Las 120 jornadas de Sodoma/Primera parte/Jornada 24 a 27

De Wikisource, la biblioteca libre.

NoMenores.png
PagNoMenores

El contenido de este texto está calificado como no adecuado para menores de edad, y restringida su lectura a personas adultas. Si eres menor de edad según la legislación de tu país, debes abstenerte de la lectura de estos textos.




Esta página requiere atención.
Motivo: Falta traductor


Primera parte de Las 120 jornadas de Sodoma, novela del Marqués de Sade (1740-1814)


Contenido

[editar] Vigesimocuarta jornada

La devoción es una verdadera enfermedad del alma. Por mucho que se haga, no se corrige; es más fácil de introducirse en el alma de los desdichados porque los consuela, porque les ofrece quimeras para consolarlos de sus males, es mucho más difícil aún extirparla de estas almas que de las otras. Este era el caso de Adelaida: cuanto más se desplegaba a sus ojos el cuadro del desenfreno y del libertinaje, más se arrojaba ella en brazos de ese Dios consolador que esperaba fuese un día su libertador de los males a los que demasiado veía que la arrastraría su desgraciada situación. Nadie se daba cuenta mejor que ella de su estado, su espíritu le presagiaba cuando menos todo lo que debía seguir al funesto comienzo de que ya era víctima, aunque ligeramente; comprendía perfectamente que a medida que los relatos fuesen más fuertes, los procedimientos de los hombres para con sus compañeras y ella se volverían más feroces. Todo eso, le dijesen lo que fuese, le hacía buscar con avidez tanto como podía el trato con su querida Sofía. Ya no osaba ir a su encuentro de noche; los señores se habían dado demasiada cuenta de ello y se oponían demasiado bien a que tal salida de tono tuviera lugar en adelante, pero en cuanto tenía un instante corría al lado de su amiga, y aquella misma mañana cuyo diario escribimos se levantó muy temprano del lado del obispo con quien durmió y fue a la estancia de las muchachas a platicar con su querida Sofía. Durcet, que a causa de sus funciones del mes se levantaba también más temprano que los demás, la encontró allí y le declaró que no podía dejar de dar cuenta de ello y que el grupo decidiría lo que le pareciese bien. Adelaida lloró, era su única arma, y se sometió. La única gracia que se atrevió a pedir a su marido fue que tratase de no hacer castigar a Sofía, la cual no podía ser culpable, ya que era ella quien había ido a su encuentro, y no Sofía quien fue a verla a ella. Durcet dijo que comunicaría el hecho tal como era y que no disfrazaría nada; nadie puede enternecerse menos que un corrector que tiene el mayor interés en la corrección. Este era el caso: no había nada tan bonito como castigar a Sofía. ¿Por qué motivo lo habría evitado Durcet?
Se reunieron y el financiero dio cuenta de lo sucedido. Era una reincidencia; el presidente se acordó de que cuando estaba en el palacio sus ingeniosos compañeros pretendían que, puesto que una reincidencia probaba que la naturaleza obraba en un hombre con más fuerza que la educación y los principios, que, por consiguiente, al reincidir demuestra que, por así decirlo, no es dueño de sí mismo, había que castigarlo doblemente, y por lo tanto, quiso razonar de acuerdo con esto con tanto ingenio como sus antiguos condiscípulos y declaró que como resultado había que castigar a las dos muchachas con todo el rigor de las ordenanzas. Pero como estas ordenanzas aplicaban pena de muerte en un caso semejante, y ellos tenían ganas de divertirse todavía algún tiempo con las damas antes de llegar a tal punto, se contentaron con hacerlas llegar, arrodillarse y leerles el artículo de la ordenanza para hacerles sentir a lo que se habían arriesgado al exponerse a tal delito. Hecho esto, se les aplicó una penitencia triple que la que habían sufrido el sábado anterior, se les hizo jurar que— aquello no sucedería más, se les prometió que si repetía se emplearía con ellas todo el rigor, y se las inscribió en el libro fatal.
La visita de Durcet hizo inscribir todavía tres nombres más; dos entre las muchachas y uno entre los muchachos. Esto era el resultado de la nueva experiencia de las pequeñas indigestiones; daban buen resultado, pero había casos en que aquellos pobre niños no podían contenerse y se ponían a cada instante en situación de ser castigados; era lo que sucedió con Fanny y Hébé entre las sultanas y Jacinto entre los muchachos. Lo que encontraron en su orinal fue enorme y Durcet se divirtió largo rato con ello. Nunca se habían pedido tantos permisos durante la mañana y todo el mundo elogiaba a la Duelos por haber indicado semejante secreto. A pesar de la multitud de permisos pedidos, sólo se les concedieron a Constanza, Hércules, dos jodedores subalternos, Agustina, Céfiro y la Desgrangés. Se divirtieron con ello un minuto, y se sentaron a la mesa.
—Ya ves —dijo Durcet a Curval— el error que cometiste al dejar que instruyeran a tu hija en la religión; ahora ya no se le puede hacer renunciar a esas imbecilidades. Bien te lo dije, cuando era tiempo.
—A fe mía —dijo Curval—, creí que conocerlas sería para ella una razón más para detestarlas, y que con la edad se convencería de la imbecilidad de esos dogmas infames.
—Esto que dices es bueno para las cabezas razonables —dijo el obispo—. Pero no hay que confiar en ello cuando se trata de una niña.
—Nos veremos obligados a llegar a acciones violentas —dijo el duque, quien sabía muy bien que Adelaida lo escuchaba.
—Llegaremos —dijo Durcet—. Yo le aseguro de antemano que si no tiene más que a mí por abogado, será mal defendida.
—¡Oh! Lo creo, señor —dijo Adelaida, llorando—; sus sentimientos hacia mí son bastante conocidos.
—¿Sentimientos? —dijo Durcet—. Empiezo, mi bella esposa, por advertirte que no los he tenido nunca por ninguna mujer, y menos, ciertamente, por ti, que eres la mía, que por ninguna otra. Odio la religión, así como a todos los que la practican y te advierto que de la indiferencia que siento por ti pasaré pronto a la más violenta aversión si continúas reverenciando las infames y execrables quimeras que fueron siempre objeto de mi desprecio. Hay que haber perdido el juicio para admitir a un Dios, y haber llegado a ser completamente imbécil para adorarlo. En una palabra, te declaro, ante tu padre y estos señores, que no habrá extremo al que no llegue contigo si te atrapo otra vez en semejante falta. Tenías que hacerte monja, si querías adorar a tu estúpido Dios; allá hubieras rezado a tu placer.
—¡Ah! —replicó Adelaida, gimiendo—. ¡Monja, gran Dios, monja, pluguiera al cielo que lo fuese!
Y Durcet, que se encontraba entonces frente a ella, impacientado por la respuesta, le tiró de canto una fuente de plata a la cara, que la habría matado de haberle dado en la cabeza, pues el choque fue tan violento que la fuente se dobló al dar contra la pared.
—Eres una criatura insolente —dijo Curval a su hija, quien, para evitar la fuente, se había protegido entre su padre y Antínoo—. Merecerías que te diese cien patadas en el vientre.
Y, rechazándola lejos de sí con un puñetazo:
—Ve a pedir perdón de rodillas a tu marido —le dijo—, o te aplicaremos inmediatamente el más cruel de los castigos.
Ella, anegada en lágrimas, fue a arrojarse a los pies de Durcet, pero éste, que se había puesto en erección al lanzar la fuente y decía que no hubiera querido ni por mil luises errar el golpe, declaró que era necesaria de inmediato una corrección general y ejemplar, sin perjuicio de la del sábado; que pedía que por esta vez, sin establecer precedente, se despidiera a los niños del café y que esta operación se realizase a la hora en que tenían costumbre de divertirse después de tomar el café. Todo el mundo consintió en ello, Adelaida y sólo las dos viejas Luisona y Fanchón, las más malvadas de las cuatro y las más temidas de las mujeres, pasaron al salón del café, donde las circunstancias nos obligan a correr la cortina sobre lo que sucedió. Lo que hay de cierto es que nuestros cuatro héroes eyacularon y que se le permitió a Adelaida que fuera a acostarse. Corresponde al lector hacer su combinación y aceptar, si le place, que lo transportemos en seguida a las narraciones de la Duclos. Todos instalados junto a las esposas, exceptuando al duque, que aquella noche debía tener a Adelaida a su lado y la hizo sustituir por Agustina, todos, pues, instalados, la Duelos reanudó de este modo el hilo de su historia:
Un día —dijo aquella bella muchacha— en que yo sostenía ante una de mis compañeras en alcahuetería que había visto ciertamente, en cuanto a flagelaciones pasivas, todo lo más fuerte que sea posible ver, puesto que había azotado y visto azotar a hombres con espinas y vergajos:
—¡Oh, pardiez! —me dijo ella—. Para convencerte de que te falta mucho para haber visto lo que hay de más fuerte en este género, te mandaré mañana a uno de mis clientes.
Me hizo avisar por la mañana la hora de la visita y el ceremonial que debíase observar con aquel viejo arrendador de postas, que se llamaba, lo recuerdo, señor de Grancourt, le preparé todo lo necesario, la cosa estaba dispuesta. Llegó y, después de habernos encerrado, le dije:
—Señor, estoy desesperada por la noticia que debo comunicarle, pero está usted prisionero y no saldrá más de aquí. Me desespera que el parlamento haya puesto los ojos en mí para ejecutar su sentencia, pero así lo ha querido y tengo su orden en mi bolsillo. La persona que le ha mandado a mi casa le ha tendido una trampa, pues sabía bien de qué se trataba y, verdaderamente, hubiera podido evitarle esta escena. Por otra parte, conoce usted su asunto; uno no puede entregarse impunemente a los negros y horrendos crímenes que usted ha cometido y me parece usted bastante dichoso de que le salga tan barato.
Nuestro hombre había escuchado mi arenga con la mayor atención y, en cuanto hube terminado, se arrojó llorando, a mis pies suplicando que le tuviese consideración.
—Sé muy bien —dijo— que he faltado en gran manera. He ofendido gravemente a Dios y a la justicia; pero ya que es usted, buena dama, la encargada de mi castigo, le pido encarecidamente que tenga piedad.
—Señor —le repliqué—, yo cumpliré mi deber. ¿Cómo sabe usted si yo misma no soy observada y si soy dueña de ceder a la compasión que usted me inspira? Desnúdese y sea dócil, es todo lo que puedo decirle.
Grancourt obedeció y en un minuto estuvo desnudo como la mano. Pero ¡gran Dios, qué cuerpo ofrecía a mi vista! No puedo compararlo más que a un tafetán multicolor. No había un lugar en aquel cuerpo enteramente marcado que no llevase la prueba de un desgarramiento.
