Las 120 jornadas de Sodoma/Primera parte/Jornada 2 y 3

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Primera parte de Las 120 jornadas de Sodoma, novela del Marqués de Sade (1740-1814)

[editar] Segunda jornada

Se levantaron a la hora de costumbre. El obispo, completamente repuesto de sus excesos, y que desde las cuatro de la mañana estaba escandalizado de que lo hubiesen dejado acostarse solo, había tocado el timbre para que Julia y el jodedor que le había sido destinado vinieran a ocupar su puesto. Llegaron inmediatamente, y el libertino se echó en sus brazos en busca de nuevas obscenidades.
Después de haber tomado el desayuno como de costumbre en el aposento de las muchachas, Durcet realizó la visita y, a pesar de lo que pudiera decirse, todavía encontró nuevas delincuentes. Mimí era culpable de un tipo de falta y Agustina, a quien Curval había hecho decir que se mantuviera durante todo el día en un determinado estado, se encontraba en el estado completamente contrario; ella no recordaba nada, y pedía perdón por ello, y prometía que no volvería a suceder más, pero el cuadrumvirato fue inexorable, y ambas fueron inscritas en la lista de castigos del siguiente sábado.
Singularmente descontentos por la torpeza de todas aquellas muchachas en el arte de la masturbación, impacientes por lo que habían experimentado sobre esto la víspera, Durcet propuso establecer una hora por la mañana, durante la cual se darían lecciones al respecto, y que por turno, cada uno de ellos se levantaría una hora más temprano, y como el momento del ejercicio sería establecido desde las nueve hasta las diez, se levantaría, digo, a las nueve para ir a dedicarse a este ejercicio. Decidióse que aquel que realizase esta función se sentaría tranquilamente en medio del serrallo, en un sillón, y que cada muchacha, conducida y guiada por la Duelos, la mejor meneadora que había en el castillo, se acercaría a sentarse encima de él, que la Duelos dirigiría su mano, sus movimientos, le enseñaría la mayor o menor rapidez que hay que imprimir a las sacudidas de acuerdo con el estado del paciente, que prescribiría sus actitudes, sus posturas durante la operación, y que se impondrían castigos reglamentados para aquella que al cabo de la primera quincena no lograra dominar perfectamente este arte, sin necesidad de más lecciones. Sobre todo, les fue concretamente recomendado, según los principios del padre recoleto, mantener el glande siempre descubierto durante la operación, y que la mano vacante se ocupase sin cesar durante todo el tiempo en cosquillear los alrededores, según las diferentes fantasías de los interesados.
Este proyecto del financiero gustó a todos, la Duelos, informada, aceptó el trabajo, y desde aquel mismo día dispuso en su aposento un consolador con el que ellas pudiesen ejercitar constantemente sus dedos y mantenerlos en la agilidad requerida. Se le encargó a Hércules el mismo trabajo con los muchachos, que más hábiles siempre en este arte que las muchachas, porque sólo se trata de hacer a los otros lo que hacen a sí mismos, sólo necesitaron una semana para convertirse en los más deliciosos meneadores que fuese posible encontrar. Entre ellos, aquella mañana, no se encontró a nadie en falta, y como el ejemplo de Narciso, la víspera, había tenido como consecuencia que se negaran casi todos los permisos, sucedió que en la capilla sólo se encontraron la Duelos, dos jodedores, Julia, Teresa, Cupidón y Zelmira. A Curval se le empalmó mucho, se había enardecido asombrosamente por la mañana con Adonis, en la visita de los muchachos, y creyóse que eyacularía al ver las cosas que hacían Thérése y los jodedores, pero se contuvo.
La comida fue como siempre, pero el querido presidente, que bebió y se comportó disolutamente durante el ágape, se inflamó de nuevo a la hora del café, servido por Agustina y Mimí, Zelamiro y Cupidón, dirigidos por la vieja Fanchón, a quien, por capricho, se le había ordenado que estuviera desnuda como los muchachos. De este contraste surgió el nuevo furor lúbrico de Curval, quien se entregó a algunos desenfrenos con la vieja y Zelamiro que le valieron por fin la pérdida de su semen.
El duque, con el pito empalmado, abrazaba a Agustina; rebuznaba, denostaba, deliraba, y la pobre pequeña, temblando, retrocedía como la paloma ante el ave de presa que la acecha, dispuesta a capturarla. Sin embargo, se contentó con algunos besos libertinos y con darle una primera lección, como anticipo de la que empezaría a tomar al día siguiente. Y como los otros dos, menos animados, habían empezado ya sus siestas, nuestros dos campeones los imitaron. Se despertaron a las seis para pasar al salón de los relatos.
Todas las cuadrillas de la víspera estaban cambiadas, tanto los individuos como los vestidos, y nuestros amigos tenían por compañeras de canapé, el duque a Alina, hija del obispo y por consiguiente, ¡por lo menos, sobrina del duque!, el obispo a su cuñada Constanza, mujer del duque e hija de Durcet; Durcet a Julia, hija del duque y mujer del presidente, y Curval, para despertarse y reanimarse un poco, a su hija Adelaida, mujer de Durcet, una de las criaturas del mundo a quien más le gustaba molestar a causa de su virtud y devoción. Empezó con algunas bromas perversas, y habiéndole ordenado que tomara durante la sesión una postura adecuada a sus gustos pero muy incómoda para aquella pobre mujercita, la amenazó con toda su cólera si la cambiaba un solo momento. Cuando todo estuvo listo, Duelos subió a su tribuna y reanudó así el hilo de su relato
Hacía tres días que mi madre no había aparecido por la casa, cuando su marido, inquieto más por sus efectos y su dinero que por la criatura, decidió entrar en su habitación, donde tenían la costumbre de guardar todo lo más precioso, ¡pero cuál no fue su asombro cuando en vez de encontrar lo que buscaba halló sólo un billete de mi madre en el que le decía que se resignara a su pérdida, porque habiéndose decidido a separarse de él para siempre, y careciendo de dinero, le había sido necesario coger todo lo que se llevaba! En cuanto al resto, sólo él y los malos tratos que le había dado tenían la culpa, si lo abandonaba, y que le dejaba las dos hijas, que bien valían lo que se llevaba. Pero el buen hombre estaba lejos de considerar que lo uno valiese como lo otro, y nos despidió graciosamente, rogándonos que no durmiéramos en la casa, prueba cierta de que discrepaba con mi madre.
Bastante poco afligidas por una situación que nos dejaba en plena libertad, a mi hermana y a mí, para entregarnos tranquilamente a un género de vida que empezaba a gustamos, sólo pensamos en llevarnos nuestras escasas pertenencias y en despedirnos de nuestro querido padrastro que había tenido a bien dárnoslas. Mientras decidíamos lo que debíamos hacer, nos alojamos mi hermana y yo en una pequeña habitación de los alrededores. Allí lo primero que hicimos fue preguntarnos acerca de la suerte de nuestra madre. Teníamos la seguridad de que se encontraba en el convento, decidida a vivir secretamente en la celda de algún padre, o haciéndose mantener en algún rincón de las cercanías, cosa que no nos preocupaba demasiado, cuando un hermano del convento nos trajo un billete que hizo cambiar nuestras conjeturas. Dicho billete decía en sustancia que lo mejor que nos podía aconsejar era que fuésemos al convento en cuanto anocheciera, a la celda del padre guardián, el mismo que escribía el billete; que él nos esperaría en la iglesia hasta las diez de la noche y nos conduciría al lugar donde se encontraba nuestra madre, cuya felicidad actual y calma nos haría compartir gustosamente. Nos exhortaba vivamente a que no faltásemos a la cita y, sobre todo, a ocultar nuestros movimientos con gran cuidado; porque era esencial que nuestro padrastro no se enterase de nada, en bien de nuestra madre y de nosotras mismas.
