Las 120 jornadas de Sodoma/Primera parte/Jornada 18 a 23
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Primera parte de Las 120 jornadas de Sodoma, novela del Marqués de Sade (1740-1814)
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[editar] Decimooctava jornada
La Duelos, bella, arreglada y más brillante que nunca, empezó así los relatos de su décimooctava velada:
Acababa yo de hacer la adquisición de una criatura gorda y alta llamada Justine; tenía veinticinco años, más de cinco pies de estatura, robusta como una criada de taberna, pero de bellas formas, bonita tez y el cuerpo más hermoso del mundo. Como en mi casa abundaban esa especie de viejos disolutos que no encuentran ninguna noción de placer más que en los suplicios que se les aplican, creí que semejante pupila me sería sin duda de gran ayuda. Al día siguiente de su llegada, para poner a prueba sus facultades fustigadoras que me habían elogiado prodigiosamente, la enfrenté con un viejo comisario de barrio a quien había que fustigar con toda la fuerza desde la parte baja del pecho hasta las rodillas y luego desde la mitad de la espalda hasta las pantorrillas, y esto hasta que sangrara por todas partes. Terminada la operación, el libertino levantaba simplemente las faldas de la muchacha y le colocaba su paquete sobre las nalgas. Justine se portó como una verdadera heroína de Citerea, y nuestro disoluto vino a confesarme que poseía yo un tesoro y que en su vida había sido fustigado como por aquella bribona.
Para demostrarle el caso que le hacía, pocos días después la junté con un viejo inválido de Citerea que se hacía dar más de mil latigazos en todas las partes del cuerpo indistintamente y, cuando estaba todo ensangrentado, la mujer debía mearse en su propia mano y frotarle con la orina todos los lugares más lastimados del cuerpo. Aplicada esta loción, se volvía a empezar la tarea, entonces él eyaculaba, la muchacha recogía en la mano, cuidadosamente, el semen que él soltaba y lo friccionaba por segunda vez con aquel nuevo bálsamo. Iguales éxitos por parte de mi nueva adquisición, Y cada día —más elogios; pero no fue posible emplearla con el campeón que se presentó aquella vez:
Aquél hombre singular no quería nada femenino más que el vestido, pero en realidad debía ser un hombre y, para explicarme mejor, el libertino quería recibir la paliza de un hombre vestido de mujer. ¡Y cuál era el arma de que se servía! No penséis que eran varas, era un manojo de tallos de mimbre con el que había que desgarrarle bárbaramente las nalgas. En realidad, como aquel asunto olía un poco a sodomía, yo no debía meterme en él demasiado; sin embargo, puesto que se trataba de un antiguo cliente de la Fournier, un hombre verdaderamente adicto desde siempre a nuestra casa y que por su posición podía prestarnos algún servicio, no hice remilgos, y tras disfrazar lindamente a un muchacho de dieciocho años que a veces nos hacía recados y que tenía un rostro muy agraciado, se lo presenté armado con un manojo de mimbres.
Nada más agradable que la ceremonia (ya imaginaréis que quise verla): Empezó por contemplar bien a su fingida doncella y, como la encontró sin duda muy de su agrado, comenzó con cinco o seis besos en la boca que olían a herejía a una legua de distancia; hecho esto mostró sus nalgas y, con aire aún de tomar por mujer al muchacho, le dijo que se las manoseara y amasara con cierta dureza; el muchachito, a quien yo había instruido bien, hizo todo lo que se le pedía.
—Vamos —dijo el disoluto—, azótame y, sobre todo, no tengas miramientos conmigo.
El muchacho tomó el manojo de mimbres, propinó entonces con su brazo vigoroso cincuenta golpes seguidos sobre las nalgas que se le ofrecían, el libertino, ya intensamente marcado por los latigazos de aquellos mimbres, se abalanza sobre su fustigadora masculina, le levanta las faldas, una mano reconoce el sexo, la otra agarra ávidamente las dos nalgas, de momento no sabe cuál templo incensará primero, por fin se decide por el culo y pega a él su boca con ardor. ¡Oh, qué diferencia del culto que rinde la naturaleza a aquel que se dice que la ultraja! Dios justo, si aquella tarea fuese real, ¿habría tanto ardor en el homenaje? Jamás un culo de mujer ha sido besado como lo fue el de aquel jovencito; tres o cuatro veces la lengua del libertino desapareció enteramente dentro del ano; por fin, volviendo a colocarse, exclamó:
—¡Oh, querido niño, continúa tu operación!
Vuelve a ser flagelado, pero, corno estaba más animado, sostiene aquel segundo ataque con mucha fuerza. Llega a sangrar, su verga se levanta y la hace empuñar apresuradamente por el joven objeto de sus transportes. Mientras éste lo manosea, el otro quiere hacerle un favor semejante, vuelve a levantarle las faldas, pero esta vez va tras del pito; lo toca, lo masturba, lo sacude y pronto lo introduce en su boca. Después de estas caricias preliminares, se ofrece por tercera vez a los golpes. Esta última escena lo enfureció completamente; echó a su adonis sobre la cama, se tendió sobre él, oprimió a la vez las dos vergas, pegó la boca a los labios del hermoso muchacho y cuando hubo logrado calentarlo con sus caricias, le procura el placer divino al mismo tiempo que lo saborea él mismo; ambos eyaculan a la vez. Nuestro libertino, encantado con la escena, trató de borrar mis escrúpulos y me hizo prometer que le proporcionaría a menudo el mismo placer fuese con el mismo joven, fuese con otros. Yo quise esforzarme por su conversión, le aseguré que tenía muchachas hechizadoras que lo azotarían igualmente bien; no quiso ni siquiera mirarlas.
—Lo creo —dijo el obispo—. Cuando se tiene decididamente el gusto por los hombres no se cambia; la distancia es tan extremada que uno no se siente tentado a hacer la prueba.
—Monseñor —dijo el presidente—, planteas aquí una tesis que merecería una disertación de dos horas. —Y que siempre terminaría a favor de mi afirmación —dijo el obispo—, porque es indiscutible que un muchacho vate más que una mujer.
—No hay réplica —dijo Curval—, pero se te podría decir sin embargo, que pueden hacerse algunas objeciones al sistema y que, para los placeres de cierta clase, como, por ejemplo, de los que nos hablarán la Martaine y la Desgrangés, una mujer es mejor que un muchacho.
—Lo niego —dijo el obispo—, incluso para ésos a que te refieres, el muchacho es mejor que la mujer. Considéralo por el lado del mal, que constituye casi siempre el verdadero atractivo del placer, el crimen te Parecerá mayor con un ser absolutamente de tu especie que con uno que no lo sea, y a partir de aquel momento la voluptuosidad es doble.
—Sí —dijo Curval—, pero ese despotismo, ese dominio ese delirio que nace del abuso que se hace de la fuerza contra el débil...
—Se encuentra en ello también —respondió el obispo—. Si la víctima es del todo tuya, este dominio en esos casos, que tú crees mejor establecido con una mujer que con un hombre, no procede sino del prejuicio, no procede sino de la costumbre que somete más ordinariamente aquel sexo que el otro a tus caprichos. Pero renuncia por un instante a esos prejuicios de opinión y que el otro esté perfectamente bajo tus cadenas, con la misma autoridad, encontrarás mayor la idea del crimen y necesariamente tu lubricidad será doble.
—Yo pienso como el obispo —dijo Durcet—. Una vez está bien establecido el dominio, creo que es más delicioso ejercer el abuso de la fuerza con un semejante que con una mujer.
—Señores —dijo el duque—, quisiera que dejarais vuestras discusiones para la hora de comer y que estas horas destinadas a escuchar las narraciones no las empleaseis en sofismas.
—Tiene razón —dijo Curval—. Anda, Duelos, prosigue. Y la amable directora de los placeres de Citerea reanudó su relato en los términos siguientes:
Un viejo escribano del parlamento —dijo— fue a visitarme una mañana y, como estaba acostumbrado desde los tiempos de la Fournier a no tratar más que conmigo, no quiso cambiar de método. Se trataba de abofetearle por grados, mientras se le masturbaba; es decir, al principio suavemente, luego un poco más fuerte a medida que su pito tomaba consistencia y por fin con todas las fuerzas cuando eyaculaba. Yo había llegado a comprender tan bien la manía de ese personaje que a las veinte bofetadas ya hacía salir su semen.
—¡A las veinte! —dijo el obispo—. ¡Caramba, yo no necesitaría tantas para soltarlo de una vez!
—Como ves, amigo mío —dijo el duque—, cada uno tiene su manía, nunca debemos condenar ni asombrarnos de la de nadie; vamos, Duelos, otra y termina.
La que me queda por contaros esta noche —dijo la Duelos—, la supe por una de mis amigas; esta vivía desde hacía dos años con un hombre que no tenía nunca erección hasta después de haberle sido aplicados veinte papirotazos en la nariz, haberle tirado de las orejas hasta hacerle brotar sangre, mordido las nalgas, el pito y los cojones. Excitado por los duros cosquilleos de esos preliminares, tenía una erección de semental y eyaculaba, blasfemando como un demonio, casi siempre sobre la cara de aquella de quien acababa de recibir un trato tan singular.
Como todo lo que acababa de decirse sólo calentó el cerebro de los señores en lo referente a las fustigaciones masculinas, aquella noche únicamente se imitó esa fantasía; el duque se hizo pegar por Hércules hasta sangrar, Durcet por Bande-au-Ciel, el obispo por Antínoo y Curva] por Brise-Cul. El obispo, que no había hecho nada en todo el día, dícese que eyaculó durante las orgías comiéndose la cagada de Zelmira, que se hacía guardar desde dos días antes. Y fueron a acostarse.
