Las 120 jornadas de Sodoma/Primera parte/Jornada 12 a 14
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Primera parte de Las 120 jornadas de Sodoma, novela del Marqués de Sade (1740-1814)
[editar] Decimosegunda jornada
El nuevo estado en el que voy a entrar —dijo la Duelos— me obliga, señores, a referirme a mi persona; uno se imagina mejor los placeres que se describen cuando la persona que los facilita es conocida. Yo acababa de cumplir veintiún años. Era morena, pero mi tez, a pesar de esto, era de una agradable blancura. La abundante cabellera que cubría mi cabeza descendía en ondulantes bucles naturales hasta la parte inferior de mis muslos. Tenía los ojos que podéis ver y siempre se han juzgado lindos. Tenía un talle, lleno, pero grácil y esbelto. Por lo que se refiere a mi trasero, esta parte tan interesante para los libertinos de hoy, todo el mundo lo consideraba superior a todo lo que puede verse de más sublime al respecto, y pocas mujeres en París lo tenían tan bien formado; era lleno, redondo, blando y rollizo, sin que su gordura disminuyese en nada su elegancia, el más leve movimiento ponía al descubierto en seguida esta pequeña rosa que estimáis tanto, señores, y que yo pienso como vosotros, es el atractivo más delicioso de una mujer. Aunque hacía mucho tiempo que me entregaba al libertinaje, era imposible ser más lozana, tanto a causa del buen temperamento que me había dado la naturaleza como por mi extrema cordura sobre los placeres que podían echar a perder mi lozanía o perjudicar a mi temperamento. Los hombres me gustaban poco y sólo había tenido un afecto; únicamente mi cabeza era libertina, pero lo era extraordinariamente, y después de haberos descrito mis atractivos justo es que os entretenga un poco con mis vicios. He amada a las mujeres, señores, no lo oculto. Pero no en el grado en que las amaba mi querida compañera, la señora Champville, quien os dirá, sin duda, que se ha arruinado por ellas, pero yo siempre las he preferido a los hombres en mis placeres, y lo que ellas me proporcionaban tuvo siempre sobre mis sentidos un poder más fuerte que las voluptuosidades masculinas. Aparte de eso, he tenido el defecto de que me gusta robar: es inaudito hasta qué punto he llevado esta manía. Completamente convencida de que todos los bienes deben ser iguales en la Tierra y que sólo la fuerza y la violencia se oponen a esa igualdad, primera ley de la naturaleza, he tratado de corregir la suerte y de restablecer el equilibrio lo mejor que me ha sido posible. Y sin esta maldita manía tal vez me encontraría aún con el bienhechor mortal del cual os hablaré.
—¿Y has robado mucho en tu vida? —le preguntó Durcet.
—De un modo asombroso, monseñor; si no hubiese gastado siempre lo que robaba, hoy sería una mujer muy rica.
—¿Pero robabas con agravantes? —preguntó Durcet—. ¿Con rotura de puerta, abuso de confianza, engaño manifiesto?
—Hubo de todo —contestó la Duclos—; no creía tener que detenerme en tales detalles, a fin de no interrumpir el orden de mi relato, pero como advierto que esto puede divertiros, no me olvidaré de estos pormenores en lo sucesivo.
A este defecto se me ha reprochado siempre añadir otro, el tener mal corazón. ¿Pero es mía la culpa? ¿No se debe a la naturaleza que tengamos nuestros vicios así como nuestras perfecciones? ¿Y puedo acaso reblandecer este corazón mío que ella ha hecho insensible? No recuerdo haber llorado nunca por mis males y menos aún por los de los otros, amé a mi hermana, y su pérdida no me causó la menor pena, habéis sido testigos de la tranquilidad con la que me he enterado de su desaparición. A Dios gracias vería hundirse el universo sin derramar una sola lágrima.
—Así hay que ser —dijo el duque—. La compasión es la virtud de los tontos, y si se analiza bien, se advierte que sólo ella es la causa de que mengüen nuestras voluptuosidades. Pero con este defecto debes haber cometido crímenes, porque la insensibilidad conduce a ellos directamente.
—Monseñor —contestó la Duclos—, las reglas que habéis prescrito para nuestros relatos me privan de enteraros acerca de muchas cosas; habéis dejado ese cuidado a mis compañeras. Sólo puedo deciros lo siguiente: cuando ellas se describan como unas criminales, tened la seguridad de que yo nunca he sido mejor que ellas.
—He aquí, lo que se llama hacerse justicia —dijo el duque—. Vamos, prosigue; es preciso contentarse con lo que nos digas, puesto que te hemos limitado nosotros mismos, pero recuerda que a solas conmigo no te perdonaré estas leves faltas de conducta.
—No os ocultaré nada, monseñor. Y ojalá podáis, después de haberme escuchado, no arrepentiros de haber concedido un poco de benevolencia a un sujeto tan malo. Y prosigo:
A pesar de todos estos defectos, y más que nada el de desconocer completamente el sentimiento humillante del agradecimiento, que yo sólo aceptaba como un peso injurioso sobre la humanidad, y que degrada completamente al orgullo que hemos recibido de la naturaleza, con todos estos defectos, digo, mis compañeras me querían y era la más buscada por los hombres.
Esta era mi situación cuando un arrendador general llamado D’Aucourt llegó para una juerga a la casa de la Fournier; como era uno de sus clientes, aunque más bien para muchachas de fuera que para las de nuestro burdel, se tenían grandes miramientos con él, y la señora, que deseaba que lo conociéramos, me avisó con dos días de anticipación para que le guardara lo que sabéis y que le gustaba más que a ninguno de los otros hombres que había yo conocido, podréis juzgarlo por lo que viene: D’Aucourt llega y, tras haberme contemplado, regaña a la Fournier por no haberle proporcionado antes una criatura tan linda. Le doy las gracias por su gentileza, y subimos. D’Aucourt era un hombre de unos cincuenta años, alto y gordo, pero con un rostro agradable, con ingenio, y, cosa que me agradaba mucho en él, de una dulzura y buen carácter que me encantaron desde el primer momento.
—Debes tener el culo más hermoso del mundo —me dijo D’Aucourt, atrayéndome hacia él y metiéndome la mano por debajo de las faldas que al punto dirigió al trasero—. Soy un buen conocedor y las muchachas de tu tipo tienen casi siempre un hermoso culo. ¡Y bien! ¡no lo decía yo! —prosiguió diciendo, después de haberme palpado unos momentos—. ¡Qué fresco y redondo!
Y, haciéndome dar vuelta rápidamente y levantándome las faldas hasta las caderas, se puso a examinar el altar al que se dirigían sus deseos.
—¡Pardiez! —exclamó—. Es verdaderamente uno de los más bellos culos que he visto en mi vida, y he visto muchos... ¡Abre! Veamos esta fresa... déjame chuparla... devorarla..., es realmente un culo muy hermoso... Bueno, dime, pequeña... ¿no te han avisado...?
—Sí, Señor.
—¿Te han dicho que quiero que cagues?
—Sí, señor.
—¿Pero... tu salud? —prosiguió el financiero.
—¡Oh! es excelente, señor.
—Es que yo voy un poco lejos —continuó el arrendador general—, y si no estuvieras muy sana, me arriesgaría.
—Señor —le contesté—, puede hacer absolutamente todo lo quiera, le respondo de mí como de un niño recién nacido; puede usted obrar con toda tranquilidad.