Mi hermana, que a la sazón había cumplido quince años y qUe, por consiguiente, tenía más vivacidad y razonaba más que yo, que sólo tenía entonces nueve, después de haber despedido al Portador del billete y contestado que reflexionaría sobre el asunto arriba, no dejó de extrañarse de todas aquellas maniobras.
—Françon —me dijo—, no vayamos. Hay gato encerrado en todo esto. Si esta proposición fuese franca, ¿por qué mi madre no hubiera escrito ella misma un billete junto a éste o al menos no lo hubiera firmado? ¿Y con quién podría estar en el convento, mi madre? El padre Adrien, su mejor amigo, no está allí desde hace tres años, más o menos. Desde entonces, ella no va al convento, más que de paso, y no tiene ningún asunto allí. ¿Por qué azar hubiera buscado ella este retiro? El padre guardián no es ni ha sido nunca su amante. Sé que ella lo ha divertido dos o tres veces, pero no se trata de un hombre capaz de liarse con una mujer sólo por eso, porque es inconstante y hasta brutal con las mujeres una vez que se le ha pasado el capricho. Por lo tanto, ¿a qué viene que ahora muestre tanto interés por nuestra madre? Te digo que hay gato encerrado en este asunto. Nunca me ha gustado ese viejo guardián; es malo, duro y brutal. Una vez me atrajo a su habitación, donde estaba con tres más, y después de lo que me sucedió allí, juré no volver a poner los pies en su celda. Créeme, dejemos ahí todos esos monjes bribones. No quiero ocultarte más tiempo, Françon, que tengo una conocida, me atrevo a decir una buena amiga. Se llama madame Guérin, hace dos años que la trato, y desde entonces no ha transcurrido una semana sin que me hiciese participar en una buena juerga. Pero no juergas de doce miserables monedas como las del convento; no hay una sola que no me haya reportado tres escudos por lo menos. Mira, aquí tienes una prueba de ello —prosiguió mi hermana mostrándome una bolsa que contenía por lo menos diez luises—; como puedes advertir, tengo de qué vivir. Y bien, si quieres seguir mi consejo, haz como yo. La Guérin te recibirá, no te quepa la menor duda, te vio hace ocho días, cuando vino a buscarme para una juerga, y me ha encargado que te lo propusiese también y que por muy joven que fueses ella siempre hallaría dónde colocarte. Haz como yo, te digo, y pronto nos veremos libres de apuros. Por lo demás, es todo lo que puedo decirte, pues, excepto esta noche que pagaré tus, gastos, no cuentes más conmigo, pequeña. Cada cual para sí, en este mundo. He ganado esto con mi cuerpo y mis dedos, haz tú lo mismo. Y si el pudor te lo impide, vete al diablo, y sobre todo no vengas a buscarme, porque después de lo que acabo de decirte, si te viera morir de sed, no te daría un vaso de agua. Por lo que respecta a mi madre, muy lejos de estar enojada por la suerte que haya corrido, sea cual sea, te diré que me regocijo de ello, y que mi único deseo es que la muy puta se encuentre tan lejos que no la vuelva a ver nunca. Sé hasta qué punto ella me perjudicó en mi oficio, y todos los hermosos consejos que me daba mientras, la muy ramera se comportaba tres veces peor. Amiga mía, que el diablo se la lleve y sobre todo que no la traiga, eso es todo lo que le deseo.
No teniendo, en verdad, el corazón más tierno ni mejor alma que mi hermana, aprobaba sinceramente todas las invectivas con que ella llenó a esa excelente madre, y, tras agradecer a mi hermana el conocimiento que me proporcionaba, le prometí seguirla a casa de aquella mujer y, una vez adoptada, dejar de serle una carga. Como mi hermana, me negaba a ir al convento.
—Si efectivamente ella es feliz, tanto mejor —dije—; en tal caso, nosotras podremos serlo por nuestro lado, sin necesidad de compartir su suerte. Y si se trata de una trampa que se nos tiende, es necesario evitar caer en ella.
Después de eso mi hermana me abrazó.
—¡Vaya! —dijo—. Veo ahora que eres una buena chica. Bien, bien, ten la seguridad de que haremos fortuna. Yo soy linda y tú también, ganaremos lo que se nos antoje, amiga mía. Pero es necesario no atarse, no lo olvides. Hoy uno, mañana otro, es preciso ser puta, niña mía, puta en el alma y en el corazón. En cuanto a mí —continuó diciendo—, lo soy tanto, puedes verlo ahora, que no hay confesión, sacerdote, consejo ni representación que puedan apartarme del vicio. Estaría dispuesta, rediós, a mostrar mi culo en la plaza del mercado con tanta tranquilidad como me bebo un vaso de vino. Imítame, Françon, complaciéndolos, una saca todo lo que quiere de los hombres; el oficio es un poco duro al principio, pero una se hace a ello. Hay tantos hombres como gustos. Primero, hay que ser capaz de cualquier cosa, uno quiere una cosa, otro quiere otra. Pero ¿qué importa? Una está allí para obedecer y someterse, enseguida se acaba, y queda el dinero.
Yo me sentía turbada, lo confieso, al escuchar palabras tan licenciosas en la boca de una muchacha tan joven y que siempre me había parecido tan decente. Pero como mi corazón compartía su sentido, no tardé en decirle que estaba no solamente dispuesta a imitarla en todo, sino hasta en portarme peor que ella, si era necesario. Encantada conmigo, mi hermana me abrazó de nuevo, y como empezaba a ser tarde mandamos a buscar una pularda y buen vino, cenamos y dormimos juntas, decididas a ir al día siguiente por la mañana a casa de la Guérin para rogarle que nos recibiera como pupilas.
Fue durante la mencionada cena cuando mi hermana me enseñó todo lo que yo ignoraba todavía acerca del libertinaje. Se me exhibió completamente desnuda, y puedo asegurar que era una de las más bellas criaturas que había entonces en París. Hermosa Piel, una gordura agradable y, a pesar de esto, el talle más esbelto e interesante, los más bellos ojos azules y todo el resto digno de lo mencionado. Me enteré también del tiempo que hacía que la Guérin se había fijado en aquellos atractivos y del placer con que se la ofrecía a sus clientes, quienes, jamás cansados de ella, la volvían a pedir una y otra vez. Al meternos en la cama caímos en la cuenta de que nos habíamos olvidado de dar una respuesta al padre guardián, quien seguramente se enojaría por nuestra negligencia y a quien era preciso tratar con miramientos mientras estuviésemos en el barrio. ¿Pero cómo reparar aquel olvido? Ya eran más de las once, y decidimos dejar las cosas tal como estaban.