[editar] Decimonovena jornada
Por la mañana, como resultado de ciertas observaciones hechas sobre la mierda de los sujetos destinados a las lubricidades, se decidió que convenía ensayar una cosa de la que la Duelos había hablado en sus narraciones: me refiero a la supresión del pan y de la sopa en todas las mesas, excepto en la de los señores. Esos dos objetos fueron suprimidos; en cambio se dobló la ración de aves y de caza. No tardaron ni ocho días en darse cuenta de una diferencia esencial en los excrementos; eran más blandos, más suaves, de una delicadeza infinitamente mayor, y se apreció que el consejo de D’Aucourt a la Duelos era el de un libertino verdaderamente consumado en tales materias. Se pretendió que acaso resultaría de ello una cierta alteración en los alientos.
—¡Eh! ¡Qué importa! —replicó Curval, a quien el duque hacía la objeción—; es un error decir que para dar placeres es necesario que la boca de una mujer o de un muchacho esté absolutamente sana. Hagamos a un lado toda manía, os concederé tanto como queráis que aquel que quiere una boca hedionda sólo obra por depravación, pero concededme por vuestra parte que una boca sin el más mínimo olor no da ninguna clase de placer al besarla. Es necesario siempre que haya cierta sal, algo de picante en esos placeres, y ese picante sólo se encuentra en un poco de suciedad. Por muy limpia que esté la boca, el amante que la chupa comete ciertamente una cochinada y no se da cuenta de que es precisamente esta cochinada lo que le complace. Dad al impulso un grado más de fuerza y querréis que aquella boca tenga algo de impuro. Que no huela a podredumbre o a cadáver, está bien, pero que solamente tenga olor a leche o a niños, esto es lo que afirmo que no debe ser. Así, el régimen que imponemos tendrá cuanto más el inconveniente de alterar un poco sin corromper, y es todo lo que se requiere.
Las visitas de la mañana no rindieron nada..., todos se cuidaban. Nadie pidió permiso para ir al retrete, y se sentaron a la mesa. Adelaida, que servía, a quien Durcet solicitó que echase un pedo en una copa de champaña, no pudo hacerlo y al instante fue inscrita en el libro fatal por aquel bárbaro marido que desde el principio de la semana no hacía sino buscar la ocasión de hallarla en falta.
Pasaron al café; estaba servido por Cupidón, Gitón, Mimí y Sofía, el duque jodió a Sofía entre los muslos mientras la hacía cagar en su mano y se embarraba la cara con ello, el obispo hizo lo mismo con Gitón y Curval con Mimí, en cuanto a Durcet, metió el miembro en la boca de Cupidón después de hacerlo cagar. No hubo eyaculaciones y, hecha la siesta, fueron a escuchar a la Duelos.
Un hombre a quien no habíamos visto aún —dijo esa amable mujer— vino a proponernos una ceremonia bastante singular: se trataba de amarrarlo al tercer peldaño de una escalera doble; se le ataban los pies a este tercer peldaño el cuerpo donde quedase y las manos, levantadas, en lo más alto de la escalera. Estaba desnudo en aquella posición. Había que flagelarlo con toda la fuerza del brazo y con el mango de las varas, cuando las puntas se habían gastado. Estaba desnudo, no era necesario tocarlo en absoluto, tampoco él mismo se tocaba, pero al cabo de cierta dosis su monstruoso instrumento se levantaba como un resorte, se lo veía danzar entre los escalones como el badajo de una campana y poco después, impetuosamente, lanzaba su semen al centro de la habitación. Se le desataba, pagaba, y todo había terminado.
Nos mandó al día siguiente a uno de sus amigos a quien había que picotear el pito y los cojones, las nalgas y los muslos, con una aguja de oro. No descargaba hasta que estaba todo ensangrentado. Yo misma lo despaché y, como me decía continuamente que pinchase con más fuerza, fue al hundirle la aguja casi hasta la cabeza en el glande cuando vi caer su semen sobre mi mano. Cuando lo soltaba se abalanzó sobre mi boca, que chupó prodigiosamente, y se acabó.
El tercero, también conocido de los dos primeros, me ordenó que lo flagelase con cardos en todas las partes del cuerpo indistintamente. Lo dejé sangrando; se miró en un espejo y sólo al verse en aquel estado soltó su semen, sin tocar nada, sin manosear nada, sin exigirme nada de mí.
Aquellos excesos me divertían mucho y gozaba de una secreta voluptuosidad al servirlos; asimismo, todos los que se entregaban a ellos estaban encantados conmigo. Fue más o menos en la época de aquellas tres escenas cuando un señor danés, quien me fue enviado para diferentes sesiones de placer que no son de mi competencia, cometió la imprudencia de venir a mi casa con diez mil francos en diamantes, igual cantidad en alhajas y quinientos luises de plata constantes y sonantes. La presa era demasiado buena para dejarla escapar; entre Lucila y yo robamos al gentilhombre hasta el último céntimo. Quiso denunciarme, pero como yo sobornaba cuantiosamente a la policía y en aquellos tiempos con oro se hacía de ella lo que se quería, el gentilhombre recibió la orden de callarse y sus efectos me pertenecieron, menos algunas alhajas que debía ceder a los oficiales para gozar tranquilamente del resto. Nunca me había sucedido cometer un robo sin que al día siguiente me ocurriera algo dichoso; esta buena suerte fue un nuevo cliente, pero uno de esos clientes diarios que se pueden considerar como la mejor tajada de una casa.
Era un viejo cortesano que, cansado de los homenajes que recibía en el palacio de los reyes, gustaba de ir a cambiar de papel entre las putas. Quiso empezar conmigo; yo debía hacerle recitar su lección y a cada falta que cometía era condenado a arrodillarse y a recibir ya en la mano, ya en el trasero fuertes azotes con una férula de cuero como la que emplean los maestros en la clase. Me correspondía darme cuenta de cuándo estaba excitado; entonces me apoderaba de su pito y lo sacudía diestramente mientras lo regañaba, llamándolo pequeño libertino, pequeño malvado y otras invectivas infantiles que lo hacían eyacular voluptuosamente. Cinco veces a la semana debía ejecutarse semejante ceremonia en mi casa, pero siempre con una nueva muchacha bien instruida, y yo recibía por ello veinticinco luises al mes.
Conocía tantas mujeres en París, que me fue fácil prometerle lo que pedía y cumplirlo; durante diez años tuve en mi pensión a aquel encantador colegial, quien hacia aquella época se decidió por ir a tomar otras lecciones al infierno.
Sin embargo, yo aumentaba en años y, aunque mi cara era del tipo que se conserva, empezaba a darme cuenta de que ya no era por capricho por lo que los hombres querían tratar conmigo. No obstante, tenía aún buenos clientes, a pesar de mis treinta y seis años, y el resto de las aventuras en que tomé parte ocurrieron para mí entre aquella edad y los cuarenta.
A pesar, digo, de mis treinta y seis años, el libertino cuya manía voy a contaros para terminar esta velada no quiso tratar con nadie más que conmigo. Era un cura de unos sesenta años, pues yo nunca recibía sino a personas de cierta edad, y cualquier mujer que quiera hacer fortuna en nuestra profesión me imitará sin duda en esto. El santo hombre llegó y, en cuanto estuvimos juntos, me pidió que le dejase ver mis nalgas.
—He aquí el culo más hermoso del mundo —me dijo—. Pero, desgraciadamente, no será el que me procure la pitanza que voy a devorar. Toma —dijo, poniéndome sus nalgas entre las manos—: aquí tienes el que me la procurará... Hazme cagar, por favor.
Cogí un orinal de porcelana que coloqué sobre mis rodillas, el cura se puso a la altura conveniente, yo le apreté el ano, lo entreabrí y le proporcioné, en una palabra, todas las diferentes agitaciones que imaginé que habrían de apresurar su evacuación. Esta tiene lugar, una cagada enorme llena el recipiente, se lo ofrezco al libertino, se abalanza, lo agarra, devora y eyacula al cabo de un cuarto de hora de la más violenta azotaina propinada por mí sobre aquellas mismas nalgas que acaban de poner un huevo tan hermoso. Todo era tragado; había acompasado tan bien su tarea que su eyaculación no se producía hasta el último bocado. Durante todo el tiempo en que lo había azotado, no había dejado de excitarlo con frases así;
—Vamos, bribonzuelo —le decía—, cochinito; ¿puedes comer de esta manera? ¡Ah! Voy a enseñarte, picaruelo, a entregarte a tales infamias.
Y con estos procedimientos y estas palabras era como el libertino llegaba al colmo del placer.
Aquí, antes de cenar, Curval quiso ofrecer al grupo el espectáculo real del que la Duelos sólo había presentado la pintura. Llamó a la Fanchón, ésta lo hizo cagar y el libertino lo devoró mientras esa vieja bruja lo azotaba con todas sus fuerzas. Como aquella lubricidad calentó las cabezas, por todas partes reclamaron mierda y entonces Curval, que no había eyaculado, mezcló su cagada con la de Teresa, a quien hizo cagar inmediatamente.
El obispo, acostumbrado a servirse de los goces de su hermano, hizo lo mismo con la Duelos, el duque con María y Durcet con Luisona. Era atroz, inaudito, lo repito, servirse de una viejas zorras como aquéllas, cuando tenían a sus órdenes objetos tan bonitos; pero, ya se sabe, la saciedad nace en el seno de la abundancia y en medio de las voluptuosidades uno se deleita con los suplicios.
