La vida es sueño: Acto 2

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SEGUNDO ACTO[editar]

(En el palacio real)


Salen el rey BASILIO y CLOTALDO


CLOTALDO:         Todo, como lo mandaste,   
                  queda efectuado.

BASILIO:          Cuenta,
                  Clotaldo, cómo pasó.

CLOTALDO:         Fue, señor, de esta manera:
                  con la apacible bebida   
                  que de confecciones llena     
                  hacer mandaste, mezclando
                  la virtud de algunas hierbas,
                  cuyo tirano poder
                  y cuya secreta fuerza    
                  así el humano discurso     
                  priva, roba y enajena,
                  que deja vivo cadáver
                  a un hombre, y cuya violencia,
                  adormecido, le quita
                  los sentidos y potencias...  
                  No tenemos que argüir
                  que aquesto posible sea,
                  pues tantas veces, señor,
                  nos ha dicho la experiencia,
                  y es cierto, que de secretos 
                  naturales, está llena
                  la medicina, y no hay
                  animal, planta ni piedra
                  que no tenga calidad
                  determinada, y si llega 
                  a examinar mil venenos
                  la humana malicia nuestra
                  que den la muerte, ¿qué mucho
                  que, templada su violencia,
                  pues hay venenos que maten,  
                  haya venenos que aduerman?
                  Dejando aparte el dudar,
                  si es posible que suceda,
                  pues que ya queda probado
                  con razones y evidencias...  
                  Con la bebida, en efeto,
                  que el opio, la adormidera
                  y el beleño, compusieron,
                  bajé a la cárcel estrecha
                  de Segismundo; con él 
                  hablé un rato de las letras
                  humanas, que le ha enseñado
                  la muda naturaleza
                  de los montes y los cielos,
                  en cuya divina escuela  
                  la retórica aprendió
                       de las aves y las fieras.
                  Para levantarle más
                  el espíritu a la empresa
                  que solicitas, tomé   
                       por asunto la presteza
                  de una águila caudalosa,
                  que despreciando la esfera
                  del viento, pasaba a ser,
                  en las regiones supremas     
                  del fuego, rayo de pluma,
                  o desasido cometa.
                  Encarecí el vuelo altivo
                  diciendo:  "Al fin eres reina
                  de las aves, y así, a todas     
                  es justo que te prefieras."
                  Él no hubo menester más;
                  que en tocando esta materia
                  de la majestad, discurre
                  con ambición y soberbia;   
                  porque, en efecto, la sangre
                  le incita, mueve y alienta
                  a cosas grandes, y dijo:
                  "¡Que en la república inquieta
                  de las aves también haya   
                  quien les jure la obediencia!
                  En llegado a este discurso,
                  mis desdichas me consuelan;
                  pues, por lo menos, si estoy
                  sujeto, lo estoy por fuerza; 
                  porque voluntariamente
                  a otro hombre no me rindiera."
                  Viéndole ya enfurecido
                  con esto, que ha sido el tema
                  de su dolor, le brindé     
                       con la pócima, y apenas
                  pasó desde el vaso al pecho
                  el licor, cuando las fuerzas
                  rindió al sueño, discurriendo
                  por los miembros y las venas 
                  un sudor frío, de modo
                  que, a no saber yo que era
                  muerte fingida, dudara
                  de su vida.  En esto llegan
                  las gentes de quien tú fías   
                  el valor de esta experiencia,
                  y poniéndole en un coche,
                  hasta tu cuarto le llevan,
                  donde prevenida estaba
                  la majestad y grandeza  
                  que es digna de su persona.
                  Allí en tu cama le acuestan,
                  donde al tiempo que el letargo
                  haya perdido la fuerza,
                  como a ti mismo, señor,    
                  le sirvan, que así lo ordenas.
                  Y si haberte obedecido
                  te obliga a que yo merezca
                  galardón, sólo te pido
                  -perdona mi inadvertencia- 
                  que me digas, ¿qué es tu intento,
                  trayendo de esta manera 
                  a Segismundo a palacio?

BASILIO:          Clotaldo, muy justa es esa
                  duda que tienes, y quiero    
                  sólo a vos satisfacerla.
                  A Segismundo, mi hijo,
                  el influjo de su estrella,
                  -vos lo sabéis-, amenaza
                  mil desdichas y tragedias;   
                  quiero examinar si el cielo
                  -que no es posible que mienta,
                  y más habiéndonos dado
                  de su rigor tantas muestras,
                  en su cruel condición-    
                  o se mitiga, o se templa
                  por lo menos, y, vencido,
                  con valor y con prudencia
                  se desdice; porque el hombre
                  predomina en las estrellas.  
                  Esto quiero examinar,
                  trayéndole donde sepa
                  que es mi hijo, y donde haga
                  de su talento la prueba.
                  Si magnánimo se vence,     
                  reinará; pero si muestra
                  el ser cruel y tirano,
                  le volveré a su cadena.
                  Agora preguntarás,
                  que para aquesta experiencia,
                  ¿qué importó haberle traído
                  dormido de esta manera?
                  Y quiero satisfacerte,
                  dándote a todo respuesta.
                  Si él supiera que es mi hijo    
                  hoy, y mañana se viera
                  segunda vez reducido
                  a su prisión y miseria,
                  cierto es de su condición
                  que desesperara en ella;     
                  porque, sabiendo quién es,
                  ¿qué consuelo habrá que tenga?
                  Y así he querido dejar
                  abierta al daño esta puerta
                  del decir que fue soñado   
                  cuanto vio. Con esto llegan
                  a examinarse dos cosas;
                  su condición, la primera;
                  pues él despierto procede
                  en cuanto imagina y piensa;  
                  y en consuelo, la segunda,
                  pues, aunque agora se vea
                  obedecido, y después
                  a sus prisiones se vuelva,
                  podrá entender que soñó,    
                  y hará bien cuando lo entienda;
                  porque en el mundo, Clotaldo,
                  todos lo que viven sueñan.

CLOTALDO:         Razones no me faltaran
                  para probar que no aciertas;      
                  mas ya no tiene remedio;
                  y, según dicen las señas,
                  parece que ha despertado
                  y hacia nosotros se acerca.

BASILIO:          Yo me quiero retirar;   
                  tú, como ayo suyo, llega,
                  y de tantas confusiones
                  como su discurso cercan,
                  le saca con la verdad.

CLOTALDO:         ¿En fin, que me das licencia 
                  para que lo diga?

BASILIO:          Sí;
                  que podrá ser, con saberla,
                  que, conocido el peligro,
                  más fácilmente se venza. 