Al parecer, la aventura le interesaba mucho al guardián, por lo que es de creer que trabajaba más para él que para la pretendida felicidad de que nos hablaba, porque apenas dieron las doce llamaron con suavidad a nuestra puerta. Era el padre guardián en persona; nos esperaba, dijo, desde hacía dos horas, y por lo menos hubiéramos podido hacerle llegar una respuesta, y tras haberse sentado en nuestra cama, nos dijo que nuestra madre había decidido pasar el resto de sus días en un pequeño aposento secreto que tenían en el convento y donde le daban la mejor comida del mundo, amenizada con la compañía de los grandes personajes de la casa que solían pasar la mitad del día con ella y con otra mujer joven, compañera de mi madre; que sólo dependía de nosotras aumentar el número, pero como éramos demasiado jóvenes para establecernos, él nos tomaría sólo por tres años, al cabo de los cuales, juraba que nos devolvería nuestra libertad y mil escudos a cada una; que nuestra madre le había encargado que nos dijera que le causaríamos un gran placer si íbamos a compartir su soledad.
—Padre —le contestó descaradamente mi hermana—, le agradecemos su proposición. Pero a nuestra edad no tenemos ningún deseo de encerramos en un claustro para convertirnos en putas de sacerdotes, ya lo hemos sido demasiado.
El guardián insistió en sus proposiciones, y lo hizo con un fuego que demostraba bien a las claras hasta qué punto deseaba lograr sus propósitos. Advirtiendo al fin que no se salía con la suya, dijo lanzándose casi furiosamente, sobre mi hermana.
—Y bien, puta, satisfáceme pues una vez más por lo menos, antes que me vaya.
Y, tras haberse desabrochado sus calzones, montó encima de mi hermana, quien no opuso ninguna resistencia, convencida de que si satisfacía su necesidad se desembarazaría de él más pronto. Y el libertino, sujetándola debajo de sus rodillas, agitó un instrumento duro y bastante grueso a unos centímetros de la cara de mi hermana.
—¡Linda cara —exclamó—, linda carita de puta, cómo voy a inundarte de leche, ah, rediós!
Y al cabo de unos instantes las esclusas se abrieron, el esperma eyaculó y todo el rostro de mi hermana, principalmente la nariz y la boca se encontraron cubiertos por las pruebas del libertinaje de nuestro hombre, cuya pasión no hubiera sido satisfecha de un modo tan barato si su proyecto hubiese tenido éxito. El religioso, más calmado, sólo pensó ya en marcharse, y después de habernos arrojado un escudo sobre la mesa, y encendido de nuevo su linterna, dijo:
—Sois unas pequeñas imbéciles, sois unas pequeñas tiparracas. Dejáis escapar vuestra fortuna. ¡Que el cielo os castigue haciéndoos caer en la miseria y tenga yo el placer de veros hundidas en ella como venganza, esos son mis últimos deseos!
Mi hermana, que se limpiaba la cara, le devolvió todas sus tonterías, y cuando la puerta volvió a cerrarse para no abrirse ya hasta la mañana siguiente, pasamos al menos el resto de la noche tranquilas.
—Lo que has visto —me dijo mi hermana— es una de sus pasiones favoritas. Le gusta con locura descargar sobre la cara de las muchachas. Si se limitara a ello, bueno..., pero el bribón tiene otros gustos y tan peligrosos que temo...
Pero mi hermana, vencida por el sueño, se durmió antes de acabar la frase, y como el día siguiente nos trajo otras aventuras, dejamos de pensar en aquélla.
Por la mañana nos levantamos y, tras habernos arreglado bien, nos dirigimos a casa de la señora Guérin. Esta heroína vivía en la calle Soli, en un apartamento muy limpio del primer piso, que compartía con seis señoritas entre dieciséis y veintidós años, todas muy lozanas y lindas. Permitidme, señores, que no os las describa más que a medida que sea necesario. La Guérin, encartada del proyecto que había conducido a mi hermana a su casa después que hacía tanto que la deseaba, nos recibió y alojó a ambas con gran placer.
—Aunque es muy joven —le dijo mi hermana, señalándome—, le servirá bien, se lo aseguro. Es dulce, gentil, tiene buen carácter y un alma decididamente inclinada al puterío. Tiene usted muchos disolutos entre sus amistades que desean niñas, he aquí una que corresponde a lo que necesitan... empléela.
La Guérin, volviéndose hacia mí, me preguntó entonces si estaba decidida a todo.
—Sí, señora —le contesté, en un tono ligeramente descarado que le gustó—, a todo para ganar dinero.
Fuimos presentadas a nuestras nuevas compañeras, que ya conocían a mi hermana y que por amistad le prometieron que cuidarían de mí. Luego cenamos todas juntas, y en una palabra así fue, señores, mi primera instalación en el burdel.
No transcurrió mucho tiempo sin que empezara mi práctica en él: aquella misma noche llegó un viejo comerciante envuelto en una capa con quien la Guérin me emparejó para mi estreno.
—¡Oh! A propósito, —dijo la Guérin presentándome al viejo libertino—, las queréis sin pelo, señor Duelos, le aseguro que ésta no tiene ni uno.
—En efecto —contestó el viejo original, contemplándome—. parece muy niña. ¿Cuantos años tienes, pequeña? —Nueve, señor.
—¡Nueve años!... Bien, bien, señora Guérin, usted sabe que son así como las quiero. Y más jóvenes aún, si usted las tuviera. Las tomaría pardiez, recién destetadas.
Y la Guérin, tras retirarse, riéndose de la expresión, nos dejó solos. Entonces el viejo libertino, acercándose, me besó dos o tres veces en la boca. Acompañando una de mis manos con la suya, hizo que sacara de su bragueta su verga no muy empalmada y, actuando constantemente sin hablar demasiado, me desabrochó las faldas, me acostó en el canapé, me subió la camisa hasta el pecho y, montando sobre mis dos muslos, que había abierto completamente, con una mano me entreabría el coño todo lo que podía, mientras con la otra se la meneaba con todas sus fuerzas. "El lindo pajarito", decía, agitándose y suspirando de placer. "Cómo lo domesticaría si aún pudiera, pero ya no puedo; por más que hiciera, ni en cuatro años se endurecería este bribón de pito. Ábrete, ábrete, pequeña, separa bien los muslos." Y al cabo de un cuarto de hora, por fin, advertí que el hombre suspiraba más hondamente. Algunos "¡Rediós!" añadieron cierta energía a sus expresiones y sentí los bordes de mi coño inundados del esperma cálido y espumoso que, como el bribón no podía lanzar dentro, se esforzaba en hacerlo penetrar dentro con los dedos.
Hecho esto, partió como un rayo, y todavía me encontraba ocupada en limpiarme cuando mi galán abría ya la puerta de la calle. Este fue el principio, señores, que me valió el nombre de Duelos. Era costumbre en aquella casa que cada pupila adoptase el nombre del primer hombre que la ocupaba, y yo me sometía tal uso.
—¡Un momento! —dijo el duque—. No he querido interrumpir hasta que no hubiese una pausa, pero ya que has hecho una, explícame un poco dos cosas: primera, si tuviste noticias de tu madre o si jamás supiste lo que fue de ella; segunda, dime si las causas de la antipatía que os inspiraba a tu hermana y a ti eran naturales o tenían una causa. Esto tiene relación con la historia del corazón humano, a lo que nos dedicamos de una manera particular.
