Las 120 jornadas de Sodoma/Primera parte/Jornada 15 a 17
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Primera parte de Las 120 jornadas de Sodoma, novela del Marqués de Sade (1740-1814)
[editar] Decimoquinta jornada
El día siguiente al de las correcciones rara vez ofrecía algún culpable. No hubo ninguno aquel día, pero, estrictos siempre en cuanto a los permisos de cagar por la mañana, sólo se concedió este favor a Hércules, Mimí, Sofía y la Desgrangés, y Curval creyó descargar viendo cómo obraba esta última. A la hora del café se hicieron pocas cosas, se contentaron con manosear algunas nalgas y chupar algunos agujeros de culo y, al dar la
hora, fueron inmediatamente a instalarse en el salón de historia donde la Duelos reanudó la suya en estos términos:
Acababa de llegar a casa de la Fournier una muchacha de unos doce a trece años, fruto una vez más de las seducciones de aquel hombre singular de quien os he hablado; pero dudo que desde hacía mucho tiempo hubiese corrompido nada tan lindo, tan lozano y tan bonito. Era rubia, alta para su edad, hecha como para pintarla, rasgos tiernos y voluptuosos, los ojos más bellos que puedan verse y en toda su encantadora persona un conjunto dulce e interesante que acababa de hacerla más hechicera. Pero ¡a qué envilecimiento iban a ser entregados tantos atractivos y qué principio vergonzoso se les preparaba! Era hija de una vendedora de lencería de palacio muy acomodada, y ciertamente estaba destinada a una suerte más dichosa que la de hacer de puta, Pero cuanta más felicidad hacían perder a sus víctimas sus pérfidas seducciones, más gozaba nuestro hombre. La pequeña Lucila estaba destinada a satisfacer desde su llegada los caprichos sucios y repugnantes de un hombre que, no contento con tener el gusto más depravado, quería además ejercerlo en una virgen.
Llegó: era un viejo notario colmado de oro y que poseía, con la riqueza, toda la brutalidad que dan la avaricia y la lujuria cuando se reúnen en un alma vieja. Le enseñan la niña; por bonita que fuese ésta, su primer movimiento es de desdén; rezonga, jura entre dientes que ahora ya no es posible encontrar en París una muchacha bonita; pregunta por fin si verdaderamente es virgen, le aseguran que sí, le ofrecen mostrárselo.
—¿Yo, ver un coño, señora Fournier, yo, ver un coño? No lo piensa usted, supongo. ¿Me ha visto usted contemplar muchos desde que vengo a su casa? Me sirvo de ellos, es verdad, pero de una manera, creo, que no demuestra que les tenga mucho afecto.
—¡Y bien!, señor —dijo la Fournier—, en este caso confíe en nosotras, le juro que es tan virgen como una recién nacida.
Subimos y, como podéis imaginaros, curiosa yo por aquella entrevista, voy a establecerme ante mi agujero. La pobre pequeña Lucila tenía una vergüenza que sólo podría describirse con las expresiones superlativas que sería necesario emplear para describir la procacidad, la brutalidad y el malhumor de su sexagenario amante.
—¡Y bien!, ¿qué haces ahí, de pie como una imbécil? —le dice en tono brusco—. ¿Tengo que decirte que te levantes las faldas? ¿No hace ya dos horas que debería haber visto tu culo?... ¡Bueno, vamos!
—Pero, señor, ¿qué debo hacer?
—¡Ah, rediós! ¿Esto se pregunta?... ¿Qué debes hacer? Tienes que levantarte la falda y enseñarme las nalgas.
Lucila obedece temblando y descubre un culito blanco y lindo como debía ser el de la misma Venus.
—Hum... Hermosa medalla —dice el brutal individuo—... Acércate...
Luego, le agarra duramente las dos nalgas, las separa y le pregunta:
—¿Estas bien segura que nunca te han hecho nada por aquí? —¡Oh, señor! Nunca me ha tocado nadie. —¡Vamos!, pee.
—Pero, señor, no puedo.
—¡Y bien!, esfuérzate.
Ella obedece, un ligero viento se escapa y resuena en la boca emponzoñada del viejo libertino, que se deleita con ello mientras murmura.
—¿Tienes ganas de cagar? —prosigue el libertino.
—No, señor.
—¡Oh, bien! Yo sí las tengo, y copiosamente, para que lo sepas; por lo tanto, prepárate a satisfacerme... Quítate esas faldas.
Desapaceren.
—Túmbate en este sofá, con los muslos muy altos y la cabeza bien baja.
Lucila se coloca, el viejo notario la dispone de manera que sus piernas muy separadas dejen su lindo coñito lo más abierto posible y tan bien colocado a la altura del trasero de nuestro hombre que éste pueda servirse de él como orinal. Tal era su celeste intención y, para hacer más cómodo el recipiente, empieza a abrirlo con sus dos manos con toda su fuerza. Se acomoda, empuja, un trozo de cagada se posa en el santuario donde el amor mismo no hubiera rehusado tener un templo. Se vuelve y con sus dedos hunde tanto como puede en la vagina entreabierta el sucio excremento que acaba de depositar. Vuelve a acomodarse, expele un segundo, luego un tercero y siempre con cada uno la misma ceremonia de introducción. Por fin, con el último, lo hizo con tanta brutalidad que la pequeña lanzó un grito y quizás perdió en aquella repugnante operación la flor preciosa con que la naturaleza la había adornado para entregarla solamente en el himeneo. Aquél era el instante de gozo para nuestro libertino: haber llenado de mierda el joven y lindo coñito, introducírsela y volver a introducírsela, era su delicia suprema; mientras actúa se saca de la bragueta una especie de verga blanda, la sacude y logra, mientras sigue ocupado en su repugnante tarea, derramar en el suelo algunas gotas de su esperma escaso y mustio, cuya pérdida debería lamentar por ser debida solamente a semejantes infamias. Terminado el asunto se larga, Lucila se lava, y ya está dicho todo.
Me endilgaron a uno, poco tiempo después, cuya manía me pareció más repugnante; era un viejo consejero de la alta cámara. No solamente había que contemplarle mientras cagaba, sino ayudarlo, facilitar con mis dedos la salida de la materia apretando, abriendo y comprimiendo a propósito el ano, y hecha la operación limpiar cuidadosamente con mi lengua toda la parte que se había ensuciado.
—¡Ah, pardiez! He aquí, en efecto, una tarea bien fatigosa —dijo el obispo—. ¿Acaso estas cuatro damas que se hallan aquí y que son, no obstante, nuestras esposas, nuestras hijas o nuestras sobrinas, no tienen esta obligación todos los días? ¿Y para qué diablos serviría, por favor, la lengua de una mujer, si no fuese para limpiar culos? Por mi parte, no le conozco otro empleo.
Constanza —prosiguió el obispo, dirigiéndose a la bella esposa del duque que estaba entonces en su sofá— de muestra un poco a la Duelos tu habilidad en este aspecto; toma: aquí tienes mi culo bien sucio, no ha sido limpiado desde la mañana, te lo guardaba. Vamos, despliega tus facultades.
Y la infeliz, demasiado acostumbrada a esos horrores, los ejecuta como una mujer consumada. ¡Qué no producirán, gran Dios, el miedo y la esclavitud!
—¡Oh, pardiez! —dijo Curval, presentando su asqueroso agujero cenagoso a la encantadora Alina—. No serás tú el único en dar ejemplo aquí. Vamos, putita —dijo a la bella y virtuosa muchacha—, supera a tu compañera.
Y la orden se ejecuta.
—Vamos, continúa, Duclos —dijo el obispo—; sólo queríamos demostrarte que tu hombre no exigía nada singular y que una lengua de mujer no es buena más que para limpiar un culo.
La amable Duclos se echó a reír y continuó con lo que se va a leer:
Me permitiréis, señores —dijo—, que interrumpa por un instante los relatos de las pasiones para comunicaros un acontecimiento que no tiene ninguna relación con ellas; sólo se refiere a mí, pero como me habéis ordenado que siga los sucesos interesantes de mi historia aun cuando no tengan que ver con la descripción de los gustos, he creído que éste es de tal tipo que no debía quedar en silencio.