Vase el rey BASILIO y sale CLARÍN


CLARÍN:           (A costa de cuatro palos,         Aparte
                  que el llegar aquí me cuesta,
                  de un alabardero rubio
                  que barbó de su librea,
                  tengo de ver cuanto pasa;
                  que no hay ventana más cierta   
                  que aquella que, sin rogar
                  a un ministro de boletas,
                  un hombre se trae consigo;
                  pues para todas las fiestas,
                  despojado y despejado   
                  se asoma a su desvergüenza).

CLOTALDO:         (Éste es Clarín, el criado         Aparte
                  de aquélla, ¡ay cielos!, de aquélla
                  que, tratante de desdichas,
                  pasó a Polonia mi afrenta).     
                  Clarín, ¿qué hay de nuevo?

CLARÍN:           Hay,
                  señor, que tu gran clemencia,
                  dispuesta a vengar agravios
                  de Rosaura, la aconseja
                  que tome su propio traje.

CLOTALDO:         Y es bien, por que no parezca
                  liviandad.

CLARÍN:           Hay, que mudando
                  su nombre, y tomando, cuerda,
                  nombre de sobrina tuya,
                  hoy tanto honor se acrecienta,    
                  que dama en palacio ya
                  de la singular Estrella
                  vive. 

CLOTALDO:         Es bien que de una vez
                  tome su honor por mi cuenta.

CLARÍN:           Hay, que ella se está esperando 
                  que ocasión y tiempo venga
                  en que vuelvas por su honor.

CLOTALDO:         Prevención segura es ésa;
                  que, al fin, el tiempo ha de ser
                  quien haga esas diligencias.

CLARÍN:           Hay, que ella está regalada,
                  servida como una reina,
                  en fe de sobrina tuya.
                  Y hay, que viniendo con ella,
                  estoy yo muriendo de hambre  
                  y nadie de mí se acuerda,
                  sin mirar que soy Clarín,
                  y que si el tal Clarín suena,
                  podrá decir cuanto pasa
                  al rey, a Astolfo y a Estrella;   
                  porque Clarín y crïado
                  son dos cosas que se llevan
                  con el secreto muy mal;
                  y podrá ser, si me deja
                  el silencio de su mano, 
                  se cante por mí esta letra:
                  "Clarín que rompe el albor, 
                  no suena mejor."

CLOTALDO:         Tu queja está bien fundada;
                  yo satisfaré tu queja,     
                  y en tanto, sírveme a mí.

CLARÍN:           Pues ya Segismundo llega.


Salen músicos cantando, y criados dando de vestir a SEGISMUNDO, que sale como asombrado


SEGISMUNDO:      ¡Válgame el cielo!  ¿Qué veo?
                 ­Válgame el cielo!  ¿Qué miro?
                 Con poco espanto lo admiro,  
                 con mucha duda lo creo.
                 ¿Yo en palacios suntuosos?
                 ¿Yo entre telas y brocados?
                 ¿Yo cercado de criados
                 tan lucidos y briosos?  
                 ¿Yo despertar de dormir
                 en lecho tan excelente?
                 ¿Yo en medio de tanta gente
                 que me sirva de vestir?
                 ¡Decir que es sueño es engaño!  
                 Bien sé que despierto estoy.
                 ¿Yo Segismundo no soy?
                 Dadme, cielos, desengaño.
                 Decidme, ¿qué pudo ser
                 esto que a mi fantasía     
                 sucedió mientras dormía,
                 que aquí me he llegado a ver?
                 Pero sea lo que fuere,
                 ¿Quién me mete en discurrir?
                 Dejarme quiero servir,  
                 y venga lo que viniere. 

CRIADO 2:        ¡Qué melancólico está!

CRIADO 1:        Pues a quién le sucediera
                 esto, que no lo estuviera?

CLARÍN:          A mí.

CRIADO 2:        Llega a hablarle ya.

CRIADO 1:        ¿Volverán a cantar?

SEGISMUNDO:      No.
                 No quiero que canten más.

CRIADO 2:        Como tan suspenso estás,
                 quise divertirte.

SEGISMUNDO:      Yo
                 no tengo de divertir      
                 con sus voces mis pesares;
                 las músicas militares
                 sólo he gustado de oír.

CLOTALDO:        Vuestra alteza, gran señor,
                 me dé su mano a besar,     
                 que el primero le ha de dar
                 esta obediencia mi honor.

SEGISMUNDO:      (Clotaldo es.  Pues, ¿cómo así    Aparte
                 quien en prisión me maltrata,
                 con tal respeto me trata?    
                 ¿Qué es lo que pasa por mí?)

CLOTALDO:        Con la grande confusión
                 que el nuevo estado te da,
                 mil dudas padecerá
                     el discurso y la razón;         
                 pero ya librarte quiero
                 de todas, si puede ser,
                 porque has, señor, de saber
                 que eres príncipe heredero
                 de Polonia.  Si has estado     
                 retirado y escondido,
                 por obedecer ha sido
                 a la inclemencia del hado,
                 que mil tragedias consiente
                 a este imperio, cuando en él    
                 el soberano laurel
                 corone tu augusta frente.
                 Mas, fiando a tu atención
                 que vencerás las estrellas,
                 porque es posible vencellas  
                 a un magnánimo varón,
                 a palacio te han traído
                 de la torre en que vivías,
                 mientras al sueño tenías
                 el espíritu rendido.  
                 Tu padre, el rey mi señor,
                 vendrá a verte, y de él sabrás,
                 Segismundo, lo demás.

SEGISMUNDO:      Pues, vil, infame, traidor,
                 ¿qué tengo más que saber,  
                 después de saber quien soy,
                 para mostrar desde hoy
                 mi soberbia y mi poder?
                 ¿Cómo a tu patria le has hecho
                 tal traición, que me ocultaste  
                 a mí pues que me negaste,
                 contra razón y derecho,
                 este estado?

CLOTALDO:        ¡Ay de mí, triste!

SEGISMUNDO:      Traidor fuiste con la ley,
                 lisonjero con el rey,   
                 y cruel conmigo fuiste.
                 Y así el rey, la ley y yo,
                 entre desdichas tan fieras,
                 te condenan a que mueras     
                 a mis manos.

CRIADO 2:        ¡Señor!...

SEGISMUNDO:      No   
                 me estorbe nadie, que es vana
                 diligencia.  ¡Y vive Dios!
                 Si os ponéis delante vos,
                 que os eche por la ventana.

CRIADO 1:        Huye Clotaldo.

