacer milagros era asunto del Papa y se descartaba en otras partes de dicha religión. Los hombres deben tener formas nuevas y opuestas de establecer locuras nuevas y opuestas. La misma razón se extiende a Mahoma. Los sacerdotes griegos que estaban en las vecindades de Arabia, y muchos de ellos en ella, hacían tantos milagros como los católicos romanos; y se habrían reído de Mahoma si hubiese usado una herramienta tan simple y anticuada. Expulsar a los demonios y curar a los ciegos, donde casi todo el mundo puede hacer otro tanto, no es la forma de imponerse extraordinariamente sobre los hombres. En toda mi vida nunca he leído sobre un milagro que no pretendiese algún punto religioso nuevo. No se llevó a cabo en España ningún milagro para probar el evangelio, sin embargo, San Francisco Javier realizó en las Indias mil de ellos bien documentados con ese propósito. Los milagros en España, que están entera y completamente probados, se hacen para probar la eficacia de un crucifijo o de una reliquia en particular, que es siempre un punto nuevo, o al menos, que no está extendido universalmente. “Sección 6. Si un milagro sirve de prueba de una doctrina que ha sido revelada por Dios y que, como consecuencia, es cierta, nunca se puede hacer un milagro para una doctrina contraria. Los hechos son, por tanto, tan incompatibles como las doctrinas. “Desearía que su amigo no me denominase un escritor descreído a causa de diez o doce páginas que le parece que tengan esa tendencia, teniendo en cuenta que yo he escrito tantos volúmenes de historia, literatura, política, comercio o ética que, en ese particular por lo menos, son enteramente inofensivos. ¿Ha de tacharse a un hombre de borracho porque se haya embriagado una vez en la vida? “Tras haberle dicho todo esto a su amigo, que es ciertamente un hombre ingeniosos, aunque un poco celoso de más para ser filósofo, permítame también la libertad de decirle a usted unas palabras. Siempre que he tenido el placer de estar en su compañía y el discurso ha tratado de cualquier tema común de literatura o razonamiento, me separé de usted entretenido y habiendo aprendido algo. Pero cuando usted desviaba la conversación de estos derroteros hacia su profesión, aunque no dudo de que sus intenciones hacia mí eran amistosas, admito que nunca recibí la misma satisfacción: yo era propenso a acabar cansado y usted enfadado. Por tanto, desearía que en el futuro, sea dónde sea que mi buena fortuna me haga tropezarme en su camino, que nos abstuviésemos de estos temas. Desde hace tiempo he hecho investigaciones sobre tales temas y me he vuelto incapaz de instrucción, aunque reconozco que nadie es más capaz de dármela que usted. “Después de darle libertad para transmitirle a su amigo la parte de esta carta que crea más conveniente, continúo, señor, Su más humilde y obediente servidor. David Hume.”(16) En el año1762, Hume escribió la siguiente carta al doctor Campbell, la cual honra enormemente al escritor. “Querido señor (en Edimburgo, a 7 de enero de 1762), “Ha ocurrido tan pocas veces que controversias en filosofía y mucho más en teología, se hayan llevado a cabo sin producir enfrentamientos personales entre las partes, que debo considerar mi situación en el presente como algo extraordinario. Tengo razones para agradecerle la civilizada y considerada manera con la que ha conducido la disputa contra mí en un tema tan interesante como es el de los milagros. Cualquier pequeño síntoma de vehemencia del que antes me permitía quejarme cuando me hizo el honor de mostrarme el manuscrito ha sido eliminado, descartado o expiado por las amabilidades que van mucho más allá de las que yo tenga derecho a pretender. Es natural que imagine que daré algún giro para evadir la fuerza de sus argumentos y para retener mi antigua opinión en el mismo punto de la controversia entre nosotros. Pero me es imposible no ver la brillantez de su exposición y los muchos conocimientos que usted mostrado