Después de este preámbulo, D’Aucourt hizo que me inclinara hacia él, siempre con las nalgas separadas, y pegando su boca a la mía, chupó mi saliva durante un cuarto de hora; descansaba para lanzar algún "¡joder!" y volvía a su amoroso chupar.
—Escupe, escupe dentro de mi boca —me decía de vez en cuando—. Llénamela bien de saliva.
Y entonces sentí su lengua que giraba en torno a mis encías, que se hundía tanto como podía y parecía atraer todo lo que encontraba en mi boca.
—¡Vamos! —dijo—. Se me ha puesto dura, manos a la obra. Entonces volvió a dedicarse a mis nalgas, tras ordenarme que animara su pito. Puse al descubierto un pequeño y gordo instrumento de cinco pulgadas de largo por tres de grueso, muy duro y enfurecido.
—Quítate las faldas —me dijo D’Aucourt—, yo me quitaré los calzones, es necesario que tanto tus nalgas como las mías estén —descubiertas para la ceremonia que vamos a realizar.
Luego, tras verse obedecido, dijo:
—Levanta la camisa bajo el corsé y muestra bien el trasero... Acuéstate de bruces en la cama.
Entonces él se sentó en una silla y se puso de nuevo a acariciar mis nalgas, cuya contemplación, al parecer, lo extasiaba; en una ocasión las apartó y sentí que su lengua penetraba profundamente, para verificar, dijo, de una manera incontestable si era verdad que la gallina tenía ganas de poner; utilizo sus mismas palabras. Sin embargo, yo no lo tocaba, él mismo agitaba ligeramente su pequeño y seco miembro que yo acababa de poner al descubierto.
—Vamos, pequeña —dijo—, manos a la obra; la mierda está a punto, la he sentido, no olvides que tienes que cagar poco a poco y esperar siempre que haya devorado un pedazo antes de producir otros; mi operación es larga, pero no la apresures. Un golpecito sobre las nalgas te avisará de que tienes que empujar, pero siempre lentamente.
Tras haberse instalado lo más cómodamente posible cerca del objeto de su culto, pega la boca al ojete y yo le largo un pedazo de mierda del tamaño de un pequeño huevo. El lo chupa, lo revuelve una y mil veces dentro de su boca, lo masca, lo saborea y al cabo de dos o tres minutos veo claramente que lo traga; empujo de nuevo, se efectúa la misma ceremonia, y como mis ganas eran prodigiosas, diez veces seguidas su boca se llena y se vacía, sin que en ningún momento parezca hartarse.
—Se terminó, señor —le digo, finalmente—; ahora empujaría inútilmente.
—Sí, pequeña dijo—. ¿Has terminado? Entonces es preciso que yo descargue, sí, que descargue sacudiendo tu hermoso culo... ¡Oh! ¡rediós! ¡Qué placer me das! Nunca había comido mierda más deliciosa, se lo aseguraría al mundo entero ¡Dame, dame, angel mío, dame este hermoso culo, para que lo chupe, para que lo devore una vez más!
Y hundiendo un palmo de lengua y masturbándose él mismo, el libertino esparce su semen sobre mis piernas, no sin que un tropel de palabras groseras y de juramentos necesarios, al parecer, completaran su éxtasis.
Cuando hubo terminado, se sentó, hizo que me colocase cerca de él y, comtemplándome con interés, me preguntó si no estaba cansada de la vida del burdel y si no me gustaría encontrar a alguien que desease apartarme de aquella casa; viéndolo cazado, me hice la difícil, y para ahorraros pormenores que os aburrirían, sólo diré que, al cabo de una hora de discusión, me dejé persuadir y decidióse que a partir del día siguiente me trasladaría a vivir a su casa, con una paga de veinte luises mensuales y la manutención; que, como era viudo, yo podría ocupar sin inconvenientes un entresuelo de su palacio; que allí tendría una sirvienta y la compañía de tres amigos suyos y de sus queridas, con los cuales él se reunía para cenas libertinas cuatro veces por semana, ora en casa de uno, ora en casa de otro; que mi única ocupación consistiría en comer mucho, y siempre lo que él ordenara que me fuese servido, porque al hacer lo que hacía era esencial que me hiciese alimentar a su manera, que comiera bien, digo, que durmiera bien para que mis digestiones fuesen regulares, que debería purgarme todos los meses y cagar dos veces diarias en su boca; que hacerlo dos veces no debía asustarme, porque llenándome de comida, como haría, seguramente tendría ganas de hacerlo tal vez tres veces en lugar de dos. El financiero, como prenda de lo convenido, me regaló un hermoso diamante, me besó, me dijo que me pusiera de acuerdo con la Fournier y que estuviera lista al día siguiente por la mañana, en que vendría a buscarme él mismo. Mis despedidas pronto estuvieron hechas; mi corazón no experimentaba ninguna pena, porque ignoraba el arte de querer, pero mis placeres echarían de menos a Eugénie, con la cual mantenía desde hacía seis meses relaciones muy íntimas. Finalmente partí. D’Aucourt me recibió maravillosamente y me instaló él mismo en el lindo aposento donde debería vivir, y pronto me encontré perfectamente establecida. Estaba condenada a hacer cuatro comidas, de las cuales se suprimían muchas cosas que me apetecían, tales como pescado, ostras, embutidos, huevos y toda clase de productos de la leche; pero la falta de todo esto quedaba tan bien compensada que en verdad no podía quejarme. La base de mi alimentación consistía en una gran variedad de carne de ave y de caza preparada de muchas maneras, poca carne de vacuno, ningún tipo de grasa, muy poco pan y fruta. Era necesario comer de todo esto por la mañana y por la tarde, sin pan, que en los últimos tiempos me fue completamente suprimido, como también tuve que prescindir de la sopa. El resultado de tal dieta, como lo había previsto D’Aucourt, eran dos defecaciones diarias, muy blandas y, según él, de un sabor muy exquisito, lo que no se hubiera logrado con una comida ordinaria; debía ser verdad, esto, porque el hombre era un entendido en este asunto. Nuestras operaciones se efectuaban a la hora de levantarse y de acostarse. Los detalles eran poco más o menos los que he descrito: empezaba siempre por chupar durante largo tiempo mi boca, que era necesario ofrecerle en su estado natural y sin lavarla nunca; sólo podía enjuagármela después. Por otra parte, el hombre no eyaculaba cada vez; nuestro arreglo no exigía ninguna fidelidad por parte de él. D’Aucourt, me tenía en su casa como un plato fuerte, como la tajada de buey, pero no por esto dejaba de salir a divertirse cada mañana en otra parte.
Dos días después de mi llegada, vinieron a cenar sus compañeros de juerga, y como cada uno de los tres tenía, dentro de la manía que analizamos, una característica especial, seguramente aprobaréis, señores, que me dedique un poco a contar las fantasías a las que se entregaban.
Los invitados llegaron. El primero era un viejo consejero del Parlamento, hombre de unos sesenta años, llamado D’Erville; tenía por amante a una mujer de cuarenta, muy hermosa, cuyo único defecto era cierta gordura; se llamaba la señora de Cange. El segundo era un militar retirado de cuarenta y cinco años que se llamaba Desprès, su amante era una linda criatura de veintiséis años, rubia, con el más hermoso cuerpo que pueda verse; se llamaba Marianne. El tercero era un viejo abad de sesenta años llamado Du Coudrais, y cuya amante era un lindo doncel de dieciséis años, bello como el día, y que hacía pasar por sobrino suyo.