Sin embargo, yo había puesto al fuego unas disciplinas de hierro guarnecidas de puntas agudas que me habían sido enviadas por la mañana con las instrucciones. Aquel arma homicida estaba al rojo más o menos en el mismo instante en que Grancourt quedó desnudo. Me apoderé de ella y empecé a flagelarlo, al principio levemente, luego con un poco más de fuerza y por fin con toda la energía, indistintamente, desde el cuello hasta los talones, en un momento tuve a mi hombre sangrante.
—Eres un malvado —le decía, pegando—; un bandido que ha cometido toda clase de crímenes. No hay nada sagrado para ti y hasta se dice que últimamente has envenenado a tu madre.
—Esto es verdad, señora, esto es verdad —decía mientras se masturbaba—. Soy un monstruo, soy un criminal; no hay infamia que no haya cometido y que no esté dispuesto a cometer de nuevo. Vaya, sus golpes son inútiles; no me corregiré jamás, encuentro demasiada voluptuosidad en el crimen. Aunque me matase volvería a cometerlo. El crimen es mi elemento, es mi vida, en él he vivido y en él quiero morir.
Comprenderéis cómo, animada por sus palabras, multiplicaba yo los insultos y los golpes. Sin embargo, se le escapa un "joder": era la señal; al oír aquella palabra doblo mi energía y trato de pegarle en los lugares más sensibles. El da volteretas, salta, se me escapa y se arroja, mientras eyacula, a una cuba de agua tibia preparada expresamente para purificarlo de aquella sangrienta ceremonia. ¡Oh! De momento, cedí a mi compañera el honor de haber visto más que yo a ese respecto, y creo que podíamos muy bien considerarnos las dos únicas mujeres de París que hubiesen visto tanto, pues nuestro Grancourt no variaba nunca, hacía más de veinte años que iba cada tres días a casa de aquella mujer para semejante expedición.
Poco después, aquella misma amiga me mandó a la casa de otro libertino cuya fantasía, según creo, os parecerá por lo menos igualmente singular. La escena se desarrollaba en su casita de Roule. Fui introducida en una habitación bastante oscura donde veo a un hombre en la cama y, en medio de la habitación, un ataúd.
—Aquí ves —me dijo nuestro libertino— a un hombre en su lecho de muerte y que no ha querido cerrar los ojos sin rendir una vez más homenaje al objeto de su culto. Adoro los culos y quiero morir besado uno de ellos. En cuanto cierre los ojos, tú misma me colocarás en este ataúd, después de haberme amortajado, y lo clavarás. Mis intenciones son las de morir así en el seno del placer y ser servido en este último instante por el propio objeto de mi lujuria. Vamos —continuó con una voz débil y entrecortada—, date prisa, pues me hallo en el último momento.
Me acerqué, me di la vuelta, le mostré mis nalgas.
—¡Ah! ¡Hermoso culo! ——dijo—. ¡Cuánto me alegro de llevarme a la tumba la idea de un trasero tan bonito!
Y lo manoseaba, lo entreabría, y lo besaba, como el hombre más sano del mundo.
—¡Ah! —dijo, al cabo de un instante, dejando su tarea y volviéndose del otro lado—. Sabía que no iba a gozar mucho tiempo de este placer; expiro, acuérdate de lo que te he encomendado.
Dicho eso, exhaló un gran suspiro, se puso rígido y representó tan bien su papel que el diablo me lleve si no lo creí muerto. No perdía la cabeza: curiosa por ver el fin de una ceremonia tan agradable, lo amortajé. Él no se movió más y, fuese que tuviera un secreto para aparecer de aquel modo, fuese que mi imaginación estaba impresionada, el caso es que estaba rígido y frío como una barra de hierro; sólo su pito daba alguna señal de existencia, pues estaba duro y pegado contra su vientre y parecía destilar a su pesar algunas gotas de semen. En cuanto lo tuvo empaquetado en una sábana, lo llevé, y esto no fue de ninguna manera lo más fácil, pues del modo en que se mantenía rígido pesaba más que un buey. Lo conseguí, sin embargo, lo tendí dentro del ataúd. En cuanto estuvo allí me puse a recitar el oficio de difuntos y, por fin, clavé la tapa. Ese era el instante de la crisis: apenas oyó los martillazos se puso a gritar como un loco:
—¡Ah! ¡Sagrado nombre de Dios, descargo! Escapa, puta, escapa, pues si te atrapo eres muerta.
El miedo se apoderó de mí, me precipité a la escalera, donde encontré a un ayuda de cámara hábil y al corriente de las manías de su amo, quien me dio dos luises y entró precipitadamente a la habitación del paciente para librarlo del estado en que yo lo había puesto.
—He aquí un gusto divertido —dijo Durcet—. ¿Y bien, Curval, lo comprendes, éste?
—De maravilla —dijo Curval—, ese personaje es un hombre que quiere familiarizarse con la idea de la muerte y que no ha encontrado mejor medio para ello que enlazarla con una idea libertina. Es completamente seguro que ese hombre morirá manoseando culos.
—Lo que hay de cierto —dijo la Champville— es que se trata de un verdadero impío; lo conozco y tendré ocasión de haceros ver cómo la emprende con los más santos misterios de la religión.
—Así debe ser —dijo el duque—. Es un hombre que se burla de todo y quiere acostumbrarse a pensar y a obrar del mismo modo en sus últimos momentos.
—En cuanto a mí —dijo el obispo—, encuentro en esta pasión algo muy picante, y no os oculto que me produce erección. Continúa, Duelos, continúa, pues siento que haría alguna tontería y no quiero hacer ninguna más por hoy.
—Bueno —dijo la bella muchacha—, aquí va uno menos complicado; se trata de un hombre que me ha seguido durante más de cinco años por el único placer de hacerse coser el agujero del culo. Se tumbaba boca abajo en una cama, yo me sentaba entre sus piernas, armada de una aguja y un trozo de hilo grueso encerado y le cosía exactamente el ano todo alrededor y la piel de esa parte estaba tan endurecida y tan acostumbrada a las puntadas que mi labor no hacía manar ni una gota de sangre. Él mismo se masturbaba durante todo el tiempo y eyaculaba como un diablo a la última puntada. Disipada su embriaguez, yo descosía rápidamente mi labor y aquí terminaba todo.
Otro se hacía frotar con alcohol todos los lugares de su cuerpo donde la naturaleza había puesto pelos, luego yo encendía aquel líquido espirituoso que consumía al instante todos los pelos. Eyaculaba al verse en llamas, mientras yo le enseñaba mi vientre, mi monte y el resto, pues ése tenía el mal gusto de no mirar nunca más que lo de delante.
—Pero ¿quién de vosotros, señores, ha conocido a Mirecourt, hoy presidente de la cámara y en aquel tiempo consejero?
—Yo —respondió Curval.
—Pues bien —dijo la Duelos—, señor, ¿sabe usted cuál era y cuál es aún, según creo, su pasión?
—No, y como pasa o quiere pasar por devoto, me complacerá mucho conocerla.
—Y bien —respondió Duelos— quiere que se le tome por un asno...
—¡Ah, caray! —dijo el duque a Curval—, a mi amigo le gusta eso. Apostaría a que este hombre cree que va a juzgar. Bueno, ¿y luego? —dijo el duque.
—Luego, monseñor, hay que llevarlo del cabestro, pasearlo así durante una hora por la habitación, él rebuzna, una lo monta y lo azota por todo el cuerpo con una varilla, como para hacerlo correr. El apresura el paso y, como se masturba durante aquel tiempo, en cuanto eyacula, lanza gritos, cocea y tira al suelo a la mujer, patas arriba.
—¡Oh! —exclamó el duque—. Esto es más divertido que lúbrico. Y dime, por favor, Duelos, ¿ese hombre te dijo si tenía algún compañero del mismo gusto?
—Sí —contestó la amable Duelos, participando ingeniosamente en la broma y bajando de su estrado porque su tarea estaba cumplida—, sí monseñor; me dijo que tenía muchos amigos así, pero que no todos querían dejarse montar.
Terminada la sesión, se quiso hacer alguna tontería antes de cenar; el duque apretaba fuertemente a Agustina contra sí.
—No me asombra —decía, mientras le manoseaba el clítoris y le hacía empuñar su pito, no me asombra que a veces Curval tenga tentaciones de romper el pacto y violar una virginidad, pues siento que en este momento, por ejemplo, de buena gana mandaría al diablo la de Agustina.
—¿Cuál? —preguntó Curval.
—A fe mía, las dos —dijo el duque—; pero hay que ser juicioso, si esperamos así haremos mucho más deliciosos nuestros placeres. Vamos, niña continuó—, déjame ver tus nalgas, quizás esto haga cambiar la naturaleza de mis ideas... ¡Dios, qué hermoso culo tiene esta putita! Curval, ¿qué me aconsejas que haga con él?
—Una vinagreta —contestó Curval.
—¡Dios lo quisiera! —dijo el duque—. Pero paciencia... Ya verás que todo vendrá a su tiempo.
—Mi queridísimo hermano —dijo el prelado con la voz entrecortada—, dices unas cosas que huelen a semen.
—¡Eh! ¡Verdaderamente! Es que tengo muchas ganas de perderlo.
—¡Eh! ¿Quién te lo impide? —dijo el obispo.
—¡Oh! Muchas cosas —replicó el duque—. En primer lugar, no hay mierda y yo la quisiera, y luego, no sé: tengo ganas de muchísimas cosas...
—¿Y de qué? —preguntó Durcet, a quien Antínoo se le cagaba en la boca.
—¿De qué? —dijo el duque—. De una pequeña infamia a la cual tengo que entregarme.
Y pasando al salón del fondo con Agustina, Zelamiro, Cupidón, Duclos, la Desgrangés y Hércules, al cabo de un minuto se oyeron gritos y blasfemias que probaban que el duque acababa por fin de calmar su cabeza y sus cojones. No se sabe muy bien lo que le hizo a Agustina, pero, a pesar de su amor por ella, se la vio regresar llorando y con uno de sus dedos envuelto. Lamentamos no poder aún explicar todo eso, pero es cierto que los señores, bajo cuerda y antes que fuesen exactamente permitidas, se entregaban a cosas que todavía no les habían sido contadas, y con esto faltaban formalmente a las convenciones que habían establecido; pero cuando una sociedad entera comete las mismas faltas, por lo general les son perdonadas. El duque volvió, y vio con placer que Durcet y el obispo no habían perdido el tiempo y que Curval, entre los brazos de Brise-Cul, hacía deliciosamente todo lo que se puede hacer con lo que había podido reunir junto a él de objetos voluptuosos.
Las orgías fueron como de ordinario, y se acostaron. Aun estando Adelaida tan lisiada, el duque, que debía tenerla aquella noche, la quiso, y como había salido de las orgías un poco borracho, como de costumbre, se dijo que no había tenido miramientos con ella. En fin, la noche pasó como todas las precedentes, es decir, en el seno del delirio y del libertinaje, y cuando vino la rubia aurora, como dicen los poetas, a abrir las puertas del palacio de Apolo, este dios, bastante libertino a su vez, sólo subió a su carro de azur para venir a iluminar nuevas lujurias.