al oponérseme. “Me considero muy honrado de que una persona de tanto mérito me haya considerado digno de una respuesta y, ya que considero que el público le hace justicia en cuanto a la brillantez y buena composición de su pieza, espero que no tendrá ninguna razón para involucrarse con un antagonista, al cual quizás, con rigor, usted se habría atrevido a ignorar. Le debo el que nunca haya sentido una inclinación tan violenta a defenderme como ahora al ser justamente retado por usted y pienso que podría encontrar algo con consistencia al menos que presentar en mi defensa. Pero como fijé la resolución al principio de mi vida de que siempre dejaría al público juzgar entre mis adversarios y yo, sin dar ninguna respuesta, me debo adherir de forma inviolable a esta resolución. De lo contrario mi silencio en cualquier ocasión futura, sería interpretado como que soy incapaz de contestar y sería un triunfo contra mí. “Quizás pueda divertirle saber de dónde surgió la primera idea del argumento que usted ha atacado tan vigorosamente. Paseaba por el claustro del colegio jesuita de La Fleche, una ciudad en la que pasé dos años de mi juventud, y conversaba con un jesuita de cierto talento e instrucción, que me estaba contando cierto milagro sin sentido llevado a cabo recientemente en su convento, cuando cedí a la tentación de discutirle. Dado que tenía la cabeza llena de los temas de mi Tratado sobre la naturaleza humana,que estaba componiendo en aquel momento, se me ocurrió este argumento inmediatamente y pensé que comprometió mucho a mi compañero. Pero al final me hizo la observación de que era imposible que ese argumento tuviera ninguna solidez, ya que operaba igualmente tanto contra los evangelios como contra los milagros católicos. Consideré apropiado admitir esta observación como una respuesta adecuada y suficiente. Creo que por lo menos admitirá que la libertad de este razonamiento lo hace de alguna forma extraordinario al haber sido el producto de un convento de jesuitas, aunque tal vez piense que se favorece su sofistería simplemente por el lugar de su nacimiento.” En el año 1762 el propio Hume se puso del lado del celebrado Rousseau cuando por sentencia del Parlamento de París éste último iba a ingresar en prisión por publicar su famosa novela Emilio. Hume estaba en Edimburgo entonces. Tal como nos cuenta, una persona de mérito, pero cuyo nombre no menciona, le escribió desde París que Rousseau tenía la intención de venir a Gran Bretaña para procurarse un asilo de la persecución en una tierra donde reina la libertad y donde se estimula el genio y toda clase de literatura. Al mismo tiempo, Rousseau le pidió a Hume su protección y recomendación para cuando llegara a Londres. En consecuencia, Hume escribió a varios de sus amigos en Londres en pro de este famoso exiliado. Del mismo modo le escribió a éste, asegurándole su entusiasmo y su fuerte deseo de hacer todo lo que estuviera en su poder para servirle. Hume, al mismo tiempo, pidió a Rousseau que viniera a Edimburgo y le ofreció un retiro seguro en su propia casa por cuanto tiempo deseara. Los principales motivos de Hume para hacer este ofrecimiento eran la celebridad de Rousseau, su genio y talento, en particular, la persecución que sufría por parte de los fanáticos de su propio país, junto con él estado débil y enfermo de su cuerpo ocasionado por el paso de sangre a través de la uretra. Esta disfunción, como la mayoría de las destemplanzas crónicas, le hacían estar de mal humor y, por supuesto, hacían su temperamento y sus acciones frecuentemente raros y desagradables, especialmente para los extraños. Parece que Hume, en algunos puntos de la controversia, no fue lo suficientemente indulgente con la condición débil y dolorosa del cuerpo de su antagonista. El dolor, cuanto continúa largo tiempo, no sólo induce la debilidad general, sino que también nubla y corroe la mente, haciéndola suspicaz e impaciente. Es probable que esta