Realizadas aquellas cochinadas que sólo costaron una descarga, la del obispo, fueron a sentarse a la mesa. Ya puestos a hacer porquerías, sólo quisieron en las orgías a las cuatro viejas y las cuatro narradoras, y despidieron al resto. Se dijo tanto, se hizo tanto, que al fin todo el mundo se marchó y nuestros libertinos fueron a acostarse solamente en los brazos del agotamiento y la embriaguez.
[editar] Vigésima jornada
La noche anterior había sucedido algo muy divertido: el duque, enteramente borracho, en vez de irse a su habitación, se había metido en la cama de la joven Sofía y, a pesar de lo que pudo decirle ésta, que sabía muy bien que lo que él hacía iba contra las reglas, no renunció, siguiendo afirmando que estaba en su cama con Alina, quien debía ser su mujer para la noche. Pero como con Alina podía tomarse ciertas libertades que le estaban aún prohibidas con Sofía, cuando quiso colocarla en posición para divertirse a su modo y la pobre niña, a quien no se había hecho todavía nada semejante, sintió la enorme cabeza del pito del duque golpear en la puerta estrecha de su joven trasero y tratar de derribarla, la pobre pequeña se puso a lanzar gritos horrendos y escapó, completamente desnuda, hacia el centro de la habitación. El duque la siguió blasfemando como un diablo, confundiéndola todavía con Alina. —¡Maldita! —le decía—. ¿Acaso es la primera vez?
Creyendo atraparla en su huida, cayó sobre la cama de Zelmira, que confundió con la suya y besó a la muchacha pensando que Alina había entrado en razón. El mismo procedimiento con ésta que con la otra, pues decididamente el duque quería lograr sus fines; pero cuando Zelmira se dio cuenta del proyecto, imitó a su compañera, lanzó un grito terrible y escapó.
Sin embargo, Sofía, que había sido la primera en escapar, al comprender que no había otro medio de poner orden en la situación más que yendo en busca de luz Y de alguien con los sentidos calmados que pudiese acudir a poner todo en orden había ido al encuentro de la Duclos. Pero ésta, que en las orgías se había emborrachado como una bestia, estaba tumbada, casi sin conocimiento, en mitad de la cama del duque, y no pudo hacer nada. Desesperada y sin saber a quién recurrir en aquella circunstancia, mientras todas sus compañeras pedían auxilio, se atrevió a entrar en el aposento de Durcet, que estaba acostado con Constanza, su hija, y le dijo lo que sucedía. Constanza se arriesgó a levantarse, a pesar de los esfuerzos que hacía Durcet, borracho, para retenerla, diciéndole que quería descargar; cogió una vela y fue a la habitación de las muchachas: las encontró a todas en camisa en medio de la estancia y al duque persiguiéndolas una tras otra convencido de que era siempre la misma, a la que tomaba por Alina, de la que decía que aquella noche era bruja. Por fin Constanza le hizo ver su error, le rogó que le permitiera conducirlo a su alcoba donde encontraría a Alina muy sumisa a todo lo que él quisiera exigirle y el duque, quien enteramente borracho y de muy buena fe no tenía otro propósito en realidad que el de dar por el culo a Alina, se dejó llevar; esa hermosa joven lo recibió y se acostaron; Constanza se retiró y volvió la calma al aposento de las muchachas.
Durante todo el día siguiente se rieron mucho de esa aventura nocturna y el duque pretendía quE si, desgraciadamente, en tal caso hubiese destruido una virginidad, no hubiera incurrido en multa porque estaba borracho; le aseguraron que estaba equivocado y que efectivamente la habría pagado.
Se desayunó como de ordinario en el aposento de las sultanas, las cuales confesaron todas que habían tenido un miedo terrible. Sin embargo, a pesar de la revolución no se descubrió ninguna falta; también entre los muchachos todo estaba en orden, y como ni la comida ni el café ofrecieron nada extraordinario, se pasó al salón de historia, donde la Duelos, bien repuesta de sus excesos de la víspera, divirtió aquella noche a la asamblea con los cinco relatos siguientes:
Fui también yo —dijo—, señores, quien sirvió en la cita que voy a contaras. Se trataba de un médico; su primer cuidado fue visitar mis nalgas y, como las encontró soberbias, pasó más de una hora sin hacer otra cosa que besarlas. Por fin, me confesó sus pequeñas debilidades: yo debía cagar; ya lo sabía y me había preparado en consecuencia. Llené un orinal de porcelana blanca que utilizaba para tales menesteres. En cuanto se vio dueño de mi cagada, se abalanzó y la devoró; apenas empezó, me armé de un vergajo —tal era el instrumento con el que había que acariciarle el trasero—, lo amenacé, le pegué, le eché en cara las infamias a que se entregaba, y el libertino, sin escucharme, mientras tragaba, eyaculó y escapó con la rapidez del rayo después de echar un luis sobre la mesa.
Poco después puse a otro en las manos de Lucila, a quien no costó poco hacerlo descargar. En primer lugar era necesario queda cagada que se le presentaba fuese de una vieja mendiga y, para convencerlo, la vieja estaba obligada a obrar ante él. Le llevé una de setenta años, llena de úlceras y de erisipela, que desde hacía quince años no tenía ya ningún diente en sus encías. "Está bien, es excelente —dijo—, así es como las quiero". Luego se encerró con Lucila y la cagada, y esta muchacha, tan diestra como complaciente, debía excitarlo a comerse aquella mierda infame. El la olía, la miraba, la tocaba, pero le costaba mucho decidirse. Entonces Lucila, recurriendo a los grandes medios, pone la pala en el fuego, la retira completamente roja y le anuncia que le quemará las nalgas para decidirlo a lo que le exige si no lo hace inmediatamente. Nuestro hombre se estremece, intenta una vez más: la misma repugnancia. Entonces Lucila, sin más miramientos, le baja los pantalones, expone un asqueroso culo todo marcado, todo excoriado por operaciones semejantes y le asa ligeramente las nalgas. El disoluto lanza un juramento, Lucila repite, acaba por quemarlo fuertemente en medio del trasero, el dolor lo decide por fin, toma un bocado, ella vuelve a excitarlo con nuevas quemaduras, y al fin todo es tragado. Aquel fue el instante de su eyaculación, y he visto pocas más violentas; profirió gritos, se revolcó por el suelo; le creí loco o con un ataque de epilepsia. Encantado de nuestras buenas maneras, el libertino me prometió ser cliente, pero con la condición de darle siempre la misma mujer y siempre diferentes viejas.
—Cuanto más repugnantes sean —me dijo—, mejor te las pagaré. No te imaginas —añadió— hasta dónde llega mi depravación en esto; casi no me atrevo a admitirlo yo mismo.
Sin embargo, uno de sus amigos, que me envió al día siguiente, a mi parecer, llegaba mucho más lejos que él, pero con la única diferencia de que en vez de asarle las nalgas había que golpeárselas con unas pinzas enrojecidas al fuego, con esta única diferencia, digo, necesitaba la cagada del más viejo, más sucio y más repugnante de todos los mozos de cuerda. Para esta operación, le gustó enormemente un viejo criado de ochenta años que teníamos en la casa desde hacía una inmensidad de tiempo, y se tragó deliciosamente su cagada caliente mientras Justine lo apaleaba con unas pinzas que casi no se podían tocar por lo ardientes. Y además había que pellizcarle con ellas grandes trozos de carne y asárselos casi.
Otro se hacía pinchar las nalgas, el vientre, los cojones y el pito con una gran lezna de zapatero remendón, aproximadamente con las mismas ceremonias, es decir, hasta que se comía los excrementos que yo le presentaba en un orinal sin que quisiera saber de quién eran.
Uno no se imagina, señores, hasta dónde llevan los hombres su delirio en el fuego de su imaginación. ¿No vi a uno que, siempre según los mismos principios, exigía que yo lo apalease con grandes bastonazos en las nalgas hasta que se hubiese comido los excrementos que hacía sacar, en su presencia, de la fosa del retrete?; y su pérfida eyaculación no manaba en mi boca hasta que había devorado aquel fango impuro.
—Todo se comprende —dijo Curval, palpando las nalgas de la Desgrangés—; estoy persuadido de que se puede llegar todavía más lejos.
—¿Más lejos? —dijo el duque, quien manoseaba con cierta fuerza el trasero desnudo de Adelaida, su mujer del día—. ¿Y qué diablos quieres que se haga?
—¡Algo peor! —dijo Curval—. ¡Algo peor! Opino que nunca se ha hecho lo suficiente en todas esas cosas.
—Yo pienso como él —dijo Durcet, a quien Antínoo daba por el culo— y siento que mi cabeza refinaría más aún todas esas cochinadas.
—Apuesto a que sé lo que Durcet quiere decir —dijo el obispo, que todavía no actuaba.
—¿Y qué diablos es, pues? —dijo el duque.
Entonces el obispo se levantó, habló en voz baja a Durcet, quien dijo que así era, y fue a repetirlo a Curval, quien exclamó: — ¡Eh! Sí, verdaderamente. Y al duque, quien exclamó: —Ah, joder! Nunca se me hubiera ocurrido ésta. Como aquellos señores no se explicaron más, nos ha sido imposible saber a qué se referían. Y si lo supiéramos, creo que haríamos bien, por pudor, en mantenerlo bajo un velo, pues hay muchas cosas que sólo deben indicarse, ya que una prudente circunspección lo exige; se podrían encontrar oídos castos, y estoy infinitamente persuadido de que el lector nos agradece ya toda la prudencia que empleamos con él; cuanto más avanzaremos, más dignos nos haremos a este respecto, de sus más sinceros elogios, esto podemos ya casi asegurarlo. En fin, dígase lo que se quiera, cada uno tiene que salvar su alma, y qué castigo, en este mundo y en el otro, no merece aquel que sin ninguna moderación se complace, por ejemplo, en divulgar todos los caprichos, todos los gustos, todos los horrores secretos a que están sujetos los hombres en el fuego de su imaginación; esto sería revelar ciertos secretos que deben permanecer ocultos para la dicha de la humanidad; sería emprender la corrupción general de las costumbres y precipitar a nuestros hermanos en Jesucristo a todos los extravíos a que podrían llevar semejantes cuadros; y Dios, que ve el fondo de nuestros corazones, ese Dios poderoso que ha creado el cielo y la Tierra y que ha de juzgarnos un día, sabe si desearíamos tener que oírle reprocharnos tales crímenes.