[editar] Vigesimoquinta jornada

Una nueva intriga sin embargo se creaba, en sordina, dentro de los muros impenetrables del castillo de Silling, pero ésta no tenía consecuencias tan peligrosas como la de Adelaida y de Sofía. Esta nueva asociación se tramaba entre Alina y Zelmira; la conformidad del carácter de estas dos jóvenes había contribuido mucho a unirlas: ambas dulces y sensibles, con dos años y medio de diferencia en su edad, cuanto más, mucho de infantil, mucho de bonachón en su carácter, en una palabra, ambas casi con las mismas virtudes y ambas casi con los mismos vicios, pues Zelmira, dulce y tierna, era indolente y perezosa como Alina. En una palabra, se entendían tan bien que por la mañana del día veinticinco fueron encontradas en la misma cama, y he aquí como tuvo lugar esto: Zelmira, destinada a Curval, dormía en la habitación de éste, como se sabe. Aquella misma noche, Alina era compañera de cama de Curval; pero Curval, que regresó de las orgías enteramente borracho, no quiso acostarse más que con Bande-au-Ciel y gracias a esto las dos palomitas abandonadas y reunidas por ese azar se metieron, por temor al frío, en la misma cama, donde se presumió que su meñique había rascado en otro lugar fuera del codo.
Curval, al abrir los ojos por la mañana y ver aquellos dos pájaros en el mismo nido, les preguntó qué hacían allí, y tras ordenarlas que fueran inmediatamente ambas a su cama, las olfateó por debajo del clítoris y reconoció claramente que aún estaban ambas llenas de flujo. El caso era grave: allí se quería que aquellas señoritas fuesen víctimas de la impudicia, pero se exigía que entre ellas reinase la decencia — ¡pues qué no exigirá el libertinaje en sus perpetuas inconsecuencias!—, y si alguna vez se condescendía a permitirles ser impuras entre ellas, era necesario que fuese por orden y ante los ojos de los señores. Por lo tanto, el caso fue presentado al consejo y las dos delincuentes, que no pudieron o no osaron negar, recibieron la orden de mostrar cómo lo hacían y demostrar ante todo el mundo cuál era su pequeña habilidad particular. Lo hicieron sonrojándose mucho, lloraron, pidiendo perdón por lo que habían hecho. Pero era demasiado dulce tener aquella linda parejita para castigar el sábado siguiente, para que se pensara en tenerles piedad; y fueron inmediatamente inscritas en el fatal libro de Durcet, el cual, entre paréntesis, aquella semana se llenaba muy agradablemente.
Realizada aquella diligencia, se terminó el desayuno y Durcet hizo sus visitas. Las fatales indigestiones produjeron una delincuente más: la pequeña Mimí. No podía más, decía, la habían hecho comer demasiado la víspera, y otras mil pequeñas excusas infantiles que no le impedirían ser inscrita. Curval, que la tenía muy empinada, se apoderó del orinal y devoró todo lo que contenía. Y dirigiendo luego a la muchacha su mirada colérica, dijo:
—¡Oh, sí! ¡Pardiez, bribonzuela! ¡Oh! ¡Sí, pardiez, serás corregida, y por mi propia mano! No está permitido cagar así; no tenías más que advertirnos, por lo menos; bien sabes que no hay ninguna hora en que no estemos dispuestos a recibir mierda.
Y le manoseaba con fuerza las nalgas mientras la regañaba.
Los muchachos estaban intactos, no fue concedido ningún permiso para la capilla y todo el mundo sentóse a la mesa. Durante la comida se discutió mucho sobre el acto de Alina: la creían una santita y, de pronto, ahí estaban las pruebas de su temperamento. "¡Ah! Bien, amigo mío —dijo Durcet al obispo—, ¿hay que fiarse del aspecto de las mujeres, ahora?" Se convino unánimemente en que no hay nada más engañoso y que, como todas ellas eran falsas, no se servían nunca de su inteligencia más que para serlo con más destreza. Estas afirmaciones hicieron recaer la conversación sobre las mujeres, y el obispo, que las detestaba, se entregó a todo el odio que le inspiraban. Las rebajó al nivel de los animales más viles y probó que su existencia era tan perfectamente inútil en el mundo que podrían ser todas barridas de la faz de la Tierra sin perjudicar en nada los fines de la naturaleza, la cual, puesto que antaño había encontrado el medio de crear sin ellas, volvería a encontrarlo cuando sólo existiesen los hombres.
Se pasó a tomar el café; estaba presentado por Agustina, Mimí, Jacinto y Narciso. El obispo, uno de cuyos grandes y simples placeres era el de chupar el pito de los niños, se divertía en este juego con Jacinto desde hacía algunos minutos cuando, de pronto, exclamó retirando su boca llena: —¡Ah! ¡Rediós, amigos míos, he aquí una virginidad! Es la primera vez que este bellacuelo eyacula, estoy seguro de ello.
Y en efecto, nadie había visto aún a Jacinto llegar a tal cosa; incluso se le creía demasiado joven para lograrla. Pero tenía catorce años cumplidos, la edad en que la naturaleza acostumbra colmarnos con sus favores, y nada había más real que la victoria que el obispo se imaginaba haber conseguido. Sin embargo, se quiso constatar el hecho, todos quisieron ser testigos de la aventura y sentáronse en semicírculo en torno al joven. Agustina, la más célebre meneadora del serrallo, recibió la orden de manipular al niño ante la reunión, y él tuvo permiso para acariciarla en la parte del cuerpo que deseara. No hay espectáculo más voluptuoso que ver a una muchacha de quince años, hermosa como el día, prestarse a las caricias de un muchacho de catorce y excitarlo a descargar con la más deliciosa polución.
Jacinto, quizás ayudado por la naturaleza, pero más ciertamente aún por los ejemplos que tenía ante los ojos, no tocó, no manoseó ni besó más que las lindas nalguitas de su meneadora y al cabo de un instante sus hermosas mejillas se colorearon, lanzó dos o tres suspiros y su pequeño y lindo pito arrojó a tres pies de distancia cinco o seis chorros de un semencillo dulce y blanco como la nata que fue a caer sobre el muslo de Durcet, que se hallaba más cerca de él y se hacía masturbar por Narciso, mientras contemplaba la operación. Bien comprobado el hecho, acariciaron y besaron al niño por todas partes, cada uno de ellos quiso recoger una pequeña porción de aquel joven esperma y, como les pareció que a su edad y como estreno seis descargas no eran demasiado, a las dos que acababan de producir nuestros libertinos le hicieron añadir una cada uno, que el muchacho les vació en la boca.
El duque, calentado por aquel espectáculo, se apoderó de Agustina y le meneó el clítoris con la lengua hasta hacerla descargar dos o tres veces, a lo que llegó muy pronto la bribonzuela, llena de fuego y de bríos. Mientras el duque masturbaba así a Agustina, no había nada tan placentero como ver a Durcet yendo a recoger los síntomas del placer que no procuraba él, besar mil veces en la boca a aquella hermosa criatura, y tragarse, por así decirlo, la voluptuosidad que otro hacía circular por sus sentidos. Era tarde, hubo que prescindir de la siesta y pasar al salón de historia, donde la Duelos esperaba hacía mucho rato; cuando todo el mundo se hubo acomodado, prosiguió el relato de sus aventuras en los términos siguientes:
Ya he tenido el honor de decíroslo, señores, es muy difícil comprender todos los suplicios que el hombre inventa contra sí mismo para encontrar de nuevo en su envilecimiento o en sus dolores esas chispas de placer que la edad avanzada o la saciedad le han hecho perder. ¿Lo creeríais? Una persona de esta especie, un hombre de sesenta años, singularmente hastiado de todos los placeres de la lubricidad, ya no podía despertarlos en sus sentidos más que haciéndose quemar con una vela en todas las partes de su cuerpo, principalmente aquellas que la naturaleza destina a esos placeres. Apagaban la vela aplicándosela con fuerza sobre las nalgas, la verga, los cojones y, sobre todo, en el agujero del culo: entretanto él besaba un trasero, y cuando le habían repetido quince o veinte veces esta dolorosa operación, eyaculaba chupando el ano que su atormentadora le presentaba.
Vi a otro, poco después, que me obligaba a servirme de una almohaza de caballo y a pasársela por todo el cuerpo, exactamente como se haría con el animal que acabo de nombrar. Cuando su cuerpo estaba todo ensangrentado, lo frotaba con alcohol, y este segundo dolor lo hacía descargar abundantemente sobre mi pecho, tal era el campo de batalla que él quería regar con su semen. Yo me arrodillaba ante él, oprimía su verga contra mis tetas y sobre ellas esparcía él satisfecho el acre flujo de sus cojones.
Un tercero, se hacía arrancar uno a uno todos los pelos de sus nalgas. Durante la operación se masturbaba sobra un cagajón caliente que yo acababa de hacer. Luego, en el instante en que unas gotas me anunciaban la proximidad de la crisis, era necesario, para provocarla, que le diese en cada nalga un tijeretazo que lo hiciese sangrar. Tenía el culo lleno de esas llagas y a duras penas encontré un sitio intacto para infligirle las dos heridas; en aquel momento su nariz se sumergía en la mierda, se ensuciaba con ella toda la cara, y chorros de esperma coronaban su éxtasis.
El cuarto, me metía la verga en la boca y me ordenaba mordérsela con todas mis fuerzas; entretanto le desgarraba las dos nalgas con un peine de hierro de púas muy agudas y luego, en el momento en que sentía que su miembro estaba a punto de eyacular, lo cual me era anunciado por una muy ligera y muy débil erección, entonces, digo, le separaba prodigiosamente las dos nalgas y acercaba el agujero de su culo a la llama de una vela colocada en el suelo para este fin. Solamente la sensación de la quemadura de esa vela en su ano decidía la emisión. Entonces yo redoblaba mis mordiscos y pronto mi boca quedaba llena.
—¡¡Un momento! —dijo el obispo—. Hoy no oiré hablar de descarga dentro de una boca sin que esto me recuerde la buena suerte que acabo de tener y disponga mis sentidos a placeres de la misma clase.
Al decir esto atrae hacia sí a Bande-au-Ciel, quien aquella noche estaba apostado cerca de él, y se pone a chuparle el pito con toda la lubricidad de un vicioso.
Sale el chorro, él se lo traga, y pronto repite la operación con Céfiro. Estaba empalmado, y las mujeres raramente se encontraban bien a su lado cuando era presa de tal crisis. Desgraciadamente, era Alina, su sobrina.
—¿Qué haces tú aquí, zorra —le dijo—, si son hombres lo que quiero?
Alina quiere esquivarlo, él la agarra por los cabellos y, arrastrándola a su gabinete junto con Zelmira y Hébé, las dos muchachas de su serrallo:
—Ya veréis, ya veréis —dijo a sus amigos—, cómo voy a enseñar a esas perras a que me pongan coños bajo la mano cuando lo que quiero son pitos.
La Fanchón, por orden suya, siguió a las tres doncellas. Un momento después se oyó gritar agudamente a Alina y los rugidos de la eyaculación de monseñor mezclarse a los acentos dolorosos de su querida sobrina. Todos volvieron... Alina lloraba, se apretaba y estrujaba el trasero.
—¡Ven a enseñarme esto! —le dijo el duque—. Me gusta con locura ver las huellas de la brutalidad de mi señor hermano.
Alina mostró no sé qué, pues siempre me ha sido imposible descubrir lo que pasaba dentro de aquellos infernales gabinetes, pero el duque exclamó: "¡Ah, joder! Es delicioso, creo que voy a hacer lo mismo". Pero como Curval le indicó que era tarde y que tenía un proyecto de diversión que comunicarle en las orgías, para el cual necesitaría toda su cabeza y todo su semen, rogaron a la Duelos que expusiera el quinto relato con el que debía terminar su velada, y ella prosiguió en esta forma:
Entre el número de esa gente extraordinaria —dijo la hermosa mujer—, cuya manía consiste en hacerse envilecer y degradar, había cierto presidente de la cámara del tesoro llamado Foucolet. Es imposible imaginar hasta dónde llevaba su manía ese individuo; era necesario darle una muestra de todos los suplicios. Yo lo colgaba, pero la cuerda se rompía a tiempo y él caía sobre unos colchones; al momento siguiente lo tendía sobre una cruz de San Andrés y fingía romperle los miembros con una barra de cartón; le marcaba el hombro con un hierro casi candente que le dejaba una ligera huella; le azotaba la espalda, exactamente como hace el verdugo, y había que mezclar a todo eso insultos atroces, amargos reproches de diferentes crímenes, de los cuales, durante cada una de esas operaciones, en camisa y con un cirio en la mano, pedía perdón muy humildemente a Dios y a la justicia; en fin, la sesión terminaba sobre mi trasero, donde el libertino vertía su semen cuando su cabeza llegaba al último grado de ardor.
—¡Eh! ¡Bueno! ¿Me dejas descargar en paz, ahora que la Duelos ha terminado? —dijo el duque a Curval.
—No, no —replicó el presidente—. Guárdate tu semen; te digo que lo necesito para las orgías.
—¡Oh! Soy tu servidor —dijo el duque—. ¿Me tomas por un hombre gastado y te imaginas que un poco de semen que pierda ahora me impedirá ceder y corresponder a todas las infamias que se te pasarán por la cabeza dentro de cuatro horas? No temas, estaré siempre dispuesto, pero ha sido del agrado de mi señor hermano darme un pequeño ejemplo de atrocidad que me disgustaría mucho no ejecutar con Adelaida, tu querida y amable hija.
Y, empujando en seguida a ésa dentro del gabinete con Teresa, Colomba y Fanny, las mujeres de la cuadrilla, hizo indudablemente lo que el obispo había hecho a su sobrina, y eyaculó con los mismos episodios, pues, como antes, se oyó un grito terrible de la joven víctima y el rugido del disoluto. Curval quiso juzgar cuál de los dos hermanos se había portado mejor; hizo que se acercaran las dos mujeres y, examinados con atención los dos traseros, decidió que el duque sólo había imitado al otro superándolo.
Sentáronse a la mesa y habiendo, llenado de gases por medio de alguna droga, las entrañas de todos los comensales, hombres y mujeres, jugaron después de la cena a lanzarse pedos: los amigos estaban, los cuatro, acostados de espaldas sobre sofás, la cabeza levantada, y los demás iban por turno a peerles en la boca. La Duelos estaba encargada de contar y marcar y, puesto que había treinta y seis pedorros o pedorras contra sólo cuatro que tragaban, alguno de ellos recibió hasta ciento cincuenta pedos. Era para esa lúbrica ceremonia para lo que Curval quería que el duque se reservase, pero esto resultaba perfectamente inútil; era el duque demasiado amigo del libertinaje para que un nuevo exceso no le produjera siempre el mayor efecto en cualquier situación que se le propusiera, y no por ello dejó de descargar completamente por segunda vez bajo los suaves pedos de la Fanchón. En cuanto a Curval, los pedos de Antínoo fueron los que le costaron su semen, mientras que Durcet perdió el suyo excitado por los de la Martaine, y el obispo excitado por los de la Desgrangés. Pero las jóvenes beldades no obtuvieron nada, tan verdad es que todo concuerda y que siempre han de ser los crápulas quienes ejecuten las cosas infames.