circunstancia fuera la causa principal de la ruptura que ocurrió entre estos dos hombres instruidos y de gran ingenio. Sin embargo, Hume, durante toda la controversia, trata a Rousseau con humanidad y respeto. Sin duda, se defiende vigorosamente contra las calumnias e insinuaciones de su ilustre oponente y tenía pleno derecho a hacerlo. A instigación de Hume, Rousseau llegó a Inglaterra en la primavera de 1766 y Hume le procuró una residencia agradable en una casa de campo que pertenecía al señor Davenport, un caballero distinguido por su cuna, su fortuna y su mérito. La casa está situada en la región de Derby y se llama Wooton. En cuanto Rousseau llegó a Wooton,quedó encantado con la situación del lugar, así como con la campiña de alrededor, y escribió a Hume, en los términos más educados y agradecidos, sobre cuánto estimaba su amistad y protección. Cuando de camino a Gran Bretaña, una tarde en Calais, Hume le preguntó a Rousseau si aceptaría una pensión del rey de Inglaterra, suponiendo que se lograra, Rousseau contestó que tenía cierta dificultad en responder la pregunta, pero que lo comentaría con lord Marschall, que era gran amigo suyo. Animado por esta respuesta, Hume, tan pronto como llegó a Londres solicitó al general Conway, entonces secretario de Estado, así como al general Graeme, secretario y chambelán de la reina, una pensión para Rousseau, que fue prontamente concedida, con la única condición de que el asunto debería permanecer en secreto. Esta condición fue enormemente del gusto de Rousseau, a quien le encantaba esconder los favores que ocasionalmente recibía y, especialmente, en lo relacionado a asuntos económicos, pues pensaba que degradaban el espíritu de independencia que él siempre, por lo menos, pretendió poseer. Pero Hume durante alguna temporada se había ocupado meticulosamente del bienestar y el interés de Rousseau, que continuamente se quejaba tanto de dolor físico como de pobreza, descubrió con sorpresa que la última de estas quejas era falsa. Usaba este último artificio (ya que, como señala Hume, el primero no lo era) para resultar, como hombre de genio, más interesante y para despertar la compasión del público. El tiempo que Hume pasó con Rousseau le dio la posibilidad de descubrir gradualmente su carácter. “Finalmente me di cuenta”, dice, “que este hombre de genio ha nacido para el tumulto y las tormentas”. Pero como Hume había hecho todo lo posible para acomodar a Rousseau y hacer confortable su situación, a él nunca se le ocurrió que el mismo iba a ser víctima de su furia y mal humor. El origen de la ruptura entre estos dos grandes hombres se originó a partir de una circunstancia ridícula. Horace Walpole, quien no resultaría ser un gran amigo de Rousseau, escribió una carta bajo el nombre ficticio del rey de Prusia Federico invitándole a ir a residir a su corte en Berlín. Hume no tenía conocimiento de este asunto. Pero Rousseau, es difícil conjeturar por qué circunstancias difíciles, imaginó que Hume había escrito y hecho circular esa carta con el objetivo de confundirle y burlarse de él. Hume, en este asunto más que tonto, excusa a Walpole llamándolo una broma inocente. Pero cuando se tienen en cuenta el genio, el temperamento y el estado convaleciente del cuerpo de Rousseau, en vez de una broma, fue una auténtica crueldad y tuvo, por error natural, el triste efecto de convertir a dos amigos cordiales y celebrados en enemigos mortales.

       Rousseau, aunque Hume le procurase el disfrute de una pensión de su Majestad,actuó en virtud de alguna caprichosa idea de independencia y la noción de que su mejora migo podía traicionarle, por lo que se negó a aceptarla. Hume, a través de cartas amistosas, presionó a Rousseau para que aceptase la pensión. Pero este último persistió en su negativa obstinadamente e incluso reprochó a Hume, en términos extremadamente indecentes, el que se hubiese encargado con tanto éxito de servirle y de hacer la vida más fácil.