Hacía mucho tiempo que estaba en casa de la señora Fournier, era la más antigua de su serrallo y aquella en quien tenía más confianza. Con la mayor frecuencia era yo quien arreglaba las citas y quien recibía los fondos. Aquella mujer me había hecho de madre, me había socorrido en diferentes necesidades, me había escrito fielmente a Inglaterra, me había abierto amistosamente su casa a mi regreso, cuando mi trastornada situación me hizo desear en ella un nuevo asilo. Veinte veces me había prestado dinero y, a menudo, sin exigirme su devolución. Llegó el momento de de mostrarle mi reconocimiento y de responder a la extremada confianza que me tenía, y vosotros juzgaréis, señores, cómo mi alma se abría a la virtud y le daba acceso fácil: la Fournier cayó enferma y su primer cuidado fue el de hacerme llamar.
—Duclos, hija mía, te quiero —me dijo—, tú lo sabes y voy a probártelo con la extremada confianza que pondré en ti en este momento. Te considero, a pesar de tu mala cabeza, incapaz de engañar a una amiga, heme aquí muy enferma, soy vieja, y no sé, por consiguiente, lo que va ser de mí. Tengo parientes que van a echarse encima de mi sucesión, quiero cuanto menos sustraerles cien mil francos que tengo en oro en este cofrecito; toma, hija mía —dijo—, aquí los tienes, te los entrego exigiéndote que dispongas de ellos del modo que voy a prescribirte.
—Oh, mi querida madre —le dije tendiéndole los brazos—, estas precauciones me llenan de desolación; seguramente serán inútiles, pero si desgraciadamente llegasen a ser necesarias, le juro que cumpliré sus intenciones con exactitud.
—Lo creo, hija mía —me dijo—, y por esto he puesto mis ojos en ti; este cofrecito, pues, contiene cien mil francos en oro; tengo algunos escrúpulos, querida amiga, algunos remordimientos por la vida que he llevado, por la cantidad de muchachas que he arrojado al crimen y he arrebatado a Dios; quiero, pues, emplear dos medios para hacer a la divinidad menos severa conmigo: el de la limosna y el de la oración. Las dos primeras partes de esta suma, que serán de quince mil francos cada una, las entregarás una a los capuchinos de la calle Saint-Honoré, a fin de que esos buenos padres celebren a perpetuidad una misa por la salvación de mi alma; la otra parte, de la misma cantidad, en cuanto yo haya cerrado los ojos, la entregarás al cura de la parroquia para que la distribuya en limosnas entre los pobres del barrio. Es una cosa excelente la limosna, hija mía; nada como ella redime a los ojos de Dios los pecados que hemos cometido en la Tierra. Los pobres son sus hijos y El quiere que todos sean socorridos; nada le complace tanto como las limosnas. ¡Esta es la verdadera manera de ganar el cielo, hija mía! En cuanto a la tercera parte, será de sesenta mil libras, que entregarás, inmediatamente después de mi muerte, al llamado Petignon, aprendiz de zapatero, calle del Bouloir; ese desdichado es mi hijo, él no lo sospecha, es un bastardo adulterino, quiero darle a ese infeliz huérfano, al morir, pruebas de mi ternura. En lo que respecta a las otras diez mil libras restantes, mi querida Duclos, te ruego que te las guardes como una pequeña prueba de mi afecto por ti y para compensarte de las molestias que te ocasionará el empleo del resto. Ojalá pudiera esta pequeña suma ayudarte a tomar un partido y a abandonar el indigno oficio que ejercemos, en el cual no hay salvación ni esperanzas de conseguirla jamás.
Encantada interiormente de tener en mis manos una suma tan considerable y bien decidida, por miedo a confundirme en las divisiones, de no hacer más que una única parte para mí sola, me eché con lágrimas artificiales en los brazos de mi vieja matrona, repitiéndole mis juramentos de fidelidad, y ya no me ocupé sino de los medios de impedir que un cruel retorno de la salud le hiciera cambiar su decisión. Este medio se presentó ya al día siguiente: el médico ordenó un emético y, como era yo quien la cuidaba, fue a mí a quien entregó el paquete, advirtiéndome que había en él dos tomas, que tuviese buen cuidado de separarlas, porque la haría reventar si se lo daba todo a la vez y que no le administrase la segunda dosis más que en el caso de que la primera no produjese suficiente efecto. Prometí al esculapio que tendría todo el cuidado posible y, en cuanto hubo vuelto la espalda, desterrando de mi corazón todos aquellos fútiles sentimientos de agradecimiento que hubieran detenido a un alma débil, apartando de mí todo arrepentimiento y toda debilidad y sin tener en consideración más que mi oro, que el dulce encanto de poseerlo, y el delicioso cosquilleo que se experimenta siempre cada vez que se proyecta una mala acción, pronóstico cierto del placer que proporcionará, sin entregarme a nada más que a todo eso, digo, vertí inmediatamente las dos tomas en un vaso de agua y presenté la bebida a mi dulce amiga, la cual, después de tragarla bien segura encontró pronto en ella la muerte que yo había tratado de procurarle.
No puedo describiros lo que sentía al ver el éxito de mi obra; cada uno de los vómitos con los que su vida se exhalaba producía una sensación verdaderamente deliciosa en toda mi organización; la escuchaba, la miraba, estaba exactamente en plena embriaguez. Ella me tendía los brazos, me dirigía un último adiós, y yo gozaba y hacía ya mil proyectos con aquel oro que iba a poseer. No fue largo; la Fournier reventó aquella misma noche y yo fui dueña del bolsón.
—Duclos —dijo el duque—, sé sincera: ¿te masturbaste, la sensación fina y voluptuosa del crimen alcanzó al órgano de la voluptuosidad?
—Sí, monseñor, os lo confieso; y aquella misma noche descargué mi flujo cinco veces seguidas.
—Es verdad, pues —dijo el duque, con exaltación—, es verdad que el crimen por sí mismo tiene tal atractivo que, independientemente de toda voluptuosidad, puede bastar para que se inflamen todas las pasiones y para arrojar en el mismo delirio que los propios actos lúbricos.
¿Y luego...?
—Y bien, señor duque, hice enterrar honorablemente a la patrona, heredé al bastardo Petignon, me guardé muy bien de hacer celebrar misas y todavía más de distribuir limosnas, especie de acción por la que siempre he sentido verdadero horror, por muy bien que hubiese hablado de ella la Fournier. Sostengo que es necesario que haya desgraciados en el mundo, que la naturaleza lo quiere, lo exige, y que es ir contra sus leyes pretender que se restablezca el equilibrio, si ella ha querido el desorden.
—Pero cómo, Duclos —dijo Durcet—, tienes principios! Me complace mucho verte así; todo alivio procurado al infortunio es un crimen real contra el orden de la naturaleza. La desigualdad que ha puesto entre nuestros individuos demuestra que esta discordancia le gusta puesto que la ha establecido, y que la quiere tanto en las fortunas como en los cuerpos. Y al igual que le está permitido al débil repararla por medio del robo, le está también permitido al fuerte restablecerla negando sus socorros. El universo no subsistiría ni un instante si el parecido entre todos los seres fuese exacto, de esta desemejanza nace el orden que lo conserva y lo conduce todo, Por lo tanto, hay que guardarse muy bien de perturbarla; por otra parte, creyendo hacer un bien a esa desdichada clase de hombres, se hace mucho daño a otra, Pues el infortunio es el criadero a donde el rico va a buscar los objetos de su lujuria o de su crueldad; le privo de esta rama de su placer al impedir con mis socorros que esta clase se le entregue. No he beneficiado, pues, con mis limosnas más que débilmente a una parte de la raza humana, y perjudicado extraordinariamente a la otra. Considero, pues, la limosna, no sólo como una cosa mala en sí misma, sino además la considero como un crimen real hacia la naturaleza, la cual, al indicarnos las diferencias, no ha pretendido de ningún modo que las anulemos. Así, lejos de ayudar al pobre, de consolar a la viuda y de socorrer al huérfano, si obro según las verdaderas intenciones de la naturaleza no solamente los dejaré en el estado en que ella los ha puesto, sino que incluso ayudaré a sus objetivos prolongándoles ese estado y oponiéndome vivamente a que salgan de él, y en cuanto a esto consideraré que todos los medios me son permitidos.
¡Cómo! —dijo el duque—, ¿incluso robarlos o arruinarlos?
—Ciertamente —dijo el financiero—; incluso aumentar su número, puesto que su clase sirve a otra y que, al multiplicarlos, si causo algo de pena a una, haré mucho bien a la otra.