—Monseñor —contestó la Duelos—, ni mi hermana ni yo tuvimos nunca la menor noticia de esa mujer.
—Bien —dijo el duque—. En ese caso está claro, ¿no es verdad Durcet?
—Sin la menor duda —contestó el financiero—. Y tuvisteis suerte en no caer en la trampa, porque no hubierais regresado jamás.
—¡Es inaudito —dijo Curval—, cómo se propaga esta manía!
—Es que es muy deliciosa, a fe mía —dijo el obispo.
—¿Y el segundo punto? —preguntó el duque, dirigiéndose a la narradora.
—El segundo punto, monseñor, es decir, el motivo de nuestra antipatía, difícilmente a fe mía sería capaz de explicarla, pero era tan violenta en nuestros dos corazones que nos confesamos una a otra que hubiéramos sido capaces de envenenarla en el caso de no poder llegar —a desembarazarnos de ella de otro modo. Nuestra aversión era completa, y como ella no daba ningún motivo para ello, lo más verosímil es pensar que este sentimiento era obra de la naturaleza.
—¿Y quién lo duda? —dijo el duque—. Cada día vemos que la naturaleza nos inspira la inclinación más violenta hacia lo que los hombres llaman crimen, y aunque la hubiéseis envenenado veinte veces, esta acción dentro de vosotras sólo hubiera sido el resultado de esa inclinación que ella os inspiraba hacia el crimen, inclinación que cobraba en vosotras la forma de una invencible antipatía. Es una locura imaginar que debamos nada a nuestras madres. ¿Y sobre qué se fundaría nuestro agradecimiento? ¿Sobre lo que gozaba cuando era jodida? Seguramente, no es para menos. En cuanto a mí, yo sólo veo en ello motivos de odio y desprecio. ¿Nos da la felicidad al darnos la vida?... Lejos de esto. Nos arroja a un mundo lleno de escollos, y a nosotros nos toca salir de apuros como podamos. Recuerdo que tuve una madre en otro tiempo que me inspiraba más o menos los mismos sentimientos que la Duelos sentía por la suya: la aborrecía. Cuando me fue posible, la mandé al otro mundo, y nunca he gozado una voluptuosidad más viva que cuando cerró los ojos para no volverlos a abrir más.
En este momento se escucharon unos sollozos terribles en una de las cuadrillas. Era en la del duque, sin lugar a dudas. Al investigar, vióse que la joven Sofía tenía los ojos arrasados en lágrimas. Dotada de un corazón muy distinto al de aquellos canallas, la conversación trajo a su espíritu el recuerdo querido de aquella que le había dado el ser y había muerto defendiéndola cuando fue raptada. Y esta idea cruel había venido a su tierna imaginación acompañada sólo de abundantes lágrimas.
—¡Ah, pardiez! —dijo el duque— ¡Buena cosa es ésa! ¿Lloras a tu madre, no es verdad, pequeña mocosa? Acércate, acércate, para que te consuele.
Y el libertino, enardecido por los preliminares y por estas palabras y por el efecto que tenían, mostró un triunfal pito que parecía querer una eyaculación. Mientras tanto, María (era la dueña de la cuadrilla), trajo a la muchacha. Sus lágrimas corrían abundantemente y el hábito de novicia que le habían puesto aquel día prestaba aún más encanto a un dolor que la embellecía. Era imposible ser más linda.
—¡Jodido Dios —dijo el duque, levantándose como un frenético—, qué linda tajada para hincarle el diente! Quiero hacer lo que la Duelos acaba de contarnos, quiero mojarle el coño con mi leche... ¡Que la desnuden!
Y todo el mundo esperaba en silencio el desenlace de aquella pequeña escaramuza.
—¡Oh, señor, señor! —exclamó Sofía, lanzándose a los pies del duque—. Respetad al menos mi dolor, gimo por la muerte de una madre que me fue muy querida, que murió defendiéndome y a la que no veré nunca más. ¡Tened piedad de mis lágrimas y concededme por lo menos una noche de descanso!
—¡Ah! ¡Joder! —exclamó el duque, empuñando su verga que amenazaba al cielo—. Nunca hubiera creído que esta escena fuese tan voluptuosa. Desnúdala, desnúdala, pues —decía a María, furioso—; ya debería estar desnuda.
Y Alina, que se encontraba en el sofá del duque, lloraba a lágrima viva, mientras se oía gemir a la tierna Adelaida en el nicho de Curval, quien, lejos de compartir el dolor de aquella bella criatura, la regañaba violentamente por haber abandonado la posición en que la había colocado, y por otra parte, contemplaba con el más vivo interés el desenlace de aquella deliciosa escena.
Mientras tanto, desnudan a Sofía, sin el menor miramiento por su dolor, la colocan en la actitud que acababa de relatar la Duelos y el duque anuncia que va a descargar. Pero ¿cómo hacerlo? Lo que acababa de relatar Duelos había sido realizado por un hombre con el miembro mustio y la descarga de su fofo pito podía dirigirse a voluntad. Pero no era el mismo caso ahora: la amenazadora cabeza del miembro del duque no quería inclinarse y continuaba amenazando al cielo; hubiera sido preciso, por decirlo así, colocar a la muchachita encima. Nadie sabía qué hacer, y sin embargo, cuantos más obstáculos surgían, más juraba y blasfemaba el irritado duque. Finalmente, la Desgrangés acudió en su ayuda. Nada de lo que se refería al libertinaje era desconocido para aquella vieja bruja; cogió a la niña y la colocó tan hábilmente sobre sus rodillas que, se colocase como se colocase el duque, la punta de su pito rozaba la vagina. Dos sirvientas acudieron para sujetar las piernas de la muchachita, la cual, si hubiese tenido que ser desvirgada, nunca hubiera podido ofrecer un coño más hermoso. Pero eso no era todo aún: era necesaria una mano hábil para hacer desbordar el torrente y dirigirlo justamente a su destino. Blangis no quería correr el riesgo de utilizar la mano de un muchacho torpe para una operación tan importante.
—Toma a Julia —dijo Durcet—; quedarás contento de ella. Empieza a menearla como un ángel.
—¡Oh, joder! —exclamó el duque—. Esa puta fallará, la conozco. Basta con que yo sea su padre, tendrá un miedo espantoso.
—Te aconsejo un muchacho, a fe mía —dijo Curval—. Toma a Hércules; tiene una muñeca muy hábil.
—Sólo quiero a la Duelos —dijo el duque—. Es la mejor de todas las meneadoras, permitidle que deje su puesto unos momentos y que venga.