Se terminaron algunos horrores ya empezados; Curval, por ejemplo, hizo cagar a Desgrangés, los otros hicieron la misma cosa con diferentes sujetos o bien otras cosas que no eran mejores, y se pasó a la cena. Durante las orgías, Duelos, que había oído a los señores disertar sobre la nueva dieta indicada antes, y cuyo objeto era hacer más abundante y más delicada la mierda, les dijo que en aficionados como ellos la asombraba ver que ignoraban el verdadero secreto de conseguir cagadas muy abundantes y muy delicadas. Interrogada sobre la manera en que debía hacerse, dijo que el único modo era el de provocar de inmediato una ligera indigestión al sujeto, no haciéndole comer cosas contrarias o malsanas, sino obligándolo a comer precipitadamente fuera de las horas de sus comidas. Aquella misma noche se hizo la experiencia: fueron a despertar a Fanny, de la que no se habían preocupado y que había ido a acostarse después de la cena, la obligaron a comerse inmediatamente cuatro grandes bizcochos y, a la mañana siguiente, proporcionó una de las más grandes y más bellas cagadas que se hubiesen conseguido hasta entonces. Por lo tanto, fue adoptado aquel sistema, con la condición, sin embargo, de no dar pan, lo que la Duelos aprobó y que no podía menos de mejorar los frutos que produciría el otro secreto. No pasó día sin que se produjeran así medias indigestiones alas muchachas y a los lindos muchachitos, y lo que se obtuvo de ello no puede ni imaginarse. Lo digo de paso, a fin de que si algún aficionado quiere emplear este secreto pueda estar bien seguro de que no hay otro mejor.
Como el resto de la velada no produjo nada extraordinario, fueron a dormir para prepararse a celebrar, al día siguiente, las bodas brillantes de Colomba y Zelamiro, que debían constituir la celebración de la fiesta de la tercera semana.
[editar] Vigesimoprimera jornada
Desde la mañana se ocuparon de aquella ceremonia, según lo acostumbrado, pero no sé si fue hecho adrede o no, pero la joven desposada resultó culpable a primera hora de la mañana. Durcet aseguró que había encontrado mierda en su orinal; ella se defendió, dijo que, para hacerla castigar, la vieja había ido a hacer aquello, y que a menudo les hacían esas trampas cuando tenían ganas de castigarlas. A pesar de lo que dijo, no fue escuchada y, puesto que su maridito estaba ya en la lista, se divirtieron mucho con el placer de corregirlos a ambos.
Sin embargo, los jóvenes esposos fueron conducidos con gran pompa, después de la misa, al gran salón de recepciones donde debía completarse la ceremonia antes de la hora de la comida; eran ambos de la misma edad, y la muchacha, desnuda, fue entregada a su marido Zelamiro, a quien se le permitía hacer con ella lo que quisiese. Nada es tan elocuente como el ejemplo; era imposible recibirlos peores y más contagiosos. El joven salta disparado sobre su mujercita y, puesto que tenía una erección muy fuerte, aunque no descargase todavía, la habría enfilado inevitablemente; pero por muy ligera que hubiese sido la brecha, los señores ponían toda su gloria en evitar que nada alterase a aquellas tiernas flores que sólo ellos querían coger. Por lo cual el obispo, deteniendo el entusiasmo del joven, se aprovechó de la erección y se hizo meter en el culo el instrumento ya muy bonito y muy formado con el que Zelamiro iba a enfilar a su joven mitad. ¡Qué diferencia para aquel muchacho, y qué diferencia entre el joven coño estrecho de una virgencita de trece años y el culo tan ancho del viejo obispo ! Pero se trataba de gente con la que no se podía razonar.
Curval se apoderó de Colomba y la jodió entre los muslos por delante mientras le lamía los ojos, la boca, las ventanas de la nariz y toda la cara. Sin duda durante aquel tiempo se le hizo algún favor, pues eyaculó, y Curval no era hombre para perder su semen en tales ingenuidades.
Se comió, los dos esposos fueron admitidos al café como lo habían sido a la comida, y este café fue servido aquel día por la élite de los sujetos; quiero decir por Agustina, Zelmira, Adonis y Céfiro. Curval, que quería tener otra erección, exigió absolutamente algo de mierda y Agustina le soltó la más bella cagada que pueda hacerse. El duque se hizo chupar por Zelmira, Durcet por Colomba y el obispo por Adonis. Este último, cuando hubo despachado al obispo, se cagó en la boca de Durcet. Pero nada de semen; éste se hacía más raro, no se habían contenido al principio y, puesto que se sentía la extrema necesidad que se tendría de él hacia el fin, ahora lo ahorraban. Se pasó al salón de historia, donde la bella Duelos, invitada a mostrar su trasero antes de empezar, después de haberlo expuesto libertinamente a los ojos de la reunión, reanudó así el hilo de su discurso:
—Otro rasgo de mi carácter, señores —dijo esa bella mujer—, tras el cual, cuando os lo haya hecho conocer suficientemente, tendréis a bien juzgar lo que os ocultaré en lo que os haya dicho, y dispensarme de hablaros más de mí. La madre de Lucila acababa de caer en una miseria espantosa y fue por un azar extraordinario como aquella encantadora muchacha, que no había tenido noticias de su madre desde que se había escapado de su casa, se enteró de la desdichada situación: una de nuestras alcahuetas, que estaba al acecho de una muchacha que uno de mis clientes me pedía con la misma intención que el marqués de Mesanges cuando me pidió una, es decir, comprarla para no volver a saber yo nada de ella, una de nuestras alcahuetas, digo, vino a comunicarme, cundo yo estaba en la cama con Lucila, que había encontrado a una niña de quince años, indudablemente virgen, extremadamente bonita y que se hallaba en tal estado de miseria que habría que tenerla algunos días engordándola antes de venderla. Entonces hizo la descripción de la vieja con quien había encontrado a la muchacha, y del estado de espantosa indigencia en que se hallaba aquella madre. Por sus características, por los detalles de la edad y de la cara, por todo lo que se refería a la niña, Lucila tuvo el presentimiento secreto de que podría muy bien tratarse de su madre y su hermana. Sabía que ésta había quedado de corta edad con su madre cuando ella se fugó, y me pidió permiso para ir a comprobar sus sospechas.
Mi espíritu infernal me sugirió entonces un pequeño horror cuyo efecto encendió tan profundamente mi físico que, sin poder calmar el ardor de mis sentidos, hice salir inmediatamente a nuestra alcahueta y empecé por rogar a Lucila que me masturbase. Luego, deteniéndome en medio de la operación:
—¿Para qué quieres ir a casa de esa vieja —le dije— y cuál es tu propósito?
—¡Eh! —dijo Lucila, que no se había apoderado todavía de mi corazón—. Pues... aliviarla, si puedo, y principalmente si es mi madre.
—¡Imbécil! —le repliqué, rechazándola—. Vete a sacrificarte tú sola ante tus indignos prejuicios populares y pierde, al no atreverte a desafiarlos, la más bella ocasión de irritar tus sentidos por medio de un horror que te hará descargar durante diez años...
Lucila, asombrada, me miró, y entonces comprendí que había que explicarle una filosofía que estaba muy lejos de entender. Lo hice, le hice comprender cuán viles son los lazos que nos encadenan a los autores de nuestros días; le demostré que una madre, por habernos llevado en su seno, en vez de merecer de nuestra parte algún agradecimiento, sólo merece el odio, puesto que sólo para su placer y a riesgo de exponernos a todas las desdichas que podían caemos encima en el mundo, nos había, no obstante, dado la vida, con la única intención de satisfacer su brutal lujuria. Añadí a eso todo lo que se podía decir para exponer este sistema que dicta el buen sentido y que aconseja el corazón cuando no está absorbido por los prejuicios de la infancia.
—¿Y qué te importa —añadí— que esa criatura sea feliz o desdichada? ¿Sufres tú algo por su situación? Aparta estos lazos viles cuyo absurdo acabo de probarte y entonces, cuando aisles completamente a esa criatura, cuando la separes completamente de ti, verás que no solamente su infortunio ha de serte indiferente, sino que el aumentarlo puede llegar a ser muy voluptuoso. Pues al fin le debes odio, esto queda demostrado, y te vengas; cometes lo que los tontos llaman una mala acción, y sabes el poder que siempre ejerció el crimen sobre todos los sentidos. He aquí, pues, dos motivos de placer en los ultrajes que quiero que hagas: las delicias de la venganza y las que se saborean siempre al hacer el mal.
Sea que aplicase con Lucila más elocuencia de la que empleo aquí para exponeros el hecho, sea que su espíritu, ya muy libertino y muy corrompido, advirtiese inmediatamente a su corazón de la voluptuosidad que contenían mis principios, el caso es que los saboreó y vi colorearse sus hermosas mejillas con esa llama libertina que no deja nunca de aparecer cada vez que se rompe un freno.