[editar] Vigesimosexta jornada

Como nada era más delicioso que los castigos, nada proporcionaba tantos placeres, y de esa clase de placeres que se habían prometido no gozar hasta que las narraciones permitiesen, al desarrollarlos, entregarse a ellos más ampliamente, se inventó todo para tratar de hacer caer a los sujetos en faltas que procurasen la voluptuosidad de castigarlos; a tal efecto, los amigos se reunieron en sesión extraordinaria aquella mañana para discutir la cuestión y añadieron diversos artículos al reglamento cuya infracción necesariamente había de ocasionar castigos. En primer lugar, se prohibió expresamente a las esposas, a los muchachos y a las muchachas, lanzar pedos si no era en la boca de los amigos. En cuanto sintieran ganas de ello debían inmediatamente ir al encuentro de uno de aquellos y administrarle lo que retenían; a los delincuentes se les aplicó un fuerte castigo aflictivo. Se prohibió asimismo el uso de bidets y el limpiarse los culos; se ordenó a todos los sujetos en general, y sin ninguna excepción, que nunca se lavaran y sobre todo que se limpiaran el culo después de cagar; que cuando se les encontrase el culo limpio, el sujeto debería probar que era uno de los amigos quien se lo había limpiado, y citarlo. Mediante lo cual el amigo, interrogado, teniendo la facilidad de negar el hecho cuando quisiera, se procuraría a la vez dos placeres: el de limpiar un culo con su lengua y el de hacer castigar al sujeto que acababa de proporcionarle este placer... Veremos ejemplos de ello.
Luego se introdujo una nueva ceremonia: desde la hora del café por la mañana, desde que se entraba en la habitación de las mujeres y aun cuando después de eso se pasaba a la de los muchachos, cada sujeto, uno tras otro, debía abordar a cada uno de los amigos y decirle en voz alta e inteligible: "Me cago en Dios. ¿Quiere usted mi culo, que tiene mierda?", y aquellos o aquellas que no pronunciasen la blasfemia y la proposición en voz alta serían inscritos inmediatamente en el libro fatal. Es fácil imaginarse cuánto sufrieron la devota Adelaida y su joven discípula Sofía para pronunciar tales infamias, y esto era infinitamente divertido.
Establecido todo eso, se admitieron delaciones; este medio bárbaro de multiplicar las vejaciones, admitido por todos los tiranos, fue adoptado calurosamente. Se decidió que todo sujeto que presentase una queja contra otro obtendría la supresión de la mitad de su castigo a la primera falta que cometiese. Lo cual no comprometía a nada absolutamente, porque el sujeto que se presentaba a acusar a otro ignoraba siempre hasta dónde habría de llegar el castigo del que se le prometía perdonarle la mitad; con lo que era muy fácil darle todo lo que se le quería dar y encima convencerlo de que había salido ganando. Se decidió y se publicó que la delación sería admitida sin pruebas y que bastaría ser acusado por quien fuera para ser inscrito al instante. Además, se aumentó la autoridad de las viejas, y por la menor queja de ellas, verídica o falsa, el sujeto era condenado inmediatamente. En una palabra, se impuso sobre el pequeño pueblo toda la vejación, toda la injusticia que pueda imaginarse, seguros como estaban de obtener sumas tanto mayores de placeres cuanto mejor se ejerciese la tiranía.
Hecho eso, visitaron los retretes. Colomba fue hallada culpable; dio por excusa lo que le habían hecho comer la víspera entre las comidas, y que no había podido resistir, que era muy desdichada, que era la cuarta semana seguida que recibía castigo. El hecho era cierto y no podía acusarse de ello más que a su culo, que era el más lozano, el mejor formado y el más lindo que se haya visto. Objeto que no se había limpiado y que esto por lo menos debía valerle algo. Durcet la examinó y, habiéndole encontrado efectivamente un parche muy grande y muy grueso de mierda, se le aseguró que no sería tratada con tanto rigor. Curval, en erección, se apoderó de ella, le limpió completamente el ano, se hizo traer la defecación que se comió, mientras se hacía masturbar por ella, entremezclando la comida con muchos besos en la boca y mandatos perentorios de tragarse todo lo que él le transmitía de su propia obra. Visitaron a Agustina y Sofía, a las que se había recomendado que después de sus defecaciones de la víspera se mantuviesen en el estado más impuro. Sofía estaba en regla, aunque hubiese dormido cerca del obispo como su posición le exigía, pero Agustina presentaba la mayor limpieza. Segura de su respuesta, avanzó orgullosamente y dijo que bien se sabía que, como de costumbre, había dormido en la habitación del señor duque y que antes de dormirse éste la había hecho ir a su cama, donde le había chupado el agujero del culo mientras ella le meneaba el pito con la boca. El duque, interrogado, dijo que no se acordaba de tal cosa (aunque fuese cierto), que se había dormido con la verga en el culo de la Duelos, hecho que podía averiguarse. Se trató el caso con toda la seriedad y la gravedad posible, mandaron llamar a la Duelos, quien, al ver de lo que se trataba, certificó todo lo que había declarado el duque y sostuvo que Agustina sólo había sido llamada por un instante a la cama de monseñor, quien se había cagado en su boca para comer en ella su cagada. Agustina quiso sostener su tesis y disputó con la Duelos, pero se le impuso silencio y fue inscrita, aunque era totalmente inocente.
Pasaron a la habitación de los muchachos, donde Cupidón fue hallado en falta; había hecho en su orinal la más bella cagada que pueda verse. El duque se la apropió y la devoró, mientras el joven le chupaba el pito.
Negaron todos los permisos de capilla y pasaron al comedor. La bella Constanza, a la que a veces se dispensaba de servir a causa de su estado, como aquel día se encontraba bien apareció desnuda, y su vientre, que empezaba a hincharse un poco, calentó mucho la cabeza de Curval, y al ver que se ponía a manosear algo duramente las nalgas y los senos de la pobre criatura, por la cual se notaba cada día que su horror aumentaba, a ruegos de ella y por el deseo que tenían de conservar su fruto al menos hasta cierta época, le dieron permiso para que aquel día no apareciese más que a las narraciones, de las cuales nunca se la eximía. Curval comenzó de nuevo a decir horrores sobre las ponedoras de niños y afirmó que si fuese el dueño establecería la ley de la isla de Formosa, donde las mujeres encintas antes de los treinta años son machacadas en un mortero con su fruto, y que aunque se impusiera aquella ley en Francia habría aún dos veces más de población de la necesaria.
Pasaron a tomar el café, que fue presentado por Sofía, Fanny, Zelamiro y Adonis, pero servido de una manera muy singular: se lo hacían tragar con la boca. Sofía sirvió al duque, Fanny a Curval, Zelamiro al obispo y Adonis a Durcet. Tomaban un sorbo en su boca, se la enjuagaban con él y lo vertían así en el gaznate de aquel a quien servían. Curval, que se había levantado de la mesa muy caliente, se puso otra vez en erección con esa ceremonia y cuando terminó se apoderó de Fanny y le descargó en la boca, ordenándole que se lo tragase bajo amenaza de las penas más graves, lo cual hizo la desdichada criatura sin atreverse siquiera a parpadear. El duque y sus otros dos amigos hicieron lanzar pedos o cagar Y, después de la siesta, fueron a escuchar a la Duelos, quien reanudó así sus relatos:
Voy a pasar rápidamente —dijo aquella amable mujer— sobre las dos últimas aventuras que me quedan por contaros referentes a esos hombres singulares que no encuentran su voluptuosidad más que en el dolor que se les hace experimentar, y luego cambiaremos de tema, si os parece bien.
El primero, mientras yo lo masturbaba, ambos desnudos y de pie, quería que por una agujero practicado en el techo nos arrojaran, durante todo el tiempo de la sesión, chorros de agua casi hirviente sobre el cuerpo. En vano quise hacerle ver que, no teniendo la misma pasión que él, iba a resultar también la víctima, él me aseguró que no me haría ningún daño y que aquellas duchas eran excelentes para la salud. Lo creí y le dejé hacer, y, como estaba en su casa, no pude disponer el grado de calor del agua; ésta casi hervía. No se puede imaginar el placer que experimentó al recibirla. En cuanto a mí, mientras operaba en él lo más rápidamente que podía, gritaba, os lo confieso, como un gato escaldado; mi piel se desprendió, y me prometí firmemente no volver jamás a casa de aquel hombre.