Se cenaba en el entresuelo, del cual yo ocupaba una parte; la cena fue tan alegre como exquisita, y observé que la señorita y el doncel estaban sometidos más o menos a la misma dieta que yo. Los caracteres se manifestaron libremente durante la cena; era imposible ser más libertino de lo que era D’Erville, sus ojos, sus frases, sus gestos, todo anunciaba el desenfreno, todo delataba al libertinaje; Desprès parecía un hombre tranquilo, pero la lujuria era también el eje de su vida; en cuanto al abad, era el más completo ateo que se pueda ver: las blasfemias volaban de sus labios en cada palabra; respecto a las señoritas, imitaban a sus amantes, eran charlatanas y no obstante de un trato agradable; el doncel me pareció tan tonto como guapo era; y la Cange, que parecía estar un poco prendada de él, por más que le lanzaba de vez en cuando tiernas miradas, no obtenía ningún resultado.
Toda la compostura se desvaneció a la hora de los postres, en los que las palabras se volvieron tan sucias como las acciones: D’Erville felicitó a D’Aucourt por su nueva adquisición y le preguntó si yo tenía un culo hermoso y si cagaba bien.
—¡Pardiez —le contestó mi financiero—, podrás comprobarlo cuando se te antoje! ¡Ya sabes que entre nosotros los bienes son comunes y que nos prestamos de buena gana tanto nuestras queridas como nuestras bolsas.
—¡Ah, pardiez! —contestó D’Erville—. ¡Acepto!
Y cogiéndome al momento de la mano me propuso que pasara a un gabinete. Como yo dudaba, la Cange me dijo, descaradamente:
—¡Vaya, vaya, señorita, nada de remilgos! Durante su ausencia, yo me cuidaré de su amante.
Y como D’Aucourt, a quien yo consulté con la mirada, me dirigió un gesto de aprobación, seguí al viejo consejero. El es, señores, el que nos va a ofrecer los dos o tres siguientes episodios de la inclinación de que tratamos y que deben componer la mayor parte de mi relato de esta noche.
En cuanto estuve encerrada con D’Erville, que estaba muy excitado por los vapores de Baco, me besó en la boca con gran entusiasmo y me lanzó tres o cuatro hipos de vino de Ai que casi me hicieron vomitar lo que, por otra parte, parecía tener ganas de ver salir. Me arremangó, examinó mi trasero con toda la lubricidad de un libertino consumado y luego me dijo que ya no le sorprendía la elección de D’Aucourt, porque yo tenía uno de los más bellos culos de París. Me rogó que debutara con algunos pedos, y cuando hubo recibido media docena, volvió a besarme en la boca, mientras me manoseaba y me abría con fuerza las nalgas.
—¿Tienes ganas? —me preguntó.
—Muchas —contesté.
—¡Y! Muy bien, hermosa niña —me dijo—, caga en este plato.
A este efecto había traído, uno de porcelana blanca, que sostuvo mientras yo empujaba y él examinaba con atención cómo salía la cagada de mi culo, espectáculo delicioso que lo embriagaba, decía, de placer. Cuando hube terminado, recogió el plato, respiró con delicia el delicioso manjar que contenía, tocó, besó, olfateó el mojón y luego, diciendo que no aguantaba más y que la lubricidad lo embriagaba— ante la contemplación de un pedazo de mierda más delicioso que ninguno de los que había visto nunca en su vida, me rogó que le chupara la verga. Aunque esta operación no tenía nada de agradable, el temor de enojar a D’Aucourt me hizo aceptar. Se instaló en un sillón, con el plato colocado sobre una mesa cercana contra la cual apoyó medio cuerpo, con la nariz cerca de la mierda,.alargó sus piernas, yo me instalé en un asiento bajo, cerca de él, y habiendo sacado de su bragueta, una imitación de verga blandengue en vez de un miembro real, a pesar de mi repugnancia, me puse a chupetear aquella bella reliquia, esperando que por lo menos adquiriría un poco de consistencia dentro de mi boca. Pero me equivocaba: en cuanto me apoderé de ella, el libertino empezó su operación: devoró más bien que comió el lindo y pequeño huevo que acababa de poner para él; fue cuestión de tres minutos, durante los cuales sus movimientos, sus contorsiones me anunciaron una voluptuosidad de las más ardientes y expresivas. Pero por más que hizo, nada se levantó y el feo y pequeño instrumento, después de haber llorado de despecho en mi boca, se retiró más avergonzado que nunca y dejó a su dueño en ese abatimiento, en ese abandono, en ese agotamiento que es la funesta consecuencia de las grandes voluptuosidades.
Regresamos.
—¡Ah, me cago en Dios! —dijo el consejero—. Nunca había visto cagar así.
Sólo estaba¡. allí, cuando regresamos, el abad y su sobrino, y como se encontraban en plena función, puedo daros detalles. Por más que entre los amigos se cambiaran las queridas, Coudrais, satisfecho, no tomaba jamás otra pareja y no cedía jamás la suya; le habría sido imposible, me dijo, divertirse con una mujer; ésta era la única diferencia que había entre D’Aucourt y él. También la utilizaba para la ceremonia y cuando nos presentamos el doncel estaba apoyado en la cama, ofreciendo el culo a su querido tío, el cual, de rodillas, recibía amorosamente en su boca lo que le daban y tragaba la materia a medida que salía, y todo esto mientras se masturbaba una verguita que colgaba entre sus muslos. El abad descargó a pesar de nuestra presencia y jurando que aquel niño cagaba todos los días y cada vez mejor.
Marianne y D’Aucourt, que se divertían juntos, reaparecieron pronto, seguidos por Desprès y la Cange, que, según dijeron, no habían hecho más que retozar, mientras esperaban.
—Porque —dijo Desprès— ella y yo somos viejos amigos, y en cambio, tú, hermosa reina, que te veo por primera vez, me inspiras un ardiente deseo de divertirme contigo.
—Pero, señor —le contesté—, el señor consejero lo ha tomado todo; nada tengo para ofrecer ahora.
—¡Eh! Bueno —me contestó, riendo—, no te pido nada; yo lo Proporcionaré todo; sólo necesito tus dedos.
Curiosa por saber qué significaba ese enigma, lo sigo, y, en cuanto nos hemos encerrado me pide que le deje besar mi culo sólo por un momento. Se lo ofrezco, y después de dos o tres chupadas al agujero, se desabrocha los pantalones y me pide que le devuelva lo que acaba de prestarme. La actitud que había adoptado me inspiraba algunas sospechas; estaba a horcajadas en una silla, apoyado en el respaldo y teniendo bajo él una vasija preparada para recibir. Con lo cual, al verlo dispuesto a hacer por su parte la misma operación, le pregunté qué necesidad había de que yo le besase el trasero.
—La mayor, corazón —me contestó—, pues mi culo, que es el más caprichoso de todos los culos, no caga nunca más que cuando es besado.
Obedecí, pero sin arriesgarme, y él, al darse cuenta de ello, me dijo imperiosamente:
—Más cerca, pardiez, más cerca, niña. ¿Acaso te da miedo un poco de mierda?
