Las inquietudes de Shanti Andía: 036

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Capítulo II - El mar antiguo 036
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Las inquietudes de Shanti Andía - Libro segundo Pío Baroja


El primer sábado del curso, por la tarde, don Ciríaco se presentó en mi casa, en San Fernando, y me dijo:

-Vente a dormir al barco. Mañana tenemos que ir a Cádiz. Te voy a presentar en casa de Cepeda. Lleva el traje nuevo.

El señor don Matías Cepeda era el socio principal de la Sociedad Naviera Vasco-Andaluza, Cepeda y

Compañía, propietaria de la fragata que mandaba don Ciríaco y de otros muchos buques.

Fuimos al barco, dormí yo en mi camarote y por la mañana me despertaron dos golpes en la puerta.

-,Eh, Shanti! -me dijo don Ciríaco-, ya es hora. Duermes como un lirón.

Me levanté, me vestí y me acicalé todo lo posible. Los marineros de la fragata, vestidos de día de fiesta, nos esperaban en el bote; entramos don Ciríaco y yo, y nos dirigimos al puerto de Cádiz. En el camino mi capitán me explicó en vascuence que la visita la hacíamos principalmente a la señora de Cepeda, una vascongada, paisana nuestra, casada primero con Fermín Menchaca y después con don Matías Cepeda, un almacenista, socio del primer marido.

Desembarcamos en el muelle, pasamos la Puerta del Mar y seguimos por una calle próxima a la muralla.

Llegamos cerca de la Aduana y don Ciríaco se detuvo delante de una casa grande, con miradores.

-Aquí es -dijo.

Entramos en un portal altísimo, enlosado de mármol. Lo cruzamos. Llamó el capitán; un criado abrió la cancela y nos pasó a un patio con el suelo también de mármol, el techo. encristalado y las galerías con arcadas.

Precedidos por el criado, subimos la escalera monumental, y, recorriendo un pasillo, llegamos a un salón inmenso, con grandes espejos y medallones.

Esperamos un rato y apareció la dueña de la casa, doña Hortensia, una mujer opulenta, hermosísima. Nos recibió con gran amabilidad. Don Ciríaco estuvo muy cortesano con ella. Realmente, el viejo capitán era un hombre de salón.

Don Ciríaco, exagerando un poco, le habló a doña Hortensia de mi familia, de nuestra casa solariega de Lúzaro, de mis antepasados... Al oír los detalles de nuestro preclaro abolengo, la amabilidad de la bella señora aumentó.

Doña Hortensia sentía una extremada debilidad por las preeminencias nobiliarias, y resultó, cosa no muy rara entre vascongados, que teníamos un apellido común.

-Debemos de ser parientes —dijo ella.

-Es muy posible -repuse yo.

-Pues si eres algo pariente mío, no te choque que te hable de tú, porque a mí me pareces todavía un chiquillo.

Yo, completamente confundido y turbado, le dije que me alegraría de esta confianza por su parte.

Estábamos hablando cuando entró, acompañada de una criada vieja, la hija de doña Hortensia, Dolorcitas, una muchachita de catorce o quince años, preciosa. Don Ciríaco estuvo con ella como un viejo galante de la corte de Versalles. Dolorcitas se parecía a su madre; pero era más pequeña de estatura, de ojos más negros y de tez algo más morena. Tenía una gran movilidad en la expresión y mucha gracia hablando.


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