—¡Ah, pardiez! —dijo el duque—. Me entran ganas de escaldar así a la bella Alina.
—Monseñor —le respondió humildemente Alina—, no soy un cerdo.
La ingenua franqueza de su respuesta infantil hizo reír a todo el mundo, y se preguntó a la Duelos cuál era el segundo y último ejemplo del mismo género que había de citar.
No era ni mucho menos tan penoso para mí —dijo la Duelos——; sólo se trataba de protegerse la mano con un buen guante, luego coger con esta mano grava ardiente en un brasero y, llena así la mano, había que frotar a mi hombre con aquella grava casi encendida desde el cuello hasta los talones. Su cuerpo estaba tan singularmente endurecido por aquel ejercicio que parecía de cuero. Cuando se llegaba a la verga, había que cogerla y masturbarla en medio de un puñado de la arena ardiente; muy pronto se ponía en erección. Entonces, con la otra mano, yo colocaba bajo sus cojones la pala toda roja y preparada a propósito. Ese frotamiento, aquel calor devorador que mordía sus testículos, quizás un poco de manoseo de mis dos nalgas, que debía tener siempre a la vista durante la operación, todo eso le hacía eyacular y tenía buen cuidado de hacer caer su esperma sobre la pala roja, donde con delicia la veía quemarse.
—Curval —le dijo el duque—, ese es un hombre al que, a mi parecer no le gusta la población más que a ti.
—Esto creo —contestó Curval—. No te ocultaré que me gusta la idea de querer quemar su semen.
—¡Oh! Adivino todas las ideas que te sugiere —dijo el duque—. Y aunque hubiese ya germinado lo quemarías con placer, ¿verdad?
—A fe mía, eso me temo —dijo Curval, mientras hacía no sé qué a Adelaida que la hizo proferir un grito estridente.
—¿Qué te pasa, puta —dijo Curval a su hija—, para chillar de esta manera?... ¿No ves que el duque me habla de quemar, de vejar, de reprender el semen germinado? ¿Y qué eres tú, por favor, sino un poco de semen que germinó al salir de mis cojones? Vamos, prosigue, Duelos —añadió Curval—, pues siento que el lloriqueo de esta zorra me haría descargar, y no quiero.
Henos aquí —dijo la heroína— ante detalles que, por tener caracteres de singularidad más picantes, acaso os gusten todavía más. Ya sabéis que es costumbre en París exponer a los muertos a las puertas de las casas. Había un hombre que me pagaba doce francos cada vez que podía conducirlo por la noche ante uno de esos espectáculos lúgubres; toda su voluptuosidad consistía en acercarse conmigo lo más posible, al borde mismo del ataúd podíamos, y allí yo debía masturbarlo de manera que su semen eyaculase sobre el ataúd. De este modo recorríamos durante la velada tres o cuatro, según el número que yo había descubierto, y en todos practicábamos la misma operación sin que él me tocase más que el trasero mientras lo masturbaba. Era un hombre de unos treinta años, y practiqué con él durante más de diez años, en el transcurso de los cuales estoy segura de haberlo hecho eyacular sobre más de dos mil ataúdes.
—Pero ¿decía algo durante su operación? —preguntó el duque—. ¿Te dirigía alguna palabra o la dirigía al muerto?
—Insultaba al muerto —contestó la Duelos—; le decía: toma, bribón, toma, pillo, toma, infame, ¡llévate mi semen contigo a los infiernos!
—Singular manía —dijo Curval.
—Amigo mío —dijo el duque—, ten la certeza de que aquel hombre era uno de los nuestros y que indudablemente no se quedaba ahí.
—Tiene usted razón, monseñor —dijo la Martaine—, y yo tendré ocasión de volver a presentarles una vez más a ese actor en escena.
La Duelos, aprovechando entonces el silencio, prosiguió así:
Otro, que llevaba mucho más lejos una fantasía más o menos parecida, quería que yo tuviese espías al acecho para avisarle cada vez que era enterrada en algún cementerio una muchacha muerta sin enfermedad peligrosa, — condición, ésta, que más me recomendaba. En cuanto le había hallado lo que quería, y siempre me pagaba muy caro el descubrimiento, salíamos por la noche, nos introducíamos en el cementerio como podíamos, nos dirigíamos en seguida a la fosa indicada por el espía, cuya tierra era la más recientemente removida, trabajábamos los dos rápidamente para apartar con nuestras manos todo lo que cubría el cadáver y, en cuanto él podía tocarlo, yo le masturbaba encima mientras él manoseaba el cuerpo por todas partes, principalmente en las nalgas, si podía. A veces volvía a tener una segunda erección, pero entonces se cagaba y me hacía cagar sobre el cadáver y soltaba su semen encima al tiempo que seguía palpando todas las partes del cuerpo que podía alcanzar.
—¡Oh! Esto lo comprendo —dijo Curval—, y si debo haceros una confesión, es que lo he practicado alguna vez en mi vida. Verdad es que yo añadía a ello algunos episodios que no es hora todavía de revelarlos. Sea lo que sea, hace que se me empalme; abre tus muslos, Adelaida...
Y no sé lo que pasó, pero el sofá se dobló bajo el peso, se oyó una descarga bien constatada y creo que, muy simple y virtuosamente, el señor presidente acababa de cometer un incesto.
—Presidente —dijo el duque—, apuesto a que creíste que estaba muerta.
—Sí, ciertamente —contestó Curval—, pues sin esto no hubiera eyaculado.
Y la Duelos, viendo que ya no se decía nada más, terminó así su velada:
Para no cansaros, señores, con ideas tan lúgubres, voy a terminar la velada con el relato de la pasión del duque de Bonnefort. Ese joven señor, a quien divertí cinco o seis veces, y que veía a menudo a una de mis amigas para la misma operación, exigía que una mujer armada de un consolador, desnuda, se masturbase ante él por delante— y por detrás durante tres horas seguidas sin interrupción. Hay un reloj que nos regula y si una deja la tarea antes de la vuelta completa de la tercer hora, no recibe su paga. El está delante de ti, te observa, te da vueltas y más vueltas por todos lados, te exhorta a desmayarte de placer y si, transportada por los efectos de la operación, una llega realmente a perder el conocimiento en medio del placer, es seguro que con ello apresura el del hombre. Si no sucede así, en el momento preciso en que el reloj da la tercer hora él se acerca a ti y te descarga en las narices
—A fe mía —dijo el obispo—, no veo por qué, Duelos, no has preferido dejarnos con las ideas precedentes en vez de con ésta. Aquellas tenían algo de picante que nos irritaba con fuerza, en cambio, una pasión de agua de rosas como ésta con la cual terminas tu velada no nos deja nada en la cabeza.
—Tiene razón ella —dijo Julia, que estaba con Durcet—. Por mi parte, le doy las gracias por ello, pues nos dejarán a todas acostarnos más tranquilas no teniendo en la cabeza esas malas ideas que la señora Duelos desarrolló antes.
—¡Ah! En esto podrías muy bien equivocarte, bella Julia —dijo Durcet—, pues yo sólo me acuerdo de lo anterior cuando lo nuevo me aburre y, para demostrároslo, vosotras tened la bondad de seguirme.
Y Durcet se metió en su gabinete con Sofía y Mimí para eyacular no sé muy bien cómo, pero de una manera que no le gustó a Sofía, pues profirió un grito terrible y volvió roja como la cresta de un gallo.
—¡Oh! —dijo el duque—. Lo que es a ésta no tenías ganas de tomarla por muerta, pues acabas de hacerle dar una furiosa señal de vida.
—Ha gritado de miedo —dijo Durcet—. Pregúntale lo que le hice y ordénale que te lo diga en voz baja.
Sofía se acercó al duque para decírselo.
—¡Ah! exclamó el duque, en voz alta—. ¡No había por qué gritar tanto, ni por qué descargar!
Y, como sonó el aviso de la cena, se interrumpieron todos los dichos y todos los placeres para ir a gozar de los de la mesa. Las orgías se celebraron con bastante tranquilidad, y fueron a acostarse virtuosamente, sin que hubiese la menor señal de borrachera, lo cual era extremadamente raro.