Al fin, por condescendencia, llevé mis labios hasta las cercanías del agujero; pero, en cuanto los sintió, se dispara, y la irrupción fue tan violenta que una de mis mejillas quedó completamente manchada. No hubo necesidad más que de un solo chorro para llenar la vasija; en mi vida había visto yo tal cagada: llenaba hasta el borde de una profunda ensaladera. Nuestro hombre se apodera de ella, se tiende al borde de la cama, me presenta su culo todo mierdoso, me ordena que se lo masturbe con fuerza mientras él va a devolver a sus entrañas lo que acaba de sacar de ellas. Por sucio que estuviese aquel trasero, tuve que obedecer. "Sin duda su amante lo hace —me dije—; no debo ser más remilgada que ella." Hundí tres dedos en el cenagoso orificio que se me presentaba; nuestro hombre se siente en las nubes, se sumerge en sus propios excrementos, chapotea en ellos, se alimenta de ellos, una de sus manos sostiene la vasija, la otra sacude una verga que se muestra majestuosamente entre sus muslos; yo multiplico mis cuidados, que tienen éxito, me doy cuenta, cuando aprieto su ano, que los músculos erectores están a punto de lanzar el semen, no me conturbo, la ensaladera se vacía y mi hombre descarga.
De regreso al salón, encontré de nuevo a mi inconstante D’Aucourt con la bella Marianne; el bribón se había tirado a las dos. Sólo le quedaba el paje, con el que creo que asimismo se hubiera muy bien arreglado si el celoso abad hubiese consentido en cedérselo. Cuando todos estuvimos reunidos se habló de desnudarnos y de hacer algunas extravagancias unos delante de los otros. Me complació el proyecto, porque me facilitaría la ocasión de ver el cuerpo de Marianne, que tenía muchas ganas de examinar; era delicioso, firme, blanco, esbelto, y su trasero, que manoseé dos o tres veces bromeando, me pareció una verdadera obra maestra.
—¿De qué le sirve una muchacha tan bonita— le dije a Desprès— para el placer que según parece usted prefiere?
—¡Ah! —me contestó—. Tú no conoces todos nuestros misterios.
No me fue posible enterarme de más y, aunque viví más de un año con ellos, ni el uno ni el otro quisieron aclararme nada; he ignorado siempre el resto de sus entendimientos secretos, los cuales, de la clase que fuesen, no impiden que el gusto que el amante de Marianne satisfizo conmigo sea de ningún modo una pasión completa y digna bajo todos los aspectos de tener lugar en esta recopilación. Por otra parte, el resto pasaría de ser episódico y ciertamente ha sido o será contado en nuestras veladas.
Después de algunos libertinajes bastante indecentes, algunos pedos, algunos pequeños restos más de mierda, muchas habladurías y grandes blasfemias por parte del abad que al decirlas parecía hallar una de sus más perfectas voluptuosidades, nos vestimos y, cada uno por su lado fuimos a acostarnos. A la mañana siguiente aparecí como de ordinario al despertar de D’Aucourt, sin que nos reprochásemos ninguna de nuestras pequeñas infidelidades de la víspera. Me dijo que, después de mí, no conocía ninguna mujer que cagase mejor que Marianne; le hice algunas preguntas sobre lo que hacía aquélla con un amante que se bastaba tanto a sí mismo, pero me replicó que eso era un secreto que ni el uno ni el otro habían querido revelar nunca. Y reanudamos, mi amante y yo, nuestra vida habitual.
No estaba tan encerrada en casa de D’Aucourt que no me fuese permitido salir alguna vez; confiaba completamente, decía él, en mi honradez, debía comprender el peligro a que le expondría si perturbaba mi salud, y me dejaba dueña de todo. Por lo tanto, le guardé fe y homenaje respecto a esa salud por la que tenía egoístamente tanto interés, pero en cuanto al resto me permití hacer casi todo lo que me proporcionase dinero. En consecuencia, insistentemente solicitada por la Fournier para que fuese a realizar trabajos en su casa, me entregué a todos aquellos en los que me aseguraba un provecho honrado. Ya no era una pupila suya, era una señorita mantenida por un arrendador general que para complacerla, se dignaba ir a pasar una hora en su casa... Juzgad cómo debía pagarse esto. Fue en el curso de esas infidelidades pasajeras donde encontré al nuevo partidario de la mierda del que voy a hablaros.
—Un momento —dijo el obispo—. No quise interrumpirte hasta que hicieras una pausa, pero, ya que ahora la has hecho, ruego que nos aclares dos o tres puntos esenciales de esta última juerga: cuando celebrasteis las orgías después de los encuentros por parejas, el abad, que hasta entonces sólo había acariciado a su bardaje, ¿fue infiel a éste y os manoseó? ¿Y los otros, fueron infieles a su mujer para acariciar al jovenzuelo?
—Monseñor —dijo la Duclos—, el abad no abandonó a su muchachito; apenas si nos dirigió alguna mirada, aunque estuviésemos desnudas a su lado. Pero se divirtió con los culos de D’Aucourt, de Després y de D’Erville; los besó, los palpó, D’Aucourt y D’Erville le cagaron en la boca, y se tragó más de la mitad de esas defecaciones. Pero en cuanto a las mujeres, no las tocó. No fue igual el caso de los otros tres amigos con respecto al bardaje al que besaron, le lamieron el agujero del culo, y Desprès se encerró con él para no sé qué operación.
—Bien —dijo el obispo—, ya ves que no lo habías dicho y esto que no nos contaste representa una pasión más, puesto que ofrece la imagen de la afición de un hombre que hacía que otros hombres, aunque de bastantes años, le cagasen en la boca.
—Esto es cierto, monseñor —dijo la Duelos—, me hacéis darme cuenta de mi error, pero no lo siento porque por medio de esto he llegado al fin de mi velada, que ya se alargaba demasiado. Cierta campana que vamos a oír me hubiera convencido de que no tenía tiempo de terminar con la historia que iba a empezar, la cual, con vuestra venia, dejaremos para mañana.
Efectivamente, sonó la campana y, como nadie había descargado durante la velada y todas las vergas estaban, sin embargo, levantadas, fueron a cenar prometiéndose firmemente resarcirse en las orgías. Pero el duque no pudo esperar tanto, y tras ordenar a Sofía que viniese a presentarle las nalgas, hizo cagar a la bella y se tragó la mierda como postre. Durcet, el obispo y Curval, todos igualmente ocupados, exigieron la misma operación, uno a Jacinto, el segundo a Celadón y el tercero a Adonis. Como este último no pudo satisfacer fue inscrito en el libro fatal de los castigos y Curval, blasfemando como un condenado, se vengó con el culo de Thérese, que le soltó inmediatamente la cagada más completa que fuese posible ver. Las orgías fueron libertinas y Durcert, renunciando a las cagadas de la juventud, dijo que para aquella noche sólo quería las de sus tres viejos amigos. Lo contentaron, y el pequeño libertino eyaculó como un semental mientras devoraba la mierda de Curval. La noche vino a poner un poco de calma a tanta intemperancia y a devolver a nuestros libertinos los deseos y las fuerzas.
[editar] Decimotercera jornada
El presidente, que aquella noche se había acostado con su hija Adelaida, después de haberse divertido con ella hasta el momento de su primer sueño la relegó a un colchón colocado en el suelo cerca de su cama para que dejase el lugar a la Fanchón, a la que siempre quería tener cerca cuando la lujuria lo despertaba, lo que sucedía casi todas las noches; hacia las tres de la madrugada se despertaba sobresaltado, juraba y blasfemaba como un condenado. Entonces era presa de una especie de furor lúbrico que a veces resultaba peligroso. Por esto le gustaba tener entonces a su lado a aquella vieja Fanchón, quien poseía al máximo el arte de calmarlo, fuese ofreciéndose ella misma, fuese presentándole en seguida alguno de los objetos que dormían en su habitación.