La Duelos llega, muy orgullosa de una preferencia tan notable. Se arremanga hasta el codo y empuñando el enorme instrumento de Monseñor, empieza a sacudirlo, con la cabeza siempre descubierta, a menearlo con tal arte, a agitarlo con sacudidas tan rápidas y al mismo tiempo tan adecuadas al estado en que veía al paciente, que finalmente la bomba estalla sobre el mismo agujero que debe cubrir. Lo inunda, el duque grita, blasfema y se debate. Duelos no se detiene; sus movimientos están condicionados al grado del placer que proporcionan. Antínoo, colocado allí a propósito, hace penetrar delicadamente el esperma en la vagina a medida que fluye, y el duque, vencido por las más deliciosas sensaciones, ve, expirando de voluptuosidad, cómo se deshincha poco a poco entre los. dedos de su meneadora el fogoso miembro cuyo ardor acaba de inflamarlo tan poderosamente. Se echa de nuevo sobre el sofá, la Duelos regresa a su lugar, la muchachita se limpia, se consuela y vuelve a su cuadrilla, y el relato prosigue, dejando a los espectadores persuadidos de una verdad de la cual, creo, estaban imbuidos desde hacía tiempo, a saber, que la idea del crimen supo siempre inflamar los sentidos y conducirnos a la lubricidad.
Quedé muy asombrada —dijo la Duelos, reanudando el hilo de su discurso— al ver que todas mis compañeras se reían al encontrarse conmigo, y me preguntaban si me había limpiado bien y mil otras cosas que demostraban que ellas sabían muy bien lo que yo acababa de hacer. No me dejaron mucho rato en la inquietud, y mi hermana, conduciéndome a una habitación contigua a aquella donde se celebraban comúnmente las orgías, y donde yo había sido encerrada, me mostró un agujero a través del cual se veía el canapé y todo lo que ocurría en el cuarto. Me dijo que aquellas señoritas se divertían fisgando por el agujero lo que hacían los hombres a sus compañeras, y que yo misma era dueña de ir allá cuando quisiera, siempre que no estuviera ocupado. Porque sucedía a menudo, decía ella, que aquel respetable agujero sirviese para misterios acerca de los cuales sería instruida en su momento y lugar. No transcurrieron ocho días sin que sacase provecho de ese placer, y una mañana en que habían preguntado por una tal Rosalie, una de las más bellas rubias que imaginarse pueda, tuve la curiosidad de observar qué le harían. Me oculté, y he aquí la escena de que fui testigo.
El hombre que estaba con ella no debía tener más de veintiséis o treinta años. En cuanto ella entró, la hizo sentarse en un taburete muy alto y destinado para la ceremonia. Tan pronto como estuvo sentada, le quitó todas las horquillas que sostenían su pelo e hizo flotar hasta el suelo un bosque de cabellos rubios, soberbios, que adornaba la cabeza de aquella hermosa muchacha. Sacó luego un peine de su bolsillo, los peinó, los desenredó, los acarició y besó, entremezclando cada acción con elogios sobre la belleza de aquella cabellera, que era lo único que le ocupaba. Finalmente se sacó de la bragueta un pequeño pito seco y muy tieso que envolvió rápidamente con los cabellos de su dulcinea, y meneándosela con el moño, eyaculó mientras pasaba su otra mano alrededor del cuello de Rosalie y la besaba en la boca. Desenvolvió su verga muerta, vi los cabellos de mi compañera sucios de semen; ella los limpió se los volvió a atar, y nuestros amantes se separaron.
Al cabo de un mes, mi hermana fue llamada por un personaje que nuestras señoritas me dijeron que fuera a contemplar a través del agujero porque tenía una extravagante fantasía. Se trataba de un individuo de unos cincuenta años; apenas había entrado cuando, sin preliminares de ninguna clase, sin caricias, mostró su trasero a mi hermana, la cual, al tanto de la ceremonia, hizo que se inclinara sobre la cama, se apodera del fofo y arrugado culo, hunde sus cinco dedos en el orificio y empieza a sacudirlo de una manera tan énergica que la cama crujía. Mientras tanto, nuestro hombre, sin mostrar nada más, se agita, se menea, sigue los movimientos, se presta a ellos con lubricidad y grita que descarga y que goza el mayor de los placeres. La agitación había sido violenta, en verdad, porque mi hermana estaba cubierta de sudor; ¡pero qué menguados episodios y qué imaginación tan estéril!
Si bien el hombre que me fue presentado poco después no fue más caprichoso, por lo menos partía más voluptuoso y su manía, para mí, tenía más el colorido del libertinaje. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años bajo y gordo, pero fresco y alegre. Como todavía no había visto a ningún hombre con un gusto como el suyo, mi primer movimiento fue el de arremangarme hasta el ombligo: un perro al que se le muestra un bastón no hubiera puesto una cara más larga. —¡Eh! ¡Por tu vida! Dejemos tranquilo el coño, querida, te lo ruego —me dijo, bajándome las faldas tan rápidamente como yo las había subido. Y prosiguió, de buen humor: —Esas putillas sólo le muestran a uno sus coños. Serás la causa de que no descargue en toda la noche..., mientras no me haya quitado de la cabeza tu jodido coño.
Y diciendo esto hizo que me volviera de espaldas y levantó metódicamente los refajos por detrás. En esta posición, y conduciéndome él mismo, sin soltar las faldas levantadas, para ver los movimientos de mi culo mientras caminaba, hizo que me acercase a la cama, sobre la que me acostó de bruces. Entonces examinó mi trasero con la más escrupulosa atención, ocultando con una mano el coño, que parecía temer más que al fuego. Finalmente, tras haberme pedido que disimulara todo lo que pudiera esta indigna parte (empleo su expresión), con sus dos manos manoseó durante un buen rato y con lubricidad mi trasero; lo separaba, lo juntaba, acercaba a él su boca y una vez o dos hasta sentí que la colocaba sobre el agujero, pero no se estremecía aparentemente, no había señales de nada. Sin embargo, cuando se sintió dispuesto, preparóse para el desenlace de la operación. —Tiéndete completamente en el suelo —me dijo, arrojando algunos cojines— allá, sí, eso es... con las piernas bien separadas, el culo un poco levantado y el agujero lo más entreabierto que te sea posible —añadió, al ver mi docilidad. Y entonces, tomando un taburete, lo colocó entre mis piernas y fue a sentarse en él de manera que su pito, que finalmente sacó de su bragueta, pudiese ser meneado a la altura del agujero que incensaba. Entonces sus movimientos se hicieron más rápidos, con una mano se meneaba y con la otra separaba mis nalgas, y algunas alabanzas sazonadas con muchos juramentos componían su discurso. —¡Oh, santo Dios! ¡Qué hermoso culo! ¡Cómo voy a inundarlo! Y cumplió su palabra. Me sentí toda mojada; el libertino pareció quedar anonadado tras su éxtasis. ¡Tan verdad es que el homenaje rendido a ese templo tiene siempre más ardor que el que se ofrece en el otro!; y se fue, tras haberme prometido que regresaría porque había satisfecho muy bien sus deseos. Efectivamente, regresó al día siguiente, pero su inconstancia le hizo preferir a mi hermana; fui a observarlos y vi que empleaba absolutamente los mismos procedimientos, a los que mi hermana se prestaba con la misma complacencia.
—¿Tenía un culo hermoso tu hermana? —preguntó Durcet.
—Podréis juzgar por un solo detalle, monseñor —dijo la Duelos—. Un famoso pintor, a quien le habían encargado una Venus de hermosas nalgas, un año después, le pidió que le sirviera de modelo, porque decía, había estado buscando en todas las casas de alcahuetas de París sin haber encontrado lo que necesitaba.