—He aquí un sistema bien duro, amigos míos —dijo Curval—. Sin embargo, dicen, ¡es tan dulce hacer bien a los desdichados!
—¡Error! —replicó Durcet—. Este goce no se sostiene frente el otro; el primero es quimérico, el otro es real; el primero se debe a los prejuicios, el otro se funda en la razón; uno, por medio del orgullo, la más falsa de todas nuestras sensaciones, puede cosquillear el corazón por un instante, el otro es un verdadero goce del espíritu que inflama todas las pasiones por lo mismo que contradice las opiniones comunes. En una palabra, uno me pone en erección —añadió Durcet—, mientras que con el otro siento muy poca cosa.
—Pero ¿es necesario referirlo siempre todo a los sentidos? —preguntó el obispo.
—Todo, amigo mío —dijo Durcert—; sólo ellos deben guiarnos en todas las acciones de la vida, porque sólo su voz es verdaderamente imperiosa.
—Pero de este sistema pueden nacer miles y miles de crímenes —dijo el obispo.
—¡Eh! ¡Qué me importa el crimen —respondió Durcet—, con tal que me deleite! El crimen es un modo de la naturaleza, una manera con la que mueve al hombre. ¿Por qué no quieres que me deje mover por ella en este sentido tanto como en el de la virtud? Ella tiene necesidad del uno y de la otra y tan bien la sirvo con el uno como con la otra. Pero henos enfrascados en una discusión que nos llevaría demasiado lejos, se acerca la hora de la cena y a la Duclos le falta mucho para terminar su tarea. Prosigue, encantadora muchacha, prosigue, y cree que acabas de confesarnos una acción y unos sistemas que te han ganado para siempre nuestra estima, así como la de todos los filósofos.
Mi primera idea, después del entierro de mi buena patrona, fue tomar su casa y regirla como había hecho ella. Comuniqué este proyecto a mis compañeras, las cuales, todas, y sobre todo Eugénie, que continuaba siendo mi bien amada, prometieron considerarme como su mamá. Ya no era tan joven para no poder aspirar a tal título, tenía cerca de treinta años y toda la cordura que se precisaba para dirigir el convento. Así, señores, no es como mujer pública como terminaré el relato de mis aventuras, sino como abadesa, bastante joven y bastante linda para practicar tal oficio yo misma, como ocurrió a menudo y como tendré cuidado de ponerlo de manifiesto cada vez que se presente la ocasión. Todos los clientes de la Fournier siguieron siéndolo, y tuve la habilidad de atraer aún a otros, tanto por la limpieza de mis aposentos como por la excesiva sumisión de mis pupilas a todos los caprichos de los libertinos y por la feliz elección de mis individuos.
El primer cliente que llegó fue un viejo tesorero de Francia, antiguo amigo de la Fournier; le di a la joven Lucila, con la cual pareció entusiasmado. Su manía usual, tan sucia como desagradable para la muchacha, consistía en cagar sobre la misma cara de su dulcinea, ensuciarla todo el rostro con su mierda y después besarla, chuparla en tal estado. Lucila, por amistad a mí, dejó hacer al viejo sátiro todo lo que quiso, el cual le eyaculó sobre el vientre y luego besó varias veces su repugnante obra.
Poco después vino otro cliente, que le correspondió a Eugénie. Se hacía llevar un tonel lleno de mierda, en el que sumergía a la muchacha, desnuda, y le lamía todas las partes del cuerpo tragaba la porquería hasta que ella quedaba tan limpia como cuando la había tomado. Este hombre era un famoso abogado, muy rico y conocido y que como poseía escasas facultades para gozar de las mujeres, compensaba su inferioridad mediante este libertinaje, que le había gustado siempre.
El marqués de..., antiguo cliente de la Fournier, vino poco después de su muerte para testimoniarme su benevolencia. Me aseguró que continuaría visitándonos, y, como prueba de ello, aquella misma noche se ocupó con Eugénie. La pasión de aquel viejo libertino consistía en besar primero prodigiosamente la boca de la muchacha; tragaba tanta saliva de ella como podía, luego le besaba las nalgas durante un cuarto de hora, le hacía lanzar pedos y finalmente pedía lo importante. Al terminar guardaba la cagada en su boca y, haciendo inclinar sobre él a la muchacha, que con una mano lo tenía cogido y con la otra se la meneaba, mientras gozaba el placer de esta masturbación cosquilleando el agujero mierdoso, era preciso que la muchacha comiese la mierda que acababa de dejarle en la boca. Aunque pagaba muy caro este capricho, encontraba pocas muchachas que quisieran prestarse a ello; por eso el marqués empezó a cortejarme; estaba tan interesado en ser mi cliente que yo podía contar con su asiduidad.
En aquel momento, el duque, excitado, dijo que antes que sonara la llamada para la cena quería efectuar esta última fantasía. Y he aquí lo que hizo: ordenó a Sofía que se acercara, recibió su cagada en la boca, luego obligó a Zelamiro a que se comiera la mierda de Sofía. Esta manía hubiera podido convertirse en un goce para cualquier otro que no hubiese sido Zelamiro; pero al no estar suficientemente formado para tomarle gusto, sólo experimentó repugnancia, y quiso retirarse. Pero como el duque lo amenazó con toda su cólera si continuaba un minuto más con sus melindres, obedeció las órdenes. La idea fue juzgada tan agradable que todos lo imitaron más o menos, porque Durcet pretendió que era necesario compartir los favores, y que no era justo que los muchachitos comiesen la mierda de las muchachas mientras que éstas no tenían nada para ellas, y en consecuencia, hizo que Céfiro cagara dentro de su boca y ordenó a Agustina que acudiese a comer tal mermelada, cosa que la bella e interesante muchacha hizo, presa de una terrible náusea.
Curval imitó este cambio y recibió la cagada de su querido Adonis, que Mimí se comió no sin imitar la repugnancia de Agustina; en cuanto al obispo, imitó a su hermano e hizo cagar a la delicada Zelmira, al tiempo que obligaba a Celadón a tragar la confitura. Hubo detalles repugnantes de mucho interés para libertinos que consideraban que los tormentos infligidos son goces. El obispo y el duque descargaron, los otros dos, o no pudieron o no quisieron, y pasaron a la cena. En ella se ponderó mucho la acción de la Duelos.
—Ha tenido el valor de darse cuenta —dijo el duque, que la protegía decididamente— de que el agradecimiento era una quimera, y que sus lazos no debían detener ni interrumpir los efectos del crimen, porque el sujeto que nos ha servido no tiene ningún derecho sobre nuestro corazón; sólo ha trabajado para él, su sola presencia es una humillación para un alma fuerte, y es preciso odiarlo o deshacerse de él.
—Eso es tan verdad —dijo Durcet— que nunca veremos que un hombre de ingenio trate de buscar el agradecimiento. Convencido de que se creará enemigos, no lo intentará.
—Quien os sirve no trabaja para daros placer —dijo el obispo—, sino para ponerse por encima de vos mediante sus servicios. ¿Qué merece, pues, tal proyecto? Al servirnos no dice: os sirvo porque quiero haceros bien, sino que afirma: os complazco para rebajaros y para ponerme encima de vos.
—Esas reflexiones —dijo Durcet— demuestran pues el abuso de los servicios que se hacen y cuán absurda es la práctica del bien. Pero, se nos dice, es para uno mismo; que ello sea para aquellos cuya debilidad de alma puede prestarse a esos pequeños goces, pero los que son como nosotros serían muy bobos si se prestasen a tal cosa.
Como estas teorías calentaron las cabezas de los amigos, se bebió mucho y fueron a celebrar las orgías, para las cuales nuestros indefectibles libertinos imaginaron mandar a acostarse a los muchachitos y pasar una parte de la noche bebiendo, sólo con las cuatro viejas y las cuatro narradoras, y entregarse, a cual mejor, a toda clase de infamias y atrocidades. Como entre aquellas doce interesantes personas no había una sola que no mereciera la cuerda o la rueda varias veces, dejo al lector que se imagine todo lo que allí se dijo. De las palabras se pasó a los actos, el duque se calentó, y no sé por qué ni cómo, pero el caso es que, según se dijo, Thérése llevó durante algún tiempo sus marcas. Sea como fuere, dejemos a nuestros actores pasar de sus bacanales al casto lecho de sus esposas, que les habían sido preparados para aquella noche, y veamos qué pasó al día siguiente.