Aquella noche el presidente recordó al instante algunas infamias cometidas con su hija al dormirse y para reanudarlas la reclamó inmediatamente pero ella no estaba allí. Júzguese la confusión y el ruido que suscita en seguida un acontecimiento semejante. Curval se levanta furioso, pide a su hija, se encienden velas, se busca, se registra, la muchacha no aparece. El primer impulse, fue pasar al aposento de las mujeres. Visitan todas las camas y la interesante Adelaida es encontrada por fin en bata, sentada junto a la cama de Sofía.
Estas dos muchachas tan encantadoras a las que les unía un carácter de ternura igual, una piedad, unos sentimientos virtuosos, de candor y de amenidad absolutamente idénticos, habían concebido la una por la otra la más bella ternura y se consolaban mutuamente de la suerte horrenda que las atribulaba. No se había sospechado de eso hasta entonces, pero las averiguaciones hicieron descubrir que no era aquella la primera vez que sucedía y se supo que la mayor le inspiraba a la otra los mejores sentimientos y sobre todo la alentaba a no alejarse de la religión y de sus deberes hacia un Dios que algún día las consolaría de todos sus males.
Dejo que el lector juzgue el furor y los arrebatos de Curval cuando descubrió allí a la hermosa misionera; la agarró por los cabellos, llenándola de injurias, la arrastró hacia su habitación, donde la amarró a la columna de la cama y la dejó allí hasta la mañana para que reflexionase sobre su locura. Todos los amigos acudieron a presenciar la escena; es fácil imaginarse cuán aprisa hizo inscribir Curval a las dos delincuentes en el libro de los castigos. El duque era partidario de una corrección inmediata, y la que proponía no era precisamente dulce; pero como el obispo le hizo alguna objeción muy razonable respecto a lo que quería hacer, Durcet se contentó con inscribirlas. No había manera de emprenderlas contra las viejas, puesto que los señores aquella noche las habían hecho ir a acostarse todas a su habitación. Esto puso de manifiesto pues, ese defecto de la administración y se dispuso que en lo sucesivo se quedara siempre al menos una vieja en el aposento de las mujeres y una en el de los muchachos. Volvieron a acostarse y Curval, a quien la cólera sólo le había puesto más cruelmente impúdico, hizo a su hija cosas que todavía no podemos decir pero que, al precipitar su descarga, por lo menos le hicieron dormirse tranquilo.
Al día siguiente todas las putillas estaban tan asustadas que no se halló a ninguna delincuente y entre los muchachos solamente al pequeño Narciso, a quien Curval había prohibido, desde la víspera, que se limpiase el culo, pues quería encontrarlo mierdoso a la hora del café, que el niño debía servir aquel día, y que desgraciadamente olvidó la orden y se limpió el ano con mucho cuidado. Por más que dijo que su falta era reparable, puesto que tenía ganas de cagar, le contestaron que se las guardase y que no por esto dejaría de ser inscrito en el libro fatal; acto que el temible Durcet efectuó al instante bajo sus ojos, haciéndole sentir toda la enormidad de su falta, que sería quizás suficiente para impedir la descarga del señor Presidente.
Constanza, a la que ya no molestaban respecto a eso a causa de su estado, la Desgrangés y Brise-Cul fueron los únicos que obtuvieron permiso para la capilla y todo el resto recibió la orden de reservarse para la noche.
El suceso de la noche fue tema de conversación durante la comida: se burlaron del presidente por dejar escapar de tal manera los pájaros de su jaula; el champaña le devolvió la alegría y pasaron al café. Narciso, Celadón, Zelmira y Sofía lo sirvieron; esta última estaba muy avergonzada; le preguntaron cuántas veces había sucedido aquello y respondió que era nada más la segunda, y que la señora Durcet le daba tan buenos consejos que en verdad era muy injusto castigar a ambas por eso. El presidente le aseguró que lo que ella llamaba buenos consejos eran muy malos en su situación y que la devoción que le metía en la cabeza sólo serviría para que se la castigase todos los días; que allí donde se encontraba no debía tener otros dueños ni otros dioses que sus tres compañeros y él, ni otra religión que la de servirlos y obedecerlos ciegamente en todo. Y, mientras la sermoneaba, la hizo hincarse de rodillas entre sus piernas y le ordenó que le chupase el pito, lo que la pobre pequeña infeliz ejecutó temblando. El duque, siempre partidario de joder entre los muslos, a falta de algo mejor enfilaba a Zelmira de esta manera, mientras hacía que ella cagase en su mano y devorando a medida que recibía, y todo esto en tanto que Durcet hacía que Celadón eyaculase en su boca y que el obispo hacía cagar a Narciso. Se entregaron a algunos minutos de siesta y, después, acomodados en el salón de historia, la Duelos reanudó su relato así:
El galán octogenario que la Fournier me destinaba era, señores, un contador, bajito, regordete y con una cara muy desagradable. Colocó una vasija entre los dos, nos situamos espalda contra espalda, cagamos ambos a la vez, él se apoderó de la vasija, con sus dedos mezcló las dos defecaciones y se las tragó, mientras yo le hacía eyacular en mi boca. Apenas si miró mi trasero. No lo besó, pero su éxtasis no fue menos intenso; pataleó, blasfemó mientras tragaba y eyaculaba, y se retiró después de darme cuatro luises por aquella extraña ceremonia.