CLOTALDO:        ¡Ay de ti,  
                 que soberbia vas mostrando
                 sin saber que están soñando!


Vase CLOTALDO


CRIADO 2:        Advierte...

SEGISMUNDO:      Apartad de aquí.

CRIADO 2:        ...que a su rey obedeció.

SEGISMUNDO:      En lo que no es justa ley    
                 no ha de obedecer al rey;
                 y su príncipe era yo.

CRIADO 2:        Él no debió examinar
                 si era bien hecho o mal hecho.

SEGISMUNDO:      Que estáis mal con vos sospecho,     
                 pues me dais que replicar.

CLARÍN:          Dice el príncipe muy bien,
                 y vos hicisteis muy mal.

CRIADO 1:        ¿Quién os dio licencia igual?

CLARÍN:          Yo me la he tomado.

SEGISMUNDO:      ¿Quién
                 eres tú, di?     

CLARÍN:          Entremetido.
                 Y de este oficio soy jefe,
                 porque soy el mequetrefe
                 mayor que se ha conocido.

SEGISMUNDO:      Tú sólo en tan nuevos mundos     
                 me has agradado.

CLARÍN:          Señor,
                 soy un grande agradador
                 de todos los Segismundos.


Sale ASTOLFO


ASTOLFO:         ¡Feliz mil veces el día,
                 oh príncipe, que os mostráis  
                 sol de Polonia, y llenáis
                 de resplandor y alegría
                 todos estos horizontes
                 con tan divino arrebol;
                 pues que salís como el sol 
                 de debajo de los montes!
                 Salid, pues, y aunque tan tarde
                 se corona vuestra frente
                 del laurel resplandeciente,  
                 tarde muera.

SEGISMUNDO:      Dios os guarde.

ASTOLFO:         El no haberme conocido
                 sólo por disculpa os doy
                 de no honrarme más.  Yo soy
                 Astolfo.  Duque he nacido 
                 de Moscovia, y primo vuestro.  
                 Haya igualdad en los dos.

SEGISMUNDO:      Si digo que os guarde Dios,
                 ¿bastante agrado no os muestro?
                 Pero ya que, haciendo alarde
                 de quien sois, de esto os quejáis,   
                 otra vez que me veáis,
                 le diré a Dios que no os guarde.

CRIADO 2:        Vuestra alteza considere
                 que como en montes nacido
                 con todos ha procedido, 
                 Astolfo, señor, prefiere...

SEGISMUNDO:      Cansóme como llegó
                     grave a hablarme, y lo primero
                 que hizo, se puso el sombrero.

CRIADO 1:        Es grande.

SEGISMUNDO:      Mayor soy yo.

CRIADO 2:        Con todo eso, entre los dos
                 que haya más respeto es bien
                 que entre los demás.

SEGISMUNDO:      ¿Y quién
                 os mete conmigo a vos?  


Sale ESTRELLA

ESTRELLA:        Vuestra alteza, señor, sea  
                 muchas veces bien venido
                 al dosel que agradecido
                 le recibe y le desea;
                 adonde, a pesar de engaños,
                 viva augusto y eminente,    
                 donde su vida se cuente
                 por siglos, y no por años.

SEGISMUNDO:      Dime tú agora, ¿quién es
                 esta beldad soberana?
                 ¿Quién es esta diosa humana,   
                 a cuyos divinos pies
                 postra el cielo su arrebol?
                 ¿Quién es esta mujer bella?

CLARÍN:          Es, señor, tu prima Estrella.

SEGISMUNDO:      Mejor dijeras el sol.
                 Aunque el parabién es bien       
                 darme del bien que conquisto,
                 de sólo haberos hoy visto
                 os admito el parabién;
                 y así, de llegarme a ver    
                 con el bien que no merezco,
                 el parabién agradezco.
                 Estrella, que amanecer
                 podéis, y dar alegría,
                 al más luciente farol,    
                 ¿qué dejáis que hacer al sol,
                 si os levantáis con el día?  
                 Dadme a besar vuestra mano,
                 en cuya copa de nieve
                 el aura candores bebe.

ESTRELLA:        Sed más galán cortesano.

ASTOLFO:         (Si él toma la mano, yo          Aparte
                 soy perdido).

CRIADO 2:        (El pesar sé       Aparte
                 de Astolfo, y le estorbaré).     
                 Advierte, señor, que no   
                 es justo atreverte así,
                 y estando Astolfo...

SEGISMUNDO:      ¿No digo
                 que vos no os metáis conmigo?

CRIADO 2:        Digo lo que es justo.

SEGISMUNDO:      A mí
                    todo eso me causa enfado;     
                 nada me parece justo
                 en siendo contra mi gusto.

CRIADO 2:        Pues yo, señor, he escuchado
                 de ti que en lo justo es bien
                 obedecer y servir.          

SEGISMUNDO:      ¿También oíste decir
                 que por un balcón, a quien
                 me canse, sabré arrojar?

CRIADO 2:        Con los hombres como yo
                 no puede hacerse eso.

SEGISMUNDO:      ¿No?  
                 ¡Por Dios que lo he de probar!


Cógele en los brazos y éntrase, y todos tras él, y torna a salir

ASTOLFO:         ¿Qué es esto que llego a ver?

ESTRELLA:        Llegad todos a ayudar.

SEGISMUNDO:      Cayó del balcón al mar;
                 ¡vive Dios, que pudo ser!

ASTOLFO:         Pues medid con más espacio
                 vuestras acciones severas,
                 que lo que hay de hombres a fieras,
                 hay desde un monte a palacio.

SEGISMUNDO:      Pues en dando tan severo    
                 en hablar con entereza,
                 quizá no hallaréis cabeza    
                 en que se os tenga el sombrero.


Vase ASTOLFO y sale el rey BASILIO

BASILIO:         ¿Qué ha sido esto?

SEGISMUNDO:      Nada ha sido.
                 A un hombre que me ha cansado,   
                 de ese balcón he arrojado.

CLARÍN:          Que es el rey está advertido.

BASILIO:         ¿Tan presto?  ¿Una vida cuesta
                 tu venida el primer día?

SEGISMUNDO:      Díjome que no podía     
                 hacerse, y gané la apuesta.