—¡Bueno! —me dijo—. ¿Qué hay que hacer?
—Divertirnos con eso —le contesté—, y sacar dinero; en cuanto al placer, lo tienes seguro, puesto que puedo hacer que tu vieja madre y tu hermana sirvan para dos diferentes arreglos que nos resultarán muy lucrativos.
Lucila acepta, yo la masturbo para excitarla mejor aún al crimen, y ya no nos ocupamos más que de los arreglos. Trataré ante todo de detallaras el primer plan, puesto que forma parte de la clase— de gustos que tengo que relataros, aunque lo separe un poco de su lugar para seguir el orden de los acontecimientos, y cuando conozcáis esta primera rama de mis proyectos, os enteraré de la segunda.
Había un hombre de la buena sociedad, muy rico, de mucha influencia y de un desenfreno de espíritu que va más allá de todo lo que pueda decirse. Puesto que yo sólo lo conocía bajo el título de conde, os parecerá bien, aunque pueda estar enterada de su nombre, que os lo designe solamente con ese título. El conde se hallaba en toda la plenitud de las pasiones, más de treinta y cinco años, sin fe, sin ley, sin Dios, sin religión y, sobre todo, dotado, como vosotros, señores, de un horror invencible por lo que se denomina sentimiento de la caridad; decía que era más fuerte que él el comprenderla y que no admitía que se pudiese imaginar un ultraje a la naturaleza hasta el punto de perturbar el orden que ella ha puesto en las diferentes clases de sus individuos, elevando a uno, por medio de auxilios, en lugar de otro, y empleando en esos auxilios absurdos e indignantes las sumas que uno podría emplear mucho más agradablemente en sus placeres. Imbuido de esos sentimientos, no se limitaba a esto; no sólo encontraba un goce real en la negativa del auxilio, sino que incluso mejoraba este goce con ultrajes al infortunio. Una de sus voluptuosidades, por ejemplo, consistía en hacerse buscar con cuidado esos asilos tenebrosos donde la indigencia hambrienta come del modo que puede un pan regado con sus lágrimas y debido a sus trabajos. Se le empalmaba no sólo yendo a gozar de la amargura de tales lágrimas, sino hasta... hasta aumentando la fuente de ellas y arrancando si podía aquel desdichado sostén de la vida de los infortunados. Y ese gusto no era una fantasía, era un furor; no había para él, decía, delicias más intensas, nada podía irritar e inflamar tanto su alma como aquellos excesos. No era, según me aseguró un día, el fruto de la depravación, desde la infancia estaba poseído por esa extraordinaria manía y su corazón, perpetuamente endurecido ante los plañideros acentos de la desgracia, no había concebido jamás sentimientos más dulces.
Como es esencial que conozcáis al sujeto, debéis saber ante todo que el mismo hombre tenía tres pasiones diferentes: la que voy a contaros, una que os explicará la Martaine, recordándoos al individuo por su título, y una más atroz aún que la Desgrangés os reservará sin duda para el final de sus relatos, como seguramente una de las más fuertes que tendrá para contaros. Pero empecemos por lo que me concierne.
En cuanto hube avisado al conde sobre el infortunado albergue que le había descubierto y las posibilidades que ofrecía, saltó de alegría. Pero como negocios de la mayor importancia para su fortuna y su progreso que descuidaba tanto menos cuanto que veía en ellos una especie de apoyo a sus extravíos, como sus negocios, digo, iban a ocuparlo casi quince días y no quería perderse a la niña, prefirió perder algo del placer que se prometía con la primera escena y asegurarse la segunda. En consecuencia, me ordenó hacer raptar inmediatamente a la niña al precio. que fuese y entregarla en la dirección que me indicó. Y, para no manteneros por más tiempo en suspenso, señores, os diré que aquella dirección era la de la Desgrangés, quien le proveía para sus terceras juergas secretas. Luego fijamos el día.
Entretanto, fuimos al encuentro de la madre de Lucila, tanto Para preparar el reconocimiento con su hija como para buscar el modo de raptar a su hermana. Lucila, bien instruida, sólo reconoció a su madre para insultarla, decirle que era la causa de que ella se hubiese entregado al libertinaje y mil otras frases parecidas que desgarraban el corazón de aquella pobre mujer y le empañaban todo el placer que le daba el reencuentro con su hija. Creí que en ese principio estaba mi ocasión e hice ver a la madre que después de haber retirado del libertinaje a su hija mayor me ofrecía para salvar a la segunda. Pero el ardid no tuvo éxito, la desgraciada lloró y dijo que por nada del mundo se le arrebataría el único socorro que le quedaba en su segunda hija, que era vieja, inválida, que recibía los cuidados de la niña y que privarla de ella sería arrancarle la vida. Aquí, lo confieso con vergüenza, señores, pero sentí en el fondo de mi corazón un pequeño impulso que me hizo comprender que mi voluptuosidad se acrecentaría a partir del refinamiento de horror que en este caso iba a poner en mi crimen y, después de haber advertido a la vieja que a los pocos días su hija iría a hacerle una segunda visita con un hombre influyente que podría prestarle grandes servicios, nos retiramos y sólo me ocupé en emplear mis recursos ordinarios para apoderarme de aquella joven muchacha. La había examinado bien, valía la pena: quince años, un lindo talle, un cutis bellísimo y rasgos muy bonitos. Tres días después llegó y, tras haberla examinado por todas las partes de su cuerpo y no haber encontrado en él nada que no fuese encantador, bien formado y lozano, a pesar de la mala nutrición a que estaba condenada desde hacía tanto tiempo, la hice pasar a manos de la señora Desgrangés, con quien tenía tratos por primera vez en mi vida.
Nuestro hombre regresó por fin de sus negocios; Lucila lo llevó a casa de su madre y es ahora cuando empieza la escena que debo pintaros. Encontraron a la vieja madre en la cama, sin fuego, aunque a la mitad de un invierno muy frío, cerca de la cama tenía una taza de madera con un poco de leche, dentro de la cual se orinó el conde en cuanto entró. Para impedir toda especie de intromisión y ser completamente dueño del reducto, el conde había situado en la escalera a dos grandes bribones que tenía a sueldo, los cuales deberían oponerse enérgicamente a toda subida o bajada fuera de lugar.
—Vieja bribona —le dijo el conde—, venimos con tu hija, aquí presente, la cual, a fe mía, es una puta muy bonita, venimos, vieja bruja para aliviar tus males, pero tienes que describírnoslos. Vamos —dijo, sentándose y empezando a palpar las nalgas de Lucila—, vamos, detállanos tus sufrimientos.
—¡Ay! —exclamó la buena mujer—. Viene usted con esta zorra más bien para insultarlos que para aliviarlos.
—Zorra —dijo el conde—, ¿te atreves a insultar a tu hija?
Vamos —añadió, levantándose y arrancando a la vieja de su camastro—, fuera de la cama inmediatamente y pídele perdón de rodillas por el insulto que acabas de dirigirle.
No había manera de resistirse.
—Y tú, Lucila, levántate las faldas, haz que tu madre te bese las nalgas, que yo esté bien seguro de que las besa y que la reconciliación se establezca.
La insolente Lucila frotó su culo contra el viejo rostro de su pobre madre. Colmándola de inconveniencias, el conde le permitió a la vieja volver a acostarse y reanudó la conversación. "Te repito una vez más —continuó—, que si me cuentas todas tus aflicciones las aliviaré. Soy un verdadero maestro en eso".
Los desgraciados creen todo lo que se les dice, les gusta lamentarse; la vieja expresó todo lo que sufría y se quejó sobre todo amargamente de que le hubieran robado a la hija, acusando enérgicamente a Lucila de saber dónde estaba, ya que la dama con quien había venido a verla hacía poco tiempo le había propuesto encargarse de ella y deducía de esto, con bastante razón, que aquella dama era quien la había raptado. No obstante, el conde, frente al culo de Lucila, a quien había hecho quitarse las faldas, besando de cuando en cuando aquel hermoso culo y masturbándose escuchaba, interrogaba, pedía detalles y regulaba todos los estremecimientos de su pérfida voluptuosidad según las respuestas que oía. Pero cuando la vieja dijo que la ausencia de su hija, que con su trabajo le procuraba de qué vivir, la conduciría insensiblemente a la tumba, ya que carecía de todo y desde hacía cuatro días sólo se sostenía con aquel poco de leche que acababan de malograrle:
—¡Y bien, zorra! —dijo, mientras dirigía su semen sobre la anciana y continuaba apretando con fuerza las nalgas de Lucila—. ¡Y bien! ¡Reventarás, puta, la desdicha no será muy grande!
Y al acabar de soltar su esperma:
—Si esto sucede —añadió— habrá una sola y única cosa que tendré que lamentar, que es no precipitar yo mismo ese instante.
Pero no todo se había dicho, el conde no era hombre para calmarse con una eyaculación; Lucite, que representaba su papel, en cuanto él hubo terminado se ocupó de que la vieja no viese sus maniobras y el conde, que hurgaba por todas partes, se apoderó de un vaso de plata, único resto del pequeño bienestar de que había gozado en otro tiempo aquella infeliz, y se lo metió en el bolsillo. Aquel doble ultraje le produjo nueva erección, sacó a la vieja de la cama, la desnudó y le ordenó a Lucila que lo masturbase sobre el cuerpo marchito de la vieja matrona. No hubo más remedio que soportar esto también, y el malvado disparó su semen sobre aquella carne vieja, mientras redoblaba sus injurias y decía a la pobre desgraciada que podía estar segura de que no se contentaría con aquello y que pronto tendría noticias suyas y de su hijita, de la cual le hacía saber que estaba en sus manos. Acompañó aquella última eyaculación con transportes de lujuria vivamente inflamados por los horrores que su pérfida imaginación le hacía ya concebir sobre aquella desdichada familia, y salió. Pero a fin de no tener que volver a hablar de este asunto, escuchad, señores, hasta qué punto colmé la medida de mi maldad. El conde, al ver que podía tener confianza en mí, me instruyó sobre la segunda escena que preparaba para la vieja y su hijita, me dijo que debía entregársela inmediatamente y que, además, puesto que quería reunir a toda la familia, le cediese también a Lucila, cuyo hermoso cuerpo lo había conmovido intensamente y cuya pérdida no me lo ocultó, proyectaba, así como la de las otras dos.