Sin embargo, mi financiero cada día depositaba en mí más confianza y más amistad, y esa confianza, de la que no tardé en abusar pronto fue la causa de nuestra eterna separación... Un día en que me había dejado sola en su gabinete observé que, para salir, llenaba su bolsa en un cajón grande y enteramente colmado de oro. "¡Oh, qué captura!", dije para mis adentros. Y, concebida la idea de apoderarme de aquella suma desde aquel instante, observé con la mayor atención todo lo que podría facilitar que me la apropiara: D’Aucourt no cerraba aquel cajón, pero se llevaba la llave del gabinete y, al ver que aquella puerta y aquella cerradura eran muy ligeras, imaginé que necesitaría poco esfuerzo para hacerlas saltar con facilidad. Adoptado el proyecto, sólo me ocupé de aprovechar apresuradamente la primera vez que D’Aucourt se ausentase por todo el día, como solía hacer dos veces por semana, los días de la bacanal particular a la que iba con Desprès y el abad para cosas que la señora Desgrangés acaso les dirá, pero que no son de mi incumbencia. Aquel instante favorable se presentó pronto; los criados, tan libertinos como su amo, nunca dejaban de irse a sus juergas aquel día, de manera que me encontré casi sola en la casa. Llena de impaciencia por ejecutar mi proyecto, me acerco inmediatamente a la puerta del gabinete, la abro de un puñetazo, corro al cajón, encuentro en él la llave: como sabía. Saco todo lo que contiene; no era menos de tres mil luises. Me lleno los bolsillos, registro los otros cajones; encuentro un estuche muy valioso, me apodero de él. Pero ¡qué encontré en los otros cajones de aquel famoso escritorio!... ¡Feliz D’Aucourt! Qué suerte para ti que tu imprudencia sólo fuese descubierta por mí; había allí lo suficiente para hacerle condenar a la rueda, señores, es todo lo
que puedo deciros. Independientemente de los billetes claros y explícitos que Desprès y el abad le dirigían hablando de sus bacanales secretas, estaban todos los enseres que podían servir para aquellas infamias... Pero me detengo, los límites que me habéis prescrito me impiden revelaros más, y la Desgrangés os explicará todo eso. En cuanto a mí, realizado el robo, me largué estremeciéndome interiormente por todos los peligros a que quizás estuve expuesta frecuentando a semejantes malvados. Me fui a Londres y, puesto que mi estancia en aquella ciudad donde viví seis meses a todo tren no os ofrecería, señores, ninguno de los detalles que os interesan, me permitiréis que pase ligeramente sobre esta parte de los acontecimientos de mi vida. En París sólo había conservado el contacto con la Fournier y, al informarme ésta de todo el jaleo que armaba el financiero en torno a aquel desdichado robo, resolví por fin hacerlo callar, escribiéndole secamente que la que había encontrado el dinero también había encontrado otra cosa y que si se decidía a continuar sus persecuciones yo consentía en ello, pero que ante el mismo juez al que declararía lo que había en los cajones pequeños lo citaría para que declarase lo que contenían los grandes. Nuestro hombre se calló y como unos seis meses después estalló el escándalo de los desenfrenos de los tres, que a su vez huyeron al extranjero, no teniendo ya nada que temer volví a París y, si debo confesaros mi insensatez, señores, volví tan pobre como me había ido, de tal manera que me vi obligada a entrar de nuevo en casa de la Fournier. Puesto que sólo tenía veintitrés años, no me faltaron las aventuras; voy a dejar de lado aquéllas que no son de vuestra esfera y proseguir, con vuestra venia, señores, únicamente con aquellas que sé tienen para vosotros algún interés ahora.
Ocho días después de mi regreso fue colocado en el aposento destinado a los placeres un tonel completamente lleno de mierda. Mi adonis llega; es un santo eclesiástico, pero tan hastiado de los placeres que ya no era susceptible de conmoverse más que con el exceso que voy a describiros. Entra; yo estaba desnuda. Contempla un momento mis nalgas, luego, después de haberlas tocado con bastante brutalidad, me dice que lo desnude y lo ayude a meterse en el tonel. Lo dejo desnudo, lo sostengo, el viejo puerco se mete en su elemento y al cabo de un momento, por un agujero preparado, hace salir su verga casi en erección y me ordena que lo masturbe a pesar de las horribles inmundicias de que está cubierto. Obedezco, él sumerje la cabeza en el tonel, chapotea, traga, aúlla, eyacula y va a echarse dentro de una bañera donde lo dejo en las manos de dos sirvientas de la casa que estuvieron limpiándolo durante un cuarto de hora.
Poco después apareció otro. Ocho días antes yo había cagado y meado en un bacín cuidadosamente conservado; esta condición era necesaria para que los excrementos estuvieran en el punto que deseaba nuestro libertino. Era un hombre de unos treinta y cinco años del que sospeché que estaba metido en las finanzas. Al entrar me pregunta dónde está el bacín; se lo presento, él lo respira:
—¿Es cierto que hace ocho días que está hecho? —me pregunta.
—Puedo responderle de ello, señor —le dije—; ya ve que está ya casi mohoso.
—¡Oh! Es lo que necesito —me dice—; nunca tendrá demasiado moho para mí. Enséñame, por favor, el hermoso culo —que ha cagado esto.
Se lo presento.
—Vamos —dice—, colócalo bien enfrente, de manera que lo tenga como perspectiva mientras devoro su obra.
Nos colocamos, él saborea, se extasía, vuelve a su operación y devora en un minuto aquel manjar delicioso sin interrumpirse más que para contemplar mis nalgas, pero sin ninguna otra clase de episodio, pues ni siquiera se sacó la verga de la bragueta.
Un mes más tarde, el libertino que se presentó no quiso tratos más que con la propia Fournier. ¡Y qué objeto elegía, gran Dios! Tenía entonces sesenta y ocho años cumplidos; una erisipela le comía toda la piel y los ocho dientes podridos que le decoraban la boca le comunicaban un olor tan fétido que resultaba imposible hablarle de cerca; pero esos defectos precisamente eran lo que encantaban al amante con quien tenía que habérselas. Curiosa por semejante escena, corrí al agujero: el adonis era un médico viejo, aunque más joven que ella. En cuanto la tiene con él, la besa en la boca durante un cuarto de hora, luego le hace presentar su viejo nalguero arrugado que parecía la ubre de una vaca vieja, lo besa y lo chupa con avidez. Traen una jeringa y tres medias botellas de licores; el émulo de Esculapio mete por medio de la jeringa la anodina bebida en las entrañas de su Iris; ella la recibe, la guarda, mientras el médico no deja de besarla y lamerla por todas las partes de su cuerpo.
—¡Ah, amigo mío! —dice por fin la vieja mamá—. No puedo más, no puedo más, prepárate, amigo mío, tengo que devolvértelo.
El escolar de Salerno se arrodilla, saca de su pantalón un trapo negro y arrugado que sacude con énfasis, la Fournier le pega su asqueroso gran trasero sobre la boca, empuja, el médico bebe, algún pedazo de excremento se mezcla sin duda con el líquido, todo es tragado, el libertino descarga y cae de espaldas, borracho perdido. Era así como aquel desenfrenado satisfacía a la vez dos pasiones: su borrachera y su lujuria.
—Un momento —dijo Durcet—. Esa clase de excesos siempre me la levantan. Desgrangés —añadió—, supongo que tienes un culo muy parecido al que la Duelos acaba de pintar; ven a aplicármelo sobre la cara.
La vieja alcahueta obedeció.
—¡Suelta, suelta! —le dijo Durcet, cuya voz parecía ahogada bajo aquel duplicado de espantosas nalgas—.
¡Suelta, maldita, si no es líquido será sólido y me lo tragaré de todas maneras!
Y la operación termina mientras el obispo hace lo propio con Antínoo, Curval con la Fanchón y el duque con Luisona. Pero nuestros cuatro atletas, curtidos por todos sus excesos, se entregaron a éstos con su flema acostumbrada, y las cuatro cagadas fueron tragadas sin que se vertiese por ninguna parte ni una sola gota de semen.
—Vamos, termina ahora, Duelos —dijo el duque—; si no estamos más tranquilos, por lo menos estamos menos impacientes y nos hallamos en condiciones de oírte.
—¡Ay, señores! —dijo nuestra heroína—. Lo que me queda por contaros esta noche creo que es excesivamente simple para el estado en que os veo. ¡No importa! Le toca el turno a esta historia y debe conservar el lugar que le corresponde:
El héroe de la aventura era un viejo brigadier de los ejércitos del rey; había que desnudarlo del todo, después fajarlo como a un niño y, estando así, yo debía cagar en un plato ante él y hacerle comer mis excrementos con la punta de los dedos, como si fuese una papilla. Todo se ejecuta, nuestro libertino lo come todo y descarga en sus pañales mientras imita los lloros de un niñito.
—Recurramos a los niños, pues —dijo el duque—, ya que nos dejas con una historia de niños; Fanny —continuó el duque—, ven a cagarte en mi boca y acuérdate de chuparme la verga entretanto, pues todavía tengo que descargar.