[editar] Vigesimoséptima jornada

Desde la mañana empezaron las delaciones autorizadas la víspera, y las sultanas, al ver que sólo faltaba Rosette para que las ocho sufriesen corrección, no dejaron de ir a acusarla. Aseguraron que había echado pedos durante toda la noche y como eran las muchachas las que querían fastidiar, tuvo contra ella a todo el serrallo y fue inscrita inmediatamente. El resto transcurrió de maravilla y, excepto Sofía y Zelmira, que balbucearon un poco, los amigos fueron abordados decididamente con el nuevo cumplido: "Me cago en Dios ¿quiere usted mi culo, que tiene mierda?"; y, en efecto, la había exactamente por todas partes pues, por miedo a la tentación de la limpieza, las viejas habían retirado toda vasija, toda toalla y toda el agua. Como el régimen de la carne sin pan empezaba a calentar todas aquellas boquitas que no se lavaban, aquel día se percibió que había ya una gran diferencia en los alientos.
—¡Ah, pardiez! —dijo Curval, lamiendo a Agustina—. Esto ahora significa algo, por lo menos. ¡Uno se empalma besando esto!
Todo el mundo convino unánimemente en que así era infinitamente mejor.
Puesto que no hubo nada de nuevo hasta el café, vamos a trasladar enseguida a él al lector. Fue servido por Sofía, Zelmira, Gitón y Narciso. El duque dijo que estaba perfectamente seguro de que Sofía tenía que descargar y que era absolutamente necesario hacer la experiencia. Dijo a Durcet que observase y, después de tumbarla en un sofá, la acarició a la vez en los bordes de la vagina, en el clítoris y en el agujero del culo, primero con los dedos, luego con la lengua; la naturaleza triunfó: al cabo de un cuarto de hora aquella hermosa muchacha se turbó, se sonrojó, suspiró, Durcet hizo observar todos estos movimientos a Curval y al obispo, quien no podía creer que ella descargase todavía, y en cuanto al duque pudo convencerse de ello más que los otros, puesto que aquel joven coñito se empapó enteramente y la pequeña pilluela le mojó de flujo todos los labios. El duque no pudo resistirse a la lubricidad de su experiencia; se levantó, se inclinó sobre la muchacha y le descargó sobre el monte entreabierto, introduciendo con sus dedos lo más que pudo el esperma en el interior del coño. Curval, calentado por el espectáculo, la agarró y le pidió otra cosa que no era flujo; ella presentó su lindo culito, el presidente pegó a él su boca y el lector inteligente adivinará fácilmente lo que recibió. Durante aquel tiempo, Zelmira divertía al obispo: le chupaba y le manoseaba el miembro. Y todo eso mientras Curval se hacía masturbar por Narciso, cuyo trasero besaba con ardor. Sólo fue el duque, sin embargo, quien perdió el semen; la Duelos había anunciado para aquella velada relatos más bonitos que los precedentes y quisieron reservarse para oírlos. Llegada la hora se acomodaron, y he aquí cómo se expresó aquella interesante prostituta:
Un hombre de quien nunca conocí, señores —dijo—, ni el medio ni la existencia, y que por esto no podré describiros más que muy imperfectamente, me hizo rogar por medio de un mensaje que fuese a su casa, calle Blanche-du-Rempart, a las nueve de la noche. Me advertía en su billete que no abrigara ninguna desconfianza y que, aun cuándo no se me diese a conocer, yo no tendría ningún motivo de queja. Dos luises acompañaban la carta y, a pesar de mi acostumbrada prudencia, que ciertamente debía haberse opuesto a aquella diligencia, puesto que no conocía a quien me la encargaba, lo arriesgué todo, fiándome enteramente de no sé qué presentimiento que parecía susurrarme que no tenía nada que temer. Llegó un lacayo me advierte que debo desnudarme completamente y que sólo en ese estado podría introducirme en el aposento de su amo, ejecuto la orden y en cuanto el lacayo me vio en la forma deseada me coge de la mano, y tras hacerme atravesar dos o tres aposentos, llama por fin a una puerta. Esta se abre, entro,..el lacayo se retira y la puerta vuelve a cerrarse, pero no había la más mínima diferencia en cuanto a la luz entre un horno y el lugar donde había sido introducida, y ni la luz ni el aire entraban en absoluto por ningún lado en aquella estancia. Apenas estuve dentro, un hombre desnudo se acerca a mí y me agarra sin pronunciar una sola palabra; no pierdo la cabeza, persuadida de que todo aquello tenía por objeto un poco de semen que debía hacer chorrear para verme libre de todo aquel nocturno ceremonial; llevo inmediatamente mi mano a su bajo vientre con el designio de hacer perder pronto al monstruo un veneno que lo volvía tan malo. Encuentro una verga muy gruesa, muy dura y extremadamente encrespada, pero al instante son apartados mis dedos, parece que no se quiere que toque ni compruebe, y se me sienta en un taburete. El desconocido se planta junto a mí, agarra mis tetas una después de la otra, las aprieta y comprime con tanta violencia que le digo, bruscamente: "Me hace usted daño". Entonces cesa, me levanta, me acuesta boca abajo en un sofá alto, se sienta entre mis piernas por detrás y se pone a hacer a mis nalgas lo que acababa de hacer a mis tetas; las palpa y las comprime con una violencia sin igual, las abre, las cierra, las amasa, las besa mordisqueándolas, chupa el agujero de mi culo y, como estas compresiones reiteradas ofrecían menos peligro por este lado que por el otro, no me opuse a nada y, dejando hacer, procuraba adivinar cuál podía ser el objeto de aquel misterio en cosas que me parecían tan simples, cuando, de pronto, oigo que mi hombre lanza gritos espantosos:
—Huye, puta jodida, huye —me dijo—, huye, zorra, descargo y no respondo de tu vida.
Podéis creer que mi primer movimiento fue el de ponerme en pie; ante mí un débil resplandor: era la de la luz que se introducía por la puerta por la que había entrado; me precipito a ella, encuentro al lacayo que me había recibido, me arrojo a sus brazos, él me devuelve mis ropas, me da dos luises, y me largo muy contenta de haber salido del trance con tan poco daño.
—Tenía usted motivo para felicitarse —dijo la Martaine—, pues aquello no era más que un diminutivo de su pasión ordinaria. Yo os haré ver al mismo hombre, señores —continuó esa mamá—, bajo un aspecto más peligroso.
—No tan funesto como bajo el que lo presentaré yo a estos señores —dijo la Desgrangés—, y me uno a la señora Martaine para asegurarle que fue usted muy afortunada de salir así, pues el mismo hombre tenía pasiones mucho más singulares.
—Esperemos pues, para razonar sobre ello, que sepamos toda su historia —dijo el duque—. Y apresúrate, Duelos, a contarnos otra para quitarnos de los sesos una especie de individuo que no dejaría de calentárnoslos.
El que vi después, señores —prosiguió la Duelos—, quería una mujer con unos senos muy bellos y, como ésta es una de mis cualidades, después de habérselos mostrado me prefirió a todas mis pupilas. Pero ¿qué uso de mis senos y de mi figura pretendía hacer el insigne libertino? Me acuesta, desnuda, sobre un sofá, se coloca a horcajadas sobre mi pecho, pone su miembro entre mis dos tetas, me ordena que lo apriete tanto como pueda y al término de una breve carrera el asqueroso individuo los inunda de semen, lanzándome a la cara más de veinte escupitajos seguidos, muy espesos.
—Bueno —dijo refunfuñando Adelaida al duque, que acababa de escupirle en las narices—, no veo qué necesidad hay de imitar esa infamia. ¿Acabará usted? —añadió, secándose la cara y dirigiéndose al duque, que no descargaba.
—Cuando me parezca bien, mi hermosa niña —replicó el duque—. Acuérdate por una vez en la vida de que estás aquí para obedecer y dejar hacer. Vamos, prosigue, Duelos, pues quizás haría algo peor y, como adoro a esta bella criatura —dijo, en tono de sorna—, no quiero ultrajarla del todo.
No sé, señores —dijo la Duelos, reanudando el hilo de sus relatos—, si habéis oído hablar de la pasión del comendador de Saint-Elme. Tenía una casa de juego donde todos aquellos que iban a arriesgar su dinero eran rudamente desplumados; pero lo que tiene eso de muy extraordinario es que el comendador se empalmaba cuando los timaba: a cada trampa que les armaba, descargaba en sus pantalones, y una mujer a quien conocí muy bien y que él mantuvo durante largo tiempo me contó que a veces la cosa lo calentaba hasta el punto que se veía obligado a ir a buscar en ella el alivio para el ardor que lo devoraba. Y no se limitaba a eso; todo tipo de robo tenía para él igual atractivo y ningún objeto estaba seguro cerca de él. Si se sentaba a vuestra mesa, robaba los cubiertos; si entraba en vuestro gabinete, se llevaba vuestra alhajas; si estaba cerca de vuestro bolsillo, os sustraía vuestro estuche o vuestro pañuelo. Todo le venía bien con tal que pudiese robarlo, y todo le provocaba erección y hasta eyaculación en cuanto se lo había apropiado.
Pero ése era ciertamente menos extraordinario que el presidente del parlamento con el que tuve tratos poco tiempo después de mi llegada a la casa de la Fournier y que siguió siendo cliente mío, pues al ser su caso bastante delicado, no quería entenderse con nadie más que conmigo.
El presidente tenía alquilado un pequeño apartamento, todo el año, en la plaza de Grève; lo ocupaba sólo una vieja sirvienta, como portera, la cual tenía como única consigna la de limpiar el apartamento y hacer avisar al presidente en cuanto se veía en la plaza algún preparativo de ejecución. Enseguida el presidente me hacía advertir que estuviese dispuesta, venía a recogerme, disfrazado y dentro de un coche de punto, y nos íbamos a su apartamentito. La ventana de aquella habitación estaba dispuesta de tal manera que dominaba exactamente y de muy cerca el patíbulo; el presidente y yo nos situábamos allí, detrás de una celosía, sobre uno de cuyos travesaños él apoyaba unos potentes gemelos y, mientras esperábamos que apareciese el paciente, el representante de Ternis, sobre una cama, se divertía besándome las nalgas, episodio que, entre paréntesis, le gustaba extraordinariamente. Por fin, cuando el alboroto nos anunciaba la llegada de la víctima, el hombre de toga volvía a su lugar junto a la ventana y me hacía ocupar el mío a su lado, con la orden de manosearle y masturbarle la verga proporcionando mis sacudidas a la ejecución que él iba a presenciar, de tal manera que el esperma no se escapase hasta el momento en que el paciente entregase su alma a Dios. Todo se arreglaba, el criminal subía al patíbulo, el presidente contemplaba; cuanto más se acercaba el paciente a la muerte, más furioso se ponía en mis manos el miembro del malvado. Por fin caían los golpes, era el instante de su descarga: "¡Ah, rediós! —exclamaba entonces—. ¡Recristo, me cago en Dios! ¡Cómo quisiera ser yo su verdugo, y cómo habría pegado mejor que éste! Por otra parte, las impresiones de sus placeres se medían según el género del suplicio, un ahorcado no le producía más que una sensación muy simple, un hombre apaleado lo hacía delirar, pero si era quemado o descuartizado, se desmayaba de placer. Hombre o mujer, le daba igual.