       Tras haber circulado copias de la supuesta carta escrita en nombre del rey de Prusia por toda Europa fue finalmente publicada en la Crónica de St. James. Fue en este periódico donde Rousseau vio por primera vez este escrito descarado e imprudente. Rousseau escribió inmediatamente a los editores de la Crónica de St. James quejándose amargamente de la impostura e insinuando indirectamente que la fingida carta había sido escrita por Hume. Cuando Hume leyó que Rousseau sospechaba que él era el autor de la carta, esto le hizo sentir una gran incomodidad. Hume puntualiza que después dela gran atención y los benéficos servicios que había concedido a Rousseau gracias a su insistente perseverancia, de pronto se convirtió en objeto de su resentimiento y de su oprobio, por ningún otro fundamento que una tonta y absurda sospecha. Hume, a pesar de este triste asunto, siguió cuidando y protegiendo a Rousseau tanto por medio de cartas amistosas como por su buen hacer. Pero después de todo, Rousseau se deshizo de cualquier escrúpulo y acusó abiertamente a Hume de enemigo traidor, no dando otras razones que las que eran evidentemente caprichosas, frívolas y despreciables. Sólo mencionaré un ejemplo. La primera noche después de que estos dos notorios hombres abandoran París, rumbo a Gran Bretaña, durmieron juntos en el mismo camarote. Rousseau, en la última carta que escribió a Hume, que es de una longitud enorme, dice que Hume, durante la noche, había pronunciado varias veces con vehemencia inusual “Je tiens J.J.Rousseau”. Sin embargo, reconoce que no sabía si Hume estaba dormido o despierto. La expresión suena fuerte en francés, pero, como muchos verbos, tenir frecuentemente se usa de muchas maneras diferentes y a veces incluso opuestas. Rousseau interpretó la expresión así: “tengo a Rousseau en mi posesión o lo tengo bien sujeto”. Cada vez que se repetían estas palabras Rousseau nos cuenta que temblaba horrorizado. Estas y algunas otras circunstancias insignificantes del mismo tipo originaron una ruptura total entre los dos grandes hombres.

Durante la publicación periódica de “The Edinburgh Magazine and Review” en el año 1773, el entonces reverendo doctor Henry, en aquel tiempo uno de los ministros de esta ciudad, un clérigo muy trabajador, así como un compañero divertido y de buen humor, sacó el segundo volumen de su History of Great Britain. Se dice que el doctor Henry, le pidió a Hume seriamente que hiciera una reseña de ese volumen en la revista, a lo cual accedió. Cuando apareció el manuscrito, después de leerlo, los elogios que aparecieron eran tan exagerados que los editores, en mi presencia, estuvieron de acuerdo en que el informe de Hume no pretendía más que ser una burla del autor. Por tanto, para que fuera considerado nuevamente, se encargó a uno de entre éstos, quien mantuvo de nuevo la misma opinión y, en consecuencia, llevó tan lejos los encomios que ninguna persona podría errar el significado implícito del escritor. Se terminó de componer la edición del manuscrito y se enviaron a Hume las pruebas de imprenta para que las examinara y corrigiera. Para sorpresa de los editores, Hume les escribió una airada carta quejándose, en los términos más elevados, de las libertades que se habían tomado con su manuscrito y manifestando que la reseña que había hecho de la Historia del doctor Henry era absolutamente sincera. Dadas las circunstancias, se canceló el artículo de Hume y se escribió otro por un miembro de la Sociedad, condenando el libro con términos quizás excesivamente severos. Así pues, no sólo se malogró la intención de Hume de servir al doctor, sino que produjo el efecto contrario.

       No se puede omitir otra circunstancia de la vida de Hume. Cuando era joven presentó la solicitud para ser profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Edimburgo. Los clérigos escoceses dieron la voz de alarma. Ellos entendían que Hume, desde su punto de vista, era un ateo o, como mínimo, un deísta. Consecuentemente, entendían que estaba muy poco indicado para enseñar ética a la juventud de un país cristiano. Sus reconvenciones surtieron efecto y se rechazó su solicitó Hume. Desde ese momento, como era natural, concibió una arraigada antipatía hacia la mayoría de los clérigos escoceses. Esta antipatía no era, sin embargo, indiscriminada, pues mantenía estrechas relaciones sociales y de amistad con varios de los ministros de la Iglesia de Escocia, tales como el célebre doctor Robertson, el doctor Blair, el doctor Wallace, el señor Jardine, el doctor Wishart, el doctor Drysdale, el señor Home (autor de una billante y popular tragedia de Douglas) y otros muchos. Estos caballeros “reverendos e instruidos” discrepaban de las opiniones religiosas o filosóficas de Hume, pero eran muy sensibles a su genio como autor y a su valor como hombre.