BASILIO:         Pésame mucho que cuando,
                 príncipe, a verte he venido,
                 pensado hallarte advertido,
                 de hados y estrellas triunfando, 
                 con tanto rigor te vea,
                 y que la primera acción
                 que has hecho en esta ocasión,
                 un grave homicidio sea.
                 ¿Con qué amor llegar podré     
                     a darte agora mis brazos,
                 si de sus soberbios lazos,
                 que están enseñados sé
                     a dar muertes?  ¿Quién llegó
                     a ver desnudo el puñal    
                 que dio una herida mortal,
                 que no temiese?  ¿Quién vio
                 sangriento el lugar, adonde
                 a otro hombre dieron muerte,
                 que no sienta?  Que el más fuerte   
                 a su natural responde.
                 Yo así, que en tus brazos miro
                 de esta muerte el instrumento,
                 y miro el lugar sangriento,
                 de tus brazos me retiro;    
                 y aunque en amorosos lazos
                 ceñir tu cuello pensé,
                 sin ellos me volveré,
                 que tengo miedo a tus brazos.

SEGISMUNDO:      Sin ellos me podré estar  
                 como me he estado hasta aquí;
                 que un padre que contra mí
                    tanto rigor sabe usar,
                 que con condición ingrata
                 de su lado me desvía,     
                 como a una fiera me cría,
                 y como a un monstruo me trata
                 y mi muerte solicita,
                 de poca importancia fue
                 que los brazos no me dé,  
                 cuando el ser de hombre me quita.

BASILIO:         Al cielo y a Dios pluguiera
                 que a dártele no llegara;
                 pues ni tu voz escuchara,
                 ni tu atrevimiento viera.

SEGISMUNDO:      Si no me le hubieras dado,
                 no me quejara de ti;
                 pero una vez dado, sí,
                 por habérmele quitado;
                 que aunque el dar la acción es   
                 más noble y más singular,
                 es mayor bajeza el dar,
                 para quitarlo después.

BASILIO:         ¡Bien me agradeces el verte
                 de un humilde y pobre preso,     
                 príncipe ya!

SEGISMUNDO:      Pues en eso,
                 ¿qué tengo que agradecerte?
                 Tirano de mi albedrío,
                 si viejo y caduco estás,
                 ¿muriéndote, qué me das?     
                 ¿Dasme más de lo que es mío?
                 Mi padre eres y mi rey;
                 luego toda esta grandeza
                 me da la naturaleza
                 por derechos de su ley.     
                 Luego, aunque esté en este estado,
                 obligado no te quedo,
                 y pedirte cuentas puedo
                 del tiempo que me has quitado
                 libertad, vida y honor;  
                 y así, agradéceme a mí
                     que yo no cobre de ti,
                 pues eres tú mi deudor.

BASILIO:         Bárbaro eres y atrevido;
                 cumplió su palabra el cielo;   
                 y así, para el mismo apelo,
                 soberbio desvanecido.
                 Y aunque sepas ya quién eres,
                 y desengañado estés,
                 y aunque en un lugar te ves 
                 donde a todos te prefieres,
                 mira bien lo que te advierto:
                 que seas humilde y blando,
                 porque quizá estás soñando,
                 aunque ves que estás despierto.     

Vase el rey BASILIO


SEGISMUNDO:      ¿Que quizá soñando estoy,
                 aunque despierto me veo?
                 No sueño, pues toco y creo
                 lo que he sido y lo que soy.
                 Y aunque agora te arrepientas,     
                 poco remedio tendrás;
                 sé quién soy, y no podrás
                 aunque suspires y sientas,
                 quitarme el haber nacido
                 de esta corona heredero;    
                 y si me viste primero
                 a las prisiones rendido,
                 fue porque ignoré quién era;
                 pero ya informado estoy
                 de quién soy y sé que soy    
                 un compuesto de hombre y fiera.


Sale ROSAURA, dama[editar]
ROSAURA:         (Siguiendo a Estrella vengo,       Aparte
                 y gran temor de hallar a Astolfo tengo;
                 que Clotaldo desea
                 que no sepa quién soy, y no me vea, 
                 porque dice que importa al honor mío;
                 y de Clotaldo fío
                 su efecto, pues le debo, agradecida,
                 aquí el amparo de mi honor y vida). 

CLARÍN           ¿Qué es lo que te ha agradado  
                 más de cuanto hoy has visto y admirado?

SEGISMUNDO:      Nada me ha suspendido,
                 que todo lo tenía prevenido;
                 mas, si admirar hubiera
                 algo en el mundo, la hermosura fuera  
                 de la mujer.  Leía
                 una vez en los libros que tenía
                 que lo que a Dios mayor estudio debe,
                 era el hombre, por ser un mundo breve;
                 mas ya que lo es recelo     
                 la mujer, pues ha sido un breve cielo;
                 y más beldad encierra
                 que el hombre, cuanto va de cielo a tierra.
                 ¡Y más di es la que miro!

ROSAURA:         (El príncipe está aquí; yo me retiro).

SEGISMUNDO:      Oye, mujer, detente;
                 no juntes el ocaso y el oriente
                 huyendo al primer paso;
                 que juntos el oriente y el ocaso,
                 la lumbre y sombra fría,
                 serás, sin duda, síncopa del día.
                 ¿Pero qué es lo que veo?

ROSAURA:         Lo mismo que estoy viendo, dudo y creo.

SEGISMUNDO:      (Yo he visto esta belleza             Aparte
                 otra vez).

ROSAURA:         (Yo esta pompa, esta grandeza Aparte
                 he visto reducida
                 a una estrecha prisión).

SEGISMUNDO:      (Ya hallé mi vida).   Aparte
                 Mujer, que aqueste nombre
                 es le mejor requiebro para el hombre,
                 ¿quién eres?  Que sin verte    
                 adoración me debes, y de suerte
                 por la fe te conquisto,
                 que me persuado a que otra vez te he visto.
                 ¿Quién eres, mujer bella?

ROSAURA:         (Disimular me importa).               Aparte
                 Soy de Estrella 
                 una infelice dama.

SEGISMUNDO:      No digas tal; di el sol, a cuya llama
                 aquella estrella vive,
                 pues de tus rayos resplandor recibe;
                 yo vi en reino de olores
                 que presidía entre comunes flores   
                 la deidad de la rosa,
                 y era su emperatriz por más hermosa;
                 yo vi entre piedras finas
                 de la docta academia de sus minas     
                 preferir el diamante,
                 y ser su emperador por más brillante;
                 yo en esas cortes bellas
                 de la inquieta república de estrellas,
                 vi en el lugar primero 
                 por rey de las estrellas el lucero;
                 yo en esferas perfetas,
                 llamando el sol a cortes los planetas,
                 le vi que presidía
                 como mayor oráculo del día.  
                 ¿Pues cómo, si entre flores, entre estrellas,
                 piedras, signos, planetas, las más bellas
                 prefieren, tú has servido
                 la de menos beldad, habiendo sido
                 por más bella y hermosa,  
                 sol, lucero, diamante, estrella y rosa? 