Yo quería a Lucila, pero amaba todavía más el dinero, y como el conde me pagaba un precio exorbitante por aquellas tres criaturas, consentí en todo. Cuatro días después, Lucila, su hermanita y la anciana madre estuvieron reunidas; le corresponderá a la señora Desgrangés explicaros de qué modo. Por mi parte, reanudo el hilo de mis relatos interrumpido por esta anécdota que hubiera debido contaros al final de mis narraciones, como una de las más fuertes.
—Un momento —dijo Durcet—, no escucho esas cosas con sangre fría; tienen un poder sobre mí que sería difícil describir. Estoy reteniendo mi semen desde la mitad del relato, aceptad que lo pierda.
Y se precipitó a su gabinete con Mimí, Zelamiro, Cupidón, Fanny, Teresa y Adelaida; al cabo de unos minutos se le oyó aullar y Adelaida volvió llorando y diciendo que era desgraciada por el hecho de que calentaran todavía más la cabeza de su marido con relatos como aquéllos, y que la que debería ser la víctima era aquella misma que los contaba. Durante aquel tiempo, el duque y el obispo no habían perdido el tiempo, pero como la manera en que habían obrado era también de aquellas que las circunstancias nos obligan a velar, rogamos a nuestros lectores que tengan a bien permitirnos bajar la cortina y pasar inmediatamente a los cuatro relatos que le quedaban por exponer a la Duclos para terminar su vigésimo primera velada.
Ocho días después de la marcha de Lucila despaché a un libertino dotado de una manía bastante agradable. Advertida de antemano desde hacía varios días, había dejado acumularse en mi silla orinal una gran cantidad de excrementos y además había rogado a alguna de nuestras damiselas que añadiese los suyos. Llega nuestro hombre disfrazado de saboyano, era por la mañana, barre mi habitación, se apodera del orinal de la silla, sube a los excusados para vaciarlo (operación que, entre paréntesis, lo ocupó bastante tiempo), vuelve, me muestra lo bien que lo ha limpiado y me pide su paga. Pero yo, advertida sobre el ceremonial, me echo sobre él blandiendo el palo de la escoba.
—¿Tu paga, bandido? —le digo—. ¡Toma, aquí tienes tu paga!
Y le propino por lo menos una docena de garrotazos. Quiere huir, lo sigo, el libertino, a quien le había llegado el momento, eyacula por todo lo largo de h. escalera, mientras grita a voz en grito que lo destrozan, que lo matan y que se encuentra en casa de una bribona y no, como creía, de una mujer honrada.
Otro quería que le introdujera en el canal de la uretra un bastoncito nudoso que traía para este fin en un estuche; había que sacudir vivamente el bastoncito, del que se hundían tres pulgadas, y con la otra mano masturbarle el miembro desmochado; en el instante de su eyaculación, había que retirar el bastón, levantarse las faldas por delante y él descargaba sobre el monte.
Un cura a quien vi seis meses después quería que dejase gotear la cera de una vela encendida sobre el pito y los cojones; sólo con esta sensación eyaculaba sin que una se viese obligada a tocarlo, pero nunca tenía erección y, para que saliese su semen, era necesario que todo quedase cubierto de cera sin que se reconociese en ello una forma humana.
Un amigo de este último se hacía clavar alfileres de oro en el culo y cuando éste, así adornado, se parecía a una cacerola más que a un nalguero, se sentaba para sentir mejor los pinchazos, se le presentaban las nalgas bien separadas, él mismo se masturbaba Y eyaculaba sobre el agujero del culo.
—Durcet —dijo el duque—, me gustaría bastante ver tu bello culo gordezuelo todo cubierto de ese modo de alfileres de oro, estoy persuadido de que sería extremadamente interesante.
—Señor duque —dijo el financiero—, sabes que desde hace cuarenta años tengo a gloria y honor imitarte, ten la bondad de darme ejemplo y te respondo de que lo seguiré.
—¡Dios! —dijo Curval, a quien no se le había oído todavía—. ¡Cúan dura me la ha puesto la historia de Lucila! Me estaba callado, pero no dejaba de pensar. Aquí lo tenéis —dijo mostrando su verga pegada contra el vientre—, ved si miento; tengo una impaciencia furiosa por saber el desenlace de la historia de aquellas tres fulanas; supongo que deben estar reunidas en una misma tumba.
—Poco a poco, poco a poco —dijo el duque—, no apresuremos los acontecimientos. Porque tienes una erección, señor presidente, quisieras que te hablasen enseguida de rueda y de horca; te pareces mucho a la gente que lleva tu toga, de quien se dice que siempre se les pone la verga erecta cada vez que condenan a muerte.
—Dejemos el estado y la toga —dijo Curval—, el hecho es que estoy encantado con los procedimientos de la Duclos, que la encuentro una mujer hechicera y que su historia del conde me ha puesto en un horrible estado, un estado tal en el que creo que iría de buena gana al camino real a detener y robar una diligencia.
—Hay que poner orden en esto, presidente —dijo el obispo—; de lo contrario no estaríamos aquí seguros y lo menos que podrías hacer sería condenarnos a todos a ser ahorcados.
—No, a vosotros no, pero confieso que condenaría de buena gana a estas señoritas y principalmente a la señora duquesa aquí presente, que está acostada como un becerro en mi sofá y que, porque tiene un poco de semen modificado dentro de su matriz, se imagina que no se la puede tocar ya.
—¡Oh! —dijo Constanza—. Seguramente no es con usted con quien contaría, en mi estado, para obtener semejante respeto, demasiado se sabe cuánto detesta usted a las mujeres preñadas.
—¡Oh! Prodigiosamente —afirmó Curval—, es la verdad.
Y en su transporte iba a cometer, creo, algún sacrilegio sobre aquel hermoso vientre, cuando Duclos se apoderó de él.
—Venga, venga —dijo—, señor presidente; ya que soy yo quien ha hecho el daño, quiero repararlo.
Y pasaron juntos a la sala del fondo, seguidos de Agustina, Hébé, Cupidón y Teresa. No se tardó mucho en oír bramar al presidente y, a pesar de todos los cuidados de la Duclos, la pequeña Hébé volvió hecha un mar de lágrimas; había incluso algo más que lágrimas, pero no nos atrevemos aún a decir lo que era; las circunstancias no nos lo permiten. Un poco de paciencia, amigo lector, y pronto ya no te ocultaremos nada.
Curval volvió, gruñendo todavía entre dientes, diciendo que todas esas leyes hacían que no se pudiese eyacular a gusto, etc., y fueron a sentarse a la mesa. Después de la cena se encerraron para las correcciones; aquella noche eran poco numerosas, sólo estaban en falta Sofía, Colomba, Adelaida y Zelamiro. Durcet, quien desde el principio de la velada se había acalorado intensamente contra Adelaida, no tuvo miramientos con ella; Sofía, a quien se le habían sorprendido lágrimas durante el relato de la historia del conde, fue castigada por su primer delito y por éste, y el pequeño matrimonio del día, Zelamiro y Colomba, fue tratado, dícese, por el duque y Curval con una severidad que llegaba casi a la barbarie.
El duque y Curval, singularmente animados, dijeron que no querían acostarse, hicieron servir licores y pasaron la noche bebiendo con las cuatro narradoras y Julia, cuyo libertinaje, que aumentaba cada día, hacía de ella una criatura muy amable y merecía ser colocada en el rango de los objetos por los cuales se tenían consideraciones. Los siete fueron encontrados al día siguiente borrachos perdidos por Durcet, que fue a visitarlos. Se encontró a la hija desnuda entre el padre y el marido y en una actitud que no demostraba ni virtud ni tan solo decencia en el libertinaje; parecía, en fin, para no mantener al lector en suspenso, que habían gozado de ella los dos a la vez. La Duclos, quien al parecer había servido de segunda parte, estaba tirada borracha perdida cerca de ellos, y los demás estaban unos sobre otros en un rincón junto al gran fuego que habían tenido cuidado de mantener toda la noche.
[editar] Vigesimosegunda jornada
Como resultado de aquellas bacanales nocturnas se hicieron muy pocas cosas aquel día, se olvidó la mitad de las ceremonias, se comió distraídamente y no fue sino casi hasta el café cuando empezaron a reconocerse. Fue servido por Rosette y Sofía, Zelamiro y Gitón. Curval, para reponerse, hizo cagar a Gitón, y el duque se tragó los excrementos de Rosette; el obispo se hizo chupar la verga por Sofía y Durcet por Zelamiro, pero nadie eyaculó. Pasaron al salón, la bella Duclos, muy indispuesta por los excesos de la víspera, sólo se ofreció brevemente y sus relatos fueron tan cortos, mezcló en ellos tan pocos episodios, que hemos decidido suplirla y hacer para el lector el extracto de lo que dijo a los amigos:
Siguiendo la costumbre, describió cinco pasiones: la primera fue la de un hombre que se hacía masturbar el culo con un consolador de estaño que se llenaba de agua caliente y que se le inyectaba en el momento de su eyaculación, a la cual procedía por sí mismo y sin que se le tocase.