—Puesto que ella tenía quince años, y que aquí hay muchachas de tal edad, compáranos su trasero —dijo el financiero— con alguno de los culos que tienes aquí ante tu vista.
Duelos fijó los ojos en Zelmira y dijo que le era imposible encontrar nada, no solamente respecto al culo si no a la cara, que pudiera competir con su hermana.
—Bueno, Zelmira —dijo el financiero— ven, pues, a presentarme tus nalgas.
Ella pertenecía precisamente a su cuadrilla. La encantadora muchacha se acercó temblando. Es colocada al pie del canapé, acostada de bruces; levantan su grupa con los cojines y el pequeño orificio se ofrece completo.
El libertino empalmado besa y manosea lo que se le presenta. Ordena a Julia que se la menee. Es obedecido, sus manos se extravían sobre otras partes, la lubricidad lo embriaga, su pequeño instrumento, bajó las sacudidas voluptuosas de Julia, parece endurecerse un momento, el canalla blasfema, la leche fluye y suena la hora de la cena.
Como en todas las comidas, reinaba la misma profusión, haber descrito una es como haberlas descrito todas. Pero como casi todo el mundo había eyaculado, en esta cena fue preciso restablecer fuerzas, y por lo tanto, se bebió mucho. Zelmira, que era llamada la hermana de la Duelos, fue extraordinariamente festejada en las orgías y todo el mundo quiso besar su culo. El obispo dejó en él algo de semen, los otros tres compañeros volvieron a excitarse y se fueron a acostar como la víspera, es decir, cada cual con las mujeres que habían tenido en los canapés y cuatro jodedores que no habían aparecido desde la cena.

[editar] Tercera jornada

El duque se levantó a las nueve. Era él quien debía comenzar a prestarse a las lecciones que la Duelos tenía que dar a las muchachas. Se instaló en un sillón y experimentó durante una hora los diversos manoseos, masturbaciones, poluciones y posiciones diversas de cada una de aquellas muchachas, conducidas y guiadas por su maestra, y, como es fácil imaginar, su temperamento fogoso se excitó mucho con tal ceremonia. Tuvo que hacer increíbles esfuerzos para no perder su semen, pero, bastante dueño de sí mismo, supo contenerse y regresó triunfalmente para fanfarronear de que había soportado un asalto que mucho dudaba que sus amigos hubieran podido sostener con la misma flema que él. Esto dio lugar a algunas apuestas y a una multa de cincuenta luises que sería impuesta a quien descargase durante las lecciones.
En vez del almuerzo y dulas visitas, aquella mañana se empleó en disponer el cuadro de las diecisiete orgías proyectadas para el final de cada semana, así como en la última fijación de los desvirgamientos que ahora podían establecer mejor que antes después de haber conocido mejor a las personas. Como dicho cuadro establecía de una manera decisiva todas las operaciones de la campaña, hemos creído necesario ofrecer una copia al lector; nos ha parecido que, sabiendo, después de haberlo leído, el destino de las personas, se interesaría más por ellas en el resto de las operaciones.

[editar] Cuadro de los proyectos del resto del viaje

El día 7 de noviembre, fin de la primera semana, se procederá por la mañana al casamiento de Mimí y Gitón, y los dos esposos, que por la edad no pueden unirse, como tampoco las parejas de los tres himeneos siguientes, serán separados por la moche, sin tener en cuenta la ceremonia que sólo habrá servido para divertir durante el día. La misma noche se procederá al castigo de las personas marcadas en la lista del amigo de turno durante el mes.
El día 14 se procederá al matrimonio de Narciso y Hébé, con las mismas cláusulas anteriores.
El 21 se efectuará el matrimonio de Colomba y Zelamiro.
El 21, igualmente, el de Cupidón y Rosette.
El 4 de diciembre (los relatos de la Champville habrán estimulado las expediciones siguientes), el duque desvirgará a Fanny.
El día 5 de diciembre, dicha Fanny será casada con Jacinto, el cual gozará de su joven esposa delante de la reunión. Tal será la fiesta de la quinta semana, y por la noche habrá los castigos ordinarios, porque los casamientos se celebrarán por la mañana.
El día 8, Curval desvirgará a Mimí.
El 11, el duque desvirgará a Sofía.
El 12, para celebrar la fiesta de la sexta semana, Sofía será casada con Celadón, de acuerdo con las mismas cláusulas anteriores. Lo cual no se repetirá en los siguientes.
El 15, Curval desvirgará a Hébé.
El 18, el duque desvirgará a Zelmira, y el 19, para celebrar la fiesta de la séptima semana, Adonis se casará con Zelmira.
El 20, Curval desvirgará a Colomba.
El 25, día de Navidad, el duque desvirgará a Agustina, y el 26, fiesta de la octava semana, Céfiro se casará con Agustina.
El 29, Curval desvirgará a Rosette, y se ha dispuesto todo para que Curval, que tiene un miembro más pequeño que el duque, posea a las más jóvenes.
El día 1 de enero, primer día en que los relatos de la Martaine habrán hecho soñar en nuevos placeres, se procederá a las desfloraciones sodomitas en el orden siguiente:
El día 1 de enero, el duque sodomizará a Hébé.
El día 2, para celebrar la novena semana, Hébé, después de haber sido desvirgada por delante por Curval y por detrás por el duque, será entregada a Hércules, quien gozará de ella de la manera que le ordene la reunión.
El día 4, Curval enculará a Zelamiro.
El día 6, el duque dará por detrás a Mimí, y el 9, para celebrar la fiesta de la décima semana, esta Mimí, que habrá sido desvirgada por el coño por Curval, y por el culo por el duque, será entregada a Brise-Cul para que goce de ella, etc.
El día 11, el obispo enculará a Cupidón.
El 13, Curval enculará a Zelmira.
El 15, el obispo enculará a Colomba.
El 16, para la fiesta de la onceava semana, Colomba, que habrá sido desvirgada por el coño por Curval y por el culo por el obispo, será entregada a Antínoo, quien gozará de ella, etc.
El día 17, el duque enculará a Gitón.
El día 19, Curval enculará a Sofía.
El día 21, el obispo enculará a Narciso.
El 22, el duque enculará a Rosette.
El 23, en la fiesta de la doceava semana, Rosette será entregada a Bande-au-Ciel.
El día 25, Curval dará por culo a Agustina.
El 28, el obispo dará por culo a Fanny.
El día 30, para la fiesta de la treceava semana, el duque se casará con Hércules como marido y con Céfiro como mujer, y el matrimonio se efectuará, así como los tres otros siguientes, delante de todo el mundo.
El 6 de febrero, para la fiesta de la catorceava semana, Curval se casará con Brise-Cul como marido y con Adonis como mujer.
El 13 de febrero, para la fiesta de la quinceava semana, el obispo se casará con Antínoo como marido y con Celadón como mujer.
El 20 de febrero, para la fiesta de la decimosexta semana, Durcet tendrá a Bande-au-Ciel como marido y a Jacinto como mujer.
Por lo que respecta a la fiesta de la decimoséptima semana, que cae el 27 de febrero, víspera del final de los relatos, se celebrará por medio de sacrificios para los cuales los señores se reservan in petto la elección de las víctimas.