Sale CLOTALDO


CLOTALDO:        (A Segismundo reducir deseo,          Aparte
                 porque, en fin, le he criado; mas ¿qué veo?)

ROSAURA:         Tu favor reverencio.   
                 Respóndote retórico el silencio;  
                 cuando tan torpe la razón se halla,
                 mejor habla, señor, quien mejor calla.

SEGISMUNDO:      No has de ausentarte, espera.
                 ¿Cómo quieres dejar de esa manera
                 a escuras mi sentido?

ROSAURA:         Esta licencia a vuestra alteza pido.

SEGISMUNDO:      Irte con tal violencia
                 no es pedir, es tomarte la licencia.

ROSAURA:         Pues si tú no la das, tomarla espero.

SEGISMUNDO:      Harás que de cortés pase a grosero,    
                 porque la resistencia
                 es veneno crüel de mi paciencia.

ROSAURA:         Pues cuando ese veneno,
                 de furia, de rigor y saña lleno,
                 la paciencia venciera, 
                 mi respeto no osara, ni pudiera.

SEGISMUNDO:      Sólo por ver si puedo,
                 harás que pierda a tu hermosura el miedo;
                 que soy muy inclinado  
                 a vencer lo imposible; hoy he arrojado
                 de ese balcón a un hombre, que decía
                 que hacerse no podía;
                 y así, por ver si puedo, cosa es llana
                 que arrojaré tu honor por la ventana.

CLOTALDO:        (Mucho se va empeñando.             Aparte
                 ¿Qué he de hacer, cielos, cuando
                 tras un loco deseo
                 mi honor segunda vez a riesgo veo?)

ROSAURA:         No en vano prevenía
                 a este reino infeliz tu tiranía     
                 escándalos tan fuertes
                 de delitos, traiciones, iras, muertes.
                 ¿Mas, qué ha de hacer un hombre
                 que de humano no tiene más que el nombre?
                 ¡Atrevido, inhumano,   
                 cruel, soberbio, bárbaro y tirano,
                 nacido entre las fieras!

SEGISMUNDO:      Porque tú ese baldón no me dijeras,
                 tan cortés me mostraba,
                 pensando que con eso te obligaba;     
                 mas, si lo soy hablando de este modo,
                 has de decirlo, vive Dios, por todo.
                 -¡Hola, dejadnos solos, y esa puerta
                 se cierre, y no entre nadie!     

Vase CLARÍN

ROSAURA:         (Yo soy muerta).               Aparte
                 Advierte...

SEGISMUNDO:      Soy tirano,    
                 y ya pretendes reducirme en vano.

CLOTALDO:        (¡Oh, qué lance tan fuerte!    Aparte
                 Saldré a estorbarlo, aunque me dé la muerte).
                 Señor, atiende, mira.

SEGISMUNDO:      Segunda vez me has provocado a ira,   
                 viejo caduco y loco.
                 ¿Mi enojo y rigor tienes en poco?
                 ¿Cómo hasta aquí has llegado?

CLOTALDO:        De los acentos de esta voz llamado
                 a decirte que seas          
                 más apacible, si reinar deseas;
                 y no, por verte ya de todos dueño,
                 seas cruel, porque quizá es un sueño.

SEGISMUNDO:      A rabia me provocas,
                 cuando la luz del desengaño tocas.  
                 Veré, dándote muerte,
                 si es sueño o si es verdad.

Al ir a sacar la daga, se la tiene CLOTALDO y se arrodilla

CLOTALDO:        Yo de esta suerte
                 librar mi vida espero.

SEGISMUNDO:      Quita la osada mano del acero.

CLARÍN:          Hasta que gente venga, 
                 que tu rigor y cólera detenga,
                 no he de soltarte.

ROSAURA:         ¡Ay cielos!

SEGISMUNDO:      ¡Suelta, digo!
                 Caduco, loco, bárbaro, enemigo,
                 o será de esta suerte:    
                 el darte agora entre mis brazos muerte.


Luchan

            
ROSAURA:         Acudid todos presto,
                 que matan a Clotaldo.


Vase ROSAURA. Sale ASTOLFO a tiempo que cae CLOTALDO a sus pies, y él se pone en medio

            
ASTOLFO:         ¿Pues, qué es esto,
                 príncipe generoso?
                 ¿Así se mancha acero tan brïoso
                 en una sangre helada?  
                 Vuelva a la vaina tu lucida espada.

SEGISMUNDO:      En viéndola teñida
                 en esa infame sangre.

ASTOLFO:         Ya su vida 
                 tomó a mis pies sagrado;
                 y de algo ha servirme haber llegado.  

SEGISMUNDO:      Sírvate de morir, pues de esta suerte
                 también sabré vengarme, con tu muerte,
                 de aquel pasado enojo.

ASTOLFO:         Yo defiendo
                 mi vida; así la majestad no ofendo. 

Sacan las espadas, y sale el rey BASILIO y ESTRELLA

            
CLOTALDO:        No le ofendas, señor.

BASILIO:         ¿Pues, aquí espadas?

ESTRELLA:        (¡Astolfo es, ay de mí, penas airadas!)

BASILIO:         ¿Pues, qué es lo que ha pasado?

ASTOLFO:         Nada, señor, habiendo tú llegado.

Envainan

            
SEGISMUNDO:      Mucho, señor, aunque hayas tú venido;
                 yo a ese viejo matar he pretendido.

BASILIO:         Respeto no tenías
                 a estas canas?

CLOTALDO:        Señor, ved que son mías;
                 que no importa veréis.

SEGISMUNDO:      Acciones vanas,
                 querer que tengo yo respeto a canas;
                 pues aun ésas podría
                 ser que viese a mis plantas algún día;
                 porque aun no estoy vengado
                 del modo injusto con que me has crïado.

Vase SEGISMUNDO

            
BASILIO:         Pues antes que lo veas,
                 volverás a dormir adonde creas 
                 que cuanto te ha pasado,
                 como fue bien del mundo, fue soñado.