—Solamente —decía— una mujer preñada me produciría un poco más de efecto, pero, desgraciadamente, esto no es posible.
—Pero, señor —le dije un día—, usted con su cargo contribuye a la muerte de esta víctima infortunada.
—Sin duda —me respondió—, y es lo que hace que me divierta más, en mis treinta años de ejercer de juez, nunca he votado más que por la pena de muerte.
—¿Y no cree usted —le dije— que debería reprocharse un poco la muerte de esa gente como un homicidio?
—Bueno —contestó—, ¿es necesario ser tan escrupuloso?
—Sin embargo —dije—, esto es lo que el mundo calificaría de horror.
—¡Oh! —me replicó—. Hay que saber tomar partido sobre el horror de todo lo que nos hace tener una erección, y por una razón bien sencilla, que esa cosa, por horrenda que quieras suponerla, deja de ser horrible para uno en cuanto le hace descargar; ya no lo es, por lo tanto, sino a los ojos de los demás, pero ¿quién me asegura que la opinión de los demás, casi siempre falsa sobre todos los objetos, no lo es igualmente en este caso? No hay —prosiguió— nada fundamentalmente bueno ni nada fundamentalmente malo; todo es sólo relativo según nuestras costumbres, nuestras opiniones y nuestros prejuicios. Establecido este punto, es extremadamente posible que una cosa del todo indiferente en sí misma sea, no obstante, indigna a tus ojos y muy deliciosa a los míos y, ya que me place, teniendo en cuenta la dificultad de asignarle un lugar justo, ya que me divierte, ¿no sería yo un loco si me privase de ella sólo porque tú la condenas? Vamos, vamos, querida Duelos, la vida de un hombre es una cosa tan poco importante que se puede jugar con ella, si nos agrada, como se haría con la de un gato o la de un perro; le corresponde al más débil defenderse, más o menos dispone de las mismas armas que nosotros. Y tú que eres tan escrupulosa —añadió mi hombre—, ¿qué dirías pues de la fantasía de uno de mis amigos?
Y aceptaréis, señores, que ese gusto que el presidente me contó constituya el quinto relato y último de esta velada.
El presidente me dijo que aquel amigo no quería tratos más que con mujeres que iban a ser ejecutadas. Cuanto más próximo está el momento en que le pueden ser entregadas de aquel en que deben perecer, mejor las paga. Pero siempre ha de ser después de haberles sido comunicada su sentencia. Por su posición tiene a su alcance esa clase de situaciones afortunadas para él, nunca le faltan, y yo le he visto pagar hasta cien luises por una entrevista de tal especie. Sin embargo, no goza de las mujeres, sólo les exige que muestren sus nalgas y caguen; afirma que no hay nada que iguale al sabor de la mierda de una mujer a la que se acaba de producir tal trastorno. No hay nada que no se imagine para procurarse tales entrevistas y, además, como comprenderéis muy bien, no quiere ser conocido. A veces pasa por el confesor, a veces por un amigo de la familia de la condenada, y siempre envuelve sus proposiciones la esperanza de serles últil si se muestran complacientes.
—Y cuando ha terminado, cuando se ha satisfecho, ¿cómo imaginas que termina su operación, mi querida Duelos? —me decía el presidente—... Con la misma cosa que yo, querida amiga; reserva su semen para el desenlace y lo suelta al verlas deliciosamente expirar.
—¡Ah! Es bien malvado —le dije.
—¿Malvado? —me interrumpió—... Nada de esto, hija mía. Nada es malvado si te da una erección, y el único crimen en este mundo es el de negarte algo respecto a eso.
—En efecto, no se negaba nada —dijo la Martaine— y me ufano de anunciar que la señora Desgrangés y yo tendremos ocasión de divertir a la compañía con alguna anécdotas lúbricas y criminales del mismo personaje.
—¡Ah! ¡Qué bien! —dijo Curval—. Porque he ahí un hombre que ya me gusta mucho. Así es como hay que pensar en cuanto a los placeres, y su filosofía me gusta infinitamente. Es increíble hasta qué punto el hombre, ya reprimido en todas sus diversiones, en todas sus facultades, trata de restringir todavía más los límites de su existencia por indignos prejuicios. No nos imaginamos, por ejemplo, cuánto ha limitado todas sus delicias aquel que erige el homicidio en crimen; se ha privado de cien placeres, cada uno más delicioso que el otro, al atreverse a adoptar la quimera odiosa de ese prejuicio. ¿Y qué diablos puede importarle a la naturaleza uno, diez, veinte, quinientos hombres de más o de menos en el mundo? Los conquistadores, los héroes, los tiranos, ¿se imponen a sí mismos esta ley absurda de no hacer a los demás lo que no queremos que se nos haga? En verdad, amigos míos, no os lo oculto, pero me estremezco cuando oigo a los tontos decirme que esta es la ley de la naturaleza, etc... ¡Santo cielo! Avida de homicidios y de crímenes, para hacerlos cometer e inspirarlos es para lo que la naturaleza establece su ley, y la única que ella imprime en el fondo de nuestros corazones es la de satisfacernos a costa de no importa quién. Pero, paciencia, quizás tendré pronto una ocasión mejor de hablaron ampliamente de estas materias, las he estudiado a fondo, y espero que, al comunicároslas, os convenceré como yo lo estoy de que la única manera de servir a la naturaleza es seguir ciegamente sus deseos de cualquier especie que sean, porque, al serle tan necesario el vicio como la virtud para el mantenimiento de sus leyes, sabe aconsejarnos alternativamente lo que en aquel momento se vuelve necesario para sus fines. Sí, amigos míos, os hablaré otro día de todo esto, pero de momento necesito perder mi semen, pues ese diablo de hombre con las ejecuciones de la Grève me ha hinchado los cojones.
Y pasó a la sala del fondo con la Desgrangés y la Fanchón, sus dos buenas amigas, porque eran tan malvadas como él, haciéndose seguir los tres por Alina, Sofía, Hébé, Antínoo y Céfiro. Ignoro lo que el libertino imaginó en medio de aquellas siete personas, pero fue largo, se le oyó gritar mucho: "Vamos, pues, girad, pero no es esto lo que os pido", y otras frases de enojo mezcladas con blasfemias a las que se le sabía muy propenso durante aquellas escenas de libertinaje, y por fin las mujeres reaparecieron muy coloradas, muy despeinadas y con aspecto de haber sido furiosamente sobadas en todos los sentidos. Durante aquel tiempo el duque y sus dos amigos no habían perdido el tiempo, pero el obispo era el único que había eyaculado, y de una manera tan extraordinaria que todavía no nos está permitido decirla.
Fueron a sentarse a la mesa, donde Curval filosofó un poco más, pues en él las pasiones no influían en nada sobre los sistemas; firme en sus principios, era tan impío, tan ateo, tan criminal cuando acababa de perder su semen como en medio del fuego del temperamento, y así es como deberían ser todas las personas sensatas. El semen no debe jamás dictar, ni dirigir los principios; son los principios los que deben establecer la manera de perderlo. Y, se esté o no empalmado, la filosofía independiente de las pasiones debe ser siempre la misma.
La diversión de las orgías consistió en una comprobación en la que no se había pensado aún y que, sin embargo, era interesante; se trató de decidir quién tenía el trasero más bello entre las mujeres y quién entre los muchachos. En consecuencia, primero hicieron colocar a los ocho muchachos en fila, de pie, pero un poco inclinados, —pues Asta es la verdadera manera de examinar bien un culo y juzgarlo. El examen fue muy prolongado y muy severo, se combatieron mutuamente las opiniones, se cambiaron, se observaron quince veces seguidas los objetos de la deliberación y la manzana fue otorgada, de modo general, a Céfiro; se estuvo unánimemente de acuerdo en que era físicamente imposible encontrar algo más perfecto y mejor modelado.
Pasaron a las mujeres; se colocaron en la misma postura, la discusión fue, al principio, muy larga, pues era casi imposible decidir entre Agustina, Zelmira y Sofía. Agustina, más alta, mejor formada que las otras dos, hubiera indudablemente ganado quizás ante los pintores; pero los libertinos requieren más gracia que exactitud, más carne que regularidad. Tuvo contra ella cierta demasía de flacura y de delicadeza; las otras dos ofrecían una carne tan fresca, tan rolliza, unas nalgas tan blancas y redondas, una curva del lomo tan voluptuosamente modelada, que triunfaron sobre Agustina. Pero ¿cómo decidir entre las dos que quedaban? Diez veces las opiniones empataron.
Por fin ganó Zelmira; reunieron a las dos encantadoras criaturas, las besaron, las manosearon, las masturbaron durante toda la velada, ordenaron a Zelmira que masturbase a Céfiro, quien, eyaculando maravillosamente, proporcionó el espectáculo del mayor placer en el placer; a su vez él masturbó a la joven que se desmayó en sus brazos, y todas aquellas escenas de indecible lubricidad hicieron perder el semen al duque y a su hermano, pero sólo emocionaron débilmente a Curval y Durcet, quienes convinieron en que necesitaban escenas menos color de rosa para conmover su vieja alma gastada, y que todas aquellas chanzas sólo eran buenas para los jóvenes. Por fin fueron a acostarse y Curval trató en el seno de algunas nuevas infamias, de resarcirse de aquellas tiernas pastorelas de que acababan de hacerlo testigo.


Herramientas personales