Mediante estos arreglos, desde el 30 de enero se habrán efectuado todos los desvirgamientos, excepto los de los cuatro muchachos que los señores deberán tomar como mujer, y que se reservan intactos hasta el final con el objeto de hacer durar la diversión hasta el fin del viaje.
A medida que los sujetos sean desvirgados, reemplazarán a las esposas en los canapés durante los relatos, y, por la noche, estarán cerca de los señores, alternativamente, según su elección, con los cuatro últimos bardajes que los señores se reservan como mujeres en el último mes.
En el momento en que una muchacha o un muchacho desvirgado haya reemplazado a una esposa en el canapé, esta esposa será repudiada. Desde ese momento su descrédito será general, y sólo tendrá sitio entre las sirvientas.
Respecto a Hébé, de doce años de edad, de Mimí, de doce años de edad, de Colomba, de trece años y de Rosette, también de trece años, a medida que sean entregadas a los jodedores y vistas. por ellos, caerán igualmente en descrédito, sólo serán admitidas en las voluptuosidades duras y brutales, tendrán un sitio entre las esposas repudiadas y serán tratadas con el más extremo rigor. Desde el 24 de enero, las cuatro se encontrarán en el mismo plano de igualdad.
Con este cuadro se ve que el duque habrá tenido los coños vírgenes de Fanny, Sofía, Zelmira, Agustina y los culos de Hébé, Mimí, Gitón, Rosette y Céfiro.
Que Curval habrá tenido el desvirgamiento de los coños de Mimí, Hébé, Colomba, Rosette y los de los culos de Zelamiro, Zelmira, Sofía, Agustina y Adonis.
Que Durcet que ya no jode, habrá tenido únicamente el desvirgamiento del culo de Jacinto, con el que se casará como mujer.
Y que el obispo, que sólo jode en el culo, habrá tenido los desvirgamientos sodomitas de Cupidón, Colomba, Narciso, Fanny y Celadón.
Habiendo dedicado todo el día a disponer estos arreglos y a charlar, y sin que nadie hubiese caído en falta, todo transcurrió sin acontecimientos hasta la hora del relato, en que, siendo los arreglos los mismos, aunque siempre variados, la célebre Duelos subió a su tribuna y prosiguió en los siguientes términos su relato de la víspera:
Un joven cuya manía, aunque muy poco libertina, en mi opinión, no por eso era menos singular, se presentó en casa de madame Guérin, poco después de la última aventura de que hablé ayer. Necesitaba una nodriza joven y lozana; la mamaba y eyaculaba sobre los muslos de aquella buena mujer mientras se atiborraba con su leche. Su pito me pareció muy mediocre y toda su persona bastante desmedrada, y su descarga fue tan dulce como su operación.
Al día siguiente se presentó otro en la misma habitación cuya manía seguramente os parecerá más divertida. Quería que la mujer estuviese envuelta con. velo que le ocultara completamente todo el pecho y la figura; la única parte del cuerpo que deseaba ver, y que tenía que ser de una calidad superior, era el culo, ya que todo el resto le era indiferente y se sabía que le hubiera disgustado contemplarlo. madame Guérin hizo venir de fuera una mujer de una gran fealdad y de unos cincuenta años de edad, pero cuyas nalgas estaban cortadas como las de Venus. Nada más hermoso podía ofrecerse a la vista.
Yo quise ver esta escena; la vieja dueña, bien envuelta, fue a colocarse en seguida de bruces sobre el borde de la cama. Nuestro libertino, de unos treinta años y seguramente hombre de toga, le levanta las faldas hasta los costados, se extasía ante las bellezas de su gusto que le son ofrecidas. Manosea, separa las soberbias nalgas, las besa con ardor y, con la imaginación inflamada más por lo que supone que por lo que hubiera visto sin duda si la mujer hubiese estado sin velo y fuese incluso bonita, cree tener trato con la misma Venus, y al cabo de poco rato, ya con el miembro endurecido a fuerza de sacudidas, lanza una lluvia benéfica sobre las dos nalgas que están bajo su mirada. Su descarga fue viva e impetuosa. Estaba sentado delante del objeto de su culto; una de sus manos lo abría mientras que con la otra lo machacaba, y gritó diez veces: —¡Qué hermoso culo! ¡Ah, qué delicia inundar de semen semejante culo! En cuanto terminó levantóse y se marchó sin manifestar el menor deseo de saber con quien había tratado.
Un joven clérigo solicitó a mi hermana, poco tiempo después. Era joven y guapo, pero casi no podía distinguirse su pito, tan pequeño y blando era. La tumbó casi desnuda en un canapé, se colocó de rodillas entre sus muslos, sosteniéndole las nalgas con las dos manos, y empezó a cosquillearle el pequeño agujero de su trasero. Luego su boca se pegó al coño de mi hermana. Le cosquilleó el clítoris con la lengua, y obró de un modo tan hábil, hizo un empleo tan acompasado y tan igual de sus dos movimientos, que en tres minutos la sumergió en el delirio; vi como su cabeza se inclinaba, su mirada se extraviaba y la bribona exclamó: "— ¡Oh, mi querido abad, me haces morir de placer!"
El clérigo tenía por costumbre tragar todo el líquido que su libertinaje hacía fluir. No falló y, meneándosela, agitándose a su vez mientras obraba contra el canapé donde estaba mi hermana, le vi esparcir por el suelo la evidencia de su virilidad. Me tocó al día siguiente, y os puedo asegurar, señores, que es una de las más dulces operaciones que he vivido en mi vida: el bribón del abad tuvo mis primicias, y el primer semen que perdí en mi vida fue en su boca. Más diligente que mi hermana en devolverle el placer que me daba, agarré maquinalmente su pito flotante y mi pequeña mano le devolvió lo que su boca me hacía experimentar con tanta delicia.
En este punto el duque no pudo impedir interrumpir. Singularmente excitado por las masturbaciones a las que se había prestado por la mañana, creyó que ese tipo de lubricidad ejecutado con la deliciosa Agustina cuyos despiertos y bribones ojos anunciaban un temperamento muy precoz, le haría perder un semen que ya picaba excesivamente a sus cojones. Ella pertenecía a su cuadrilla, le gustaba bastante, había sido destinada a él para la desfloración, la llamó. Esa noche estaba vestida de marmota y encantadora bajo este disfraz. La dueña le remangó las faldas y la colocó en la postura que había descrito Duelos. El duque se apoderó primero de las nalgas, se arrodilló, introdujo un dedo en el ano, que cosquilleó ligeramente, agarró el clítoris que esta amable niña tenía ya muy marcado, chupó. Los de Languedoc tienen temperamento; Agustina fue una prueba de ello: sus bonitos ojos se animaron, suspiró, sus muslos se levantaron maquinalmente, y el duque tuvo la suerte de obtener un semen joven que sin duda corría por primera vez.
Pero no se obtienen dos dichas seguidas. Hay libertinos endurecidos hasta tal punto por el vicio, que cuanto más simple y delicada es la cosa que hacen, menos se excita su maldita cabeza. Nuestro querido duque era de estos, tragó el esperma de esta deliciosa niña sin que el suyo quisiese correr. Y hasta hubo un momento, pues nada es tan inconsecuente como un libertino, un momento, digo, en que iba a acusar por ello a esta pobre desgraciada, que totalmente confundida por haber cedido a la naturaleza, ocultaba su cabeza entre las manos e intentó huir de su puesto.