[editar] Decimosexta jornada
Todos nuestros héroes se levantaron frescos como si llegaran de confesarse, excepto el duque, que empezaba a agotarse un poco. Se acusó de ello a la Duclos; era seguro que esa mujer había adquirido enteramente el arte de procurarle voluptuosidades y que él confesó que no descargaba lúbricamente más que con ella. Tan verdad es que para esas cosas todo depende absolutamente del capricho, que la edad, la belleza, la virtud, todo esto no tiene ninguna influencia, que sólo es cuestión de cierto tacto, que con más frecuencia poseen las bellezas otoñales que aquellas, carentes de experiencia, a las que la primavera corona todavía con todos sus dones.
Había también otra criatura en el grupo que empezaba a hacerse muy amable y muy interesante, era Julia. Ya anunciaba imaginación, desenfreno y libertinaje. Suficientemente política para comprender que necesitaba protección, bastante falsa para acariciar incluso a aquellos que quizás en el fondo no le importaban nada, se hacía amiga de la Duclos para tratar de mantenerse siempre un poco en el favor de su padre, de quien sabía que tenía influencia en el grupo. Cada vez que le tocaba el turno de acostarse con el duque, se unía tan bien a la Duclos, empleaba tanta habilidad y tanta complacencia, que el duque tenía siempre la seguridad de obtener eyaculaciones deliciosas cuando aquellas dos criaturas se aplicaban a procurárselas. Sin embargo, se hastiaba prodigiosamente de su hija y quizás ésta, sin el auxilio de la Duclos, que la apoyaba con toda su influencia, no hubiera logrado jamás sus objetivos. Su marido, Curval, estaba más o menos en el mismo caso; y, aunque por medio de su boca y de sus besos impuros obtuvo todavía de él algunas eyaculaciones, la repugnancia, sin embargo, persistía; habríase dicho que hasta nacía bajo el mismo fuego de los impúdicos besos. Durcet la estimaba poco y sólo había logrado hacerlo eyacular dos veces desde que estaban reunidos. Ya no le quedaba por lo tanto, más que el obispo, a quien gustaba mucho su jerga libertina y le encontraba el culo más hermoso del mundo; cierto es que lo poseía como el de la propia Venus. Se arrimó, pues, de ese lado, puesto que quería absolutamente complacer, al precio que fuese; como sentía la extrema necesidad de una protección, quería obtenerla.
Aquel día sólo aparecieron en la capilla Hébé, Constanza y la Martaine, y por la mañana no se halló a nadie en falta. Cuando los tres sujetos hubieron hecho su deposición, Durcet tuvo ganas de lo mismo. El duque, quien desde la mañana rondaba en torno a su trasero, aprovechó aquel momento para satisfacerse y se encerraron en la capilla únicamente con Constanza, a la que hicieron quedarse para el servicio. El duque se satisfizo, y el pequeño financiero le cagó completamente en la boca. Aquellos señores no se contentaron con esto, y Constanza dijo al obispo que los dos juntos habían cometido infamias durante media hora seguida. Ya lo he dicho... eran amigos de la infancia y desde entonces no habían dejado de recordar su placer de colegiales. En cuanto a Constanza, sirvió de poco en aquella reunión; limpió culos, chupó y masturbó algunas vergas, a todo lo más.
Se pasó al salón donde, después de un poco de conversación entre los cuatro amigos, fueron a anunciarles la comida. Fue espléndida y libertina como de ordinario y, después de algunos manoseos y besos libertinos y varias frases escandalosas que la sazonaron, se pasó al salón, donde se encontraban Céfiro y Jacinto, Mimí y Colomba, para servir el café. El duque jodió a Mimí entre los muslos, y Curval a Jacinto; Durcet hizo cagar a Colomba y el obispo metió la verga en la boca de Céfiro; Curval, volviendo a acordarse de una de las pasiones descritas la víspera por la Duelos, quiso cagar en el coño de Colomba; la vieja Thérése, que participaba en el café, la colocó, y Curval actuó. Pero, como hacía unas defecaciones prodigiosas y proporcionadas a la inmensa cantidad de víveres con que se atiborraba cada día, casi todo se derramó en el suelo y sólo, por así decir, ensució, superficialmente aquel lindo coñito virgen que no parecía destinado por la naturaleza, indudablemente a placeres tan cochinos.
El obispo, deliciosamente masturbado por Céfiro, perdió su semen filosóficamente, uniendo al placer que sentía el del delicioso cuadro de que era espectador; estaba furioso, regañó a Céfiro, regañó a Curval, se metió con todo el mundo. Le hicieron tragar un gran vaso de elixir para reparar sus fuerzas, Mimí y Colomba lo acostaron en un sofá para que hiciera la siesta y no se separaron de él. Despertó bastante restablecido y, para devolverle mejor aún sus fuerzas, Colomba lo chupó un rato: su instrumento volvió a mostrar la nariz, y se pasó al salón de historia. Aquel día el obispo tenía a Julia en su sofá; como la quería bastante, esta vista le devolvió un poco el buen humor. El duque tenía a Alina, Durcet a Constanza y el presidente a su hija. Todo estaba dispuesto, la bella Duelos se instaló en su trono y empezó de esta manera:
Es completamente falso decir que el dinero adquirido por medio de un crimen no aporta la felicidad. Ningún sistema es tan falso, respondo de ello; todo prosperaba en mi casa; nunca la Fournier había tenido tantos clientes. Fue entonces cuando se me pasó por la cabeza una idea algo cruel, lo confieso, pero que, no obstante, me atrevo a presumir de ello, señores, no os desagradará de ningún modo. Me pareció que cuando no se ha hecho a alguien el bien que debía hacérsele, había cierta voluptuosidad malvada en hacerle el mal, y mi pérfida imaginación me inspiró esta travesura libertina contra aquel mismo Petignon, hijo de mi benefactora, a quien había sido encargada de entregar una fortuna bien atractiva, sin duda, para el infeliz y que yo empezaba ya a derrochar en locuras. He aquí lo que suscitó la ocasión de ello: aquel desdichado zapatero, casado con una pobre mujer de su condición, tenía como único fruto de aquel himeneo infortunado una hija de unos doce años, y que, según me había sido descrita, unía a los rasgos infantiles todos los atributos de la más tierna belleza. Aquella niña, a la que criaban pobremente, pero con todo el cuidado que podía permitir la indigencia de sus padres, que estaban encantados con ella, me pareció una excelente presa.
Petignon no iba jamás a la casa, ignoraba los derechos que tenía sobre ella; pero en cuanto la Fournier me hubo hablado de él, mi primer cuidado fue el de hacerme informar sobre él y todas sus circunstancias, y fue así como me enteré de que poseía un tesoro en su casa. Al mismo tiempo, el conde de Mesanges, libertino famoso y de profesión, de quien la Desgrangés tendrá sin duda más de una vez ocasión de hablaros, se dirigió a mí para que le procurase una virgen que llegase a los trece años, y esto al precio que fuese. Ignoro lo que quería hacer con ella, pues en este aspecto no era considerado como un hombre muy riguroso, pero ponía como condición, después de que unos expertos hubiesen comprobado la virginidad de la muchacha, comprármela por una suma prescrita, y que a partir de aquel momento no trataría ya con nadie más, teniendo en cuenta, decía, que la niña sería llevada a otro país y no volvería jamás a Francia.
Como el marqués era uno de mis clientes, y pronto lo veréis en escena en persona, puse manos a la obra para satisfacerlo, y la pequeña de Petignon me pareció ser positivamente lo que él necesitaba. Pero ¿cómo llevársela? La niña no salía nunca, la instruían en su misma casa, la guardaban con una sensatez y una circunspección que no dejaba ninguna esperanza. No me era posible por entonces emplear a aquel famoso corruptor de muchachas de quien he hablado; estaba en aquel momento en el campo, y el marqués me metía prisa. No encontré, pues, más que un medio, el cual no podía servir mejor para la pequeña maldad secreta que me llevaba a cometer aquel crimen, ya que lo hacía más grave. Resolví crearles problemas al marido y a la mujer, tratar de hacerlos encerrar a ambos y así, encontrándose con la pequeña menos vigilada o en casa de amigos, me sería fácil atraerla a mi trampa. Les lancé, pues, un procurador amigo mío, hombre hábil de quien estaba segura para semejantes golpes de mano; se informó, desenterró acreedores, los excitó, los apoyó, y dicho brevemente, a los ocho días marido y mujer estaban en la cárcel. A partir de aquel momento todo se volvió fácil; una diestra secuaz se acercó pronto a la niña abandonada en casa de unos vecinos pobres, y la trajo a mi casa. Todo respondía en su exterior: tenía la piel más dulce y más blanca, los pequeños atractivos más redondeados, mejor formados... En una palabra, era difícil encontrar una niña más bonita que aquella.