       Mencionaré otra anécdota. Una tarde de verano fui a cenar con lord Kames. Poco después, el valioso, respetable y provechoso reverendo de esta ciudad, el doctor John Warden, llegó a casa de lord Kames con la misma intención. Lord Kames en aquel momento estaba dictándole a su secretario. Cuando su señoría hubo terminado, nos condujo a una sala que estaba más al norte porque la noche era singularmente calurosa. Aquí llevábamos conversando durante algún tiempo cuando Hume se nos unió. La conversación continuó de la manera más agradable. Recientemente se había publicado un sermon escrito por un tal Edwards con el extraño título de “Usefulness of Sin” [La utilidad del pecado]. El doctor Warden nos contaba que el había leído el sermon. Hume repitió las palabras: “La utilidad del pecado. Supongo que el señor Edwards acepta el sistema de Leibniz, según el cual todo es para bien, pero”, añadió entonces con su habitual agudeza y firme manera de expresarse, “¿qué diablos hace este tipo con el infierno y la condenación?”. Cuando Hume hubo pronunciado estas palabras, por una razón que yo nunca adivinaré, el doctor Warden tomó su sombreró y abandonó la sala. Lord Kames le siguió y le presionó para que volviera, pero él lo rehusó obstinadamente.

Tras una pesada enfermedad, Hume murió a los sesenta y cinco años de edad en Edimburgo, el veinticinco de agosto de 1776. En su momento, ya di a mis lectores algunos detalles de su muerte extraidos de las cartas del doctor Black y el doctor Smith. Algún tiempo después de la muerte de Hume, se publicaron en Londres dos ensayos atribuidos a él; uno Sobre el suicidio y otro Sobre la Inmortalidad del alma. Estos ensayos, tanto por el estilo como por la forma de argumentar, parecían manifiestamente producciones genuinas de Hume. Hubo un momento en el que pretendí, en esta vida de Hume, dar una visión resumida de los argumentos contenidos en estos ingeniosos y plausibles ensayos. Pero, después de una reflexión más sopesada, considerando la sofistería de tales razonamientos y los injuriosos efectos que podría tener sobre la sociedad, ya que un resumen de ellos sólo sería otro modo de administrar el veneno que contienen, debo ahora renunciar a tal propósito y concluir con unas pocas notas generales. Después de todo, Hume fue uno de esos extraordinarios personajes que algunas veces, aunque pocas, aparecen, como meteoros luminosos, en casi todos los países civilizados de Europa. En la elegancia de sus composiciones, en la destreza y la fuerza de su razonamiento, en el buen humor y lo bromista de su conversación, así como en la uniformidad de su conducta y su carácter, no se le podía superar. Antes de su muerte, Hume había escrito su testamento, en el cuál, además de otras asignaciones, destino cierta suma para la construcción de su tumba, la cuál el ordenó que se erigiera en el cementerio de Calton, situado sobre una elevada y hermosa colina casi dentro de la Ciudad de Edimburgo. Como él mismo, su tumba se construyó con piedras macizas y sin adornos, con esta simple inscripción: “David Hume, Esq.” Después de que se terminara la tumba, un día de verano estaba dando un paseo tranquilo sobre la colina de Calton, en compañía del bien conocido doctor Gilbert Stuart y el doctor John Brown, autor de lo que se llama “sistema físico browniano”. El doctor Brown, que era un hombre de maneras rudas y soeces, se dirigió a un tallista que estaba trabajando con una piedra y le dijo: “Amigo, esta es una construcción fuerte y maciza. ¿Cómo crees que el caballero honrado puede salir el día de la resurrección?” El tallista contestó astutamente: “Señor, ese asunto lo tengo asegurado; he dejado la llave debajo de la puerta.” Notas: 1. Vid. Hume, D., Mi Vida, p. 8. 