—Hágase tal como se requiere —dijo el obispo—. Acércate, Rosette; ya oíste lo que le han ordenado a Fanny; haz lo mismo.
—Que la misma orden te sirva —dijo Durcet a Hébé, quien se acercó también.
—Hay que seguir la moda, pues —dijo Curval—. ¡Agustina! Imita a tus compañeras y haz, hija mía, haz que se viertan a la vez mi semen en tu gaznate y tu mierda en mi boca.
Todo se ejecutó y todo, por esa vez, resultó; se oyeron por todas partes pedos mierdosos y eyaculaciones y, satisfecha la lujuria, fueron a contentar el apetito. Pero en las orgías se quiso ser refinado y se mandó a la cama a todos los niños. Aquellas horas deliciosas sólo fueron empleadas con los cuatro jodedores escogidos, las cuatro sirvientas y las cuatro narradoras. Se emborracharon completamente y cometieron horrores de una asquerosidad tan total que no podría describirlos sin perjudicar los cuadros menos libertinos que todavía me quedan por ofrecer a los lectores. Curval y Durcet fueron llevados sin conocimiento, pero el duque y el obispo, tan serenos como si no hubiesen hecho nada, no dejaron de ir a entregarse por el resto de la noche a sus voluptuosidades ordinarias.
[editar] Decimocuarta jornada
Aquel día se dieron cuenta de que el tiempo venía a favorecer todavía más los infames proyectos de nuestros libertinos y a sustraerlos, mejor aún que su misma precaución, a los ojos del universo entero; había caído una espantosa cantidad de nieve que, al llenar el, valle que los rodeaba, parecía impedir que hasta los animales se acercaran al retiro de los cuatro criminales, pues en cuanto a los seres humanos no podía existir ni uno solo que se atreviese a llegar hasta ellos. Es inimaginable cómo sirven a la voluptuosidad tales seguridades y lo que se emprende cuando uno puede decir: "Estoy solo aquí, estoy en el confín del mundo, sustraído a todas las miradas y sin que pueda resultar posible para ninguna criatura llegar hasta mí; ya no hay frenos, ya no hay barreras." Desde aquel momento los deseos se disparan con un ímpetu que ya no conoce límites y la impunidad que los favorece acrecienta deliciosamente toda su embriaguez. No hay ahí más que Dios y la conciencia; ahora bien, ¿qué fuerza puede tener el primer freno a los ojos de un ateo de corazón y de pensamiento, y qué poder puede tener la conciencia sobre aquel que se ha acostumbrado tan bien a vencer sus remordimientos que éstos se convierten para él casi en goces? Infeliz rebaño entregado a los dientes asesinos de tales bribones, cuánto te hubieras estremecido si la experiencia que te faltaba te hubiese permitido el empleo de estas reflexiones.
Aquel día era el de la fiesta de la segunda semana; sólo se ocuparon en celebrarla. El matrimonio que debía realizarse era el de Narciso y Hébé, pero lo cruel era que los dos esposos debían ser castigados aquella misma noche; así, del seno de los placeres del himeneo había que pasar a las amarguras de la escuela, ¡qué pena! El pequeño Narciso, que era inteligente, lo observó, pero no por esto se dejó de proceder a las ceremonias de costumbre. El obispo ofició, se unió a los dos esposos y se les permitió que se hicieran, ante todo el mundo, lo que quisieran; pero, quién lo creería, la orden era ya demasiado amplia y el hombrecito, que se instruía muy bien, encantado con las formas de su mujercita, al no poder lograr metérsela iba a desvirgarla con los dedos si lo hubiesen dejado. Los amigos se opusieron a ello a tiempo y el duque, apoderándose de ella, la jodió entre los muslos inmediatamente, mientras el obispo hacía otro tanto con el esposo.
Comieron, los novios fueron admitidos en el festín y, como los hicieron comer prodigiosamente, ambos al levantarse de la mesa satisficieron cagando el uno a Durcet y el otro a Durval, los cuales devoraron con delicia aquellas pequeñas digestiones infantiles.
El café fue servido por Agustina, Fanny, Celadón y Céfiro. El duque ordenó a Agustina que masturbase a Céfiro y a éste que le cagase en la boca al mismo tiempo que descargaba; la operación salió de maravilla, tanto que el obispo quiso que Celadón hiciera lo mismo: Fanny lo masturbó y el hombrecito recibió la orden de cagar en la boca de monseñor al mismo tiempo que sintiese fluir su semen. Pero por este lado no se logró un éxito tan brillante como por el otro; el niño no pudo de ninguna manera cagar al mismo tiempo que eyaculaba y, puesto que aquello no era más que una prueba y los reglamentos no ordenaban nada sobre ello, no se infligió ningún castigo.
Durcet hizo cagar a Agustina, y el obispo, que tenía una firme erección, se hizo chupar por Fanny mientras ésta le cagaba en la boca; descargó y luego como su crisis había sido violenta, trató brutalmente a Fanny y, desgraciadamente no logró hacerla castigar aunque parecía tener muchas ganas de ello. No había nadie tan inclinado a hacer rabiar como el obispo; en cuanto había eyaculado, habría mandado de buena gana al diablo el objeto de su goce; esto era sabido, y las muchachas, las esposas y los muchachos nada temían tanto como hacerle perder el semen.
Después de la siesta, se pasó al salón donde, una vez acomodados todos, la Duelos reanudó así su narración:
A veces yo acudía a citas en la ciudad y, como generalmente éstas eran más lucrativas, la Fournier trataba de procurarse el mayor número de ellas que fuese posible.
Me mandó un día a casa de un viejo caballero de Malta, quien abrió ante mí una especie de armario todo lleno de compartimentos en cada uno de los cuales había un bacín de porcelana que contenía una cagada; aquel viejo disoluto estaba liado con una de sus hermanas, abadesa de uno de los conventos más notables de París; esa buena muchacha, a requerimiento suyo, le mandaba todas las mañanas cajas llenas de cagadas de sus más bonitas pensionistas. El ordenaba todo aquello y cuando yo llegué me mandó que tomara el número que indicó y que era el más viejo. Se lo presenté.
—¡Ah! —dijo—. Es el de una muchacha de dieciséis años bella como el día. Mastúrbame mientras lo como.
Toda la ceremonia consistía en sacudirlo y presentarle las nalgas mientras él devoraba, después poner en la misma vasija mí cagada en lugar de la que acababa de tragarse. Me contemplaba mientras lo hacía, me limpiaba el culo con la lengua y eyaculaba mientras me chupaba el ano. Luego se cerraban los cajones, yo recibía mi paga y nuestro hombre, a quien yo hacía la visita a primeras horas de la mañana, volvía a dormirse como si no hubiese pasado nada.
Otro, a mi entender más extraordinario: era un viejo fraile. Entra, pide ocho o diez cagadas de los primeros llegados, muchachas o muchachos, le daba igual. Las mezcla, las amasa, muerde en medio y eyacula en tanto que devora por lo menos la mitad de aquello, mientras yo se la chupo.
El tercero, es el que sin duda me ha producido más repugnancia en mi vida; me ordenó abrir bien la boca. Yo estaba desnuda, acostada en el suelo sobre un colchón, y él a horcajadas sobre mí; me echa su mojón en el gaznate y el cochino lo come en mi boca mientras me riega las tetas con su semen.
—¡Ah! ¡Ah! Es divertido, ése —dijo Curval—; pardiez, precisamente tengo ganas de cagar, tengo que ensayarlo. ¿A quién tomaré, señor duque?