El segundo tenía la misma manía, pero se obraba con un número mucho mayor de instrumentos; se empezaba con uno muy pequeño, se aumentaba poco a poco hasta llegar al último, cuyo tamaño era enorme, y hasta éste no eyaculaba.
Mucho mayor misterio era necesario para el tercero: Para empezar el juego se hacía meter una jeringa enorme en el trasero, al retirarla cagaba, se comía lo que acababa de hacer y entonces se le azotaba. Hecho esto, se le volvía a meter el instrumento en el trasero, se le retiraba de nuevo y esta vez era la puta quien cagaba y quien le azotaba mientras él comía lo que ella había hecho; se le introducía por tercera vez el instrumento, por fin soltaba su semen sin que se le tocase y terminaba de comer el mojón de la muchacha.
Duelos, en el cuarto relato, habló de un hombre que se hacía atar con cordeles todas las articulaciones; para hacer más deliciosa su descarga, incluso se le apretaba el cuello y en este estado soltaba su semen frente al culo de la puta.
Y, en la quinta narración, se refirió a otro que se hacía atar fuertemente el glande con una cuerda, al otro lado de la habitación una mujer desnuda se pasaba entre sus muslos el extremo de la cuerda y tiraba de ella hacia adelante, mientras presentaba las nalgas al paciente, descargaba así.
La narradora, verdaderamente agotada al terminar su tarea, pidió permiso para retirarse; le fue concedido. Se entretuvieron todavía unos minutos y fueron a la mesa, pero todo se resentía aún del desorden de nuestros dos principales actores. En las orgías fueron tan juiciosos como era posible en semejantes libertinos, y todo el mundo se fue a la cama bastante tranquilo.
[editar] Vigesimotercera jornada
—¡Es posible rebuznar, es posible aullar como lo haces tú cuando descargas! —dijo el duque a Curval, cuando volvió a verlo el día veintitrés por la mañana—. ¿Con quién diablos te las habías, para gritar de esa manera? Nunca he visto eyaculaciones de tal violencia.
—¡Ah, pardiez! —dijo Curval—. Está bien que tú, a quien se oye desde una legua de distancia, me dirijas semejante reproche: esos gritos, amigo mío, provienen de la extremada sensibilidad de la organización; los objetos de nuestras pasiones producen una conmoción tan viva en el fluido eléctrico que corre por nuestros nervios, el choque recibido por los espíritus animales que componen este fluido tiene tal grado de violencia, que toda la máquina se sacude y ya no se es dueño de retener los gritos bajo aquellos terribles estremecimientos del placer, más de lo que se podrían contener bajo las poderosas emociones del dolor.
—He aquí algo bien definido, pero ¿cuál era el delicado objeto que ponía de tal modo en vibración tus espíritus animales?
—Chupaba violentamente el pito, la boca y el agujero del culo de Adonis, mi compañero de cama, desesperado de no poderle hacer aún más, y esto mientras Antínoo, ayudado por tu querida hija Julia, trabajaba, cada uno de ellos a su forma para hacer evacuar este licor cuyo derrame ha ocasionado esos gritos que han herido tus oídos.
—De modo que hoy —continuó el duque— estás ya agotado.
—De ninguna manera —replicó Curval—. Si te dignas seguirme y hacerme el honor de observarme, verás que me conduciré, por lo menos, tan bien como tú.
Estaban hablando así cuando Durcet llegó a anunciar que el desayuno estaba servido. Pasaron al aposento de las muchachas, donde se vio a aquellas ocho sultanitas desnudas presentando tazas de café negro; entonces el duque preguntó a Durcet, director del mes, por qué había café negro por la mañana.
—Será con leche cuando queráis —dijo el financiero—. ¿Lo deseas?
—Sí —dijo el duque.
—Agustina —dijo Durcet—, sirve leche al señor duque.
Entonces la joven, ya preparada, colocó su lindo culito sobre la taza del duque y vertió en ella, por el ano, tres o cuatro cucharadas de una lecha muy clara y nada sucia. Se rieron mucho de la broma y todos pidieron leche. Todos los culos estaban preparados como el de Agustina; era una agradable sorpresa que el director de los placeres del mes quiso proporcionar a sus amigos. Fanny vertió leche en la taza del obispo, Zelmira en la de Curval y Mimí en la del financiero; tomaron una segunda taza y las otras cuatro sultanas hicieron la primera tanda; se juzgó muy buena la broma. Esta calentó la cabeza del obispo, quien quiso algo más que leche, y la bella Sofía lo satisfizo. Aunque todas tenían ganas de cagar, se les había recomendado mucho que se contuvieran durante la operación de la leche y que la primera vez no diesen absolutamente nada más que leche.
Pasaron al aposento de los muchachos; Curval hizo cagar a Zelamiro y el duque a Gitón. Los excusados de la capilla no proporcionaron más que a dos jodedores subalternos, Constanza y Rosette: en esta última se había ensayado la víspera la vieja histeria de las indigestiones; le había costado terriblemente contenerse durante el café y entonces soltó la más soberbia cagada que se pueda ver. Felicitaron a la Duelos por su secreto, el cual en lo sucesivo aplicaron todos los días con el mayor éxito. La broma del desayuno animó la conversación de la comida e hizo imaginar cosas del mismo género, de las que quizás tendremos ocasión de hablar en lo que sigue.
Pasaron al café, servido por cuatro jóvenes sujetos de la misma edad: Zelmira, Agustina, Céfiro y Adonis, todos de quince años. El duque jodió a Agustina entre los muslos mientras le cosquilleaba el ano, Curval hizo lo mismo con Zelmira, el duque con Céfiro y el financiero jodió a Adonis por la boca. Agustina dijo que esperaba que en aquella hora la hiciesen cagar, y que no aguantaba más; era también una de aquellas con las que la víspera se habían puesto a prueba las indigestiones. Curval le tendió al instante el pico, en el cual la encantadora niña depositó una cagada monstruosa que el presidente se tragó en tres bocados, no sin perder entre las manos de la Fanchón, que lo sacudía, un caudaloso río de semen.
—¡Bueno! —dijo al duque—. Ya ves que los excesos de la noche no ocasionan ningún perjuicio al placer del día, y tú te quedas atrás, señor duque.
—No me quedaré por mucho tiempo —dijo ése, a quien Zelmira, igualmente apremiada, prestaba el mismo servicio que Agustina acababa de prestar a Curval.
Y en el mismo instante el duque se echa hacia atrás, lanza gritos, traga mierda y eyacula furiosamente.
—Ya basta —dijo el obispo—; que dos de nosotros por lo menos conserven sus fuerzas para los relatos.
Durcet, que no disponía como aquellos dos señores de semen a voluntad, consintió en ello de todo corazón Y después de una breve siesta fueron a instalarse en el salón, donde la interesante Duelos reanudó en los términos siguientes el hilo de su brillante y lasciva historia:
¿Cómo es, señores —dijo aquella hermosa mujer—, que haya Personas en el mundo a quienes el libertinaje ha entumecido el corazón de tal modo, ha embrutecido todos los sentimientos de honor y delicadeza de tal forma que únicamente se les ve complacerse y divertirse con lo que los degrada y envilece? Diríase que su goce no se encuentra más que en el seno del oprobio, que no puede existir para ellos más que en lo que los acerca al deshonor y la infamia. En lo que voy a contaros, señores, en los diferentes ejemplos que os presentaré como prueba de mi afirmación, no aleguéis la sensación física; sé que ésta se encuentra en ello, pero podéis estar bien seguros de que sólo existe de alguna manera por el impulso poderoso que le da la sensación moral y que si se proporcionara a esas personas la misma sensación física sin añadir todo lo que sacan de la moral, no se lograría conmoverlas.
Iba muy a menudo a mi casa un hombre cuyo nombre y calidad ignoraba, pero sabía muy bien, sin embargo, que era un hombre de condición. El tipo de mujer con quien lo juntaba le daba perfectamente igual: hermosa o fea, vieja o joven, todo le era indiferente; sólo se trataba de que representase bien su papel, y he aquí cuál era éste: él llegaba ordinariamente por la mañana, entraba como por distracción en una estancia donde una muchacha estaba sobre una cama, con las faldas levantadas hasta la mitad del vientre y en la actitud de una mujer que se masturbaba. En cuanto lo veía entrar, la mujer, como sorprendida, saltaba de la cama.
—¿Qué vienes a hacer aquí, bandido? —le decía—. ¿Quién te ha dado permiso, bribón, para molestarme?
El se excusaba, no era escuchado y ella, mientras lo agobiaba con un nuevo diluvio de los más duros e hirientes insultos, se le abalanzaba y le propinaba fuertes puntapiés en el culo, con los cuales le era tanto más difícil no dar en el blanco por cuanto que el paciente, lejos de rehuirla, no dejaba nunca de darse la vuelta y presentarle el trasero, aunque fingía querer evitar los golpes y querer huir. Se le pegaba más, él pedía piedad, los golpes y los insultos eran todas las respuestas que recibía y, en cuanto se sentía suficientemente excitado, sacaba rápidamente su miembro de una bragueta que hasta aquel instante había conservado cuidadosamente abrochada, se aplicaba ligeramente tres o cuatro golpes con la muñeca y eyaculaba huyendo mientras continuaban los insultos y las patadas.