Vase el rey BASILIO y CLOTALDO; quedan ESTRELLA y ASTOLFO

            
ASTOLFO:         ¿Qué pocas veces el hado
                 que dice desdichas, miente,
                 pues es tan cierto en los males,
                 cuanto dudoso en los bienes?
                 ­¡Qué buen astrólogo fuera,
                 si siempre casos crüeles
                 anunciara; pues no hay duda
                 que ellos fueran verdad siempre!                
                 Conocerse esa experiencia
                 en mí y Segismundo puede,
                 Estrella, pues en los dos
                 hizo muestras diferentes.
                 En él previno rigores,                   
                 soberbias, desdichas, muertes,
                 y en todo dijo verdad,
                 porque todo, al fin, sucede;
                 pero en mí, que al ver, señora,
                 esos rayos excelentes,                          
                 de quien el sol fue una sombra
                 y el cielo un amago breve,
                 que me previno venturas,
                 trofeos, aplausos, bienes,
                 dijo mal, y dijo bien;                          
                 pues sólo es justo que acierte
                 cuando amaga con favores,
                 y ejecuta con desdenes.

ESTRELLA:        No dudo que esas finezas
                 son verdades evidentes;                         
                 mas serán por otra dama,
                 cuyo retrato pendiente
                 trujisteis al cuello cuando
                 llegasteis, Astolfo, a verme;
                 y siendo así, esos requiebros            
                 ella sola los merece.
                 Acudid a que ella os pague,
                 que no son buenos papeles
                 en el consejo de amor
                 las finezas ni las fees                         
                 que se hicieron en servicio
                 de otras damas y otros reyes. 

Sale ROSAURA al paño

ROSAURA:         (¡Gracias a Dios, que han llegado     Aparte
                 ya mis desdichas crüeles
                 al término suyo, pues                    
                 quien esto ve nada teme!)

ASTOLFO:         Yo haré que el retrato salga
                 del pecho, para que entre
                 la imagen de tu hermosura.
                 Donde entre Estrella no tiene                   
                 lugar la sombra, ni estrella
                 donde el sol; voy a traerle.
                 (Perdona, Rosaura hermosa,      Aparte
                 este agravio, porque ausentes,
                 no se guardan más fe que ésta     
                 los hombres y las mujeres).

Vase ASTOLFO

ROSAURA:         (Nada he podido escuchar,        Aparte
                 temerosa que me viese).

ESTRELLA:        ¡Astrea!

ROSAURA:         ¿Señora mía?

ESTRELLA:        Heme holgado que tú fueses               
                 la que llegaste hasta aquí;
                 porque de ti solamente
                 fiara un secreto.

ROSAURA:         Honras,
                 señora, a quien te obedece.

ESTRELLA:        En el poco tiempo, Astrea,                      
                 que ya que te conozco, tienes
                 de mi voluntad las llaves;
                 por esto, y por ser quien eres,
                 me atrevo a fiar de ti
                 lo que aun de mí muchas veces            
                 recaté.

ROSAURA:         Tu esclava soy.

ESTRELLA:        Pues para decirlo en breve,
                 mi primo Astolfo -bastara
                 que mi primo te dijese,
                 porque hay cosas que se dicen                   
                 con pensarlas solamente-
                 ha de casarse conmigo,
                 si es que la fortuna quiere
                 que con una dicha sola
                 tantas desdichas descuente.                     
                 Pesóme que el primer día
                 echado al cuello trujese
                 el retrato de una dama;
                 habléle en él cortésmente,
                 es galán y quiere bien;                  
                 fue por él, y ha de traerle
                 aquí.  Embarázame mucho  
                 que él a mí a dármele llegue;
                 quédate aquí, y cuando venga,
                 le dirás que te lo entregue              
                 a ti.  No te digo más;
                 discreta y hermosa eres;
                 bien sabrás lo que es amor.

Vase ESTRELLA


ROSAURA:         ¡Ojalá no lo supiese!               
                 ¡Válgame el cielo!  ¿Quién fuera
                 tan atenta y tan prudente,
                 que supiera aconsejarse
                 hoy en ocasión tan fuerte?
                 ¿Habrá persona en el mundo
                 a quien el cielo inclemente                     
                 con más desdichas combata
                 y con más pesares cerque?
                 ¿Qué haré en tantas confusiones,
                 donde imposible parece
                 que halle razón que me alivie,           
                 ni alivio que me consuele?
                 Desde la primer desdicha,
                 no hay suceso ni accidente
                 que otra desdicha no sea;
                 que unas a otras suceden
                 herederas de sí mismas.                  
                 A la imitación del Fénix,
                 unas de las otras nacen,
                 viviendo de lo que mueren,
                 y siempre de sus cenizas                        
                 está el sepulcro caliente.
                 Que eran cobardes decía
                 un sabio, por parecerle
                 que nunca andaba una sola;
                 yo digo que son valientes,                      
                 pues siempre van adelante,
                 y nunca la espalda vuelven.
                 Quien las llevare consigo
                 a todo podrá atreverse,
                 pues en ninguna ocasión                  
                 no haya miedo que le dejen.
                 Dígalo yo, pues en tantas
                 como a mi vida suceden,
                 nunca me he hallado sin ellas,
                 ni se han cansado hasta verme                   
                 herida de la fortuna,
                 en los brazos de la muerte.
                 ¡Ay de mí!  ¿Qué debo hacer
                 hoy en la ocasión presente?
                 Si digo quién soy, Clotaldo,             
                 a quien mi vida le debe
                 este amparo y este honor,
                 conmigo ofenderse puede;
                 pues me dice que callando
                 honor y remedio espere.                         
                 Si no he de decir quién soy
                 a Astolfo, y él llega a verme,
                 ¿cómo he de disimular?
                 Pues, aunque fingirlo intenten
                 la voz, la lengua, y los ojos,                  
                 les dirá el alma que mienten.
                 ¿Qué haré?  ¿Mas para qué estudio
                 lo que haré, si es evidente
                 que por más que lo prevenga,
                 que lo estudie y que lo piense,                 
                 en llegando la ocasión
                 ha de hacer lo que quisiere
                 el dolor?  Porque ninguno
                 imperio en sus penas tiene.
                 Y pues a determinar                             
                 lo que he de hacer no se atreve
                 el alma, llegue el dolor
                 hoy a su término, llegue
                 la pena a su extremo, y salga
                 de dudas y pareceres                            
                 de una vez; pero hasta entonces
                 ¡valedme, cielos, valedme!

Sale ASTOLFO con el retrato

ASTOLFO:         Éste es, señora, el retrato;
                 mas ¡ay Dios!

ROSAURA:         ¿Qué se suspende
                 vuestra alteza?  ¿Qué se admira?

ASTOLFO:         De oírte, Rosaura, y verte.

ROSAURA:         ¿Yo Rosaura?  Hase engañado
                 vuestra alteza, si me tiene
                 por otra dama; que yo
                 soy Astrea, y no merece                         
                 mi humildad tan grande dicha
                 que esa turbación le cueste.