Como me costaba unos veinte luises contantes y sonantes y el marqués quería dar por ella una suma prescrita, después de cuyo pago no quería ni oír hablar del asunto ni tratar con nadie, se la dejé en cien luises, y puesto que era esencial para mí que mis manejos no trascendieran nunca, me contenté con ganar sesenta luises en aquel negocio, ya que entregué aún veinte de ellos a mi procurador para que enredara las cosas de tal manera que el padre y la madre de la niña no pudiesen tener noticias de su hija durante mucho tiempo. Las tuvieron; la huida de la hija fue imposible de ocultar. Los vecinos culpables de negligencia se excusaron como pudieron y, por lo que hace al querido zapatero y a su esposa, mi procurador obró tan bien que jamás pudieron remediar ese accidente, porque murieron ambos en la cárcel después de once años de cautiverio. Yo gané doblemente con aquella pequeña desgracia, ya que al mismo tiempo que me aseguraba la posesión de la niña que había vendido, también me aseguraba la de sesenta mil francos que me habían entregado para él. En cuanto a la niña, el marqués me había dicho la verdad; jamás volví a oír hablar de ella, y será probablemente la señora Desgrangés quien terminará su historia.
Es hora de volver a la mía y a los acontecimientos cotidianos que pueden ofreceros los detalles voluptuosos cuya lista hemos interrumpido.
—¡Oh, pardiez! —dijo Curval—, me gusta con locura tu prudencia; hay aquí una maldad reflexiva, un orden que me complace a más no poder. Y además la travesura de haber ido a dar el último golpe a una víctima a la que sólo accidentalmente habías lastimado, me parece un refinamiento de infamia que puede colocarse al lado de nuestras obras maestras.
—Yo quizás hubiera hecho algo peor —dijo Durcet—, pues al final esas personas podían obtener su liberación; hay tantos bobos en el mundo que sólo sueñan en socorrer a esa clase de gente. Mientras durasen, su vida significaba inquietudes para ti.
—Señor —dijo la Duclos—, cuando no se tiene en el mundo la influencia de que vos gozáis, y hay que emplear gente inferior para las bribonadas, la circunspección es a menudo necesaria y uno entonces no se atreve a realizar todo lo que quisiera hacer.
—Justo, justo —dijo el duque—; no podía hacer nada más, ella.
Y esa amable criatura reanudó así la continuación de su relato:
Es horrendo, señores —dijo la bella mujer—, tener que hablaros aún de ignominias parecidas a las que os expongo desde hace varios días; pero habéis exigido que reúna todo lo que a ellas se refiera y que no deje nada velado. Tres ejemplos más de esas atroces porquerías y pasaremos a otras fantasías.
El primero que os citaré es el de un viejo director de presidios que tenía alrededor de sesenta y seis años. Hacía desnudar completamente a la mujer y, después de haberle acariciado un momento las nalgas con más brutalidad que delicadeza, la obligaba a cagar ante él en el suelo, en medio de la habitación. Cuando había gozado de la perspectiva, iba a su vez a dejar su deposición en el mismo lugar, luego mezclaba ambas con sus manos, obligaba a la mujer a acercarse a gatas para comer la bazofia, mostrando siempre bien el trasero que debía haber tenido el cuidado de conservar mierdoso. El se masturbaba durante la ceremonia y eyaculaba cuando todo había sido comido. Pocas muchachas, como comprenderéis, señores, consentían en someterse a tales cochinadas y, no obstante, él las quería jóvenes y lozanas... Yo las encontraba, porque todo se encuentra en París, pero se las hacía pagar caras.
El segundo ejemplo de los tres que me quedaban por mencionar de este género exigía asimismo una absoluta docilidad por parte de la mujer; pero como el libertino la quería extremadamente joven, me era más fácil encontrar niñas que mujeres hechas que se prestasen a semejantes cosas. Entregué al que voy a citaros una pequeña florista de trece a catorce años, muy bonita; él llega, hace que la muchacha se quite solamente lo que cubre de cintura para abajo; le manoseó por un instante el trasero, le hizo lanzar un pedo, luego se aplicó él mismo cuatro o cinco lavativas, que obligó a la niña a recibir en su boca y a tragar a medida que el chorro caía en su gaznate. Durante aquel tiempo, colocado como a horcajadas sobre el pecho de la niña, con una mano se masturbaba una verga bastante grande y con la otra le machacaba el monte, que para esto debía siempre estar despojado del más leve pelo. Este del que os hablo quiso aún repetir por sexta vez porque no había eyaculado. La niña vomitaba a medida que le pedía que parase, pero él se rió en sus narices y siguió con lo suyo; y hasta la sexta no vi manar su semen.
Por último un viejo banquero viene a proporcionarnos el último ejemplo de estas asquerosidades como principal episodio, porque os advierto que, como accesorios, volveremos a verlas a menudo. Necesitaba una mujer hermosa, pero de cuarenta a cuarenta y cinco años, y con senos extremadamente fláccidos. En cuanto estuvo con ella la hizo desnudarse nada más de la cintura para arriba y, manoseándole brutalmente las tetas, exclamó: "¡Bellas ubres de vaca! ¿Para qué pueden ser buenas unas tripas como estas, sino para limpiar mi culo?". Luego las oprimía, las apretaba una contra otra, las frotaba, las escupía y a veces les ponía encima su pie mugriento diciendo sin cesar que unos senos eran una cosa bien infame y que no concebía a qué había destinado la naturaleza esos pellejos ni por qué había estropeado y deshonrado con ellos el cuerpo de la mujer. Después de todos esos despropósitos, se desnudó completamente. ¡Pero, Dios, qué cuerpo! ¡Cómo describirlo, señores! No era más que una úlcera que goteaba pus incesantemente desde los pies a la cabeza y cuyo olor infecto llegaba hasta la habitación contigua donde yo me hallaba; tal era, no obstante, la bella reliquia que había que chupar.
—¿Chupar? —dijo el duque.
Sí, señores —dijo la Duclos—, chuparlo de la cabeza a los pies sin dejar un solo espacio del tamaño de un luis de oro donde no hubiese pasado la lengua; la mujer que yo le había dado, a pesar de haber sido advertida, en cuanto vio aquel cadáver ambulante retrocedió horrorizada.
—¡Cómo, zorra! —dijo él—. ¿Parece que te repugno? Sin embargo, tienes que chuparme, tu lengua ha de lamer absolutamente todas las partes de mi cuerpo. ¡Ah, no te hagas tanto la melindrosa; otras lo han hecho; vamos, vamos, nada de remilgos!
Mucha razón tiene quien dice que el dinero obliga a todo; la infeliz que yo le había entregado se hallaba en la más extrema miseria, y había dos luises para ganar: hizo todo lo que se requería y el viejo gotoso, encantado de sentir una lengua dulce pasearse por su repugnante cuerpo y suavizar la acritud que lo devoraba, se masturbaba voluptuosamente durante la operación. Cuando ésta hubo terminado y, como supondréis muy bien, no fue sin terribles náuseas por parte de aquella infortunada, cuando hubo terminado, digo, la hizo acostarse en el suelo de espaldas, se puso a horcajadas sobre ella, se le cagó sobre los senos y, apretándolos el uno contra el otro, se limpió con ellos el trasero. Pero de eyaculación no vi nada, y supe algún tiempo después que necesitaba varias operaciones semejantes para hacerlo eyacular; y, como era un hombre que no acostumbraba ir dos veces al mismo lugar, no volví a verlo, de lo cual, en verdad, me alegré mucho.
—A fe mía —dijo el duque—, encuentro muy razonable el fin de la operación de aquel hombre, y nunca he comprendido que unas tetas pudiesen servir realmente para otra cosa que para limpiar culos.