—¡Qué me traigan otra! —dijo el duque, lanzando furiosas miradas a Agustina—. Las chuparé todas antes que no perder mi semen.
Trajeron a Zelmira, la segunda muchacha de su cuadrilla, que igualmente le correspondía por derecho. Tenía la misma edad que Agustina, pero la pena de su situación encadenaba en ella todas las facultades de un placer que tal vez sin eso la naturaleza le hubiese permitido igualmente disfrutar. Le levantan las faldas por encima de los muslos, más blancos que el alabastro; muestra un montecito cubierto de una pelusilla que empieza
a brotar. Se deja colocar en la forma requerida, pero por más que haga el duque, nada logra. Se levanta furioso al cabo de un cuarto de hora y, corriendo hacia su gabinete con Hércules y Narciso, dice:
—¡Ah, joder! Veo que no es la caza que necesito —refiriéndose a las dos muchachas— y que sólo tendré éxito con ésta.
Se ignoran cuáles fueron los excesos a los que se entregó, pero al cabo de unos instantes se oyeron gritos y rugidos que demostraban que había logrado la victoria, y que los muchachos eran, para una eyaculación, vehículos más seguros que las más adorables muchachas. Mientras tanto, el obispo se había encerrado con Gitón, Zelamiro y Bande-au-Ciel, y cuando se hubieron escuchado los gritos suscitados por su descarga, los dos hermanos, que seguramente se habían entregado a los mismos excesos, regresaron para escuchar más tranquilamente el relato de nuestra narradora:
Transcurrieron casi dos años sin que se presentasen en casa de la Guérin más personajes o gente de gustos demasiado comunes, excepto los que he contado ya, cuando fui avisada de que me arreglara y, sobre todo, lavase bien mi boca. Obedecí y bajé cuando me lo ordenaron. Un hombre de unos cincuenta años, gordo y robusto, se encontraba con la Guérin.
—Ahí puede verla usted —dijo—. Señor, no tiene más que doce años y es limpia como si saliese del vientre de su madre, puedo responder de ello.
El cliente me examinó, me hizo abrir la boca, inspeccionó mis dientes, respiró mi aliento y, satisfecho de todo, sin duda, pasó conmigo al templo destinado a los placeres. Nos sentamos uno enfrente del otro, y muy cerca. Nada podía imaginarse de más serio que mi pretendiente, nada más frío ni flemático. Me miraba de soslayo, me contemplaba con los ojos medio cerrados y me preguntaba yo a qué conduciría todo aquello, cuando, rompiendo finalmente el silencio, me dijo que guardara en la boca la mayor cantidad posible de saliva. Obedecí, y cuando consideró que mi boca debía estar llena, se lanza con ardor a mi cuello, pasa su brazo alrededor de mi cabeza con el fin de sujetarla, y pegando sus labios a los míos, bombea, chupa y traga con avidez todo el líquido que yo había acumulado, que parecía colmarlo de éxtasis. Atrae mi lengua con el mismo furor, y cuando la siente seca y advierte que ya no hay nada en mi boca, me ordena que vuelva a empezar mi operación. Repite la suya, vuelvo a efectuar la mía, y así durante ocho o diez veces seguidas.
Chupó mi saliva con tal furor que sentía una opresión en el pecho. Creí que por lo menos algunas chispas de placer coronarían su éxtasis, pero me equivocaba. Su flema, que sólo se desmintió un poco en los instantes de sus ardientes succiones, volvía a ser la misma cuando terminaba, y cuando le hube dicho que ya no podía más, volvió a mirarme de reojo, a fijar sus ojos en mí como al principio, se levantó sin decir una sola palabra, pagó a la Guérin y se marchó.
—¡Ah! ¡santo Dios, santo Dios! —dijo Curval—. Yo soy más feliz que él, porque descargo.
Todas las cabezas se levantaron, y todos vieron al querido presidente haciendo a Julia, su mujer, que aquel día tenía por compañera en el canapé, lo mismo que la Duelos acababa de relatar. Sabíase que esta pasión era bastante de su gusto, junto con algunos otros episodios que Julia le proporcionaba y que la joven Duelos no había proporcionado a su cliente, si hay que creer al menos los refinamientos que aquel exigía y que el presidente estaba lejos de desear.
—Un mes después —dijo la Duelos, a quien se le había ordenado que prosiguiera—, tuve tratos con un chupador de un camino completamente contrario. Este era un viejo abad que, después de haberme previamente besado y acariciado el trasero durante más de media hora, hundió su lengua en el agujero, hizo que penetrara con fuerza, la volvió y revolvió con tanto arte que creía casi sentirla dentro de mis entrañas. Pero éste, menos flemático, tras separar mis nalgas con una mano, con la otra se la meneaba muy voluptuosamente, y descargó atrayendo hacia sí mi ano con tanta violencia, y cosquilleando tan lúbricamente, que yo compartí su éxtasis. Cuando terminó, examinó todavía unos momentos mis nalgas, miró ese agujero que acababa de ensanchar, no pudo impedir besarlo una vez más y se marchó, no sin antes haberme asegurado que regresaría a menudo porque había quedado muy contento de mi culo. Cumplió la palabra, y durante cerca de seis meses me visitó tres o cuatro veces por semana para practicar la misma operación, a la que me había acostumbrado tanto que no la realizaba sin hacerme experimentar gran placer. Este detalle, por otra parte, le era bastante indiferente, porque nunca me pareció que se diese por enterado o que lo desease. Quien sabe incluso, pues los hombres son muy raros, si no le hubiese quizás disgustado.
Aquí Durcet, a quien este relato acababa de inflamar, quiso, como el viejo abad, chupar el agujero de un culo, pero no el de una muchacha. Llamó a Jacinto, que era el que le gustaba más. Lo coloca bien, le besa el culo, se casca el pito, se agita. Por la vibración de sus nervios, por el espasmo que precede siempre a su descarga, hubiera podido creerse que su perversa y pequeña anchoa, que Alina meneaba con fuerza, iba finalmente a soltar su simiente, pero el financiero no era tan pródigo de su semen y ni siquiera se empalmó. Se les ocurre cambiarle de objeto, se le ofrece Celadón, pero nada se gana con ello. La feliz campana que anunciaba la cena salva el honor del financiero.
—No esculpa mía —dice, riendo, a sus compañeros—. Como habéis visto, iba a obtener la victoria; pero esta maldita comida la ha retrasado. Vamos a cambiar de voluptuosidad; cuando Baco me haya coronado, seré más ardiente en los combates del amor.
La cena, tan suculenta como alegre, y tan lúbrica como siempre, fue seguida de orgías y se cometieron muchas pequeñas infamias. Hubo muchas bocas y culos chupados, pero una de las cosas en que se divirtieron más consistió en el juego de ocultar el rostro y el pecho de las muchachas y apostar a reconocerlas examinando sólo sus nalgas. El duque se equivocó varias veces, pero los otros tres tenían tal experiencia de los culos que no erraron una sola vez. Luego se acostaron, y el día siguiente les trajo nuevos placeres y algunas nuevas reflexiones.


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