ASTOLFO:         Basta, Rosaura, el engaño,
                 porque el alma nunca miente,
                 y aunque como a Astrea te mire,                 
                 como a Rosaura te quiere.

ROSAURA:         No he entendido a vuestra alteza,
                 y así, no sé responderle;
                 sólo lo que yo diré
                 es que Estrella -que lo puede                  
                 ser de Venus- me mandó
                 que en esta parte le espere,
                 y de la suya le diga
                 que aquel retrato me entregue
                 -que está muy puesto en razón-, 
                 y yo misma se lo lleve.
                 Estrella lo quiere así,
                 porque aun las cosas más leves
                 como sean en mi daño
                 es Estrella quien las quiere.

ASTOLFO:         Aunque más esfuerzos hagas,
                 ¡oh, qué mal, Rosaura, puedes
                 disimular!  Di a los ojos
                 que su música concierten
                 con la voz; porque es forzoso                   
                 que desdiga y que disuene
                 tan destemplado instrumento,
                 que ajustar y medir quiere
                 la falsedad de quien dice,
                 con la verdad de quien siente.

ROSAURA:         Ya digo que sólo espero
                 el retrato.

ASTOLFO:         Pues que quieres
                 llevar al fin el engaño,
                 con él quiero responderte.
                 Dirásle, Astrea, a la infanta            
                 que yo la estimo de suerte,
                 que, pidiéndome un retrato,
                 poca fineza parece
                 enviársele, y así,             
                 porque le estime y le precie
                 le envío el original;
                 y tú llevársele puedes,
                 pues ya le llevas contigo,
                 como a ti misma te lleves.

ROSAURA:         Cuando un hombre se dispone,                    
                 restado, altivo y valiente,
                 a salir con una empresa
                 aunque por trato le entreguen
                 lo que valga más, sin ella
                 necio y desairado vuelve.                       
                 Yo vengo por un retrato
                 y aunque un original lleve
                 que vale más, volveré
                 desairada; y así, déme
                 vuestra alteza ese retrato,                     
                 que sin él no he de volverme.

ASTOLFO:         ¿Pues cómo, si no he de darle,
                 le has de llevar?

ROSAURA:         De esta suerte,
                 suéltale, ingrato.

ASTOLFO:         Es en vano.

ROSAURA:         ¡Vive Dios, que no ha de verse             
                 en mano de otra mujer!

ASTOLFO:         Terrible estás.

ROSAURA:         Y tú aleve.

ASTOLFO:         Ya basta, Rosaura mía.

ROSAURA:         ¿Yo tuya, villano?  Mientes.               

Sale ESTRELLA

ESTRELLA:        Astrea, Astolfo, ¿qué es esto?

ASTOLFO:         (Aquésta es Estrella).            Aparte

ROSAURA:         (Déme       Aparte
                 para cobrar mi retrato
                 ingenio el Amor). Si quieres
                 saber lo que es, yo, señora,             
                 te lo diré.

ASTOLFO:         ¿Qué pretendes?

ROSAURA:         Mandásteme que esperase
                 aquí a Astolfo, y le pidiese
                 un retrato de tu parte.
                 Quedé sola, y como vienen
                 de unos discursos a otros                       
                 las noticias fácilmente,
                 viéndote hablar de retratos,
                 con su memoria acordéme
                 de que tenía uno mío
                 en la manga.  Quise verle,                      
                 porque una persona sola
                 con locuras se divierte;
                 cayóseme de la mano
                 al suelo; Astolfo, que viene
                 a entregarte el de otra dama,                   
                 le levantó, y tan rebelde
                 está en dar el que le pides,
                 que en vez de dar uno, quiere
                 llevar otro; pues el mío
                 aun no es posible volverme,                     
                 con ruegos y persuasiones;
                 colérica e impaciente
                 yo se le quise quitar.
                 Aquél que en la mano tiene,
                 es mío; tú lo verás        
                 con ver si se me parece.

ESTRELLA:        Soltad, Astolfo, el retrato.

Quítasele


ASTOLFO:         Señora...

ESTRELLA:        No son crüeles,
                 a la verdad, los matices.

ROSAURA:         ¿No es mío?

ESTRELLA:        ¿Qué duda tiene?

ROSAURA:         Di que ahora te entregue el otro.

ESTRELLA:        Tomas tu retrato, y vete.

ROSAURA:         (Yo he cobrado mi retrato,            Aparte
                 venga ahora lo que viniere).                    

Vase ROSAURA

ESTRELLA:        Dadme ahora el retrato vos                      
                 que os pedí; que aunque no piense
                 veros ni hablaros jamás,
                 no quiero, no, que se quede
                 en vuestro poder, siguiera
                 porque yo tan neciamente                        
                 le he pedido.

ASTOLFO:         (¿Cómo puedo   Aparte
                 salir de lance tan fuerte?)
                 Aunque quiera, hermosa Estrella,
                 servirte y obedecerte,
                 no podré darte el retrato                
                 que me pides, porque...

ESTRELLA:        Eres  
                 villano y grosero amante.
                 No quiero que me le entregues;
                 porque yo tampoco quiero,
                 con tomarle, que me acuerdes                    
                 de que yo te le he pedido.

Vase ESTRELLA


ASTOLFO:         Oye, escucha, mira, advierte.                   
                 ¡Válgame Dios por Rosaura!
                 ¿Dónde, cómo, o de qué suerte
                 hoy a Polonia has venido                        
                 a perderme y a perderte?
Vase ASTOLFO[editar]

(En la torre de SEGISMUNDO)


Descúbrese SEGISMUNDO, como al principio, con pieles y cadena, durmiendo el suelo; salen CLOTALDO, CLARÍN y los dos criados


CLOTALDO:        Aquí le habéis de dejar
                 pues hoy su soberbia acaba
                 donde empezó.

CRIADO 1:        Como estaba,
                 la cadena vuelvo a atar.

CLARÍN:          No acabes de despertar,
                 Segismundo, para verte
                 perder, trocada la suerte
                 siendo tu gloria fingida,
                 una sombra de la vida                           
                 y una llama de la muerte.

CLOTALDO:        A quien sabe discurrir,
                 así, es bien que se prevenga
                 una estancia, donde tenga
                 harto lugar de argüir.                     
                 Éste es el que habéis de asir
                 y en ese cuarto encerrar.

CLARÍN:          ¿Por qué a mí?

CLOTALDO:        Porque ha de estar
                 guardado en prisión tan grave,
                 Clarín que secretos sabe,                
                 donde no pueda sonar.