—Es cierto —dijo Curval, que manoseaba con bastante brutalidad las de la tierna y delicada Alina—, es cierto, en verdad, que las tetas son una cosa bien infame. No las veo, nunca sin enfurecerme. Al ver esto, siento cierta náusea, cierta repugnancia... Sólo el coño me hace experimentar otra más intensa.
Y, al mismo tiempo, se metió en su gabinete arrastrando por el seno a Alina y haciéndose seguir por Sofía y Zelmira, las dos mujeres de su serrallo, y por la Fanchón. No se sabe lo que hizo, pero se oyó un gran grito de mujer y poco después los aullidos de su descarga. Volvió, Alina lloraba y sostenía un pañuelo sobre su seno y, como todos esos acontecimientos no producían nunca sensación o, cuanto más, la de la risa, la Duclos reanudó inmediatamente su historia:
Despaché yo misma —dijo—, algunos días después, a un viejo fraile cuya manía, más fatigosa para la mano, no era, sin embargo, tan repugnante para el corazón. Me entregó un gran trasero asqueroso cuya piel parecía pergamino; había que amasárselo, manoseárselo, apretárselo con todas las fuerzas, pero cuando llegué al agujero nada le parecía bastante violento; había que agarrar los pellejos de aquella parte, frotarlos, pellizcarlos, agitarlos fuertemente entre mis dedos, y sólo con la energía de la operación derramaba su semen. Además se masturbaba él mismo y ni siquiera me levantó las faldas. Pero aquel hombre debía tener un furioso hábito de aquella manipulación, pues su trasero, por otra parte blando y colgante, estaba sin embargo revestido de una piel tan gruesa como el cuero.
Al día siguiente, sin duda por los elogios que hizo en su convento de mi manera de obrar, me trajo a uno de sus cofrades, en cuyo culo tenía que aplicar manotazos con todas mis fuerzas; pero éste, más libertino y más observador, previamente visitaba con cuidado las nalgas de la mujer, y mi culo fue besado, lamido diez o doce veces seguidas, cuyos intervalos se llenaban con manotazos en el suyo. Cuando su piel se hubo vuelto escarlata, su verga se enderezó y puedo certificar que era uno de los más bellos instrumentos que yo hubiese manoseado. Entonces me la puso en la mano y me ordenó que lo masturbase mientras continuaba pegándole con la otra mano.
—O me equivoco —dijo el obispo— o nos encontramos en el artículo de las fustigaciones pasivas.
—Sí, monseñor —dijo la Duclos—, y ya que mi tarea de hoy ha terminado, aceptaréis que deje para mañana el comienzo de los gustos de esta naturaleza de los que deberemos ocuparnos durante varias veladas consecutivas.
Como faltaba aún cerca de media hora para la cena, Durcet dijo que, para abrir el apetito, quería tomar algunas lavativas; se sospechó la intención, todas las mujeres se estremecieron, pero la sentencia estaba lanzada, no se retrocedería. Thérése, que aquel día le servía, aseguró que sabía administrarlas de maravilla; de la afirmación pasó a la prueba y, en cuanto el pequeño financiero tuvo las entrañas cargadas, indicó a Rosette que debía acercarse a tender el pico. Hubo un poco de resistencia, un poco de dificultades, pero fue necesario obedecer y la pobre pequeña se tragó dos lavativas, sin perjuicio de devolverlas después, lo cual, como puede imaginarse, no tardó en suceder. Felizmente llegó la hora de la cena, pues sin duda hubiera vuelto a las andadas. Pero la noticia cambió la disposición de todos los ánimos y fueron a ocuparse en otros placeres. En las orgías se hicieron algunas cagadas sobre tetas y se hicieron cagar muchos culos; el duque se comió ante todo el mundo la cagada de la Duelos mientras esta hermosa mujer lo chupaba y las manos del disoluto se perdían un poco por todas partes, su semen salió con abundancia y después que Curval lo imitó con la Champville se habló por fin de ir a acostarse.
[editar] Decimoséptima jornada
La terrible antipatía del presidente por Constanza estallaba a diario: había pasado la noche con ella por un arreglo particular con Durcet, a quien pertenecía, y al día siguiente presentó contra ella las más amargas quejas.
—Ya que a causa de su estado —dijo— no se quiere someterla a las correcciones ordinarias por temor de que dé a luz antes del instante en que nos disponemos a recibir ese fruto, por lo menos, rediós —decía—, habría que encontrar un medio de castigar a esta puta cuando hace tonterías.
Pero, y véase lo que es el maldito espíritu de los libertinos, cuando se analiza aquella falta prodigiosa, adivina, oh lector, lo que era: se trataba de que desgraciadamente se había puesto de frente cuando se le pedía el trasero, y estas faltas no se perdonan. Pero lo peor aún era que negaba el hecho, pretendía con bastante fundamento que aquello era una calumnia del presidente, quien no buscaba más que perderla, y que nunca se acostaba con él sin que inventase mentiras parecidas: pero como las leyes a este respecto eran formales, y nunca se creía a las mujeres, se planteó la cuestión de saber cómo se castigaría en adelante a aquella mujer sin riesgo de malograr su fruto. Se decidió que por cada delito se la obligaría a comerse una cagada y, en consecuencia, Curval exigió que empezase inmediatamente. Fue aprobado. Estaban entonces almorzando en el aposento de las muchachas, Constanza recibió la orden de presentarse, el presidente cagó en medio de la estancia y se le mandó que fuese, a gatas, a comer lo que aquel hombre cruel acababa de hacer. Ella cayó de rodillas, pidió perdón, mas nada enterneció a los hombres; la naturaleza había puesto bronce en lugar de corazón dentro de aquellos vientres. Nada más agradable que los melindres que hizo la pobre mujercita antes de obedecer, y Dios sabe cuánto los divertían. Por fin tuvo que decidirse, el corazón le brincó a mitad de la tarea, a pesar de lo cual tuvo que terminarla, y se lo tragó todo.
Cada uno de nuestros malvados, excitados por aquella escena, se hacía masturbar, mientras la contemplaba, por una niña, y Curval, singularmente excitado por la operación, y a quien Agustina masturbaba de maravilla, sintiendo que iba a descargar llamó a Constanza que apenas había terminado su triste almuerzo:
—Ven, puta —le dijo—; cuando se ha engullido el pescado hay que ponerle salsa, es blanca, ven a recibirla.
Tuvo también que pasar por esto, y Curval, que mientras actuaba hacía cagar a Agustina, soltó lo suyo en la boca de aquella desdichada esposa del duque mientras engullía la mierdita fresca y delicada de la interesante Agustina.
Se hicieron las visitas, Durcet encontró mierda en el orinal de Sofía. La joven se excusó diciendo que se había sentido indispuesta.
—No —dijo Durcet, revolviendo los excrementos—, no es verdad: una cagalera de indigestión está deshecha, y éste es un mojón muy sano.
Cogió inmediatamente su funesto cuaderno, inscribió en él el nombre de aquella encantadora criatura, quien se fue a ocultar sus lágrimas y a deplorar su situación. Todo el resto estaba en regla, pero, en el aposento de los muchachos, Zelamiro, que había cagado la víspera en las orgías y a quien se le había ordenado no limpiarse el culo, se lo había limpiado sin permiso. Todo aquello eran delitos capitales: Zelamiro fue inscrito. A pesar de lo cual Durcet le besó el culo y se hizo chupar la verga por él un instante, luego se pasó a la capilla donde se vio cagar a dos jodedores subalternos, a Fanny, Alina, Teresa y la Champville. El duque recibió en su boca la cagada de Fanny y se la comió, el obispo la de los dos jodedores, una de las cuales tragó, Durcet la de la Champville y el presidente la de Alina, que, a pesar de su descala, mandó al lado de la de Agustina.
La escena de Constanza había calentado las cabezas, pues hacía mucho tiempo que no se habían permitido tales extravagancias por la mañana. Se habló de moral durante la comida. El duque dijo que no concebía cómo las leyes de Francia condenaban el libertinaje, ya que al ocupar el libertinaje a los ciudadanos los distraía de cábalas y revoluciones; el obispo dijo que las leyes no condenaban positivamente el libertinaje sino sus excesos. Entonces se analizaron éstos y el duque demostró que ninguno de ellos era peligroso, ninguno podía ser sospechoso para el gobierno y que, por lo tanto, no solamente era cruel, sino hasta absurdo querer atacar tales minucias.