2. Ibid., p. 10. 3. Ibid. p. 11. 4. Ibid. p. 11. 5. Ibid. pp. 11-12. 6. Ibid. pp. 11-12. 7. Ibid. 8. Ibid., p. 13. 9. Ibid., p. 15. 10. El autor a menudo mencionaba como circunstancia curiosa que él tuvo el honor de conocer a todos los hombres de letras de su tiempo en Escocia, excepto al brillante John Home. 11. Carta del dr. Smith al sr. Strahan. 12. Carta del dr. Smith al sr. Strahan. 13. Ibid. 14. Ibid. 15. Ibid. 16. Hume envió la siguiente carta al autor de Delineation of the Nature and Obligation of Morality [Delineación de la naturaleza y obligación de la moralidad]: “Señor, No sé a quién me estoy dirigiendo cuando le escribo. Sólo sé que es alguien que me ha hecho un gran honor y a cuya cortesía me debo. Si fuésemos extranjeros, suplicaría que nos conociésemos tan pronto como usted crea apropiado descubrirse. Si ya nos conociéramos, suplicaría que fuéramos amigos. Si fuésemos amigos, suplicaría que lo fuésemos más. La conexión que se da entre nosotros, como hombres de letras, es mayor que las diferencias que resultan de nuestra adhesión a diferentes sectas o sistemas. Revivamos los tiempos felices, el de los epicúreos Ático y Casio, el del académico Cicerón y el estoico Bruto, cuando todos ellos podían vivir conjuntamente en medio de una amistad sin reservas, insensibles a todas esas distinciones excepto para que les proveyesen agradable materia de conversación y discusión. Quizá usted sea joven y, estando lleno de esas sublimes ideas que usted ha expresado, también piense que no puede haber virtud en un sistema más reducido. No soy un viejo, pero teniendo un temperamento calmado, siempre he hallado que las teorías más simples era suficientes para hacerme actuar de una manera razonable. Yo viví en este reducto de la fe y en él espero morir. " Sus cortesías hacia mí sobrepasan tanto sus asperezas, que sería un desagradecido si me fijara en algunas expresiones, que en el calor de composición, se han escapado de su pluma. Sólo puedo quejarme de usted por atribuirme las opiniones que puse en boca del escéptico en el Diálogo. Estoy completamente decidido a refutar al escéptico con toda la fuerza de la que sea capaz. Debe permitirse que mi refutación sea sincera, ya que está extraída de los principios fundamentales de mi sistema. Pero usted me imputa a mí tanto las opiniones del escéptico como las opiniones de su antagonista, lo cual yo nunca podría admitir. En todos los Diálogos se supone que sólo una persona representa la opinión del autor. “Su dureza en cuanto al tema de la castidad es tan grande y soy tan poco consciente de haberla provocado que me ha dado indicios para hacer conjeturas, quizás con poco fundamento, en cuanto a su persona." Espero robar un poco de ocio a mi otras ocupaciones, para defender mi filosofía contra sus ataques. Si tengo ocasión de dar una edición nueva del trabajo que usted ha honrado al responder, sacaré partido de sus comentarios y obviaré algunas de sus críticas. "Su estilo es elegante y lleno de una agradables metáforas. En algunos sitios no alcanza completamente mi idea de la pureza y la exactitud. Supongo que el mío también es insuficiente para las suyas. A este respecto, quizá podamos naturalmente sernos de utilidad mutua. Acerca de nuestros sistemas filosóficos, supongo que ambos somos tan obstinados que no existe esperanza de conversión entre nosotros. Y, por mi parte, no dudo de que ambos haremos todo lo posible por quedarnos tal cual. "Señor, quedo, con gran aprecio, como su más humilde y agradecido servidor, David Hume. Edimburgo, 15 de marzo de 1753."

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