CLARÍN:          ¿Yo, por dicha, solicito
                 dar muerte a mi padre?  No.
                 ¿Arrojé del balcón yo
                 al Icaro de poquito?                            
                 ¿Yo muero ni resucito?
                 ¿Yo sueño o duermo?  ¿A qué fin
                 me encierran?

CLOTALDO:        Eres Clarín.

CLARÍN:          Pues ya digo que seré
                       corneta, y que callaré,                  
                 que es instrumento ruín.


Llévanle a CLARÍN. Sale el rey BASILIO, rebozado


BASILIO:         ¿Clotaldo?

CLOTALDO:        ¡Señor!  ¿Así
                 viene vuestra majestad?

BASILIO:         La necia curiosidad
                 de ver lo que pasa aquí                  
                 a Segismundo, ¡ay de mí!
                 de este modo me ha traído.

CLOTALDO:        Mírale allí, reducido
                 a su miserable estado.

BASILIO:         ¡Ay, príncipe desdichado            
                 y en triste punto nacido!
                 Llega a despertarle, ya
                 que fuerza y vigor perdió
                 con el opio que bebió.

CLOTALDO:        Inquieto, señor, está,            
                 y hablando.

BASILIO:         ¿Qué soñará
                 agora?  Escuchemos, pues.

En sueños


SEGISMUNDO:      Piadoso príncipe es
                 el que castiga tiranos;
                 muera Clotaldo a mis manos,                     
                 bese mi padre mis pies.

CLOTALDO:        Con la muerte me amenaza.

BASILIO:         A mí con rigor y afrenta.

CLOTALDO:        Quitarme la vida intenta.

BASILIO:         Rendirme a sus plantas traza.                   
             
SEGISMUNDO:      Salga a la anchurosa plaza
                 del gran teatro del mundo
                 este valor sin segundo;
                 porque mi venganza cuadre,
                 vean triunfar de su padre                       
                 al príncipe Segismundo.

Despierta

SEGISMUNDO       Mas, ¡ay de mí! ¿Dónde estoy? 

BASILIO:         Pues a mí no me ha de ver;
                 ya sabes lo que has de hacer.
                 Desde allí a escucharle voy.             

Retírase el rey BASILIO


SEGISMUNDO:      ¿Soy yo por ventura?  ¿Soy
                 el que preso y aherrojado
                 llego a verme en tal estado?
                 ¿No sois mi sepulcro vos,
                 torre?  Sí.  ¡Válgame Dios,  
                 qué de cosas he soñado!

CLOTALDO:        (A mí me toca llegar,             Aparte
                 a hacer la desecha agora).

SEGISMUNDO:      ¿Es ya de despertar hora?

CLOTALDO:        Sí, hora es ya de despertar.             
                 ¿Todo el día te has de estar
                 durmiendo?  ¿Desde que yo
                 al águila que voló
                 con tarda vista seguí
                 y te quedaste tú aquí,            
                 nunca has despertado?

SEGISMUNDO:      No.
                 Ni aun agora he despertado;
                 que según, Clotaldo, entiendo,
                 todavía estoy durmiendo,
                 y no estoy muy engañado;                 
                 porque si ha sido soñado
                 lo que vi palpable y cierto,
                 lo que veo será incierto;
                 y no es mucho que, rendido,
                 pues veo estando dormido,                       
                 que sueñe estando despierto.

CLOTALDO:        Lo que soñaste me di.

SEGISMUNDO:      Supuesto que sueño fue,
                 no diré lo que soñé;
                 lo que vi, Clotaldo, sí.                 
                 Yo desperté, y yo me vi,
                 -¡qué crueldad tan lisonjera!-
                 en un lecho, que pudiera
                 con matices y colores
                 ser el catre de las flores                      
                 que tejió la primavera.
                 Aquí mil nobles, rendidos
                 a  mis pies nombre me dieron
                 de su príncipe, y sirvieron
                 galas, joyas y vestidos.                        
                 La calma de mis sentidos
                 tú trocaste en alegría,
                 diciendo la dicha mía;
                 que, aunque estoy de esta manera,
                 príncipe en Polonia era.

CLOTALDO:        Buenas albricias tendría.

SEGISMUNDO:      No muy buenas; por traidor,
                 con pecho atrevido y fuerte
                 dos veces te daba muerte.

CLOTALDO:        ¿Para mí tanto rigor?               

SEGISMUNDO:      De todos era señor,
                 y de todos me vengaba;
                 sólo a una mujer amaba...
                 que fue verdad, creo yo,
                 en que todo se acabó,                    
                 y esto sólo no se acaba.

Vase el rey BASILIO

CLOTALDO:        (Enternecido se ha ido           Aparte
                 el rey de haberle escuchado).
                 Como habíamos hablado
                 de aquella águila, dormido,              
                 tu sueño imperios han sido;
                 mas en sueños fuera bien
                 entonces honrar a quien
                 te crió en tantos empeños, 
                 Segismundo, que aun en sueños            
                 no se pierde el hacer bien.


Vase CLOTALDO

SEGISMUNDO:      Es verdad; pues reprimamos
                 esta fiera condición,
                 esta furia, esta ambición,
                 por si alguna vez soñamos;
                 y sí haremos, pues estamos               
                 en mundo tan singular,
                 que el vivir sólo es soñar;
                 y la experiencia me enseña
                 que el hombre que vive, sueña            
                 lo que es, hasta despertar.
                 Sueña el rey que es rey, y vive
                 con este engaño mandando,
                 disponiendo y gobernando;
                 y este aplauso, que recibe                      
                 prestado, en el viento escribe,
                 y en cenizas le convierte
                 la muerte, ¡desdicha fuerte!
                 ¡Que hay quien intente reinar,
                 viendo que ha de despertar                      
                 en el sueño de la muerte!
                 Sueña el rico en su riqueza,
                 que más cuidados le ofrece;
                 sueña el pobre que padece
                 su miseria y su pobreza;                        
                 sueña el que a medrar empieza,
                 sueña el que afana y pretende,           
                 sueña el que agravia y ofende,
                 y en este mundo, en conclusión,
                 todos sueñan lo que son,                 
                 aunque ninguno lo entiende.
                 Yo sueño que estoy aquí
                 de estas prisiones cargado,
                 y soñé que en otro estado
                 más lisonjero me vi.                          
                 ¿Qué es la vida?  Un frenesí.
                 ¿Qué es la vida?  Una ficción,
                 una sombra, una ilusión,
                 y el mayor bien es pequeño;
                 que toda la vida es sueño,               
                 y los sueños, sueños son.
FIN DEL SEGUNDO ACTO



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