—¿A quién? —replicó Blangis—. A fe mía, te recomiendo a Julia, mi hija; la tienes aquí, a mano, te gusta su boca, sírvete de ella.
—Gracias por el consejo —dijo Julia, ceñuda—. ¿Qué te he hecho, para que digas esas cosas contra mí?
—¡Eh! Ya que esto la enoja —dijo el duque— y que es una hija bastante buena, toma a Sofía; es lozana, es bonita, sólo tiene catorce años.
—Sea, vamos, decidido por Sofía —dijo Curval, cuyo pito turbulento empezaba a enderezarse.
La Fanchón se acerca a la víctima, el corazón de esta pobre pequeña infeliz se subleva ya de antemano. Curval se ríe de ella, acerca su gran trasero asqueroso y sucio a la encantadora carita, y nos da la idea de un sapo que va a marchitar una rosa. Lo masturban, la bomba sale, Sofía no pierde ni una migaja y el crápula se acerca a sorber lo que ha dado y se lo traga todo en cuatro bocados mientras se la menean sobre el vientre de la pobre infortunada, la cual, lista la operación, vomita hasta las tripas en las narices de Durcet, que acudió a recibirlo con solemnidad y se masturbó mientras el vómito lo cubría.
—Vamos, Duelos, prosigue —dijo Curval— y regocíjate del efecto de tus discursos; ya ves cuán eficaces son.
Entonces la Duelos, encantada en el fondo de su alma de tener tanto éxito con sus relatos, continuó en estos términos:
El hombre a quien vi después de aquel cuyo ejemplo acaba de seduciros —dijo la Duelos— exigía absolutamente que la mujer que le era presentada tuviese una indigestión; en consecuencia, la Fournier, que no me había advertido nada, durante la comida me hizo tomar cierta droga que aflojó mi digestión y la hizo fluida como si mi evacuación fuese consecuencia de una medicina.
Nuestro hombre llegó y, después de algunos besos preliminares al objeto de su culto, cuyo retraso yo no podía aguantar a causa de los cólicos que empezaban a atormentarme, me dejó libre de obrar; los efectos salieron, yo tenía agarrada su verga, se extasió, lo tragó todo, me pidió más; le proporcioné una segunda andanada, seguida pronto de una tercera, y la anchoa libertina dejó por fin en mis dedos pruebas inequívocas de la sensación que había gozado.
Al día siguiente despaché a otro personaje cuya manía estrafalaria encontrará quizás partidarios entre vosotros, señores. Lo introdujeron primero en una estancia contigua a aquella donde acostumbrábamos a actuar y en la que estaba ese agujero tan cómodo para las observaciones. El se arregla solo. Otro actor me esperaba en la habitación de al lado: era un cochero de fiacre que habían atrapado al azar y que estaba advertido de todo; como yo también lo estaba, representamos bien nuestros personajes. Se trataba de hacer cagar al faetón enfrente mismo del orificio de la pared, a fin de que el libertino escondido no perdiese nada de la operación. Yo recibí la cagada en una vasija, ayudé a que fuese depuesta entera, separé las nalgas, oprimí el ano, no olvidé nada de lo que pudiera hacerle cagar cómodamente; en cuanto mi hombre hubo terminado, le agarré la verga y lo hice eyacular sobre su mierda, y todo dentro de la perspectiva de nuestro observador; por fin, listo el plato, vuelo a la otra estancia.
—¡Tome, señor, coma pronto —exclamé—, está caliente!
No se lo hizo repetir; cogió el plato, me ofreció su pito, que yo masturbé, y el rufián se tragó todo lo que le presenté, mientras su semen salía bajo los movimientos elásticos de mi mano diligente.
—¿,Y qué edad tenía el cochero? —preguntó Curval.
—Unos treinta años —contestó la Duelos.
—¡Oh! ¡Sólo esto! —replicó Curva!—. Durcet te dirá, cuando quieras, que nosotros conocimos a un hombre que hacía lo mismo y exactamente en las mismas circunstancias, pero con un hombre de sesenta a setenta
años que había que sacar de entre la peor crápula de las heces del pueblo.
—Pero sólo es bonito así —dijo Durcet, cuyo pequeño pito empezaba a levantar la nariz después de la aspersión de Sofía—; apuesto cuando se quiera, a que lo hago con el veterano de los inválidos.
—Estás empalmado, Durcet —dijo el duque—, te conozco: cuando empiezas a ponerte sucio, es que tu sementito hierve. ¡Toma! Yo no soy el veterano de los inválidos, pero para satisfacer tu intemperancia te ofrezco lo que tengo en las entrañas, y creo que será copioso.
—¡Oh, rediós! —dijo Durcet—. Esto es una suerte, mi querido duque.
El duque actor se acerca, Durcet se arrodilla bajo las nalgas que van a colmarlo de gozo; el duque empuja, el financiero traga y, transportado por aquel exceso de crápula, descarga jurando que jamás experimentó tanto placer.
—Duelos —dijo el duque—, ven a devolverme lo que he dado a Durcet.
—Monseñor —respondió nuestra narradora—, ya sabéis que lo hice esta mañana y que incluso lo tragasteis.
—¡Ah, es verdad, es verdad! —dijo el duque—. Bueno, querida Martaine, debo recurrir a ti, pues, porque no quiero un culo de niño; siento que mi semen quiere salir y, no obstante, no lo hará más que con cierto esfuerzo, por lo cual quiero algo singular.
Pero la Martaine se hallaba en el mismo caso que la Duelos, pues Curval la había hecho cagar por la mañana.
—¡Cómo, Recristo! —exclamó el duque—. ¿No encontraré una cagada, esta noche?
Y entonces Thérése avanzó y fue a ofrecerle el culo más sucio, más ancho y más apestoso que fuese posible ver.
—¡Ah! Pásame esto —dijo el duque, acomodándose—, ¡y si en el desorden en que me hallo este culo infame no produce efecto, ya no sé a qué tendré que recurrir!
Teresa empuja, el duque recibe; el incienso era tan horrendo como el templo del que se exhalaba, pero cuando se tiene una erección como la del duque nunca se queja uno del exceso de porquería. Embriagado de voluptuosidad, el rufián lo traga todo y hace saltar a las narices de la Duclos, que lo masturba, las pruebas más indiscutibles de su vigor masculino.
Sentáronse a la mesa, las orgías fueron consagradas a las penitencias; aquella semana había siete delincuentes: Zelmira, Colomba, Hébé, Adonis, Adelaida, Sofía y Narciso; la tierna Adelaida no fue tratada con dulzura. Zelmira y Sofía se llevaron también las marcas del trato que sufrieron y, sin dar más detalles, porque las circunstancias no nos lo permiten aún, todos fueron a acostarse y a recuperar en brazos de Morfeo las fuerzas necesarias par volver a ofrecer sacrificios a Venus.
- Primera parte
- Reglamento y personajes
- Jornada 1
- Jornada 2 y 3, y cuadro de los proyectos del resto del viaje
- Jornada 4 y 5
- Jornada 6 y 7
- Jornada 8 a 11
- Jornada 12 a 14 (esta página)
- Jornada 15 a 17 (página siguiente)
- Jornada 18 a 23
- Jornada 24 a 27
- Jornada 28 a 30
- Segunda parte
- Tercera parte
- Cuarta parte