De las palabras se pasó a los hechos, el duque, medio borracho, se abandonó en los brazos de Céfiro y chupó durante una hora la boca de ese hermoso niño, mientras Hércules, aprovechando la situación, hundía su enorme instrumento en el ano del duque. Blangis se dejó, y sin otra acción, sin otro movimiento que el de besar, cambió de sexo sin darse cuenta. Sus compañeros, por su lado, se entregaron a otras infamias, y pasaron a tomar el café. Como se acababan de hacer muchas tonterías, el rato del café fue bastante tranquilo y quizás el único en todo el viaje donde no se vertiera semen. La Duelos, ya en su estrado, esperaba a la compañía, y cuando ésta se hubo acomodado empezó de la manera siguiente:
Acababa de sufrir una pérdida en mi casa que me afectaba en todos los aspectos. Eugénie, a quien quería apasionadamente y que me era singularmente útil a causa de sus extraordinarias complacencias para todo lo que podía producirme dinero, Eugénie, digo, me había sido arrebatada del modo más singular, un criado, después de haber pagado la suma convenida, vino a buscarla, dijo, para una cena en el campo, de la que traería quizás siete u ocho luises. Yo no me hallaba en casa cuando aquello sucedió, pues jamás la habría dejado salir así con un desconocido, pero se dirigieron sólo a ella, y aceptó... No he vuelto a verla en mi vida.
—Ni la verá usted —dijo la Desgrangés—. La juerga que le propusieron era la última de su vida y a mí me corresponderá ofrecer el desenlace de esta parte de la novela de aquella hermosa muchacha.
—¡Ah! ¡Gran Dios! —exclamó la Duelos—... Una muchacha tan bella, de veinte años, con la cara más fina y más agradable.
—Y añada a ello —dijo la Desgrangés— el cuerpo más hermoso de París. Todos esos atractivos le fueron funestos, pero siga usted y no nos adelantemos a las circunstancias.
Fue Lucila —dijo la Duelos— quien la sustituyó en mi corazón y en mi cama, pero no en las ocupaciones de la casa; pues le faltaba mucho para tener su sumisión y su complacencia.
Fuese como fuese, a sus manos confié poco después al prior de los benedictinos, quien venía de cuando en cuando a visitarme y por lo común se divertía con Eugénie. Este buen padre, después de haber masturbado el coño con su lengua y haber chupado la boca, requería que le azotaran ligeramente con varas solamente el miembro y los cojones y eyaculaba sin empalmarse, sólo con el roce, sólo con la aplicación de las varas sobre aquellas partes. Su mayor placer, entonces, consistía en ver a la muchacha hacer saltar en el aire, con el extremo de las varas, las gotas de semen que salían de su verga.
Al día siguiente despaché yo misma a uno a quien había que aplicar cien azotes bien contados en el trasero; antes besaba el trasero de la mujer y, mientras recibía los azotes, se masturbaba él mismo.
Algún tiempo después, un tercero me quiso también a mí; pero éste era más ceremonioso en todos los puntos: se me avisó ocho días antes, y era preciso que ese tiempo no me lavese ninguna parte de mi cuerpo y principalmente ni el coño, ni el culo, ni la boca, que desde el momento del aviso pusiese en remojo, en un orinal lleno de orina y de mierda, al menos tres puñados de varas. Llegó él por fin, era un viejo receptor de impuestos, hombre muy acomodado, viudo sin hijos y que se entregaba muy a menudo a semejantes juergas. La primera cosa de que se informó era de si había cumplido exactamente la abstinencia de abluciones que me había prescrito; le aseguré que sí y, para convencerse de ello, empezó por aplicarme un beso en los labios que sin duda lo satisfizo, pues subimos, y yo sabía que si al darme aquel beso, estando yo en ayunas, hubiese reconocido el empleo de alguna limpieza, no hubiera querido consumar el encuentro. Subimos pues, contempló a las varas en el orinal donde yo las había colocado, luego me ordenó desnudarme y vino a olfatear con cuidado todas las partes de mi cuerpo que me había más expresamente prohibido lavarme; como yo lo había cumplido con exactitud, sin duda encontró en ella el hedor que deseaba, pues le vi calentarse en sus arreos y luego le oí exclamar: "¡Ah! ¡Joder! Está bien esto, esto es lo que quiero". Entonces, a mi vez, le manoseé el trasero; era exactamente un cuero hervido, tanto por el color como por la dureza de la piel. Después de haber por un instante acariciado, manoseado y entreabierto aquellas nalgas ásperas, me apoderé de las varas y, sin limpiarlas, empecé a arrearle con ellas diez azotes con todas mis fuerzas; pero, no sólo no hizo ningún movimiento, sino que parecía que mis golpes ni siquiera rozaban aquella inexpugnable ciudadela. Después de aquella primera tanda, le hundía tres dedos en el ano y lo sacudí con toda mi fuerza, pero nuestro hombre era igualmente insensible por todas partes; ni siquiera se estremeció. Realizadas aquellas dos primeras ceremonias, fue él quien actuó; me apoyé con el vientre sobre la cama, él se arrodilló, separó mis nalgas y paseó su lengua alternativamente por los dos agujeros, los cuales sin duda, según sus órdenes, no debían ser muy aromáticos. Después de haberme chupado bien, lo volví a azotar y lo socraticé, él volvió a hincarse y lamerme, y así sucesivamente por lo menos quince veces. Por fin, instruida en cuanto a mi papel y guiándome por el estado de su pito, que observaba con gran atención sin tocarlo, en una de sus arrodilladas le suelto mi cagada en las narices. El se echa para atrás, me dice que soy una insolente y eyacula masturbándose él mismo y lanzando unos gritos que hubieran oído desde la calle sin la precaución que había tenido para impedir que trascendieran. Pero la cagada cayó al suelo, él no hizo más que verla y olerla, no la recibió en su boca ni la tocó; había recibido por lo menos doscientos azotes y, puedo atestiguarlo..., sin que lo pareciese, sin que su trasero encallecido por una prolongada costumbre conservase ni la más ligera marca.
—¡Oh, pardiez! —dijo el duque—. He ahí un culo, presidente, que puede compararse al tuyo.
—Muy cierto —dijo Curval, balbuceando, porque Alina lo masturbaba—, es muy cierto que el hombre de quien se habla tiene positivamente mis nalgas y mis gustos, pues yo apruebo infinitamente la ausencia de bidet, pero la querría más prolongada; querría que no se hubiese tocado el agua al menos durante tres meses.
—Presidente, estás empalmado —dijo el duque.
—¿Tú crees? —dijo Curval—. Toma, a fe mía, pregúntaselo a Alina, ella te dirá qué hay, pues por mi parte estoy tan acostumbrado a ese estado que nunca me doy cuenta de cuando cesa ni de cuando comienza. Todo lo que puedo asegurarte es que en el momento en que te hablo quisiera una puta muy impura; quisiera que saliese para mí del retrete, que su culo oliese bien a mierda y que su coño oliese a pescado. ¡Eh, Teresa! Tú cuya mugre se remonta hasta el diluvio, tú que desde el bautizo no te has limpiado el culo y cuyo infame coño apesta a tres leguas a la redonda, ven a traer todo esto a mi nariz, te lo ruego, y añade a ello hasta una cagada, si quieres.
Thérèrse se acerca, con sus atractivos sucios, repugnantes y marchitos frota la nariz del presidente, deja en ella, además, la defecación deseada, Alina masturba, el libertino descarga, y la Duelos reanuda así su narración:
Un viejo solterón que recibía todos los días a una muchacha nueva para la operación que os diré, me hizo rogar por una de mis amigas que fuese a verlo, y al mismo tiempo fui instruida sobre el ceremonial acostumbrado con aquel depravado. Llegué, me examinó con aquella ojeada flemática que da el hábito del libertinaje, ojeada segura, y que en un minuto aprecia el objeto que se le ofrece.
—Me han dicho que tienes un culo hermoso —me dijo— y, como desde hace casi sesenta años tengo una debilidad decidida por las bellas nalgas, quiero ver si sostienes tu reputación... Levántate las faldas.
Aquellas palabras enérgicas eran una orden suficiente; no solamente ofrecí la medalla, sino que la aproximé lo más posible a la nariz de aquel libertino de profesión. Primero me mantuve erguida, poco a poco me incliné y le mostré el objeto de su culto bajo todas las formas que más podían gustarle. A cada movimiento sentía las manos del libertino que se paseaban por la superficie y perfeccionaban la situación, fuese consolidándola, fuese modificándola un poco más a su gusto.