Un segundo, más duro o más acostumbrado a esa especie de ejercicio, no quería proceder a él más que con un cargador o un mozo de cuerda que estaba contando su dinero. El libertino entraba furtivamente, el palurdo gritaba: ¡al ladrón!; desde aquel momento, como en el otro caso, se distribuían los golpes y los insultos, pero con la diferencia de que éste se había bajado los pantalones y quería recibir de lleno, en medio de las nalgas desnudas, los puntapiés que se le aplicaban, y era necesario que el asaltante llevase un grueso zapato con clavos lleno de lodo. En el momento de su eyaculación, éste no se esquivaba; de pie, los pantalones caídos, en medio de la habitación, se sacudía con toda su fuerza, desafiaba los golpes de su enemigo y, en el último instante, lo retaba a hacerle pedir cuartel, lo insultaba a su vez y juraba que se moría de placer. Cuanto más vil era el hombre que yo le daba, cuanto más pertenecía a las heces del pueblo, cuanto más grosera y sucia era su bota, más lo colmaba de voluptuosidad; había que poner en esos refinamientos el mismo cuidado que debería emplearse para maquillar y embellecer a una mujer.
Un tercero quería encontrarse en lo que en una casa se llama el serrallo, en el momento en que dos hombres pagados y apostados expresamente se pondrían a disputar. Esos hombres se volvían contra él, que suplicaba piedad, se hincaba de rodillas, no era escuchado y uno de los dos campeones se le abalanzaba y lo colmaba de bastonazos hasta que entraba en una habitación preparada, dentro de la cual escapaba. Allí lo recibía una muchacha, lo consolaba, lo acariciaba como se haría con un niño que acude a quejarse, se levantaba las faldas, le mostraba el trasero, y el libertino eyaculaba encima.
Un cuarto exigía los mismos preliminares, pero en cuanto los garrotazos empezaban a llover sobre sus espaldas se masturbaba ante todo el mundo. Entonces se suspendía un instante la última operación, aunque los garrotazos y las invectivas siguiesen, luego, cuando se le veía animarse y que su semen estaba dispuesto a salir, se abría una ventana se le agarraba por la mitad del cuerpo, y se le arrojaba por ella sobre un estercolero preparado a propósito, lo cual constituía una caída de a lo sumo seis pies. Aquel era el instante de su eyaculación; su moral estaba excitada por los actos precedentes y su físico no se excitaba más que con el ímpetu de la caída, así que su semen no manaba nunca sino sobre el estercolero. No se le volvía a ver; desaparecía inmediatamente por una puertecita que había abajo, cuya llave tenía.
Un hombre pagado para esto y que actuaba de camorrista, entraba bruscamente en la habitación donde el que nos proporciona el quinto ejemplo estaba encerrado con una muchacha a quien besaba el trasero mientras esperaba la ejecución. El camorrista las emprendía contra el primo, al derribar la puerta le preguntaba insolentemente con qué derecho tomaba así a su amante, luego, empuñando la espada, le decía que se defendiese. El primo, todo confuso, caía de rodillas, pedía perdón, besaba el suelo, besaba los pies de su enemigo y le juraba que podía llevarse a su amante y que por su parte no tenía ganas de batirse por una mujer. El camorrista, más insolente aún ante las suavidades de su adversario, se ponía más imperioso: trataba a su enemigo de cobarde, de rastrero, de cagón, y lo amenazaba con cortarle la cara con la hoja de su espada. Cuanto más malo se volvía uno, más se humillaba el otro. Por fin, después de algunos instantes de discusión, el asaltante ofrecía una componenda a su enemigo:
—Ya veo que eres un rastrero —le decía—. Te perdono, pero a condición de que me beses el culo.
—¡Oh, señor! Todo lo que usted quiera —decía el otro, encantado—. Se lo besaré incluso mierdoso, si usted quiere, con tal que no me haga ningún daño.
El camorrista, rezongando, exponía inmediatamente su trasero, el primo, más que feliz, se echaba encima con entusiasmo y mientras el joven le soltaba en las narices media docena de pedos, el viejo disoluto, en el colmo de su gozo, derramaba su semen muriéndose de placer.
—Todos esos excesos se comprenden —dijo Durcet, tartamudeando, porque se había empalmado oyendo aquellas bajezas—. Nada más simple que gustar del envilecimiento y encontrar goces en el desprecio. El que ama con ardor las cosas que deshonran encuentra placer en ser despreciado y debe empalmarse cuando le dicen que lo es. La bajeza es un goce muy conocido por ciertas almas. Uno gusta de escuchar lo que se complace en merecer y es imposible saber hasta dónde puede llegar en esto el hombre que ya no se sonroja de nada. Este es el caso de ciertos enfermos que se complacen en sus achaques.
—Todo es cuestión de cinismo —dijo Curval, mientras manoseaba las nalgas de la Fanchón— ¿Quién no sabe que el mismo castigo produce entusiasmos y no hemos visto a hombres que se empalmaban en el instante en que se los deshonraba públicamente; todo el mundo conoce la historia del marqués de... el cual, en cuanto se le comunicó la sentencia que lo condenaba ser quemado en efigie, se sacó el miembro del pantalón y exclamó: "Jodido Dios, ya estoy en el punto que quería, ya estoy lleno de oprobio y de infamia, dejadme, dejadme, tengo que descargar", y lo hizo al instante.
——Esos son hechos —dijo el duque—. Pero explicadme su causa.
—Está en nuestro corazón —replicó Curval—. Una vez que el hombre se ha degradado, se ha envilecido con los excesos, ha hecho que su alma tome una inclinación viciosa de la que ya nada puede sacarla. En cualquier otro caso, la vergüenza serviría de contrapeso a los vicios a que su espíritu le aconsejaría entregarse; pero en éste ya no es posible: es el primer sentimiento que ha desterrado lejos de sí, y del estado en que se halla de no sonrojarse ya al de amar todo lo que le hace enrojecer, no hay más que un paso. Todo lo que afectaba desagradablemente, al encontrar un alma preparada diferentemente, se metamorfosea en placer y desde aquel momento todo cuanto recuerde el nuevo estado que se adopta no puede ser ya sino forzosamente voluptuoso.
—¡Pero cuánto camino se ha de haber andado en el vicio para llegar a eso! —dijo el obispo.
—Lo admito —dijo Curval—; pero este camino se recorre imperceptiblemente, sólo se sigue sobre flores; un exceso trae otro, la imaginación siempre insaciable nos lleva pronto al extremo y, como sólo ha recorrido su carrera endureciendo el corazón, en cuanto llega a la meta ese corazón, que antes contenía algunas virtudes, no reconoce ya ninguna. Acostumbrado a cosas más intensas, se sacude prontamente las primeras impresiones blandas y carentes de dulzura que lo habían embriagado hasta entonces y, puesto que se da cuenta de que la infamia y el deshonor serán el resultado de sus nuevos impulsos, para no tener que temerlos empieza por familiarizarse con ellos. Apenas los ha acariciado ya los ama, porque participan de la naturaleza de sus nuevas conquistas, y no cambia ya.
—He aquí, pues, lo que hace tan difícil la corrección —dijo el obispo.
—Debes decir imposible, amigo mío. ¿Y cómo los castigos infligidos a quien se quiere corregir lograrían convertirlo, puesto que, aparte de ciertas privaciones, el estado de envilecimiento que caracteriza la situación en que se le coloca al castigarlo le gusta, lo divierte, lo deleita, y goza interiormente de haber llegado lo bastante lejos para merecer semejante trato?
—¡Oh! ¡Qué enigma es el hombre! —dijo el duque.
—Sí, amigo mío —afirmó Curval—. Y eso es lo que ha hecho decir a un hombre de mucha inteligencia que es mejor joderlo que comprenderlo.
Y como la cena vino a interrumpir a nuestros interlocutores, fueron a sentarse a la mesa sin haber hecho nada durante la velada. Pero Curval, en los postres, con una erección de todos los diablos, declaró que quería violar una virginidad aunque tuviese que pagar veinte multas y, apoderándose en seguida de Zelmira, que le estaba destinada, iba a llevársela a la sala cuando los tres amigos se interpusieron, le suplicaron que se sometiese a lo que él mismo había prescrito y puesto que ellos, que tenían al menos las mismas ganas de infringir aquellas leyes, se sometían no obstante a ellas, él debía imitarlos cuanto menos por deferencia. Y, como habían mandado rápidamente en busca de Julia, que le gustaba, ésta se apoderó de él, con la Champville y Brise-Cul, y los tres pasaron al salón, donde los otros amigos se les reunieron pronto para empezar las orgías y los encontraron con las manos en la masa, y Curval soltando por fin su semen en medio de las posturas más lúbricas y los episodios más libertinos.
Durcet, en las orgías, se hizo pegar dos o trescientos puntapiés en el trasero por las viejas, el obispo, el duque Y Curval por los jodedores, y nadie se quedó, antes de ir a la cama, sin perder más o menos cantidad de esperma, según las facultades que había recibido de la naturaleza. Como se temía alguna reiteración de la fantasía desfloradora que Curval acababa de anunciar, se tuvo el cuidado de hacer que las viejas durmieran en el aposento de las muchachas y de los muchachos. Pero tal cuidado no fue necesario, y Julia, que se apoderó de Curval para toda la noche, lo devolvió al grupo al día siguiente más suave que un guante.
- Primera parte
- Reglamento y personajes
- Jornada 1
- Jornada 2 y 3, y cuadro de los proyectos del resto del viaje
- Jornada 4 y 5
- Jornada 6 y 7
- Jornada 8 a 11
- Jornada 12 a 14
- Jornada 15 a 17
- Jornada 18 a 23 (esta página)
- Jornada 24 a 27 (página siguiente)
- Jornada 28 a 30
- Segunda parte
- Tercera parte
- Cuarta parte