—El agujero es muy ancho —me dijo—, te habrás prostituido furiosamente en el sentido sodomita durante tu vida.
—¡Ay, señor!, —le contesté—, vivimos en un siglo en que los hombres son tan caprichosos que para agradarles no hay más remedio que prestarse un poco a todo.
Entonces sentí que su boca se pegaba herméticamente al agujero entre mis nalgas y que su lengua trataba de penetrar en el orificio; aproveché el instante con habilidad, como me había sido recomendado, e hice deslizarse sobre su lengua la ventosidad mejor nutrida y más blanda. El procedimiento no le desagradó en absoluto, pero no lo conmovió más; al fin, después de media docena de ellos, se levantó, me condujo al rincón de su cama y me muestra un cubo de mayólica en el que se remojaban cuatro manojos de varas. Encima del cubo colgaban varias disciplinas con clavos de gancho dorado.
—Armate —me dijo el disoluto— con estas armas, aquí tienes mi culo: como ves, es seco, flaco y muy endurecido. Toca.
Y cuando lo hube obedecido:
—Ya ves —continuó—, es un viejo cuero endurecido bajo los golpes que no se calienta más que con los excesos más increíbles. Me mantendré en esta actitud —dijo, tendiéndose a los pies de su cama, sobre el vientre y con las piernas en el suelo—; sírvete, por turno, de estos dos instrumentos, las varas y las disciplinas. Será largo pero verás una señal segura de la proximidad del desenlace. En cuanto veas que a este culo le pasa algo extraordinario, has de estar lista para hacer lo mismo que haga él; cambiaremos de lugar, Yo me hincaré ante tus bellas nalgas, tú harás lo que me habrás visto hacer, y yo eyacularé. Pero, sobre todo, no te impacientes, Porque, te lo advierto una vez más, va para largo.
Empecé, cambié de instrumento como me había recomendado. Pero ¡qué flema, gran Dios! Yo estaba empapada de sudor; Para pegar más cómodamente, me había hecho desnudarme el brazo hasta el cuello. Llevaba más de tres cuartos de hora pegando con toda la fuerza, ya con las varas, ya con las disciplinas, y no veía que mi tarea adelantase. Nuestro disoluto, inmóvil, no se movía más que si estuviese muerto; hubiérase dicho que saboreaba en silencio los movimientos internos de la voluptuosidad que recibía con aquella operación, pero ningún vestigio exterior, ninguna apariencia de que influyese ni siquiera sobre su piel. Por fin dieron las dos, y estaba trabajando desde las once; de pronto, le vi levantar el lomo, separa las nalgas, yo paso y vuelvo a pasar las varas por ellas a determinados intervalos, mientras continuaba azotándolo; salió una cagada, yo azoté, mis golpes hacen volar la mierda hacia el suelo.
—Vamos, valor —le dije—, llegamos a puerto.
Entonces nuestro hombre se levantó lleno de furor; su verga dura y rebelde se pegaba a su vientre.
—Imítame —me dijo—, imítame, sólo necesito mierda para darte el semen.
Yo me incliné rápidamente en su lugar, él se arrodilló como había dicho y yo le puse en la boca un huevo que para este fin guardaba desde hacía casi tres días. Al recibirlo, su semen salió, él se echó hacia atrás aullando de placer, pero sin tragarse ni conservar más de un segundo la cagada que yo acababa de depositarle. Por otra parte, exceptuandoos a vosotros, señores, que sin duda sois modelos en este género, he visto a pocos hombres con crispaciones tan agudas; casi se desmayó al derramar su semen. La sesión me produjo dos luises.
Pero apenas llegué a casa encontré a Lucila ocupada con otro viejo, quien, sin ningún contacto preliminar, se hacía simplemente fustigar, con varas empapadas en vinagre, desde los riñones hasta el extremo de las piernas, y dirigidos los golpes con toda la fuerza que alcanzaba el brazo, y éste terminaba la operación haciéndose chupar. La mujer se arrodillaba ante él cuando le daba la señal y, haciendo flotar los viejos cojones gastados sobre sus tetas, cogía el viejo instrumento blanducho en su boca, donde el pecador arrepentido no tardaba en llorar sus faltas.
Y como la Duelos terminó aquí lo que tenía que decir durante la velada y la hora de la cena todavía no había llegado, mientras se esperaba se hicieron algunas tunantadas.
—Debes estar rendido, presidente —dijo el duque a Curval—. Ya te he visto eyacular dos veces hoy y no estás acostumbrado a perder en un día tal cantidad de semen.
—Apostemos por la tercera —dijo Curval, que manoseaba las nalgas de la Duelos.
—¡Oh, lo que quieras! —dijo el duque.
—Pero pongo una condición —dijo Curval—, es que todo me será permitido.
—¡Oh, no! —replicó el duque—, sabes muy bien que hay cosas que hemos prometido no hacer antes de la época en que nos sean indicadas; hacernos joder era una de ellas, antes de proceder a ello debíamos esperar que nos fuese citado, en el orden establecido, algún ejemplo de esta pasión; y, sin embargo, en las representaciones de todos, señores, pasamos por encima de esto. Hay muchos goces particulares que hubiéramos debido prohibirnos igualmente hasta el momento de su narración y que toleramos con tal que sucedan en nuestras alcobas o en nuestros gabinetes. Tú acabas de entregarte a ellos, hace un momento, con Alina. ¿Acaso fue por nada por lo que lanzó un grito agudo y por lo que ahora tiene su pañuelo sobre el pecho? ¡Bien! Escoge, pues, entre esos goces misteriosos o los que nos permitimos públicamente, y que tu tercera eyaculación se deba nada más a este tipo de cosas, y apuesto cien luises a que no la consigues.
Entonces el presidente preguntó si podía pasar a la sala del fondo con los sujetos que bien le pareciesen, se le concedió, con la única condición de que la Duelos estaría presente y que sólo a ella se atendrían en cuanto a la certeza de la descarga.
—Vamos —dijo el presidente—, acepto.
Y, para empezar, se hizo dar ante todo el mundo, por la Duelos, quinientos latigazos; hecho esto, se llevó consigo a su querida y fiel amiga Constanza, a quien, sin embargo, se le rogó que no hiciese nada que pudiese perjudicar su preñez; añadió a su hija Adelaida, Agustina, Zelmira, Celadón, Céfiro, Thérése, la Fanchón, la Champville, la Desgrangés y la Duelos, con tres jodedores.
—¡Oh, joder! —exclamó el duque—, no habíamos convenido en que te sirvieras de tantos sujetos.
Pero el obispo y Durcet, poniéndose de parte del presidente, aseguraron que no importaba el número. El presidente, pues, fue a encerrarse con su tropa, y al cabo de media hora, que el obispo, Durcet y Curval, con los sujetos que les quedaron, no pasaron orando a Dios, al cabo de media hora, digo, Constanza y Zelmira volvieron llorando y el presidente las siguió pronto con el resto de su tropa, sostenido por la Duelos, quien dio testimonio de su vigor y certificó que en buena justicia merecía una corona de mirto. El lector aprobará que no le revelemos lo que el presidente había hecho, las circunstancias no nos lo permiten todavía; pero había ganado la apuesta y esto entonces era lo esencial.
—He aquí cien luises —dijo, al recibirlos— que me servirán para pagar una multa a la cual temo ser pronto condenado.
Esta es otra cosa que rogamos al lector nos permita no explicarle hasta que ocurra el suceso, pero que vea sólo cómo aquel malvado preveía sus faltas por anticipado y cómo tomaba su partido en cuanto al castigo que debían acarrearle sin tomarse la más mínima molestia para prevenirlas o evitarlas.
Puesto que sólo sucedieron cosas ordinarias desde aquel instante hasta el comienzo de las narraciones del día siguiente, vamos a transportar inmediatamente al lector a aquel momento.
- Primera parte
- Reglamento y personajes
- Jornada 1
- Jornada 2 y 3, y cuadro de los proyectos del resto del viaje
- Jornada 4 y 5
- Jornada 6 y 7
- Jornada 8 a 11
- Jornada 12 a 14
- Jornada 15 a 17 (esta página)
- Jornada 18 a 23 (página siguiente)
- Jornada 24 a 27
- Jornada 28 a 30
- Segunda parte
- Tercera parte
- Cuarta parte